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UN GLOBO, DOS GLOBOS, TRES GLOBOS…

Javier Ramírez Viera

UN GLOBO, DOS GLOBOS, TRES GLOBOS…

Javier Ramírez Viera

Escritia.com
JavierRamirezViera.com

Las Palmas de Gran Canaria, España.
2010

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¡Oh,no…!

¡Sexo, estupidez y… ciencia-ficción!













PARTE PRIMERA

CAPÍTULO PRIMERO


Ocho meses en el infierno... en la angustia de andar a la pata coja y con los ojos vendados, al filo de un precipicio, mientras sopla el viento. Así se sentía Carmelo, en el torbellino del silencio, el que, día tras día… mejor dicho… minuto tras minuto, le removía las entrañas como un huracán Katrina en miniatura, que sin embargo tenía el empuje suficiente, el diablo, como para volvérselo todo del revés allá por el estómago, camino al corazón y de vuelta a la entrepierna. Y, tan adentro, que ni siquiera su semblante de estatua griega reflejaba más que esa parsimonia propia de los monjes budistas… los estúpidos monjes budistas, se recalcaba a sí mismo.

Él era así, tediosamente tranquilo. Desde niño ya lo había sido. Apenas un mueble más en casa. Una de esas cómodas que a todas maneras podría sobrar en el hogar, porque apenas sirve para ponerle encima un tapete de lana, un florero y unas figuritas. No dio qué hacer, así como hoy día tampoco se mentaba mucho en ninguna parte. Apenas era aquel tipo del quinto, de barba abundante, como de estropajos, y de ojos aún más profundos de su propia profundidad allá tras sus gafas de Harry Potter, las que lo convertían en un snop de pintas, a sabiendas que un simple observador del mundo y sin muchas pretensiones siquiera de opinar. Incluso, tan poco en todo, que hasta el ciclo digestivo parecía hacérsele de serpiente y apenas comía, para terminar siendo lo que siempre fue, un delgaducho apropiado para las prácticas de anatomía patológica, pero sin darle muerte, claro, ya que todo le parecía estar a la vista… e incluso le palpitaba el pecho con el tictac de un reloj suizo, para hacerse recordar de esos pececitos transparentes cuyos interiores no tienen secretos.

Pero nadie iba a estudiarle… al menos, como él estudiaba en el silencio a su mujer. Manuela, se llamaba. ¿O quizá debería llamarse Piedad, a ver si acaso se le terminase ablandando algún día el corazón? Porque ocho meses eran muchos… Casi la gestación de un bebé, meditaba Carmelo, para suponerse que si dentro de poco no paría ese hombre que llevaba dentro, lo suyo iba a ser una cesárea… o el reventón sietemesino… ya mismo, a deshoras. Ocho meses sin cama. El mayor dilema de Carmelo en toda su vida. Una canción triste por no tener chupete, o que de él lo hicieran sentirse como tal.

Sin rabieta, quizá desde el parapeto ideal para otear a su señora desde varios dinteles de distancia, alienados de alguna manera para hacerle apenas una cabeza que como alimaña pudiera esconderse de ser necesario, socarrón en buena gente, atravesando de pupilas lo largo del pasillo seguía las pautas de acicalamiento de su ama en el baño, aquella mujer pasada, ya atisbándose de vieja, y con el pelo rizado como si día por día estuviese componiéndoselo al uso de descargas eléctricas. Una espalda de boxeador, en un volumen único, como un bulto. Y pintada de puntitos cafés, como si alguien que comiera chocolate la hubiera estornudado encima. La faja, que no falle, apretando lo que no cabe… y unos sujetadores de marfil con encajes, que apretujaban las carnes como esas mallas para paletas de cordero al horno. Y, sin embargo, el puto universo allí, en carnes desbaratadas, según Carmelo. Un cuerpo acorde a las cuarentonas dedicadas a la simple vida, sin complicaciones, para aceptar lo que se viene con el destino sin quejas ni soluciones, así un bocadillo como una lechuga. Acaso, las malas dietas del verano, que apenas suponen unos pocos milímetros de estúpida felicidad.

…Todo eso era lo que deseaba Carmelo. Tan simple, como a su mujer deshecha. Tocarla, al menos. Porque la yunta de antaño había sido como de esas de los animales radicales en eso del amor, con temporada de celo. Lo que duraron los primeros años. Luego, el niño, el cole, el dentista… Hoy, en el polo, apenas para mirar con saña, pero poca valentía, aquellos senos que sólo eran ellos adonde el sujetador… porque, luego, libres se repartían con generosidad, con vida propia, como si el plato de ducha y el entorno íntimo de su mampara tratase de una estación espacial en gravedad cero y todo se disparase en todas direcciones… Mentira; en general, hacia abajo.

¡Pero es mi abajo, coño!”

Alguna vez, de las pocas en todos aquellos meses, Carmelo había tenido la osadía de entrar en ese santuario del sexo perdido, en el baño, mientras su mujer se cepillaba los dientes. Entonces, a través de esa tela sátira de sus prendas íntimas, a la altura del corazón ajeno atisbaba aquellos ambos manchurrones que tanto deseaba indagar de nuevo, aunque hacerlo supusiera una intriga tan grande como la de aquellos primeros exploradores persiguiendo los descampados del mundo. O la otra lana, pero negra, de la entrepierna femenina, la que aquella mujer enseguida se cubría pretendiendo una santidad ya perdida. Y nada que tapar, sino el color negro, en cuanto lo otro, el par de senos, los apretaba con el antebrazo para desorbitar lo compuesto más allá de aquellas modas suyas, que aguantaban lo suyo. Un tira y afloja, para nada, en el que Carmelo se sentía ridículo, cogía el desodorante, o lo que fuera, y de patitas en la calle y para que su mujer decidiera dar carpetazo a la puerta.

…Era mejor no atosigarla. Observar desde lejos. Se sacaba mucho más. No se la molestaba en su hábitat natural, que era la distancia con el macho cabrío. Una condena en ambas direcciones, empero vacaciones para ella, fundamentada en eternas jaquecas. Tantas, como si a la mujer, la matrona, la hubiera despertado al mundo con un golpe en la cabeza.

Quedaba sacar a pasear al perro. Y si al menos éste tuviera algún atractivo, quizá pudiese saciarse con él en algún callejón. Lástima no ser asimismo perro para desearlo. De hecho, en el edificio había dos perritas calientes que solían olisquearlo de atrás, y viceversa, y alguna vez se les había permitido sobarse como preludios de película porno… para nada, pero que ya era más que lo que Carmelo tenía en casa.

“¡Qué bueno ser perro! Al menos, se huelen. Al menos, algo…”

Poco más quedaba en casa que soñar. Acaso lloriquear sin lágrimas ese mal contrato, que se firmó con semen en aquella primera cama de pobres que compraron con tanto esfuerzo. Hoy tenían un canapé, con colchón mixto de vaya uno a saber qué estratos en materiales absorbentes, elásticos, termoactivos… Fundas nórdicas para abastecer a toda Noruega, si hiciese falta. De todos los colores, para todas las temporadas y todos lo estados de ánimo. Acaso, aparentemente pocas de color rojo. Rojo pasión, se entiende. Acaso, guardadas en lo bajo de toda tonga, en el armario con llave, y llave perdida.

Desalentado, le quedaba al menos su hobby espantapájaros, que no otro que recluirse al cuarto de la azotea, apenas con un ventanuco, para armar y pintar sus melancólicas maquetas. Se habían convertido en el consuelo del infortunio, desde engorrosas piezas de plástico en un bastidor común, mismo molde, para irlas separando, lijando, pegando unas a otras según el plano y luego la pintura, con un minucioso trabajo de lupa y aerógrafo. Dar vida, tras aquello de su primer hijo, a elegantes triplanos de la primera guerra mundial, que hoy día solían ser los preferidos de las telarañas en el museo del aire de la pared norte. En la sur, aquellos Mig soviéticos y sus verdugos yankis, según la vanagloria americana de los sesenta en sus guerras en casa ajena. Una reliquia a gente que se divertía matándose en los cielos, o matando hormigas con sus bombas, hecha por un aburrido psicópata del sexo que se derretía en sudores bajo aquellas planchas prefabricadas, en los cuartos de azotea donde la gente y la comunidad guardaba apenas las pinturas, los trates del verano y las bicicletas en los castigos.

Así un día, manteniendo la cordura con aquellos trabajos forzados, al reponer el abasto de esas ilusiones constructivas se topó en plena tienda de maquetas con una nueva hornada de figuritas para pulir, ojear y luego dar vida con todo lujo de detalles, desde el color de los ojos, su brillo, el mate de la ropa y hasta el sudor. Y allí estaban desde el general Rommel, hasta algunos enanos de El Señor de los Anillos, La Pantera Rosa, Obama, la siempre gente de Kiss… y una tentadora amazona ficticia, tan exuberante que su caja parecía la mismita que una vez tejemanejó con mala fortuna una tal Pandora.

Era vergonzoso llevarla… Era una figura masturbatoria. Al menos, psicológicamente. Nada que ver con repasarle de tinta la entrepierna a un general nazi. Aquello permitía mil diabluras, como peinar a Sofía Loren, desde atrás y por encima de su escote… y era de dar miles de vueltas y vigilias al resto de la clientela, y todo valor, de llevar el maldito artículo a la caja registradora. Pero, como las enfermedades hay que curarlas, y aquella molestaba todo el rato, como quitarse de encima un dolor de muelas no hubo más que ir al dentista, pagar al simpático tendero, que ya le conocía y tenía que hacer un absurdo comentario sobre el cambio de miras del artista, y aprisa para casa, para el cuarto de azotea, con el sonrojo de haberse comprado una película para adultos.

Ya en la cueva de los horrores, cerrando a cal y canto, Carmelo sacó de la caja la figurita, que venía en dos partes. Una de aquí y la otra de allá, la trasera y la delantera de una persona completa cortada con guadaña; de figurar, pues eran dos moldes huecos. Y no sabría decir cual de las dos tentaciones le atraía más, porque, para con un imposible con un solo amor, las puso en la mesa de trabajo para observarlas la una y la otra, lo bueno de un sitio y lo más bueno del otro. Como un trío. Y allá se afanó en hacerlas de arriba abajo con la lupa, limando, pensando los colores, sobretodo el color de piel… Tocando, con perdón. Luego, con arrojo. Eran suyas, y ya meditaba que si la amazona venía hueca por dentro era para que, con toda brujería, se le vertiera dentro alguna cera caliente con el alma y la esencia de las putas, que era lo que Carmelo creía le iba al pelo a la guerrera de pacotilla.

En todo ello, al fin dio al traste consigo mismo cuando reparó en la molestia allá en sus pantalones, su atributo masculino buscando el cielo. Quizá algo humillante, a sabiendas que el plástico tenía esas reacciones.

“A la mierda…” Pegó, limó, pintó… en vela terminando su nuevo amor, su rollo fuera de casa… para pasar el pincel una y mil veces por los senos y las nalgas sacadas de quicio. Darle oscuro incluso al canalillo, para hacerlo tentador reclamo. Y pintarle un diminuto lunar, el que una vez viera en otro escote ajeno a los de su mujer y que desde entonces era una huella imborrable tras aquellas gafas. Y el colmo de lo insensato, no más que provocar el delirio buscando la manera de pintar una vagina por debajo de las faldas, donde el prieto de aquellas piernas hacía imposible semejante trabajo de precisión. Y fue esa misma confabulación con el miembro pensante de aquel artista, para con su figurita de amores, su pene, que lo llevó a pensar que aquél que realmente había disfrutado a la machorra guerrera había sido quien por primera vez hiciera el molde, el que la esculpió en barro, seguramente. Suerte de tener esa imaginación…

Pensado y hecho, ya traía entre manos al día siguiente un par de bolsas de barro al vacío, de esas para trabajos escolares. A su juicio, la esencia misma del mal… pero sobretodo del bien. De todo lo que iba a disfrutar haciendo una compañera que ya no lo mirase como por encima del hombro, con esos ojos saltones víctimas de unas tiroides locas, que para nada para tragárselo o lamerlo como la leona a sus cachorros.

El comienzo fue hermoso, como todas las relaciones. Hurgar la base, la argamasa, con insanas intenciones del devenir. Con paciencia en las partes comunes entre hombre y mujer, pero exaltación a la hora de ir añadiendo abuso a las partes más lascivas. Sobredimensionando lo natural, para hacerlo morboso. Una caricatura… y ahí, justo ahí, fue cuando dio un puñetazo a la mesa, con el barro de por medio, y le brotaron las lágrimas. Toda una vida volcada en un minuto de llanto, en la desesperación. Tanta y tanta meditación, el tipo callado, para no saber cómo pedirle a su mujer que le hiciera feliz una vez más… cosas de haberse pensado que ese momento de noches locas, unas bragas que se bajan con un desconocido detrás, trata en realidad de un momento mucho más solemne de lo que muchos viven con una rutina casi industrial.

…Y, a dolores infinitos, males demasiado pesados… soluciones radicales a momentos sin salida. Al menos, sin remedio dentro de sus cuatro paredes, donde su mujer de toda la vida, la que le pululaba lo bueno y lo malo desde los quince años, los de ambos. Porque, a desaires, nuevos vientos. Y así fue cómo Carmelo alzó la vista como si acaso en el cuartucho le hubiera crecido un roble, el mismo de una tal Escarlata O´hara, y decidió con los ojos vidriados que se iba de putas, que jamás volvería a suplicar cariño, sino a pagarlo y punto, tal cual su señora pagaba a un psicólogo, sólo que la suya sería de otro tipo de ayuda profesional, otra terapia… más de… choque. Porque, en casa, tocaba más el jovencito médico de familia, cara de ido, que era el que le tanteaba los bultos en los senos a su señora antes de mandarla adonde debiera, adonde el ginecólogo… y mujer que lo defendía a dedo alzado, diciendo que el crío era un profesional, que no sentía nada al sobarla… ¿y ella? Carmelo, callado, pensando que hasta un catador de vino adora lo que termina como haciendo gárgaras en la boca, que no le vengan con jilipolleces.

Ea, de putas… Decidido…

Se bañó con todo el empeño del mundo. Se recortó la barba, y se puso guapo. Casi como si fuera a una boda civil, siendo novio. Después de todo, pensaba lo iban a voltear con gusto las entendidas si olía a limpio por todo rincón. A saber qué iban a ultrajarle en esas casas antiguas, de marquesinas y balconadas cargadas de senos apretujados. Caserones en ruinas, a jirones, y cortinas rojas.

Tetas, demonios. Por todos lados. E internacionales. De toda índole. Toda edad. Toda persona. Carmelo las reparó al paso por aquella calle en su triste coche, sin más detalle que aquello que se le dio de fábrica. Sencillo… como él, para hacerlo el pobre desgraciado a punto de separarse, mal pagado, que no valía la pena que nadie lo fuera a motivar adonde la ventanilla.

¿Por dónde andaban la ciudad esas negras de pechos monstruosos? Primera vez que Carmelo veía esa fauna. Esas señoritas que podrían ser sus hijas. Mujeres de toda manera e invento de Dios en el largo escaparate de los quicios de las puertas y los marcos de las ventanas, acosadas por toda clase de parásitos humanos, los verdaderos resquicios de la sociedad, negociando precios, tonteando amores con la carne, proponiendo yuntas clandestinas… algunas con piso propio y para conformar parejas de pacotilla, para tener el vicio carnal en casa. Donde cuasi ancianos, o del todo, presumiendo de un albedrío perdido, de pensiones… y chavales en topa de deporte, y guapitos figurines, en coches parar correr pasados de cera, música pun pun y a las seis que se van, que espera la novia.

¿Dónde encajaba Carmelo en todo aquello? Jamás había indagado nada aparte de su matrimonio, de amigos comunes tan tristes como lo era su hogar. Dudas de idiota, porque allí era bienvenido todo el mundo. Todo el mundo era alguien. Todo mientras hubiese algo de limpio y sobretodo algo de dinero. Y tanto que lo acogieron, que al rato ya estaba encima de una mujer. Desnuda. Y desnudo. Y moviéndose como un perrito. Un señor, un tipo siempre en ropas, serio, ahora como un bebé, sin los tapujos, con los ojos desbocados, en una yunta penitente que lo avergonzaba, pero que llegó a disfrutar como un niño en la playa. Sin las gafas, sino dos cruces por ojos, para terminar haciendo el amor a un borrón.

No era la vecina, pero se le parecía. Eso era suficiente. La bonita vecina de abajo, la que paseaba el perro salchicha, una jovencita que jamás caería en sus redes a no ser en aquéllas de los sueños, tan extensas como unas pretensiones infinitas. Así la observó Carmelo al terminar, porque se había metido tanto en el asunto de cama que era ahora cuando terminaba por reparar a la prostituta, por mirar a los ojos a aquella mujer que eligiera de entre tanto seno revuelto, tanta cata de frutería… Manera que en aquella bendita calle podía hace realidad cualquier irreverencia, enamorarse de aquella exuberante vendedora de seguros, la que le tocaba los sábados a primera hora, y compararla con alguna de pago, suponerla la misma y ser Dios, encontrar el camino mismo al cielo, El Dorado… sin esperar, sobretodo. Elegir cuándo. Quién… La vida, para vivirla de nuevo. Y alcahueteada, porque aquellas mujeres de nadie y de todos eran un todo de comprensión. De hecho, casi como si les gustase más escuchar al moribundo que revivir al muerto. La mujer perfecta, con una caricia y una mirada de consuelo, de tristeza compartida, aunque hubiere que ser justo y entender que amores de quince minutos formaban parte del negocio.

“¡Demonios!” se dijo al salir de una de aquellas casas, porque el vecino de abajo se le cruzaba para saludarlo con la misma incertidumbre de ¿qué diablos hace este aquí?

Carmelo el pasadito… el honorable secretario que presentaba amplios informes en las reuniones de la comunidad, cohabitando con Esperanza, la prostituta de verde de la tercera casa del lado izquierdo de la calle. Y John, Jonatan, el guapito aspirante a bombero que pasaba de largo esas mismas juntas de propietarios con el bolso del gimnasio al hombro, ancho de andares y en chándal, su indumentaria de las siete y media de la noche… donde hacerse más hombre en un gimnasio. Dos tipos sin mucho más en común, que acaso dar unos billetes a cambio de unos buenos filetes de carne.

“Hola, vecino…”

“Ho… hola…”

CAPÍTULO SEGUNDO


John tenía un grave problema. Le habían crecido unos exuberantes bultos por todo el cuerpo. Una hinchazón que lo iba convirtiendo en un veinteañero de movilidad reducida. Una trama engorrosa a la hora de qué ponerse, a no ser sin mangas, pero sobretodo de quitarse la camiseta, a sabiendas que siempre las terminaba comprando una talla por debajo de su horma.

…Luego había un tipo que lo perseguía a todas horas en el espejo del gimnasio. De hecho, estaba en todos los reflejos del local, desde donde la pesas y las máquinas, hasta en los vestuarios. Uno incisivo, traidor y copioso mirón. Vulgar de estudiarle la carcasa muscular, de negociarlo sobretodo en el respingón trasero. A menudo, así también sin pudores, se permitía acicalarle el cabello, que lo tenía largo y sedoso como la crin de un caballo para indios. Y de sonreírse. Casi con un amante que, en efecto, estuviera tan prendado de él que esos ojos pintaran como estrellas de la emoción de sopesar al infinito la magnificencia de aquella imagen de dios del Olimpo.

Luego, tanto era de reparar a su ídolo de arriba abajo, que hasta le copiaba las ropas. El mismo apretado short y una camisilla para niños. Y la entrepierna asfixiada, sin movimiento posible, así como de burbujas de aire. Desmedida muestra. Hora de acompañarlo a las duchas con los mismos brinquitos, como si tratase de una feliz damisela dando zancadas de alegría por la playa, o un cervatillo. Aquél, hasta lo aguardaba en el espejo de las escalinatas.

Pedro era el segundón en aquella trama. Algo gordito, algo bajito, algo cabezón… Más joven. Apenas unos años, pero suficientes para dejarse iluminar por el apremio de John por un absurdo en el barrio como él. Así, aquella mañana, ambos quedaron para ir a la playa a saber con qué planes del que luchaba todas las tardes contra la gravedad, levantando metales y correoso con muelles y poleas. Por un día, Pedro que dejaba sus clases de informática para ponerse el bañador y suponerse parte de un mal día al ver que su atlético amigo llevaba con orgullo, adonde su macuto amarado con una redecilla, un balón de rugby, aquél que no entendían los ancianos de la terraza del club de petanca al verlo pasar.

Menuda paliza, las normas básicas y profundas del susodicho deporte. La lista de los pecados relatada por el forofo de un deporte de madrugada, cuando el canal menos pintado daba rienda suelta a las retransmisiones de la Super Bolw, era tediosa. Manera de sentirse diferente. Forma de encontrarse en alguna parte.

Calladito, en su papel, Pedro iba asimilando lo mejor que pudo las directrices del que se desnacionalizaba para hacerse creyente de las hamburguesas, a sabiendas que la barriga de oso del que ya perdía el hilo del monólogo tenía mucho más en común con las barras y estrellas que las glorias aún por demostrar de aquel potro desbocado. Que lo fue, cuando en la arena de la playa John se hizo el contorsionista para quitarse de encima aquella camiseta de por cuando los pañales. Allí reveló a la variopinta confluencia su metamorfosis, bien depilada por todo rinconcito para que fuese de admirar. Porque, con tableta de chocolate en el abdomen, vías sanguíneas erectas y un bañador ceñido, no había persona que no lo mirase. Al menos, para desearlo o reírse de él. De las que se deseaban de cualquiera, así como de los envidiosos. De los que ya lo tenían todo, sin tenerlo nada, y los que, con la boca abierta, creían intentar adivinar qué demonios trajinaba el tipo en las manos, cuando al fin le metió mano a la redecilla tras hacer unos cuantos estiramientos.

Pobre Pedro, que en su haber apenas había marcado un gol al Fútbol Club Barcelona, pero en la consola de videojuegos del salón de casa. Su desparrame, cometido, pero tal, y sobretodo comparando, lo dejó tan en un segundo plano que nadie le hizo el análisis correcto para decir ¿de qué va esta panda de locos? a pesar de que la cara del informático no distaba de la pocos y podría darse por cosa aparte.

Aquello era de idiotas… se quiso repetir Pedro, pero al cabo haciendo todo aquello que se le pedía. John tenía el cuerpo como maniatado, porque toda cosa le era como de un esfuerzo sobrehumano. Le sujetaban la mente aquellos fornidos brazos, para actuar por ellos por detrás de todo aquello que Pedro ya hacía sin más voluntad que la de quien no se siente observado. Girarse robótico, mirarse el bañador, palmearse los hombros, coger el balón con los gestos de un complicado cangrejo… Porque eso fue lo que habían venido a hacer a la playa, tirarse el balón el uno al otro. No más… Ni un chapuzón… Encima, la novedad en la orilla intentaba hacer piruetas con éste sobre su dedo índice, para ver cómo una y otra vez la peripecia lo dejaba por apenas un iniciado que pronto empezó a aburrir. Luego, en la mente el ideal de que, así como el balón daba giros sobre sí como una bala, al menos eso era lo que se apreciaba en las repeticiones televisivas en los pases de estrellas, una y otra vez se empecinaba en darle más importancia a ese giro sobre el eje de la pelota que al propio lanzamiento, por lo que el revoltoso cuero terminaba yendo adonde le diera la gana una vez caía por anticipado en la arena. Mejor tiraba Pedro, sin tantas consideraciones técnicas, para que su compinche recibiera “la bola” en la barriga, donde era, con el muro de sus abdominales haciendo de guante.

…No tardó en acercarse a John una de sus habituales lacayas. Una del instituto, que lo saludó de un par de besos. Guapa, pero de un talle correcto para con unas piernas demasiado cortas, para con esas mujeres que estarían de miedo si no fuera porque les falla un cincuenta por ciento engorroso. Nada especial.

“¿Cuánto tiempo llevas aquí?” le mintió la duda ella, que ya lo tenía calado desde hacía rato… Mujeres…

“…El suficiente para verte las tetas”.

…Pero se le perdonaba todo. Ya pasaron de largo aquellos días de los caballeros con sombrero de copa. Por simple lógica evolutiva de la existencia, éstos eran otros tiempos. La chica seguía ahí, sin bofetada ni otro aspaviento que un dedito colgando de su labio, para escuchar cualquier clase de memez, porque el guapo de la clase tenía porte para hacer lo que le viniera en ganas; así fuera deshechos, ella bebería de él lo que al chico se le antojase regalarla, calladita como en misa a la hora de recibir la hostia. Ni una queja, a pesar de que John la hacía algunos desaires mezclados con tics de forzudo para tocarse los bíceps, mirar si seguían ahí, o tirarse del bañador, prieto, allá por donde sus testículos.

Al rato la moza se fue, para que capitán y su escudero volvieran al juego del tira y coge. Pedro… incapaz de poner pegas. Día de gays, pensarían muchos, porque el agua la tocaron apenas por los tobillos y el peloteo sonaba a tontas y a locas. Y crío en cuerpo de hombre, al fin y al cabo en John, porque se les arrimaron dos chavales apenas púberos que, poco avanzados en la edad para con cosas de rubores, se les propusieron les dejaran “jugar”. Así, macho, complemento y sendos niños formaron el más patético rondo de imposibles atletas de toda la playa. Una y otra vez, espinazo abajo para recoger aquella mala peonza de cuero que no había quien la tirara o recibiera como Dios manda. Mujeres ya las había que le habían perdido el respeto al guaperas. Ya leían sus revistas sin bajarlas de la cara, y se giraban hacia la avenida, el otro confín de la orilla, no para mostrar sus mejores atributos de por donde Las Antillas femeninas, sus ancas, sino porque aquélla no era una escena de un padrazo niñera de críos, buena simiente de hogar… sino un niñato que no sabía hacerse valer para sacudirse las moscas.

Por fortuna, poco más de sol y se devolvieron por donde habían venido. John, alegando que necesitaba una ducha, como si su cuerpo fuese una especie de lienzo de bellas artes al que mimar y mantener perfecto, impasible al paso del tiempo, en sus buenos olores y al tono justo de piel, que ya empezaba a soltar su cháchara para el peregrinaje basada en los diferentes tipos de cáncer de piel. De hecho, la mitad de sus conversaciones eran sobre deporte… y la otra mitad sobre cómo hacer el debido mantenimiento al físico. Forzadas así las cosas, poco a poco ambos fueron acercando posiciones a un imposible. John llevó a Pedro a su habitación, para enseñarle pósters de atletas con clase y para entendidos, que era tanto como decir desconocidos al gran público, y un sinfín de revistas de culturismo, donde la gente se apretujaba de ganas con una sonrisa, bañada en aceites, para convertir sus cuerpos en extrañas paredes rocosas. Un batido de fresa, que sabía rayos, fue el convite. Todo de un frasco donde asimismo no faltaba un tipo a puntito de hacer sus necesidades.

Pedro obtuvo su venganza cuando le devolvió el gesto. En la habitación de aquél, Darth Vader presidía el comité de bienvenida, plasmado en la colcha de su cama. Luego allí también había pósters, con superhéroes y alguna chica guapa vestida de gladiadora… que John no supo identificar como una tal Xena, pese a que se movía casi en los mismos ambientes del culturismo. Fue hora de encender el porqué de aquella habitación, de la razón de amarla sobre todas las cosas para que Pedro fuese un extraño en la calle: el ordenador. El epicentro. Pedro lo hizo saber así porque de antemano ya llevaba una segunda silla al escritorio, cogida del salón de casa; iban derechitos al aparato, único aparente disfrute de aquel hogar. John en ascuas, esperando averiguar de una vez por todas qué era lo que tanta gente “disminuida” solía seguir en aquellas pantallas, como motivados por una entrega religiosa. Lord of Dark, o algo así, fue lo que creyó leer el invitado como nombre de aquel juego online. Y no pudo sorprenderse más cuando, en él, describió al mismo Pedro vestido como de ¿fraile? andando un bosque con una espada diminuta en las manos. A la incertidumbre, Pedro le explicó que no se dejara llevar por las apariencias, que su personaje estaba situado ya cerca del nivel ocho y aunque estuviera basado en un tierno hobbi tenía poderes verdaderamente sorprendentes. Podía, en efecto, hacer levitar las piedras, manera de lanzarlas a las temidas arañas gigantes que tediosamente volvían a reaparecer una y otra vez, por cada ocasión que eran aniquiladas y para desvanecerse sin necesidad alguna de que nadie fuese a la campiña a barrer.

Hubo tiempo de sobra para habituarse al asunto. De hecho, el bosque parecía no tener fin. Ni las malditas arañas. Y el mal trago llegó cuando Pedro explicó que estaban cruzando el dominio de los arácnidos, lógico por tanto tedio, y al pulsar una tecla se volcó en detallarle de cabo a rabo el inmenso mapa del juego, en el que otros usuarios de la red aparecían en tiempo real como iconos de colores. Con ese mismo ímpetu declaró solemne que cumplía de madrugada en madrugada una importante misión, la de llegar a la Isla Calavera, donde el Señor del Viento, para exterminarlo. Pobre hombre. Una quedada, además, porque otros usuarios de la red, como Légolas, Madmardigan o El Brujo Rojo, tendría que reunirse con él a las puertas de su castillo de hielo, manera de hacerlo añicos. Eso sería como para dentro de unos tres días, porque primero tenían que cruzar parte del orbe terrestre. En ese dichoso tiempo real, suponía unas cuatro horas caminando y matando arañas hasta salir de aquel bosque, otras dos para llegar a La Ciudad de Los Peregrinos, donde coger un barco de cuarenta minutos hasta el Continente Perdido y, allí, darse otro garbeo de cinco horas por los hielos hasta llegar al Océano Helado ¡vaya por Dios! y comprar al barquero una vuelta en chalupa para ser arrimado a la Isla Calavera. Todo eso a golpe de espada y brujería, para acabar con plantas carnívoras, tiburones, duendes, ogros y otras bestias. Y gracias que la travesía era para con un supuesto y así entendido santiamén porque el personajillo de Pedro tenía las Botas de Siete Leguas, ya que por lo visto había otros usuarios que invertirían casi el doble de tiempo en la misma faena… como si la vida fuese eterna.

Y la vida en una silla…

John cortó aquella locura de cuajo, alegando que a él, lo que le interesaba de Internet, era el rollo ése de los ligues. Sabía de colegas que conseguían salir a mojar con divorciadas de edades en la ronda de los treinta y pico, que eran un buen desmadre de fin de semana. Eso era lo único que había conseguido intrigarlo alguna vez de las nuevas tecnologías, que, de paso, si se descuidara un poco más con el gimnasio podría darse por más que desconectado del mundo corriente, porque Pedro le explicó que hasta su madre hacía de comer lo que le iba dictando cierto juego didáctico de la Nintendo. Dicho y hecho, Pedro lo quiso hacer sociedad dentro de la pantalla, para lo que le abrió una cuenta de correo y lo introdujo en una base de datos de peñas y amoríos. Nada que ver con el toc toc en la puerta, el ramo de flores y la charla con el padre de la pretendida. Ahora, ellas asomaban en la web con las tetas servidas a medio vislumbrar en apretujados escotes. En bañador también. Y desde chavalas, algunas aún con la primera menstruación, a mujeres ya casi abuelas, despechugadas, de esas que se parten de risa en los bailes para viejos, mientras bailan, para enseñar los artificios de su dentadura.

El plantel de la competencia tampoco se quedaba corto, porque muchachuelos de buen ver los había a patadas. Todos y cada uno de ellos, depilados de cejas, pelo recto, corto, y camisa perdida, para enseñar los músculos de Tarzán de la nueva hornada de varones nacionales. Más atractivos aún que las féminas, tenía que reconocerlo John. Más cuidados en detalles de exterior, porque cierto era que la mujer española parecía haber confundido el no dejarse pisotear en la cocina con adquirir volúmenes de camionero. Quizá cosa de los anticonceptivos, que engordan como todo aquello contra la depresión.

John no quiso quedarse atrás. Con la cámara de muchos megapixels de su amigo se hizo allí mismo unas cuantas fotos con toda clase de poses de ligón, y guaperas… más de la mitad sin la camiseta, como era norma. Luego unos correos a unas amigas, supuestas hembras internautas que podrían al cabo tener bigote, y que de vez en cuando se pasaran a ver las contestas a ver si había picado algo. En esas intenciones, John se enamoró de una verdadera proeza de la feminidad de un inmenso rubio platino, en bañador rosa, buena forma en toda su raza, a pesar de las advertencias de Pedro de que seguramente esa mujer no existía. En esencia sí, como modelo, pero que no era la imagen que correspondía al contacto en sí. Seguramente una chica Playboy, que escondía detrás a una secretaria gorda y desaliñada. Una tal Katy, que se echaba en lo alto del capó de un coche que, por las pocas pintas que se veían de él, debía ser un deportivo italiano.

…Y nada más y nada menos que ciento noventa mensajes tenía Katy en su página. Y risas de toda clase por parte del tipo que compró aquel ordenador, a pesar de que sabía qué había sido de Don Rodrigo, el vecino del segundo, y que nadie había tenido la delicadeza de borrarle todos los archivos privados al difunto.

…Pobre Don Rodrigo, que desde hacía ya cinco meses que no se conectaba a la red para tontear con al gente. Pobre… porque los muertos no hacen eso. Al menos, que se sepa, a través del ordenador.

CAPÍTULO TERCERO


Don Rodrigo, alias Katy. Así le tomaba el pelo a la gente aquel señor, haciéndose pasar por una jovencita allá en la red. Ojala los malditos ordenadores hubieran existido siempre. Se lo pasaba pipa cambiando de personalidad, ligando con otros hombres.

Siempre fue un señor vestido de los pies a la cabeza. Corbata a menudo, porque había sido cajero de un banco durante cuarenta y dos años. Una profesión que llevó con dignidad hasta en el retiro, a la hora de sacar el monedero de caballeros y hacer toda clase de cuentas con el cobre a la hora de pagar unas cervezas a los amigos. Jubilados amigos, asimismo. Al menos, mientras le duraron, pues aquéllos fueron yéndose adonde los cielos a cuentagotas, para que la soledad de bravuconerías y charlas de fútbol se tornara hemorragia al enfermarse del corazón, sentirse débil y patoso, incapaz de subir más de dos tramos de escalera, pero sobretodo de pelear los altibajos de la liga de fútbol. Quedó la reclusión en casa, con una esposa todo el santo día trajinando de la cocina al salón, a las habitaciones, al patio y a la despensa, habitual por donde el mismo sitio como un tren de cercanías.

Eso mareaba… La tele era una bazofia. El canal de pago ya había hurgado demasiado en la vida de las orcas y Enrique Octavo ya era como de la familia. El periódico no tenía sino esquelas, la radio el ahora peligroso fútbol y los libros unas letras demasiado pequeñas… hasta que un día, Ernesto, su hijo, le llevó al que fuera su cuarto de niñez, de su adolescencia y particular biblioteca de carrera, un entendido abogado, nada más y nada menos que un ordenador. Un trasto que fue acogido con recelo, sobretodo cuando el instalador de la ADSL hizo acto de presencia y Carmencita, la esposa del aspirante a internauta, puso todo tipo de reparos a que le agujerearan los tabiques, les inundaran de cables radiactivos y que ni se le fuera a ocurrir a la computadora meterse a controlar las luces y puertas de la casa. Incluso, en esa supersticiosa necedad a creer en los inventos, con cierta presencia en el quicio de la puerta de la habitación, sin irrumpir adonde el “ingeniero” que instalaba el artefacto, la pareja aún esperaba que la pantalla mostrara alguna cara poligonal y les diera los buenos días. Si fuera de mujer, encima Carmencita tendría que soportar una fulana en casa, por lo que se pasaba por el pasillo con la cesta de la ropa sucia o con la fregona para rezar toda clase de quejas y hacer más atisbo del desaguisado de los cables que para alegrarse del nuevo miembro de la casa.

Poco explicó el del taladro. Dio de resoplidos configurando el sistema, y se largó con la factura firmada antes de que se le pudiese dar algo de aliento con el vaso de agua que se dejó junto al teclado. Quedó asimismo una circunstancia similar a cuando las enfermeras abandonan a una madre primeriza con su bebé recién nacido, con un par de pañales y el biberón tibio. Y aún esperaban que la máquina empezase a hablar. Fue al fin Don Rodrigo quien se hizo a la silla con una parsimonia científica, “olisqueando” las teclas como lo haría un pianista con amnesia. Quizá acordándose de cuando hacía algún reclamo a su oficina con la vieja máquina de escribir.

Por un instante, su señora desde la puerta… para esfumarse como el viento cuando se la intentaba sorprender. Luego, una hora larga de tocar las teclas, de hacer algo parecido a nada y sólo ver que los iconos del escritorio iban cambiando de color al ser tanteados con la letra inicial por la que empezaban su nombre, y, al fin, el dichoso ratoncito, que fue descubierto de debajo de los papeles del contrato porque emitía una lucita roja cara a la mesa. Algo parecido a la pistola de infrarrojos del supermercado, por lo que Don Rodrigo anduvo con él otro largo rato intentando que aquel haz de luz tuviese efectos inmediatos, y directos, sobre la pantalla. Y, así como los grandes descubrimientos de La Humanidad, sólo la casualidad, una tras otra, fue haciendo que averiguase cómo usar el maldito periférico, cómo meterse en la red a través del navegador… y así empezó todo… un nuevo mundo por descubrir. De los anuncios que le explotaban en mitad de la pantalla, los trojanos y otras inmundicias, a meter la pata sometiéndose a toda clase de banners pervertidos y dejarse robar el numeral de la tarjeta de crédito. Luego las partidas de ajedrez online, el periódico, las fotos de la Guerra Civil, los audiolibros… Día tras día, un pasito más. Un entendimiento más profundo de aquella puerta a “la calle”, al exterior, a la gente… a gente que no conocía. Los chats, los foros, las encuestas, los tets… las fotos y los vídeos. Porque llegó la hora, sin duda, de buscar esa intimidad al ser clandestino que otorga una IP dinámica, un observador y activo internauta parapetado tras el cristal. Así pues, como cual borracho que siempre cuenta la verdad y da la pinta que en realidad tiene por dentro, Don Rodrigo se fue destapando a solas en aquella habitación para ir necesitando cerrar aquella puerta más a menudo, y para quedarse a solas con Patricia, con Olga, con Juliana, con Ester… Desnudos y desnudos, como en el cielo de los viciosos. Todo aquello que no había tenido en vida con una mujer castiza que lo socavaba a oscuras, pero que no se dejaba tantear un seno sino fuera allá en el catre, con el pijama puesto. Y maldita la honra que lo llevó a no ir nunca de fulanas, porque haberlas, hailas, y de qué manera. Sólo había que echarle un vistazo a la pantalla, y quedar boquiabierto viendo los vídeos porno, donde se mezclaba toda clase de gente. Todo a la vista. Todo ahí, palpable. Un perfecto show donde lo más extraño era ver dos personas de la misma raza haciendo el amor.

…No sabría decirse si aquello aceleró su muerte, pero sí que lo llevó a urgencias con un ataque al corazón. Porque en la pantallita aprendió a que le tomaran el pelo, pero también se hizo más demonio, como si tuviera que sobrevivir en la cárcel a costa de emparejarse a una sociedad salvaje. Sin saber que lo llevaba dentro, disfrutó “creciendo”, aprendiendo, y las penetraciones llevaron a los latigazos, y las palizas a las matanzas, de humanos y de marmotas apaleadas. “Te partirás de risa”, decía el archivo… y fue una autopsia de un bebé la que lo hizo tartamudear, pidiendo auxilio a su mujer. Así, al menos medio minuto, sin apenas poder soltar en claro ni una sola palabra. Algo así como si la maldición de la red lo hubiera alcanzado, que lo llevaron en ambulancia adonde el hospital, manera de abrirlo en canal y hacerle los empates y arreglos de venas y arterias, coserle, sedarlo y devolverlo a casa a la semana más pálido que una medusa.

Siempre creyó Carmencita que la computadora lo había electrocutado, porque la verdad que la víctima del entuerto mantenía cierto recelo a explicar qué le había pasado realmente. Y, pese al percance, el aún convaleciente, que lo sería ya hasta la tumba aunque lo tentase negar, no tardó tres días en escabullirse de nuevo hasta la pantalla, antojadizo de toda ella como acaso un yonki de su “insulina”. Allí “click”, y de nuevo tetas y culos. De nuevo, todo eso del mundo que se había perdido metido en el banco. Quizá buscando revancha… quizá esperando otra fatal impresión.

…Murió de noche, en la cama, soñando con una brutal señora, que ya no se sabía a qué especie pertenecía. Ahogado entre sus senos, los de una despampanante rubia capaz de cualquier postura en la cama… pero también en el sofá, en la barra de un bar, en una mesa de billar, encima de la secadora… Carmencita lo sacudió, aún mientras todavía parecía respirar. Le había notado el ronquido cambiado, y la cara de ángel. No tardó en llegar la ambulancia, y la multitud de vecinos se agolpó adonde el suceso con toda clase de pronósticos y servicios de consuelo y aliento. Un lío. Una mala situación, para nada capaz de hacerse entender por mucho que ya la hubiera vivido la esposa en ascuas, viendo que los sanitarios le despojaban al muerto de la parte superior del pijama, lo apaleaban con los puños y lo apretujaban adonde el pecho, que el problema parecía estar siempre ahí, y para luego meterle la máquina de electroshock, esa misma de las películas.

Patosos, mala hora para alguno de ellos, que se divorciaba pronto entre disputas y celos, y el otro trasnochado de un asadero familiar para con un mal turno de madrugada, y torpe Carmencita para advertir que “con el pecho de su esposo no se juega”, a la primera descarga del artilugio del doctor Frankenstein la cicatriz aún verde de la operación a corazón abierto no hizo sino reventar, por lo que la sangre en reposo de aquel cuerpo salpicó gente, mobiliario, paredes y techo. Un desastre. Una especie de fuego artificial indeseable, que dejó toda clase de bocas abiertas. A Carmencita, el mal recuerdo de situar la última cara de su esposo, su pose de adiós, con la caja torácica reventada como por un escopetazo, que estropeaba la bonita sonrisa que se le había quedado al sátiro.

A pinto pinto… y con el dedo, del sartén al microondas con el muerto. Con un millar de lágrimas, en un pañuelo prestado que casi nunca estuvo ahí, todavía hecha un mar de dudas, en lugar de meter al cadáver donde un nicho, buscando nuevos tiempos, el hijo sabelotodo la convenció para que incineran los restos. Así no tendría que estar de por vida, de por lo que le restara de vida, cogiendo taxis para que la llevaran al cementerio, en un ritual más traumático que acaso la cotidianidad de tener una jarrita en casa con las migas de su esposo. Sería, de todos modos, como si estuviera vivo, porque de todas formas nunca hablaban mucho y, desde la llegada del ordenador, todavía sería más realista trance porque aquél se las había pasado, las últimas jornadas de su existencia, metido en donde la pantalla, sometido por fuerzas ocultas que Carmencita aún tentaba averiguar. De las cuales sospechaba sus males, por lo que no tardó en mandar tirar el trasto a la basura, para que un vecino avispado lo comprara a tiempo y tuviera acceso privado a la verdadera herencia de aquel hombre, todo chisme de lo que había navegado y de los archivos guarros que guardaba. Y respeto para no hacérselo saber a la viuda, ni a nadie, porque, aquélla, de saber de las infidelidades de aquella carcasa y los rescoldos que guardaba, seguramente cogería las cenizas y las mezclaría con la tierra para gatos de la vecina de enfrente.

…Que si un altar, con velas a tiempo… Que si en el mueble bar… Tal vez donde la mesa de noche… Todo el mundo sugirió un lugar donde meter aquella jarrita mortuoria, hasta que Carmencita, que lloraba a solas entre charla y charla de tanta gente que venía a verla para repetirle toda clase de refranes acordes a las circunstancias, porque su Rodrigo nunca quiso compartir con ella sus afanes de jardinería, como para darle una lección lo metió donde un tiesto. Uno de tantos en el balcón. Uno verde, al que creyó hacerle una marquita para diferenciarlo de los demás, no se le fuera a extraviar el esposo, con lo que costó conseguirlo.

Plantó florecillas, que brotaron sustanciosas. Quizá, el señor echando un vistazo afuera. Quizá, desperezándose, hasta echando cabeza adentro de la casa para buscar la pantalla del ordenador.

Carmencita le hacía los vistazos periódicos, tales como siete cada día. Todos a sus horas. Y un regado con un bote y pistola con aspersor, para pasar mejor el verano, y un hablado por las noches, para que no se sintiera tan solo. Tal vez, todo aquello que no se habían dicho en vida, hora de irse a la cama desalentada, en el desierto que se había convertido la casa. Hubiera sido más rentable haber plantado en el tiesto una verdura. Quizá un pepino erecto al que llevarse a la cama, como antaño.

Remataba esa vida de fantasma una hermana ya aclimatada a eso de la viudez. De hecho, nada más y nada menos que la eterna viuda negra, porque había sido de todas las de su quinta la primera en perder el esposo. Era la que más consejos tenía para ese tipo de males, para sobrellevar lo mejor posible la pérdida de un hombre… aunque, a expensas de cómo terminaban siendo las cosas tras el fallecimiento, tal cual tenerlo o no, máxime con ordenador incluido, significaba la misma faena porque un señor añejo suponía apenas un quejumbroso enfermo al que oír quejarse por las noches, aguantarle los olores y hacerle el homenaje a la hora de pedirle dinero.

Mira por donde, el tal Rodrigo, hablando de plata, tenía su cierto peso en oro. Algo, como una pensión que quedó medio holgada para que Carmencita invitara todos los días a su hermana a un café con leche y un donut en la cafetería del barrio. Y todas esas mañanas, las mismas charlas, con recuentos de las camadas ajenas ya pasadas, de las amigas en común, todas ellas ya estériles por edades de abuela, y de los nietos. Y riñas por el desaguisado de Carmencita, que salía a la calle como de cualquier manera, con los pelos casi con la horma de la almohada y algún pendiente perdido, que los desatendía tanto que, para no salir descompensada de pesos, entre la bisutería y su cierre debería echarle urgente un dichoso punto de soldadura. Luego, una vez hasta la rebeca del revés, para que ambas rieran como locas, ruborizadas, casi como si se les hubieran caído las bragas por debajo de la mesa. Por ese percance, entre otras risas bien distintas, alguien de la servidumbre del local bromeó, entre los suyos, que la etiqueta al vuelo de la prenda se le antojaba como esas identificaciones de los muertos en los depósitos de cadáveres, haciendo alusión a que, a cualquiera de aquellas dos clientas de a diario, se les podría avenir la resolutiva fuerza mayor de no presentarse ni una día más, que se fueran con sus esposos de una maldita vez, hartos de los reajustes del café y la leche en unas tazas servidas siempre, lo juraría el que las preparaba, milimétricamente con los mismos ingredientes.

En esas tertulias de gansos, a Carmencita, sin darse cuenta, le empezaba a fastidiar de verdad que, cada vez que se allegaba de paso por la mesa alguna conocida, su hermana se anticipara a todo diciendo que la pobre había perdido a su esposo, que estaba muy deprimida.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Aún no se ha acostumbrado”.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Tiempo al tiempo”.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Ya se irá haciendo a la idea”.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Tiene que echar para adelante como sea”.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre… pero tiene que salir para distraerse”.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Poco a poco todo le irá mejor”.

…Y recados, muchos recados. Había que distraerse. Por eso buscaron un pintor, y pintaron la cocina; la sangre de “la habitación explosiva” la había enmendado el seguro.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Ya se le irá poniendo mejor cara”… y el del rodillo con el cigarrito a un lado, a lo suyo.

Por eso, lo de las cortinas. Todas nuevas, con colores alegres. Y las vino a colgar el mismo de la tienda de las telas, que asimismo las había cosido.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Hay que darle un nuevo aire a la casa”.

…Y poner al día el rollo de la programación, porque llegaba el nuevo sistema digital para lapidar la vieja señal analógica. El rollo ese del TDT, convertido en un trauma nacional. Lo vino a instalar otro de esos técnicos de mono gris, sudoroso y gordinflón.

“Es que su marido murió hace tres meses, la pobre. Con el TNT se distraerá”.

TNT… Algo fallaba. Aquella vieja ignorante estaba yéndose por los derroteros más sinuosos, porque lo que acababa de mencionar era alto explosivo, no un terminal digital terrestre. ¿Quería acaso que le volasen la tele a su hermana, la del marido recién muerto?

“Dirá TDT, señora”.

“Sí, eso: la TNT”.

Carmencita también hacía tiempo que la venía observando, redescubriéndola un poco más por cada día que pasaba a su lado. Vivía un mundo confuso, donde no entendía verdaderamente de nada. Sugirió a la reciente viuda que, para que no se le colaran los mosquitos, pusiera unas “mosqueteras”, a saber si las mencionaría bien si acaso Alejandro Dumas no hubiera escrito nada sobre D´Artagnan. Fallaba un enchufe y pidió a la compañía de suministro de energía que enviaran un hombre eléctrico, como si de buenas a primeras fueran a tocar a la puerta y, en vivos colores, calzoncillos por fuera y capa al viento, se fuese a presentar sonriente y con un destornillador en la mano uno de los compinches de Superman. Luego su hija trabajaba de profesora en Liverpool, y para venir a verla a Las Islas Canarias, cosa que no hacía desde años, tenía primero que ir a Inglaterra y luego pasar el estrecho de Gibraltar…

Hombre, el peñón… inglés sí que es.

Eran tonterías, sopesó Carmencita. Quizá los efectos secundarios, o la inercia, de vivir sola. Viuda especializada, sometida a ver las telenovelas del mediodía y los programas del corazón. Pero, pese a esa aparente demencia con tintes hasta divertidos, la filosofía que intentaba transmitir aquella mujer escondía un trasunto mucho más perverso, que no otro que ir poco a poco metiéndole a la cabeza a Carmencita que tenían que ir dejando de desayunar todos los días, que no la llamara tanto, porque su nuevo destino era acostumbrarse a estar sola. Un mundo de silencio, se proponía. Ésa era la viudez auténtica, la de las mujeres castizas. Las de su quinta, las honrás… Quizá no vestir de negro, si le diera la gana. Ponerse flores lilas por trapos, en esos trajes de una pieza. Quizá la rebeca conjuntaba aún con una falda parda lisa, larga hasta las rodillas. Un bolso negro, como de piel de escarabajo. Dos perlas en las orejas. No más… Acaso la medalla del Niño Jesús. Los recados del banco, la luz, el agua… ésas debían ser a partir de ahora sus distracciones. Ir encogiéndose cada día un poco más, para fregar la casa por donde sola ella pasaba… fregado sobre fregado, aunque no hiciese falta. Negar con un manotazo al aire y a otra cosa mariposa de esa charla de perversiones cuando se le propusiera buscase un novio, porque el sexo se le venía volviendo virgen con tanta telaraña. Usar los rellanos de la escalera para cuchichear al menos cinco minutos al día… Ver mucho la tele… Sola, jodidamente sola. Coger un poco el aire poniendo el ventilador junto a la cama… Ésa sería su vida a partir de ahora, con la única salida los sábados para ir al bingo, con señoras como ella, y, si ya condenadas a la viudez, mejor. Y ese caminao de vampiro de los años veinte, con pasos cortitos y torpes, lenta y desgraciada, como si tuviera un hilo de chicle pegado a la espada y hasta una farola y ese nexo la fuera reteniendo el paso.

Empero, pese a la payasada, compostura… La de las señoras por vicaría. Pararse como cuervos, para hablar como urracas:

“Mira esa sinvergüenza. Es una guarra… Tiene un niño vete a saber de quién. ¿Adónde vamos a llegar con tanta mujer perdida?”

…Margarita, la vecina que se había inventado un hijo de la nada… ¿Sin un varón? ¿Sin anillo…?

CAPÍTULO CUARTO


Fue una madrugada que Margarita dejó habilitar su óvulo. Darle ese aliento a su hijo, el que sabía se le caía cada mes al retrete. Una pena. Ese niño tan deseado que se le iba de las manos con cada relación fallida, con la triste pinta de las compresas rojas. El que no terminaba de llegar, y que se antojaba más y más imposible por cada cumpleaños que se le presentaba… como ese cartero con malas noticias, así pues con la forma de una vela encendida en una tarta, la que no fallaba nunca de manos de sus padres. Porque sólo eso, una gotita del santo grial. Sólo hacía falta eso. Y, sin embargo, qué difícil era que alguien se la diera de buenas… porque cada pillo se conocía que un descuido podría germinar en un crío, en una deuda de por vida y adiós al gimnasio, al coche, al piso...

Al fin, aquella noche cayó “dentro”. Le robó el alma a un cualquiera. El papá sorpresa de su hijo. Porque estaba hastiada de conjuntarse con varones para nada, porque ella, de ellos, lo que realmente necesitaba era que la hicieran madre, no mujer.

De vaya a saber Dios nació Alfredo. Alfredín. Porque, a fin de cuentas, el chico rubio de ojos azules debía ser su padre, al que se le arrastró tanto porque le pareció tan buena pinta… pero también podría serlo el del plan B, y el del C. A decir, dos más con los que estuvo en días sucesivos, cuando por su ovulación se sentía como una de esas conjunciones de planetas que en los libros de fantasía barata abren portales a mundos extraños; era menester asegurar el buen término de la misión con la redundancia de actos sexuales, cogerlo todo, como al ganar sin parar en una noche en el casino. No se acordaba Margarita si alguno de aquellos otros había sido rubio… No podría definir del todo a quién pertenecía el chaval. Sólo el tiempo podría decirlo, porque inmediatamente después de nacido era demasiado pronto.


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