EL LAGO DE LA “MUE”.
Cuento de miedo y risas.
Autor: Javier González.
NOTA DEL AUTOR.
Hasta que mis cuatro hijos llegaron a esa edad en la que ya creían que eran demasiado mayores para que les contara un cuento, todas las noches les contaba uno.
Una noche descubrí que contar cuentos de miedo tenía grandes ventajas para un padre que vuelve agotado del trabajo.
Un cuento de miedo hace que el relato se acorte mucho, se duermen antes porque no quieren pasar miedo.
Así nació “El Lago de la Mue”, un cuento de miedo y risas, como lo subtitulo, el humor es importante porque aleja las pesadillas.
“El Lago de la Mue”, es un cuento que esta pensado para que los padres se los cuenten a sus hijos. A los padres nos aburre leerles cuentos a nuestros hijos porque los cuentos clásicos nos aburren; desde la primera línea ya estamos deseando que el lobo se coma a Caperucita, o algo peor.
“El Lago de la Mue” se lo leeremos a nuestros hijos sin fatiga, y puede que algún padre o alguna madre lo acabe leyendo a escondidas.
“El Lago de la Mue” es un cuento transversal, pensado tanto para los padres como para los hijos.
Incluso para esos hijos que ya se creen demasiado mayores para que les cuenten un cuento.
Que lo disfruten.
CAPÍTULO 1.- PERDIDOS.
Nos habíamos perdido, eso ya sabía yo que iba a ocurrir, pero las niñas se habían empeñado en recoger flores para un trabajo de “Cono”. Además había empezado a llover, así que ahora estábamos separados del grupo, perdidos en mitad de un bosque, mojados y las niñas con un montón de flores “chuchurridas” en las manos.
Supongo que antes de seguir con mí historia debería presentarme; me llamo Joaquín, y mis amigos, con los que ahora estoy perdido en este bosque son Alodia, María y Pablete, bueno, Pablo, pero le llamamos Pablete.
Vamos todos al colegio Santa María La Blanca y hoy estábamos de excursión para visitar un lago que se llama el “Lago de la Muela”.
Todos vamos a la misma clase de Primero de ESO, los que estábamos de excursión y los que nos hemos perdido.
Jo, y cada vez llueve más fuerte y además con truenos y relámpagos. Las niñas sólo traen problemas…
Los cuatro amigos ya se habían puesto los ligeros capotes impermeables que les había facilitado la organización de la excursión.
- ¡Eh chicos, mirad, recuerdo este camino! -gritó Alodia señalando un sendero de tierra que se convertía rápidamente en barro y se internaba en el corazón del bosque-. ¡Si lo seguimos volveremos a encontrarnos con los de la clase! -añadió realmente esperanzada.
Pablete la miró de abajo a arriba, Pablete solía mirar de abajo a arriba cuando estaba mosqueado por algo, y esa tarde tenía muchas razones para estar mosqueado. Primera (Pablo era muy analítico y le gustaba enumerar los motivos de sus cambios de humor), Primera, decía; si las niñas no se hubieran parado a recoger flores no se habrían separado del resto del grupo. Segunda, si Joaco, su mejor amigo, no le hubiera obligado a quedarse a esperarlas, todo porque Joaco estaba por María, no se habrían perdido los cuatro. Tercero, estaba mosqueado consigo mismo por no haber pasado de Joaco y que se hubieran perdido él y las dos niñas pedorras. Y cuarto, y lo más importante, y por eso había mirado de abajo a arriba a Alodia es que aquel sendero a él no le sonaba de nada y empezaba a sospechar que Alodia tenía el mismo sentido de la orientación que el que tenía una lavadora.
- A mi ese camino no me suena de nada -verbalizó sus pensamientos, sombrío, mientras la lluvia le hacía entrecerrar sus ojos.
- ¡Sí, es cierto, por ahí hemos venido! -exclamó jubilosa María, pasando millas del comentario de Pablete.
Y las dos, con ese automatismo que suelen desarrollar las amigas, salieron corriendo alegremente por el sendero que para Pablete les conducía, con toda seguridad, a un destino incierto.
Los dos amigos se miraron.
- Venga, vamos con ellas -resolvió Joaco-, todavía será peor si las perdemos.
Pablete agachó la cabeza y escupió en el suelo, mientras se ajustaba la mochila en los hombros. El escupitajo no paso inadvertido para Joaco, era una señal chunga. En los partidos de fútbol Pablo escupía cada vez que un jugador del equipo contrario le soltaba una patada o un codazo. Pablo se levantaba del suelo, escupía, y al segundo siguiente, el que estaba en el suelo era el jugador que había tenido un comportamiento inadecuado con Pablete.
Los cuatro amigos anduvieron por el sendero embarrado durante un par de horas, internándose cada vez más en el bosque. La luz de la tarde declinaba y comenzaba a oscurecer.
Joaquín empezó a pensar que aquello no iba a tener ninguna gracia. Y que lo de perderse si duraba poco y tal, tenía su puntito de aventura, pero lo de pasar una noche al raso y calados hasta los huesos…
- ¡Mirad! -el grito de Alodia le saco de sus sombríos pensamientos-. ¡Un cartel! -dijo señalando con el dedo un cartel indicador medio cubierto por la exuberante vegetación que parecía querer engullirlo todo.
Los cuatro corrieron hacia el cartel.
Joaco, con movimientos enérgicos, comenzó a liberar la señal de las hojas y ramas de parra virgen que casi la cubrían por completo. Las primeras letras aparecieron con esperanzadora claridad ante ellos; “A-el- La-go…”, comenzaron a leer todos en voz alta, silaba a silaba, según Joaco iba despejando el cartel, “de- la- Mue…”. Y ahí se acababa el cartel. El trozo que faltaba no existía. El cartel terminaba en un reborde irregular, como chamuscado.
- Es como si le hubiera partido un rayo…, -fantaseó María y en ese momento un sonoro trueno estalló sobre sus cabezas y, sin quererlo, todos sintieron un escalofrío.
- “A el Lago de la Mue… -Joaquín leyó en voz alta lo que había quedado impreso en el mutilado cartel.
- Tiene que ser el “Lago de la Muela” -concluyó Alodia intentando levantar el decaído ánimo del grupo.
- Parece un cartel muy viejo, no sabemos desde cuando esta ahí puesto. -El comentario desconfiado de Pablo.
- No hay más lagos por aquí-. Joaquín quiso apoyar el razonamiento de Alodia-. La flecha del cartel señala a ese pequeño camino que se abre a la derecha. Cuando nos bajamos del autobús la “seño” dijo que estábamos a ocho kilómetros andando del Lago de la Muela. Por lo que llevamos andando tenemos que estar al lado del lago, todos deben estar ya allí.
- Jo, ya veréis cuando nos vean llegar, vamos a ser súper-populares… - La cara de María se iluminó.
Pablete escupió otra vez en el suelo. Pero los cuatro amigos tomaron el angosto sendero que se abría a la derecha y se internaron, bajo la lluvia, en el corazón del bosque. El final de su aventura parecía cercano.
Pero las cosas no son siempre lo que parecen…
CAPÍTULO 2.- EN EL LAGO.
El sendero parecía no tener fin, y cada vez se internaba más en el bosque. Cada vez las copas de los árboles eran más espesas y más altas. Sus gruesas ramas y sus hojas no dejaban pasar la escasa luz del atardecer, pero también les resguardaban, hasta cierto punto de la lluvia. Un empate técnico entre lo “bueno” y lo “malo” pensó pragmático Joaquín, mientras encendía la linterna que su previsora madre le había introducido en la mochila.
Todos se pusieron detrás del foco de luz artificial para seguir avanzando.
De repente un extraño crujido les hizo detenerse a todos. Una leve pausa, y el crujido se convirtió en un estruendo de chasquidos de ramas; algo enorme parecía moverse en el bosque a sus espaldas. Y de repente, otra vez, el silencio.
- Ya veréis, ahora viene un oso y nos come -murmuró Pablete.
Las chicas dejaron escapar un pequeño gemido y se pegaron más a los chicos.
Ha venido de atrás -dijo Joaquín volviéndose lentamente-, esperadme voy a ver.
No, no vayas -le suplicó María, con un hilo de voz, temiendo quedarse sin novio antes de empezar a ser novios.
Pero Joaquín ya se había separado del grupo y con una piedra de considerable tamaño en su mano derecha deshacía los pasos que habían dado en búsqueda del motivo de aquellos extraños ruidos.
En un recodo del camino encontró la respuesta: ya no había camino.
Era como si el bosque se hubiera cerrado sobre sí mismo para taponar el sendero. Como si los árboles se hubieran movido. Era imposible.
Distinguió una pequeña brecha por donde todavía podría colarse entre dos gruesos troncos de castaños, y hacia allí se dirigió decidido.
Y el bosque debió adivinar sus intenciones porque de la base de los castaños surgieron las ramas llenas de espinos de una zarzamora, que se enrollaron como serpientes en los troncos de los árboles hasta taponar la brecha.
“De aquí no se sale”, era el mensaje.
Joaquín dejó que la piedra se escurriera entre sus manos hasta caer al embarrado suelo.
Se quedó pensativo, durante unos instantes, ante aquella muralla vegetal que le cerraba el paso, más bien la retirada. Hasta que decidió no pensar más y volver con sus amigos.
- ¿Qué ha pasado? -le preguntaron las chicas al unísono.
- Unos…, unos ciervos. Una pareja y un Bambi…, ya sabéis, una familia; no sabéis el ruido que hacen con los cuernos cuando chocan contra las ramas…, -mintió descaradamente.
- Ay, que bonitos… -exclamó Alodia, a la que le encantaban los animales-, ¿podemos ir a verlos?
- No, que va, si ya se han ido. Lo mejor es que continuemos hasta encontrar al resto de la clase -le respondió Joaco, que intentaba esquivar la mirada inquisitorial de Pablo, que no parecía haberse tragado la historia de la familia de Bambi.
- Sí, venga, vamos a seguir que esto cada vez se esta poniendo más oscuro…, -concedió su amigo, mientras otro relámpago centelleaba sobre sus cabezas e iluminaba durante unos instantes el corazón del bosque.
El pequeño grupo siguió su marcha hasta que, de repente, el bosque terminó. Habían salido a lo que parecía un gran claro.
- ¿Dónde estaremos? -se preguntó María en voz alta.
Y no había terminado la frase cuando decenas de relámpagos iluminaron el valle donde se encontraban. Y pudieron ver, con una claridad lechosa y eléctrica, el gran lago que se había frente a ellos.
- ¿Lo habéis visto? -casi gritó Alodia cuando el valle volvió a sumirse en tinta negra-. ¡Era un lago! ¡Estamos en el “Lago de la Muela”!
Las dos amigas se abrazaron eufóricas mientras pegaban saltitos.
Pablo las miró deseando tener poderes para volatizarlas en aquel instante.
- Me ha parecido ver una casa ahí en frente, al borde del lago…- dijo Joaquín.
- Pues vamos para allá, ¿no?, a ver si podemos secarnos en algún sitio -argumentó Pablete.
- Sí…, además lo mismo están todos allí… -Joaquín formuló más un deseo que una certeza.
Los cuatro se dirigieron con el mejor de los ánimos hacia la oscura silueta de la casa que había al borde del lago.
Hola, soy Alodia, y quiero deciros que en aquel momento creí que de verdad todos nuestros problemas habían terminado; y que en aquella cabaña al lado del lago iban a estar todos nuestros compañeros de clase y los profes.
Que nos iban a recibir con gritos y aplausos y que íbamos a ser súper-populares como dice María…
Desde aquella noche ya no creo ni supongo que va a ocurrir nada hasta que ocurre. Y desde esa noche pienso que si algo va mal, disfruta ese momento, porque siempre puede ir a peor. A mucho, mucho peor…
CAPÍTULO 3. EN EL “CLUB DE BUCEO”.
Los cuatro amigos llegaron hasta la fachada principal del edificio que había junto al lago. En realidad, más que una cabaña, aquello era como un barracón enorme, una gran estructura de madera prefabricada. En lo que parecía la puerta principal, ya que el edificio tenía dos, un cartelón medio descolorido y un poco descolgado anunciaba la funcionalidad de la nave: “Club de Buceo”.
“Club de Buceo” -leyó María en voz alta lo que todos habían leído en silencio.
Mientras no sea el “Club de los Destripadores del Lago” y esté seco por dentro a mi me vale -rezongó Pablete mientras se introducía en el porche que protegía la puerta principal de la lluvia.
Los otros le siguieron para protegerse del aguacero.
¡Mierda!, tiene un candado. -Pablete forcejeaba con la puerta.
Aquí el autor se ve en la obligación de hacer una aclaración. Los padres quieren creer muchas veces que su hijos de 12 años no dicen tacos. Es falso; nuestros hijos dicen tacos. Si tienen el detalle de no usarlos delante de nosotros podemos darnos por satisfechos, no los estamos educando mal. Pero cuando están con sus amigos dicen tacos, puedo asegurárselo.
Los tacos son una herramienta preciosa de nuestro lenguaje, tan sólo hay que saber utilizarlos y en ningún caso abusar de ellos.
Así que, niños, no abuséis de los tacos.
Y queridos padres, una advertencia: este libro tiene algún taco que otro. Podéis silenciarlo en vuestra lectura si leéis cuentos a vuestros hijos. Leer cuentos a nuestros hijos es una actividad muy recomendable y crea mucha complicidad con ellos.
O podéis ser naturales y leerles el libro tal como yo lo escrito.
Alodia se acercó a la puerta y desplazó a Pablete con decisión.
Déjame a mí -dijo mientras se sacaba una horquilla de entre sus humedecidos cabellos, la introducía por la ranura del candado y comenzaba a manipularla.
No te joroba la niñita, ahora se pone a jugar con las horquillas y el candado como si fuera… -La frase de Pablete fue cortada por un click y el ruido que hizo el candado al caer sobre la tarima de madera del suelo del porche.
Pero Alo, ¿dónde has aprendido a hacer esas cosas? -Joaquín la miraba tan sorprendido como el resto del grupo.
¿Dónde? En la segunda nevera del sótano de mi casa, donde mi madre guarda los yogures. Una habilidad heredada de mis hermanos mayores, -contestó mientras a Pablo le guiñaba un ojo burlona.
Pablo le devolvió la sonrisa sin ningún rencor. Él era un tipo que sabía reconocer los méritos de los demás cuando las jugadas eran limpias. Y la rubia, porque Alodia era rubia y con los ojos claros, le acababa de dar una lección de las limpias. Se prometió así mismo repensarse su concepto sobre las niñas rubias. Bueno, sólo sobre algunas niñas rubias.
El “Club de Buceo” parecía una instalación abandonada hacía mucho tiempo. Aunque también parecía bastante bien mantenida, como si alguien se diera una vuelta de vez en cuando por allí y procurase que todo estuviera en orden.
Así, cuando María pulso el interruptor de la luz la luz se hizo, y el barracón se iluminó por dentro y por fuera.
Hay luz, -dijo María entre sorprendida y orgullosa.
Había paneles solares en el techo -apuntó Joaquín, que se había fijado en las estructuras de la cubierta. Al fin y al cabo sus padres eran ingenieros los dos, y de esas cosas se hablaba en casa con la naturalidad con las que en otras se hablaba de fútbol-. Debe haber algún acumulador de energía por algún sitio -remató sus observaciones técnicas.
No tardaron en explorar la nave y organizarse. En efecto la construcción, de unos quinientos metros cuadrados y en una sola planta, había sido diseñada como una “escuela de buceo”. Pensaron que probablemente estaría cerrada durante el invierno y la abrirían en verano para acoger cursillistas.
Había una parte de oficinas totalmente equipada, con cuatro puestos de trabajo, ordenadores y teléfonos, todos ellos con las líneas muertas. Una sala de reuniones y dos grandes dormitorios para los cursillistas, con literas para doce personas cada uno. Otros dos dormitorios más pequeños para el personal del Club. Un vestuario enorme con zona de duchas y almacén donde se guardaban decenas de trajes de neopreno, gafas, aletas y botellas de oxígeno para inmersión. Una pequeña cocina equipada hasta el último detalle con una despensa repleta de latas sin caducar y un congelador lleno de carne.
La inspección completa de las instalaciones hizo que subiera el decaído ánimo de todos. Aunque no era la intención de ninguno, allí podrían sobrevivir hasta que llegase el verano y abrieran de nuevo el “Club de Buceo”.
Je, je. No se encontrarán con cuatro esqueletos cuando abran este verano -dijo Pablo expresando el sentir de todos mientras daba buena cuenta del plato de fabada de lata que habían preparado las chicas para cenar.
Bueno, espero que no nos quedemos aquí tanto tiempo… -razonó Joaquín con una sonrisa con la que quiso tranquilizar a las chicas, ¿tienen cobertura vuestros teléfonos? -les preguntó a continuación.
Alodia y María movieron negativamente la cabeza después de comprobar sus pantallas. Los teléfonos seguían sin cobertura desde que se perdieron en el bosque, y sus baterías agotándose.
Deberíamos apagarlos, no tenemos cargadores -dijo con buen criterio Alodia-. Si esta noche no viene nadie a buscarnos mañana deberíamos buscar cobertura en algún sitio alto… -Se calló de repente.
Todos habían escuchado como la puerta principal del barracón se había abierto.
María casi se levantó de un salto de su silla.
¡Han venido a buscarnos! ¡Estamos salvados! -exclamó eufórica, y sin más salió corriendo hacía la recepción.
Todos la imitaron.
Los cuatro llegaron en una rápida carrera hasta la sala de admisión de la gran cabaña. Se quedaron clavados en el pasillo. La estancia estaba sumida en la más absoluta oscuridad. Alguien había apagado la luz.
De repente, el terrible eco de un trueno estalló en el exterior, y el marco de la puerta de entrada se iluminó con la poderosa luz blanca del relámpago. Y en la puerta se recortó nítidamente la silueta de un gigante de cabellera larga y enmarañada.
Los gritos de las chicas debieron oírse en el colegio.
CAPÍTULO 4. GERMÁN, EL GUARDA DEL LAGO.
El gigante no pareció alterarse por el grito de las chicas. Pero el berrido le hizo reaccionar. Volvió a encender la luz de la estancia.
El gigante y el grupo de preadolescentes se observaron. Con luz el gigante no parecía tan terrible. Debía medir más de un metro noventa, tenía el pelo muy largo y empapado por la lluvia y una barba sin cortar desde hacía muchos meses, terriblemente enmarañada. No debía ser muy mayor, a pesar de su desaliñado aspecto. Y a Alodia le pareció que el gigante tenía una mirada triste y cansada.
Perdón -musitó el gigante azorado-, pensé que había saltado la luz por la tormenta y he venido a apagarla.
Ante los ojos de los cuatro amigos el gigante se humanizaba por momentos.
¿Quiere usted un café? -María, a veces tenía salidas insospechadas, sobre todo cuando los nervios le jugaban malas pasadas, y en esos momentos María tenía más nervios que el filete de un hospicio.
¿Quién es usted? -Joaquín le hizo una pregunta que le pareció más lógica, dadas las circunstancias.
Germán, el guarda del lago -le contestó-. Y sí, no me vendría mal un café.
Los cinco estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina, después de haberse presentado a Germán, el guarda del lago. A Germán también le habían puesto un plato de fabada del que estaba dando buena cuenta y María le estaba preparando un café bien oscuro.
… seguimos el camino del bosque y llegamos hasta aquí pensando que nuestra clase había hecho lo mismo. -Joaquín le había resumido su aventura.
Hace mucho que no viene nadie por aquí, -le contesto Germán que acababa de de terminar su plato de fabada.
María le sirvió el humeante café y el gigante la miró con agradecimiento.
Ya. -Pablo parecía inquieto, algo no le cuadraba-, la verdad es que nosotros no tenemos muchas ganas de seguir perdidos, si pudiera llevarnos hasta su casa podríamos llamar por teléfono y alguien podría venir a buscarnos.
Vivo en la Serrería, al otro lado del lago y no tengo teléfono -le contestó Germán.
¿No vive nadie más en el lago? -preguntó Alodia.
La bruja, en el torreón. Pero no es fácil dar con ella, las brujas ya se sabe, es lo que tienen…
Los cuatro amigos se miraron sorprendidos entre ellos.
¿La bruja? -María quiso saber si había entendido bien.
Oiga, mire, -Joaquín quería salir de aquella conversación sin pies ni cabeza cuanto antes-, estamos en un lugar muy turístico, aquí vienen muchas excursiones, nos dijeron que había hoteles, merenderos, tiene que haber más gente en el Lago de la Muela.
No estáis en el Lago de la Muela -le contestó secamente Germán.
¿Cómo que no? -replicó Pablete-, lo ponía en el cartel al comienzo del camino del bosque.
¿El cartel roto? -preguntó el guarda del lago con frialdad mientras daba un sorbo a su café.
Los cuatro amigos volvieron a mirarse entre sí en silencio. Recordaban perfectamente el cartel quebrado, algo chamuscado en los bordes.
Lo partió un rayo, hace mucho tiempo, en una noche como esta - prosiguió Germán-. Ahora pone “A el lago de la Mue”. Tiene gracia, ¿no? -se le escapó una risita corta, como el graznido de un cuervo-. Pero no, no estáis en Lago de la Muela -volvió a confirmarles.
Y…, y ¿dónde estamos? -se atrevió a preguntar Alodia.
Un nuevo y espantoso estampido de un trueno retumbó sobre sus cabezas, haciendo que las luces de la cocina parpadearan durante unos instantes.
Estáis en el Lago de la Muerte -le contestó sombrío.
CAPÍTULO 5. EN “EL LAGO DE LA MUERTE”.
Los cuatro amigos permanecieron en silencio, rumiando la nueva noticia. De cualquier forma a ninguno de los cuatro se les escapaba que el nombre del lago, “de la muerte”, tenía un contenido poco tranquilizador.
Disculpe, -Joaquín fue el primero en hablar-, y, ¿por qué a este sitio le llaman así?
Esto antes se llamaba Valle Bonito y el pueblo que había en el fondo del valle, Villahermosa. Esto era muy distinto antes de que construyeran la presa… -le contestó casi como en un lamento.
Alodia notó como el brillo de los ojos del guarda del lago se apagaba.
¿Qué pasó aquí, Germán? -quiso saber.
El gigante no contestó, miró la esfera de su anticuado reloj de pulsera y se levantó de la silla de repente, casi con brusquedad.
Las 11. Se me ha hecho tarde -dijo a modo de toda explicación.
Oiga, y el Lago de la Muela, ¿queda muy lejos? -preguntó María, que estaba a punto de sufrir un ataque de nervios, y cuando estaba en ese punto, buscaba con desesperación referencias de seguridad.
No debéis permanecer mucho tiempo aquí. Debéis salir del lago cuanto antes. Mañana, en cuanto amanezca, salid del lago -dijo Germán, abriendo mucho los ojos-. Aquí ya nunca pasan cosas buenas.
Y diciendo esto se dio media vuelta, salió de la cocina dirigiéndose a grandes zancadas hacia el recibidor de la cabaña. Todos salieron detrás de él. El guarda del lago abrió la puerta que daba al exterior casi con violencia y, cuando parecía que iba a abandonar el barracón, se paró en medio del dintel y se volvió hacia ellos.
Y sobre todo, esta noche atrancad la puerta, no escuchéis las campanadas y… ¡alejaos siempre de la niebla!
Y diciendo esto con el rostro desencajado, apagó la luz y se fue dando un portazo.
Los cuatro amigos quedaron paralizados por la sorpresa, durante unos instantes, en mitad de las tinieblas del recibidor.
Se abrió otra vez la puerta, entro Germán y encendió la luz de nuevo.
Perdón, es la costumbre, es por no gastar…
Y salió cerrando la puerta con estruendo.
Es cosa mía o este tío esta como una cabra…- dijo Pablete.
Yo no me creo una sola palabra de todas las tonterías que ha dicho -dijo María cruzando sus brazos y con un aplomo que realmente no tenía. En realidad eso es lo que le gustaría creer realmente.
Joaquín se acercó a una de las paredes de la recepción. Allí colgaba un gran cuadro acristalado. Con la mano limpió la gruesa capa de polvo que cubría lo que parecía el dibujo de un mapa. Era un mapa. El mapa cartográfico de un lago. Con rapidez se fijó en las leyendas de los hitos que había marcados: Club de Buceo, Serrería, Torreón, Manicomio y Ruinas de la Presa. En mitad de lo que era el interior del contorno del lago, le llamó la atención un aspa trazada a lápiz. Al lado de la cruz alguien había hecho la siguiente anotación: “luces, pueblo sumergido”. Los ojos de Joaquín buscaron entonces en la esquina inferior derecha del mapa el recuadro, donde él sabía que los cartógrafos ponían el nombre del lugar al que pertenecía el paraje. Allí estaba. Lo leyó dos veces. Pero las dos veces leyó lo mismo: Mapa Cartográfico del Lago de la Muerte.
Pablo, atranca la puerta -dijo Joaquín sin volverse, sin poder dejar de mirar el mapa del lago.
Decidieron dormir los cuatro juntos en uno de los dormitorios pequeños del personal. No era aquella una noche para estar separados.
Por lo que he visto en el mapa creo que el guarda del lago no nos mentía, estamos en el Lago de la Muerte. -Joaquín, con las palmas de las manos cruzadas debajo de la nunca, cómodamente tumbado en su cama, hacía participes de sus conclusiones a sus compañeros. Ninguno parecía tener ganas de dormir a pesar de la agotadora jornada que llevaban encima.
¿Y qué es lo que pasó realmente en este valle? -A Alodia aquella pregunta no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Si los ordenadores tuvieran línea lo buscaría en la Wikipedia…- dijo medio en broma Joaquín-. Pero es posible que en el fondo del lago haya un pueblo sumergido. -Se volvió hacia la litera de las chicas y puso voz de “peli” de miedo-. Un pueblo fantasma que nos espera allí abajo…,¡bua-ha-ha-ha-ha! -remató con una imitación de risa espectral de “tv movie” de miedo pedorra.
Eres tonto Joaco, de verdad -protestó María con poca convicción. Y es que Joaquín era súper-mono, lo decían todas las niñas del cole.
Eso mola “mazo”. Podríamos bajar al pueblo buceando, los equipos que hay aquí son la “caña” de buenos… -aventuró Pablete.
Tu estas “chalao”, además ninguno sabemos bucear -saltó María.
Yo sí sé bucear, lista, -contestó Pablete como en un latigazo-. Buceo con mis primos todos los veranos en Cabo de Palos. Esta “chupao” bucear, os enseño a todos en dos patadas…