Excerpt for MARASSÁ Y LA NADA by Alanna Lockward, available in its entirety at Smashwords

MARASSÁ Y LA NADA











Alanna Lockward



Smashwords Edition 2010

Copyright © Alanna Lockward

Email: palabrajo@yahoo.com

Cover: Gabriela Vainsencher, Lotus Flower, 2004, courtesy of the artist

http://alannalockward.wordpress.com/


Marassá (que en haitiano significa: gemelos) es una novela corta o un cuento largo, según el criterio del lector. Las muchas imágenes que contiene la novela, sin embargo, no ocultan el sentido ni la comprensión (no se convierte en poesía, como en algunas narraciones). Marassá y La Nada es una especie de alegoría, porque parece más denotar que connotar, más sugerir que decir. La obra construye una simbología de la decolonialidad. La voz narrativa va un poco por la periferia quebrando la linealidad y la manera directa de contar. Marassá y La Nada constituye un ambicioso proyecto literario, no sólo a nivel temático sino también formal. El concebir un relato totalmente fragmentado y en el que se alternan diferentes narradores, convierten a la obra en un atractivo rompecabezas novelístico, frente al cual el lector se ve obligado a afinar su olfato literario para saber ubicar cada fragmento narrativo en su lugar adecuado.


Gabriela Romay




-A mi hijo Marlon, por insistir y creer.


-A mi hermano Jorge, por respirar conmigo cada línea de esta historia.


-A mi Abuelo, George Augustus Lockward Stamers, que me enseñó a amar la isla en tres idiomas.



"…the absolutistic differentiation

between here and there

loses meaning as here and there,

being so mutually accessible,

become, in effect, almost identical."


Maya Deren



“… como a ti mismo.

1

No pasa nada. Cuando alguien muere todo deja de pasar y lo único que ocurre es esa muerte. Con el paso del tiempo uno llega a olvidarla un poco: la Nada se transforma a sí misma en algo menos pesado. Pero al final su esforzada ligereza nos recuerda que ella fue, y sólo nos pesa un poco menos.

Tal como lo sentí la primera vez, el olor seguía siendo como la sombra de un bosque fantasma. En la estela aromática a sabina, sándalo, roble, cedro, caoba, guayabo y palo de rosas se anunciaban estanterías repletas de inciensos, cristales y velas de todos los colores y tamaños. Entre los pétalos de una flor de loto un Buda flotante bendice con aplicado sigilo la atmósfera sosegada de la tienda. Reflejándose en la puerta de la pequeña oficina, un prisma parecido a las esferas que entretienen el ocio de los bebés formaba un arcoiris redondo. Casandra abrió la puerta y el círculo sicodélico se proyectó en medio de su espalda como la prolongación natural de una ecuación impenetrable, y encendió casi al mismo tiempo una vela blanca y su laptop.

-Toma -le dije, impaciente por despedirme y entregarle el paquete de inciensos que desde hacía tres semanas esperaba en mi cartera -¿Adivina a quién me encontré cuando buscaba tus inciensos?

Una diminuta tortura recorriéndome el pecho: hormiguitas hacendosas encantadas de picarme sin parar, el corazón a caballo entre las manos húmedas y los ojos secos y rojos como el color de su camioneta. Duda y parálisis: las dos patas de una tijera tullida por un rayo de dolor. ¿Por qué siempre encuentro lo que no estoy buscando? ¿Qué hacía Andrés en una tienda hindú? ¿Estaría comprando props para su nueva película, o para su nuevo amor?

Los benditos inciensos de rosa que sólo se consiguen en la capital habían resucitado el perpetuo cuestionario, como un espejo ruinoso que se negara a olvidarme.

2

El panadero dio la voz de alarma. Laura tenía ese magnetismo increíble, el tipo subía siete pisos con dos croissants todas las mañanas, según él para que Laura no pasara frío tan temprano. Hacía tres días que no le abría la puerta, y como siempre que Laura salía de viaje pasaba a despedirse, llamó a la policía. Ese hombre está destrozado. Destrozado. Imagínate que se las arregló para entrar al apartamento con la policía y le tocó verla colgando del techo con los cinturones.

No tuve ningún problema con el boleto que me compraste en Internet. Me recibieron los detectives en el aeropuerto, cuando llegué ya la tenían congelada. Con el acta de nacimiento, que se me olvidó traer —y aunque me hubiera acordado: no tenía copia— tampoco hubo problema, porque Laura tiene sus cosas super-organizadas. La policía tenía ya su pasaporte, me lo dieron en cuanto pisé el aeropuerto. Fue lo primero que me dieron, sin ni siquiera saludarme. Es decir que no hubo ningún problema con los franceses. La línea aérea me dio permiso para viajar con el acta de defunción francesa, así que bueno, Moira, ¿qué te digo?: no te preocupes, no pasa nada, quédate tranquila, cuando llegue a Santo Domingo te haré otra llamadita, ¿cómo está el frío en Nueva York?”.

3

Los santos profanos, coloridos y grandotes, de la Escuela Saint-Soléil abren las compuertas de su herencia de azúcar quemada en el recibidor del Oloffsson. La descripción de Mara de las paredes victorianas, con las banderas vudú y sus complicadísimos diseños de lentejuelas era exacta. Frente a la pared del fondo, una banda de música le sacaba jugo a la prismática combinación del rock y la religión haitiana. RAM. Un acantilado de azúcar en un mar de lentejuelas.

Una multitud atestaba el lobby, coreaba las canciones y se movía como si el mar les balanceara por dentro, como se debía mover Jonás en la ballena, mucha gente moviéndose como la ballena misma: lenta, pesada, suave, con el ritmo de muchas olas comprimidas en una y luego repetida. Alejándome de la recepción vacía, me uní al vaivén, bailando sola, como cuando Mara y yo agotábamos las discotecas de Nueva York. Me parecía sentir su mirada recorriéndome como un sudor condenatorio, invisible. Mara odiaba las discotecas, detestaba el humo, pero odiaba más que llegara Julián con su traje de piloto preguntando por mí; y es que Mara para las mentiras es más torpe que una cucaracha sin antenas, se perdía, no lograba repetir la misma mentira sin equivocarse, como hacen los profesionales.

Ici, á Saint-Domingue, nous avons seulement que deux stations: Eté et Infern”. Después de la tercera ronda de Barbancourt parecíamos una reunión de primos lejanos encantados de reencontrarse. Nos reímos al unísono del chiste del francés, como un banco de sardinas obedientes a la coreografía inapelable de su líder. La invitación del francés a compartir su mesa me había hecho sentir como en casa. Éramos los clásicos desconocidos que cantan hasta bien entrada la madrugada los mismos boleros, cada quien con su acento, pero con mucho corazón.

Si yo encontrara un alma como la mía,
cuantas cosas secretas le contaría,
un alma que al mirarme sin decir nada
me lo dijese todo con la mirada.

Alma mía sola, siempre sola,

sin que nadie comprenda tu sufrimiento,

tu horrible padecer...

Tres, cinco, y más veces estornudó Carmen, una mexicana muy simpática. Y mientras la ayudábamos a recuperarse, muertos de la risa, la esposa haitiana del francés, que no conseguía detectar el origen de mi acento, volvió a preguntarme por mi nacionalidad.


-Je suis Dominicaine.

-Dominicaine? -exclamó, con una incredulidad aparatosa, y acto seguido añadió:

-Bang,bang,bang.

Los tres dedos inequívocos, disparando sobre mi pecho los tres clavos de Cristo, fueron tan espontáneos como el prometido fin de semana en su casa de Jacqmel. En la mesa de primos empáticos, ahora con las caras descompuestas, se hizo un silencio de piedra. Yo sólo atiné a reírme como decía Mara: igual que una cotorra amaestrada.


4

Según Carmen, que es bióloga, el pájaro más pequeño del mundo es el colibrí del Caribe. El colibrí cubano es milimétricamente menor que el de La Hispaniola, tal como documentó el científico británico James Bond. La inspiración de Ian Flemming, sin embargo, no tuvo nada que ver ni con los pájaros ni con las Antillas, mas bien se debió a la búsqueda de un nombre lo más desabrido posible para el 007.

Me encontré con ella en el hotel, para el almuerzo. Llegó en su Land- Rover verde, con aspecto más atildado que la víspera, pero igualmente juvenil: pantalones de mezclilla —como llaman los mexicanos a los jeans—, camisa blanca, resaltando su copa D, y la melena pelirroja suelta. La noche anterior llevaba el pelo recogido en una cola semi-despeinada: mientras sufría un interminable ataque de estornudos, la cola la hacía parecer una cantante de rock poseída por lo que posee a los rockeros. Parecía una Barbie flaca y con brackets, porque además tiene los dientes alambrados como una adolescente.

La Universidad de Cornell contrató a Carmen para investigar al solenodonte, una especie prima hermana de los dinosaurios que juega al escondite con los obsesionados taxonomistas. En las montañas de La Hispaniola —o Saint-Domingue, como dice ella con su acento mexicano— el solenodonte ha sobrevivido a cambios climáticos y transformaciones extraordinarias.

Para referirse a República Dominicana o a su capital, Carmen dice Saint-Domingue, tal vez para abreviar, o simplemente porque es extranjera. Pero si habla de Haití también dice Saint-Domingue, y si se refiere a la isla completa igual. Su dislexia cartográfica, sin embargo, no esconde ignorancia alguna, porque conoce la historia de la isla desde que ésta era una promesa geológica en el fondo del mar, una montaña sumergida. Mi Abuela, Niní Porter, habría dicho que la dislexia de Carmen fue causada por la propaganda de los yanquis, que pretenden unificar las dos partes de la isla para poder lavarse las manos de todas sus barbaridades, sus marines, sus tanques y sus cuotas azucareras.

-Oh, dime: ¿Qué crees que hubiese hecho Fidel con los haitianos si le hubiese tocado compartir Cuba con ellos?

Con ese brochazo fulminante mi Abuela daba por terminada cualquier discusión. Había comenzado a modelar su antihaitianismo en un yeso rotundo desde que yo era un proyecto de semilla entre las piernas de mi padre.

Yo miraba con absoluta perplejidad las avenidas huérfanas de aceras que conectan Puerto-Príncipe con las colinas de Petión-Ville. Es increíble cómo pudo haberse invertido tanto dinero en construir estas larguísimas avenidas sin tomar en cuenta a los peatones, La Populace.


-Míralos como andan, planchaditos, como de tintorería. En mi vida he visto gente que vaya a trabajar con la ropa tan planchada, parecen figuritas de porcelana; negritas, eso sí.


El comentario de Carmen sobre la reverencia de la clase media haitiana por la pulcritud se diluyó con la parada en la farmacia. Tras un diminuto recibidor del tamaño de un peldaño, una reja cubría el local de techo a piso y de pared a pared, protegiendo personal y dispensario. De regreso en el Land-Rover, la teoría de Carmen sobre quién era el verdadero rehén del modelo social haitiano se me escapó: estaba fascinada por la visión del melón amarillo más grande que he visto en mi vida. Lo cargaba una niña en los brazos como se carga un mundo.



5

Mi Vaso Verde

A Enriqueta E. Ellis

Mi vaso glauco, pálido y amado,

donde guardo mis flores predilectas,

tiene el color de las marinas algas,

tiene el color de la esperanza muerta...

Las flores tristes, las dolientes flores,

en el agua del vaso se refrescan,

y bañan sus corolas pensativas

en una blanca idealidad de perlas.

Y luego se van lejos... se marchitan,

abandonadas, pálidas, enfermas,

muy lejos del cariño de ese vaso

que es del color de la esperanza muerta.

Y cuando sola, pensativa, herida

por la eterna nostalgia,

siento un perfume triste, moribundo,

que llega hasta mi alma...

pienso en mis pobres flores, las marchitas,

las enfermas, dolientes y olvidadas,

que antes de marchitarse se despiden,

tristísimas y trágicas,

de ese vaso de pálidos reflejos

que es del color de las marinas algas...

Altagracia Saviñón



Las palabras que no se dicen pesan más que una enciclopedia. En el mismo edificio donde Laura dejó su huella de nada cicatrizada funcionan las oficinas de una revista de arte; la editora escribió un libro increíble sobre sus aventuras sexuales en el que sólo menciona una vez la palabra condón. Increíble.

Enriqueta E. Ellis recibió la dedicatoria fúnebre de Altagracia Saviñón como preludio de una locura indigente, la de la poeta que decidió traspasar el umbral de su nostalgia perenne en las calles de Santo Domingo, como un río decrépito sembrado de piedras inútiles. Murió loca, sola y pobre como han vivido o muerto tantas otras mujeres poetas y escritoras.

Mi tatarabuela, Gloria Stephenson de Porter, en cambio, tuvo el tino de parir doce hijos uno detrás del otro en lugar de dedicarse a las actividades del pensamiento, muy al contrario de lo que esperaba de ella su protector, el filántropo antiesclavista Robert L. Stephenson.

Como buen cuáquero, Stephenson compraba esclavos para luego regalarles su libertad, o lo que así podía entenderse en un mundo que les prohibía caminar por el mismo lado de la calle de los blancos. Pero antes de decirle adiós a sus emancipados con destino a los puertos de Saint-Domingue y lo que hoy es Liberia, en África, el señor Stephenson les regaló también su apellido. En la primera carta que le escribió a su padre adoptivo, la niña de trece años describió con precisión de historiadora la arquitectura colonial de la Primera Iglesia Metodista Episcopal Africana de Saint-Domingue, facilitada a los esclavos libertos por el presidente haitiano Pierre Boyer.


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