Javier González
Smashwords Edition
© 2010 Javier González
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. E-28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-614-6798-3
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ISLA DE WIGHT. EN LOS PRIMEROS DIAS DE ABRIL DE 1.588
Sean O´Leary se levantó con las primeras luces de la mañana, como tenía por costumbre desde hacía casi dieciocho meses.
Sin embargo, aquél era un día distinto para él y se sentía especialmente excitado.
Por encima de su camisa de dormir se echó un grueso chaquetón de lana, cogió su maleta de madera donde guardaba los útiles de trabajo y abandonó la choza que había sido su hogar durante aquellas cinco últimas semanas.
El día, aunque frío, prometía ser radiante, el cielo estaba raso y ganaba por momentos en intensidad de azul. Echó una mirada alrededor y comprobó que la isla estaba hermosa y viva.
«Wight es un pedazo de bosque que ha caído al mar»; recordó la frase de su casera y aquel día le pareció una descripción especialmente acertada.
O´Leary se encaramó trabajosamente al promontorio desde donde había hecho sus últimas observaciones. Desde allí dominaba prácticamente toda la costa norte de la isla y en una mañana clara como aquella distinguía el litoral de Inglaterra.
Por unos momentos se quedó ensimismado contemplando aquella fina línea de tierra.
Abrió su maletín de madera y apartó cuidadosamente sus elaborados dibujos de tallos, raíces, flores y semillas de especies autóctonas de la pequeña isla, así como los apuntes de descripciones de las mismas. Luego, con sumo cuidado, presionó su índice sobre lo que parecía un nudo en el fondo de madera de su maletín y la tapa se abrió descubriendo un compartimento perfectamente camuflado. De allí sacó las piezas de bronce que, montadas, componían un sextante, una carta de navegar y un pliego lleno de cálculos aritméticos. Montó el sextante con la habilidad y rapidez que le había dado una larga práctica y comenzó a comprobar las mediciones del día anterior.
Al cabo de quince minutos sonrió con satisfacción. Todas eran perfectamente correctas. Echó una última mirada a la costa inglesa después de haber recogido todo su material y volvió a bajar por el promontorio.
Entró de nuevo en la cabaña y se sintió reconfortado al sentir el calor que desprendían las pavesas de la chimenea. Echó unos trozos de leña seca para reavivar el fuego de la noche anterior y se sintió de un excelente humor.
Aquel día, al fin y al cabo, era el último día de su misión. Una larga misión que había comenzado casi dos años antes muy al suroeste de la Isla de Wight, concretamente frente al altar mayor de la Catedral de Santiago de Compostela, en España.
*****
El peregrino parecía absorto en sus oraciones, con la cabeza inclinada y recogida entre las manos, no pudo advertir que aquel monje se situaba en el banco de atrás, arrodillándose justo a sus espaldas.
Sin embargo, el peregrino irlandés Sean O´Leary no rezaba. Más bien intentaba controlar su angustia, mientras repasaba mentalmente los últimos acontecimientos de su vida, acontecimientos que le habían llevado precipitadamente a Santiago de Compostela en una situación que bien podría calificarse de límite.
Recordaba su atropellada salida de Irlanda, después que los hombres del virrey Fitzwilliams, al mando del sheriff Boetius Clancy, el Carnicero, le hubieran puesto cerco en Clare.
Fue un verdadero milagro encontrarse en aquella taberna con Sorley Boy, otro jefe rebelde irlandés que le proporcionó dinero y un barco para salir de la isla y llegar a España.
Además de hacer posible su huida, Sorley Boy le facilitó el contacto con un traficante de armas en Santiago de Compostela. El levantamiento necesitaba armas para seguir la lucha contra el invasor inglés y, por otro lado, los dos patriotas habían pactado que aquélla sería la forma de «que me devolváis el favor que ahora os hago», como le dijo Sorley.
Luego, todo había empezado a ir rematadamente mal. Sean estaba en Santiago, había acudido varias veces al lugar de la entrevista, una taberna llamada «El Cuervo Rojo», y el traficante no había aparecido. Había agotado su dinero y la desesperación comenzaba a morderle como un perro rabioso.
Allí estaba él, a muchos kilómetros de su tierra, en un país extranjero, sin dinero y sin amigos. «Una situación curiosa», como decía su padre cuando se encontraba ante verdaderas dificultades.
—¡A veces tenemos la falsa impresión de que nuestro Señor nos ha abandonado!
Aquella frase, en perfecto inglés, sonó a las espaldas de O´Leary.
El peregrino, sin abandonar su postura, tensó hasta el último músculo de su cuerpo y en una fracción de segundo hizo un cálculo de tiempo y de la trayectoria que debía seguir su mano hasta la daga que ocultaba bajo su ropa y de cómo debía llevar a cabo el ataque.
—Si queréis volver a ver hermosos tréboles, deberíais acompañarme, Sean O´Leary.
Y dicho esto, el monje se levantó pausadamente, inclinó la cabeza respetuosamente mientras se santiguaba ante uno de los altares más bellos de la cristiandad y encaminó sus pasos hacia la puerta principal de la catedral.
Por unos instantes O´Leary parecía haber formado cuerpo común e indivisible con el banco en el que se hallaba sentado. Aquel hombre que ahora abandonaba la catedral había pronunciado la frase acordada, pero aquél no era ni el lugar, ni la fecha fijada. Sean estaba realmente confundido, pero decidió que lo mejor era seguir al monje, aunque la situación desprendía el tufo de las mejores trampas.
Y le siguió por las plazas y estrechas callejuelas de Santiago, con su mano derecha apretando la empuñadura de su daga, esperando en cualquier momento el desenlace que confirmase sus peores sospechas.
Después de un largo callejeo, que a Sean se le antojó interminable, el monje encaró un estrecho pasaje rematado por una larga escalinata de piedra, y cuando comenzó a subirla, sufrió un violento ataque de tos.
El acceso de tos no parecía desaparecer y el monje caminaba cada vez más lentamente, cuando de repente se abrió una puerta a sus espaldas.
Cesó la tos del monje, que se detuvo, volvió sobre sus pasos y se plantó en el umbral de la puerta entreabierta.
Sean O´Leary estaba allí empapado de sudor y con fuertes calambres en las piernas que apenas le sostenían de pie. La dieta de la última semana no había sido ni la más adecuada ni la más abundante para un joven de su edad y la caminata le estaba pasando factura.
Por alguna razón se empezó a sentir estúpido en mitad de la calle y decidió entrar. Estaba deseando que aquello terminara de una vez.
Tras la puerta había un estrecho rellano que desembocaba en lo que parecía una destartalada escalera de madera y allí, al pie de la misma, había dos hombres junto al monje. Pese a la poca luz de la estancia y aun no llevando uniformes, supo que eran soldados. «A los buenos soldados y a los buenos caballos se les descubre cuando clavan sus patas en el suelo, hijo», volvió a recordar a su padre. Por otro lado, Sean había pasado su vida entre soldados y caballos y sabía distinguirlos. «A los unos y los otros», pensó intentando hacerse un chiste.
Uno de los hombres le tendió su mano con guante de malla, mientras le decía en un inglés muy forzado:
—Vuestras armas, sire.
Sean vaciló un instante.
—Yo que vos haría lo que os piden estos caballeros sin discutir —dijo el monje pausadamente mientras se descubría la cabeza.
—No sé quién sois, señor, y aunque habéis estado a punto de reventarme con vuestro paseo, si esto es una trampa preferiría morir luchando —dijo gallardamente O´Leary, aunque por su aspecto sabía que no era nada convincente.
El monje sonrió mostrando su dentadura blanquísima y Sean grabó aquel rostro en su memoria, quedando fascinado por su aspecto: tenía el cabello casi albino, muy corto, sus facciones eran rectas y duras, sus labios finos al igual que sus blancas cejas y sus ojos tenían el color del acero.
O´Leary descubrió inmediatamente en su mirada que aquel hombre podía matar a alguien con la facilidad con la que él trasegaba una pinta de cerveza.
—Moriréis cuando el Señor lo tenga así dispuesto, irlandés. Pero me temo que no será hoy. Vuestra daga, por favor —le dijo el monje.
Sean O´Leary no se encontró capacitado para discutir, entregó su daga y acompañó al hombre de la blanca sonrisa por la estrecha y crujiente escalera de madera; se detuvieron ante otra puerta vigilada por otro hombre de guardia que, al reconocer al monje, les franqueó el paso a una estancia un poco más grande y prácticamente en penumbra.
En mitad de la habitación había una gran mesa y tres sillas. El monje y O´Leary se sentaron uno al lado del otro, frente a la mesa y la tercera silla vacía.
La puerta volvió a abrirse a sus espaldas y entró un hombre alto y corpulento, con la cabeza totalmente rasurada y vistiendo un gran mandil de pescadero.
Se plantó frente a ellos detrás de la mesa, puso sus enormes brazos en cruz y mirando al monje exclamó:
—¿Qué os parezco, Chalbaud? —dijo en castellano, idioma que O´Leary conocía.
—Insuperable, eminencia, sois un auténtico pescadero de la lonja, pero vuestra noble cabeza os delata, diríase que proveéis a las casas más nobles de la ciudad... —le contestó el monje también en castellano.
El hombre corpulento de cabeza rasurada estalló en una tremenda y sonora carcajada.
Para entonces O´Leary había perdido su capacidad de sorpresa y empezaba a encontrar todo aquello normal y en cierta manera previsible.
—Maldito Chalbaud, mi más querido bastardo francés... —dijo mientras calmaba su risa y desplomaba su humanidad en su enorme silla—. Vamos a ver qué habéis pescado esta vez para nos.
Chalbaud le pasó un rollo de documentos que pareció sacar de entre su hábito. El pescadero leyó en voz alta.
—Sean O´Leary, de veinticinco años, nacido en la ciudad de Cork, en Irlanda. Hijo primogénito del Conde de Cork, a quien Dios debe tener en su gloria desde el año pasado... —hizo una pequeña pausa y aprovechó para clavar sus ojos en los de Sean.
Si buscaba algún signo de debilidad provocado por la tristeza que le encogía el corazón con el recuerdo de su padre, no iba a complacerle, y permaneció impertérrito.
—Pasáis por ser un cabecilla de innumerables levantamientos, pillajes, atentados, y en general, todo tipo de acciones terroristas contra personas y contra el patrimonio de la corona inglesa en Irlanda —continuó el pescadero—. Fiztwilliams ofrece una recompensa de mil libras por vuestra cabeza; no os sintáis herido —dijo levantando los ojos del pliego—, los ingleses han sido siempre muy cicateros y, por otro lado, para un joven que está empezando no es mala cotización. De cualquier forma, la reina Isabel os tiene en gran estima. Hace escasamente tres meses, en una cena en palacio, dijo textualmente: «Espero poder echar pronto a mis perros, entre las sobras de mis banquetes, los testículos de ese Sean O´Leary» —levantó otra vez la vista de los documentos—. A veces tiene un hablar de cochero, pero no la subestiméis, es una gran jefe de Estado. No quiero cansaros, mi buen amigo. En la documentación que me ha preparado mi querido Emanuel de Chalbaud hay una detallada información sobre vos, incluso los datos más insignificantes han sido recogidos en este informe. Se podría decir que de vos sabemos hasta el número de pecas que tenéis en el cuerpo. Y esto, siendo irlandés, significa que se ha realizado un trabajo muy minucioso.
O´Leary sonrió forzadamente.
—¿Puedo preguntar quién sois vos y qué significa...?
El hombre vestido de pescadero cortó su pregunta.
—Podréis preguntar cuando yo os lo indique, Sean O´Leary, no me gusta que me interrumpan y os ruego encarecidamente que no volváis a hacerlo —buscó con la mirada al monje—¿Por dónde íbamos, mi querido Chalbaud? Creo que me he perdido...
—Hablábamos de sus pecas, eminencia.
—Oh sí, sus pecas... —y volvió a clavar sus ojos en el aturdido irlandés—. Sabemos también que estáis, ¿cómo decirlo mi querido O´Leary...?, en las últimas, por utilizar una expresión de la calle. Tan en las últimas que hoy deberíais estar muerto.
Hizo una estudiada pausa, mientras observaba atentamente el rostro de su interlocutor que seguía esforzándose por aparentar frialdad. Chalbaud carraspeó y tomó el hilo de la conversación.
—Sabemos que desembarcasteis la semana pasada en el puerto de Santander y habéis viajado a Santiago para entrevistaros con un traficante de armas, ya que pensabais comprarlas para continuar vuestra lucha en Irlanda. Por desgracia para vos, veinticuatro horas después de vuestra huida de Clare vuestro amigo Sorley Boy cayó en manos de los hombres del sheriff Clancy. Fue torturado, y antes de morir facilitó a los ingleses información muy precisa sobre vuestros movimientos.
Chalbaud pudo ver cómo el rostro de O´Leary se ensombrecía y supo que su hombre empezaba a estar maduro.
—A vuestros enemigos les ha sido fácil espantar al traficante de armas con el que teníais que reuniros...
—Un tipo de tercera fila —interrumpió el pescadero—. Os hubiera vendido basura a precio de oro; ese Sorley Boy no manejaba muy buena información precisamente.
—Los ingleses tampoco tuvieron muchas dificultades para contratar los servicios de Caspar Van der Hoos, un albarraz flamenco que tenía previsto degollaros hoy.
—Un profesional de primera línea, podemos dar fe de ello, porque le hemos utilizado varias veces —apostilló con seguridad el hombre del mandilón.
—Por fortuna para vos, Van der Hoos se vende al mejor postor. Le hemos ofrecido una suma muy superior a la que le ofrecieron los ingleses y ha aceptado trabajar, momentáneamente, para nosotros. Siempre que ahora lleguemos a un acuerdo. Chalbaud hizo una estudiada pausa.
—¿Qué, qué acuerdo? —musitó O´Leary.
Chalbaud se dirigió con una sonrisa a su orondo compañero. La fruta estaba a punto de caer en el cesto.
—Eminencia, creo que es tiempo de presentaciones.
—Sí, hagamos la luz sobre nuestro joven amigo irlandés —contestó con regocijo el hombre que quería parecer un pescadero.
Chalbaud volvió su rostro hacia el de Sean O´Leary y esté distinguió un brillo especial en sus acerados ojos.
—Estáis en presencia del cardenal Granvela, consejero de su majestad católica el Emperador don Felipe II, —le anunció— y puedo aseguraros que no estáis ante nos por mero accidente —continuó el cardenal—. Además de los títulos que me adornan, el que más os interesa conocer ahora es el de chambelán de la Mesa de Guerra del Emperador. No es un cargo conocido por el gran público, incluso me atrevería a decir que conocido por muy pocas personas de la corte de su majestad. Pero puedo aseguraros que es un cargo muy importante; sí, ciertamente muy importante.
Por alguna razón O´Leary empezaba a no dudarlo.
—Después de Dios y el Emperador, nos.
Granvela celebró su frase con una amplia sonrisa.
O´Leary sintió los ojos de Chalbaud.
—Somos espías, O´Leary, y simplemente esperamos que os unáis a nosotros —le espetó con naturalidad.
—No entiendo en qué medida puedo serviros —replicó Sean, que intentaba como podía encajar aquella situación.
—¿Habéis oído hablar de la Empresa de Inglaterra, de la Gran Armada, O´Leary? —preguntó Granvela.
Claro que había oído hablar de la Gran Armada, aquella quimera pergeñada por el Rey de España. Construir una gran flota que fuera capaz de hacer desembarcar el mayor ejército terrestre que conocieran los tiempos en las costas de Inglaterra y conquistar la isla. Una locura que en los chiscones de Irlanda tomaba cuerpo de realidad indiscutible, más por la voluntad de los tertulianos irlandeses de ver humillado al enemigo inglés, que por los visos de realidad de la fantástica empresa.
—Sí, he oído hablar de la Gran Armada, pero nunca lo tomé en serio —mintió a medias.
—Ruego a nuestro Señor misericordioso que los ingleses tengan el mismo punto de vista que vos durante mucho tiempo —casi suspiró el cardenal.
—La primera fase de la operación ya ha comenzado y su majestad el Emperador ha dado todo su apoyo al proyecto. Inglaterra será invadida en una fecha por determinar en 1.588.
Chalbaud no se habría expresado con más seguridad si hubiera anunciado el amanecer del día siguiente.
—¿Queréis decirme que España invadirá Inglaterra dentro de dos años?
—Sabíamos que erais bueno en los cálculos aritméticos, O´Leary; esa es una de las razones por las que estáis aquí. —dijo Granvela.
—Hemos entrado en contacto con vos porque necesitamos un cartógrafo experto para levantar nuevas cartas de la costa inglesa del Canal. Cartas muy especiales, realizadas con la visión de quien va a dirigir una gran flota dispuesta a combatir y a desembarcar —le contestó Chalbaud e hizo una pausa. Esas cartas hoy no existen, vos las haréis.
—Conocíamos la afición de vuestro augusto padre por la cartografía, afición que logró inculcaros a vos y conocíamos algunas de vuestras cartas de la costa inglesa oriental de Irlanda con detalles militares muy singulares. Un gran trabajo, joven O´Leary —le dijo sonriendo Granvela.
—Por otro lado, reunís las condiciones ideales para el desarrollo de la misión, vuestra esmerada educación os facilita hablar como un nativo cuatro idiomas, inglés, francés, español y, por supuesto, irlandés.
—Yo de momento os recomendaría olvidar el irlandés... —dijo Granvela.
Las palabras de aquellos hombres devolvieron a Sean recuerdos de su niñez y juventud. «Un hombre vale lo que valen los libros que ha leído», solía decirle su padre. Se sonrió. Probablemente todo aquello le estaba ahora salvando la vida.
—El dominio de esos idiomas os hará moveros con facilidad en la costa francesa o inglesa y os permitirá desarrollar una nueva personalidad, la de Fabián Auguste Roard. Podréis pasar por un estudioso botánico francés sin mayores problemas y vuestro odio a Inglaterra será nuestra mayor garantía de lealtad.
Chalbaud no perdía el tono convincente y seguro de su discurso.
—Garantía de lealtad —continuó Granvela—que será sellada con una importante suma de dinero que os será entregada al finalizar vuestra misión, además de nuestra solemne promesa de convertiros en el conde más poderoso de Irlanda, una vez dominada Inglaterra. Hoy queremos un espía, O´Leary, mañana un amigo muy importante en vuestro católico país.
Sean O´Leary recordó alguna de las primeras palabras del cardenal: «no estáis ante Nos por una casualidad», le había dicho. Ahora estaba seguro de ello.
—Sois nuestro hombre, Sean Saint Just Christopher O´Leary —le dijo Chalbaud.
Y en su mirada supo que no cabía la renuncia.
Se hizo un silencio entre los tres hombres.
O´Leary supo que tenía que hacer la pregunta. Aunque ya conocía la respuesta.
—¿Qué ocurrirá si no acepto vuestra propuesta?
—No le entregaremos la cantidad prometida a Van der Hoos, eso le pondrá de un humor terrible y, con toda seguridad, mañana terminará el trabajo que no pudo hacer hoy. Pero esto es un supuesto tan remoto y desagradable que ni siquiera lo contemplamos mi querido amigo —dijo el cardenal, jugando con sus anillos, sin siquiera mirarle.
—No hay ninguna razón para que no aceptéis, O´Leary. Dentro de dos años, y en parte gracias a vos, los españoles habrán terminado el trabajo que empezasteis y simplemente vuestro enemigo habrá dejado de existir.
Sean supo que con aquellas palabras de Chalbaud se daba por finalizado el período de oferta. No, en realidad no había ninguna razón para rechazar la propuesta. Estaba realmente en la últimas como había dicho el cardenal y, por lo que se le había informado, viviendo horas de prestado. Además, por alguna razón empezaba a presumir que todo lo que había oído en aquella mal iluminada habitación era absolutamente cierto. Aquel cosquilleo en el estómago le certificaba la sensación de vértigo que le producía el saberse a punto de entrar en una organización realmente poderosa. «Después de Dios y el Emperador, Nos», le había dicho Granvela. Y hablaban del Dios en el que él creía y de Felipe II, el rey más poderoso de la tierra.
—Fabián Auguste Roard —dijo lentamente O´Leary—Me gusta el nombre.
Granvela también sonrió relajado.
—Sabía que me gustaría este muchacho. Una gran pesca, mi querido Chalbaud.
La fruta ya estaba en el cesto.
*****
Mientras O´Leary colocaba cuidadosamente en el doble fondo de su maleta sus sextantes, cuadrículas, reglas, compases y el resto de artilugios de medición, repasaba mentalmente los acontecimientos inmediatos a su reunión con el cardenal Granvela y su lugarteniente Chalbaud.
Recordaba con cierta tristeza cómo había tenido que desprenderse de su anillo condal, una reliquia que había adornado las manos de cinco generaciones de condes de Cork, pero como le había dicho Chalbaud, «el anillo sería una prueba irrefutable de vuestra muerte de cara a los ingleses».
Su anillo viajó con Van der Hoos a Irlanda y aquella prueba y la solvencia del matador debieron convencer a Fitzwilliams, que pagó con mal disimulada satisfacción la recompensa.
Sin embargo, el flamenco no tuvo tiempo de sacarle provecho a aquel oro tan fácilmente ganado, ya que, tan sólo dos días más tarde, Van der Hoos se vio involucrado de manera estúpida en una pelea de taberna en Kellybergs y en la tumultuaria riña alguien le apuñaló por la espalda.
Aquel suceso, y otros que más tarde acaecieron, llevaron a Sean a comprender que ahora trabajaba para una organización absolutamente metódica en el desarrollo de sus planes y que sus superiores no eran partidarios, en ningún caso, de dejar cabos sueltos.
Recordaba también su viaje a la Corte de Madrid desde Santiago y los tres durísimos meses de entrenamiento en El Alcázar.
En Chalbaud encontró un maestro excepcional e inseparable. Su primera fase de instrucción se dedicó por completo al estudio de la Botánica, «debéis ser un doctor en Botánica con un mínimo de credibilidad», le decía el francés.
Fue instruido también en el manejo de códigos secretos, en cómo cifrarlos y descifrarlos en su correcta utilización y en las mil y una argucias para no ser descubierto por agentes enemigos, en la actitud y conducta para no levantar sospechas.
En tres meses, Chalbaud convirtió a Sean O´Leary en Fabián Auguste Roard, un estudioso botánico francés, enamorado de helechos, cortezas y raíces, desinteresado por las mujeres y parco en comidas y bebidas y de conversación corta y tediosa. Un tipo perfectamente aburrido que no despertaría el interés de nadie, especialmente de ningún inglés.
Se podía decir que Chalbaud se había sentido orgulloso de los resultados de aquellos tres meses de intenso trabajo y se mostraba especialmente satisfecho del lenguaje secreto que entre ambos habían desarrollado con las plantas.
Cada tres meses O´Leary mandaba muestras botánicas desecadas al Real Instituto Botánico de París. Obviamente los envíos nunca llegaban a su destino y una vez en manos de Chalbaud, éste los descifraba de acuerdo con el significado asignado a cada especie botánica recibida. Era un sello de seguridad añadido a los códigos convencionales y había sido de gran ayuda en más de una ocasión.
Todo aquello quedaba atrás, pensó O´Leary, y allí estaba él, recogiendo todas sus pertenencias terrenales en aquella humilde y solitaria cabaña en el corazón de la Isla de Wight. Él, que por derecho de sangre debía de ser quinto Conde de Cork y uno de los hombres más importantes de Irlanda dentro de unos meses, si esa era la voluntad de Dios.
Con sumo cuidado deshilachó las costuras de su jergón de lana y sacó el cartucho de piel de carnero que contenía en rollos todas las cartas de navegar que había elaborado en aquellos dieciocho meses.
Ni una sola de esas cartas había sido enviada antes a España por miedo a que el correo fuera interceptado, allí estaban todas, pulcramente ordenadas y enrolladas.
No era aquél un trabajo cartográfico convencional; aquellas cartas contenían detalles y singularidades de la costa y de los puertos ingleses que ninguna otra carta conocida descubría. Así mismo, O´Leary había enriquecido su trabajo con preciosas observaciones meteorológicas y estudios de corrientes, vientos y mareas. Aquellas cartas habían sido realizadas para permitir navegar a ciegas a una flota de más de cien naves por el Canal de la Mancha. Habían sido realizadas para permitir la invasión de Inglaterra con la precisión de una maquinaria de relojería.
O´Leary se sentía realmente satisfecho de su trabajo. Especialmente de los planos del canal y puerto de Plymouth. Chalbaud había insistido especialmente sobre aquel enclave inglés «Es la puerta del Canal y allí nos esperarán los ingleses», solía decir.
Y probablemente no se equivocaba. Plymouth albergaba todas las necesidades estratégicas que deseaba un buen marino para cerrar el Canal de La Mancha.
El puerto se encontraba en el interior de un canal largo y angosto, con traicioneros bajíos y bien protegido por baterías de costa. Razones todas ellas más que suficientes para hacer desistir de un ataque a cualquier almirante enemigo que estuviera en sus cabales.
Sin embargo, su rada interior era lo suficientemente grande como para refugiar a más de cien buques sin demasiados agobios para la maniobra.
Plymouth era por tanto el puerto ideal para agrupar a la flota inglesa y lanzarla al ataque en el caso de que una armada enemiga intentase una penetración por la parte occidental del Canal de la Mancha.
Y eso era exactamente lo que pretendían los españoles.
O´Leary había sido especialmente meticuloso en la elaboración de los planos y cartas del puerto inglés; en la descripción minuciosa de su canal, en la exacta localización de sus bajíos y baterías de costa, incluyendo el número de sus servidores y hasta los turnos de guardia.
El irlandés había realizado un trabajo cercano a la perfección y sabía que aquel material sería decisivo si todo ocurría como pronosticaba la Mesa de Guerra.
Dio una última ojeada a sus cartas, las ordenó metódicamente y volvió a enrollar todos los documentos para introducirlos de nuevo en el cartucho de piel. Los metió en su zurrón junto con un gran rollo de apergaminadas cartas, salvoconductos, cédulas y licencias que acreditaban al doctor Fabián Auguste Roard como director de la II Expedición Botánica Francesa para el Canal de la Mancha. Toda aquella documentación era en su mayor parte un impecable trabajo de falsificación. El resto de documentos había sido comprado a funcionarios de dudosa moral e insaciable bolsillo.
Cuando hubo terminado de ordenar su parco equipaje, se dirigió al rincón que hacía las veces de aseo y en su mugriento y roto espejo volvió a encararse con aquel rostro que después de dieciocho meses había empezado a aceptar como suyo.
Ahora, y merced a los tintes, su cabello era de un rubio canoso y había perdido su natural color cobrizo. Lo llevaba descuidadamente largo en contra de su costumbre de tenerlo siempre muy corto. Llevar el pelo corto era otra de las innumerables enseñanzas militares de su padre. «Un soldado de campaña no se baña mucho, bien es cierto que tampoco se baña el resto del año, por eso inventamos la guerra, hijo, para que nuestras mujeres no descubran la realidad del cerdo que llevamos dentro. No, ahora en serio Sean, el pelo corto te evitará los piojos en los campamentos y sobre todo evitará que alguien te rebane el cuello después de agarrarte por tus largos cabellos. Deja esa muerte para una mujer, tu eres un hombre».
Sean sonrió a su padre a través del espejo, si ahora pudiera verle con aquellos bigotes y con aquella ridícula perilla... En verdad su aspecto no era el de un joven de 26 años. Para completar su transformación en la mesilla, junto a su jergón, había unas gafas de gruesos cristales que solo usaba en público, y junto a la puerta descansaba un recio bastón de nogal con el que escenificaba su ficticia cojera.
En verdad que aquel que se miraba al espejo no era Sean O´Leary. Ni su querido padre, si aún viviese, hubiera sido capaz de reconocerle.
—¡Señor francés!
Sean dio un respingo ante el espejo a pesar de haber reconocido en aquel sonoro graznido la voz de mistress Daphne, su casera.
—¡Señor francés! —volvió a chillar— ¡Vuestro barco ha llegado, os esperan en el puerto!
Mistress Daphne era sorda como un enebro debido a una viruela tardía que había padecido a los catorce años. La enfermedad le había dejado como recuerdo una cara terriblemente picada y un sentido menos.
Daphne que disfrutaba de unos cuantos kilos de más y, siguiendo la tradición de las mejores gorditas, de una envidiable jovialidad y buen humor, regentaba el mejor puesto de pescado de la isla y era una excelente cocinera.
Cuando O´Leary llegó a Wight y ella se enteró de su condición de francés le abordó en la taberna donde preguntaba por alojamiento y amén de ofrecerle el techo que ahora poseía, le dijo: «Me han dicho que las golfas del otro lado del canal cocinan muy bien, pero os apuesto la venta de un mes de mi puesto de pescado contra vuestra perilla a que no habéis probado un besugo como el mío».
Esa misma noche, tras la cena que le ofreció Daphne, tuvo que reconocer con total honestidad que jamás había probado un besugo tan exquisitamente cocinado en su vida. Daphne satisfecha le perdonó la perilla y O´Leary disfrutó en aquellas cinco semanas de estancia en la isla, de la mejor dieta de su larga misión.
Es verdad que en aquel tiempo había llegado a sentir verdadero cariño por su oronda casera y se podía decir que mistress Daphne albergaba los mismos sentimientos hacia su huésped.
—Muchas gracias, madame Daphne, —dijo, reponiéndose del sobresalto— no os deberíais haber molestado en subir a avisarme. Me disponía a bajar al puerto en este momento —dijo mientras renqueaba hacia la mesilla en busca de sus anteojos.
—¡Cómo ibais a bajar vos solo con todo vuestro equipaje! ¡Ya os dije anoche que vendría a buscaros con Johnatan para ayudaros! ¡Además, he de cerrar la puerta y cerciorarme de que no os lleváis nada, viejo ladrón!
O´Leary sonrió, mientras se colocaba las gruesas gafas.
—Me temo que he sido descubierto, madame, en mi bolsón está la corona de vuestra reina Isabel.
—¡Maldito francés! —volvió a chillar Daphne— ¿¡Cómo se dice jodido francés en francés!?
—Sabéis que mi educación no me permite enseñar palabras gruesas a una dama como vos, ni aun en francés. Y os rogaría que bajarais el tono de voz madame Daphne, he de recordaros que la sordera la padecéis vos, no yo. ¿Seríais tan amable de pasarme mi bastón?
Daphne cogió el bastón y acercándose a él se lo dio en la mano.
—Voy a echaros de menos, doctor francés —los vivarachos ojos de Daphne parecían húmedos.
O´Leary le puso las dos manos sobre los hombros y le miró fijamente.
—Nosotros también, Daphne.
—¿Nosotros?
—Mi estómago y yo, Daphne.
Daphne rió y se abrazaron como buenos camaradas.
—¡Todos los hombres sois iguales, incluso los franceses! Cuánta razón tenía mi madre, que fue puta en Liverpool y de hombres lo sabía todo. Vamos os ayudaré a recoger vuestro equipaje —dijo Daphne, mientras se restregaba los ojos con disimulo.
O´Leary ayudó en lo que él entendía que podía permitir su falsa cojera a cargar a Johnnatan, el mulo de mistress Daphne. Su casera había bautizado así al animal en recuerdo de su difunto esposo que fue pescador hasta «que un mal día se fue a hacer compañía a las sirenas», como solía decir sin demasiado asomo de tristeza su viuda. De cualquier forma, comentarios malintencionados en el pueblo aseguraban que la sirena por la que se perdió Johnnatan tenía un par de bonitas piernas en vez de cola y vivía al otro lado del Canal.
Esto no parecía importarle demasiado ya que el juez de Wight le había declarado oficialmente muerto al año de su desaparición y por lo tanto Daphne estaba «viuda y bien viuda», como a ella le gustaba decir, y había rehecho su vida, si es que aquel acontecimiento alguna vez la había perturbado, sin mayores complicaciones.
La mañana aunque fría y húmeda, era ya definitivamente limpia y clara. Parecía como si el aire pudiera beberse.
—Un día muy hermoso, madame Daphne —observó O´Leary mientras la mujer daba la última vuelta de llave a la puerta de la cabaña.
—No os confiéis, esta tarde lloverá —sentenció la casera.
El grupo bajó lentamente por el angosto camino de tierra y piedra viva que llevaba al pueblo, siempre rodeados por la frondosa vegetación de la isla. Mientras descendían, Sean pudo disfrutar de su desayuno favorito. Daphne le había traído, cuidadosamente envueltos en una gamuza, panecillos calientes rellenos de pastel de carne y una cantimplora de vino dulce.
Tras una hora de agradable paseo, entre bromas y chascarrillos de Daphne, llegaron por fin al paseo del puerto. Los pescadores hacía tiempo que habían descargado y subastado la pesca y ahora se dedicaban con la ayuda de algunas mujeres a limpiar y repasar las redes para la salida de la noche.
—¡Ahí está el hombre que preguntaba por vos! —Daphne volvió a chillar y señaló con el brazo extendido la alta y oscura figura de un caballero que se encontraba a unos veinte metros de ellos, dándoles la espalda. A pesar de la distancia el hombre oyó el grito de la mujer y se volvió. Además de buen oído debía ser un gran fisonomista porque pudo reconocer a O´Leary y en su rostro se dibujo una amplia y blanquísima sonrisa.
Sean también sonrió a Chalbaud. Habían pasado dieciocho meses desde el día en que se despidieron en el puerto de Fuenterrabía, antes de embarcar rumbo al Canal.
Chalbaud se les acercó a grandes zancadas.
—Mi querido Fabián —exclamó Chalbaud en su lengua materna mientras le abrazaba y le besaba en las dos mejillas, según la costumbre francesa.
—Es un placer volver a veros doctor Ricard, quiero presentaros a madame Daphne, mi casera, mi guía y mi cocinera durante estas dos últimas semanas. No sé si es una mujer o un ángel.
—Enchanté, madame —Chalbaud hizo una cuidada reverencia mientras besaba la mano de la mujer.
Las mejillas de Daphne se arrebolaron súbitamente y sus ojos comenzaron a brillar chispeantes.
—No le hagáis caso, caballero doctor francés, es un viejo loco. ¡No os embarquéis sin recoger algo que quiero daros!
Y sin decir más la alterada Daphne salió corriendo.
—Tenéis un aspecto encantador O´Leary, apenas he podido reconoceros —le dijo Chalbaud mientras observaba divertido la carrera de la mujer— ¿Quién sedujo a quién?
Sean rió la ocurrencia de su camarada.
—Es una gran mujer, no quiero que sufra ningún daño si desembarcamos en Wight.
—Tenéis mi palabra —dijo Chalbaud sonriente, mientras hacía una seña con la mano a dos hombres que hasta el momento habían guardado una prudente distancia con el grupo y que al verle comenzaron a descargar los bultos de la caballería.
—¿Vuestro trabajo? —preguntó mirando a los bolsones que ahora descargaban sus hombres del mulo.
—En mi zurrón, a mi espalda. No suelo separarme mucho tiempo de él —contesto Sean.
—Una sabia medida, amigo mío —dijo Chalbaud, mientras le cogía fraternalmente del brazo y se ponían en marcha siguiendo a los hombres cargados con el equipaje. Sean pudo ver con el rabillo del ojo como un tercero se situaba a sus espaldas. Su maestro siempre trabajaba seguro.
—Y decidme, ¿cómo ha ido todo mi querido colega? —preguntó Chalbaud.
—A veces creo que excepcionalmente bien, pero me sentí vigilado cuando trabajaba en la costa oriental de Kent, en la desembocadura del Támesis.
Chalbaud sonrió. Allí fue descubierto por los ingleses el anterior agente encargado de la misma misión que O´Leary. La Mesa de Guerra nunca consideró oportuno informar de este detalle al nuevo agente.
—Probablemente os han seguido rutinariamente los hombres de Edward White, el perro de presa de Walshingham, responsable de seguridad de la Reina. Desde el pasado verano los rumores de invasión se han disparado y los ingleses están muy nerviosos. Me imagino que pese a ello pudisteis hacer un buen trabajo en Kent.
Para Chalbaud, como para la Mesa de Guerra del Emperador, la costa oriental de Kent era otro de los puntos estratégicos de la operación, ya que en aquel lugar de la costa inglesa situaría Alejandro Farnesio, Duque de Parma, su cabeza de playa para desembarcar el Cuerpo de Expediciones de Inglaterra compuesto por veinte mil hombres.
—No os preocupéis Chalbaud, me imagino que pasaremos muchas horas estudiando mis documentos. Contadme noticias de España, llevo fuera demasiado tiempo.
—Hay noticias malas y buenas. Las malas son que Santa Cruz murió en febrero. Las buenas, que la operación continúa.
O´Leary sintió un estremecimiento. Don Alvaro de Bazán era el almirante encargado de llevar el mando de la Gran Armada y probablemente el único marino capaz de conducir a buen puerto una aventura como aquella.
—¿Por qué no he sido informado? ¿Quién le ha sustituido? —sus preguntas fueron secas.
—A veces no es todo tan fácil como coger un caballo y venir a veros, O´Leary. Han sido momentos muy complicados. Le sustituye don Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia. El es nuestro nuevo Capitán General de la Mar Océana.
—¿Quién coño es ese Medina Sidonia?
Sean empezaba a enrojecer de ira. Por todos los diablos, había estado durante dieciocho meses jugándose la vida y ahora la Gran Armada estaba en manos de alguien cuyo nombre no había oído jamás en las reuniones de estrategia, donde se repasaban una y otra vez los apellidos de los más ilustres marinos de guerra en activo españoles.
—Veo que seguís enriqueciendo vuestro lenguaje O´Leary, pero he de advertiros que no es el momento ni la forma de abordar este asunto. Aunque hayáis estado dieciocho meses trabajando solo, no debéis olvidar que sois un agente de la Mesa.
—Mi misión ha terminado —dijo abruptamente.
Chalbaud se detuvo, clavó en el sus ojos de acero y le dijo pausadamente mientras sonreía:
—Con la Mesa no se termina nunca, mi joven amigo. Más vale que no olvidéis esto jamás, y os irá espléndidamente en la vida.
Los dos hombres quedaron frente a frente por unos segundos. Chalbaud tenía la rara facultad de sumirle en la más absoluta confusión cuando se lo proponía. Había estado engañándose todo este tiempo. En el fondo de su alma sabía que había firmado un contrato de por vida aquel día en Santiago de Compostela. Al diablo, tal vez no fuera tan malo, ¿por qué no?, tal vez le fuera espléndidamente en la vida. Además por el momento no había elección.
Sean rompió la tensión con una sonrisa.
Chalbaud le puso la mano encima del hombro.
—Sabía que lo entenderíais —le dijo mirándole a los ojos y por primera vez O´Leary creyó detectar cierto calor humano en ellos.
Los dos hombres siguieron andando hasta alcanzar una larga escalinata de piedras que les llevaba por el costado del dique hasta el nivel del agua. Allí les esperaba una barcaza lista para embarcarles. En la bocana del puerto Sean pudo distinguir una rápida zabra con bandera francesa que con buena navegación les haría llegar a España en un par de días.
—¡Francés, no os habéis ido y ya os habéis olvidado de mí!
Daphne chillaba desde lo alto de las escaleras mientras sostenía con las dos manos una gran bolsa de tela de arpillera que chorreaba agua.
O´Leary subió las escaleras lo más rápidamente que le permitió su cojera.
Daphne sonreía radiante.
—Es el mejor besugo que han pescado esta madrugada, francés, espero que el cocinero de vuestro barco no lo destroce demasiado —le dijo mientras le ponía entre sus manos el chorreante saco.
—Madame Daphne, no os olvidaré jamás. Tal vez dentro de unos meses unos buenos amigos llegarán a esta isla. Tened por seguro que preguntarán por vos esperando hallar la hospitalidad, el calor y la amistad que me ofrecisteis a mi.
Y Sean O´Leary le besó con verdadero cariño, se quitó el sombrero ante ella y le hizo una elegante reverencia de despedida.
—¡Vamos Fabián, hay mucha gente en París deseando ver el resultado de vuestros trabajos, dejad a la dama y embarquemos! —Le gritó Chalbaud, puesto de pie en la barcaza.
Daphne tenía las manos en sus enrojecidas mejillas e intentaba contener la mezcla de emoción y tristeza que le producía la marcha del caballero francés, probablemente el único caballero que había conocido en su vida. Era distinto a todos los hombres con los que había tratado. Era amable y educado, tan educado que ni una sola vez le había visto escupir en el suelo, ni le había oído blasfemar. Alababa sus comidas y se interesaba por sus cosas, todos los días le preguntaba por su tareas cotidianas, por cómo había vendido el pescado o por si había conseguido especias para un nuevo plato. Incluso le había regalado un precioso dibujo de una hermosa planta llena de flores, cuyo nombre había olvidado porque era en latín. Daphne le había llegado a coger verdadero cariño y ella tampoco le olvidaría.
—Vuestros..., vuestros amigos ¿Serán doctores como vos? —le preguntó por fin Daphne con los ojos brillantes mientras intentaba contener el llanto.
—Tan doctores como yo, mi querida Daphne, tenedlo por seguro.
Y su cara se iluminó con una sonrisa pícara, una sonrisa que la mujer no le había visto nunca antes, y su rostro, por unos segundos, pareció el de un hombre mucho más joven que el del doctor Fabián Auguste Roard, director de la II Expedición Botánica Francesa por el Canal de la Mancha.
TORRE DE LONDRES. EN LOS PRIMEROS DÍAS DE ABRIL DE 1.588
Drake pidió ron. No le gustaba en exceso aquella bebida pero sabía que con su gesto molestaría al resto de los envarados caballeros que le acompañaban en aquella reunión. Y eso le divertía.
Alrededor de la gran mesa de raíz de nogal se encontraban sentados junto a Francis Drake, Lord Howard de Effingham, Lord Henry Seymour, John Hawkins y Winter. La cabecera estaba presidida por la soberana de Inglaterra, la reina Isabel I y a su derecha estaba sentado el consejero Edward White.
—Quizá he hablado demasiado y estoy seco —dijo a modo de excusa Drake y, sin dar tiempo al camarero a servirle la copa de ron, la cogió de la bandeja y la vació de un solo trago.
—Se ha servido agua a la mesa, capitán —dijo cortante Howard.
—Un buen marino solo bebe agua cuando se ahoga, Lord Almirante Howard —espetó Drake sin mirarle y jugando con el pequeño vaso de cristal de roca.
Hawkins no pudo contener su risa y Howard no pudo contener su ira. Drake llevaba más de una hora aguijoneándole, se levantó como un resorte y dirigiéndose a él con el rostro enrojecido, le gritó:
—¡Vuestros modales de corsario no son de recibo ante nuestra soberana y...!
—¡Lord Howard, yo decidiré lo que es o no de recibo en esta Corte!
La Reina cortó el estallido de ira de Howard con un tremendo puñetazo sobre la mesa. La enorme sala quedó en absoluto silencio.
—Y ahora, Francis Drake, —continuó la Reina—quizás queráis hacernos un resumen de vuestra propuesta, aún a riesgo de secaros del todo.
La Reina le miraba fijamente y Drake supo que el juego había acabado. Al menos de momento.
—Será un placer, Majestad —dijo con la mejor de sus sonrisas mientras se levantaba y comenzaba a pasear alrededor de la mesa.
—Tal como yo veo la cosas —comenzó Drake— si hay esa concentración de naves en Lisboa de la que nos ha informado White, podemos estar seguros de que este año, como muy tarde entre el verano y el otoño, los españoles intentarán el ataque a Inglaterra.
Todos seguían con atención el discurso de Drake que, haciendo una estudiada pausa, se situó detrás de la silla de la Reina.
—Si, por otra parte, tenemos en cuenta que Parma está concentrando tropas en Flandes y requisando naves para su embarque, podemos decir que comenzamos a tener un calendario apretado, caballeros.
—¿Cuántos soldados tiene ahora el Duque de Parma, Edward? —preguntó la Reina.
—Los últimos informes hablan de una concentración de sesenta mil hombres, Majestad. Por supuesto Parma no embarcará a todos, estimamos en unos veinte mil ó treinta mil los hombres que formarán el cuerpo expedicionario contra Inglaterra. El Duque dispone ahora mismo de casi un centenar de naves y se están construyendo a marchas forzadas barcazas de transporte de tropas y de desembarco —informó White.
—Veinte mil hombres serían suficientes para consolidar una cabeza de playa —señaló Seymour.
—Si Parma logra desembarcar veinte mil hombres en nuestras costas, en seis horas tendremos las calles de Londres llenas de españoles, y no vendrían precisamente a comprar paño holandés, mi querido Seymour —apostilló Drake.
—¿Puede cruzar la flota de Parma el Canal? —preguntó la Reina.
—No. Y ahí radica todo su problema y nuestra ventaja —contestó White—. La flota de Parma solo dispone en la actualidad de diecisiete buques de guerra, insuficientes para intentar romper el bloqueo naval al que le tiene sometido la flota de los Nassau.
—No veo un número tan insuficiente de barcos de guerra. Yo intentaría romper ese bloqueo —dijo Hawkins.
—Por fortuna os encontráis en nuestro bando, John Hawkins —intervino de nuevo Drake— pero estáis en lo cierto, en una situación muy forzada Parma podría arriesgarse a romper el bloqueo con sus actuales efectivos. Y es posible que tuviera éxito. Por esto deberíamos poner en marcha lo antes posible mi plan.
—Estamos deseosos de conocerlo, Drake —le urgió la Reina.
El corsario respiró hondo.
—Vuestra Majestad debería ordenar la movilización total de todos los buques disponibles en las Islas y formar una gran Armada capaz de parar a los españoles. Esa gran flota se dividiría en dos grupos; una armada se situaría frente a las costas de Flesinga, formando una segunda línea detrás de la flota de los Nassau, eso dejaría definitivamente neutralizado y sin capacidad de maniobra por mar al Duque de Parma. El otro grupo con el grueso de los efectivos, guardaría la entrada occidental del Canal. Plymouth sería un puerto perfecto para esta misión. Pero si me lo permitís, Majestad, yo iría más lejos, lanzaría esta escuadra contra los españoles ahora, antes que ellos puedan atacarnos.
—No sé si vais muy lejos, Drake, lo que es seguro es que vais muy rápido —dijo pausadamente la Reina.
—Mi Señora, si somos capaces de reaccionar rápidamente, podríamos acabar con la Armada Española en el mismo puerto de Lisboa y reponer en el trono de Portugal al pretendiente Antonio, daríamos un golpe mortal a la corona española, imaginaos la desestabilización...
—Mi imaginación no galopa al ritmo de la vuestra, Drake, y por hoy he imaginado bastante —le cortó la Reina—. Vuestro plan será estudiado detenidamente esta misma noche. Mañana por la mañana tendréis una contestación de la que serán informados todos lo presentes. La reunión ha terminado —dijo poniéndose en pie.
Todos se levantaron y saludaron, inclinando la cabeza ante la Reina.
—Lleváis un traje magnífico Majestad. Aún realza más vuestra belleza —se atrevió a decir a modo de galante cumplido Drake, antes de que la soberana abandonara la sala.
—Guardaos vuestras lisonjas para las furcias de los muelles Drake y tomaos una copa de ron con Howard —dijo la Reina sin ni siquiera mirarle.
Todos rieron la respuesta de la regenta, todos menos Lord Howard que volvía a estar rojo de ira.
—Algún día alguien os cortará la lengua Drake —le susurró al oído Hawkins.
—Entonces aprenderé a hablar con el estómago, mi querido John —le respondió mientras le cogía amigablemente del brazo—. ¿Sabéis? En Tortuga conocí a un tipo, un portugués al que le habían cortado la lengua y había aprendido a hablar con el estómago.
Hawkins volvió a reír la ocurrencia de Drake.
—¡De veras! —intentó aseverar el pirata mientras también reía.
La Reina entró en su cámara y, antes de despedir a su camarera, ordenó llamar a Edward White.
Isabel se recostó en un gran sillón lleno de almohadones frente a la gran chimenea. Cerró los ojos mientras se adormecía por el agradable calor que desprendía el hogar y se relajó profundamente oyendo el crepitar del fuego.
Se sentía verdaderamente bien en la Torre. Isabel siempre había sentido fascinación por la vieja fortaleza y por lo que ella representaba. Aquella molicie de piedras grisáceas y frías encarnaban el poder absoluto de la Corona de Inglaterra sobre sus súbditos. Allí se les privaba de libertad, se les sometía a tormento y, si era necesario, se les arrancaba la vida.
Sin embargo, desde la ejecución de María, la Reina había distanciado sus visitas a la Torre. Seguía aún luchando contra su mala conciencia, seguía luchando contra lo que le gritó el corazón y contra lo que le dictó su mente. Pero ahora, como tantas otras veces, como lo haría el resto de su vida, había decidido enfrentarse a los fantasmas y acababa de reunirse con sus mejores caballeros en la Torre.
Y no había sido una reunión rutinaria. Los rumores sobre la invasión estaban en su punto más álgido y la Corona debía dar una respuesta contundente a los mismos antes de que se desatara la histeria en todo el país.
Alguien llamó con los nudillos en la puerta.
—Pasad, mi querido White —dijo la Reina sin apartar los ojos del fuego que parecía haberle hipnotizado.
—Majestad, me habéis mandado llamar —Edward White parecía una estatua en el umbral de la puerta. La sola presencia de la Reina le turbaba y estar a solas con ella era un placer y un privilegio que raramente podía permitirse.
—Acercaos y poneos junto a mí, aquí junto al fuego, mi querido Edward.
El consejero se sentó en un taburete junto a la Reina. Confió en que la soberana no notara su incontrolable rigidez.
Isabel advirtió la turbación de White. Desde que tenía quince años sabía que producía aquellas reacciones entre los varones. A pesar de los años transcurridos, todavía conservaba su magia. Era una sensación placentera, casi sensual, y le hacía sentirse muy segura en un mundo de hombres.
—¿Cuántos barcos podemos movilizar, Edward?
White sonrió imperceptiblemente y comenzó a relajarse sin pretenderlo. El plan de Drake había hecho mella en la Reina.
—La corona dispone en este momento de treinta y cuatro buques de guerra y cálculo que, en el plazo de dos o tres semanas, podríamos movilizar unos doscientos barcos de propiedad privada.
—¡Dios mío, White, tan sólo treinta y cuatro buques de guerra! No sabía que fuéramos tan pobres...
—Las cifras son engañosas Majestad. Debéis pensar que desde que tuvisteis el acierto de legalizar el corso muchos empresarios privados han armado barcos para el desarrollo de esta legítima actividad mercantil. En realidad, de esos dos centenares de buques particulares, más de la mitad están preparados para llevar a cabo acciones corsarias. Por decirlo de otra manera, Señora, son barcos de guerra.
Isabel sonrió abiertamente y miró a su consejero.
—Dios bendiga el espíritu de libre empresa White. Decidme ¿cuántos barcos serán capaces de mandarnos los españoles?
—El Emperador quiere precipitar los acontecimientos y atacar Inglaterra antes de que llegue el otoño y el mal tiempo. En ese plazo no podrá reunir más de un centenar de naves. Ciento treinta a lo sumo.
—A lo que habría que añadir la flota que pueda reunir Parma.
—Por el momento bloqueada en Flesinga, Majestad.
—Sí, por el momento —Isabel hizo una larga pausa. White contuvo la respiración mientras esperaba la siguiente pregunta.
—¿Qué os ha parecido el plan de Drake?
Allí estaba. El Plan de Drake, el plan que era suyo y que le había ido filtrando poco a poco al corsario hasta que este lo aceptó como propio. Pero a él no le importaba perder su paternidad, además hubiera sido poco creíble puesto en su boca, él no era marino ni estratega. Sabía que Drake podría convencer a Isabel y con ello cumpliría de nuevo su sueño, salvar por segunda vez a su país y a la mujer que adoraba, su Reina.
—En mi opinión, Majestad —carraspeó White e intentó parecer solemne—, Drake ha realizado una brillante exposición de los hechos. Su planificación de nuestra posible respuesta, además de practicable, me parece muy afortunada.
—¿Os cae bien ese bastardo, verdad? —le preguntó la Reina mirándole a los ojos.
—El capitán Drake es un hombre notable y muy particular y si he de seros sincero Majestad, sí, me cae bien ese bastardo.
La Reina rió de buena gana y White se contagió de su risa regocijándose tanto por su atrevimiento como por haber hecho reír a su soberana.
—¡Maldito seáis, White! —dijo todavía riendo—. He tenido una gran suerte con vos. Hace dos años me salvasteis la vida y desde entonces habéis sido mi más fiel y valioso consejero. No sé si algún día podré pagaros todo lo que hacéis por mí.
Mientras decía esto, la Reina le cogió la mano y la puso entre las suyas.
Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.
—No hay mejor moneda que vuestra consideración, Majestad. Es para mí un orgullo poder serviros y protegeros.
Sus palabras sonaron increíblemente sinceras. Isabel le regaló una cálida sonrisa y dejó libres sus manos. Edward estaba recibiendo demasiadas emociones.
—No me habéis hablado del nuevo comandante de la Armada Española.
—Como os informé hace unas semanas, Santa Cruz falleció por causas naturales, el nueve de febrero pasado. Un marino muy capacitado y con gran experiencia naval. Su continuidad en el mando de la Armada nos hubiera ocasionado graves problemas.
La búsqueda de un sustituto ha sido muy precipitada y confío en que el soberano español haya errado completamente su decisión. Tenemos confirmado que el nuevo Comandante es Don Alfonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia y Grande de España. Un perfecto desconocido para nuestros expertos y sin ninguna experiencia en combate naval .
—Quiero una lista completa de todos sus capitanes y el historial de cada uno de ellos.
—La tendréis de inmediato, Majestad.
—Por nuestra parte dividiremos nuestra flota en dos armadas. Howard, Drake y Hawkins estarán al mando de la Armada Occidental, la más poderosa y con base en Plymouth. Howard será el almirante de esa flota, Drake y Hawkins vicealmirantes, pero su mando será colegiado. Al frente de la Armada Oriental estarán Seymour y Winter. Seymour como almirante y Winter como vicealmirante. Se situarán en segunda línea tras la flota de los Nassau. Quiero firmar cuanto antes ese decreto de movilización, Edward —le dijo mirándole directamente a los ojos.
White había grabado en su prodigiosa memoria hasta la más sutil inflexión del discurso de la Reina. Era profundamente feliz.
—Perfectamente, Majestad. Si no tenéis nada más que ordenar me gustaría retirarme para comenzar a redactar toda la documentación necesaria. La tendréis a la firma a la hora de vuestro desayuno, permitidme que os pida que descanséis.
—Gracias Edward. Me gustaría pediros lo mismo, pero me temo que esta noche no os será posible. También quiero que mañana a primera hora esté ante mí don Antonio, el pretendiente portugués, tenemos noticias que le alegrarán sin duda.
—¿Informo también a vuestro Consejo Privado, Majestad? —preguntó intencionadamente White.
—Sí. Pero mañana a última hora de la tarde... No, mejor por la noche. No quiero oír las protestas de Walshingham hasta pasado mañana, cuando todo esté en marcha.
—Se hará todo como ordenáis, Majestad.
White se levantó hizo una respetuosa inclinación y se dirigió hacia la puerta.
—Edward.
White se paró en seco frente a la puerta y se volvió hacia la Reina.
—¿Sí, Majestad?
La Reina le daba la espalda y pareció mirar fijamente al fuego.
—¿Estamos haciendo todo correctamente?
—Estoy seguro Majestad. El día que avistemos velas españolas en el Canal, Inglaterra estará preparada para tener un día de gloria.
AMBERES. EN LOS PRIMEROS DÍAS DE MAYO DE 1.588
Chalbaud llevaba tres cuartos de hora esperando ser recibido por el Duque de Parma, pero al enviado especial del Emperador no parecía importarle demasiado. Sabía que en la espera no había descortesía por parte de Farnesio. Su secretario particular había salido ya un par de veces del despacho del gobernador para pedirle disculpas en su nombre, «asuntos de Estado inesperados han surgido esta mañana, su excelencia os ruega que sepáis disculpar esta espera, la entrevista tendrá lugar lo antes posible», había dicho mecánicamente aquel hombrecillo con aspecto de mochuelo.
Por otro lado, el retraso le había permitido relajarse por primera vez en muchos días. Sentado en aquel mullido butacón repasaba lo que había sido su vida en las últimas semanas. Desde que había recogido a O´Leary en Whight su actividad había sido frenética. Había estado en Madrid ordenando y estudiando toda la información y documentación aportada por el irlandés, un trabajo soberbio; a continuación había viajado a Lisboa para entregar en persona copias de las cartas marinas al nuevo almirante de la Armada, el Duque de Medina Sidonia. Ese mismo día había partido hacia La Coruña para realizar la supervisión de los ejercicios que allí realizaban las tropas especiales de la Mesa de Guerra. Aquellos hombres acompañarían en su momento al convoy hacia Inglaterra y su participación sería decisiva para el éxito de la empresa. Tras su corta estancia en tierras gallegas había partido hacia Amberes, en un viaje de tan solo tres jornadas; «Unas semanas muy ajetreadas», pensó Chalbaud, mientras intentaba poner su mente en blanco al tiempo que se rebullía en su confortable asiento. Dentro de unos instantes iba tener una entrevista con el eslabón más importante y menos controlable de toda la operación, Alejandro de Farnesio; de aquel hombre dependía el desembarco de tropas, de aquel hombre dependía el éxito final de la Empresa de Inglaterra.