Javier Ramírez Viera

Escritia.com
JavierRamirezViera.com
Amazon.com
2010,
Las
Palmas de Gran Canaria, España.
ISBN
1453864229
EAN-13 9781453864227
Printed in USA-Impreso en
Estados Unidos.
Todos
los derechos reservados.
Quedan terminantemente prohibidas, sin la
autorización escrita
del titular del copyright, bajo las sanciones establecidas por las
leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier
medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares de la misma
mediante alquiler o préstamos públicos.

Javier Ramírez Viera
INTRODUCCIÓN
Me llaman Tigre, a secas, y no salgo de ninguna estúpida película de karate.
De oídas, el que me han puesto puede parecer un poco fuera de lugar, pero, entre los míos, solemos tener motes por el estilo. A menudo sólo basta echar una ojeada al sujeto a rebautizar y, sobre la marcha, se nos viene a la mente el que le viene que ni pintado. Y, en caso de no encontrarle ningún reparo que lo diferencie significativamente de la media, sólo hay que esperar a que haga algo, o le suceda cualquier cosa, que se salga de lo común. Entonces, el sobrenombre no lo tendrá por la pinta, sino por lo que hace, lo que le han hecho o lo que no ha podido hacer.
A mí me eligieron sin muchas vueltas el de Tigre por esas manchas blancas en mi piel, las que visten sobretodo mis manos. Porque, a Dios gracias, en mi rostro apenas se notan. Por ellas, en mi adolescencia, cuando empecé a sufrirlas, muchos señores con la añada propia de los abuelos, gente a menudo de la calle y que no pintaban nada en mi vida, como supuestos entendidos me tildaban de leproso o acaso amante de los hombres, y sería por la tinta apenas rosácea de mi calvario. Las madres, simplemente cuidaban a sus hijos de no promoverlos en el juego a mi vera. Por éstos, ellos mismos ya se cuidaban, aunque cabría decir que mi ser no era del todo un repelente, sino un atrayente, pero de problemas y burlas, sobretodo de abusos en la escuela. Allá, incluso un profesor se unió a la histeria de los mocosos, bien promovida en sus hogares, y tuvo la absurda idea de proponer al consejo escolar que levantasen en el aula una mampara donde aislarme. Algo así como si tuviera una enfermedad letal; dimitió, dando ejemplo de lo absurda que parecía ser toda la gente que me rodeaba... o que acaso tentaba no rodearme, mejor dicho, pero al cabo no terminaba sino de tenerla siempre encima.
Por donde heme, las cosas de mi tierra Sudamericana, nada más que hacerme que mejunjes y sortilegios de toda clase por parte del, creo recordar, cerca del millar de brujos y brujas que visité de la mano de mi madre; no sé ni cuántas veces me llegaron a echar pipí por la cabeza. Aún siento vergüenza de cuánto gastó esa señora en esa extraña picadura de la inmoralidad que muchos señalaban como un parto en mala hora de luna llena, que, la que tuvo y retuvo la panza que me formara, mirara de frente algún eclipse o que se me engendrara en una noche santa para con una gesta de muy mal gusto. Curioso que, en toda teoría, anduviese de por medio el enigma de las estrellas, como si mi cuerpo fuese recorrido exactamente por una imprecisa fotocopia de la vía láctea.
Ya de mayor, con los veintiún años, supe que mi rollo era algo así llamado vitíligo. Trata de una alteración de la pigmentación de la piel que no tiene más que consecuencias estéticas, que, para tipos más complicados que yo, puede llegar a suponer algún desequilibrio psicológico. Baja estima, que se entienda. Quizá grandes gafas de sol y dejarse una barba abundante.
Por fortuna, mis preocupaciones en la vida eran otras bien distintas y hasta el enterarme de que mi particularidad ya estaba descrita en libros de medicina, como los anales de un club de fútbol, me hizo sentir si acaso un poco menos conforme con mi estado de excepción, pues mi particularidad no era quizá tan divina como creía haberla visto hasta entonces. Pero, me repito, poco me importaba todo eso. Incluso el mote de Tigre me gustaba. Ni me molesté en querer saber si habría medicamentos para tratarme.
En fin, que en casa era donde por único podía escuchar de viva voz mi verdadero nombre, Carlos. Así de insigne suena. Raro, entre los nuevos Emersons, Edwins y Harrisons... Y juro no estar para nada entre anglosajones.
Tampoco suena muy normal que les diga que soy una especie de gángster, y se lo remito así porque el otro día dieron una película de un karateca de verdad dando mamporro a hombretones de negro que no le acertaban con sus armas automáticas ni estando sobrios.
Nosotros no solemos fallar tanto... Ni andamos sobrios...
¿Un tigre...? ¿Un gángster...? ¿Qué es todo esto? Pues que, así como me parezco poco a un felino, al menos tan poco como para que la gente accediera a ponerme Tigre por no hacerlo con El Leproso, asimismo mis cuentas con Dios tienen cierto aire a lo que generalmente se conoce por mafioso. Y lo soy, pero no de corbata y gafas oscuras, como de película. Soy real. De a pie. De hecho, de ciclomotor, más que otra cosa. Un gángster vestido como una persona normal, con cara de tipo normal. De hecho, poco que ver con los gorilas de la tele porque a mi bien parecido le han hecho comparaciones a tonto del pueblo, y cara de tonto. Poco agradecido, pero muy esclarecedor en lo que hago; pura eficacia, sin rodeos. Buen gángster, si lo que importan son los resultados.
...Pero aquella vida quedó atrás. Acá en España sólo soy un colombiano más. Uno que para estos tres meses tiene una incierta contrata con cierto señor de reformas que me paga las mañanas para hacer los portes de sus obras. Para ello no tengo carnet, para circular con un camión que requeriría un reporte especial... pero, de seguro, en mi tierra me las jugué con materias más peligrosas como para renegar cualesquiera trabajo en un país tan pacífico como éste.
Comparto piso con tres hombres más. Todos ellos de mi especie, excepto uno de Ecuador, mientras me embarco en lo que sea, a ratos y fortuna, y tanto busco chatarra como le pinto la cocina a la propietaria del apartamento. Y allá cada cual de los cuatro en sus faenas de la vida cotidiana, del rebusque en tierra extraña. Casi todos hemos hecho de peón de obras alguna vez. Y nadie echa en falta al que duerme en el sofá si acaso se retrasa y no viene una noche, porque igual le pagan la madrugada haciendo no sé qué o lo ha embrujado una mujer. Porque todos compartimos la voluntad de trabajar donde sea, que allá en casa ya lo hicimos una vez, y todos nos regresamos, si podemos, a la hora de cenar, donde a veces charlamos si acaso no nos hemos topado ya en el bar de latinos de la esquina.
Se diría que somos almas gemelas. Si acaso un mismo fin para el día de hoy: recoger para los papeles, los nuestros y los de nuestras familias, y los pasajes para traerlos a España. Una meta dura y larga, penosa y llena de altibajos.
Para nada compartimos un pasado... Y seguro que, del cuarteto, si acaso hubiese que señalar a quien llevara la muerte de más de un hombre a las espaldas, que quizá no en la conciencia, al último al que se señalaría sería a mi persona. Y, sin embargo, nadie más que yo, el que encaja en toda esa vida de perros, que me guardo las cosas mías tan adentro que ni siquiera mi esposa supo nunca quién era. Por eso, inclusive hoy, que paso la peor época de mi vida, nadie acierta a decir que trabajar, para mí, es lo más duro del mundo. No estoy acostumbrado al trabajo físico… Para nada… pero llevo la servidumbre en la cara y agacho la cabeza en cada mandato, el del menos talentoso que acaso me señale cualquier bulto a cargar o escaleras a fregar a cambio de unos pocos euros; los Castellano me enseñaron esa humildad. Ya sabrán porqué.
...Pero a veces es necesario hacer un cambio. Por mucho que desee que cualquier día llegue alguien y me pase un buen fajo de billetes por quitar a otro cualquiera de en medio, ser hoy “decente” es el único camino que me queda. Porque, a veces, a la gente sólo les queda un camino a seguir. Y nunca mayor ejemplo que el de mi jefa.
Sí, no me he equivocado. Mi jefa. La señora de mi difunto jefe; cuesta mucho decir jefa en Sudamérica, cuando lo dice un sudamericano., pero es así.
Ella tuvo que cambiar. Y no fue un cambio sencillo, sino uno de la noche a la mañana. Uno capaz de socavar toda creencia y alma. Uno que rompía pedazos su convicción de madre y mujer. Porque tuvo que pasar de ser una acomodada ama de casa, perdida en un mundo de ensueño en el que jamás tuvo reparo en saber de dónde sacaba los dineros su marido, a una víbora pupila de todos nosotros, de los “hombretones” de su esposo.
Ésta que les cuento es su historia. La historia de una mujer convertida en diablo por demonios como nosotros.
Ésta es la historia de Elisabeth Díaz Castillo.
PRIMERA PARTE
Elisabeth hija
Capítulo primero
El diablo asoma
A menudo, las grandes cosas tienen un comienzo insignificante. Ese parecer lo entendía y daba explicación Elisabeth Díaz Castillo como paralelismo entre las evoluciones de su vida y los primeros pasos del libro que, a priori, guió su existencia, La Biblia, donde todo empezaba con una tenue luz... tras crearse La Tierra y Los Cielos.
La Tierra, pesada como tal, era aquella figura lisa y de eterna niña que detestaba ver en el espejo de pie de la alcoba de su madre, a la que accedía de puntillas cuando fregaban el piso de casa y aprovechando que toda la prole que era su familia esperaba afuera, en el patio.
Los Cielos, las miles de fantasías que tenía en su mente con el fin y deseo de llegar a convertirse de una vez por todas en una mujer, desanimada de que el sentimiento como tal le llegara mucho antes que sus verdaderas armas para ello, que no eran otras que las hasta hoy inéditas virtudes de su cuerpo.
Empero, aquel día, el más esperado, trataba del que seguía a su primera menstruación, que se revelaba como la primera seña del futuro que debía llegarle, el que ya veía cumplido con creces en sus hermanas y en todas las demás mujeres del mundo. Desnuda, sin artificio de ninguna clase para con un hogar pobre que no la podía dar ni unos pendientes, con un júbilo pecaminoso y, a medias, asimismo asustada, describió que su pecho había empezado a explotar. Era como si el mismísimo Diablo empujara con sus puños desde dentro de su alma deseando salir, ese Satán tan criticado entre las féminas, pero que cada cual de todas ellas quiere con fuerza albergar en su interior.
Por ahora, el asunto trataba sólo de un ademán, que, no obstante, quedaba ahí perpetuo y en un supuesto crecimiento firme y paulatino, ora lento pero muy notorio, y quizá luego, y ojala, desorbitado; es Colombia, y eso cuenta en una mujer. …Luego una gota de aguasangre cayendo por el interior de su muslo le recordó que ya había indagado demasiado, que era hora de ponerse todo el vestuario de nuevo, en esa maloliente entrepierna uno de aquellos pañales cortados a tijera y reunirse con su prole con la cabeza entre alta y gacha, porque debía simular que no pasaba nada, que los varones no debían saber, y porque compartía de secreteos y preguntas aquella nueva etapa de su vida con sus dos más inmediatas hermanas mayores, las casaderas de diecinueve y veinticinco años que aún restaban en el hogar.
Jacinta la recibió para ahuecarla bajo su ala, sonriéndola al verla de brazos cruzados para tapar el más obvio de sus delitos. Era la mayor, la que cuidaba de toda la ristra de polluelos propios e impropios de aquella casa, a saber hermanos y sobrinos, que pululaban todo el patio en un escándalo propio de una guardería. En un rincón, los adolescentes, los varones, hablando mierda, imitando a los adultos en sus diálogos de fútbol y de mujeres, aunque no supieran aún de ellas o se le hubiera adelantado el enredo propio del afán por las curvas, el suyo por vocación, por haber pillado a alguna pareja en la comuna de al lado haciendo de las suyas donde los arbustos o tras el cuarto del retrete. En otro, las señoritas, vigilando la prole excepto Paola, la otra “en venta”, que cosía los rotos de los uniformes de los niños o pegaba los zapatos. Por doquier, todo Dios en forma aún de angelito de iglesia, casi todos con las cabezas rapadas a cuchilla para enmendar las plagas escolares.
Allí creció Elisabeth, en una especie de colegio propio, con recreo y todo, que era aquella casa de apenas tres dormitorios para una progenie de veinte personas. Más bien, diríase un orfanato, pero de “legítimos”... que también era un decir, porque, a ciencia cierta, sobretodo los citados sobrinos, eran de las madres que había dado al mundo aquella casa, pero que, por vaivenes de la vida y de unos míseros pesos para las que debieron buscarse un sustento a tenor de los empleos de esquina, éste y aquél podrían ser del menos pensado. Asimismo, Doña Olga, la madre y señora del hogar, tenía en su amplio repertorio hijos de muchas castas distintas, en una vida bien trajinada donde por bien o mal hacer había convivido con hasta tres hombres más bien dispares, y al cabo todos cortados por el mismo patrón, y nunca de mala fe, para haberla honrado y deshonrado, según qué vecinas, con veintiún hijos vivos. De los abortos, alguno se supo... De los que murieron por de todo un poco, de “bala”, de riña, de enfermedad o desaparecidos, que se supiera había de todos ellos los seis recuerdos. Y de los papás, ni los marcos de las fotos, olvidados, después de que más de uno se fuera de aquella casa a patadas por infiel o infiel de hurtadillas, dejando a una mujer prolífica en la estacada. Por ello que siempre estuviera fuera en lo que se supiera era el día, trabajando en las fincas, en los bares, vendiendo ropa, haciendo limpiezas... Se regresaba como un cadáver, aunque bien despierto porque daba de palos a quien no estuviera en la cama, cosa que nunca pasó, y para pasar revista con las dos hijas mayores que aún andaban aquellas cuatro paredes, las que eran sus sustitutas en su ausencia; una leona domando un circo... un mundo del revés que enderezar.
Elisabeth, desde el dormitorio de las hijas y las sobrinas, en la colchoneta del suelo, la tercera por la izquierda, y abrigada hasta la nariz, reparaba aquel momento de la llegada de la madre de todos, y más madre que abuela para nadie, para empaparse de todo cuanto acontecía en la jerarquía y mando que imperaba en su mundo conocido, que pasaba a ser la poca luz del salón a través de la puerta en contra de aquella estancia ya en lo oscuro. Y recordaría siempre a Doña Olga clamando al cielo que Jacinta, ya con veinticinco abriles, aún no hubiera echado al mundo un heredero para sus miserias, a saber si eso la beneficiaría como orgullo de abuela o acaso detrás había un deseo aún mayor de que se la llevara del brazo, o de los pelos, el primer donjuán que librara aquella casa de una boca de más. En la corta cena, apenas lo que podría caber en una mano, y eso que las cosas iban bien últimamente, la señora alegaba sobre la susodicha que, con veinticinco años, ya estaba demasiado vieja para tener hijos, que se había dejado ir y quedaría para vestir santos. Ya se había librado de la mitad de sus hijos, casados o no casados, o fallecidos, al tanto de cada uno de ellos suspirando hondo y suplicando que no se devolvieran multiplicados o le cayera en las manos sus obligaciones, en exclusiva, ya que siete de los sobrinos eran los huérfanos de los que perecieron en una patria de acciones a menudo ladinas, o acaso los vástagos de aquéllos que trabajaban en otro departamento o habían desaparecido sin dejar ni rastro buscando una vida mejor.
Luego se deducía que Doña Olga, pese a sus malos y buenos recuerdos de su experiencia como mujer, y que jamás los olvidaría porque para ello estaban allí todas las pruebas reunidas vivítas y coleando, erre que erre vinculaba la vida de la mujer a la necesidad de desposarse, el legítimo destino de toda hembra; para eso eran ellas las que fregaban, cocinaban, limpiaban y tutelaban a los pequeños en aquel hogar, haciendo las prácticas oportunas, mientras los varones del mismo holgazaneaban como lo que eran sin más oficio que el de esperar a que un patrón los viniera a buscar para ofrecerles trabajo.
En ese instante era cuando Elisabeth dudaba de si quería lo que estaba pasando en su cuerpo. Se sentía víctima de llegar a ser alguien por lo que diera de sí su inminente figura, no su confusa sesera. Un futuro incapaz de ser controlado. Sólo La Naturaleza, o la mano de Dios, mejor dicho, y que se anduviera ésta con mucha lascivia, la haría una mujer de éxito o una fracasada.
Al día siguiente, el sol irrumpió como le placía a menudo en aquellas cálidas tierras para hervir cualquier cocorota que osara no usar sombrero, y de paja. En ello, asomando afuera para ver el día, Elisabeth atisbó unas inusuales formaciones de nubes en forma de abanicos, como incapaces de conjurar una forma pomposa al deshacerse según imperaba el astro rey, pero al tiempo como si del Cielo recompensara a la chiquilla con la vista de algún multicolor y mágico pavo real. Jugaba la cosa con segundas intenciones si de pavonearse trataba el mensaje, recordándole sus ambiciones, porque el espejo de la alcoba quedó al fin en solitario, mientras la mayoría de la prole que habitaba la casa se hacía por doquier del salón a tomar un agua en mescolanza con un preparado sólido de caña de azúcar. Allí la jovencita pudo, donde su reflejo, volver a desnudarse para descubrir que, de la noche a la mañana, y era un decir literal, aquellas mamas se habían tornado aún más jugosas; el pavo real era ahora ella, en toda regla.
Una semana duró la metamorfosis, mientras el sobrino más pesado de todos, aquél que era negro entre mulatos, blancos, rubios, morenos y mestizos, se le burlaba metiéndose él unas medias bajo la camisa que, embutidas unas donde otras, redondeadas en su comunión, simulaban el descaro a vista de todos, pero secreto de hembras y bofetadas y coscorrones a los sinvergüenzas.
Justo se aconteció el fin del sangrado con la culminación de aquella obra, que acomplejó a Elisabeth para tenerla hasta casi una hora contemplando el maremagno que salía con desaire de su cuerpo. Agresivo, burlesco... Vivo, por sí mismo. El dolor había cesado, ése de mujer, de sus típicos calvarios, y que llegó a ser insoportable durante la noche, y quedó sólo la carne... donde antes no la hubiere. Un misterio.
“Bueno... ¿y esta niña?” fue el comentario de Doña Olga al verla el domingo, que acaso desde el festivo de la semana pasada que no la reparaba porque con horarios de sol a sol veía a sus hijos a cuentagotas. Y fue un trato tan de putas, tan de temprano en su nuevo haber, que Elisabeth se ruborizó ante quien la pariera y las que con ella compartían el mismo génesis, sintiéndose sucia y vulgar, hechicera... maldita hechicera.
“Ya eres una mujercita”, fue el consuelo, de aquella misma señora, que de tanto andar la miseria de la calle siempre se traía consigo un poquito de esa mierda. Le dio la bendición de sus caricias en los cabellos mientras la acunaba en su regazo, ya con toda la casa prácticamente dormida excepto las que aún hacían algunas labores, inclusive compadeciéndose de que a su hija le hubieran nacido sendas maldiciones para convertirla en objetivo de bueno y malo... y nadie podría enseñarla de dónde habría de una u otra cosa en el primer galán que se la arrimara.
Pronto supo Elisabeth que sí, que sus mamas eran, no solamente, un peso físico. También trataban el llevar una montaña a las espaldas, que a menudo era escarpada en los ojos saltarines y desorbitados de todo aquél que la veía cruzar la calle de camino al colegio. Incluso alguno se relamía y le decía algo así como “mamita, ¡qué tetas tienes!”
De pronto, el mundo a su alrededor, donde antes no hubo nada. Tanto y tanto marcaban la diferencia unos senos. Una realidad que debía hacerla pensar si acaso su persona se limitaba a ser de mención y trato por el hecho de aquellas dos carnes. Mucha seña de hembra de buena cama para quien apenas tenía los quince años.
“Estarás hermosa”, fue la promesa. Así, Juliana, su tía, que regentaba una peluquería en la mejor zona del pueblo, la sentó de golpe y traición en una de aquellas sillas, tras la hora de cierre, donde Elisabeth se sintió como la novia del monstruo de Frankenstein, comenzado ya el experimento de desliarle la eterna trenza que llevara de por vida toda vez fuera de casa. Una subalterna conjuraba asimismo contra la inocencia en aquella operación, que debía brindarse de buena fe a quien entraba por vez primera en el mundo de la belleza de la mujer.
Sería su iniciación para el cepillado de aquel pelo de tanto y tan profundo negro, capaz de responder a la luz con el mismo ímpetu en brillos que las olas en un día soleado. Luego la manicura de pies y manos terminó con florecillas pintadas y un esmalte para hacerlas cristalinas, como si, en lugar del capullo aplastado de entre las hojas de un diario, a éste se le viera tras un limpio escaparate. El grueso de las cejas perdió sus connotaciones de un permanente y falso enfado, para hacer de la mirada un gesto a menudo expeditivo y a veces volátil, no una eterna mortaja. Cayó al tinte una sombra de ojos de ligero tono, un colorete tenue y luego un carmín púrpura como debía ser el del deseo y el amor, fuerte y capaz de hacer un imposible pero loco juego con unos enormes ojos de puro verde, para hacer enloquecer a los más románticos en la duda de cuál de ambos atributos hervía más la sangre. Negros contornos definían la caricatura, allá donde el blanco de los ojos y unas púas malditas que eran sus pestañas, ahora mordaces como patas de araña; se hablaba con mayúsculas de pistilos bañados en petróleo, para con unas pupilas en flor de las que aún no se habían encontrado esmeraldas más bellas en toda Colombia.
Bella... terriblemente bella. De hecho, Juliana y su segunda dieron un paso atrás para contemplar la obra alzando los brazos como orando por el momento, o quizá con la pompa con la que un satisfecho maestre de circo presenta el mejor de sus espectáculos, en este caso, con deseo de, como tal, y en el fondo con repudia de que ello desembocara en la peor vertiente de esa misma esencia, nada más y nada menos que el número de las fieras.
Había allí un cabello casi hasta la cintura, una sonrisa perfecta a tono con la travesura y unas curvas naturales de auténtica diosa. “Esta niña llegará lejos”, fue el comentario en voz baja de la que no era de su sangre, reconociendo aquella soberbia estampa. Y la tía nunca la tuvo en demasía estima, a su subalterna en el negocio, pero debía reconocer su verdad y desde aquel radical renacimiento se comprometió a promover aquella belleza, a no deshilacharla en el primer mentecato de susurrantes delirios al oído, pura farsa, para abombar aquel vientre con un bastardo más. No, Elisabeth era algo más que todo eso. Aún sólo una chiquilla, apta para ser burlada... pero no con un cuerpo así, que la adelantaba como cotización a todo cuanto aquella niña pudiera estudiar en toda una vida. Por tanto era una estupidez volver a verla de paso por la acera de camino al instituto con aquel viejo uniforme, en lugar de ya aceptar su verdadero porvenir y vestirse de bonitos cortos, ceñidos y provocativos trapos. Ella había nacido para que la adoraran, para que la vistieran de joyas y poderes por el mero hecho, pero acaso un todo en aquel mundo de perros, de ser tan bonita.
Y, no obstante y por más perro mundo que otra cosa, en efecto, al principio se antojó que el sueño duró poco, tanto como que al día siguiente Elisabeth volvía a caminar aquella calle con el dichoso uniforme. Entretanto, de todos modos, un atractivo desfile porque todas las chiquillas llevaban aquellas faldas de cuadros por hasta las rodillas y unas blusas de manga corta, las ropas que recordaban a esas caricaturas japonesas que al menor descuido terminan en un desnudo. En Elisabeth, después de que anoche se fuera para el dormitorio por la puerta de atrás, la del patio, y vendaval que acabó en cama tapada hasta la frente, aún le restaba aquel pelo cepillado, uno inédito hasta hoy en esa espectacular forma, las uñas y los recortes de los bellos expresivos de su cara. Hoy, todo holgazán de taberna y asalariado en su camión, peón y maestro en alguna obra, el cobrador de deudas y hasta el camarero la vieron pasar con muy distintos ojos, capaces de decirle algo a lo que ayer no era más que un incierto prototipo.
También en clase vieron llegar a la nueva mujer. Primero sus tetas, desde luego, rimbombantes en su entorno apenas la joven se moviera; ya se la veía venir en esas la semana pasada y se la empezaba a estimar. Hoy, conjuntado el velamen con una cara aún más linda y un cabello sedoso, y el lápiz de labio que supo untarse a escondidas a varias manzanas de su casa, los muchachuelos sin futuro le cayeron encima con gracias y miradas incisivas. En el lado contrario, irremediablemente el odio de aquéllas que veían en ella una feroz competidora por el amor de los necios.
No pasó la mañana sin que hasta el maestro tuviera revuelos en sus genitales por la nueva alumna. Al tipo, desmerecido por la gracia de Dios, le quedaba el consuelo de poseer la firma de suspensos y aprobados, por lo que todavía le tocó rezar a escondidas porque Elisabeth quisiera ya de veras triunfar en el mundo a tenor de sus dotes y se le insinuara alguna vez a cambio de unas buenas notas.
El jardinero no pudo hacer más símil de su verdadera meta en la vida por cuanto quedó como una estatuilla de jardín al verla pasar, en ello con la manguera regando a todo trote saliéndole de un costado, como si eyaculara todo el rato.
La rectora, la freganchina de pasillos y la secretaria no tuvieron el valor de congregarse a criticar a la bella criatura, pero sí que compartían en la distancia miradas de pena propia y rencor supremo de no haber poseído jamás siquiera aquella gracia al caminar; hoy Elisabeth andaba distinta, como si acaso siempre hubiera tenido el don de menear sus caderas, pero hasta hoy nadie se hubiese percatado de ello.
Aquella mañana Elisabeth fue feliz. Emitía luz propia, era el veredicto. Su autoestima había crecido y las risas la hacían mimosa y agradable en cada esquina, en cada comentario con sus habituales amigas, que la acariciaban el pelo mientras éste se desgranaba con mágica frecuencia, como acaso debe caer el manto de la noche de la mitología griega. Sirvió incluso el sujetador prestado de su tía, en realidad a todas veces innecesario para con la eterna lucha contra la gravedad, para que en el baño de ellas la joven se alzara la camisa con la grada de su fiel hermandad de chicas presente, para el asombro de todas al brote de sendas esferas, las más de mujer, ya apuradas en aquel sostén. Había un canalillo de adulta ahí, en un aprieto oscuro. Dos monedas pardas, enormes, obscurecían aquel encaje blanco. Menudo sueño perdido para los bobos que se arrepentirían toda una vida de no haber aprovechado aquel divino momento para subirse adonde las rejas de las ventanas y espiar la infamia, como hacían a menudo entre otras bromas asimismo carnales y monotemáticas. Menuda tristeza y peso en el alma cuando los machitos la vieron salir de allí con la ropa distinta, recién arreglada, que tanto y tanto la habían reparado que ahora eran tan audaces de saber distinguir de todos sus trajines; se conocían de ella cada palmo, de tanto que la babosearon.
De vuelta a casa la esperaba la tragedia de tener que entregar el uniforme limpio, y sobretodo los zapatos lustrosos, para dejárselo todo a Paola, su hermana inmediatamente mayor, que por la nocturna debía aprovechar el mismo vestuario para estudiar; no había en casa recurso para más. Un poco de humildad para la diosa.
Luego, tras el declive, la ilusión de encaminarse otra vez a la peluquería de su nueva mentora en la vida, alcahueteada de Jacinta, la mayor, para seguir estudiando su verdadera carrera. Y conjura grande porque Doña Olga había dicho casi con el dedo alzado que a “la niña” había que vigilarla bien, que estaba muy hermosa y podrían intentar desvirgarla... y tanto por las buenas como por las malas. Un abrazo a su consanguínea, a su hermana, le agradeció su libertad de poder elegir esa escuela, y luego la ilusión del reencuentro con su mentora, la peluquera, que hoy le tenía preparada la sorpresa de la lencería.
...No podía haberse inventado el capricho para nadie más. Estaba predestinado que aquel menudo repertorio de prendas íntimas había nacido para ella. Elisabeth rompía moldes en todo trapo que se ajustaba, encerrada a cal y canto en la trasera del negocio delante de un espejo igualito al de mamá. Tras ella, dándole vueltas, Juliana, ahora para con una cita de tú a tú, la aconsejaba de aquellas telas para con tretas propias de una mujer, afines a embaucar y contentar a un marido. Porque con aquellas prendas sería más poderosa que con una pistola. Los hombres harían lo que fuese por ella. Era necesario que Elisabeth aprendiera y asimilara eso, que tuviera la suficiente confianza en sí misma como para saber que estaba armada... que trataba de un tanque con cañones en todas direcciones y que una braga en buen pompis hablaba más de derechos y de algún ultimátum que cualesquiera discusión o súplica, si acaso ni siquiera quería mirar a la cara a su esposo o amante: “con este cuerpo tendrás todos los diamantes que quieras; no necesitarás ni pedirlos”.
…Qué hacer con un hombre ya era una cosa distinta. Hasta Juliana reconocía que los hombres gustaban de caminar la calle con el singular collar de perrito que era su brazo tirando de una mujer de infarto. Sin embargo, las estatuas, por muy obras de arte que fuesen, no auguraban la pasión suficiente como para que un varón buscase por la trastienda a las verdaderas perras de la vida, aquéllas capaces del vino, el almuerzo y el postre, todo en uno.
“La mujer debe ser una señora... Eso en casa, de casa afuera, en la iglesia... Pero, para el marido, Elisabeth... para él, métetelo en la cabeza, por mucho que te duela, y si no quieres perder todo cuanto logres en la vida, debes ser, aparte de bonita, puta hasta la médula”.
No tenía nada que ver el ser bonita o fea con que el hombre fuese esencialmente pecado. Por ello, toda la noche en vela no fue suficiente para que Elisabeth se aclarase las ideas y aceptase someterse en la cama al varón con todas las peripecias imaginables, cono ese afán que le sugería su tía Juliana. Aún no sabía si había nacido realmente para eso. Temía la decadencia humana por el recuerdo del cobrador de préstamos, que antaño se aparecía por la anterior casa fisgoneando por las ventanas. Y no era del todo una treta para pillarse a las deudoras, sino hallar la oportunidad de saciar su propio demonio, y así fue como encontró a Elisabeth a solas viendo de la tele unos dibujos animados. Con un pánico que empezaba a dormitarse por haber sido brote de una trama en la que ella apenas contaría los ocho años, empero tan grande trauma que el pequeño resquicio que quedaba de él aún la hacía perder el sueño de vez en cuando, todavía recordaba que aquel maloliente señor, de andar la calle bajo el sol, y así de tostado estaba, se la acercó por detrás para taparle la boca y pasarle la mano por todo el cuerpo, a saber sólo para perder el tiempo porque aquella dentadura terminó por morder y dar luego un inimitable grito. Y ni la vida de un muerto se escapa más aprisa de su apreso de siempre, de cómo aquel tipo brincó afuera del hogar ajeno y cogió la carretera para no volver a verse más. Se decía que el cuento de su osadía se había regado, que de hecho no era el primero que protagonizaba, y alguien lo había seguido hasta matarlo, aunque del cadáver no se supo porque al parecer se fue al río atado de pies y manos, con piedras y todo para que no reflotase.
Luego, un poco más mayor, ver al loco del pueblo masturbándose en el parque siguió alimentando el mar de dudas para aquella joven, que ni por saber del mundo se hubiera acercado a quien le pedía que se arrimara a su vera, que no iba a hacerla daño y que sólo quería inspirarse... como un pintor. También ese individuo terminó cadáver, esta vez descuartizado y con el pene en la boca.
Rara relación la de Elisabeth con el sexo, donde, como coito de mantis religiosa, el insecto macho termina siempre muerto. Claro que aquellas no eran “experiencias”... Eran los encontronazos fortuitos con el deseo ajeno, aquél que usurpa libertades y pretende deshonras para meros momentos de placer, sin importar el despojo que podía quedar de tales acciones... como el semen regado tras una masturbación, que bien podría dar la vida, o el reducto humano de quien ha sido forzado a la humillación de complacer a rastras a un villano. Y buena suerte si acaso la víctima queda con aliento.
Dedo alzado, Doña Olga tampoco ponía las cosas fáciles para terminar amando a un hombre: “aquí, quien me venga preñada se va de patitas a la calle”, era la cancioncilla, a saber que en casa se la sabían de memoria, y para risa, porque la mayoría de los nietos de aquella señora habían sido a traición. Incluso uno había que naciera de un supuesto dolor de estómago de quien ocultó la gestación los nueve correspondientes meses, la más fuerte y bruta de las hijas de Doña Olga, que, aún avergonzada, cruzándose de brazos y en media sonrisa, recibió a su madre con el bebé en brazos, en la habitación del hospital, para con una señora de piedra, incapaz de meterse en la cabeza que aquel había sido el despojo de una aberrante diarrea.
Sólo palabras... Doña Olga no tenía la mala fe de echar a la calle a nadie. Se ahuecaba la casa como fuese para recibir al recién nacido, sin importar padre ni apellidos si no los hubiere, y otra vez se hacían las matemáticas para concretar un poco más las raciones de la comida. Y, de repente, un nuevo pariente en el hogar. Algo así como si los hombres contagiasen una extraña enfermedad que hinchaba la barriga y terminaba cobrando vida; así eran las advertencias de Doña Olga.
“Olvídate de hacer el amor con nadie”, dijo tajante Juliana, su tía, mientras recogía los trastes de la peluquería. “Sólo estamos hablando de sexo, ¿entiendes? No lo hago para incitarte a cometer una locura. Tu virginidad vale demasiado si quieres venderla, que no voy a permitir que la vendas, o para negociarla, que es aún mejor”.
“¿Negociarla?”
“Claro. Piensa como si fueras un hombre... Si te vas a casar, querrás saber si tu mujer es virgen. Es así de sencillo. Si no lo eres, seguro te desestiman. Pero si nunca has vivido el sexo, los hombres se enamorarán más de ti. Podrás utilizarlos. Podrás embaucarlos... El himen es el trozo de carne más caro de una mujer. Como el caviar”.
“¿El himen...?
“Veo que aún no sabes nada... Mira, el hombre es idiota. Puede estar calentito en casa y, de repente, se monta una expedición al Polo Norte para ser el primero en pisarlo, aunque le cueste la vida. Mueren hombres escalando montañas, sumergiéndose en el mar, saltando en paracaídas como nadie nunca lo ha hecho... El hombre es vicioso de ser el primero en hacer algo. No puede evitarlo. Por eso, pagarán lo que sea por tu himen”.
Y, en efecto, Elisabeth hacía días que empezaba a notar ciertos cambios a su alrededor, como si aquella chispa que naciera dentro de sí se hubiera escapado de su cuerpo y hubiera alcanzando de forma mística al resto de las personas del mundo, involucrando el parecer de éstas a la nueva y divina forma. Así, de camino a clase, el evento de eventos del día, el que más se repetía y su verdadera relación con el salvaje exterior, notó que solía haber un todoterreno negro y lujoso siguiendo a paso de tortuga su gesta, a su par. Luego había hombres misteriosos, los que ocupaban una mesa en solitario en las terrazas de los bares y restaurantes de aquella avenida principal del pueblo, camino a casa desde el colegio o del revés, que se la quedaban mirando como debe hacer una lechuza con su presa, mientras “sus amigos”, unos hombretones de mirada igualmente incisiva aunque ella tratase de la “elegida” de su patrón, permanecían en pie con las pistolas en el cinto, apretujadas a veces contra la barriga y la entrepierna, como peligrosos malangas.
Era el riesgo de ser bonita. Su inseguridad había crecido muchos enteros. Porque cualesquiera hembra puede ser víctima de un fortuito abuso, pero, siendo bella, habría quienes la espiarían y seguirían maníacamente. Los galanes de la mafia no podían ser otros que la peor representación de todo ello. A golpe de billetes o de bala conseguían todo cuanto querían, y una chica bonita no iba a ser distinto a un coche último modelo. Doña Olga no dejaría que su hija se perdiera en tales negocios, pero Elisabeth sabía de muchachas bonitas del colegio que perdían las tardes de estudio, incluso los días, en las fincas de los mafiosos, tratando apenas de peras en dulce de sólo quince años. Se regresaban a casa con fajos de billetes y regalos, a menudo un ciclomotor, como al niño que engañan con un caramelo, empero allí no había fraude, porque hambre, de hecho, la había, y se terminaba saciando. Por ello que el trato fuese permitido por los progenitores, a menudo sólo un viuda o, sobretodo, una mujer abandonada a su suerte con su prole, como el caso de Doña Olga. Y por las malas notas no habría problema, porque el mecenas de su putita y capricho solía enviar a sus subalternos a negociar con los profesores del colegio puntuaciones acordes a la mejor y más recatada empollona que se conociera, o, si acaso hallaban por respuesta algo de honestidad, a exigir con otros métodos más activos una actitud tal cual favorable.
Lo que doña Olga no podía controlar era que no hubiere trueque posible, y que a Elisabeth la forzaran a meterse en uno de aquellos todoterreno camino a algún perdido caserón donde hacerla mujer de golpe. En ello, lo peor trataba de que casi siempre la homenajeada terminaba asesinada, desaparecida por siempre, a no ser que de casualidad se hiciera mal el borrado de las pruebas y a la larga algún perro o algún campesino encontrase su cadáver.
Hasta el abuelo hizo algún comentario lascivo, ese señor que sólo se aparecía de vez en cuando proveniente de alguna finca. Y los hermanos y sobrinos, los que ya iban para creciditos, hubo que controlarlos para impedir que deambularan la intimidad de Elisabeth, a saber que todas las hembras de la casa permanecieran alertas, y las unas en vigilancia sobre las otras, para controlar que no hubiera fisgones en la ducha o en el retrete. También se acabaron de golpe y plumazo los juegos de Elisabeth con sus hermanos, porque ya tenía pechos y nadie se los debía tocar. Ya estaba mayor para todo... Iba siendo hora de que dejara las muñecas, que llegaba el corto tránsito de su vida sin ellas, enamorar a alguien, y para acabar sustituyéndolas en algún momento con un bebé de verdad, del brazo de un hombre que la llevara al altar. Eso dictaba el orden y las santas escrituras, las que Doña Olga inculcaba a su prole con el refuerzo de la misa del domingo. Una vida para acompañar... Una vida proyectada a ser compañera. Era lo normal. Por eso, cuando Juliana dejó caer en casa de su hermana que quizá “la niña”, Elisabeth, estaba muy hermosa y debía presentarse a castings de modelaje, Doña Olga se llevó las manos a la cabeza y declaró casi con La Biblia en la mano que antes muerta que permitir que su hija se convirtiera en una puta.
No sirvió intentar hacerla ver las cosas de otra manera. Porque las chicas de una pasarela enseñaban el culo y las tetas cuando un desfile de ropa interior. Unas ligeras transparencias y las poses “provocativas”, hacían que Doña Olga viera a la mujer modelo como a una actriz porno. Porque la televisión enseña, pero a veces además confunde.
“Mi hija jamás modelará... Ella no nació para eso”.
Para Elisabeth, aquel fue el día en que conoció a la mujer que compartiría lo mejor y lo peor de su vida. Por entonces, ambas no eran más que unas quinceañeras. Si acaso, Regina tenía un año más, al menos en la cédula de identidad; en el físico y en el saber de la vida, o en el creer saber, tenía de sobra.
Fue en uno de aquellos concursos de belleza para jovencitas comidas de promesas en la oreja, un evento en el que Elisabeth caía con su tía Juliana, como madrina, en toda una peripecia clandestina que suponía, para oídos de Doña Olga, un fin de semana en la finca de unos respetuosos amigos del alma de la peluquera. Casi trescientos kilómetros separaban una cosa de la otra.
...Y lo primero que le dijo Regina a una todavía asustada Elisabeth fue su simple chisporroteo de saliva al mascar, el de un chicle que le iba y venía por toda la boca, revuelto como acaso quería ella revolver la vida. Una mirada, de apenas un segundo, fue asimismo la atención, mientras aquella chica rubia de piernas más interminables que las suyas se iba quitando la apretada ropa interior.
Un camerino, o algo parecido, para cinco chicas... de todas ellas, la más despampanante, Regina. Elisabeth no pudo evitar repararla de reojo, para ver en aquella casi platino natural, de cabello liso y vertical, de mil flecos, una piel salpicada de coquetas e infinitas pecas. Y muchos matarían a su propia madre con el único fin y consuelo de siquiera poder contarlas. Se repartían por todo su cuerpo, haciéndolo jugoso y enigmático, marcado de infinitos de puntos de referencia que acentuaban aquellas curvas. Aquel trajín para caber en un minúsculo bikini dio para que aquellos dos perfectos pechos estallasen en sus propias formas, vivos, despiertos, encumbrados con sendos pezones locos para conformar unos ojos de camaleón... quizá no tan extremos, pero juguetones como caricaturas que parecían mirar más al observador que viceversa... y nadie escapaba de aquella mirada. Eran asimismo enormes, para con un cuerpo de infarto imposible de dominar por las manos de un varón. Regina era grande, más alta que muchos. Y quizá algo fea... dentuda... pero exótica. Sus labios se hicieron escurridizas serpientes cuando se empezó a delinear el rojo del labial. Se empequeñecían y luego se expandían en cada presión como pompas de lava de un volcán en pleno auge. Luego, aquellas piedras de río marrones que eran sus ojos recibieron un contorno negro, capaces aún sometidos bajo la sombra de las verdaderas hojas de palmera que eran sus pestañas; para entonces, Elisabeth apenas se había quitado el sujetador.
Poco había que mirar para con nadie más, buscando otras competencias. Las cuatro jóvenes restantes habían tenido el nervio pendiente de aquella que las avasallaría, al menos en aquel segundo pase con el traje de baño. En ese particular iba a reinar aquélla, Regina, capaz de prometer el cielo al público tras su primera aparición en escena, con el traje de noche, merced de un contoneo único, una sonrisa sincera y sin remilgos, sobretodo unas esferas de pecho voluptuosas aún bajo un vestido de riguroso negro, empero unos muslos capaces de “brotar” una y otra vez por aquel entreabierto de la falda; puro músculo. Y, sin embargo, aunque en realidad la exhibicionista sin intención de ello no ponía ahora mala cara, las que le competían le tuvieron miedo enseguida; parecía mala persona… subordinada a una mirada ambiciosa.
La gordita indígena que supervisaba los pases, sudorosa con una carpeta de apuntes entre manos, asomó al fin la cabeza por la puerta del camerino y avisó de que apenas quedaban dos minutos para que les tocara salir como último grupo de aquella otra tanda. Y su cabeza iba a devolverse a lo suyo, cuando reparó en que Elisabeth tenía dudas de cómo ajustarse el broche del bikini atrás en su espalda, haciéndose un perfecto lío y perdiendo de entre las manos la prenda tal y como se le escurriría un jabón.
Un ademán de la organizadora, por socorrerla, y luego para atrás a sus quehaceres fue suficiente como para que unas otras manos, delicadas, se hicieran a la espalda de la apurada primeriza en aquellas lides:
—Se te ve tan nerviosa... —dijo desde atrás Regina. Elisabeth no podía creerlo, ya que aquel aparente demonio la estaba ayudando. Quizá había que pensar, aún, si acaso quería asegurarse de que en plena palestra del espectáculo aquel bikini no cayera al suelo, hubiera silbidos y vítores y todo varón la señalase elegida vencedora por generosa, o se acordase por siempre de aquellos pechos para puntuarla al máximo. Sin embargo, a través del espejo, aquella mujercita la sonrió mientras anudaba los hilos. Asomaba por arriba, sobre su hombro izquierdo. Y todavía se quedó un tanto contemplando la verdadera belleza de Elisabeth, que pronto reconoció: —Eres muy bonita. Espero que tengas suerte — se despidió, y salió de allí la primera y tan decidida de lo que quería y de lo que no quería para sí; sobretodo, no quedarse atrás.
Elisabeth hizo el recorrido tras ella y las de su grupo mirando al suelo, el de aquel pasillo atestado de otras jóvenes que se devolvían con la prenda de playa y las que ya se agrupaban con otro traje de noche, el de la tercera exhibición, el más bonito que a las carreras y a codazos habían podido sacar de unos vestidores comunes, como en un mercadillo.
Chicas bonitas las había en cada partida de jovencitas al escenario, donde un señor de grandes bigotes y pajarita roja, en contraste con un rotundo traje negro, las iba presentando educadamente al uso de su micro; era un elegante hotel, donde todo el personal iba con el decoro al cuello, aún con chalecos rojos y camisas blancas. Sin embargo, aquel grupo en especial levantaba más las voces y más ruido en las palmas de los asistentes al concurso que ningún otro. Una ovación que se daba en aquella multitud de mesas de comedor circulares, donde bienaventurados empresarios, sus colegas, otros distinguidos de la sociedad local y sus esposas o amantes compaginaban la cena con el espectáculo. Y, entre otras rosas de piel morena, de piel blanca, rubias, otras morenas o castañas, alguna sola pelirroja, más altas y más bajas, mejor o peor formadas... pero todas dentro de un notable atractivo que sólo perdía brío en comparación a las pocas de todas ellas que se salían de la media ciudadana, Elisabeth se desfavorecía por motivo de sus nervios, su miedo... de sentirse en cada instante sólo la simple y llana hija de Doña Olga, una limpiadora o camarera por turnos que a poco podía imaginar que su hija pretendiera moverse con desparpajo delante de tanta gente, menos no tener arraigada la herencia de ser y cría de su madre por una dignidad que no casaba con coquetear en aquel estrado.
—...Con el número veintiséis, la señorita Elisabeth Díaz Castillo —fue llamada, y salió a los focos. Sonrió, al fin, ahora, porque Juliana ya le había reñido tras su primera aparición por haber estado tan seria. Y era el peor momento para iniciarse con la muestra feliz de dientes, puesto que, a su entender, que sólo callaba con las exigencias y consejos de su tía, ahora era realmente cuando “se vendía” al público saliendo prácticamente desnuda. Por ello, primero caminó decidida, enseñó muelas pero luego la tan pedida voltereta de cada joven la hizo a las prisas, sin que su nalga a medio tapar quedara expuesta por mucho tiempo.
Para cuando halló su lugar detrás de la que la antecedía, llevando las manos a la cintura y quedando ladeada al público, manera de doblar y estirar una y otra pierna para quedar en pose de muestra y en fila tras aquélla, sus ojos buscaron a Juliana en todo el salón, para perderse en cada rostro sin hallar el deseado. Sólo esperaba que ésta no estuviera enrolada en negociaciones con ninguno de aquellos galanes; no podía ocultarse la realidad de aquel mercado de esclavas, creyó pensar. Había, con otras caras, los mismos narcotraficantes que en su pueblo, rodeados, más o menos disimuladamente, de sus hombres de confianza. Luego, entre éstos, algunos todopoderosos que fumaban puros y bebían a destajo, siendo la gran mayoría de todos ellos hombres bien curtidos en años con los ojos atentos a la primera belleza que les animara a abrir el fondo de su bolsillo para comprarla. En el mejor de los casos, una esposa, que era en realidad la profunda intención de Juliana para con su sobrina. Al menos tantear a los hombres que, según ella, verdaderamente valían la pena; “un tipo del que te enamores por su forma de ser no te dará más que problemas, porque, cuando pases hambre de verdad, y desmorones tu cuerpo con un hijo a destiempo y de quien luego te va a dejar tirada por otra más cuidada o joven, ya será demasiado tarde”.
Era la voz de la experiencia... ¿Quién le iba a decir que no? La peluquera tenía ya cuatro hijos de tres hombres distintos, siempre burlada de promesas vacías al oído que al principio sonaban a música, pero que con el tiempo y la decadencia se entendía no eran más que un simple soplido. Ahora luchaba la vida ella sola, cara al frente con lo que fuera, sabedora de que el amor era algo más que el que se siente a primera vista.
Aquel infierno duró mucho, demasiado... En ello, Elisabeth tuvo la ocasión de identificar a quien de los guardaespaldas de los mafiosos sacaba fotos a todas y cada una de las chicas desde la mesa, clandestinamente. Otros, igual de portentosos en negocios sucios, ladeaban la cabeza uno sobre el otro para soltar algún comentario que seguramente tendría mucho más de tetas que de pupilas. En todo, Regina se llevaba la mayor parte. Su cuerpo fue el más desgastado a la vista de todos. Se supo de ello, además y para un ciego, por el ruido de los aplausos; brutos, sobretodo entre escoltas, que los había muchos, porque el distinguido entorno y las recomendaciones de sus jefes les obligaba a quedar calladitos de piropos y otras vulgaridades, limitándose a usar las manos.
Y, en realidad, la eternidad apenas fue un minuto, el que tardó el presentador en sacar a las chicas de aquel grupo y devolverlas a los vestuarios, asistido de listas y cronómetro de aquella indígena rechoncha que organizaba el trasfondo del evento, seguramente una avispada jefa de camareras del negocio. Ésta, con toques en el hombro y señas que imitaban el giro de una rueda, las iba promoviendo por el pasillo de vuelta a los camerinos.
Allí todo volvería a empezar; el cuerpo de Regina, siempre, listo para desvestirse, y ahora el traje largo de lentejuelas, de azul, que Elisabeth cogió para sí como intentando verse la cara en sus reflejos. Con él sabría si había llegado a algo en aquella primera presentación en sociedad, al menos de cara a un título a tenor de su apariencia física. Luego, el misterio de Juliana podía ser peor que tentar venderse como ganado, porque sería la venta en el acto.
Todo horrible... pero podría esperar... Regina aún tenía las manos en la cara de su sorpresa, y, según fueron entrando al camerino las restantes chicas de un total de cinco, todas y cada una de ellas mostró algún sentimiento de pasmo.
—¿Regina Rodríguez? —preguntó a tiro hecho, sobre la enorme rubia, un recadero del hotel.
—¿Sí? —dijo ella, aunque le temblara la voz; a su alrededor, la habitación estaba repleta de ramos de flores. Un visto y no visto, y un revolcón al corazón de la homenajeada. Jamás se pudo imaginar que tocaría tan hondo el corazón de algún invitado:
—Con la admiración del señor Álvaro Cortés —y el botones entregó, casi robótico, una tarjeta de enamorados, debidamente perfumada.
Fue un revuelo de felicitaciones y nervios. Salvo una aún estupefacta Elisabeth, las chicas disfrutaron aquel espectáculo como si fuera en realidad para todas ellas, con la devoción al momento que habían deseado vivir desde su primer ser de mujercitas, dejando en el fondo mísero de sus corazones la verdadera envidia que sentían hacia la galardonada. Ésta estuvo a punto de llorar, pero su ambición de ver qué vendría después la hizo fuerte y capaz de compartir aquellas flores con aquellas a las que debía compadecer como auténticas perdedoras de la noche, ya aunque alguna ganara el concurso.
Más tarde, tras el atraganto y el término del concurso, el asunto aún daba qué hablar. “Pobre chica...” comentó alguien en la sala de espera de aquella suntuosa recepción, un comentario que no escapó a los oídos de una Elisabeth apretada a su abrigo para que nadie más le viera las piernas; sentada en un cómodo butacón, esperaba a Juliana bajo la atenta mirada del chico de las maletas y del recepcionista, a los que la peluquera había pedido la tuvieran controlada de otros malos amores, aparte de los suyos, mientras ella debatía aún con los responsables del espectáculo indagando las fechas y los lugares de otros eventos de similar índole donde volver a intentarlo. “La “ganadora”, me refiero...” Tras ella, en otros asientos, una pareja cualquiera de limpiadoras ya de paisano, esperando la hora de irse a coger el microbús, sacaba sus conclusiones de la velada. “¿Cuántos ramos habría?” era el chisme. “¿Cincuenta?” exageraron. “Me parece que ya estaban de antes en la furgoneta del parqueadero, esperando por si aparecía alguna buena moza”.
Con capital de sobra, cualquiera. Seguro que un subalterno se había hecho la voz de jefe para hacerle entender a la verdadera ganadora del concurso, Regina, que ni lo terminó, que su mayor admirador en toda la sala la esperaba para tomar una copa, que era el responsable del “Amazonas” tan florido en el camerino y que detrás de esos mismos aparentemente infinitos ramos de flores habría mucho más. Por eso Juliana había llevado a Elisabeth a aquel matadero, porque allí también había chicas de clase media y sobretodo clase baja y rural que habían nacido con el don de la belleza, el que debía ser explotado convenientemente para encaminarlas en un futuro tan brillante como acaso podría pensarse, a menudo en vano, de haber sido dadas a luz con un cerebro portentoso. Porque la mujer, tal cual se demostrara hoy, era ganado en aquel país, para la mayoría machista que deseaba una esposa sino guapa, al menos trabajadora del hogar, que acaso el desenfreno por sus curvas lo hallaría fuera de casa y en otros brazos. De ser bonita, rezaba la peluquera, consagrarse a quien en contrapartida a su poca estima por las hembras se le podría considerar apenas como “el que trae el pan a casa”, bastase decir que era conveniente que no es que éste fuera a buscarlo, sino que debía ser el panadero en persona.
Lamentablemente, debía elegir él. Así eran las reglas. La mujer, lo único que podía hacer era pavonearse delante de sus ojos para embrujarlo. Eso mismo, decía Juliana, era lo fácil. Lo difícil era conseguir que la primera impresión se convirtiese en una necesidad vital para el mecenas. La primera, segunda, tercera y cuarta cita eran primordiales. En ellas, intentar ser de cama muy difícil, para según quién se topara, que al fin y al cabo sería siempre una ruleta rusa, podría desembocar en según qué hombres en una violación y luego la muerte; “desaparecida”, se solía decir. Si se le caía encima al hombre de primeras, hambrienta, también podría ser desestimada. Claro que se la aprovecharía para fornicar, pero luego el jefe podría renegarla a sus secuaces para que pasaran una buena noche a su costa.
No había, pues, otra elección más que confiar en la suerte. Al fin y al cabo, sólo se era entonces una chica en el coche de unos extraños... y así la vio cruzar Elisabeth, en un todoterreno tan de negro, lunas incluidas, que parecía el mismo carro de la muerte. Si acaso, las estrellas de las ruedas daban algo de magia al mastodonte que cruzaba ante el hotel con las luces apagadas, quizá para no llamar la atención... como un suspiro; nunca se sabe. Por los nervios, el sofoco de Regina fue remediado por el hombre que la conquistaba bajando la ventanilla de su lado, para que aquélla que se dejara anudar el traje de baño la viera sonriente, abrazada de manos con el tal... en lo sombrío aquél... de paso, rápido, apenas casi un segundo, así como apenas por menos de un segundo ambas pupilas se encontraron, el lapso pasó y quedó para el recuerdo que aquella rubia, al menos por una nada de tiempo que parecía una chispa, vistiera la mayor cara de pánico que Elisabeth jamás había visto en nadie.
Bueno, tengo que confesar que tengo un amor acá, en España.