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COLOMBIA, EL PAIS DE LA RISA

Javier Ramírez Viera

COLOMBIA, EL PAIS DE LA RISA

Javier Ramírez Viera

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2010, Las Palmas de Gran Canaria, España.

Título original: El país de la risa.

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Dios me libre completamente de llegar a presenciar o ser partícipe de alguna u otra forma de cualesquiera de las tragedias descritas en este libro. Ni siquiera con ánimo meramente periodístico, si se me permite, a un ignorante, semejante comparación con un diplomado de esa índole, me comprometería con nada parecido.

Por ello, por esa falta de experiencia en lo más tenebroso del mundo, en este escrito, las descripciones de semejantes atrocidades quedan cortas y torpes a la más cruenta realidad. Y, sin embargo, arrojo en ello todo el miedo de mi imaginación y, empero, certifico la veracidad de todos estos hechos hasta en un amplísimo porcentaje, mayor de lo imaginado, a tenor de las experiencias que me han trasmitido quiénes verdaderamente saben de tales particularidades de su tierra natal.





Preferentemente dedicado a ciertas mujeres.

Luego a las víctimas, por supuesto.









CAPITULO PRIMERO





El sol calentaba con toda su fuerza sobre el cementerio; pocas ganas había por trabajar en aquel silencioso mediodía, donde, de tan callado que estaba el mundo, se antojaba que toda Colombia se las hubiera dado de inmigrante… Y si impresión de eso se daba en el pueblo, más de figurar era de entender a las afueras de él:

Con ganas de la siesta sudamericana, Luis, por delante, cargaba las dos palas al hombro, además del deje paciencioso de sus cuarenta años bien largos. Mientras, Guillermo, todavía un poco mayor que él, pero más conservado, le andaba por detrás con las manos en los bolsillos, silbando melodías y contemplando el verde y la floresta que vestía las lápidas. Por cementerio, aquel recinto no era tal. Si acaso, apenas podía considerarse un recinto porque no tenía vallas colindantes. Simplemente, el cementerio era las lápidas, plantadas por doquier quizá con algo de concierto en aquella parte del monte.

—Amigo Luis —dijo al fin Guillermo, tras su bigote de siempre y el sudor que le caía por la frente y el pecho, descubierto por llevar la camisa a medio abotonar.

—Dígame, hermano —dijo “desde abajo” Luis, ya que éste era bajito. También tenía su bigote, el mucho sudor y la camisa deshecha.

¿Cuál era la tumba que dijo el patrón? —dudó el tipo, un poco agobiado de caminar entre tanto nicho, que le invitaba a pensar en más muertes violentas que pacíficas, según la maraña de la vendetta nacional.

—Doña Eulalia, creo yo.

La duda hizo que ambos se detuvieran. Primero lo hizo Guillermo, y luego su compadre, una vez dejó de escuchar tras de sí los pasos de su compañero de faenas.

¿Allá bajo el palo aquél, nos dijo? —dudó y suspiró Guillermo, llevando la mano derecha sobre sus ojos, a las cejas, para hacer sombra y poder otear en la distancia, la cual le conducía, tras una treintena de pasos más, a un retorcido árbol.

—Allá en el palo, hermano —confirmó Luis. —Allí es donde dijo el patrón.

En efecto era allí, bajo el árbol. No obstante, y temiendo una sorpresa en forma de alguna serpiente, primero de hallar a la tal doña Eulalia, ambos tuvieron que deambular todavía un buen rato por aquel alrededor, despojando las tumbas de los matojos y los hierbajos para poder leer de ellas las inscripciones:

—Esta parece que es, don Guillermo —dilucidó Luis, dejando por fin las palas en el suelo y delante de la tumba.

—¿Está usted seguro? —gruñó Guillermo. Las letras no eran lo suyo, de manera que si su compadre no hubiera sido el que descubriera la lápida correcta podían haber dado por perdida otra media hora más de trabajo, sino el concurso entero o cavar equivocadamente; Guillermo era muy orgulloso y no iba a permitir que en el pueblo supieran que él no sabía leer.

—Esta es —se reafirmo Luis.

—Bien, don Luis. Vamos a trabajar.

Contratados de turno, sin vocación para ello, y quizá para nada, pues “sin oficio” eran, los dos jornaleros del arroz habían desestimado cargar un pico. En realidad había sido Guillermo quien no había querido hacerse con él para no tener que cargarlo monte arriba, de manera que no haber supuesto que la tierra del monte, que no era de volquete, sino de de la naturaleza, no era tan manejable como la arena de la construcción les hizo prosperar muy despacio en sus intenciones. Para cuando habían profundizado apenas un palmo, a lo lejos distinguieron cómo se allegaba la comitiva de testigos, casi todas personas ataviadas de oscuro, que se presentaba al particular para desvelar el cuerpo de la tal doña Eulalia.

—Mala cosa, don Guillermo —apuntó Luis, percatándose de la docena de individuos en la distancia. —Don Jorge nos dijo que debíamos tener desplantada la caja antes de que los parientes llegasen.

Guillermo no dijo nada. Simplemente empezó a cavar más aprisa, a la par que era imitado por su compañero. Luego, conseguido ya que éste acelerase sus maneras, sabedor que su compadre ya estaba a toda máquina y que no iba a cejar por mucho que él desestimase su parte en la labor, mala paga y traicionero como era alzó por fin la cabeza y empezó a buscar al tal don Jorge entre la muchedumbre.

¡A que este maricón nos va a pagar menos plata, hermano! —dijo, agachando la cabeza para seguir cavando con todavía más brío. —Don Jorge está con ellos... y ya viene… —se redundó.

Asustaban… Pero no era tanta gente como en un principio pareciera. Las dos señoras del grupo iban de negro, aunque, si acaso, probablemente no por el luto de doña Eulalia, sino por una defunción más reciente, por la cual se iba enlazando el ritual para acabar no teniendo otro color en el armario. De ellas se hacían compañía dos jóvenes, vestidas con bluyines y camiseta, varios chavales y una niña, cogida en todo momento de la mano de la matriarca del grupo, aquella señora que ostentaba la mayor edad y, asimismo, el gesto de mayor preocupación y respeto por el momento.

Don Jorge hablaba con ella gentilmente, llevando su paso, un ritmo compartido por todos, para terminar su periplo, el del grupo, al poner sus botas a pie de zanja de la que cavaran sus dos operarios.

—Más gracia a eso, señores —les dijo. Luego continuó platicando con aquella familia.

Cada vez parecía que picaba más y más el sol, y los chorros de sudor cegaban a los excavadores, ya que las cabezas gachas propiciaban que las sales de aquella ducha les fueran a los ojos. El vapor del esfuerzo, de sus cuerpos acalorados, les hacía que les ardiera la cara. Era un trabajo muy duro… y al poco, entendiendo que había faena para rato, la familia ya se había apartado a la sombra del árbol, donde, inclusive, lo pasaban mal por causa de las altas temperaturas.

Pero Don Jorge seguía allí, donde mismo, aparentemente distraído… pero allí. Era difícil descansarse de tan arduo trajín, el cual Guillermo y Luis llevaban muy mal de tiempo y, por tanto, era menester rendir lo antes posible.

—¡Santa madrecita mía! —suspiró don Jorge, clamando al cielo por el calor.

Aquella expresión, a Luis le hizo dar un vuelco al corazón, puesto que por ella supuso que ya habían dado con el muerto y el patrón se santiguaba por respeto al ver el hallazgo. Por un momento, creyendo haber palpado un hueso con su herramienta, soltó la pala y dio un salto atrás, siendo escrupulosamente observado por el patrón, que no entendía lo que le pasaba:

—¿Le picó una avispa, Luis? —preguntó.

—No, don Jorge —dijo Luis rápidamente, volviendo a agachar la cabeza en sus quehaceres.

—Hace calorcito —pareció burlarse el patrón. Al menos él tenía sombrero.

Y Guillermo ya no pudo más. La cara la tenía alborotada de calor y tuvo que estirarse, a tiempo de comprobar, junto al alivio de cierta brisa, y ésta, por fin, en su rostro, que los riñones se le desinflaban con un pinchazo parecido al de la faena de unas finísimas agujas. Una vez alzado, difícil le fue volverse a agachar, aunque no le hizo falta aún, y, gracias a Dios, aún, porque su siempre salvador compadre Luis, quien en realidad ganaba todas las batallas de todos lo trabajos que ambos realizaban a la par en el pueblo y adondequiera que fueran, pareció tocar madera con la punta de su pala.

Como si hubieran cometido sacrilegio, si acaso no supieran para qué habían venido al cementerio, ambos operarios salieron de la zanja casi de un brinco al oír aquel golpe seco.

No tengan miedo, señores —murmuró el patrón en voz baja, a bien de que la familia no le escuchase las advertencias, de sorpresa ya sobre “los muchachos”. —No me falten al respeto al muerto, compadres —dijo, echando una ojeada luego a la familia, allá en la distancia y a cubierto del imponente sol. —Una culebrita no más —les vociferó a éstos, al ver las caras de atención que allí tenían, queriendo que todavía no se allegasen e intentando calmar sus ansias, exculpando así los gestos de pánico de sus operarios. —¡Venga, compadres! —los avivó a éstos. —Terminen la labor, si acaso no hubiesen visto ya un muerto en la vida.

Luis y Guillermo intercambiaron una muy larga mirada, sintiéndose delatados por a saber quién le dijera a don Jorge de sus labores más sucias a fin de ganarse el pan de cada día.

Tomando aire, nuevamente los dos desamparados de la buena fortuna se hicieron a la zanja, delimitando con el hacer de sus palas los bordes de la caja.

No hubo buen dinero por cuando falleciera aquella mujer… pero el cariño de la familia siempre había sido grande y la caja había sido un esmerado ataúd de oscura madera casi con el hacer de un espejo, de tan pulida que fue su madera. Por ello, pese al tiempo trascurrido desde entonces, y al deterioro, todavía Guillermo pudo verse la cara en el hallazgo y entristecerse de su propia desdicha, de tener encima tantas fosas y no haber podido salir de aquella miseria, teniendo que trabajar en una de ellas otro día más.

Luis, pese a ser a veces muy visceral, en según qué asuntos era mucho más sencillo. Lo suyo era comer y dormir, y poco se preocupaba de si era o no alguien en realidad.

—Hagan ustedes el favor, señores —dijo don Jorge, haciendo con sus voces que la familia se allegase.

A tiempo, Guillermo y Luis alzaron las cabezas para ver que había varios señores más entre la familia, allegados más tarde, casi como por sorpresa para ellos, y con pinta de funcionarios y entendidos legales, quizá personal del manejo de papeleo de la alcaldía.

—Buenas tardes, señores —dijo Luis muy respetuosamente. Nadie le respondió.

—Cuando usted diga, señor inspector —dijo don Jorge al tipo que parecía más distinguido de los presentes oficiales, el cual cargaba una carpeta de documentos y, sin el cual presente, aquella operación no avanzaría de aquel punto, pues sólo él parecía tener autoridad para ordenar el desentierro.

—A ello hemos venido —dijo. —Adelante.

Don Jorge asintió con la cabeza, a la atenta observación que le hacían sus dos excavadores, y éstos se emprendieron con un afán verdadero por descubrir todavía más la tapa del ataúd, pues faltaba por ultimar unas cuantas paladas y la atenta mirada de tanta gente les azuzaba al trabajo… y a resolver el misterio.

Hubo, tras la desescombrada, una pequeña parada para las dudas:

—¿La rompemos, patrón? —preguntó Guillermo, tras deambular con sus manos por la superficie de la caja y no descubrir por dónde destaparla.

—No. No sea salvaje —dijo el señor inspector. —Tiren de ella para arriba.

—Ah —dijo Guillermo. —Si señor —se reafirmó, y “clavó” sus dedos por debajo del reborde de la tapa. Luis hacía lo mismo.

—Tiren con rabia, muchachos —apuntó don Jorge, viendo que tras varios intentos los dos hombres no daban con fuerzas para cumplir el cometido.

Está como trancada, don Jorge —analizó Guillermo, intentándolo de nuevo… pero dándose por vencido al tercer ejercicio. —Muy trancada, señor mío —suspiró.

Y, como era ya habitual entre ambos, fue Luis quien resolvió el asunto, dando por sí sólo un último intento que terminó por hacer crujir la madera, cascar un poco la tapa y desprenderla de la caja.

—Venga, señores. Ahora con un poco más de santo —les insistió don Jorge. Sólo le faltaba el látigo.

Para qué fue destapar el tarro maldito de las esencias… de las malas esencias. El hedor que asomó por las fisuras de la caja y la tapa entreabierta consiguió que los dos excavadores tiraran la madera y retrocedieran hasta los bordes de la zanja, llevándose la mano o el cuello de la camisa a las narices y la boca.

Desde más arriba, don Jorge y el resto de la gente, alrededor, de algo de peste se percataron… pero no de tanta como los dos operarios. Acaso una de las jóvenes dio unos pasos atrás y uno de los elegantes administrativos se llevó un pañuelo a la cara.

¿Qué…? —dijo don Jorge. —¿Está fuerte la Salvador Dalí? Arrimen el hombro, que el calor está incomodando a estos señores.

Guillermo y Luis volvieron a intercambiar miradas. Había que llevarse algo a la boca aquel día… así ron o un buen aguardiente, más que un caldo de gallina. Además, las mujeres estaban esperando… “ocupadas”, por ahora, pero esperando. Había que ganarse “el pan” como fuese.

—Así nos arrastremos por el suelo, don Luis —dijo Guillermo a su compadre, haciendo que éste le imitara y, entre ambos, quitasen de en medio, por fin, la tapa del ataúd.

Nuevamente, la fetidez les volvió a afectar las narices… inclusive ahora a los que desde lo alto observaban toda la operación. Sin embargo, el mal olor perdió fuerza cuando terminó por expandirse por el entorno, una vez la relativa estanqueidad del ataúd quedó rendida; por algún sitio se colaban las cucarachas, los escarabajos y las lombrices al encierro de aquel muerto, pues éste estaba muy bien acompañado por cerca de una docena de esas malas musarañas.

—¡Dios bendito! —dijo Luis, santiguándose. No era el único que se prestaba a este hábito ante lo maligno o tenebroso; la comparsa también lo hacía, o alguna que otra mujer rezaba un padre nuestro mientras aferraba un rosario.

El señor inspector tenía la mano en la frente, quizá víctima de un inesperado mareo; los patacones le bailaban una ardiente champeta en el estómago:

—Bueno, señores —dijo. —Hagamos la inspección —y entregó a Luis un palito.

Luis lo recibió con sorpresa. Su cara lo decía todo… aquel particular le cogía completamente desprevenido.

Un palito…

—Remuévalo, por favor —le dijo el señor inspector, sugiriendo al hombrecito que metiera la madera entre la sustancia del cadáver cual una paleta en un potaje.

Luis observó a su compañero Guillermo, quien no dijo ni hizo nada. También miró a don Jorge, quien le contratara, quizá intentando hacerle entender que aquello no formaba parte del trato que habían pactado. En contra, el jefe le hizo un gesto con la cabeza para que se afanara al asunto.

—Con mucho respeto, don Luis —dijo Guillermo al fin, colmando ya la propuesta de demasiados síes como para que “el elegido” se negase la faena.

Pese a haber abierto la caja con sus propias manos, ahora era cuando Luis ponía sus pupilas por primera vez sobre la muerta. En contra, ésta parecía no mirar a nadie, sino al cielo, allá desde el interior oscuro de las cuencas oculares de su calavera. Y, por mucha gente que Luis hubiese visto difunta, ahora era cuando éste se sorprendía de que realmente las personas tuvieran en verdad esa tamaña carcasa de hueso dentro de la cabeza.

¡Madrecita santa! —dijo quien ya acercaba la punta del palito al sudario del maltrecho cuerpo. Era esa tela de color café y el podrido de la madera lo que realmente apestaba, una vez Luis lo comprobó personalmente al pegarse tanto a la maraña. —Con el perdón de usted, mi señora —murmuró, actuando con mucho respeto y comprobando que el cuerpo era verdaderamente mujer, gracias a los hilachos blancos de su cabellera y al “traje”. —¿Qué hago? —preguntó ahora, antes de hincar el palito en cualquier parte.

El señor inspector resopló con nerviosismo. Sus colaboradores le observaban desorientados, pues parecía paralizado. Tras él, la cabeza de familia pareció hacerle reaccionar con su mirada, clavándosela en la nuca con la misma intensidad que antes lo hiciera sobre su madre, el cadáver expuesto:

—Muévalo un poco, para que estos señores lo identifiquen —dijo al fin, cediendo lugar a la familia, con gestos de sus manos, para que ésta pudiera acercarse a sus anchas a la zanja; él se retiró una buena docena de pasos, llevándose consigo a sus homólogos para debatir con ellos cualquier otra cosa que no fuera aquella tumba, distrayéndoles quizá tanto como él necesitaba distraerse.

—Retire un poco la tela —propuso don Jorge.

Luis así lo hizo, tirando de ella, del sudario, allá por donde estaba deshecho. Muchas cosas habían desaparecido de aquel cuerpo. Bajo la tela, apenas “las caderas” y las costillas hacían bulto… mucho más las primeras que aquel rendido pecho. Con palabras como “allá”, o “por ahí”, una de las mujeres le iba indicando por donde hurgar. Al improvisado forense, aquel menester del palito se le antojaba como remover los carbones de la barbacoa, por lo que, inconscientemente, a la cabeza se le vino la imagen, o más bien al paladar el sabor, de una pilsen, más que la comida, y de la música rumbera a los oídos. Por un momento sonrió, pero luego frunció el ceño, de extrañeza, al comprobar que en el supuesto estómago de “la momia” había una especie de piedra.

—¡Eso! —dijo de repente la matriarca, consiguiendo el sobresalto de todos.

Luis lo cogió con una bolsa como guante, depositando ambas cosas en la tierra, fuera de la zanja. Era una piedra, efectivamente. Gris, amorfa, algo redondeada, como si la hubiera tallado la mar, y del tamaño de un puño pequeño… como el puño de Luis, precisamente. Éste se preguntaba si acaso la señora había muerto por indigestarse con semejante pipa… aunque acaso había que preguntarse primero cómo aquella cosa podría haberle entrado siquiera por la boca.

Y, mientras la gente se afanaba en el minucioso examen del hallazgo, siempre sin tocarlo, Luis tuvo en mente la idea de que aquel pedrusco era en realidad un canto de plata, al cual sólo restaba pulirlo bien para que brillara y fuera de buena venta en el mercado; a veces los pedruscos más feos dan su sorpresa, y, si acaso aquel no lo fuera, de plata, ¿qué demonios buscaba aquella familia allí?

La pícara mirada de Guillermo le dijo que bien podría estar en lo cierto; la tacañería de la gente hacía cosas increíbles, pues aquella avara señora, por cuando nunca pudo comérselo, mandó que la operaran y le metieran aquella alhaja dentro, que esa era la mejor caja fuerte que pudiera encontrar para el amasijo fundido de las joyas de su vida, las cuales no quería compartir con nadie tras su muerte.

Don Jorge tenía otro punto de vista. Por todo lo arrogante que era, aunque sintiendo mucho más miedo del que querría demostrar, en cuanto vio la piedra no dudó en santiguarse, manteniéndose alejado… atento a todo, pero siempre desde la distancia, no fuera a brincarle encima, desde la tumba, algún maleficio. Él sabía que aquella piedra no era natural, que era como un “cálculo renal” nacido poco a poco en el cuerpo, en vida, de aquella muerta. Sabía asimismo, porque lo había visto otras veces, que la rareza no se había desarrollado allí por ninguna enfermedad conocida. El color oscuro de hallazgo se debía a su procedencia demoníaca, a que se había gestado por la brujería, por una maldición que había llevado a aquella señora a sufrir terribles e interminables dolencias y penalidades hasta la muerte.

Con cierta aflicción, don Jorge contempló ahora a la difunta. Estaba sintiendo pena por ella. Porque, aún siendo sólo una calavera, en el rostro se le adivinaba el sufrimiento; mucho había tenido que soportar por la envidia y la maldad de las personas, de aquellas infinitamente ladinas personas que la habían atormentado tanto; ¿quién podía saber, incluso, si el alma de aquella mujer todavía rondaba por ahí, sufriendo una maldición que no la dejaba descansar en paz?

Esa era la gran duda… la que llevara a su familia a investigar su cuerpo, el cuerpo de una madre tacaña y malhumorada… pero de una madre, al fin y al cabo:

—Bueno, ¿reconocen el cuerpo? —dijo al fin el señor inspector, volviendo sobre sus pasos. Para entonces, la piedra ya estaba a buen recaudo, escondida por quienes habían venido a buscarla, que acaso nunca supieron que en realidad existiera algo… y mucho menos tan extraordinario, pero que era justo lo que esperaban encontrar.

—Lo es, señor inspector —dijo don Jorge, viendo en las caras de los parientes las ansias de la venganza, la indignación y la más profunda de las penas; se les había lastimado de nuevo, por lo que maldecían y conspiraban en voz baja.

—Muy bien —afirmó el delegado oficial. —Entonces, —y preparó sobre su carpeta de trabajo un documento donde anotar, —la demanda de la señora Bracamonte no tiene cabida en este asunto —y, para declarar esto, objetó sobre una de las mujeres presentes, la matriarca: —Es la señora doña Eulalia, que, como está especificado, fue enterrada en este lugar. No hay delito porque está donde debe estar y no usurpa propiedades ajenas.

Pero en las caras de aquellas mujeres no se veía ni siquiera atención por el veredicto. Estaban allí por otra cosa, obviamente.

Don Jorge lo vio claro; habían luchado judicialmente entre ellas de forma ficticia para conseguir que desenterrasen al cadáver, afín de investigar y aclarar sus sospechas de porqué tan penosa y larga pesadumbre hasta la muerte para aquella señora. Ahora, sabedoras de que alguna vecina o algún familiar podría haberla dado maleficio, empezaría otra fatal guerra: la de descubrir quién había hecho aquello y luego, tal cual suena, destruirle. Quizá, mejor dicho, devolverle el mismo mal, haciendo que caiga en cama, que sus pañales se encharquen en sangre, que tosa, que escupa bichos y pelos… que pierda todo su dinero o que apeste como un huevo podrido… o, tal vez, que sus hijos padezcan la locura o griten por culpa de las llagas:

Apresuradamente, antes incluso de que el señor inspector ordenase que volvieran a dejarlo todo como estaba, la familia se encaminó monte abajo urdiendo sus planes.

—Ya han oído, señores —dijo don Jorge a los dos excavadores. —Vuelvan a cerrar la zanja.

Aquello tomaba a Luis y a Guillermo por sorpresa. Se había dicho de cavar, pero nada de volver a tapar el agujero… Y más burla parecía todo si había que tener en cuenta que ya todo el mundo se devolvía camino al pueblo, así la familia, el inspector, el dinero negro en su bolsillo y sus ayudantes, don Jorge y hasta las ganas de trabajar; sólo se quedaba el calor.

Mientras oía refunfuñar a su compañero, Luis se afanó en la tarea. Así sería, en solitario, durante los dos primeros minutos, al cabo de los cuales, por fin, quien de los dos parecía llevar la batuta agachó la cabeza para dejar de renegar y cumplir con su obligación, que todavía no les habían pagado nada y discutir con el patrón podría echarlo todo por tierra.



























CAPITULO SEGUNDO





Sisto meneaba demasiado la cintura al caminar. También movía mucho las manos, dejándolas como tontas al terminar de expresarse en todas y cada una de sus atropelladas charlas.

Era nervioso… y charlatán también.

En definitiva, le gustaban los hombres. Esa era la clara definición que sobre él hacían las gentes del lugar. Así lo vieran plantando yuca todo el día, pidiendo limosna en las esquinas o dándole palizas a la gente, ni podría ser “el agricultor”, ni “el mendigo” ni “el matón”. Simplemente, hiciese lo que hiciese siempre sería “el marica”. Un “maricón”, como solían decirle los más arrogantes en plena cara. “Ningún hombre que se precie se teñiría el cabello de rojo,” se decía, aunque en realidad era de castaño.

¿Y cómo iba él a quejarse? En un pueblo donde los bravucones llevaban pistola, pedir algo de respeto era hacerle cara a la muerte… y hacerle cara con muy mala mueca.

Con ese planteamiento, su peluquería, a la trasera de la avenida principal del pueblo, sólo era visitada por mujeres, aún cuando Sisto había aprendido su profesión haciendo cortes de caballero. Con ellas, las clientas, entre espejos y botellones de champúes que él mismo elaboraba, hacía todos los días el noticiario de la parroquia, enterándose y haciendo que éstas se enterasen de todos los chismes que en ella se acontecieran, ya fueran de cuernos, de narcotráfico, de envidias... Muchos decían que no había verdad o mentira de la cual él no tuviera conocimiento, por lo que a menudo también solía decirse que no llegaría muy lejos, que, algún día, toda esa información le traería la muerte a su casa. O a la peluquería, que era lo mismo.

A él, todo aquello que se decía sobre lo de su vida en “la cuerda floja” le parecía exagerado, de mucha inventiva también. Apenas si había tenido riñas con algunas mujerzuelas y, como de hecho no se le acercaban los caballeros, que alguno que otro lo enviara al otro barrio le parecía algo harto imposible.

…Pero todo llega. Algún día. Y siempre el menos pensado…

Haciendo un alto, seca ya la lengua de tanto platicar chismes con un trío de clientas, Sisto frunció el ceño a las damas al ver cómo dos hombres entraban en su negocio; Guillermo llevaba las manos en los bolsillos de su pantalón, en uno de los cuales cargaba con descaro el bulto de una hambrienta navaja todavía plegada en su mango; Luis, sobrecogido nada más entrar, miraba el desorbitado escote de una de las mujeres presentes, aquella que llegara de España tras hacer fortuna de forma maliciosa. Se le veía en la cara, a la muchacha, cómo había ganado aquellos tantos pesos que llevaba encima a modo de toscas joyas, ropa vulgar de piel como de leopardo mestizo con cebra y una cabellera descaradamente teñida de rubio, manicura abundante y unas cuantas operaciones de estética que la habían exagerado los labios, las caderas y los senos... sobre todo los senos, que eran sus herramientas de trabajo.

—Señoritas… —saludó Guillermo educadamente, intentando disimular con su cortesía las malas intenciones que llevaba consigo. Siguiendo con su película de normalidad, de cliente incluso, la cual nadie se creyera, tomó lugar en una silla.

Luis hizo lo propio, pero, como el local era pequeño y, asimismo, mal proviso de asientos, el maleante sólo tuvo a bien encontrar lugar en una de esas “sillas eléctricas” de peluquería, debajo de su tosco secador, que más bien parecía un casco de astronauta. Bajo éste pareció parapetarse para seguir observando desde semejante refugio, cual un adolescente exaltado, las enormes mamas de la inmigrante.

—Hace un día de mucho calor —continuó Guillermo. —Sigan, por favor. Sigan… —declaró, viendo que Sisto tentaba las tijeras todavía en sus manos y no se decidía por continuar sus labores.

—¿Se van a motilar, los señores? —preguntó el peluquero, justito de fuerzas para no mostrar debilidad tragando saliva.

—A repasarnos los mostazos, no más —dijo Guillermo; Luis no decía ni hacía nada… acaso mirar.

Tras unos instantes de parálisis, Sisto volvió a cortar flecos.

“Gracias a Dios”, pensó éste, fueron las mujeres quienes volvieron a animar la charla que habían dejado al entrar los caballeros, retomándola por el mismo punto en que ésta se había detenido:

—…Los españoles no tienen ni idea de bailar —siguió diciendo la que de ese país había llegado apenas hacía cinco días. En su haber, aquellas mismas palabras las había repetido a diestro y siniestro por todo el pueblo, pues no había otro placer en ella que ensalzar las glorias de la patria criticando las inmundicias de los extraños. —Como payasos se ponen en pie con la copa en la mano moviendo el culo de un lado a otro.

…Y las otras mujeres reían.

Sisto hacía lo que podía, según el miedo que empezaba a crecerle en el cuerpo, acaso sonriéndose un poco:

—Nosotros los latinos somos los que tenemos la sangre caliente —añadió. —La gente de por allá es más bien muy pasiva.

—…Y tanto —prosiguió la trotamundos. —Figúrese usted que el primer día que entré a una discoteca… ¡Ay, no! Las mujeres bailando solas.

—Eso no puede ser.

—Pues sí, muchacha. Yo cagada de la risa.

—¿Allá cómo tienen los niños? —preguntó una. —¿Por correo?

—Bailando solos… Es la cosa más ridícula que he visto nunca.

—¡Ay, Dios mío! ¡No, no, no!

—Y amarrados… —prosiguió criticando la fingida rubia. —Se piden una copa para toda la noche y con ella aguantan hasta por la mañana. Mire usted. No tienen para gastarse en una botella.

—Sí, yo he oído que son gente muy materialista —alegó Sisto. —Claro que por allá se vive de otra manera. Son gente más seria y aburrida. Más mundana. Lo único que tienen en común con nosotros es el habla.

—Y ni tanto —renegó la extraña. —Dicen las cosas mal dichas. Yo no sé qué clase de español hablan por España.

—La distancia, ¿no? —dudó una de las mujeres.

—Debe ser… —sopesó Sisto. —No más hay que recorrer dos océanos para llegar hasta allá.

—¿¡Dos?! —se sobresaltaron las féminas.

—Sí, amigas mías. Dos océanos.

La que llegara desde Europa se encogió de hombros sin saber qué decir. Ella, simplemente, para llegar hasta allá se había montado en el avión para mirar por la ventanilla durante una hora, dormir unas seis y el resto todo a oscuras porque le había cogido la noche. Apenas sí se sobresaltó entonces al comprobar que las nubes podían atravesarse, que no eran enormes bloques de hielo, como pensara desde niña y aún en el bachillerato. Acaso pensó también que todo el rato atravesaba el mar Caribe y que España hacía frontera con Rusia, por eso de las polacas.

El resto de mujeres no tenía muy claro lo que era un océano, pero debía ser algo muy grande, porque habían oído decir que el viaje de aquí para allá duraba cerca de un día entero sobre el agua. Luego los rusos eran los que mataban alemanes y americanos por eso de las películas de guerra y de acción, que igual un día se disparan con James Bond que con los soldados yanquis de la Segunda Guerra Mundial... Mejor dicho, y luego, las polacas... vaya usted a saber.

Unos cuantos mejunjes aquí y allá, todos a los cabellos, y Sisto había despachado a las mujeres. Entretanto se había hablado de España tres veces, del narcotráfico una, de las fiestas que se avecinaban dos, del paro cuatro, de cuernos y amores siete, otra vez de España… Y, al fin, las señoras se levantaron al tiempo de sus asientos, pues en las faenas de peluquería se habían ido cediendo el lugar ante el peluquero para decidirse ahora a irse todas juntas, quizá a tomar algo:

—Bueno, amor —se le despidieron. —En quince días estamos por acá de nuevo.

…Y todavía, allá en las puertas del local, alguien dijo algo con sustancia, surgió otro tema y dialogaron cerca de diez minutos más, esta vez de las bondades del nuevo presidente de la nación, el tal Uribe.

—En fin, mis reinas —las despidió Sisto casi con prisas, pues ya no aguantaba más la incertidumbre de saber qué deseaban aquellos señores, fuera bueno o fuera malo. —Se me cuidan mucho —terminó diciendo.

Al girarse, el peluquero vio que ambos tipos estaban en pie, rondando su lugar de trabajo.

—¿Qué iban a arreglarse los señores? —les sonrió, volviendo a la silla de corte, limpiándose las manos con un trapo, fingiendo normalidad, pero sin dejar de vigilar los movimientos de los dos tipos.

—Los mostachos… —dijo Luis, que, fugaz como una fantasma, ya había tomado lugar en la puerta del local. Acto seguido, mientras Sisto lo observaba ahora, tieso como una estatua por el miedo, el hombrecito prosiguió con el ceremonial y cerró la puerta.

—¿Seguro que se trata de eso? —dudó el peluquero.

—No, bueno —se intentó explicar Guillermo. —No es precisamente eso, hermano.

Y, con el centinela en la entrada y aquel otro tipo deambulando a su alrededor, sin dejar de vigilar los bolsillos de Guillermo, y sobre todo aquél de ambos que escondía, o intentaba esconder, la navaja, Sisto terminó por derrumbarse en la silla de trabajo:

—¿Quién les manda? —preguntó, sin poder evitar que le temblara la voz y se le escurriera el trapo de las manos.

Guillermo tardó en explicarse. Lo que iba a decir le daba vergüenza:

—Nos han dicho que usted es marica —dijo al fin, tras primero balbucear un poco.

Sisto creyó que se moría. Quizá una nueva campaña de los paramilitares de la zona promovía reducir todavía más los guetos de homosexuales. Pero, en tal caso, Sisto siempre había pasado desapercibido. Él no frecuentaba la calle de forma escandalosa, ni se las pasaba en los clubes. No era justo que le buscaran en su intimidad.

Yo no estoy dando lora —alegó en su defensa. —Soy muy recatado.

—Díganos, hermano; ¿es usted marica, o no? —insistió Guillermo.

Sisto volvió a mirar a Luis. Éste tenía los ojos clavados en él. Guillermo tenía los ojos clavados en él… Hasta Dios parecía mirarle, como diciendo que pronto se verían las caras.

El peluquero nunca lo había pasado tan mal:

—Lo soy —dijo al fin. —Soy muy juicioso, pero lo soy.

—Bien. —suspiró Guillermo. —Nos da vergüenza decirte, hermano; es que nos han contado que tú haces cosas…

Sisto no creía lo que estaba escuchando; se daba por hecho que si de verdad aquellos dos venían a matarle era suficiente con saber que era homosexual… Que preguntaran por un trabajito era algo que se salía de lo establecido:

—¿Cosas?

—Sí, cosas… —Guillermo se sintió estúpido. Bastante le costaba ya hablar de ese tipo de diabluras como para que no se le entendiesen las intenciones con una simple insinuación. Decirlas, a mujeres, era normal, dependiendo del tipo de mujer… Para un hombre, decirlas a un marica era algo deshonroso.

Sisto estaba desconcertado. Aquellos dos tenían toda la pinta del típico hombrecito de taberna, trabajador a morir, bebedor, comedor de lo bueno y arrimado a las mujeres fáciles. No era posible que se allegasen con retorcidas intenciones sexuales y, por ello, pese a que las cosas ya estaban suficientemente claras, volvió a hacerse el tonto:

—¿Se refiere a…?

—A esto, sí —Guillermo hizo un gesto a su entrepierna, casi agarrándola, cosa que no hizo del todo porque sólo lo hacía para orinar, pues, a su entender costeño, acaso el miembro masculino estaba reservado a ser cogido sólo por las mujeres.

Normalmente, Sisto no tenía porqué hacer de cliente o de profesional con nadie. En contadas ocasiones lo había hecho. Tenía una vida sexual muy ajetreada, pero siempre por medio de intercambios no lucrativos. Que se satisficiese a cambio de dinero, pese a que los dos clientes en su peluquería no le eran nada atractivos, le alivió tanto, en contra que creyó iban a matarlo, que incluso se atrevió a hacerse el interesante:

—Es que hoy tengo un poco de… en fin… —y no señaló su trasera porque sería un gesto demasiado vulgar, pero con su media sonrisa y sus gestos dio a entender a la perfección que por allá no había ahora mismo quien pudiera, pues sufría de hinchazones en ese conducto de vez en cuando. —Hemorroides…

—No, no —dijo Guillermo rápidamente. —No es por ahí… Queremos el otro tipo de servicio.

Sisto ladeó la cabeza.

—Ah, bueno. Entonces, sí… —y, como si tal cosa, tan rutinariamente como si aquellos dos señores en efecto se fueran a recortar el mostacho, el peluquero se fue a las puertas del negocio y bajó los estores de las ventanas, haciendo lo propio con la puerta principal, que también estaba provista de éstos.

—No, espera, hermano —lo detuvo Guillermo. —Aquí no.

—¿No? ¿Por qué?

—Es que tenemos un festejo y tú vas a ser el plato fuerte, ¿entiendes?

—¿Un festejo?


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