Excerpt for El hombre que mató a Durruti by Pedro de Paz, available in its entirety at Smashwords


EL HOMBRE QUE MATÓ A DURRUTI


Pedro de Paz



Novela ganadora del I Certamen Internacional de Novela Corta «José Saramago» 2003


© 2010 Pedro de Paz

Smashwords Edition

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. E-28019 Madrid.

http://literaturascomlibros.es

ISBN: 978-84-614-6797-6


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Dedicatoria



A Chon, mi princesa.

Y a mi familia.

ÍNDICE


Dedicatoria

Nota del autor

PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

TERCERA PARTE

Epílogo: Durruti: la forja de un libertario

Sobre el autor

Bibliografía



Nota del autor



El 19 de noviembre de 1936, a los pocos meses de iniciarse la Guerra Civil Española, Buenaventura Durruti, afamado dirigente anarcosindicalista y símbolo revolucionario, resultó herido por un disparo mientras visitaba el frente de la Ciudad Universitaria de Madrid. Pocas horas después fallecía en las dependencias del Hotel Ritz, transformado durante la contienda en el Hospital de las Milicias Confederadas de Cataluña.

A día de hoy no existe certeza alguna acerca del origen del disparo que acabó con su vida.

A pesar de que este relato de ficción se inspira en circunstancias y hechos históricos y utiliza como recurso literario a personajes cuyos nombres y apellidos coinciden con los de personas que vivieron y estuvieron presentes durante el transcurso de los acontecimientos aquí narrados, todo parecido con la realidad quizá sea pura coincidencia.




PRIMERA PARTE



Aquel cuartucho lúgubre olía a humedad y a miedo. Su ubicación en el semisótano de aquel edificio de la calle de Fomento y su austero mobiliario -una mesa de madera, dos sillas, una a cada lado de la misma, y un escritorio en un rincón- ayudaban a matizar, aún más si cabía, el aspecto de la sala de interrogatorios que era. En todo Madrid se conocían sobradamente las actividades ejercidas en la checa de Fomento y el mero hecho de encontrarse allí, tanto si era por voluntad propia como si no -como era el caso-, solía despertar el recelo incluso de la persona más templada. Consigo mismo como única compañía, acomodado en una de las sillas, un hombre jugueteaba nerviosamente con la gorra de miliciano que sostenía entre las manos mientras aguardaba no sabía exactamente a qué. Un sudor frío recorría su espalda y la dilatada espera a la que le estaban sometiendo no ayudaba precisamente a hacerle sentir más cómodo. Tras una demora que le pareció eterna, la puerta se abrió al fin y entraron en la sala dos personas vestidas de uniforme. El hombre alzó la mirada y reparó en los galones que lucían sus hombreras. Ambos eran oficiales del ejército republicano. Sin cruzar una sola palabra, ni entre ellos ni con el hombre que allí aguardaba, los recién llegados extrajeron unos documentos de una cartera de piel y comenzaron a ojearlos. De cuando en cuando alguno de los dos alzaba la vista hacia aquel hombre para volver a posarla de nuevo, segundos después, en aquellos documentos. Uno de ellos era mayor que el otro, más cercano a los cuarenta que a los treinta, de aspecto curtido, expresión severa y ojos pequeños, grises, de mirada penetrante. Todos estos detalles, unidos a sus ademanes y su porte, sugerían cierta autoridad. El otro era más joven, de una edad indeterminada que parecía rondar los veinticinco. Poseía una expresión más afable, menos dura, pero su actitud, su menor rango y, sobre todo, la deferencia con la que parecía tratar a su compañero insinuaban que su misión consistía en la de ser un mero asistente. Finalmente, el oficial de mayor edad introdujo los documentos en la cartera, la cerró y, tras depositarla sobre la mesa, se dirigió a la persona que se encontraba en la sala.

—¿Cómo se llama?

El hombre se puso inmediatamente en pie y se cuadró delante del oficial.

—Julio Graves. A sus órdenes, mi comandante.

—Descanse, Graves —respondió el oficial—. Siéntese.

El hombre obedeció. El oficial más joven se encaminó hacia el rincón de la sala en el que se ubicaba el escritorio, tomó asiento y se desplegó sobre el tablero una serie de cuartillas en blanco con el evidente ánimo de tomar notas en lo que, a todas luces, daba la impresión de ser un interrogatorio en toda regla.

—Yo soy el comandante Fernández Durán y él es el teniente Alcázar —explicó el de más edad al tiempo que señalaba al joven—. ¿Sabe usted por qué se encuentra aquí?

—No, mi comandante —negó Graves—. Simplemente me ordenaron que viniera.

Con gesto pausado, Fernández Durán se sentó en la silla que quedaba libre, de espaldas a la puerta y frente a Graves, estudiando a éste con atención. Tras unos instantes extrajo de nuevo los papeles de la cartera, los distribuyó sobre la mesa y los volvió a ojear por encima con escaso interés, como si conociese de memoria su contenido. Finalmente se dirigió a Graves con tono neutro.

—Según consta en la documentación que obra en nuestro poder —dijo Fernández Durán al tiempo que señalaba los papeles dispersos sobre la mesa—, hasta hace poco usted ejercía labores de chófer para el comandante Durruti ¿Es así?

Graves no estaba seguro de si la respuesta correcta, la respuesta esperada, era decir que sí o decir que no. Finalmente optó por contestar la verdad. Al fin y al cabo, no tenía nada que ocultar.

—Sí, señor —respondió Graves con voz queda. El recelo revoloteaba en el tono de sus escuetas palabras.

—Y que se encontraba ejerciendo dichas labores el día que Durruti recibió el disparo que acabó con su vida, el pasado 19 de noviembre —continuó interrogando Fernández Durán.

—Sí, así es, señor.

—Cuéntenos lo que ocurrió ese día. Sé que han pasado cerca de dos meses pero intente ser lo más fiel que pueda a los hechos. Relátelos con el mayor detalle que sea capaz de recordar.

Graves, atenazado por los nervios, inspiró profundamente y soltó el aire en un prolongado suspiro. Seguía sin tener claro en calidad de qué había sido convocado en aquel lugar cuya siniestra reputación no sólo no le inspiraba la menor confianza sino que, además, no le ayudaba en absoluto a despejar sus dudas al respecto.

—Esa mañana nos encontrábamos en el cuartel general de la Columna Durruti, en la calle Miguel Ángel —Julio Graves fijó su mirada en un punto del infinito mientras trataba de evocar los hechos que estaba narrando—. Yo estaba preparando el coche porque íbamos a salir a dar una vuelta de reconocimiento, creo recordar. Alguien llegó al cuartel y habló con Durruti durante unos minutos. Recuerdo que, mientras hablaban, Durruti parecía muy enfadado y hacía muchos gestos y aspavientos. En cuanto terminó de hablar con esa persona, Durruti se me acercó y me dijo que nos íbamos inmediatamente a la Ciudad Universitaria. Montamos en el coche y nos fuimos para allá.

—¿Recuerda el nombre de la persona que habló con Durruti? —le interrumpió Fernández Durán.

—No, mi comandante. Sé que era alguien de la columna. Le había visto en varias ocasiones, pero no conozco su nombre.

—¿Quiénes subieron al coche?

—El sargento Manzana, que acompañaba a Durruti como solía ser habitual, el propio Durruti y yo, señor.

—Prosiga —señaló Fernández Durán.

—Llegamos a la plaza de Cuatro Caminos y giré por la avenida de Pablo Iglesias a toda velocidad. Al final de la avenida cogimos una calle a la izquierda, bordeamos unas casitas bajas y luego giramos a la derecha con la intención de acercarnos hasta el Hospital Clínico. Recuerdo que hacía muy buen día. Me chocó por las fechas en las que estábamos, a últimos ya de noviembre. Llegando a una bocacalle vimos a un grupo de milicianos que parecía venir a nuestro encuentro. Durruti sospechó que aquellos muchachos tenían la intención de abandonar el frente y me dijo que parase el coche. Maldita la hora, mi comandante. Estábamos en zona de fuego enemigo. Las tropas moras, que ocupaban el Hospital Clínico y dominaban el lugar, disparaban contra todo lo que se movía. No se oían más que tiros por todos lados. Por precaución, estacioné el auto en la esquina de uno de aquellos hotelitos de la zona. Durruti y Manzana bajaron del coche y se fueron hacia el grupo de milicianos para preguntarles dónde iban. Los soldados, sorprendidos en su falta, no supieron qué contestar. Durruti les reprendió severamente y les ordenó que volvieran a sus puestos.

—¿En qué punto exacto del recorrido realizaron dicha parada? —inquirió Fernández Durán.

—No sabría decirle con exactitud, mi comandante —respondió Graves—. Como le he dicho, bajamos por la Avenida de Pablo Iglesias y luego giramos a la izquierda por una calle que hace curva y bordea los hotelitos. Avenida del Valle creo que se llama, pero no estoy muy seguro. Más o menos al final de esa calle es donde nos paramos.

—¿Y usted descendió del vehículo?

—No, señor. Yo estaba al volante y con el motor en marcha, a la espera de que volvieran para ponernos a salvo lo antes posible. Ya le he dicho que la zona estaba siendo batida por fuego enemigo.

—¿Qué ocurrió después?

—Los soldados a los que reprendía Durruti agacharon las orejas y se dieron media vuelta, mi comandante. Durruti y el sargento Manzana se vinieron para el coche. Estábamos enfrente del Hospital Clínico y los rebeldes no dejaban de disparar. Varias balas silbaron cerca. Muy cerca, mi comandante. Parecía como si los moros se hubieran dado cuenta de que estábamos allí y, al ser un blanco fácil, hubieran decidido arremeter contra el coche. Pude oír a mi espalda cómo Durruti abría la puerta de atrás y a continuación un disparo. Durruti cayó al suelo con el pecho cubierto de sangre. Yo salí del vehículo y ayudé a Manzana, que tenía un brazo herido y vendado, a meterlo en el asiento de atrás. Di media vuelta al coche y nos dirigimos a toda velocidad hacia el hospital que hay en el hotel Ritz. Al llegar nos atendió el doctor Santamaría, el médico de la columna, y se llevó a Durruti rápidamente a los quirófanos que estaban en los sótanos del hotel. Manzana y yo nos volvimos al cuartel general a la espera de noticias o de nuevas órdenes. Por la noche volvimos al hotel Ritz. Durruti estaba muy mal, inconsciente. El doctor Santamaría nos dijo que había muy pocas esperanzas, que la herida era muy seria y que no sabía si pasaría de esa noche —a Julio Graves se le enturbiaron los ojos y su voz se quebró—. Y no pasó, señor. No pasó. Murió esa misma madrugada.

Graves bajó la mirada hacia la gorra que sostenía entre las manos y se mantuvo en silencio. Fernández Durán hizo una pausa con intención de que se serenase. Graves, abochornado, levantó la mirada y carraspeó. Fernández Durán continuó preguntando como si nada hubiera sucedido con el fin de no azorar más a aquel hombre.

—¿Resultó herido alguien más durante el incidente?

—No, señor. Sólo hirieron a Durruti.

—¿Qué es lo que ocurrió según su opinión, Graves?

—Esos malditos fascistas, señor. Los rebeldes tenían tomado el hospital y disparaban para todos lados. Alguno durmió esa noche sin saber todo el daño que había hecho. La persona que disparó quizá hasta lo hizo sin apuntar, al bulto, y con ese disparo mató a una de las mejores personas que he conocido en mi vida.

—Está bien, Graves. ¿Desea añadir alguna cosa más?

—No, mi comandante.

—Puede retirarse.

Graves se levantó y se dirigió hacia la puerta. A punto de salir se detuvo un momento, dudó durante una décima de segundo, como si pretendiese declarar algo más, pero finalmente cerró la puerta tras de sí dejando a los dos oficiales en la sala.

Fernández Durán permaneció en su asiento, mirando al frente, digiriendo en silencio, palabra por palabra, el testimonio que acababa de escuchar. Segundos después se volvió hacia su asistente.

—¿Qué le ha parecido, teniente?

—Nada de especial, mi comandante —respondió Alcázar—. Ha añadido algunos detalles que desconocíamos pero, básicamente, los hechos coinciden con los reflejados en los informes que ya disponemos.

—¿Pudo finalmente localizar a todas las personas de la lista que le di, Alcázar? —inquirió Fernández Durán.

—Casi, señor —contestó Alcázar al tiempo que se incorporaba de su asiento para acercarse hasta su comandante—. He localizado a todos con excepción de los milicianos a los que supuestamente reprendió Durruti tras bajarse del coche. Me ha sido imposible dar con ellos. Pero le he pedido al capitán Angulo, de la columna Del Rosal, que venga.

—¿Quién es ese tal capitán Angulo, Alcázar? —preguntó con extrañeza Fernández Durán—. No está en la lista que le entregué ni consta como testigo presencial del hecho en ninguno de los informes.

—Y no lo fue, mi comandante —explicó Alcázar—. Cuando buscaba a los milicianos me dijeron que el capitán Angulo era el oficial de la agrupación bajo la que servían y también me dijeron que conoce de primera mano lo que ocurrió porque se lo contaron sus propios hombres. A falta de otra cosa, me he tomado la libertad de pedirle que viniera.

—Está bien, Alcázar.

Alcázar dudó un instante. Finalmente decidió hacerle al comandante la pregunta que rondaba por su cabeza.

—¿Puedo hacerle un comentario, mi comandante?

—Hágalo, teniente.

—Me sorprendió, señor, que la lista que usted me entregó fuese tan escueta. Según los informes e incluso lo que se oye en la calle, hubo más testigos que dijeron haber estado presentes y que vieron lo sucedido.

—Alcázar, ya sé que según los informes y las distintas declaraciones hubo más testigos. Demasiados incluso. Si damos por válidas las declaraciones de todo el mundo que dijo verlo, la zona hubiera debido parecerse a la plaza de las Ventas a las cinco de la tarde en día de corrida. Ante un hecho de esta magnitud todos quieren ser protagonistas por un día. Pero incluso usted mismo se percató, durante los días en los que estudiamos los informes que nos entregaron, de que muchas de las versiones diferían unas de otras y también de muchas de las inconsistencias en algunas de las declaraciones hasta el punto de tornarlas imposibles. Tras un estudio detallado de los informes y según mis conclusiones, me he limitado a incluir a aquellos que, invariablemente y a ciencia cierta, estuvieron presentes o tuvieron que ver con el suceso sin asomo de duda. Tiempo habrá de llamar a otras personas, pero, por el momento no lo considero necesario hasta que hayamos logrado interrogar a todos los integrantes de esa lista y veamos si podemos llegar a una conclusión. ¿A quiénes ha logrado citar para hoy, teniente?

—A todos a excepción del sargento Manzana, que se encuentra fuera, en el frente de Aragón, comandando la columna Durruti y no llegará a Madrid hasta mañana por la tarde. El resto está aguardando en el despacho contiguo. El doctor Santamaría no ha llegado aún, pero me aseguró que acudiría a la cita.

—Está bien. Haga pasar al siguiente.

—Sí, mi comandante.

El teniente salió de la sala. Fernández Durán observó con desinterés los documentos dispersos sobre la mesa mientras trataba de forjar en su cabeza una visión general del asunto que tenía entre manos. Tal y como había mencionado Alcázar hacía un momento, la historia de Julio Graves coincidía en su mayor parte con la versión oficial, con la versión mil veces repetida que circulaba de boca en boca por los despachos oficiales y que todo el mundo aceptaba como válida. Nada de todo aquello parecía sugerir algún detalle turbio. Una baja de guerra más. Y aun así, a pesar de ello, había decidido aceptar aquella extraña misión. No sabía exactamente el motivo aunque, en su fuero interno, lo intuía. Quizá fuese ese sexto sentido suyo que había desarrollado siendo policía, antes de la guerra. Era ese olfato entrenado a lo largo de tantos años de profesión el que le decía que algo en aquel asunto estaba fuera de lugar. Había aspectos que a Fernández Durán no le habían gustado desde que conoció los detalles del mismo. Como por ejemplo y sin ir más lejos, su propio cometido. Aun tratándose de la muerte de un destacado dirigente anarquista, de una figura muy representativa de la lucha en contra de los militares sublevados, aun tratándose de una inestimable pérdida, no dejaba de ser una baja más en el frente. Hasta cierto punto le resultaba verdaderamente insólito que le hubiesen encargado la labor de abrir una investigación al respecto. Recordó cómo, a primeros de enero de 1937, estando destinado en Barcelona, había recibido un día la llamada de su superior diciéndole que había sido requerida su presencia en una importante reunión que iba a tener lugar en breve. Reunión en la que estarían presentes a su vez destacados miembros del gobierno republicano. Fernández Durán creyó que su labor se limitaría a las habituales tareas de vigilancia y escolta a las que solía estar destinado pero su superior no tardó en sacarle de su error. La explicación fue concluyente. Habían solicitado su presencia de forma explícita y no en calidad de escolta. Una comisión le había escogido debido a sus antecedentes como policía y a la fama, merecidamente adquirida en tiempos anteriores a la guerra, de su intuición policial y de su buen hacer en la resolución de los casos que le eran normalmente asignados. Y había sido elegido para llevar a cabo una investigación acerca de las circunstancias que rodeaban la muerte del comandante Buenaventura Durruti. Además, recibió la orden tajante de llevar la investigación con la más absoluta reserva y de dar cuenta de ella única y exclusivamente a dicha comisión. Al principio, le sorprendió el encargo y sobre todo las condiciones en las que debía llevarlo a cabo pero cuando, días después, se entrevistó con los miembros de la comisión para ultimar detalles, su inicial sorpresa se desvaneció al descubrir entre los presentes a altos cargos del gobierno republicano que habían mantenido una férrea y sincera amistad con el difunto. Y salió de aquella reunión con el firme convencimiento de que aquello no se trataba de un encargo oficial, sino más bien de algo oficioso en lo que parecían primar intereses personales. En dicha reunión le fue entregada la escasa documentación de la que se disponía acerca del caso y, para ayudarle a llevar a cabo su tarea, le fue asignado como asistente el teniente Alcázar. «El sabueso», como él lo llamaba. Un hombre de un nivel cultural más bien sencillo aun a pesar de que sabía leer y escribir correctamente, cuestión de la que, en aquella época, no todo el mundo podía jactarse, pero provisto de una notable y brillante inteligencia, de probada honestidad y reserva, dotado de un gran don de gentes y de la sorprendente habilidad de conseguir, aun en los tiempos de escasez por los que pasaban debido a la contienda, cualquier cosa que se propusiese. Desde la ubicación de una persona concreta, por difícil de localizar que ésta fuese, hasta una caja de champán francés. Fernández Durán y Alcázar estuvieron durante días investigando en archivos, estudiando declaraciones e informes, recopilando toda la información que fueron capaces de encontrar para finalmente llegar a la conclusión de que las pistas más sólidas debían encontrarse en la capital de España, el lugar de los hechos. Por este motivo habían solicitado permiso para desplazarse hasta Madrid con el fin de continuar su investigación. Habían llegado a Madrid tres días atrás y en ese tiempo récord, gracias a las diligentes gestiones de Alcázar, que sólo Dios sabía lo que habría tenido que prometer, regalar, adular o sobornar —Fernández Durán prefería no darse por enterado—, habían logrado dar con el paradero del chófer de Durruti así como del resto de supuestos testigos cuya declaración Fernández Durán consideraba indispensable para llegar al fondo de aquella cuestión.

El sonido de unos goznes le abstrajo de sus pensamientos. La puerta del cuarto se abrió para dejar paso a Alcázar seguido por un hombre ataviado con el habitual mono azul de los milicianos. Alcázar cerró la puerta en cuanto su acompañante hubo entrado y se retiró al mismo rincón de la estancia en el que había permanecido durante el interrogatorio de Julio Graves. El teniente no pronunció una palabra pero su gesto denotaba una mezcla de hastío y resignación. A pesar del celo demostrado en el desempeño de sus funciones, para Alcázar aquel asunto suponía una completa pérdida de tiempo. Para él estaba claro lo que había ocurrido en el caso de la muerte de Durruti. Salvo alguna discrepancia, la versión oficial recogida en el informe era factible, correcta y no merecía la pena buscarle las vueltas a algo que no las tenía. De hecho, así se lo había manifestado a su comandante durante las conversaciones previas a las sesiones de interrogatorio. Aun así, Fernández Durán había insistido en llevar a término la tarea que les había sido encomendada de la forma más eficiente y completa posible.

El hombre que había entrado acompañando a Alcázar permanecía en pie, en un tosco remedo de algo que recordaba lejanamente a la posición de firmes. Presentaba un aspecto lastimoso. Sucio, desaliñado y probablemente hambriento, su rostro sin afeitar mostraba los efectos de semanas de combate sin descanso. Casi con seguridad, había sido sacado del frente para acudir a aquella entrevista. Fernández Durán lo observó con una mezcla de compasión y respeto. No sólo por aquel hombre, sino por todos aquellos que, sin duda alguna, se encontraban en esos momentos en idéntica situación.

—Siéntese, por favor —le indicó Fernández Durán con deferencia, conmovido por el aspecto del miliciano.

El hombre obedeció y tomó asiento en la silla que momentos antes había ocupado Julio Graves. En el reflejo de su mirada se adivinaba una cierta expectación ante lo irregular de la situación, pero su presencia de ánimo parecía revelar una menor inquietud que la que había mostrado el chófer momentos antes.

—¿Cuál es su nombre, camarada? —le preguntó Fernández Durán con condescendencia.

—Me llamo Antonio Bonilla —el aludido hizo una pausa—. ¿Estoy detenido, mi comandante?

—En absoluto. Sólo está aquí para responder a unas preguntas. ¿Dónde está destinado, camarada Bonilla?

—Soy de la columna Durruti, mi comandante —contestó Bonilla. Su tono era sencillo, campechano—. Vinimos hace algo más de dos meses, a mediados de noviembre, desde el frente de Aragón y nada más poner un pie en Madrid nos enviaron para la Ciudad Universitaria porque parecía ser que había jaleo por aquella zona. ¡Vaya si lo había! Aquello fue una escabechina, ¿sabe? En cinco días cayeron por lo menos la mitad de los nuestros.

—Cuénteme lo ocurrido el pasado día 19 de noviembre —preguntó Fernández Durán.

Bonilla clavó su mirada en el comandante al tiempo que una sombra suspicaz bailaba en sus ojos.

—¿A qué se refiere, mi comandante?

—Sabe perfectamente a qué me refiero. Empiece desde el principio, por favor. ¿Qué ocurrió ese día?

Bonilla dudó. A pesar de su transigencia y afabilidad iniciales, Fernández Durán le observaba con cierta severidad. Bonilla tragó saliva y comenzó su relato.

—Como le he dicho, mi comandante, nos destinaron a la Ciudad Universitaria nada más llegar. Nos habíamos refugiado en unos chalets que estaban cerca al Hospital Clínico. Veíamos al enemigo en las ventanas del hospital y ellos a nosotros. De vez en cuando cambiábamos algunos disparos, pero aparte de eso, la zona estaba más o menos tranquila. El día 18 por la noche se llegó hasta nosotros un capitán de dinamiteros de la columna Del Rosal y nos dijo que había descubierto que durante la noche las tropas rebeldes se retiraban del hospital a través de un subterráneo que comunicaba el hospital con la Casa de Velázquez para volver a sus líneas y reponer munición y también nos dijo que aprovecharíamos aquella noche para tomar el hospital cuando los rebeldes se retiraran. Decidimos que a las cuatro de la mañana haríamos una descarga cerrada sobre las ventanas del hospital y que si el enemigo no respondía, sería señal de que el edificio estaba libre y nos lanzaríamos al asalto. Así lo hicimos la madrugada de aquel día, que ya era el 19 y al no responder nadie al fuego, asaltamos el hospital, dejando fuera un retén de tiradores, entre los que me quedé yo, para cubrir la retirada, por si había que volverse. Entraron sin ningún problema. ¡No vea usted, mi comandante, qué juerga! Al poco se les oía hasta cantar La Internacional a gritos desde la terraza del edificio. Pero con la letra de verdad, mi comandante, la de los anarquistas. Pero poco después comenzaron a escucharse disparos y gritos. Los rebeldes habían vuelto por el subterráneo y al encontrarse el hospital ocupado se inició el tiroteo dentro del mismo hospital, piso por piso. Se lió la marimorena, mi comandante. Poco a poco, nuestras tropas se fueron retirando del hospital y fueron regresando a la posición en la que estábamos. Al llegar, nos dijeron que se estaban retirando por orden expresa y bajo la responsabilidad de uno de los capitanes de la columna Del Rosal y pensé que era necesario informar a Durruti, nuestro comandante, de cómo estaba la situación y pedirle nuevas órdenes.

Bonilla dio por concluido su relato. Resultaba más que evidente que no deseaba internarse por el camino que Fernández Durán le había invitado a tomar y se había dedicado a divagar todo lo que la situación le permitía.

—No necesito el parte de guerra de aquel día, Bonilla —dijo Fernández Durán sin inmutarse pero sin dejar de mirarle a los ojos—. Quiero saber lo que pasó después. Continúe, por favor

Bonilla titubeó por un instante y siguió hablando.

—Avisé a dos hombres de nuestra columna y les dije que se vinieran conmigo. Escogí a un tal Lorente por ser el mejor conductor y a Miguel Doga, compañero valiente donde los haya, por si teníamos problemas por el camino. Cogimos un coche, un viejo Hispano-Suiza que nos habían dejado los camaradas de Madrid, para dirigirnos al cuartel general de la columna, en la calle Miguel Ángel, donde sabíamos que estaría Durruti. Al llegar al cuartel general vi a Julio Graves, que era el chófer de Durruti, preparando el Packard que usaban habitualmente porque, según me dijeron, Durruti y el sargento Manzana tenían intención esa mañana de salir a dar una vuelta de reconocimiento. Al vernos, se acercaron a nosotros y le conté lo que había pasado la noche anterior. ¡Que cabreo se cogió Durruti, mi comandante! Me dijo que quería decirle cuatro cosas al capitán ese de la columna Del Rosal y que iría de vuelta con nosotros. Me fui para Julio y le dije que nos siguiera con su coche porque algunas de las calles estaban muy batidas por el enemigo y que les llevaríamos por las menos peligrosas. Y montaron en el coche para seguirnos hasta la Ciudad Universitaria.

—¿Iba alguien más con ellos? —interrumpió Fernández Durán.

—No, mi comandante. Sólo iban ellos tres en el Packard y nosotros tres, Lorente, Doga y yo, delante, en el Hispano-Suiza. No vino nadie más.

—¿Conoce el paradero actual de Lorente o de Doga?

—A Doga oí decir que lo mataron una semana después, en la Ciudad Universitaria, pero no le puedo asegurar si es cierto o no. De Lorente no sé nada, mi comandante.

—¿Y la escolta habitual de Durruti?

—No vino. Durruti se cabreó tanto cuando le conté lo sucedido que no quiso esperar ni a la escolta ni a nadie. Ya sabe usted lo echao p’alante que es... —Bonilla hizo una pausa—. Perdón, mi comandante, quería decir que era...

—Prosiga —le instó Fernández Durán.

—Como le decía, mi comandante, en el Packard iba conduciendo Graves. El sargento Manzana y Durruti iban sentados atrás. Manzana llevaba la mano derecha en cabestrillo. Creo que la llevaba herida por un accidente que tuvo unos días antes. Y además, llevaba su naranjero colgando del hombro. Nosotros íbamos por delante guiándoles. Según nos acercábamos a la zona donde estaban nuestras tropas, fuimos poniendo más cuidado y reduciendo la marcha. Cuando girábamos por alguna calle, nos adelantábamos un poco para inspeccionar el terreno y parábamos a esperar a que el Packard que nos venía siguiendo llegara hasta nosotros. Cuando giramos para coger la última calle en la que estaban los chalets donde nos habíamos instalado, nos paramos unos veinte metros más allá a esperar. Vimos que justo en la esquina de la calle, el Packard donde iba Durruti se había detenido y que Durruti, junto con Manzana, bajaba del coche para hablar con cinco muchachos que estaban sentados en la acera fumando un cigarrillo y tomando el sol. No estoy seguro del todo, mi comandante, pero juraría que eran de la columna Del Rosal y que la noche anterior habían estado presentes en el asalto al Hospital Clínico.

—¿Recuerda el sitio exacto donde estuvieron parados, Bonilla? —preguntó Fernández Durán.

—La verdad es que no, mi comandante. Yo soy de fuera y no me conozco Madrid. Me pierdo mucho por las calles. Por eso me llevé a Lorente como conductor —respondió Bonilla con gesto afligido—. Estábamos cerca del Clínico, eso sí, en una zona de chalets y casas bajas como le he dicho. Creo que estábamos al final de la Avenida de Pablo Iglesias, pero no le puedo decir mucho más.

—Está bien, Bonilla. Continúe.

—Como le decía, estuvimos parados durante un par de minutos allí, esperando, y una de las veces, al volver a mirar hacia atrás para comprobar si el Packard había echado a andar para alcanzarnos, vi cómo el coche donde viajaba Durruti daba media vuelta y regresaba de nuevo a toda velocidad por donde habíamos venido. Bajé del coche y me acerqué corriendo hacia los muchachos para preguntarles qué había pasado. Me contestaron que había un herido. Cuando les pregunté que si sabían quiénes eran los del coche, con la intención de que pudieran decirme cual de ellos había sido herido, me contestaron que no los conocían.

—¿Oyó usted algún disparo durante el tiempo que estuvieron esperando al Packard? —preguntó Fernández Durán.

—No, mi comandante. Salvo alguno esporádico y muy lejano que venía de la zona universitaria, no oí ningún disparo cerca de donde estábamos.

—¿Vio usted algún signo de pelea entre Durruti y los milicianos con los hablaba?

—No, mi comandante. Mientras esperábamos, echaba vistazos de vez en cuando para ver si arrancaban de una vez. Vi por la ventanilla trasera de nuestro coche que Durruti los estaba echando una bronca impresionante pero yo no sabía el motivo y además no vi ningún gesto de amenaza por parte de nadie.

—¿Qué hizo usted después de que el coche de Durruti diese media vuelta?

—Dimos media vuelta también y nos fuimos para el cuartel general por si habían vuelto allí pero no los encontramos así que nos volvimos de nuevo a la Ciudad Universitaria. Al día siguiente me enteré por el compañero Mora de que Durruti había sido herido, de que había sido llevado al Hospital de las Milicias de Cataluña, en el hotel Ritz y de que había muerto esa misma madrugada.

—¿Vio usted caer herido a Durruti?


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