Excerpt for 40 Hadizes Para Niños Con Cuentos by M. Yasar Kandemir, available in its entirety at Smashwords

40 HADIZES

PARA NIÑOS CON CUENTOS


Prof. Dr. M. Yasar KANDEMIR


Published by M. Yasar Kandemir at Smashwords

Copyright © 2011 by M. Yasar Kandemir


Smashwords Edition, License Notes

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ESTAMBUL 2009

Traductor: Abu Bakr Gallego

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INDICE

Introducción

Los Pájaros

Un Espino

El Abrigo

El Espejo

El Chulo

Un Fantasma

Un Vecino en el Paraíso

Una Medicina para el Dolor de Muelas

La Cartera

El Veneno

El Cinturón

La Ira

La Carrera

El Oro

El Ladrón

El Bocado

El Dinero

El Mediador

Jugando al Escondecucas

El Aguafiestas

El Cerezo

El Valiente Hijo

El Chivo

El buen hijo

El Plato de Plástico

La Estilográfica

El Mentiroso

El Castaño

El Eco

Una barra de pan

El Avaro

Los Zapatos

El Coche

Humo

Ladrillos de Adobe

El Huésped

El Leñador

La Lima Ensangrentada

El Perro

La Vaca Azafranada

Fuentes de los Ahadiz



INTRODUCCIÓN


Mis queridos niños, Allah Todopoderoso desea que todos Sus siervos sean felices, por eso nos ha enviado Profetas para enseñarnos cómo lograr esa felicidad. Los Profetas son los guías y los maestros de la humanidad. Nos enseñan lo que Allah ha ordenado y cómo debemos vivir en este mundo. Así ha sido desde el primer Profeta, Adam, hasta el último, Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz).

Como ya sabéis, los dichos de nuestro Profeta se llaman hadiz. Nuestro amado Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz), quien nos trajo el Qur’an con las órdenes de nuestro Señor, nos explicó esas órdenes divinas a través de sus ahadiz (plural de hadiz). Nos enseñó con sus dichos lo que tenemos que hacer para ser felices en esta vida y en la Otra.

Deberíamos leer a menudo los dichos de nuestro Profeta Muhammad (que Allah le bendiga y le de la paz) para bien entender las órdenes de Allah Todopoderoso, y comprender bien Su Din. Durante siglos, los sabios Musulmanes han ido recopilando los dichos del Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) en libritos de 40 hadices para facilitarnos su memorización.

También yo he querido que mi cuarto libro –que he escrito para vosotros- contenga 40 hadices de nuestro amado Profeta. Sé que os gusta leer cuentos, y por ello he presentado estos ahadiz en forma de cuentos. Mis queridos niños, espero que disfrutéis leyendo este libro, y si os gusta, ¿haréis du’as por mí?

M. Yasar Kandemir


LOS PÁJAROS


Un día, un cazador puso su red llena de granos en la orilla de un riachuelo. Muchos pájaros caían en la trampa pensando que allí sólo había deliciosas semillas. Cuando el cazador fue a donde estaba la red, los pájaros, de repente, se echaron a volar llevándose con ellos la malla que los envolvía.

El cazador se quedó atónito al ver como esos pájaros se habían echado a volar en perfecto orden y coordinación con el objetivo de escapar a su trampa. Decidió, pues, seguirlos hasta ver en que paraba todo aquello.

Un hombre que encontró en su camino le preguntó que a dónde iba con tanto prisa.

Señalando a los pájaros en el cielo, el cazador le contestó que iba a coger esos pájaros.

El hombre se echó a reír y le dijo:

“¡Qué Allah te de un poco de sentido común! ¿Realmente crees que puedes cazar pájaros al vuelo?”

El cazador le respondió:


Si sólo hubiera un pájaro en la red, ciertamente no podría, pero espera y mira; verás como los cazo.” El cazador tenía razón. Cuando llegó la noche todos los pájaros querían volver a sus nidos. Unos empujaban la red hacia los bosques, otros hacia el lago. Algunos querían volar hacia las montañas, y otros hacia los arbustos. Ninguno logró arrastrar a los otros y finalmente cayeron todos con la red. El cazador llegó a donde estaba la red y se llevó todos los pájaros.


¡Pobres pájaros! Si hubieran conocido el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta, no habrían volado siempre en la misma dirección y de esta forma el cazador no los habría capturado:


¡No os separéis unos de otros! El cordero que abandona el rebaño será devorado por el lobo.”


فَعَلَيْكُمْ بِالْجَماعَةِ فإِنَّما

يأْكُلُ الذِّئْبُ الْقَاصِيَة

رواه النسائي

UN ESPINO


Había una vez un país donde castigaban a los criminales de forma espantosa, echándoselos a los leones para que se los comieran. La gente de ese país solía ir a ver ese cruento espectáculo.

El criminal de aquel día era un esclavo que se había escapado de la casa de su dueño. Le habían puesto en medio de la plaza rodeada de altos muros. Un león hambriento apareció en la arena. En un primer momento, parecía que el león estaba dispuesto a comerse al pobre esclavo, pero cuando estaba al alcance de sus feroces mandíbulas, comenzó a lamer las manos de su presunta víctima.

Los espectadores veían aquella escena con gran asombro. Le preguntaron al esclavo por qué el león no le había atacado. El esclavo les contestó:

“Un día vi a este león en el bosque. Un espino se le había clavado en la zarpa y le causaba un gran dolor. Le saque el espino y desde ese día somos grandes amigos.”

La gente se quedó emocionada al escuchar el relato y dejaron libres al león y al esclavo. Para gran admiración de los espectadores, el león seguía al esclavo como si fuera un gatito.



¡Qué hermoso hadiz el de nuestro Profeta:

Allah es misericordioso con aquellos que son misericordiosos. Tened misericordia con las criaturas de la tierra para que aquellos que están en los cielos tengan misericordia de vosotros.

الرَّاحِمُونَ يَرْحَمُهُمُ الرَّحْمانُ، ارحموا مَنْ

في الأرْضِ يَرْحَمْكُمْ مَنْ في السَّمَاءِ

رواه الترمذي


El ABRIGO


El pastor Ahmad se encontraba muy triste. Durante los terribles y largos años de la guerra, lo había ido perdiendo todo. Primero su hijo pequeño desapareció, y más tarde murió su esposa. Cuando perdió el trabajo en la ciudad, decidió hacerse pastor y vivir en el campo.

Un día, cuando sus ovejas pastaban cerca de la carretera, vio a un grupo de hombres que se llevaba a un joven al hospital. Era obvio que aquel muchacho era todavía más pobre que él. Tiritaba de frío con su fina chaqueta que no le protegía del duro invierno. Ahmad inmediatamente se quitó el abrigo que había llevado durante muchos años y se lo puso al joven para que entrase en calor.

Mientras el joven esperaba en el hospital para ser examinado, oyó una voz que le llamaba “padre”. Sorprendido, volvió la cabeza, pero no conocía al muchacho que así le había llamado. También éste se quedó sorprendido al ver que la persona que llevaba ese abrigo no era su padre.

Se disculpó diciendo: “Disculpe, señor, confundí su abrigo con el de mi padre, a quien no he visto desde hace muchos años. Por un momento pensé que era usted.”

El joven mostró interés por el suceso y comenzó a hacerle preguntas para averiguar quien era su padre. Enseguida comprendió que aquel muchacho era el hijo que Ahmad el pastor había perdido durante la guerra. Le dijo al muchacho que no se había equivocado y que el abrigo que llevaba era el de su padre. Después de que el doctor le examinase, volvió al pueblo con el muchacho.

¡Qué cierto es el hadiz de nuestro amado Profeta:

Toda buena acción será recompensada diez veces.

إنَّ الْحَسَنَةَ بِعَشْرِ أمْثَالِها

رواه البخاري



EL ESPEJO


Había una vez un visir que caminaba por el mercado con sus oficiales, y llegó al mercado de esclavos donde uno a uno eran vendidos los pobres miserables que habían perdido su libertad.

El visir se acercó a donde estaban los esclavos porque quería verles más de cerca. En ese momento, un viejo esclavo le dijo:

“Tenéis una mancha en el turbante, señor.”

El visir se quitó el turbante y lo examinó. El esclavo tenía razón. Esto significaba que había estado andando por el mercado durante todo ese tiempo con el turbante manchado, y que todo el mundo le había visto. ¡Qué vergüenza! Miró a sus oficiales con tristeza y les dijo:

“Habéis visto la mancha que llevaba en el turbante, pero habéis preferido cerrar los ojos y no decirme nada. Acabo de darme cuenta que mi verdadero amigo es este pobre esclavo, y no puedo permitir que vendan como esclavo a mi verdadero amigo. Compradle, pues, y dejarle libre.”

Más tarde, el visir enmarcó el siguiente hadiz del Profeta y lo envió a sus hombres para que nunca olvidasen aquel incidente:


El creyente es un espejo para el creyente.”


الْمُؤْمِنُ مِرْآةُ الْمُؤْمِنِ

رواه أبو داود


EL CHULO


Era un precioso día de verano y un grupo de niños jugaba a la orilla de un río. Entre ellos había un chaval llamado Gaffar, al que todos llamaban “El Chulo” por su forma déspota de actuar con sus compañeros e incluso con los animales. Dada su maldad, se aburría con los inocentes juegos con lo que solían entretenerse los demás chicos. El quería algo más excitante.

Gaffar llamó a su pequeño grupo de incondicionales y después de maquinar una diabólica trama, anunciaron al resto de los compañeros que ya habían dado con un juego superdivertido.

Todos se quedaron expectantes preguntándose cuál sería ese divertidísimo juego.

Gaffar y sus compinches se deslizaron hasta ponerse detrás de Alí que era nuevo en la ciudad y no sabía nadar. Le cogieron por los pies y por las manos y lo arrojaron al río.

Alí estaba aterrado e trató de nadar, pero cuanto más lo intentaba, más se hundía. Comenzó a gritar socorro desesperadamente. Gaffar y los suyos se reían al ver a Alí luchando denodadamente por mantenerse a flote.

Ismail, uno de los chicos del grupo, se quitó la ropa rápidamente y se lanzó al agua para auxiliar a Ali que ya estaba apunto de ahogarse. Ismail era un bravo zagal que odiaba a los tiranos y no pudo soportar ver como “El Chulo” se divertía a costa del sufrimiento de Ali. Unos minutos después llegaban sanos y salvos a la orilla. Todos los chicos le felicitaron por su heroica actitud. Un hombre que pasaba por allí y que había presenciado la escena se acercó a donde estaba Ismail y poniendo su mano sobre su hombro, le dijo:



“Querido muchacho, has actuado exactamente como nuestro amado Profeta nos ordenó. Que Allah esté complacido contigo. El Profeta dijo en una ocasión:

El Musulmán es un hermano para el Musulmán. No le oprime ni le abandona en los momentos de dificultad.

الْمُسْلِمُ أخُو الْمُسْلِمِ

لاَ يَظُلِمُهُ ولاَ يُسْلِمُهُ

رواه البخاري


EL FANTASMA


Había una vez un comerciante que volvía tarde a casa y vio de repente a un mendigo negro que se preparaba para pasar la noche pegado a un muro. Nadie le había aceptado en su casa temiendo que al verle sus hijos se asustasen. El comerciante, sin embargo, decidió ayudarle. Se lo llevó a casa, le dio un tazón de sopa caliente, ropa limpia y una habitación donde dormir y descansar.

En medio de la noche, el mendigo –que dormía cerca de la ventana de su cuarto- se despertó al escuchar un fuerte ruido. Se incorporó ligeramente y vio cómo dos ladrones intentaban entrar en la casa por la ventana.

El mendigo negro levantó sus manos y grito con todas sus fuerzas:

“¡Qué intentáis hacer aquí!”

“¡Madre mía! ¡Un fantasma!” Gritaron los ladrones cuando vieron al hombre negro vestido con un pijama blanco. Tanto miedo sintieron, que se tiraron por la ventana. Uno se rompió una pierna, y el otro se hirió en la cabeza. Al oír aquel estruendo, la familia se despertó y capturó a los ladrones.


¡Qué hermoso es el dicho de nuestro Profeta!:

En verdad que Allah ayuda al siervo que ayuda a su hermano.

وَاللهُ في عَوْنِ العَبدِ ما كاَنَ العَبْدُ

في عَونِ أخِيهِ

رواه مسلم


UN VECINO EN EL PARAÍSO


Érase una vez un Sultán que decidió recorrer las ciudades de sus dominios. Se cambió de ropa para que nadie le reconociera y se llevó a uno de sus esclavos con él. Quería saber lo que realmente pensaba la gente de su manera de gobernar.

Era invierno y hacía mucho frío, así que entró en una vieja mezquita. Dos mendigos estaban sentados en una rincón, temblando de frío. No tenían otro lugar a donde ir. El Sultán se acercó a ellos para ver de qué hablaban. El que era más gracioso se quejaba del frío que hacía: “Cuando muramos y vayamos al Paraíso, no permitiré que nuestro Sultán entre en él. Si le veo acercarse a las puertas, me quitaré el zapato y se lo tiraré a la cabeza”. El otro mendigo le preguntó con curiosidad:

“¿Por qué no le vas a permitir entrar al Paraíso a nuestro Sultán?”

“¡Claro que no le voy a permitir entrar. Mientras nos morimos de frío, el está cómodamente sentado en su cálido palacio. No sabe cómo vivimos. ¡Cómo iba a ser mi vecino en el Paraíso! No necesito vecinos así.” Los dos mendigos se echaron a reír.

El Sultán le dijo al esclavo:

“No te olvides de esta pequeña mezquita ni de esos dos hombres.”

Cuando el Sultán volvió a su Palacio, envió unos cuantos hombres a la mezquita y les ordenó que trajesen a los dos mendigos a su palacio. Los dos hombres no salían de su asombro y se preguntaban asustados en qué acabaría todo aquello. Al poco rato fueron conducidos a una lujosa habitación y les dijeron:

“Comed y bebed cuanto queráis. A partir de ahora, ésta será vuestra morada, pedid por el Sultán y aceptarle como vuestro vecino en el Paraíso”.

¡Qué buen corazón el de este Sultán! ¿Verdad?

Nuestro Profeta (que Allah le bendiga y le de la paz) alabó a los que ayudan al necesitado en el siguiente hadiz:

Quien consuele (ayude, se ocupe) al creyente de las aflicciones de este mundo, Allah le consolará de las aflicciones del Día del Levantamiento.”

مَنْ نَفَّسَ عَنْ مُؤْمِنٍ كُرْبَةً مِنْ كُرَبِ الدُّنْيَا

نَفَّسَ اللهُ عَنْهُ كُرْبَةً مِنْ كُرَبِ يَوْمِ الْقِيَامَة

رواه مسلم



UNA MEDICINA PARA EL DOLOR DE MUELAS


Un día entró en un restaurante de la ciudad un extranjero muy bien vestido. Llamó al camarero y le dijo:

“Desearía tomar un buen filete de ternera a la brasa y una ensalada, por favor”.

Tan pronto como mordió la carne, dio un grito de dolor: “¡Oh oh oh! ¡Otra vez esta muela! ¡Qué dolor! Otro extranjero que estaba sentado en la mesa de al lado se acercó a él con una bolsa que llevaba en la mano; sacó una botellita y vertió un poco del líquido que contenía ésta en un trozo de algodón. Ofreciéndoselo al hombre que no paraba de quejarse, le dijo:

“Pásese este trozo de algodón por la muela careada.”

Así lo hizo nuestro hombre dolorido. A los pocos segundos, exclamó:

“¡Qué extraño! Ya no siento el menor dolor.”

La gente se fue acercando y, maravillada por el resultado de aquella medicina, decidieron comprar todas las botellitas que aquel hombre llevaba en su bolsa. En un abrir y cerrar de ojos, las había vendido todas.

Una hora más tarde, el hombre del dolor de muelas y el de la bolsa con las botellitas, se encontraron en la estación de tren y ambos se felicitaron por el buen negocio conseguido en esa ciudad. Se sentaron y esperaron al próximo tren.

En ese momento llegaron dos policías y les arrestaron. Uno de los que había comprado aquella falsa medicina, al ver que no curaba su dolor de muelas, se dirigió a la comisaría de policía y denunció el fraude.

El Inspector de policía llamó a los dos hombres a su despacho y les preguntó:

“¿Qué religión profesáis? ¿Sois Musulmanes?”

Sin levantar la cabeza, dijeron:

“Sí, somos Musulmanes, Alhamdulillah.”

El jefe de policía se enfureció aún más.

“¿Acaso no conocéis el hadiz de nuestro Profeta?”

Quien engaña no es de los nuestros.

مَنْ غَشَّنَا فَلَيْسَ مِنَّا

رواه مسلم

Y mandó que les castigaran.


LA CARTERA


Érase una vez un malvado comerciante que había perdido su cartera en el mercado con 800 monedas de oro en ella. Comenzó a buscarla por todas partes y a preguntar a todo el mundo si la habían visto, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. Entonces decidió alquilar a un pregonero para que fuera por toda la ciudad anunciando que pagaría 100 monedas de oro a quien le ayudase a encontrar la cartera.

Un hombre llamado Veli el Zapatero, encontró la cartera. Era un hombre muy honesto y por ello decidió guardarla hasta que apareciera su dueño. Cuando oyó al pregonero anunciar la pérdida de una cartera, se fue a donde estaba el comerciante y se la devolvió.

Pero aquel comerciante no sólo era malvado, sino mentiroso, en vez de mostrar una gran alegría por haber encontrado la cartera, le dijo a quien se la había entregado:

“¡Ah! Veo que ya te has cogido el dinero que ofrecí como recompensa.”

Veli agarró al comerciante por las solapas y le sacudió con fuerza.

“¡Cómo te atreves! Es cierto que soy pobre, pero no soy un ladrón ni un canalla. No tienes que darme el dinero que tu mismo prometiste que darías a quien encontrase la cartera, pero no me acuses de haberte robado tu dinero.”

Como el comerciante no se retractaba de su acusación, el asunto acabó en la corte. Después de haber oído a ambas partes, el juez comprendió que el comerciante estaba mintiendo y decidió imponerle un fuerte castigo:

“El comerciante dice que le han cogido 100 monedas de oro de su cartera, y el zapatero dice que el no ha cogido ninguna moneda. Creo que ambos dicen la verdad, por lo que adivino que esta cartera no es la suya sino que pertenece a otra persona. Así, pues, queda bajo la protección del zapatero hasta que aparezca su verdadero dueño.

El malvado comerciante lamentó su acción, pero ya era tarde para rectificar. Esto nos hace recordar uno de los hadices de nuestro amado Profeta:

Quien no es agradecido con la gente, no es agradecido con Allah.

مَنْ لاَ يَشْكُرُ النَّاسَ لاَ يَشْكُرُ اللهَ

رواه الترمذي


EL VENENO


Husayn volvía a su pueblo muy feliz después de haber vendido toda la mercancía en el mercado de la ciudad. Decidió hacer un alto a la orilla de un arroyo que había cerca del camino, y descansar.

“Mi burro podrá comer de la abundante hierba que hay aquí, mientras yo me echo una siestecita,” pensó.

Cuando estaba a punto de dormirse recordó que el dinero estaba en el monedero y le pareció que debería ponerlo en un lugar más seguro. Lo abrió y comprobó que no faltaba ninguna moneda. Lo volvió a cerrar y se lo metió dentro de la camisa. Mucho más tranquilo ahora, se quedó profundamente dormido.

Desgraciadamente, había un ladrón subido en el árbol que lo había presenciado todo. Era un hombre sin escrúpulos que se había dedicado toda su vida a hacer daño a la gente. Sus ojos centellearon al ver la gran cantidad de monedas que contenía el monedero de Husayn. Con mucho cuidado bajó del árbol y cogió una paja y un frasco con veneno. Roció la paja con él y se acercó sigilosamente a donde estaba Husayn completamente dormido. El ladrón había planeado matarle soplando en la paja y haciendo caer, así, el veneno en la boca de Husayn.

Justo cuando el ladrón estaba a punto de soplar, Husayn dio un ronquido que asustó al ladrón y éste se tragó todo el veneno. Murió a los pocos segundos.

Nuestro amado Profeta había dicho:

A quien haga daño, Allah le hará daño.

مَن ضَارّ ضَارَّ الله بِهِ

رواه الترمذي




EL CINTURÓN

َ

Nihat era un niño muy travieso que solía molestar a sus hermanos. Siempre estaba discutiendo y peleándose con todo el mundo. Esta forma de comportarse le hacía sufrir mucho a su madre. Solía decirle:

“Cariño, no hieras los sentimientos de la gente con palabras groseras.”

Pero Nihat nunca admitía que había hecho algo mal. Se defendía de los reproches de su madre diciendo:

“No es mi culpa. Yo no he hecho nada malo. Me enfadan y por eso me comporto de esa manera.”

Un día su madre le dijo que si lograba no pelearse con nadie hasta la noche, le compraría un precioso cinturón que había visto en el escaparate de una tienda. Nihat deseaba ese cinturón con toda su alma.

Llegada la noche, su madre le llamó:

“Veo que puedes controlarte por un cinturón. Deberías hacerlo por Allah y no por cosas tan simples como esta.”

“Si hubiera habido alguien que le hubiera contado a Nihat este hadiz…”:

A quien abandone una disputa aun teniendo razón, se le construirá un lugar en medio del Paraíso.

مَنْ تَرَكَ الْمِرَاءَ وَهُوَ مُحِقٌّ بُنِيَ لَهُ

في وَسَطِ الْجَنَّةِ

رواه الترمذي


LA IRA


Halit era un chico muy fuerte. Podía levantar un taburete del suelo con una sola mano.

Nadie podía vencerle luchando. Solía hacer peleas con su amigo Nurettin.

Un día, Nurettin y Halit se enzarzaron en una pelea. Nurettin perdió como de costumbre, pero esta vez se puso tan furioso que entró en el aula y comenzó a garabatear en los libros de Halit.

Cuando Halit vio lo que su amigo había hecho con sus libros, sintió tanta rabia que le dio un puñetazo en la nariz.

Ésta comenzó a sangrar y a manchar la ropa de Nurettin y el suelo de la clase.

Sus compañeros se sintieron muy mal al ver aquella escena. El profesor regañó a Halit y le recordó el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta:


No es fuerte el que derriba a otro en una pelea, es fuerte el que controla su ira.


لَيْسَ الشَدِيدُ بِالصُّرَعَةِ إِنَّمَا الشَدِيدُ الَّذِي

يَمْلِكُ نَفْسَهُ عِنْدَ الغَضَبِ

رواه البخاري



LA CARRERA


Husnu era un buen chico que –desgraciadamente- había perdido la vista en un accidente de tráfico. Sin embargo, nunca desesperó de la vida. Cada día se demostraba a sí mismo que podía vivir sin ser un pesado lastre para los demás. Muchas veces, incluso, iba de su pueblo a la ciudad y volvía el solo.

En la misma aldea vivía un arrogante muchacho llamado Murtaza. Un día, quiso divertirse a costa de Husnu y le retó a una carrera desde el pueblo a la ciudad.

Husnu aceptó: “De acuerdo, pero con una condición. Si gano la carrera me tendrás que dar tu chaqueta.”

Murtaza se echó a reír y le respondió: “Claro, si vences te podrás quedar con mi chaqueta.”

Husnu tenía otra condición. “Yo decido la hora de la carrera.”

Murtaza aceptó pues estaba seguro de que Husnu nunca podría ganar.

Husnu decidió que la carrera se celebraría una noche que no hubiera luna.

La carretera a la ciudad pasaba por un pequeño bosque. A Husnu le daba igual si era de noche o de día. Comenzó a andar como siempre lo hacía hasta llegar a la ciudad. Pero Murtaza se perdió. Se cayó en un montón de agujeros y las ramas de los árboles le rasparon la cara. Llegó a la ciudad media hora más tarde que Husnu.

¡Pobre Murtaza! Si hubiera conocido este hadiz de nuestro amado Profeta, no habría actuado de aquella manera.

En verdad que Allah el Altísimo me ha revelado: Sed humildes de modo que nadie sea arrogante con nadie.

إِنَّ اللهَ عَزَّ وَجَلَّ أَوْحَى إِلَيَّ أَنْ تَوَاضَعُوا

حَتَّى لاَ يَفْخَرَ أحَدٌ عَلَى أَحَدٍ

رواه مسلم


EL ORO


Aylin era una chica pedante y altiva. Cuando murió su padre sufrió una fuerte depresión.

Siempre jugaba sola en el jardín de su mansión; no quería tener relación con su vecina Bedriye porque era muy pobre.

Un día, Bedriye llegó corriendo al jardín de la mansión de Aylin y le dijo:

“Mi padre está muy enfermo y puede morirse en cualquier momento. Quiere verte. Quiere decirte algo muy importante.”

Aylin le contestó con desdén:

¡Como si un pobre pudiera decir algo importante! Estoy segura que vuestra casa huele muy mal, y a nadie le gusta estar en una casa maloliente.”

Un rato después, Bedriye volvió con lágrimas en los ojos.

“De verdad que mi padre tiene algo muy importante que decirte. Tu padre enterró unos lingotes de oro justo antes de morir y sólo mi padre sabe donde está enterrado ese oro.

Tu padre le dijo al mío que no te mencionara nada de ese oro hasta que no fueras mayor, pero como se está muriendo te lo quiere decir ahora. ¡Vamos, date prisa!”

Cuando Aylin oyó lo que Bedriye acababa de decir, salió corriendo hacia la casa de sus vecinos. Pero llegaron tarde; el pobre padre de Bedriye yacía muerto en su lecho.

Aylin estaba furiosa consigo misma y se lamentaba de haber actuado de aquella manera.

¿Sólo había perdido el oro? No, también había perdido la oportunidad de ir al Paraíso por los malos hábitos con los que había llenado su vida.

Nuestro amado Profeta dijo con respecto a esa gente:

No entrará en el Paraíso quien tenga en su corazón un átomo de arrogancia.”

لاَ يَدْخُلُ الْجَنَّةَ مَنْ كَانَ

فِي قَلْبِهِ مِثْقَالُ ذَرَّةٍ مِنْ كِبْرٍ

رواه مسلم


EL LADRÓN


Nuri era un granjero pobre al que la gente del pueblo tenía por un incompetente, ya que nunca se metía en los asuntos de otro, ni hablaba a menos que tuviera que hacerlo.

Un día, alguien que tenía la reputación de ser una persona sabia, robó el burro de Nuri. Cuando éste vio que su burro no estaba, se dirigió al mercado con la intención de comprar uno nuevo.

Según daba vueltas por el mercado buscando la mejor oferta, descubrió que su burro estaba a la venta en un establo. Se fue a donde estaba el vendedor y le dijo:

“Ese es mi burro. Me lo robaron la semana pasada.”

El ladrón era una persona sin ningún escrúpulo, así que le dijo:

“Te equivocas, hermano, traje este burro cuando era muy pequeño y yo mismo lo he criado.”

Cuando Nuri oyó aquellas palabras, se le ocurrió una idea. Cubrió los ojos del burro y le preguntó al vendedor:

“Muy bien, si este es tu burro dime de qué ojo es ciego.”

El ladrón titubeó por un momento y después replicó:

“Del ojo derecho.”

Nuri le quitó la venda al burro y le mostró al vendedor que su ojo derecho estaba perfectamente sano.

“Por supuesto, por un momento se me fue la cabeza. Su ojo ciego es el izquierdo.”

“Una vez más te equivocas”, le dijo Nuri mostrando el ojo izquierdo del burro. La gente que andaba por el mercado se acercó y comprendió que era Nuri el sabio.

Nuestro amado Profeta maldijo a aquellos que roban los bienes de otro:

¡Qué Allah maldiga al ladrón!

لَعَنَ اللهُ السَّارِقَ

رواه البخاري



EL BOCADO


Besim no era un muchacho consentido a pesar de que tenía todo lo que deseaba ya que su padre gozaba de una estupenda situación económica. Sin embargo, vivía ajeno a los problemas de los demás. Ni siquiera se imaginaba que hubiera gente pobre, gente necesitada.

Un día que se dirigía a un campo cercano a su casa para jugar con sus amigos un partido de fútbol, se tropezó con un perro que empezó a perseguirle. Se echó a correr, pero el perro le dio alcance cuando Besim trataba de escapar a través de un estrecho camino. Tanto miedo tenía, que no se dio cuenta de que había una piedra justo detrás de él, y tropezó en ella golpeándose en la cabeza al caer al suelo.

Cuando recobró el sentido y abrió los ojos, vio a un muchacho de su misma edad que acompañaba a su madre. Ésta limpiaba sus heridas. Le habían librado del perro y se lo había llevado a casa para poder curarle mejor.

Besim les dio las gracias y se quedó muy sorprendido cuando echó un vistazo al cuarto en el que estaba y vio la simpleza de los muebles.

Cuando se sentó a la mesa para compartir con ellos la cena, se sintió tremendamente incómodo. Sentía cómo cada bocado se le quedaba atorado en la garganta sin apenas poderlo tragar.

Al día siguiente, Basim se dirigió a la casa de sus salvadores con algo de comida que había preparado su madre. Esta vez se sintió mejor al comer con ellos. Enseguida, los dos muchachos se convirtieron en amigos inseparables.

Basim era un chico de buen corazón y por eso actuó acorde al hadiz de nuestro amado Profeta:

No es creyente quien pasa la noche con el estómago lleno sabiendo que su vecino no tiene nada que llevarse a la boca.”

ما آمَنَ بِي مَنْ بَاتَ شَبْعَاناً وَجَارُهُ

جَائعٌ إلَى جَنْبِهِ وَهُوَ يَعْلَمُ بِهِ

رواه ابن أبي شيبة




EL DINERO


Era Ramadhan y Ezem había ido a la panadería a comprar pan para el iftar. Había una larga cola y según se acercaba la hora de romper el ayuno, la gente se iba impacientando.

El panadero estaba muy preocupado por aquella situación tan embarazosa, pero no podía trabajar más rápido a pesar de que veía que la hora de romper estaba muy próxima. Por fin le tocó el turno a Ezem. El panadero estaba muy cansado y por equivocación le dio más dinero de la cuenta en las vueltas. Al darse cuenta del error, Ezem titubeo y se quedó mirando al panadero.

¿Pasa algo, chico? Le preguntó.

“No,” contestó Ezem y se fue corriendo a casa.

Durante la cena, Ezem estaba preocupado y muy distraído. Cuando se fue a la cama, la preocupación era mucho mayor. Sentía como si un hombre invisible le preguntase:

“¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué has cogido un dinero que no es tuyo?”

Pensó que debía cortárselo todo a su madre, pero enseguida cambio de opinión y no le dijo nada. Sabía que su madre se enfadaría y le reprendería.

Pasó aquella noche inmerso en pesadillas. Cuando se despertó por la mañana se sentía aún peor. Miró al calendario que había en la pared y vio escrito un hadiz de nuestro amado Profeta que decía:

El pecado es lo que perturba el corazón y lo que aborrecemos que otros conozcan.”

الْإِثْمُ مَا حَاكَ فِي صَدْرِكَ

وكَرِهْتَ أَنْ يَطَّلعَ عَلَيهِ النَّاسُ

رواه مسلم


EL MEDIADOR


Era un frío día de invierno. Isa se dirigía a la escuela cuando se encontró con un chico pobre que ni siquiera llevaba abrigo. Sus zapatos eran muy viejos y estaban rotos y mojados. Isa se quedó muy impresionado. Su familia no era rica pero podía comprarle todo lo que necesitaba.

Isa decidió seguirle y vio, no sin cierto asombro, que ese muchacho iba a la misma escuela que él. Estaba seguro de nunca le había visto antes. Se preguntaba qué podía hacer para ayudarle, pero no encontraba la respuesta. Le hubiera dado sus botas que llevaba usando hacía dos años, pero no tenía otras de recambio.

A la hora de la comida, se acercó a él y le preguntó si quería que fuesen amigos. Pronto se hicieron amigos íntimos. El padre del chico pobre hacia unos años que había muerto y éste vivía con su madre y sus dos hermanas pequeñas. Acababan de mudarse al barrio. Isa compartió ese día su comida con él.

Esa noche, Isa le dijo a su padre:

“Nuestro profesor nos ha puesto hoy una tarea. Tenemos que encontrar la forma de ayudar a los pobres.”

Su padre le dio algunas ideas de cómo se podría ayudar a los pobres.

Al día siguiente, Isa fue a la “Fundación para Ayudar a los Pobres” que había en el barrio. Se encontró allí con un hombre que tenía un rostro amable y le contó la situación de su amigo y le pidió que le ayudase a encontrar una solución para él. Aquel hombre se puso muy contento al oír lo que Isa había hecho por su amigo y le felicitó por su buena acción. Le dijo que averiguase dónde vivía ese chico y añadió:

“Tanto Allah Todopoderoso como Su Profeta aman a los niños como tú. Has actuado siguiendo este hadiz:

Quien guía al bien es recompensado como si él mismo lo hubiera hecho.”

إنَّ الدَّالَّ عَلَى الْخَيْرِ كَفَاعِلِهِ

رواه الترمذي




JUGANDO AL ESCONDECUCAS


Ihsan estaba jugando al escondecucas con sus amigos, y cuando le tocó esconderse, pensó que sería una buena idea meterse detrás de un castaño que había cerca de la carretera. Nadie le encontraría allí.

Justo entonces llegó un anciano con una larga barba blanca que tenía aspecto de ser extranjero.

“Hijo, necesito que me indiques el camino, ¿puedes ayudarme?," musitó el anciano.

Ihsan se volvió hacia él y puso su dedo índice en los labios, indicándole al hombre mayor que se callase.

El hombre mayor no entendía por qué tenía que guardar silencio y se quedó mirando a Ihsan con sorpresa. Le preguntó: “¿Por qué quieres que me calle? Te he hecho una pregunta. Si sabes la respuesta, dímela. Si no la sabes, simplemente mueve tu cabeza. No logro entender a estos chicos de ciudad. Son tan extraños,” murmuró quejumbroso el anciano.

Cuando el chico que tenía que encontrar al que se había escondido vio al anciano hablando con alguien que debía estar detrás del árbol, comprendió que allí debía estar escondido Ihsan, y decidió acercarse sigilosamente.

El anciano –que cada vez estaba más impaciente- se dijo para sí: “Obviamente nadie ha enseñado a estos muchachos el hadiz de nuestro amado Profeta:

Quien guía a quien no encuentra el camino es como quien libera a un esclavo.”

مَنْ هَدَى زُقَاقاً كَانَ لَهُ مِثْلَ عِتْقِ رَقَبَةٍ

رواه الترمذي

Se dio media vuelta y se fue. Ihsan se sintió avergonzado de lo que había hecho. Se olvidó del juego y se echó a correr detrás del anciano hasta que le dio alcance y le pidió perdón. Después le llevó hasta el lugar por el que había preguntado.




EL AGUAFIESTAS


Avni era casi siempre un buen muchacho. Sólo adolecía de un defecto, tenía un carácter muy conflictivo que molestaba mucho a sus amigos. Un día de otoño, los muchachos estaban sentados cerca del lago y hablaban de los océanos y de cómo éstos son más profundos y fríos que los lagos.

Como siempre, Avni defendió la teoría contraria, sólo que esta vez sus amigos no discutieron con él, pues le conocían de sobras.

Comenzaron a lanzar piedras al lago, piedras redondeadas y planas que al tomar contacto con el agua iban dando saltos por la superficie como si fueran pajarillos.

Las piedras que lanzaba Faruk llegaban más lejos que las de los otros chicos. Tenía fuerza y habilidad y estas dos cualidades le permitían lanzar las piedras de tal forma y con tal potencia que parecían perderse en el horizonte.

Avni sintió envidia y le dijo a su amigo:

“Déjame ver tus piedras.”

Faruk abrió la mano para que viera sus piedras. En realidad eran como las de los otros chicos, pero el aguafiestas de Avni siempre encontraba un motivo para discutir.

“¡Claro! ¡Me lo imaginaba! Has cogido las piedras más finas. Si yo lanzase con esas piedras también llegaría a donde llegas tú.”

Faruk era un muchacho de carácter afable que nunca discutía por cosas nimias, por eso le contestó:


“Muy bien, si quieres podemos cambiarlas, tu coges las mías y yo cojo las tuyas.”

Así lo hicieron, pero el resultado fue el mismo. Las piedras de Faruk llegaban mucho más lejos que las de Avni.

Haydar, que hacía poco se había quedado cojo a causa de un accidente de coche, se acercó a Avni y le dijo amistosamente:

“Creo que hoy estás de mal humor y que no tienes mucha suerte.”

Avni estaba furioso por ver que no lograba que sus piedras llegasen más lejos que las de Faruk, así que aquel comentario de Haydar colmó el vaso de su ira. Se volvió a él muy enfadado y le espetó:

“¡Y tú qué sabes, lisiao!”

Todos los muchachos querían mucho a Haydar especialmente después del accidente, y por ello se enfadaron con Avni al oír aquellas hirientes palabras. Le dijeron que se había comportado de forma impropia de un amigo y compañero de juego.

Así era en realidad. Su comportamiento iba en contra de lo que nuestro amado Profeta dijo en uno de sus hadices:

No enfades a tu hermano (Musulmán) y no te burles de él.”

لاَ تُمَارِ أَخَاكَ وَلاَ تُمَازِحْهُ

رواه الترمذي



EL CEREZO


Ali y Aisha se subieron a un cerezo y comenzaron a comer las cerezas que ya estaban maduras.

Ali se dio cuenta de que las cerezas que colgaban de los extremos de las ramas eran las mejores.

“Esas ramas son muy delgadas y no creo que aguanten tu peso. Estas otras también son buenas,” le dijo Aisha para ver si así dejaba de encaramarse a las ramas más delgadas.


Pero Ali no le hizo caso. Lo único que le importaba eran las cerezas. Comenzó a trepar hasta que llegó a las últimas ramas del árbol. Apenas había cogido unas cuantas cerezas, cuando se encontró en el suelo junto a una rama rota. Y no era la rama lo único que se había roto, también su pierna estaba partida. Se tuvo que quedar en casa sin poder salir unas cuantas semanas; lo único que podía hacer era ver cómo el resto de los chicos se subían a los cerezos y se comían las cerezas.

Ali se dejó llevar por la glotonería, ¿no os parece?

Fijaos ahora en este hadiz de nuestro amado Profeta:

Si el hijo de Adam tuviera dos valles llenos de oro, no se sentiría satisfecho y desearía tener un tercero. Nada puede calmar su avaricia si no es la tierra (de la tumba cuando muere).”

لَوْ كَانَ لِابْنِ آدَمَ وَادِيَانِ مِنْ ذَهَبٍ لأَحَبَّ

أَنْ يَكُونَ لَهُ ثَالِثٌ وَلاَ يَمْلَأُ فَاهُ إِلاَّ التُرَابُ

رواه الترمذي



EL VALIENTE HIJO


Antiguamente había muchos bandidos que solían apostarse cerca de los caminos y cuando pasaban los viajeros les robaban y a veces les secuestraban para después venderles como esclavos.

Un día, un grupo de salteadores capturó a un anciano. El jefe de los bandidos le dijo:

“Si no quieres que te vendamos como esclavo, tendrás que traernos cien monedas de oro; sólo así quedarás libre.”

El anciano escribió una carta a su familia en la que les decía:

“Sé que no tenéis dinero suficiente como para comprar mi libertad. Os escribo esta carta con el único objetivo de que sepáis lo que me ha sucedido.”

El anciano tenía un valiente y noble hijo que al leer la carta que había escrito su padre se fue a donde estaban los bandidos y les dijo:

“Estimados señores, sé que no vais a liberar a mi padre si no es a cambio de un rescate, por ello no os pido que lo liberéis. Sin embargo, es evidente que debido a su edad y mala salud no lograréis venderlo a un buen precio. En cambio, si me vendéis a mí, que soy joven y fuerte, obtendréis mucho más dinero.”

A los bandidos les gustó la oferta, pero le dijeron que no podían tomar ninguna decisión sin antes consultar con su jefe. Éste no podía creer lo que estaba oyendo. Se quedó mirando un instante con admiración a aquel bravo muchacho y le dijo:

“Así que, por lo que veo, todavía quedan valientes hijos en el mundo. ¡Maravilloso! Daría mi vida por tener un hijo como tú. No tienes que sacrificarte. Tu audaz gesto os ha salvado. Id tú y tu padre en paz; sois libres.”

El anciano y su valeroso hijo volvieron a casa llenos de contento por el final feliz con el que había acabado aquella trágica aventura.



Esta historia debería hacernos recordar el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta:

Un hijo no puede pagar a su padre todo lo que ha hecho por él excepto si, enterándose de que ha sido vendido como esclavo, lo comprase y lo liberase.”

لا يَجْزِي وَلَدٌ وَالِدًا إِلاَّ

أَنْ يَجِدَهُ مَمْلوكاً فَيَشْتَرِيَهُ فَيُعْتِقَهُ

رواه مسلم



EL CHIVO


A Necip le encantaban las cabras, especialmente los pequeños chivos. Un día, su padre le regalo un chivo para que cuidara de él. Necip lo alimentó y crió durante el verano. Le fascinaba cuando venía corriendo el animalillo y dulcemente le topetaba las manos.

Su padre siempre le decía:

“Non dejes la puerta abierta pues de lo contrario el chivo entrará en casa y destrozará los muebles.”

Un día, Nacip entró corriendo en casa para coger la pelota. Recordó lo que su padre le había dicho, pero no hizo caso, pues tan sólo iba a quedarse la puerta abierta unos segundos. No se dio cuenta que el chivo había entrado en la casa corriendo detrás de él.

Mientras el chivo buscaba a Necip, se vio reflejado en un espejo enorme que había en el salón. Otro chivo le estaba mirando a él. Cuando el chivo se acercó al espejo, el otro también se acercó, lo que volvió loco al chivo que empezó a topetear al espejo como queriendo darle una buena lección al otro. De repente se oyó un ruido estertoroso en toda la casa. El espejo yacía en el suelo roto en mil pedacitos.

Si Necip hubiera conocido lo que nuestro amado Profeta dijo a sus dos jóvenes compañeros, Ibn ‘Umar y Abdullah Ibn Amr, no habría ignorado la advertencia de su padre:

¡Obedece a tu padre!

أَطِعْ أَبَاكَ

رواه أحمد



EL BUEN HIJO


Había una vez tres mujeres que volvían del mercado cargadas con sus cestas llenas de comida y otros enseres. Decidieron sentarse a descansar un rato y comenzaron a hablar de sus hijos, alabando sus buenas habilidades y lo talentosos que eran.

La primera de ellas mencionó lo fuerte y ágil que era su hijo hasta el punto que podía andar sobre sus manos varios minutos.

La segunda elogió el don que tenía su hijo para el canto. Todo el mundo admiraba su forma de cantar.

La tercera se limitó a escuchar. Ante aquel silencio, las otras dos mujeres le preguntaron por qué no decía nada de su hijo. “Mi hijo no tiene ningún don especial,” les contestó.

Un anciano que pasaba por donde estaban las tres mujeres, escuchó la conversación y decidió seguirlas. Cuando las mujeres llegaron a la calle donde vivían, se pararon de nuevo a descansar y dejaron las cestas en el suelo. Enseguida llegaron sus hijos corriendo.

El de la primera mujer llegó haciendo el pino. El de la segunda se puso a cantar la canción favorita de su madre. Todos le aplaudieron por su bella voz y su perfecta entonación. El hijo de la tercera mujer llegó a donde estaba su madre y le dijo: “¿Te ayudo, mamá?” Y cogió la cesta.

Las mujeres se dirigieron a donde estaba el anciano presenciando la escena y le preguntaron qué pensaba de sus buenos hijos.

“Sólo he visto un buen hijo,” replicó. “Me refiero al que corrió a donde estaba su madre para ayudarle con la cesta. Se ha comportado según el hadiz de nuestro amado Profeta:

Toda persona debería ayudar a su madre.”

أُوصِي امْرَأً بأُمِّهُِ

رواه ابن ماجه



EL PLATO DE PLÁSTICO


Había una vez un carpintero de avanzada edad, sin fuerzas para seguir trabajando en la carpintería, y con una vista cada vez más deteriorada. Sus manos siempre estaban temblando y le resultaba muy difícil sujetar la cuchara a la hora de comer. Se le caía más comida en el mantel que la que lograba llevarse a la boca.

Su hijo y su nuera siempre le decían que tuviera cuidado y terminaban enfadándose con él sobre todo cuando la comida se le escurría por la barbilla. Al final decidieron que comiera en otra mesa, lejos de su vista.

Su nieto Hasan se sintió muy triste por lo que estaban haciendo con su abuelo. Trataba de ayudarle sujetándole la cuchara para que no tirase la comida.

Un día, el anciano carpintero dejó caer accidentalmente su plato al suelo y éste se hizo añicos. Miró a sus hijos con lágrimas en los ojos, pues sabía que iban a enfadarse con él y a reprocharle su falta de cuidado. Así fue. Comenzaron a recriminarle hasta que le rompieron el corazón. A partir de ese día, decidieron servirle la comida en platos de plástico.

Un día, el hijo del carpintero le dijo a su esposa que no pusiera la fruta en el plato de plástico, y que tirase los platos a la basura.

Hasan cogió dos de los platos y le dijo a su madre que no los tirase ya que los iban a necesitar en el futuro.

“¿Para qué los quieres?,” le preguntó su padre.

Hasan respondió:

“Los necesitaré para serviros la comida cuando os hagáis viejos.”

Los padres de Hasan al escuchar aquellas palabras sintieron una gran vergüenza y rogaron a su padre que volviera a comer con ellos en la misma mesa.

Si el hijo del anciano carpintero y su esposa hubieran sabido que la mejor forma de alcanzar el Paraíso es tratar bien a los padres, sin duda que no habrían actuado de esa manera.

Nuestro amado Profeta dejó esto claro en el siguiente hadiz:

La satisfacción del Señor (Allah) está en satisfacer a los padres, y la ira del Señor (Allah) está en colerizar a los padres.”

رِضَى الرَّبِّ فِي رِضَى الوَالِدِ

وَسَخَطُ الرَّبِّ فِي سَخَطِ الوَالِدِ

رواه الترمذي



LA ESTILOGRÁFICA


Jelal era el hijo de un humilde carpintero. Un día, estaba sentado en una esquina de la calle y lloraba amargamente por haber perdido su estilográfica.

Un hombre, elegantemente vestido, pasó por allí y al ver a Jalal llorando se acercó a él y le preguntó que cuál era el problema. Cuando supo de qué se trataba, sacó de su bolsillo una estilográfica y le preguntó:

“¿Es está tu pluma?”

Jalal contuvo las lágrimas y contestó:

“No, no es esa. Mi pluma no era tan bonita.”

Aquel hombre admiró la honestidad del muchacho.

“Ya que, según veo, eres un muchacho muy honesto que dice la verdad, quiero regalarte mi estilográfica; ¡por favor, acéptala!”

Nuestro amado Profeta nos explicó cómo Allah Todopoderoso recompensará a la gente honesta en el siguiente hadiz:

Decir la verdad guía a la virtud, y la virtud guía al Paraíso.”

إِنَّ الصِّدْقَ يَهْدِي إِلَى الْبِرِّ

وَإِنَّ الْبِرَّ يَهْدِي إِلَى الْجَنَّةِ

رواه البخاري



EL MENTIROSO


El juez entró en la sala de audiencia para juzgar el litigio entre un hombre y una mujer. La sesión dio comienzo y la mujer fue la primera en tomar la palabra.

Señaló al debilucho hombre que estaba a su lado y dijo: “Este hombre me atacó y se llevó mi honor,” y comenzó a gemir y a lamentarse.

El hombre se defendió diciendo: “¡Está mintiendo, señor! Esta mujer vino a mí mientras contaba el dinero que había obtenido de la venta de una oveja y quería llevárselo. Me amenazó diciéndome que si no se lo entregaba me crearía problemas. Cuando me negué a dárselo, comenzó a gritar.”

Después de haber escuchado ambas partes, el juez supo de inmediato quién decía la verdad y quién mentía, pero no quiso revelarlo.

Se volvió al hombre y le dijo enfurecido: “Atacaste a esta pobre mujer y ahora vienes aquí a contarnos mentiras. Dale todo el dinero que lleves en el bolsillo a esta pobre mujer o te mandaré encarcelar.”

Todo el mundo estaba muy sorprendido. Nadie se esperaba que el juez actuaría de esa manera.

La mujer, radiante de alegría, cogió el dinero y abandonó la sala agradeciendo al juez su decisión. Tan pronto como salió, el juez le dijo al hombre que fuera tras ella y le cogiera el dinero. El hombre no salía de su asombro, pero hizo como el juez le había ordenado con la esperanza de conseguir su dinero.

Unos pocos minutos después, el hombre y la mujer volvieron a la sala. El hombre estaba herido y tenía moratones y cortes por toda la cara.

La mujer habló primero. Estaba muy enfadada.


“¡Señor! Este bruto ha tratado de quitarme el dinero que usted le dijo que me diera.”

El juez le preguntó:

“¿Consiguió quitárselo?

“¿Acaso cree que voy a permitir que este animal se lleve algo de mí?,” contestó la mujer indignada.

El juez se volvió hacia ella y le gritó:

“¡Mentirosa! Te presentaste aquí como una mujer honesta, acusando a este hombre de haberte atacado. Si fuera verdad lo que dijiste, habrías luchado con más denuedo para defender tu honor que para defender un dinero que ni siquiera es tuyo. Así, pues, devuélvele su dinero inmediatamente.”

Antes de dictar sentencia, el juez le recordó a la mujer el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta:

¡Tened cuidado con la mentira! En verdad que la mentira guía a la inmoralidad, y la inmoralidad guía al fuego.”

إِيَّاكُمْ وَالْكَذِبَ فَإِنَّ الكَذِبَ يَهْدِي إِلَى

الْفُجُورِ وَإِنَّ الْفُجُورَ يَهْدِي إِلَى النَّارِ

رواه مسلم



EL CASTAÑO


Husnu le decía al juez mientras señalaba con el dedo al presunto ladrón: “¡Señor! El año pasado le dejé a este hombre un anillo con diamante antes de un viaje que hice al extranjero. Ahora he vuelto y quiero mi anillo, pero el se niega a devolvérmelo.”

El juez le preguntó a Mistik Kahya que estaba sentado a su derecha:

“¿Por qué no le devuelves su anillo?”


“¡Está mintiendo, señor juez! Nunca me dio un anillo para que se lo guardase,” respondió Kahya.

El juez se volvió a Husnu:

¿Tienes un testigo que viera que, en efecto, le diste ese anillo para que te lo guardase?”

“No, no había nadie con nosotros cuando le di el anillo bajo un castaño.”

El juez ordenó a Husnu que fuera y le trajese una ramita del castaño.

Unos minutos después, el juez se volvió a donde estaba Mistik Kahya y le dijo:

“¿Dónde está este hombre? Me pregunto cuándo volverá. Mira por la ventana a ver si viene.”

Mistik Kahya ni siquiera se movió de su asiento, antes bien le contestó al juez:

“No volverá antes de tres horas; es un largo camino hasta allí.”

El juez se volvió a Mistik Kahya y le dijo:

“¡No sólo eres un mentiroso, sino también un estúpido! Si no hubieras cogido el anillo, no sabrías donde estaba el castaño. ¿Es que no has oído nunca el hadiz de nuestro amado Profeta?

¡Oh gente! Tened cuidado con la mentira, pues en verdad que la mentira no va con el iman.”

يَا أَيُّهَا النَّاس إِيَّاكُمْ وَالْكَذِبَ فَإِنَّ الْكَذِبَ

مُجَانِبٌ لِلْإِيْمَانِ

رواه أحمد

El juez ordenó que fuera castigado duramente.



EL ECO


El pequeño Remzi había cogido una bolsa con comida para su padre que estaba trabajando en el campo. Mientras se acercaba al lugar donde se encontraba su padre, divisó una sombra detrás de unas rocas y pensó que debía tratarse de algún chico que jugaba a escalar; así que le llamó: “¡Ey!” Enseguida se escuchó una voz que venía de lo alto de la montaña: “¡Ey!”

Ramzi no entendió que se trataba del eco y pensó que ese chico se estaba burlando de él.

“¡Espera un poco y verás qué pasa si subo allí!”

La voz respondió:

“¡Espera un poco y verás qué pasa si subo allí!”

Remzi, fuera de sus casillas, comenzó a gritar a la montaña:

“¡Sal de ahí y deja que te vea, cobarde!”

Cuando las mismas palabras resonaron en el aire, Remzi comenzó a escalar la montaña en dirección a las rocas donde suponía que debía estar el chico. Fue escalando y gritando enfurecido hasta que llego a la cima. Durante todo el camino pensaba en lo que le haría cuando lo pillase. Pero aquel cobarditas nunca apareció.

Después de un buen rato de andar buscándole, se acordó de su padre. Debía estar hambriento de verdad. Cuando llegó al campo donde estaba trabajando, le contó todo lo sucedido. Su padre le escuchó atentamente y después le dijo el siguiente proverbio:

“El que habla por hablar, escucha lo que no quiere oír.”

Si Remzi hubiera sabido el hadiz de nuestro amado Profeta, no habría actuado de esa manera:

Aquel que cree en Allah y en el Último Día, habla para bien o guarda silencio.”

مَنْ كَانَ يُؤْمِنُ بِاللهِ

وَالْيَوْمِ الْآخِرِ فَلْيَقُلْ خَيْرًا أوْ لِيَصْمُتْ

رواه البخاري



UNA BARRA DE PAN


Era un frío día de invierno, y Hasan volvía a casa con una cesta llena de pan que acababa de comprar en la panadería. De repente, vio un escuálido perro tan en los huesos que se podían contar todas sus costillas. El pobre animal miraba a las barras de pan que llevaba Hasan y gimoteaba con desesperación.

Hasan se sintió conmovido por aquella escena. Se dijo a sí mismo: “Si le dio una barra a este pobre perro, mi madre se enfadará mucho.” Pero aún así, decidió arriesgarse y compartir su pan con aquel hambriento animal. Dejó la cesta en el suelo, cogió una de las barras de pan, la partió en pedazos y se los dio al perro.

Un hombre que había salido de la panadería detrás de Hasan, escuchó su reflexión en voz alta. Sin que se diera cuenta, puso una de sus barras de pan en la cesta de Hasan.


Cuando llegó a casa, se quedó muy sorprendido al comprobar que a pesar de haberle dado una barra entera al perro, seguía teniendo la misma cantidad de pan que cuando salió de la panadería.

Claro que Hasan hubiera podido explicarse lo sucedido si hubiera conocido el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta:

La sadaqah no disminuye la riqueza.”

مَا نَقَصَتْ صَدَقَةٌ مِنْ مَالٍ

رواه البخاري



EL AVARO


Ihsan tenía un tío que llevaba una vida miserable. No sólo era avaro con los demás, sino también consigo mismo. No gastaba en nadie aunque viera que estaba necesitado. Era tan tacaño, que había veces que incluso él pasaba hambre.

Todo el dinero que ganaba lo gastaba en comprar oro. Así, podía contemplar su riqueza y comprobar cómo iba creciendo y haciéndose cada vez más voluminosa. Después, la enterraba en el jardín cuidadosamente, asegurándose de que nadie le viera.

Cada día sacaba el saquito de la tierra y contaba las monedas de oro una por una. Luego, lo volvía a enterrar en el mismo sitio.

Un día, sin embargo, cuando metió la mano para sacar el dinero encontró el hueco vacío. El saquito había desaparecido. A pesar de todo el cuidado que había puesto para que nadie le viera enterrar su tesoro, alguien se lo había robado. Tal fue su desesperación, que pensó que se volvía loco.

Cuando Ihsan se enteró de lo que le había sucedido a su tío, fue a verle y le dijo:

“No te lamentes por ese oro, pues no era tuyo, no te pertenecía, de lo contrario no lo habrías enterrado en el jardín sino que lo habrías utilizado para tu propio beneficio.”

Nuestro amado Profetaو que se había refugiado en Allah de la avariciaو dijo en un hadiz:

El avaro está lejos de Allah, lejos del Paraíso y lejos de la gente.”

الْبَخِيلُ بَعِيدٌ مِنْ اللهِ بَعِيدٌ

مِنَ الْجَنَّةِ بَعِيدٌ مِنَ النَّاسِ

رواه الترمذي



LOS ZAPATOS


Era un largo y duro invierno. Sadi estaba tiritando de frío debido a que sus zapatos estaban rotos y dejaban pasar el agua. Por primera vez en su vida se lamentó de que su familia fuera pobre. Se entretenía pensando en lo maravilloso que sería tener una familia lo suficientemente rica como para poder comprarse un grueso abrigo y unos resistentes zapatos.

Un día que Sadi volvía de la escuela y escuchó el adhan de la salah de la tarde, se detuvo en la Mezquita central pues le gustaba hacer todas las salah en la Mezquita. Se dirigió al patio donde estaba la fuente para hacer el wudu. Dejó en el suelo su mochila y se remangó la camisa.

Conocía a casi todos los que estaban allí haciendo wudu como él.

Se sentó frente a la fuente y se quitó los zapatos. Los calcetines estaban sucios y rotos. Muy enfadado, tiró uno de los zapatos al suelo. Entonces se fijo en la persona que estaba sentada a su lado. Se lavó un pie y se fue. Sadi se dio cuenta de que aquel hombre sólo tenía una pierna.

Se sintió molesto consigo mismo. Se había quejado de sus zapatos, pero aquel hombre tenía que andar con muletas. Quizás tenía mucho dinero y podía comprarse muchos zapatos, pero ahora comprendía que el dinero no lo era todo.

Después de hacer la salah, Sadi levantó las manos y le dio gracias a Allah por haberle dado dos piernas fuertes y sanas.

¡Qué hermoso es el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta!:

Quien se contenta con lo que tiene, es el más agradecido de la gente.”

وَكُنْ قَنِعًا تَكُنْ أَشْكَرَ النَّاسِ

رواه ابن ماجه



EL COCHE


Hikmet era un buen estudiante de secundaria que vivía muy lejos de su instituto. Cada día cogía el autobús para ir a clase y para volver a casa.

Hikmet tenía muchos pasatiempos. Uno de ellos eran los coches. De camino al instituto, solía decirles a sus amigos la marca y el modelo de los coches que circulaban por la carretera. Aunque nunca se quejó de ello, le entristecía que su familia no pudiera comprarse un coche. Su padre era un modesto funcionario al que apenas le llegaba el sueldo para alimentarles. Hubiera sido ridículo pedirle que comprara un coche, de la misma forma que hubiera sido injusto exigirle más de lo que hacia para satisfacer sus caprichos.

Ahmad, uno de los amigos de Hikmet, vivía en el mismo barrio, pero él nunca cogía el autobús. Iba caminando hasta el instituto y volvía de la misma manera. Hikmet no podía entender por qué su amigo hacía eso. Era un largo para recorrerlo andando.

Un día lluvioso y frío, Hikmet estaba esperando al autobús con sus amigos. Ahmad pasó delante de ellos sin importarle la lluvia.

“¡Ahmad! El autobús llegará enseguida. ¿Por qué vas andando?,” le preguntó Hikmet.

“Gracias, pero tengo primero que detenerme en otro sitio,” replicó Ahamd mientras seguía andando.

Esto mismo sucedió varias veces en los días precedentes. Hikmet empezó a preocuparse por la actitud de su amigo. Un día, se lo dijo a su madre. Su madre conocía bien a la familia de Ahmad. Su padre había muerto hacía varios años dejando huérfanos a seis hijos. Su madre limpiaba casas para conseguir algo de dinero con el que poder alimentar a su numerosa prole. Ahmad no podía coger el autobús por la sencilla razón de que su familia no podía permitírselo.

Hikmet se sintió muy apenado y avergonzado al mismo tiempo. El deseaba un coche, pero en esa misma ciudad había gente que no podía comer o que no tenía una casa donde poder vivir. Hikmet pidió perdón a Allah por su egoísta actitud y le dio gracias por todo lo que le había dado.

Si Hikmet hubiera escuchado el siguiente hadiz de nuestro amado Profeta, nunca se habría sentido triste por no tener un coche:

Fijaos en los que están peor que vosotros, no os fijéis en los que están mejor que vosotros.”

انْظُرُوا إِلَى مَنْ أَسْفَلَ مِنْكُمْ

وَلاَ تَنْظُرُوا إِلَى مَنْ هُوَ قَوْقَكُمْ


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