LOS DIOSES BAILARON
Edgar Pérez
Copyright Edgar Pérez 2011
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EL ULTIMO CANTO
Buenos días. Con su permiso. ¿Me permite entrar?
Pase—dijo la voz sin tono.
Soy el Teniente Javier Montenegro. A sus órdenes.
¿.........?.
Mi capitán. Traigo órdenes del Coronel Escalona para Usted.
El capitán se dignó a mirar mejor al niño vestido en uniforme de dragones. La extrema juventud del oficial no le sorprendía. Casi todos eran blancos y muy jóvenes. Lo admirable de éste joven era el uniforme en sí. Estaba impecable, a pesar de su evidente uso. Se mantenía aceptablemente en el tono correspondiente ante un oficial superior. Además era negro y azul. Señalando al Teniente Montenegro como uno de los pocos Colombianos supervivientes del ejercito Neogranadino, que bajo las ordenes de Bolívar habían invadido, logrando libertar en primera instancia a Venezuela, para perderla inmediatamente después en la hecatombe producida por Boves.
II
Un tiempo antes, mientras el teniente caminaba dormir un rato en su refugio subterráneo, cavilaba en el hecho que en la mayoría de las guerras, siempre existía una regla.
1.- Todo aquel que sitia, como corresponde a todo buen sitiador colonialista, lo hacían con superioridad numérica, abundantes alimentos, armas, cantidades ilimitadas de municiones, una oficialidad brutal pero muy eficiente. Careciendo por su parte del argumento de la verdad, y desconociendo el respeto a la vida. Ni los derechos de los demás.
2. - Todo sitiado generalmente poseía justicia, razón, inteligencia, moral de combate y nada más.
Por eso, en éste particular, la situación se deterioraba por momentos y sólo era factor de tiempo, que fuesen derrotados una vez más por aquellos sin razón de siempre. No les podían llegar refuerzos de Caracas, agotada y empobrecida. Tampoco por Puerto Cabello, donde la regla sufría una excepción. Pues los Realistas estaban sitiados con todo a su favor, por el famélico cuerpo de ejercito al mando de D’Luyar.
El cerco los ahogaba cada vez más. No tenían posibilidades de ayuda del exterior; diluyéndose el efecto de los combates cuando lograron romper el cerco anterior; en los momentos de estar bajo el comandante Urdaneta. El armamento daba risa, los recursos alimentarios se reducían a burros, perros y gatos; lo que quedaba de tropa era una masa aterrada de mujeres, niños y heridos.
El Teniente durmió una eternidad de 20 minutos. Luego fue a presentarse ante su comandante. Este se mantenía enmarcado dentro de su absoluta personalidad; fría, dogmática, calmada. Únicamente sus ojos revelaban su tormenta interior. Era famoso por mostrar en la mayor intensidad de los combates y bombardeos una pasmosa tranquilidad republicana. Debido a esto y no a otra cosa la tropa todavía se mantenía más ó menos organizada y dispuesta a combatir.
Teniente Montenegro. Que no se repita el dormir antes de informarme—saludo el Coronel viendo con superioridad al subalterno..
El Teniente no contesto a esto. Simplemente saludo en estricto firmes. Tenía tres días sin dormir en los combates de la trinchera sur. Presentaría el parte del día, por la sencilla razón que ya no habían Mayores y Capitanes para hacerlo.
El joven vio al delgado y barbudo Coronel; quien tenía aspecto de no hacerse ilusiones. Pues de un tiempo a ésta parte, las malas noticias, eran eso, simplemente malas noticias.
Mi Coronel. Le informo—dijo el Teniente, todavía en firmes—actualmente el enemigo esta avanzando por los huecos que hacen en las paredes de las casas que quedan en pie en el sector de San Blas. Lo que hemos logrado es retrasar un poco ese avance. Pero ellos continúan progresando utilizando protección de morteros.
Escalona escucho la gráfica explicación, balanceándose imaginariamente en los restos de una mecedora. El hombre lo miró fijamente por un momento. Luego colocándose nuevamente su mascara de inmutabilidad le dio una chupada al tabaco y se quedo esperando por más.
¡Eso... ¡¿es todo?! Nada bueno para nosotros.-- dijo con fría voz
De los quince hombres que sosteníamos la trinchera de apoyo, perdimos 8; hay cinco desaparecidos, posiblemente capturados,....los demás están conmigo—contestó el teniente, usando el mismo tono que el Coronel.
¿Cuántos?—preguntó neciamente el hombre.
Pues...Gonzáles y yo.
Escalona inspiro una fuerte chupada.
¿Están bien?—continúo el coronel, obviando la cantidad mencionada.
No señor. Gonzáles fue acuchillado. Me temo que no durara mucho.
¿Usted?
Raspones nadan más.
Teniente; es muy necesario que se cuide. No quiero que agarre alguna infección. Necesito a todos mis oficiales operativos. Tengo que darle una misión muy importante para los destinos de la república y lo necesito completamente operativo
El teniente miró a su Coronel. A veces intuía un helado sentido de humor en las palabras del hombre, era previsible entender que el Coronel le jugaba una cáustica broma; pues lo informado era simplemente informar que el Destacamento Elite era humo, adicionado al bombardeo de artillería pesada que se iniciaba en ese instante; pedir cuidarse de infecciones era pedir nadar en aguas tormentosas con un saco de plomo en cada pie.
Escalona no le prestó más atención al Teniente y se dedico a contemplar las luces rojas hechas por el trazado de la artillería enemiga; en su habitual tono sentencio.
Con la cuarta parte de las balas que esos perros nos mandan, juro que pongo a Boves en las puertas de Asturias.
|Absolutamente de acuerdo—contesto el Teniente, nada convencido.
Escalona miro de nuevo al joven. Y sin preocuparse mucho del bombardeo se dispuso a conversar un poco. Pues, ya que más daba. No tenía gente ni tiempo para hacerlo y cuando trataba de hacerlo con el Dr. Miguel Peña; se convertía en una estatua receptora de fanáticos que siempre le lanzaba el abogado, con su lunático aspecto y movimientos espasmódicos en los brazos. El hombre le ordenó a su subordinado que abandonará la posición de firmes en que el joven se había mantenido. Evidentemente el joven esperaba una explicación sobre ese anuncio dado instantes antes por el Coronel y este le volvió a decir
Teniente; como comprenderá, usted es mi único oficial superior que me queda. Por eso quiero que se cuide sobremanera, pues le voy a encargar una misión muy importante para el futuro de la república. La comenzará a desarrollar mañana en la noche. Es muy importante la prudencia y el silencio en ella: Deberá salir de éste cerco.
El coronel Escalona le explico por un buen rato, indiferente al bombardeo alrededor de ellos. Le entregó una carta escrita, le dibujó una especie de mapa, el cual fue estudiado con detenimiento; Luego el Coronel rompió el papel y el joven Teniente se cuadró firmemente chocando sus tacones en señal de aceptación.
Entre los cañonazos, estremecimiento y polvo, la conversación de ambos hombres era más que irreal.
Ya sabe. Cumpla su juramento de obediencia—dijo el Coronel, estrechándole la mano y trató de justificarse---.Yo trataré de mantenerme aquí. No tengo intenciones de hacer de esto un cementerio conmigo de cruz. Me he sostenido tratando de realizar la misión que le estoy encargando, pero no puedo salir. Debo buscarle solución a éste enredo.
Escalona le hizo un gesto para que el Teniente lo acompañara, comenzando a caminar con paso de paseo dominical, dirigiéndose a la destruida calle. El joven inmediatamente lo siguió, encomendándose a todos los santos que recordara. Sabía que venía uno de los famosos paseos del Coronel, que tenía la diaria costumbre de visitar todos los puestos de avanzada, desprovisto de la menor cordura previsiva, generalmente en los momentos en que a juicio de los realistas era lo más intenso de los bombardeos y a juicio de los patriotas el momento más fácil de morir.
Escalona comenzó a dar órdenes a gritos desde la puerta de la casa, adicionaba un petitorio de serenidad, expresando que la república no se rendía nunca e invitando a la tropa a combatir. Detrás de ellos, donde momentos antes habían estado conversando, exploto una bala de obús, desbaratando el zaguán, haciendo un inmenso cráter y bañando a los dos hombres con una lluvia de tierra y polvo.
Escalona con movimientos de joven que se quita el arroz en fiesta de matrimonio, comenzó a limpiarse los hombros de la amarilla tierra.
Estos malditos me hicieron perder mi tabaco. Ahora ha puesto la gallina un huevo....era el último---dijo el hombre, mientras miraba el piso buscando el tabaco---A ver si está por aquí.
Continuaba mirando el suelo, hasta que resignado abandono la tarea; se acordó del muchacho y lo busco con la mirada. Con alivio notó que éste se reincorporaba del suelo. Escalona esgrimió una helada sonrisa al ver al joven pintado de blanco por tanto polvo.
¿Esta usted bien?—preguntó el Teniente.
No—fue la seca respuesta del otro, quien inicio su caminata entre el humo y la metralla.
Señor. Por favor. ¿Me permite?
¿....?
Es mi deber exigirle en nombre de la República que tome precauciones. Usted es el comandante. Si le pasará algo, la defensa se derrumbaría inmediatamente. —dijo el teniente a gritos.
Tonterías. Si muero aquí, sobran los hombres capacitados, incluyéndolo a usted mismo, para continuar resistiendo, pasar a la ofensiva y derrotar al enemigo poniéndolo en fuga. Entienda una cosa Teniente. En ésta guerra hay un solo hombre imprescindible y ese se llama Simón Bolívar, que por fortuna no esta hoy aquí.
Escalona continúa su periplo, dando sus órdenes a gritos. El Teniente lo siguió silenciosamente, esperando ordenes para irse a combatir, veía al cielo, tratando de adivinar donde caería el próximo cañonazo, con todos sus músculos en tensión, para saltar hacía donde pudiera cubrirse.
A unos veinte metros, se encontraban acurrucados en unas ruinas un grupo de personas. Desde esa distancia y entre el polvo semejaban un monstruo multiojos desorbitados de miedo. Escalona enfiló directamente hacia ellos, gritándoles que buscasen otro refugio, gesticulándoles imperativamente para que se movieran.
Mas por intuición que por reflejos, el Teniente miró el cielo y vio de refilón la roja pelota, que venía con su silbido de muerte directamente hacia era el grupo de personas quienes cantaron su último grito.
El Teniente Montenegro, apenas tuvo tiempo de saltar sobre Escalona, para derribarlo en medio de lo que quedaba de calle. La bala fue muy precisa y exploto en medio del grupo de personas, desparramando en todas direcciones piedras, brazos, intestinos, espíritus y probables futuros.
Encima del Teniente quedó algo pastoso, gelatinoso; el joven se reincorporo rápidamente y miró, era el cuerpecito desmembrado y abierto de un bebe, cuya carne había quedado temblando como la de un reptil. La bella cara hasta unos instantes atrás, ahora era sólo un globo machacado y vació.
Javier quedó rígido, mirando muy a su pesar la escena. Esas imágenes eran la carga emocional, que lanzaba con toda su furia momentos después, cuando se iniciará el cuerpo a cuerpo.
Me cago en la mar salada----rugió Escalona, quien se reincorporaba del tremendo empujón propinado por el Teniente-----Usted Teniente, le dije que se me cuidar solo. ¿Qué vaina es esta?, Le voy a poner un castigo por andar tumbándome en el medio la calle. Váyase inmediatamente a que lo maten como un hombre. ¡Como si fuera la primera vez que me lanzan un cañonazo¡
Javier se quedo mirando su coronel, al bebe y a los otros muertos. Vio la calle y el bombardeo que todo lo destruía en medio de aquel ensordecedor ruido. Quedó parado en medio de la nada y sin precaución, al frente de los soldados enemigos, que brotaban como por encanto entre el humo y las ruinas avanzando directamente hacia él.
III
Con ese recuerdo acompañándole el Teniente salió detrás del Capitán a ésta otra calle, donde el sol bañaba al rancherío feo y polvoriento. Casas sucias de barro, con paja en el borde de las paredes. No tenían puertas y de ella salía el humo de las fogatas. El teniente al caminar veía las labores cotidianas de siempre, igualmente contemplaba las hamacas amontonadas donde dormían los hombres con las mujeres y los niños. De todas partes salía el humo del café mañanero y ojos muy curiosos lo veían pasar, escrutándolo totalmente, midiéndolo con todo el recelo del mundo.
Su gente. ¿Por qué no vinieron con usted?.
Estaban en el sitio de Valencia con mi Coronel Escalona.
Dicho esto El joven miró indefinidamente. Eran figuras dentro de los días pasados. En éste que ahora comenzaba no se incluía a ninguno de ellos. Eras brumas, recuerdos, que heridos habían caído en las manos de los soldados de Boves, aturdidos aún por el impacto de la captura, fueron muertos a machetazos delante de las trincheras revolucionarias. A pesar de sus gritos, sus últimas voces no eran de miedo. Pedían mas lucha, pedían más valor. Por eso nadie los olvidaba ni los lloraban. No estaban, pero mas de una ves el hubiera jurado que lo acompañaban con una tranquila sonrisa en sus últimas cabalgatas hechas en medio de la noche, vestido de aquella inmensa soledad.
Javier continúo caminando junto al Capitán. En su momento no entendió mucho la orden éste pidiéndole que lo acompañara.
Sus propias órdenes recibidas de Escalona, le indicaban entregar el mensaje y devolverse inmediatamente a Valencia, esperar al grupo manteniéndose escondido en las cercanías de la ciudad. Algo contradictorio pero así fueron las precisas instrucciones del Coronel. El Capitán debería hacer la ruta sólo y contactar mas adelante.