Año del copyright: © 2009
ISBN 978-1-4467-5418-4
Copyright Francisco Angulo Lafuente
(Licencia copyright estándar)
Publicado enero 2, 2011

LOS MEJORES
(THE BEST)
LOS MEJORES
(THE BEST)
Mi nombre es Phil, soy sargento de las fuerzas especiales y el último ser humano. Intento con todas mis fuerzas ordenar mis pensamientos, seguir adelante, no desfallecer, pero el virus se extiende por mi cuerpo envenenándome la mente. El corazón me late como si en cualquier momento fuese a estallar. Siento un enorme dolor, el cerebro parece inflamárseme y presionar contra el cráneo. El odio, la rabia se han vuelto incontrolables. Camino a duras penas, sabiendo cuál será mi destino…
Prologo
Esta obra de ciencia-ficción intenta por una parte concienciar a los lectores de la fragilidad de nuestra especie, adentrándose en algunas posibles catástrofes medioambientales que pueden llegar a suceder debido a la emisión de gases contaminantes que estamos produciendo, la causa del cambio climático. En unas condiciones climáticas adversas nuestra civilización tal y como la conocemos puede venirse a bajo.
Esta es la historia de un grupo de soldados de las fuerzas especiales, que sobresalen por ser los mejores en su campo. A través de ellos veremos cómo el mundo habrá cambiado en un futuro próximo y cómo únicamente los más fuertes consiguen sobrevivir.
Con esta novela querría atraer la atención del público más joven, con el propósito de que se diviertan con su lectura y al mismo tiempo surjan en ellos algunas preguntas. Para mí, la ciencia-ficción consiste básicamente en presentar teorías que siembren la duda de su posibilidad y con ello impeler al lector a indagar más.
Estoy seguro de que no hubiésemos llegado a la luna de no ser por libros como De la tierra a la luna. No porque la tecnología nos lo impida, tampoco por falta de capacidad, simplemente porque: ¿para qué ir a la luna? Es posible que la literatura nos dé esa necesidad de ir más allá, de ver y visitar esos mundos de los que nos hablan los libros.
He trabajado durante muchos años en proyectos sobre energías renovables y he llegado a las siguientes conclusiones: no nos faltan soluciones, lo que falta es el interés y las ganas de llevarlas adelante. Es viable cambiar nuestro modelo energético; es posible vivir mejor, con mayor calidad de vida y al mismo tiempo respetar nuestro medio ambiente. Simplemente, no queremos hacer ese cambio; seguramente tenemos miedo a dar ese paso o posiblemente solo se trate de pereza. Con mis novelas únicamente pretendo que pensemos en ello.
Pandemia
Según las autoridades el primer foco de infección se originó en un pequeño poblado en plena selva, justo en el lugar que días antes se registró un suceso inusual. Lugareños denunciaron a las autoridades y medios de comunicación que un objeto extraño había caído del cielo. Lo que en un principio se tomó como el choque de un meteorito, aquellas personas se lo tomaron como una maldición de los dioses. Algún científico se tomó las molestias de contrastar los sucesos con los registros sísmicos y radares de la zona y efectivamente algo de gran tamaño había entrado en la atmósfera invadiendo el espacio aéreo. Lo más sorprendente del incidente es que pese a la gran velocidad del artefacto y sus amplias dimensiones, los sismógrafos no recogieron ninguna señal de impacto. Por otra parte una cosa tan grande no invade los cielos de ningún país sin alertar al ejército.
Toda la aldea enfermó y las personas que estuvieron en contacto con estas personas también fueron contagiadas. Rápidamente el gobierno dio la voz de alarma y puso en marcha el plan de emergencia para control de infecciones. Se acordonó la zona en una enorme área para restringir la amenaza biológica.
La enfermedad parecía ser transmitida únicamente a través del contacto físico. Un grupo de médicos desembarcó de los helicópteros militares en el centro del pueblecito.
La enfermedad comenzaba con unos fuertes dolores de cabeza, después la fiebre se volvía tan alta que los enfermos literalmente enloquecían. Los doctores tuvieron que ser evacuados a toda velocidad, pues los infectados tirados por el suelo, se levantaron enloquecidos y comenzaron a atacarlos. Los trajes NBQ los protegían de posibles contagios. Ordenaron abrir fuego a los militares, barrer la zona de vida humana y más tarde esterilizarla a golpe de lanzallamas. Las vidas de los ciudadanos fueron sacrificadas y los científicos volvieron a su complejo de laboratorios que se encontraba a unas cuantas millas. El profesor Omar entró en la ducha desinfectante con el resto de sus compañeros, después se quitaron los trajes y los dejaron en sus taquillas. Comentaron el suceso y comenzaron a lanzar especulaciones. ¿A que se debería tan singular suceso? ¿Cómo la fiebre había provocado un estado de rabia y disparando los niveles de adrenalina? Los enfermos enloquecidos tenía una fuerza sorprendente. Omar se mantenía en silencio, sin comentar nada, parecía ocultar alguna información.
Cuando todos hubieron abandonado la sala, volvió sigilosamente a los vestuarios, abrió su taquilla y comenzó a revisar su traje. Sus sospechas se confirmaron cuando observó que había sufrido un desgarro en su parte posterior, causado por un forcejeo con uno de los enfermos. Escuchó pasos acercándose y intentó pensar rápidamente donde ocultar el traje. La puerta se abrió bruscamente y entró el supervisor.
¿Qué hace aquí señor?
Sólo revisaba mi equipo.
¿Tiene algún problema?
No, todo está correctamente —contestó mientras sostenía el traje en sus manos, de forma nerviosa.
¡Déjeme ver!
Revisó la prenda meticulosamente y certificó que todo estaba correcto. El profesor había cambiado el traje por el de su compañero, sabía que si informaba del suceso no volvería a ver a su familia. Las normas del laboratorio eran muy estrictas. Pensó que sólo estuvo expuesto unos instantes y no estaría infectado. Salió de la sala y se marchó, sabía que pronto encontrarían el traje y cerrarían las puertas del complejo. Poniéndoles a todos en cuarentena.
Traje NBQ
La indumentaria, normalmente similar a un mono, es denominada NBQ, ya que está diseñada para proteger a su usuario físicamente de la exposición directa con agentes biológicos, químicos o radiológicos.
Aunque llevan el mismo nombre, se pueden diferenciar fácilmente dos tipos de trajes NBQ. Los de uso civil y los diseñados para el ejército. Los primeros utilizados normalmente por personal cualificado como bomberos, médicos, etc., suelen estar construidos en materiales, plásticos sintéticos; sus colores suelen ser llamativos, para advertir del peligro en la zona de emergencia. Los segundos suelen tener revestimientos de fibras de carbono y lana, diseñados para que sus usuarios dispongan de movilidad y capacidad para utilizar armas de fuego; sus colores suelen ser mimetizables con el entorno, colores normalmente verdes para montaña y tonos grises para el camuflaje urbano.
Botas protectoras y guantes de butilo son indispensables a la hora de utilizar uno de estos trajes.
Los trajes únicamente están diseñados para proteger el cuerpo y han de utilizarse máscaras con filtros especiales o sistemas autónomos de respiración dotados de botellas de aire comprimido, para evitar la intoxicación por vía respiratoria.
Bajó al subterráneo donde se encontraba aparcado su coche, un bonito descapotable de estilo clásico, pero con motor eléctrico. Llegó a la salida del complejo y paró justo en la barrera que le impedía el paso. Por la ventana de la garita se asomó el guardia y el doctor buscó su tarjeta acreditativa.
No es necesario Sr. Omar, puede pasar.
Antes de terminar la frase, sonó la alerta de emergencia.
Espere un momento, solo será un segundo tengo que atender al teléfono.
El profesor intentaba disimular la tensión lo mejor que podía, pero una gota de sudor le comenzó a bajar por la frente.
¡Tengo mucha prisa! ¿Quiere abrirme el paso de una maldita vez?
Estoy recibiendo órdenes de no dejar salir a nadie.
¿Sabe usted con quien está hablando? ¡Retire la puñetera barrera o me encargaré personalmente de ponerle de patitas en la calle hoy mismo!
Lo, lo, lo siento mucho señor, pero tendrá que bajar del coche ahora mismo —ordenó el vigilante con voz temblorosa, echándose la mano a la cartuchera del revolver.
El doctor pisó el acelerador a tope, las ruedas chirriaron al friccionar con el pavimento y el automóvil salió disparado, dejando una nube de humo tras de sí. La barrera de aluminio que cortaba el paso se dobló contra el parabrisas del vehículo. El policía, que en su vida había desenfundado el arma, se quedó atónito con la boca abierta contemplando el espectáculo. Él no era ningún hombre de acción, precisamente por eso estaba a gusto realizando uno de los trabajos más aburridos del mundo. Se pasaba el día sentado en su caseta, escuchando la radio y haciendo autodefinidos. Tenía una buena tripa cultivada a base de Donuts y un amplio trasero de permanecer el día entero sentado.
Omar entró en la autopista que a estas horas del día solía estar despejada con el temor de llamar la atención de las autoridades debido a los daños que presentaba el coche. Llevaba la luna totalmente agrietada y no podía ver muy bien a través del cristal. El sudor comenzó a cubrir su cuerpo, los escalofríos empezaban a ser constantes y pudo comprobar con la palma de su mano que su frente estaba ardiendo. La fiebre le subió rápidamente y comenzaba a nublársele la vista. Más tarde le entraron náusea y perdió el control del descapotable, saliéndose de la carretera. Varios conductores pararon a socorrerle, le ayudaron a salir del coche y llamaron a una ambulancia. Se quedó en estado de shock semiinconsciente durante unos minutos; cuando los servicios de emergencia llegaron al lugar y comenzaron a examinarle, empezó a convulsionarse de forma violenta, escupiendo espuma a los enfermeros y al puñado de personas que formaban un semicírculo a su alrededor. Luego comenzó a dar voces, profiriendo unos espantosos chillidos que más bien parecían de un animal. El personal de la UVI Móvil le sujetaba por las extremidades, la enfermera preparó un calmante inyectable. Antes de poder suministrárselo, el enfermo le agarró la mano y de un mordisco le arrancó de cuajo el dedo índice y corazón.
Reclutamiento
Como cada mañana nada más salir de casa, miré el buzón. Normalmente no suelo recibir más que propaganda y alguna otra notificación bancaria, pero debajo de los habituales panfletos publicitarios, encontré una carta del ministerio de defensa. Se trataba de la confirmación de mi solicitud para ingresar en los grupos de operaciones especiales.
En mi familia no tenemos ninguna tradición militar y el motivo de mi incorporación lo tenía bien claro: tras los constantes atentados terroristas que azotaban como una oleada a las naciones desarrolladas, los gobiernos se vieron en la obligación de reclutar a jóvenes civiles para enviarles a luchar en países conflictivos. Ya que tendría que ir de uno u otro modo, pensé que sería mejor formar parte de una unidad especializada antes que ir a una guerra sin apenas adiestramiento. Por otro lado y no menos importante —por qué nos vamos a mentir— en estas unidades el sueldo se triplicaba.
Bueno. ¿qué sabía yo, sobre el ejército? Poco más de lo que había visto en el cine.
La notificación me citaba el día nueve de noviembre en una localidad no muy lejana, a tan sólo unas cuantas horas en coche. Ésta también era una de las ventajas. Mi familia me acompañó hasta la puerta del cuartel; me despedí sin demasiadas contemplaciones, pues nunca me habían gustado estas escenas, y entré. Me indicaron que debía pasar a una tienda modular que se extendía en medio de un descampado. En aquel lugar me tallaron, auscultaron y vacunaron. Un par de soldados se me acercaron y durante más de treinta minutos estuvieron haciéndome preguntas; finalmente descubrí que su intención era que me alistase en la policía militar. Entonces les informé de que ya tenía confirmado el destino y se cabrearon mucho cuando vieron cuál era. Me montaron en un autobús y, junto con un grupo de reclutas, me llevaron a la peluquería. Yo, previsor, ya me había cortado el pelo el día anterior.
¡Mira a ese!
¡Tú, sí, tú, ven aquí!
Vieron la tarjeta de color verde que me habían colocado en la camisa, que indicaba el cuerpo al que pertenecería. Me sentaron y me raparon totalmente al cero; bueno se puede decir que más que al cero; o la vieja máquina no funcionaba muy bien o el peluquero la apagaba de vez en cuando, arrancándome el cabello. Comenzaba a notar cierta hostilidad que no era compartida con el resto de muchachos. No sé, aún era demasiado pronto para emitir un veredicto. Después de esto salimos y nos llevaron a una nave, donde pasamos haciendo cola a la vez que los furrieles nos iban dando la ropa a ojo de buen cubero. Nuevamente noté un ataque directo contra mi persona cuando visualizaban mi cartulina verde. En el exterior hacía muy mal tiempo y llovía profusamente. Me lanzaron la ropa a la cara y las botas a la cabeza y me echaron a la calle. Mientras los demás se vestían en el interior cómodamente yo tuve que desnudarme y vestirme en el descampado en medio de un barrizal.
¡Mirar, mirar que pintas tiene, pero si es todo un boina verde!
Se burlaban desde el interior. Como practico artes marciales desde los cuatro años, tengo un gran autocontrol, y domino la ira con facilidad en este tipo de situaciones.
Cuarenta minutos bajo la lluvia, calado hasta los huesos, permanecía en aquel lugar aguardando instrucciones, pero éstas nunca llegaban, de vez en cuando se asomaba algún soldado y volvía riéndose al interior del almacén. Luego llegó otro soldado con tarjeta verde y le hicieron lo mismo que a mí; le eché una mano para que no resbalase en el fango y pudiese vestirse lo más rápidamente posible bajo aquel aguacero.
Smith, ¿y tú eres?
Phil, encantado.
Le estreché la mano a aquel tipo de más o menos uno noventa de estatura y más de cien kilos de peso. Era todo músculo, no tenía un gramo de grasa corporal.
El intenso aguacero no cesaba y ya hacía varias horas que del sol se había puesto. Comenzaron a surgirnos dudas sobre si alguien nos daría por fin instrucciones o nos dejarían en la calle a pasar la noche.
¿Pero qué hacéis ahí, por qué no estáis dentro de la nave? —nos preguntó un soldado, de piel morena y rostro curtido por los elementos. Con los ojos oscuros y brillantes, que vestía un traje de camuflaje, con hombreras y boina verde.
Nos ordenaron permanecer aquí.
Miserables pelapatatas, soldaduchos recaderos, limpiabotas, lameculos. Ya les ajustaré las cuentas cuando me los encuentre en la cantina.
Se confirmaron mis sospechas; parecía que el odio era mutuo entre los soldados normales y los de las fuerzas especiales.
Nos llevó a unos edificios antiguos, de dos plantas y con los muros de granito. Esas eran las dependencias de nuestra compañía. Bajamos unos escalones y entramos por la puerta de hierro que daba acceso a un pasillo estilo montañés, que parecía un museo por la gran cantidad de animales disecados que colgaban de sus paredes de madera. En el fondo del cual se encontraba un portón amplio con hojas robustas talladas con el emblema de los guerrilleros. Empujamos la puerta y nos encontramos de frente con un grupo de hombres, ataviados con cascos y armados con fusiles, con la cara pintada de camuflaje y con pedazos de tela verde y marrón que colgaban de las vestimentas mimetizándolos. Sentí un instante de pánico cuando al entrar todos se volvieron bruscamente observándonos.
¿Quiénes, coño, sois vosotros? —preguntó con voz grave la persona que parecía estar al mando.
Phil.
Smith.
Parece que nos ha llegado carne fresca, Tom y Jerry. ¡Fuera de mi vista ahora mismo! ¿A qué estáis esperando? A la puta carrera.
El mismo joven que nos recogió y nos llevó a la compañía, esperaba fuera y nos pregunto si teníamos hambre. Fuimos corriendo al comedor por unas callejuelas poco iluminadas que separaban las diferentes edificaciones en granito. Como ya era pasada la hora de cenar, entramos en la zona del autoservicio. Pasamos en fila y nos echaron la comida en las bandejas de chapa. Me sentí un poco raro al observar cómo todos apartaban la mirada agachando la cabeza y mirando al suelo. Con la comida en las manos buscamos un lugar donde sentarnos, pero todo estaba ocupado. Nuestro guía miró a la mesa de la derecha donde comían cuatro muchachos y de inmediato cogieron sus cosas y salieron a toda prisa cediéndonos el asiento. Todo esto comenzaba a parecerme bastante insólito.
¡Comer amigos, llenar bien la panza, que no sabemos cuándo volveremos a probar bocado!
¿Qué sucede con el resto de militares?
No os preocupéis por esos desgraciados, ni diez a uno son capaces de hacernos frente. Suelen aprovecharse cuando uno de nosotros se encuentra entre un gran grupo de ellos. Como la jugada que os han hecho al entrar. Son un atajo de cobardes. Están acojonados, porque la semana pasada entró Ramírez en la cantina, encontró al cabrón que le había estado jodiendo con su grupito de amigos. La cantina estaba llena de soldaduchos, y aun así, fue directamente a por él. Derribó a sus acompañantes de dos guantazos y cogió al cabroncete por el cuello. El resto de soldados observaban acojonados la escena. Sacó su machete lo clavó en un bote de tomate y le restregó la salsa por la cara. El tío mierda se meó en los pantalones. Llevaba ya mucho tiempo puteando a Ramírez, le cortaban el agua caliente en las duchas, le meaban y escupían en la comida, pero todo esto no le afectaba lo más mínimo, lo que de verdad le jodió, fue que no le dejaran recibir visitas este fin de semana, porque un listillo le había visto hablando con una chica a través de la alambrada después del toque de queda y lo denunció.
Después de comer, nos fuimos a dormir. Entramos en la sala donde un corredor central separaba las literas a uno y otro lado. Las taquillas formaban un perímetro que cubría las paredes. Nos informaron de que debíamos elegir cama. Alguien comenzó a pegar gritos:
¡A formar, a prisa, vamos, vamos, a la carrera!
Salí y ocupé la última fila de la alineación. Nos ordenaron permanecer firmes. Era la primera vez que formaba y mantenía todo el tiempo la mandíbula bien apretada, para no soltar alguna sonrisa o carcajada fruto de los nervios. Se leyeron las órdenes del día, y para finalizar nombraron un listado de nombres; tras cada uno el pelotón respondía gritando “Presente”. Se trataba de los compañeros fallecidos en servicio.
Una vez en mi litera, las luces se apagaron, quedando la sala iluminada tenuemente por la escasa luz de la luna que entraba por los ventanales. Pasé la noche sin pegar ojo, esperando que en cualquier momento los veteranos nos sacaran arrastras para hacernos alguna broma pesada, las típicas novatadas de las que tanto se suele hablar. Pero en toda la noche no escuché nada más que ronquidos.
La luz del alba comenzaba a entrar en la sala y oí algunos ruidos. Unas personas entraron en el dormitorio y empezaron ha hacer ciertas cosas por el pasillo central. Entonces las luces se encendieron de repente, comenzaron a dar gritos al tiempo que nos apuntaban con sus armas y disparaban. Corrimos a la calle en ropa interior. Por el pasillo de estilo montañés se habían colocado con algunas ametralladoras y abrieron fuego mientras corríamos. En seguida me di cuenta de que eran balas de fogueo y que debía de ser una típica broma. Formamos sin botas, semidesnudos, en pleno invierno y descalzos sobre el suelo helado lleno de charcos. Comenzaron a tirar petardos entre la formación.
¡Quietos, firmes, que nadie rompa la alineación! ¡Tú, gilipollas!, ¿qué coño haces? Te he dicho que no te muevas.
Pero nadie se quedaba a esperar que le explotase un petardo en los pies.
¡Bueno, muchachos, como habéis visto, aquí las bromas y las novatadas las gastamos nosotros!
Espetó uno de los mandos. Con toda razón, pues el entrenamiento y el trato de los oficiales era tan duro que los compañeros nos ayudábamos unos a otros como si fuésemos hermanos.
En ningún otro lugar como en este se aprendía el significado de la palabra entrenamiento. Cuanto corríamos, teníamos que ser los mejores, pero cuando hacíamos cualquier otra cosa también debíamos de ser buenos; incluso en tareas tan dispares como luchar o cantar. Estaba claro que si a uno se le daba mal una actividad y dedicaba a su práctica quince horas diarias, finalmente terminaba siendo bueno en dicha materia. Los oficiales detectaban las cualidades innatas en cada soldado y las explotaban para que rindiesen al máximo. Yo, por un conjunto de actitudes, era excelente como tirador, y enseguida se dieron cuenta; a partir de ese día entrenaba más que nadie en el campo de tiro. Ramírez era muy bueno fabricando artefactos, así que fue adiestrado en todo lo relacionado con explosivos. Smith, bueno él, era como una mula, podía cargar con cualquier cosa a cuestas y además era el único capaz de disparar de pie con algunas ametralladoras sin caerse de espaldas.
Ametralladora
Arma automática capaz de disparar a gran velocidad una gran cantidad de proyectiles, la munición puede ser suministrada a través de un cargador o mediante una cinta de munición. Es capaz de disparar automáticamente de forma consecutiva en fracciones de segundo.
Las ametralladoras, armas normalmente de gran calibre, suelen ser voluminosas y pesadas, disponiendo para su manejo un bípode para apoyarlas en el suelo facilitando su manejo. Su nombre deriva de las primeras armas automáticas; en la actualidad suelen llamarse así gran parte del armamento que dispone de mecanismo automáticos de disparo, aunque en realidad no sean puramente de este tipo.
Ya en el siglo XIX se conocían armas de disparo múltiple, que podían realizar una gran cantidad de descargas en un corto periodo de tiempo, pero que no se consideran ametralladoras, ya que para realizar dicha operación necesitaban la aplicación de energía externa. Una ametralladora moderna es capaz de autoabastecerse de forma automática, con lo que el tirador únicamente tiene que apretar el gatillo.
En el año 1884 surge la primera ametralladora genuina, concebida por el estadounidense Hiram Maxim, que utilizando la fuerza de presión de expulsión de los gases producidos por la ignición de la munición para inducir la retracción del cañón, el montado del cierre, la exclusión del casquillo y la alimentación con otro nuevo cartucho conseguido de una cinta en el lateral del arma.
Su inventor realizó exhibiciones por el continente Europeo y disfrutando de un gran éxito y aceptación; la ametralladora entró a formar parte de la mayoría de ejércitos. Posteriormente, las mejoras surgidas en las ametralladoras se aplicaron a los fusiles, dotando a estas armas de disparo semiautomático.
Uno de los modelos que gozó de un mayor éxito fue el del fabricante Browning en 1917, diseño que se continúa utilizando en la actualidad. Hoy en día impresiona ver a menudo en las noticias ejércitos de todo el mundo utilizando armas con casi cien años de antigüedad. Hay un dicho soviético que dice: ¿si no está roto por qué vas a cambiarlo?
Su invención cambió el modo de combatir, ya que desde épocas inmemoriales, los ejércitos combatían en campo abierto enfrentándose cara a cara; desde la aparición de las armas automáticas, la guerra se transformó, teniendo los soldados que ocultarse en trincheras. La primera guerra mundial fue un claro ejemplo de dicho cambio. La guerra se había vuelto estática, los avances eran lentos y complicados, ningún ejército quería exponerse a campo abierto. En respuesta a esta arma hicieron su aparición los primeros vehículos blindados.
El ejército alemán durante la segunda guerra mundial utilizó la MG-34 y la MG-42, que es un modelo simplificado del primero; se empleó chapa estampada como material de construcción, abaratando sus costes de fabricación. La OTAN utiliza hoy en día la denominada MG-3 que en realidad es la misma MG-42 usada en la segunda guerra mundial.
Una de las técnicas utilizadas para el correcto funcionamiento de las ametralladoras, es realizar disparos intermitentes, las ráfagas dan tiempo a que el cañón del arma se refrigere. Debido a su cadencia de disparo, el arma se recalienta rápidamente con la fricción que producen los proyectiles en su interior. Si el fuego fuese continuo el arma podría quedar inutilizada en unos cientos de disparos. Aun así el desgaste del cañón es tal que debe ser cambiado cada diez mil o quince mil disparos. Por ello sus operarios suelen llevar repuestos de esta pieza. El modo correcto de utilización, pulsando el gatillo a intervalos más o menos espaciados, le han hecho ganarse el sobrenombre de tartamuda.
El equipo
Las órdenes del coronel era buscar a los hombres que formaban el equipo. Cinco soldados, los mejores en cada especialidad, entrenaríamos juntos para esta misión:
Radar, técnico informático y de telecomunicaciones, cumplía condena en una cárcel estatal por cometer diversos delitos informáticos. Era de estatura media y aunque su apariencia no era atlética, pues parecía estar en baja forma, poesía una resistencia física inigualable. Tenía el pelo claro de un color anaranjado. Parecía que a él tampoco le había ido muy bien la vida de civil y se había dedicado a piratear ordenadores del gobierno accediendo a información restringida, para después venderla al mejor postor.
Smith se encargaba del armamento pesado; era capaz de cargar con media tonelada de material a la espalda sin inmutarse, una autentica mula de carga. Pertenecía a un antiguo clan de leñadores que vivían al norte en los límites de la civilización. Creo que no se llevaba muy bien con las comodidades modernas.
Ramírez era experto en explosivos, y en la actualidad trabajaba en el almacén de pinturas de su tío. De hacer mezclas con componentes químicos altamente volátiles a fabricar compuestos de colores. No era un trabajo glorioso, pero al menos le daba para vivir con dignidad.
Phil, que soy yo, y como no está bien hablar de las cualidades de uno mismo, pasaré directamente a hablar de la teniente.
Akashi descendía directamente de un linaje de antiguos samuráis. Experta en artes marciales poseía una capacidad fuera de lo normal para enfrentarse a cualquier oponente. No se podía hablar de ella como si fuese una mujer ni siquiera como si fuese una persona. Era un guerrero. La persona más fría que he conocido, aunque quizás no fuese más que una máscara tras la que se ocultaba.
Buscando a Smith
Le busqué en la guía telefónica, pero no aparecía nadie con su nombre. Por suerte no había muchas personas con su apellido, así que comencé a llamar una por una. Fui recabando información hasta que varias personas me señalaron a Woodvillage un pequeño pueblo de leñadores al norte del país. Me trasladé en avión a la ciudad más cercana que dispusiese de aeropuerto, lo que me dejó a casi un día de camino por carretera. Alquilé un todoterreno, pues el amable propietario del establecimiento me lo aconsejó cuando le comenté mi lugar de destino. Fue todo un acierto; con un vehículo sin tracción 4x4 jamás hubiese conseguido llegar a aquella aldea de montaña. El asfalto se terminaba cuando aún restaban más de cien millas de camino y continuaba por una pista de gravilla muy deslizante. Más tarde el camino empeoraba, si se le puede llamar así, pues realmente eran dos surcos marcados en la tierra. El pueblo era muy pintoresco, no muchas casas, veinte o treinta, construidas en madera y con tejados negros de pizarra. ¿Cómo se divertirían aquí las personas? ¿Qué harían en sus ratos libres? Y pronto encontré una respuesta: en medio de la aldea un pequeño mesón bullía en su interior. Sus habitantes eran rudos leñadores y canteros. Cuando me disponía a entrar en aquel antro, la puerta se abrió súbitamente y un hombre salió despedido del interior; después salió un segundo y poco después un tercero. Fueron cayendo al suelo, pero rápidamente se levantaban y volvían a entrar a la carrera, para nuevamente salir a trompicones. Entré en el interior del local; la mala iluminación no permitía más que discernir algunas sombras. El sitio apestaba a alcohol, como si regasen el suelo con él. Una silla volaba hacia mi cara, la esquivé por los pelos y el lanzador un tipo enorme como un castillo, se me acercó preparado para propinarme un derechazo. Tiró su golpe y con un rápido movimiento conseguí esquivarlo y colocarme a su espalda agarrándole con mi brazo por el cuello. Con la otra mano le golpeaba con todas mis fuerzas en el costado, castigándole las costillas, pero el animal no se inmutaba. Entonces me volteó y caí sobre una mesa, quedando tendido boca arriba; el tipo se acercó, me sujetó con una mano por la pechera y levantó la otra cerrada preparado para lanzarme un puñetazo directo a la mandíbula.
¡No me lo puedo creer, pero si es mi hermano Phil!
Me dio un abrazo de oso y olvidó la trifulca que tenía organizada, invitando a todo el mundo a un trago, incluyendo los tres individuos con los que se estaba peleando.
¡Hoy es un día digno de celebrar: mi hermanito ha venido a verme! ¡Camarero que nadie se muera de sed!
Los rudos pobladores del lugar resolvían las diferencias a puñetazos, pero sin ningún tipo de rencor; en cuanto se terminaba la pelea todos volvían a ser amigos.
Esperé al día siguiente para comunicarle las órdenes a Smith. Le entregué la carta de la comandancia y de inmediato se puso a hacer sus maletas. Parecía estar deseando volver a la acción.
Fue seleccionado para esta misión por que era uno de los mejores, posiblemente la persona más preparada para portar y disparar armamento pesado. No se detenía ante nada y pasaba literalmente por encima de todo. Recuerdo una vez estando de permiso; aparcamos el coche en un buen sitio cerca de un local de copas; a la salida, otro en doble fila, nos impedía salir. Estuvimos pitando un buen rato y nadie hizo ningún caso. Smith dijo que solucionaría el problema en un instante; todos pensamos que bromeaba. Agarró el utilitario de tamaño medio por los bajos y él solo le dio la vuelta. Nos fuimos imaginando la cara que se le pondría al incauto dueño cuando lo encontrase patas arriba.
Entrenamiento: Fase endurecimiento
El entrenamiento, que duraba un año, se dividía en diferentes fases. Cada estación del año solía marcar la más propicia: fase de agua en verano, la de nieve en invierno, la de montaña y la de endurecimiento, ésta última siempre era la primera y consistía en poner al limite la fuerza física y sobretodo la mental. Para este periodo de instrucción no vestíamos ropa militar; en su lugar llevábamos un mono verde. Se trataba de machacar a los soldados, forjándolos. Pero para hacer una cosa que en principio parece tan sencillo hay que saber mucha psicología y estar muy atento a cada recluta. Para comenzar, a primera hora de la mañana corríamos diez kilómetros; después nos calzábamos el maldito mono verde y a pasar la pista americana. Se trataba de un conjunto de obstáculos a modo de pruebas por los que había que cruzar, ataviados con la inseparable mochila de combate, con el fusil y con el casco. La primera vez que la pasas te parece divertido; cuando llegas al final y te mandan corriendo al principio, comienzas a sospechar que algo no funciona bien y es que no se trata de pasarla rápidamente, ni de ser el mejor, ni siquiera se trata de ver quién es capaz de dar más vueltas, se trata de minar las fuerzas, hasta que las piernas y los brazos no te responden y comienzas una lucha mental contigo mismo. Uno de los ejercicios que mejor recuerdo fue un día en el que nos llevaron junto un montón de troncos apilados en el monte; eran pinos de bastante peso, que precisaban de cuatro hombres para ser transportados. Pues bien, tuvimos que trasladar aquel enorme montón de madera a la colina de enfrente, a la carrera. Comenzamos a correr a toda prisa y al ritmo que íbamos en menos de dos horas la tarea estaba terminada. Cuando trasladamos el último tronco se nos ordenó cambiar el montón de sitio y volver a dejarlo en su lugar de origen, así una y otra vez desde la mañana hasta la noche. Sólo la persona que dirige la prueba sabe cuando se va a terminar; los soldados desesperábamos, ya que siempre tienes la duda de si se alargará un par de horas o un par de días.
Bajo esta presión se forma una amistad muy fuerte entre los compañeros.
Ramírez, llevas la mochila desabrochada. Espera un segundo, ¡ya está! ¡Mierda mi linterna no funciona!
Toma, coge una de las mías.
En otra ocasión, después de correr por la mañana en pantalón corto, nos dieron una ducha con agua fría, y después teníamos que equiparnos con la ropa de endurecimiento; tenía las manos entumecidas, totalmente congeladas y era incapaz de atarme los cordones de las botas. Estaban llamando a formar y el que llegaba tarde era arrestado o se llevaba unos cuantos bofetones. Espera un momento me dijo Smith y se agachó para atarme los cordones.
Pero sin duda la actividad que más recuerdo y que más me marcó de esta fase fue la de reptar; era prácticamente la manera habitual de desplazarnos de un lugar a otro, arrastrándonos por el suelo, sobre el barro y sobretodo por los charcos. Cuando llevas unos meses arrastrándote por los charcos y sales de permiso a la calle, te fijas en cada uno de ellos, y hasta tienes ganas de bañarte. Recuerdo con sorpresa cómo el cuerpo y la mente, sin darte cuenta, se van adaptando. La mejor de las pruebas fue un día, cuando llevábamos ya meses reptando; la última semana había sido muy dura; permanecimos incomunicados, nos hicieron creer que estaban invadiendo el país y que nosotros éramos la primera fuerza de choque. Cuando crees que ya no puedes más, cuando estábamos todos reventados, nos hicieron deslizarnos por uno de los típicos barrizales, pero el día anterior había llovido mucho y aquello parecían arenas movedizas; todos estábamos de lodo hasta la coronilla y cuando miré a Smith sólo pude ver sus ojos, brillando en su cara embarrada. Sin darme cuenta, comencé a reírme y de repente todos comenzaron a reír. Esto no le gustó nada al sargento Dehanan que comenzó a chillar enfurecido.
¡Callaros ahora mismo! ¡Que os calléis, subnormales!
Pero era un ataque de risa colectivo y nadie podía evitar reírse. Entonces se me acercó y comenzó a darme patadas en las costillas; cuanto más me golpeaba más me reía. Finalmente tuvo que desistir y fue en aquel preciso momento cuado supe que habíamos superado la prueba de endurecimiento. Ya nada nos afectaba…
Como comentaba en un principio, esta fase era rigurosamente observada por los mandos, en especial por el capitán, cuando la moral decaía, en seguida nos llevaban a la biblioteca, donde nos daban una charla. Sobretodo en los primeros días, uno piensa en abandonar y por lo tanto utilizaban este método de recompensa, animándote a seguir adelante convenciéndonos de que estábamos hechos de una pasta especial. La primera semana de endurecimiento hubo cinco intentos de suicidio entre un total de ciento ocho soldados que formaban la compañía. Por suerte ninguno de ellos terminó en tragedia y muchos tuvieron que abandonar el ejército para recibir atención psicológica.
Un día llegó un soldado nuevo a la compañía; se trataba de un pintas de mucho cuidado, salido directamente de prisión y alistado con la intención de que sus antecedentes quedasen borrados tras su paso por las fuerzas especiales. El individuo no hacía ni puñetero caso de las órdenes y como no había manera de meterlo en vereda, intentaban colocarlo en un puesto donde no diese demasiados quebraderos de cabeza. Se negaba rotundamente a hacer ejercicio, así que terminaron destinándolo como ayudante de cocina. La verdad es que no sé de quién fue la gloriosa idea. En el cuartel no tenía mucho que hacer ya que las cocinas eran amplias y estaban administradas por los soldados de artillería. Pero cuando salíamos de maniobras sólo el cocinero y él se encargaban de alimentarnos a todos. Pasé una noche algo incómodo. A la mañana siguiente nos formaron y salimos a correr como de costumbre, pero las tripas me comenzaron a sonar. Entonces se escucharon peticiones para abandonar el grupo; finalmente el capitán tuvo que salir también de la formación y todos corrimos buscando algún lugar propicio entre la vegetación para plantar un pino. Por lo visto, le habían denegado un permiso de fin de semana al expresidiario y debía de haber aliñado la sopa de la noche anterior con laxantes.
Somos
duros somos fuertes
somos
chicos sin igual
nuestro
cuerpo se endurece
de
tanto masoquear.
Si
me quieres escribir
ya
sabes mi paradero
estoy
con los "boinas verdes"
primera
línea de fuego.
Niña
si tú vas al campo
no
pises las amapolas
que
están regadas con sangre
de
la guerrilla española.
Me
he apuntado a un club de ocio y diversión
que
todos los meses sale de excursión
es
la COE un lujoso hotel
de
cinco tenedores y de estrellas también.
No
lo dudes más
en
la COE estás
¡Ooooh!
ye yee
¡Oh
yeyeyeyeye!
Hoy
es viernes me voy a pintar
me
voy de marcha
pero
no es al bar
dulces
paseos al salir el sol
y
por la noche duro rock'n roll.
No
lo dudes más
en
la COE estás ...
La misión
Un policía militar armado con un fusil de asalto se encontraba delante de la verja metálica que daba acceso al recinto. Abrió las puestas para que entrase el camión, y pasamos dentro de una construcción de cemento, preparada para recibir cualquier tipo de ataque como un bunker. Bajamos y fuimos llevados a una sala. En aquel lugar, el comandante nos fue dando las órdenes, que al parecer recibía por un transmisor en su oreja, enviadas por un misterioso hombre. Estaba claro que esto no era obra del gobierno, era una operación financiada con dinero privado. Por el momento, las órdenes fueron permanecer en el complejo subterráneo, con un montón de horas de entrenamiento diario. Las comunicaciones con el exterior eran inexistentes y permanecíamos toda la noche confinados en nuestros pequeños cuartos similares a celdas. Todas las mañanas a las seis en punto sonaba la alarma, desayunábamos en un amplio comedor, con autoservicio que sólo nosotros utilizábamos, pues aparte del director y algún vigilante de seguridad, en el interior de aquel lugar solo estábamos nosotros. Hacíamos ejercicio tres horas en el gimnasio, provisto con los últimos aparatos y máquinas de entrenamiento. Las tardes las pasábamos en clase de teórica o en la nave de tiro. Nos estaban equipando con las armas más avanzadas que jamás había visto. Continuamente las proyecciones documentales nos hablaban de la guerra biológica. Estaba claro que nos estaban preparando para alguna amenaza. Los dirigentes de la empresa parecían saber algo que nosotros ignorábamos.
Esta noche antes de entrar en mi cuarto he visto a Smith tontear con la teniente Akashi. Estaba claro que siempre se habían gustado, pero el grandullón era muy tímido y torpe a la hora te intentar expresar sus sentimientos. A menudo se quedaba sin palabras y a ella su cultura japonesa tampoco le ayudaba demasiado.
Esta mañana la alarma comenzó a sonar antes de tiempo. Miré mi reloj y eran las cuatro y media. La sirena no cejaba, las puertas de los cuartos se abrieron automáticamente y el pasillo estaba iluminado por una luz roja parpadeante. Nos reunimos todos, pero nadie acudía al comedor. Una proyección en una gran pantalla se puso en marcha y apareció el director del proyecto dándonos las instrucciones. Debíamos desplazarnos a la zona caliente, una pequeña población en plena jungla. Todo se había llevado en el más absoluto secreto, dada la amenaza. Un objeto desconocido había aterrizado en aquel lugar. Aunque cueste trabajo creerlo, se trataba de un transporte alienígena y por los acontecimientos posteriores a su llegada los expertos del gobierno dedujeron que se trataba de una invasión. Estaban atacando a la población con armas biológicas, propagando un virus que mataba a todos los seres vivos: hombres, animales e incluso plantas.
¡Bien muchachos, esto es una emergencia, a llegado el momento, hay que equiparse y actuar! —gritó Akashi con voz de mando. Corrimos a la armería, pero la puerta estaba cerrada, un teclado numérico solicitaba una clave. Radar comenzó a desmontar la cajetilla para manipular los cables de la terminal.
¡Aparta un momento! —sugirió Smith, y de un empujón tiro la puerta abajo.
¡No demasiado sutil pero eficaz!
Nos pusimos todo el equipo incluyendo máscaras antigás, con visión nocturna incorporada. Corrimos al puesto de carga en busca de un transporte. Avanzamos asegurando cada pasillo. En el parking se encontraba un único camión. Nos dirigimos a él y al abrir la puerta de la cabina un hombre quedó con medio cuerpo colgando al exterior. Era un hombre de casi sesenta años, calvo y con la cabeza gorda como una sandía.
¡Tener cuidado al manipular el cadáver, puede estar infectado!
Pero al ponerle la mano encima el señor comenzó a convulsionarse, y luego vació su estomago en el suelo. Después nos miró con cara de sorpresa.
¿Pero qué es esto, la guerra? ¡Hip! me habéis pillado con el culo ¡hip! al aire.
El individuo no parecía estar infectado, lo que llevaba era una cogorza encima que no se tenía en pie.
¡Apártese, necesitamos su camión!
¡Ni borracho! ¡Hip! Este camión es mío ¡hip!, además yo soy la persona que necesitan ¡hip! ¿Quién de ustedes sabe llegar al punto ¡hip! de destino? ¡Como me llamo León que yo soy el conductor que ¡hip! necesitan!
Echó un trago de una botella y como si bebiese agua bendita se puso en pie rápidamente y comenzó a hacer publicidad de aquel licor. La verdad es que tenía bastante razón, con nuestro equipamiento y las máscaras era muy difícil conducir, y como bien dijo él era la persona que conocía el camino.
Al salir a la calle, lo primero que me pregunté fue: ¿cuánto tiempo habíamos estado en aislamiento? Ramírez llevaba bien la cuenta; por lo visto, llevábamos tres meses y cinco días. En todo este tiempo no tuvimos noticias del exterior y ya estoy deseando volver a casa y reunirme por fin con mi mujer Nagore. ¿Por qué acepté este trabajo? Porque es lo único que sé hacer bien. Es en lo único que soy bueno y con un trabajo normal; viviendo como el resto de la gente me siento un fracasado. Como siempre hay otra respuesta más convincente, necesitaba el dinero; como todos los miembros del equipo, nadie se metería en un lío así si no fuese por que pagan muy bien.
Todo estaba en silencio en el exterior, todo parecía inerte, sin vida ni movimiento. Los árboles secos sin hojas, el césped parecía pasto y por el cielo no volaba ningún pájaro. Quedamos sin palabras cuando al entrar en la autopista vimos la montonera de coches abandonados, con las puertas abiertas, como si hubiese caído alguna bomba haciendo desaparecer todo rastro de vida. Entonces comprendimos la magnitud del problema al que nos enfrentábamos.
León, ¿usted sabe qué es lo que ha sucedido?
¡Claro! ¡hip! Se han quedado sin gasolina y han ido a buscarla. Eso o los han abducido… ¡hip!
¿Pero usted tendrá noticias del exterior?
Mi queridos amigos, yo ¡hip! fui contratado como camionero hace tres meses y llevo desde entonces ¡hip! encerrado en aquel lugar. Casi me matan de sed; menos mal que ¡hip! sonó la alarma y encontré una botella de anís en el almacén. ¡Hip! maldito hipo.
Rebuscaba algo entre sus pies y el camión iba de un lado al otro de la autopista, esquivando los coches estacionados de pura chiripa.
¡Aquí estás preciosa hip echaré un traguito a ver si se me quita este maldito hip hipo!
Dada la situación, el grupo comenzó a pensar rápidamente qué hacer. Teníamos que intentar salvar a nuestras familias, no podíamos dejarlas abandonadas en medio de aquel caos. Las chicas se encontraban en la casa de Ramírez; seguramente estarían bien refugiadas en el sótano preparado para casos de emergencias. El equipo decidió ir a la ciudad, recoger a las mujeres y ponerlas a buen recaudo.
¡Pon la radio, tienen que decir algo en las noticias!
Pero no se escuchaba más que ruido de fondo. Paso el dial de uno a otro lado barriendo todas las frecuencias y nada. Un momento se escuchó algo, afinó la sintonía y escuchamos una vieja canción de los setenta; era esa cadena de música que emite constantemente una selección de canciones antiguas. El camión esquivaba algunos coches, otros se los llevaba por delante. Llegamos a la ciudad y no había ni rastro de vida; por las calle el único movimiento perceptible era el de páginas de periódico arrastradas por el viento.
Bien, continúa por la calle de Los Cisnes y luego gira por la 42. Un segundo, ¡para, para! ¿Habéis visto eso?
En la tienda de mascotas se podían ver animales en sus jaulas a través de los cristales del escaparte. Los animales estaban vivitos y coleando. Bajamos, entramos en la tienda y certificamos que no era ninguna zona aislada; el aire entraba libremente por la rejilla de ventilación. ¿Qué pasaba aquí? La teniente sacó un aparato que mide la contaminación e indica si hay algún agente peligroso en el aire.
Todo está correcto, no hay nada, ni siquiera radiación.
Llevábamos ya varias horas con las máscaras puestas y bajo el calor sofocante de medio día el sudor me caía por todas partes empañando los cristales. Tomé la decisión de quitarme la máscara. Respiré y noté aquel aire seco, con olor a alpiste. El resto del equipo hizo lo mismo. Soltamos a los animales, quizás así tuviesen alguna oportunidad. De una de las jaulas salió un bonito perro negro con una mancha blanca bajo la quijada. Llevaba una placa que ponía nazraT.
Creo amigo que alguien te grabó el nombre al revés.
Continuamos hacia el refugio donde se encontraban las mujeres, aliviadas por una parte y al mismo tiempo sin dejar de hacernos preguntas. Él, que no parecía tener intención de abandonarnos saltó al interior del vehículo y continuó el viaje con nosotros.
Nos encontramos con la puerta de la casa abierta; el corazón comenzó a bombear con más fuerza.
¡Hola! ¿hay alguien en casa? ¡Nagore, Sharon!
Comenzamos a perder la calma y Ramírez corrió a toda prisa. La puerta del sótano estaba cerrada y comenzó a llamar aporreándola con sus puños. El refugio estaba preparado para quedar totalmente sellado y sólo se podía abrir desde el interior. Continuó golpeándola sin conseguir ningún resultado, poco después sonó el cierre y la puerta se abrió, las mujeres estaban en el interior a salvo, aunque muertas de miedo.
Cuando expusieron lo sucedido nadie pudo dar una explicación convincente y la de León no era mucho peor:
Estoy seguro de que tiene que ver con alguno de esos experimentos genéticos, si yo no hago más que llevar cosas en mi camión de un laboratorio a otro. Ahora todo lo que comemos esta modificado genéticamente, las manzanas llevan genes de pescado el pescado de ternera, la vacas modificadas producen leche con omega 3 y claro tanto mezclar unas cosas con otras, que al final han debido perder el control…
Si, no me he equivocado, así fue como se expresó y sin una interrupción a causa del hipo. Pero esto sólo lo hacía en contadas ocasiones. (El comentario en cursiva lo he escrito yo)
Terminada su intervención echó de nuevo mano a la botella de anís, pero el perro le agarró por la manga.
¡Quita chucho, fuera, largo, pero suelta de una vez que tengo la garganta seca, pero bueno! ¿Qué le pasa a este estúpido patán?
Parecía que el animal sabía que la bebida no le sentaba nada bien y estuvieron forcejeando un rato; finalmente utilizando el viejo truco de lanzar un objeto lo consiguió despistar el tiempo suficiente para poder echar un trago.
Evolución tecnológica en las máscaras antigás
Un desgraciado accidente puso en los medios de comunicación de forma fortuita a la que se considera la primera máscara antigás y a su inventor. El suceso tuvo lugar en una pequeña localidad del norte de América, donde unos mineros quedaron atrapados en el interior de la mina. El alcalde del pueblo, sabiendo de las avanzadas ideas de un inventor de la zona, corrió a su casa en plena noche y convenció al hombre para que bajase a la cueva utilizando una de sus invenciones. Se trataba de una funda que cubría la cabeza, dejando una ranura acristalada para permitir la visión y de la que colgaban unas largas mangas por la espalda hasta la altura de los tobillos. Por estos conductos el aire de la parte inferior era recogido y de esta manera el usuario no respiraba el humo o gases nocivos más ligeros que flotan en el aire, en dirección ascendente. La rudimentaria máscara no disponía de filtros, pero aun así el rescate de los hombres que permanecían inconscientes tirados en el suelo fue un éxito.
Las máscaras modernas similares a las que conocemos hoy en día, fueron diseñadas durante la primera guerra mundial debido a la utilización en el campo de batalla de gases tóxicos como el gas mostaza.
Se diferencian claramente las máscaras de uso militar de las civiles, ya que en las segundas el filtro suele ser grande y está situado en el centro, justo en la zona de la boca y nariz del usuario. Por el contrario, las de uso militar buscan la manera de utilizar los filtros más pequeños y estos se colocan en un lateral, normalmente el izquierdo, para dejarle al portador espacio para poder utilizar y apuntar correctamente con armas de fuego.
Las máscaras suelen ser utilizadas junto con un traje NBQ ya que la mayoría de agentes tóxicos no afectan exclusivamente a las vías respiratorias.
Entrenamiento: fase de nieve
Estaba deseando que la fase de nieve diese comienzo. Después del endurecimiento iba a ser nuestra primera actividad, pero ese año la nieve no quería aparecer. Deseé con todas mis fuerzas que hubiese una gran nevada, ignorante de mí. El invierno hizo su aparición y todo se cubrió de un grueso manto blanco. Tal fue el temporal que nuestras primeras salidas tuvieron que ser como equipos de emergencia, rescatando a las personas atrapadas en sus vehículos. Fueron unos días muy duros, trabajando con la pala para desbloquear las carreteras; también subimos a los tejados de algunas edificaciones que corrían peligro de venirse abajo por el peso. Creo que ese año fue el que pasé más frío de toda mi vida.
Antes de salir a la montaña practicábamos en las canchas de baloncesto, donde apreciamos las técnicas de esquí. Cuando todo volvió a la normalidad comenzamos a subir en plena ventisca a la montaña para poner en práctica lo aprendido. Los trajes eran prehistóricos; llevábamos unos pantalones muy gruesos de lana que picaban como abejas y después, encima de todo, un fino impermeable para no empaparnos, todo a juego de color verde. No sé quien diseñó el equipamiento, pero ir de verde en medio de la nieve no era un buen camuflaje. Curiosamente, entrenábamos en las pistas públicas, junto con el resto de civiles que acudían a divertirse. Nos llamaban los guisantes asesinos. Teníamos que bajar todos en fila, pero al principio la inexperiencia hacía que cada uno saliese disparado hacia un lado, con el consiguiente peligro. De ahí el mote que nos pusieron el resto de esquiadores. Tenían que andarse muy al loro, pues nosotros teníamos las orden estricta de seguir al capitán, así que nos lanzábamos tras de él sin importar la dificultad de la pista por la que descendíamos. Lógicamente, los mandos sabían esquiar pero nosotros bajamos tragándonos literalmente los pinos. Después del primer día, ocho soldados presentaban fractura de ligamentos. El arcaico equipamiento no disponía de un cierre de seguridad que saltase en caso de colisión. Los esquíes podían partirte las piernas con facilidad, pues no saltaban nunca. Yo también tuve una mala caída; por suerte, aunque la rodilla se me puso como un balón, pude seguir entrenando. No es que nadie quisiese seguir en malas condiciones, es que el que no podía ir permanecía arrestado incomunicado hasta que se encontrase mejor.
Como en todo, después de varios meses practicando todos los días, nos convertimos en avezados esquiadores.
Sharon
La mujer de Ramírez trabajó como policía durante más de diez años y ahora llevaba unos meses de baja obligatoria. Todo se debía a una actuación que sus superiores consideraron desmedida. Les llamaron por una emergencia; al parecer, en una vivienda, una pareja discutía y el hombre amenazaba con matar a la mujer. En estos casos Sharon perdía los nervios. Era una persona fuerte, todos los días entrenaba entre una y dos horas haciendo pesas. Su aspecto angelical podía llevar a la confusión. Era rubia, de pelo liso y lacio que solía llevar cortado a media melena y recogido en una cola de caballo. Sus ojos eran azules, de un color muy claro. Todo esto hizo que el maltratador de la casa comenzase a bromear con ella, e incluso pensó que podía dominar la situación por la fuerza. Mientras cogía a su mujer por la cabellera esgrimía un cuchillo de cocina amenazando a la policía. Sinceramente no sabía lo que estaba haciendo. Su compañero, un hombre apunto de jubilarse con una dieta rica en hidratos de carbono, mostraba una lamentable forma física. Enseguida llamó por radio para pedir ayuda y quitarse de encima el problema. Pero Sharon se lo tomó como algo personal y no tenía ganas de que aquel desalmado pudiese salirse con la suya dañando a la señora. Con una rápida acción le quitó el cuchillo de las manos y de un certero golpe le rompió el tabique nasal. La sangre comenzó a gotear por las baldosas blancas de la cocina. Pero como el hombre no paraba de amenazarla e insultarla, continuó dándole una tremenda patada en los testículos, y después le hizo una llave partiéndole el brazo por el codo. Quizás en otros tiempo esto hubiese supuesto una condecoración para el agente, pero en la actualidad fue dada de baja del servicio temporalmente y obligada a recibir tratamiento psicológico.
Las chicas se reunieron en casa para ver una película, esto lo solían hacer todos los jueves por la tarde; después, tomaban un café y la comentaban. Esta semana tocaba en casa de Sharon; la anfitriona era la encargada de elegir el film. Normalmente todas coincidían y rara vez seleccionaban una película que no fuese de amor. Sentadas cómodamente en unos mullidos sillones y con palomitas y todo tipo de chucherías, permanecían atentas a la película. Silbaban cuando aparecía algún chico guapo y aplaudían cuando los protagonistas se besaban. Comenzó a sonar la alarma de un coche en la calle.
¡Para la película, que no me entero de nada, con tanto ruido!
¿Pero qué sucede? Habéis oído esos gritos.
Sharon observó el exterior por la mirilla de la puerta. A toda prisa bajó al sótano y regresó con una escopeta recortada, una de esas armas de repetición como las que utiliza la policía. Los cristales de la ventana del salón reventaron, cayendo sobre las chicas que aún permanecían sentadas en el sofá. Algo entró, metiendo medio cuerpo; era un bicho asqueroso, parecido a un ciempiés, pero debía medir al menos seis metros de largo.
¡Apartaros! ¡Al suelo!
Y comenzó a descargar toda la munición sobre el repugnante animal. La sangre y tripas amarillas salpicaron toda la habitación; las mujeres quedaron bañadas en esa especie de pus, un líquido espeso como mayonesa caducada.
La señora de Ramírez era una mujer de armas tomar. Practicaba artes marciales y acudía a la galería de tiro una vez por semana. Se puede decir que era una pareja con aficiones explosivas.
¡Hay que ir rápido abajo, esos asquerosos bichos están por todas partes!
Utilizaban sus tenazas traseras a modo de aguijón inoculando un veneno a la gente que quedaba inconsciente; después se las llevaban, cargando con ellas como suelen hacer una colonia de hormigas con cualquier alimento.
Escopeta recortada