Excerpt for La prisión de Black Rock - Volumen 2 by Fernando Trujillo, available in its entirety at Smashwords

LA PRISIÓN DE BLACK ROCK

Volumen 2

CONVICTOS



Fernando Trujillo

César García



SMASHWORDS EDITION



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La prisión de Black Rock - Convictos

Copyright © 2010 Fernando Trujillo, César García

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LA PRISIÓN DE BLACK ROCK

Volumen 2

CONVICTOS



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Volumen 2 - Convictos



―Si no renueva el seguro, dentro de tres meses esta mujer morirá ―aseguró el doctor Appleton frente a la cama de la paciente.

Sonny Carson le escuchó con claridad, pero continuó mirando por la ventana. Aunque su ojo de cristal le escocía un poco, resistió el impulso de frotárselo.

Hacía muy buen día en Londres. El cielo estaba despejado y el Támesis reflejaba una luz cálida que le confería un tono dorado muy acogedor. Sonny lo observaba hipnotizado. No quería volverse. Hacerlo significaba enfrentarse a la realidad de nuevo, a una realidad que no le gustaba nada. Prefería dejar vagar su mente por Londres una última vez. La vista desde el London Bridge Hospital no estaba nada mal, y ya nunca volvería a disfrutar de ella.

―Creo que debería reconsiderarlo, señor Carson ―insistió el doctor Appleton.

Sonny suspiró.

―Entiendo su postura, doctor Appleton ―dijo, aún mirando por la ventana―. Usted es médico. Toda su educación y su modo de vida le exigen luchar por la vida humana. Es algo muy noble, verdaderamente. ―Sonny giró sobre sus talones y miró al doctor fijamente―. Y muy estúpido.

―¿De verdad va a dejar morir a esta mujer? ―preguntó el doctor, indignado.

―Usted no lo puede entender.

―Desde luego que no. Explíquemelo.

―No puedo ―dijo Sonny sentándose junto a la cama de la paciente―. Y es mejor así. Usted es un buen hombre. El mundo necesita gente como usted. Será mejor que se mantenga al margen.

El doctor Appleton sacudió la cabeza sin saber qué contestar.

Sonny acarició el pelo gris de la mujer que yacía inconsciente en la cama, repasando sus dulces rasgos con la vista. Se esforzó al máximo por memorizar cada facción, cada pliegue de su delicado rostro. Luego sacó una rosa de tallo corto y la puso en un vaso de agua, en la mesilla que estaba junto a la cama.

―Era su flor preferida ―susurró Sonny.

El doctor Appleton permaneció en respetuoso silencio. Había presenciado la misma escena nueve veces. Sonny siempre traía una rosa en el cumpleaños de la mujer, y el doctor era consciente del dolor que le recorría.

―¿Me dirá al menos esta vez cuál es su relación con la paciente?

Sonny se tomó varios segundos antes contestar.

―¿Por qué le importa tanto, doctor? Los demás médicos se rindieron hace mucho. ¿Por qué sigue insistiendo usted?

La paciente llevaba en coma casi una década. Ingresó en el London Bridge Hospital, un prestigioso hospital privado, hacía más de nueve años, y desde entonces Sonny se había hecho cargo de la factura.

El caso llamó la atención de un buen número de profesionales de la medicina de diferentes campos, pero con el correr de los años, todos fueron abandonando el interés poco a poco, limitándose a las tareas rutinarias que mantenían a la paciente con vida. El doctor Appleton era el único médico que seguía el caso con dedicación y que aún proponía ideas y alternativas.

―Me gustaría decir que todavía insisto por mi amor a la medicina ―contestó Appleton―. Pero la verdad es que siento curiosidad. No es que sea una motivación muy noble, pero es eficaz.

―¿Aún cree que puede despertarla? ―preguntó Sonny clavando en el doctor su ojo de cristal.

―Estoy seguro de que algún día lo conseguiré. Es una mujer fuerte, puedo sentirlo, y solo tiene cuarenta y ocho años.

―Ni siquiera saben por qué está en coma ―le recordó Sonny―. No hay un solo defecto físico en ella que justifique su estado. No pueden hacer nada.

Appleton apretó los labios antes de contestar.

―Se ha rendido, señor Carson ―dijo el médico ―. Por eso ha dejado de pagar su factura.

―No me he rendido, jamás lo haré. Voy a ayudarla del único modo posible.

Appleton tomó aire despacio.

―Dentro de tres meses la desconectarán. Y entonces no habrá ningún modo posible de ayudarla. ¿Lo ha pensado? ―Sonny sostuvo su mirada sin decir nada―. ¡Maldita sea!, ella sigue luchando. ¡Está viva!

―No lo está ―atajó Sonny.

―¡Esto es el colmo! ―se quejó el doctor Appleton―. Sé que no le hemos dado motivos para creer que la salvaremos, pero puede apostar a que lo haré. Descubriré qué le sucede y la curaré. Solo necesito tiempo. No sé quién es, señor Carson, pero es usted muy joven, tenemos tiempo. Si ha pagado durante todos estos años, se lo suplico, no la deje morir.

El doctor Appleton dejó caer levemente la cabeza, como si sus palabras le hubieran dejado sin fuerzas. Sonny se levantó y caminó despacio hacia él. Puso su mano derecha sobre el hombro del doctor.

―Verdaderamente es usted una gran persona, doctor Appleton. Me alegro de haberle conocido. Por desgracia esta situación le supera. Lo siento en el alma. Adiós.

Sonny echó un último vistazo a la mujer y se marchó.

Appleton salió corriendo de la habitación.

―¡No piensa volver! Lo he notado en su voz ―le gritó a Sonny mientras se alejaba por el pasillo ―. Dígame al menos quién es ―Sonny siguió andando. Appleton lo intentó una vez más―. ¿Y si hay cambios en su estado? ¿Dónde puedo localizarle?

―En Chicago ―contestó Sonny sin dejar de caminar.



# # #



Randall Tanner entreabrió pesadamente los ojos. No reconoció el lugar en el que se encontraba. Parecía una especie de almacén, a juzgar por la poca luz y las estanterías repletas de cajas, entrelazadas por espesas cortinas de telarañas.

Todo estaba desenfocado, confuso. Trató de levantarse y un dolor inhumano le recorrió el brazo derecho. Giró la cabeza y entonces se dio cuenta de que no llevaba sus gafas de sol. Le asaltó el pánico. Intentó incorporarse de nuevo para buscarlas y esta vez el dolor fue demasiado para él. El mundo se volvió negro y perdió el conocimiento.



# # #



Kevin Peyton no recordaba haberse desnudado nunca delante de otro hombre. No tenía nada de qué avergonzarse, muy al contrario, su cuerpo de metro noventa y cinco estaba muy bien esculpido, sin exceso de grasa y con los músculos definidos.

Las mujeres que lo habían disfrutado, muchas menos de las que Kevin habría podido conseguir de habérselo propuesto, no habían tenido ninguna queja. Al contrario, se habían llevado el recuerdo de un encuentro sexual un poco soso con un cuerpo de escándalo.

—¿Tengo que ir a desnudarte yo? —rugió el jefe Piers—. No te gustará, te lo advierto, escoria.

De eso no tenía duda. Kevin empezó a desabrocharse los pantalones lentamente. No había ninguna razón especial para su marcado recato, sencillamente, era muy pudoroso. Ni siquiera cuando estaba en el instituto le agradaba desnudarse con los demás alumnos en el gimnasio, y prefería encontrarse solo para ducharse.

Pero al jefe Piers no le gustaba esperar.

—Te lo estás tomando con mucha calma, pelirrojo —dijo Piers. Sacó a Carlota, su porra, y batió con ella la palma de su mano—. ¿Cuál es el problema? ¿Nos ha salido vergonzoso el convicto? A lo mejor el señor Peyton cree que le espera un baño individual en Black Rock. ¿Es eso? —Kevin no contestó y se dio más prisa en desvestirse—. Acostúmbrate, pichón. Y ahora, acelera, o Carlota te dará un masaje en la espalda —añadió apuntándole con la porra.

Kevin terminó de quitarse la ropa. Estaba en una habitación alargada de unos diez metros, con las paredes y el techo de piedra negra. Kevin dio un par de saltos involuntariamente, el suelo estaba congelado, como si fuera el hielo de una pista de patinaje.

El jefe Piers estaba al otro lado de los barrotes con un guarda.

—Enseguida te traen las zapatillas —se burló—. Date la vuelta.

Kevin lo hizo.

—Mira lo que tenemos ahí —comentó el otro guarda.

—Menuda herramienta tienes, pichón —dijo Piers—. Con ese colgajo vas a ser muy popular. Creo que te vas a echar muchas novias en Black Rock. Si es lo que te va, claro. ¿Eres de esos?

Kevin no dijo nada, consciente de que buscaban un pretexto para reírse de él, o tal vez algo peor. Desvió sus ojos rojos hacia el suelo evitando cruzar la mirada con la de Piers.

—Creo que nos ha salido tímido —dijo el jefe Piers. Guardó de nuevo a Carlota y se acomodó su enorme barriga—. En fin, ¿te desnudas de una vez? No tengo todo el día.

Kevin observó su cuerpo con confusión. No le quedaba ni una sola prenda encima.

—Ya estoy desnudo —dijo.

—No del todo —repuso Piers, señalando con su dedo índice. Kevin se encogió de hombros sin entenderle—. El anillo. ¡Quítatelo!

Kevin ni se acordaba de su alianza matrimonial hasta que el jefe Piers lo mencionó. No debería suponerle ningún esfuerzo desprenderse del anillo. Su mujer le había abandonado, a él y a su hija, y la odiaba por ello con todas sus fuerzas. Especialmente, por no haber tenido la mínima decencia de despedirse, de ofrecer una explicación, aunque solo hubiera sido por Stacy.

Y a pesar de todo, le dominó un repentino impulso de conservar el anillo. No se lo había quitado tras el abandono y ahora que se lo exigían se dio cuenta de cuánto significaba para él. Kevin era un hombre tradicional, creía en el matrimonio, y cuando pronunció el «sí, quiero» estuvo firmemente convencido de que sería para el resto de su existencia. Se volcó en su familia lo mejor que supo, relegando cualquier otro aspecto de su vida a un segundo plano; nada era más importante que sus dos mujeres.

Bien era cierto que su esposa no era como él. Era española y no tenía familia, al menos en los Estados Unidos. Casi nunca hablaba de su pasado. Lo único que Kevin sabía era que su padre había fallecido poco antes de que ellos se conocieran. Su mujer era reservada y poco dada a exteriorizar emociones. Podía contar con los dedos de una mano las veces que le había dicho «te quiero», y solo necesitaría la otra mano para contar las veces que se lo había dicho a su propia hija. Pero eso a Kevin no le molestaba, porque en todas las relaciones siempre había uno que daba más que el otro, que se entregaba y que lo sacrificaba todo por la pareja. Ese rol le había tocado a él, mientras que su mujer se debía a su trabajo.

Tenía un empleo complicado, que Kevin nunca llegó a entender del todo. Estaba relacionado con la compraventa de terrenos y parcelas, que a él le sonaba a especulaciones inmobiliarias. Al parecer, su mujer era muy buena en su puesto y estaba muy bien considerada en su empresa. Lamentablemente, su compañía operaba por todo el país, y ella viajaba mucho, llegando a estar ausente durante largos periodos de tiempo, en los cuales, Kevin, cuando pensaba en ella, acostumbraba a jugar con su alianza, le daba vueltas alrededor de su dedo anular, a menudo sin ser consciente de ello.

Al principio no le gustó nada el anillo. A Kevin no le atraía ningún tipo de joyas, y encima debía llevar este en la mano derecha, de acuerdo a la costumbre española, como le explicó su mujer. Cedió por hacerla feliz, pero lo cierto es que tampoco le costó acostumbrase al tacto del anillo. Cuando la gente le preguntaba por qué lo llevaba en la mano equivocada, él aprovechaba para hablar de su mujer, orgulloso.

Y luego vino el abandono. Kevin tampoco se quitó la alianza cuando ella le dejó, y en el fondo tenía claro el motivo. Una parte de su ser aún esperaba que ella regresara. Aún podían resolver sus diferencias y volver a ser una familia unida. Eso simbolizaba el anillo para él: esperanza.

Y por eso no podía perderlo.

—El anillo no es una prenda de vestir —replicó.

—¿Quieres llevarme la contraria, pichón? —preguntó el jefe Piers visiblemente contento.

—No, señor —se apresuró a contestar Kevin—. Pero me gustaría conservarlo.

Piers intercambió con el otro guarda una mirada de asombro.

—A mí me importa un huevo lo que tú prefieras —dijo sacando de nuevo a Carlota—. He dicho que te lo quites.

Kevin dudó un instante. No quería hacerlo, pero no le quedaba otro remedio. Y así sería su vida a partir de ahora, cumpliendo órdenes, y reprimiendo sus deseos personales.

Su mano izquierda temblaba, seguramente por los nervios, porque no tenía frío. El anillo se le atascó en el dedo. Kevin lo giró para tratar de sacárselo pero no lo consiguió.

—Un segundo —pidió—. No puedo...

—Se acabó mi paciencia —gruñó el jefe Piers.

Y con una velocidad de movimientos impropia de alguien de su tamaño, arrojó su porra a través de los barrotes. Kevin no vio venir el proyectil. Captó un movimiento muy rápido por el rabillo del ojo y sintió un golpe brutal en la cabeza. Cayó al suelo, mareado, con serias dificultades para enfocar la vista.

Un par de botas se plantaron delante de él, y una mano grande y carnosa recogió algo alargado del suelo, justo delante de su cara. Se incorporó a medias, apoyándose torpemente sobre la fría pared de piedra, temiendo que el jefe Piers fuera a golpearle de nuevo.

—Tranquilo, pichón —se burló Piers limpiando su porra con un trapo—. Si ya has entendido cómo funcionan las cosas, no tendré que explicártelo otra vez. Pero si no es así, probarás de nuevo a Carlota. ¿Está claro?

Kevin alzó la mano y Piers le arrebató el anillo sin contemplaciones, con un tirón brusco. Le rasgó la piel del dedo, causando una pequeña herida de la que brotó un hilillo de sangre.

—¿Lo guardará? —preguntó con miedo—. Me gustaría recuperarlo... algún día.

El jefe Piers miró a su ayudante y luego soltó una carcajada que rebotó entre las estrechas paredes negras de la estancia.

—Tal vez no lo has entendido bien. Eres un convicto. Una basura que la sociedad no quiere y por eso te meten aquí. Es decir, eres escoria. Y no tienes gustos, ni opinión, ni nada que se le parezca. Haces lo que se te ordena. ¡Punto! Y no te tirarás ni un pedo si yo no te doy permiso. ¿Queda claro?

—Sí, señor.

—He leído tu expediente. Mataste a un amigo por un fajo de billetes. Le disparaste, apuesto a que por la espalda —dijo el jefe Piers con desprecio—. Eres un asesino cobarde, y torpe, porque si no, no estarías aquí. Al menos te cargaste a un sucio irlandés. Bien, pelirrojo, escúchame bien. ¿Sabes cuántos mierdecillas como tú hay en Black Rock? Bastantes, pero también hay asesinos de verdad. De los que te rajarían la tripa y mirarían cómo te desangras sin parpadear siquiera, por el simple placer de matar. Así que no volverás a preguntar por este anillo o te encerraré a solas con la peor escoria de todo el planeta. ¿Entendido? —Kevin asintió, resignado. Piers pareció satisfecho—. Bien, me quedaré el anillo y ya pensaré qué hago con él. ¿Quién sabe? Si me caes bien, tal vez te lo devuelva, pero para eso tendrás que ganarte mi respeto.

Piers se guardó el anillo en su bolsillo con indiferencia, salió de la celda y cerró los barrotes. Luego, con un movimiento de la cabeza, dio al guarda la orden de comenzar. El otro hombre tiró de una palanca oxidada que sobresalía de la pared.

Kevin escuchó un chirrido encima de su cabeza. Sonaba como un pequeño corrimiento de tierra. Alzó la vista a tiempo de ver una losa de piedra desaparecer, deslizándose sobre otra. Inmediatamente se escuchó un murmullo fuerte y un amplio chorro de agua cayó sobre él. Descubrió en el acto lo que era el frío de verdad. Jamás había sentido un agua tan gélida. Aquello debía de ser como estar en la Antártida y darse un chapuzón desnudo. El cuerpo se le encogió involuntariamente y comenzó a tiritar violentamente.

La imagen del jefe Piers y el guarda se distorsionó por el agua. Tuvo la impresión de que le decían algo, pero no lo podía oír. Kevin supuso que se estarían riendo despiadadamente mientras él sufría. El agua seguía cayendo sin cesar, se estancaba brevemente y salía por un desagüe situado en el centro. La tiritona pasó a una brutal sacudida que recorría todo su cuerpo. Kevin se desplomó sin control alguno. Las manos le dolían tanto que no podía cerrarlas. Le costaba un esfuerzo sobrehumano mantener la cabeza elevada y alejada de la enorme cascada de hielo que no paraba de caer encima de él.

Perdió la noción del tiempo. Solo quería que terminara aquel tormento de una vez. Las uñas de los dedos estaban completamente moradas y había varias partes de su cuerpo que ya no sentía. Otras estaban tan frías que le quemaban.

Por fin el agua dejó de caer. Le pareció que todo quedaba en silencio de repente. El frío no había desaparecido, aún tardaría en librarse de él. Se volvió hacia el jefe Piers para ver si le daban una manta o algo con qué secarse, aunque por el momento fuera incapaz de moverse siquiera.

El jefe Piers y el otro guarda se marcharon sin mirarle siquiera y Kevin se quedó en el suelo tirado, desnudo, y empapado del agua más fría que jamás hubiera sentido en toda su vida.



# # #



A Dylan Blair cada vez le gustaba menos Chicago. El alcaide de Black Rock se sentía más cómodo en su prisión, pero los negocios eran los negocios.

Se abrochó el abrigo hasta el cuello y luego siguió caminando con su bastón golpeando la acera por delante, primero a un lado y luego al otro, con su habitual ritmo descansado.

No tenía ni idea del aspecto que tenía el North Side, ni ninguna parte de Chicago, en realidad. Lo único que sabía de aquella ciudad era de cuando vivía en Londres y había visto alguna película ambientada allí. Si no recordaba mal, Los intocables de Eliot Ness era una de esas películas. La había visto varias veces y siempre le pareció excelente la representación de Capone que había hecho Robert de Niro. Habían pasado muchos años desde la última vez que la vio, y ahora le hubiera gustado que su memoria conservase alguna imagen de Chicago, pero no era el caso.

Notaba la débil caricia del sol sobre su rostro, lo que le indicaba que estaba anocheciendo, y el aire era frío, lo que no le decía nada en absoluto pero le incomodaba bastante. Escuchaba coches a su alrededor y alguna conversación ocasional entre los transeúntes.

Dylan no podía admirar los edificios de su alrededor. Tampoco los rostros de los americanos, ni nada en absoluto. Chicago era una ciudad negra para él. Negra y fría. Tan solo los sonidos y los olores transmitían sensaciones a su cerebro. Eso era suficiente, y estaba bien así.

Cruzó la calle y un coche se detuvo a su izquierda con un frenazo.

―Mira por dónde vas, imbécil ―gritó una voz.

―¿No ves su bastón? ―preguntó una mujer―. Es un pobre ciego.

Dylan continuó su camino sin inmutarse. No era la primera vez que le llamaban «pobre ciego», y tampoco era la primera vez que obligaba a un coche a frenar bruscamente. Sin embargo, aún no sabía cómo le hacía sentir el calificativo de «pobre». Denotaba que alguien sentía piedad o compasión por él. Y eso le hacía un poco de gracia. Era evidente que no le conocían. Dylan había comprobado en numerosas ocasiones que muchos ciegos o disminuidos físicos no reaccionaban bien ante la compasión de los demás, pues les hacía sentirse inferiores, insultados, y a veces llegaban a enfurecerse. A él no le sucedía lo mismo. Estaba acostumbrado a ser juzgado por los demás, y casi siempre de modo erróneo. Había sido así desde que comenzó su fama y fortuna mientras vivía en Londres. Desde aquel momento le habían sometido a todo tipo de juicios y valoraciones, públicas y privadas, y no recordaba que ninguna de ellas hubiera sido favorable. Tal vez una o dos, pero nada significativo.

Su bastón tropezó con algo y se detuvo.

―Mira qué tenemos aquí ―dijo una voz. Pertenecía a un hombre joven.

―Pero si es un pobre ciego ―dijo otra voz.

Esta vez el calificativo no destilaba compasión. Más bien todo lo contrario.

―Sí que lo es ―dijo un tercer tipo―. ¿Qué hace un viejo ciego caminando solo por la calle? ¿No sabes que es peligroso?

―Tal vez lo sea para algunas personas ―respondió Dylan en tono alegre―. Pero no creo que nadie se meta con un ciego.

―¡Eh! Este tipo es inglés, troncos ―dijo el primero que había hablado―. Menudo acento de mierda.

―Eres muy observador ―Dylan se movió ligeramente a la derecha y su bastón se estrelló contra algo.

―¡Joder! ―se quejó la tercera voz―. Vigila ese palo. Me has dado en la espinilla.

―Mis disculpas ―respondió Dylan, amablemente―. No te vi, lo siento.

La primera voz intervino con dureza.

―Pues estás equivocado, ciego de mierda. Esta calle es peligrosa. ¿No te has dado cuenta de que estas solo?

―La verdad es que no veo a nadie, ahora que lo dices ―Dylan giró en la dirección del chico que le acababa de hablar y su bastón asestó un nuevo golpe―. Claro que eso me ocurre siempre, ya sabes.

―¡Maldición! ―gritó la segunda voz―. ¿De qué mierda está hecho ese bastón? Casi me destroza la rodilla.

―Mis disculpas de nuevo ―dijo Dylan―. No deberíais acercaros. No veo muy bien.

―Pues deberías haber escuchado, tronco ―le dijo la primera voz―. Te habrías dado cuenta de que no hay nadie más y de que estás completamente solo en el callejón. Bah, vamos a dejarnos de chorradas. Venga, saca la pasta. Porque llevarás pasta, ¿no?

―Indudablemente. ―Dylan sacó su cartera y dejó a la vista un grueso fajo de billetes―. Nunca salgo sin efectivo.

―Pues nos parece genial, tronco ―dijo el que había sido golpeado en la espinilla en primer lugar―. Nos vas a alegrar la noche. Vamos, suelta la pasta ahora mismo.

―Me temo que no puedo hacerlo ―repuso Dylan―. Tengo una partida importante dentro de poco y necesito el dinero. Lo siento mucho.

―¿Se puede saber por qué miras al suelo todo el rato? ―preguntó la segunda voz.

―Es ciego, anormal ―dijo el primero, el que parecía ser el jefe de aquel trío―. No mira a ningún sitio, solo inclina la cabeza. A lo mejor le pesa de toda esa mierda de palabrería inglesa que tiene dentro.

Los otros dos encontraron divertido el comentario y estallaron en carcajadas. Las risas se prolongaron demasiado y adquirieron fuerza. Dylan captó el olor de la marihuana en sus alientos.

―Celebro su buen humor, caballeros, pero debo irme. Ha sido un placer.

Y dio un paso hacia adelante.

―No tan deprisa ―dijo la tercera voz en tono amenazador―. Deja la cartera primero y te podrás largar sin daños.

―¿Cómo dices?

Dylan retrocedió hacia el que había hablado y su bastón golpeó algo de nuevo. Se escuchó un grito y un cuerpo cayendo sobre la acera.

―Mil perdones. Yo...

―Es la segunda vez que este puto inglés le da en la espinilla. Yo le parto la cara ―rugió la segunda voz.

Entonces Dylan se alejó del accidentado muchacho y notó algo que pasaba a su lado muy deprisa. Se oyó un fuerte encontronazo y el estallido de un cristal.

―¿Qué ha sucedido? ―preguntó Dylan.

―¡Mi mano! ―gritó la segunda voz.

―¡Cielo santo! ―dijo el jefe―. ¿Pero qué has hecho, imbécil? Te has cortado la muñeca con la ventanilla del coche.

―¿Está herido?

Dylan giró hacia ellos y su bastón, una vez más, tropezó con algo y produjo un ruido seco. El chico que se había cortado la mano estaba sollozando, y el jefe de la banda estaba a su lado intentando socorrerle.

―Sujétate la mano y detén la hemorragia. ¡Y para de llorar! ―gritó el jefe―. Voy a ocuparme del ciego de una vez. Acaba de golpear al «Porreta» en la cabeza con el puto bastón.

―Cielos, ¿de verdad he hecho eso? ―preguntó Dylan con aire inocente―. Es algo terrible. Tienes que llevar a tus amigos al hospital. Hay uno en esa dirección.

Dylan alargó el bastón señalando el emplazamiento del hospital. Sintió que las vibraciones de un nuevo golpe le llegaban a través del bastón.

―¡Mi nariz! ―chilló el jefe con la voz deformada―. ¡Me has roto la nariz!

―¡Qué contrariedad! Tenéis muy mala suerte, chicos. Voy a buscar ayuda. No os preocupéis, que enseguida encuentro algún policía y os lo mando para que os auxilie.

Dylan levantó por fin la cabeza y prosiguió su camino con una sonrisa.



# # #



A Murphy le costaba mirarle directamente a los ojos, vacilaba. Y Derek Linden sabía que, cuando un director del FBI mostraba dificultades para fijar la vista, algo no marchaba bien.

―Tome asiento, Derek ―dijo Murphy señalando la silla que estaba delante de su mesa.

Derek cojeó lentamente hasta la silla y se quedó de pie junto a ella.

―Prefiero estar de pie, si no le importa.

―Como quiera. ―Murphy cerró la puerta y encendió su pipa. Dio varias caladas rápidas y luego una larga y profunda. Liberó el humo pausadamente, entre sus arrugados labios, con una mueca de satisfacción―. Me temo que no tengo buenas noticias, Derek.

Directo al grano. Era una de las pocas cosas que a Derek le gustaba de su director: no se andaba con rodeos. Le había visto despedir a varios compañeros a lo largo de los años, así como transmitir noticias devastadoras relacionadas con fallecimientos de seres queridos. Ni un solo «¿Qué tal su mujer?» o cualquier otra frase de relleno. Murphy siempre era claro y directo, y en la mayoría de las ocasiones, un tanto frío. Derek pensaba que era una cualidad necesaria en un director del FBI con tan altas responsabilidades, algo así como un cirujano que está operando a corazón abierto. No hay lugar para los sentimientos, solo para hacer bien el trabajo o se pierden vidas.

Y Derek era un experto en salvar vidas. Toda su carrera giraba en torno a proteger testigos, ocultarlos, y asegurarse de que nadie, ni el mismísimo Dios fuera capaz de encontrarles. Testigos que el gobierno iba a utilizar para encerrar a aberraciones humanas que atentaban contra toda la sociedad, desperdicios sociales que nunca deberían haber nacido, morralla del tipo de Wade Quinton. Testigos cuya vida estaba amenazada, que eran acosados por los peores asesinos que el dinero sucio podía comprar, y que sobrevivían gracias a su excelente labor como agente del FBI.

Pero a pesar de su dilatada experiencia y sus cuidadosos e infalibles métodos de trabajo, Derek había fracasado, a tan solo unos meses de la jubilación. Y lo peor era que continuaba sin saber por qué. Aún seguía sin la menor idea de cómo había dado Wade con el testigo que estaba a su cargo.

Miró a Murphy tratando de disimular la agitación que le azotaba por dentro.

―Usted dirá.

El director alzó un poco la cabeza para mirarle a los ojos y se sacó la pipa de la boca.

―La CIA continúa exigiéndonos responsabilidades por haber perdido a Teagan. Insisten en que el testigo era esencial y que por nuestra culpa se ha venido abajo una investigación de muchos años y de mucho dinero.

―No es la primera vez que fracasa una operación importante. ―Derek no estaba impresionado. Esperaba algo peor que una regañina de la CIA―. Nadie es infalible. Las pérdidas son parte de nuestro trabajo.

Murphy se mostró molesto por la respuesta.

―No es tan sencillo...

―A nadie le fastidia más que a mí lo sucedido ―le interrumpió Derek―. Si cada vez que una operación saliera mal se pusieran tan cabezones...

―Nos pidieron expresamente interrogar al testigo ―atajó Murphy de mala manera―. Y usted se negó, ¿recuerda? Su enfado es comprensible.

―Es el protocolo ―se defendió Derek―. Mi protocolo, que tanto le gustaba durante todos estos años cuando le reportaba buenos resultados. Y ni siquiera se ha podido demostrar que haya sido un error mío. ¿Me equivoco o hay alguna nueva prueba de la que no me han hablado?

―No se equivoca. No hay pruebas en su contra.

―Porque no puede haberlas ―asintió Derek con la sensación de haber logrado un tanto. Le gustó escuchar al director decir que no tenía nada en su contra―. Yo nunca he cometido un error. Soy perfectamente consciente de que hay vidas en juego tras mis decisiones. Dígale eso a la CIA, y que se aseguren de poder probar mi culpabilidad antes de acusarme.

―¿Recuerda a Chip? Ha sido asesinado ―dijo Murphy.

La noticia cogió desprevenido a Derek. Chip era el joven agente de la CIA que le había solicitado personalmente entrevistarse con Teagan. Derek recordó su corto enfrentamiento en aquel mismo despacho y el halo de arrogancia que destilaba aquel joven agente, que no aparentaba más de treinta años. Seguramente su muerte había contribuido a alimentar el enfado de la CIA.

―Pobre chico ―se lamentó Derek, tomando asiento finalmente―. Imagino que estará relacionado con este lío, aunque no entiendo cómo. ¿Se sabe quién le mató?

―No. Le encontraron en un camión con un balazo en la frente. Estaba en la cabina junto a un hombre gordo al que le faltaba una oreja.

―¿Han identificado al gordo? ¿Alguien de la organización de Wade?

―Aún no. Se está realizando una investigación. Por ahora se sabe que murió antes que Chip y que su cadáver fue robado de la morgue. Un empleado, un tal Paul Miller, asegura que uno de los nuestros, del FBI, acudió a recogerlo del depósito. Un tipo fuerte, calvo y con gafas de sol.

―¿Sabemos a quién se refiere?

―Aún no. Le han hecho un retrato robot con la descripción de Paul y están tratando de identificarle.

―A lo mejor ese tal Paul se lo está inventando todo.

―Es una posibilidad ―respondió Murphy poco convencido―. Pero no lo creo. La versión de Paul es muy extraña, creo que en una parte de su declaración asegura que habló por teléfono con su jefa, que había muerto el día anterior en un accidente. El tipo parecía sincero, se echó a llorar cuando le interrogamos, y le han investigado a fondo, a él y a toda su familia. Está limpio. Es imposible que pertenezca a la organización de Wade.

―Suena absurdo ―observó Derek―. Nadie recurriría a una coartada tan ridícula.

―También es posible que Paul sea un pobre idiota. Hemos comprobado que nadie del FBI ha contactado con el depósito desde hace más de tres meses. Lo cierto es que ese Paul Miller me desconcierta.

A Derek le sucedía lo mismo. Con cada nuevo dato que le ofrecía Murphy se sentía más lejos de entenderlo todo. Las muertes de Teagan y Chip, y la declaración de Paul debían de estar conectadas de alguna manera o sería una cadena de coincidencias imposible que nadie aceptaría en su sano juicio.

―¿Puedo ver el retrato de ese hombre que se llevó el cadáver del depósito?

Murphy extrajo un papel de la carpeta donde guardaba el informe y se lo tendió a Derek. El viejo agente del FBI se atragantó en cuanto sus ojos se posaron sobre el dibujo. Lo reconoció en el acto.

―¿Qué sucede? ―preguntó Murphy―. Está palideciendo, Derek. ¿Le conoce? ¿Sabe quién es?

La calva, las mandíbulas anchas, la expresión seria, y aquellas gafas de sol. El rostro era inconfundible. Se trataba del sujeto que había chocado contra su coche. Conducía un cacharro abollado por todas partes y recordaba que le había examinado los ojos tras el accidente, y que había sentido un calambrazo en la cabeza.

―No ―mintió Derek tratando de dominarse―. Me pareció familiar pero no es así. Estaba equivocado.

Sabía su nombre. Lo tenía apuntado en el parte de accidente para el seguro. Era... ¡Randall! ¡Randall Tanner! Ese era el nombre. Tendría que dar con él y averiguar quién era, pero de momento no le convenía contarle nada a Murphy. No estaba seguro de las intenciones del director y aún no tenía claro qué extraño papel desempeñaba Randall en todo esto.

―¿Seguro que no, Derek? ―preguntó Murphy, torciendo la cara con una expresión de duda―. Casi se desmaya al ver el retrato. Si me oculta algo no podré ayudarle.

―Estoy seguro ―dijo Derek devolviéndole la hoja con el rostro de Randall―. Y no entiendo a qué se refiere. Pensaba que mi jefe siempre me ayudaría.

Murphy respiró hondo.

―El asunto se ha puesto muy feo, Derek ―explicó―. Me veo obligado a suspenderle hasta que concluya la investigación. Lo siento.

Un martillazo en el pecho le hubiera sorprendido menos a Derek. Luchó por controlarse, pero no lo consiguió.

―¡No puedo creerlo! Así es como me ayuda, después de mil años sin una sola falta. ¡Así me lo agradece!

―Es por su propio bien. Me gustaría poder hacer algo más, pero es lo mejor. Hasta que se hayan despejado las dudas en torno a su participación, no puedo hacer otra cosa.

Derek vio algo en los ojos de Murphy. Algo que explicaba la postura de su jefe, por mucho que a él le doliese.

―¿Cree que lo hice verdad? Piensa que yo vendí al testigo, que Chip lo descubrió todo y entonces me lo cargué, seguramente contratando a ese individuo de las gafas de sol. ¿No es eso? Dígamelo.

―Es una de las teorías que barajan los de la CIA, pero yo no estoy de acuerdo. Sin embargo, no puedo impedir que saquen esa conclusión y no les puedo exigir que no lo comprueben.

Mentira. Era cierto que no podía controlar lo que la CIA decidía o no investigar, pero sí podía defenderle, ponerse de parte de uno de sus más fieles subordinados e intentar que no se desperdiciase tiempo en investigar a un inocente mientras el verdadero culpable continuaba suelto. Pero esa no era la prioridad para Murphy. Para el director del departamento de protección de testigos la prioridad era su trasero. Y si para salvarse tenía que entregar la cabeza de un pobre subordinado que estaba a punto de jubilarse, que así fuera.

―Esperaba más de usted después de tanto tiempo. Va a consentir que hundan mi reputación a unos pocos meses de mi jubilación.

―No sea tan dramático. Me hago cargo de su situación y comprendo su enfado, no tendré en cuenta sus palabras, pero estoy convencido de que es lo mejor para usted. Esta investigación demostrará su inocencia.

―No siga mintiéndome ―repuso Derek apretando las mandíbulas―. Si no encuentran a un culpable me cargarán a mí el muerto. Dentro de poco ya no estaré, ¿qué importa que me marche con una falsa acusación? Soy la solución perfecta.

―Yo no dejaré que pase eso.

―Desde luego. Salta a la vista lo mucho que se preocupa por mí.

―Por lo visto piensa que le iría mejor sin esa investigación, pero se equivoca. La sombra de la duda ya le cubre por completo. Son muchas las personas que sospechan de usted. Si yo interfiriera en la investigación y finalmente no descubriéramos al culpable, la sospecha le acompañaría el resto de su vida. Siempre le señalarían con el dedo.

―Y también a usted, ¿verdad? Le da miedo que también desconfíen de usted por apoyarme. ¡No es más que un cobarde que va a permitir que me destruyan para asegurarse de que no le salpique nada!

Murphy no respondió. Se produjo un silencio incómodo.

―Lamento que tenga esa opinión de mí ―dijo el director tras unos segundos de pura tensión―. Espero, sinceramente, que todo se aclare. No me gustaría que termináramos de este modo después de tanto tiempo trabajando juntos.

―Más lo siento yo. Bien que le gustaron mis métodos mientras le hacían quedar bien ante sus superiores. Pero para una sola vez que se presenta un problema y le pido ayuda...

El móvil de Derek sonó en sus pantalones, cortando su discurso. Atravesó a Murphy con una mirada de odio y sacó el teléfono con dificultad. La furia que le recorría le causaba temblores en las manos.

―¿Sí?

―¡Papá, soy yo! ―dijo su hija con la voz entrecortada. Estaba llorando―. Necesito... Yo... No puedo...

―Alice, cariño, tienes que calmarte, no te entiendo ―suplicó Derek. Se olvidó completamente de la CIA, el FBI y su suspensión. Su hija estaba en apuros. Al infierno con lo demás―. Habla despacio, por favor. ―No funcionó. Estaba profundamente afectada y no era capaz de pronunciar dos palabras seguidas sin ponerse a llorar. Debía de tratarse de algo serio. Entonces tuvo una idea de qué podía ser y rezó a Dios para estar equivocado―. ¿Es el bebé? ¿Hay algún problema con tu embarazo...? Más despacio, cielo, no te entiendo...

Entonces escuchó el sonido de algo rompiéndose contra el suelo, luego un golpe y se cortó la comunicación.

Derek sostuvo el móvil ante sus ojos asustado, sin entender bien lo que acababa de oír. Entonces comprendió que su hija podía estar en peligro y nada más le importó.

―¿Está bien su hija? ―preguntó Murphy, preocupado. Derek asintió con torpeza. No tenía ganas de hablar más con su director―. Un segundo, Derek. ―Se detuvo a un paso de la puerta―. Lo siento mucho, pero antes de que se marche necesito que me entregue su placa y su pistola.

Derek giró la cabeza y le miró de reojo.

―Y yo necesito que se vaya a tomar por culo de una puta vez.

Abandonó el despacho con un sonoro portazo.



# # #



Cuando Randall recobró la consciencia por segunda vez prefirió mantener los ojos cerrados. Le había despertado un ruido.

Notó una especie de empujones que movían su cuerpo. Había alguien a su derecha. Se oía su respiración, forzada, irregular. No sabía qué le estaba haciendo, pero era en el brazo. Su cuerpo estaba adormecido, insensible, y muy pesado. Tal vez le habían drogado.

Randall todavía se sentía muy débil. Mejor esperar a recobrar las fuerzas. Además, había perdido las gafas. No sentía el peso de la montura sobre la nariz y recordó que la primera vez que se había despertado las había echado en falta.

Más pasos sonaron a una distancia indeterminada.

―¿Cómo está? ―preguntó una joven voz femenina. Le resultó vagamente familiar.

―Vivirá. Es muy fuerte ―contestó un hombre.

Era la voz de quien estaba junto a él, a la derecha. Y no tuvo el menor atisbo de duda de que pertenecía a alguien conocido. Su cerebro se negaba a identificarle, pero la sensación de familiaridad era muy fuerte, imposible de ignorar. Randall se concentró al máximo, pero no le sirvió de nada. Le costaba mucho pensar.

―Sigo pensando que deberíamos llevarlo a un hospital ―dijo la chica con un pequeño deje de preocupación.

―No ―atajó el hombre con brusquedad―. No serviría de mucho. Randall no es como los demás.

Por alguna razón esa última frase le molestó. No le gustó verse comparado con el resto del mundo. Algo se agitó en su interior. Sabía que era diferente y detestaba esa sensación, pero odiaba aún más que otra persona se percatara de ello y, para colmo, lo comentara abiertamente. Por eso llevaba siempre sus gafas de sol, para ocultar el simple hecho de que Randall Tanner no era como los demás.

Ya era hora de terminar con la farsa.

―Mis gafas ―murmuró―. Traédmelas ahora mismo.

Dos manos le aprisionaron los hombros con fuerza.

―Randall, amigo mío ―dijo el hombre notablemente contento―. ¡Estás despierto! Lo sabía. Sabía que te curarías.

Randall continuaba sin saber quién demonios era ese individuo, aunque era evidente que se conocían. Por la voz daba la impresión de ser alguien de unos cincuenta años de edad como poco. Pero aún no podía verle.

―Mis gafas ―repitió en tono severo.

―No te preocupes. Ella te ha visto los ojos. Tenía que curarte.

―Tu secreto está a salvo ―dijo la chica con la voz temblorosa―. Puedes estar tranquilo.

―¡Lo estaré cuando me deis mis gafas de una puta vez! ―insistió Randall incorporándose hasta quedar sentado. El esfuerzo le dejó sin aliento, pero continuó con los ojos cerrados―. Y no me toquéis.

―¿Qué te pasa, Randall? ―preguntó el hombre―. No debes levantarte, estás malherido y tienes que descansar.

Randall estaba a punto de estallar. Se sentía indefenso y en un lugar desconocido.

―Yo decidiré...

―Escúchanos, por favor―dijo la chica poniendo una mano sobre su hombro―. Lo hicimos para ayudarte, no quería violar tu intimidad. Tus ojos sangraban y tenía que verlos para curarlos.

Randall se relajó un poco y se dejó empujar hasta acostarse de nuevo.

―Un espejo ―pidió.

Sintió el peso de un mango en su mano. Colocó el espejo delante de su rostro y abrió los ojos.

Era un espejo circular, pequeño, con el borde moldeado para imitar los pétalos de una flor, tal vez un rosa. Temblaba cada vez más. La mano que lo sostenía no podía permanecer quieta. La rabia la hacía apretar el mango con todas sus fuerzas. De haber sido de madera, se habría quebrado por la presión. El cristal estaba roto. Una grieta inclinada dividía el rostro de Randall Tanner en dos partes desiguales.

Randall solo pudo contemplar su propia imagen unos segundos. Sus ojos continuaban como siempre. No sabía qué había esperado encontrar al mirarse en el espejo, pero ver que todo seguía igual le decepcionó. Estrelló el espejo contra el suelo.

―Quiero mis gafas y quiero saber quiénes sois. ―Había vuelto a cerrar los ojos.

―No tienes por qué avergonzarte ―dijo la chica―. No necesitas ocultarte tras las gafas.

―Eso lo decidiré yo. No creas que sabes nada de mí porque hayas visto mis ojos.

―Yo... Lo siento... Toma.

Randall notó algo en su mano derecha. Eran las gafas. En cuanto dobló el codo para colocárselas, se le cayeron al suelo.

―¡Joder! ―gritó cuando un brutal pinchazo le atravesó el brazo.

―No muevas el brazo derecho ―dijo la voz de hombre―. Estás herido.

Randall estaba cada vez más furioso. Respirar le dolía, y su cabeza retumbaba, impidiéndole concentrarse. Y aún no sabía ni dónde estaba ni con quién. Abrió los ojos y recogió las gafas. Se las puso solo con la mano izquierda y estudió a sus acompa??antes.

A la chica apenas la miró. Sus ojos se posaron inmediatamente en el rostro del hombre, atraídos por un gran desconcierto. Le conocía, de eso no tenía la menor duda. Aquella cara arrugada, de ojos hundidos y nariz puntiaguda estaba despertando emociones muy intensas en su interior. Su cálculo inicial se había quedado corto. El hombre tenía al menos sesenta años, no cincuenta. Era alguien de su pasado. Le miró con más detenimiento, forzando a su memoria a identificarle. Le vino a la mente algo pendiente, una deuda. No, no era una deuda, era algo mucho más importante.

Entonces el hombre hizo un gesto y Randall por fin le reconoció.

―Te acuerdas de mí, ¿verdad? ―preguntó el hombre con una sonrisa―. Me tenías preocupado...

―Te recuerdo ―le cortó Randall―. Te recuerdo demasiado bien. ¡Y voy a matarte!



# # #



Normalmente, Wade Quinton no disfrutaba con las exhibiciones de fuerza física, pero había excepciones. En aquella ocasión se respiraba la excitación del desafío, el reto y el peligro en estado puro, y además estaba un poco aburrido.

El viejo empresario, como a él le gustaba pensar de sí mismo, se acomodó en un taburete y observó las dos espectaculares colecciones de músculos que se enfrentaban sobre la mesa, a un metro escaso de distancia. Wade se pasó la mano por su pelo plateado y luego hizo un gesto con la cabeza.

Inmediatamente, los dos brazos se tensaron al límite y dio comienzo el pulso. Los gigantescos bíceps se hincharon hasta formar dos balones de pura fuerza, mientras los rostros de ambos contendientes se deformaban por el esfuerzo.

―¿No apuesta, jefe? ―le preguntó el tipo encargado de la recaudación.

Wade apostaba de vez en cuando, pero prefería el juego. Un pulso entre dos gorilas no le estimulaba lo suficiente.

―Nunca apuesto contra mis hombres, ya lo sabes ―respondió con desgana.

Aquello no era necesariamente cierto. Wade Quinton apostaba para ganar, pero no le apetecía dar explicaciones a un inferior, era una pérdida de tiempo.

―Entonces deberías apostar a favor de tu hombre, ¿no? ―dijo una voz que rezumaba arrogancia desde el extremo opuesto de la mesa.

Wade alzó un poco los ojos por encima de los dos sudorosos puños que se batían en el pulso y contempló con desagrado la afilada cara de Eric Bryce, aquel enano feo y achaparrado que no debía de haber echado un polvo en su puta vida.

Eric era un cliente relativamente nuevo. Apenas llevaba un año comprándole droga, pero cada vez adquiría mayor cantidad, y Wade sospechaba que trataba de hacerse con parte del negocio. Y eso estaba mal. Chicago era su ciudad y ese engendro asexuado no iba arrebatarle ni una pizca. Desde hacía tres meses, Eric había empezado a dejarse ver en compañía de dos guardaespaldas forzudos, como acostumbraba a hacer Wade. Era una ostentación innecesaria, y tal vez una provocación, Wade no estaba seguro. En cualquier caso, Eric era astuto y el viejo empresario decidió vigilar con más detenimiento sus actividades. Su negocio estaba creciendo sospechosamente rápido.

Por eso le había hecho venir. Eric había encargado un nuevo pedido y Wade aprovechó para decirle que tenían que hablarlo en persona. Lo habitual era que Eric enviara a uno de sus lacayos, normalmente a ese maldito estúpido que parecía estar siempre resfriado y no paraba de estornudar, pero esta vez el viejo empresario exigió la presencia del propio Eric. Y cuando Wade Quinton exigía algo, un inferior siempre lo cumplía a rajatabla, más le valía.

Así habían empezado el pulso y las apuestas. Los guardaespaldas de Eric se habían encarado con los de Wade en un silencioso pero tenso intercambio de miradas, y la actitud desafiante y retadora de su achaparrado jefe propició el duelo.

―Apostar a favor de mi muchacho sería demasiado fácil ―repuso Wade muy relajado―. No hay ninguna emoción en una victoria segura.

El viejo empresario miró de soslayo a su esbirro, que aparentaba estar pasando dificultades para que su brazo no cediese a la presión, y luego ladeó la cabeza de un modo sutil, sencillo, y a la vez elegante.

El puño de su hombre ascendió rápidamente hasta la posición inicial, recuperando el terreno perdido, y continuó describiendo un arco hasta aplastar la mano del guardaespaldas de Eric contra la mesa. El pulso terminó.

Su hombre no le había decepcionado.

Eric enrojeció levemente mientras los presentes cobraban las apuestas a su alrededor. Wade ni siquiera le dedicó una triste mirada. Recrearse en la derrota implicaría que se había tratado de un reto y elevaría a Eric a la categoría de «digno rival». Absurdo.

El viejo empresario dejó su taburete y felicitó a su esbirro. El musculoso hombre le dio las gracias con sincera gratitud; había corrido un gran peligro y lo sabía. Seis meses atrás, un guardaespaldas de Wade cometió el error de perder un pulso en el que su jefe había apostado. Ni qué decir tiene que aquel pobre desgraciado perdió su empleo y no se le volvió a ver por el local, ni por ninguna otra parte. El actual guardaespaldas, y vencedor del pulso, pensaba que los restos de su predecesor estaban en algún lugar de las profundidades del lago Michigan. Sabía que Wade no toleraba el fracaso, y lo sabía muy bien porque fue él mismo quien venció a su anterior guardaespaldas en aquel pulso, lo que le valió para obtener su puesto. Albergaba pocas dudas de qué le habría sucedido si él hubiera sido el perdedor.

Wade se fue a su despacho y se sirvió una copa. Estaba situado en la primera planta, cerca de las salas de juego y de apuestas. Había una cristalera enorme desde la que dominaba por completo la planta de abajo, donde sus chicas llevaban a cabo sus atrevidos bailes. Al viejo empresario le gustaba contemplarlas desde allí arriba, sin que nadie le molestara, y con la seguridad de que nadie podía percatarse de su presencia, dado que la cristalera se veía como un espejo desde el otro lado.

Pero los negocios eran lo primero. Llamó al encargado del local.

―Hay que cerrar ―le ordenó―. Vamos a reventar. Ya no cabe ni un solo estúpido más.

―Muy bien, jefe ―contestó el encargado―. ¿Cerramos el resto de la noche?

―No. Cuando se marche la gente, permitiremos que sigan entrando más. Pero controlad el aforo, maldita sea. No quiero más chusma de la que podamos manejar.

―Como mandes, jefe.

―¿Sabes? Tengo asuntos importantes entre manos y me molesta tener que ocuparme de estos detalles personalmente. Hace que me pregunte por qué la gente que trabaja para mí no es capaz de gestionar un local adecuadamente.

―No te preocupes, jefe. No volverá a suceder.

―Está bien ―dijo Wade con desprecio―. Una cosa más. Mándame a Eric aquí, rapidito, y que venga sin sus gorilas.

El viejo empresario sacudió la mano y el hombre desapareció. Tres sorbos más tarde, Eric entró en su despacho y se sentó sin esperar a que se lo pidiera. Señaló la botella con gesto de interrogación. Wade asintió con indiferencia.

Eric Bryce era un sujeto molesto, demasiado feo y demasiado bajo para ser alguien de cierta posición. La presencia era importante, y ese pequeño montón de carne con joroba no debería ser capaz de irritarle, pero lo hacía. Y eso a Wade no le complacía.

―Enhorabuena por el pulso ―le felicitó Erik con una sonrisa torcida―. Tu guardaespaldas es muy fuerte...

―Sí, sí. Lo pillo ―atajó Wade―. Es mejor que vayamos al grano. Supongo que querrás saber por qué te he hecho venir en persona. Seguro que estás muy ocupado.

―No tanto, la verdad. Siempre estoy dispuesto a cumplir tus órdenes.

El viejo empresario arrugó la cara. La respuesta de Eric alejaba un poco más la posibilidad de una confrontación directa, era una muestra de falsa humildad que no le agradaba. Le costaba encontrar una réplica dura ante una demostración de ironía tan repugnante.

Decidió cambiar de estrategia.

―Me gusta que mi gente esté preparada para acatar mis órdenes ―dijo con un gesto de aprobación―. Pero tú no eres exactamente mi gente...

La puerta se abrió bruscamente y entró el encargado.

―Jefe, hay un tipo reventando la mesa de póquer número cuatro... ―Se calló al ver la expresión de Wade.

―¿Es que no sabes llamar? ―preguntó Wade―. ¡Me has interrumpido, imbécil! Tenía algo importante que soltar a nuestro pequeño amigo aquí presente ―dijo señalando a Eric―. Y ahora se me ha olvidado. ¿Sabes qué? Cuando esto me sucede, luego recuerdo más o menos lo que iba a decir y siempre me queda la duda de si la primera versión era mejor. ¡Es una sensación muy jodida! ―El viejo empresario dio un par de caladas rápidas a su puro y miró por el cristal. Eric y el encargado permanecieron en silencio hasta que volvió a hablar. Lo hizo mirando fijamente al encargado―. ¿Debo entender que no puedes manejar a un simple jugador de póquer?

El encargado meditó sus palabras.

―No, jefe ―dijo muy despacio―. Solo quería comentarte el modo de hacerlo, para ver si contaba con tu aprobación.

―Eso es bueno ―dijo Wade―. Significa que has encontrado una solución al problema y me gustan las soluciones. Además, tiendo a pensar que las personas que no solucionan las cosas estorban, y hacen que me cuestione si quiero a gente así a mi alrededor. Bueno, la verdad es que eso es una gilipollez. Estoy absolutamente seguro de que no quiero inútiles a mi alrededor. ¿Y cuál es esa solución para la que necesitas mi aprobación?

―Frank está jugando en la mesa siete ―dijo el encargado―. Había pensado en cambiarle de mesa a ver si despluma a ese nuevo jugador que...

―Excelente ―le cortó Wade. Frank era el segundo mejor jugador de póquer de Wade, y los hombres de Wade eran los mejores―. Y ahora largo, tengo que seguir con mi invitado. ―La puerta se cerró y el viejo empresario se volvió hacia Eric―. ¿Por dónde iba antes de la interrupción?

―Decías algo de que yo no soy de los tuyos.

―¡Ah, es cierto! Buena memoria. Sí, decía que no eres exactamente mi gente, ¿no te parece? Más bien eres un cabroncete, Eric.

―No entiendo a qué te refieres.

Wade soltó el humo de su puro muy despacio. Empezaba a sentirse más animado.

―¿Tan mal me expreso? Bien, probaré de nuevo. La verdad es que pienso que eres un cabrón, Eric. Uno de los más gordos. ¿Y sabes por qué? No es por tus negocios, o tu sutil modo de proceder. Es porque no se te ve venir. Escondes tus intenciones muy bien bajo esa cara tan fea que tienes.


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