Javier Ramírez Viera
Javier Ramírez Viera

Escritia.com
JavierRamirezViera.com
Las
Palmas de Gran Canaria, España.
2010
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Capítulo primero
*Bip, bip*
*Tiene un mensaje nuevo*
*Número desconocido*
“Zorra, que eres una zorra”
*Recibido hoy a las 2.35h*
Aquella segunda vez, Eugenia tuvo verdaderas ganas de estrellar el móvil contra las vitrinas, los espejos o la máquina de música de aquel pub. Y aquella cara de frustración no pasó desapercibida para sus dos amigas, las que compartían mesa con ella en el local. Todas en la esquina, casi parapetadas en lo oscuro, empero en rojos de submarino, siendo el punto más estratégico del lugar, como los romanos en Gibraltar, a la manera de ir viendo toda la gente que salía y entraba al negocio. Pero nadie dijo nada. Si acaso, Eugenia se regañó apenas un instante, volvió a meter el celular en el bolso y a tomar otra profunda calada, casi suspirándola al terminarla.
*Bip, bip*
*Tiene un mensaje nuevo*
*Número desconocido*
“Puta te vas a acordar de mí”
*Recibido hoy a las 3.21h*
Y así volvió a pitar el móvil. Tampoco habría tregua en la parada del autobús, con el frío; una minifalda en riguroso negro para tramar el espejismo de disimular los kilitos de más, un top de lentejuelas doradas y apenas una fina rebeca no ayudaban mucho en la intemperie. Ni siquiera el escueto bolso, casi sólo la funda del móvil, se dejaba caer en su muslo para abrigarlo, sino para hacerlo como compaña tediosa por sus hebillas metálicas, frías como el hielo de los mojitos. La que restaba de ambas amigas de aquella noche de copas, pues la otra era ahora tránsfuga con un ex novio, dejó caer su mirada sobre la “homenajeada” de la noche por vía satélite y ahora por más tiempo, como pidiendo explicaciones sobre qué tanto secreto se traía con el celular. Pero no hubo respuesta; aquello era personal, y no tanto como para no contarlo, sino que Eugenia quería estar segura primero de quién la estaba acosando.
*Bip, bip*
*Tiene un mensaje nuevo*
*Número desconocido*
“Te estoy persiguiendo”
*Recibido hoy a las 4.19h*
Encima, el atasco de cuerpos dentro de autobús había sido tedioso, como para recibir otro mensaje a las puertas de casa. Había tardado una eternidad en llegar a ella, cosas de una huelga y por la festividad de la patrona de la isla. Pues así, el transporte se había rebosado de gente, que a esa hora solía ser de la festiva, sudada y dicharachera, molestosa, que acaso la peste a tabaco daba igual porque Eugenia era más que adicta a él.
Sólo apenas un minuto antes, otra vez el bip del celular... por lo que, todavía en el ascensor, Eugenia buscó con prisas las llaves en el bolso, abrió la puerta del sexto con cuidado, su casa, su piso, y, casi a hurtadillas, queriendo pillarse al del delito con las manos en la masa, quitándose los zapatos, y con ello sus tacones de cascos de caballo, pasó al salón a oscuras para encontrarse algo mejor que al “sinvergüenza” de su ex marido, que no era otra cosa que el móvil de éste sobre la mesa. Y todavía estaba caliente... Eso, al menos, creyó sentir de él Eugenia, pesando en que si a esas altas horas de la madrugada aquel tipo lo había usado, acaso era para enviar esos inmaduros y despechados mensajes.
No lo indagó, metiéndose en sus menús. Lo devolvió a su sitio, para respetar en este caso ese estúpido sentido de la intimidad para según qué cosas, y terminó tomando lugar en el sofá, enfrente de aquella línea de horizonte que salía por debajo de la puerta del baño; la luz de éste estaba encendida. Sonó la cisterna, un bostezo, y Fran salió todavía subiéndose la cremallera del pantalón. Tremendo susto que se llevó, aunque en toda la noche no hubiera esperado otra cosa que el regreso de aquella mujer que una vez le perteneciera; bueno... al menos, creyó pensar en apenas un instante, encontrarla de sopetón en la casa era mejor que, desde la ventana de la cocina, verla salir del coche del algún desconocido, como la última vez, y del cual intentara coger la matrícula para seguir haciendo el tonto. En aquella experiencia como improvisado canguro de sus dos hijos había recorrido toda la casa de una esquina a la otra como un recluta en su imaginaria, esperando el cambio de turno no con sueño, sino con el nerviosismo de un padre primerizo en el pasillo del materno, con su esposa del alma a punto de dar al mundo gemelos y por cesárea. En aquella otra maldita madrugada, y ya iban dos, había conocido como nunca la que fuera su casa, fijando su melancolía en cientos de detalles nuevos que siempre le habían pasado desapercibidos; de tanto estar en la ventana, de tanto rondar la vista por el barrio, pensaba que casi sería capaz de reproducir aquel marco de aluminio, sus cristales y cierres de memoria... así como hacer un plano de la plaza y del parking, de tanto que perdió la vista esperando ver de regreso aquellas lentejuelas. El bien “bien vestir” que el escote de su ex mujer, tan monumental, hacía que sobrara... como si acaso la hembra fuera “a por todas”, que ganas tuvo entonces, el que ya no pintaba nada, de hacer reproches sobre él, como de padre a hija, empero sobre una mujer que ya no era suya.
“Mis tetas rondando por ahí... ¿Cómo ha podido llegar a pasar esto?”
—Creo entender, por lo de esta noche, que aún no has superado lo nuestro —Eugenia, de brazos de cruzados, como cuando regañaba a sus hijos.
—No sé a qué te refieres... ¿Lo has pasado bien?
—No te hagas el nuevo. Me has estado enviando mensajes...
—¿Han vuelto a enviarte mensajes? Déjame ver... —y quiso acercarse a ella, pero se le negó el arrojo con la palma alzada; deseaba cogerla las manos, al menos, en el trajín del celular, y también hacerse con éste, el de la que tanto celaba, manera de revivir las impresiones que había tenido aquella mujer al ver los quizá poco estudiados pero muy sentidos textos que la había enviado, o acaso saber si alguno se hubiera perdido por las tramas de la dichosa cobertura. —No me hagas esto —se quejó, viendo en Eugenia aquella mueca de hierro que desde el “último adiós” vestía día y noche. —No soy un crío para que me trates así —deliró, sin muchos más argumentos, con la vista perdida en el escote de la que fuera su amante; seguía todo ahí, tan bonito... pero ahora tan distante como La Luna que nunca pudo regalarle.
—¿Y ahora me hablas de madurez? Si lo hubieras sido no tendría que haber pedido una orden de alejamiento.
—El primer mes, que fue horrible... Ya hablamos de eso.
—Escucha, Fran. Lo nuestro ya terminó. Si acaso estás aquí es porque me fío más del padre de mis hijos que de cualquier niñera. Sé que contigo van a estar mejor que con nadie. Por eso accedo a esta locura. Pero no sé cuánto más voy a poder aguantar... —y, vencida, Eugenia dejó caer su frente en sendas manos.
Era un momento ideal para consolarla, hallar de nuevo ese contacto para abrazarla. Pero no funcionaría, sopesó Fran. Su ex mujer estaba vestida con coraza, y de rencores... o quizá de estorbo, mejor dicho, porque aquel hombrecito que pululaba su hogar no pasaba, pese a su treintena bien larga de años, de ser aquel mismo adolescente incapaz de madurar, aquél del cual se enamorara víctima de la inexperiencia. Luego el don nadie seguía odiando que Eugenia se le refiriese como “al padre de sus hijos”, que daba título, por supuesto, pero que lo relegaba al único papel de niñera, de manutención y obligaciones, a su entender. Preferiría, por supuesto, la credencial de “esposo”, que era lo mismo, pero a tiempo completo, con privilegios de cobijo y estancia en aquél, su hogar, en lizas, peleas y discusiones con su prole y su señora, cama con ella y la nevera llena, que era mucho suponer. Eso soñaba recuperar Fran, que el supuesto de “trotamundos”, de casa de sus padres a su extinta morada, era un papel absurdo, de títere aún con menos futuro que antaño.
—Sabes que vamos a terminar atrapando a ese sinvergüenza —terminó por decir el incoherente, siguiendo en sus trece. Era imposible que reconociese “sus bromas” de mal gusto. Y las escondía aún después de que Eugenia le identificara la voz cuando, asimismo de madrugada, en otra noche, la llamara a saber a qué discoteca para decirla “zorra”, y cortar, hablado así como por un embudo, con acento de dibujos animados... pero con el reproche y timbre suficientes para ser reconocido. Casualidades del destino debieron de ser suficientes, tras que Fran fuera acusado de esa primera jugada, en balde, como para que a partir de entonces las amenazas pasaran a ser sólo mensajes de texto.
—No quiero oír nada más. Sólo quiero irme a la cama... —fue el último suspiro de Eugenia, que casi como un muerto viviente logró alzarse del sofá e ir al cuarto de baño.
Su lugar lo ocupó Fran; tenía su treta, ya que el cojín del asiento quedaba impregnado del calor de aquellas nalgas. Luego, la barbilla casi como entre las rodillas, para pensar... deseoso de saber, para bien o para mal, si la que aguardaba a su ex sería la primera cama que “pisara” aquella noche. Porque durante un segundo, y luego para toda la madrugada, se había sentido un tonto mientras, y todo para impresionar a la que había salido de marcha, se había volcado como de buen padre en aquella casa, dando de cenar a los niños y arreglando la cocina para, justo al trajinar con la bolsa de basura, sentir su miseria al tiempo que los desperdicios se acompasaban en ella al tirar de las asas, momento en que el hedor brotó hasta sus narices para mostrarle la cara más miserable de su nuevo papel en la vida. No era buena idea, todo aquello que estaba pasando. Con “su mujer” buscando novio, algo no encajaba en aquel raro destino.
Encogerse de hombros, mímico, lo llevó a coger su manta y extenderse en el sofá, que sería su cama aquella noche, por supuesto; la ganadora del concurso ocuparía la alcoba de matrimonio. Como recompensa, al menos podía acurrucarse allí, en su supuesta casa, para sentirse un poco como antes. No eran las coordenadas más deseables, pero al menos estaba allí. Con eso parecía conformarse, todavía, así como en la vida siempre supo conformarse con empleos mal pagados, pocos estudios y aspiraciones, motivos que probablemente desembocaran en el no quiero de su mujer.
Y, observando aquel lugar, tan ajeno y propio a la vez, Fran vio que Eugenia había mandado colocar todos y cada uno de los cristales rotos de las puertas, aquéllos que él quebrara cuando la última discusión, cuando el cese definitivo de la relación. En aquella noche, la policía apareció, alertada por los vecinos, y una aún compasiva aspirante a divorciada lo salvó del calabozo alegando que había sido ella. Y era muy curioso, porque, en la misma discusión, en los mismos altibajos de voces e insultos, en la misma proporción de drama para ambos, por desigualdades legales ella sí que tenía poder para romper cristales saliendo impune... y para permanecer en casa, incluso, mientras él era expulsado.
Honestamente, Fran tampoco hubiera permitido que su mujer terminara en el calabozo. Ingenuo, no era capaz de entender que en su haber no había posibilidad alguna de conseguir eso. Porque si la nerviosa hubiera sido ella, aunque Eugenia tirara por el balcón la lavadora, el televisor y la nevera, nadie le pondría a una mujer las esposas; a él sí, aunque fueron en ese caso en forma de manos sobre los hombros, palmaditas en la espalda y mucha educación para ir de patitas a la calle, a la puta calle, con todas sus letras, y para merodear el barrio con las manos en los bolsillos mientras quien lo había renegado recogía cristales, eso sí, pero luego se daba una ducha caliente. ¿Quién iba a sospechar que Eugenia iba a estar “compinchada” con la policía?
Con las bragas en los tobillos, fumando en el inodoro al uso del extractor de gases a toda marcha, Eugenia miraba de reojo el espejo donde tantas horas, y tantos días, se observara la incipiente vejez, el tiempo perdido, las ojeras y las promesas rotas. En él, hacía ya dos meses, estuvo casi veinte minutos reuniendo el valor, que le sobraba, para declararle por primera vez a Fran que quería dejarlo, cosa que terminó en un tira y afloja largo, tedioso, como si acaso el cabeza de familia nunca hubiera sospechado nada, el que su esposa se había estado marchitando desde hacía ya mucho tiempo y fuera incapaz de concebir aquella “drástica” forma de pensar... y “drástico” dejar de querer.
Eran muchos años... Habían sido novios desde los catorce años, no conociendo, por ambas partes, otros amores. Y Eugenia ya no podía más. El amor eterno era muy homogéneo, aburrido, así como lo eran tantos días con su esposo en casa de día, durmiendo, y la cama fría de noche, mientras éste iba al trabajo. Porque Fran no se había “especializado” en otra cosa que en ser vigilante de obras, las cuales sólo tenían dos formas de ser. La primera, al uso de las horas de sol para los albañiles... La segunda, el cierre cuando no los hubiere, que daba empleo al susodicho.
Un eterno vampiro... y una eterna doncella en la torre.
Otros tiempos corrían... Eugenia no quería que se acontecieran más miserias como la de los últimos regalos del Día de Reyes, donde sus dos hijos fueron recompensados por sus majestades por sendos coches teledirigidos, cacharros chinos, tóxicos hasta para la vista, idénticos a no ser por sus colores. Lágrimas como madre, en el silencio, al comprobar que sus niños no podían hacerlos uso, que sendos supuestos amantes de un tal Fernando Alonso, todo empuje paterno, no podían hacer nada al respecto a la imitación de una carrera porque las frecuencias de radio eran las mismas para ambos juguetes y los malditos trastos se movían a la vez.
...Y el tonto del padre sin darse cuenta de nada, sino de haber “cumplido”. Por ello, Eugenia quería a un tipo que diera a sus hijos algo más. Porque que los niños de gente adinerada vieran el mismo canal de pago de dibujos animados no era consuelo, si luego todo lo demás eran sólo fotocopias baratas.
Tampoco quería ir del brazo de un tipo que siempre iba como de chándal, hablando tonterías... sobretodo abusando de las charlas de fútbol, cuyas tramas repetía al cruzarse con el del quinto, el del segundo, el del bar... y para decir siempre lo mismo cada lunes. Y, por supuesto, que diera zapatazos al suelo tal cual un cambio de guardia de soldados rusos cuando se cruzaba por la calle con un ciego y su bastón, haciéndose notar para no ser arrollado… callado y sorprendido del extraño, como si acaso esquivara al mismísimo Diablo.
Eso había pasado a la historia. Porque la serie Sexo en Nueva York había abierto nuevos horizontes. Porque Eugenia quería ser una de aquellas mujeres modernas. Quería poder decidir en todo momento el poder acostarse o no con quien quisiera, principalmente, como si la vida girara en torno a la decisión de aquel morboso ritual. Y esa nueva filosofía la materializó, y algún sonrojo le había costado, por cuanto siempre supo que a todo hombre Fran miraba de reojo y desconfianza desde su separación, buscando culpables... todos menos al abogado de su ex, para saber que aquél había sido el primero de los desenfrenos de ésta, apenas dos semanas desde la ruptura... y como buen homenaje a tantos años de matrimonio. En el despacho del erudito en leyes, las manos del chupatintas se habían deslizado por cualesquiera rincón de aquella rubia platino ardiente y en nuevo uso, divorciada, deseosa de empezar a vivir, de reírse de todos y de que se rieran de ella. Manos que introdujeron sus dedos donde no se podía, para luego dar un apretón de manos al entredicho cornudo, de forma ocasional y al firmar los acuerdos, con sonrisa incluida, y sarcasmo en la mirada del de oficio, sabedor de que el vigilante rondaba siempre las musarañas. Luego, en aquella firma, el beso en la mejilla de Eugenia al comprensivo divorciado también tenía guasa, porque sendos labios habían hecho una felación aquella misma mañana al que representara sus muchos y aplastantes derechos, y para sacar en ello tajada de todo, acaso más cosas de las que nunca había terminado por lograr dentro de la santa unión; cosas de la madurez, aparte de criar a un pequeño varón, pues el primero fue niña, la convertía en una experta en genitales.
Cada día, Eugenia estaba más conforme con la decisión tomada. Porque Fran se convertía a cada paso que daba en un títere de más roído trapo, por lo que sentía incluso que había aguantado demasiado por nada. Y sobretodo porque al tal, salvo tonterías como aquellas llamadas y mensajes al móvil, que al menos debía dejar pasar como pequeñas licencias a su decaído estado de ánimo, podía manejar con sólo alzar un dedo, que, como perrito faldero, la obedecía en todo trajín; el juez la apoyaba.
Y Fran, en silencio, en lo oscuro del salón, escuchando toda menudencia que se desprendiera de las acciones de su ex mujer en el baño. Él no había decidido nada. Él tenía el hueco que tantos compinches le habían dejado, al menos, tener. Lo suyo era sólo escuchar mientras aquella mujer liberada se daba una ducha, y luego, menuda estupidez de vida, creyó pensar el de poca voz y voto, quedarse inmóvil, y calladito, cuando ésta por fin salió del aseo con la toalla en la cintura y los abundantes senos apretujados con un brazo atravesado, la otra mano en el experto “turbante” del pelo, y para no mostrar más que lo justo y suficiente para que aquel hombre se pusiera más ardiente que el más gallardo de los amantes.
Capítulo segundo
Aquella mañana Paula tuvo que madrugar, que era tanto como alzar la cabeza de la almohada como cuatro horas después que su marido, que se escurría de la cama en silencio, como un suspiro. Eran las diez y media, y debía ponerse manos a la obra porque le llegaría en breve una clienta.
Las niñas, las dos, ya de largo que se habrían ido para el colegio y el instituto, tras que, al menos, durante quince minutos Paula hiciera el siempre mismo esfuerzo de acompañarlas a la cocina, al desayuno, para verlas las ropas y asegurarse que de la noche a la mañana no hubieran madurado demasiado y salieran de casa de forma indecente. Al tiempo, verlas siguiendo el régimen de zumos y pocas grasas, como señoritas de la alta sociedad que debían aparentar... ser, en el caso estricto de cómo las veía su madre.
Luego, el catre... siempre hasta las doce, manera de alzar la cabeza justo para cocinar cualquier cosa o llamar al chino y pedir algo si acaso continuaba aquel franco deseo de comerse las sábanas. Pero hoy, Paula ejercía. Para eso había acomodado una de las cinco habitaciones de su buen piso, en una buena avenida principal, como laboratorio de trabajo. En ella, comprada a un crédito que se hacía eterno, una compleja y completa mesa de fisioterapeuta... pero acaso sólo dotes, y era suficiente, de esteticista recién graduada, cuasi a distancia en una de esas innovadoras empresas de formación que son más de paja que de sello. Aparte, estantes y vitrinas de productos, todos caros, tentando una venta que casi nunca se producía, pero que daban mucho caché. Luz, mucha luz, en lámparas de dentista que requirieron una instalación eléctrica renovada, a precio profesional. Pósters, flores que se cambiaban cada semana, revistas actualizadas, un sillón escueto, pero de piel... Una inversión importante para acaso sólo recibir, con suerte, a una amiga a la semana, si acaso la cita no se cancelaba.
Juan, su esposo, para sí y con amigos de confianza, aquéllos que no se emborrachaban delante de su mujer, alegaba que aquel negocio de su señora no se amortizaría nunca. Ni siquiera tenía medio punto de seriedad, porque, según su machismo, comedido machismo para como eran sus compinches, si acaso la mitad contratante de aquel negocio, es decir, los clientes, podían llegar a tener la regla en un cincuenta por ciento de las veces de esas citas mensuales o trimestrales, algo que cancelaba el contacto, la otra parte, la “doctora”, también tenía ese cincuenta por ciento de posibilidades de tener desde la regla a una jaqueca o acidez, hinchazón o hemorroides festivas para no atender a nadie, para cancelar una cita que a buena hora buscaba hacer sus manicuras en negocios más estables.
Pero allí estaba Paula, bata de doctora puesta para recibir a su clienta, con la cual, una amiga, Eugenia, ya plenamente separada, invertiría aquella mañana más tiempo en charlas secundarias que en el propio trabajo.
—Si quieres mi opinión —y aunque así no fuera, Paula iba a imponer su parecer, al tiempo que terminaba de ajustarse los guantes de látex, —has tomado el camino correcto. Te veía desde hacía mucho tiempo chocando contra una pared.
—Es que no íbamos a ninguna parte —suspiró Eugenia, tomando lugar en la camilla; hoy la iban a sacar las cejas, el “bigote”, espinillas y todo muerto que pudiera tener en el cutis.
—Es que se te ve hasta en la piel —objetó la “experta”, inspeccionando y haciendo un relativo tacto de aquellas mejillas, ya con toda la luz encima; pura exageración. —Seguro que no te alcanzaba ni para buenos maquillajes. ¿Qué cremas usabas?
—¿Cremas? No te rías, pero ya estaba harta de usarlas del supermercado.
—Bueno, eso depende... Si es el del Corte Inglés... —experta aquella mujer en los interrogatorios, con lámpara halógena incluida.
—Yo nunca he hecho la compra en El Corte Inglés —y ahí rezongó Eugenia, como que inversiones tan caras no eran las suyas, ni falta que hacía. La otra, en cambio, mataba pájaros a pares y tríos con cada bala; ya sabía que su amiga compraba donde “los pobres”, que su marido no la daba acaso ni para colonias y que la ropa la lavaban con detergente barato, entre otras bazofias de supermercados cutres.
—Pues yo no compro en otro sitio... El servicio... Ah, el servicio... Te atienden como a una señora. Y Juan no quiere comer de otro lugar —mintió. —Se nota la diferencia.
Eran especiales... Aquella familia media, con ansias de un crecimiento social que no llegaba, era diferente, aunque tuviera problemas para llegar a fin de mes como todo el mundo. Por ello, por ese afán, viendo la vida como un escaparate, en el hogar de Paula se había comprado un impresionante todo terreno cuyos plazos no pagaba ni su puta madre... si acaso, quizá un tal Juan, su esposo, que hacía sus faenas de día y de noche, como autónomo, y en lugar de sofá y palangana de agua tibia para los pies, con sales y suspiro tras la jornada de trabajo, una y otra vez se veía envuelto en los más enredados compromisos y trabajos extra. Eso sí, su señora paseaba desde las alturas en el auto como mirando a todo el mundo por encima del hombro... aunque esto último era sólo un decir, porque así lo sentía por dentro aquella mujer, que, por fuera, en lo físico, Paula tenía la manía de posar estando en aquel asiento, digna, con la mirada al frente, como si fuera la Reina de Inglaterra al paso de sus súbditos, por lo que mirar, lo que se dice mirar, en realidad no miraba a nadie. Juan, por dentro, muy por dentro, se reía de eso, pero, ¿qué le iba a hacer? Supuestamente su mujer era feliz con ello... o habría que decir, quizá, la hacía feliz disgustándose buscando todo aquello que diera la campanada.
—Es que es muy triste no llegar a nada —siguió comentando Paula, a traición, repetitiva, regocijándose en su propia estabilidad. —A mí como Juan no me da esos problemas...
—Todos son iguales, Paula —dijo la otra, desde el relativo sueño que le había entrado en aquella camilla; la otra le sacaba cosas del cutis, pero lo hacía bien, había que decirlo, por lo que aquel duro trajín de “barrer” una cara en aquella casa se hacía como con anestesia... ¿o era el siempre mismo perfume de aquella estancia higienizada?
—Si uno los deja, Eugenia, eso sólo si una los deja. Al hombre hay que mantenerlo ocupado. Él tiene que estar ahí para algo. Para los gastos como mínimo.
—No, si Fran lo estaba... Pero, no sé. No daba para nada.
—Ya me imagino que estaría, pero eso no es suficiente. Al marido hay que motivarlo para que invierta en la casa, en su señora y en sus muebles ¿comprendes? No lo puedes dejar ir porque se hace el tonto y después no da nada. Fíjate, no más ayer salió el último modelo de la olla eléctrica que yo tengo.
—¿La que cocina sola?
—Sí, ésa. Y viene preciosa. Me hace juego con la puerta de la lavadora. Viene más menudita, porque la que tengo es un verdadero armatoste. Y yo sé que si le digo a Juan de cambiarla me va a poner pegas diciendo que esa antigualla está bien, que no se puede gastar ahora por el coche, la hipoteca, el préstamo... Pero hay que ser más listas que ellos. Anoche, antes de que viniera, la abrí con un destornillador y le pegué fuego a unos cables. Ya no enciende.
—¿No me digas?
—Ajá. Ahora ya no hay excusa. Bueno, me hará llevarla al servicio técnico, pero al chico al que se la compré como que le gusto y le voy a decir que invente cualquier cosa, que le compremos la nueva porque ésa no tiene arreglo.
—…Cómo eres, Paula.
—No, cómo son las cosas. ¿Para qué me casé entonces? Yo lo hice para que ese hombre nos diera buena vida a mí y a mis hijas. Yo lo quiero mucho, pero una cosa no quita la otra.
Una vez terminada la operación, con la cara lavada, eso sí, en el baño de a diario, puesto que no hubo más presupuesto para hacer uno propio al supuesto laboratorio, ambas mujeres recalaron donde el cien por cien de las visitas, en la cocina, que era de mostrar. Allí, una cafetera como la del negocio de la esquina hacía las delicias, en la cocina más recargada de electrodomésticos que Eugenia había visto nunca. “Pues estoy por cambiarla”, había comentado alguna vez la anfitriona. “Tanto cacharro y tanto armario... Me cansa un poco... Me agobia...” Juan, al respecto, pensaba que su mujer debía haber tenido en cuenta las consecuencias de tanto armatoste con antelación cuando se sentó en la oficina de la tienda de cocinas con el muestrario en sus manos, momento en que eligió de todo de forma abusiva y hasta enfermiza. Y allí estaba el horno sin más que un solo uso en tres años, que lo estrenó Juan en Navidad haciendo un pescado, la máquina de zumos con el hacer de una semana y la máquina de hielo congelada, pero en el tiempo. Luego, por colores, aquel azul intenso y el rojo de una encimera tres veces más cara que cambiarle las ruedas al todo terreno, terminaba por dar, según ella, y según casi todo el mundo, un tremendo dolor de cabeza. De ojos primero, aunque en un principio la combinación pareciera gustar... pero, para el tratar de a diario, y eso que Paula no era para nada de entrar en la cocina a hacer casi de nada, aquel circo de colores, con un pastel en las paredes, y por muy moderno y actual que todo pareciera, terminaba por volver loco a cualquiera… y Paula padecía de demasiadas jaquecas habituales como para tentar la suerte más de la cuenta.
Por fortuna, la isla, la famosa isla con la que Paula soñara sorprender a las visitas, no cupo. De ninguna manera, y, en su lugar, sólo una barra, aunque con bonitos taburetes. Porque, por más vueltas que se le dio, no hubo matemáticas distancias en aquellas cuatro paredes, para la gran decepción de la supuesta decoradora en que se había convertido de la noche a la mañana una Paula desorbitada con aquel crédito de reformas, del cual hubo que pedir dos ampliaciones para cubrir tanto despilfarro. “Es la casa donde vamos a vivir, donde vamos a estar casi todo el tiempo”, se justificaba ante su esposo de que adquirieran, casi como a propósito, todo aquello que era más caro de la tienda, aunque no hiciese falta. En ello, para sí, Juan pensaba que comprendía en su mujer aquel afán acaso con su cama, porque en ella la señora pasaba casi la mitad del día... pero, ¿el arcón de media tonelada del salón servía para algo? Tampoco le veía mucho sentido al minibar de esquina, porque luego había una licorera en otro rincón, y en el mueble del televisor tenía botellas, y en la cocina un botellero... Mucho alcohol por doquier, como un bar... o como un casino, que era la impresión que Paula quería dar a su casa.
—Yo, ni sé, ni quiero saber nada de facturas —quiso defenderse la anfitriona, sirviendo el capuchino. Su amiga nada más y nada menos que la había acusado de fantasiosa, alegando algo así como “pues una debe saber en qué se mete el marido de una”. —Yo, si son de cuernos, sí. Pero de dinero, nada. Él debe saber con qué debe cumplir para que su casa no se venga abajo —y, ahora, era el momento de contraatacar: —¿Y no sería que Fran tenía una “amiga” por ahí?
—¿Fran…? si no le quedaban fuerzas ni para estar conmigo. Siempre cansado... Siempre en el sofá o roncando...
—Pues en mi casa tenemos unas normas; una vez por semana, los sábados, nos damos una buena cena en un restaurante de lujo y una bonita y romántica salida de copas. Si no, ¿para qué se machaca uno en el día a día? —paradójicamente a ese comentario, rascándose la cabeza, Paula miró a su alrededor y encontró el tercero de los teléfonos inalámbricos que se repartían en aquella morada: —Tengo una pereza... Hoy no me apetece cocinar —así como en los tres días anteriores. —Voy a pedir que traigan un pollo.
* * *
“¡Pero coño! ¡Todas las mañanas igual! ¡Dejo dinero para emergencias, por si pasa cualquier cosa, y esta gente me sorprende cuando llego a casa conque se han gastado los billetes en zapatos, pañuelos o tonterías!”
Juan no era amante de la comida preparada por terceros. A su entender, pueblerino, del interior peninsular, un buen cocido hecho por la mujer de la casa sabía a las mil maravillas, tanto por ser una delicia en sí como por economía. Pero, por más que se quejara allá en el bar, aquel lugar que supuestamente no pisaba, y por más que se desahogase con aquellos otros currantes, cuando salía de allí se encogía de hombros, silbaba de camino al coche y luego a casa calladito, reconociendo que perro que ladra todos los días terminaba afónico. Y su ladrido ya había perdido todo brío; las gatas de aquella familia hacían a su antojo.
* * *
—El mes que viene a ver si cambio las cortinas —comentaba Paula a su invitada. —Ah, voy llamar a Teresa para que venga a planchar, que tengo un montón de ropa acumulada.
Y, en aquel instante, Juan hizo sonar, por reacción de la puerta, aquel rocambolesco sinfín de tirillas de metal, cascabeles y cristales que hacía de chivato en el dintel, que acaso sonaba como si se hubieran abierto las puertas del cielo más idealizado. Acto seguido, otro tintineo, pero el de las llaves en el cenicero, en la mesa de la misma entradita. Allí, el abrigo a un perchero, y las dos mujeres calladas, desde la cocina, a la espera de que el supuesto señor de la casa doblara la esquina que daba hasta ellas.
—¡Hola, mi amor! —lo agasajó su esposa, soltando el capuchino, y Eugenia creería que hasta soltándose la coleta, para ir en busca de aquel hombre, un apestoso “mecánico de electrodomésticos”. Barbudo, ojeroso, cansado, con el pelo no muy peinado y crecido, poniendo cara de bonachón y ojos de deseo, al entrecerrarlos, cuando aquella rubia muy bien conservada se le echaba encima. Una mano en la nalga, ella dejando hacer, una ristra larga de besitos tontos, uno grande, otras palabras de mimo y un apretón de mejillas, como a un niño. Y así se sentía Juan, apretado por aquellas tetas de casi cuarenta años que lo volvían loco, aquellas palabras que aquella mujer sabía susurrar al oído y esa pantomima de cuánto se querían, que ya se había convertido en la mayor representación de aquella casa para con cualquier invitado. —Mi rey, mi tesoro... Mi cariñito... ¿Qué has hecho hoy? ¿Tienes hambre?
—Pues sí —y, acaso con un gesto de barbilla, Eugenia tuvo que darse por saludada.
—Te acabo de pedir ese pollo que tanto te gusta...
Y ahí cambiaron las caras... al menos la de Juan, para buscar seriedad, mientras su señora volvía adonde su clienta con otra charla cualquiera. Y poco duró el enfado, cuando, de nuevo, el tipejo se encogía de hombros, y de camino al aseo para disponerse a ver el telediario, comer lo que fuera, dormir cinco o seis minutos y de nuevo al trabajo.
Capítulo tercero
Volvía a insistir en lo mismo; Fran las hacía reír con las estupideces de su vida, contadas de boca de su ex mujer, de Eugenia. Porque, cigarrillo en lo alto, con las piernas una sobre la otra, en el taburete, en la barra de aquella cocina, la de Paula, seria, en cuanto las otras dos negaban con la cabeza y a medias se carcajeaban, quien mejor lo conocía rememoraba que tenía la tonta manía, en el cine, más concretamente en la taquilla, de pasar el dinero por debajo del cristal, y para con el taquillero o taquillera, introduciendo las manos o, mejor dicho, los dedos, hasta el límite que más pudiera, como con intención de entregar los billetes en mano. “¡Pero, si basta con dejarlo ahí!”, era siempre la pelea, por el espectáculo. Pero él, bruto, erre que erre con lo suyo. También resultaba vomitivo que, conduciendo, en ese viejo y destartalado Renault 21 Turbo, pasado ya en más de dos décadas, que acaso el sueldo nunca dio para más, se exagerara en sus funciones de agradecer a todo aquél que le cediera el paso en una rotonda, en un stop o a la salida del aparcamiento, como si acaso hiciera reverencias ante el Papa, pesado y cansino, repetitivo... odioso.
Pobre imbécil, era la consigna. Nada quedaba de aquel chico que vistió una vez de esmoquin en el día de su boda, visto en el retrato que hasta entonces había presidido el salón en casa de Eugenia, ahora desaparecido y casi ni en el baúl de los recuerdos, ya que su ex terminó guardándolo adonde ya ni se acordaba, cualquier cajón, tras querer comprometérselo a él. Un tira y afloja de muy corta duración donde la una ya no quería saber más del otro... y el otro, por la una, pretendía que aquel marco se mantuviera allí no sólo para que quizá su mujer se volviera a enamorar de él, y de verlo todos los días junto a la tele, sino acaso para servir de espantapájaros a los supuestos pretendientes de la esposa que había perdido. Porque allí estaba más guapo que nunca, con un traje que ya no casaba en nada con su profesión, con su nivel de vida... Aquél se fue... Quedaba sólo el payaso, el recuerdo, del que reírse; incluso, su ex se permitía contar sus problemas de cama, importantes en las motivaciones de su divorcio:
—Es que era lo de siempre —comentaba. —Enseguida este tío terminaba y a mí me dejaba a medias. Y demasiado besucón. A mí, que me dan cosa los hombres babosos —lo humilló, sin recordar en ningún momento que aquel desgraciado lo había dado todo por ella, en cuanto las que ahora abrían de par en par la caverna hacia sus tímpanos fueron en su día motivo de riña, pelea y llanto por cuando cualquier chisme. —¡Qué asco que el hombre se te vaya enseguida!
María Jesús, a tenor del apenas medio segundo que pudiera tardar Paula en abrir la boca, aprovechó para dar su particular visión del problema:
—Tuve un novio así... Cuando no tenía ganas estaba bien, pero cuando a mí me apetecía era una putada —apuntó la gordita, teñida y despampanante, con las mamas casi afuera de una ropa que más bien parecía un camisón. En el fondo de la cocina, callado, su esposo, Carlos, atendía las palabras de las tres mujeres, sólo presto tras sus escuetas gafas, y su pinta de joven ingeniero de camisa a cuadros, a dar la compota a su hijo de apenas un año, el cual en su cochecito. Acaso, el tipo la miró de reojo, pero con respeto; no le gustaba que su mujer hablara de sus novios, pero en la vida moderna era retrógrado no aceptar el pasado tumultuoso de la mujer amada, que pasaba por ser una mujer actual.
—Cuando eso sale caliente a veces gusta, pero lo pringa todo —se rió Paula, la anfitriona, y las mujeres la secundaron la gracia, conocedoras del particular. —Donde eso cae es como pegamento... —se regañó al fin.
—¡Ay, otro novio que tuve...! —volvió a insistir de sus correrías, nunca mejor dicho, María Jesús, abanicándose con algo, una revista que encontró en la barra; la gordura, el calor y la charla la estaban sofocando. —Se llamaba Ezequiel... ¿Te acuerdas? —preguntó a Paula. Ésta asintió, e hizo un gesto con la mano como al cielo y adiós, como que hacía mucho tiempo de aquello. —En Fin de Año, entre las copas, en la fiesta, se nos antojó y el muy desgraciado, no sé cómo, me manchó todo el vestido. ¡Ay, yo no sabía dónde meterme! Me acuerdo que me fui al baño corriendo y estuve restregando un buen rato porque estaba que daban las campanadas.
Carlos, por instantes detuvo la cucharita en el aire. Ciertamente le costaba un poco aceptar que el vestido de su mujer alguna vez pudiera estar manchado de semen de cualquier otro hombre. Luego reconocía lo “calentito” que era... ¿El suyo...? ¿El de otro...?
Carlos se ajustó las gafas... La cucharita volvió a caminar.
—Pues a mí Juan me lo hace pasar divinamente —presumió Paula. —Tenemos un cacharrito eléctrico que él se pone y que te hace hasta chillar.
—¿No jodas que tú usas eso?
Y otro útiles de cama... Con más o menos fervientes pelos y señales, la anfitriona contó la extensa y penetrante, nunca mejor dicho, vida sexual que hervía con su pareja, la mejor que nunca, ya que estaba compartiendo hogar en segundas “nupcias”, sin que las hubiere por escrito, con el amor de su vida, con el cual deseara tener un hijo, sellar así el destino en común, pero que se lo pensaba dos veces por cada intento por motivos de edad y que ella ya tenía dos hembras y él un truhán de ocho años, en casa de su anterior mujer. Pero lo que venía a cuento era el tipo de fiesta de la que ambos alardeaban ante toda visita que se allegara a aquél, el Circus Mundial, con acróbatas, fieras y payasos... y chisme que se daba en mano aunque el allegado fuera de toda la vida o apenas un extraño. Porque Paula, de muy buen palmito, solía disfrazarse de todo tipo de trapo, desde la clase social media, como una enfermera de un banco de esperma, hasta de la más mediocre capa social, según ella, para ajustarse las ropas de su hija adolescente, que los bultos de su cuerpo pareciesen querer explotar y hacerse pasar por prostituta. Luego, cacharritos de toda iniciativa, a pilas o manuales, para conformar ese matrimonio idílico cara al mundo, tan perfecto, tan llevadero, que era de envidia y cada cual a la escucha de sus faenas aunque se presumiera de los entresijos más morbosos.
—Pues, a mi cuerpo, yo sí que le he sacado partido —fue la respuesta instintiva de María Jesús, que jamás querría quedarse a la cola. Ya lo estaba en cuanto a su físico, ido de masas de carne, en dieta la mitad del año, en cuanto a la otra mitad caía a la boca el alimento a diestro y siniestro, víctima de alguna depresión. Porque la gordita ya se sentía amenazada, sin darlo a entender jamás, y presumiendo de felicidad y comunión absoluta con su cuerpo, cuando salía con aquellas dos a tomar un café y los machos, de su ser, pasaban la vista de largo hacia su compaña, mucho mejor dotada en curvas cerradas. En ello, María Jesús hacía uso, como única bomba nuclear en sus posibilidades, de sorprendentes y descarados escotes, mejor o peor parados a tenor del sujetador de turno; a ver si se hacía realidad algún día la máxima del dicho ante la duda, la más tetuda. —Mi adolescencia fue toda en faena, muchachas. Yo no iba a perder el tiempo.
“Qué duro, a veces, resultaba ser moderno”, pensaba Carlos, mientras le sacaba los eructos a su hijo. “…Lo que hay que oír”.
Pruebas... Había pruebas de ello. Porque María Jesús enseñó, de su cartera, las fotos que tenía de sus ex novios, para irlas pasando. Incluso, en ese descaro tuvo la mala fortuna de comentar que de alguno que otro las había perdido, un dolor del cual todavía no parecía haberse recuperado. Aparte, de aquel “tropel de penes”, pensaba Carlos, en alguna en concreto, la cual el esposo todavía no había querido ni indagar, pues le hacía falta valor para ello, la vista de su mujer se detenía por largo rato y en melancolía, como si aún hubiera chispa entre el de la instantánea y ella.
“Este es muy guapo... Éste es feo... ¡Uy, qué alto...!” Por no decir qué grande la debía tener, solía pensar Carlos, que ya se conocía los comentarios por cuanto otras amistades, que su esposa tenía el insano vicio de ir presumiendo de su extensa carrera en el amor, por no saber explicar que, siempre gordita, su única manera de sentirse realizada era haber sido una chica fácil de la cual todo el mundo sacara partido en otro tiempo... pero, como mala corbata para ir al baile, la acaban desechando porque mujer de muchos kilos no era de estética. Claro que ese punto de vista siempre pasó desapercibido para María Jesús, con vendas en el clítoris o en los ojos, diera igual.
Lo del feo, Carlos, aún lo entendía menos. Porque con lo de guapo se sentía complaciente, de algún modo, pero, en lo contrario, imaginar a la más o menos mujer de su alma con un escarabajo le daba repelús.
Luego: “Este era más sinvergüenza...”
“Tiene cara de pillo”, añadió una de las amigas, analizándolo.
Otra vez la misma vaina, pensaba Carlos, cabizbajo. Y tanta trama que pensar ya empezaba a dejarlo calvo. Porque ahí, en ese momento de la muestra de fotos, siempre alguien hacía algún comentario de admiración a quien no era ni guapo ni feo, sino entremedio de mala saña, con cara de urgir una travesura a cada paso de su vida, incluido un maltrato a su novia, una voz alta, una faena o un calentón de carretera donde el coche no sufría avería alguna, pero se arrimaba donde la maleza porque el líquido refrigerante lo perdía la dama, entusiasmada de ganas de sexo por la pillería del varón, con dedos largos, manos fuertes para agarrar y bromas degradantes que, por un lado, sólo María Jesús podía entender... y, por el otro, sólo aquel diablo podía ejecutar en el momento preciso de que fueran bien aceptadas... y encima dieran frutos; nunca María Jesús tuvo tantas ganas de chupar carne de varón como con aquel sinvergüenza. En nueva referencia a él, lo de atractivo, al ver la foto, las convertía a todas en cómplices de un dolor que Carlos arrastraba desde que era niño, que no era otro que su gran sencillez y calma, su forma de ser infinitamente dócil. Y dicho dolor era extensible y cobraba todo su sentido cuando la misma María Jesús comentaba algo así como “es que las mujeres nos casamos con los chicos buenos, pero nos divertimos con los chicos malos”.