LA CIUDAD DE LAS CIGARRAS
Miren Guitiérrez
Published by Literaturas Comunicación, S.L. at Smashwords
© 2010 Miren Gutiérrez Almazor
Ilustración cubierta: Benjamín Escalonilla
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
SPAIN
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editorial@literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-613-2344-9
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ÍNDICE
XVII. Una cita flaubertiana y otra proustiana
XVIII. Unas referencias impecables
XIX. El controvertido gurú del offshore
XX. Wunderkind busca inversionistas
XXVII Armas peladas en la Balboa
XXXII. Volutas de lindísimas amapolas
XXXVI. Guerra de declaraciones
I. Noticias del frente
Recuerdo bien el día anterior a que todo comenzara, como esos sueños lúcidos que luego no sabes si ocurrieron o no.
Había llegado a la redacción hacia las diez y no tenía ninguna gana de trabajar. Chucha, qué calor pegajoso fuera y dentro qué frío. Me puse encima de los hombros el poncho boliviano de alpaca que me regaló mi peripatética suegra. Lo tengo en la oficina para no congelarme; con las puntas de los dedos no sirve, pero algo es algo.
Miré mi casilla de correo. Un pocotón de mensajes inservibles: «Lic. Carmelina Morel, manténgase en forma y defiéndase», «Doridis: Nueva mercancía al por mayor y por menor», «Esme Estética ¡incremente su tamaño!» Qué tamaño ni tamaño. Ninguna carta por snail mail; nada de la entrevista que había solicitado dos días antes a la comisión de valores de Estados Unidos; nada de los datos que le había pedido a Romi; ni siquiera un buen bochinche.
Hice un par de llamadas de teléfono inútiles. Había agotado todos los pretextos laborales e iba a levantarme para ir al frente a tomar un café. Ahora me tomo ese brebaje inmundo y un derretido de queso con algo de tranquilidad; después comienzo a trabajar, me dije. Cuando empiecen a llegar los buitres con sus entrevistas y artículos mal digeridos, tendré que atarme de verdad a la silla.
El frente no es la primera fila de batalla, sino el supermercado The King, que está cruzando la 12 de Octubre y tiene una cafeterucha con un teléfono de pago que nos sirve de salón de reuniones para entrevistas clandestinas, centro de comunicaciones para llamadas subrepticias y depósito de suministros cuando aprieta el hambre en las horas que preceden al cierre. Hay cierres que me han costado tres panetones gigantes, cajas enteras de galletas. Los buitres están siempre hambrientos y no hacen ascos a nada.
Me desprendía del poncho nido de alergias con la perspectiva del café cuando sonó el teléfono. Era la línea interna; Deidamia, la recepcionista. Que había un señor que quería verme; no, no tenía una cita; decía que era urgente.
Un espontáneo. Casi nadie que pasa por acá avisa antes y siempre se trata de asuntos como una maniobra del municipio de Vallerriquito para anular un contrato de construcción y dárselo a la compañía del hijo del alcalde, o una coima que cepilló un policía de tráfico. Sin duda escandaloso, pero ¿da para una nota? En todo caso, en periodismo hay que escuchar a todo el mundo, puede haber una perla escondida en la ostra más fea y rugosa. ¿No era así como Bernstein y Woodward dieron con Garganta Profunda y tumbaron a Nixon? Pasarán más de mil años antes de que alguien derribe a Calixto «el Buey» Pérez Ballesteros, y no sólo porque parezca un luchador de sumo. Pero esperanzas siempre quedan…
—Que pase a la sala de reuniones. Lo recibo sólo porque es urgente, pero no tengo mucho tiempo, ¿okay?
Lo hice esperar un rato, no se fuera a pensar que estamos mano sobre mano…
Cuando entré en la sala, un tipo de unos cincuenta, franelas de enterrador y sortija obispal estaba inclinado encima del periódico de ayer, que yacía deslomado sobre la mesa. No parecía el ciudadano indignado de costumbre.
Me aproximé disimulando la curiosidad y esperé a que se diera por informado de mi presencia. Levantó su calva parsimoniosa de la sección «Ellas», desde la que sonreía Pitita Gálvez de Obaldía, una de nuestras connotadas críticas culinarias, y dijo con un ligero acento cubano:
—Tengo información para usted.
Ya me puedo olvidar del café, pensé… Hizo una pausa durante la que repasé algunas posibilidades. Tal vez compró una casa en Albrook y le engañaron. Pero tiene una pinta demasiado señorial para ser uno de esos nostálgicos zonians de chancletas, pantalón corto y guayabera que están adquiriendo viviendas en las antiguas bases. Quizás sea un abogado que representa a una empresa que licitaba para algo, y como no pagó las suficientes coimas ni se alió con los personajes oportunos viene a denunciar el proceso…
—Necesito que garantice que mi nombre no va a salir —interrumpió mis cálculos—. Además, acá preferiría no hablar. ¿Puede acompañarme a un lugar?
Hablaba pensando las palabras, redondeando las vocales en el paladar. La boca se le curvaba en una mueca que parecía una sonrisa, pero los ojos no bromeaban.
—¿Ahora mismo?
—No está grabando, ¿no?
—No, no lo grabo… Pero así, sin previo aviso, no puedo irme con usted. Estoy apuradísima, en medio del trabajo, tengo una reunión dentro de una hora…
—Cuándo, pues —no preguntaba, exigía.
—Mañana, después del cierre, hacia las ocho de la noche.
—Okay. Estoy en el Miramar, habitación 514.
—¿Y su nombre?
—Pregunte por el Padre Brown —dijo tendiéndome la mano, como si el que tuviera prisa fuera él.
Al dársela, se me clavó el envés de su anillo en la palma.
II. El candor del Padre Brown
Cuando desapareció el visitante, pasé por mi oficina a buscar mi cartera. Al fin y al cabo, iría al frente. Algún buitre había regresado con su botín informativo y rumiaba delante de la pantalla parpadeante de la computadora.
—Ahora vuelvo —dije a la generalidad sin esperar una respuesta.
Llamé a Romi mientras esperaba que cambiara la luz del semáforo.
—¿Andas muy ocupado? ¿Puedes tomar el mando un rato, please? Dejé varias páginas listas, verás en el dummy cómo están distribuidas las notas… En la portada ya sabes qué va, pero llego de sobra. Regreso en un ratillo…
—Sí, sí, la última vez que dijiste la palabra ratillo pasaron tres horas…
—Romi, te necesito dizque ya.
—Bueh, voy p´allá. Tú te lo pierdes. Estaba por hablar con un pelao de Autofin que dice que tiene documentos que podrían probar cómo armaron la estafa. Ha estado de lo más tof conseguirlo. Al parecer lo pusieron en veinte uñas y le metieron los pelos p´adentro sin contemplaciones, y ahora quiere poner las cosas en blanco y negro…
—Romi, ya verás al tipo en otra ocasión. Si quiere hablar, hablará también mañana. Ahora te necesito.
En el frente me esperaba ese olor de producto mal refrigerado, detergente y tamal; la insoportable musiquilla de fondo; una luz lejía que se te clava en los huesos de la cabeza. Tomé una bolsa de platanitos, pagué y me atrincheré en el teléfono de la entrada con un puñado de balboas en la mano.
Telefoneé a algunas fuentes abogadiles y policíacas amigas mientras mascaba. «Licenciado Vargas, ¿no conocerá a un tal Padre Brown por casualidad?». «Buenas tardes, licenciado Bazán…». Nada, ni él ni otros habían oído hablar del tipo, pero prometieron indagar sin armar mucha alharaca y llamarme después si averiguaban algo.
Me acordé de El candor del padre Brown. ¿No sería todo una broma? No, este padre no tenía cara de chistoso.
Atravesé de regreso la 12 de Octubre. En medio de la calle, esquivando manadas enfurecidas de automóviles en un sentido y el otro, una pareja de canillitas de «La Crónica» daba pases de diario como matadores en traje de luces.
Encontré a Romi ante su terminal con la cabeza hundida en unas páginas impresas, flanqueado por un par de buitres. Despaché varias ediciones rápidas tipo bistec de dos vueltas y un cierre sin complicaciones, pero con las usuales prisas, psicodramas y gritos.
En un aparte, les pedí a Romi y a Silvia que se quedaran hasta el final porque deseaba hablar con ellos. Sí, era viernes y se querían marchar, sobre todo Silvia, que libraba al día siguiente y estaba pensando en la rumba de aquella noche. Pero tocaba quedarse un poco más.
III. El «incidente Hyunwoo» y las cosas de la sección
«La Crónica» es un diario de pasado ilustre y lucrativo presente. Había sido fundada por un empresario y político exiliado que volvió de Miami en 1978, cuando Omar Torrijos permitió su regreso. Cuando nació era el único medio independiente; el resto o estaba con el régimen o había sido clausurado a la fuerza. «La Crónica» les hizo la vida a cuadritos a los militares, aguantó asaltos, cierres y detenciones. Anticipando esas dificultades, se había construido como un búnker.
Pero la claridad de propósito, los enemigos y las luchas se habían diluido en una democracia hueca de instituciones de cascarón y desenfrenados sinvergüenzas, en una búsqueda de beneficios donde nada es lo que parece y cuanto peor piensas, más aciertas. Los herederos de Torrijos y de «Carapiña» Noriega campaban a sus anchas.
Se sabía que fue el GRAPO (no el español, sino el Grupo de Acción Popular, una cédula del Partido Revolucionario Democrático, fundado por Torrijos) el que asaltó «La Crónica» en los ochenta. Pero veinte años después muchos en el diario habían pasado página y escondían bajo la fachada estreñida de indignación políticamente correcta favores, invitaciones, intrigas y confabulaciones con el gobierno perredista. Les delataba la cara de culo de gallina.
Las conversaciones se escuchaban y se grababan por gentes propias y ajenas, la información se pasaba fuera de la redacción. El chuponeo telefónico era parte del paisaje. Tuve varias experiencias surrealistas; por ejemplo, que algún diario vendido al régimen publicara la misma información «exclusiva» que yo, pero manipulada y desvirtuada para desactivar la bomba noticiosa confundiendo al público.
Así que mantenía mis propios archivos bajo llave, no hablaba nada de importancia por teléfono y me llevaba los documentos más importantes a lugares seguros. En las reuniones editoriales con el director, donde cada editor anunciaba qué tenía para el día siguiente, yo era imprecisa a fin de evitar que la información saliera afuera.
Las primeras ediciones de «La Crónica» eran de dieciséis páginas tamaño asabanado, a lo gringo, y una tirada de 4.000 ejemplares. Hoy, mi sección, «Negocios», que es diaria, a veces llega a más de noventa páginas (distribuidas en cuatro o cinco cuadernillos) a causa de la enorme demanda de publicidad. Esos días publicamos hasta los resultados de la bolsa de Bangkok, porque se trata de ver con qué rellenamos las últimas páginas; la información al fondo de la sección, convertida en mero vehículo para los anuncios. «Negocios» era un negocio.
Además de nuestro trabajo de cobertura financiera, la sección se encargaba del diseño, junto con creativos, paginadores e infografistas, y del «cortaypega» de los cables y fotografías de agencia. Ése era el trabajo más desagradecido, que yo repartía con más o menos ecuanimidad, aunque trataba de ahorrárselo a mis dos protegidos para que se pudieran dedicar a investigar con más libertad.
La sección nos permitía tener una plataforma para publicar sin injerencia de nadie. Funcionaba como un periódico dentro de un periódico: tenía su propio lenguaje, estética y personalidad, incluso su portada exclusiva. La relación con el resto del diario era mala, hasta hostil.
Aunque llegaban quejas de los compadres, del gerente o del director al haberse sentido maltratados por alguna nota, nadie se atrevía a enfrentarse porque la sección era una máquina de hacer dinero. Nuestra circulación e índices de lectoría obligaban a los anunciantes a seguir pagando avisos.
Las cosas quedaron así establecidas después del «incidente Hyunwoo».
Habíamos publicado una nota basada en información de varias agencias sobre los defectos de fábrica de un modelo de camioneta cuatro por cuatro de Hyunwoo que era una de las más vendidas en Panamá.
Ese mismo día, el gerente del diario (a quien llamábamos «el camarada Panzovski» por su convexo abdomen y pertenencia a la nomenclatura del diario) me informó pestañeando hipocresías de que su amiguito el gerente de la Hyunwoo deseaba verme. No me dijo para qué. Fue una encerrona.
El representante de la multinacional automovilística coreana entró en la reunión con la pretensión de que publicara un comunicado de la empresa como si fuera un artículo con el fin de «mitigar» los efectos «nocivos» de la «propaganda tendenciosa» difundida por mí.
Le dije de la forma más controlada que pude que, si quería divulgar una nota de prensa, tendría que hacerlo como un aviso. Eso lo enfureció. Primero rompió con rabia un contrato de publicidad de cien mil dólares y luego se marchó bramando amenazas que implicaban que iba a perder mi puesto.
A las pocas horas me emplazaron el director y el gerente. Iba mejor preparada. Me apunté la novena norma ética establecida en el manual de deontología de «La Crónica»: «Establecer una clara separación entre el anuncio y la noticia. El anunciante compra un servicio, no la adhesión del medio a sus intereses». Pero no sirvió de nada. Qué ingenua era, por Dios.
—Entonces, para estar segura de qué es lo que quieres: ¿me estás ordenando que publique un comunicado de prensa como si fuera una noticia? —pregunté a Old Parr, el director, cuando ya casi todo había sido dicho.
En realidad se llamaba Otto von Bismarck Alemán. Habíamos elegido Old Parr como sobrenombre por su afición al agua de fuego de los escoceses, especialmente esa marca. Cuando estábamos benévolos lo llamábamos Oldie. Pero lo de von Bismarck lo sabían pocos: para sus amigos era sólo Otto Alemán; para el resto era el Doctor o el Director.
—Haz lo que te he ordenado —rugió.
Panzovski no había abierto la boca. Acurrucado en un rincón, protegido por su barriga-escudo, miraba con una expresión ratonil, entre cautivada y asustada. Pero yo no había terminado.
—Pónmelo por escrito —insistí.
—¡Sal ya de mi despacho! —gritó Old Parr con un alarido de extracción odontológica.
Se levantó de su sillón haciéndolo tambalearse; decidí batirme en retirada antes de que la cosa terminara en las manos. Me maldije después. Tenía que haberle hecho frente, no se hubiera atrevido a maltratarme y menos delante de testigos.
Los aullidos y el portazo habían retumbado en toda la redacción, silenciosa a aquellas horas de la mañana. El «Escuadrón Escoba» (un grupo de periodistas y correctoras que se parecían más a la madrastra de Blancanieves que a la heroína del cuento, y no sólo por el bozo) se relamía del gusto en su tabuco. Los allá presentes se apartaron a mi paso como si hediera.
¿Qué hacer? Le di vueltas y vueltas al asunto. Si incumplía la orden, me podrían echar y nadie se enteraría de mi acto heroico. Si la cumplía, faltaba a las normas éticas más básicas del periodismo. Casi como en una iluminación supe cómo actuar.
Pedí que me reservaran la antepenúltima página, una par al final del último cuadernillo, para el peor día de la semana. ¿Acaso me habían indicado cuándo publicar o dónde? Cambié la distribución del aviso de media página que había sido colocado allá y lo puse en la mitad superior. Otro cliente agradecido, me dije. Y luego hablé con el diseñador.
—La mitad de abajo es para un comunicado especial. Pon un fondo oscuro, color caca de pelícano mezclada con aserrín —le instruí—. Utiliza la tipografía de anuncio, y pon arriba y abajo, que se vea bien gordo, «publicidad gratuita».
El diseñador me miraba como si hubiera enloquecido, se encogió de hombros e hizo lo que le pedí. «Bajo tu responsabilidad», puntualizó. Luego tomé el comunicado y lo sembré de expresiones como: «de acuerdo con un comunicado de prensa proporcionado por la compañía» y «cortesía de la empresa».
El texto se publicó y Panzovski tuvo que dar muchas explicaciones a otros anunciantes que también querían «publicidad gratuita». ¿Quizás con otros colores?
La Hyunwoo volvió a anunciarse en mi sección a los pocos meses sin levantar alboroto. ¿Quiénes leían «Negocios»? El perfil era alguien con estudios de secundaria o universitarios, entre los 35 y los 55, de poder adquisitivo medio y alto. Era a ésos a los que la marca automovilística quería llegar…
Para mí el episodio fue una decepción. Quizás se comportara de forma arrogante y despótica, pero Old Parr había sido también un exiliado político, un luchador, un periodista consecuente… Al menos me apunté un tanto y de paso dejé establecidas las reglas del juego. Los enfrentamientos con la dirección serían a partir de entonces más sutiles. La líder del «Escuadrón Escoba», Lorna Princesa de Arosemena, me miraría con nuevos ojos de curiosidad y malquerencia.
Entretanto, fui reforzando mi equipo. Hacía bien su trabajo, era la flor y nata de la redacción. Había demostrado su capacidad manejando investigaciones complejas, como la de la caída del banco Disa y de la financiera Socimer, diversas estafas, incluido el escándalo de Autofin, que todavía estaba dando sus frutos noticiosos.
Nada se nos escapaba si había dinero de por medio: medioambiente, apuestas ilegales, consumo y comercio, bancarrotas, liquidaciones, privatizaciones, fusiones y ventas, coimas, exportaciones, estafas, ajustes de cuentas… No había asunto que no tocáramos, puesto que, al final, todo tenía que ver con plata.
Tras la pormenorizada cobertura que hicimos sobre el colapso de un banco del que no quedaron ni las bisagras, la competencia nos colgó el mote de «los Buitres».
Nos criticaron por despiadados, por no dejar despojo sin picotear ni perdonar a nadie la vida. «Los reporteros financieros de ‘La Crónica’ son peores que buitres… Sacan ventaja de la desgracia ajena y están más interesados en vender ejemplares que en el bien y la estabilidad patrios», publicó el diario «Unidad». Lo mismo parecía que la culpa de la bancarrota la teníamos nosotros. En cambio, el mote nos cayó simpático y lo comenzamos a usar para hablar del equipo en general y de sus miembros en particular. «¿Qué buitres quedan por ahí?», podía preguntar, por ejemplo, desde fuera de la redacción una noche cualquiera. «Estoy yo solo; Romi está en el frente», contestaba acaso alguno de ellos. Era como hablar en clave; nos hacía sentir parte de una misma tribu.
Claro que los miembros de la brigada de buitres se daban cuenta de mi predilección por Silvia y Romi, en los que confiaba para las investigaciones más difíciles, y ello me había ocasionado algún disgusto.
Un día, poco antes de la aparición del Padre Brown, entré en la cripta inusualmente temprano; no saludé porque pensé que estaba sola. Me acomodé en mi lugar. La sección se concentraba en una sala que antes había sido de reuniones y yo había mandado acondicionar para que cupiéramos todos. La llamábamos «la cripta» por el frío y la falta de luz natural. Parecía vacía, pero no lo estaba…
—… es un niño bonito arrastrao ¿sabes? esa gente que repta en vez de caminar, de lo cepillo que es —decía una voz al fondo.
Los escritorios, separados por mamparas, estaban distribuidos en forma de ocho, con un estrecho pasillo en medio. El mío, un poco mayor que los demás, quedaba el primero. No veía a los interlocutores pero distinguí la voz de Jaime, uno de los buitres en quien más confiaba por su experiencia y porque había estado conmigo desde el principio. Le respondió una voz femenina en un susurro monocorde que no desentrañé. Tras un instante, Jaime replicó.
—No, no… ¿Pero no te das cuenta que lo que pretende es que lo asciendan a editor jefe? Desde que lo nombraron subeditor, le da la razón a Amaia en todo como un títere. En este ambiente, ya no hay quien critique nada; los compañeritos tienen miedo de abrir siquiera la boca.
Más murmullos.
Jaime hablaba de Romi, aunque éste no tenía nada de lameculos ni de cepillo. Me sentí muy violenta. Salí de la sala, volví a entrar haciendo ruido y saludé. Tras un breve intervalo, las dos voces respondieron a coro.
No podía permitir mala sangre en mi equipo, que ya era atacado desde dentro y fuera de la redacción. Dejé transcurrir unas horas, me acerqué a la mesa de Jaime y le pedí una reunión con la excusa de un problema que había surgido en la organización del cierre días atrás. Me miró despacio, de abajo arriba, se alzó como perdonándome la vida y me siguió arrastrando los empeines.
Entramos en la nueva sala de reuniones, donde conocería después al Padre Brown.
Estuvimos hablando de diversos asuntos hasta que encontré la ocasión para preguntarle sobre cómo se las estaba arreglando con Romi, que había sido nombrado hacía unos meses.
—Me parece un incompetente —dijo con sequedad y desafío.
No llegamos a ningún lado sobre los porqués o sobre cómo mejorar las relaciones. El resultado fue que, a partir de entonces, Jaime dejó de dirigirle la palabra a Romi, lo que hacía las reuniones de equipo casi imposibles cuando mi lugarteniente las dirigía. Tenía que hacer algo al respecto, pero no podía prescindir de Jaime, que era eficiente y responsable. Cuando estábamos enfrascados en alguna investigación, él nos reemplazaba al mando.
—Yo creo que está enamorado de ti… ¿No te ha tirado nunca los perros? —me dijo Romi cuando le referí el episodio—. Lo que pasa es que cree que le he robado su puesto en tu corazón. Ya le puedes decir que, por mí, tiene vía libre…
—Déjate de idioteces, por favor, no me parece gracioso.
Sabía que tendría que resolver el asunto o me explotaría en las narices. Pero no hubo más incidentes y decidí dejarlo como estaba.
Así que allá estábamos aquel viernes de noche Romi, Silvia y yo, «los Tres Mosqueteros», como nos apodaban sin demasiada inspiración. La cripta se había quedado desierta. Habíamos arrastrado las sillas rodantes hasta formar un triángulo y la luz proveniente de un famélico foco nos daba aire de conspiradores. Mis compañeros me miraban con expectación. Les conté grosso modo lo poco que sabía del Padre Brown y de su extraña pregunta sobre si lo estaba grabando, y les pregunté qué pensaban del caso. Quedamos en que Romi vendría conmigo a la entrevista y a partir de ahí decidiríamos qué hacer.
Salí rumbo a casa sobre las nueve de la noche.
Me senté animosa al timón, aguijoneada por la sensación que me invade cuando empiezo una investigación o llega alguna pieza definitiva del puzzle. Pero conforme sorteaba el tráfico de locos camino a Punta Paitilla, la moral se me comenzó a hundir por momentos. El Padre Brown, el cierre y la breve reunión me habían hecho olvidar lo que me esperaba.
IV. Thanks God is Friday!
Noche del viernes. Por lo general, siempre íbamos al cine y luego a cenar con el mismo grupo de gente, «expatriados» españoles e italianos amigos de Sandro, gente joven de paso por Panamá, algunos arquitectos e ingenieros arrimados al calor del boom de la construcción ocurrido tras la devolución del Canal y las antiguas bases militares, casi todos en pareja.
Sandro ya estaba arreglado para salir; lo encontré en pie, en medio de nuestra habitación, poniéndose un reloj de muñeca. Qué pereza.
—Necesito al menos un cuarto de hora para ducharme y cambiarme —anuncié sin detenerme, en dirección al baño.
—Yo salgo con mis amigos —contestó, y se dio la vuelta para agarrar algo de una gaveta; ecco, la billetera.
Me paré en seco.
—¿Qué amigos?
—Los del curso de paracaidismo.
—Me lo podrías haber dicho y me hubiera organizado de otra forma…
—Ya te lo dije ayer. No puedo hacer nada si no me escuchas cuando hablo.
—No hace falta enojarse. Sólo que me habría preparado otro plan por mi cuenta si lo hubiera sabido…
—Ya lo sabías, y no tengo intenciones de sentirme culpable.
—¿Y quién está hablando de culpas? Bueno, mejor terminemos la discusión, no sea que llegues tarde a tu cita.
Él salió y yo me quedé. Consideré buscar a nuestros amigos comunes, que ya estarían por salir o en el cine. Pero me pareció que sería difícil explicar por qué Sandro no venía conmigo, a dónde había ido, e imaginé que me mirarían con caras raras. Mejor no.
Me di una ducha. Miré si Belkis había preparado algo para comer. Nada. Me hice un plato de pasta con verduras y me lo comí sobre el mostrador de la cocina con una cerveza y la mente en blanco. Fui a la cama. Encendí el Mystery Channel. Vi la mitad de un capítulo de Miss Marple, que encontré empezado, y otro del Commissario Montalbano. Eran cerca de las dos de la mañana cuando decidí apagar la televisión y tratar de dormir. Sandro no había regresado.
Al día siguiente tenía que ir a Colón a hacer algunas entrevistas. Me levanté con dolor de cabeza en una cama vacía y húmeda. Llegué a la cocina remolcando las zapatillas, con el sueño pegado a las pestañas. Sandro estaba vestido de oficina, preparando café. En silencio, me tendió uno fuerte, con leche bien caliente, como nos gusta a los dos.
—Amaia, quiero que nos separemos.
Se congeló todo, sentí los músculos osificados. Él se quedó mirándome, esperando sin expresión. Al cabo de un rato, conseguí moverme.
—¿Por qué?
Me dijo por qué. Fue conciso, calmo, implacable.
—Tal vez no te has dado cuenta de cómo ha sido nuestra vida en los últimos meses… en los últimos dos años más bien. Yo sí me he fijado y no me ha gustado. Te has convertido en una mujer obsesionada con el trabajo, una egoísta y una insociable. Ya no formamos una pareja desde hace mucho tiempo; no tiene sentido vivir juntos.
Por la ventana se veía un mar romo, remoto, metálico. Me acordaría de aquel mar, pensé. Se me aparecería cuando recordara aquella escena.
—No veo que eso sea motivo para separarse. ¿No crees que podríamos…? —callé avergonzada de mi fragilidad, de mi debilidad.
—No ves, no ves… ¡no quieres ver! Esto no te pilla de sorpresa, ¡por favor! ¿Cuándo es la última vez que nos besamos o hicimos una cena romántica o nos miramos a los ojos y nos dijimos que nos queremos? Llegas tarde por norma a cualquier cita conmigo y te la pasas con la cabeza en otro lado, como esperando que acabe todo rápido. Nunca tienes ganas de hacer nada juntos… Y cuando te llaman de la redacción en medio de cualquier cosa conmigo se te ilumina la cara como si te estuvieran salvando de una cita con el dentista. De hecho, ésta es la primera conversación que tenemos desde hace meses.
—No es tan como tú dices… Y no es que tú hayas hecho grandes esfuerzos —. No sabía qué decir. ¿De dónde salía el aluvión de reproches? Sandro era un tipo más bien frío y contenido.
—Sabes que he tratado de hablar contigo mil veces de esto, pero siempre me rehuyes o pones una excusa que no va al fondo de la cuestión. ¿Quieres seguir así toda la vida? ¿Qué quieres de mí? Yo ya no puedo más.
—¿Y cuál es el fondo de la cuestión?
—Tú lo conoces perfectamente… Que ya no nos amamos, que ya no me miras como me mirabas, con los ojos redondos —. Bajó la cabeza. Fue el único instante en que le ganó la emoción, pero se recompuso rápidamente—. Tú no me quieres, no entiendo por qué te aferras a una relación muerta. No tenemos por qué vivir así, ambos nos merecemos otra cosa… Yo, por lo menos, me la merezco.
—¿Es que tienes a otra?
—No. Pero eso ya no es asunto tuyo —. Dejó su taza con cuidado en el mostrador, se giró y salió de la cocina.
Conversación cerrada. Dejé el café sin tocar. Fui a la habitación. Sandro se había ido. Me preparé como una autómata. Tenía prisa. Esperaban en el aeropuerto de Albrook para salir hacia la Zona Libre de Colón. Salvada por las tareas pendientes… Manejando de camino al aeropuerto sentí dolor en el cuello; llevaba las mandíbulas apretadas con toda el alma.
V. Viaje sobre la selva
La ZLC es el área libre de impuestos más importante del mundo después de Hong Kong. Los peces gordos de la Zona viven en Panamá ciudad y realizan el viaje de ida y vuelta, del Atlántico al Pacífico, en sus avionetas o helicópteros privados. Se llega en apenas veinte minutos sobre selva cerrada, sólo hendida por el Canal de Panamá.
Un grupo de periodistas íbamos aquella mañana en una avioneta de los Botta, dueños de las aerolíneas de bandera panameña, además de bancos y empresas de exportación. En «Negocios» teníamos por norma no aceptar invitaciones de empresas privadas, porque se esperaba que, en reciprocidad, la información publicada fuera amable y respetuosa, si no aduladora. Sin embargo, los Botta nunca habían estado metidos en nada turbio, que se supiera, y además mi objetivo no era escribir sobre ellos. Me estaba sólo aprovechando de una facilidad logística para poder hacer un reportaje sobre la ZLC, que tanto se nombraba y tan poco se conocía.
Me acompañaba un fotógrafo bastante espabilado, Federico Freude, de esos pocos a los que no tienes que andar dando codazos y diciendo: «ya dispara; sin pedir permiso».
Fuimos a ver a media docena de los «usuarios» más destacados en los ramos de electrodomésticos, perfumes, cigarrillos y joyas. También charlamos con la gerente de la Zona, Yara Cecilia Cedalise.
—Dígame, ¿cómo funcionan los pagos? —comencé a preguntar después de los saludos, introducciones y demás.
—Se paga todo en cash o por cheque, no importa a cuánto ascienda el importe. El crédito no existe acá.
—En un día cualquiera, por ejemplo hoy, ¿cuánto tienen en stock?
—Normalmente hay depositados unos dos billones de dólares en inventario…
—Eso da para abastecer de licor a varias naciones durante un año ¿no?
—Y para amueblar con electrodomésticos un país entero o para perfumar a millones de personas…
—¿Cuánto se mueve en un año?
—Estamos en pasados los diez billones de dólares, sumando exportaciones e importaciones. Fíjese que el peibé de Panamá en 2005 ascendió a unos catorce billones. Tiene todo en este informe — dijo pasándome un dossier.
—De eso, ¿cuánto llega a Panamá y cuánto se exporta?
—No está bien formulada la pregunta… Todo se exporta. A Panamá se exporta entre el uno y el dos por ciento. El resto se carga en contenedores y se redistribuye por otros países. Afortunadamente, desde el año pasado las economías de Sudamérica a las que exportamos la mayor parte de los bienes se están recuperando y crecimos del orden de dos dígitos.
—¿Cuántos usuarios hay?
—Son mil trescientos.
—¿Cómo explica que la Zona Libre, que comercia con productos de lujo, esté en una de las áreas más pobres y peligrosas del país? ¿Cómo es que algo de esta riqueza no se ha filtrado a la ciudad de Colón?
—Bueno, la Zona Libre es un reducto cerrado, como otro país. Acá rigen leyes que no aplican para el resto de Panamá; se necesita ser invitado por un usuario para poder entrar, uno se tiene que identificar en la entrada, como si fuera una frontera… Pero no estoy de acuerdo en que la riqueza de la Zona no se haya extendido fuera de sus verjas. Damos trabajo a cientos de colonenses. Además, existe el Plan Colón que busca mejorar las condiciones de vida de la ciudad. Pero si le interesa, tendrá que hablar con los responsables…
—Quizás lo haga más tarde… Dígame, en los tiempos de Torrijos y Noriega, la Zona servía de depósito y centro de distribución de droga, contrabando y armamento. ¿Qué ha cambiado?
—Es cierto que esas cosas ocurrieron, pero hoy los actores son otros. El tipo de crímenes también; son mucho más aburridos. Le pongo un ejemplo. La semana pasada, el Departamento de Fiscalización Aduanera decomisó un contenedor repleto de abanicos, presuntamente falsificados. Esto se hizo gracias a una denuncia de un usuario. La culpable parece ser una empresa colombiana que importa productos falsos de China... Ese es el tipo de cosas que vemos por acá. Ni armas ni droga.
Quizás. Pero los crímenes de cuello blanco abundaban.
Global Gold, de la ZLC, lavó para los cárteles colombianos en los últimos años millones de dólares a través de la compra y venta de oro. La operación era de tal magnitud que provocó la caída mundial de los precios del oro. Fue una de las empresas que nosotros habíamos investigado hacía poco tiempo.
Mientras la ZLC registraba ventas de electrodomésticos a Colombia valoradas en miles de millones de dólares, las aduanas colombianas declaraban importaciones procedentes de la Zona Libre de sólo unos cuantos millones. Las autoridades del país vecino «sospechaban» que los narcotraficantes aprovechan la diferencia para lavar dinero a través de un complicado sistema en el que intervienen unos agentes de cambio conocidos como peso brokers.
Pero eso no lo mencioné; la entrevista había dado de sí todo lo que podía dar.
En la pausa del almuerzo, dejé a mis colegas en los paraítos mascando emparedados humus y falafel y carimañolas rellenas de carne molida, cuya fama llegaba hasta la capital. La razón que me había llevado a la ZLC era el reportaje general sobre la zona, pero también hablar con una usuaria en concreto: la elusiva Judith Brin.
Brin se había convertido en una eremita tras su secuestro en 1984. No fue liberada hasta un año y diez millones de dólares después. Se la pasó metida en un contenedor. Se trató de una operación conjunta entre el colombiano grupo de guerrilla urbana Movimiento 19 de Abril y el chileno Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Brin se había negado a devolver la plata que tenía en su banco el M19 cuando el líder entonces, Damián Delcano, murió en un accidente aéreo de camino a Panamá.
«No firma autorizada, no dinero», parece que dijo la indignada banquera cuando le reclamaron la plata. Habrase visto; los bancos tienen sus normas y sus reglas y su dignidad.
VI. Cónclave en el Miramar
Llegué a casa con apenas tiempo para darme un baño y cambiarme la ropa pegajosa del viaje. De Sandro ni rastro. Había hablado con Romi durante el trayecto para quedar con él y que me acompañara a la cita con el Padre Brown. No era tan idiota de meterme en la boca del lobo sola, sin una brizna de información relevante sobre el sujeto en cuestión.
Después de pensarlo mucho, elegí un saco lila, una especie de levita holgada con amplios bolsillos de plastón, perfectos para esconder una mini grabadora. El hecho de que el Padre Brown me hubiera preguntado si lo estaba grabando me convenció de que tenía que hacerlo. Un poco de paranoia nunca le vino mal a nadie.
Debatí por el camino si sería conveniente subir con Romi a la habitación o dejarlo controlando las cosas desde fuera sin advertir de su presencia, pero opté por lo primero. A diferencia de otros casos, no sabía qué me iba a encontrar.
Diluviaba cuando llegamos al Miramar con mi carro, que se encargó de parquear el valet de la entrada. Sin parar en recepción, nos dirigimos a los elevadores. Piso quinto, habitación 514. Subimos solos. Puse en marcha la grabadora. Se trataba de una suite. Tocamos a la puerta. Sentimos primero brillar y luego oscurecerse la mirilla. Un desconocido nos abrió. No era el Padre Brown.
—Buenas noches, soy Amaia Luna. ¿Está el Padre Brown? —dije tratando de aparentar serenidad.
El tipo me invitó a pasar con un gesto. Romi no dijo nada, me siguió y se colocó detrás de mí. Tiene el don de no hacerse notar y notar todo.
Me costó divisar al Padre Brown. La habitación estaba en penumbras; él se había colocado en una poltrona sobre un fondo de cortinajes oscuros que bloqueaban la vista al mar, que se presentía detrás.
—Muchas gracias por venir —dijo.
Parecía más relajado que el día anterior; estaba en su terreno.
—Buenas noches; éste es mi segundo —repetí, y luego presenté sin mencionar el nombre de Romi. Cuanto menos detalles, mejor. Él no aludió a su acompañante, quien, después de arrimarnos unas sillas, se posó en el borde de otra butaca, como dispuesto a saltar si hubiera menester.
—Bueno, le contaré por qué la fui a buscar. Antes de todo, exijo su compromiso de que lo que se diga es off the record... —se dirigía a mí sola.
—¿Puedo usarlo al menos como background?
—No, no puede... ¿Hay un acuerdo o no?
—Como que no tengo muchas opciones. Continúe.
—Se lo resumo y luego, si tiene preguntas, las hace...
—Okay.
—La fui a buscar porque alguien... no, no le digo quién —añadió izando la mano pontífica a mi gesto interrogativo— me indicó que usted era una periodista seria, de ésas que no caen en sensacionalismos o traicionan a sus fuentes. El caso es que nosotros representamos a una organización no gubernamental de los Estados Unidos. Una organización religiosa, por eso es todo tan delicado… Tenemos nuestra base en Miami.
Hizo una pausa y me miró como para calibrar qué efecto tenían sus palabras. Yo ponía cara de póquer, pero no era lo que esperaba. ¿De qué carajo me decía este tipo de organizaciones religiosas si yo era una periodista de investigación financiera?
—Nuestra actividad fundamental es localizar a niños huérfanos, sobre todo en Asia, Latinoamérica y África, y encontrarles un hogar adecuado en nuestro país. Tenemos oficinas en todo el mundo y colaboramos con varias agencias. Pero una parte importante de nuestra actividad en América es también fund raising. Financiar este tipo de operaciones lleva mucho tiempo y el esfuerzo de muchas personas.
Recaudación de fondos; llegamos al meollo.
—El caso es que la mayor parte de la plata que recibimos proviene de donaciones chicas, normalmente en cash. Cantidades a veces irrisorias que supondrían más de lo que valen en débitos al ser ingresadas en una cuenta por los costos bancarios. Son muy numerosas y sin invoices, y claro, tenemos al aiarés encima como sabueso sobre rastro de reno herido.
Así mismo dijo: wounded reindeer. ¿Habría visto algún reno en su vida? Me lo imaginé con gorro de Santa y tuve que hacer un esfuerzo para centrar de nuevo mi atención en el tema de su monólogo.
Hablaba del IRS, el Internal Revenue Service de Estados Unidos, la bestia negra de los lavadores, evasores y libertarios, el equivalente a nuestra Dirección de Ingresos, pero en serio. En Estados Unidos es legal tener una cuenta offshore, pero debe reportarse a las autoridades y pagarse cualquier impuesto al que estén sujetos sus fondos. En el caso de no hacerlo, este crimen está penalizado con hasta cinco años de prisión. Las cárceles estadounidenses están llenas de evasores; en cambio acá a los únicos a los que se pone entre rejas son a los robagallinas y a los pandilleros.
—…Y ése es precisamente nuestro dilema, que tenemos dificultades en justificar nuestras rentas, aunque vienen de fuentes legítimas y son para un fin honesto. Por eso recurrimos a un paraíso fiscal como Panamá para canalizarlos con discreción…
Uy lo que ha dicho. Nuestros burócratas se ponen furibundos cuando alguien menciona la expresión «paraíso fiscal». No consideran que Panamá lo sea; un centro offshore, sí; un paraíso, no. Vete y entiende la diferencia.
—Oímos hablar de Morris en un seminario sobre protección de activos en Miami y…
—¿De dónde sale ahora ese Morris? —pregunté. Hasta entonces había seguido el hilo.
—Usted vive en Panamá ¿no? Marc «Bi» Morris es uno de los financistas más importantes del Caribe; lo conocen como el gurú del offshore.
—¿Y qué tiene que ver con Panamá?
—Pues tiene que ver con que acá tiene su central. Por eso hemos venido…
—Sigo sin ver dónde está el problema.
—El problema es que hasta ahora hemos invertido en diversas cuentas creadas por La Firma de Marc Morris unos cien millones de dólares, y... bueno, cuando hemos querido sacar algunas cantidades no hemos podido.
—¿Cómo no han podido? ¿Se niega a darles su dinero?
—Hasta ahora ha sido muy correcto, siempre ha tenido alguna razón de peso para retrasar los pagos, pero empezamos a tener dudas y mucha urgencia, porque debemos hacer unos desembolsos inaplazables.
—¿Y qué esperan que hagamos nosotros?
—Ustedes son periodistas ¿no? Investiguen… Tememos que se haya quedado con nuestro dinero. Y eso sería una estafa. Un centro bancario internacional cabal como Panamá no puede permitirse el lujo de cosas así.
—¿Y por qué no acuden a las autoridades? Seguro que el efebeí o alguna agencia estadounidense estará encantada de echarles una mano…
Lo pregunté por ver cómo salía del trance. Parecía el crimen «de cuello blanco» perfecto: robar a un ladrón.
—Ya sabe cómo son esas cosas, no podemos ir donde el efebeí y decirles: oiga, que hemos estado evadiendo impuestos y nos han robado, ¿a quién cree usted que investigarían antes?
Se agarró a los brazos de la poltrona e inclinó hacia delante la calva.
—Mire, esto no puede salir de acá. La organización depende de nuestro prestigio, la gente contribuye porque cree en nosotros, nos ve las caras, conocemos a sus familias… Si ustedes pudieran publicar alguna cosa, sin mezclarnos a nosotros, quizás Morris entienda que debe pagar. Su negocio también se basa en la confiabilidad.
—Podemos hacer algunas averiguaciones, pero no le garantizo nada excepto el off the record. Y entiéndame, no somos detectives privados por encargo, no acudiremos a ustedes a informarles. Lo que quieran saber tendrán que leerlo en el diario. Pero para comenzar necesito información más concreta. ¿Qué tienen por escrito? ¿Con quién tratan en la organización? ¿Qué más saben de Morris?
—Todavía no es el momento. Debo consultarlo con mis abogados. Tenemos que ver las implicancias… Nosotros regresamos mañana, pero estaremos en contacto. La telefoneo en cuanto decidamos cómo continuar.
—Si así lo desea…
Renegué para mis adentros. Temí por un momento que había sido un cúmulo de expectativas injustificadas, que había perdido el tiempo. Pero luego pensé que al menos tenía un hilo del que tirar y empezar a indagar. Quizás mereciera la pena. Para empezar, el hecho de que no supiéramos nada del «gurú del offshore» me intrigaba.
Intercambiamos números de teléfono y nos despedimos.
Me sentía agotada. Sólo deseaba volver a casa y dormir un mes. A la salida, me despedí de Romi, que se fue por su cuenta. Tampoco vi a Sandro aquella noche al ir a la cama… Me desperté empapada de sudor y paralizada por una pesadilla. Eran las cinco de la mañana y ya no pude volver a dormir. Sandro, que se había apostado al otro lado del colchón mientras yo dormía, ni se movió.
VII. Calma tensa
Los tres días que siguieron al encuentro con el Padre Brown transcurrieron en un silencio preñado de tensión; la proverbial «calma tensa» de las crónicas de guerra llenas de lugares comunes. A pesar del estado de ansiedad que me tenía con los sentidos afilados, acaso por ello, no recuerdo bien qué pasó ni cuándo con certeza. Los hechos se me mezclan en la memoria cenagosa de esos días.
Procuré estar el menor tiempo posible en casa. El domingo salí a correr al Parque Omar sola por primera vez. Cada curva, cada recodo evocaban el pecho erguido de Sandro, su respiración acompasada, su zancada subyugada para adaptarse a la mía.
Aquella noche Sandro y yo compartimos la cama por última vez. Cada uno se atrincheró en una esquina. No era una declaración de guerra; ya estábamos acostumbrados a no tocarnos…
Hasta que yo me moví hacia él impulsada por no sé qué. Sin decirnos nada, él permaneció con los ojos cerrados, tumbado boca arriba mientras yo recorría su cuerpo lentamente con las yemas de los dedos. El puente de la nariz, los párpados, los pómulos, la nuez, el pecho acolchado por el vello, el ombligo, el vientre, el sexo que comenzaba a despertarse tras meses de indiferencia, los muslos, las rodillas rugosas, los empeines, cada uno de los dedos de los pies, curvados hacia dentro. Quería almacenar en mis manos el mapa de su cuerpo, ese reconfortante cuerpo de sabor conocido que no volvería a sentir cercano. Un ritual silencioso de adiós.
Me monté encima y comencé a moverme, primero con un poco de torpeza e inseguridad; no sabía si sería bienvenida después de tanto tiempo. Él continuó estando un poco rígido e indeciso, hasta sucumbir y atenazarme con los brazos y besarme con rabia, a mordiscos. Fue un acto ahogado de cólera y congoja y capitulación. En un rugido.
Ninguno de los dos lo mencionó luego.
Por la mañana fui puesta de patitas en la calle porque el apartamento, esos cuatrocientos metros cuadrados con 180 grados de vistas al mar, era propiedad del bufete de arquitectos de mi todavía esposo, y por tanto era yo la que tenía que salir de casa. Gracias a Belkis, que siempre tenía los ojos y los oídos abiertos, ya había encontrado no lejos un alojamiento amueblado, cinco veces menor, en Brisas del Pacífico. Mover unas maletas y unas cajas no resultó mucho esfuerzo. Mi ayudante me siguió. Y mi vida cambió, no para mejor.
Al principio tuve una sensación de alivio, casi de gratitud, por el coraje mostrado por Sandro en enfrentar de alguna forma nuestros problemas, aunque hubiera sido con la guillotina. Muchas veces antes había pensado que aquella situación tenía que terminar. Había llegado a desear que se enamorara de alguien y me dejara en paz. Pero como era una cobarde en las relaciones personales, no había hecho nada por iniciativa propia.
Sin embargo, lo que me dijo aquel día me rondaba, me quemaba, me hacía sentir mal que mi esposo de cinco años me tratara de mala persona. Yo no había dicho nada para defenderme. Le estuve dando vueltas al diálogo, o más bien a su soliloquio, y a lo que yo habría podido alegar para defenderme. Cosas tipo: «No niego mi responsabilidad, pero piensa que la culpa no está sólo de un lado. Ambos nos alejamos, nos dejamos marchar». Pero eso se me ocurrió después.
Logré anestesiarme a cualquier sentimiento de nostalgia o tristeza. Me asaltó en algún momento la una o la otra, pero las neutralicé y las cubrí con tareas que no me permitieran pensar mucho. El sistema sólo falló cuando, acostada sola las primeras noches, comenzaba a imaginar qué estaría haciendo Sandro en aquel momento y sobre todo con quién. El sueño me eludía mientras me iba enroscando en una espiral de sábanas, como sacacorchos en tapón, cada vez más incrustada en el insomnio.
Entretanto, lo de Morris seguía a control remoto. Después del inicial interés despertado por el Padre Brown, el caso había caído en el fichero general de asuntos pendientes sin esperanza por falta de entusiasmo y pistas, a partes iguales. Pedí a Silvia que buscara información en los ficheros de las crónicas sociales del diario, la mejor fuente de fotografías de mafiosos, sorprendidos siempre reidores en algún bautizo, bar mitzvah, boda o inauguración. Si en los negocios demostraban una discreción digna de cura de confesionario, en los festejos los bribones panameños eran expansivos, hasta exhibicionistas.
Como sospeché, Morris había escapado a nuestros tentáculos en «Negocios», pero no a los de las páginas «Sociales». Silvia me mostró unos recortes.
Apoyan a Ernesto Torres
La Firma de Marc B. Morris S.A. entregó una donación al niño Ernesto Flores, de cuatro años de edad, paciente de cáncer del Hospital del Niño, a fin de que le puedan hacer tratamientos para prolongar su vida hasta tanto se den las condiciones para operarlo. Arriba, el pequeño con sus padres, Raúl y Sra. Flores, residentes en Patio Cardel, y el señor Marc Morris.
«La Crónica», 12 de enero de 2000
Inauguran nuevas oficinas
La Firma de Marc B. Morris S.A., especialista en asesoría en materia de finanzas, realizó la apertura de su filial en Santiago de Chile con el propósito de ampliar su mercado a nivel internacional. De acuerdo con Marc Morris, los planes de expansión de su compañía, con sede en la ciudad de Panamá, continuarán durante todo el año 2002 con la apertura de nuevas oficinas en Islas Vírgenes, Venezuela, Brasil, República Dominicana y Mónaco. Además prevé la integración del sistema digital para agilizar las consultas.
«La Crónica», 10 de mayo de 2002
Niñez panameña encuentra apoyo
Con el fin de participar en el desarrollo y educación de la niñez panameña, la Fundación Marc B. Morris, ubicada en Panamá, entregó el donativo de cien mil balboas al Hogar Malambo. Su creador Marc. B. Morris visitó a las niñas de este hogar infantil, ubicado en Cáceres, Arraiján. En la fotografía, el señor Morris al momento de entregar la donación a la hermana sor Idian Reyss, directora administrativa del Hogar Malambo.
«La Crónica», 12 de diciembre de 2004
Las notas incluían fotografías. Allá estaba él, entregando cheques con una espléndida sonrisa, la faz lavada de bebé y la expresión franca de un ser virtuoso. Estudié las imágenes. Los lentes contrastaban con su aire de adolescente tardío, le daban un qué sé yo de intelectual o de financista de colmillo retorcido. Su pose era un poco acartonada, como si no quisiera ensuciarse en un apretón con el hábito alcanforado de sor Idian o los mocos del niño Ernestito.
También seguí haciendo preguntas entre algunas de mis fuentes en el sector. Al parecer, lavaba sólo para norteamericanos y eso lo había librado del interés local.
Quedé en la cafetería del Caesar Park con Comadreja, nombre clave de un contador de una firma conocidísima, que era un habitual. Era una criatura tan común que no debía de poseer ni el filo de una sombra. Aquello servía bien a sus maquinaciones. Estuvimos intercambiando cromos durante un rato, pero enseguida fuimos al grano.
—¿Que quién es Marc B. Morris? —preguntó Comadreja retóricamente—. Es californiano, de 33 años de edad, egresado de Columbia University. Se presume que es la persona más joven en aprobar el examen para obtener el cepeá o Certified Public Accountant en Estados Unidos a la edad de dieciocho años…
Los anglicismos son de buen tono y agregan veracidad a la exposición. Pausa teatral.
—En diciembre de 1996 establece en Florida la organización que lleva su nombre con un capital inicial de cien mil dólares. Aunque hay quien dice que su verdadero apellido es Baum… —declamaba Comadreja mirando cada poco unos apuntes y dando sorbitos entusiastas a un café hecho con técnicas italianas y grano panameño—. En 1997, luego de una reforma fiscal en Estados Unidos y de estudiar nuestro mercado, Morris realiza que la jurisdicción panameña es una de las más apropiadas para desempeñarse en el campo financiero internacional, algo que lo lleva a trasladar su centro de operaciones acá, de acuerdo a una persona que trabaja para él… Eso es todo por ahora.
Plop. La exposición había sido corta y había concluido bruscamente. ¿No hay más?
—Estoy muy interesada en cualquier cosa que se diga o se sepa de Morris…
—Tomo nota, no te preocupes. Te aviso —prometió en un piar obediente.
Llegó la hora de telefonear a Michael, resolví.
VIII. Vedettes del offshore
Michael Davies y yo manteníamos unas relaciones fructíferas, con sus ingredientes inevitables de paranoia, vedettismo e incluso, debo confesarlo, celos.
Ambos éramos periodistas de investigación financiera. Recalábamos en las mismas costas, pescábamos en el mismo cardumen caribeño de estafadores, cuentas offshore, lavadores y corruptos. Como publicábamos en idiomas distintos, habíamos encontrado una forma de simbiosis que nos era beneficiosa. Yo rebotaba las informaciones publicadas en su Offshore Industry, que previamente yo misma le había facilitado y que no tendrían eco en Panamá si no provenían del hermano mayor, Estados Unidos; él aportaba información y fuentes propias muy valiosas.
—Hola, Michael.
—¡Amaia! Qué tal estás.
La charla se desarrollaba en inglés. Mi ventaja sobre Michael era que el mercado latino, con su pluralidad de centros offshore y oportunidad para la estafa y el lavado, le quedaba fuera del alcance porque no hablaba español.
—Bastante bien, gracias. Tú cómo andas…
—Tengo un par de casos interesantes entre manos, ya te contaré (I’ll tell you all about it later). Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
—Necesito información de un ciudadano norteamericano, de nombre Marc «Bi» Morris, quizás Marc Baum Morris —le conté, y añadí lo poco que sabía del individuo—. Me interesa sobre todo si ha realizado alguna actividad allá, quiénes son sus clientes, si tiene algún problema con las autoridades... Sobre todo eso último.
—Cuenta con ello.
—Oye, pero encuentres lo que encuentres no es para publicar todavía. ¿eh? Creo que puede ser algo gordo; no lo estropeemos antes de tiempo (this could be something big; let’s not spoil it before it’s ripe).
Quedamos en que se pondría en contacto conmigo nada más tener un perfil detallado. Michael tenía acceso a fuentes que iban del IRS, el Federal Bureau of Investigations y las madrigueras de los juzgados hasta la agencia de espionaje privada Kroll, donde había trabajado como detective antes de hacerse periodista.
Me despedí. Apuré lo que quedaba del jugo de mango del desayuno, que se había quedado un poco templado, y eché una última ojeada a la ristra de barcos-hormiga que esperaban su turno para entrar en aguas del Canal. Sobre el horizonte, una malla de nimbos se alejaba al ritmo de sus gotas.
Panamá es jodida pero qué hermosos espectáculos ofrece. Al amanecer el sol navega por mi balcón y juega al escondite con las buganvillas. Por las noches de la temporada de lluvias, que estaba por terminar, se escuchan las tormentas eléctricas aproximarse a la costa. Me encantaba dormir con las ventanas abiertas de par en par, acunada por los truenos. Había descubierto ese placer en el poco tiempo que llevaba sola. Sandro sólo podía dormir si estaba todo herméticamente cerrado, sin ruidos ni luz. Decía que hubiera descansado a gusto en un sarcófago... ¿Por qué carajo no podía dejar de pensar en él?
IX. La audiencia
En el barrio había centros comerciales como Bal Harbour (que imitaba sólo en el nombre a aquél de Miami), donde se encontraba Pita Pan, una panadería en la que hacían bocadillos de humus y falafel, babaghanoush, tabouleh, hojas de parra rellenas, muchos tipos de pan y pasteles, además de un café bastante decente. Pasaría por allá y compraría un sándwich de camino al diario. Humus no, quizás de tuna… En fin, habría que dejarse de elucubraciones gastronómicas y ponerse en movimiento. Aunque no todavía…
—¡Belkis! Por favor, hoy prepare algo de guacho con carne para la noche ante de irse.
Esa sopa gruesa me encanta y Belkis la preparaba de chuparse los dedos. A ver si así empezaba a comer con un poco más de fundamento, como dicen en España.
—Con gusto, señora, que se está quedando en los huesos mismo… Oiga, por cierto, que dice el guachimán que anoche parqueó su carro mal y que parece que alguno le dio en el mataburros.
Lo que faltaba.
—No se preocupe, que hablo yo con el guachimán. ¡Hasta luego!
—Tenga cuidado si lo ve que a estas horas ya está en fuego…
Por lo visto, Juan Alfonso estaba obsesionado con que yo dejaba mal aparcado el carro, cosa que, a mi juicio, no era correcta. Llevaba poco tiempo viviendo en el condominio y ya Belkis me había traído un par de recados suyos para que bajara y lo moviera.
El susodicho no se hizo ver. El porrazo no había sido en el morro sino en un lateral, en la portezuela que corresponde al piloto. Nada grave, pero habría que llevarlo al taller para enderezarlo y pintarlo…
Enfilé hacia la calle. Era todavía una mañana magnífica, pero mi día se llenó de nubarrones de improviso. Había olvidado que tenía una cita con Sandro.
Manejar es para mí un momento de inspiración creativa, como para otros cantar en la ducha o contemplar lepidópteros. Cambiaba marchas y apretaba palancas de forma mecánica e instintiva mientras se activaban partes del cerebro normalmente convocadas para otras labores. En el trayecto empecé a pensar que los trámites de la separación se habían dado con espectacular rapidez, como si hubieran estado ya prontos para correr los cien metros lisos. ¿Había sido una ingenua?
«Amaia, concéntrate en las tareas que tienes por delante. Qué más dará ya», me dije en voz alta. Había comenzado a hablarme en voz alta, cosa que no me preocupaba mucho; al revés, me hacía bastante compañía.
Así que abandoné mis sospechas y me dediqué a hacer llamadas. Mientras hablaba por el celular sin revelar demasiado para no dar pistas a los que escuchaban, tomaba notas aprovechando los semáforos y lanzaba improperios contra los conductores que culebreaban en todas direcciones. Pasé por la redacción lo justo para dar algunas instrucciones a los buitres allá presentes; al poco rato tuve que irme para acudir a la audiencia de la separación consensuada entre Sandro y yo.
Nos encontramos en la antecámara de la sala del tribunal que se ocupa de las separaciones. Sandro estaba esperando. Comprobé que en el curso de un par de días se había convertido en otra persona, más interesante y enigmática, más distante. Estaba bronceado. Le di vueltas a con quién habría estado tomando el sol; no fue un pensamiento agradable. Al verme, se me acercó y me dio un beso leve en la mejilla. Esto me dio una sensación de lo irremediable. A mis 36 estaba descubriendo por primera vez que las cosas pueden terminar definitivamente.
Fuimos de lo más civilizado. Yo me había llevado ya mis libros, mi música y las mantelerías de mis abuelas españolas, y apenas tenía nada más en aquel departamento que había sido nuestro sólo en usufructo. El dinero ahorrado durante nuestro matrimonio se dividía en dos; él se quedaba con algunas cantidades que le había hecho llegar su madre de Italia pertenecientes a su heredad.
Habló sobre todo él. Yo escuchaba lo que «habíamos decidido» y asentía. Era más espectadora que protagonista en aquella película. Terminó todo con rapidez, visto que no había problemas de dinero, ni de propiedades, ni de niños.