Año del copyright: © 2009
ISBN 978-1-4467-5968-4
Copyright Francisco Angulo Lafuente
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La leyenda de los Tarazashi

Francisco Angulo Lafuente
La leyenda de los Tarazashi
Mi pueblo siempre había vivido en armonía con la naturaleza, pues la tierra era nuestra madre.
Nuestros dominios se extendían al norte hasta las grandes montañas y al sur llegando al gran río. Eso era todo lo que conocíamos, ninguno de nosotros cruzó jamás más allá. Mi abuelo me cuenta historias de nuestro pueblo cuando por las noches nos sentamos al calor de la hoguera. Contaba que nuestros ancestros tuvieron que cruzar las cumbres nevadas de las altas montañas, pues eran nómadas que caminaban sin rumbo fijo, viviendo de lo que encontraban por el camino. Al llegar a este precioso lugar un sueño les reveló la forma de cultivar la tierra. Ahora disponíamos de alimentos de sobra y no era necesario continuar vagando. Nuestra dieta era principalmente vegetariana únicamente en las épocas de escasez; en los inviernos más duros recurríamos a la caza. Todos los seres vivos del bosque eran parte de nuestra familia, así que intentábamos intervenir lo menos posible, dejando que la madre naturaleza hiciese su labor.
Cuando era niño jugábamos a trepar a los árboles; aunque era un juego infantil también aprovechábamos para recolectar algunos huevos de pájaro, dejando siempre al menos dos en cada nido para que la vida no se viese afectada. Teníamos multitud de leyendas, de historias que mi abuelo me contaba. Cuentos sobre el rey de los lobos Nazrat o un animal solitario convertido en semidiós.
1
Nawi se había convertido en un mozo fuerte y apuesto; las muchachas del poblado hablaban a menudo de ello. Nawi era el diminutivo de Sanawi-Taraki que en nuestro idioma se podía traducir por agua de lluvia. Nawi siempre fue algo diferente del resto de niños del poblado. Se interesaba con curiosidad por todo tipo de cosas que a los demás les podían resultar insignificantes y aburridas. Mientras el resto de críos jugaban a los típicos juegos, él dedicaba más tiempo a explorar los alrededores. Esto le distanció un poco del grupo, pero él ni siquiera lo apreció. Kokori era un pequeño algo más bajo de lo normal para su edad y también más lento; no era tonto, pero a veces necesitaba algo más de tiempo para comprender las cosas. Los demás no querían jugar con el y lo llamaban bebé. Una mañana, cuando Nawi salía a realizar una de sus pequeñas exploraciones, el pequeño Kokori le siguió. Nawi lo nombró su ayudante, de esta forma podían jugar juntos investigando los alrededores. Normalmente lo que solían hacer era buscar pruebas de las leyendas que les contaban sus abuelos. Según fueron haciéndose mayores, se adentraban más en el bosque y sus andazas comenzaban a convertirse en míticas. Siempre se embarcaban en alguna aventura y el poblado no hacía más que hablar de ellos. Para la mayoría eran un par de locos, pero las habladurías era lo que menos les preocupaba. El abuelo de Nawi continuaba contándoles algunas historias por la noche al calor de la hoguera. Los dos muchachos escuchaban con atención y planeaban bien las incursiones en busca de pruebas de sus antepasados. Les intrigaba saber de donde venían y sobre todo encontrar las huellas de sus ancestros. Algunos relatos parecían poco creíbles; se trataba de fábulas donde los animales hablaban y poseían poderes mágicos; en cambio otras resultaban más verosímiles y en todas ellas se encontraba oculta pedazos de su historia. La leyenda de cómo cruzaron el mar y llegaron hasta estas tierras, la historia del creador que vivía en una cueva y había sido trasladado desde las antiguas tierras, cuando el nivel del mar subió y las cubrió para siempre. Por suerte, eran experimentados marinos y tuvieron tiempo para partir en sus navíos. El gobierno quedó disuelto y se decidió que la mejor forma de garantizar la supervivencia era partir en todas direcciones; muchos partieron hacia el sur y el este donde conocían otras tierras, pero unos pocos partieron hacia el oeste en busca de lo desconocido. Un largo viaje no exento de peligros les llevó a un nuevo mundo. En aquel lugar la vegetación era exuberante y los animales tan variopintos y extraños como la imaginación de un pintor alcanzase a soñar. Fue este grupo el que se enfrentó al mayor reto; los demás partieron a zonas conocidas donde se pudieron instalar y prosperar con facilidad debido a sus amplios conocimientos; por ello partieron con la deidad, esperando de su protección y ayuda ya que con toda seguridad la iban a necesitar. Del creador, también llamado la reliquia, se hablaba mucho en casi todas la antiguas historias, y Nawi dedujo que tenía que haber algo de verdad en todo aquello. Su pueblo se había trasladado varias veces en busca de mejores zonas de cultivo, pero durante mucho tiempo vivieron en lo más profundo del bosque, donde las frondosas copas de los árboles apenas dejan que la luz del sol llegue al suelo. Tenían que encontrase vestigios del antiguo poblado y si las leyendas eran ciertas quizás encontrase la reliquia perdida. Varias veces las expediciones de los dos jóvenes habían alborotado a todo el poblado, sobretodo cuando se perdieron en la selva durante tres días. Esta vez sí que se encontraban verdaderamente en apuros. Kokori estaba más preocupado por la reprimenda que sus padres le echarían que por encontrar el camino de vuelta. Por suerte sabían mucho de botánica, lo que les proveía de alimentos. Al temor de no encontrar el camino de vuelta se sumó el de una extraña presencia que parecía seguirles a distancia. Se prepararon para pasar la noche sobre las ramas de un árbol, donde estarían a salvo de la humedad del suelo y de los posibles depredadores nocturnos. Los temores de Nawi se confirmaron esa misma noche cuando pudo ver la sombra de un animal que merodeaba en los alrededores siguiendo su rastro. En las profundidades del bosque vivían depredadores temibles, felinos de gran tamaño que podían devorar a un ser humano. Al día siguiente caminó con más cuidado, siempre atento a su perseguidor y finalmente pudo ver que se trataba de un perro grande. Para los Tarazashi no había apenas diferencias entre un perro y un lobo. En su lengua a menudo diferenciaban al segundo únicamente por el tamaño. El joven Nawi decidió que lo mejor era seguir a su hermano lobo, ya que el sabría como salir de la selva. El animal siempre se dejaba ver, para que no perdiesen el rastro y finalmente consiguieron regresar al poblado.
¿Qué es ese animal que aparecía a lo lejos? —preguntó Kokori cuando caminaban por el sendero que les conducía al poblado.
Ese lobo es nuestro hermano Nazrat.
Finalmente su incesante búsqueda de pruebas había dado su fruto. Nawi estaba seguro de haber visto al mismo Nazrat, el mítico lobo que aparecía en los cuentos que su abuelo le contaba.
Yetami era la hermana pequeña de Nawi; su nombre quería decir flor, pero todo el mundo la llamaba Tami, que era más corto y le quedaba mejor a la pequeña. Era una niña un poco extraña, había salido a su hermano. Siempre le estaba imitando, ella también quería salir a explorar. Los pequeños aprendían todo de sus padres, aquí no había escuelas, pero disponían de profesor particular las veinticuatro horas del día. Aprendían ha realizar las labores domésticas imitando e intentando ayudar a sus madres; también aprendían a sembrar y recolectar con sus padres. Luego por las noches atendían a los cuentos y leyendas que contaban la historia de sus antepasados. Hoy en día los padres suelen pasar poco tiempo con sus hijos; las largas jornadas laborales les impiden dedicarles más. Pasan la mayor parte del día en guarderías y colegios, donde se ocupan de ellos. El problema es que para aprender algunas cosas se necesita a los padres. Los pequeños copian la forma de actuar de los mayores y hay cosas como la educación, la honestidad, la justicia o la honradez, que no pueden aprenderse de un libro. La pequeña Tami, que quería ser como su hermano, desapareció una mañana, justo después de que Nawi saliese a preparar una de esas aventuras. Lo siguió sigilosamente hasta la casa de Kokori; después subieron por el sendero del bosque hasta una pequeña cueva, camuflada entre los matorrales, donde guardaban todo el equipamiento para la expedición. Tami permanecía siempre a una distancia segura donde no pudiesen verla. Ya desde los cuatro años andaba tras los pasos de su hermano, pero entonces aun era demasiado torpe como para seguirle. Ahora había crecido y casi contaba con nueve. Su desaparición alertó a todo el poblado; la buscaron por uno y otro lado, pero nada, nadie la encontraba. No estaba en el arroyo, tampoco en la pradera, incluso escudriñaron las cercanías del bosque, por si se le hubiese ocurrido entrar en busca de setas. Sus padres estaban muy preocupados; era una niña un tanto rebelde, pero nunca les había dado ningún susto como este. Se reunieron todos para ver qué podían hacer y dada las circunstancias lo único que les quedaba por hacer era ponerse a rezar, para que el dios de los Tarazashi velase por ella y la protegiese allí donde se encontrase, iluminando su camino de vuelta a casa.
La vida en la aldea era bastante tranquila, no tenían enemigos, ni siquiera sabían que hubiese más seres humanos en el mundo a parte de ellos. Estaban totalmente aislados y todo su tiempo lo dedicaban a las labores cotidianas y a las muchas celebraciones, festejando las llegadas de las nuevas estaciones, del nuevo año, los nacimientos y cumpleaños de cada miembro de la tribu; por una u otra causa, casi todas las semanas todo el poblado terminaba cantando y bailando a la luz de las hogueras. Las chicas jóvenes se solían agrupar en una zona y hacían comentarios sobre los muchachos. Ellos, sentados enfrente también hacían lo mismo y siempre había algún atrevido que se acercaba al grupo de las chicas para sacar a alguna a bailar. Apenas utilizaban instrumentos para hacer su música, casi todo se hacía mediante un coro de voces y con las palmadas de todos se marcaba el ritmo. Continuamente se pasaban bandejas con exquisitos manjares y dulces elaborados especialmente para la ocasión; también toda clase de zumos y algunos licores suaves que fermentaban a partir de la fructosa de algunos alimentos. Los jóvenes no solían beber este tipo de brebajes, pero algunos hombres adultos eran muy dados a ello y a menudo había que ayudarlos a llegar a casa. El padre de Kokori era uno de ellos, pero su mujer, que tenía muy mal genio, siempre aprovechaba para hacerle alguna trastada. Una vez le colocó un montón de vasijas y cuencos llenos de agua en la entrada y el hombre que llegó tambaleándose después de las celebraciones, se tropezó con todos y terminó empapado de agua. La madre de Kokori era muy alta y gruesa; tenía más fuerza que la mayoría de hombres del poblado y el padre era más bien pequeño y esmirriado. A menudo cuando la vista se le iba hacia alguna de las jovencitas que se sentaban enfrente, su mujer le hacia recobrar el sentido común de un sopapo. Le daba tales collejas que interrumpía las canciones con su estrépito. Eran situaciones muy graciosas y los niños siempre estaban atentos a la pareja ya que les provocaba una intensa risa. De alguna forma se habían convertido en la pareja cómica de la tribu y a veces daba la sensación de exagerar las situaciones para que todo el mundo se enterase y pudiesen reír bien a gusto. Kokori había crecido convirtiéndose en un joven alto y fuerte, al heredar la genética de la madre; era posiblemente el más grandullón de todo el poblado; pero era muy tímido y aunque le gustaba mucho una muchacha de la que no paraba de hablar todo el rato, no se atrevía a decirle nada. Lo menos que se podía hacer por un amigo era acercarse a hablar con la chica, pensó Nawi. Él no tenía tiempo de pensar en mujeres, estaba demasiado ocupado en sus asuntos. Tuvo que planear muy bien sus movimientos, ya que si se acercaba a la joven directamente en medio de la fiesta, todos pensarían que era él quien quería declararse, pues así era como siempre se hacía; hasta el momento nadie se había acercado a una chica para hablarle de un amigo. Esperó a que se levantase y fuese a buscar unas cintas de colores a su casa; entonces disimuladamente abandonó el grupo y corrió para cruzarse con ella en el camino. La muchacha se sorprendió mucho cuando Nawi se acercó a hablar; esta pensó que quería salir con ella. La historia que le contó no le pareció nada convincente y la muchacha se le lanzó literalmente en un descuido y le dio un beso en la boca.
¿Pero no has escuchado lo que te he dicho?
¿Pero lo decías en serio?
La joven al darse cuenta de la confusión se sintió despreciada y salió a toda prisa hacia su casa, lloriqueando por el camino. Ahora sí que estaba en un buen lío: ¿cómo le contaba a su mejor amigo la situación sin hacerle daño y sin que este pensase que había utilizado la ocasión en beneficio propio? Pero esto no era todo; seguramente ella contaría lo que le pareciese a sus amigas, retocando lo sucedido para no quedar en mal lugar, lo que le dejaría a el muy mal parado ante el resto de miembros de la tribu.
A la mañana siguiente, no sabía qué contarle a Kokori; quería explicárselo de alguna manera que no le hiciese daño. Se estaban preparando para la gran expedición y transportaban todo el material necesario a una cueva poco profunda que se encontraba a las afueras. Ya disponían de las cosas más importantes, como un pedernal para poder encender fuego y unas calabazas huecas donde transportar el agua. A lo lejos, Nawi vio la silueta de una persona que se les acercaba y el corazón le dio un vuelco al confirmar sus peores temores: se trataba de Farfalá, la joven con la que tuvo el incidente la noche anterior. Estaba claro que se iba a liar una gorda.
- ¿No es esa la chica que te gusta?
- Si, es Farfalá; solo con mirarla ya me pongo colorado.
- Bien, pues si quieres salir con ella cuando yo te diga te tiras sobre mi y te lías a darme puñetazos.
- ¿Pero te has vuelto loco?
- ¡Calla y haz lo que te digo, que ya llega!
Efectivamente cuando Nawi dio la señal, su amigo se puso hecho una fiera con él y se lió a darle golpes. La muchacha se quedó conmocionada por la escena. Entonces Nawi gritó:
Lo siento no sabía que de verdad estabas saliendo con ella.
Farfalá se quedó en silencio y cuando Nawi la miró a la cara esta contestó:
Si, así es, Kokori y yo estamos saliendo juntos.
Kokori se puso rojo como un tomate y se quedó mirando a la chica sin saber qué decir.
Nos vemos después de la cena —dijo la joven y se alejó caminando muy estirada.
La muchacha, por despecho, al sentirse rechaza la noche anterior por Nawi, encontró una buena escapatoria quedando con Kokori. También era cierto que se quedó impresionada de su fuerza y de cómo tiró a Nawi al suelo de un empujón.
Qué peso se había quitado de encima; parecía que al menos esta vez la suerte estaba de su lado. Ahora iban a necesitar algo más para conseguir encontrar el antiguo asentamiento de sus antepasados. Estaban ultimando los preparativos para salir en una expedición que se adentraría en lo más profundo de la selva, donde deberían guiarse por los mensajes ocultos que escondían las viejas canciones y las antiguas historias. El encuentro fortuito con aquel lobo para Nawi fue la confirmación de encontrar pruebas ocultas en las leyendas de sus antepasados. Por algún motivo abandonamos aquel emplazamiento, dejando allí parte de nuestra cultura e incluso la estatua de la reliquia sagrada. Parecía como si hubiésemos tenido que salir corriendo de aquel lugar y sólo pudimos llevarnos lo puesto. Por suerte, siglos de canciones y leyendas fueron pasando de generación en generación, llevando en ellas parte de nuestro legado. Ahora era el momento de averiguar lo sucedido y quizás el de volver a la antigua ciudad a la que se nombra en algunas canciones. Una villa de piedra blanca que brillaba al sol resplandeciendo como la nieve, con su gran templo central construido para que el paso de los Tarazashi por la tierra jamás fuese olvidado. Hay varias historias que hablan del abandono de la ciudad; unas dicen que se debió al árido clima, otras en cambio hablan de la decadencia de aquella sociedad, pero la más creíble para Nawi era que partieron de regreso a casa. Habían utilizado ese emplazamiento como refugio, pero después de esperar mil años, el plazo acordado, se debían reunir con los diferentes grupos que se habían esparcido por todo el mundo. El pueblo de los Tarazashi volvería a ser uno, uniéndose de nuevo y, como lo decían las antiguas escrituras, gobernar sobre la tierra para proteger y cuidar a todos sus habitantes. Pero al alejarse del lugar sagrado, algo tuvo que suceder, alguna catástrofe, que sólo permitió sobrevivir a unos pocos, los que formaron nuestro poblado. El encuentro con los hermanos de todas las regiones del mundo jamás se produjo; la reliquia nunca regresó a su lugar de origen y hubo de permanecer perdida en lo más profundo de la selva. Pero el joven pensaba que aún estaban a tiempo de hacer algo; era el momento de regresar a la antigua ciudad, recobrar su legado e incluso de devolver la reliquia al lugar sagrado. Si los antiguos habían esperado mil años, a lo mejor podrían esperar unos pocos más. Quién sabe: descendientes de los antiguos podrían seguir esperando la llamada que les convocase en el lugar sagrado.
Después de la cena, Nawi se acercó a ver a Kokori, que aún no se encontraba preparado para salir.
Creo que la comida estaba en mal estado, quizás he comido demasiado. Tengo la tripa inflada y la cabeza no deja de darme vueltas.
Déjate de tonterías, sal ahora mismo o tendré que llevarte arrastras.
El grandullón temblaba como una hojita y los nervios de su primera cita le estaban jugando una mala pasada.
No pienses en nada y disfruta de esta noche, que mañana al despuntar el alba partiremos como habíamos acordado.
Los dos bajaron por el sendero hasta la pradera donde a lo lejos se podía ver a la joven Farfalá. Nawi se paró en aquel lugar, a una distancia prudencial, para que la chica no pudiese verle y le dijo a su amigo que fuese en su busca. Pero nada, no se movía, parecía haberse quedado paralizado. Entonces, escondido tras los arbustos, le lanzó una rama a la cabeza y parece que el golpe le hizo reaccionar. Nawi contempló a los jóvenes charlar y pasear por la pradera, momento que aprovecho para marcharse y dejarlos solos.
El nuevo día amaneció gris, y una fina lluvia caía incesantemente. A primera hora ya se encontraba en casa de Kokori, que como siempre se había quedado dormido. El muchacho se despertó y rápidamente preparó sus cosas. Nawi no dejaba de observarlo detenidamente. Tenía todo el rato una estúpida expresión en el rostro y no dejaba de hablar de Farfalá. Caminaron hasta el escondite donde guardaban todo el material y se distribuyeron bien todos los bártulos. Llevaban varias calabazas con agua, colgadas en forma de bandolera por unas cuerdas de fibras vegetales que ellos mismos habían trenzado. La comida, en su mayoría frutos secos, los llevaban en una especie de cesto de mimbre, que portaban a la espalda a modo de mochilas.
Bien, ya estamos preparados. Saldremos en dirección noroeste cruzando el bosque hasta llegar al río grande. Luego seguiremos su cauce hacia arriba, ya que en teoría, según las leyendas, cerca de su nacimiento debe de encontrarse la antigua ciudad.
No sé Nawi, ahora ya no me parece tan buena idea, quizás los viejos cuentos no sean más que eso.
Ya veo que hoy estás un poco atontado, pero si te quedas Farfalá pensará que eres un cobarde.
Nawi emprendió camino en solitario; llevaba mucho tiempo planeando esta expedición y si su mejor amigo no quería acompañarle pues partiría él solo. Caminó por el sendero dejando atrás a Kokori y pronto llegó a la entrada del bosque; los enormes árboles le daban la bienvenida cobijándole de la fina lluvia. El denso follaje no dejaba pasar mucha luz y en días como este parecía de noche. Al poco rato escuchó unos pasos que andaban apresurados a su espalda.
¡Espera, espera que ya voy!
Pensé que te ibas a perder nuestra mayor aventura.
Kokori nunca abandona a un amigo…
Nawi respiró aliviado, pues aunque era un muchacho valiente, no se sentía demasiado seguro de poder llevar acabo la expedición en solitario. Habían calculado que al menos tardarían tres días en remontar el río; así que llevaban bastantes cosas para por lo menos diez, aunque seguramente encontrarían alimento por el camino.
Era muy complicado poder orientarse en aquel lugar, debían andar con mucho cuidado si no querían perderse. Sus pequeñas aventuras les sirvieron como aprendizaje, y ahora se manejaban bastante bien en la selva. El primer tramo hasta el río grande no presentaba demasiada dificultad ya que los dos muchachos ya conocían el camino, fue una de sus primeras expediciones. Mientras Nawi marchaba en cabeza muy atento a las señales, para no salirse del camino, Kokori le seguía a dos metros sin para de hablar de la noche anterior y de lo guapa e inteligente que era Farfalá. Cuando ya llevaban caminando muchas horas y la tripa no dejaba de sonarle al grandullón, se sentaron en un pequeño claro, una praderita de apenas cincuenta metros cuadrados, de forma circular. La hierba crecía muy verde y entre ellas miles de minúsculas flores de colores. Los enormes árboles con sus grandes raíces, proporcionaban un buen lugar para sentarse. El cielo se despejó mientras comían algunas tortas de maíz con bayas que les preparó la madre de Nawi. Qué bien sabía la comida cuando se tenía hambre y se encontraba uno en un bonito paraje natural. Comentaron algunas de sus antiguas excursiones, que estaban plagadas de anécdotas. Terminaban riéndose a carcajadas, recordando algunas de aquellas situaciones. Luego, el silencio se hizo durante unos minutos y los dos chavales pensaron en las dificultades que se encontrarían por el camino y los peligros de la empresa.
¡Vamos! Hay que ponerse en pie; ya sólo nos quedan unas cuantas horas para llegar a la ribera. Tenemos que llegar con tiempo de sobra y montar el campamento donde pasaremos la noche, antes de que el sol se ponga.
Kokori asintió con la cabeza y se pusieron de nuevo en marcha. La zona en la que se estaban adentrando era mucho menos conocida y había muchas historias que hablaban de animales peligrosos y de muchachos que se perdieron en aquel lugar y nunca encontraron el camino de regreso a casa. Nawi no creía mucho en estos cuentos; para él eran únicamente invenciones para que los niños no se alejasen del poblado. Quizás esto no le preocupase, pero cada uno tenía sus propios temores. Desde pequeño siempre le habían dado miedo las serpientes y cuando su abuelo le contó la historia de la gran anaconda que se tragaba a los niños que quedaban dormidos a la orilla del río, tuvo pesadillas durante muchos días. Desde entonces tenía un miedo irracional a los reptiles y siempre que se cruzaba con alguno se le ponían los pelos de punta. En algunas ocasiones, cuando caminaba bajo las copas de los árboles, miraba involuntariamente hacia arriba, pues se contaba que algunos de estos animales se lanzaban desde las ramas, enroscándose en los cuellos de las personas y las estrangulaban. Seguramente era otro de esos estúpidos cuentos para asustar a los niños, pero aun así, según caminaban miraba de vez en cuando hacia arriba, no fuese a ver alguna culebra. Kokori era algo más lento y le costaba seguir el paso; en algunos tramos se distanciaba bastante y tenía que parar a esperarle. Parecía mentira que aquel niño tan pequeño del que todo el mundo se reía y con el que todos se metían, se hubiese convertido en un muchacho tan grande y fuerte. Ahora, ni jóvenes ni mayores se atrevían a mantenerle la mirada; aunque era seguramente el chico más tranquilo de todo el poblado, su aspecto embrutecido infundía respeto. Llevaba el pelo recogido en seis trenzas que le colgaban por ambos lados; su pelo era negro como el carbón, con reflejos azulados y sus ojos eran de un tono similar. Nawi en cambio era delgado, menos corpulento, pero con un tono muscular más definido. Su pelo era de un color castaño claro y sus ojos similares a la miel hacían juego. Llevaba el pelo suelto que le llegaba hasta los hombros. Todo el poblado vestía el Kanail, una especie de falda corta que terminaba sobre la pantorrilla. Los niños iban desnudos hasta los nueve años, cuando sus padres les regalaban el primer Kanail y se celebraba con una fiesta. El tejido de fibras vegetales era parecido al algodón, quizás algo menos refinado y cada familia los solía tintar y decorar de una forma particular.
El sol hacía horas que descendía y la jungla se llenaba de ruidos. En ese lugar, en algunas ocasiones, los animales autóctonos emitían tanto ruido y armaban tal alboroto, que hacía difícil incluso que las conversaciones de los muchachos se pudiesen entender. Algunas aves emitían unos sonidos que se confundían con voces humanas; cuando cantaban por la noche el bosque se convertía en un lugar tenebroso.
Todo marchaba según lo previsto y unas horas antes de anochecer alcanzaron la orilla del río grande. Por su cauce bajaba un caudal enorme y su fuerte corriente producía remolinos en la superficie. De una orilla a otra podía haber fácilmente más de quinientos metros; ésta era una de las cusas de que fuese el límite de los territorios de los Tarazashi, ya que ninguno de ellos había cruzado nunca hasta el otro lado. El plan de Nawi era sencillo, como era prácticamente impensable cruzar el río por aquel lugar; a nado era totalmente imposible y cualquier embarcación se volcaría y hundiría por la fuerte corriente; así que pensó en seguir por la ribera, montaña arriba, hasta llegar a una zona cercana a su nacimiento, por donde podrían cruzar sin peligro. Se prepararon para pasar la noche en un pequeño claro justo a la orilla del río, donde los árboles parecían haber dejado el espacio suficiente para que creciese un pequeño jardín. Mientras Kokori buscaba leña para preparar una hoguera, Nawi construía una especie de literas, atando ramas entre dos troncos; de esta forma, dormirían a metro y medio del suelo, evitando la humedad. También fabricó una especie de techado trenzando unas hojas largas, para protegerse en caso de que comenzase a llover. Se sentaron al lado del fuego, pero ninguno de los dos muchachos abrió la boca, estaban demasiado cansados para ponerse a charlar; únicamente miraban cómo algunos soplos de viento avivaban el fuego desprendiendo unas ascuas que volaban chisporroteando. Kokori no podía mantener los ojos abiertos, los párpados le pesaban demasiado. Entonces escucharon algo; Nawi llevaba escuchando ruidos todo el día, en algunas ocasiones le parecieron pasos, pero pensó que debía de tratarse simplemente del viento. Pero ahora que estaban en silencio sí pudo escucharlos con mayor claridad. Estaba seguro de que se trataban de los pasos de una persona. Se escondió tras los matorrales, mientras Kokori permanecía dormido cerca del fuego. Vio entonces la silueta de una persona acercarse a hurtadillas. Saltó de su escondite abalanzándose sobre ella y la agarró entre sus brazos. Kokori se despertó sobresaltado al escuchar los ruidos y se quedó boquiabierto al contemplar la escena.
¿Pero qué haces tú aquí? —le preguntó Nawi a su hermana pequeña.
Tami les había seguido todo el día, cruzando todo el bosque; estuvo caminando tras ellos sin agua ni comida. Nawi se enfadó bastante con ella, sobretodo por el susto que les tenía que haber dado a sus padres; seguramente en la aldea están todos buscándola. También se preocupó mucho, ya que le podía haber sucedido cualquier cosa en una travesía tan larga.
Pasaremos aquí la noche y por la mañana regresaremos al poblado. Nuestra expedición tendrá que esperar.
Kokori parecía alegrarse, sinceramente prefería volver al poblado, sobre todo ahora que tenía novia.
Toma, come algo antes de acostarte, seguro que estás hambrienta —le dijo Kokori mientras rebuscaba en su cesto algunas tortas dulces que llevaban trozos de fresa por encima.
La niña se sentó al lado del fuego, entre los muchachos, mientras cenaba tranquilamente, con cara de felicidad. Aunque sabía que a la mañana siguiente volverían al poblado, por esta noche se sentía parte del grupo, como si ella también fuese una exploradora.
Estuvieron sentados hablando sobre cómo y cuándo organizar todo nuevamente, pero Tami no dejaba de interrumpir haciendo preguntas, para enterarse bien de todo. Nawi no era una persona que se enfadase fácilmente y en seguida solía olvidársele cualquier incidente; en esta ocasión tampoco serviría de mucho; ya se encargarían sus padres de aplicarle el castigo correspondiente por su escapada. Cruzar la selva sola es muy peligroso, podía haber caído en algún pozo natural, de los que se formaban sobre el terreno. La base caliza bajo la tierra fértil, era porosa y se desprendía en algunas ocasiones, formando unos pozos con forma de chimenea que desembocaban en ríos subterráneos. Hay que andar con mucho cuidado por estos sitios: la abundante vegetación puede tapar la boca de entrada, convirtiéndose en una auténtica trampa. Por otra parte, había infinidad de animales peligrosos con los que debían de tener mucho cuidado.
Terminada la rica torta, bebió un poco de zumo y después se subieron a las rudimentarias literas que colgaban de uno a otro árbol y se dispusieron a dormir. Estaban tan cansados que nadie se levantó a echar leña al fuego y un par de horas después este se apagó. Nawi dormía profundamente, aunque su hermana no le dejaba demasiado sitio y tenía un brazo colgando hacia fuera. Estaba a punto de caerse y darse un buen golpe, ya que el entramado de ramas se encontraba a casi dos metros del suelo. Kokori en cambio dormía a pierna suelta; disponía de toda la cama para él solo y se le podía ver sonreír de vez en cuando mientras dormía. Desde su cita con Farfalá no paraba de soñar con ella. La apacible noche se llenaba de sonidos, cantos de aves y de todo tipo de animales nocturnos. Al muchacho que dormía plácidamente le parecían como una canción de cuna. Ahora no había nada de lo que preocuparse; a la mañana siguiente volverían al poblado y vería de nuevo a su chica.
Un tremendo golpe le lanzó al suelo, no era capaz de asimilar lo ocurrido; la oscuridad era total y sólo podía discernir unos bultos moviéndose enfrente. Escuchó voces y gritos y el rugido de un leopardo. No debían de haberse dormido dejando que el fuego se apagase; en esta zona había muchos depredadores, que además son muy territoriales y atacan a todo aquel que invade sus dominios. Kokori no sabía qué hacer; escuchaba voces y rugidos por todas partes, luego Nawi gritó:
¡Corre, corre!
Los gritos se distanciaban y el muchacho salió corriendo, intentando despistar al animal. Correr en mitad de la noche por medio de la jungla, era muy arriesgado. Kokori corría con los brazos extendidos hacia delante, echando la vegetación a uno y otro lado y evitando que las ramas le golpeasen en la cara. Parecía que el leopardo le estaba siguiendo; escuchó cómo algo intentaba darle alcance. El corazón le latía con fuerza y solo pensaba en correr lo más rápido posible, para alejarse de aquella cosa. De repente el suelo desapareció bajo sus pies y se notó ingrávido durante unos instantes; después aterrizó bruscamente contra el fondo de una sima; por suerte no era demasiado profunda y no se rompió nada en la caída. No podía ver más que unas pequeñas luces formadas por agujeros en el denso follaje de las copas de los árboles. Escuchó claramente al depredador merodear por el borde del pozo, a un par de metros de altura e intentó encontrar algo por el suelo, un palo o una piedra que le pudiese servir como arma defensiva ante el inminente ataque. No encontró nada, pero fuera escuchó una especie de pelea entre las alimañas; parecía que había más de un animal peleándose por ver quién se comía al muchacho. Luego se hizo el silencio, pasaron varios minutos y no sucedió nada; entonces se puso en pie y salió de la zanja. Caminó despacio sin hacer ruido durante el resto de la noche. Cuando la luz de la mañana hizo su aparición se sintió más seguro y el cansancio comenzó a pasarle factura. No sabía dónde se encontraba, ni cómo regresar al poblado; tampoco tenía comida ni agua y apenas podía mantenerse en pie. Se recostó sobre el tronco de un árbol en un lugar que le pareció confortable. Se quedó dormido, pero esta vez no tuvo dulces sueños; no soñó con la aldea; en su lugar, pensamientos angustiosos le venían una y otra vez a la cabeza. Soñaba continuamente que un depredador le perseguía en la oscuridad y por mucho que corría, no conseguía escapar de él. Se despertó de un sobresalto y pudo ver el sol brillando en lo alto; debía de ser más de medio día. Intentó seguir el rastro de sus huellas para regresar al campamento, pero le fue imposible; lo único que le quedaba era caminar hacia el oeste; de esta forma, tarde o temprano tendría que encontrase con el río. Caminó todo el día y aprovechó para ir recogiendo todo tipo de plantas y frutos comestibles que encontró por el camino. Al menos estas pequeñas cosas le reconfortaban un poco. Aunque de ninguna manera se le olvidaba lo sucedido y pensaba en la suerte que podían haber corrido Nawi y la pequeña Tami.
2
Llevaba observando a los muchachos desde que salieron del poblado; quizás si sólo fuesen los dos mayores no se hubiese preocupado tanto, pero al ver a la pequeña que les acompañaba algo distanciada, pensó que lo mejor sería seguirles. Nazrat solía merodear por los alrededores del poblado e intentaba cuidar de los niños y muchachos incautos que se internaban en el bosque sin ver el peligro y terminaban perdiéndose. Cuidaba de ellos como si se tratase de un rebaño de ovejas; unas veces los asustaba para que volviesen a la aldea y otras en cambio no le quedaba otra solución que intentar guiarlos de nuevo por el camino de regreso a casa. A los dos muchachos que marchaban en cabeza ya los conocía; no eran muchos los chavales que se adentraban en la selva, pero estos dos siempre le estaban dando trabajo.
Nazrat era ya un lobo muy viejo; ¡quién sabe cuántos años tendría!; con el paso del tiempo había adquirido muchos conocimientos y esto le hacía diferente de cualquier animal, ya no se podía decir que fuese simplemente un lobo; desde luego, tampoco era una persona, pero seguramente, aunque no sabia hablar, era mucho más inteligente que la mayoría de ellas.
El lobo los seguía sigilosamente a una distancia prudencial; su agudo olfato le permitía saber exactamente por dónde andaban, sobre todo el olor dulce de la pequeña. Tami solía llevar una especie de perfume que preparaba su abuela secando algunas flores y plantas, que más tarde las trituraba convirtiéndolas en un fino polvo que diluía en agua. Después de andar durante todo el día llegaron a la orilla del río grande. Hacía mucho tiempo que ningún hombre llegaba tan lejos y parecía que su intención era seguir montaña arriba hacia el nacimiento. La niña se quedó a unos metros del campamento y Nazrat se mantuvo cerca, velando por su seguridad. Estaban en zona peligrosa, en territorio de leopardos. Podía oler sus marcaciones territoriales en cada árbol. Con la noche la oscuridad envolvió todo en su velo negro. Casi no podía verse nada, solo los depredadores podían ver en aquella oscuridad. La niña se unió finalmente al grupo y todos permanecieron sentados al calor de la hoguera. El olor a madera quemada y la viva luz que desprendía el fuego, mantenía alejados a los depredadores. El lobo estaba muy inquieto; hacía ya rato que había notado la presencia de un leopardo. Estos animales eran muy agresivos y atacaban a cualquier intruso que entrase en sus dominios. Él no podía enfrentarse cara a cara a uno de estos animales; su fino oído y su desarrollado olfato le permitían mantenerse alejado para que no se produjese una confrontación. Los muchachos estaban en serio peligro, pero aquel animal no atacaría mientras hubiese fuego encendido.
Los jóvenes se fueron a dormir y se olvidaron de alimentar la lumbre; Nazrat contempló cómo poco a poco el brillo de esta disminuía hasta apagarse por completo. Entonces escuchó al felino acercarse rápidamente. El olor de la niña le había atraído y corría velozmente hacia ella. El lobo que estaba al tanto salió a toda prisa para intentar interceptarlo antes de que pudiese atacarles. Pero el leopardo era mucho más rápido y consiguió saltar sobre la rudimentaria litera, sobre la que Nawi y Tami descansaban. Las ramas cedieron y los muchachos cayeron al suelo; Nazrat distrajo al animal atacándole por la espalda; esto les proporcionó el tiempo suficiente para salir huyendo. Pero de un zarpazo se quitó al lobo de encima y salió en persecución de los chavales. Se habían separado en dos grupos y fue tras el más rezagado. El depredador perseguía a Kokori que corría a toda prisa atravesando la selva en mitad de la noche; por detrás marchaba Nazrat que intentaba por todos los medios detener al felino. Cuando estaba apunto de dar alcance al joven, este se precipitó por un barranco y su perseguidor se detuvo en seco examinando el lugar, antes de entrar a atacar. Cuando se disponía a lanzarse sobre él, el lobo se le echó encima y durante unos segundos consiguió sujetarlo mordiéndole por el cuello. Enseguida se zafó y empezaron a producir sonidos aterradores a la vez que se miraban cara a cara. Nazrat lo tenía muy difícil para vencer a semejante animal, pero el leopardo tampoco se arriesgaría a entablar un combate que pudiese dejarle mal herido, sobretodo ahora que se habían salido se su territorio y se encontraba en las tierras de los lobos, donde un grupo de ellos podía atacarle en cualquier momento. Nazrat lanzó un aullido e inmediatamente le contestaron todos los lobos que se localizaban en la zona. La fiera se retiró y se marchó de nuevo a sus dominios.
Ahora Kokori estaba mucho más seguro, se encontraba en los territorios de los lobos, donde estaría a salvo llevando a Nazrat como guía. Él era el líder de la manada y en aquellos territorios los jóvenes permanecerían al cuidado de los lobos, como si fuesen miembros de la misma.
3
Algo enorme saltó sobre ellos, golpeándoles, arrollándoles y tirándolos al suelo. El impacto contra las piedras fue brutal; Nawi se encontraba aturdido, pero en aquel momento sólo podía pensar en la seguridad de su hermana. Tami se había llevado la peor parte, una rama se tronzó y sus afiladas astillas se le clavaron en el costado. El dolor era muy intenso y apenas podía moverse. La oscuridad no dejaba ver nada, pero podían sentir el aliento cercano del depredador. Nawi agarró su mano; en ese momento otro animal atacó al leopardo, momento que aprovecharon para escapar. El muchacho corría con su hermana en brazos. Las ramas le golpeaban y arañaban por todo el cuerpo. Después de una larga carrera pudo cerciorarse de que nadie les seguía. Entonces se dio cuenta de las graves heridas de la pequeña. Se escondieron en un refugio natural, una pequeña cavidad formada por unas rocas. Enseguida la luz de la mañana ahuyentó la oscuridad y pudo examinar con detalle las lesiones de la pequeña. Eran realmente graves y aunque extrajo los trozos de madera que aun llevaba clavados en la carne y después aplicó el tradicional ungüento curativo que siempre utilizaban los Tarazashi, las heridas internas eran demasiado importantes. Tami cada vez se encontraba más débil y le costaba mantener la consciencia. Los ojos se le cerraban durante algunos segundos, en los que delirantes pesadillas se apoderaban de ella. Nawi la movía para que se despertase y se mantuviese con vida. La llevó caminado un largo trecho; al principio no sabía qué hacer; ni hacia dónde ir; después, un pensamiento se iluminó en su mente, como si una voz le susurrase al oído la solución. Seguiría el cauce del río, y buscaría la antigua ciudad de sus antepasados, donde encontraría la antigua reliquia. No le quedaba otra salida, las lesiones de Tami no podían ser curadas con ungüentos, ni siquiera los hombres sabios del poblado podían hacer nada por ella.
Por fin llegó a la orilla del gran río, y comenzó a caminar hacia su nacimiento. Poco tiempo después vio una fina columna de humo blanco que subía por el cielo azul. Se acercó con cautela y enseguida reconoció a su amigo Kokori que preparaba algo de comer cocinándolo en la hoguera.
¡Que susto me habéis dado! ¡Creía que os había comido ese animal! Pero…
El muchacho, que al principio hablaba con alegría y entusiasmo se quedó sin palabra cuando se dio cuenta de las heridas de la pequeña. Nawi mantenía la compostura aunque sus ojos estaban llorosos. Kokori comenzó a llorar efusivamente, al tiempo que maldecía el momento en el que se les había ocurrido meterse en esta aventura.
¿Qué vamos a hacer, Nawi?
Vamos a ir hacia las montañas, encontraremos la antigua ciudad y llevaremos a Tami ante la reliquia.
El grandullón al que no paraban de chorrearle las lagrimas por la cara, asintió con la cabeza, aprobando la decisión de Nawi.
Kokori preparó unas cuerdas con las que colocó a la pequeña a su espalda, transportándola con seguridad.
Ahora no tenía tiempo que perder; la pequeña Tami no aguantaría mucho pues las profundas heridas le habían provocado una hemorragia interna y el brillo de sus ojos se iba apagando poco a poco. Planearon bien esta expedición, llevaban todo lo necesario y calcularon bien todos los riesgos, pero en ningún momento pensaron que se encontrarían ante aquella situación. Todo había sido un cúmulo de desafortunadas coincidencias. Seguramente si Kokori no hubiese tenido la cita la noche anterior a la partida, no hubiesen salido tan tarde y no le hubiesen dado tiempo a Tami a levantarse y por lo tanto no les hubiese seguido. Si hubiesen salido más temprano podrían haber hecho el recorrido con más calma parando más veces a descansar por el camino y no hubiesen estado tan casados como para dormirse olvidándose de avivar el fuego. Pero ahora pensar en todo eso no tenía sentido; lo pasado, pasado estaba y lo que tenían que hacer ahora era llegar cuanto antes a la antigua ciudad y confiar en los poderes que las leyendas atribuían a la reliquia.
4
El agua se precipitaba desde una altura de más de cien metros. Era una caída enorme con un violento final. El río entero se pulverizaba al chocar contra las rocas; la fuerza era tal que el aire entero se cubría de esa húmeda neblina creada por el impacto contra las rocas. El sonido que a lo lejos parecía un rugido, se volvía a cada paso más estremecedor. La tierra entera parecía haber sido cortada en dos, partida por la mano de Dios. El río seguía su cauce con suavidad, ignorando cuál sería su destino.
Los muchachos están muy cansados, pero ahora sólo pensaban en seguir adelante. Nawi tenía un plan que solucionaría todo, al menos así lo creía, y Kokori aunque era bastante escéptico también quería creer. Era la única forma de que la pequeña Tami tuviese una oportunidad.
Llegaron a los pies de la catarata, donde el sol era eclipsado por las finas gotas formando un enorme arcoíris. No eran momentos para contemplar tanta belleza y en seguida se pusieron a buscar la ruta más segura para conseguir alcanzar la cima. El terreno era muy abrupto, formado por una roca de color oscuro que el agua había pulido como el mármol. La falla se extendía a ambos lados hasta donde alcanzaba la vista, por lo que bordearla no era una opción. Deberían escalar aquella gigantesca pared vertical. Sobre la superficie se posaban pequeñas partículas de agua humedeciéndola y haciéndola mucho más resbaladiza. Kokori comenzaba a tener algunas dudas sobre la posibilidad de conseguir llegar a la cumbre. Nawi cargó con la niña, no quería ponérselo más difícil de lo que ya era a su amigo. En parte se sentía culpable de lo que le había sucedido.
El agua se precipitaba con fuerza por el precipicio, mientras ellos escalaban a unos escasos metros de aquel inmenso torrente. Era la vía más segura que encontraron. Por aquel lugar se veía un terreno mucho más irregular, formado por los diversos desprendimientos de roca. Eran dos muchachos jóvenes y muy ágiles y conseguían trepar asiéndose a los salientes rocosos con facilidad. Cualquier persona que les observase desde abajo pensaría que estaban ascendiendo por un lugar sencillo. No había que confiarse y buscaban las zonas más seguras por las que continuar avanzando. La erosión había formado algunas cavidades en la pared rocosa, dejando el suficiente espacio para que una persona adulta cogiese manteniéndose agazapado. En estos huecos aprovechaban para parar unos segundos y de esta forma recuperar fuerzas.
Vamos Kokori que ya sólo nos queda un tramo —gritó Nawi a su amigo esperándole en una de las cavidades de mayor tamaño.
Estaba completamente empapado a causa de la húmeda neblina y le caían chorreones de agua por la frente que se mezclaban con el sudor fruto del esfuerzo. El grandullón se encontraba a unos quince o veinte metros más abajo y subía con mayor seguridad ya que se había fijado previamente en los lugares por los que pasó su compañero. Le extendió la mano ayudándole a subir hasta su posición, una pequeña plataforma en medio de la muralla vertical que formaba un balcón natural. Después comenzaron a analizar el último tramo. Ahora que lo contemplaban de cerca, más detalladamente, se daban cuenta de su dificultad. No serían más de veinticinco metros, pero apenas se veían salientes a los que poder agarrarse. ¿Qué podían hacer? La situación no parecía mejorar observando hacia los lados. Sabían que bajar era mucho más complicado, destrepar es más peligroso, pues uno no puede ver dónde apoya los pies y es fácil resbalar y caer.
Espera, esta vez subiré yo el primero, yo no llevo ningún peso y podré subir con mayor facilidad; de esta manera podrás fijarte por dónde escalo.
El muchacho se dispuso a subir, pero Nawi le detuvo agarrándole por un brazo.
Un momento, toma esto —le dijo quitándose un colgante que llevaba al cuello.
Era una fina tira de cuero con un adorno cerámico, un amuleto regalo de su abuelo, que según decía pertenecía a los antiguos Tarazashis.
Miró una vez hacia abajo, pero no vio más que una densa niebla que formaba nubes a unos cincuenta metros bajo sus pies. El viento silbaba de forma intermitente; tras el sonido podían notar su fuerza zarandeándolos; era como un aviso de su llegada. El estruendo del agua chocando contra las rocas se escuchaba a lo lejos, dándoles una idea de la altura a la que se encontraba. Los dos eran buenos escaladores, pero por norma general solían trepar a los árboles. La altura de alguno de ellos podía llegar con facilidad a los cincuenta metros, pero la sensación era muy diferente; el árbol es un ser vivo y da una especie de seguridad al estar entre sus ramas; hay multitud de animales alojados en sus entrañas, pájaros, ardillas y hasta monos. En su copa el sonido de sus ramas mecidas por el viento parece la voz ronca pero tranquila de un anciano. Sus palabras son tranquilizadoras y parecen decir: No te preocupes no te dejaré caer. Pero la escalada en roca es muy diferente, este material frío e inerte, se puede desprender en un instante y aunque estés bien agarrado a un saliente, este se puede desplomar en cualquier momento.
Kokori comenzó el ascenso del tramo final. Sólo encontraba pequeñas rendijas donde meter las yemas de los dedos y conseguir agarrarse. Los pies descalzos le resbalaban por la humedad. El corazón le latía con fuerza cada vez que perdía el equilibrio y quedaba sujeto únicamente por los brazos. Nawi memorizaba cada punto de sujeción para después intentar reproducir los mismos pasos. Aunque estaba muy nervioso, intentaba hablar con voz serena y calmada, dándole indicaciones y ánimos a su compañero. La psicología es seguramente la parte más importante de una escalada. No importa lo fuerte que esté uno, ni su preparación física, lo más importante es mantener la calma. En una escalada sin cuerdas es fácil perder los nervios y si esto sucede es poco probable que se consiga llegar a la cima. El joven se centraba en un pequeño radio; sólo le importaban los siguientes cuarenta centímetros, sin pensar a la altura en que se encontraba, como si acabase de comenzar la escalada y se encontrase a tan solo un metro del suelo. Las palabras de su amigo le reconfortaban, pues le indicaban el siguiente paso impidiendo que su mente se bloquease. Cuando ya sólo le quedaban unos metros para alcanzar la cumbre, Nawi comenzó a subir siguiendo el mismo trazado en su mente. Tami permanecía inerte, de color blanco, atada a su espalda, con los brazos y piernas colgándole como un muñeco de trapo. Llevaba ya bastante tiempo sin emitir ningún sonido, ni siquiera se la escuchaba respirar. Su hermano no quería pensar en ello; ahora lo más importante era conseguir subir. Se encontraba concentrado en su pequeño mundo de roca, como si no existiese nada más. Ahora el presente inmediato era el único tiempo posible; no había pasado ni futuro, sólo unos cuantos palmos de roca negra que había que conseguir superar. Se escuchó una voz, y unas pequeñas piedras se desprendieron de la montaña golpeando a Nawi; una de ellas del tamaño de una naranja le golpeó en la cabeza produciéndole una brecha. Sin querer, sus manos perdieron fuerza y una de ellas se soltó de su presa; en ese momento una descarga de adrenalina recorrió su cuerpo al quedarse colgado únicamente de un brazo; gritó a la vez que se balanceó para alcanzar nuevamente la sujeción de su mano izquierda. Cuando consiguió asirse nuevamente con seguridad a la pared, miró hacia arriba.
¿Estás bien? —le preguntó a Kokori, pero nadie contestó.
La roca había cedido bajo sus pies y se había deslizado algunos metros, arrancando varios salientes de piedra. Estaba apoyado sobre una pequeña protuberancia con la punta del pie izquierdo y permanecía pegado a la roca pulida con todo su cuerpo, buscando desesperadamente el más ínfimo punto donde poder sujetarse con las manos. Al deslizarse por la roca se dejó la cara y el pecho lleno de arañazos. Tenía la extraña sensación de que estos eran sus últimos momentos de vida. El pie le resbalaba lentamente y por más que miraba a uno y otro lado solo veía una losa de piedra lisa, perfectamente pulida. Entonces ocurrió la desgracia, finalmente perdió el único punto de apoyo y se desplomó precipitándose montaña abajo. No tuvo tiempo ni de gritar, caía pegado a la montaña, dejándose pedazos de piel en cada saliente. Cuando cerró los ojos aceptando su destino, liberando toda tensión, una luz brillante le golpeó en el rostro entrando en su cuerpo y dándole nuevas energías, como una descarga eléctrica, una fuerza brutal, como si le hubiese alcanzado un rayo; entonces pensó que no podía dejar a su amigo solo, que tenía que sobrevivir a toda costa: hincó sus manos y pies a la montaña como si fuesen garras, intentando frenar el descenso, pero sólo logró decelerar escasamente. Justo en ese momento notó una mano que le sujetaba. Nawi que se encontraba en una buena posición consiguió agarrar a su amigo, deteniéndole. Una vez sujeto con seguridad, se miraron el uno al otro, Nawi con una pequeña brecha en la cabeza de la que le bajaba una hilera de sangre hasta media frente; Kokori con media cara a rayas, lleno de arañazos, comenzaron a reírse de forma espontánea. Luego subieron los dos, uno cerca del otro. Esta vez habían dejado el miedo atrás, un fuego en su interior brillaba con fuerza como el sol, dándoles calor y energía. Por fin consiguieron dar el último paso y se tumbaron durante unos instantes en la cima, una zona llana, donde el río se deshilachaba llegando prácticamente a desaparecer. Se convertía en diminutos regueros, pequeños vasos capilares que se extendían por una enorme llanura salpicada de una especie de adoquines verdes, como un musgo muy denso que formaba minúsculas islas de apenas el tamaño de un pie. Eran tan densas y en algunas zonas tan elevadas que parecían coliflores de color verde o quizás brócoli.
Durante unos minutos permanecieron tumbados boca arriba contemplando el cielo azul, sintiéndose como si nada les pudiese tocar; estaban en la cima del mundo. Después Nawi miró la cara pálida de su hermana y como si fuese arrojado desde los cielos regresó a la cruda realidad. De inmediato emprendieron de nuevo el camino; Kokori le ofreció algunas bayas de color rojo, muy ricas y dulces, que fueron saboreando mientras caminaban. Enseguida se metieron en aquel extraño lugar, donde el río desaparecía convirtiéndose en una llanura verde formada por esa extraña vegetación. Eran como esponjas llenas de agua y al pisarlas se adherían a los pies dificultándoles el paso. Pero pisar fuera de ellas era mucho peor: bajo los regueros de agua transparente se encontraba una capa de cieno y lodo, tan gruesa como si llegase hasta el mismo centro de la tierra. Había que estar atento y caminar sobre aquella especie de setas, ya que si ponían un pie fuera se hundirían en el barro hasta la cintura. El cielo comenzó a ponerse de color anaranjado, y poco después rojizo. Ahora no tenían ningún punto de referencia; hacia todas partes se extendía la inmensa llanura, con su engañoso color verde que a la distancia parecía una preciosa pradera. Era como si se encontrasen en otro planeta: aquí no había pájaros ni animales, todo era silencio. El cielo rojo sobre ellos indicaba que no quedaban muchas horas de luz y tendrían que pasar la noche en aquel inhóspito lugar.
5
¿Cuánto tiempo llevaban caminado? Las piernas apenas les obedecían; el cansancio era tan intenso que la mente comenzaba a debilitarse jugándoles malas pasadas. Kokori estaba apunto de echarse a llorar, de tirarse al suelo y dejarse vencer por el agotamiento. En aquel lugar no había nada más que esa especie de musgo denso como esponjas y por él caminaban a duras penas. La temperatura descendía rápidamente y del suelo manaba una especie de vapor que se transformaba en una niebla estacionada a un metro del suelo. Ahora era aún más difícil ver dónde ponían los pies y con más frecuencia pisaban en las zonas sin vegetación hundiéndose en el fango. El sol hacía ya tiempo que se había puesto y en el cielo ya se podían ver algunas estrellas. Finalmente, Nawi se dio por vencido; pasaban más tiempo intentando salir del lodazal que caminado sobre el musgo. Encontraron una zona donde las plantas formaban una pequeña isla de un par de metros o tres. Era de forma circular y aunque estaba bastante húmeda, era el mejor sitio que habían visto para pasar la noche. Mirasen hacia donde mirasen todo lo que se veía era aquella inmensa llanura que se fundía con el oscuro horizonte. Nawi puso a Tami sobre el suelo y desató las correas con las que la llevaba atada a la espalda. La examinó palpándola el rostro con sus manos, pero no halló la menor señal de vida. Su cara estaba pálida, fría e inexpresiva. Pero se negaba a pensar que su hermana estaba muerta. Kokori se hacia el despistado, no quería intervenir en un tema tan delicado y buscó una piedra con la que poder abrir unas nueces que llevaba en un atillo. Eran unos frutos con una cáscara muy dura y tenía que golpearlos con fuerza con una buena piedra, pero en aquel lugar no había absolutamente nada. Así que todo lo que les quedaba para llevarse a la boca era un puñado de pequeños frutos. Eran unas bolitas del tamaño de un huevo de codorniz, de color anaranjado y con un sabor muy amargo, pero al menos tenían bastantes vitaminas y les proporcionarían algo de energía. Repartió las escasas bayas con su amigo y los masticaron despacio sin decir una palabra mientras la noche les envolvía en su oscuro manto.