ISBN 978-1-4467-3396-7
Copyright Francisco Angulo
(Licencia copyright estándar)
Año del copyright: © 2009
Segunda edición
Publicado diciembre 19, 2010

KIRA Y LA TORMENTA DE HIELO
(KIRA AND THE ICE STORM)
ADVERTENCIA
Esta es una novela de ciencia-ficción.
Los datos y teorías científicas extraídas de los diarios y cuadernos de trabajo de Agnux, pueden no tener validez en nuestro espacio-tiempo.
Los manuscritos de Agnux son mucho más complicados que este libro. He dedicado muchos años a su estudio y descifrado; pero siempre aparecen nuevos datos ocultos. Son documentos complejos, cifrados en su mayoría. Algunas de sus cartas parecen normales a primera vista, pero bajo su apariencia se ocultan infinidad de mensajes en clave, que desvelan información sobre sus descubrimientos.
Después de leer las advertencias, tengo que avisaros de que este libro se adentra en la complejidad de teorías relativistas; creando paradojas que pueden llevar a la confusión del lector. El tiempo no tiene por qué seguir una línea, puede dar súbitos cambios creando varias realidades paralelas. Dicho de otro modo: el camino correcto puede ser cualquiera. De hecho incluso más de uno a la vez. Arriba y abajo, derecha e izquierda al mismo tiempo. Todo depende del punto de vista del observador. En esta historia tú, el lector, eres el espectador y tus conclusiones, aunque difieran de las mías e incluso de las de Agnux, serán las correctas.
Te encontrarás con protagonistas que viven en el pasado, otros están en el futuro e incluso algunos que coexistan en varias líneas temporales. Pido tu esfuerzo y atención para que consigas resolver satisfactoriamente esta historia, colocando cada personaje en el lugar que le corresponde. Si te encuentras leyendo en el tren o en un lugar poco propicio, quizás tengas que volver a leer parte o la totalidad de este libro para encajar las piezas que abren las puestas de esta esfera.
La tormenta de hielo
Kira se levantó antes de que sonara el despertador, cosa que no era nada normal, ya que solía dormir como un tronco. Su profundo sueño era difícil de interrumpir y muy a menudo el despertador sonaba durante varios minutos. Hoy los truenos y relámpagos de una fuerte tormenta eléctrica la habían despertado antes de la hora habitual. Era la borrasca más espectacular que había visto nunca; los rayos caían por todas partes. Uno alcanzó su edificio de apartamentos, haciendo temblar los cimientos. No tenía miedo de ellas, pero una cosa es ver una tormenta y otra muy diferente es estar bajo esta enorme nube negra que no paraba de soltar relámpagos.
Después de esto, como siempre las prisas, sin tiempo para arreglarse adecuadamente y desayunar en condiciones. Se tomaba un vaso de café frío y salía a toda velocidad. Aunque le costase despertarse y tuviese siempre que salir escopetada hacia el Hospital, nunca había llegado tarde al trabajo. No se podía decir lo mismo de la mayoría de doctores.
Desde pequeña había querido ser doctora y le costó mucho llegar hasta donde estaba. Para otros, para sus compañeros no fue tan difícil, pero ella era de una familia humilde. Desde luego los había más pobres. Aunque el dinero no tiene nada que ver con la inteligencia, facilita mucho las cosas a la hora de poder estudiar en un buen colegio. La gente suele estar muy equivocada en torno a este aspecto, ya que suelen pensar que las personas se hacen solas; Nada más lejos de la realidad. No puedes dejar a un niño tirado en la calle, entre los desechos de la sociedad y esperar que regrese a los veinticinco años siendo ingeniero. Para que alguien aprenda a tocar el piano, primero tiene que tener piano. Kira sabía muy bien por experiencia, lo difícil que es aprender a tocar un instrumento cuando no se dispone de él. Tenía que abrirse camino ella sola. No sólo nadie la guió, muy al contrario, intentaban convencerla de que estaba equivocada. ¿Para qué tener ilusiones imposibles como ser doctora? Cuanto antes pusiese los pies en la tierra, tanto mejor pensaba su familia. Tuvo muchas confrontaciones con sus padres. En cuanto llegaba a casa, se notaba la tensión en el ambiente. En lugar de sentirse orgullosos, se sentían ofendidos, rencorosos, como si ella se hubiese cambiado de bando. Su padre despreciaba a cualquier hombre que no se ganase la vida a golpe de pico o azada. Para él, todas esas personas, eran seres despreciables, chupatintas como él los llamaba. Sentían una especie de odio hacia su hija, por haberles traicionado; no sólo eso, también les hacía sentir inferiores. No todos los padres quieren que sus hijos lleguen a ser rey, algunos no quieren ceder su trono. De todas formas, nunca creyeron que terminaría los estudios, tampoco pensaron que llegaría a ser cirujano. Desde luego si su padre no sabía hacer la “o” con un canuto, su hija no podía ser mucho más inteligente. Puede que engañase a los forasteros, pero a él no le engañaría.
Fuera como fuese, Kira era una excepción. Uno de esos milagros de la genética que sucede de vez en cuando.
Para ser médico realmente hay que tener vocación, ya que la carrera es complicada y hay que pasar varios años haciendo prácticas antes de poder ejercer. La mayoría de estudiantes abandonan en el primer año. Se hace muy duro tener que familiarizarse con las enfermedades y con la muerte. En el primer curso, se hacen continuamente prácticas con cadáveres. Pero esto nunca supuso un problema para ella.
La primavera estaba tocando su fin, los días eran más largos y el tiempo durante la última semana fue veraniego. La tormenta resultaba bastante chocante. Pensó que estos días suelen ser buenos para quedarse en casa. Abrió el armario y tiró unas cuantas prendas encima de la cama, acto seguido se vistió como si llegase tarde para formar. Cogió un paraguas negro de caballero, no tenía otro pues normalmente no usaba ninguno. Saliendo de casa, comenzó a caer granizo con fuerza. Unas bolas de hielo del tamaño de pelotas de golf. Los coches aparcados que eran alcanzados por las piedras de agua congelada, parecían quejarse encendiendo sus alarmas. Kira se refugió en el primer establecimiento que encontró. En su interior multitud de transeúntes hacían lo mismo. Todos hablaban sin parar, comentando el suceso. Es curioso como en estos momentos la gente se vuelve más cercana. En las grandes ciudades la mayoría de las personas ni se saluda, aun siendo vecinos; pero en un acontecimiento extraordinario todos comienzan a charlar como si fuesen viejos conocidos. Parece que a menudo son las dificultades las que dejan ver algo de humanidad de aquellos seres urbanitas que viven como hormigas. Tal vez, si todo lo pudiésemos resolver por nuestros propios medios y no necesitásemos nunca la ayuda de otras personas, dejaríamos de ser humanos, convirtiéndonos en una especie de seres autómatas sin sentimientos.
Los desperfectos en el mobiliario urbano y en los automóviles no paraban de aumentar, cosa que a algunos parecía hacerles felices. No sé muy bien si se reían del mal ajeno o disfrutaban viendo cómo su coche estaba siendo machacado por el granizo. En algunos casos, uno puede sentir liberación observando cómo se destruye el vehículo por el que cada mes ha de pagar una amarga letra.
Del mismo modo que comenzó, terminó en un parpadeo. Ahora el sonido de las pedradas dejó solo a los claxon de las alarmas; en unos segundos estas cesaron y solo se pudo oír el murmullo del gentío que se arremolinaba en el interior de la tienda. Todos disertaban sobre el evento. Después se fueron callando como al muñeco que se le agotan las pilas. Unos minutos más tarde se hizo el silencio absoluto; todos cambiaron sus caras, como si se hubiesen puesto máscaras, y salieron del establecimiento. De nuevo volvían a su estado normal, como las abejas después de la lluvia.
El granizo acumulado en el suelo formaba una capa sólida de varios centímetros que convertía las calles en pistas de patinaje. Un coche dobló la esquina, circulando demasiado rápido para el estado en el que se encontraba. Tenía las lunas agrietadas a causa de la tormenta y no podía verse bien quién lo conducía. Se acercaba a gran velocidad a la puerta de la tienda donde aún se encontraban muchas personas. Intentó torcer a la derecha, pero las ruedas perdieron tracción y continuó avanzando a la vez que giraba sobre sí mismo. En el momento que Kira pronunció las palabras cuidado, el todoterreno se echó encima de los transeúntes. Se escucharon gritos y se acercó corriendo para ver lo sucedido. Entre varios recogieron a una persona que se encontraba bajo el vehículo. Otras vilipendiaban al chofer, daban golpes en la carrocería. El piloto temiendo que le linchasen puso el seguro a las puestas. Era un hombre de mediana edad, obeso, de piel muy blanca salpicada de pecas.
En el suelo se encontraba un joven inconsciente por los traumatismos causados en el atropello.
—¡Lo ha matado! —gritó una de las mujeres de mayor edad que se encontraba entre el tumulto. Sin perder un instante la doctora se acercó y comprobó el pulso del joven, poniendo sus dedos índice y corazón en el cuello. Al presionar sobre la carótida sintió su débil pulso. Respiraba con dificultad. Le examinó rápidamente y pudo confirmar sus peores temores. El herido había sufrido una conmoción cerebral a causa del impacto; pero lo peor de todo, eran sus costillas rotas, ya que un fragmento de hueso estaba clavado en el pulmón. Era una situación muy delicada y de máxima urgencia, pues si no lo estabilizaban de inmediato, los pulmones se encharcarían de sangre y líquido ahogándolo. Cogió su móvil para llamar a una ambulancia, pero solo escuchó una locución avisando de la falta de cobertura. Varias personas que formaban un círculo alrededor de ella le ofrecieron sus teléfonos.
—Pruebe con éste, esta compañía siempre tiene cobertura —comentó un hombre al tiempo que le extendía la mano ofreciéndole el suyo. Marcó nuevamente al servicio de ambulancias, pero otra vez se escucho la misma grabación.
—Llamen a urgencias, necesitamos trasladarle en seguida a un hospital.
Todas las personas sacaron sus terminales y marcaron a los diferentes servicios de emergencia. El resultado fue el mismo.
Parecía increíble que todos se encontrasen fuera de servicio. Quizás la tormenta había cubierto una gran extensión y las duras piedras de granizo podían haber destrozado las antenas repetidoras de telefonía.
—Yo, yo, yo aquí, yo aquí —espetó el propietario de la tienda, de rasgos asiáticos, hablando a duras penas. Se refería a que él disponía de un teléfono fijo en la tienda. Un hombre corrió al interior del comercio y cogió el auricular del aparato en una mano, disponiéndose a pulsar la botonera con la otra. Antes de presionar ninguna tecla, escuchó una voz. Por lo visto el tendero ya había llamado al hospital, pero no conseguían entenderle. El problema ahora era que los servicios de emergencias se encontraban saturados; a la sala de urgencias no paraban de llegar personas heridas y las pocas ambulancias que aún quedaban en servicio, se encontraban atrapadas en las calles y carreteras, debido al gran número de accidentes. Toda la infraestructura de la ciudad parecía haberse venido abajo por la tormenta.
—No hay tiempo que perder; si no le estabilizamos en los próximos minutos le perderemos. ¡Usted!, ¡deje de mirar y haga algo útil!. Presione con sus dedos índice y corazón sobre las venas de la muñeca y vaya cantándome el pulso del paciente.
—Uno, dos, tres… —comenzó a decir la mujer, que había salido de la peluquería cercana, para cotillear, con los rulos puestos.
—No, no, no, así no, mire su reloj de muñeca, céntrese en el segundero; si el pulso es más rápido que la aguja, vocalice cada latido pronunciando la letra I, y si el pulso es más lento que la manecilla retransmítalo con una A. Señor cójale por este brazo. Usted y usted por las piernas. Yo me encargaré de sujetarle la cabeza. A la de tres le levantamos, intentando llevarle lo más recto posible y le metemos en el establecimiento.
—¡Ehhh!, el del coche, ¡salga de ahí ahora mismo!, vamos a necesitar su ayuda.
—Uno, dos, tres, arriba. Despacio, despacio, eso es, con cuidado. Despeje el mostrador.
De inmediato, una persona arrastró con su brazo todo lo que se encontraba sobre la repisa de cristal, todo tipo de contenidos rodaron por el suelo: Rosquillas de azúcar y bolitas de anís de colores rodaron sobre las baldosas. Después, se quedó mirando con cara de culpabilidad al dueño de la tienda; a lo que éste respondió:
—¡Taaa, ta, ta, ta!, en señal de que eso ahora no tenía importancia.
—Dejémosle con cuidado, suave, despacio, ya está. Bien, tú —dijo, dirigiéndose al conductor, que aún estaba pálido por el susto y tenía el rostro marcado por la culpabilidad.
—Yo intentaba dar alcance a un interno que se escapaba, intenté torcer pero perdí el control y…
—Bueno, ¿cómo se llama?
—Tim
—De acuerdo, Tim, guárdese eso para cuando le tomen declaración; yo soy cirujano no juez. En este instante necesito que ponga sus manos presionando con cuidado sobre la herida. Debe intentar detener la hemorragia en lo mejor posible, pero sin hacer demasiada presión, ya que el herido tiene una astilla de sus propias costillas clavada en el pulmón. Intentaremos improvisar un quirófano en este lugar. Necesito a todos bien despiertos.
—A, a, a… —comenzó a emitir la mujer de la peluquería, que controlaba el pulso fijándose en su reloj de pulsera con atención.
—El pulso se debilita, tenemos que actuar de inmediato o le perderemos. Lo normal sería ponerle una botella de suero y una bolsa de plasma sanguíneo para intentar que el pulso suba al reponer la sangre perdida. Pero en este lugar no tenemos ninguna de esas cosas. Tendré que jugármela utilizando técnicas experimentales. En lugar de conseguir que recupere el ritmo normal, intentaré que su corazón continúe latiendo por debajo de lo habitual.
No era momento para las dudas, y aunque lo que estaba a punto de hacer sería desaprobado por la mayoría de sus colegas, en esta situación no se podía hacer otra cosa; desde luego, lo mejor es intentar poner en práctica una técnica que solo se ha probado en ratones que quedarse de brazos cruzados.
—Traiga un par de bolsas de hielo y una botella de agua mineral —le pidió al dueño de la tienda, que sin dudar corrió a por ello. Aunque apenas entendía nuestro idioma, estaba totalmente familiarizado con todos los nombres de los productos que poseía en su establecimiento.
—¿Tiene alguien neuralgia?
Todos se miraron sorprendidos: ¿Qué importaba ahora si a alguien le dolía la cabeza?
—Yo A padezco A de A migrañas A, a, a… —dijo la señora que controlaba el pulso.
—¿De qué más padece usted?
Comenzó a relatar, sin parar de marcar el pulso, una serie de dolencias interminable. Kira sabía que las mujeres de mediana edad en adelante parecían coleccionar enfermedades; intentando impresionar a las vecinas, como si se tratase de un juego de póquer, en el que cada uno va subiendo la apuesta con una dolencia más grave. La mayoría de las enfermedades tenían su causa en la edad y en el aburrimiento. Recordaba muy bien sus años de prácticas, teniendo que pasar consulta a pacientes que sólo buscan conversación, y que no se dan por satisfechos hasta que no les diagnostican una nueva dolencia. Por suerte, la intuición no le falló y aquella mujer era una farmacia en potencia; llevaba el bolso a rebosar de medicamentos. Tiró el contenido sobre el mostrador, justo al lado de la cabeza del lesionado.
—Veamos: Analgésicos, anti-inflamatorios… “Lidocaina, Paracetamol, Acidoacetilsalicílico, Adrenalina líquida…”.
Con algunos de los productos preparó una mezcla dentro de la botella de agua mineral; después roscó el tapón de nuevo y lo perforó con una llave. Le cubrió el pecho con el hielo para conseguir que descendiese la temperatura corporal; con ello el paciente entraría en estado de shock, el corazón le latería más despacio y podría evitar que se desangrase. Al mismo tiempo permanecería inconsciente, cosa fundamental para realizar la operación.
—Necesito: tijeras, pinzas, un cuchillo afilado. También preciso que alguien corte el enchufe del ventilador y extraiga el alambre sin romper la camisa.
Utilizó como sonda el tubo hueco de plástico que revestía el metal del cable. Una punta la introdujo a presión por el agujero del recipiente que contenía la mezcla de medicamentos. El otro lado lo embadurnó en mantequilla y se lo introdujo por la nariz hasta llegarle al estómago. Ordenó a uno de los asistentes que lo sostuviese bocabajo. El líquido fluía gota a gota por el conducto, suministrándole una dosis continua. Hubiese sido mucho más efectivo, administrárselo por vía intravenosa, pero no disponía de catéter. Vació el otro frasco, dobló la varilla metálica dándole forma ovalada a la cabeza; después utilizó un trozo de tubo de goma como aspilla. Palpó examinando el costado del joven y marcó varias cruces con un rotulador. Cogió el improvisado bisturí, y en ese momento Tim, con menos color que un copo de nieve, tragó saliva intentando mantener la compostura. La doctora hundió la hoja del cuchillo en el costado por uno de los puntos señalados. Tim se tambaleó poniendo los ojos en sintonía con su rostro. Pero antes de desplomarse, Kira le asestó sendas bofetadas en ambas mejillas, haciéndole recobrar el color y el conocimiento de golpe. Aun así continuó temblando y balanceándose, con la flojera propia de las extremidades de una marioneta.
Día 471
Hoy me levanté con dificultad de la cama, la cabeza me daba vueltas y me tomé una Aspirina. Después, en el baño, me lavé la cara con agua fría en abundancia. Al mirarme al espejo comprobé con asombro mi imagen. Tenía buen aspecto, parecía bastante más joven.
Podía recordar el sueño de anoche con todo lujo de detalles. Estaba claro que no había sido un sueño normal.
Después de despejarme un poco volví a la habitación. En la cama descansaba plácidamente ella. Tenía una carita preciosa. ¡Cuánto la había echado de menos! Contemplé cómo dormía durante un tiempo, después me tumbé de nuevo en la cama abrazándola. Me encantaba tenerla entre mis brazos. Mi pecho contra su espalda y la cabeza cerca de la suya, pudiendo oler el dulce aroma de su cabello. Pasé así el resto de la mañana hasta que ella se despertó.
Durante el desayuno ojeé como de costumbre el periódico de los domingos. La fecha: el 4 de mayo. Eso suponía que faltaban 471 días. Recordé aquel número y sonreí. Desde luego, la vida es mucho más complicada de lo que podemos imaginar. Pero como me dijo un buen amigo una vez: Nada es dejado al azar, Dios no juega a los dados.
Demolición
La máquina avanzaba sobre el asfalto de la calle, dejando impresa la forma de los eslabones de oruga. Su motor rugía y su aliento negro dejaba una oscura nube tras de sí. Su brazo articulado con forma de garra al final, le daba un aire infernal, un gigantesco monstruo de acero que se movía lentamente hacia el viejo edificio.
Su conductor, un hombre de unos cincuenta años, de aspecto embrutecido, con el pelo canoso solo por algunas partes y con un color de piel rojizo, mantenía entre los dientes una pipa de plástico que no paraba de mover de un lado al otro de la boca.
—¡Dios!, ¡qué día!, ¡qué día he elegido para dejar de fumar! —murmuraba, intentando succionar el contenido de aquel ridículo cigarrillo falso.
Demoledora se acercaba cada vez más a aquellas personas que sostenían carteles de protesta contra el derribo. Lo cierto que este tipo de incidentes no se solían ver todos los días, pero hoy parecía imposible que la demolición pudiese llevarse acabo, crispando aún más los nervios del Oso. Normalmente, fumaba entre dos y tres cajetillas de tabaco al día, y justo esa misma mañana había comprado unos cuantos de esos ridículos pitillos de juguete para dejar de fumar. Su cuerpo no parecía estar respondiendo bien a la falta de nicotina, y en algunos momentos no era capaz de reaccionar correctamente. La máquina seguía su avance hacia la multitud y, cuando apenas les distanciaban unos metros, el conductor aceleró bruscamente. Los ojos del Oso se clavaron en la multitud y masticando aquel falso cigarrillo perdió el control de la mastodóntica demoledora. El grupo de manifestantes palideció al verse ya debajo de las enormes orugas sobre las que se desplazaba aquel monstruo. El hombre reaccionó con el tiempo justo para detener el armatoste a unos escasos centímetros de la aglomeración. Inmediatamente, las personas que allí se congregaban comenzaron a lanzar todo tipo de agresiones verbales seguidas de objetos que impactaban contra los cristales de la cabina tras los que se guarecía. Gracias a la rápida intervención de la policía consiguió salir de aquel tumulto, aunque no sin llevarse algunos golpes e incluso varios tirones de pelo propinados por las enfurecidas mujeres que formaban parte de los manifestantes. Aunque le llamaban el Oso, no era ningún hombretón, más bien era pequeño y rechoncho. Como carecía de cintura debido a su inflado abdomen, tenía que usar siempre una correa para evitar perder los pantalones. El cinturón iba siempre abrochado hasta el ultimo agujero, ya que se lo ponía debajo del vientre, pues sobre la redonda barriga era totalmente imposible mantenerlo sujeto; claro que al llevar los pantalones tan bajos, en cuanto se inclinaba, se le quedaba el culo al aire. Así que podéis imaginaros el espectáculo: los manifestantes, tirando de él para un lado y los agentes de la ley tirando para el otro, el Oso con sus intimidades al aire, aquel trasero tan blanco brillaba al sol como un chaleco reflectante.
—Yo me voy a mi casa; si los señores agentes no dispersan a este grupo de retrasados, dejo la Manuela en el sitio que está y ¡a ver quién es el guapo que le pone un dedo encima! —dijo el hombre muy contrariado mirando al grupo de guardias.
Discutieron acaloradamente durante mucho tiempo; los vecinos no estaban dispuestos a que se derribara el edificio, que para ellos era histórico y casi patrimonio de la Humanidad. ¡Qué estupidez! Pensó, pues había demolido edificios mucho más antiguos. Finalmente, los jefazos, los directivos de la empresa, accedieron a valorar el estado del inmueble. Le llamaron al teléfono y, acompañado de dos policías, entraron en el portal. La edificación se encontraba cerca de la plaza de la independencia y parecía datar de la misma fecha. Todo era una mera estratagema por parte de la multinacional, pues el obrero no era ningún experto y su opinión no tenía ningún valor; de hecho, la decisión ya estaba tomada: la demolición continuaría su curso. Al fondo del portal, justo a la derecha de la puerta del cuarto de contadores, se encontraba otra, metálica, con un grueso candado guardándola. Preguntaron a los vecinos, pero ninguno sabía adonde llevaba. Esto hizo dudar al hombre: si debía derribar el edificio tenía que saber con certeza qué había tras esa portezuela. Si ocurría alguna catástrofe sería a él a quien harían responsable. Lo mismo era un taller clandestino donde trabajaban inmigrantes. Aunque la puerta parecía llevar mucho tiempo sin abrirse. Pero también podía ser que comunicase con los túneles subterráneos del metro, y si no tenían esto en cuenta al derrumbar las viviendas, podrían ocasionar daños materiales de incalculable valor, y el Oso no poseía ningún seguro que se hiciese cargo de estos temas.
—Lo mejor será abrir la puerta; si nadie tiene la llave la abriré con mi cizalla.
Dicho y hecho; abrieron la entrada con dificultad y vieron el largo corredor descendente. Esto es más grave de lo que parecía, pensó, y aunque no sin reticencias, tuvieron que bajar a echar un vistazo. Sólo uno de los agentes llevaba linterna. Caminaron un buen trecho hasta un lugar donde el subterráneo se ramificaba. Dada la complejidad de aquel lugar lo mejor era salir y poner el caso en manos expertas. Cuál fue su sorpresa cuando, de regreso, se dieron cuenta de que el túnel mostraba multitud de ramales que, al caminar, habían dejado a la espalda sin darse cuenta.
—Estoy seguro que es la entrada de la derecha y mi sentido de la orientación nunca falla.
—Yo creo que es el del centro —discrepó uno de los policías.
Nada, que no se ponían de acuerdo y a cabezón no había nadie que ganase al Oso. Él se fue por el camino de la derecha y los policías por el centro. Pero ninguno acertó y los tres se internaron en aquel laberinto subterráneo.
—Maldita sea mi suerte, no veo ni tres en un burro —maldecía mientras caminaba torpemente guiándose palpando con la mano las paredes húmedas. A lo lejos vio una tenue luz.
—Ya lo sabía; si es que mi instinto nunca falla; no me voy a reír poco cuando tengan que enviar a un equipo de rescate a sacar a esos dos idiotas.
Aligeró el paso, pensando que la luz que observaba era la que provenía del exterior; pero cuando se dio cuenta, se encontraba en una enorme sala, donde una extraña máquina conectada a multitud de cables producía en su interior el luminoso efecto.
—¿Hay alguien ahí? Salir de ahí muchachos os he oído. No es momento para jueguecitos…
Agnux
Normalmente, no me cuesta mucho crear una historia, y en unas pocas horas, puedo imaginar cuál será la línea argumental de la novela; después de esto, comienza el trabajo duro, documentarme y poco a poco ir metiéndome en la trama. La creación es compleja, ya que durante días, semanas, meses e incluso años, en todo momento pienso en la obra, no como una fábula de ficción; pienso en ella tal si de una historia real se tratase, como si formase parte de mis recuerdos. Camino por la calle perdido, desorientado, metido en la mente de cada uno de los personajes, pensando de qué forma actuarían cada uno de ellos.
El otro día andaba bastante rápido con las manos en los bolsillos, ya que hacía mucho frío, el aire soplaba con fuerza y tenía que lidiar continuamente con él, pues me desplazaba de un lado al otro de la acera. Andaba con la cabeza agachada, pensando en cómo el tiempo avanzaría de forma distinta en sistemas diferentes; me imaginaba en la superficie de un gran planeta, donde la gravedad fuese varias veces superior a la nuestra, un mundo de una galaxia lejana. El sonido de un claxon desvió levemente mi atención, haciéndome girar la cabeza para observar al vehículo que se encontraba en la calzada, pero rápidamente continué sumergido en mis pensamiento; volví inmediatamente la cara hacia adelante y noté un golpe seco, frío y un sonido metálico que dejó su eco en el aire mientras separé mi cara del armazón férreo de aquella farola. Un instante después, miré de arriba abajo toda la calle y puede certificar que más de una persona me había visto estamparme. Pensé que solo mi orgullo estaba herido; pero unos segundos más tarde un fuerte dolor de cabeza, casi consiguió que perdiese el equilibrio y con dificultad continué caminando de forma disimulada para no llamar la atención de los transeúntes. Pasos más adelante comencé a sospechar que algo no marchaba bien; las personas me miraban fijamente a la cara, como si llevase escrito algún insulto en la frente. Instintivamente presté mayor atención al lugar donde miraban y noté algo húmedo deslizándose por mi rostro. Me toqué la mejilla con los dedos y después de notarlos mojados los observé con detalle y pude ver cómo las yemas estaban tintadas de rojo. La sangre me brotaba desde la ceja y caía de la barbilla a borbotones, dejando un reguero de gotas por toda la acera. Tenía que conseguir algo con lo que cortar la hemorragia y poder limpiarme la herida, pero solo llevaba encima mi mochila con los libros de la biblioteca que me disponía a devolver. Saqué uno de los textos y aun pensando qué explicaciones le podía dar a la bibliotecaria, comencé por arrancar una página y me limpie la cara con ella; después continué poniéndome varias de ellas contra la ceja y presionando con las manos. Ahora que las condiciones parecían estar controladas, analicé la situación y me sentí bastante ridículo con la cara empapelada de teorías relativistas. Lo primero era volver a casa, curarme bien el corte de la frente y luego ya pensaría en cómo solucionar el tema de los libros.
Caminaba de vuelta a casa intentado no llamar la atención y mirando a lo lejos, con el ojo que no llevaba tapado por las hojas, discerní una silueta familiar.
—¿Pero qué te ha pasado? ¿Por qué llevas media cara envuelta con papeles?
No me lo podía creer; justamente, me encuentro con una de las chicas que trabajaban en la biblioteca. Comencé balbuciendo antes de conseguir articular palabra; pensaba en cómo dar una rápida explicación verosímil y, a ser posible, lo menos humillante posible. Como suelo pensar muy despacio, no pude más que decir la verdad, que andaba despistado pensando en mis cosas, y cuando me quise dar cuenta me encontré de bruces contra el poste.
—Deja que te mire la herida.
—No, no te preocupes, no es nada.
Insistió destapándome la brecha. Me comentó que lo mejor sería que fuese al médico para que me diesen unos puntos, pues el corte parecía bastante profundo.
¡Qué situación más incomoda. Ahora, más que el golpe me fastidiaba tener que perder el día en el ambulatorio. Desde siempre he tenido verdadera aversión a los centros de salud.
—Venga, no lo pienses más, no tengo nada que hacer ahora mismo y puedo acompañarte.
Ahora las cosas comenzaban a tomar un color diferente. Gracias al trastazo, conseguí llamar su atención, y aunque solo se trataba de acompañarme a urgencias, para mí era casi una cita.
El trabajo era el centro de mi vida y nunca presté atención a otras cosas. Hasta el momento nunca me fijé en ninguna chica.
Cogimos un autobús que paraba en la puerta del médico y entramos en la sala de espera de urgencias. Como era de costumbre, estaba abarrotada. Las personas aquejadas de diferentes dolencias esperaban su turno sentados en largas filas de asientos; dispuestas como si de la sala de un cine se tratase. Mirando sus caras podías adivinar sus dolencias, cosa que me provocaba una enorme angustia. Caras febriles, hepatíticas, caras de gastroenteritis, caras azules, amarillas, moradas, caras pálidas… Desde luego, no era el mejor lugar para estar. Pero por primera vez en mi vida no le di importancia a aquel escenario. Estaba totalmente absorto en la conversación de mi preciosa acompañante.
Llegó nuestro turno y entramos los dos en la consulta. Ella y el practicante se conocían y comenzaron a charlar, así que yo me quedé con cara de tonto, mirando a uno y a otro, esperando que dejasen de ignorarme. Por lo visto, el médico daba conferencias en la universidad y allí se conocieron. Es curioso cómo en un abrir y cerrar de ojos, uno pasa de sentirse el centro del universo y la persona más afortunad del mundo a sentirse completamente marginado. Claro, como no conoces bien a las personas, intentas atender a la conversación a ver si deja algún hueco por el que poder meter baza; pero como tampoco quieres parecer impertinente, la situación se complica. Si no hablas, mal asunto, porque dirán que este chico es muy callado. Yo creo que es un poco raro; y si interrumpes te conviertes en un listillo antipático. Yo la miraba atentamente y parecía alejarse en la distancia.
—Y a usted, ¿qué le pasa? ¿No le entraban bien las matemáticas? ¿Era un libro peleón?...
Tuve que aguantar sus estúpidas gracias durante todo el examen. Finalmente, no me dieron puntos; me puso una especie de pegatina. Menos mal, pues seguro que si me pincha con una aguja me desmayo y aun le doy más carnaza para sus ridículos chistes. A la salida, cuando ya contaba con que todo estaba perdido, me despedí y pensé en volver al trabajo cuanto antes. Pero ella me invitó a un café.
—Disculpa por el mal rato. El doctor es profesor mío y aunque es un estúpido me toca aguantarle.
Hablamos y hablamos todo el rato, de cualquier tipo de cosas; comentamos nuestras propuestas para mejorar el mundo, las inquietudes, los proyectos, etc…
No recuerdo ni la mitad de lo que dije y eso que no bebo alcohol; me sorprendía a mí mismo diciendo algunas tonterías, de las que más tarde, examinando la conversación mentalmente, me sentía avergonzado. Finalmente, cuando llegó el momento de la despedida, no supe cómo despedirme, pensé que si le daba un abrazo, quizás parecía demasiado sobón, así que le di un apretón de manos, como si fuese uno de mis colegas. Ella me miró un poco sorprendida; quizás pensó que yo no quería nada con ella, o, lo que es peor, que me tomase por homosexual. Entonces me convertiría en el amigo confesor y tendría que estar aguantado toda la vida sus relatos sobre ex novios. Como yo no decía nada ella dijo:
—Nos vemos mañana a las siete en la puerta de la biblioteca. ¡Muack!
Me dio un beso en la boca y se marchó. Me emocioné tanto que casi me pongo a bailar; de hecho, volví cantando a casa en voz baja sin darme cuenta, hasta que me fijé que algunas personas se me quedaban mirando.
¡Qué nervios, qué estrés! No sabía qué hacer para que pasasen las horas. Intentaba leer, pero no era capaz de concentrarme; pretendía dormir pero nada, los ojos no se me cerraban, me pasaba todo el tiempo recordando una y otra vez aquel beso. Ya de madrugada, y sin conseguir pegar ojo, con la almohada deformada de tanto abrazarla, me tuve que levantar a prepararme una infusión de tila para tranquilizarme.
Al día siguiente, dos horas antes del encuentro, me encontraba ya preparado, recién duchado y arreglado; no sabía qué hacer; así que me senté mirando cómo la manilla del segundero avanzaba lentamente. Tras una hora que me pareció un año, pensé que mejor era salir de casa e ir andando despacio hacia la biblioteca, pero por muy despacio que intentaba andar, el tiempo no pasaba; así que cuarenta minutos antes de la cita, allí estaba yo, en la puerta, como un pasmarote viendo pasar a todo el mundo. Quizás le debiera haber comprado unas flores, o algún pequeño detalle; esas cosas les suelen gustar a las mujeres. Pero aunque les gustan los hombres detallistas, a menudo se contradicen llamándolos pesados. ¿Puede que por hoy no sea necesario, quizás mañana le podía regalar una rosa? No, no, una rosa parecería demasiado comprometedor: las chicas de hoy en día no quieren meterse en ese tipo de líos; mejor algo menos serio, un CD de su grupo favorito. Me encontraba así en la puerta divagando continuamente y discutiendo conmigo mismo, por un momento pensé que me habían tomado por un loco y llamarían a la policía, pero el vigilante de seguridad, una mujer mayor con aspecto de carnicero, volvió la cabeza a uno y otro lado realizando una negación al tiempo que me miraba despectivamente. Pensaría: vaya un tonto…
Por fin, el reloj marcó las siete; ya no quedaba mucho tiempo; miré a uno y otro lado, cerciorándome de que nadie me veía y me coloqué bien la camisa y los pantalones alisándolos con la palma de la mano. Los minutos pasaban y nada, nadie aparecía; finalmente, la vi bajar los escalones que daban acceso al recibidor del edificio. Intenté mantener la compostura, pero me entraron ganas de saltar.
—Tranquilo, tranquilo, no sonrías, no levantes las cejas, relaja los músculos de la cara, me dije en voz baja intentando no parecer idiota. Pero nada más cruzó la puerta, perdí el control y puse la típica cara de tonto enamorado.
Kira y la tormenta de hielo
El paciente había perdido mucha sangre. La operación parecía ir bien, todos los asistentes tuvieron que ayudar de una forma u otra. El pulso comenzó a bajar y el corazón dejo de latir.
—No te mueras… vamos, lucha un poco, venga, 1001, 1002, 1003, insufla —gritaba Kira mientras le realizaba las maniobras de reanimación. Le apretaba fuertemente sobre el pecho con las manos y le hacía el boca a boca.
El chico abrió los ojos de repente y tomó aire súbitamente, como quien lleva minutos aguantando la respiración. Después continuó respirando despacio y los párpados volvían a cerrarse. Entonces la doctora le sujetó la cara con las manos, para incorporarlo.
—Mírame, no cierres lo ojos, haz un esfuerzo. Venga!, venga!, vamos! Tienes que mantenerte consciente. ¿Cómo te llamas?
El joven intentó articular palabra, pero no se pudo escuchar nada. Ella se acercó para que le pudiese hablar al oído. Susurró algo, que los demás no alcanzaron a oír.
El enfermo parecía estabilizado, pero necesitaba ser trasladado a un hospital lo antes posible. Los allí reunidos no se atrevían a abrir las puertas de la tienda. Fuera, parecía ser de noche, el viento soplaba con tanta fuerza que arrastraba todo tipo de objetos. Caían diversos cascotes desde las fachadas de los edificios. Un golpe enorme hizo explotar el depósito de uno de los coches que se encontraban aparcados al borde de la acera. Un enorme aparato de aire acondicionado había caído desde las alturas, impactando contra el vehículo. Las llamas brotaron como andanadas de fuego durante unos instantes, pero el viento helado fue capaz de apagar el fuego. Literalmente, el combustible, la gasolina y el aire que alimentaban aquel incendio quedaron congelados. Dentro de una furgoneta parada al otro lado de la calle, podía verse cómo se refugiaban en su interior una mujer y su hija de unos ocho años. Los objetos arrastrados por el fuerte viento, golpeaban contra las lunas y ventanas. El lugar no era seguro; si querían sobrevivir, deberían salir del vehículo y buscar un refugio más seguro. Un macetero entró de golpe por el cristal trasero. La mujer quiso salir agarrando a su hija por el brazo. Pero desde la tienda le gritaron que se quedase. Era imposible, nadie podía caminar bajo aquella tormenta; tampoco era posible avanzar demasiado antes de ser alcanzado por algún objeto convertido en proyectil. La situación no podía ser peor: si se quedaban en el coche morirían congeladas en poco tiempo, eso si no les caía algo encima y las aplastaba.
—Tenemos que ir, sácalas, hay que traer aquí —dijo el tendero. Y se dispuso a salir. Entonces le sujetaron impidiendo que abriese las puertas del comercio. Unos temían que el hombre no regresase, otros tenían miedo de que algo les pasase al dejar la puerta abierta.
—Dejarme, yo saldré, —dijo una voz desde el fondo de la tienda. Todos se volvieron para ver quién era. Se trataba de un joven, fuerte, ataviado con un cubo de chapa en la cabeza, con refuerzos por todo el cuerpo a modo de armadura. Llevaba pegados al cuerpo utensilios de cocina, sartenes y demás cachivaches, adheridos con cinta de embalar. Se ató el extremo de una cuerda a la cintura y el otro cabo se lo dio a las personas de la puerta.
—Voy a salir; sujetar la cuerda con fuerza para que no me lleve el viento.
Casi antes de terminar de decir estas palabras, se encontraba en la calle al otro lado de la entrada. Las personas desde el interior sujetaban la puerta dejándola entreabierta, con el suficiente espacio para poder pasar la cuerda. El hombre en el exterior se inclinaba luchando contra el aire, intentando mantenerse en pie. Aun con todo el peso que llevaba encima, las fuertes ráfagas se lo llevaban de un lado a otro, zarandeándolo como a una hojita. El esfuerzo era tremendo; cargado con el pesado traje y con aquel cubo de hierro en la cabeza, parecía un caballero medieval con su armadura. Le hizo unos agujeros en el cubo, a través de los que podía ver. En el interior sólo pudo escuchar el sonido de su respiración.
—¡Cuidado! —gritó la gente desde la tienda, pero con el ruido del viento y el casco metálico, no pudo escuchar nada. Una teja le llegaba directamente a la cabeza desde la cornisa. Todos cerraron por unos segundos los ojos para no ver el enorme golpe. Pero al abrirlos el hombre continuaba en pie, con la armadura algo abollada, pero como si nada. Continuó a duras penas, hasta alcanzar el otro lado de la calle. Abrió con esfuerzo la puerta de la furgoneta; entró en su interior y salió nuevamente agarrando a las dos mujeres. Él intentaba avanzar contra el vendaval para regresar lo antes posible al establecimiento, caminando de espaldas, para cubrir con su cuerpo a madre e hija. Pero por más que lo intentaba, no eran capaces de progresar. Desde la tienda intentaban recoger el cabo, pero el peso era demasiado, la cuerda se les resbalaba quemándoles las manos. El joven de la armadura se dio cuenta y volvieron de nuevo al vehículo. Las ató fuertemente y las armó con algunas de sus protecciones. Salieron de nuevo al exterior y esta vez el plan sí parecía tener éxito. Tiraron de la soga con fuerza y consiguieron traer a las mujeres al cobijo del local. El salvador se había quedado ahora en una situación comprometida. Sin cuerda era probable que fuese arrastrado por aquel tornado; pero si continuaba en el coche, pronto moriría de frío, si no lo hacía antes debido a algún obús. Salió del coche y dio un paso hacia la tienda.
—Vamos, venga, un paso más… —le animaban desde el comercio; pero al dar el tercer paso perdió el equilibrio y rodó por el suelo hasta desaparecer calle abajo.
Se hizo el silencio entre los supervivientes. Súbitamente fue quebrado por la voz serena y firme de Kira.
—A prisa, el cristal está agrietándose, no aguantará mucho tiempo, hay que reforzar la entrada.
Cogieron sacos de comida para perros, bolsas de sal, arroz y legumbres y atrincheraron la entrada, reforzándola con un muro de productos en oferta.
En el exterior, la tormenta oscureció el cielo de tal modo que no podía verse más que las luces encendidas por las ventanas de algunas casas. Las bombillas comenzaron a chisporrotear y después se apagaron. Alguien usó un encendedor a modo de linterna y buscó en las estanterías.
—¡Bingo! Cogió unas velas y las encendió.
Un hombre mayor, alto y delgado, rebuscaba nervioso entre los anaqueles. Por fin, encontró algo y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Después se acercó a la doctora y le habló de forma inteligible, estaba muy nervioso.
—Señorita, necesito tomar mis medicinas si no las tomo moriré, mi úlcera, comenzará a sangrar y sé que moriré; sí finalmente moriré, como no tome mis medicinas. ¡Todos vamos a morir!, esto es un castigo de Dios. Solo los puros de corazón se salvarán, como en el diluvio de la Biblia. Es, es una pena que sea ateo, pues seguro que los ateos no se salvan. ¿Qué dios me va a salvar? Si por lo menos fuese budista…
—Tome una bolsa, póngasela en la cara y respire. ¿Cómo se llama?
—¡Saaamuuuel! —articuló el hombre sentado en el suelo sin quitarse la bolsa de la cara.
Encima del mostrador se encontraba el herido, tumbado con la cabeza ligeramente incorporada, gracias a un paquete de bolsas que usaba como almohada. La luz tenue de las velas iluminaba la sala donde se refugiaban unas veinte personas; la mayoría se encontraba agrupada en pequeños corros, sentados por el suelo, apoyándose en las paredes perimetrales, mientras cuchicheaban, hablando en voz baja entre ellos. Otro grupo, el más activo, se encontraba en la puerta, cerca del mostrador, hacían cualquier cosa que Kira les ordenase: Repartir mantas y ropa de abrigo, buscar en los estantes los objetos que fuesen más útiles, linternas, impermeables y toda aquella otra cosa que les hiciese mantener el ánimo, como algunos dulces y chocolatinas.
—¡Eh!, Mirar lo que he encontrado! —dijo David, mientras se dirigía con algo en las manos hacia el grupo a paso acelerado—. Se trataba de una radio de las antiguas, de las de toda la vida. Puede parecer un objeto bastante común, pero la verdad es que cada vez se ven menos, ya que las personas escuchan la transistor en sus coches o en los ordenadores. Las trasmisiones digitales están desbancando a las antiguas emisoras analógicas. La puso sobre el tablero, a un par de metros del enfermo, y le dio a todos los interruptores intentando encontrar el botón de encendido. Se formó un círculo de personas alrededor de él y uno metió la mano, cogió nerviosamente el aparato y le desmontó la parte trasera. Puso unas pilas en el compartimento y comenzó a sonar. Sin sintonizar ni siquiera tocar el dial, automáticamente se escuchó una voz que decía:
—Las autoridades han decretado el estado de emergencia, que nadie salga de sus casas. Intenten refugiarse con víveres en lugar seguro. Repito, que nadie salga de sus casas. Permanezcan en sus hogares.
Por lo visto, la situación era más complicada de lo que parecía. Lejos de toda previsión, las autoridades y fuerzas de seguridad del Estado, estaban siendo sobrepasadas por los acontecimientos. Simplemente, no estaban preparadas para hacer frente a una situación como la que se les presentaba. El viento helado congelaba absolutamente todo, convirtiendo árboles, torretas, postes telefónicos, antenas, etc., en esculturas fantasmagóricas de hielo, frágiles como el cristal. Las enormes torretas de la luz cedían ante el peso de los témpanos que colgaban como estalactitas. Como el gigante Goliat, eran derribados, rompiéndose en mil pedazos al tocar el suelo.
El pequeño termómetro de mercurio, colgado en la pared debajo del reloj, no conseguía llegar ni a la primera línea de marcación. La respiración de la gente expulsaba una nube de vaho, que quedaba congelada casi instantáneamente, posándose sobre cualquier superficie. Todo brillaba, como por una capa de fino cristal. Parecían estar en una de esas enormes cámaras frigoríficas de las que disponen los grandes mercados. Los grupos de personas se fueron aproximando a causa del frío. Finalmente un único conjunto, tapados con mantas, toallas, trapos de cocina y cualquier otra cosa que se pudiese utilizar como abrigo, intentaban aguantar unidos. Viendo que la situación empeoraba por momentos, Kira decidió que lo mejor era salir y conseguir llegar a un sitio mejor acondicionado. Tenía que intentar por todos los medios, llevar al herido a un hospital, pero también pensando en los demás
—Tenemos que salir de la tienda y caminar calle a bajo; allí se encuentra el colegio Santa María, donde se acogieron a las personas en las inundaciones del 31. Allí estaremos a salvo; podremos encontrarnos con nuestros familiares, tomar una sopa caliente y conseguir atención médica para quienes lo necesiten.
—Cre,cre, creo que, que es mejor que dar, dar, darnos, —dijo Tim tiritando medio congelado. Continuó diciendo que en la tienda estarían a salvo, mucho mejor que en cualquier otro sitio. Muchos comenzaron a tener dudas. El frío no les dejaba pensar con claridad y la mayoría comenzaba a dejarse vencer. Una idea estúpida les rondaba por la cabeza: pensaban que si echaban una cabezadita, se despertarían revitalizados. Alguno incluso pensó que todo debía tratarse de un mal sueño y que despertaría de un momento a otro tumbado en su cama. Pero nada más lejos de la realidad.
La doctora tuvo que imponerse de nuevo para conseguir captar la atención de la muchedumbre. No dejaría que aquel necio comodón convenciese a los demás y terminasen muriendo todos.
Colocaron al enfermo en una camilla improvisada y lo situaron en el centro del grupo. Se ataron con una cuerda a la cintura, blindándose con cubos, papeleras, cacerolas, tapaderas. La idea era avanzar como un ejército de legionarios romanos, formando un grupo compacto, con los más fuertes en el exterior y refugiando a los más débiles en el interior. Desmontaron la barricada que cubría la puerta y quitaron el cerrojo que unía las dos hojas. El viento empujó el portón abriéndolo de par en par. Tim, que hasta el momento había permanecido sentado en el suelo, con una manta sobre la cabeza y sin parar de comer chocolatinas, se puso de pie de un salto al ver que iban en serio y le dejarían solo en la tienda. Movió a tal velocidad su enorme trasero, que antes de que alguien pudiese decirle algo se encontraba dentro de la cuerda que les unía. Avanzaron entonces lentamente, luchando contra la ventisca. Los escombros, lanzados por los elementos con malas intenciones, chocaban contra las protecciones que sujetaban con los brazos. Las extremidades se resentían con tal chaparrón de golpes. Por mucho que Éolo intentaba derribarlos con sus soplidos, el pelotón con aspecto de armadillo, conseguía seguir en pie progresando lentamente hacia la calle 43. A duras penas llegaron al cruce. La avenida que descendía hasta la escuela estaba llena de chatarra por todas partes. Los grandes letreros de los comercios se habían desplomado y los coches accidentados podían verse en los lugares más disparatados. Había vehículos dentro de algunos escaparates, unos sobre otros, incluso uno posado en un balcón, a cinco metros del suelo. La visibilidad no era muy buena, sólo se podía ver a unos cien o doscientos metros, pero suficiente para hacerse una idea de lo difícil que les resultaría atravesar aquel campo de batalla.
—Tac, tactac, tac, trac, trac…
Escucharon este ruido metálico percutiendo en el asfalto. Un sonido extraño que comenzó con un único emisor al que se le iban sumando rápidamente más, llegando a escucharse por centenares o miles. No se sabía lo que era, pero fuese lo que fuese bajaba a gran velocidad por la 43 y en breve les daría alcance. El estruendo que se formó dejó paralizado a todo el grupo. Abrieron un hueco entre los escudos improvisados con tapaderas y cacerolas y pudieron ver cómo una montaña de latas de refresco se dirigía hacia ellos como una enorme ola. Un camión de bebidas había volcado desparramando su carga por la vía, y la pendiente, junto con el vendaval, les habían dado vida en forma de río desbocado. El aluvión de golpes comenzó a arrancarles literalmente de las manos las protecciones. Los botes comenzaron a penetrar, golpeándolos por todo el cuerpo. Se escuchaban gritos de dolor.
—¡Al banco, al banco! Entremos en el banco —ordenaba Kira, a la vez que intentaba caminar tirando del equipo hacia la entrada de la sucursal que se encontraba a unos cuantos metros. Pero al permanecer atados le era imposible mover a todo el grupo. Tuvo que dar un grito y dar las órdenes con voz de mando para que los aterrorizados ciudadanos fuesen capaces de entrar en razón. Las personas, cuando son presas del pánico, se vuelven incontrolables y realizan actos de lo más absurdo, lo que complica aún más las cosas. A menudo, el miedo consigue paralizarnos, congelándonos, sin dejarnos actuar. En estas ocasiones un líder fuerte como la doctora, conseguía que superasen el terror y les hacía cooperar.
Enseguida llegaron a la entrada que hacía esquina y quedaba resguardada por una marquesina. En ese rincón se libraron de la paliza que los refrescos les estaban propinando. Entraban todos en el pequeño rincón, bastante apretujados. Se escuchó una voz:
—¡Hay que abrir las puertas! ¡Quedan supervivientes ahí afuera!
Dentro del banco se encontraba un buen grupo de personas, que corrieron para desbloquear el acceso según les había ordenado un hombre envuelto curiosamente con cinta adhesiva, sujetando contra su cuerpo algunos artículos de cocina. Quitaron estanterías y sillones que cubrían la entrada y dejaron pasar al grupo.
—Mira mamá, es el hombre que nos salvó—. Y señalaba con el dedo a la persona que dio la orden de abrir la entrada. La madre se acercó para darle las gracias; era un hombre corpulento, parecía un defensa de la liga de rugby australiana. Hablaron durante un breve periodo de tiempo, ya que Mun-rabi-malga-frun-ragendra-chanchanawi, era un hombre de pocas palabras y le costaba muchísimo mantener una conversación. Era una de esas personas a las que hay que ir extrayéndole cada palabra, sacándoselas con sacacorchos.
—Por cierto, ¿cuál es su nombre? —preguntó la mujer. Se hizo un silencio, titubeó unos instantes antes de decir:
—Puede llamarme Phil.
Phil procede de la India; su familia había inmigrado para buscar trabajo y conseguir mejorar su calidad de vida. Trabajaba en unos almacenes de ropa, en un negocia familiar. La industria textil necesitaba mucha mano de obra y él comenzó desde niño como mozo cargando y descargando camiones. En parte debido a su genética y también al trabajo físico que realizaba desde niño, se había convertido en una persona tremendamente fuerte. Lógicamente, pasarse el día cargando y descargando mercancía, no le dejaba demasiado tiempo para charlar, de ahí su dificultad para relacionarse con las personas.
Día 463
Esta semana no he escrito nada en mi diario. He pasado unos días maravillosos con ella. Dejé todas mis preocupaciones a un lado, me olvidé prácticamente del trabajo y únicamente me centré en ella. Era el ser humano más maravilloso de la tierra. Siempre estaba de buen humor, era imposible discutir con ella. Ahora, todos esos años grises quedaban olvidados. Toda aquella angustia, todos esos miedos quedaban borrados con una sonrisa de su boca.
Era como si en el mundo solo estuviésemos los dos. No me cansaba de besarla y de abrazarla.
Cada día, durante el desayuno, leía la prensa. Todo me parecían noticias viejas. Todas repetidas, algunas las recordaba como si las acabase de ver. Pero ahora, no quería preocuparme por nada, sólo deseaba disfrutar intensamente de cada momento.
Burbujas
En esta especie de líquido amniótico, donde el espacio y el tiempo parecían no existir, flotaban unas esferas, moviéndose como motas de polvo a la luz del sol penetrando por una ventana. Eran parecidos a fotogramas tridimensionales, como imágenes reflejadas en las bolas de un árbol de navidad. Eran similares a pequeñas ventanas, pequeños trozos de mundos, de otras dimensiones, de otros espacios-temporales distintos; que de alguna manera la máquina había absorbido. Pequeños universos perfectos, capturados igual que fotografías y envasados herméticamente. Sus paredes no eran cristalinas ni transparentes; desde el interior no podían percibirse, no parecían espacios cerrados ya que las paredes eran una especie de bucle espacio-tiempo que reflejaba el interior como un espejo. Eran aún más complejas que esto, ya que no mostraban más que el interior de la burbuja, sin emitir la imagen de personas o cosas que no estuvieran antes del momento de la captura. Al andar por un camino que llevase a una de las paredes de la burbuja, este era reflejado de tal forma que parecía alejarse en un horizonte infinito. Lo más curioso sin duda era que al chocar cualquier cosa contra la pared, esta continuaba sin ningún tipo de resistencia, pero con sentido inverso. Sucedía lo mismo si avanzabas corriendo o andando; tocabas la membrana sin percibir nada, e, instantáneamente, cambiabas de dirección, como si en lugar de salir entrases. Si te encontrabas solo en una de estas esferas, podías morir de agotamiento al seguir un camino y andar una y otra vez por el mismo sitio sin darte cuenta.
El prado
La tupida hierba verde alcanzaba un palmo de altura. Crecía en el suelo que durante siglos fue una huerta. Ahora, aquella tierra fértil, que antaño fue guardada cuidadosamente, quedaba en el olvido, abandonada a su suerte.
¿Cuántas personas dedicaron su vida a trabajar esa hacienda? ¿Qué conflictos provocó su arrendamiento? ¿Cuántos hombres antepusieron estas parcelas por encima de todo, por encima de sí mismos y de sus familias?
Un pedazo de tierra negra. Fértil a golpe de azada. Regada de sudor. Ahora los árboles frutales que la cercaban se habían vuelto salvajes, desenraizados. Sus brotes sin poda lanzaban verdes saetas en todas direcciones.
Me encontraba en el centro de aquel pequeño mundo atemporal y me sentí resguardado, protegido dentro de una catedral, de unas ruinas de piedra. Donde los muros estaban formados por los viejos árboles frutales, el suelo enmoquetado por aquel manto grueso y verde, que me cubría los pies y el cielo azul, salpicado por algunas nubes que lo cruzaban fugazmente, formaban la bóveda. El paso veloz de aquellos cúmulos, significaba que en el exterior el aire soplaba con fuerza. Aquí el viento e incluso el tiempo parecían detenerse. De aquellos árboles viejos brotaban tallos nuevos. Seres vegetales, brazos, piernas de madera y almas de savia. En su juventud fueron mimados y ahora, en la vejez, abandonados en el olvido. Viejos espíritus que hablaban con palabras escritas en los pliegues de su corteza. Inmóviles observadores, han visto pasar a los hombres, trabajar y descansar a la sombra de sus ramas. Festejos y guerras. ¿Quién sabe? En este mismo lugar, duelos, luchas a espada. Caballeros errantes apartados del camino en busca del cobijo de su sombra.
El sol iluminaba a golpes de luz, dejando pasar destellos intermitentes entre aquellas nubes veloces. Aunque fuera hiciese frío, aquí el tiempo era cálido, como dentro de un invernadero; el clima era diferente. Me senté y contemplé en silencio, con detenimiento, aquel lugar. Escuché el sonido del viento que silbaba suavemente al atravesar las copas de los árboles más altos, chopos, álamos blancos. Como susurros, voces calmadas parecían hablarme como espíritus, almas que quizás nunca se marcharon de este lugar. Miré al cielo, contemplando aquella bóveda celestial y, echándome hacia atrás, terminé tumbado sobre la exuberante vegetación. El sol me calentaba el rostro y hacía que de vez en cuando tuviese que cerrar los ojos. Con cada parpadeo me costaba más abrirlos y finalmente me quedé dormido.
La operación
Era una chica muy fuerte, y aunque las perspectivas no eran nada halagüeñas, se tomo bastante bien el pronostico del los médicos.
Es increíble cómo uno puede sentirse sano y fuerte, pensar que tiene toda una vida por delante y, en un abrir y cerrar de ojos, todo se desmorona. ¿Cómo podía suceder algo así? ¿Por qué a ella?, una persona joven, tan llena de vida, con un gran futuro por delante…
¿Dónde estaba Dios?, ¿hacia dónde miraba?, ¿qué estaba haciendo? Era una buena persona, ¿por qué tenía que pagar ella y no otros? Pagar los justos por los pecadores. Yo no era una persona demasiado religiosa, pero en estos momentos me sentía abandonado.
Ella, en cambio, era dura y pensaba en positivo, se sometería a cirugía, ya que era su única posibilidad.
—Es una operación muy complicada y le seré sincero —le dijo el médico—. Aun así, no podemos prometerle nada, ya que el cáncer está muy extendido. Si lo hubiésemos detectado solo unos meses antes, su tratamiento no habría sido mucho más complicado que el de un simple resfriado.
¿Por qué el tiempo juega de esta forma en nuestra contra?
Sólo pudimos disfrutar dos días juntos, e intenté que fuesen los más especiales de su vida; pero no parecía preocuparle, estaba segura que superaría este trance sin problemas.
Los hospitales siempre me parecen lúgubres, con sus largos pasillos, su monocromático diseño decorativo. Con personas moribundas ocupando sus habitaciones, y sus familias esperando en los corredores. En este lugar frío, calentado artificialmente, pálido, donde los colores son desconocidos; me siento enfermo con sólo estar en su interior. Lo único cálido en aquel sitio era su mirada, siempre manteniendo su preciosa sonrisa.