AUTOR: JAVIER GONZALEZ
DEDICATORIA
Para Alodia, mi mujer.
NOTA DEL AUTOR.
El 23 de julio de 1.936, el gobierno de la República creó la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico para paliar, en lo posible, los devastadores efectos de la guerra sobre el patrimonio artístico español.
Una de las obras incautadas por la Junta fue el cuadro “La Condesa de Chinchón” de Goya. La obra, junto a otras, fue almacenada en los sótanos de El Prado.
Posteriormente, “La Condesa de Chinchón” y una cuidada selección de los mejores fondos del Museo, iniciaron un largo, polémico y peligroso exilio, que acabó en Ginebra.
En 1939, en las postrimerías del conflicto bélico, se creó el Comité Internacional para el Salvamento de los Tesoros de Arte Españoles. La principal misión de este Comité no era otra que repatriar los fondos de Arte gestionados por la Junta de Incautación.
En esas fechas, el pintor José María Sert, miembro del referido Comité, hizo unas declaraciones sorprendentes a los medios: “Encontrándome en Nueva York, en el mes de diciembre de 1.936, recibí una notificación de mi amigo Lord Joseph Duveen en la que me informaba de que acababan de ofrecerle el retrato de “La Condesa de Chinchón” de Goya, pero que no lo había adquirido por delicadeza, al no estar seguro de la rectitud en quienes hacían la oferta”.
Los hechos nunca fueron investigados.
Pocos años mas tarde, la historia parecía volver a repetirse. Durante la evacuación de las obras de arte de El Museo de El Hermitage, ante el avance de la invasión alemana de 1.941, el cuadro “El Martirio de San Sebastián” de Van Dyck se perdió. En la caja preparada para su transporte apareció en su lugar otra obra de escaso valor.
La pintura todavía no ha sido recuperada.
Dime maestro, ¿cual es el oficio más hermoso del mundo?
Aquel cuyo fruto pueda emocionar a quien lo contemple,- le contestó sin dudarlo el anciano.
De “El Libro de los Sabios”.
“Nada es nunca lo que parece, mi querido Watson.”
Sherlock Holmes.
PREFACIO
Era un soleado mediodía del mes de Junio en Madrid. “Uno de esos días en los que Renoir debió aprender a pintar la luz”, apuntó José Manuel Wündermann, mientras paseaba al lado de Carmen. Los rayos del sol se filtraban a través de las ramas y las hojas de los falsos plátanos del Paseo del Prado, creando un hermoso mosaico de luces y sombras alrededor de la pareja.
Carmen y José Manuel entraron en El Prado por la Puerta de Goya, como todos los años. Visitaron las salas de pintura española y se detuvieron, durante quince largos y gozosos minutos, delante de “su” cuadro. Continuaron su rutina, como todos los años, saliendo del edificio por la Puerta Sur, la que se enfrentaba al Jardín Botánico. Caminaron unos metros por la calle Espalter hasta llegar al Café del Sol, donde acostumbraban a tomar un refresco después de su visita anual al Museo.
El Prado sigue siendo un lugar magnífico,- afirmó casi con satisfacción Wündermann.
Un camarero acababa de servirles un té para ella y un Rioja para él.
Tu pintura sí que sigue siendo magnífica,- añadió Carmen.
José Manuel le dedicó una cálida sonrisa por su comentario. Observó a su acompañante mientras daba el primer sorbo de su copa de vino. Ella sí que seguía siendo una mujer magnífica. Y todavía muy atractiva, a pesar de su edad.
Bueno, venga. Suéltalo ya. Carmen interrumpió sus pensamientos.
Quizás porque siempre supo que pensaban los hombres, sin necesidad de que estos tuvieran que abrir la boca para decirle exactamente lo contrario de lo que estaban pensando. Le miraba fijamente, mientras daba vueltas con su cucharilla a un té al que no le había puesto azúcar.
Está será mi última visita al Prado contigo.
Oh, vaya. ¿Vas a cambiar de pareja? Saldrás perdiendo. Todo el mundo comenta que tú y yo seguimos haciendo una pareja estupenda.- Una respuesta rápida.
No trates de seducirme, Carmen. Si Hotz viviera esto no le gustaría nada.
Si Hotz viviera, “esto” le encantaría,- le contestó con una de sus irresistibles sonrisas.
Sí. Tuvo que reconocer que si Hotz viviese disfrutaría con situaciones como aquella. Carmen y el alemán siempre habían formado una pareja salvaje. En realidad todos habían formado parte de un grupo muy poco convencional.
Ayer recibí el último informe médico. - Hizo un esfuerzo por continuar, por contárselo.- No creen que llegue a Navidad.- Vació la copa de vino de un largo trago.
Oh, vamos. No creerás en todo lo que dicen los médicos. -Carmen frivolizó su respuesta, impidiendo que se produjera un silencio entre los dos.
Carmen, esto es final,- le dijo con serenidad, mientras le cogía de la mano. -Y no me importa. - No fingía. -Tengo más años de los que nunca pensé que llegaría a cumplir. He tenido una vida plena. He conocido gente maravillosa, como tú. He realizado cosas que nunca imaginé que podría llegar a hacer. E incluso he hecho algunas cosas que no debí hacer. -Los dos seguían mirándose a los ojos. -He vivido, Carmen. Y el buen Dios me ha permitido conocer el día en el que espera que nos reunamos. Así que me ha dado la oportunidad de arreglar algunos asuntos antes de irme. No me arrepiento de nada. Y no tengo miedo, Carmen.
Nosotros nunca hemos tenido miedo, -le contestó con un punto de orgullo. Sus ojos estaban húmedos y una lágrima se deslizaba por su mejilla. -¿Quieres que haga algo por ti mi viejo y queridísimo amigo?
Sí. Quiero que hagas algo por mí. Pero cuando yo me haya ido. Quiero que me ayudes a reunir otra vez “las cinco coronas”, -le respondió.
¿Las cinco coronas? -Le miró entre sorprendida y divertida. -Pues para conseguirlo habrá que empezar por recuperar la quinta. ¿Quieres que volvamos allí?
No. Quiero que tú lo organices todo para que alguien haga el trabajo por nosotros. Las cinco coronas deben volver a estar juntas y regresar al lugar del que nunca debieron salir.
Siempre has sido un romántico. -Le sonrió mientras se llevaba la taza de té a los labios. -El alemán me decía que te faltaba frialdad para este negocio. -Le miró fijamente desde sus profundos ojos negros. -Me alegro de que no hayas cambiado nada en todos estos años.
El Mercedes 500 se detuvo en doble fila, frente a la casa de Carmen. Mientras el chófer descendía del vehículo para abrir la puerta de la señora, José Manuel se dirigió a ella por última vez.
¿Puedo contar contigo, entonces?
¿Alguna vez te he fallado?,- le contestó casi desafiante.
¿Cuándo lo harás? - Quería saber.
Habrá que esperar la oportunidad. “La paciencia es la fortuna de la inteligencia”, solía decirme Hotz. Lo haremos bien. Nosotros siempre hacíamos las cosas bien. No te preocupes, yo recuperaré para ti la quinta corona,- le dijo, guiñándole uno de sus hermosos ojos con picardía.
Gracias.- Había emoción en su voz.
Carmen le miró fijamente, con ternura. Se inclinó sobre él y le besó en la boca.
Hubiéramos hecho una gran pareja, si esa niñata rusa no se hubiese cruzado en tu camino, -le dijo, con su rostro todavía muy cerca del suyo, y con aquella media sonrisa que sólo Carmen sabía componer.
Vamos, Carmen. -Trató de rehacerse, aunque tuvo que reconocer que aquel “asalto” le había rejuvenecido cuarenta años. -Tres parejas a la vez hubieran sido demasiadas parejas. Incluso para una mujer como tú.
Bah!- le contestó simulando una mueca de desprecio, mientras salía del coche. -Nunca me infravalores, jovencito. Dale muchos recuerdos a Tania y dile que la quiero, casi tanto como a ti -se despidió de él desde la ventanilla del automóvil. Le lanzó un beso y se dio media vuelta.
Wúndermann la siguió con la mirada hasta que llegó al portal de su casa.
Señor…, -le interrumpió el chófer, otra vez al volante del coche.
Sí. A casa, por favor.
El Mercedes se abrió paso lentamente entre el denso tráfico de Madrid. José Manuel sacó del bolsillo interior de su americana el borrador de la carta que había escrito esa misma mañana. Se puso sus gafas de lectura y comenzó a repasar el documento:
“Querida niña, si ahora estás leyendo esta carta es porque yo ya no estoy, y tu abuela acaba de informarte de algunas cosas que yo nunca me atreví a contarte…”
I
Uristk, en los arrabales de San Petesburgo,
22 de Julio de 2005.
Jaime Aguirre Tamayo miró al cielo. Le fascinaba su color, de un azul cian casi líquido, y aquella luminosidad, que lo bañaba todo, como tamizada por un filtro invisible.
Hizo visera con su mano derecha para poder soportar mejor la reverberación, y disfrutar un poco más de aquel paisaje para él inédito.
La voz del coronel Basili Vasiliev sonaba lejana, con aquel tono a medio camino entre el mitin y el discurso de bienvenida a la tropa bisoña: en la madrugada del 22 de julio de 1.941 la Alemania nazi, sin previo aviso, atacó la Unión Soviética. 152 divisiones, formadas por más de tres millones de hombres, rompieron nuestras fronteras. Pero el pueblo ruso…”
Aguirre detuvo su atención unos segundos en aquel pintoresco grupo. En una improvisada tarima de madera, un coronel de la reserva del antiguo ejército soviético describía los prolegómenos de la Gran Guerra Patria, en un fluido castellano con acento caribeño, a cuarenta españoles que seguían el relato en respetuoso silencio. La obligada ceremonia que ponía punto final a su extraño viaje. En unos minutos el coronel Vasiliev les haría entrega de los restos de aquellos soldados voluntarios, caídos con la División Azul, y todo habría terminado. Se sentía de nuevo profundamente vacío. Angustiosamente vacío.
¿Pero qué diablos estaba haciendo él allí, a más de 3.000 kilómetros de casa, en mitad de la estepa rusa, oyendo, sin escuchar, las batallitas de un coronel jubilado del ejército ruso que hablaba español entremezclando acentos eslavo y cubano?
Las razones del porqué vinieron a su mente en forma de recuerdos, fácilmente, dolorosamente.
La vida de Jaime había dado un vuelco inesperado hacía muy pocos meses. Concretamente todo empezó, o terminó, según se mire, el 21 de Noviembre de 2.004. Siete meses y un día. Llevaría siempre esa fecha y esa cena con su mujer grabada en la memoria. El quería comunicarle a Manuela su último éxito en la empresa: “Es una sorpresa cariño”. Acababan de hacerle socio de Asesores de Bolsa, su bonus anual se multiplicaría por diez a final de año, y aquel iba a ser un gran año. “Además, ya sabes que estamos negociando con los americanos, -le había dicho Rafa Guerrero, su jefe, ahora su socio -la cosa va despacio, pero yo creo que acabaremos cerrando. Te vas a forrar, Jaimito”. Las cosas no podían ir mejor. Ahora podrían comprarse, por fin, aquella casa en Menorca que tanto le había gustado a Manuela el verano pasado. ¿O había sido en Benicasim?
-¿No estás contenta? -preguntó Jaime feliz con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes gracias al trasiego de la terciada botella de Pesquera reserva, la segunda que el somelier de Zalacaín acababa de abrir con mucha ceremonia. La copa de ella, la primera, intacta.
Manuela dejó de jugar con su reloj Bulgari, nueve mil euros, un regalo por el nacimiento de Laura. Se lo abrochó de nuevo en la muñeca, se recostó en su silla y se lo dijo mirándole a los ojos:
Jaime, quiero el divorcio.
Se paró el mundo, se paró el aire, se le paró el corazón. No recordaba mucho más de aquella cena. Luego había ido todo muy deprisa, como en una película a cámara rápida. Había lagunas, momentos, hasta espacios físicos, que no recordaba y que ya no volvería a recuperar. Como en una película a la que le hubieran cortado fotogramas.
Bueno Jaime, tu mujer estará feliz ¿eh?, -recordó que le había dicho Rafa, guiño de ojo incluido, a modo de despedida en la fiesta de la sala de juntas, los otros cuatro socios sonrientes. -Las mujeres para estas cosas son muy agradecidas, ya verás.
El bueno de Rafa, amigos desde que llevaban pantalón corto, compañeros de pupitre en el colegio de El Pilar. El bueno de Rafa se había convertido en un mago de la Bolsa, pero seguía siendo soltero a los 43 años. Rafa no tenía ni zorra idea de mujeres. O sí, o sabía demasiado, y por eso seguía soltero.
Jaime, quiero el divorcio.
Todavía podía verla nítidamente, recostada en aquella silla de Zalacaín, repitiendo aquellas cuatro palabras de forma pausada, casi lentamente, con una inflexión perfecta de la voz en cada una de ellas, para que no hubiera ninguna duda.
Estaba cansada de la vida que llevaba con él. No le llenaba. Era una mujer muy joven, había recalcado “muy”. Quería disfrutar, quería salir por las noches.
Jaime, tu eres un “seta”- le había dicho muchas veces.
Cambiaré.
Las setas no cambian Jaime. Como mucho se secan.
El no era un seta, trabajaba una media de doce horas diarias. Abría todos los días Asesores a las siete y media de la mañana. Su horario de salida estaba marcado por dos circunstancias: a partir de las nueve de la noche, sí había tomado un sandwich en su despacho a medio día, o a partir de las once si almorzaba con clientes. Llegaba a su casa materialmente deshecho.
A su mujer le gustaba salir a cenar, salir al cine, salir a tomar una copa, salir a bailar, salir a salir…Además para ella, fin de semana y entre semana eran acepciones sinónimas. “Para eso soy daltónica Jaime, no los distingo”, le había dicho muchas veces en Pachá. Así que Jaime se quedaba dormido en los restaurantes, en los estrenos, en las discotecas y en las cenas en las casas de los amigos. Últimamente hasta roncaba.
El trabajaba doce horas diarias para tener una casa mejor, un coche mejor, un colegio mejor para sus dos hijos. Una vida mejor.
La comunicación con su mujer, ¿era de calidad?- le había preguntado el psicoanalista que le trató la depresión después de su divorcio.
Defíname calidad, -respondió Jaime intentando ganar tiempo mirando al techo desde el diván.
La respuesta fue un largo suspiro del doctor.
La realidad era que Manuela se había convertido para él en una perfecta desconocida. Doce años de matrimonio como doce habitaciones vacías. ¿Cuánto hace de la última vez que había mantenido una conversación de más de dos minutos con su mujer? Era incapaz de recordarlo.
Pero yo te quiero - se recordaba diciendo por teléfono antes de acudir al Juzgado para firmar el convenio de separación.
A veces Jaime, eso no es suficiente. -Y colgó.
Así que Manuela vivía ahora su vida, salía todas las noches como una quinceañera, y parecía que se divertía. Tenía novio, un compañero de trabajo en el Banco. Le había dejado todo: la casa, los coches, las tarjetas. “Nunca me ha interesado tu dinero”, le dijo escoltada por su abogado mientras negociaban el convenio. Una negociación de cinco minutos.
Tampoco debían interesarle mucho los niños, por que también se los había dejado. Los dos. “Tú siempre has sido mejor padre y madre que yo. Además tienes paciencia”.
“Busque siempre el lado positivo de cualquier situación”, le había recomendado su segundo psicólogo. ¿O este era ya psiquiatra? Lo positivo era que había comenzado a conocer a sus hijos, Jorge y Laura, de once y siete años respectivamente.
Se había impuesto como disciplina no llegar a casa nunca más tarde de las ocho, cenar con ellos y bañarles. Y la experiencia le estaba gustando. Estaba disfrutando realmente de los dos. “El tiempo no se puede recuperar, pero se puede dejar de perder”, pensaba ahora. ¿Sería esto pensar en positivo? Sin querer ellos le estaban ayudando a cerrar sus heridas. Hacía dos meses que no iba a la consulta, y había dejado de tomar pastillas. Las cosas empezaban a ir mejor; o por lo menos a ir. Quizá su vida hubiera entrado en una rutina, de no ser por lo que ocurrió en la última cena de Nochebuena. Los cinco hermanos, los quince sobrinos- nietos, mamá, papá, la tía María Luisa Tamayo, setenta y nueve recién cumplidos, oficiando de tía soltera como en cualquier familia que se precie. Todos allí, en casa de los padres, en el viejo chalet de El Viso. Al final de la cena, con los turrones, mazapanes, copas, la tía María Luisa, como todos los años, tocó el piano y todos cantaron Noche de Paz. En inglés, como le gustaba a ella, que era bilingüe. Y muy snob. Luego la tía María Luisa, ya recostada en el sofá, como todos los años, recordó en voz alta al “tío” Álvaro.
Si estuviera aquí vuestro tío Álvaro….
Imposible. El tío Álvaro no podía llegar ni tarde. Porque al pobre tío Álvaro, que no era ni tío ni nada, sino un novio que tuvo la tía y con el que no pudo rematar por causa de fuerza mayor, le habían cosido a tiros hacía casi sesenta años en Rusia, con la División Azul. Pero la tía María Luisa contaba todas las Navidades a quien quisiera, y a quien no quisiera oírle, la misma historia, como si todo hubiera sucedido ayer. Así que la familia, con el tiempo, adoptó al malogrado alférez Álvaro Arenas de Valcarcel como el “tío” Álvaro, y este pasó a ocupar un lugar importante en la mística familiar.
El tío Álvaro, veintitrés años, la carrera de Industriales recién terminada, como tú, Pablito, - dijo mirando a su sobrino- nieto Pablo de veintiún años y tres en primero de “telecos”. Pablo se rebulló incómodo en el sofá y dejó de tocarse la bragueta, allí donde le picaba tanto el último “piercing” que casi le había obligado a ponerse Maika, su novieta que ponía copas en una barra de Kapital. - Con veintitrés años y me lo mataron en Rusia… -Su hermana la cogió de la mano y le sonrió con dulzura. Por los menos llevaba unos años sin añadir aquello de “los rojos” entre “me lo mataron” y “en Rusia”.
¡Me quería tanto!
Y entonces ocurrió:
Jaime se estaba sirviendo la enésima copa de champagne de espaldas a ella. Estaba harto de oír aquella historia todos los años en Nochebuena, pero cuando se volvió, sin querer su mirada se detuvo en el rostro de su tía, justo cuando decía “me quería tanto”. Y entonces, se le hizo un nudo en la garganta porque vio aquel gesto de tristeza infinita, aquel brillo de un segundo que no había visto nunca en aquellos ojos que miraban siempre húmedos. Y entendió, en aquel instante, la historia de amor de una mujer que había esperado, que seguía esperando, la vuelta de su hombre. Aún sabiendo que jamás volvería.
Se acordó en ese torbellino de sensaciones de Manuela, y de su traición infinita, y por un momento, sintió envidia de Álvaro Arenas de Valcárcel, que había tenido una mujer que supo amarle siempre, más allá del tiempo.
Yo te traeré al tío Álvaro, -se oyó lejos, como si lo hubiera dicho otra persona, así como estaba, de pie, con una copa de tubo en la mano y en la otra una botella de Veuve Cliquot chorreando todavía agua sobre la cubitera.
Su madre se levantó despacio, le dio un beso en la mejilla y le susurró al oído: “estás bebiendo demasiado esta noche, cariño”, mientras le quitaba con una caricia, como sólo saben hacer las madres, aquella lágrima tan grande que le estaba surcando la mejilla.
Hasta el mismo Jaime se sorprendió al día siguiente de la firmeza de sus palabras cuando fue a visitar a la tía María Luisa a su casa, aquél soleado ático del Barrio de Salamanca. Adela, la sirvienta, le hizo pasar al salón.
Hay que ver como está usted de guapo señorito Jaime, las tendrá usted a pares.
Adela, de sesenta y dos años, había comenzado a trabajar en casa de Jaime poco antes de que él naciera, y sirvió en casa de sus padres hasta que los cinco “rufianes”, como ella llamaba cariñosamente a los cinco hermanos, habían ido dejando el viejo caserón para casarse. Su madre había decidido entonces, con buen criterio, traspasar a la buena de Adela a su tía María Luisa, su hermana mayor, que empezaba a tener problemas de movilidad, y que siempre había querido vivir sola.
Usted si que está guapa Adela, que cualquier día se nos fuga con un novio de esos que tiene, -dijo Jaime con su mejor sonrisa respondiendo al piropo.
Ay no, yo ya siempre soltera, como su tía, que es como se está más a gusto. Que ustedes los hombres empiezan siempre muy cariñosos y zalameros, y a la que te descuidas o te sacan las perras o te sacan las muelas.
Jaime rió el comentario de buena gana. Pero sin pretenderlo fue una risa explosiva, casi exagerada. Se sentía tenso y nervioso. ¿En que jaleo estaba a punto de meterse?
¿Te vas a Rusia? ¿Dos meses? ¿A buscar un familiar caído con la División Azul? -Recordaba la batería de preguntas que le había hecho su socio Rafa Guerrero ante su insólita petición.
Rafa, necesito salir de Madrid. Alejarme de todo esto durante un tiempo. Todo me recuerda a mi mujer. Mi exmujer, -se corrigió-. Me da igual irme a Rusia a buscar los huesos de un divisionario que apuntarme a un cursillo de surf en Australia. Pero tengo que quitarme de en medio -le había respondido casi con angustia.
No hubo juicios morales ni reproches. Nada de “tienes que reunir el valor para enfrentarte a esto” o “no huyas de ti mismo”. Ni moralinas ni charlas. Rafa no juzgaba a sus amigos. “Yo solo estoy aquí para escucharte -le había dicho- para emborracharme contigo o irnos de putas. Tráeme caviar, allí está a buen precio.”
El bueno de Rafa. Habló con el resto de los socios y lo arregló todo. “El no quería, pero he tenido que convencerle para que se tome un par de meses de vacaciones. No acaba de asimilar su separación y necesita relajarse. No podemos permitirnos el lujo de perderle. En un par de meses le tendremos de nuevo aquí en plena forma, ya veréis.”. Rafa, el encantador de serpientes. Su amigo.
Estaba decidido. Viajaría a Rusia. A buscar los restos de un tío suyo que ni era tío ni era nada.
Todo por las palabras y la mirada de una mujer. O por el champán. O por todo junto. Que más daba.
Pero a pesar de todo tenía que reconocer que aquel híbrido de viaje-aventura-disparate le producía un inquietante cosquilleo en el estómago. Intuía algo. No sabría expresarlo con palabras, pero había algo que le desconcertaba en aquel descabellado proyecto. Se sentía en el umbral de un juego en el que todavía era una pieza sin voluntad ni dominio sobre sí. Absurdo. Volvería a leer los prospectos de las pastillas que le habían recetado. Demasiada química en los últimos meses.
Pero estaba dispuesto a hacerlo. Tenía que hacerlo. Sin entender todavía muy bien porqué.
Ahora mismo sale su tía, que está terminando de arreglarse.- Adela le sacó de sus inquietantes reflexiones- ¿Le pongo un Vichy con una rodajita de limón?
Venga ese Vichy, Adela le contestó dejándose caer en el mullido sofá.
Agua mineral de Vichy con hielo y una rodajita de limón, uno de sus pequeños e inofensivos vicios. Y, además, un icono de su infancia. Se lo había visto tomar por primera vez a Bogart en una película, en una de esas maravillosas sesiones vespertinas del sábado en las que su madre le llevaba al cine.- ¿Me acompañas al mercado Jaimito? -Había algo casi de clandestino en esas escapadas.
¿Qué está tomando ese señor, mamá?
Vichy con una rodajita de limón hijo, que es una cosa muy elegante.
Además de elegante el Vichy Catalán le debía dejar el cuerpo muy templado a uno, porque a continuación Bogart, después de darle un trago a su copa, le había pegado tres tiros a un señor al que le acababan de presentar. Y eso que el señor en cuestión le había ofrecido antes un cigarrillo sin filtro. Con el tiempo, supuso que Bogart en la ficción de la película, lo que simulaba beber era un gin-tonic. Aunque conociendo a Bogart, seguro que lo que bebía era un gin tonic de verdad. O varios, porque siempre repetían las tomas, las de beber y la otras.
Pero a él se le quedó marcado lo del Vichy y la rodajita de limón. A Manuela, por supuesto, aquello le parecía una mariconada, y se ponía muy nerviosa cada vez que lo pedía.
Pero, ¿por qué coño no pides una copa como todo el mundo?
Ni él, ni Bogart eran como todo el mundo.
Jaime recorrió con la mirada el amplio y abigarrado salón. Como siempre, detuvo su atención en el gran piano de cola negro. Su tía lo tocaba maravillosamente; cinco años de conservatorio. La tapa estaba cerrada y sobre ella decenas de retratos, pulcramente ordenados, en sus marcos de plata y cristal de Durán. Los recuerdos de toda una vida.
Se levantó para verlos mejor; enseguida descubrió el que estaba buscando, un poco a la derecha, en primera fila, su lugar de siempre. Una vieja foto en blanco y negro que el tiempo había virado a sepia. Allí estaba el tío Álvaro. Posaba con el uniforme de infantería de la Wehrmacht, en el hombro derecho una escarapela con la bandera de España, el distintivo de la División Azul. Estaba acompañado por otros tres oficiales, un teniente y dos alféreces. Había visto esa foto muchas veces, pero ahora le sorprendía la juventud de los cuatro soldados, debían tener todos poco más de veinte años. Sonreían a la cámara despreocupados; el tío Alvaro con su pelo engominado y peinado hacia atrás, bigotito fino y muy recortado, tenía todo el aspecto de un galán de cine de los años cincuenta con aquél pitillo calado con estudiado descuido entre sus labios. Todos sonreían menos uno, el primero empezando por la izquierda del grupo, el más alto, con el cabello y los ojos claros. Miraba a la cámara con una mirada profunda, como si de aquél grupo fuera el único que supiera realmente porqué estaba allí.
Guapo, ¿verdad?
Dio un respingo y se volvió para descubrir a su tía María Luisa a su espalda.
Te he asustado- dijo sonriendo-. Perdona hijo, estas alfombras,- golpeó suavemente con la puntera de su bastón la gruesa alfombra persa que había bajo sus pies,- son tan tupidas que amortiguan el ruido de los pasos.
No ha sido nada tía- respondió Jaime recuperado de la sorpresa-. Estaba viendo la foto del tío Álvaro.
Es la última que conservo de él; está fechada.
- Sí, dice: “Krasnibor, en el frente de Leningrado, 12 de octubre de 1.941”.
Ese fue el día que llegaron al frente, pero vamos a sentarnos no aguanto mucho de pie.
Adela entró en el salón, llevaba una bandeja de plata con el Vichy con hielo, su rodajita de limón y un juego individual de té.
Muchas gracias Adela- dijo la tía María Luisa, mientras se acomodaba en su butacón Chester de piel. Jaime se sentó a su lado, en un largo sofá. Ella se sirvió el té, sin azúcar, y lo probó con un sorbo. Dejó la taza en la mesa con un gesto de aprobación. Miró a Jaime a los ojos.
¿De verdad vas a ir a buscarle?
Carraspeó levemente antes de contestar.
Si. Voy a ir a buscarle. Ahora tengo tiempo, ya sabes, además la empresa me debe muchas vacaciones-, no recordaba haber cogido más de quince días de vacaciones en los último seis años- y ahora voy a cobrármelas todas- dijo sonriendo.
Pero tendrás que viajar. Tendrás que ir allí, a Rusia. - La última frase la dijo muy despacio.
Sí, habrá que ir a Rusia. No te preocupes por los niños, he hablado con mamá, se queda encantada con ellos.
Eso está bien. - Parecía más conforme.
Sí eso está bien. -Hizo una pausa intentando ganar tiempo, en realidad no sabía como seguir, o más bien como empezar-. Pero voy a necesitar toda tu ayuda,- dijo por fin.
Estoy a tu disposición, jovencito- le regaló una maravillosa sonrisa.
Jaime pensó que su tía había tenido que ser una mujer muy guapa.
- Por ejemplo, ¿quiénes son los oficiales de la foto?- era un comienzo tan bueno como cualquier otro-. Quizá alguno esté todavía vivo y pueda darme alguna pista.
¡Oh, si! déjame ver.
Jaime le pasó el marco con la fotografía, mientras se ponía más cerca de ella.
- Mira, el del extremo de la derecha, el moreno, ese es Gaspar González Palenzuela. En la pandilla le llamábamos “Sele”; el que está a su izquierda, al que le pasa el brazo por encima del hombro es el general Cabrera. Bueno, aquí era teniente, pero luego llegó a general porque continuó en el ejército.
¿Y el cuarto?
No lo sé. No sé quien era ese chico. Probablemente un amigo que hicieron durante la marcha al frente. Desde Polonia les mandaron andando hasta Leningrado. Más de mil kilómetros paseando deben dar para mucho, incluso para hacer amigos, ¿no?
Supongo.
Tu tío se quejaba mucho de las marchas en sus cartas. Me decía que eran horribles. - Hizo un gesto de desaprobación con la mano.
Cuéntame algo más de Sele y Cabrera.
Se conocían de estudiantes. Hicieron la guerra juntos, mintieron sobre su edad para alistarse. Eran amigos desde siempre, de la pandilla de chavales. Los jóvenes de ahora no podéis entender… Antes la gente joven hacía todo por ideales, por amistad. Se fueron a Rusia por la pandilla. Lo decidieron una noche en Chicote, yo estaba con ellos.
Yo pensaba que todos los voluntarios eran falangistas…
Claro que eran falangistas. En el treinta y nueve en España eran todos falangistas, en Alemania nazis, en Italia fascistas, y en Rusia comunistas. El que no militaba estaba en la cárcel o estaba todavía peor. Entonces en el mundo las cosas eran muy sencillas -dijo mientras se servía una segunda taza de té.
¿Sabes si queda alguno vivo?- Le hizo la pregunta sin demasiadas esperanzas.
Cabrera y Sele estaban vivos en junio de 1.991. Esa fue la última vez que les vi.
¿Les viste a los dos?
A los dos. Recibí una invitación de la Asociación de Excombatientes de la División Azul. Estaban tratando de localizar a todos los antiguos divisionarios. -Sonrió al recordarlo. -También querían localizar a sus mujeres, sus novias y a sus madrinas, las chicas que les escribían cartas sin conocerles…Y bueno, perece que dieron conmigo. - Volvió a remover con la cucharilla su té sin azúcar.- Al principio no pensaba ir, pero luego me animé. -Su rostro se ensombreció-. Creo que en el fondo pensé: ¿y si no ha muerto? ¿Y si hubo una equivocación y lo encuentro allí? Otra pausa, sus ojos se humedecieron otra vez.- Que tonta, ¿verdad?
- Así que Sele y Cabrera estaban allí, supongo, en aquella reunión de veteranos. -Jaime no quería perder el hilo de la conversación.
Sí, sí. Allí estaban. Los reconocí a la primera. Y ellos a mí- apuntó con coquetería-; estaban guapísimos, como siempre. Fue una velada muy agradable, recordando viejos tiempos… Y Álvaro no, no estaba.
¿Te quedaste con sus direcciones, sus teléfonos?
Si, claro. Los dos me dieron sus tarjetas. Sería una buena idea que te pusieras en contacto con ellos. Dos perfectos caballeros, te ayudarán en todo lo que esté en su mano. Si siguen vivos.
Jaime hizo un rápido cálculo mental. Si eran todos de la misma pandilla debían tener todos la misma edad, sobre los veintipocos, así que ahora muchos de ellos no debían haber cumplido todavía los ochenta. No eran tan mayores porque entonces eran prácticamente adolescentes.
- Hay algo que sería muy importante conocer con certeza. -Jaime no sabía como rodear la pregunta-. Me sería muy útil conocer lo más exactamente posible el lugar donde murió el tío Álvaro.
María Luisa marcó en su rostro un delgada sonrisa, y le miró con profundo agradecimiento, mientras cogía entre sus dos manos la taza de té, como buscando en aquella pieza de porcelana el calor de algún recuerdo perdido. Nadie se había ocupado de “aquello” nunca, de lo más importante de su vida.
Exactamente no lo sé. -Tomó un nuevo sorbo de te-. No se ni cuando ni como, ni donde. Le dieron por desaparecido el ocho de noviembre de 1.941, en el frente de Leningrado. -Se quedó de nuevo en silencio-. Pero Sele, durante aquella velada de hace unos años, me contó otra historia. Me dijo que había caído un mes más tarde, a últimos de diciembre, durante la gran ofensiva soviética, la que rompió definitivamente el cerco de la ciudad. Cayó con los de la “Línea Intermedia”, laureada colectiva a los cincuenta hombres que defendieron aquella posición - suspiró-. Yo creo que Sele me mentía: “puedes estar orgullosa de él, cayó como un héroe, como los buenos…”, me repetía Sele. -Una lágrima comenzó a rodar por su mejilla.
Pero, ¿no estaba desaparecido desde noviembre?
Si, -dijo sonándose sin ruido la nariz, con un pequeño pañuelo de hilo que parecía haber salido de ninguna parte.-, pero Sele me enseñó la lista de los caídos en la “línea intermedia”; allí había desde luego un Valcárcel. Me dijo que aquello era normal, que en el frente todo era confuso, que si no volvías de una patrulla o de una guardia en cuarenta y ocho horas te daban por desaparecido. Y si volvías a aparecer más tarde, volvías a la lista de los vivos o no. Porque a lo mejor, el día que aparecías el que desaparecía era el escribano del cuartel.
¡Mister Aguirre, mister Aguirre!
La tía y su salón desaparecieron. Los gritos del teniente de zapadores le sacaron bruscamente de sus recuerdos y le devolvieron a su inmediata realidad. El joven oficial ruso se acercó hacia él a la carrera. Sin darse cuenta, Jaime, en su paseo sin rumbo, se había alejado mucho del grupo. Se fijó en el soldado, tenía el uniforme mimetizado prácticamente cubierto de barro, su compañía había estado trabajando duro en todas aquellas fosas hasta sacar los restos de trescientos dos cuerpos. “En las distintas exhumaciones practicadas en lo que fue en antiguo frente de Leningrado hemos localizado un total de 302 restos pertenecientes a soldados extranjeros. Estoy seguro de que habrá un buen número de españoles entre ellos”, decía casi en tono triunfal el fax que había recibido hacía casi un mes en su hotel. Lo firmaba en coronel Basili Vasiliev, al mando de aquella operación de exhumación a gran escala.
El coronel quiere verle -dijo el teniente en un inglés aceptablemente correcto con la voz entrecortada por la fatiga que le había producido la carrera.
Rusia era un país curioso; sus soldados tenían que rebuscar en los cubos de la basura su rancho a final de mes, pero podían pedir limosna en inglés. Más de medio siglo de sistema comunista les había convertido en uno de los pueblos más cultos de Europa, pero no les había preparado para la bancarrota. Sintió una punzada de lástima. Aquél país se merecía una suerte mejor.
- Voy con Usted, teniente, -le contestó Aguirre en un inglés casi nasal, casi perfecto. Un año de camarero en Cambridge después de acabar la carrera, y tres trabajando en la City en la oficina de Asesores daban para tener un inglés difícil de mejorar.
Vasiliev le recibió en las oficinas centrales del complejo polideportivo, una sucesión de moles de granito propias del mejor estilo del constructivismo soviético. Cómo el país, se caía a pedazos.
Doctor Aguirre- le sonrió jovial, muy jovial. Jaime calculaba que cada sonrisa debía valer, por las minutas que le pasaba, entre mil y mil quinientos dólares; mil quinientos si sonreía hasta enseñarle los caninos y el puente de oro de las muelas traseras-, su viaje no ha sido en balde. -Le estrechó calurosamente la mano, componiendo un gesto a medio camino entre el saludo y la enhorabuena-. Tal como le adelanté hace unas semanas tenemos confirmados un buen número de españoles entre los restos de las exhumaciones realizadas. -Hizo una pausa casi teatral antes de continuar-. Sesenta y siete españoles en total. Ya tengo los certificados de nuestros médicos forenses.
Vasiliev se dirigía a él siempre en castellano. Como cuando se lo presentó el cónsul español en el hall del hotel, hacía escasamente cuarenta y ocho horas: “lo aprendí en Cuba. Estuve ocho años destinado allí, en la base de radares de Pino Alto, en Varadero. Un paraíso amigo mío- le había contado sin pedirle él que se lo contara-. Mi estación tenía que haber guiado los misiles a los Estados Unidos, ¿sabe?- le dijo más tarde con mucho vodka encima, guiñándole un ojo- y lo hubiéramos hecho, le hubiéramos metido un cohete por el culo a ese niñato de Kennedy…disculpe, quizás…
Tranquilícese- respondió Aguirre-. Siempre he votado a los republicanos.
Vasiliev era un tipo dicharachero y abierto, coronel en la reserva, ese peculiar escalón de la reserva del ejército ruso que le daba derecho a vestir el uniforme cuando le venía en gana, a utilizar coche oficial siempre, y en algunos cuarteles, como aquél de San Petesburgo, a mandar más y mejor que el propio presidente de la Federación.
Dígame, ¿le ha gustado nuestra ciudad? Lenin… eh, San Petesburgo es una ciudad preciosa. - Vasile, tenía bien cumplidos los 70.- Soy un perro demasiado viejo para aprender trucos nuevos- le había confesado esa misma noche, a las tres de la madrugada, después de lo de los misiles y de que entre los dos hubieran acabado probablemente con las reservas de Stocklinaya del bar del hotel.
Leningrado; cada vez que se refería a su ciudad siempre empezaba por Lenin..., para acabar diciendo San Petesburgo, lo políticamente correcto. Era curioso, todo el grupo de españoles que estaban allí para reclamar los restos de sus familiares caídos en Rusia llamaban a la ciudad por su antiguo nombre revolucionario: Leningrado. Y entre ellos, entre bromas y veras, se tildaban de “expedicionarios”. Aguirre tenía la sensación de que todos habían traspasado una ventana en el tiempo volviendo a Leningrado. Llegaron hacía un mes, cuando Vasiliev confirmó las primeras exhumaciones de “soldados extranjeros”. Estaban allí porque sus testimonios podían ayudar a identificar sus restos. Recordaba las largas reuniones con aquellos familiares y el equipo de Vasiliev. Las lecturas de las cartas de los soldados, sus viejas fotografías que ellos conservaban casi como relicarios. El respetuoso silencio con el que aquellos jóvenes oficiales rusos escuchaban los relatos de los familiares de aquellos soldados que habían luchado contra sus padres, sus tíos o sus abuelos. Jaime también recordaba haber visto muchos ojos húmedos, muchas voces enronquecer repentinamente y alguna lágrima furtiva. Pero ahora también estaba seguro de que aquella gente estaba allí para buscar algo más que un montón de huesos de alguien que, en la mayoría de los casos ni conocieron. Estaban allí para encontrar un resto de su pasado, una página en blanco de una historia incompleta, como la tapa de un libro ya leído, pero que se resiste a cerrarse. Para todos ellos, como para Vasiliev, aquella ciudad era Leningrado, no podía ser San Petesburgo.
Era fácil negociar con el coronel siempre que no discutieras el precio, siempre un cuarenta y tres por ciento más que él añadía al importe de las facturas que giraba oficialmente el ejército ruso. Manteniendo esas sencillas normas operativas, Basili Vasiliev podía considerarse un tipo de fiar. Además el viejo coronel tenía un beneficio añadido: había luchado en Leningrado.
Yo tenía dieciocho años. -Vasiliev llevaba media botella de vodka él solito, pero todavía hablaba con extraordinaria claridad y lucidez-. Vivía con mi familia, humildes campesinos, en Mogorov, a pocos kilómetros de aquí, hacia el sur. Debió de ser a finales de junio o principios de julio del cuarenta y uno cuando comenzaron a cruzar el pueblo las vanguardias de nuestro ejército que huía en desbandada de los nazis. Un comisario político se acercó con un pelotón a nuestra isba. Obligó a mis tres hermanos a meterse en un camión y a mi padre le preguntó mi edad.
Dieciséis- mintió el asustado padre.
Está muy alto para dieciséis años -comentó seco el comisario, mientras observaba la humilde isba y los campos de labor, con el trigo rubio graneando, casi maduro.
Si se lo lleva a él también, ¿quién me ayudará a recoger la cosecha?- dijo el campesino gastando la última reserva de valor que le quedaba.
El comisario se quedó pensativo. Se volvió hacia el camión donde estaban los jóvenes campesinos y otros soldados.
- ¡Camarada sargento!- gritó golpeando con su fusta en la caña de sus botas de montar.
¡Sí, Camarada Comisario!
¡Coja a los tres nuevos reclutas, que quemen la casa y los campos, ahora!- Se volvió hacia la pareja de campesinos sin esperar a que su orden comenzara a ejecutarse, con la seguridad del que sabe que sus órdenes no se discuten-. Ya no tienen porque preocuparse de la cosecha. Me llevo al chico.
Stalin lo llamaba “tierra quemada”- prosiguió Vasiliev con toda naturalidad, sin un atisbo de rencor o amargura-. Había que quemarlo todo a nuestras espaldas, el enemigo no podía encontrar nada útil en su avance. Ni casas, ni fábricas, ni cosechas que sirvieran de alimentos. Fue duro, amigo mío, pero eso ayudó a comenzar a ganar la guerra, cuando llegó el primer invierno.
Y sus hermanos, ¿estuvieron con usted en el cerco de Leningrado?
No, los mandaron a Stalingrado. No volví a verlos, ni a mis padres tampoco.- Ahora su rostro pareció ensombrecerse-. Triste ¿no? Rusia es un país lleno de historias tristes. -Apuró otro pequeño tubo helado de vodka. Durante algunos segundos su acuosa mirada pareció perderse en algún lugar inconcreto de la barra del bar. Luego sonrió repentinamente y miró a Jaime.- Pero usted no tiene que preocuparse. ¡El coronel Vasiliev encontrará a su tío!- dijo transformando definitivamente su aparente tristeza en un repentino acceso de euforia, al tiempo que chocaba ruidosamente su tubo de vodka con el de su cliente español.
Tenía que encontrarlo. En la operación de rescate llevaba gastados 250.000 dólares. “No hay límite- recordaba que le había dicho Gaspar González Palenzuela-, pero traiga a casa a esos chicos, llevan demasiado tiempo en Rusia, y aquello ya acabó”. Esas habían sido, exactamente, las palabras del capitán Sele. Le había conocido un mes después de su entrevista con la tía María Luisa, en enero de ese mismo año. Palenzuela le había citado en el hotel Palace de Madrid, después de una breve conversación telefónica.
Si viene usted de parte de Doña María Luisa Tamayo es usted de toda confianza- le dijo.
Se encontró con el veterano divisionario en la impresionante rotonda del hotel, bañada por la luz del sol del mediodía que se filtraba tamizada en suaves colores por la enorme vidriera que hacía las veces de claraboya en el techo. Estaba allí, cómodamente recostado en uno de los mullidos sofás, leyendo el Financial Times, a su lado el Marca, y en la mesita un Vichy con hielo y una rodajita de limón. Tenía setenta y cuatro años, y su aspecto era todavía impresionante. No era muy alto, un metro setenta y cinco quizá, prácticamente calvo, el cabello que le quedaba muy blanco cortado a cepillo. Lucía un bronceado perfecto, arrugas en el rostro de toda una vida a la intemperie: la estampa perfecta del viejo soldado al que la fortuna, después de la milicia, le había tratado muy bien.
Así que es usted el sobrino de Álvaro. -Le miró de arriba abajo, por encima de sus gafas de lectura-. Pues siéntese joven. Ahí de pie hace usted un blanco perfecto, y yo no pienso levantarme.
Palenzuela tenía un peculiar sentido del humor. Estrechó la mano de Aguirre comprobando la resistencia de sus tendones y huesos. Jaime bloqueó su creciente sensación de incomodidad al notar su mirada. Sabía que Palenzuela le estaba escaneando en delgados filetes. Conocía esa sensación, conocía a los tipos como él. Eran de aquellos que en unos segundos sacaban conclusiones definitivas sobre su interlocutor. Apto o no apto, le había pasado otras veces en las grandes reuniones con inversores. Entonces ya supo, sin que nadie se lo hubiera advertido, que el ex capitán Gaspar González Palenzuela, era rico, muy rico. Los dos se dieron la calificación de “apto”.
- ¿Quiere usted tomar algo? Yo tengo que estar con la mariconada ésta del Vichy. -Jaime le miró con simpatía-. Mi mujer está todavía en la habitación, y si huele a alcohol…
No, un Vichy estará bien.
Hablaron, hablaron y hablaron desde las doce de la mañana hasta la hora del almuerzo. El tiempo había pasado volando. Palenzuela consultó su Rolex de oro sin ningún disimulo.
Se nos ha hecho tarde, ¿unos huevos estrellados en Lucio?
Pero, su mujer…
Que termine de arrasar Serrano, o El Corte Inglés. Le encanta comprar. ¿Está usted casado, joven?
Gaspar González Palenzuela había hecho la campaña de Rusia con Álvaro Arenas de Valcárcel.
Alvarito, menudo punto, Alvarito el Guapo le llamaban en la compañía. No se lo digas a tu tía, pero yo creo que por lo menos se tiró a un par de panenkas en Rusia le dijo en confidencia.
Sele también estaba la noche de Chicote; Sele, el general Cabrera y Alvaro, los tres mosqueteros.
¡Hay que devolverles la visita a los rusos!- había exclamado solemne Cabrera en la atestada barra, entre los aplausos de toda la clientela, y los tres amigos sellaron un pacto de honor y de sangre aquella misma noche.
Palenzuela había hecho toda la campaña de Rusia, primero con la División Azul en el frente de Leningrado. Cuando fueron desmovilizados en el 43, se alistó como voluntario en la Legión Azul y siguió luchando contra los rusos en el frente del este. En el cuarenta y cuatro, cuando los últimos efectivos de la Legión fueron repatriados él se reenganchó en las SS.
Yo nunca dejo las cosas a medias, pollo; si empiezo algo lo termino -le había dicho a modo de sucinta explicación-. Yo serví en la 101 Compañía de Voluntarios Españoles de las SS -continuó-. Yo defendí Berlín, ¿sabe? Aquello si que fue duro, allí estuvieron a punto de darme la boleta varias veces. “De ésta no sales Palenzuela”, me decía todos los días. Salí, claro, como cuando lo de la Línea Intermedia; de chiripa, pero salí. Mi mujer siempre dice que soy un tipo con suerte. ¡Como están los huevos ¿eh?!- dijo mientras hacía un barquito en un resto de yema brillante y anaranjada.
Lucio que en ese momento saludaba a un joven torero en la mesa de al lado, se volvió al reconocer la voz del veterano soldado. El antiguo divisionario se levantó y se abrazaron como hacen los viejos amigos de verdad.
¡Que huevos tienes, Lucio! ¡Si es que no te tenías que morir!
El que tenía que haber muerto, con toda probabilidad, si no le hubiera dado un quiebro al destino, era González Palenzuela en Berlín. Para ser exactos, concretamente el 30 de abril de 1.945, curiosamente el mismo día que Hitler se voló la tapa de los sesos en los sótanos de su refugio. Ese día, Palenzuela estaba defendiendo una barricada en el Puente de Kronprinzen, a unos siete kilómetros del búnker de la Cancillería. Le anunciaron la visita del Coronel Hesse, de la Volkssturm, la milicia popular, un anciano de setenta y seis años que había hecho la guerra del Catorce.
Berlín- continuó Sele con su relato del asedio y caída de la ciudad-. Al final la defendieron viejos y niños. Ya no quedaban jóvenes, estaban muertos o prisioneros. Alemania era ya una madre con las tetas secas -apuntó, mientras apuraba una copa de excelente Bagordi Gran Reserva con el que estaban regando el almuerzo.
¿Otra botella, señor Palenzuela?- les interrumpió el maître.
Si hombre, traiga otra. -Un camarero les retiró solícito la botella vacía.- Vaya, me he perdido, ¿qué le estaba contando?
Su barricada en Berlín, la visita de aquel oficial….
Cerró los ojos tratando de recordar...
El destartalado Kübelwagen sin capota del coronel Hesse sorteó los últimos escombros y se detuvo en una de las calles del Barrio Diplomático, cerca del puente. Su asistente y conductor, un jubilado de banca, consultó el arrugado plano que le habían entregado en el cuartel general, tratando de orientarse en aquel océano humeante de ennegrecidos esqueletos de edificios. Se bajó del vehículo, y ayudó a descender al coronel.
¡La barricada del Kronprinzen tiene que estar aquí, a la vuelta de esa esquina, mi coronel! -gritó el conductor-. En las últimas semanas todo el mundo hablaba a gritos en Berlín, era la única forma de hacerse entender por encima del estruendo de las continuas explosiones.
Sele les vio venir por el final de la calle, agachados y pegados a la pared. Masculló una maldición.
¡Eh, vosotros dos, despegaos de la pared y continuad vuestro paseo por el centro, si queréis llegar vivos a algún sitio!
Los dos hombres obedecieron. Palenzuela pensó que le venían otro par de voluntarios bisoños, de esos que se pegan como lapas a las paredes en cuanto escuchan los primeros disparos, creyendo que así están a cubierto. Nadie se tomaba la molestia de explicares que las paredes de las calles, bajo fuego intenso, crean un efecto de embudo y las balas perdidas vienen pegadas a los muros arrasando todo a su paso. Cuando llegaron a la barricada, el coronel Hesse solicitó la presencia del oficial al mando de la posición.
Yo soy el oficial al mando, mi coronel -se cuadró Palenzuela.
Usted no es alemán, ¿verdad?- preguntó Hesse, que había distinguido rápidamente su acento extranjero.
No mi coronel, soy español.
Vaya, español… Vengo de la barricada de la Königsplatz. Allí la mayoría son franceses. Es curioso, cada vez resulta más difícil encontrar alemanes en Berlín… -El estruendo de una explosión muy cercana hizo que todos se agachasen, mientras el muro de la fachada de un edificio próximo se venía abajo. -Aunque si esto sigue así- continuó el anciano reincorporándose-, será difícil encontrar en Berlín ni cucarachas. Cucarachas vivas, quiero decir.
La cosa no está tan mal -mintió a sabiendas que el coronel sabía que mentía-. Resistiremos, señor.
Ya. ¿Puede reunir a sus hombres, capitán? Me gustaría decirles unas palabras.
Por supuesto, mi coronel.- Se cuadró con un taconazo y se volvió buscando con la mirada al sargento Lasienko. Dimitri Lasienko era ucraniano, un Vlasovtsy, como se conocía a todos los renegados que formaban parte de la 1ª División del Ejercito Ruso de Liberación, al mando del general Vlasov.
Vlasov había conservado el mismo grado que tenía en el Ejército Rojo, después de pasarse a los alemanes. La traición del general soviético, que cambió de bandera después de caer prisionero y de un concienzudo trabajo de los servicios de inteligencia alemanes, fue en su día una gran baza de la propaganda de Hitler. Alemania quería demostrar al mundo que aquélla era una guerra de liberación de los pueblos eslavos sometidos por la tiranía del comunismo. Vlasov y su ejército de renegados soviéticos eran la mejor prueba de ello.
Sin embargo, meses después de aquel golpe de efecto propagandístico, el sueño de Vlasov y sus hombres se había derrumbado. Su unidad venía batiéndose en retirada desde las puertas de Moscú.
Sele había conocido al sargento Lasienko horas después de que los soviéticos hubieran roto definitivamente el frente del Oder, la última esperanza para Berlín. Se conocieron en un cruce de carreteras donde se habían ido agrupando, en una pausa de aquella caótica retirada, algunos restos de todas las unidades supervivientes.
- Estoy cansado de huir y ser derrotado, le había confesado a Sele mientras compartían una lata de arenque ahumado, rapiñado en una granja abandonada. Los dos, sentados en el cráter de una bomba, confiados en estar seguros por aquella estúpida lógica del soldado que dice que “donde ha caído ya una bomba no puede caer otra”.
Sele todavía recordaba, mientras conocía a Lasienko con frases cortas, aquel cosquilleo que le recorría las nalgas y la espina dorsal al vibrar la tierra. Aquel leve, pero ininterrumpido movimiento sísmico, lo producía el fuego de las baterías soviéticas. ¿Cuántos cañones tenían los rusos? ¿Cuántas toneladas de explosivos llevaban arrojando sobre ellos durante días, incansablemente? En ese mismo momento seguían batiendo, de forma inmisericorde, las posiciones ya abandonadas por el ejercito alemán. Y el suelo temblaba, como recordándoles el poder ominoso de sus enemigos, anunciándoles su derrota final e infinita.
“Berlín esta bien -le había dicho Lasienko cuando Sele le comentó hacia donde se dirigía con los restos de su diezmada unidad-. Ya no podremos retroceder mas allá de Berlín, ¿verdad, capitán?, Berlín esta bien entonces”, sentenció con aquel fatalismo tan coherente que tenían los eslavos.
Mientras Sele buscaba al suboficial en la barricada, su mente se adelantó al discurso que sin duda iba a lanzarles el anciano coronel: “Ni un paso atrás; hay que defender Berlín a sangre y fuego; Berlín será la tumba del comunismo…”. Se preguntó si uno sólo de los defensores de la ciudad sitiada creía todavía en aquello.
Se sorprendió al escucharse reír. Nadie creía ya en nada. Probablemente ni Hitler, enterrado en su bunker, creía ya en sus propias mentiras.
Todos luchaban en aquellos días por los mismos motivos que Lasienko.
Habían llegado a su estación término; “non plus ultra”, se acabó.
Luchaban con la fuerza y la determinación del que no tiene nada que perder, por el prurito de llegar al día siguiente, sin ningún plan para entonces.
Sólo esperaban su final estoicamente, con la ansiedad del actor que espera que baje el telón en una representación en la que no acaba de encajar en su papel.
Palenzuela quería descansar, cerrar los ojos, dormir. Olvidar.
Apareció Lasienko.
Sargento, reúna a toda la unidad, salvo los puestos de vigía. Nos van a recomendar a todos para la Cruz de Hierro -le dijo con sorna.
El ucraniano esbozó una media sonrisa y saludó militarmente -nunca le había visto saludar a la romana- y se dio media vuelta para empezar a reunir a sus hombres. En ese momento Sele oyó el breve silbido del obús. La parábola perfecta. Supo que les venía encima, pero no tuvo miedo. Luego fue todo muy rápido, un fogonazo de luz muy breve, el estampido seco, la extraña lejanía. ¿Seria así la muerte? Recordaba la oscuridad. Sin sensación de dolor, sin sensaciones físicas, sin tiempo.
Cuando Palenzuela se incorporó entre los escombros, dio unos pasos desorientado entre la espesa nube de polvo y humo acre que había levantado la explosión. Le zumbaban los oídos. Tropezó con algo. Era el Coronel Hesse que trataba infructuosamente de levantarse. Le faltaba el apoyo de su brazo izquierdo: un pedazo de metralla se lo había arrancado de cuajo por debajo del hombro.
¡Hay que evacuarlo, rápido! -indicó un cabo barbilampiño.
Palenzuela hizo un torniquete como pudo en la herida y se cargó al coronel a los hombros, como un fardo. Hesse miraba a todos los lados con los ojos muy abiertos, sin articular palabra, estaba en estado de shock.
El asistente del coronel ha muerto. Tiene que llevárselo, mi capitán. Hay un hospital de campaña en el este, en Zehlendorf. -El joven cabo parecía hacerse cargo rápidamente de la situación.
Pero soy el oficial al mando de ésta posición. ¿Dónde está Lasienko? -Palenzuela se empezó a sentir repentinamente cansado.
Lasienko también ha muerto, señor. Yo le relevaré en el mando. Pero hay que sacar al coronel de aquí o morirá. Además, usted es el único que sabe conducir.
Se fijó en los enrojecidos ojos del muchacho; no debía de tener más de dieciséis años. Miró a los demás soldados, apenas una docena, que se habían agrupado a su alrededor. Sus caras tiznadas, los uniformes de las Juventudes Hitlerianas sucios y desgarrados. Allí estaban todos, defendiendo desde hacía cuatro días y cuatro noches aquella barricada de los salvajes ataques de la infantería soviética y de sus temibles T-34, cuyos motores diesel ya rugían al fondo de la calle. Contó sin querer los lanzacohetes anticarro que aquellos muchachos llevaban al hombro: cuatro. No quiso contar las granadas que colgaban de sus correajes. Ninguno de ellos tenía más de dieciséis años, y todos iban a morir allí ese día. Sele tragó saliva, aquella saliva que se le agarraba a la garganta, llena de polvo de ladrillo, a la que se había acostumbrado ya desde hacía demasiado tiempo.
- ¿Dónde está el coche del coronel?
El cabo señaló por encima del montículo de escombros. Condujo el todoterreno atravesando Berlín en llamas, salpicado de grandes columnas de humo negro que se elevaban casi rectas en un cielo gris plomizo, sin sol. Condujo dejando a un lado y a otro barricadas abandonadas, o con combatientes exhaustos que le miraban sin verle. Condujo esquivando cráteres, cascotes y chasis de vehículos ardiendo. Vio decenas de civiles que deambulaban de un lado para otro, perdidos en una ciudad perdida. Vio como soldados se desprendían de sus uniformes y desvestían cadáveres de ciudadanos berlineses…Llegó al distrito de Zehlendorf. Lo que debía de haber sido el edificio que albergaba el hospital de campaña había desaparecido bajo las bombas de los aliados esa misma mañana. O al menos eso le había dicho una señora que parecía pasear con un carrito de bebé vacío. La zona estaba acordonada por la Feldsgendarmerie. Palenzuela miró de reojo al asiento de atrás. El coronel parecía dormido.
Mueva su vehículo capitán. No puede permanecer parado aquí -le dijo el oficial de policía.
Traigo un herido.
El gendarme miró primero al cadáver del oficial y luego le miró a él. Era la mirada de un hombre con un cansancio infinito. Si Alemania tuviese una mirada en ese momento, sería la de aquél policía en aquella calle de Berlín.
Vaya hacia el oeste, por allí llegaran los americanos. Y quítese ese uniforme -le dijo mientras fijaba su mirada en la insignia de la calavera y las tibias que llevaba en el cuello de su tres cuartos mimetizado.
Milagrosamente pudo salir de Berlín y condujo, como le había dicho el oficial de policía, siempre hacia el oeste. Hasta que se quedó sin gasolina, en aquél solitario camino. Dejó caer la cabeza sobre el volante y cerró los ojos, sólo unos segundos, para pensar, para reflexionar. Se quedó profundamente dormido.
Sintió unos golpecitos en el hombro. Reconoció rápidamente el objeto que le golpeaba como el cañón de un arma. Así que levantó muy despacio la cabeza y vio la cara de susto de aquél muchacho pecoso.