Excerpt for Batallas por la Democracia by Javier Livas, available in its entirety at Smashwords

Batallas por la Democracia

Battles for Democracy (in Spanish)

Javier Livas

Smashwords Edition

Copyright © 2010 Javier Livas


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NOTA

Gracias a que se trata de una edición electrónica en la cual el costo del espacio es irrelevante este libro contiene muchos documentos y nota periodísticas en su forma original en el afán de que el lector pueda ver cómo razonaron quienes intervinieron de uno y otro lado de estas Batallas por la Democracia.


INDICE

Introducción

Parte I

Fraude Electoral en Nuevo León 1985


Capítulo 1 La Cerrazón del PRI

El PRI

Frustración en San Pedro

Profeta Cibernetista

El Mal Electoral

Caso Perdido

Capítulo 2 Manifiesto por la Democracia

Capítulo 3 Fraude Anticipado

La Campaña

Debate PAN-PSUM

La Elección

La Sala de Cómputo

Las Manifestaciones de Repudio

Mi Renuncia al PRI

La Promesa Incumplida

La Represión

El Estilo Panista

Capítulo 4 La Asamblea Democrática Electoral

Pluralidad y Consenso

La Ley Electoral Democrática

Se Repite el Fraude

Parte II

Fraude en Chihuahua 1986

Capítulo 5 Parteaguas Nacional

Como Nunca

Mi testimonio

La Resistencia Civil

Las Huelgas de Hambre

Capítulo 6 Rebelión de Intelectuales

Intelectuales por la democracia

El Desafío


Capítulo 7 El Plan para 1988

Solamente así

Los Cambios en el PAN

Parte III

Las Leyes del Fraude 1987

Capítulo 8 La Lucha Contra la “LEY FRAUDE”

El Ejército Democrático

Con vista al futuro

El Congreso viola las leyes

La Denuncia ante la OEA

Capítulo 9 El Centralismo Electoral

Centralismo y Consultas Falsas

Las Iniciativas del PRI

Responder a los Ataques

La Copia

Capítulo 10 La Importancia de Washington

El Mexico-United States Institute

Narcopolítica

Elecciones

El Nuevo Peso de la Economía

Capítulo 11 Derrota en Coahuila

Acercamiento al PAN

La Carta a Don Luis Alvarez

Capítulo 12 Surge ADESE

Carta a Cuahtémoc Cárdenas

Integración de la ADESE

Polémico Pronunciamiento

Acta de Defunción

Parte IV

Fraude a Nivel Nacional 1988


Capítulo 13 El Plan del PRI

Contraveneno

Candidatura Frustrada

Cómo hacer campaña sin recursos

Candidato Encabritado

Capítulo 14 TV Democracia

Eso es libertad

Primer Debate con un Priísta

Por qué se Destruyó la Casilla 11

Capítulo 15 Resultados Sorpresivos

Otra película

Las cifras del PAN

Las Macs al Colegio Electoral

La Calificación de la Elección

Diputación Rechazada

De nuevo “Fraude sí, ¿y qué?”

Camacho derrota a Cuauhtémoc

Parte V

La Contrarreforma 1989


Capítulo 16 Diputado Sin Título

Diputados expulsados

Júbilo y desafuero

Gracias, CIA; gracias FBI

Tere Derrota a la CTM

Capítulo 17 La Muerte de Clouthier

Humor negro de Salinas

Otra Huelga de Hambre

El extraño choque

Capítulo 18 El COFIPE

Fuera el Gobierno

Seguir en la Lucha

Otros Planes

Ruffo gana

El “Jefe” Gradualista

Dicho y hecho

Capítulo 19 Análisis ante La Fundación Heritage

El Talón de Carlitos

Capítulo 20 La Claúsula de Gobernabilidad

Mayoría Gratis

Perestroika sin Glasnost

Parte VI

Camino a la Concertacesión 1991


Capítulo 21 Ingreso al PAN

Maniobra previa

No tan fácil

“Cupulazo” panista

Derrota anticipada

Salinas se impone

Monterrey en la Mira

Capítulo 22 Fraude cibernético

Una fregonería de fraude

Detective Electoral

Un ratón de antecedente

Fraude Limpio

Problema Metodológico

El Padrón Sandinista

Entrevista Reveladora

Capítulo 23 El Error del Dr. Nava

Abandonar o seguir

La Quinela

Capítulo 24 Fox Pierde, el PAN Gana

El voto de Porfirio

El Otro Fraude

Nace la “Concertacesión”

Parte VII

La Reforma del PAN 1992


Capítulo 25 La Consulta Panista

La Metodología

Capítulo 26 Grave Crisis Panista

Se Ahogan los Foristas

Observaciones al Proyecto

Capítulo 27 La Asamblea de Querétaro

Por el PAN en San Pedro

Cuál Problema

Lealtad Panista

Concluye con Triunfo Parcial

Gómez Morín Modernizado

Capítulo 28 Congreso de Activistas

Leyes Fraudulentas

Parte VIII

El Fraude Deja Huella 1993


Capítulo 29 Las Confesiones

Priísta democrático

Orígenes del Fraude Electoral

Arsenal de Evidencia

Capítulo 30 La Expo-Fraude

Ignominia de la historia

Parte IX

Elecciones y Debates 1994


Capítulo 31 La Precampaña Presidencial

Seguíamos varados

Nadie la quería

Capítulo 32 La XL Convención Nacional del PAN

Poca cortesía

Exito Anti-gradualista

Capítulo 33 La Campaña del Miedo

Triunfo y Derrota

El Asesinato de Colosio

El Video Destape

El Grupo San Angel

Gira por Chihuahua

El Gran Debate

Muera el PRI

Diego Desaparece

Capítulo 34 La Derrota de 1994

Ni Trenes, ni Choque

Las Causas Internas de la Derrota

La Verdadera Elección

La violencia como factor

Capítulo 35 Concertacesión en Monterrey

La Compra de Tranquilidad

La Reversa

Las Grabaciones

Parte X

Confrontación 1995


Capítulo 36 Mi Expulsión del PAN

Colisión inevitable

La Traición

Agitada Asamblea Estatal

Voltereta blanquiazul

El Mítin del Zócalo

La Audiencia con D'Amato

Denuncia y Defensa

La Contestación

Sentencia absolutoria

Peligro, Juez Disidente

Revocación: Culpable y expulsado

Despreocupados

Degeneración

Postmortem

Capítulo 37 Lecciones del Instituto Santa Fe

Todo está en las reglas

Capítulo 38 Lucha por los Independientes

Ahora, Ley Burla

Gobernador Despedido

Capítulo 39 Candidato Independiente

Foules de Canales y Nati

Nuestro muro

Independiente y moderno

Desamparo

Reunión con Nati

El PRI gestor

Denuncia ante CEE

¿Oasis de Livistas?

Primera Campaña por Internet

Intento de Alianza

El Escándalo Abaco-Confía

Capítulo 40 Amigo de Fox

Ejercicio de Planeación

El día 2 de julio

Vicente va a ganar

Epílogo

Fox y los héroes del 2000

El mandato

Los medios

Pemexgate y Amigos de Fox

Bravata del IFE

H. Consejo del Instituto Federal Electoral

HECHOS

CONSIDERACIONES

CONCLUSION

IFE querido

Los partidos de familia

La sucesión 2006

Mis errores

Final Feliz




Introducción


Durante varias décadas de gobiernos del PRI, el Presidente de México fue, para todos efectos prácticos, el propietario del país y su voluntad no era cuestionada en absoluto. El decidía la suerte de personas y sus bienes y nombraba a su sucesor y a los gobernadores usando la estructura del PRI como un instrumento muy conveniente y confiable. Estoy hablando, si de lo que Vargas Llosa llamó la dictadura perfecta.


Durante ese tiempo la democracia era como muchas instituciones mexicanas siguen siendo, una gran simulación. Cambiar la legislación electoral y entrar a la alternancia costó mucho esfuerzo: quebrantos, frustraciones, persecuciones y vidas humanas.


Este es el relato de la historia de la que yo fui parte, una sucesión ininterrumpida de “batallas por la democracia” que protagonicé a lo largo de por lo menos 18 años, desde mediados de 1982 hasta julio 2 de 2000. Las confrontaciones las tuve con un amplio espectro de actores políticos los cuales, cada uno a su manera, impidieron que los cambios políticos y electorales fueran de la profundidad necesaria para hacer una gran diferencia. La lista incluye a las autoridades de Nuevo León, el Congreso Federal, el PRI, los medios de comunicación, algunos intelectuales, dirigentes Panistas, y al final hasta el propio IFE. En ese largo trayecto se generaron todo tipo de vivencias desde precandidato panista a la presidencia de la república en 1993, panista excluido y candidato independiente a Gobernador de Nuevo León, hasta parte del equipo de coordinación política de la campaña de Vicente Fox. Estas batallas permiten retratar con especial realismo la naturaleza compleja del fenómeno político. Se que el lector va aprender más de mis muchos fracasos que de los éxitos lo cual hace que las lecciones sean aún más valiosas.


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¡Bam! ¡Bam! Dos bombas lacrimógenas tronaron cincuenta metros atrás de nosotros en el fondo de la Marcoplaza. El gobierno recién entrante de Nuevo León le declaraba la guerra abierta a los ciudadanos que exigíamos democracia y respeto al voto.


El ambiente se había estado tensando más y más, algo importante estaba a punto de suceder: quizá la toma del Palacio de Gobierno de Nuevo León. Por un lado estábamos decenas de miles de ciudadanos vociferantes, ofendidos por una elecciones turbias y fraudulentas, y por el otro varias hileras de granaderos que custodiaban el portón de la entrada principal del palacio.


Es el dos de agosto de 1985: empezaba a caer la noche en la aún inocente Macroplaza, en Monterrey. Un día antes había tomado posesión el nuevo gobernador, el priísta Jorge Treviño Martínez, instalado en el poder a través de una elección manejada al estilo de Alfonso Martínez Domínguez.


Las bombas habían sido disparadas por el sólido contingente de policías estatales que resguardaban el palacio de gobierno del estado de Nuevo León. Los gases lacrimógenos se empezaron a esparcir en el fondo de la “Explanada de los Héroes” y a ahogar a los manifestantes más próximos a las detonaciones. Allí, demandando la renuncia del gobernador entrante, lo que hubiera sido un milagro, había miles de hombres, mujeres y jóvenes. Nos habíamos reunido para rechazar las elecciones fraudulentas mediante las cuales, dos días antes, el gobernador Alfonso Martínez Domínguez literalmente le había dado posesión del palacio y de la gubernatura al también priísta Jorge Treviño Martínez, un abogado especialista en derecho fiscal con un breve antecedente en la política como diputado federal.


Casi al unísono, el comandante en jefe de las fuerzas públicas dio la orden de ataque y un pelotón de granaderos armados con macanas se abalanzó sobre las multitud indefensa; repartieron golpes a diestra y siniestra. El propósito inmediato era dispersar a los manifestantes y alejarlos del palacio para evitar que este pudiera ser tomado por los manifestantes. El propósito político mediato era, sin duda, enviar un mensaje enérgico al resto de la ciudadanía en el sentido de que el gobierno priísta estaba resuelto a contestar con lujo de violencia las manifestaciones de repudio al resultado de las elecciones a gobernador celebradas a principios de julio.


Aunque oímos las detonaciones, muchos no sabíamos de qué se trataba. Allí estaban junto a donde yo estaba, viendo y en cierta forma solidarizándonos con el descontento, Jesús Cantú Escalante y Federico Arreola quien en ese entonces era colaborador de El Porvenir de Monterrey, ambos actores de considerable importancia en la batalla que en ese día iniciaba en forma. Nos encontrábamos cerca de la escalinata frente a la puerta central del palacio, y no alcanzamos a ver el humo de las bombas lacrimógenas que cayeron en el fondo de la multitud. Pero al huir instintivamente de la agresión policiaca todos fuimos forzados a correr a través de la cortina de humo blanco, En cuestión de segundos, ya todos éramos víctimas del gas lacrimógeno, que irrita las membranas interiores del aparato respiratorio, penetra por los poros de la piel y hace arder los ojos. Sufrimos las consecuencias y muchos supimos entonces, por primera vez, lo que era la represión del partido en el gobierno. Instantáneamente nos percatamos que el PRI que haría cualquier cosa para retener el poder todo el tiempo posible.


El palacio de cantera rosa procedente de San Luís Potosí había sido construido por el general porfirista Don Bernardo Reyes a principios del siglo XX. En toda su historia el palacio nunca había sido testigo de un hecho así, ni el pueblo de Nuevo León había sufrido una ofensa de este calibre. Los ciudadanos que allí protestábamos descubríamos en carne propia una nueva cruda realidad. En pleno 1985 el proceso democrático que tenía más de veinte años en evolución, que ya había experimentado con la alternancia a nivel municipal en varias alcaldías del área Metropolitana sobretodo, daba un enorme retroceso hacia la intolerancia, la cerrazón y ahora, la represión.


La democracia es un sistema de auto-gobierno que requiere de un esfuerzo constante del gobierno establecido para elevar el desarrollo individual que se traduzca en la superación continua de las instituciones. Por ello, el hecho de que solamente un grupo controlara el gobierno en forma perene era la negación absoluta de la democracia. Esta anomalía era la que quedó evidente esa noche.


La agresión a la ciudadanía de Nuevo León la noche del 2 de agosto confirmaba la decisión del gobierno del entonces presidente, Lic. Miguel De la Madrid de cerrarle el paso a cualquier avance real de la democracia. El sistema político mexicano desarrollado y secuestrado por el PRI, una deformación del proyecto democrático contemplado por la Constitución de 1917, mostró con toda claridad que jamás entregaría el poder sin dar —en todos los frentes— cuantas batallas que se necesitaran. Esta iba a requerir quince años.


La represión en la Macroplaza de Monterrey marcó, en tierras de Nuevo León, lo que ya había tomado forma en otras partes del país en los dos años previos del gobierno que supuestamente traería la “renovación moral” de la sociedad. Se trataba de una nueva etapa, agresiva y desafiante, en la estrategia de conservación del poder del PRI-Gobierno, caracterizada en su inicio por consultas y reformas políticas amañadas, promesas incumplidas, además del cínico “fraude patriótico”, hasta llegar a prácticas políticas vergonzosas y negociaciones obscuras e inconfesables. También era el preludio de una serie de asesinatos políticos que quedarían impunes. En el futuro, “el Sistema” haría lo que fuera, menos arriesgar entregar el poder en una contienda democrática en la que se contaran, uno por uno, los legítimos votos de los ciudadanos. Desde éstos entonces ya estaban hartos de las trapacerías, raterías y errores del PRI-Gobierno y las crisis económicas recurrentes que tenían al país estancado.


La represión en la Macroplaza de Nuevo León ratificó, con toda crudeza, el diagnóstico pesimista que me había impulsado a renunciar al PRI unos días antes. Para mí, no podía haber duda de que el PRI-Gobierno había tenido tiempo suficiente para pensar bien las cosas y para tomar todas las medidas necesarias para impedir que se ensuciara la elección a gobernador de Nuevo León. Podía haber escogido jugar limpio pero escogió no arriesgar la derrota en las urnas y antes que tener que demostrar que había ganado, prefirió arrebatar y quedarse con un triunfo totalmente cuestionado y sospechoso celebrado en elecciones turbias en las que el PRI hizo valer su control absoluto del proceso electoral y, sobretodo, como resultado de la revisión, en secreto, de las actas de escrutinio y de los votos emitidos.


A partir de esa noche, para mí, la estrategia para lograr la democratización a pesar del PRI se centró en convertir el esfuerzo panista en algo más grande: un frente ciudadano amplio y plural. El PRI, por su parte, trataría de hacer lo que mejor y más naturalmente le convenía hacer: diferir, retrasar y posponer todo intento de cambio democrático. Para ello contaba con recursos casi infinitos, pues usaban a placer los recursos oficiales, el peso de la ley y —como lo demostraba ahora— el monopolio de la violencia. Esta tardanza de la democracia, un avance gradual y dosificado, un eterno y socarrón intento de constantemente tratar de darle a la ciudadanía con una mano gato por liebre y con la otra un macanazo en la cabeza o algo peor, sería la constante para el país en los años que siguieron al dos de agosto en Nuevo León.


En los años siguientes, los priístas presentarían una batalla de desgaste, de tortugismo, de obstinación y cerrazón. Lucharían con todas las artes aprendidas en la política durante lo que hasta entonces eran más de cincuenta años en el ejercicio del poder sin tener que rendirle cuentas a nadie.


Ante la convicción oficial tan clara de preservar el poder, sin considerar la violación a los derechos constitucionales de los mexicanos, ni las consecuencias a futuro de la derogación virtual del estado de derecho, a quienes queríamos respeto a la democracia sólo nos quedaba impulsar una nueva estrategia en la lucha por la democracia. Se trataba de hacer un plan que a mediano plazo no pudiera fallar.


Para contrarrestar la cerrazón del Gobierno y su instrumento electoral, el PRI, había que cambiar las reglas de la contienda entre los ciudadanos y un Gobierno antidemocrático. En esencia, había que diseñar un gran amplificador de la lucha por la democracia, un complejo esquema en el que la acción de unos ciudadanos tuviera efectos multiplicativos sobre los demás. En efecto, aunque no con ese nombre, queríamos, necesitábamos crear un efecto de contagio entre la población. Gracias a la represión, hasta eso, el agravio por la falta de democracia empezó a dejarse sentir con más y más fuerza entre los hasta entonces apáticos ciudadanos.


Cabe observar que en 1985, la lucha por la democracia electoral estaba prácticamente monopolizada por el PAN, el partido creado en 1939 por Don Manuel Gómez Morín, originario de Chihuahua y otros, para orgullo de este partido y de sus miembros. Pero por lo mismo, la lucha estaba sujeta a una serie de condicionamientos propios de la ideología, la organización y el estilo panista.


Mientras que el PAN luchaba a la antigüita, ufanándose de hacer política “gastando suela de zapatos” —como solía describirlo Carlos Castillo Peraza— tratando de ganar elecciones sin contar con los recursos materiales indispensables, sin acceso a los medios y sin publicidad. El blanquiazul utilizaba, como carne de cañón frente al gigante y mañoso PRI, a una serie de candidatos improvisados, extraídos entre lo mejor que encontraba en una ciudadanía reticente, desconfiada y en su mayor parte apática.


Desde la primer candidatura a la presidencia de la república que le fue ofrecida al licenciado Don Luis Cabrera y que posteriormente fuera tomada por el general Juan Andrew Almazán en la elección de julio de 1940, pasando por gubernaturas y sobre todo alcaldías, el PAN tenía una fórmula que empleaba hasta el agotamiento: seleccionar líderes de la comunidad, de corte conservador, preferentemente anti-gobiernistas, que aceptaran representar al PAN como candidatos en las elecciones que de antemano todo el mundo sabía ganaría el PRI y si no ganaba arrebataba. El esquema era frustrante para los candidatos así reclutados y con frecuencia terminaba en disgusto, recriminaciones mutuas o de plano el rompimiento entre el candidato y el partido. En ocasiones los candidatos dejaban tirado al partido, como en el caso de Almazán; en otros casos, los más, el partido abandonaba la lucha postelectoral, sembrando con ello un sentimiento de frustración profundo que llegaba a oler a traición o transa. De cualquier manera los votantes del PAN salían perdiendo. El PAN, sin embargo, seguía insistiendo y tocando la puerta, pero cometía el error de pensar que el PRI entregaría el poder por la buena. Eso sí que era soñar.


Por su parte, el PRI era un organismo político muy evolucionado, tenaz, maleado, astuto y fríamente calculador, producto de una revolución que se había tornado extremadamente violenta y que había terminado asesinando a una gran parte de sus héroes, empezando por el prócer coahuilense Francisco Indalecio Madero. La misma suerte habían corrido los grandes generales, los derrocadores del antiguo régimen del dictador Porfirio Díaz como lo fueron Emiliano Zapata, Venustiano Carranza, Alvaro Obregón y hasta el temible Pancho Villa. El PRI había sido el resultado de un pacto de paz entre los aventureros revolucionarios que solo lograron frenar la violencia cuando se pusieron de acuerdo en un proyecto de país que les daba la virtual exclusiva para servirse del resto de los mexicanos. Este pacto de no violencia se llamaría inicialmente el Partido Nacional Revolucionario (PNR), un invento visualizado por Plutarco Elías Calles tras visitar Europa y aprender las capacidades inmensas de control de masas que resultaba de crear un sistema corporativista como lo serían también la Alemania nazi y la Italia fascista. Así nació el PRI, grande, poderoso, incluyente pero antidemocrático, años después de la creación del PNR.


El PRI era el producto de la lucha por el poder, dentro del partido del poder. Los políticos priístas estaban sujetos por reglas no escritas o improvisadas en caliente, que incluía un régimen de ascensos, premios y castigos brutales; era el tricolor todo un campo de entrenamiento que los preparaba para competir y ganar o perder y pagar el precio de la marginación o hasta la cárcel. Ese ambiente de la revolución inconclusa y de la constitución como un proyecto en construcción, no como ley suprema, esa escuela de lucha entre herederos de una ideología pragmática y convenenciera, daba una ventajosa capacitación frente a la cual los panistas parecían unas blancas e inocentes palomitas, vulnerables e indefensos.


El PAN, desde su inicio, se había creado para ser una especie de conciencia moral del irredento PRI; estaba organizado para criticar, para señalar el camino del bien común, pero no para ganar elecciones y menos aún para defender triunfos electorales. En esta materia, el PRI, actuando como gobierno, dominaba todos los órganos electorales y no estaba en sus planes dejar de ser juez y parte interesada en las competencias electorales. Las elecciones importantes habían sido, en algún momento de su historia, los precarios métodos internos de selección entre los mismos priístas, elecciones que con frecuencia se decidían a balazos. Con el tiempo, el dedazo había desplazado los pleitos a muerte entre los priístas y las elecciones externas, las elecciones constitucionales, eran un trámite remanente que se empleaba para cubrir un expediente formal frente a una comunidad internacional que se decía ajena y perpleja a la forma misteriosa en la que el PRI conducía el país.

La nueva lucha democrática tendría que sintonizarse con las ideas y los nuevos recursos de la modernidad y presentar una lucha continua y proactiva que se manifestara más allá de los períodos electorales.


La fortaleza de la organización del PRI era una gran red de complicidades. Tendría que ser combatida por una red de organizaciones que pusiera al ciudadano como eje principal de toda actividad política, incluyendo a todos los partidos de oposición. Las “redes de voluntarios” empezaban ya a perfilarse como la organización política del futuro, en contraste con las rígidas jerarquías que tantos celos, disputas y problemas internos provocan en los partidos.


El PAN, sin duda la organización política más avanzada en la lucha por la democracia apelaba a ciudadanos de corte conservador únicamente y no dejaba de tener elementos jerárquicos indeseables. Las cúpulas del partido mantenían un férreo control del partido y lo manipulaban de manera que su oposición al PRI era ante todo una gesta simbólica y no un juego de poder. A lo largo de la lucha por la democracia surgieron los rasgos claros de una organización dominada por una especie de paranoia, un mecanismo de autodefensa y cerrazón interna que había evolucionado en forma totalmente explicable. Como único competidor de importancia frente al PRI, el PAN había sido moldeado a lo largo de décadas de derrotas apabullantes, o robos electorales, por un sentimiento de impotencia y de miedo a lo coletazos del dinosaurio priísta. El PAN vivía con el temor de ser infiltrado, de perder el control de su ideología y de volverse como el PRI. Sin embargo, en su carácter de oposición leal se convertía, consciente o inconscientemente en un estorbo más al cambio democrático.


Lo que el PAN pregonaba externamente no necesariamente lo practicaba internamente. La brega de eternidades de Gómez Morín estaba diseñada para ser eso, un lucha eterna, un lucha sin posibilidades de éxito mientras no se aumentara la apuesta y el PRI tuviera algo qué perder. En todos sentidos prácticos, el PAN era parte del sistema que decía combatir no porque así lo hubieran querido hacer, sino porque el tiempo lo fue moldeando hasta que se sincronizó y logró co-evolucionar junto con el PRI. El PRI le robaba las elecciones y el PAN lloriqueaba y salía a buscar sangre nueva, ciudadanos idealistas que quisieran participar como candidatos. Aún así, la imagen del PAN crecía y el agravio popular se acumulaba. El PAN trascendía los planes y las limitaciones de sus propios dirigentes. La oposición al PRI crecía y electoralmente era el único partido que ofrecía una opción viable.


Las estrategias de la lucha ciudadana y plural por la democracia tendrían que enfocarse a mediano plazo, en contraste con la “brega de eternidades” que simbolizaban la paciencia panista en su lucha contra el PRI-Gobierno.


Para internacionalizar la lucha democrática habría que incorporar el concepto de “derechos humanos”, y no sólo exigir el respeto al voto basado en las leyes mexicanas. En este esfuerzo vendría a la mano el Pacto de San José, firmado apenas en el sexenio anterior por el Presidente López Portillo y serían aliadas naturales todas las organizaciones internacionales que valoran al ser humano en forma integral.


El otro ingrediente vital para el éxito sería involucrar a todos los medios de difusión en la lucha por la democracia. Monterrey ya era una especie de isla de libertad gracias a los periódicos El Norte y El Porvenir, y el compromiso de estos medios escritos con la democracia era innegable, pero aún insuficiente. Faltaba usar a los demás periódicos independientes del país para crear una palanca que presionara al gobierno para obtener la liberación de los demás periódicos, y sobretodo, involucrar a los medios electrónicos que estaban totalmente controlados por el Gobierno.


El nuevo activismo tendría que recurrir a estrategias de resistencia civil a través de acciones de molestia al Gobierno, diseñadas para elevar el nivel de conciencia de la población acerca de las carencias en materia de democracia. Sería una especie de guerra de guerrillas cívica en la que el Gobierno sería acotado y asediado en todo tiempo.


Otra novedad sería involucrar a todos los partidos políticos de oposición en la lucha por la democracia, sin desestimar, como venía sucediendo, a los miembros del partido oficial que favorecían la democratización acelerada del país.


Además, habría que emprender acciones democratizadoras hacia el interior de todos los partidos políticos, pues sólo así se lograría crear un círculo virtuoso, y el efecto multiplicador deseado.


La lucha por la democracia se convertiría necesariamente, inevitablemente, también, en la medida de lo posible, en una actividad de tiempo completo, en contraste con “los tiempos cansados” que recibían los partidos de oposición por parte de sus miembros.


Por último, los esfuerzos ciudadanos plurales no sólo criticarían los puntos débiles de las posturas del gobierno sino que se encaminarían a elaborar propuestas de cambio, a tomar una actitud notoriamente propositiva. Criticar por criticar, criticar sin proponer algo era ya muy mal visto. Al menos en Nuevo León, la sociedad había llegado ya a un punto de saturación en el nivel de agravio recibido por el Gobierno.


En síntesis, la lucha de tiempo completo, las propuestas de origen plural, el cambio de cultura, y la apertura de los medios se convertirían en los pilares de la nueva estrategia para la democracia.


Las acciones que tomamos en Nuevo León meses antes de las elecciones, y con mayor razón a partir del 2 de agosto, estuvieron regidas por estas nuevas reglas de confrontación con el antidemocrático Gobierno de nuestro país.


Otra de las más importantes reglas de juego que rompimos fue la costumbre de tratar al Presidente de la República como una última instancia de todas las controversias. Eso ya no sucedería y empezamos a confrontar al Presidente con sus obligaciones frente a la Constitución. Si el presidente, como era obvio, había tomado partido con su partido y a favor del mismo, resultaba absurdo y contraproducente tratar de acudir a él como última instancia. Hacer eso, como lo había intentado el PAN durante décadas era simple y sencillamente reforzar, ante el ciudadano común, el esquema autoritario.


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La historia que aquí se relata muestra los efectos de haber adoptado estas nuevas reglas como el hilo conductor que cambiaría para siempre, la forma de hacer política en México.


Esta nueva lucha por la democracia empezó con en la creación de la Asamblea Democrática Electoral en Nuevo León, un primer experimento con la pluralidad democrática.


Posteriormente, por encargo de la propia asamblea, estuve como observador las elecciones de Chihuahua y pude ser testigo del fraude electoral cometido por el Gobierno central en ese estado en julio de 1986; luego estuve como observador electoral, mucho antes de que se inventara el término o se pusiera de moda, en Sinaloa y Puebla en octubre y noviembre de ese mismo año.


Después vendría mi participación en la creación, a nivel nacional, de la Asamblea Democrática por el Sufragio Efectivo en 1987 y como candidato independiente a diputado federal en las elecciones del 6 de julio de 1988.


En noviembre de 1990 ingresé al Partido Acción Nacional y mi lucha por la democracia tuvo que ocuparse de la democracia interna del PAN. Fui precandidato a gobernador de mi estado en 1991 y precandidato a Presidente de la República en la XL Convención Nacional del PAN en noviembre de 1993.

Durante todo este tiempo, poco a poco, los archivos en mi computadora personal fueron creciendo. Docenas de documentos que reflejan las circunstancias externas de la lucha, los esfuerzos por cambiar las leyes electorales, por derrotar al PRI, por modernizar al PAN, y por influir en la sociedad civil en general, quedaron guardados en microscópicos registros magnéticos. También ha sido indispensable y muy útil el acceso a los archivos en Internet de El Norte. En ocasiones, es a sus reporteros y reportajes originales a quienes confío dar continuidad a la narrativa. Esta batalla se libraba frente de cara al pueblo, el único que podría con el tiempo escoger a los ganadores.


Ahora me baso en esos documentos y publicaciones para narrar mis experiencias en la lucha contra un sistema obsoleto y corrupto y con ello ayudar a otros a entender lo difícil y complejo que resulta influir en el proceso de cambio de todo un país, sobre todo cuando un gobierno autoritario y represor actúa en abiertamente en contra de los intereses de los ciudadanos y la inmensa mayoría de éstos no mueven un dedo para evitar ser victimados.


Las actividades narradas en este libro están interconectadas entre sí y con lo que en agosto de 1986 llamé el Plan para el '88. Dicho plan contenía varios otros planes que incluían organizar las actividades de los grupos de la sociedad civil, modernizar el Partido Acción Nacional, ayudar a desmantelar al PRI, interesar a los empresarios en que apoyaran la reforma política, influir en las políticas de Washington hacia México, abrir a la oposición los medios de comunicación e involucrar a los intelectuales en la lucha por la democracia.


Cada uno de éstos rubros ha tenido su propia evolución a lo largo de los últimos veinte años. Los grupos plurales de ciudadanos en favor de la democracia y de organizaciones no gubernamentales han proliferado; el PRI sufrió en 1988 una escisión considerable y perdió mucho terreno.


Por otra parte, los grandes empresarios del país terminaron por apostarle abiertamente al PRI durante el régimen de Carlos Salinas y la economía se hundió; Washington jugó un papel importante en cambiar las reglas electorales, y los intelectuales mexicanos finalmente mostraron una independencia y una postura crítica frente al Gobierno que antes no tenían.


Mucho se ha logrado, pero el miedo al cambio fue siempre un factor clave del atraso democrático.


Por último cabe aclarar que el carácter eminente público de la actividad y las posturas políticas es una de las reglas que quienes participamos en ella tenemos que aceptar con todas sus consecuencias, por incómodas que parezcan. Por ende, las referencias a las actitudes, decisiones y actuaciones de otros protagonistas no lleva el propósito de exponer a persona alguna al descrédito.


El propósito de este libro es que las experiencias aquí narradas contribuyan a enriquecer la cultura democrática de nuestro país.



Parte I


Fraude Electoral en Nuevo León

1985


Capítulo 1


La Cerrazón del PRI


El PRI


El PRI, el todopoderoso PRI. ¿Qué hacer con él? ¿Tendría remedio? ¿Podría ser rescatado de su propia omnipotencia? ¿A quién le tocaba cambiarlo? Mientras esas preguntas me golpeaban la mente, el PRI seguía haciendo de las suyas. La respuesta era que internamente no había, la posibilidad de cambiarlo. La cultura del autoritarismo presidencial, de los diputados sumisos, del dedazo, de las cargadas, de los fraudes electorales, de los carruseles de votantes, de las actas de escrutinio ilegibles, de la irresponsabilidad de los funcionarios públicos, del estatismo y los planes sexenales fracasados, del centralismo y la demagogia, del falso patriotismo y la corrupción como sistema, llevaría al país al desastre en todos los órdenes. El Poder Ejecutivo, una autoridad desbocada; el Congreso de la Unión, un sello de goma que solo validaba la imposición y la Suprema Corte de Justicia cómplice en ocasiones y ninguneada en otros casos. No habría ni la menor posibilidad de tener seguridad, tampoco justicia, ni democracia, ni verdaderas instituciones, ni estado de derecho mientras el sistema priísta siguiera en el poder.


El PRI debería morir o salir del gobierno, y cuanto antes mejor. Habría que quitarle el poder, echarlo al pozo del descrédito y derrotarlo electoralmente. Como había dicho tres años antes, en 1982, mi buen amigo el Ingeniero Luis Sánchez Aguilar durante la campaña de Don Manuel Moreno Sánchez a la presidencia de la República, había que “sacar al PRI de Palacio Nacional” para que dejara de hacerle daño al país.


A esa conclusión me sumé en julio de 1985, después de que la elección de gobernador de Nuevo León resultó, como se temía, turbia y fraudulenta. A esa conclusión me llevó el haber sido forzado a respirar gas lacrimógeno. Mi pertenencia al PRI ya se había agotado, al igual que se había agotado todo el proyecto de país que el PRI alguna vez contempló.


El proyecto de la revolución mexicana había tenido más que tiempo suficiente para probar sus bondades, pero ya ni siquiera intentaba cumplirle al pueblo. En vez de ello, el PRI se aferraba al poder y burlaba la condena que le hacían miles y miles de electores, recurriendo a todas las formas concebibles de fraude electoral: desde la alteración de los padrones electorales hasta la falsificación de actas de escrutinio, desde la impunidad de los delincuentes electorales, hasta la cerrazón total de los medios electrónicos de comunicación a las campañas de oposición.


El PRI había escogido la salida falsa, hacer fraude aunque había tenido la clara alternativa de respetar el voto. En esencia, se negaba a tomar responsabilidad por sus fracasos en lo económico. Nuevo León, especialmente, tenía otros antecedentes electorales mejores, y no merecía ser llevado al retroceso que implicaba el fraude “patriótico”, así nombrado por algunos miembros del PRI e implantado desde 1983 por el gobierno de De la Madrid en otros estados.


En vista del cinismo con el que el Gobierno actuaba ya, consideré inevitable renunciar públicamente a ser considerado miembro del PRI; por ello opté por desligarme del partido como la forma de protesta más contundente posible y dejar claras mis intenciones y motivaciones. A partir de ese momento me propuse dedicar mis mejores esfuerzos a luchar por la democracia en México, y en contra del partido oficial. El PRI no recibiría, como recibe de muchos otros, ni mi tiempo, ni mis esfuerzos, y menos, una resignada disciplina.


Mi renuncia no dejó de ser controvertida, considerando que mi padre, el Lic. Eduardo Livas Villarreal, había sido senador en 1958 y gobernador del estado de Nuevo León de 1961 a 1967, precisamente en el sexenio en el que se respetaron las elecciones en las que el PAN había ganado sus primeras alcaldías. Los priístas centralistas, que se especializaban en tener al país ahogado en problemas, nunca perdonaron a mi padre sus desplantes y su criterio independiente y liberal, en el cual el respeto al voto era un componente principal. Otras versiones ubicaban la temprana jubilación de mi padre como político en activo al término de su sexenio a las envidias de un extremadamente presidente feo como Díaz Ordaz frente a un gobernador con un parecido increíble con el hombre Marlboro cuyos posters invadieron el mundo entero. Tampoco ayudó que él se negara a andar pidiendo chamba.


Mi rompimiento con el PRI no generó discordia familiar alguna, dado el absoluto respeto que siempre hubo para mi crítica postura interna, además de cierta natural simpatía por la rebeldía desplegada. Muchos años antes, mi padre también había vivido un serio episodio de disidencia interna, apoyando en su momento al general Miguel Enríquez Guzmán, cuando se lanzó como opositor al candidato Adolfo Ruiz Cortínez. Poco antes, en 1949 había renunciado al PRI. Fue hasta el inicio de la campaña del Lic. Adolfo López Mateos, que éste le mandó llamar y se incorporó al PRI de nueva cuenta. De tendencia izquierdista, mi padre fue cardenista de corazón y como senador entrante en 1958 fue uno de los que promovió la controversial nacionalización de la industria eléctrica al inicio de ese sexenio. Como gobernador a partir de 1961 había hecho respetar los votos de los panistas y así había entrado a gobernar el primer alcalde panista en el estado de Nuevo León, el aguerrido “güero” Humberto Junco y siguiéndole la también panista señora Doña Norma Villarreal como sucesora en la misma alcaldía. Mi padre podía y demostraba, dentro del PRI, ser un demócrata de corazón. Había apoyado también a Carlos Madrazo, otro reformador. Pero en mi caso, veinte años después de aquél inicio de alternancia democrática, la disidencia frente al manejo del PRI a nivel nacional pasaba a ser una diferencia insanjable que el partido me presentaba. Era claro que si Nuevo León iba en reversa, días aciagos vendrían para todo el país gracias a la ceguera del PRI y la obstinación, si no es que la sevicia, de sus dirigentes.


Mi disidencia interna en el PRI estaba genuinamente influenciada por una vocación democrática aprendida en casa a la par que en el Colegio Americano en el que estudiamos primaria y secundaria los seis hermanos Livas Cantú. Esta convicción se topaba con un hecho contundente: la perversidad de un sistema para entonces totalmente viciado. Eran muchos los priístas que se sentían atrapados por el sistema, entre ellos quienes se presentaban ante mí y se confesaban en su calidad de cuatreros electorales. Ellos esperaban que, siendo yo un hijo de un ex-gobernador reconocido y respetado, hiciera lo que ellos no se sentían en posibilidades de hacer. El cambio “desde adentro” era visto por muchos priístas como la única posibilidad de cambiar al país, pero no era fácil lograrlo.


Sin embargo, ser etiquetado como un agente de cambio terminaría cancelando mis posibilidades de llegar a una posición desde la cual llevar a cabo las reformas que tanto se anunciaban en las altos mandos del PRI pero que nunca iniciaban.


Frustración en San Pedro


De la Madrid no traía consigo nada de experiencia para democratizar al PRI. De hecho no traía gran cosa qué ofrecer al país pues su inexperiencia como político era evidente. Sus palabras en campaña estaban huecas. Eso pronto me quedó claro.


Mi lucha por la democracia hacia el interior del PRI se dio de diversas formas a lo largo de varios años. Hizo crisis en los meses de julio y agosto de 1982, ya con De la Madrid como presidente electo.


En esa ocasión disputé, en forma abierta y pública, la candidatura a la Alcaldía de San Pedro, Garza García, N.L., invocando las tesis de campaña del Lic. De la Madrid, quien había prometido plebiscitos y consultas directas a las bases en los municipios con poca población. Sin embargo, como habría de corroborar poco tiempo después, la frases de campaña del nuevo presidente quedaron en eso, frases vacías de toda intención. Los dedazos siguieron siendo favorecidos como el único método de selección de candidatos del PRI.


La precampaña fue un intento de romper las reglas internas del PRI. El candidato seleccionado por Don Alfonso, fue mi buen amigo y compañero de salón en la facultad de leyes, Raúl Rangel Hinojosa, hijo del ex-gobernador Raúl Rangel Frías e iniciador de nuestra ciudad universitaria. Sin embargo, fue un destape atípico, pues no hubo los clásicos pronunciamientos de los sectores del partido. Quien hizo el anuncio fue el entonces presidente del PRI, el Lic. Manuel García Cirilo, a la manera de un comentario a la prensa. Pero aún después de esa noticia hubo aclaraciones de parte del entonces Secretario de Gobierno de Nuevo León, Graciano Bortoni, un rancherote con poca erudición que a falta de un lenguaje apropiado, no encontró una mejor metáfora para tratar de negar lo que en realidad era un hecho y tapó la maniobra política en la prensa diciendo que “el niño no ha nacido”. Con ello trató de generar una falsa esperanza. Típicamente, como buen priísta, la estrategia más socorrida fue de nueva cuenta diferir, dilatar, y tratar de ganar tiempo.


En vista del titubeo del partido, procedí a organizar un acto de apoyo público, en el cual participaron muchos de mis simpatizantes y del mitin en la plaza principal nos trasladamos con todo y pancartas y porras a un acto en la sede del partido en Garza García, N. L.


En muchos sentidos, el PRI podía escoger entre dos carreras casi paralelas. Raúl Rangel y yo habíamos sido compañeros en la Facultad de Leyes de la Universidad, y juntos gestionamos ser admitidos como alumnos de la carrera de admnistración de empresas en el Tecnológico. Yo lo había sugerido como tesorero en la administración municipal del Ing. Leal al año de iniciada esta. Con el apoyo decidido del Ing. Leal, habíamos logramos que Garza García se ganara el título de municipio modelo en materia de administración pública.


Finalmente resultó, como ya lo sospechaba, que la decisión siempre sí había estado tomada: Raúl Rangel Hinojosa sería el nuevo candidato, y a la postre, el alcalde de San Pedro .


No faltaron quienes opinaron que mi muy posterior renuncia al PRI se debió a que estaba resentido por no haber sido candidato a alcalde. Esa conclusión era infundada, pues apenas terminó la precandidatura inicié otro proyecto dentro del sistema de muchos mayores vuelos: llevar la cibernética administrativa a la esfera del gobierno federal.


Para cuando emprendí esta búsqueda, ya estaba bastante harto de la forma en que los priístas falsificaban las consulta públicas. En el grupo de priístas con el que yo convivía, de Natividad González Parás, Eloy Cantú Segovia y otros, la salida fácil del trabajo era la falsificación de los resultados. Todavía no terminaban los eventos y ellos ya tenían las conclusiones listas. Cuando llegó Beer, resultó claro que esta manera de gobernar no conduciría a ningún lado. Pero no estaba listo para darme por vencido y tratar de hacer algo desde adentro, después de todo los cambios logrados en San Pedro eran un estímulo de que se podían hacer las cosas mucho mejor.


Profeta Cibernetista


El sistema está diseñado para producir corrupción”. Esta fue la sentencia de Stafford Beer a finales de 1983 y por lo tanto advertía que se caía en el riesgo de que se produjera un colapso en el país. La profecía era correcta, aunque tardó algún tiempo en ocurrir lo que predecía.


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A pesar de mis desacuerdos y de los golpes recibidos por “el sistema”, desde finales de 1982 preparé la visita del Profesor Stafford Beer a México como posible asesor del gobierno federal en materia de cibernética administrativa, la ciencia experta en organización efectiva.


Stafford Beer, de origen británico y avecindado en Toronto, era toda una autoridad internacional en materia de administración científica, un digno reemplazo de los precursores Frederick Taylor y Henrí Fayol. En los años cincuentas fue uno de los primeros en aplicar la Investigación de Operaciones en las empresas, técnica que nació por las exigencias de la Segunda Guerra Mundial. Eventualmente, Beer sería reconocido como el fundador de “Management Cybernetics”, al hacer una aplicación especializada de “la ciencia de la comunicación y el control en la máquinas y los animales” lanzada en 1948 en el libro del matemático norteamericano Norbert Wiener, con una notoria colaboración del prestigiado investigador mexicano, el doctor Arturo Rosenblueth.


Además de saber cómo, Stafford Beer quería ayudar a México a tomar el camino de la modernidad. Sin embargo, poco antes de la llegada de Beer, el país tomó un giro en el camino y se enfiló hacia el despeñadero: la rectoría económica del Estado fue incorporada a la Constitución. Ese giro, indicaba un problema mucho más profundo, cultural, estructural de la sociedad mexicana.


Cuando a principios de diciembre de 1982 entró De la Madrid a la presidencia, me enteré de lo que habían producido en los trabajos paralelos a la campaña y del equipo de transición: una reforma económica a la Constitución. Fue hasta entonces que conocí la iniciativa de reforma constitucional que envió a la cámara de diputados. Dicha iniciativa incluía el concepto de la rectoría económica del Estado, la planeación centralizada, los tres sectores de la economía. Estas reformas traerían bajo el brazo, no la esperada torta, sino la moda de las interminables consultas populares.


Cuando examiné el texto con las reformas, francamente no podía creer lo que estaba leyendo. Se trataba de un retroceso enorme frente a las necesidades de modernización del país. Significaban mucho más aparato de gobierno y no menos burocracia. Así fue que en un acto desesperado y con el apoyo del entonces diputado priísta, el doctor Luis E. Todd, ese mismo mes de diciembre de 1982, él me abrió la puerta para que intentara convencer al Lic. Rafael Soto Izquierdo, subcoordinador de los diputados priístas en la Cámara, de que dichas reforma iban en contra de todas las tendencias de apertura de las economías occidentales. Pero todo el esfuerzo fue en vano, pues Soto Izquierdo insistió ni él ni nadie podían detener esa iniciativa de cambio constitucional, que ya nada se podía hacer para detener las reformas porque eran precisamente las innovaciones que el nuevo presidente y su equipo de trabajo habían preparado para arrancar el sexenio. Le previne a Todd que la rectoría del Estado nos costaría caro a todos los mexicanos.


Aún así, a pesar de que la rectoría del Estado estaba contrapunteada con las modernas ideas del Profesor Beer en materia de descentralización, de control, y de buena generación de información, mantuve mi optimismo de que Beer pudiera hacer una contribución importante para modernizar al gobierno de México. Simplemente habría que tratar de convencer de que había otras ideas mucho mejores y más a tono con los nuevos tiempos.


Decidí invitar a Beer por mi cuenta a que viniera a México y acudió gustoso. Era mucho lo que podía aportar y era además una oportunidad que él no quería dejar pasar de lado. Juntos decidimos intentarlo.


El profesor Beer traía consigo poderosas herramientas de diagnóstico de su propia creación que ya habían sido aplicadas exitosamente en otros países, entre ellos el concepto de control en tiempo real, y el modelo de sistema viable que era muy idóneo para resolver problemas graves de procesamiento de información y de control en las grandes organizaciones. Un importante trabajo de implementación de estas ideas había sido intentado en Chile, país al que Stafford Beer prestó su esfuerzo bajo los auspicios del doctor Salvador Allende. El proyecto, que incluía una red de comunicación precursora de Internet, se suspendió y perdió con motivo del golpe de Estado sufrido en septiembre 11 de 1973. En el aspecto político el experimento socialista de Allende fue una irresponsabilidad. Sin embargo, la experiencia adquirida, desde el punto de vista de desarrollo científico y tecnológico era una idea en busca de una oportunidad y de un “campeón de la idea” que la impulsara.


Durante una buena parte del año de 1983 Stafford Beer y yo eso tratamos de hacer. Tocamos y abrimos puertas e hicimos presentaciones ante muy diversos funcionarios del gobierno federal. Primero incursionamos en la Secretaría de Programación y Presupuesto gracias a la receptividad de Hermann von Bertrab para quien yo había trabajado en el departamento fiduciario de Bancomer diez años atrás, y quien ahora formaba parte del equipo de trabajo del subsecretario doctor en economía Rogelio Montemayor Seguy. Luego seguirían una serie de entrevistas con otro economista, René Villarreal, subsecretario de planeación de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial.


Desgraciadamente todas estas experiencias resultaron infructuosas y frustrantes, aunque contribuyeron a que el diagnóstico de los males del país se hiciera cada vez más claro. La cerrazón de los funcionarios a las nuevas ideas, a los modelos cibernéticos y las nuevas herramientas administrativas que se les presentaban era algo patético. A ello había que agregar las impuntualidades, las citas canceladas sin previo aviso, el incumplimiento de los compromisos adquiridos y, sobretodo, lo que resultó ser un falso interés. Excúsome decir que mi confianza en las habilidades de los doctores en economía para entender de qué se trata el gobierno de un país sufrió un deterioro total.


Sin embargo, otros funcionarios intermedios de muy diversas áreas del gobierno federal, de Salud, Educación, Conacyt, Pemex y otros, expusieron con gran claridad la gama de problemas y la falta de apoyo con que se topaban en su trabajo diario. Confiaban que Beer, con su prestigio internacional, pudiera hacer algo para alivianarles su carga. Con todas esas entrevistas y los datos examinados Beer se formó una muy buena y precisa idea de la grave situación en que se encontraba el gobierno federal en aspectos conceptuales básicos. Sin ellos, sería imposible lidiar exitosamente con la creciente complejidad de los problemas nacionales.


Eventualmente, la paciencia y el tiempo que Beer había destinado a hacer algo en México se agotó. Beer se decepcionó de la cerrazón gubernamental a las nuevas ideas y a la posibilidad de modernizar a fondo la administración pública de México y su muy evidentemente corrupto sector paraestatal. Como último recurso y en un intento desesperado por lograr algo de acción presidencial, Stafford elaboró un memorandum dirigido directamente a Miguel de la Madrid que el Lic. Alberto Santos de Hoyos, entonces diputado federal por Nuevo León, ofreció entregar en mano propia a su amigo presidente.


Beer creía en la idoneidad de las propuestas de De la Madrid y creo que también le veía algo de sinceridad al presidente entrante. Beer intentó ser escuchado sobre la gravedad de la situación en la que México caería si se seguía administrando el país en una forma tan notoriamente deficiente.


Al quedar el memorandum sin respuesta oficial, y los compromisos incumplidos, el texto íntegro del documento y la entrevista que Luis Enrique Mercado le hizo a Stafford Beer sobre su experiencia en México fueron publicados en forma completa en el periódico “El Norte”.


La entrevista empezaba citando a Beer directamente, quien afirmó en forma contundente:


Es inevitable que en México se produzca un colapso político, económico o social, debido a que la administración pública está diseñada para producir corrupción. La burocracia mexicana ha llegado a un estado en que se alienta a sí misma y gasta todos sus esfuerzos en ello, en lugar de resolver los problemas del país. Es perceptible y preocupante para el futuro de México la divergencia entre lo que afirma el Presidente de la República, los propósitos que manejan los ministros y gobernadores, y lo que ocurre en la realidad nacional”. (El Norte, Diciembre de 1983.)


Según el diagnóstico de Beer, México estaba atrapado por el Gobierno del PRI, el cual reproducía su propia organización una y otra vez —en forma patológica— a través de cada elección presidencial. El diagnóstico era que la enorme red de complicidades y cooptación tendía a la estabilidad en lo inmediato, pero con grandes riesgos para la viabilidad futura de México.


Sostenía que los Foros de Consulta Popular eran una herramienta engañosa. Los planes del gobierno estaban basados en premisas erróneas y la economía sentada peligrosamente sobre proyecciones lineales, comunes en los países con planeación centralizada. Faltaba la noción de sistema, de máxima autonomía relativa, de complejidad, e interdependencia de los proyectos. La corrupción era rampante y le daba notoriedad internacional a México. La organización del gobierno, su estructura, estaba diseñada por el tiempo, para producir corrupción. Ese era “el verdadero propósito del sistema”, siendo la estructura de la organización el medio idónea para producirla. En el caso del PRI, su propósito era mantener en el poder al Gobierno.


El propósito de un sistema es lo que el sistema hace”, era una definición propuesta por Stafford Beer en sus libros de administración científica. Trabajando con esta claridosa definición como punto de partida, el investigador de sistemas se puede centrar en lo que realmente sucede en la empresa estudiada y no se deja llevar por las intenciones de quienes lo contratan para que estudie una situación problemática. La teoría es que el sistema produce resultados en forma independiente de las intenciones de sus creadores simplemente porque éstos no pueden preveer todo lo que el sistema creado va a producir realmente. Si vemos resultados, podemos entonces atribuírselos al sistema y así dar el primer paso para corregir su actividad. Un sistema se audita investigando lo que el sistema está produciendo en realidad y no lo que creemos que está haciendo. Los prejuicios y los supuestos no entran en consideración a la hora de hacer ciencia. La ciencia exige mediciones concretas, resultados visibles y tangibles y toda esta experiencia científica ha sido incorporada a las prácticas de la administración moderna. Por ejemplo, de qué sirve tener una serie de derechos ciudadanos en la Constitución si en la práctica éstos derechos no son respetados. La investigación de operaciones mide resultados no promesas ni buenas intenciones porque solo así se puede poner remedio a lo que no funciona.


Las crisis sexenales eran indicios de un mal sistémico. Recordemos que la ciencia se interesa en lo que se repite, porque ello permite pronosticar para controlar y evitar resultados indeseables. La crisis sexenal, teniendo un origen sistémico y estructural, se dio primero tras la salida de Echeverría, y luego de López Portillo y repitió una vez más antes de la salida de De la Madrid. La inflación llegó a proporciones gigantescas de 150% en 1987 y la devaluación del peso durante su sexenio lo llevó de $197 pesos a casi $2,948.


Los diagnósticos de Beer se basaron en buena información, la misma que tenía a su disposición el gobierno federal; y sus pronósticos resultaron ser acertados. De nueva cuenta, recién terminado el sexenio de Carlos Salinas, en diciembre de 1994 se generó la más grande de todas las crisis, hasta llegar al la virtual insolvencia del país, hecho del cual Salinas culpó a Ernesto Zedillo.. Trece años después de que Beer dejó su memorandum al presidente y se fue del país totalmente decepcionado por el desgobierno de México, el diagnóstico de Beer mostró su poder analítico… A como vio la desorganización, Beer se convenció de que solo era cuestión de tiempo. Para desgracia nuestra no se equivocó.


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Gracias al modelo Beer, también fue relativamente fácil para mi caer en cuenta que la Constitución mexicana no era tanto una ley vigente como un proyecto de país. Para Beer, experto en administración, el sistema mexicano ya no tenía secretos y lo que sucedía podía atribuirse muy directamente a las reglas de juego, formales y reales que se seguían en México. Entre esas, las leyes electorales destacaban por su incumplimiento. Sin la información del pueblo designando gobernantes, sería difícil que el sistema enmendara su errores o corrigiera el rumbo.


El Mal Electoral


Estas elecciones no tienen una validación estadística,” me dijo con toda seriedad el Profesor Beer. Y me preguntó: “¿Qué acaso las verdades estadísticas no tienen importancia en México?” “Pues deberían, pero no es así”, respondí.


Una de las consecuencias indirectas de la estancia de Beer durante la mayor parte del año de 1983 fue la oportunidad que ambos tuvimos de reflexionar sobre la forma en que se llevaban a cabo las elecciones en México. Naturalmente, el tema de los fraudes electorales afloró en nuestras conversaciones como uno de los problemas que impedían el desarrollo de México.


Sin embargo, precisamente en julio de ese año, varios candidatos del PAN ganaron las elecciones municipales en los estados de Durango y Chihuahua, incluyendo las capitales de dichos estados. Parecía que el gobierno de De la Madrid había dejado a un lado las prácticas electorales fraudulentas. Al menos esa fue la impresión inicial.


Cuando llegaron las elecciones celebradas en el otoño de 1983, el fraude regresó con gran fuerza. En las elecciones municipales en Baja California, en Puebla, y en otros estados, de nueva cuenta se recurrió, e intensificó, el fraude electoral. El sistema PRI se justificó a sí mismo inventando el concepto del “fraude patriótico”. La idea central era robarse las elecciones a como diera lugar para que el PAN no tomara el poder en los estados del norte del país y, según esto, evitar el riesgo de que el gobierno de los Estados Unidos se adueñara de los estados del norte del país o quedara en riesgo la soberanía nacional.


Los resultados de las elecciones, sin embargo, no tenían ninguna verosimilitud ni credibilidad estadística. Como experto en estadística y con la autoridad que le daba haber sido Presidente de la Sociedad de Investigación de Operaciones de la Gran Bretaña, Stafford Beer sostenía este punto con pleno convencimiento.


Al enterarse del contenido de la guerra de cifras entre el PAN y el PRI en Mexicali, Beer comentó que los resultados presentados por el PRI y las autoridades electorales controladas 100% por el Gobierno, y considerados como verdaderos, parecían no tener siquiera verosimilitud desde el punto de vista estadístico. A quienes conversábamos con él de éstos temas nos sugirió que una prueba sobre la validez de los datos, partiendo de los datos no cuestionados, podría demostrarlo.


Poco tiempo después, Enrique Alduncin, doctor en matemáticas, y Miguel Basáñez, ambos conocidos expertos en encuestas, y personas intachables de filiación priísta, llevaron a cabo la prueba estadística sugerida por Beer y concluyeron en términos generales lo siguiente: partiendo de la mitad de las actas de escrutinio en las cuales no había controversia alguna entre ambos partidos, la probabilidad de que los datos presentados por las actas en poder del PAN fueran válidos como parte de los resultados de la elección era de una de cada dos elecciones. La probabilidad de que los datos presentados por el PRI fueran válidos era tan improbables que dicha anomalía ocurriría ¡una en cada mil elecciones!


En 1983, cabe observar, la política interna de los partidos políticos era mucho muy cerrada y era prácticamente inexistente la noción de pluralidad. En ese tiempo, el Partido Acción Nacional era la principal oposición y era el único partido en verdad pugnando por la democracia. Pero el verdadero y mayor obstáculo a la democracia era la intolerancia entre los miembros de los diferentes partidos. El PRI se aprovechaba del hecho que panistas y pesumistas, por ejemplo, (PSUM, derivado del Partido Comunista) no se sentaban a discutir los problemas comunes, ni menos a unir fuerzas contra la virtual dictadura priísta.


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