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El Sueño de Judas


Fco. Javier Oliva



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Copyright 2008 © Fco. Javier Oliva

Primera edición digital: 2010

Diseño y foto de portada: Txema Prada © 2008

Smashwords edition



Para Silvia, Patricia y Elena,

por ser quienes son y estar donde están.


Para José Luis y Luis,

por su apoyo y sus correcciones.


Para mis padres,

por todo lo que han hecho y siguen haciendo.




Gracias a Míchel , a Alberto, a Txema y a Lucía por el empujón

CAPITULO I



Aquella tarde de otoño pensaba celebrar mi cincuenta cumpleaños en total intimidad ya que se acercaba el mediodía y aún no me había felicitado nadie. Tampoco me importaba demasiado. Estaba acostumbrándome a estar solo y la idea de haber alcanzado el medio siglo sin alguien a quien llorarle en el hombro no me asustaba. También estaba seguro de que lo único que iba a resultarme realmente difícil iba a ser escribir mi edad con un cinco delante. Aparte de ese cambio de dígito, mi vida transcurriría como lo había hecho hasta entonces, esto es, tropezando en las encrucijadas que de continuo los hombres nos encontramos cada día que amanece.

Mi despacho de la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid era lo más parecido a una planta recicladora de papel. Las torres que formaban cientos de hojas amontonadas sobre mi mesa y que emergían de los cuatro rincones de la angosta y oscura habitación, impedían que pudiera desenvolverme con facilidad a la hora de contestar al teléfono o, simplemente, de ver quién entraba por la puerta. Aunque, si hay que hacer honor a la verdad, casi nadie —si exceptuamos a Goretti— la ha cruzado en los años que llevo ocupando ese maldito despacho. Porque, seamos sinceros, ¿a quién le importa en estos días una asignatura tan insustancial e indefinida como es “Ética y Deontología de la Información”? No sé quién creó la cátedra que hoy ocupo, ni cómo pude hacerme con ella después de haber sido Jesuita, haber estado casado, y terminar por separarme de mi mujer, a la cual, todo sea dicho, odio con todas las fuerzas de las que soy capaz de disponer cuando termino de dar clase. ¿Cómo puede un hombre hablar de “ética” cuando su moral resulta bastante dudosa ante cualquier ser en sus cabales? Quizá, el decanato de esta Facultad respetase mi puesto porque, cuando gané las oposiciones para ser profesor numerario, aún pertenecía a la orden religiosa. Después me enamoré como un colegial y decidí colgar los hábitos en lugar de remangármelos cada vez que Lucía se ponía a tiro, que era dos o tres veces por semana. Pocos meses más tarde, y dejando en secreto mi renuncia a la vida monacal, conseguí ser catedrático. Luego llegó el matrimonio, el nacimiento de mi primera y única hija cuatro meses después —pesó casi cinco kilos— y la batalla del Paseo de la Habana, que era donde vivíamos y donde ahora Lucía reina sobre el territorio que me conquistó y del que huí sin mirar atrás por eso de no convertirme en estatua de sal. No le guardo rencor porque no tengo un lugar lo suficientemente grande como para almacenarlo y que se conserve fresco. Por todo ello, prefiero olvidar tanto traspiés y presumir de que, en realidad, soy la reencarnación del prefijo “ex”, un título que pocas personas pueden ostentar en mayor cantidad de la que yo lo hago.

Tal y como comenzaba, aquella fría tarde de otoño se presentaba igual que unos ejercicios de retiro, presta para que meditara sobre lo que ya no había nada que meditar. Me disponía a cerrar el despacho después de haber dado mi última clase del día cuando uno de los dos bedeles de la planta —quizá fuera el ujier, no lo recuerdo —me dijo que don Claudio Esteban me había llamado por teléfono mientras aleccionaba a mis alumnos sobre lo que está bien y lo que no lo está.

¡Caray! —exclamé con cierto sarcasmo. —Al menos, ese viejo loco se ha acordado de mi cumpleaños.

El ordenanza pareció sorprendido aunque no tardó en reaccionar.

Felicidades, don Patricio. No sabía que hoy...

Gracias —le contesté con la misma sinceridad con la que me había hablado.

Siempre me ha fastidiado que me llamen por mi nombre de pila. La verdad es que, cuando llegué a la mayoría de edad, tenía que haber demandado a mis padres por haberse roto la cabeza al buscar nombre para su primogénito. La culpa fue de mi madre, que era irlandesa y quiso que su hijo llevase algo más que su sangre.

La noticia me llegó cuando Claudio Esteban era ya un cadáver, pero yo lo ignoraba. ¿Cómo iba a imaginar que había muerto de un infarto nada más colgar el teléfono? Aquel anciano alucinado había sido como un hermano para mí mientras estuve bajo la tutela de los Jesuitas, más de veinte años. Siempre había estado rodeado de libros y su portentosa imaginación le había hecho decir, en más de una ocasión, barbaridades acerca de cualquier hecho histórico que sonrojaron a más de uno y alarmaron a la mayoría. Nunca le consideré un historiador serio, sino más bien un pobre fracasado en busca de algo que le diera fama y gloria, ya que, en caso de conseguir dinero, habría ido a parar a la tesorería de la orden. Pero, al fin y al cabo, era un personaje entrañable, como un niño al que le divierte inventar cuentos que le gustaría que fueran verdad. Toda su obsesión se resumía en bajarle los pantalones a la Historia y ponérselos del revés, en buscar lo nunca encontrado, en descubrir alguna teoría oculta durante siglos que explicara algo que, gracias a Dios, ya no podría cambiar el rumbo de los acontecimientos. Siempre pensé que, de haberse inventado una máquina del tiempo, don Claudio habría viajado en ella y Napoleón terminaría fregando los barracones de la tropa.

Abandoné la Facultad y conduje pacientemente hasta la calle de Serrano para visitar a mi buen amigo don Claudio. Sabía que no era de recibo que, siendo yo quien cumplía años, fuera a su celda del convento para que me felicitara, aunque en su caso, siendo un octogenario que apenas podía caminar, lo menos que podía hacer era desplazarme hasta allí y hacerle compañía durante un rato.

La portera del convento, una mujer con aspecto imponente por sus mejillas sonrosadas sobre un cuerpo rollizo y enorme, me recibió con gesto desagradable y me indicó cómo podía subir a su habitación. Aquellas explicaciones estaban de más porque conocía el camino. Lo hice en ascensor ya que, aunque estaba en la segunda planta, me gustaba abrir las viejas puertas de madera y pulsar el panel de botones anacarados con los números gastados por el tiempo. Golpeé con suavidad la puerta dos veces con los nudillos y esperé respuesta. Pero nunca llegó a mis oídos. Un muerto no puede hablar. Giré el picaporte dorado muy despacio y entré en la celda. Allí estaba don Claudio, sentado en su butaca tapizada de terciopelo rojo que había frente a la mesa llena de papeles y libros, con la cabeza agachada y la mano todavía sobre el auricular del teléfono. Su corazón había dejado de latir nada más cortar la comunicación. Tenía el rostro sereno, como a quien le afeita la guadaña sin hacerle daño, como si, de repente, se hubiese sentido muy cansado y hubiera decidido que ya estaba harto de ocupar un lugar en el mundo. Se había ido tal y como vivió, dando una nota original a su marcha.

Supe de inmediato que estaba muerto. Su rostro reflejaba una paz de la que nunca hizo gala. Ni siquiera me acerqué a él alarmado temiendo que un insignificante soplo de vida aún quedara en su cuerpo. Don Claudio siempre había sido rotundo. “O se hacen bien las cosas, o no se hacen”, solía decir.

¡Dios mío! ¡Padre Claudio! —exclamó la portera cuando le avisé que fuera hasta la celda para ver lo que había ocurrido.

Luego desapareció de mi vista escaleras arriba para avisar a no sé quién. Regresé a la habitación y me senté sobre la cama, junto a su mesa de trabajo. Allí, mientras esperaba a que alguien de la orden bajara, recordé las entretenidas charlas que don Claudio y yo manteníamos sobre sus fantasiosas e inimaginables fanfarronadas históricas. Incluso creí que su cuerpo, con seguridad todavía tibio, se movía y me regañaba por incrédulo e ignorante. Por eso me asomé a los papeles que tenía sobre la mesa para tratar de arreglarlos y dejar algo más digna su malograda reputación de hombre desordenado. Fue al recoger sus libros y algunos apuntes cuando me llamó la atención el título de un cuadernillo cosido con lana, como siempre acostumbraba a guardar sus trabajos.

—“Los Iscariotes a través de la Historia” —leí en voz baja.

Jamás había visto aquel nombre que, por otra parte, me resultó familiar. Pasé la página y continué leyendo antes de que nadie pudiera interrumpirme.

Si alguien me oye decir que, casi dos mil años después de la muerte de Nuestro Señor, Judas Iscariote está vivo, me tomarían por un demente. Pero quizá, si supieran que el apóstol traidor no era más que el germen del engranaje de una máquina que a través de los tiempos continúa funcionando como recién engrasada, cambiarían de opinión. Muchos han sido los años que he empleado en descifrar el mensaje que, desde el principio del cristianismo, amenaza con derrotar la fe y la esperanza que millones de personas tienen puestos en Jesucristo. Y aún puede conseguirlo. No quiero ser alarmista. Sólo pretendo desvelar el secreto del que todos somos extraños.

No me atrevía a seguir leyendo. Sentí una profunda vergüenza ajena que crecía cada vez que mis ojos tocaban las palabras escritas por su antigua pluma estilográfica. El viejo loco de don Claudio Esteban había sido consecuente consigo mismo hasta que Dios o el diablo se lo llevó a su lado. No sólo construía la Historia a su antojo, sino que se permitía la licencia de tocar temas que bien le hubiesen valido un disgusto por parte de cualquier compañero de la orden. Aún así, preferí continuar revisando el manuscrito, tal vez porque era el último contacto que tendría con él. No sabía que, al hacerlo, iba a hipotecar varios meses de mi vida en el sueño de un incomprendido.

Mis investigaciones no han sido fáciles, pero al final han dado resultado. Para ello he tenido que ser disciplinado y seguir un método lógico, sin obviar un solo paso. Es por esto que de tal forma voy a exponerlo ante el lector, que seguirá escéptico mis palabras ante un hecho tan contrastado, pero que al final de mi exposición, dejará su incredulidad aparcada junto al Catecismo.

Recordemos, por tanto, y para iniciar mi exposición cronológicamente, algunas de las pocas palabras que el Evangelio dedica a Judas Iscariote, para continuar después con los argumentos que he podido ir recopilando no sin mucho esfuerzo.

Al ver Judas, el traidor, que habían condenado a Jesús, sintió remordimientos y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y senadores, diciéndoles:

He pecado, entregando a la muerte a un inocente.

Ellos le contestaron:

Y a nosotros, ¿qué? ¡Allá tú!

Entonces arrojó las monedas contra el santuario y se marchó; luego fue y se ahorcó.

Los sumos sacerdotes recogieron las monedas y dijeron:

No está permitido echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.

Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero, para convertirlo en cementerio de extranjeros. Por eso aquel campo se llama todavía hoy «el Cementerio» (Mateo 27, 3-8).’

Hasta aquí, todo el mundo conoce la historia. Pero si el lector es atento y tiene un ejemplar comentado de la Santa Biblia, reparará en una nota a pie de página que dice que aún no se sabe con certeza lo que ocurrió con las treinta monedas, haciendo después referencia a algunos versículos de los Hechos de los Apóstoles. A mí me ocurrió esto mismo, por lo que adelanté unas docenas de páginas y pude leer lo siguiente:

Uno de esos días había reunidas unas ciento veinte personas. Pedro se puso en pie en medio de los hermanos y dijo:

Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo había predicho en la Escritura; lo que David acerca de Judas, que hizo de guía a los que arrestaron a Jesús. Era uno de nuestro grupo y colega en este servicio nuestro.

Con la paga del crimen compró un terreno, se despeñó, reventó por medio y se esparcieron sus entrañas. El hecho se divulgó entre los vecinos de Jerusalén, y a aquel terreno lo llamaron en su lengua Hacéldama, o sea, «cementerio», porque en el libro de los Salmos está escrito: “Que su finca quede desierta y que nadie habite en ella” (Hechos 1, 15-20).’

Desde luego, lo que se hizo con las treinta monedas queda aclarado ya que, definitivamente, se compró un campo. Aunque no supe hasta más tarde el porqué de esa nota a pie de página poniendo en duda el destino del dinero, me percaté de que en el primer párrafo dice que Judas se ahorcó mientras que en el segundo se despeñó tras comprar un terreno. Eso también contradice al Evangelio de Mateo, que explica cómo fueron los sacerdotes quienes compraron el campo.

Extrañado con tales contradicciones, resolví aclararlas aunque fuera lo último que hiciera en esta vida. Tras una búsqueda implacable, llegó a mis manos cierto relato de Santiago de Betania (ver documentación que adjunto al final), un herrero de la aldea cercana a Jerusalén y que según decían las gentes, cuenta cómo Judas no se arrepintió inmediatamente después de haber entregado a Jesús, sino que se arregló con los sacerdotes para organizar un grupo que disolviera a los seguidores del Condenado. El propio Judas, junto a un senador y un sacerdote, se erigieron como cúpula de poder de lo que denominaron “Iscariotes”, en clara referencia al apellido del traidor. Algún tiempo después, el apóstol comprendió su mal y trató en vano de disolver la camarilla que, poco a poco, ganaba adictos. Pero era demasiado tarde. Los Iscariotes ya eran muy numerosos y sus relaciones gozaban de grandes influencias. Así es como Judas, derrotado y arrepentido, trató de suicidarse. Antes de colgarse de un árbol próximo a un campo al que Santiago de Betania llama “Campo de Sangre”, los hombres de los sacerdotes dan con él y le arrojan desde una peña. Es así como muere, y no como cuenta Mateo”.

Dejé el cuadernillo a medio leer sobre la mesa y miré al cadáver. Definitivamente, don Claudio Esteban había llegado a la cima de su locura. Fue entonces cuando agradecí que hubiera muerto antes de que algún científico lunático diera a la humanidad la ocasión de viajar a través de los tiempos. De ser así, Simón Pedro hubiera terminado, no por cortar la oreja a un soldado con la espada, sino por echar a los romanos de Galilea con una división acorazada. Por supuesto que aquel montón de palabras eran una excusa perfecta para escribir una novela de espionaje religioso en tiempos del Imperio, pero no para tratar de hacer verídica una mentira tan imaginativa. Decidí llevarme las hojas a mi casa como muestra y recuerdo de su fantasía antes de que nadie apareciera, pero la mala suerte y una primera indecisión me cortaron la cuerda del tiempo. Me disponía a esconder el cuadernillo bajo la chaqueta cuando apareció la portera acompañada por uno de los compañeros de don Claudio. Instintivamente, pasé las páginas como si hubiera estado ojeando el folletín sin demasiado interés antes de volverlo a dejar sobre la mesa. Fue al hacerlo cuando descubrí, entre un mar de papeles, una fotocopia de un libro que parecía haber sido impreso hacía varios siglos, quizá por su tipografía en la temprana Edad Media, donde a modo de titular, y en latín, explicaba la importancia de los Iscariotes en la firma del edicto de Milán. No me fue difícil leerlo ya que dominaba desde los catorce años la antigua lengua muerta con la misma soltura que el castellano paterno o el inglés de mi madre. Aquello sí parecía ser auténtico, pero no me fue posible examinarlo durante más que un instante. El sacerdote, sin tan siquiera saludarme, me invitó a salir de la celda y a abandonar el convento. Y así lo hice, con las manos vacías, el corazón encogido y el pensamiento molesto por la incertidumbre.




CAPITULO II



Jonás Padrón era, como yo, catedrático en la Universidad Complutense de Madrid. Hacía más de cinco años que no sabía nada de él hasta que lo encontré de pie junto a la tumba de don Claudio, en el cementerio de El Pardo. El sepelio era, en cualquier caso, patético. Apenas éramos una docena de personas las que habíamos ido a despedir al jesuita muerto el día antes. Y es que el bueno de don Claudio ya había enterrado a toda su familia y a la mayoría de sus amigos. No sé si merece la pena vivir tanto tiempo.

Después de que uno de los enterradores municipales hubiera echado la primera palada de tierra sobre el ataúd ya que nadie quiso disfrutar de aquel macabro honor, me acerqué hasta donde estaba Jonás. Antes de saludarle, pensé que aquel hombre debía dormir en un frasco relleno de formol porque se conservaba como la más preciada mariposa de un cuidadoso coleccionista. Si no recordaba mal, yo debía de ser diez años más joven que él y ni siquiera se adivinaba una sola cana entre sus poblados cabellos. Por el contrario, mi cabeza estaba en proceso de desertización, sobre todo por la coronilla, donde cualquiera hubiera jurado que me hacía la tonsura entre cortos mechones que cada día se vestían más de gris.

Me alegro de verle, doctor Calleja —me dijo acercándose.

¿Cuándo hiciste ese pacto con el diablo para conservarte tan bien? —le pregunté mientras nos dábamos un protocolario abrazo para luego seguir caminando hacia la salida del camposanto.

Vida sana —respondió sonriente. —Nada de tabaco, nada de alcohol, y un poco de gimnasia todas las mañanas.

Valiente mentiroso —le acusé mientras rebuscaba dentro del bolsillo un paquete de tabaco a medio terminar. —No creo que hayas sido capaz de apartarte de tus viejos vicios —dije mientras le ofrecía uno. Y aceptó.

Estaba seguro de lo que decía. Jonás Padrón había sido el golfo más intoxicado de cuantos había tratado. Nos conocimos pocos meses antes de que yo me hiciera cargo de mi cátedra, cuando nos presentaron en una de esas reuniones burocráticas que no sirven para nada. Para entonces, él ya ostentaba con cierto orgullo y toneladas de prepotencia la suya de Historia Medieval en la cercana Facultad de Geografía e Historia. Una lluviosa tarde de primavera, durante la fiesta que dimos en casa para celebrar mi ascenso, trató de cortejar a la que luego fue mi mujer entre vientos de cerveza que salían de su boca. Lucía, por supuesto, acabó por despejar sus intenciones con dos sonoras bofetadas que hicieron sobresaltarse y sonreír a los invitados. Creo que fue aquel hecho lo que hizo que me resultara simpático, claro está, no ese mismo día, sino años más tarde, recordando aquella triste anécdota, cuando de buena gana hubiera dejado que violara a Lucía, no sólo en mi casa, sino en mi propia cama. Jonás Padrón era un ser con un sólo principio: hacer lo que le apetecía cuando, como y donde le diera la gana. Eso no era obstáculo para que fuera un buen profesor, fiel a sus amigos... siempre y cuando no hubiera entre medias una mujer, una botella de cerveza y algo de humo con que llenar los pulmones.

Esa mañana de noviembre, mientras don Claudio y sus fantasías comenzaban a descomponerse, Jonás y yo tomamos café en mi despacho de la Facultad. Allí, confesé haber tenido muy abandonado al anciano jesuita durante meses, visitándole cuando la pereza se marchaba de vacaciones ya que jamás había logrado vencerla. Por su parte, él admitió haber obrado del mismo modo, aunque su último encuentro fuera quince días antes de su muerte.

¿Parecía enfermo? —le pregunté simulando interés, más bien porque es lo que se suele preguntar en estos casos.

En absoluto. Parecía viejo. Ya sabes cómo era él, siempre absorto en sus libros y en absurdas elucubraciones. De hecho, aquel día me echó de su habitación después de unos minutos. Ya sabes que le fastidiaba horrores que alguien le interrumpiera cuando se encontraba trabajando. Aún así, noté que no andaba muy bien de cabeza, ya me entiendes, la edad... Físicamente, no hace falta decir que el pobre apenas podía caminar, pero siempre fue un hombre lúcido... dentro de lo que cabe. Creo que había empezado a desvariar.

Jonás sabía tan bien como yo que el pobre don Claudio había muerto feliz, con las botas puestas, tal y como le hubiera gustado. Nos despedimos con la firme promesa de llamarnos en días próximos para continuar hablando sobre lo humano y lo divino, frases que siempre se dicen y casi nunca se cumplen, y más cuando uno de los dos no pone nada de su parte. En el caso de Jonás, su excusa era perfecta: quería llegar a ser decano y para ello no escatimaba tiempo ni esfuerzo. No cesaba de aprovechar la ocasión de conocer cualquier contacto influyente dentro de las altas esferas políticas y académicas. Lo llevaba haciendo desde mucho antes de que me lo presentaran y continuaba sintiendo aquella predisposición a la escalada social. Según me dijo antes de volver a darnos un abrazo, iba a tener muy pocos huecos libres de los que disfrutar durante varios meses. El rectorado le había pedido que asistiera como representante de la universidad Complutense a unos cursos de verano que iban a celebrarse en París. Se trataba de analizar los movimientos económicos a nivel mundial a través de la Historia, y más concretamente, su relación con la aparición del hambre a gran escala en más de la mitad del planeta.

¿Y qué tienes que ver tú con tanto economista? —le pregunté.

No son ellos los que me interesan —me respondió el viejo golfo con sonrisa cómplice—, sino lo que tienen: prestigio, responsabilidades... Si logro atar buenos lazos con algunos de esos magnates y politicastros, tendré el crédito que necesito para subir algunos peldaños más. De momento, he conseguido que me dejen organizar parte de las aulas.

¿Y cómo lo has conseguido?

Ya me conoces. Una mentirijilla aquí, un poco de coba por allá... y los años, que ya son sesenta y uno, y eso da cierta seriedad y experiencia.

No era difícil creerle. Acostumbrado a pavonearse entre personalidades durante las jornadas de verano de El Escorial y en las del Palacio de La Magdalena, Padrón había decidido dar un salto más y conquistar los recién creados Cursos Europeos de Verano. Las personas no cambian cuando son los genes quienes les dictan la norma a seguir y Jonás Padrón no lo haría nunca. Sus cromosomas le guiaban la mente por un camino predeterminado del cual nunca se podría desviar.


* * *


Tardé dos días en olvidar la ambición del catedrático y volver a acordarme de la existencia del cuadernillo que había comenzado a leer en la celda del jesuita. En uno de los descansos entre clase y clase, cuando los alumnos aprovechan para fumarse un cigarrillo y yo lo hago para fumarme dos, estuve pensando en aquellas absurdas palabras acerca del apóstol traidor y la ridícula elucubración del entrañable don Claudio. Así pasé toda la mañana, soltando idioteces acerca de la moral y la ética que deben regir el texto dentro de la columna de un periódico mientras mi mente no hacía otra cosa que retroceder en el tiempo y estamparse de narices contra el pequeño manuscrito. Fue a causa de ese molesto acoso de mi curiosidad por lo que decidí volver al convento de la calle de Serrano después de comer. Quería tenerlo de nuevo entre mis manos. La portera continuaba sentada detrás de la ventanilla como hacía tres días y tuve que sobornarla para que me dejara acceder a la celda. Antes de que sus gruesas manos giraran la llave dentro de la cerradura, me ilusioné al estar seguro de conseguir el cuadernillo. Pero lo único que sentí fue frustración cuando la mujerona abrió la puerta. Alguien había entrado allí con anterioridad y le había quitado el polvo a todo lo que encontró, o lo que era lo mismo, había revuelto la habitación dejándola en el más absoluto desorden. Una vez más, la portera desapareció escaleras arriba. Desde luego, el ladrón no era exactamente un tipo de guante blanco.

Reaccioné de inmediato. Asumiendo mi primer error cometido el día de la muerte de don Claudio, me puse manos a la obra antes de que apareciera la portera acompañada por algún sacerdote. Dispuse de varios minutos de total soledad para buscar el cuadernillo pero no pude encontrarlo. El ladrón había volado con él y nadie sabía con qué más. En su lugar, y escuchando ya de fondo los pasos de la mujer y el cura, guardé debajo de la gabardina la Biblia que el jesuita solía ojear antes de irse a dormir, arrastrando en mi pequeño hurto varias hojas de papel que había debajo. Pocos segundos después, la portera se presentó cubriendo la retaguardia al mismo sacerdote que me echó el día de mi cumpleaños. De nuevo sin saludarme, me pidió que me fuera por donde había venido. Tuve que poner cuidado para que las hojas que escondía no crujieran delatándome.

Regresé a la Facultad y me encaminé a mi despacho. Las paredes de chapa despintada del ascensor fueron las únicas que notaron mi nerviosismo porque no dejaron de quejarse según subíamos hacia la quinta planta. Tuve el tiempo justo de guardar mi botín en un armario abarrotado de libros antes de que, ¡oh, milagro!, alguien llamara a la puerta. Se trataba de una mis alumnas, la más peculiar de todas. Porque, ¿a qué persona sensata de este mundo se le ocurre cursar el doctorado en la cátedra de Ética y Deontología de la Información? Goretti entró en la habitación como quien lo hace en la consulta del dentista. Sus ojos oscuros no eran capaces de detenerse en un mismo lugar un solo instante. No es que pareciera nerviosa, es que lo estaba. También era cierto que el desorden de mi despacho era suficiente como para despistar a cualquiera. No parecía el de un hombre de letras, sino el de un chamarilero de compraventa de papel. Y la joven así debió pensarlo.

La invité a que se sentara ante mi mesa y retiré varios libros de encima para que pudiéramos vernos mejor. Conocía ese rostro alargado y de perfiles suaves de haberlo visto el curso pasado en alguna de las aulas de la quinta planta, donde los polluelos aprendices de periodistas terminaban de romper el cascarón. Recordé que aquella muchacha delgada, de grandes ojos oscuros y de cabellos color caoba tenía que ser la estúpida que había solicitado hacer el doctorado en mi cátedra. Seguramente le habrían denegado poder cursarlo en cualquier otro departamento por falta de calificaciones y de cerebro.

Soy Goretti March. Tenía una cita con usted a las cuatro. Siento haberme retrasado —se explicó con la mirada fija en ninguna parte.

No te esperaba hasta junio —bromeé para romper el hielo. Sabía que la muchacha estaba muy cohibida. Parecía demasiado tímida como para presentarse allí y decirme, además de tan simple presentación, que no tenía otro lugar a donde ir.

¿Hasta junio? —se extrañó mostrando una sonrisa forzada por la duda y su buena educación.

¡Claro, mujer! Es el mes en el que se dan las notas. ¿O es que crees que no recuerdo que apenas asististe a mis clases el curso pasado? —le dije para ver cómo reaccionaba. —Esperaba que hicieras lo mismo este año.

Toda la sangre de su cuerpo fue a acumularse en sus mejillas. Debía de estar pasando un calor inhumano, pero no por ello dejé de hacerle pasar un mal rato. Me gustaba la situación y quería saber con qué clase de persona iba a tener que verme las caras durante los siguientes dos años.

Goretti quedó muda ante mi acusación, pero pronto recuperó el habla para defenderse con una excusa tan tonta como formal.

Sé que no fui demasiado a clase pero, al final, estudié sus apuntes y aprobé.

Solté una carcajada que se escuchó en los despachos contiguos.

¡Y con sobresaliente!, si no recuerdo mal. Cualquiera puede sacar un diez conmigo de profesor. Sólo tiene que copiar en el examen mientras leo el periódico.

Yo no lo hice —dijo revolviéndose en la silla. —Y no suelo mentir.

Aún así, no tiene mucho mérito —sentencié—. Sobresaliente… —terminé por murmurar irónico.

Decidí cambiar de actitud antes de que me partiera la cara en dos o se marchara llorando del despacho. No sabía cuál podía ser su siguiente reacción y no tenía demasiadas ganas de averiguarlo.

¿Por qué has elegido esta cátedra para tu doctorado?

Dudó un instante antes de responder.

No me han aceptado en las demás —confesó.

Al menos, te interesará la asignatura —le dije seguro de escuchar un sí por respuesta.

No lo sé. Espero que usted haga que me guste.

Aquel revés no era la excusa de una idiota descerebrada. Al menos, no la de una joven que sólo quería tener un título más dentro del cajón para ver cómo se pudría, igual que las ilusiones de don Claudio.

Veré cuánto jugo se puede sacar de esa cabeza.

Todo el que usted quiera.

Aquella timidez de niña tonta que había mostrado minutos antes no era otra cosa que mero formalismo. Goretti sabía lo que quería aunque yo, por aquel entonces, ignoraba que fuera una mujer tan decidida.

Para empezar, tengo una tarea para ti. De tu eficacia dependerá, en gran medida, tu éxito en el doctorado —mentí.

Debo reconocer que, ante todo y sobre todo, soy bastante perezoso, por lo que habitualmente me las ingenio para que otro haga el trabajo que me corresponde. Y suelo exigirle más que a nadie. Así que hice una pausa para traer ante mis ojos de memoria el texto que había visto en la celda de don Claudio el día de su muerte, en particular la fotocopia del libro que implicaba a aquellos Iscariotes en la firma del Edicto de Milán.

Espero que te gusten los trabajos de investigación. ¿Tienes conocimientos de latín?

Suficientes para traducir cualquier texto.

No se trata de pasar las páginas al “Libro de las Galias” igual que hacías en el colegio ―aventuré con aquel reproche—. Hay una obra escrita en la temprana Edad Media, entre los siglos X y XII, donde se habla del edicto de Milán y la importancia de un grupo... poco conocido que influyó en cierta manera en su proclamación. Quiero toda la información sobre ese libro en esta mesa dentro de una semana.

Goretti no pareció asustarse ante mi petición.

¿Cómo se llama y dónde puedo encontrarlo? —me preguntó mientras sacaba del bolso una pequeña agenda.

Sonreí antes de responder.

No tengo ni idea. Esos son los únicos datos de que puedes disponer.

No quise mentar a los Iscariotes por no parecer tan demente como mi difunto amigo.

La joven se levantó de la silla y me tendió la mano en señal de despedida.

Aquí lo tendrá —afirmó como si ya supiera de qué libro se trataba.

O aquella muchacha tenía mucho valor o se pasaba de lista. No me arriesgo afirmando que estaba convencida que usando Internet y haciendo una búsqueda genérica en el Google iba a solucionar la papeleta en un pis-pas. ¡Había que ser ingenuo! Aquella opción no era válida: yo la había probado ya y había fracasado. Así se lo dije, más que nada para ahorrarle un disgusto y un par de horas frente al ordenador. Pero pareció no importarle. Me dejó su número de móvil escrito en una hojita de la agenda ―yo no tenía móvil (ni antes ni ahora) así que no le di nada— y se despidió.

Desapareció del despacho cerrando la puerta cuidadosamente tras de sí. La muchacha no me había causado mala impresión. Quizá resultara interesante tenerla como alumna de doctorado, o pudiera ser mejor como colaboradora para satisfacer mis intereses, que es lo que solemos hacer los catedráticos cuando queremos obtener mano de obra gratis a la hora de trabajar en lo que nos apetece. Por ello le mandé averiguar a qué libro pertenecía la fotocopia que había visto sobre la mesa de don Claudio y despejar las dudas que habían surgido en mi mente después de que se hubiera producido el robo en su celda. Como he dicho antes, yo era —y sigo siendo— demasiado vago para perder el tiempo en constatar una fantasía de tal calibre. No me equivoqué en ordenarle aquella misión de rata de biblioteca ya que la muchacha resultó ser mucho más inteligente y efectiva de lo que en un primer momento pensé. No sólo me trajo el título del libro, sino que me indicó dónde podía conseguir un ejemplar. Pero eso ocurrió tres días más tarde.

Entretanto, ocupé mi tiempo en un gratificante viaje al pasado, revisando una antigua y empolvada enciclopedia editada a mitad de los años cuarenta. Era la única obra que, dividida en doce volúmenes de considerable grosor, tenía ordenada en la estantería de mi despacho. Antes ya había tratado de descubrir algo interesante a través de Internet, pero todos los intentos fueron inútiles.

Empleé horas muertas en regodearme con la imaginación del jesuita. Como un colegial de enseñanza primaria, fui copiando a mano y en hojas vírgenes, frases inconexas acerca de la proclamación del edicto de Milán por el emperador Constantino en el año 313. Incluso bajé varias veces a la biblioteca de la facultad para intentar dar con algún texto que, acaso, hablara de los Iscariotes. Pero todo mi trabajo fue en vano. Tampoco puse demasiado interés. Lo tomé como un entretenimiento mientras la pobre Goretti se dejaba las pestañas e interminables minutos en un cometido absurdo. Pero ni los artículos de la enciclopedia ni las entrañas de la biblioteca lograron desvelarme nada que ya no supiera. Aún así, no quedé decepcionado por tan apático esfuerzo. Mi fracaso no hacía otra cosa que corroborar mis sospechas respecto al cuadernillo. El convencimiento en que la búsqueda de mi pupila resultaría infructuosa, darían carpetazo al asunto. Además, no había perdido demasiado tiempo. Aquella fotocopia bien podía ser un montaje del propio don Claudio para dar más credibilidad a una investigación falseada o a una novela autentificada.

Goretti llegó la mañana de aquel viernes dispuesta a tambalear todos los cimientos sobre los que yo había edificado mi defensa ante la fútil ilusión de mi pobre amigo. Entró en mi despacho con la sonrisa de los vencedores y una minifalda libidinosa que abría hasta los párpados más cansados. Se sentó frente a mi mesa y me dijo satisfecha que había cumplido mi encargo. Mi expresión debió de dejarle perpleja porque tardó unos segundos en abrir su bolso y sacar su agenda. Sigo pensando que la pobre no sabía si yo tenía los ojos como lunas porque había cumplido mi recado o por no perderme detalle de las medias que enfundaban sus piernas. Después de respirar profundamente y pasar varias páginas con movimientos pausados, me miró a la cara y me achacó haberla engañado.

No se conoce el título de la obra que usted me mandó buscar.

Lo sabía —mentí con toda la convicción que fui capaz de mostrar—. Sólo quería ver hasta dónde podías llegar con los pocos datos que te di.

Hasta el final —me contestó molesta después de conocer mi trampa—. Me ha costado mucho dar con ese libro. Espero que mi trabajo demuestre mi eficacia.

Asentí con la cabeza antes de escuchar su relato. Sus pesquisas habían comenzado en la Biblioteca Nacional el día en que nos conocimos y habían terminado en el mismo lugar tres días después. No tardó demasiado en localizar la obra, un viejo ejemplar nacido en la Abadía de Cluny en el siglo X, entre los años 950 y 975 según rezaba el informe adjunto a la obra. No se conocía ni el título ni el autor, pero todo hacía pensar que había sido escrita por uno de los monjes de la abadía versado en la historia del Imperio Romano y con ganas de desvelar viejas leyendas acerca de la libertad religiosa a partir del mandato de Constantino. El fraile en cuestión podía llamarse Antonio de Ameugny, pero aquel dato no podía constatarse por ningún medio ya que se conocía poco acerca de la vida de aquel hombre. Goretti se lamentó por no haber podido tener el extraño ejemplar entre sus manos ya que le negaron el acceso a él, quizá por ser una joven e inexperta estudiante. Aún así, el informe oficial que pudo leer explicaba que el libro era una copia del original, guardado celosamente en la propia abadía.

¿Y qué puedes decirme del grupo subversivo del que te hablé? —pregunté con disimulada ansiedad.

¿Los Iscariotes? Nada que no aparezca en el título de uno de los capítulos. La copia está incompleta. Habría que trasladarse a Cluny y ver el original. Quizá ahí... —se explicó—. Por otro lado, he averiguado que toda la información que hay en España sobre la firma del edicto de Milán se encuentra en la universidad de Salamanca.

La muchacha había visto una obra en la que aparecían aquellos Iscariotes del demonio y yo continuaba sentado frente a ella aparentando total tranquilidad aunque mi corazón se había despertado de un brinco. El pobre don Claudio buscó información precisa para su nueva locura e incluso consiguió hacer una fotocopia de un libro cuyo acceso estaba, al menos, restringido. ¿Qué había hecho para tenerlo entre sus manos? Además, nadie en su sano juicio le hubiera permitido poner el libro sobre el cristal de una fotocopiadora o de un escáner y que su potente luz sumara mil años de envejecimiento a sus páginas. Todo resultaba tan poco corriente como falso. Mis ojos podían haberme engañado y lo que creí real no fue otra cosa que ilusión por revivir las manías de mi amigo. Pero había algo de verdad en todo aquello. Goretti había leído el mismo título que, pocos días antes, descubrí en la celda del muerto. Los Iscariotes, según Antonio de Ameugny, habían influido, de un modo u otro, en la firma del edicto de Milán. Y puestos a investigar, sólo tenía una solución: trasladarme a Salamanca y ver qué podía sacar en claro sobre el hecho histórico para después viajar a Cluny si deseaba saber algo más de aquel libro sin nombre.

Tuve que esforzarme para explicar a mi joven alumna que aquel encargo no tenía en absoluto que ver con su doctorado. Goretti no entendió cómo le había pedido buscar algo que ni tan siquiera sabía que existía y se mostró decepcionada ya que su esfuerzo no había servido para nada. Traté en vano de animarla diciéndole que tan sólo era una prueba para ver con qué clase de alumna contaba y así poder sacarle todo el jugo, pero no sirvió de nada. Cuando nos despedimos, su rostro apesadumbrado reflejaba la tristeza del que cumple con su deber y no se le reconocen sus méritos. Pero pronto cambiaría.


* * *


Salamanca me recibió con el cielo gris. La lluvia intermitente y el viento frío hicieron que llegara con un buen catarro a la universidad. Antes pasé a registrarme en el hotel donde me alojaría las dos noches siguientes. Luego, me dirigí hacia la facultad de Filosofía. Mientras caminaba por las populosas calles de la capital castellana, iba ordenando ideas dentro de mi cabeza. El viaje no había sido demasiado largo, lo suficiente para intentar colocar cada pieza en su lugar. Además, por una vez en la vida, decidí dejar el coche en el garaje y tomar el tren para concentrarme en aquello que quería investigar. Desde que Goretti apareció en mi despacho con aquel informe sobre el libro del tal Antonio de Ameugny y una minifalda no mucho más ancha que un cinturón, los recuerdos se fueron precipitando en mi mente hasta llegar a formar una sucesión lógica de acontecimientos. Por supuesto, don Claudio era un viejo loco dispuesto a alcanzar la fama con o sin razón. Su imaginación había costado a sus amigos —entre los cuales me incluyo— más de un bochorno. Pero, al parecer, alguien se había molestado más de la cuenta por aquel cuadernillo que el día de su muerte sostuve durante unos minutos entre mis manos. Desde luego, la idea de un grupo formado por miembros contrarios a la doctrina de Jesucristo no era nada nuevo, aunque sí su nombre: los Iscariotes. Jamás nadie lo había escuchado. Quizá, ese alguien, un tanto ofendido por una causa que entonces yo desconocía —hoy me tiro de los pocos pelos que me quedan por haber sido tan idiota— decidió que aquel cuadernillo no era digno de que nadie lo viera y entró en la habitación del jesuita para hacerse con él. Por mi parte, y como suele ser habitual, la pereza me pudo y no fui a echarle otro vistazo hasta que ya fue demasiado tarde. El robo en la celda era evidente y su objetivo también estaba claro: el ladrón se hizo con el texto manuscrito y con toda la información que pudo. Tan sólo dejó lo que consideró sin interés o lo que no le dio tiempo a guardarse en el saco. Hoy, sentado en mi despacho, sé que los minutos se le abalanzaron en la celda de don Claudio y tuvo que salir huyendo con casi todo. Aún así, la prisa es mala consejera y dejó algo del tesoro para otro, para mí: la Biblia del jesuita y varios papelotes que aquel día todavía no había mirado con detenimiento pero que no tardaría en hacerlo. Por lo tanto, aquella fantástica historia de los Iscariotes podía ser falsa o verdadera, pero alguien estaba dispuesto a que no lo averiguara ni yo ni nadie. La única pista con la que contaba era el libro editado en la Abadía de Cluny hacía mil años y una torpe historia sobre la injerencia de los Iscariotes en la proclamación del edicto de Milán.

Llegué a la biblioteca de la universidad pasado el mediodía. Después de preguntar si la documentación que precisaba la tenían en formato digital —la negativa fue rotunda: eran textos muy antiguos y poco consultados— ordené a un bedel que me llevara a la mesa todo lo que hubiera acerca de la proclama de Constantino al tiempo que sacaba de mi maletín las notas que había tomado sobre el emperador romano de la enciclopedia de mi despacho. Mientras esperaba mi encargo, observé con detenimiento que el emperador se había dado relativa prisa en permitir la libertad de culto dentro del Imperio. Todo había comenzado algunos años antes. El sistema que implantó Diocleciano dividiendo el poder entre cuatro hombres iba a desembocar en una guerra entre Augustos. Maximiano y Constancio se encargaban de poner orden en occidente mientras que el propio Diocleciano junto con Galerio lo hacían en oriente. Diocleciano abdicó en el 305 y obligó a hacer otro tanto a Maximiano. De esa forma, el Imperio quedaba con una cabeza a cada lado. Galerio se encontró con todo el oriente a sus pies y pensó que hacerse con el resto del poder sería cuestión de tiempo. Al fin y al cabo, Constancio era el único que quedaba a su misma altura. Desoyendo las voces críticas que le acusaban de prepotente, nombró sucesor de Diocleciano a Licinio sabiendo que la influencia que tendría sobre él sería suficiente para que no le pusiera obstáculos a la hora de proclamarse único dueño y señor del Imperio. Pero por aquel entonces, en occidente, había hecho su aparición Magencio usurpando el poder a Maximiano sin ningún permiso. En contra de lo que cualquier ser humano en su sano juicio hubiera podido pensar, a Galerio le gustó la maniobra aunque eso suponía tener de nuevo a dos personas al mando de occidente. Sin pedir consejo a nadie y sacándose el permiso de debajo de la toga, le nombró Augusto, o lo que era lo mismo, le dio potestad para hacer y deshacer a sus antojo, quizá porque le convenía tal jugada. Un año más tarde, en el 306, Constancio murió guerreando contra los Pictos y sus soldados, en el mismo campo de batalla, cedieron el poder a su hijo Constantino en calidad de Augusto. El propio Maximiano, entonces en el destierro, le reconoció tal categoría y le brindó su apoyo. Incluso le ofreció a su hija en matrimonio. Poco tiempo después, Constantino obligó a su suegro a suicidarse y así se quedó con su parte del pastel. Los anhelos de Galerio y Constantino coincidían: los dos querían convertirse en únicos dueños de Roma. Se trataba de una guerra de tres contra uno. Pero Licinio, que hasta ese momento había resultado un muñeco de trapo neutral manejado por Galerio, fue el primero en desertar y pasarse al bando contrario con lo que las fuerzas quedaban igualadas. A Galerio no le dio tiempo a plantar cara a sus contrincantes. Murió en el año 311 y Constantino se empleó a fondo contra Magencio, derrotándole y acabando con su vida en la batalla del puente Milvio, a las afueras de Roma, el veintiocho de octubre del año 312. Aunque Licinio estaba de su parte, Constantino no quería futuras guerras y se autoproclamó Máximo Augusto, o lo que era lo mismo, tenía poder para hacer lo que le viniera en gana según se levantara del triclinium con un pie u otro.

Todas aquellas notas me indicaron que Constantino pasó de ser el hijo de un César Augusto con una cuarta parte de poder, a ver el mundo desde la cima en tan sólo seis años. Desde luego, mi ignorancia no llegaba tan lejos. Sabía que en aquellos tiempos era más fácil morir asesinado por intrigas palaciegas que concursar hoy en un programa de televisión. De hecho, ningún historiador a lo largo de los siglos le ha dado más importancia de la que tiene a toda esa sangre empapando las togas. La pregunta que me rondaba la cabeza era si aquellos Iscariotes de los que don Claudio hablaba habían tenido algo que ver con todas aquellas acciones.

Un bedel con cara de amargado llegó a la mesa con varios volúmenes forrados de piel y polvo y los dejó caer pesadamente a mi lado. El proceso de lectura, copia y discernimiento había comenzado. Mi resfriado iba en aumento y, terminado el primer día, regresé al hotel con la nariz tan taponada como mi cabeza. Al día siguiente, con una buena dosis de aspirinas correteando por mi organismo, logré hilvanar varios datos que podían coincidir con alguna absurda historia de intrigas y traiciones, aunque, de vuelta a mi habitación, y quizá fruto del cansancio y la fiebre, me parecieron fantasías dignas de conocido demente. Fue al tercer día, de regreso hacia Madrid y mientras hojeaba en el tren las notas que había tomado, cuando entrelacé una teoría que nadie había podido explicar con claridad en los cientos de hojas que había leído. Constantino se deshizo de sus oponentes y, pocos meses después de su triunfo político y bélico, proclamó junto a Licinio el edicto que, por otra parte, no se firmó en Milán, sino que parecer ser fue en Roma. Con tal proclamación se permitía la libertad de culto y se restituían los bienes confiscados a la Iglesia. Por otro lado, los paganos y judíos tuvieron desde entonces serias trabas para profesar su religión. Se cerraron sus templos y se prohibieron sus sacrificios. Todo hubiera encajado de perillas si Constantino hubiera sido cristiano, pero el emperador bebía los vientos por una religión solar monoteísta —algo en común con el cristianismo sí tenía—. Eso me hizo pensar que lo único que quería era quitarse de en medio a los usados y numerosísimos dioses romanos y así poder rezar por las noches a su inmensa bola de fuego. Por supuesto, su jugada, aunque astuta, no resultó efectiva y tuvo que ser Eusebio de Nicomedia, obispo de Constantinopla, quien le obligara a bautizarse en su lecho de muerte ya que durante todo ese tiempo se abstuvo de pasar por la pila. Años antes, pudiera ser para que no se le viera el plumero, le dio a la Iglesia carácter oficial y participó de forma activa en el Concilio de Nicea en el año 325. En siete años y sin ninguna razón aparente, los cristianos pasaban de ser proscritos a tener poder dentro de la estructura de un imperio a cuya cabeza le traía sin cuidado si aquel Dios había muerto en la cruz o ahogado en una tinaja de vino. ¿Por qué? La respuesta no estaba entre mis apuntes.

De regreso a mi despacho, ordené las notas y las puse del derecho y del revés, imaginé lo impensable y pensé lo inimaginable. Por muchas vueltas que le di a los últimos años de la vida de Constantino y a su maldito edicto, no saqué nada en claro. Pudiera ser que no hubiera nada más allá de los hechos y yo me empeñara en dar la razón —sin que sirviera de precedente— a las locuras de don Claudio. El emperador había obrado como le había dado la gana, seguramente para quitarse de encima a la molesta secta de los cristianos y así tener un problema menos que resolver. Además, era un hombre muy inteligente y sabía que el poder religioso resultaba, incluso, más fuerte y convincente que la contundencia de las armas y las decisiones políticas. Estuve a punto de pensar que el jesuita se había tirado un farol del tamaño del Coliseo de Roma y yo me lo había tragado con zapatos y todo. Y la duda se me indigestó hasta que Goretti abrió por tercera vez la puerta del despacho dispuesta a comenzar de una vez su doctorado. Los dos ignorábamos que su curso estaba a punto de caerse por la borda.

Fue al revolver la basura de uno de mis armarios para poder presentarle el programa que le haría doctora, cuando dejé al descubierto la Biblia de mi amigo y los pocos papeles que me llevé de su celda. Me había olvidado de ellos. Dejando mis deberes de tutor por unos instantes, releí por encima aquellas dos hojas manuscritas por una cara con la esperanza de encontrar alguna luz que iluminara la incertidumbre que el viaje a Salamanca me había creado. Hubiera sido demasiada casualidad toparme con alguna respuesta. Don Claudio exponía en absoluto desorden notas acerca de la vida de los primeros cristianos, presentaba fechas inconexas y nombres que jamás había leído o escuchado, incluso se había permitido el lujo de pegar dos fotografías en la segunda hoja que parecían mostrar el interior de una caverna llena de pinturas simbólicas. Muchos de aquellos signos eran desconocidos para mí y también para Goretti, que se cansó de observar cómo leía unos papelotes sucios y arrugados y fue cogiéndolos según los soltaba yo sobre la mesa. La verdad es que mis ojos iban demasiado rápidos para haber podido reparar en algún detalle de importancia. Mi alumna, que vestía unos pantalones tan ajustados que, de tener varices, hubiera podido contarlas una a una, se lo tomaba con más calma y descubrió que aquel par de fotografías estaban hechas en una catacumba cristiana del siglo II, aunque no especificaba dónde.

¿Cómo lo sabes? —le pregunté extrañado por su sabiduría.

Está escrito justo debajo de cada foto —explicó sonriente, como dando a entender que, o el único tonto en la habitación era yo, o que debía dejar de recorrerle el cuerpo con la mirada cada quince segundos y centrarme en las hojas.

Tomé el papel y examiné el texto con detenimiento. Efectivamente, las dos imágenes —tomadas seguramente por el propio jesuita— pertenecían a uno de los mil y un corredores que los primeros cristianos excavaron bajo la tierra para enterrar a sus muertos, rezar a su Dios y esconderse de los leones de los circos. La pluma de don Claudio contaba a grandes rasgos cómo los terrenos donde se edificaron habían sido cedidos por familias ricas de la época. A modo de compensación, los laberintos llevarían su nombre. La decoración estaba acorde con el arte pagano aunque, con el tiempo, aparecieron algunos símbolos bíblicos. Las primeras imágenes de Cristo y la Virgen eran del siglo II. Las inscripciones hechas en la roca eran muy sencillas. Si se trataba de una tumba, aparecía el nombre del difunto, su edad y algún dato sobre su vida. También había mensajes entre familias y relatos muy escuetos de acontecimientos coetáneos. Por último, el jesuita enumeraba una larga serie de catacumbas repartidas por Roma, gran parte de Italia, Alejandría, Malta, norte de África... pero en ningún párrafo explicaba a cuál de ellas pertenecían las dos fotografías que encabezaban la página, quizá porque era la última de las dos que me llevé junto con su Biblia. Al menos, la frase que rellenaba las últimas líneas parecía algo más significativa: “Se tiene presente a los que no olvidan a Judas, que siempre tratan de que las monedas señalen por dónde no se debe continuar haciendo camino”. ¿Se refería a los Iscariotes? ¿Quién tenía presente a los que no olvidaban a Judas? ¿De qué monedas hablaba, de las treinta monedas de plata? Resultaba imposible admitir que la paga de la traición continuara existiendo doscientos años después.

Aquello no tenía ni pies ni cabeza, y la única satisfacción que pude hallar entre tanta barbaridad fue el reencuentro con mi loco amigo.

¿Tiene esto algo que ver con el absurdo encargo que me hizo hace diez días? —me preguntó Goretti haciéndome volver en mí.

¿Por qué lo dices?

Porque en la primera línea de la primera página vuelve a repetir el nombre de los Iscariotes —afirmó sin entusiasmo.

Revolví la mesa en busca de los papeles pero no pude encontrarlos. Luego dirigí la mirada hacia mi alumna. Sus manos alargadas sostenían la primera hoja, mostrándome con su dedo índice la frase a la que se había referido: “...con lo que se demuestra que los Iscariotes circulaban muy cerca de sus objetivos, y así lo plasmaron como advertencia a generaciones venideras”.

No eran más que palabras pertenecientes, a buen seguro, a una larga disquisición. Lo único que me aclaraban era que aquellas dos páginas eran parte de un borrador que el viejo había hecho antes de redactar su historia en el cuadernillo.

¿Quiénes son esos... Iscariotes?

Goretti me había vuelto a quitar la hoja de las manos y yo no me atrevía a revelarle lo que pensaba, que eran imaginaciones de un monomaníaco que comenzaban a molestarme porque dejaban entrever que podía haber algo más detrás de tanta fantasía. Finalmente, y aunque temía que la muchacha terminara por reírse de mí, le conté toda la historia desde el día de la muerte de don Claudio hasta el redescubrimiento que ella acababa de protagonizar.

¡Fantástico! —exclamó cuando di por finalizado el relato—. Tenemos que continuar la investigación —dijo entusiasmada.

¿Tenemos? —me extrañé.

Por supuesto. ¿Quién mejor que yo para ayudarle en su trabajo?

Cualquiera puede ser mejor que tú —le respondí con el peor tono que encontré en mi repertorio.

No lo dudo, pero nadie se creerá esta ristra de tonterías. Al menos, puede contar con alguien que se ha tragado esa historia —argumentó con decisión pero sin dejar de lado su alegría por colaborar conmigo.

El problema es que ni siquiera yo me la creo.

Recuerde que fui yo quien consiguió encontrar el libro de Antonio de Ameugny.

No fue tan difícil. Lo tenías muy cerca. Estoy convencido de que don Claudio lo tomó como referencia para una novela de las suyas.

Pero... era su amigo, y no me extrañaría que le debiera más de un favor. ¿Qué mejor que desvelar el misterio para quedar en paz con él?

¿Qué misterio? —le dije mientras me levantaba—. Con un loco en mi vida he tenido bastante. No quiero una aprendiz de aventurera a mi lado.

La insistencia de la joven era abrumadora. Tengo que confesar que llegué a pensar que la muchacha tenía arte y parte en aquella fantasía. También sospeché que quisiera obtener una buena nota a final de curso y pensara —¡pobre ilusa!— que aquella era una buena manera de conseguirla. Descartando esta última posibilidad y centrándome en la primera, cedí ante su empuje y volví a sentarme dispuesto a escuchar sus argumentos por algunos minutos más. A medida que pasó el tiempo me demostró que ella no tenía nada que ver con Iscariotes o catacumbas, que su única motivación había sido su afán por investigar un hecho en el que creyó desde un principio, muy al contrario que yo, que seguí siendo escéptico hasta que me golpeé de narices contra la evidencia, una evidencia que dormía desde hacía siglos en lo que debieron ser los antiguos comedores de la abadía de Cluny.

Al fin y al cabo, si no llega a ser por ti, nunca hubiéramos sabido que hay un libro que habla de los Iscariotes —le confesé predispuesto a oír un sin fin de razones para proseguir tirando del hilo de una madeja que yo juraba no existía.

Por eso mismo quiero seguir investigando.

¿Y por qué crees que, de necesitar a alguien que me ayude, voy a elegirte a ti?

No pensó la respuesta más de tres segundos.

Porque soy capaz de traducir el latín tan bien como usted, porque me creo la historia de su amigo... y porque no tiene a nadie más que se la crea.

Había sido contundente, tajante, aunque no sabía lo que había dicho cuando afirmó aquello de traducir las lenguas muertas igual que yo —modestia aparte—, pero tengo que reconocer que en el resto tenía toda la razón.

¿Qué ocurrirá con tu doctorado?

No me importa lo más mínimo. Siempre he soñado con saber qué se siente cuando alguien se adentra en una parte de la Historia que nadie ha tocado jamás.

Muy romántico, pero la investigación, en general, deja bastante que desear. Suele ser muy desagradecida, y te lo digo yo, que cada vez que he desvelado algún misterio me han partido la cara.

Me refería a mi descubrimiento de la vida monacal y a Lucía, a su embarazo, a mi divorcio, a mi cátedra de Ética y a otras tantas cosas que desilusionan infinito cuando se les quita el lazo y el envoltorio de celofán.


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