SOMBRAS HAMBRIENTAS
Jacobo Sánchez-Feijóo
© 2010 Jacobo Sánchez-Feijóo
Smashwords Edition
Ilustración cubierta: Benjamín Escalonilla & CrowEpigraph
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ISBN: 978-84-614-5395-5
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ÍNDICE
II: LA SOCIEDAD DE LAS CLOACAS
IV: VAN HELSING EN LA MADRIGUERA
VII: ACTO FINAL Y TELÓN. LA ETERNIDAD DE LOS TIEMPOS
COROLARIO: MI APORTACIÓN A LA TEORÍA DE TORGENSSEN
A mi Archiamiga Adela por haberme animado siempre a escribir algo. Es el soma que alimenta mi optimismo. Cuando falte, me marchitaré.
A mi Archiamiga Judit por lo mismo, por ser una correctora muy observadora y hacer que un cuento creciese hasta devenir en algo maduro. La admiro tanto como la quiero.
A mis sufridos Jesús, Stefan y Ernesto por ser protagonistas involuntarios en este relato. Aún no comprendo cómo me soportan.
Por supuesto, a Cuervo por ese arte desinteresado que siempre me ha gustado tanto y aún no descubierto. Aporta la fuerza gráfica que necesitaba esta obra.
Sin dudarlo, a mi hermana Paula como la mejor crítica del Universo conocido.
Y por supuesto, me dedico este relato a mí, que es algo que no he visto nunca a nadie hacer, aunque sólo sea para que la crítica me lacere con sus palabras emponzoñadas. Veamos la reacción… hasta pudiese ser divertido…
Leí tu cuaderno ayer. Muy suspicaz.
Tantos años siendo humo.
Tantos años viviendo en las esquinas de la nada.
Tantos años, tantos planes, tantas precauciones.
Y ahora, llegas tú.
Olvídate de nosotros.
No estamos aquí.
http://adelanoname.blogspot.com/
I: EL ORIGEN DE LAS ESPECIES
Toda especie animal, si no evoluciona, desaparece. Esas son las normas de la Naturaleza, de toda naturaleza, de cualquier naturaleza.
En el viejo folclore rumano, búlgaro, húngaro y sus áreas de influencia, los vampiros tenían muchas debilidades, varias bastante conocidas. A veces, ardides tan sencillos como depositar una cuba de granos de trigo sobre su tumba era suficiente para que no pudieran resistir la tentación de contarlos y les sorprendiese la letal luz solar que les haría regresar a sus madrigueras siempre que reaccionasen con rapidez. Otras veces una simple rosa silvestre los debilitaría en extremo. O los símbolos religiosos, algo que era accesible para cualquiera.
Pero de eso, ya hace mucho. Poco a poco, los seres humanos aprendieron a defenderse de sus depredadores, y con grandes esfuerzos fueron extinguiéndolos. Si a un lobo se le descerrajan dos cargas de postas en el hocico, a un vampiro se le clava en su tumba y se le corta la cabeza. Actualmente aún se leen noticias de pueblos rumanos como Marotinu de Sus en que los familiares de alguien que consideraron vampiro en vida se beben sus cenizas una vez muerto e incinerado.
Pero eso no pasa de ser meras supersticiones. Ya no estamos hablando de sabio folclore ancestral avalado por cientos de años de experiencia. Esos vampiros, los Ancianos, los necrófagos que devoraban cadáveres después de secar sus venas, ya no existen. Se extinguieron. Su recuerdo es sólo un rumor de lluvia.
A partir del radiante Siglo de las Luces empezaron a descubrirse nuevas manifestaciones en los escritos de los eruditos como Calmet o el Padre Feijoo. Hacía siglos, desde el Renacimiento, que nadie recordaba el tema. Pero nuevas plagas aparecieron por aquellas tierras. Muchas llegaron incluso a Prusia. La gente fallecía en inusuales situaciones, del todo inexplicables, con signos harto extraños de muerte. Se pudieron ver nítidamente esos síntomas en Huebner o Peter Plogojowitz. La memoria popular, el “viejo espíritu del pueblo” de Savigny, revolvió en lo más profundo de sus miedos y desempolvó olvidados rituales. Volvieron a abrirse tumbas, a estacarse cuerpos, a depositarse rosas o grano sobre las lápidas. Se exhumaron cadáveres, se quemaron en grotescas pantomimas. La religión se cebó en su lucha contra el Maligno y sus vástagos, pruebas palpables de que el Mal existía exactamente como ellos lo predicaban y no como los humanos lo entendían. La Razón aún tenía fantasmas que podían devorarla, fósiles retornados del Viejo Mundo. Una sola noche de silencio y oscuridad fulminaba los principios del más firme de los racionalistas y le hacía temblar y estremecerse hasta los tuétanos como un cachorrillo.
Pero las plagas no cesaron.
Una nueva clase de depredadores se había adaptado y sobrevivido a aquello que en el pasado le hacía daño, y el espanto que transmitía y animaba la esencia de su ser, le permitió multiplicarse. Por suerte, los símbolos religiosos, la quema pública de cadáveres, los ajos y los perros negros que ladraban a tumbas frescas aún dieron buen resultado. De esta manera, con tal lucha encubierta, el ser humano llegó a la decimonovena centuria.
Casi ciento cincuenta años de silencio pueden hacer olvidar a la especie humana la mayor parte de su pasado, pero algo empezó a sonar extraño. Sheridan Le Fanu, Polidori, Bram Stoker y otros dieron las primeras voces nerviosas de alarma. Los vampiros ya no eran cadáveres vivientes que devoraban ganado, ni siquiera portadores de plagas duros de exterminar. Las últimas noticias constatadas decían que eran elegantes, que se confundían con la sociedad adinerada, que viajaban hasta la mismísima Londres ¡el corazón de la modernidad, la tecnología y el progreso!, que podían soportar la luz del día, y que sabían emplear nuestras máquinas modernas mientras se valían de sus viejos aliados los lobos, las ratas, las sombras, los murciélagos, la niebla y el terror. Habían superado muchas cosas que les debilitaban y habían aguzado su ingenio. Eran más cultos, más inteligentes, más refinados y perversos. Más peligrosos. Alimañas con un óptimo grado de sofisticación. Habían abandonado su pulso contra el mundo para utilizarlo a su favor y conveniencia. Habían husmeado la forma humana de actuar y de esa forma averiguaron que la astucia consistía en mezclarse y confundirse, no en enfrentarse. Sólo así, se combatía con ventaja.
Una vez más, pero con mucho más esfuerzo, se acabó con ellos. Los humanos, sus presas, empezábamos a estar agotados con esa lucha sempiterna. Ya nos desgastaba. Los símbolos religiosos ya no funcionaban. La quema de cadáveres ya no era viable socialmente. Por suerte, algunos perros aún los detectaban. Pero fieles al optimismo propio de nuestra especie, consideramos que el problema al fin se había solucionado. Para siempre.
Por supuesto que no fue así.
A finales del siglo XX los infestos supervivientes volvieron a reproducirse y transmitieron sus conocimientos y nuevos dones a sus vástagos. Podían habitar las megaurbes, ir en metro, desempeñar puestos de trabajo, acechar en las alcantarillas. Se agruparon en clanes fieles a unas características, se organizaron. Intuyeron.
Como un visionario, Mark Rein-Hagen hizo público este universo en el libro “Vampiro: la mascarada” pero el mundo moderno, acelerado, acerado y frío, ya había olvidado esta amenaza. Se le consideró simplemente un conjunto de reglas para jugar al rol y no un tratado de biología, y sus descripciones de saltos sobrehumanos, sentidos hiperdesarrollados y capacidad de simular que ingerían comida, no fue valorado más que como imaginación aplicada a un juego. El problema empeoró cuando ese “manual de instrucciones para jugar al rol” empezó a venderse profusamente. La industria comercial ya no estaba interesada en ver esos conocimientos de forma distinta a una diversión. No hubiese sido lucrativo de ningún modo.
Y mientras tanto, la policía informa cada día de crímenes sin resolver y de gente que nunca vuelve a aparecer. El 26 de Marzo del año 2009, un ministro del gobierno español reconocía 15.000 personas dadas por desaparecidas de las que los cuerpos de seguridad, impotentes, admitían no tener ni un solo rastro. Ni uno solo.
II: LA SOCIEDAD DE LAS CLOACAS
Me llamo… dejémoslo en J., como solían hacer los literatos románticos, soy abogado y me gusta salir de noche a tomar unas cervezas con los amigos. Hace ya muchos años, como forma de rebeldía ante mi vida estirada, aburrida, encorsetada en los balances, leyes y corbatas, empecé a acercarme a la pseudo-cultura gótica. Creo que todos la conocéis: viste de negro con simbología de muerte y ocultista, es liberal, es existencialista, es reservada. Tiene predilección por la temática de terror en el cine y la literatura (o en cualquiera de sus manifestaciones) de la cual es amplia conocedora, y pretende ser mascarón de proa de la Tragedia. Adora el expresionismo. No negaré sus formas un poco exhibicionistas, y bastante narcisas, pero generalmente se ha mostrado acogedora y tolerante con cualquiera que se interese por ella.