EL SURCO ESPIRAL
Alfredo Carrasco Teja

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 001
Primera edición electrónica: enero de 2011
First digital edition: January, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
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Copyright © Alfredo Carrasco Teja, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-01-3
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-05-1
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
Oswald Spengler definió la historia como una espiral en ascenso, cuyo surco confluye por ciclos en sucesos análogos a los del pasado. Inspirado en El triunfo de la muerte (ca. 1562), del pintor flamenco Pieter Brueghel, el Viejo, este relato circula entre cataclismos acaecidos entre los siglos I aC y XX dC para delinear, mediante claves y acertijos soñados, el cuadro de un linaje marcado por el frenesí de la naturaleza y la devoción a las armas.
Alfredo Carrasco Teja (México, DF, 1973) estudió diseño gráfico en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
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en el agua un espectro, acaso un pez liviano, la pálida carátula de un reloj sin horas, un caracol oscilante, un cráneo, un globo ocular vacío o tan sólo un círculo de papel. Pensó que así debía de verse la luz matinal entrando por un orificio al fondo de un sepulcro profundo. Volvió la vista atrás, hacia el surco que dejaban las llantas de su bicicleta a un lado del arroyo. Éste, a su vez, parecía también un surco en el panorama, un filo plateado en un cuchillo cubierto de herrumbre o de sangre. «Soy un afilador de cuchillos», pensó. Tocó la piedra que giraba frente al manubrio y escuchó, entre el fragor de la corriente, el roce de su uña contra la áspera y oxidada superficie, donde quedó un nuevo surco. Pronto se descubrió la carne viva y el desgaste alcanzó el hueso. Lo comparó con el pez espectral que nadaba a un lado suyo; sonrió al notar que su puntual acompañante, aquella fina rodaja de muerte, era el reflejo de la luna. El astro velaba a Mitsuo Akiyama en su reposado tránsito por las arenas rojas e infinitas de su sueño.
Divisó una figura alta que salía del agua; reconoció la armadura negra de Mitsuo Akiyama, su antepasado. Le ofreció, con señas, afilar su sable. El samurái desprendió su funda, la arrojó y desapareció. Mitsuo Akiyama bajó de su vehículo y, más adelante, donde comenzaba otro surco, la encontró. Descubrió que estaba vacía; las ruedas y la piedra que rodaban quedaron inmóviles; la luna se detuvo; cesó el estrépito del arroyo. Comprendió que aquel segundo surco era el mismo que él había comenzado, y despertó.
Se mojó la cara, puso en su lugar la aguja del fonógrafo, que se había estancado al final del disco, y bajó a despedirse de su invitado. Tras disculparse por haber prolongado la siesta, lanzó una mirada subrepticia hacia el fondo de la sala. El otro hombre adivinó su inquietud y caminó en aquella dirección.
—Me habría gustado también –dijo, admirando la reluciente armadura.
Mitsuo Akiyama intentó sonreír.
—Confío en sus buenos cuidados. Para mí este atrevimiento es suficiente –respiró hondamente y murmuró–: Lo soñé. Me reprochó la pérdida de su sable.
El hombre se sentó frente a él y, mientras palpaba el arma, escuchó el relato del sueño con interés. A su término, ambos guardaron un silencio prolongado.
—Me doy cuenta de que se siente culpable: usted afiló su dedo, señor Akiyama, en antelación a la carencia del arma. Si así lo desea, cancelamos la venta.
—No es posible, señor Villega; le he dado mi palabra. ¿Parte hoy mismo, no es cierto?
—Sí. Pasaré primero por Pompeya. La conversación que sostuvimos ayer avivó mi deseo de ir allá. En ésta se vislumbra, por cierto, otra interpretación a su sueño: pienso en los tornos de cerámica que giraban tan rápidamente durante el momento en que el Vesubio sepultó la ciudad, y en los surcos que grabaron los lamentos y el sonido de la destrucción. No son otra cosa que la piedra para afilar cuchillos que soñó. Usted no quería que se perdiera el fantástico rumor del arroyo, y utilizó su propio dedo como estilete, como aguja. En fin; después iré a Roma, donde tengo asegurada una pieza esencial para mi colección: la doble hacha o segur, el labrix romano. Con suerte me haré también de una grabación como la que usted escuchaba durante la siesta. Un aria estupenda.
—Una de las primeras grabaciones del tenor; el proceso es equiparable al casual registro de los cilindros pompeyanos.
—¿Dice usted que despertó cuando el fonógrafo terminó de tocar el disco? –preguntó Villega y, tras el asentimiento de su interlocutor, comentó–: Ello marca una coincidencia extraordinaria entre su sueño y la vigilia, o la irrupción de ésta en aquél. Usted no pudo juntar el surco que hacía en la arena porque, como en un disco, el único surco jamás une sus límites. Cuando se trabó la aguja no se escuchó más el sonido de la corriente. Su sueño había llegado a un fin natural.
La mujer de Mitsuo Akiyama entró furtivamente, con una bandeja y sendas tazas de té para los dos hombres. Entregó un objeto a Villega e hizo señas a su esposo, que la miró con ternura mientras ella salía al jardín, con una tonada dulce y una sonrisa en los labios.
—Kasumi aprendió esa canción cuando era una niña.
—Quiere decir que no siempre…
—No; sucedió durante un terremoto, por una explosión.
Villega examinó la placa de madera que la mujer le había dado. Lo escrito en ella era incomprensible para él.
—La hizo Kasumi para usted. Es la cédula de identificación.
—«Mitsuo Akiyama» –columbró–. Se queda con usted algo más poderoso y digno de orgullo que el arma: lleva el mismo nombre que su legendario antepasado.
Mitsuo Akiyama cerró los ojos y escuchó los últimos trinos del día.
«Kasumi, amas las palabras y no puedes oírlas», se dijo, «no puedes oír tu hermosa voz, tu voz pronunciando las palabras de tu delicada escritura.»
Acompañó a Villega a la puerta. Éste se calzó, estrechó la mano de su anfitrión y le agradeció efusivamente sus favores.
—Dejo esta casa con pesar. Con doble pesar, créame. Era un objeto querido.
—No se preocupe. Lo hago por Kasumi. Invertiré la paga en pruebas acústicas.
—Ocupará un espacio importante de la sala de armas. Algún día será una galería con toda propiedad. Mire –Villega extrajo una fotografía de la maleta–. Consérvela. Es una amplia toma de mi colección. Hasta se alcanzan a apreciar, en los muros, las fisuras que provocó el temblor.
Mitsuo Akiyama sintió una leve desazón al observar las múltiples hileras de armas. Un óleo colgado en el fondo de la sala atrajo su interés. Al notarlo, Villega le mostró una ampliación de la pintura, en la que se veía un desastre: numerosos esqueletos vivientes asesinaban a un poblado.
—Insuperable obra para velar las armas, ¿no le parece, señor Akiyama? Ya sabe: el hombre, lobo del hombre.
—Me parece que aquí no hay crueldad humana, sino crueldad natural.
—La muerte.
—Sí. La naturaleza misma. La alegoría de un cataclismo.
—Como un volcán que hunde una ciudad con sus cenizas –sugirió Villega.
—Como un temblor, un terremoto.
Se miraron largo tiempo, en silencio. La luz crepuscular matizaba de rojo sus mejillas. La placa de madera cayó al piso cuando los hombres se abrazaron. Mitsuo Akiyama la recogió y leyó en voz baja:
—«Este sable perteneció al noble Mitsuo Akiyama, que partió del mundo valerosamente en el año de 1552.»
Villega tomó la placa, agradeció con un movimiento de cabeza y señaló la pintura.