
Francisco Angulo Lafuente
c/ La Habana Nº 39 9ºD 28945 Fuenlabrada Madrid
609810652
“Ojos castaños” pasaba largas horas observándome; no sé lo que vio en mí, pero le encantaba sentarse en la hierba frente a mí y mirarme detenidamente; lo cierto es que a mí me encantaba contemplarla. Era de altura pequeña, no llegaba al metro y medio, y era delgada, tenía una piel morena que solía cubrirse con pieles de animales para protegerse del frío; también llevaba diferentes adornos en el pelo dependiendo de la época del año: en primavera solía trenzarse algunas flores y en invierno algunas cintas tintadas de colores; además habituaba llevar algún adorno colgando del cuello a modo de collar, normalmente una tira fina de cuero, y, como joya, alguna concha o figurilla de barro que ella misma modelaba con sus manos. Pertenecía a una tribu que se había establecido cerca de mi posición, en unas cuevas poco profundas, que utilizaban como hogar. “Ojos castaños” tenía una mirada intensa y observaba todo con curiosidad, intentando comprenderlo, y respetándolo como si todo formase parte de un mundo mágico; prestaba atención al movimiento en las copas de los árboles provocado por el viento, sostenía sobre su mano insectos con cuidado de no dañarlos, y después de escudriñarlos intentando comprender qué eran, los devolvía de nuevo a la tierra. También le encantaba fijarse en los pájaros e imitarlos; acostumbraba divertirse corriendo en círculos a mi alrededor, estirando los brazos y moviéndolos arriba y abajo como si fuese un ave.
En primavera crecía una hierba alta en la pequeña pradera que se encontraba a mi izquierda, un prado de hierba verde y alta, plagado de dientes de león. A “Ojos castaños” le encantaba saltar sobre el césped y con sus saltos se llenaba todo de las semillas de los dientes de león, que eran arrastradas por la suave brisa de primavera. Aquella bella criatura era incansable y podía tirarse horas saltando y jugando a atrapar las semillas de los dientes de león que revoloteaban en el viento cuando ascendían, “Ojos castaños” dejaba de saltar y se quedaba quieta, de pie, con la cara hacia arriba, los ojos cerrados y esperando en silencio. Entonces, algunas semillas empezaban a descender lentamente y caían sobre su cara acariciándola. Me hubiese gustado poder notar aquella sensación, sentir cómo las suaves semillas caían sobre mí como plumas; en algunas ocasiones alguna semilla le entraba en la nariz y la hacían estornudar; eso me parecía muy gracioso, porque “Ojos castaños” se quedaba muy sorprendida, con gesto de preguntarse qué era lo que había ocurrido.
Menos los días de lluvia, “Ojos castaños” venía a verme siempre; era algo que me hacía ilusión y, cuando el día despertaba soleado, la esperaba hasta que la veía aparecer subiendo la pendiente que llegaba hasta mi posición; por lo general, subir tarareando alguna melodía y saltando al caminar.
La llegada de la primavera era una época espectacular: las aves migratorias me sobrevolaban en enormes bandadas; los almendros en flor junto con las bandadas de aves era signo inequívoco de que la primavera estaba apunto de llegar. En primavera todo se llenaba de color y de sonido, los pájaros y las ardillas iniciaban sus rituales de cortejo y todo estaba plagado de vida. “Ojos castaños” observaba siempre con asombro el maravilloso mundo que nos rodeaba; algunos días pasaba la tarde junto a mí y en verano se quedaba hasta el oscurecer; entonces, se tumbaba en la hierba y contemplaba el firmamento; la luz de las estrellas era brillante, y se podían ver con gran detalle las constelaciones. “Ojos castaños” miraba las estrellas a través de aquel cielo claro, limpio y cristalino; alzaba la mano y señalaba una, luego la desplazaba señalando otra y sucesivamente hasta formar una figura; era un juego mágico, pues al terminar de hacer la figura esta quedaba iluminada en el infinito; después se iba apagando suavemente hasta desvanecerse por completo; entonces, dibujaba una nueva figura, y así sucesivamente.
En invierno, a la altura a la que yo me encontraba, todo se cubría de blanco por la nieve; era curioso ver cómo la nieve virgen recién caída se llenaba de huellas, de la misma manera que se llena de letras una página en blanco; los animales esperaban en sus madrigueras hasta que dejaba de nevar, y luego salían con prisa, ansiosos por ver aquel magnífico paisaje; todo se cubría de un manto inmaculado, un manto de una blancura perfecta, y “Ojos castaños” quedaba muy sorprendida con aquel paisaje; con las primeras nevadas se emocionaba y le encantaba salir a saltar sobre la nieve; otras veces cogía un puñado en las manos y lo apretaba con fuerza, compactándolo, y luego lo lamía saboreándolo.
En un principio los hombres inventaron el lenguaje para comunicarse los unos con los otros y, con el tiempo, lo perfeccionaron tanto que las personas dejaron de hablarse por miedo a equivocarse. Cuando “Ojos castaños” se hizo más mayor, emitía sonidos y hacía gestos intentando comunicarse conmigo. Le encantaba ver cómo crecían las plantas, ver cómo, donde antes no había nada, más que tierra, depositando unas semillas poco a poco crecían hermosas flores y árboles con dulces frutos; así que cada vez dedicó más tiempo a ello, maravillándose de ver crecer aquellas hermosas florestas. Plantó diferentes especies y llegó a crear maravillosos jardines, entre los que paseaba con satisfacción admirando aquel precioso tamiz natural. Tuvo una gran familia y enseñó a sus hijos los cuidados que la tierra requerían, los arreglos que las plantas necesitaban y les hizo comprender cómo con tan poco esfuerzo, la naturaleza se lo agradecía ampliamente. Si uno daba de beber a la tierra, ésta le devolvía a uno el favor proporcionándole alimentos.
No sé en qué momento o por qué causa “Ojos castaños” comenzó a comportarse como los jardineros; pasó de observar la naturaleza a interactuar con ella, dando vida a nuevas plantas. Supongo que después de contemplar mucho, de observar con detenimiento todos los seres vivos, despertó en ella un profundo respeto por todos ellos, vio en ellos algo con lo que se identificó, quizás los tomó como hermanos, o incluso como maestros, pues observando a muchos animales, fue como aprendió a crear aquellos preciosos jardines. A veces, la persona más sabia tiene mucho que aprender de una hormiga o de un jilguero.
Creó bosques de almendros y cerezos, que cuando florecían lo llenaban todo de color; la aparición de sus flores era la señal inequívoca de la llegada de la primavera; cuando las flores maduraban, sus pétalos se desprendían, unos pequeños pétalos, de color blanco como la nieve que volaban grácilmente en la ligera brisa. “Ojos castaños” paseaba bajo las copas de aquellos árboles con los ojos cerrados, la cara mirando hacia el cielo y las manos extendidas como si fuesen alas. Los pequeños pétalos de las flores caían sobre ella y caminaba sobre ellos, sobre una tierra empapada de agua, que al caminar se notaba blanda bajo los pies desnudos, un caminar suave sobre pétalos de flor que se asemejaba a caminar sobre plumas.
El tiempo pasó rápidamente para mí, tan rápido como llega el verano y se marcha, así de rápido vi envejecer a “Ojos castaños”; ya no subía dando saltos ni jugando; ahora parecía costarle mucho subir la pendiente y sus ojos parecían ir apagándose lentamente; aquella mirada inquieta se iba cristalizando, se iba congelando como el agua estancada en el frío invierno.
Amaneció el día con una fuerte lluvia y el suelo empapado de agua se llenó de barro; entonces vi subir la cuesta a “Ojos castaños”; subía despacio; lentamente, se acercó a mí, me miró unos instantes y después se agachó; se agachó y metió sus manos en el barro, juntó las manos llenándolas de barro y las acercó a mí; me miró nuevamente y comenzó a ponerme el barro sobre mi estructura; una y otra vez realizó esta misma operación, hasta conseguir formar una figura sobre mí, una figura con forma humana. Después de terminar la escultura de barro, se detuvo de nuevo para observarme y acto seguido se marchó. El sol salió de entre las nubes y solidificó el barro sobre mí.
Días más tarde vi subir la cuesta de nuevo a “Ojos castaños”; era ya una mujer muy anciana y subía acompañada de varios componentes más jóvenes de su misma especie. Se acercaron a mí y “Ojos castaños” me señaló con la mano al mismo tiempo que emitía unos sonidos con la boca; todos los miembros de la tribu me miraron. “Ojos castaños” le hizo un suave gesto al miembro que la sostenía agarrada de un brazo para ayudarle a mantener el equilibrio y este la soltó, tambaleándose. “Ojos castaños” se acercó a mí llevando en sus manos unas flores y las puso junto a mí; entonces agachó suavemente la cabeza y todos los miembros de su clan hicieron lo mismo. Después de esto me miró y comenzó a decir unas palabras; no entendía su idioma pero supe perfectamente lo que me quiso decir; sabía que su vida estaba llegando a su fin y me daba gracias a mí por haber podido ver tantas maravillas a lo largo de su vida; me agradecía a mí el don de la vida y me mostraba sus descendientes para que yo cuidase de ellos cuando ella no estuviese.
Realmente me encontré mal ante aquella situación, pues yo no podía hacer nada para ayudar a “Ojos castaños”; me hubiese gustado poder al menos comunicarme con ella, poder decirle que me gustó mucho su compañía, que me hizo pasar muchos buenos momentos observándola, pero no podía comunicarme con ella. Vi a “Ojos castaños” por última vez aquel día y aún sueño con ella a menudo.
La creación del universo
En un principio no había nada. No pensemos que la nada es igual a cero, pues el cero es un equilibrio entre lo positivo y lo negativo; en cambio la nada no tiene equilibrio. La nada se puede definir como la ausencia de cosas y también como la cantidad de números negativos que puede haber en una cuenta. Si tenemos -5 monedas, esto es nada, pero es un nada cuantificable, por lo tanto ya es algo. En el universo, la nada puede ser antimateria, puede ser el espacio donde no llega la luz de las estrellas, pero sea como quiera que nos lo imaginemos nunca será cero. El cero no existe en la naturaleza, el cero no existe en el universo, el cero sólo existe en nuestra mente.
En un principio no había nada, solo oscuridad, una oscuridad que se esparcía por todas partes y, al expandirse, tomó velocidad y al tener movimiento, se creó el tiempo. Con este movimiento la nada comenzó a girar, girando cada vez con mayor velocidad sobre sí misma. Al alcanzar una velocidad, creó la energía y cuando alcanzó aún más velocidad, esa energía creó la materia. Al girar a esa enorme velocidad, una única partícula creó una fuerza gravitatoria a su alrededor, y llegó a pesar tanto como todo el universo. Finalmente se colapsó, fraccionándose en pedazos tan pequeños que produjeron una enorme energía al salir disparados. Los pequeños fragmentos atómicos, expulsados a velocidades cercanas a la de la luz, aumentaron su masa y su volumen.
La nada dio paso al tiempo, el tiempo al movimiento, el movimiento a la energía y la energía creó la materia. De una pequeña porción de materia, tan pequeña que era imperceptible, se creó todo el universo; al ser fragmentada por la fuerza centrífuga, lanzándola al espacio en infinitas porciones, que adquirieron una masa mayor por la alta velocidad a la que salieron disparadas.
Evolución
La cadena de descendientes homínidos no hace más que crecer día a día, remontándose cada vez más y más atrás en el tiempo. Posiblemente, los primeros homínidos dispusieron por primera vez de una ventaja que ninguna otra especie había poseído, al caminar sobre dos patas, al desplazarse entre la hierva alta para desplazarse de un árbol a otro; podían ver mejor, encontrándose alerta por si algún depredador merodeaba cerca. Caminar sobre dos patas les dio aún mayores ventajas, ya que ahora las extremidades superiores quedaban libres y podían utilizarlas para extraer el alimento con mayor facilidad de los sitios más inaccesibles. En un determinado momento se comenzaron a utilizar piedras y palos como instrumentos para machacar las semillas y extraer termitas de sus nidos. Gracias a estas nuevas habilidades, la dieta cambió, pasando de comer únicamente fruta a una variedad mayor de alimentos; después de esto, adquirieron la destreza para fabricar objetos punzantes y arrojadizos, también desarrollaron las primeras estrategias de caza. Con esta mejorada alimentación, el cerebro pudo desarrollarse aún más y, gracias a ello, comenzaron a desarrollar el leguaje, he incluso el arte, pintando las paredes en las cuevas que utilizaban como hogar. Desde este momento hasta el momento actual realmente ha pasado un periodo pequeño si lo comparamos con el tiempo anterior, desde que bajamos de los árboles por primera vez hasta que llegamos al punto en que fuimos capaces de dominar el fuego.
De León
El camión destartalado resoplaba y vibraba, temblaba a cada paso mientras subía por la empinada carretera. Era un camión pequeño de los que se pueden conducir con el carnet normal para turismos. El estado del camión era deplorable, parecía que en cualquier momento se le caería el motor al suelo. En su interior, León, su conductor, no tenía mucha mejor pinta que el camión. León era un hombre un tanto peculiar: tenía la cabeza grande y redonda como una sandía, y normalmente tenía la cara muy roja debido a su afición por el anís. También eran curiosas sus manos, unas manos grandes que daban el aspecto de ser muy fuertes pero también muy torpes.
León y su camión formaban un equipo peculiar; el camión avanzaba por la carretera como un elefante moribundo, aunque cuando llegaba una bajada, parecía tener prisa por desmoronarse, como si quisiera quitarse la carrocería y quedar solo en motor y ruedas, para conseguir así más velocidad. El camión iba de un lado al otro de la carretera invadiendo en ocasiones el carril contrario; esto sucedía cuando León encendía un cigarrillo; pues mientras lo hacía, se movía lentamente; primero sacaba el paquete de tabaco del bolsillo del pecho de su camisa, metiendo la mano por el cuello del jersey, sacaba el paquete y se lo llevaba a la boca, haciendo que saliese uno de los cigarrillos por la zona desprecintada del paquete y, sosteniéndolo en la boca, empezaba a buscar el encendedor mirando primero en el salpicadero entre todos aquellos papeles, multas y hojas de transportes realizados; después continuaba buscando en un receptáculo que se encontraba por debajo del salpicadero, en el centro del vehículo, cerca de la palanca de cambios; después de buscar en este buscaba en la guantera; esta estaba ya más lejos, en frente del asiente del copiloto, por lo que tenía que recostarse echándose hacia un lado para poder llegar; los movimientos de León eras lentos y despreocupados; nada parecía importar que el camión fuese dando bandazos de un lado al otro de la carretera y que los demás conductores le pitasen e increpasen. Por fin encontró el tan buscado encendedor, con lo que se dibujó una fugaz pero marcada mueca en la cara de León, como el que encuentra un objeto de gran valor. La ventana del conductor se encontraba medio bajada, y entraba bastante aire de la calle apagando el encendedor cada vez que León intentaba encender el cigarrillo. Entonces, soltando la mano que sujetaba el volante, la puso alrededor del encendedor, para evitar que el aire lo apagase nuevamente, y, agachándose al mismo tiempo, intentó una y otra vez encender el cigarrillo, mientras que el camión iba sin ningún tipo de control por la carretera. El camión tomó una trayectoria directa a un turismo que venía de frente; la colisión era inminente, pero León estaba muy ocupado intentado encender el cigarrillo y el camión parecía acelerarse más; parecía que el camión había tomado la determinación de terminar con su sufrida vida. Un pitido se escuchó con fuerza y su sonido aumentó con mucha velocidad, lo que indicaba que el vehículo se aproximaba; un chirrido de ruedas contra el asfalto al derrapar y León levantó la cabeza. Un pequeño turismo de color rojo se encontraba ya casi debajo del camión. De sus ruedas bloqueadas por los frenos salía humo al haber derrapado deslizándose por la carretera. Un brusco volantazo por parte de León consiguió devolver al camión a su carril dejando de invadir el carril contrario, y, por una extraña casualidad, consiguió evitar la colisión. León cogió el cigarrillo aún sin encender con la misma mano que sostenía el encendedor a la vez que salieron unas vociferantes palabras de su boca:
―Alfabeto, como me vuelvas a achuchar te meto.
El suceso causó fatiga a León y aún se puso más colorado; en realidad, más que colorado, ahora tenía un tono amoratado, y desde la sien le resbaló una gota de sudor recorriendo la mejilla; entonces vio que un poco más adelante había un bar de carretera y decidió olvidar lo sucedido tomándose una deliciosa copa de anís; era ya tarde y empezaba a anochecer, así que era el momento idóneo para parar a tomarse una copa, ya solo quedaba por hacer la última entrega, que era una caja, de más o menos un metro por un metro, que estaba bien embalada, en la dirección de envío especificaba que se trataba de un monasterio; así que León decidió parar en el bar y de paso preguntar dónde se encontraba el monasterio. Cogió el desvío que llevaba hasta la puerta, y casi en la misma puerta aparcó el camión, como si quisiese entrar con él en el local.
El exterior del local era de hormigón y este parecía más un bunker de guerra que un bar, pero esto no era demasiado importante, lo importante era que tuviesen anís y sobretodo que este fuese de calidad, como el anís “sanblas” que era el preferido de León. Subió dos peldaños y entró empujando la puerta metálica, que al soltarla se cerró con violencia para quedar luego atascada a medio cerrar al rozar con el suelo. Entrando, a la derecha se encontraba la barra y a la izquierda unas cuantas mesas y sillas vacías; junto a la barra se encontraban dos personas y tras la barra el camarero, un hombre con una tupida barba, pero casi sin ningún pelo en la cabeza. Se puso al otro extremo de la barra y pidió una copa de Sanblas; el camarero se la puso de inmediato y los ojos de León destellaron fugazmente de felicidad. Tras las barra un reloj rectangular, en los que los dígitos están escritos en tarjetas que pasan unas sobre las otras al cambiar la hora como los paneles informativos de las estaciones, y debajo del marcador horario tienen otro que marca el día y el año; marcaba exactamente las 19h28 de 12 marzo de 1979. Tras echarle un breve vistazo, León continuó bebiendo de su copa; bebía tragos cortos y mantenía el licor unos momentos en la boca para saborearlo; después de tragarlo dejaba entrar aire en la boca al mismo tiempo que daba con la lengua contra el paladar.
Estudios recientes han descubierto que todos los seres vivos descendemos de un organismo pluricelular muy elemental y este es la esponja de mar. Cuando lo leí en la prensa enseguida me pareció muy obvio, tantos años de estudio científico para darse cuenta de que el hombre evolucionó a partir de la esponja. Con mirar a León, uno se daría cuenta de inmediato, pues absorbía el anís como una esponja.
Cuando estaba terminando la segunda copa se encontraba entre los dos clientes del bar preguntándoles por el monasterio. Normalmente se ponía a hablar incluso con las piedras, no le costaba lo más mínimo contar su vida al primero que tuviese cerca; las conversaciones las solía comenzar alabando una y otra vez la ciudad o el pueblo en el que se encontrase y, a medida que iba cogiendo confianza con las personas y que las copas le empezaban a saber a agua, terminaba por criticarles, primero haciendo comparaciones con otros pueblos dando a entender que el de estos era peor, y finalmente criticando el carácter de las personas, pasando de las criticas a los insultos, como el que terminó diciéndole al camarero:
―Mira que cabecita, ¡si parece el culo de un bebé!
Por supuesto muy a menudo terminaban por echarle literalmente de los bares, como sucedió en esta ocasión. Volver a casa con unas copas de más solía ser lo habitual; León pensaba que lo único malo que a uno le podía suceder al conducir en aquel estado podía ser que te parase la policía en un control de alcoholemia. León tenía tres niños pequeños de cuatro, cinco y siete años; cuando llegaba a casa solían estar viendo la tele; el tema de conversación al llegar a casa solía ser retomar la discusión que había tenido en el bar y de la misma manera comenzar alabando a la mujer y los niños, para poco a poco ir primero criticándolos y finalmente insultándolos. Las discusiones terminaban a voces y los insultos terminaban por oírse en todo el vecindario. Era una zona de casas bajas, construidas en ladrillo y adosadas de dos en dos; tenían un pequeño porche de entrada al que se llegaba tras subir cinco escalones, y tenían unas pequeñas ventanas de forma redonda, como las de un barco. León solía hablar de ello comentando que el arquitecto era ingeniero naval, pero que debido a una enfermedad en las articulaciones, no podía vivir cerca del mar, y por eso se dedicó a construir casas. A los pies de la casa se extendía un pequeño trozo de tierra en el que la mayoría de la gente sembraba flores dando un aspecto más acogedor a las viviendas, aunque en el caso de León solo había un trozo de tierra con algunas plantas secas, que delataban lo que fue un intento de huerto y los pocos conocimientos de hortelano que tenía su dueño. En esta vida unos plantan flores y otros plantan fuego; desde luego León no plantaba flores.
Pasaron más de tres meses y la vida seguía como siempre entre trasportes y copas, terminando cada día con una nueva discusión. Un día, al llegar a casa, aparcó el camión justo enfrente; esto era una suerte pues no solía haber aparcamiento casi nunca. Al bajar del camión de pronto le vino a la memoria la imagen de la caja que tenía que haber entregado hacía ya más de tres meses. Abrió la puerta trasera del camión con la esperaza de que la caja no se encontrase allí, pero al dejar entrar la luz de la calle comprobó que la caja estaba realmente en el camión; esto era un verdadero problema, pues le gustaba seguir a rajatabla el código del transportista y este prohibía entre otras cosas curiosear la mercancía y por supuesto jamás quedarse con parte o totalidad, de un envío. Qué podía hacer; primeramente pensó en devolverla, pero si lo hacía todo el mundo se daría cuenta del error que había cometido; esto le podía meter en un buen lío y podía llegar incluso a perder el trabajo. Por otra parte, si tras el período de tiempo transcurrido nadie había reclamado la mercancía, podía ser que ya nunca la reclamasen, así que si no hay reclamación no hay problema. Pensó que lo mejor que podía hacer entonces, al menos por el momento, era descargar la caja y guardarla en su casa; por su puesto, no abriría la caja y en cuanto le fuese posible buscaría la dirección del destinatario y la enviaría de forma anónima con otra empresa de transporte. Subió al camión, no sin mucho esfuerzo, pues la jornada laboral ya había terminado y, por supuesto, ya había tomado unas copas de Sanblas. Una vez arriba caminó por el interior del camión, con pasos cortos y tintineantes, como los de una muñeca con las pilas apunto de agotarse, hasta llegar a la caja que se encontraba en el fondo del camión; luego intentó moverla.
―Demonios, ¡esto pesa más que el plomo! ―exclamó con una voz exhalante al mismo tiempo que el color rojo de la cara se le tornaba morado por el esfuerzo realizado al empujar la caja; pero nada, ni un centímetro, la caja no se movió ni un centímetro.
―Verás tú si te mueves o no ―le dijo a la caja mientras retomaba fuerzas y se preparaba para darle un nuevo empujón. Aplicando toda su fuerza y el peso de su cuerpo sobre una esquina de la caja de madera, consiguió que esta se desplazase unos centímetros; seguidamente empujó la otra esquina; así empujando alternativamente una y otra esquina, consiguió llevar la caja hasta la puerta del camión; siguió empujando sin percatarse de que la caja ya sobresalía del camión.
―¡Vamos condenada!, un empujón más y vas lista.
Y efectivamente fueron listos los dos, pues la caja salió rodando del camión y detrás de ella iba León, que cayó dando trompiquetas sobre ella, para finalizar tendido en el suelo. La caja, al caer se despedazó dejando al descubierto su contenido: era una figura con forma de virgen, al menos eso fue lo que le pareció a León, aunque la cabeza de la misma se encontraba en el suelo separada del cuerpo debido a la violencia del golpe recibido.
―Bueno, bueno, no nos alarmemos, que todo tiene solución.
De la cabina del camión sacó un rollo de cinta adhesiva en el que estaba impreso el nombre de la compañía de transportes y que se utilizaba para precintar las cajas mal embaladas; con ella pegó la cabeza al cuerpo de la figura. El resultado era una verdadera chapuza.
―Perfecto, ¿ves que guapa te he dejado? con collar y todo.
Como pudo, a ratos arrastrándola y a tramos rodando, la consiguió llevar a casa.

En algunas ocasiones, cuando había tomado ya alguna copa de Sanblas, comenzaba a contar sucesos curiosos que le habían ocurrido durante su vida de transportista; lo cierto es que nadie creía sus historias y realmente uno no sabía cuáles podían ser verídicas y cuáles mera ficción. Una de sus favoritas era contar cómo con su pequeño camión había atravesado toda Europa hasta llegar primero a Rusia y más tarde a Mongolia, donde conoció a descendientes directos de los emperadores, gente muy acogedora, que no dudaban en invitarte a sus casas y darle a probar los mejores manjares. Cada vez que contaba la historia, añadía algunas cosas nuevas, que no sabemos si se le ocurrían sobre la marcha o que simplemente le llegaban de nuevo a la memoria al volver a recordar el viaje. León decía tener amigos en todas partes del mundo, pues decía haber llegado con su pequeño camión hasta los lugares más recónditos de la Tierra. Había recorrido la vieja Europa ciudad por ciudad y había atravesado las estepas en Rusia, las llanuras en Manchuria, los desiertos y selvas en África, conociendo personajes muy variopintos en todos aquellos remotos lugares, gente importante, príncipes, zares y emperadores, que en casi todos los casos le habían ayudado en los avatares que el camino les imponían a él y a su camión.
Una vez llevó a su mujer en uno de sus viajes; era un largo viaje y la mujer quiso ir con él; aún no tenían hijos, aunque el primero estaba apunto de nacer; la mujer tenía una enorme barriga y el viaje se le hacía muy pesado, pues cualquier posición le provocaba dolores por todo el cuerpo. El viaje se hacía largo y el calor de verano era agobiante; el camión, bajo el sol, se convertía en un auténtico horno. León ya no podía más, tenía la boca seca y la lengua de cartón, la garganta tan seca que no podía tragar saliva. De pronto apareció un oasis en mitad del desierto, un bar de carretera, así que se apresuró a parar; le faltó tiempo para bajar del camión y, al hacerlo, olvidó echar el freno de mano, se bajó y entró en el bar para pedir una copa de anís. Mientras, su mujer, que permanecía dentro del camión, notó cómo este empezaba a deslizarse cuesta abajo; la velocidad aumentó rápidamente y la mujer empezó a gritar:
―¡León, León, Leooon!!!
Pero León estaba muy ocupado saboreando su copa de anís, como para atender peticiones. El pánico se apoderó de la mujer que ya no sabía qué hacer, así que finalmente abrió la puerta y salto del coche, rodó y rodó por el suelo, mientras el camión seguía carretera abajo hasta estamparse contra un enorme roble, al que arrancó de cuajo. La onda expansiva del golpe sacudió los cristales del bar y algunas personas salieron a socorrer a la mujer. A León no iban a estropearle el momento y siguió bebiendo con normalidad hasta terminar la copa. Tras terminar su copa salió a ver lo que sucedía, encontrándose con el suceso en su propia cara; salió corriendo hacia el camión, olvidándose por completo de su mujer y empezó a recoger la mercancía que se encontraba desparramada por todas partes. Afortunadamente, la mujer había salido airosa de la situación y no tenía más que múltiples magulladuras.
La reliquia
La luz que entraba por la pequeña galería, similar a una chimenea esculpida en la piedra, iluminaba toda la sala. Unos espejos de plata y vidrio captaban la luz solar del exterior, haciéndola llegar a las salas interiores a través del sistema de reflectores. La construcción de la pirámide estaba realizada en piedra en toda su totalidad. Eran unos templos enormes, dedicados a la astrología y a preservar su cultura tras el paso de los siglos. Las pirámides se alzaban en medio de las ciudades, y éstas estaban recubiertas por una capa de barro, pintado con cal. Su superficie era lisa y de un color blanco brillante que, al ser iluminado por los rallos solares, realizaba un efecto reflectante, realizando así la función de faro. Las pirámides podían ser vistas desde la lejanía, marcando, a los visitantes y comerciantes extranjeros, el emplazamiento donde se encontraban las ciudades. En su interior unas amplias salas realizaban diversas funciones. En su mayoría, todo el complejo era una muestra del desarrollo de su cultura, como lo pueden ser nuestros museos o bibliotecas. Las paredes de las salas se encontraban cubiertas por inscripciones, las cuales contaban la historia de su civilización, mezclada con sus creencias y leyendas mitológicas. En la sala superior, en la que me encontraba yo, unas enormes estatuas, de forma humanoide, pero con cabezas de animales, impresionaban a los visitantes. La sala era enorme, el techo en forma de cúpula se encontraba a una enorme altura, y las gigantescas estatuas llegaban casi asta él. Estas enormes estructuras demostraban un gran avance técnico, en una civilización que dominaba la arquitectura, y la utilizaba para demostrar al mundo las proezas de las que eran capaces. Las majestuosas pirámides no dejaban indiferente a nadie y los recién llegados a la ciudad quedaban cautivados por sus impresionantes dimensiones. En esta época, los hijos de “Ojos castaños” no disponían de maquinaria, teniendo que realizar aquellos prodigios arquitectónicos completamente a mano. Los enormes bloques de piedra que se utilizaban para su construcción, eran extraídos de diferentes canteras, que se encontraban a grandes distancias de la ciudad. Cubos de piedra que eran tallados en las canteras y que se transportaban por tierra en unas enormes plataformas de madera con forma de trineo. Los caminos creados para su transporte eran cubiertos por piedras redondas que después se cubrían con grasa, para que rodasen con más facilidad al paso de los enormes trineos.
Era una nueva raza de descendientes, los hijos de “Ojos castaños”. Lo que más me sorprendía de ellos era que, con el paso del tiempo, cada vez se parecían más a los jardineros. Eran personas altas y de gran fortaleza física; los adultos solían vestir ropas de un color blanco brillante, y el color de sus ojos: verde, azul y marrón, eran de tono claro. Con el color y tono de sus cabellos sucedía lo mismo.
Desde los confines más lejanos del mundo conocido, llegan mercaderes a realizar trueques hasta las ciudades de las pirámides. Esta civilización, además de desarrollar mejores técnicas de cultivo y tener fama como artesanos, también erán muy conocidos por sus extensos mercados, en los que se podían encontrar cosas de cualquier punto de la tierra. No utilizaban moneda y todos sus negocios se basaban en el trueque, cambiaban unas cosas por otras; así a diferencia de anteriores culturas, se pudieron especializar en diferentes oficios; artesanos, ganaderos y hortelanos, podían dedicarse totalmente a sus oficios, alcanzando así un alto grado de desarrollo. Les era sencillo prosperar, ya que con este sistema, a diferencia de los anteriores, se despreocupaban por la subsistencia y tenían comida de sobra, con menos trabajo. Debido a ello disponían de tiempo para dedicarse al desarrollo de las ciencias, principalmente matemáticas y astrología.
La especialización en diferentes campos, les reportó grandes beneficios, ya que cultivaban los campos y sus cosechas de cereales eran prósperas. También eran famosos por exportar productos como la miel y el aceite.
Poco a poco tuvieron que ir cambiando los métodos de cultivo, debido a que los inviernos se fueron recrudeciendo con el paso de los años. Para evitar que sus cosechas se helasen, construyeron unos amplios entramados de acequias por todos los campos de cultivo; el agua que corría por ellas evitaba que los campos se congelasen y además los convertía en campos de regadío.
Pero lentamente el clima fue cambiando, convirtiendo los inviernos cada vez en más fríos. Se debió principalmente a pequeñas variaciones en la cantidad de energía que llegaba de su única estrella. El clima se hizo tan árido que finalmente, pese a sus grandes esfuerzos, ya nada podía crecer en aquellas tierras. Comenzó entonces una gran migración, primero los animales se fueron marchando a las tierras más cálidas del sur y finalmente los hombres tuvieron que abandonar aquellas fantásticas ciudades. Todos partieron con la esperanza de poder regresar algún día. Otros prefirieron quedarse y resistir. Los que así lo decidieron y se quedaron, trabajaron duro y cubrieron con tierra las pirámides y las ciudades, para evitar que pudiesen ser saqueadas, dejándolas bajo tierra, a la espera de que sus antiguos habitantes regresasen algún día.
Una vez más me cambiaron de lugar; esto parecía ser habitual en los últimos tiempos viajaba a menudo de un lugar a otro.
Este viaje fue de los más largos y complicados que recuerdo. Las tierras por las que cruzábamos, en nuestro continuo avance hacia el sur, se encontraban desiertas; parecía que nosotros éramos los últimos en partir, e incluso la mayoría de especies animales habían abandonado ya sus tierras. Ahora sobre la tierra sólo reinaban la nieve y el hielo. Esto complicó la gran marcha, ya que los alimentos pronto comenzaron a escasear. Los más débiles pronto sucumbieron ante el duro camino. El grupo de partida fue disminuyendo drásticamente; la larga migración, se convirtió en una carrera de fondo a vida o muerte; una carrera en la que el frío acechaba como un cazador, ávido por cobrarse el mayor número posible de presas. En ocasiones, la salvación se encontró por el camino, al encontrarnos con algún pueblo que aún no había abandonando sus territorios, y de estos conseguíamos nuevas provisiones para continuar el camino, un camino en el que los escasos asentamientos que aún quedaban se nos unían en nuestro viaje al sur.
La llegada no se produjo un día en concreto ni en un lugar previsto. Cuando el clima comenzó a cambiar, a medida que nos adentrábamos en las tierras del sur, algunos tomaron la decisión de quedarse y otros de continuar; así que lo que era una gran civilización, quedó desparramada en un largo camino, desde las tierras del norte hasta las tierras del sur. Por último, cuando encontraron por fin el lugar más idóneo para asentarse, los viajeros se detuvieron, y en ese mismo lugar comenzaron a construir nuevamente sus ciudades. En el viaje se habían mezclado con muchos hombres de otras civilizaciones, de nuevas culturas. La travesía había durado muchos años. Aun así consiguieron salvar muchos conocimientos de su cultura y construyeron unas ciudades prósperas, donde de nuevo las pirámides se alzaron apuntando hacia las estrellas.
Los que se quedaron tuvieron que aprender a sobrevivir, en un lugar inhóspito, donde las nieves prevalecían sobre el sol durante todo el año. Con el tiempo, olvidaron quiénes eran y de dónde procedían; el duro clima los convirtió en hombres prácticamente insensibles, que luchaban los unos con los otros, con la única idea en mente de conseguir sobrevivir.
La era glacial duró tanto que los hombres que marcharon al sur, en busca de una mejor vida. Olvidaron su procedencia y jamás regresaron.
De Elías
Recuerdo claramente que pasaba el tiempo libre en el patio del colegio sentado en un rincón, en un rincón donde se juntaban los dos edificios de ladrillo color rojizo; me ponía agachado en cuclillas abrazándome las piernas contra el pecho. Recuerdo el frío viento del que me protegía en aquel rincón y cómo, al mirar al sol, este calentaba mi rostro. Era como sumergirse en el agua, como entrar en otro mundo; el griterío de los niños al jugar, el sonido del viento, el aire frío, todo desaparecía, entrando en un mundo de luces brillantes que bailaban en sosegada calma mientras acariciaban mi cara. Después, yo extendía mis manos para tocar aquellas luces destellantes y, de repente, notaba como si el mundo encogiese bajo mis pies, como si me alejase rápidamente de él volando hacia el sol, pasando rápidamente entre las nubes, y después del sentir el roce de estas, volvía nuevamente el silencio y la quietud flotando en la oscuridad, flotando en un mar de aguas tibias y oscuras, trasparentes y profundas, en las que se podía ver infinidad de luces, como en algunas playas en las que se amontonan conchas blancas que reflejan la luz solar como pedazos de espejos llenando toda la playa de luces multicolor. Durante aquellos instantes, el tiempo se detenía; en ese mundo, los relojes no tenían cabida.
Tras este tiempo flotando entre millones de brillantes luces, una de ellas empezaba a irradiar más luz y se podía percibir su calor. La luz más luminosa se movía de un lado a otro como en un baile de luciérnagas sobre la brisa de verano. La luz disminuía el campo sobre el que se movía siendo cada vez más cortos sus tintineos, como una pelota bota cada vez con menos fuerza hasta que se de tiene. Entonces, la luz quedaba centrada inmóvil justo en frente de mí; parecía observarme, y de repente de nuevo en movimiento, un movimiento acelerador, que me impulsaba hacia ella con una aceleración progresiva. En calma al principio, era un leve susurro y seguidamente un insoportable ruido que rompía la calma y me hacía caer desde muy alto, haciéndome regresar súbitamente al patio del colegio, en el que la sirena anunciaba el fin del recreo.
No siempre podía viajar a ese mundo; muy a menudo me lo impedían; se supone que lo hacían por mi bien, pero a mi no me lo parecía y tenía que andar escondiéndome cada día en un sitio distinto para poder encontrar la calma.
Muchos dirán de sí mismos que eran espabilados, que eran muy listos, que sobresalían entre los demás cuando eran niños, pero yo jamás pensé esto de mí; lo cierto es que cuando era niño no me preocupaba por lo que pensasen los demás sobre mí y ahora que soy mayor veo con claridad que no soy ni he sido en nada especial; si resolvía algún problema matemático era con mucho esfuerzo; y en cualquier otra cosa me sucedía lo mismo; a menudo solo quería terminar cuanto antes la interacción con otras personas, terminar la conversación lo más rápidamente posible, terminar lo que me ordenasen hacer, sólo para poder pensar tranquilamente, para poder planear y buscar una nueva oportunidad para irme de nuevo de este mundo.
Aparte de ser un niño con problemas para relacionarme, en poco más podía diferenciarme, salvo tal vez, tenía una sensación extraña que siempre me embargaba cuando hablaba con algún compañero de colegio, una sensación, de formar parte de un recuerdo, de un recuerdo o de una escena de una película que se rodó hace mucho tiempo. Me es difícil de explicar, pero tengo recuerdos desde casi después de nacer y siempre me sentí con la misma edad, con la misma capacidad que me siento hoy en día. Hace años me sentía igual que hoy, pero en un cuerpo limitado por su tamaño.
No sé por qué, pero al recordar el patio de la guardería, siempre me viene un sabor de arena a la boca. Puede ser que, por haber respirado el fino polvo que se levantaba de la arena cuando soplaba un poco de viento. El lugar parecía grande, tenía algunos columpios, pero cuando lo visité años más tarde, pude comprobar que aquel patio en el que jugábamos unos veinte niños, no medía más de ochenta o noventa metros cuadrados. Era un pedazo de terreno rectangular, con una puerta de acceso trasera de la guardería; dos de los lados del rectángulo, que forman una ele, los delimitaba el mismo edificio y los otros dos lados una tapia, terminada en barrotes metálicos, que también parecía muy grande, y más tarde pude comprobar que no era mayor de un metro de altura. El trozo delimitado por la pared del edificio estaba pintado de colores, con unos dibujos de unos niños jugando agarrados de las manos. Era en este rincón formado por las dos paredes donde se formaban unos pequeños remolinos que levantaban el polvo de la tierra y supongo que por encontrarme allí me llega ese sabor a tierra cuando recuerdo el patio de la guardería.
El interior no era tan agradable, al menos según mi punto de vista. Todo el interior eran dos únicas salas, la sala de las cunas y la sala donde permanecíamos el poco tiempo en el que no estábamos acostados. Las dos habitaciones estaban pintadas con pintura blanca, sin más, lo que le daba al interior un aspecto frío, como el que suele dar la consulta de un dentista. En la sala principal, al menos, colgaban de la pared en un tablón de corcho sujetos por chinchetas unos dibujos coloreados por algunos niños. No recuerdo que hubiese juguetes, como en las nuevas guarderías que he podido visitar. Ni siquiera recuerdo que realizásemos alguna actividad, diferente de dormir, comer y cantar esas canciones repetitivas que le llegan a quedar a uno grabadas en el cerebro y le dejan marcado para toda la vida. Ya que, pasen los años que pasen, cuando uno las vuelve a escuchar le es casi imposible levantar los brazos y agitar las manos al ritmo de la música, como nos enseñaron a hacer.
En la guardería, las conversaciones con los otros niños hacían sentirme solo; nos dejaban mucho tiempo acostados en unas cunas con barrotes metálicos, finos y curvados, a través de los cuales yo me asomaba al mundo, me sentía solo cuando hablaba con mis compañeros desde la cuna; yo les decía que no tuviesen miedo, que no se preocupasen, que antes de que se diesen cuenta serían mayores y podrían hacen lo que quisiesen y no estarían obligados a dormir cuando no tenían sueño o a estar despiertos cuando querían dormir; pero aunque los otros niños eran de mi misma edad, no solían decir nada o lo que decían no solía tener ningún sentido.
Aun así yo seguía con mis charlas y le tomé mucho afecto al niño que estaba en una cuna próxima a la mía; le llamábamos Ratón y aun hoy en día le recuerdo muy bien: era un niño bajito y gordito, supongo que por eso le pusieron el mote de Ratón; en esa época debíamos de tener unos dos años; a menudo, mientras yo le contaba cosas, él solía dormirse; por eso de vez en cuando le preguntaba:
―Ratón, Ratón ¿estas durmiendo?
Era un niño muy torpe pues su estructura física no le permitía andar con soltura; era un retaco, con unos ojos negros de mirada profunda. Mientras yo le contaba las cosas que haría cuando fuese mayor, él me miraba fijamente, con una luz en la mirada que parecía entender todo lo que yo le contaba.
Muchos años más tarde, encontrándome en un bar de copas, me disponía a beber un trago de zumo de piña cuando alguien me empujó por la espalda, haciéndome derramar el zumo sobre mi camisa; antes de darme tiempo a girarme oí una voz que me pedía disculpas; cuando giré la cabeza, vi a un joven de unos veinte años, que más que un hombre parecía un oso, ya que era tremendamente grande y fornido; al mirar su cara enseguida reconocí esa mirada, esos ojos negros con aquel particular destello, y, sin darme cuenta, de mi boca salió una palabra:
―¡Ratón!
Él me miro y dijo:
―¿perdón?
―¡Ratón! ¡Cuánto tiempo!
―Creo que se está confundiendo.
―Lo siento perdóneme, creo que le he confundido.
Hoy sé con toda certeza que era él, nadie más podía tener esa mirada.
Toda mi vida parece estar grabada en imágenes de cine technicolor y me es muy fácil remontarme a cualquier época de ella; las demás personas no suelen tener esta habilidad y olvidan gran parte de lo que han vivido, especialmente cuando se remontan muy atrás en el tiempo, pero yo lo recordaba todo.
Mucha gente cree que es maravilloso recordar las cosas de la forma en la que yo lo hago; bueno esto de mucha gente lo tendría que poner entre comillas, pues realmente la mayoría de la gente con la que me relaciono no le comento nada de todo esto y con las personas que tengo una mayor confianza, a las que les cuento prácticamente todo, me toman por pirado, un loco inofensivo pero pirado. El hecho es que no me parece muy bueno poder recordar todo a la perfección, eso hace que día tras día me remuerdan la conciencia todas las cosas que he hecho mal en la vida, siento incluso vergüenza cuando recuerdo por ejemplo no haber sabido cantar una canción cuando estaba en preescolar. Los sucesos me dan vueltas en la cabeza incesantemente; da lo mismo que sean cosas sucedidas hace horas o hace años; desde siempre siento angustia, y cuando era pequeño no podía contener las lágrimas al ver una fotografía mía, pues aunque tuviese cuatro años y la foto fuese del mes anterior, el llevar grabado en mi mente todo lo sucedido en el tiempo transcurrido desde que se tomó la fotografía hasta el momento en el que me la mostraban, hacía que me diese cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo y mi imposibilidad para detenerlo; siempre noté cómo avanzaba el guión de mi vida sin poder detenerlo ni un momento.
La guardería me daba la sensación de ser algo así como una prisión; lo cierto es que cuando uno es pequeño pocas veces se siente libre para hacer lo que uno quiere, se está obligado a dormir o a cantar cuando a algún adulto le viene en gana. Entiendo que no se pueda dejar solo a un niño, aunque no estoy muy seguro de si las personas podemos influir realmente en los sucesos que nos acontecen, quiero decir que si un niño se tiene que caer, se caerá igual aún estando un adulto cerca; con esto no quiero decir que haya que abandonar a los niños o a las personas a su suerte, sólo quiero decir que no me parece bien tratarlos como prisioneros.
Aun así, tengo buenos recuerdos de mi paso por la guardería, tal vez porque fue una época feliz y despreocupada; más tarde, y según fui creciendo, todo se fue complicando, el trato de prisionero se fue convirtiendo en un trato más de esclavo ya en el colegio. Casi todo era trabajo, trabajo separado por tan sólo media hora de recreo, trabajos absurdos, que hoy en día sigo sin entender, como aprender cosas que nunca me han servido absolutamente para nada; a modo de ejemplo citaría el tema de los círculos; sí, el tema de los círculos y esos cuadrados y triángulos que había dentro; casi tres años dándole vueltas sobre el papel a unos círculos en los que había que meter o sacar unos cuadrados y triángulos: nunca entendí para qué; supongo que a alguien en la antigüedad, quién sabe quién y cuándo, se le ocurrió que el tema de los círculos podía enseñar algo a los niños y no sé por qué razón; aún hoy en día, nadie toma la determinación de decir que, aunque este sistema lleve aplicándose más de mil años, no sirve absolutamente para nada y que ya es hora de que se cambie el método de enseñanza.
Mi madre siempre me preparaba un bollo o un pequeño bocadillo de crema de cacao con avellanas en la cartera del colegio, para que me lo comiese en el recreo. Un día, me encontraba sentado en un apartado lugar del recreo, en un rincón donde podía estar solo y tranquilo; me disponía a comerme el bocadillo que me había preparado mi madre, cuando de la nada, como un cohete, pasó corriendo un niño que me arrancó el bocadillo de las manos, luego se alejó hasta dejar una distancia prudente de seguridad entre los dos. Se sentó y como un lobo hambriento devoró el bocadillo a penas sin masticarlo. Realmente me quede atónito, no me dio tiempo a reaccionar, me di la vuelta y busqué un sitio donde sentirme solo y poder sentirme a salvo. En aquel momento no pensé mucho en lo sucedido.
Al día siguiente, mientras sostenía el bocadillo entre mis manos, me aseguré bien de que no hubiese nadie en los alrededores, pero justo cuando le daba el primer bocado, de nuevo como una exhalación, con una velocidad endemoniada, pasó corriendo aquel pequeño niño, que vestía con ropas viejas, pasó rápidamente y cuando me quise dar cuenta mis manos que aún parecían sujetar el bocadillo estaban vacías. Nuevamente se tomó una distancia prudencial de seguridad, para comerse el bocadillo sin que yo pudiese quitárselo. ¿Cómo podía ser, me pregunté; de dónde salió aquel niño y cómo podía correr tanto un niño tan pequeño?
El tercer día me preparé bien, busqué un rincón donde no pudiesen cogerme desprevenido por la espalda; ahora sí que me sentía lo suficientemente seguro como para comenzar a saborear mi dulce bocadillo de crema. Cuando estaba saboreando el primer bocado vi venir de frente a aquel niño con aspecto de alimaña; una vez más, corría a gran velocidad hacia mí; me dio la sensación de que era una locomotora a toda potencia y sin frenos; se estrelló contra mi, mientras yo sujetaba con fuerza el bocadillo; me cogió de la camisa y me zarandeó hasta que disminuí la presión de mis manos sobre el bocadillo; entonces me lo arrebató y salió corriendo de nuevo.
Cuando llegué a mi casa con la camisa rota mi madre me preguntó qué me había sucedido; me preguntó si me había caído y yo le conté la historia, aunque me sentía un poco avergonzado de que un niño de tan escasa talla me hiciese frente de esa manera. Mi madre me propuso un plan, así solucionaríamos el problema de una vez por todas. El cuarto día llegó y con él la hora del recreo; bajé y anduve buscando al pequeño salvaje, pero no lo encontré, entonces me senté y me dispuse a comer mi bocadillo; en aquel preciso instante le vi aparecer de nuevo corriendo a toda velocidad, entonces grité:
―¡Alto!
El muchacho frenó en seco y se quedó observándome. Levanté la otra mano y le mostré otro bocadillo; le dije que lo tomase; el muchacho se quedó dudando, como un perro callejero al que le ofrecen un trozo de pan; lo cogió con desconfianza, y luego se sentó cerca de mí, los dos nos comimos tranquilamente el bocadillo. Fue un corto período aquel; todos los días le llevaba un bocadillo a mi amigo y él se sentaba a mi lado sin decir nada, hasta que llegó un día en el que tuve que tirar el segundo bocadillo, pues el niño no apareció, y no apareció nunca más.
Ahora me doy cuenta de lo frágil que es el mundo de un niño; las personas mayores no suelen tener en cuenta estas cosas y simplemente por mudarse a una casa más grande o por un aumento de sueldo, se trasladan de ciudad y con esta misma facilidad se desmorona el mundo de un niño. Nunca le pregunté a mi madre quién era mi padre o a dónde se había marchado, lo cierto es que nunca lo eché en falta. Dicen que un niño criado por uno solo de los padres no se desarrolla perfectamente, quizás mis problemas mentales aflorasen como síntoma interno a la falta de una figura paterna, pero sinceramente no lo creo así.
En invierno, saltar en los charcos era lo que más me gustaba hacer. Una vez, mi madre me vistió con ropa nueva y abrillantó mis botas negras con betún; el día anterior no había dejado de llover y yo no había podido salir de casa, así que tenía muchas ganas de salir a la calle para correr y saltar. Mi madre antes de dejarme salir me dijo:
―Elías, ten cuidadito y no te manches.
Decirle esto a un niño no tenía mucho sentido; estas palabras no existen en el lenguaje de los niños. Supongo que si no quieres que un niño se manche la ropa lo único que puedes hacer es no ponérsela. Primero anduve paseando tranquilamente por la acera, pero poco a poco me fui alejando sin darme cuenta y me metí en el parque; la tierra estaba húmeda y podía sentirse su olor al respirar. Los charcos eran enormes y a mis ojos de niño le parecían lagos de aguas tranquilas; eran como estanques, e incluso en alguna ocasión había jugado a pescar en ellos. Los charcos producían una sensación hipnótica en mí y, sin darme cuenta, me iba acercando a ellos. Entonces, cuando estaba en la orilla, su centro ejercía una atracción magnética, de tal forma que sin darme cuenta me encontraba con el agua por los tobillos, y una vez con los zapatos mojados, ya no podía hacer nada, así que me olvidaba de ello y comenzaba a disfrutar de lo lindo saltado y saltando dentro, haciendo que el agua salpicase toda mi ropa, haciendo que el barro me llegase hasta la cabeza. Cuando terminé, parecía que venía de la guerra o que salía de uno de esos balnearios en los que le cubren a uno el cuerpo con barro. Cuando mi madre abrió la puerta de casa, pegó un grito; en un primer momento, ni siquiera me reconoció, pensó que era alguna criatura extraña, un perro grande o algo así, cuando dije:
―¡Mama!
Reaccionó; entonces las facciones de su rostro se tensaron y dijo:
―¡Te mato! ¡Yo te mato!
Se aproximó rápido hacia mí con la mano abierta en alto; yo salí corriendo y mi madre empezó a perseguirme; era una situación estúpida; yo no sabía qué hacer y corrí lo más rápido que pude; mi madre me perseguía de cerca, corrió tras de mí durante unos minutos y finalmente se cansó y dijo:
―¡Ya te pillaré!
Me quedé todo el día en la calle hasta que empezó a oscurecer; entonces tuve que volver a casa. Llamé a la puerta, mi madre la abrió y me dijo:
―¡Pasa!
Según pasaba por su lado, mientras mantenía la puerta abierta y se mantenía tras ella, me cayó una lluvia de collejas; luego una buena azotaina; después la consiguiente reprimenda y finalmente el castigo.
Recuerdo una época, cuando era niño, en la que el país pasó por una gran depresión económica y escaseó mucho el trabajo; durante ese período de tiempo, que duró más de un año, mi madre estuvo sin empleo, perdió el empleo y no encontraba ningún otro; además, tenía que cuidar de mí, lo que hacía mucho más difícil poder encontrar un trabajo. Debió ser una época muy mala para mi madre, pero lo cierto es que para mí fue un tiempo divertido. Como no teníamos dinero para comer, teníamos que ir a visitar una ONG, donde nos daban comida para toda la semana, nos proporcionaban cajas enteras de potitos y leche en polvo para bebés que ya no podían vender por estar caducados. Yo tenía unos seis o siete años y al principio sentía un poco de vergüenza por comer potitos siendo ya tan mayor, pero al final terminé acostumbrándome. Alternábamos la dieta de potitos con encebollado, unos purés y sopas de cebolla. Como la situación económica no era buena los agricultores preferían tirar las cosechas antes que venderlas a bajo coste; entonces nosotros aprovechábamos estas circunstancias para ir al campo con el carro de la compra y cargarlo de cebollas.
Como la situación continuó empeorando y mi madre tenía que trabajar, consiguió una ayuda para que yo pudiese ir gratuitamente al comedor del colegio; allí conocí algunos niños muy particulares e hice un buen a migo; era mi mejor amigo por aquella época; lo cierto es que era el único amigo que tenía. El niño mostraba una cara redonda, con unos enormes mofletes, que le daban un aspecto muy gracioso; su familia se encontraba en peor situación que la mía y supongo que al encontrarnos más o menos en el mismo barco enseguida nos llevamos bien. Su madre murió cuando él tenía cuatro años; esto debe de ser una de las peores cosas que le pueden pasar a un niño; vivía con su padre y este hacía de padre y de madre al mismo tiempo, pues aunque tenía que trabajar, sacaba tiempo de donde fuese para que el niño llevase siempre sus ropas impecables, bien lavadas, planchadas e incluso zurcidas si hacía falta.