Dominus Noctis
© María Covadonga Mendoza Abad, 2002
Versión: diciembre 2010
Contacto: reginairae@yahoo.es
Web: http://mcmendoza.blogspot.com
El cinco de octubre de 200* la familia Lippershey celebraba una efeméride digna de recuerdo: tal día como aquel, dos años atrás, Ariane Lavalle había llegado a la mansión del profesor Lippershey para celebrar una entrevista de trabajo. Él, parapsicólogo excéntrico, había puesto un anuncio solicitando secretaria, después de haber agotado los nervios de las candidatas que le enviaban de las agencias de colocación con sus psicofonías, sus espiritismos y sus rarezas. Cuando abrió la puerta y vio a la mujer, aunque escasa en centímetros y un poco metida en carnes, bien pertrechada de encantos, mirándole con cara de despiste y los ojos abiertos de par en par, como asombrada de su imponente estatura y su tenebrosa presencia, se quedó prendado de ella, y consideró que sería un desperdicio emplearla sólo como ayudante. Desde ese mismo instante hizo planes de boda, sin contar con la novia, por supuesto.
Aunque al principio, cegado por su vanidad de curtido conquistador, Lippershey había juzgado que sería coser y cantar rendirla a sus pies, no le resultó fácil hacerle ver a la señora cuánto ganaba aceptando sus proposiciones serias y nada honestas. Ariane había gozado con sus galanuras y zalamerías, con sus chistes, con sus investigaciones sobrenaturales y sus andanzas, como cuadra a un espíritu romántico, pero temiendo las consecuencias de una decisión precipitada (como la que había hecho fracasar su primer matrimonio) no había demostrado, en principio, demasiado entusiasmo. Mas después de varios meses de aventuras, alegrías y risas, de contrariedades y penas, ella se había convencido de que no era locura (y si lo era, le daba igual) unirse en matrimonio a un hombre de más de setenta y cinco años que le sacaba treinta, por lo menos, contando, además, con el rechazo de una parte de su familia.
Todavía tenía en la memoria el castañeteo de dientes de su hermana Eva, que la había atormentado durante la celebración de los esponsales en la sala de plenos del Ayuntamiento de Calibánn. Aquella jornada de mediados de diciembre resultó singularmente nivosa y gélida, pero esa no era la causa de sus temblores: para la seria doctora Eva Lavalle lo que se consumaba ante sus ojos era una aberración que había tratado de evitar por todos los medios. No tragaba a Sir Alex; su informalidad y su descaro la sacaban de quicio; y sobre todo, se moría de desesperación al imaginar a su hermana en brazos de un hombre de esa calaña (viejo, loco, inglés...) No pasaba un día sin que la llamara para recordarle el error que cometía y que, según ella, acabaría pagando muy caro.
Para tan señalada comida, habían servido un menú al gusto del vegetariano Lippershey: vichysoisse, ensalada de arroz y patatas alioli, con poco ajo en la salsa, eso sí.
—¡Qué rica la vichysoisse! ¿Verdad, Alex, que hoy nos ha salido muy bien? —musitó la señora de la casa, con la cuchara atravesada en la boca.
—Todo lo que hacemos tú y yo nos sale bien y está muy rico —dijo él, causando rubor a la dama, quien lo amonestó con un “Oh, Alex, calla, por Dios”.
Xavier y Marina se miraron con expresión hastiada. El espectáculo ya estaba muy visto y aburría por lo melifluo.
—Mamá —dijo la joven, tras lanzar un suspiro—. Esta tarde voy a ir al cine; necesito dinero.
—¿Dinero? ¿Y tu paga? No me digas que ya no te queda ni un céntimo. Si estamos a principios de mes...
—Oye, que tengo muchos gastos. —La muchacha aplacó su excitación e introdujo un tono más calmado, casi timorato—; y, además, había pensado ir a cenar luego con Pedro.
—Pedro, Pedro... —dijo Ariane, rabiada—. ¡Qué invite él! ¿Qué clase de novio es ese?
—No es novio, te lo he dicho mil veces; sino amigo.
—Con un amigo no se besuquea una tanto.
—Bueno, ¿me das el dinero o qué?
—Tranquila; ya te doy yo —intervino Sir Alex, echando mano al bolsillo de la chaqueta; le lanzó la cartera a la joven, para que se sirviera ella misma.
—¿Y a mí qué? —protestó Xavi.
—Tú también puedes tomar lo que quieras...
Ariane arrugó la frente.
—Ni pensarlo. Con diez euros va que se mata.
—Diez, menuda birria. Mira, mira cuánto ha cogido Marina: tres billetes de veinte... —protestó el niño.
—Bueno, pues gracias —dijo Marina, devolviendo la cartera mucho más flaca; entonces, hizo ademán de levantarse de la mesa.
—¡Eh, tú! ¿Adónde te crees que vas? Aún no has terminado de comer —refunfuñó Ariane.
—No tengo hambre. ¿O es que me vas a hacer tragar a la fuerza como a los niños?
—A que te quedas castigada sin salir...
—Venga, mami; no seas antipática.
Marina salió del comedor con aire desenvuelto y expresión engreída, al tiempo que se abanicaba con los billetes.
—No te enfades... —le susurró Sir Alex a su mujer, que había puesto mala cara; la estrujó contra su pecho y le prodigó de nuevo esos arrumacos con los que siempre lograba arrancarle la sonrisa.
Xavi observó las carantoñas de la pareja con perplejidad y enojo. No soportaba que se dijeran cosas al oído estando él delante. El profesor le había enseñado a leer en los labios, pero en ocasiones como aquella no precisaba de habilidades tan sofisticadas para entender qué se traían entre manos.
Cuando su padrastro y su madre se retiraron, Xavi recogió los platos en el fregadero y los dejó allí listos para Berta, una muchacha que les limpiaba y adecentaba la casa por horas y que solía llegar sobre las tres. El niño marchó luego a la biblioteca a escuchar música. Puso un CD en la cadena musical del profesor. El estruendo de las guitarras eléctricas y las baterías inundó la pieza.
Se dejó caer entonces como un saco de patatas en el sofá; sin perder un minuto, puso los pies sobre la mesa, al estilo reyezuelo caprichoso y vago. Siegfried, el gato de la casa, buscó al instante su tripa. El niño acarició su lustroso pelaje color chocolate. Era un siamés de preciosos ojos azules que Sir Alex había encontrado en una de las hondonadas de la mugrienta plaza Comendatori, donde se asentaba su mansión victoriana. En aquel lugar, que era plasmación vulgar del Infierno de Dante, con drogadictos penando por su vicio y prostitutas penando por el de los demás, cualquier cosa mala podía suceder, incluso que algún malnacido abandonara a un cachorro de gato a su suerte.
Como dibujándoselo, Xavi le pasó la mano al animalito a lo largo del espinazo. Al cabo de unos minutos, Marina entró en la biblioteca, arreglada para salir.
—Pero, ¿no puedes poner esa música más baja? Sabes que a mamá y a Sir Alex no les gusta.
—No creo que bajen a regañarme. Han ido a dormir la siesta... —ironizó el mozo, rascando la barbilla del minino.
Marina rió.
—¿Otra vez? ¡Qué energía tiene ese hombre!
—Sí, es más pesado que el plomo...
—No te pongas celoso, hermanito; ya te pareces a tía Eva... —Marina corrió a bajar el volumen de la música—. ¡Por Dios! Vas a quedarte sordo. Así está mejor, hombre.
—¿Te has pintado los labios? —Xavi se había percatado por fin de por qué su hermana le parecía diferente—. Qué risa: pareces una vieja de treinta años o así.
—Calla, idiota... —replicó ella, ruborizada.
—Estás feísima. ¿De verdad vas a ir a la calle con esas pintas?
—Ponte a estudiar y deja de molestarme, mocoso.
—No tengo nada que hacer. Ya acabé mis deberes.
—Embustero.
—Por lo menos yo no hago como que estudio. Esas fotos de Brad Pitt que tienes metidas en los libros no creo que te las pregunten en ningún examen de Anatomía...
—¡Serás asqueroso! ¡Te voy a matar! —gritó Marina; de inmediato, se lanzó sobre Xavi, quien, muy ágil se escabulló, deslizándose por el sofá hasta el suelo, entre risas, mientras Siegfried pegaba un bote.
—Vaya doctora que vas a ser tú: experta en guaperas, ji, ji...
—Los hermanos son realmente odiosos, ¿por qué no seré hija única? —reflexionó la muchacha mientras se componía; no quería que se le estropease el maquillaje que con tanto esfuerzo se había embadurnado por la cara: en momentos como aquél lamentaba no haber empezado a preocuparse por los intrincados secretos de la belleza femenina en la edad en que lo hacen todas las niñas y dejarse de historias grunge. El timbre de la puerta sonando de repente, la sobresaltó.
—Vete a abrir, enano —ordenó la joven, que se retocaba los labios en un espejo de la biblioteca.
—¿Y por qué no vas tú?
—¡Obedece! —chilló Marina.
Xavi chasqueó la lengua. Con un salto se levantó del piso; corrió a la puerta de la entrada. “Como sea su amiguito no la aviso ni de broma” tramaba de camino, como venganza.
Sin echar el ojo por la mirilla, abrió.
Al otro lado apareció la figura de un chico de elevada estatura, moreno y más bien flaco, de unos veinticinco años, enfundado en una chaqueta de cuero y unos jeans nuevecitos, que apoyaba su mano junto a una de las jambas. Estaba empapado de pies a cabeza. El cabello, lacio, le caía sobre las orejas y el cuello, como una cascada, goteándole sobre la larga nariz y los finos pómulos. Lucía barba de dos días como un hombre duro, aunque la expresión de sus ojos era melancólica y dulce. A Xavi le resultaba una cara muy familiar.
—¿Vive aquí el profesor Lippershey? —preguntó el desconocido en inglés.
—Claro, ¿no has visto la placa? ¿Venías a hacerte una regresión de esas? —preguntó, ingenuamente, Xavi.
—No, no —rió el joven—. Me llamo Evan-Emrys Lippershey. Sir Alex es mi abuelo. —Xavi abrió la boca con proporción desmesurada. El extranjero se despejó el flequillo chorreante de la frente—. ¿Me dejas pasar?: estoy calado hasta los huesos.
—¿Seguro que eres el nieto del profesor? —dijo Xavi, receloso, arrimando un poco la puerta.
—¿Quieres ver mi pasaporte? —preguntó, con tono ligero, Evan Lippershey.
—Pues sí... —replicó Xavi, arrugando el ceño.
El inglés volvió a sonreír.
—Mira, señorito aduanero, si soy quien digo —bromeó, y le arrojó la documentación que acababa de sacar de la mochila, su único equipaje a la vista.
—Bien; está en regla Evan-Emrys —declaró el niño, luego de echar un vistazo corto a los papeles—. Entra y ponte cómodo...
—Muy amable. Por cierto, ¿tú quien eres? —dijo Evan, adentrándose en la mansión con paso resuelto.
—Soy Xavi Lavalle.
—Ya, ¿pero qué pintas en esta casa?
—Mi madre está casada con el profesor.
Evan meneó la cabeza como si hubiera recibido la confirmación de una noticia ya conocida.
Mientras se demoraba contemplando los extravagantes cuadros (de temáticas un poco escabrosas, como monstruos, crímenes colectivos, ruinas góticas, etc) que saturaban las paredes, firmados por una tal Ariane Lavalle, y las hechuras interiores de la casa, de corte clásico, pero no rancio, Xavi entró a todo correr en la biblioteca llamando a voces a su hermana.
Marina, que ya había quitado la música, seguía en plan coqueto, comprobando si iba bien aparejada. La falda la hacía sentir incómoda, no solo porque era demasiado corta, sino porque no tenía costumbre de enseñar las piernas, que como toda jovencita, consideraba llenas de defectos. Pasar del desaliño adolescente a la finura de toda una señorita estudiante de Medicina no resultaba fácil. Si no fuera por los chicos...
—¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas? —preguntó la damisela con hastío, mientras arrojaba bien lejos un zapato de tacón y puntera afilada que le destrozaba los pies.
—Ha venido un nieto del profesor.
—¿Quéeee? No lo habrás dejado entrar
Justo en este instante tan inoportuno Evan apareció en el quicio, sonriendo afable. Marina, temerosa de que los hubiera entendido, enrojeció.
—¡Hola! Me llamo Evan... —dijo él, simplemente, y a continuación depositó su mochila junto a la pared donde estaba la chimenea.
Pasada su ofuscación de dos segundos, Marina se había quedado como suspensa. El invitado tenía un porte muy varonil, sin abjurar de la delicadeza de gestos y la expresión amable, materializada en una mirada transparente y luminosa, que comunicaba calidez. En verdad, tenía un gran parecido con Sir Alex en lo físico, pensó, obnubilada (“¿Me tapará el rubor el maquillaje?”). Pero si Sir Alex era sentimentalmente como un témpano, aquel joven rezumaba un perfume amistoso y adorable.
—¡Hola! —repitió él, en vista del silencio nervioso que mantenía a Marina paralizada—. ¿Cómo te llamas?
Xavi rió por lo bajo.
—Es mi hermana Marina; y creo que le gustas. Pero no te hagas ilusiones: a ella le gustan todos...
Al oír esto, la jovencita arrugó las facciones encarnadas, y lanzó un chillido a su hermano.
—¡Quieres callarte de una vez!
Evan rió divertido por la escena. Marina corrió detrás del niño hasta que escapó de la biblioteca; entonces, muy alterada, se dirigió al extraño en inglés.
—Perdona que no te saludara; es que, es que... Bueno, me ha sorprendido tu llegada... Anda, siéntate —musitó; no se le ocurría nada más inteligente que decir.
Evan obedeció con un poco de reparo.
—Voy a mojar el asiento; mira cómo tengo la ropa...
—¿Te pilló el chaparrón, eh? Encenderé la chimenea para que te seques —ofreció la moza, que había tomado los instrumentos de atizar con dedos temblorosos.
—No; deja; ya lo hago yo —dijo el chico, levantándose al instante. Sin querer, le rozó la mano a Marina al quitarle las pastillas de encender. Eso la dejó catatónica.
En pocos minutos, consiguió un bonito y crepitante fuego. Ambos se pusieron lo más cerca posible de las llamas.
—¿Y mi abuelo? ¿No está en casa? —preguntó Evan, mientras extendía los brazos hacia la hoguera, y se dejaba bañar por los reflejos que escapaban de su seno ígneo.
—Se echó un rato a dormir la siesta con mi madre. Da por hecho que no se levantarán hasta pasadas las cuatro... —afirmó Marina, con ironía—. Oye; no me has dicho para qué has venido. ¿Estás de paso?
—No, no; vengo para quedarme. Está es mi casa también, ¿o no?
—Pues no; esta casa es de mi madre, de mi hermano y mía...
—Quería decir que lo era en un sentido abstracto; ya sé de sobra que tu madre anduvo lista para despojar a mis padres y a mis tíos.
Esta respuesta soliviantó a Marina, a ojos de la cual el joven había perdido puntos a velocidad de vértigo. De pronto, sintió una incomodidad punzante en la tripa. Sabía de los tejemanejes que se traían los parientes de Sir Alex para quitarles todo lo que poseían. El caballero había tenido la precaución de poner la casa y las cuentas corrientes a nombre de Ariane y sus niños, amén de arreglar el testamento para favorecerlos, pero el clan Lippershey no estaba en absoluto dispuesto a dejar escapar una fortuna porque al viejo le hubiera dado la chifladura de casarse por capricho con una lagartona que iba detrás de su dinero. Por un momento, a la chica se le ocurrió que aquel era un enviado de la familia de su padrastro con prerrogativas para intrigar en ese sentido. Marina lanzó un exabrupto sin meditarlo.
—Pero tú, ¿qué es lo que quieres de Sir Alex?
—Me enteré de la Escuela de Parapsicología que va a fundar. —Evan entornó los ojos con una melancolía honda y húmeda—. Quisiera colaborar con él.
—Que te coloque Sir Alex de profe, ¿no? Pues estás listo. Poner en pie la Escuela le está costando mucha dedicación y dinero. Como para confiar en un recién llegado. Además, para tomar una decisión tan importante debería contar con el visto bueno de su socio, el doctor Adamski. Y no creo que a él tampoco le agrade que un jovenzuelo sabihondo le dé lecciones...
—Eso lo veremos...
—Tú no lo verás...
Mientras Evan y Marina discutían, Xavi subió al segundo piso a avisar a su madre y su padrastro de las novedades:
—Hay un chico abajo que dice ser nieto de Sir Alex, del profesor... eh, bueno de Alex... Un tal Evan...
Fue oír esto y vestirse la pareja con la misma rapidez con que lo hubiera hecho de haber escuchado chillar a Xavi: “¡fuego, fuego!” Ariane hasta salió del cuarto sin peinarse. Y Sir Alex todavía en las escaleras se iba poniendo un zapato.
Con energía, el alto y esbelto amo del castillo abrió los batientes de la puerta de la biblioteca, exhibiendo en el rostro un semblante fiero, acrecentado por su inmenso bigote como de guerrero turco. Ariane entró detrás.
Apenas los vio, el invitado se levantó de su asiento.
—¡Hola! Tú debes de ser mi abuelo —dijo, con gran confianza, excesiva para dirigirse a un desconocido por mucho que tuviera sus genes.
—Y tú debes de ser el correveidile de Evan-Arthur —gruñó Sir Alex.
—Mi padre se las arregla perfectamente sin mí. Vengo a título personal. Nada que ver con el rollo de la herencia... —confesó Evan, un poco cohibido por la imponente presencia de aquel hombre de más de uno noventa de estatura.
—Y, ¿qué quieres entonces?
Ariane al ver al invitado tan retraído y en proceso de estarlo más, se le acercó y le saludó con dos besos en las mejillas, al estilo de Arberia.
—Bienvenido, muchacho. No le hagas caso; es un cascarrabias.
—Gracias, señora —dijo él, sorprendido de la amabilidad de la mujer a la que sus padres llamaban palabras tan gruesas.
—¿Para qué has venido? —insistió Sir Alex, nada conforme con la actitud de su esposa de intimar con el enemigo.
—Yo... esto... soy parapsicólogo y deseaba formar parte de tu equipo en la Escuela que vas a...
—¿Parapsicólogo tú? —rió el hombre, mirando de arriba abajo la prestancia juvenil de su nieto, garantía de inexperiencia y poco conocimiento.
Evan ni se inmutó.
—Sí; estudié con la doctora Seymour y...
—¿La doctora Seymour? ¿La hija de Johnny Matavampiros Seymour? —En este punto Sir Alex ya no se pudo dominar y soltó una sarta de sonoras carcajadas.
El recién llegado bajó la mirada al suelo, esbozando un gesto de enojo. Tragó saliva y volvió a mirar a la cara a su abuelo, que no podía parar de reír.
—La doctora es una eminencia en su campo.
—Es cierto: Madelaine Seymour y su padre lo saben todo sobre los vampiros —musitó con retintín Alexander—. Pero no creo estar errado cuando digo que sus expediciones a lo largo y ancho del planeta en busca de No Muertos han sido un fracaso. Oh, no; ahora recuerdo que en una ocasión conocieron a uno auténtico y verdadero, nada menos que a nuestro Valentín Nagdy de Belennos, chupasangre oficial del Principado... Hay que reconocer que ambos son el hazmerreír de la profesión parapsicológica, y eso que en el oficio abundan los payasos...
Encolerizado, Evan tomó su mochila y salió a toda prisa de la biblioteca. Ariane fue detrás, mientras Sir Alex se partía el pecho de risa recordando viejas anécdotas del mentado Matavampiros y citando de memoria extractos del libro donde la hija de John Seymour relataba su encuentro con el vampiro arberiano, que él, como es natural, había leído años atrás para poder criticar con conocimiento de causa.
—Por favor; no te vayas: cae el diluvio ahí fuera —le suplicó Ariane a Evan antes de que llegara a la puerta.
—No soy bien recibido en esta casa. Ahora sé que todo lo malo que me habían contado sobre él es cierto... Esas burlas que ha hecho a costa de personas a las que admiro...
—No debes tenérselo en cuenta. Él es, a veces, un poco desconsiderado con los sentimientos de los demás. Se tarda en acostumbrarse a sus rarezas, pero si yo lo hice... —Ariane le apretó el hombro—. Anda; vuelve a entrar. Te quedas hasta que decidamos qué hacer contigo —De pronto, se quedó inmóvil, mirándole fijamente—. Perdona. Pero es que eres igualito a Alexander en una foto que tengo por ahí de cuando era joven...
—Sólo por fuera... —rectificó el mozo, molesto.
Ariane lo reintrodujo en la biblioteca. Para entonces, Marina ya había ametrallado a Sir Alex usando como balas todos los puntos de su conversación con Evan. El profesor estaba, si cabe, aún más irritado: el color rojo de sus mejillas no era debido, pues, al fuego de la chimenea, ni sus músculos se habían tensado por que sí. Al ver de nuevo a su nieto amagó un gesto de reproche. Ariane le robó el turno de la palabra.
—No digas nada: se queda...
—Pero...
—Pero nada.
—Tú no sabes lo que ha dicho sobre...
—Ni lo quiero saber. Démosle una oportunidad al chico, Alex.
La mirada suplicante (con visos de orden) de Ariane obró el milagro de ablandar su corazón.
—Está bien; acomódalo; pero procura que no moleste demasiado... —dijo él, dándole la espalda, con gesto displicente.
Marina lanzó un suspiro ronco de disconformidad.
—No estoy aquí por sentimentalismo sino para trabajar. Te demostraré lo que valgo... —musitó Evan.
—Te dejo vivir en casa, pero no he dicho nada de aceptarte como socio ni como empleado —se revolvió, airado, el profesor—. Si acaso como alumno...
—Bueno, bueno; eso lo discutiremos más adelante —terció Ariane, al descubrir otra sombra de disgusto en las facciones del muchacho. Lo tomó por el brazo y le dijo—: Ven Evan, te buscaré un cuarto. Dime: ¿cuándo traerán tu equipaje?
—Esto es lo único que tengo —contestó, dándole un golpecito a la mochila. Y, a continuación, lanzó un suspiro.
Ariane preparó una de las habitaciones vacías de la segunda planta, justo la que estaba al lado de la de Xavi. Evan le ayudó a cambiar las sábanas y a barrer el suelo. Mientras, departieron sobre la Escuela de parapsicología que parecía ser el mayor interés del joven.
Durante treinta años había funcionado en la Universidad Central de Arberia, adscrita al Departamento de Psicopatología, la sección de Parapsicología en la que había ejercido Sir Alex como catedrático de número, primero y emérito, después. Un año se cumplía desde que tal sección había sido eliminada de los planes de la Universidad. En tal providencia había pesado sobremanera el informe desfavorable que sobre sus subordinados había emitido la jefa del Departamento, Marta Delmont, no del todo objetivo. La doctora, por primera vez en su vida, había actuado de manera parcial, a sabiendas de que sus actos resultarían calamitosos para unas cuantas personas, culpables solo de creer en fantasmas y en cosas extrañas que se mueven en silencio en otras dimensiones. Estaba dolida; Lippershey, había despreciado el pacto que existía entre ellos de compartir la vejez llegado el momento del retiro, eligiendo a otra como esposa, y actuaba, por ende, como cualquier mujer despechada. En justicia, Sir Alex se merecía el castigo por su falta; pero los demás no. Sea como fuere, el caso es que a todos los profesores de la sección los habían puesto en la calle y no parecía que la prestigiosa UCA tuviera propósito de enmienda.
Sir Alex ya fantaseaba desde hacía tiempo con la idea de fundar una institución que formara según la inspiración de sus principios y métodos de trabajo científico a futuros investigadores de lo paranormal. Al verse liberado de sus obligaciones para con la Universidad su determinación se hizo firme. La academia recibiría el nombre de Escuela de Investigaciones Parapsicológicas Philip Dreyeris en honor a su malogrado amigo homónimo, que había rendido el último aliento en brazos de la Reina de la Ira. Su ex colega Adamski se sumó gustoso al proyecto.
Durante meses, Sir Alex había pasado las noches en vela y los días en constante agitación, organizando, planificando y poniendo orden en las cuentas y en la cabeza loca de su socio, hasta que, por fin, su sueño, revestido de cemento y cristal, de sustancia física útil, dispuesta para el noble propósito de la enseñanza del espíritu crítico, se encontraba a la vista de todos. Y ahora, casi concluidas ya sus fases larvaria y embrionaria, faltaban solo unos meses para que la escuela, en estado de adulto de impoluta inocencia, abriera sus puertas.
Evan escuchó sin pestañear el cuento de Ariane. Los informes de su anfitriona acerca de la represalia de Marta Delmont se le antojaban un inverosímil folletín romántico. Durante toda su vida había oído hablar de las legendarias hazañas amorosas de su abuelo, que no sin fatuidad, se autoproclamaba El mejor amante del Mundo, pasando por encima de la pertinente homologación del título por parte de los responsables del Libro Guinness de los Récords. Las historias que le contaba su padre, teñidas siempre por el resentimiento, hacían hincapié en el carácter veleidoso, burlón y egoísta de aquel hombre que había querido hacer de su existencia un eterno juego sin preocupaciones ni compromisos, incluidos los relativos a la crianza responsable de los hijos. Aunque le fascinaba toda noticia referente a su antepasado parapsicólogo, Evan rechazaba esa actitud prepotente de conquistador compulsivo, y de igual manera, la idea que del amor, presumía, poseía su abuelo. Le parecía, no obstante, muy inusual que a sus años aún continuara en la brecha, y mucho más que una mujer como Marta Delmont, una catedrática seria, fría y antipática, según la prejuiciada descripción de Ariane, hubiera perdido la cabeza de ese modo. Pero el colmo de los colmos era que él se hubiera agenciado como esposa a una mujer tan adorable como la señora Lavalle, que encima parecía encantada con su posición. No era para menos, si como aseguraban sus padres, la movía el deseo de hacerse con la fortuna del caballero, bastante sustanciosa, incluso después de haber servido, en parte, para financiar la Escuela.
La escuchaba hablar con su voz profunda pero candorosa, y no podía por menos que sentir una escisión en su espíritu. Ella le había caído bien desde el principio pero le costaba creer que amara a un hombre de más de setenta años por sus solas virtudes. Quizá era demasiado joven para comprenderlo; y casi el momento de formular mentalmente sus juicios negativos se refrenaba, imponiéndose la obligación de darle una oportunidad, ya que ella se la estaba dando a él.
Mientras, en la biblioteca, Xavi hojeaba unos manuales de psicología. Se arrimó a su padrastro, que había buscado el cómodo mullido de su butaca predilecta, un periódico y la compañía del fiel Siegfried; le dijo:
—¿Puedo enseñarle a tío Evan la ciudad?
Alexander pegó un respingo.
—¡Caramba! ¡Tío Evan: en un minuto os habéis hecho parientes! Aunque, perdona que te lo diga, no me parece que por mucho que retuerzas las relaciones de parentesco pueda él ser tu tío.
— ¡Ya lo sé! —saltó el joven, risueño—. Dime: ¿puedo?
—Si te acepta como guía...; pero no veo por qué tienes que pedirme permiso para eso.
—Lo hago para reafirmar tu rol de padre —explicó Xavier—. Mamá y Marina te tienen un poco dominado y eso afecta a tu autoestima.
—Excelente sentido de la observación —musitó, con sorna, el caballero—. Pero sería conveniente que no leyeras tanto mis libros. No quisiera que te convirtieras en un Freud en miniatura.
—Descuida, yo voy a ser o futbolista o director de cine.
—¡Está bien! Te doy mi permiso para que hagas con tu vida lo que te apetezca —bromeó mister Lippershey, chasqueando los dedos—. ¡Ah, qué bien se queda uno cuando se autoafirma!
Cuando Evan y Ariane bajaron a la biblioteca se encontraron a Sir Alex en la única compañía del gato, una máquina ronroneante sobre sus muslos. Marina hacía tiempo que se había largado, cariacontecida, y Xavi había ido a contarle las nuevas a la chica de servicio, que se afanaba en lavar los platos con el runrún de los chismes de su pequeño amigo como ruido de fondo.
El profesor, que había meditado sobre su falta de consideración, observó con una extraña complacencia la fachada de su nieto, tan similar a la suya propia de cincuenta y tantos años atrás. Le parecía estar viéndose a sí mismo la primera vez que se presentó ante el famoso cazafantasmas Harry Price. Él, con las piernas temblorosas, el otro, fumando en pipa y escuchando con atención todas sus razones. Aquel hombre lo había acogido con los brazos abiertos, deslumbrado por su vasta cultura, inusual en un muchacho. Harry Price no albergaba ninguna idea preconcebida contra los Lippershey; mientras que Sir Alex tenía buenas razones para mirar con lupa todo lo que proviniera de sus retoños. Pero la genética, que le había hecho la jugarreta de darle por hijos a unos tarugos, quizás le suministraba ahora la revancha mediante una réplica juvenil de sí mismo surgida en el seno del cuartel enemigo. Le divertía imaginar que así era; que Evan no llevaba malas intenciones sino tan sólo kilos de entusiasmo en su mochila.
Ariane detectó el cambio de actitud de su esposo, que se reflejaba como una matización de la tenebrosidad de su mirada. A Evan, en cambio, en aquella guisa, con un gato sobre las rodillas, que acariciaba con placer, le parecía un auténtico villano cinematográfico.
Con un movimiento de la mano, el profesor Lippershey le ofreció un asiento.
El visitante obedeció al punto.
Ariane, exhibiendo una amplia sonrisa que iluminaba toda la estancia se sentó a su lado.
—Si vieras lo hacendoso que es Evan; entre los dos dejamos dispuesto el cuarto en unos minutos... —explicó, hinchando las palabras, entusiasta.
Pero Sir Alex tenía los oídos desconectados y la mirada fija en el joven.
—Tú y yo tenemos que mantener una conversación privada —dijo, por fin; lo señaló con el dedo, y enfatizó la última palabra, para no verse obligado a explicitarle a su mujer sus deseos. Ella lo entendió a la primera. Con una repentina mueca de enojo, se levantó del sofá y se marchó.
La ansiedad de Evan se quintuplicó al verse abandonado a su suerte ante el inquisidor. Frotó las manos con tanta fuerza que al minuto ya las tenía rojas.
—Quiero que sepas que no habrá favoritismos. Deberás ganarte mi respeto como cualquiera. De nuestros comunes parientes, mejor no hablar. No quiero que su mala fe enturbie nuestra relación. —Sir Alex adelantó el tronco con empaque regio. Parecía que iba a lanzar una tronada, pero en cambio se sonrió con picardía—. Y ahora escucha las normas de esta casa porque no las repetiré: se desayuna a las ocho, se come a las dos; a las cinco, el té; y a las nueve se cena; puedes elegir entre comida omnívora o vegetariana; nada de fumar, nada de drogas; programas de televisión, los que Ariane y yo queramos ver; si no estás de acuerdo te compras una tele y la ves en tu cuarto; cada uno responde de la limpieza y orden de su dormitorio; recibo a mis pacientes para hipnosis y regresión de nueve y media a una; me asistirás en la consulta, sin sueldo hasta nueva orden; Ariane se ocupa de la parte administrativa y de mis archivos; si fuera necesario también la ayudarás a ella... Y bien, ¿estás conforme con mis condiciones?
Evan, serio, respondió:
—Sí; aunque me costará acostumbrarme a esos horarios de comidas...
—Cuanto antes lo hagas, antes se te quitará ese repelente aire de inglés. En este país nuestros compatriotas no son bien vistos. Si te preguntan, eres irlandés. Aquí no distinguen acentos...
—Yo no soy un renegado: amo a mi patria —replicó Evan con indignadísimo énfasis.
—Craso error: la patria no te ama a ti y para recibir desdén ya tienes a las mujeres... Por cierto, de eso, ¿qué tal andamos? Porque habrás salido con chicas...
—Sólo con dos...
—¿Cuántos años tienes exactamente?
—Veinticinco.
—¿Dos novias solo; seguro? —inquirió el viejo, elevando las cejas y mirando por encima de los lentes, estupefacto.
—No le des más vueltas: solo he mantenido relaciones íntimas con esas chicas y estaba enamorado de ellas —sentenció el joven con solemnidad para dejar bien sentado que no había salido a él—. Y si no te importa, preferiría no hablar de ese tema.
Lippershey meneó la cabeza.
—Está bien: eres un soso; tendré que asumirlo. Conversemos sobre asuntos aburridos. A ver; cuéntame que has estudiado, a qué te dedicas y esas cosas.
—Soy ingeniero informático. Me concedieron una beca en la Universidad de Londres para el desarrollo de software de encriptación... Pasé un año bajo la disciplina académica. Cuando se acabó la beca, me uní al grupo de la doctora Seymour.
—¿Y cómo te dio por ahí? Esas aficiones no suministran muchos beneficios económicos.
—A decir verdad, sólo me proporcionaron saber...
—Ah, sí, el saber; pero eso ni es comestible ni garantiza a un varón joven el suficiente aporte calórico... y mucho menos el que te pudo regalar Madelaine.
—Trabajaba en una hamburguesería para sobrevivir, mientras me salía otra cosa mejor —confesó el muchacho.
—O sea que tiraste tu brillante futuro por la borda y te rebajaste a quebrarte el lomo en un trabajo de inferior categoría solo por seguir a una mujer que cree en los vampiros... —recapituló Sir Alex—. Bien, bien; me gusta: esa actitud absurda demuestra que posees un carácter fuerte... Bueno; háblame de tu amiga Maddie Seymour ¿Cómo la conociste?
Como si se hubiera pronunciado en su presencia una palabra con poder mágico, el rostro de Evan se relajó e iluminó.
—Buscaba en Internet contenidos de Parapsicología cuando descubrí su página. Entonces, le envíe un e-mail para presentarme. Al saber que era tu nieto se mostró muy amable. Le expliqué que mi sueño era dedicarme a lo mismo que tú. Ella me contó que existían al menos cinco universidades en Gran Bretaña donde se podían realizar estudios de Parapsicología, y que incluso había un doctorado en la Universidad de Edimburgo; pero consideraba más adecuado que empezara como aprendiz en su propio grupo de investigación, realizando trabajo de campo; se ofreció como maestra. Tuve mucha suerte. Es una mujer encantadora, de una amplísima cultura y sensibilidad. Me ha enseñado muchas cosas.
—Pero por lo que yo sé, no tiene mucho sentido del humor que digamos... —interrumpió Lippershey senior—. Una vez le envié un e-mail fingiendo ser el Príncipe de los Vampiros y me respondió con insultos.
—Ella se toma en serio su trabajo —replicó Evan. No podía creer que su abuelo, tan talludito, se dedicara a esas niñerías.
—Los vampiros no existen.
—La doctora es antropóloga: los estudia como arquetipo.
—No es cierto; cree en su existencia real. He leído sus trabajos, por llamarlos de algún modo... No negarás que conoces su libro sobre Valentín Nagdy. Vamos, hijo; esa mujercita esta como una cabra. Ha heredado todo lo peor de su padre. Tenías que haberlo visto: nunca salía de casa sin una cabeza de ajo en el bolsillo. Aunque si hemos de creer lo que escribió su hija, en realidad, esos métodos son pura superchería: no funcionan en absoluto aplicados a un caso práctico como el del conde Nagdy...
Evan miró con fijeza a su interlocutor. Le hervía la sangre, pero se sobrepuso. Su única respuesta fue un suspiro; decidido a finalizar con aquel examen tan enojoso, se levantó del sofá.
—Mira, estoy un poco cansado —se excusó—. Me gustaría acostarme un rato. Tendremos tiempo de sobra para hablar sobre esto y más.
—Me parece bien —opinó Sir Alex, resignado al alto el fuego—. A Xavi se le ha metido en la cabeza hacer de guía para ti. De modo que deberás estar en plenitud de condiciones físicas para después de la hora del té, cuando te saque a conocer la ciudad. No digas que no te apetece, porque le darás un disgusto —bromeó.
Si a Evan no le hicieron demasiada gracia los planes que para él habían diseñado sin su consentimiento bien que se guardó de darlo a entender. Nada de lo que hiciera para parecer un chico amable estaría de más. Todo fuera por la Academia.
Ariane, que practicaba el viejo arte, tan extendido entre criados y niños, de espiar las conversaciones ajenas, corrió como un rayo a esconderse bajo el hueco de la escalera en cuanto oyó a los hombres acercarse al portón. Sir Alex, mientras el chico se perdía en los pasillos de la planta superior, se atusó el bigote con gesto insatisfecho.
—Así que una conversación privada... —dijo ella, dándole un palmetazo en el brazo—. ¿Qué es lo que no puedo saber...?
—Ariane, querida, yo nunca te oculto nada —respondió Alexander, en un tono que parecía serio, hasta que añadió—: Sólo pensé que estarías más cómoda escuchando desde detrás de la puerta...
—Muy gracioso. Pues, para que lo sepas, lo he oído todo. Te has pasado importunando al chico: que si tienes novia que si la dejas de tener... Hablemos en serio: no quiero que lo molestes. Parece tan amable y voluntarioso. Además, detesto decirlo, pero lleva de tu sangre, o sea, que es de la familia. Hay que tener un poco de consideración con la descendencia... aunque la tuya sea tan lamentable en líneas generales. —Ariane esbozó una sonrisa muy larga—. Por cierto, ¿te has fijado en cómo os parecéis?
—Solo en la superficie —observó vanidoso y con cierta molestia el caballero.
Ariane no pudo detener un efluvio de risa torrentosa.
—¡Qué curioso! Él dijo casi lo mismo.
—¿De veras? —musitó Sir Alex, incrédulo—. Casualidades...
Evan no pudo descansar pese a tener a su disposición casi una hora y media y una blanda cama. Como no podía pegar ojo, sacó de su mochila una fotografía que se dedicó a examinar, con miradas henchidas de nostalgia, tumbado boca arriba sobre el colchón. La imagen congelada pertenecía a ese tiempo feliz cuando la doctora Seymour (en la foto, la mujer que le pasaba el brazo sobre los hombros, vestida extravagantemente de exploradora con salacot) guiaba sus pasos hacia un mundo sin fronteras en el que todo parecía posible. Un tiempo que se había hecho añicos al tomar conciencia de su propia calidad evanescente o tal vez, porque, como suele suceder, el mundo real había penetrado por los intersticios de una fantasía imperfecta construida a golpes de voluntad, fe y pasión, pilares demasiado débiles para resistírsele. Todo eso había sucedido hacía tan sólo dos meses...
Aquella noche la doctora Seymour le había invitado a cenar en su casa. Para él, que celebraba su vigesimoquinto cumpleaños, era como si un deseo largamente incubado hubiera tomado forma visible y tangible. Durante seis meses de estudio y aventuras en casas encantadas su espíritu se había ido inclinando hacia el de la profesora, de un modo casi brutal, desmedido, teniendo en cuenta que sus ojos, que habían empezado a mirarla con indiferencia, al final lo hacían ya con fervor, sin que nunca se hubiera atrevido a expresar tal frenesí con palabras: Madelaine tenía cuarenta y dos años, estaba en otra órbita, pero él no pensaba en otra cosa que en alcanzarla para girar a su lado en torno a cualquier sol de la galaxia. Cuando ella lo citó, no dio crédito a su buena suerte.
Así pues, había comido poco, excitado como estaba por compartir unos minutos a solas con la mujer de sus sueños. Ella, tan silenciosa y taciturna como siempre, apuró el vino y saboreó la pasta con esa elegancia sobria que a él tanto le llamaba la atención. Casi no hablaron. Que hermosa le parecía en su distanciamiento. Realmente, Madelaine Seymour con su rostro lánguido de mujer madura, con su excentricidad fanática y su parquedad de verbo representaba para Evan la viva imagen del Amor. Cuando hablaba parecía una sibila, cuando callaba, el silencio en torno a ella adquiría la gravedad de las nubes que coronan la frente de los Himalayas. Como todos los enamorados (y más los platónicos) Evan no veía las cosas con demasiada claridad. Hubiera bastado con que se limpiara los ojos para despejar esa deformante lente fabricada con idealismo para contemplar a una mujer del montón, que casi, casi podría ser su madre y que no tenía los pies bien asentados sobre la tierra, tal y como decía el profesor Lippershey. Pero Evan estaba aquella noche más místico de lo normal, más determinado a cometer locuras, queremos decir; sus miradas de pasión, al contrario que en otras ocasiones, escapaban de su control y se hacían evidentes, causándole no poco rubor a la dama. Durante demasiado tiempo Evan había ocultado las fantasías que ella le suscitaba, sabedor de sus escasas posibilidades. Que se supiera, Madelaine no tenía vida amorosa ni estaba emparejada con nadie. Lo que en un principio podía parecer que le dejaba el campo libre para iniciar una aproximación, pensándolo mejor, y en puridad, representaba el mayor obstáculo. No es que a la doctora no le saliera un sólo novio decente, es que ella los rechazaba a todos, buenos y malos, sin atender a razones y sin darlas. Simplemente no; y ese mismo no, más rotundo si cabe, más cruel, se lo espetó a él tras la cena, cuando, sin dejar de mirarla le dijo: “Te quiero”, con la voz temblorosa; y antes de que ella, paralizada y reticente, objetara nada, interpretando ese silencio como una invitación, la abrazó con el propósito de dejar marcada en sus labios una húmeda y amorosa rúbrica. Pero la doctora Seymour, horrorizada, pronunció la palabra que Evan menos deseaba escuchar. Ese no que con su voz sonaba a sanción divina, y que durante días hizo eco en sus oídos. Confundido por lo violento de la situación a que le había llevado su atrevimiento impremeditado, el muchacho, sin atreverse siquiera a bosquejar una disculpa, abandonó la casa.
Fue en ese mismo instante cuando decidió que se marcharía de Inglaterra, una decisión exagerada, pero recuérdese que su sentimiento también lo era, además de irracional y por si fuera poco, tenía el defecto de la juventud, que magnifica los sucesos más insignificantes.
Durante su corta estancia en la mansión paterna Evan fortificó su determinación. Si su amor era imposible, si estaba condenado a no poder consumar sus deseos entonces más valía borrar cuanto antes aquella obcecación que mantenía su alma entre rejas herrumbrosas. Se iría con su abuelo, del que tanto hablaba su parentela: lo conocería, trabajaría para él, espiaría cómo estaban las cosas y, de paso, se alejaría de la doctora Seymour. Lo que menos le agradaba de aquellos planes, trazados en connivencia con su padre, era la labor de agente encubierto. Bien es verdad que admitía que llevaba razón cuando proclamaba la injusticia que significaba que Ariane (“esa mujerzuela aprovechada y cazafortunas”) se fuera a quedar con el dinero de la familia. Inequívocamente, Evan-Arthur estimaba que las posesiones de su vetusto padre eran también suyas por derecho propio y que resultaba inadmisible que una extraña barriera con todo. El pequeño Evan-Emrys informaría pertinentemente de todas y cada una de las manías del viejo, noticias de las que un buen abogado sabría sacar partido. Alex Lippershey estaba loco; sólo era cuestión de demostrarlo con pruebas admisibles ante un tribunal.
Evan dejó de mirar al retrato. Las campanas de las cinco de la tarde retumbaron por toda la casa. De un salto se incorporó. Xavi apareció justo entonces por la puerta. A rastras, condujo al invitado a la biblioteca, donde se hallaban solos Ariane y Sir Alex; Marina había salido ya hacía un rato.
Lippershey, que sostenía la tacita con su expresión más enhiesta, lo miró torcido a través de la nube de vapor que escapaba del líquido caliente. Ariane, en cambio, sonrió.
—Come algo —invitó, ofreciéndole una de sus pastas—. Te veo un poco flaco... ¿no serás vegetariano tú también?
—No, no; a mí me encantan los filetes, y las hamburguesas, y las salchichas.
—Que las hacen de despojos, de sesos aliñados con priones y clembuterol —rezongó sir Alex—. Acabarás con el cerebro lleno de agujeros, si es que no lo tienes ya.
Evan sólo abrió la boca para meter en ella otra galletita.
—A propósito, ¿podrías darme otra de esas? —añadió—. He leído que las fabrican con grasas animales, con grasas de vacas atiborradas de priones y clembuterol.
Ariane y Xavi rieron; a Sir Alex, en cambio, se le pusieron rígidos los labios, pero sólo por un instante.
—Estas no; las he hecho yo mismo sin usar ningún tipo de añadidos espurios: únicamente productos naturales y de confianza —afirmó.
—¿Las has hecho tú? No me lo puedo creer... —se sorprendió Evan.
—Oh, sí; Alex es un gran cocinero. Y la repostería es su fuerte... —terció Ariane—. Además domina las tareas del hogar con mayor destreza que cualquier ama de casa. Durante sus primeros años en Arberia se apuntaba a clases de cocina, manualidades, decoración, corte y confección, etc... Y así hizo un buen puñado de amigas. ¿Verdad, cariño? —El caballero, sonreía de satisfacción al recordar la cantidad de adulterios que había propiciado treinta años atrás.
—Me encantan los ambientes femeninos. Siempre he tenido más amigas que amigos. Me resultan de más utilidad.
Evan, que no había olvidado lo que Ariane le había contado acerca de Marta Delmont, puso una cara muy seria, pero se abstuvo de dar su opinión acerca de tales actitudes. Sir Alex detectó su censura, e igualmente se guardó lo que pensaba de los chicos altos y guapos que a los veinticinco sólo habían tenido dos novias.
Celebraron entonces una breve tertulia en la que se tocaron un par de temas de importancia y como varias decenas más de trivialidades. Ariane no fue parca interrogándole a propósito de sus gustos y pensamientos. Con desgana, Evan contestó lo mejor que pudo, saliendo airoso del segundo examen del día, dado que sus morigeradas opiniones sobre el mundo, la política y la sociedad fueron del agrado de la señora de la casa. No se podía decir lo mismo de Sir Alex, que en ningún momento abandonó el gesto despectivo y engreído, y que, incluso, en algunas ocasiones, se burló abiertamente de la moderación burguesa de su nieto; desde luego, un chico tan calmado, que votaba a los conservadores, no iba a prender la mecha de ninguna de las revoluciones que con poca fortuna él había suscrito a lo largo de su dilatada existencia.
Apenas concluido el té, el joven Lippershey saltó de la silla detrás de Xavi. El pequeño se asomó a uno de los ventanucos, imitación de vidrieras, que tornaban gótica la biblioteca. Ya no llovía. Las nubes grises, empero, no habían tenido el buen gusto de tocar retreta. Allí arriba, sobre los tejados rojos de Calibánn, un manto de contornos rechonchos amenazaba con abrirse de un momento a otro. Un peligro cierto que no arredraba a Xavi, pero sí a su madre, que lo obligó a embutirse en un grueso anorak, relleno de plumas.
—Así está mejor: no vayas a agarrar un resfriado. Y no te olvides de la bufanda...
Xavi resopló:
—Sí; ahora voy a por ella —dijo.
Lo que hizo, en realidad, fue tomar la mano de Evan; y de nuevo, se lo llevó, esta vez, en dirección al portón de salida.
—Rápido; que no vea que no llevo la dichosa bufanda —susurró el niño, entre risas. Antes de abrir la puerta, se despojó del incómodo chaquetón y descolgó del perchero de la entrada una prenda de abrigo mucho más ligera.
Al trote, los dos muchachos cruzaron la explanada de la Plaza Comendatori, húmeda y fría como el beso de un pescado, sorteando a las mujeres de mala vida que ejercían su oficio en aquel lugar, mientras desafiaban a neumonías y demás agentes patógenos aliados del otoño, y a los consumidores de sustancias prohibidas, de peor pinta todavía, que Evan miraba por el rabillo del ojo, muy sorprendido de su presencia. Desde detrás de la ventana, Ariane gesticulaba iracunda, pero Xavier no quiso mirar.
Las arquitecturas modernistas contemplaban con su cachaza centenaria el transcurrir de la vida de Calibánn. Evan, miraba hacia arriba, hacia los muros de donde brotaban, entre arquerías y pilares adosados de aspecto orgánico, sirenas de piedra y sus esposos, los tritones, de barbas pobladas, que sostenían balconaduras adornadas por guirnaldas florales. Cuando acabaron de rodear el gran teatro Vilabona, un monstruo quimérico, híbrido de neoclasicismo, frontón triangular y frontispicios, y art-nouveau, tomaron la avenida Bajadur, la calle principal de Calibánn, una inmensa flecha de asfalto que se clavaba en la parte antigua de la villa, la Vila Vetera. Los árboles del bulevar, desnudos de su traje foliforme, que yacía en pedacitos arrugados y ocres, parecían de la misma cualidad que los edificios, un símbolo de quietud metafísica.
A Evan, por estar en tierra extraña, todo le llamaba la atención. El cálido acento de los arberianos entretejido en mil conversaciones, le sugería la posibilidad de no estar ya en el plano de existencia que hasta entonces había conocido. Un idioma jamás escuchado que bien podía provenir de otro mundo, o de otro tiempo; unas caras y unas construcciones de aspecto extraño que habían sido protagonistas y escenario de un suceso fantástico acaecido un año ha, pero cuyas huellas permanecían frescas en la memoria colectiva. Evan se preguntaba si acaso todo aquello que le entraba por los ojos no pertenecería a un universo paralelo. Muchas veces había visto en sueños ciudades que se elevaban al tiempo que su mirada se posaba sobre ellas. Esos paisajes urbanos, que no tenían nombre ni lugar en el mundo, cuyos edificios se alzaban en medio de un silencio eterno y que no estaban habitados por nadie, excepto por su creador, podrían ser retazos deformados de su vivencia presente, recogidos del aire en un tiempo en que aún ignoraba que existía un lugar llamado Calibánn. Evan abrió de nuevo sus sentidos, privados dentro de su introspección, al tiempo y al espacio que lo rodeaba. Se había perdido el inicio de la explicación de Xavi acerca de la fuente Ioannes Gabriel Vela, y del Ayuntamiento, testigos del encuentro entre Sir Alex Lippershey y Ariane, y la Reina de la Ira, la mañana siguiente a la matanza de los primogénitos. En aquel lugar Geirtrair había perdido su anillo, la llave que le permitía viajar por las distintas dimensiones, y, de esta manera, había dado forma a su desgracia. Difícil de creer que toda una diosa, hubiera sido tan torpe como para dejarse arrebatar su más preciado tesoro, pero así estaba escrito, y Xavi repetía las exactas palabras que le había contado su madre.
—Yo la conocí en persona —le dijo en confidencia y con orgullo al atónito Evan—. Me secuestró y me llevó volando a su casa, que ahora ya no existe, porque ella la hizo estallar junto con la Puerta que Comunica los Mundos para que ningún humano volviera a viajar al País Borroso donde viven los muertos y sus esclavos...
—Cuando hablaron de la matanza de los primogénitos en Inglaterra —explicó el joven, irónico—, no se mencionó en absoluto que esa tal “Geirtrair” fuera algo más que una demente asesina, líder de una secta satánica.
—Mi mamá no quiere que hable de esto —añadió Xavi en un tono aún más tenebroso y quedo—, pero nosotros sabemos que lo que se dijo a la prensa para explicar el crimen fue una mentira. Hacía esas cosas horribles porque se alimentaba del sufrimiento: era una lamia, como un vampiro psíquico. Pero no le guardo rencor. Gracias a ella perdí un montón de kilos. Yo antes estaba un poco gordito; no podía jugar al fútbol. Ahora soy delantero del Calibánn, CF. —Xavi hizo una inflexión en la voz—. ¿A ti te gustan los vampiros?
—Sí, claro —respondió Evan, sonriendo de medio lado—. Me encantan...
—A mí también; pero solo los que salen en las películas. Mi peli favorita es Drácula vuelve de la Tumba.
—No la he visto —confesó el inglés, sin vergüenza.
—No te preocupes; esta noche te la pongo: la tengo grabada en vídeo...
Con este anuncio que era más bien amenaza, Evan tuvo un auténtico motivo de preocupación: a él los vampiros de las películas eran, precisamente, los que menos le gustaban. Ahora ya no podría retirarse temprano a dormir aduciendo la falsa excusa de la fatiga sin que pareciera un desprecio.
Mas después de casi dos horas y media de caminata por la Vila Vetera y aledaños, en la que habían recorrido todos y cada uno de los monumentos representativos de la civilización arberiana, empezando por la Ciudadela, pasando por la catedral de San Jorge, y terminando en el Palacio de Miramar y la UCA, los pies y demás órganos del sistema locomotor del joven estaban en disposición de afirmar que de falsa aquella excusa no hubiera tenido nada. Había ya caído la noche sobre Calibánn. En teoría, todo lo importante ya estaba visto, incluido el inmueble donde se ubicaría el Instituto de Investigaciones Philip Dreyeris, por delante de cuya fachada habían pasado, a petición del visitante. Evan no veía la hora de regresar. Xavi lo manejaba como a un títere. Y, además, hablaba como una cotorra: de las películas de terror; de su novia, la chica de servicio; de las extravagancias del profesor Lippershey; de las vacaciones que habían pasado en el Caribe y en Londres (de las que, por cierto, la familia de Evan estaba muy bien enterada)... Pero al final, siempre regresaba a su tema favorito. Pensando hacerle una gracia, empezó a canturrearle algunos fragmentos de la balada de Valentín Nagdy, el conde de Belennos, que “dejó de amar el sol para gustar la sangre”, en palabras del canto legendario, y encima en inglés, para que lo entendiera. ¿Es que no podía olvidarse de Madelaine ni siquiera cientos de kilómetros de distancia? Estaba tan aturdido que no reparó en que habían regresado al punto de partida.
No había nadie en la villa. Ariane había dejado un mensaje en la nevera explicando que se encontraba en casa de su hermana. Sir Alex la había acompañado aunque era probable que a aquellas horas estuviera tomando una tila en alguna cafetería próxima al chalet para no tener que soportar a su cuñada, que lo miraba con el mismo cariño que una prostituta del Whitechapel decimonónico a Jack El Destripador. Aprovechando la tesitura, Xavi le endilgó a su amigo, justo cuando éste empezaba a caérsele la cabeza hacia un lado de somnolencia, la lista completa de encontronazos y desavenencias entre su tía y su padrastro.
—Una tarde mi tía lo riñó por estar siempre encima de mamá, y él contestó que eso era una calumnia, que a veces también estaba debajo; Eva se enfadó; le dijo que tenía que tomar precauciones, que cualquier día íbamos a tener un disgusto. Eso sí que me hace gracia; no me imagino a mamá embarazada a sus años... Bueno, según tía Eva, hasta que no se le quite la regla, podría suceder, aunque parezca mentira: mira a la mujer de Tony Blair con cuarenta y cinco y un bebé; pero Sir Alex respondió que no hacía falta preocuparse porque sus espermatozoides estaban todos artríticos e iban con bastón... Ji, Ji. Fue muy divertido. Al profe se le ocurre cada cosa, como cuando dijo que...
Ni siquiera la indiferencia mortal de Evan, manifestada en dos bostezos, detuvo el relato. Pero sí lo hizo el comienzo de Drácula vuelve de la tumba. A los diez minutos, A Evan se le caían los párpados; a los quince se quedó dormido, aunque no por mucho tiempo. Xavi, que no quería que se perdiera las evoluciones del Príncipe de los vampiros en las alcobas femeninas, lo sacudía con saña cada vez que sentía un ronquido. Nunca odió Evan tanto a Drácula como aquella noche.
Alexander y Ariane, que por muy diversos motivos se habían desvelado, estuvieron de charla hasta bien entrada la madrugada, tumbados en el lecho matrimonial; más que diálogo, lo justo sería denominar a sus parlamentos monólogos paralelos: ella expresaba sus temores acerca de la ralea del novio-amigo de su hija, la cual, por cierto, se estaba retrasando; él, en cambio, hacía listado de todos los defectos que le había intuido a su descendiente, ensañándose en su aparente indolencia. Sus discursos convergieron sobre las tres, cuando el ruido de un vehículo que se estacionaba frente a la mansión, los sacó a ambos de la cama.
—¿Será ella? ¡Oh, Dios: vaya horas! No sé qué voy a hacer con esta niña... —se lamentó Ariane asomándose a la ventana.
—No es ninguna niña —observó Sir Alex.
—Sí, sí que lo es... A su edad no tiene porque estar pensando en novios ni tonterías: debe limitarse a estudiar. Ya tendrá tiempo cuando sea toda una señora doctora de entretenerse. ¡Ay, qué rabia! Desde aquí no veo bien qué hacen. Es el coche de Pedro; eso seguro. Pero, ¿a qué espera para salir de él?
Alexander rió.
—Deben de estar echando un buen polvo. Así que, siendo optimistas, deberíamos darles unos diez minutos. Aunque teniendo en cuenta que el chico tiene veinte años, mejor ponle cinco...
—¡Qué malo eres! No me digas esas cosas, que ya sabes que yo me lo creo todo —rezongó ella, en un tono entre preocupado y risueño—. Alex, cariño; ¿por qué no me haces el favor de ir abajo a espiar un poco? Si me ve a mí se pondrá como una fiera. Anda; haz como que vas a regar el jardín o algo...
—¿Regar a las tres de la mañana? No es una excusa muy creíble que digamos.
—Alex, por favor...
El profesor Lippershey se ciñó el cinto de su batín y metió las manos en los bolsillos. En menos de dos minutos, había salido al frío de la noche, había agarrado la manguera y se había puesto a remojar sus macizos de plantas.
Cuando el amigo de Marina vio por la ventanilla aquella curiosa estampa nocturna, creyó estar desvariando por los efectos de los vodkas que se había echado el gaznate; aunque fue una duda pasajera que la cólera de la joven despejó de un grito.
—¡Será asqueroso...!
—¿Quién es ese, tu abuelito? —se rió Pedro, sin dejar de abrazarla y de darle besos en el cuello.
—No, idiota, es el marido de mi madre. —La chica golpeó a su acompañante—. Para ya, ¿no ves que le contará todo a ella? ¿Para qué te crees que ha salido? Ya me ha puesto de mal humor —estalló al descubrir al jardinero intempestivo avizorándoles otra vez. Hasta estiraba el cuello—. ¡Es que es increíble!
Pedro echó varias carcajadas encadenadas y trató de acariciar el cabello lacio y corto de su amiga.
—Será mejor que nos despidamos. Me siento muy incómoda con ese ahí...
—Como quieras...
Los muchachos se besaron.
Marina saltó del coche, pegando un portazo. Pedro arrancó de inmediato, tras recibir el cariñoso saludo de la joven Lavalle, quien, un segundo después, giró sobre sus talones con el rostro cambiado: parecía una furia ansiosa de sangrar al primero que se le cruzara en el camino. Sir Alex cerró la espita de la manguera.
—¿Te has divertido? —le preguntó a la damisela.
—¿Y tú, te has divertido humillándome? —replicó, a voces, Marina.
—Anda, entra en casa... —ordenó él; la había agarrado por el hombro; pero ella se desasió bruscamente.
Del todo iracunda, Marina Lavalle penetró en la casa seguida por el profesor Lippershey, que no se atrevió a preguntarle si había bebido; dejando aparte que era evidente que sí, por el perfume que dejaba como una estela a su paso, mencionar tal cosa hubiera propiciado un ataque verbal demasiado violento. Marina se despachó a gusto, llamándole de todo, poniéndose incluso a gimotear. Sir Alex no podía permitir que se hiciera cierto lo que Xavi decía acerca de su falta de autoridad sobre las mujeres de la casa y la consiguiente pérdida de autoestima. Tampoco tenía mimbres de dictador, aunque con hijas como Marina, hasta a Pinochet le hubiera temblado la mano. Cuando Marina por fin se quedó ronca sentenció:
—Vete a la cama a dormir la borrachera, no sea que baje tu madre y se disguste todavía más. Y como sigas comportándote de esta manera no verás ni una rueda del BMW que te había prometido para tu cumpleaños...
Inexplicablemente, la joven obedeció al punto.