Javier Ramírez Viera
Javier Ramírez Viera

Escritia.com
JavierRamirezViera.com
Las Palmas de Gran Canaria,
España.
2010
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Capítulo primero
Vi aquel resplandor rojo sobre mi cabeza. Nunca había visto una luz tan intensa, como un sol brillante… aunque no me hacía daño a la vista verla venir. Un fogonazo que lo ocupó todo, y convirtió el día, el bonito bosque, en un todo carmesí.
Desperté entonces, para entender que sólo había sido un sueño… ¿o no?
…Lo llevaba puesto. Lo supe porque lo sentía, aunque no me pesara ni tuviera molestia alguna en la frente. Más bien lo sentía en el alma, aunque fuese complicado entender que aquel rubí en mi frente se arraigase en realidad por todo mi cuerpo.
Yo no era entonces más que un niño de pocos meses. Una bendición, como auguraran los sabios habría de venir como fruto del vientre de la reina de los Noah. Y yo, por tanto, heredero al reino de aquel pacífico pueblo de las montañas.
Hacía siglos que los Noah habitaban aquellos picos helados. Donde no hubiere nieve, o hielo, se alzaban imponentes interminables paredes de piedra blanca, convirtiéndolo todo en un manto claro que implicaba un sentimiento casi celestial. Allí, los Noah habían hallado la calma y la sabiduría con la distancia al mundo y la cercanía a las estrellas; no oraban a dios alguno, sino que, en aquellas noches de ensueño, invocaban las fuerzas del Universo y elevaban sus almas a lugares más altivos, a otros confines remotos de la tierra… a otras montañas, o al fondo del mar. A menudo, los sabios, los ancianos más espirituales, comentaban sus viajes astrales, los que convertían a aquellos calmosos brujos de hechicería blanca en los viajeros más escurridizos y trotamundos de los que se pudiera tener noticia. Ayer, una selva tropical… hoy, un desierto interminable. Incluso, viajes en el tiempo. Al pasado, y al futuro. Por eso, el consejo de los Noah había predicho mi llegada. Por eso me honraban con aquel rubí, en el que habían volcado todos sus poderes y cientos de años de historia. Yo, heredero de su estirpe, de una cultura incomprendida en un mundo de pueblos bárbaros y reyes amantes de conquistas.
No entendí entonces qué tanto revuelo podría haber en gente tan tranquila. Claro, sólo era un niño… y yo sólo oía el murmullo del viento. Sin embargo, los entendidos Noah oían de él todo cuanto pasaba en el mundo, ya fueran risas o lamentos. Se visitaban unos a otros en sus cuevas y se sentaban en la alfombras a sopesar las extrañas circunstancias que “olisqueaban en el aire”, las que convertían el mundo en un lugar todavía peor. Eso sí lo supe, cuando notaba que terminaban de hablar mirando fijamente a mi cuna, y al niño que había dentro. De alguna manera, sí supe que los sabios de aquel pueblo me venían a ver a menudo por todo menos por cortesía. Me mentaban en otros lugares de la aldea, suspiraban por mí y volcaban su juicio en mi persona… Incluso sabía que habían trazado mi dibujo en las paredes, con piedra de carboncillo, la misma que de día vestía de infinidad de jeroglíficos la tanta piedra caliza, para, de noche, resplandecer de pura magia en infinidad de colores alentados de aquellos rituales al cielo. Por algo me honraban… como contenían un celo profundo al sopesar ese significado que me daban.
…Yo era demasiado niño entonces.
Eso sí, recuerdo, y por siempre, aquel ocaso maldito. Los Noah, aquellos hechiceros ancianos, y sus esposas, centenarias mujeres rejuvenecidas en bellas hechiceras, fueron poco a poco saliendo de sus cuevas para tomar lugar junto a sus tótems de magia. Con resignación, a sabiendas de lo que ya se les venía encima, observaron apenas alentados en sus bastones y cetros la llegada de la noche, que convertía las montañas en hervideros de fuego, de ese fogonazo herido del astro rey que se marcha al acabar el día. Sin embargo, a diferencia de otros atardeceres en aquellas montañas, el cielo no se iba tildando de estrellas, sino de una nebulosa grasienta.
Oh… recuerdo aquellas bonitas estrellas… Mi madre me dejaba hasta medianoche allí, al filo del precipicio, para que mis ojos se llenaran de ellas. Sus guiños me enseñaban tantas cosas… Aquella noche, empero, iba a ser diferente. Se cernían las sombras sobre La Tierra y mi pueblo iba a enfrentarse a ellas, a intentar detener su hasta ahora implacable avance. Por eso, madre me confinó a aquella nube. Hacía años que mantenían conversaciones con ellas, hasta que una hermosa y pomposa nube blanca se avino generosa del otro confín del mundo presta a ayudar a los Noah. A mí y mi cuna, por supuesto. Yo no era más que un bebé. Un heredero de los Noah, que en aquel ocaso partía lejos bajo aquel extraño arco de irrealidad entre el día y la noche. Camino a la luz, y a la salvación, mientras la guerra empezaba en aquellas montañas.
* * *
Aprendí a caminar sobre una nube. Por eso tardé en hacerlo. Un andar interminable, porque casi siempre me encontraba en el mismo punto. Apenas creía que mi cuna quedaba atrás, al cabo que me despistara volvía a tenerla a mi lado. Mi peculiar alfombra voladora tenía la culpa. O la virtud, mejor dicho, porque estaba ahí para velar por mí, no para permitir que llegara hasta su borde y cayera al vacío; volaba despacio, y seguro que no llegaría a cogerme antes de que cayera al suelo. Por eso que hiciese de constantes bucles sobre sí misma, casi imperceptibles para mí, y lograr así tenerme en su centro absoluto.
Era cómoda… A menudo solía prescindir de mi cuna para dormir sobre ella. Gustaba además de saltar sobre su nebulosa superficie y jugar en mil piruetas sobre las crestas elásticas de su forma. Ella, por su parte, me arropaba por las noches. Era entonces cuando subía muy alto, tan por encima de sus congéneres que creía íbamos a abandonar el mundo. Allí aguardaban las estrellas, con las que volvía a conversar. Un todo, que me miraba más a mí de los que yo jamás podría siquiera intentar devolver tanta mirada.
En los días calurosos, mi nube se vestía de aquella agua evaporada que me refrescaba todo el tiempo. Con viento, infinitos rizos de su misma forma conjugaban las malas intenciones de La Naturaleza por hacerme salir volando. Quizá, más que La Naturaleza, los malos espíritus. De ellos también me cuidaba mi particular niñera, escupiendo un trueno demoledor en cuanto alguna silueta fantasmal se divisaba en la distancia.
Temprano, mi nube acariciaba los prados, los bosques, las campiñas… y brotaban en su superficie aquellas frutas y bayas que iba absorbiendo para mí. Un baño suponía un declive en su forma, como una bañera, y un torrencial de agua cristalina, pura, tan clara que su sabor me alentaba los recuerdos de las montañas donde nací.
Me sentía arrullado… Un soplo me acariciaba a menudo la frente, donde mi rubí. Con heladas, éste se ponía al rojo vivo, quitándome de encima cualquier sensación de frío.
Mi nube y yo, en su eterno ciclo a través del mundo.
Capítulo segundo
Siete meses en los cielos. Toda una vida para mí, en la que no era capaz de percibir el paso del tiempo. Ni siquiera el cambio en mi forma, cuando pasé a ser un niño fortalecido de juegos y alentado de paisajes, con una mente feliz y abierta por haber visto desiertos, cordilleras, bosques, mares y océanos… Había visto el vuelo de los pájaros, a menudo en copiosas bandadas, y guardaba celosamente las hojas y semillas al vuelo. Reí con el salto magistral de los delfines sobre las olas, y perseguí con locura una mariposa tan aventurera como yo. Mil veces había saludado la llegada del sol, allá arriba, por encima de otro de esos océanos, pero de nubes. De esas nubes muertas, las que no sienten, como la mía.
Llegado el momento, tendría que rectificar ese parecer. Las nubes sí que están vivas. Lo supe aquella mañana, cuando Casiea, como llamaba yo a mi nube, descendió sobre la tierra para averiguar en qué punto del mundo nos encontrábamos. Entonces, en la distancia, un sinfín de nubarrones negros giraba y se retorcía sobre sí mismo y en su propia jauría. Se antojaban mil demonios, maldiciendo con cada relámpago que eructaban. Fue una visión apocalíptica, en la que Casiea se vio inmersa sin apenas darse cuenta; había otro tipos de nubes girando en torno a nosotros, aunque éstas pomposas y celestiales. Pues así, enseguida se nos antojaron dos frentes, que iban retorciéndose y burbujeando en mil eclosiones.
Allá, las nubes negras empezaron a tomar formas salvajes. De un lobo, de un cuervo, de una araña… Bestias inmundas, cuyas entrañas relampagueaban de odio. Acá, a nuestra vera, nuestras nubes blancas iban tornándose bellos corceles, cisnes y dragones.
Fue una batalla campal. Tronaba el viento, y las dentelladas, los coletazos y las embestidas iban desgranado las formas, que se retraían asustadizamente para luego aunar nuevas fuerzas y reaparecer en la forma de alguna otra criatura. Un caos, donde Casiea luchaba afanosamente por no perderme de su superficie. Los torbellinos nubosos nos sobrevolaban, y los empujones de las bolsas y crestas de aquel oleaje de cúmulos tormentosos o albinos la hacían retorcerse.
Debo reconocer que me divertía la situación. Aún no consciente de los peligros, este joven Noah se fascinaba de aquel mundo nebuloso tan gigantesco, de las poderosas fuerzas de La Naturaleza en plena ebullición.
“¡Maldición…! ¡Es un niño!” oí del viento. Los Noah tenemos esa particularidad, la de poder presentir e incluso escuchar de viva voz palabras que nacen en la distancia. Con la práctica, ese don se hace más intuitivo… pero toda la estirpe de mi pueblo posee esos poderes aún sin haberlos desarrollado, por cuando son simples bebés.
Ya había oído la voz de las personas. Si bien, Casiea tenía órdenes de alejarse de los seres humanos, manera de mantenerme lejos de la corrupción del hombre. Incluso me parapetaba de la perfecta vista de los depredadores aéreos, en especial de los dragones, haciendo sobre mí una especie de paraguas. Sin embargo, en aquel maremagno de formas no tenía tiempo sino de celarme. En tanto, para un observador desde el suelo, entre la tormentosa guerra del cielo correteaba un niño. Un niño desnudo, con el único atuendo de aquel rubí en su frente: yo mismo.
Y alguien quiso socorrerme, aunque en un principio pareciera lo contrario. Porque la infinidad de nubes blancas se cernieron sobre Casiea, protegiéndola de las embestidas de los nubarrones oscuros en lo que se me antojó un colapso total de la existencia. No veía nada, sino escuchaba mil vientos, los mil rugidos de la tempestad… y las voces de un par de brujos que intentaban dominar las leyes elementales del cielo:
“¡Asyum, isram salueok arim…!”
“¡Ark valem kasiak…!”
Y, poco a poco, la calma fue acaeciendo. El cielo volvió a abrirse, mientras sentía que mi cuerpo iba descendiendo suavemente. Casiea, a voluntad de aquellos extraños, “calladita”… como si alguna vez hubiera tenido la facultad de hablar. Resplandeció el sol sobre mi rostro, mientras podía ver, muy a lo lejos, que aquellos nubarrones oscuros se marchitaban en la distancia.
—¡Un niño! —volvió a repetirse la voz. Para entonces, mis pies pisaban por primera vez el suelo. Aún siendo bebé, por mi casta mágica ya sabía de antemano lo que era un bosque, la fresca hierba, el olor a mojado del monte en la mañana… Ahora, sentirlo era como revivir antiguas experiencias. Los Noah somos soñadores, pero también sabemos mucho del mundo real. Di un salto de alegría, riendo como el niño que era. El amplio valle se me escapaba de las manos, y yo quería cogerlo todo. Nadie pudo evitar que saliese corriendo hacia ninguna parte, y a todas juntas.
—…Es un niño avenido del cielo —comentó uno de los dos ancianos. Dos brujos. Dos hermanos.
—¿Le has visto los ojos?
—No he tenido tiempo —refunfuñó el otro.
No era fácil que me dieran alcance, pero, con igual paciencia, Ahum y Salak anduvieron curiosos tras mi periplo de juegos. Ahum era el hermano mayor, y vestía una túnica con los colores del otoño. Su interminable barba gris empezaba en su envejecido rostro, pero era imposible verle el final, pues parecía perderse en el infinito. Ésta Danzaba suavemente, aunque no hubiera viento. Sus ojos verdes eran intensos, como dos esmeraldas. Dos estrellas, porque Ahum era muy alto y siempre se situaban allá arriba, como luceros. Salak, en cambio, era pequeño… o encorvado, mejor dicho. Encogido sobre sí, como si permanentemente tuviera frío. De hecho, se abrigaba, aún a pleno sol, con una manta a cuadros. No caminaba, propiamente. Lo hacía por él aquella silla antigua, ornamentada de tirabuzones en su madera. Quizá había perdido la facultad de caminar, por lo que su asiento hacía las veces de sus pies, a cuatro patas en movimiento, que se antojaban el paso elegante de un envejecido corcel. También, como anciano, tenía su profusa barba, sólo que ésta no era gris, sino rojiza, haciendo juego con su gorro de lana del color de las zanahorias. En general, ése era su tinte, asimismo del otoño.
No me alcanzaron. Fui yo quien me devolví a ellos sin apenas darme cuenta. Corriendo, quizá, detrás de alguna mariposa. Por esas mismas locuras fui a tropezar directamente con Salak y su silla, justo para casi caer en su regazo. Retrocedí sorprendido, más del encuentro que de la pinta de un extraño; ya estaba acostumbrado a los ancianos, pues todos los Noah lo son. Fue entonces cuando esbocé una sonrisa, para luego preocuparme por una sombra que se cernió sobre mi cabeza. Era Ahum, en su altivez. Fue momento de que su sinuosa barba jugase conmigo. O, mejor dicho, del revés.
—¡Mírale los ojos, Salak!
—¡No se los veo, demonios!
…Y Ahum me contuvo, cariñosamente. Casi un gesto de abuelo. Me levantó la cara cogiéndome con delicadeza la barbilla. Así pues, sus sospechas se confirmaron; los Noah tenemos los ojos cargados de los reflejos de las estrellas. En ellos nos centellean infinidad de noches allí acumuladas. Incluso, con un poco de paciencia, en los ojos de un Noah puede llegar a verse una estrella fugaz.
—Es un niño Noah —dijo, sorprendido.
—No existen niños en los Noah… —refunfuñó Salak. —O, mejor dicho, no existen los Noah; hace siglos que se extinguieron.
—Pero este es un niño Noah…
—Quiero jugar —dije. Era mis primeras palabras. Ni siquiera me percaté de ello, sino de que quería jugar. Por eso me solté de aquellos brazos, los que nunca quisieron apresarme. De hecho, Ahum sabía bien quién era, siendo un Noah. Sabía que nadie me había enseñado a hablar, que esas cosas no se enseñan entre los míos, sino que se trasmiten de generación en generación en una herencia similar a tener los ojos de tu padre, o el color de cabello de tu madre.
—Ha venido del cielo —sopesó Ahum, viéndome marchar; sabía que no iba lejos, sino a rondar aquellos parajes en mil juegos con las abejas y los escarabajos voladores, y quizá mordisquear una seta o unas bayas. —Ninguna comunidad de brujos ha tenido una comunión tan hermanada con el cielo como los Noah.
—Se extinguieron, amigo mío —le negó Salak.
—Sí, hace siglos. Sabemos que se enfrentaron a las sombras en sus montañas. También que la leyenda dice que jamás se extinguirán, y este niño es una ferviente prueba de ello.
—Un niño no puede ser un Noah. Esa gente nunca fueron niños. No existen niños entre los Noah.