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Desde la tierra más allá del bosque


Rodolfo Martínez


Copyright © 1996, 2010, Rodolfo Martínez



Primera edición: Diciembre, 2010



Ilustración de portada: © 2010, Paco Roca


Diseño de cubierta: Sportula



ISBN: 978-84-937877-7-6


SPORTULA

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Contenido



I. Relato de John H. Watson, doctor en medicina

II. Relato de John Seward, doctor en medicina

III. La caza (con el relato del doctor Watson y el diario del doctor Seward)

Epílogo



Sobre el autor

I.

Relato de John H. Watson, doctor en medicina



1


Sherlock Holmes arrugó con un gesto despectivo el periódico que había estado leyendo y, volviéndose a mí, dijo:

—Increíble. De todo punto increíble el grado que la estupidez puede llegar a alcanzar. Basta que un número lo bastante grande de personas repita una tontería las veces suficientes y el mundo entero la acabará tomando por la mayor de las verdades.

—Creo que no sé a qué se refiere.

Holmes se inclinó y recogió el periódico del suelo. Me mostró el titular de un reportaje: Preparados para el cambio, decía. Y añadía, en un tipo de letra ligeramente menor: Cómo será el hombre en este nuevo siglo.

—Terrible, ¿verdad? —me dijo.

—Si usted lo dice, amigo mío, pero me temo que no...

—¿Cómo? ¿Usted también ha caído en el infame bulo? El Nuevo Siglo —bufó, indignado—. ¿De qué nuevo siglo hablan? ¿Es qué no ven que todavía estamos en 1900?

—Pero, mi querido Holmes, usted querrá decir que ya estamos en 1900.

—Watson, ¿Me ha oído alguna vez decir algo distinto de lo que quería?

Tuve que reconocer que no.

—Bien. Pues he dicho todavía y en ello me mantengo. ¿No se le hace evidente que el siglo XX no comienza hasta el uno de enero de mil novecientos uno?

—Usted bromea.

—Le aseguro que no. Pero, ea, razonémoslo, ya que no parece convencido. Dígame, ¿qué año sigue al dos antes de Cristo?

—El uno.

—¿Y a ese?

—Pues... el uno después de Cristo, por supuesto.

—Efectivamente, por supuesto. Por tanto, la primera década después de Cristo va del año uno al diez, y la segunda del once al veinte, ¿no es así? —Asentí con la cabeza—. Por el mismo razonamiento hemos de inferir que el primer siglo estaría comprendido entre los años uno y cien y el segundo entre los ciento uno y doscientos. Ahora, contésteme. ¿Qué años abarca el siglo XIX?

—Bueno... Del mil ochocientos uno al mil novecientos.

 —Me detuve, asombrado—. Por Dios, tiene usted razón, Holmes, mil novecientos uno será el primer año del siglo XX, aún estamos en el XIX.

—Así es, mi querido amigo, así es. Y sin embargo, el titular que le acabo de mostrar no es, ni de lejos, un hecho aislado: nuestros periódicos están llenos desde hace días de noticias y reportajes sobre este siglo que, según afirman, empieza ahora. Por no mencionar los anuncios: «maquinaria para el nuevo siglo», «el sombrero del nuevo siglo», «los cigarrillos del nuevo siglo»... En fin, para que seguir. Dígame si no es exasperante.

Así se lo confirmé, aunque el asunto no acababa de interesarme en exceso. Me parecía un error bastante natural y fácil de cometer pero me cuidé mucho de comentar tal cosa con Holmes. Hacía años que me había dado cuenta de que mi amigo y el resto del mundo no solían considerar importantes las mismas cosas.

Después de la discusión los ánimos de Holmes se apaciguaron considerablemente (como siempre ocurría una vez uno le había dado la razón) y pasó el resto de la mañana fumando y leyendo un grueso tomo de historias policíacas. Poco antes del almuerzo, dejó el libro a un lado con un gruñido y lo oí murmurar:

—Exasperante. A veces me pregunto cómo dejan escribir a personas sin el menor talento para ello. A menudo lo he acusado de enfocar su atención narrativa en lo dramático en detrimento de lo científico, Watson, pero al menos le concedo que siempre ha sabido exponer los hechos de la forma correcta. En cambio aquí —agitó el libro con desagrado— basta con observar atentamente a todos los personajes la primera vez que aparecen y uno puede descubrir al criminal aún antes de cometido el crimen. —Suspiró profundamente—. Ah, a veces desearía que el profesor Moriarty no hubiera fallecido en Reichenbach.

En los últimos días le había oído comentar eso mismo en varias ocasiones. El último de los casos en que había trabajado había resultado completamente pueril según sus palabras y apenas merecedor de que le dedicase sus esfuerzos. Por unos instantes temí que volviera a caer en su antigua costumbre de consumir cocaína, abandonada (confieso, no sin cierto orgullo por mi parte, gracias a mi intervención en buena medida) años atrás.

Creo que, si en aquellos momentos Holmes hubiera sospechado tan sólo los increíbles y horrorosos acontecimientos que estábamos a punto de vivir, habría preferido sin duda el aburrimiento. Porque, apenas unas horas más tarde, nos veríamos envueltos en algo a lo que yo jamás habría dado crédito de no haberlo contemplado con mis propios ojos.

Todo empezó (o quizá debería decir que empezó nuestra intervención, pues la historia se prolongaba muy atrás en el tiempo) poco después de la comida. Holmes había decidido disfrazarse de rufián portuario y salir a husmear por la ciudad en busca de algo en lo que ocupar la mente, cuando el inspector Lestrade llegó a nuestras habitaciones. En un principio no reconoció a mi amigo y Holmes no pudo evitar jugar un poco con el honrado pero poco sagaz policía. Cansado finalmente de aquello, reveló su identidad a Lestrade, en cuyo rostro la ira y el asombro se persiguieron por unos instantes.

—Señor Holmes, he venido a verlo por un asunto de la máxima importancia —dijo—. Y no me parece honrado por su parte tenerme aquí ignorante de su presencia.

—Lo siento, Lestrade, créame. Sin embargo, el mundo está tan tranquilo últimamente que no he podido evitar buscar un poco de diversión. Lamento que haya sido a su costa. ¿Viene a verme por algo relacionado con mi especialidad?

—Así es, señor Holmes.

—Y verdaderamente importante, por lo que veo, o no lo habrían sacado a usted de la cama a horas intempestivas.

Lestrade se quedó mudo de asombro. Sin embargo, mi larga asociación con Holmes me había permitido aprender algunos detalles básicos de su técnica de observación y pude ver que mi amigo había deducido aquello por el estado general de desaliño de sus ropas, la falta escandalosa de un afeitado en sus mejillas, sus grandes ojeras y el hecho (que advertí, felicitándome por mi sagacidad, cuando el policía se sentó y cruzó las piernas) de que se había colocado uno de los calcetines del revés. Lestrade, por otra parte, acostumbrado ya a esos comentarios aparentemente milagrosos de Holmes, recuperó enseguida la compostura y siguió hablando.

—Es cierto. La noche pasada fui sacado de mi lecho, como usted ha dicho, a horas intempestivas. La llamada venía del Home Office. De lo más alto —añadió reverente—. El propio ministro habló conmigo —dijo, sin poder evitar pavonearse—. Tras ponerme al corriente del asunto me dijo que lo buscara a usted.

—¿Y qué ha ocurrido?

—No entiendo a qué se refiere.

—Supongo que la petición de buscarme no le sería transmitida esta tarde, sino ayer noche.

—Oh, entiendo. Sí, pero antes de verle quise investigar un poco sobre el terreno. Quizá el asunto no requiriera su presencia y lo último que hubiera querido hacer sería molestarlo por una tontería.

Holmes reprimió apenas una sonrisa. Las verdaderas intenciones de Lestrade se le habían hecho claras enseguida: si él mismo podía solucionar el caso sin involucrar a mi amigo en el asunto, mucho mejor para todos. Especialmente para el propio Lestrade, por supuesto.

—Ya que está usted aquí, imagino que no lo es.

—Me temo que no. Señor Holmes, he visto morir a muchos hombres, pero nunca de una forma tan extraña. He estado presente en la autopsia y aún no se qué pensar. El cadáver apenas tenía sangre en sus venas y, sin embargo, no presentaba la menor herida o hemorragia. El forense estaba tan atónito como yo.

—Y yo estoy sobre ascuas, Lestrade.

—Oh, por Dios, es cierto, he empezado a contarlo todo por la mitad, como ese griego, Virgilio —Homero, corregí mentalmente—. Lo siento, aún estoy algo nervioso. Doctor, ¿sería posible que me sirviesen algún licor?

—Por supuesto —dije yo—. ¿Brandy?

—Sí, un poco de brandy estará bien.

Mientras me dirigía a preparar las bebidas, Lestrade siguió hablando con Holmes:

—Ayer, poco antes del anochecer, ha fallecido lord Robert Saville. Quizá haya oído hablar de él.

—Lo recuerdo, en efecto. Tenía algún cargo diplomático —Lestrade asintió—. Un hombre joven, vigoroso, muy vital, si la memoria no me falla.

Lestrade tomó la copa que le tendía y bebió un largo trago, antes de contestar.

—Así es, por eso su muerte ha causado tal extrañeza. En el transcurso de los últimos tres días fue languideciendo hasta prácticamente consumirse. Los médicos que lo asistían estaban horrorizados. Perdía sangre a un ritmo que parecía imposible y, como le he dicho, no tenía herida ni hemorragia, interna o externa. Además, durante su... —se detuvo unos instantes—, no sé si calificarla de enfermedad, no dejaba de decir que alguien lo estaba matando.

—¿Mencionó algún nombre?

—No, se limitaba a decir: él me mata, él me mata.

—¿Alguna otra cosa que pudiera decir durante su agonía que nos pudiera servir de pista?

—Lo dudo. La mayor parte del tiempo parecía delirar. —Lestrade sacó de un bolsillo una libreta de notas—. Médicos y criados recuerdan haberle oído murmurar cosas como: Ya voy, muy pronto; Sí, mi señor; todos temblaréis ante mí; seré su sirviente y un príncipe en la tierra y, por supuesto, la afirmación de que él, quienquiera que fuese, lo estaba matando.

—Ya veo. Interesante, sin duda. ¿Y qué es lo que desea exactamente de mí el señor ministro?

—Quiere saber si la muerte de lord Robert se debió a causas naturales y, en caso negativo, quien la provocó. Todo ello con la mayor discreción, por eso decidió acudir a usted: una investigación de la policía levantaría inmediatamente la liebre y el supuesto asesino estaría sobre aviso. En cambio, un particular podría llevar adelante las pesquisas más discretamente.

—Entiendo. —Holmes se incorporó en el sillón—. Muy bien, Lestrade, me ocuparé del asunto. Puesto que usted ya ha asistido a la autopsia y ha interrogado a los médicos que le atendieron y a la servidumbre, le agradecería sus notas sobre el caso. Eso me ahorraría grandes molestias.

—Por supuesto, señor Holmes —dijo Lestrade zalamero—. Puede contar con que todo cuanto yo haya podido descubrir a esté a su disposición. —Le tendió el cuaderno de notas.

Holmes lo cogió y pasó las páginas lenta y meticulosamente. Terminó de leer y le devolvió la libreta al policía.

—Muy bien. Ha demostrado usted una gran perspicacia.

Lestrade se hinchó como un pavo ante el cumplido; el pobre hombre siempre había sido incapaz de percibir la ironía que se ocultaba tras los cumplidos de Holmes.

—Iniciaré hoy mismo la investigación y le expondré mis conclusiones cuando las alcance. Ya conoce mi método de trabajo.

Así, tras un par de frases más, Lestrade abandonó la habitación. Y, apenas unas horas más tarde, el horror se abatiría sobre nosotros. Aquella misma noche, aunque nosotros no lo descubriríamos hasta pasado varios días tendría lugar un hecho que, analizado después por la poderosa mente de Holmes, pondría al descubierto el plan infame y terrible que él (aún no diré su nombre) había trazado para su propia supervivencia y la de su execrable especie.



2


Apenas Lestrade hubo dejado la habitación, Holmes se puso de pie y desapareció tras la puerta que daba a su cuarto. Volvió varios minutos después, convertido en un cochero de aires desafiantes. Me miró unos instantes y dijo:

—Bien, veremos qué tal ha cumplido su misión el amigo Lestrade. Su cuaderno de notas me sorprendió: había hechos evidentes que no había pasado por alto. Veremos.

Me ofrecí a acompañarlo, pero él declinó mi oferta.

—No, amigo mío, su presencia no es aún necesaria. Además —añadió con una sonrisa no exenta de ironía—, jamás me atrevería a interrumpirle en mitad de su trabajo artístico. Buenas tardes,

Con esto se fue. Holmes afirmó no haberme querido interrumpir en mis quehaceres literarios. Sin embargo, en cuanto me quedé solo abandoné por completo la tarea: el asunto que Lestrade había llevado hasta nosotros me impedía concentrarme en cualquier otra cosa. No sabía qué pensar acerca de la extraña muerte de lord Robert Saville: si había sido provocada por un agente externo, ¿cómo pudo extraerle tal cantidad de sangre sin dejar rastro? Se pueden producir heridas difíciles de detectar a simple vista pero, por esa misma razón la cantidad de sangre que puede escapar por ellas es mínima; y además, en un examen exhaustivo como el realizado durante una autopsia serían sin duda descubiertas. Por otro lado, si se trataba de una enfermedad, ¿cuál? Ningún tipo de anemia de los que mi experiencia médica me había hecho conocer producía tales resultados y, desde luego, no en un espacio de tiempo tan breve como el que había comentado Lestrade. Le di vueltas al asunto una y otra vez, pero no por eso se me hizo más claro.

A media tarde, mi amigo entró en la habitación con una sonrisa en sus facciones angulosas. Me saludó, entró en su cuarto y, unos minutos más tarde, librado ya de su disfraz, se arrellanaba en su sillón y fumaba tranquilamente una pipa.

—¿Y bien? —dije yo.

—Curioso, muy curioso.

—¿De veras?

—Sí, Lestrade apenas ha pasado ningún detalle por alto. Debe estar aprendiendo con los años. Lo que he averiguado hasta ahora coincide de forma bastante exacta con lo que él nos ha contado. Lo poco que dejó por anotar en su libretita no tiene la menor importancia. Dígame, Watson, como médico, ¿qué opina de la muerte de lord Robert?

—Estoy tan perplejo como Lestrade o el forense de la policía. No conozco enfermedad alguna que produzca esos resultados.

—Sí, eso pienso yo también. Hay algo, sin embargo... no, demasiado absurdo.

Se sumió en un silencio concentrado y yo, por mi parte, no quise preguntarle qué era aquello que le parecía demasiado absurdo. En los momentos en que Holmes se dejaba caer en aquel mutismo, lo mejor era dejarlo tranquilo hasta que él mismo saliera de él. Intenté, pues, seguir trabajando en mi narración, pero con escaso éxito. Aquel asunto no se me iba de la cabeza. Al fin, varias horas más tarde, Holmes pareció despertar de un sueño, alzó la cabeza y, mirándome, dijo:

—Nada. En este asunto estoy por completo a oscuras. Veremos qué puede hacer una noche de sueño y qué nos traerá el nuevo día. Buenas noches.

Con esto, se fue a acostar y pocos minutos después, yo lo imitaba.



3


Generalmente, cuando yo me levantaba, Holmes llevaba varias horas despierto. Aquel día, sin embargo, aún dormía cuando yo, con el TIMESa mi lado, me disponía a desayunar. Habían transcurrido dos días desde que Lestrade viniera a nuestras habitaciones y no se había adelantado nada en lo que se refería a la causa de la muerte de lord Robert. De pronto, en la página de sucesos, mis ojos se detuvieron incrédulos ante una noticia. La leí y releí varias veces: no podía tener la menor relación con el caso que Holmes investigaba, era absurdo, pero sin saber por qué, me estremecí. Holmes, que se levantaba en aquellos momentos, notó mi escalofrío y preguntó:

—¿Qué ocurre, Watson?

—Véalo usted mismo —le dije tendiéndole el periódico y señalando la noticia a la que me refería.

Holmes lo tomó y leyó en voz alta:


Poco antes del amanecer, el guarda del cementerio se vio atraído al panteón familiar de los Saville (como se sabrá lord Robert falleció recientemente) por lo que le pareció un sollozo. Llegado allí encontró una criatura de unos cinco años, muy pálida y que se llevaba la mano al cuello sin dejar de sollozar. El guarda pensó en un principio que se trataba de una travesura infantil, pero cuando vio el rostro del muchacho cambió inmediatamente de idea. Como hemos dicho, estaba mortalmente pálido y casi se desmayó en brazos del buen hombre, quien lo llevó a su vivienda y desde allí llamó a la policía, los cuales trasladaron al muchacho al Hospital de la Santa Cruz. Puestos al habla con los médicos nos han informado de que el joven tenía el cuello lleno de arañazos y que había perdido mucha sangre, siendo seguramente esa la causa de su palidez y desmayo. El muchacho apenas habla, en un estado cercano a la catatonía, pero los médicos afirman que eso se debe a la debilidad y que, con el tiempo, se repondrá. Se ignora su nombre y nadie en las últimas horas ha denunciado la desaparición de un niño.


Durante largo tiempo, Holmes no dijo nada. Siguió con la vista clavada en la noticia, como si hubiera algo en ella que se le escapara.

—En realidad no guarda relación con el caso —dije yo—. Simplemente, me llamó la atención la coincidencia de la tumba.

Pero no pareció haberme oído. Arrugó el periódico y se sentó a desayunar. Sin embargo lo hizo con aire distraído, con la mente ocupada en otros asuntos. Comía maquinalmente y sus ojos parecían atravesar la ventana, buscando más allá. Hubo un momento en que murmuró: no puede ser y se incorporó repentinamente en la silla.

—Tengo que irme —dijo.

Apenas pude abrir la boca para contestar. Holmes se había ido. Lo conocía lo suficiente para saber que, en aquellos momentos, su cabeza era un hervidero de ideas, que una de ellas acababa de golpearlo con una intensidad casi física y que, hasta que no confirmara o desechara sus sospechas, no descansaría tranquilo.

No volvió hasta varias horas más tarde y en su rostro ardía algo febril, parecía nervioso, excitado como yo jamás le había visto. Lo primero que hizo al entrar fue disculparse.

—Perdone mi extemporánea salida de esta mañana, me temo que olvidé las más elementales normas de la educación.

Le dije que no tenía importancia y le pregunté donde había estado.

—En el hospital y en el cementerio, por supuesto. Watson, ¿creería usted que un ciego fuese capaz de ejercer la medicina?

—Me sorprendería —dije, sin saber muy bien a qué venía todo aquello.

—A cualquiera le sorprendería. Y sin embargo los médicos del Hospital de la Santa Cruz lo están, o de otra forma habrían reparado en el extraordinario carácter de las heridas del muchacho.

—No le entiendo.

—Es bien simple. Resulta evidente que los arañazos del cuello no pueden ser la causa de la pérdida de sangre. Son claramente superficiales y cicatrizaron enseguida. Sin embargo, nadie reparó en las dos marcas que había en su cuello, ocultas parcialmente por los arañazos.

—¿Dos marcas, de qué clase?

—Como dos pinchazos. Dos pinchazos que, sin embargo, no acababan de cicatrizar, con los bordes claramente más pálidos que el resto de la piel. Además —dijo cambiando repentinamente de tema—, si la pobre criatura perdió tanta sangre, ¿dónde se encuentra ésta? No en el cementerio, desde luego. Allí, aparte de unas gotas en un matorral espinoso que fue, sin duda, lo que arañó al muchacho, no hay el menor rastro de sangre.

—¿No podían haberla lavado?

—Podían, pero no lo han hecho. He hablado con el guarda: él mismo se disponía a limpiar de allí todo resto de sangre, pero cuando se puso a la tarea se encontró con que no había nada que limpiar. Inaudito. Imposible.

Holmes se movía por la habitación como un bailarín desplazándose por un suelo en cuya integridad no confía. Yo mismo estaba empezando a inquietarme. No me atrevía a pensar en las implicaciones que había tras las palabras de mi amigo: resultaba demasiado absurdo (y aterrador) para considerarlo siquiera por un instante. Pero algo frío se había instalado en mi garganta.

—¿Y qué va a hacer ahora? —conseguí preguntar.

—Qué vamos a hacer, querido amigo, qué vamos a hacer, porque a partir de ahora necesito su ayuda.

Aquella era la frase que llevaba esperando desde que comenzara el asunto, y tuvo el efecto de tranquilizarme de inmediato: toda inquietud desapareció de mí, y me sentí imparable. Me incorporé, casi como si me hubieran empujado, y dije:

—Sabe que puede contar siempre con ella, Holmes.

Mi amigo sonrió apenas, con aquella expresión tan suya a caballo entre la ironía y el afecto.

—Gracias, no esperaba menos de usted. Ahora no podemos hacer nada —miró por la ventana—, pero pronto será de noche. Entonces usted y yo volveremos al cementerio y visitaremos el panteón familiar de los Saville.

Abrí la boca, horrorizado. ¿Qué se proponía Holmes? ¿Qué estaba intentando decirme?

—Créame, es de todo punto necesario. Si mis sospechas, Dios lo quiera, resultan infundadas nadie sabrá de nuestra pequeña excursión. Si resultan ser ciertas, que el Cielo nos proteja todos.

 No respondí nada. La sombra de una sospecha cubrió mi mente por unos instante, pero la aparté enseguida. Era absurdo, impensable.

Poco después caía la noche y Holmes y yo iniciábamos nuestro viaje en dirección al cementerio. Ninguno de los dos habló por el camino y el humor de Holmes se volvía sombrío por momentos.

Cuando llegamos al cementerio, Holmes no tuvo el menor problema en forzar la puerta de éste, ni la del panteón de los Saville. Un olor viejo y húmedo impregnaba todo el lugar. Había varios féretros, la mayoría bastante antiguos y cubiertos de polvo. Uno de ellos, por su aspecto nuevo y limpio no podía ser sino el de lord Robert. Holmes avanzó hacia allí decidido y alzó la tapa. Se quedó inmóvil, contemplando el interior del ataúd. Tanto Holmes como yo habíamos visto cadáveres más que suficientes a lo largo de nuestra dilatada vida en común, así que no pude comprender por qué la visión de este lo impresionaba de tal modo. Me acerqué a él y atisbé al interior. Estaba vacío.

—¿Qué es esto? ¿Por qué nadie querría robar el cuerpo de lord Robert? —pregunté, incrédulo.

—Nadie lo ha hecho —musitó Holmes—. Es su alma la que ha sido robada. —Bajó la tapa del ataúd—. Vámonos —dijo.

Salimos del mausoleo. Me pregunté, aunque una parte de mí estaba empezando a suponerlo, qué querría decir mi amigo con aquella enigmática frase acerca del alma de lord Robert. Durante todos aquellos años pasados junto a él pocas veces le había oído la menor referencia a asuntos de índole religiosa o espiritual. Sin saber por qué, sus palabras de unos momentos atrás me llenaron de aprensión y temor.

Caminábamos por entre las tumbas silenciosas en dirección a la salida. De pronto, a lo lejos, una figura negra tomó forma frente a nosotros; pareció mirarnos unos instantes y luego la vi desplazarse en nuestra dirección: no daba la impresión de que caminase, más bien se deslizaba en el aire, como si flotara. Atribuí aquello a la niebla y la oscuridad y supuse que se trataría del guarda, que nos había visto, pero Holmes gritó:

—Corra, Watson, corra por la salvación de su alma. Ahora no nos podemos enfrentar a él. Qué tonto he sido. ¡Corra!

Y corrí como si el mismo diablo me pisara los talones, sin saber exactamente qué ocurría, aguijoneado por la urgencia y el pánico (sí, por primera vez sentí pánico en su voz) en las palabras de Holmes. Salimos del cementerio y no detuvimos nuestra carrera, seguimos adelante, dejando atrás una casa tras otra. Al fin, Holmes se detuvo, miró a sus espaldas y dijo:

—No nos ha seguido.

Yo estaba demasiado atemorizado y asombrado para hablar. A un par de manzanas encontramos un coche y en él volvimos a Baker Street.

Lestrade nos esperaba allí.



4


—Holmes, cuando le cuente lo que ha ocurrido esta noche, usted no me creerá —nos dijo Lestrade cuando apenas habíamos entrado por la puerta.

—Si lo que me va a contar es que alguien ha visto a lord Robert vivo, puedo asegurarle que ni siquiera me sorprenderá —dijo Holmes.

Se dejó caer en el sillón y abatió los hombros. Nunca lo había visto tan agotado, y no se trataba de un cansancio puramente físico: un extraño agarrotamiento mental parecía flotar a su alrededor. Comprobé, con una punzada de temor, que me ocurría algo similar.

—¿Cómo... cómo? —balbuceó Lestrade—. Acabo de estar con el ministro. Sé que la noticia no ha trascendido. Es imposible que usted...

Holmes no respondió, como si ni siquiera hubiera escuchado. Yo dije en su lugar:

—Venimos del cementerio. El cuerpo de lord Robert no estaba en su ataúd.

—¿Entonces usted ya tenía sospechas?

Holmes alzó la vista.

—Intuía algo, pero ni por asomo algo tan terrible como esto.

—¿Terrible? —dijo Lestrade—. ¿Qué tiene de terrible que un hombre dado por muerto esté vivo? Deberíamos alegrarnos de la noticia.

—Por favor, Lestrade, por una vez en su vida utilice el cerebro, si no es pedir demasiado.

El policía se tambaleó ante las palabras de Holmes, igual que lo habría hecho si el detective le hubiera golpeado. En cuanto a mí, aquella reacción me aterró más que ninguna otra cosa: Holmes había perdido los estribos completamente, en su rostro y en su voz no había el menor rastro de aquel frío raciocinio que siempre lo había caracterizado. No pude evitarlo, en aquel momento me pareció un hombre acorralado, acosado.

—Entrase vivo o muerto en la sala de autopsias solo pudo salir de ella cadáver —dijo mi amigo, apretando los dientes con fuerza, como si el mero hecho de articular las palabras fuera superior a sus fuerzas—. ¿Es que no se da cuenta?

—Por Dios, tiene usted razón.

Ahora fue el turno de Lestrade de parecer agotado. Dejó caer su cuerpo en una silla junto a la pared.

Durante un tiempo interminable (y que sin embargo no debieron haber sido más de unos segundos) el silencio se instaló entre nosotros como si fuera un animal vivo y hambriento. Me sentí rodeado por una intensa sensación de irrealidad, como si el mundo entero se estuviera haciendo pedazos a nuestro alrededor.

—No lo entiendo, Holmes —conseguí decir, y cada palabra me costó un esfuerzo casi inimaginable.

Para mi sorpresa, una sonrisa tímida asomó al rostro del detective.

—Amigo mío, es lógico que usted no lo entienda.

Me di cuenta de que se había tranquilizado, de que, afortunadamente para todos, volvía a ser la criatura metódica y sistemática que Lestrade y yo conocíamos. Pero vi también que seguía habiendo en su voz un cansancio, una sensación de derrota que nunca había percibido antes en ella

—Nadie debería entenderlo —añadió—. Si realmente viviéramos en un mundo racional tal cosa no sería posible.

De pronto, sin transición visible, Holmes recuperó su semblante habitual. En sus ojos centelleó aquel brillo de cazador que yo conocía tan bien y supe que estábamos muy lejos de haber sido derrotados. No, mientras Holmes no se diera por vencido yo tampoco lo haría.

—Aún no es tarde —dijo—. Podemos detenerlo. Sí, podemos, ya se ha hecho antes, y nosotros no somos hombres menos decididos o con menos recursos que quienes lo consiguieron la primera vez. Cuénteme lo que ha ocurrido, Lestrade.

El policía alzó la vista. Por un instante tuve la sensación de que no sabía dónde se encontraba, ni mucho menos en compañía de quién. Parpadeó un par de veces y fue como si volviera de otro lugar. Al principio no parecía capaz de hablar, como si no terminara de encontrar las palabras.

—Su mujer lo vio —dijo al fin, hablando casi sin entonación, aunque poco a poco, a medida que hablaba, fue  consiguiendo ganar seguridad—. Escuchó ruido en el despacho de su marido y bajó a ver qué ocurría. Vio una figura, de espaldas, revolviendo entre los papeles de lord Robert. Al oír abrirse la puerta el individuo se volvió y ella se dio cuenta de que era su esposo. Tenía un aspecto extraño, como si anduviera sonámbulo, y tenía una gran mancha roja en la boca. Al ver a su mujer pareció despertar de un sueño. La llamó con una sonrisa. Lady Saville dice que aquella sonrisa hizo que se le pusieran los pelos de punta: era maligna, lasciva, diabólica. Parecía mirarla como con hambre. De pronto, su expresión cambió y su rostro se convirtió en una máscara de pánico. No, tú no, tú no, a ti no puedo, murmuró, y saltó por la ventana. Los criados encontraron a la pobre mujer desvanecida en el suelo del despacho.

Holmes, con las manos bajo el mentón, unidas por la punta de los dedos, seguía cada palabra de Lestrade, como si el menor de los detalles que el policía nos estaba contando pudiera ser vital.

—¿Qué papeles buscaba? —preguntó.

—Yo... no lo sé. —Consultó su libreta de notas en un gesto cansado—. En el suelo había varios papeles esparcidos al azar, probablemente lord Robert... —se detuvo unos instantes—... o quien fuera los había tirado al suelo al sacarlos de la caja fuerte. Sobre la mesa había varias hojas en blanco, con el sello del Ministerio. Eso es todo.

Un murmullo casi imperceptible se escapó de la boca de mi amigo, mientras asentía lentamente.

—¿Algo de importancia en los papeles del suelo? —volvió a preguntar.

—Nada. Documentos rutinarios.

—Hmmm —murmuró Holmes de nuevo. Tomó su pipa, la limpió y la llenó de tabaco—. Hojas en blanco —dijo en voz baja mientras la encendía—. ¿Por qué hojas en blanco?

Ni Lestrade ni yo respondimos. Holmes no nos miraba, fumando en silencio, su cabeza oculta por una nube de humo. El tiempo transcurría y la noche iba envejeciendo lentamente. Tuve la sensación de que había algo en el aire frente a nosotros, una suerte de presencia invisible que, sin embargo, mantenía nuestro ánimo extrañamente sombrío. Holmes seguía fumando sin decir una palabra, Lestrade no apartaba la vista de la chimenea y yo me revolvía incómodo en mi asiento, sin atreverme sin embargo a romper el silencio.

De pronto, mi amigo se levantó del sillón y me preguntó:

—¿La señora Hudson ha tirado ya esa silla vieja?

Al principio no supe qué responder, tan de sorpresa como me pilló la pregunta. Al fin dije:

—Creo que no.

—Enseguida vuelvo.

Dejó la habitación, sin hacer caso de la mirada de incomprensión que Lestrade y yo nos intercambiamos, y poco después regresaba llevando en la mano lo que había sido la pata de una silla, con un extremo afilado y ennegrecido por el fuego. Con la otra mano sujetaba algo que no vi pero, por el olor que se extendió por la habitación supuse que era ajo.

—Esto servirá —nos dijo—. Tiene que servir. Ahora debemos esperar al amanecer.

Y sin más se sentó en su laboratorio químico y allí estuvo trabajando hasta el alba. De vez en cuando canturreaba algo y sonreía, aunque la sonrisa no tardaba en morir en sus labios para ser sustituida por un gesto de hosca determinación. Tanto Lestrade como yo lo contemplábamos sin decir palabra. No nos atrevíamos ni a mirarnos. Lestrade nunca ha sido un hombre demasiado imaginativo pero creo que empezaba a atisbar, aunque ni de lejos a creer, lo que podían implicar las palabras de Holmes.

En cuanto a mí, qué puedo decir. Todos mis instintos se revelaban contra lo que mi amigo parecía sugerir con sus actos. Y sin embargo, con los años confiar en Holmes, en sus instintos, sus percepciones, sus razonamientos y sus ideas, se había ido convirtiendo en mí en una segunda naturaleza, hasta el extremo de que antes habría puesto en duda mis percepciones que las suyas. Ambos habíamos asistido a algunos hechos que bien podían ser calificados de «extraordinarios» o incluso «increíbles» y si los dos habíamos salido de ellos con nuestra razón intacta se lo debía en buena medida a Holmes, al hecho de que su mente afilada era capaz de convivir con lo más grotesco, descabellado e inverosímil mientras resultara coherente y explicara de forma satisfactoria lo que ocurría.

Pero, ¿qué podía haber de «satisfactorio» en una ristra de ajos y un trozo afilado de madera? ¿Cómo podía yo calificar de «satisfactorio» un universo donde aquellos dos objetos fueran algo más que un condimento y un poco de combustible para la chimenea?

Al fin amaneció. Holmes vio la claridad por la ventana, dejó los compuestos químicos a un lado y dijo:

—Vámonos.

Salimos de la habitación en silencio. Llevaba, en mi maletín de médico, la pata de la silla y un grueso martillo; no me atreví a preguntarle a Holmes para qué estaba destinado tan curioso instrumental. Si su respuesta no era la que temía, quedaría como un tonto, desde luego; pero lo que de verdad me aterraba era tener razón en mis sospechas. En la calle buscamos un coche y al fin lo encontramos. Mientras subíamos, Lestrade le dijo a Holmes:

—Conozco sus métodos y hasta ahora siempre los he respetado, pero por Dios que si no me dice ahora a qué viene todo esto reventaré.

Lestrade no habría podido expresar mejor mis propios pensamientos. Holmes nos miró un largo rato antes de responder.

—No, aún no puedo decirles nada —dijo, meneando la cabeza—. Si lo hiciera no me creerían y me tomarían por loco. Yo mismo dudo de mi cordura. Tienen que verlo con sus propios ojos. Ya no falta mucho.

Por la calle, un mozalbete voceaba las últimas noticias de un periódico. Holmes hizo detenerse al cochero, se bajó y le compró al chico un ejemplar. De vuelta al coche pasó sus páginas ávidamente.

—¿Qué busca? —le pregunté.

—No lo sé —respondió él—. Si lo supiera no lo buscaría... Aquí está.

Nos mostró una extraña noticia. Dos días antes (la misma noche en que fue encontrado el muchacho junto al panteón de los Saville, recordé con un escalofrío) alguien había llamado a la puerta en las caballerizas del palacio de Buckingham. El caballerizo fue a mirar y, a través de la ventana vio un hombre de aspecto respetable que pidió entrar. El caballerizo, furioso por haber sido despertado, despidió al hombre de malos modos, quien, sin insistir más, se fue.

—Ahora lean la descripción de ese individuo de aspecto respetable.

Así lo hicimos Lestrade y yo: Alto, robusto, de porte noble y con gran bigote negro, nariz afilada y ojos azules, decía el periódico.

—¿Con quién encaja esa descripción? —preguntó Holmes.

—Lord Robert —dijo Lestrade.

—Exacto. No pudo entrar. Claro, si alguien de dentro no les concede el permiso no pueden entrar. —Holmes murmuraba todo aquello como si nosotros no estuviéramos—. Por eso necesitaba las hojas en blanco con membrete del Ministerio. Dios santo, si tiene éxito en su plan será terrible.

—¿Qué plan, qué plan está maquinando lord Robert?

—Lord Robert —dijo Holmes—, o mejor, lo que un día fue lord Robert no es más que un peón, una marioneta en este juego horrible. No, nuestro verdadero enemigo es otro.

Llegamos al cementerio. Lestrade llamó al guarda y le ordenó abrir el panteón de los Saville. Éste así lo hizo y, dejando entornada la puerta, se fue. Holmes inició el descenso a la tumba y Lestrade y yo lo seguimos. Ignoraba (aunque una parte de mi mente estaba plagada de sospechas, a cual más terrible y grotesca) qué esperaba encontrar allí, ya que el cuerpo de lord Robert, tal y como nosotros mismos habíamos comprobado la noche anterior, había desaparecido y creo que lo mismo pensaba Lestrade. Sin embargo, la determinación que brillaba en los ojos de Holmes era tal que ninguno se atrevió a decirle nada.

Llegamos junto al ataúd de lord Robert y Holmes alzó la tapa.

Estaba allí. Parecía dormir profundamente, tan llenas de color estaban sus mejillas y tan vivo aspecto presentaba. Alrededor de sus labios se extendía una mancha púrpura que sólo podía ser sangre seca.

—No es posible —susurré—. Quién ha podido...

Lestrade nos hizo a un lado y tocó con su mano el hombro del cuerpo que yacía en el féretro.

—Despierte, lord Robert, despierte —dijo zarandeándolo.

—Es inútil. Está muerto.

—¿Muerto? Pero hombre de Dios, ¿no ve que es imposible? Vea qué aspecto tiene.

—Lo veo y sigo diciendo que está muerto.

Acerqué una mano a su cuello. No tenía pulso. Holmes sacó un espejito de su bolsillo y lo sostuvo frente a su cara. No se empañó. De pronto, me quedé helado: en el espejito se reflejaba el fondo del ataúd, no había el menor rastro de lord Robert. Holmes notó mi asombro y asintió en silencio. Le hizo una seña a Lestrade de que se acercara. Holmes fue pasando el espejo a lo largo de todo el cuerpo, sosteniéndolo en distintos ángulos para que lo viéramos bien: lord Robert no se reflejaba.

—¿Qué... qué...? —balbuceó Lestrade.

—Estamos ante un nosferatu —dijo Holmes—, un no-muerto, o, como ha sido llamado también, un vampiro.

—Por Dios, no sea ridículo, hombre —dijo Lestrade, casi quitándome las palabras de la boca.

Pero Holmes ni siquiera se molestó en parecer contrariado.

—¿Pueden darme otra explicación? ¿Está o no está muerto este hombre? ¿Fue o no fue visto la noche pasada por su esposa? ¿Se refleja o no en el espejo? Mírelo con atención, Lestrade, trate de recordar: ¿tenía este aspecto lord Robert cuando se le hizo la autopsia?

—No. Estaba pálido, consumido.

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora parece vivo.

—Sí, pero su corazón no late. No respira. Si usted espera a que anochezca lo verá caminar, y hablar, pero su corazón seguirá sin latir, y no respirará. Desnúdelo y verá los puntos de sutura que le hizo el forense. Descabellada o no es la única explicación que encaja con los hechos.

Miré a Holmes. Hablar me costaba lo indecible. Hablar significaba aceptar que lo que nos estaba diciendo era cierto. Y aceptar aquello era...

—Pero ¿cómo —pregunté—, cómo pudo saberlo?

—Pregunte más bien cómo no lo supe antes. Si mi cerebro, ay, demasiado racional en este caso, no me hubiera guiado tan mal lo habría sabido hace tiempo. Todo estaba demasiado claro: las últimas palabras de lord Robert, alguien lo mataba, pero él iba a tener poder después; la extraña naturaleza de su muerte, apenas sin sangre en las venas, pero sin herida o hemorragia; el niño encontrado junto al panteón; la ausencia del cadáver de noche... Todo estaba claro, o lo habría estado si la razón, la orgullosa razón, inútil e impotente en este caso, no me hubiera cegado.

—¿Entonces, la figura que vimos la otra noche...?

—Era lord Robert, o mejor dicho, el nosferatu que fue una vez lord Robert. Cuando le dije que corriera para salvar su alma no bromeaba, amigo mío.

Holmes cogió mi maletín y de él sacó el trozo de silla y el martillo.

—¿Qué va hacer? —preguntó Lestrade.

—Voy a clavar esta estaca en su corazón. Después le cortaré la cabeza y le llenaré la boca de ajo. Es la única forma de dar descanso a su alma.

Lestrade iba a decir algo pero, en aquel momento, oímos un chirrido a nuestras espaldas. Alguien entraba en el panteón.

II.

Diario de John Seward, doctor en medicina



1


19 de diciembre de 1899

Esta va a ser, sin duda una extraña Navidad, fuera de Inglaterra y lejos de los míos. He dejado al pequeño Abraham al cuidado de Mina y Jonathan. Ellos cuidarán del niño durante mi ausencia tan bien como lo habría hecho Ruth. Dos años ya sin ella. Me siento triste al abandonar las islas; sin embargo, no dejaría escapar esta oportunidad por nada del mundo: los más eminentes neuropatólogos del mundo estarán presentes en el congreso y, desde luego, lo estará también el doctor Freud. Un hombre increíble: sus teorías acerca del subconsciente revolucionarán sin duda la medicina cerebral.

El barco ha zarpado hace una hora y escribo este diario con la underwood que Mina y Jonathan me regalaron. Hace ya ocho años. El pequeño Quincey es todo un hombre. El tiempo pasa, sin duda, y él más que nadie nos recuerda que envejecemos. Ninguno de nosotros cuatro somos ya los jóvenes que cruzamos media Europa en una caza desesperada; sin embargo, creo que si tuviéramos que repetirlo, ninguno de nosotros vacilaría.

Me hubiera gustado traer mi fonógrafo, pero no estaba muy seguro de que un instrumento tan delicado soportase bien el viaje. De todas formas, con el paso de los años me he acostumbrado a mecanografiar y, aunque nunca sentiré el mismo placer que dictando, es un buen sustituto.

Bueno, allá vamos.


22 de diciembre

Una ciudad curiosa, Bucarest. No es la primera vez que la visito, por supuesto. Estuve (quizá debería decir que estuvimos) en ella en otra ocasión. Han pasado casi once años, pero los recuerdos no se desvanecen. Hoy pasearé un poco. Al venir el tren pasó por Transilvania. Me pregunto si el castillo aún estará allí. Sí, claro, por qué no iba a estar.

No puedo evitarlo. Siento deseos de volver, de visitarlo, de ver lo que el tiempo ha hecho con esas ruinas espectrales. Quizá lo haga.


23 de diciembre

Un hombre extraordinario, sin duda. Su ascendencia judía salta a la vista: qué intelecto, qué forma de cortar los argumentos. Su navaja de Occam es la más afilada que jamás he visto. Dejó nada menos que a Oppenhelmer con un palmo de narices esta mañana, a él que nunca nadie se ha atrevido a refutarle uno solo de sus argumentos. Cerebro brillante y personalidad arrolladora. Ese hombre revolucionará la neuropatología, estoy seguro.


25 de diciembre

La noche pasada, Freud me invitó a cenar. No resistí la tentación de comentarle el caso de Renfield, aunque obviando toda referencia al conde. Lo encontró interesante. Le fascinaba la teoría de Renfield por la cual la vida alimentaba a la vida: las moscas a las arañas, las arañas a los pájaros, los pájaros al gato y el gato a él. Me dijo que era increíble lo lógica y sistemática que puede llegar a ser una manía. Lamentó saber que había muerto. Pensaba ir a Inglaterra el año próximo y le hubiera gustado entrevistarse con él.

Hoy, Navidad, está nevando sobre Bucarest. La ciudad está hermosa bajo la nieve. Pero echo de menos Inglaterra.


27 de diciembre

El congreso es un verdadero aburrimiento. Freud ha vuelto a Viena y con él se ha ido la única nota de color entre todas estas momias venerables. Creo que yo también me iré. El tiempo ha mejorado y voy a aprovechar para hacer una visita al castillo. La curiosidad resulta demasiado irresistible y me han asegurado que la nueva línea férrea llega cerca de ese lugar, en una ciudad llamada Soara. Desde allí, en un coche de alquiler, no me llevará más de una hora llegar hasta el castillo de (¿lo diré de una vez?) Drácula.

Escribir su nombre ha tenido cierto efecto catárquico. Hacía años que no pensaba en él por su nombre y las únicas personas con quien podría hablar libremente de ello han sufrido demasiado por su causa. Ojalá van Helsing estuviera aquí y me acompañara. Quizá a la vuelta pase por Ámsterdam y lo visite. Hace casi tres años que no le veo.


29 de diciembre

He estado allí, he entrado, he mirado, he vuelto y aún no sé qué pensar. Llegué a Soara sobre las cuatro de la tarde y allí intenté alquilar un coche. Al saber mi destino la gente se santiguó y se negó a tratar conmigo. Al fin pude encontrar alguien lo bastante valiente (o quizá lo bastante avaricioso, pues el precio que me cobró fue sin duda desorbitante) para dejarme cerca del castillo. Se negó sin embargo a parar junto al edificio en ruinas. Tuve que recorrer por mi pie los últimos metros.

La superstición de estas gentes es extraordinaria. Hace más de diez años que el conde murió y aun siguen aterrados ante la sola idea de ir al castillo. Aunque en cierto modo los comprendo: las ruinas impresionan, y aún más a la luz del crepúsculo.

Llevaba conmigo una linterna eléctrica y no me fue muy difícil dar con lo que buscaba: la habitación donde van Helsing (bendito sea su nombre) acabó con las tres vampiras. Allí estaban los ataúdes, llenos de polvo. Más allá, pude ver el del conde, aún abierto y con el trozo de hostia consagrada sobre la tierra: nadie la ha tocado, ni siquiera el polvo; sigue blanca e inmaculada como el primer día que fue colocada allí.

Al fondo vi una puerta entreabierta. No pensaba detenerme más tiempo, ya había visto cuanto deseaba. El tren de vuelta a Bucarest salía a las once y no quería perderlo. Sin embargo, de nuevo la curiosidad pudo más y crucé la puerta. Tras ella, en una pequeña habitación había otro ataúd, abierto, con tierra en su interior y (gracias a Dios) vacío. Aquello me llamó la atención. Cuando van Helsing entró en el castillo no mencionó para nada un quinto ataúd. Quizá la puerta que yo había cruzado estaba cerrada entonces. Pero en ese caso, ¿quién la había abierto?

Pero el tiempo apremiaba y no pude detenerme más. Salí del castillo y subí al coche donde el aterrado aldeano me aguardaba. Llegué a tiempo de coger el tren (que, como siempre, se retrasó) y volví a Bucarest con tiempo para desayunar en el hotel. La comida del país es sabrosa, sin duda, pero ojalá no le echaran picante a todo, uno llega a quedar con la lengua insensibilizada. Y la sed. No sé cuánto he bebido desde que estoy aquí, pero creo que más que en los tres últimos años.

El misterio de ese ataúd vacío me intriga. Probablemente no haya nada de extraño en él. Seguramente una tormenta, o un aldeano atrevido rompieron la cerradura de la puerta de la habitación y por eso estaba abierta cuando yo llegué. Por su aspecto el ataúd era bastante viejo. Quizá al conde le gustaba cambiar de lecho de vez en cuando. La idea de que ese ataúd no ha sido neutralizado me inquieta. No debería, al fin y al cabo yo vi cómo el conde moría. Es imposible que vuelva.


30 de diciembre

Las últimas palabras que mecanografié ayer han resultado proféticas. ¡Ha vuelto! Está aquí. Lo he visto esta misma mañana, en mi propio hotel. Yo salía del comedor y lo vi pasar a mi lado. Él ni reparó en mi presencia. No se parecía, era más joven, el pelo más claro, casi rubio, las facciones completamente distintas, pero los ojos... esos ojos diabólicos. Es él, estoy seguro de que es él.

Le pregunté al conserje sobre el hombre con el que me había cruzado.

—Ah, el barón Vladimir Pokol —me dijo—. Pasa en nuestro hotel unos días. Se va pronto.

—¿Sabe adónde? —le pregunté.

—Lo ignoro, señor.

Eso es todo. Es él. El cuarto ataúd era su lecho, su nuevo lecho donde descansa durante el día. No me cabe la menor duda. Las facciones eran distintas, pero los ojos no. Esos ojos son inconfundibles. Aún recuerdo la odiosa mirada de triunfo que lanzó cuando lo atrapamos junto a su castillo. La noche caía y él presentía el triunfo cercano. Nunca podría olvidar esos ojos.


más tarde

Debo tranquilizarme. No puede ser él. Vi sus ojos aquel día, sí, pero también lo vi morir, vi la expresión de paz que iluminó su rostro cuando le matamos. No puede ser él. Está muerto.

Seguramente los nervios me han jugado una mala pasada, después de haberme pasado la noche pensando en mi visita al castillo y el ataúd vacío. Tiene que haber sido eso. Él está muerto.


31 de diciembre

El último día del año. Y el más terrible que he vivido en mucho tiempo. Esta mañana han encontrado muerto a un individuo en la calle. Completamente pálido, desangrado, sin heridas visibles. La multitud que se reunió a su alrededor se volvió loca al verlo. Le clavaron una estaca en el corazón y le cortaron la cabeza y llenaron su boca de ajos. La policía, como siempre ocurre en estos casos, llegó cuando la macabra ceremonia ya se había consumado y poco pudo hacer, más allá de dispersar a la multitud.

Esto me lo ha contado el conserje, con un comentario despectivo acerca de los habitantes de los barrios pobres y sus estúpidas supersticiones. Sin embargo, en sus ojos brillaba el miedo. Un hombre desangrado, sin rastros de heridas. Claro, las heridas que deja el vampiro desaparecen con la muerte de la víctima. Esta tarde me he comprado un crucifijo y una ristra de ajos. He asegurado las contraventanas de mi habitación. Estoy aterrado.


más tarde

Lo he pensado mucho y es mi deber. Si no lo hago, si me echo atrás, sé que Quincey Morris me maldecirá desde su tumba. Ya lo oigo gritar, preguntar si su muerte fue en vano. Parto ahora mismo a la estación y tomaré el primer tren que pare en Soara. Tengo que ir al castillo, tengo que ver con mis propios ojos si se trata de él. Ojalá me equivoque. Ojalá haya sido todo una horrible coincidencia fruto de la superstición de estas gentes.

Pero no lo creo. Cada vez que lo pienso estoy más convencido de que es real, de que el hombre al que mutilaron esta mañana había sido muerto por un vampiro. No por cualquier vampiro. Por él. Drácula. Está vivo y ha vuelto, ha vuelto, Dios mío. Esos ojos, esos ojos. Llamean en la oscuridad como dos ascuas, como dos hogueras diabólicas.

Es mi deber. Tengo que ir al castillo.


2 de enero

Escribo esto en el tren que me lleva a Ámsterdam. Hasta ahora no he tenido valor para escribir (no lo he tenido ni siquiera para recordar) lo que he visto el día anterior.

Sí, es Drácula, sin duda. Está vivo. O, mejor, está no-muerto.

En Soara nadie quiso alquilarme un coche y tuve que subir andando hasta el castillo. Iba muerto de miedo. La cruz colgaba confortadora de mi pecho, pero el miedo no se iba.

Cuando llegué faltaba poco para el amanecer. Entré y no tuve dificultades en encontrar la sala del cuarto ataúd. Seguía vacío. Claro, aún era de noche y él no había vuelto. Recuerdo que pensé que quizá no volviera, que tal vez siguiese en la ciudad. Cerca del ataúd había lo que parecía un altar de piedra y me oculté tras él, esperando la llegada del alba.

Debí dormirme. Me despertó algo parecido al batir de unas alas. Abrí los ojos y atisbé: allí estaba, una silueta oscura que iba tomando forma humana lentamente. Caminó hacia el ataúd y se detuvo. Lo oí olfatear y contuve la respiración; en aquellos momentos mi piel era un campo de alfileres. Luego, escuché como entraba en el ataúd. No me atreví a moverme hasta que vi la claridad del amanecer entrando por una rendija de la pared.

Salí de detrás del altar. Allí estaba. Ni vivo ni muerto, descansando hasta la noche siguiente, los largos colmillos manchados de sangre, los ojos entreabiertos, dejando asomar un leve resplandor rojizo bajo los párpados. Creo que gritaba mientras huía del castillo. En realidad no lo sé, no tengo ningún recuerdo claro de cómo salí de allí. Me veo llegando al pueblo y tomando el primer tren a Bucarest, pero antes de eso todo está en blanco. Sólo hay terror, y la sensación indefinible de que algo me acosaba. Ese mismo día hice las maletas y reservé un pasaje para Ámsterdam vía París.

Aquí estoy ahora, en el tren. La noche cae a mi alrededor. Y tengo miedo. Él está vivo. A pesar de todo lo que hemos hecho está vivo y me aterra. Debí haber hecho algo, buscar algo afilado y clavárselo en el corazón, cortarle la cabeza, hacer algo, cualquier cosa. Pero no pude. El miedo me paralizó y solo conseguí salir huyendo.

Que Dios nos ayude. Está vivo. Debí hacer algo.



2


3 de enero

Es curioso lo tranquilizadora que puede resultar la sola presencia de un hombre. Fue ver a van Helsing y todos mis temores desaparecieron. Sabe cómo reconfortarte con una simple mirada.

Desde mi ventana veo una buena parte de Ámsterdam: es una ciudad hermosa, construida a la manera veneciana, aunque he oído que sus habitantes bufan indignados si alguien se atreve a sugerirles tal idea. En cierta forma, no me extraña. Prefiero Ámsterdam a Venecia: es más acogedora, más habitable. Venecia no es más que un enorme mausoleo sobre el agua. Ámsterdam es una ciudad.

Van Helsing ha salido a poner un telegrama y aprovecho estos instantes para seguir con mi diario.

Llegué esta mañana y no me fue muy difícil encontrar su casa. Era justo como la había imaginado: pequeña, recogida, austera. Se sorprendió al verme; estos años no han pasado sobre él en vano: está viejo. Sus poderosos hombros parecen más hundidos que la última vez que lo vi, aunque el tiempo no ha podido derrotar el brillo visionario de sus ojos.

Apenas le di tiempo a saludarme. Le conté todo lo que me había ocurrido en las últimas semanas de un tirón. Luego me desmayé.

Al despertar me vi tendido en un sofá, con el rostro arrugado de mi viejo maestro cerca de mi cara, mirándome preocupado. Al ver que había recobrado el sentido, me tendió una copa de brandy y me la hizo beber a tragos lentos y espaciados. La sangre volvió a fluir por mis venas y, más tranquilo, le repetí la historia de una forma más ordenada y fui contestando a las preguntas que me hacía.

—Imposible. Ello es imposible de todo punto —dijo cuando hubo terminado el interrogatorio—. Amigo Jack, nosotros le vimos cómo moría. Nosotros dimos descanso a su pobre alma, ciertamente lo hicimos.

No dije nada.

—No puede ser —repitió.

Tras esto se encerró durante largo tiempo en un mutismo reconcentrado del que no parecía posible que saliera. Al cabo se levantó, alzó la vista y dijo:

—Solo hay una forma de averiguarlo. Arminius. Nadie pero él puede decirnos si tal cosa es posible. Espéreme aquí, Jack, volveré enseguida.

Cogió su chaqueta y se fue. Yo, más tranquilo, descubrí una máquina de escribir en una rincón de la sala y en ella estoy mecanografiando ahora mi diario.

La puerta se abre. Van Helsing ha vuelto.


más tarde

Tras la vuelta de van Helsing apenas hemos hablado. Ha insistido en que descanse y ha dicho que, hasta que no reciba respuesta a su telegrama no hay nada que podamos hacer.

Transcribo ahora el texto del telegrama:

Posibilidad No-m siga no-m tras decapitación. Investigar conde Vladimir. Pokol Averiguar paradero. Van Helsing.



3


7 de enero

La carta de Arminius, el enigmático amigo de van Helsing (por más que le he interrogado durante estos odiosos días de inactividad no he podido sacarle apenas nada) ha llegado. El estado de agitación que reveló el rostro de mi viejo amigo al leerla fue tal que no me cupo la menor duda de que lo que había visto era real, para desgracia del mundo entero. Drácula está vivo. Quizá debería decir que está no-muerto.

Después de leerla y, sin decirme nada, van Helsing se ha puesto a traducir la carta a su peculiar inglés. Me la ha pasado a continuación (su rostro estaba mortalmente pálido) y no ha apartado la vista de mí mientras la leía.

Qué puedo decir. No sentí horror ante las palabras que se deslizaban ante mis ojos. Creo que ya estoy más allá del horror. Pero no pude evitar la sensación de que un vacío negro y helado desgarraba mis entrañas con sus uñas oscuras. Pero mejor que no añada nada más. La propia carta será más elocuente que todo cuanto yo pudiera decir:


La posibilidad, mi querido amigo, aunque remota, existe. Según ciertas tradiciones orientales un nosferatu puede prolongar su estado de no-muerte incluso después de que aparentemente se le haya dado descanso a su alma. Sí, incluso aunque le clavemos una estaca, le cortemos la cabeza y le llenemos la boca de ajo, el  puede encontrar una forma de burlar la muerte, de seguir en su odioso estado después de que su cuerpo haya sido destruido como receptáculo de su espíritu negro y atormentado.

Hasta ahora, mi querido van Helsing, sólo te has enfrentado al sistema mediante el cual los vampiros perpetúan su especie execrable trayendo más vampiros al mundo en la forma de los que fueron sus víctimas. Pero hay más. El muerto viviente puede perpetuar, no ya su especie, sino su propia no-existencia. Puede morder a su víctima y robarle la sangre hasta el extremo de que esté a un paso de la muerte, pero que no dé ese paso. El desgraciado ser que ha caído en sus manos se sume de esa forma en un coma profundo en el que todas las constantes vitales se ralentizan, pero no desaparecen. Sí desaparece, sin embargo, el espíritu que moraba en ese cuerpo, dejándolo convertido en una carcasa vacía que el vampiro podrá utilizar si, por cualquier motivo, su propio cuerpo fuera destruido.

Terrorífico, ¿verdad? Y también peligroso y arriesgado para el vampiro, pues no siempre podrá emigrar a su cuerpo de repuesto y por lo tanto no se lo jugará todo a esa única carta, no dejará que su cuerpo original sea alegremente destruido y ocupará el que le espera a menos que no tenga otra opción. Sólo en el amanecer y en el anochecer (ese momento indeterminado en el que el mundo aún no ha cobrado realidad o está a punto de perderla) su negra y hedionda alma podrá introducirse en el nuevo receptáculo. Desgraciadamente, vosotros matasteis a Drácula en el momento mismo en que caía la noche.

Sí, Vladimir Pokol es Drácula. Ni siquiera necesité investigarlo. Me bastó ver el nombre que esa criatura había elegido para su reaparición en este mundo: Vladimir, el mismo nombre que tuvo en vida: Vladimir Drácul. Y Pokol, equivalente de nosferatu.

Desgraciadamente ya no está en Bucarest. Por lo que he podido saber a través de mis agentes, una partida de cajas a su nombre ha embarcado en el ESTRELLA OSCURA con destino a Inglaterra hace ya varios días. Es un barco de vapor, por lo que no depende de vientos y mareas para llegar a su destino y lo podrá hacer con bastante rapidez.

Iré al Castillo y me aseguraré de que Drácula no guarda más cuerpos en reserva y, caso contrario, los inutilizaré. Debes volver a Inglaterra. Y ten mucho cuidado. Ya estuvo una vez allí, y entonces no conocía el lugar ni las personas, era como un crío maligno jugando con su poder y aprendiendo. Ahora ha aprendido. Será mucho más astuto.

Dios nos ayude.


Junto a la carta, Van Helsing me ha mostrado dos pasajes para un barco que sale esta noche para Inglaterra y el texto del telegrama que ha puesto. En él advierte a Mina y Arthur de que Drácula ha vuelto y estén alertas.

Esta noche vuelvo a casa. Qué regreso tan distinto al que había esperado.



4


12 de enero


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