Excerpt for El Guerrero Alado by Antonio Mon Morales, available in its entirety at Smashwords


Antonio Mon Morales



Primer volumen del ciclo “El Heredero del Cielo”























EL GUERRERO ALADO










El Guerrero Alado es la culminación de más de cinco años de sueños. Comencé a escribirlo con la tierna edad de diecisiete años, a pesar de los decepcionantes comentarios de cuanta persona me atrevía a confesarle mi sueño. De ésta parte de mi vida, tengo que dar las gracias a mi madre, Alicia. Ella siempre me apoyó, por muy mal que sonara lo que leía o por muy decepcionante que fuera el resto de mi vida. Mamá, gracias por apoyarme, por inculcarme el amor a la palabra escrita y por hacer de mí el hombre que soy ahora. No me recrearé más en ti, sabes lo que pienso y nunca lo olvidaré.

Junto con ella, debo agradecer a Christian su apoyo. Juntos comenzamos en el mundo de la escritura, aprendiendo el uno del otro, siempre ayudándonos para poder continuar nuestro sueño. Espero que el hecho de que yo lo consiguiera le ayude a continuar con su novela. Gracias Christian, gracias por ser el amigo que siempre he necesitado. Mucha distancia no separa, pero nunca estaremos separados.

Mi hermana Adriana nunca confió en que pudiese llegar a editar el libro, pero no por mi relato. Ella nunca creyó que me llegasen a dar la posibilidad de que la gente leyera mi obra, pero por suerte, se equivocó. Muchas veces me ha ayudado a continuar con una simple palabra de apoyo de sus labios, que dada su infrecuencia, cobraba real valor al ser pronunciada. Ella confió en mí, y por ello le doy las gracias también.

Comencé a escribir entonces, muy lentamente. Mi cabeza aún no estaba desarrollada lo suficiente para poder transmitir las imágenes que se formaban en mi mente. Como siempre, los primeros pasos fueron torpes y lentos, pero nunca dejé de continuar adelante.

El Guerrero Alado se formó gracias a una simple imagen en mi cabeza. Tumbado en mi cama cuando no era más que un crío, soñé como un hombre estallaba de rabia, transformándose ésta en las alas que caracterizan a mis personajes. Tal vez fueran las ansias de libertad con las que soñaba, o el deseo de ser feliz que se materializaba en estas páginas, pero esa imagen nunca desapareció de mi cabeza, y espero de corazón que jamás lo haga. Desde entonces el libro ha cambiado mucho, tanto en formas de expresión, que cambiaron a medida que yo me hacía mayor, como en estilo y visión.

Lo que jamás cambió fue su argumento. Desde el principio supe qué era lo que quería contar. La historia se fue forjando lentamente hasta que un suceso aconteció en mi vida, uno que siempre recordaré y que he introducido en éste primer volumen de la saga de El Heredero del Cielo. Las circunstancias forzadas de mi vida, lo errores cometidos y los pesares vividos están grabados dentro de mí, por lo que era normal que los reflejara en éstas páginas.

La historia avanzaba despacio, sin duda por los pesares de mi vida, en los que no me recrearé. En tres años no había logrado escribir ni una quinta parte del volumen. Pero entonces conocí a una mujer que me hizo muy feliz durante otros casi tres años de mi vida. Junto a ella, y gracias a sus esperanzas y apoyo, logré centrarme en la historia, siempre con el tiempo que me dejaba el trabajo y los estudios. Tuvimos una vida feliz en común, pero como todo lo bueno, se acabó. Gracias por tu apoyo, Aroa. Ojalá que seas muy feliz en tu vida, y espero que los errores del pasado no te traigan factura en el futuro. Sólo te diré gracias y buena suerte. Tú también tienes un personaje en el libro, como bien sabes.

No es una coincidencia que esconda los nombres de los personajes de mis conocidos y amigos. Sus actitudes y personalidades se pueden ver reflejadas en muchas páginas del libro, por lo que si el lector no conoce la historia que los causó, puede llegar a concebirlos de una forma que no deseo. Cada uno de vosotros estáis en mi mayor proyecto personal, por lo que sabréis que no os he olvidado. La distancia será grande, pero el recuerdo más.

Aún recuerdo aquellas noches de verano en las que jugabais a marearme la historia que tenía en la cabeza, y no olvidaré jamás vuestra pasión por la vida, aún tan ajena a mí. Álvaro, Nadia, Rober, Nuria, Adriana, Ángel Luis, Saray… estáis ahí, aunque yo no esté. Para cada uno tengo un recuerdo positivo.

El libro estaba casi concluido. Entonces decidí cambiar de vida y me mudé de la tierra asturiana que tanto adoro, para acabar en la otra punta de España. Allí conocí gente maravillosa que me apoyó desde un principio, todos ellos expectantes de poder tener entre sus manos este volumen. Allí pude conocer por fin a mi hermana mayor, Mónica. Siempre hemos sido muy diferentes y nuestras personalidades chocaban a menudo, pero el cariño siempre fue superior, dejando esas confrontaciones en sucesos irrelevantes para mi vida. Muchas veces me ha ayudado con sus consejos y protección.

Ella me educó cuando no era más que un niño, y ahora al fin puedo ver lo importante de sus acciones. Sin ella, tal vez no hubiese sido capaz de intentar mejorarme a mí mismo, en un intento fallido de parecerme a ella. Te doy las gracias, Mónica. Tú también has logrado hacer de mí el hombre que soy ahora y nunca lo olvidaré.

Varias personas ya no me acompañan, siendo esto para mí una desgracia terrible. Cuando no tenía más de diez años, mi padre, Antonio Mon Trabadelo, falleció. Tal suceso me hizo madurar demasiado pronto, apartando de mí el chico que debería haber sido. Cada día le recuerdo y añoro, siempre deseando que tal desenlace jamás hubiese acontecido, pero desafortunadamente, no podrá ser. Nunca olvidaré sus palabras de consejo que están grabadas en mi mente por encima de cualquier cosa, el amor por su familia y su carácter poderoso y a la vez tierno. Gracias papá, tanto por darme la vida como por ser enseñarme lo que es amar con el corazón. Jamás te olvidaré.

Desde entonces busqué una figura paterna en la que guiarme, aunque fuera de manera inconsciente, y conocí a Senén. Su pasión por la vida, su deseo de vivir y sus ansias de disfrutar de algo tan ajeno a mí como los sentimientos por aquél entonces, se marcaron en mi alma también. Desapareció sin remisión antes de que pudiese decirle cuánto me había marcado su carácter. Y siempre lo lamentaré. El mundo no está hecho para estos hombres tan buenos, y por eso me repugna tantos días. Has sido como un padre para mi, Álvarez, y tampoco lo olvidaré. Espero que haya un mundo o un lugar en el que nos encontremos de nuevo.

Tras arduas correcciones necesarias en la novela y muchas más en mi vida, El Guerrero Alado está terminado. Espero que disfrutéis de él tanto como yo lo hice escribiéndolo.

Mi último agradecimiento es para ti, lector, que compartes una pequeña parte de tu vida conmigo leyendo estas páginas. Nada me puede hacer más feliz que saber que, al menos temporalmente, he logrado distraerte de las luchas de una vida cruel, para compartir contigo una pequeña parte de la mía.

Como todos los que leéis este volumen sabréis, soy un hombre sentimental. Y lo reconozco orgulloso. Quien no obedece a su corazón, siempre estará dividido.

Pero quien ama de verdad, también.



Verla una vez más…









































La voluntad es el arma más poderosa, el amor es el mayor poder, pero la fuerza de la voluntad para volver a amar, es insondable.

No me lloréis por haber amado y perdido, compadeceros por no haberlo sentido.





Se limpió las lágrimas que le bañaban los ojos y al fin pudo ver su destino. Abrió las alas y se lanzó hacia él.






















PRÓLOGO



Mi señor, los hombres están nerviosos- una figura encapuchada se volvió hacia su interlocutor. Observando un pequeño mapa garabateado sobre una tosca mesa, Klauss tardó varios minutos en volverse hacia el invitado- son estas montañas... se respira un halo de maldad.

El general no estaba dispuesto a permitir que los hombres se revelasen frente a aquél temor infantil, y trató de asustar al enviado. Tal vez si él retrocedía y asumía su papel, el resto de hombres le siguiesen.

Ambos hombres se desafiaron con la mirada.

- Te lo aseguro señor… no me mires así, soy un elfo y pocos saben más que nosotros sobre estas cosas- el enviado apartó la capucha que le cubría la cara para dar más énfasis a sus palabras, dejando al descubierto una pálida tez y unas orejas puntiagudas. El general tuvo que darle la razón finalmente, pues hasta él se sentía extraño entre aquellos parajes. Hombre duro, terco y ágil en la batalla, se encogía dentro de su ser con sólo nombrar a la magia. Para él, lo que no se podía ver, tocar u oír no existía.

- Tienes razón, Nasit, yo también lo noto, pero el rey ha sido muy claro- suspiró entristecido mientras volvía a mirar el mapa- tenemos que encontrar a quién está provocando el caos y éste es el único lugar dónde pueden estar ya. No tienen otro dónde esconderse, ya lo hemos registrado todo. Acércate- ordenó mientras señalaba la mesa- cada línea de estas rojas- el general señaló cada una de ellas- registra el camino seguido por los Ashgar.

Nasit se fijó en cada garabato del maltrecho mapa. Repleto de dibujos, conjeturas y líneas de varios colores, el plano amenazaba con colapsarse.

- ¿Ves el patrón que siguen?- preguntó. Nasit era un ser muy inteligente, y el general lo sabía. A pesar de su raza, sus consejos siempre eran tenidos en cuenta pues conocía sus habilidades.

- Parecen surgir del túnel de Zimbu'el…- indicó tras varios segundos de escrutinio.

- En efecto, ¿sabes por qué se llama así a este lugar?- Nasit negó con la cabeza- los enanos excavaron aquí una de las mayores ciudades que existieron en todo Ergasth. Se decía que un hombre podía comenzar a caminar por ellas al nacer y moriría sin pasar dos veces por el mismo sitio. Pero no es por eso ese nombre- el semblante del general Klauss se volvió pálido al recordar aquella historia.

- ¿A qué se debe, general?

- En el lenguaje enano, Zimbu significa miedo… y el apóstrofe ´el quiere decir oculto. Vivian más de un millón de enanos en esta ciudad, pero encontraron algo tan terrorífico enterrado entre las entrañas de la tierra que tuvieron que irse de aquí. Tomaron la decisión en una sola noche…

Nasit quedó sin palabras.

- Coge a tus tres mejores hombres- Klauss no deseaba continuar pensando en sus temores y decidió continuar con las órdenes. Con voluntad, era más fácil seguir adelante- humanos o elfos, y sígueme.

- Sí, señor- con una reverencia se alejó de su general.

Con paso grave, el segundo de Klauss se apresuró a llamar a sus tres mejores hombres, dos humanos y un semielfo. Tras introducirse en su ajada tienda para las expediciones, ordenó a sus hombres que lo siguieran y les dio las últimas instrucciones.

- Todos presentimos el peligro que encarna este lugar, así que no me andaré con rodeos. Tenemos una misión que cumplir- se volvió hacia el semielfo y le lanzó una mirada de complicidad- vosotros dos, adelantaos junto al general.

Rápidamente salieron de la tienda en pos de Nasit. Visiblemente asustados por su alrededor, parecieron vacilar al mirar hacia la entrada de piedra que daba a la ciudad abandonada de los enanos. Seres extraordinariamente longevos, despreciaban los cambios. Se decía que a un enano no le moverías de su casa si no estaba muerto; si un millón de ellos habían huido de allí, lo que debieron encontrar no cabía en imaginación alguna.

- Mi fiel Lorwent- con un suspiro condujo a su aprendiz ante una copa del mejor vino que pudo hallar en tan acusante situación y le invitó a tomar asiento- bebe tranquilo. Es más, yo también beberé, pues la tarea que hoy hemos de cumplir no es pequeña. Por favor amigo, soy viejo y la memoria me juega malas pasadas, repíteme nuestro plan- la memoria nunca le fallaba, pero necesitaba comprobar a su discípulo. La tarea era demasiado difícil para permitirse errores o dudas.

- Tenem... perdón señor, esta empresa es muy grande- el semielfo bebió un buen trago de vino y tras buscar palabras más adecuadas, continuó- tenemos que destruir la entrada a la ciudad de Zimbu ´el y separar las razas a sus respectivos territorios en los cuale...

Nasit sonrió a su ayudante.

- No, Lorwent, las razas ya han sido separadas. Tamaña empresa ya ha sido realizada por nuestros compañeros. Recuérdame qué es lo que tenemos que hacer nosotros.

Aunque visiblemente afectado por la noticia, pues su parte era insignificante en relación con la separación, casi un simple juego de niños, continuó.

- Nosotros hemos de destruir la entrada de Zimbu ´el para evitar que los Ashgar que la moran se extiendan por todo Ergasth y acaben con todo hálito de vida.

- Buena explicación para tan desesperada situación- le felicitó. Su decisión no parecía vacilar- dime la profecía para que mi alma se agarre a su recuerdo y pueda descansar en paz al final del día.

- “Volverán los humanos con alas para enfrentarse a los Caballeros Negros, pues está escrito que un humano alado les derrotará tras la unión de las razas, el último día antes de la llegada de la muerte”.

La evocación de las palabras de la profecía parecía haber dado fuerzas a Lorwent, y a juzgar por la sonrisa de su maestro, ésta era su intención.

- ¿Entiendes entonces la tarea que hemos de cumplir?- su tono de voz era suave pero firme, sin posibilidad de réplica.

- Si, maestro.

- Pues adelante, tenemos que completar nuestra parte… ha sido un placer luchar a tu lado- dijo mientras le ponía una mano en el hombro y le miraba a los ojos.

- Para mí también, maestro- no había duda en la mirada de ninguno de los dos.

Sin una sola palabra más, pues Klauss estaba en la puerta aguardando con notable exasperación, se dirigieron a sus puestos en la retaguardia del cortejo que debía explorar las entrañas de la montaña en primer lugar y alertar a la más mínima muestra del enemigo.

Los corredores eran amplios, aunque oscuros y sinuosos, y avanzaron con paso firme a través de ellos, pues su labor no debía ser interrumpida por ningún temor mortal. Tras unos minutos de tensa marcha, Lorwent desapareció dando una excusa de cobardía que Klauss atribuyó a su sangre mezclada con elfo. Murmurando extrañas palabras que al general se le antojaron de disculpa, se evaporó en el aire.

- ¿Quién ha permitido entrar a un mago?- la voz del general estaba llena de terror. Su cara reflejaba el miedo cuando se volvió hacia el resto del cortejo- prohibí a toda persona que supiera siquiera lo que es la magia venir porque...

- Lo siento, Klauss- Nasit se plantó ante el general, decidido- pero esta hazaña no te corresponde.

Acto seguido y sin ninguna explicación, empezó a murmurar palabras ininteligibles que provocaron en los presentes imágenes de destrucción y paz.

La magia funcionó y los tres humanos cayeron al suelo entre los sonidos de las espadas y cotas de malla entrechocar. Tras cerciorarse del éxito del hechizo, continuó con paso firme hasta el corazón del miedo oculto de los enanos.

Nasit emergió de la entrada de las ruinas y realizó el mismo hechizo con resultado semejante, pues era un mago poderoso y un estudiante avanzado. Aun así, tuvo que usar todo su poder para que tuviera éxito. No obstante, los cientos de personas allí reunidas se desplomaron en el suelo y algún infeliz en el río. Daba igual, nadie sobreviviría a este lugar.

Se transportó hasta su maestro y juntos continuaron su avance sin miedo hacia las entrañas de la tierra. Mientras caminaban, comenzaron a entonar las runas que acabarían con aquél lugar y su mortífero poder, para esperar la realización de la profecía...

...desde el otro lado de la muerte.

CAPÍTULO 1º

LUZ DE LUNA


Cuatro sombras atravesaban el bosque a toda velocidad. Sin miramientos, arremetían contra cualquier obstáculo que se interpusiera en su camino. De estatura humana, el grupo de criaturas viajaba a una velocidad imposible para su raza. Tras menos de un minuto, un ejército de seres más pequeños y veloces pasaron por el mismo lugar entre el estrépito de sus voces. Sus gritos de guerra no presagiaban nada bueno para los cuatro humanos.

- ¡No podemos retrasarnos! ¡Corre, Marit!- Vasu urgía a su compañero. Alcanzaba a oír los gritos del enemigo a sus espaldas- ¡Date prisa o nos condenarás a todos!

- No puedo ir más rápido- confesó Marit, realmente agotado. Llevaban huyendo varias horas y hasta ellos comenzaban a perder fuerzas. Dado que el enemigo parecía que jamás se cansaba, el grupo poco a poco iba perdiendo ventaja frente a ellos- escondámonos hasta que sea de noche- el bulto que llevaba entre los brazos pesaba más a cada paso que daba.

La mirada severa de Dosher reclamaba silencio. Con una pesada cota de malla sobre el peto de cuero, era el más protegido del grupo y el más lento, pues aparte de acarrear mayor peso que el resto, su constitución era la más fuerte.

- Cuanto más hablemos, menos fuerzas nos quedan y nos están ganando terreno a cada paso que damos- se volvió hacia ella, y mirándola tristemente, le dijo- no podemos escondernos, Marit, eso nunca ha funcionado con lo Ashgar.

Una extraña sensación hizo detenerse al grupo. Era una sensación conocida, pero no de esperanza. Los cuatro entraron en un claro del espeso bosque por el que llevaban abriéndose paso quién sabe cuántas horas. Se detuvieron espalda contra espalda. No había escapatoria, estaban rodeados por todos los flancos.

- ¿Qué hacemos ahora?- inquirió Vasu- ¡están por todas partes!

- No son muchos, Vasu. Sigamos al este, parecen ser menos en esa dirección- contestó Dosher. Éste posó su extraña mirada en todos sus compañeros, una mirada salida de unos ojos color plata.

- Nos van a acabar cogiendo de todas formas. Tenemos que ir más rápido- aconsejó Kem- deprisa, quitaos las armaduras, en ésta lucha no sirven.

Las armaduras comenzaron a caer al suelo entre un gran estrépito. Las pesadas espadas, tan delicadamente grabadas a fuego, acabaron esparcidas por doquier y hasta las dagas quedaron enterradas entre la hierba. Ningún arma les protegía ahora, estaban indefensos frente a los ataques de sus perseguidores, mas no era a éstos a lo que temían. Quien realmente les tenía aterrorizados era su líder, Kelldom, señor de los Ashgar. Era el mago más poderoso que jamás hubiese existido, y ahora los perseguía a ellos.

La última arma cayó al suelo y los cuatro reemprendieron la marcha. Pocos instantes después llegaron al límite del bosque y se encontraron al primer grupo de Ashgar que les hacía frente.

- Dosher, llévate a Marit, sois los más lentos. Kem y yo nos ocuparemos de ellos… os alcanzaremos después- ante las miradas suplicantes de los dos, implorando otra solución que no fuese tener que separarse, añadió- no nos pasará nada. Vosotros corred, os alcanzaremos después. Deprisa, es por vuestro bien, sois los más lentos. Ir hacia el sur, nos encontraremos en el afluente del río Genju- ambos seguían sin moverse. Sin saber cómo o por qué, supieron que sería la última vez que viesen a su compañero- vamos, por favor, corred y no miréis atrás.

- Adiós, Vasu… nos veremos el río. Compañero, no me falles- respondió Dosher.

Dosher agarró a Marit por el brazo y la obligó a correr como los había instado Vasu. Aún sabiendo que éste iba a dar su vida por ellos, se sentían obligados a aceptar el acto heroico y a huir, de lo contrario podían perecer todos a las afueras de aquel bosque.

El grupo se dividió. Separar las fuerzas nunca es la mejor opción y mucho menos en éste caso, pero Kem y Vasu tenían que salvar tres vidas, aún a cuesta de las suyas. Marit era una mujer, y llevaba a su hijo de pocos meses de edad en brazos. Cuando Dosher, Marit y el pequeño se adentraron en la seguridad de la espesa arboleda, Vasu y Kem se volvieron hacia sus enemigos para hacerles frente.

Cuarenta Ashgar se dirigían hacia la pareja. Pequeños en comparación con los humanos, pues no llegaban al metro y medio, los Ashgar son criaturas muy veloces y aún más despiadadas. Escasos en inteligencia, consagran su vida a servir a su amo y señor que los creó. Siempre llevaban espadas cortas, acordes con su tamaño, pero generalmente melladas u oxidadas, además de un yelmo, pocas veces completo, para cubrir su cara deformada y sus dientes afilados. Su fuerza radica en que jamás se agotan y en su número, que puede llegar a ser ingente en las grandes batallas. No obstante, los dos guerreros ya se habían enfrentado a ellos en otras ocasiones y no se sentían intimidados.

Los Ashgar se situaron a escasos diez metros de los dos luchadores desprovistos de armas. Trazaron un círculo alrededor de ellos y empezaron a entonar sus gritos de guerra. Nunca ningún sonido tan terrorífico fue escuchado en aquel lugar. Sin previo aviso, el sonido cesó completamente. Se podía oír hasta la más leve respiración de los congregados a la batalla. Era el preludio de la lucha.

Los dos humanos cerraron los ojos. Nada debía molestarlos. Comenzaron a juntar sus energías, lo que aseguraba que no eran humanos, dado que ninguna raza conocida era capaz de controlar su energía física, mas los dos guerreros aunaron sus fuerzas.

Sus mentes se fusionaron y lanzaron una onda de rayos que se extendió alrededor de sí mismos hasta caer sobre los Ashgar.

Sin tiempo a darse cuenta, éstos yacían en el suelo muertos, bajo el humo de sus cuerpos calcinados. La descarga había sido terrible.

- ¡Debemos irnos, Kem, pronto llegará el resto!- urgió Vasu mientras comenzaba a avanzar tras el rastro de sus compañeros. Volvió la mirada hacia Kem y supo que algo ocurría.

- No- fue la seca respuesta de su compañero.

- Tenemos que irnos, no es por los Ashgar… siento la presencia de Kelldom. ¡Contra él no podemos hacer nada!- Vasu no entendía que le ocurría a su compañero, sólo sabía que debían huir o morirían en aquel paraje.

Mientras hablaban, Kem se agachó con gesto grave hasta tocar el suelo sin que Vasu se diera cuenta. El guerrero estaba absorto por la inminente llegada de Kelldom, mirando a un sitio y a otro. Kem lo aprovechó para sacar una daga de la caña de su bota y la guardarla en una manga de la camisa negra que portaba.

Se levantó y miró a su compañero a los ojos, unos ojos plateados como la más bella espada.

- Sé que viene Kelldom… yo le avisé de nuestra presencia- confesó Kem con una mueca de desdén- nos has ayudado mucho, Vasu. No tenía previsto que el grupo se dividiese, pero que puedo decir aparte de gracias. Con los tres juntos la lucha habría sido terrible, pero uno a uno…

- ¿Los tres juntos?, pero si som…- una sensación le hizo callar. Si Kem sólo contaba tres, es posible que desconociera la presencia del bebé, lo que podía dar una oportunidad a su raza cuando todos cayesen. Y esto lo sabía muy bien, pues Kelldom se hallaba ya muy cerca.

Kem había dejado de escuchar a Vasu. No le importaba cuanto rogase o que prometiese.

- Verás, amigo, no soy tan bueno como tú. Mi alma es negra al contrario que la tuya. Mi raza busca la destrucción, la venganza por tantos siglos de encarcelación por nacer de un color que no os agradaba. Buscamos vuestra destrucción, la muerte de las alas blancas.

- Pero no puede ser, tienes los ojos de color plata. A no ser…- el hombre comenzó a entenderlo- a no ser que domines la transformación- Vasu no daba crédito a sus palabras. Su amigo, compañero en tantas batallas, era un seguidor del mal. Era imposible… aunque ahora recordaba, ahora se le habrían los ojos. Tantas muertes causadas por Kem… ahora entendía, aunque quizá fuera demasiado tarde para todos- nos has engañado a todos, pero ¿por qué?

Kem no se dignó en contestar aún. En vez de ello cerró los ojos mientras trazaba símbolos en el aire a la vez que recitaba extrañas palabras. Vasu sabía que significaban, pero no daba crédito a lo que veía, era un arte mágico extinto.

Las runas trazadas por Kem lo envolvieron. Al momento, cesó toda actividad mágica y Kem abrió los ojos. Éstos ya no eran del color de la plata, propio de los druganos del bien. Eran negros, más que una noche sin luna.

Kem había revelado su naturaleza oscura.

- ¿No lo adivinas, compañero?- Kem escupió esta última palabra- es muy simple. Kelldom quiere dominar todo Ergasth y acabar con toda tu maldita estirpe. Si él lo consigue, bueno… seré el drugano más poderoso sobre el mundo- Vasu no daba crédito a las palabras que Kem le decía. No podía creerle, no quería creerle. Seres muy longevos por naturaleza, los druganos están poco acostumbrados a los grandes cambios.

- Nos has traicionado… - la voz de Vasu comenzó a fallar. No era su propia e inminente muerte, ni tan siquiera la de su especie lo que lo torturaba. Era el sentimiento de pesar que produce la traición de un amigo. Pero Vasu no sintió odio, sino pena, y eso sí que ponía furioso a Kem. Vasu no entendía como su especie, la más poderosa del mundo, era capaz de traicionar por tan poco- ¿cómo puedes condenar a tu pueblo por tan egoísta sueño?

Vasu fue sacudido por un escalofrío. Kelldom estaba a punto de llegar, y con él, su fin.

- Pensé que serías más listo - la distancia que les separaba de Kelldom se reducía a cada instante, y ambos lo sabían- no sólo estoy yo en esta lucha. Mis hermanos oscuros están junto a mí. Sólo es cuestión de tiempo que acabemos con todos vosotros.

- ¡Jamás nos venceréis!- Vasu se relajó, sabedor de su destino- somos mucho más poderosos que vosotros, vuestra lucha está abocada al fracaso.

- Hay que reconocer que eres más estúpido de lo que pareces. Kelldom está de nuestro lado, y su magia rúnica junto con…

- La magia rúnica se perdió hace eones… pero ¿por qué me cuentas esto a mi?

- Es muy sencillo, hasta para ti. Te lo cuento porque nunca se lo podrás decir a nadie. Te lo digo para que seas el único de vuestra raza que lo sepa, para que te vayas a la tumba con el remordimiento de no haber salvado a tu pueblo, es más, ni siquiera les podrás decir quién es el enemigo- Kem rompió en carcajadas, su venganza estaba próxima.

Una figura encapuchada emergió poco a poco del bosque. Vestía una túnica negra que le cubría todo el cuerpo, con la capucha echada sobre la cabeza, sólo se veían sus ojos, unos ojos rojos sin pupila que no dejaban escapar ni el más mínimo detalle de lo que acontecía a su alrededor.

- Mi señor ha llegado, Vasu… Os dejaré solos, así podrás comprobar nuestro nuevo poder. Marit y Dosher están esperando nuestra llegada… no te preocupes, pronto se reunirán contigo.

Con un gesto de su mano y una palabra, Kem desapareció.

Una voz salida de ultratumba removió la mente de Vasu como un rayo. Sin gritar y sin odio, la poderosa voz le habló.

Su mente se paralizó ante la fuerza de su enemigo. No podía pensar. Sólo cabía escuchar.

- Perteneces a una raza extinta, caballero- mientras Kelldom hablaba mentalmente a Vasu, se iba acercando poco a poco a él. Ni siquiera a punto de ver cumplido todo por lo que había luchado, Kelldom perdía la compostura. Sólo iba a acabar con una vida más, se dijo para tranquilizarse- pronto dominaré todo Ergasth, pero aún no. Antes debo acrecentar mi fuerza o la profecía me aplastará. Me apoderaré de tu fuerza, tu magia y tu poder, como ya hice con tantos antes que tú y con los escasos druganos que queden. Así acabaré con toda tu mísera raza.

La fuerza que atenazaba la cabeza de Vasu lo elevó en el aire mientras el hombre se debatía, luchando por recuperar el equilibrio.

A dos metros sobre el suelo, Vasu supo que su vida estaba a punto de acabar. Mientras se hacía a la idea de que jamás volvería a ver el sol, recordó a su familia y se dejó llevar por su destino.

Kelldom alzó la mano derecha, apuntando con la palma a Vasu. El cuerpo del guerrero, ahora inerte y sin vida, se contrajo con brusquedad bajo la fuerza de Kelldom y desapareció en infinitas partículas, dejando una nube suspendida donde antes se alzaba el poderoso drugano.

El Mago Negro comenzó a atraer los restos de Vasu hacia sí mismo hasta dejarlos comprimidos entre sus dos manos. Éstos fueron adentrándose en Kelldom hasta desaparecer, hasta que ya no quedó nada del drugano. El Mago Negro se pasó la lengua por los labios, recreándose de la fatal muerte del guerrero y se giró hacia los Ashgar que empezaban a congregarse en el lugar.

Por sus caras, éstos seres escasos en inteligencia, lo que los dotaba de un formidable valor, desconocían dónde estaba el enemigo que les habían ordenado apresar, y buscaban perplejos el más mínimo rastro para volver en su busca. Kelldom se lo indicó mientras sonreía.



- ¡Están tardando mucho, Dosher! ¿Qué vamos a hacer? Los dioses no lo quieran, pero pueden haber caído- Marit estaba francamente angustiada, pues además del miedo que la recorría, su hijo no dejaba de llorar, como si tuviera una premonición. Esto no era frecuente entre los druganos, pero sí posible. Cada cierto tiempo nacía alguien en su especie con un poder indomable, para bien… o para mal.

- Esperaremos aquí hasta el anochecer. Si no han vuelto para entonces, iremos a buscarlos aprovechando la luz de la luna-contestó Dosher- mientras tanto, esperaremos a que vuelvan vivos.

A falta de pocos minutos para el anochecer, comenzaron a escuchar pasos entre la maleza del bosque. Eran unos pasos renqueantes, torpes y cansados, pero no se podían arriesgar. El enemigo tiene muchas caras.

- Escóndete Marit- susurró Dosher mientras se escondía a su vez tras unos pequeños arbustos- aún es de día. Si son los Ashgar, no nos podemos permitir un enfrentamiento abierto.

Los pasos se acercaban muy despacio, crispando los nervios de los dos guerreros. Dosher se removió incómodo en su escondite ya que con la agitación, se había sentado encima de un pie y éste comenzaba a dormirse ya.

Escapó del movimiento un leve sonido, muy tenue, que parecía haber sido escuchado por quién se acercaba a los druganos. La criatura se detuvo, giró sobre sus pies levantando una pequeña nube de polvo y apareció en el escondite donde Dosher y Marit, con su hijo en brazos, aguardaban con exasperante expectación.

Los dos druganos estaban preparados para la acción, las fórmulas de los hechizos más mortales que conocían se agolpaban en sus labios.

Estaban listos, pero aún no había llegado el momento de lanzarlos. Como rezaba un proverbio anterior a la desaparición de los dioses: “prepararse para lo peor, esperando lo mejor”.

Kem emergió en el claro. Su ropa estaba desgarrada por todas partes y tenía heridas abiertas por todo el cuerpo. Pero un corte sobresalía por encima de los demás, un tajo en la cara que le recorría desde la ceja hasta el final de la mandíbula. Parecía haber salido de la más cruel de las batallas, y sólo eso explicaría por qué volvía solo.

En cuanto pudo ver a sus compañeros, cayó sobre el suelo cubierto de hierba, no sin antes lanzar una mirada al lugar por el que venía, como si intentase comprobar algo. Dosher se lanzó en ayuda de su amigo, exponiéndose al peligro de que lo hubiesen seguido. Lo hizo sin pensar, estaba grabado a fuego en su naturaleza blanca.

Se arrodilló junto a él y comenzó a darle la vuelta, pues Kem yacía boca abajo y podría llegar a ahogarse.

Marit observó la escena como si estuviera dentro de un sueño. Su pequeño hijo gritó con todas sus fuerzas, ya no era una premonición, era un peligro real el que los atenazaba. La joven madre contempló aturdida como al dar la vuelta a Kem, quedaba al descubierto el césped sobre el cual cayó. Pero ya no era hierba lo que vio, sino la muerte de todas las plantas cubiertas por el cuerpo del hombre.

Descubrió que el guerrero que tenía que ayudarles a salir de allí, aquél con el que tantas batallas habían librado, era un portavoz de la oscuridad, un guerrero negro, un drugano del mal... Intentó gritar, pero una mano le cortaba la voz. Trató de avisar a Dosher del peligro inminente con todas sus fuerzas, pero sin más suerte que la vez anterior.

Dosher terminó de dar la vuelta al inconsciente Kem. Se dispuso a comprobar las heridas del infeliz, pero ya no quedaba rastro de ellas, hasta el profundo corte de la cara había desaparecido. Ni siquiera su ropa seguía hecha jirones. Con temor, levantó la vista hacia la cara de Kem buscando una explicación, pero sólo halló una mueca de desdén en sus labios y unos ojos negros que lo miraban penetrantemente.

Dosher entendió lo mismo que Marit, pero no podía, no quería creer que su buen amigo Kem fuera un seguidor del mal.

Mientras Marit se disponía a huir del lugar para esconder a su hijo, conocedora del destino de ella y Dosher, Kem sacó una daga de la manga de la camisa, la misma daga con runas de muerte grabadas en sus filos que había sacado junto a Vasu.

Sin miramientos, Kem degolló a Dosher con un único y eficaz tajo en la base del cuello. Dosher no opuso resistencia alguna, pues sabía que perecería. Los ojos de Kem no dejaban lugar a dudas respecto a sus intenciones, y por añadidura, sentía la presencia de Kelldom sobre ellos. No, había llegado su fin, y lejos de abrumarle la idea, una parte de él anhelaba poder descansar en paz por fin, dejando las batallas en otras manos. Llevaba demasiado tiempo luchando…

Podría haber acabado con Kem, o al menos debería haberlo intentado, pero su naturaleza le impedía acabar con la vida de un compañero, y habían vivido tanto juntos que su corazón se unía a la prohibición.

Marit luchó contra la mano que le atenazaba mientras pugnaba por ponerse en pie y huir. Ya no le bloqueaba la voz, sino la razón. Marit corrió y corrió hasta estuvo tan cansada que no podía pensar.

Se había librado del primer ataque de Kelldom, pero hasta ella dudaba que errase dos veces.

Cayó rendida al suelo, aún con su hijo en brazos. Miró a su alrededor en busca de sus enemigos, pero sólo encontró la oscuridad de una noche cerrada que la rodeaba. Esto, lejos de desanimarla, la dio fuerzas. Miró al cielo y descubrió una luna llena y espléndida, enorme y brillante, dispuesta a brindarle toda su energía.

Era el momento de luchar.

Marit se realizó un pequeño corte en el brazo del que al momento comenzó a brotar la sangre. El amor se reflejaba en sus ojos cuando miró a su hijo por última vez. Lo giró en sus brazos dejando al descubierto su nuca y trazó en ella un pequeño símbolo, una runa que le marcaría para toda su vida. La runa comenzó a brillar mientras el pequeño perdía la consciencia.

Marit dejó los brazos laxos mientras escondía al joven drugano entre unos arbustos cercanos, y sin una mirada de despedida, se alejó del escondite de su pequeño. Se preparaba para la lucha, y su magia era demasiado fuerte para que alguien tan joven, aún de su especie, la soportase.

Se alejó de él, no miró atrás, mas una plegaria salió de sus labios casi inaudible, deseándole buena suerte en su vida, ya que ella no lo podría guiar. No sobreviviría a esta noche.

Los gritos de guerra de sus enemigos se cernían ya sobre ella, habían encontrado el rastro y no tardarían mucho en llegar. Una única lágrima resbalaba por su mejilla cuando miró esperanzada a la luna implorando su ayuda, no por ella misma, pues su destino estaba sellado, sino por su hijo. Marit necesitaba agotar lo suficiente a Kelldom como para que éste no reparase en el pequeño.

La luna comenzó a brillar, llena y hermosa como nunca antes se había visto, pues el sacrificio de la joven madre bien merecía brindarle toda su fuerza.

Un rayo de luz la envolvió cuando las huestes comenzaron a llegar. Tenía el tiempo justo para que sirviese de algo dar su vida por la de su hijo, que descansaba inconsciente, ajeno al sacrificio de su madre.

Aunque en realidad esto no era cierto. Sin que Marit se hubiese dado cuenta, su hijo se había despertado del sueño impuesto por la magia, algo imposible ya que era una runa maestra.

El pequeño pudo contemplar como su madre estaba dispuesta a dar su vida por él sin que pudiese hacer nada, paralizado por la magia de la runa de su nuca, y ésta fuerza no podía romperla.

Comenzó a llorar sin el más mínimo sonido que delatara su posición a sus enemigos.

Los rayos que envolvían a Marit se hicieron cada vez más tangibles hasta que, de pronto, cesaron completamente, dejándola sumida en un círculo de luz que impedía ver el interior. La luna dejó de brillar, parecía contemplar su creación desde un punto de vista lejano, pero no apartaba su blanca mirada del sacrificio de la joven madre.

Los Ashgar irrumpieron en la escena. Docenas de ellos comenzaron a rodear a Marit. Cuando el último de ellos estuvo en situación de ataque, cesaron sus gritos de guerra.

Marit sabía todo lo que acontecía a su alrededor y sonrió.

La burbuja de luz comenzó a expandirse lentamente. Los Ashgar, tan escasos en inteligencia quedaron estupefactos, plantados en sus posiciones de ataque, esperando al enemigo. Habían seguido el rastro perfectamente, pero sólo encontraron una luna en el suelo que crecía por momentos. La luz que envolvía al drugano siguió aumentando de tamaño hasta casi tocar a los Ashgar, que aguardaban expectantes al enemigo.

Por unos segundos la luz permaneció inmóvil, sin crecer ni tan siquiera moverse lo más mínimo…

… hasta que se colapsó.

El círculo de luz se replegó sobre Marit, hasta que pareció introducirse dentro de ella. Y entonces su figura cambió. La silueta de Marit se volvió blanca mientras el aire se agitaba a su alrededor. Su cuerpo se transformó, ya no era humano.

Unas alas comenzaron a brotar de su espalda. Unas alas maravillosamente blancas, largas y poderosas que reflejaban su naturaleza de drugano del bien.

Marit sonreía. Éste era su momento.

Los Ashgar estaban perplejos, no sabían si atacar aquél ser o buscar a la mujer que les habían ordenado encontrar. Pronto su instinto de supervivencia les dio la respuesta: atacar.

Se lanzaron todos a por la mujer de luz desprovista de armas, no quedó parado ni uno solo de ellos, pues tienen mentalidad de grupo y conocen la supremacía del número.

Marit abrió los ojos y la energía, la luz que contenía desde que la luna le ofreciera su poder, estalló sobre los Ashgar lanzándolos por los aires. Antes de caer al suelo, ya estaban todos muertos.

Eran hormigas frente a un dios.

Marit se materializó, ninguna luz la envolvía ya. Sólo quedaba de aquel ser de luz las alas blancas, pero aún un resplandor parecía irradiar de ella, iluminando de bondad todo su alrededor.

Se dispuso a ir en busca de Kelldom. Marit no quería retrasar lo inevitable, tendría que luchar con él de todas formas. Se giró sobre sus pies y se conminó a encontrarlo. No miró a su bebé, no podía arriesgarse a que la estuviesen vigilando y delatase así la presencia de su hijo. Emprendió la marcha.

- Muy bien, Marit- Kelldom aplaudía mientras hablaba, acercándose poco a poco al drugano- esto va a ser más entretenido de lo que esperaba, pero bueno, nunca viene mal entrenarse un poco, ¿verdad?

La voz no procedía de su cerebro, la escuchaba con claridad a través del bosque. Marit se volvió hacia su enemigo.

- Has acabado con toda mi raza, has matado a todos mis amigos… no te lo perdonaré- Marit cerró los ojos y la luz que irradiaba se hizo más potente, iluminando todo el lugar- hoy acabará todo.

- ¡Eres patética, mujer! De verdad piensas que me puedes derrotar… Kem tenía razón. Los druganos del bien son más estúpidos que esos simples Ashgar que acabas de masacrar- Kelldom señaló sus cuerpos humeantes con la mano derecha. Al momento se volvió hacia la mujer- pero eso no ocurrirá conmigo. Tienes razón, hoy acabará todo… pero el destino me será favorable- con un solo gesto de la mano derecha, Kelldom hizo desaparecer toda la luz que Marit proyectaba sobre el bosque.

La joven madre se estaba poniendo cada vez más nervosa, no sabía cómo podía acabar con alguien con semejante poder. Las palabras del hechizo más poderoso que conocía le vinieron a la cabeza.

“No hay otra forma- pensó tristemente- este hechizo me matará a mi también… no importa, mi vida acabará esta noche”.

- Infeliz… ¿crees sinceramente que me puedes derrotar con ese hechizo de niños?- Kelldom hablaba tranquilamente, como si diese consejos a un amigo de toda la vida- no tienes fuerza suficiente, y te lo voy a demostrar; te enfrentarás a la misma magia que me lanzas. Ni toda tu raza junta podría ya contra mi poder.

Kelldom alzó la mano derecha apuntando con la palma a la mujer. Un río de llamas salió despedido de su mano hacia Marit, y sin casi tiempo para pensar, ésta lanzó el mismo hechizo en dirección contraria.

Las dos magias chocaron violentamente entre los dos adversarios, haciendo vibrar el aire y todo cuánto les rodeaba. Pero poco a poco, los rayos que formaban el hechizo de Marit cedían terreno ante el poder de Kelldom. Los alrededores del combate prendían llamas.

- ¡Te avisé, drugano!- Kelldom elevó su voz por encima del estrépito de las magias.

- No me vencerás- Marit sacó fuerzas de su interior, alzó también la mano izquierda y continuó haciendo frente a su enemigo. No podía rendirse, la vida de su hijo estaba en juego.

- Esto no hace más que retrasar tu fin. Por si no lo has notado, aún no he usado mi mano izquierda. En cuanto me canse de verte viva, la alzaré, y será tu fin.



El bebé presenció la lucha sin dejar de llorar. Las lágrimas le empañaban la visión, pero no perdía detalle. No sabía qué hacer, sólo comprendía que su madre iba a dar su vida por él. Se mente viajó junto a Marit mientras su cuerpo permanecía inmóvil en la posición que le había marcado la runa.



Kelldom alzaba ya su mano libre para acabar con aquella mujer que se negaba a morir sin pelear. Aquí el Mago Negro tuvo su mayor error, un error que podría hacerle perder la guerra, pues los druganos son un pueblo que cree ciegamente en su destino, que se les aparece poco antes de morir y por el cual se dejan llevar.

Si Kelldom no estuviese absorto en la batalla, sabría que Marit aún luchaba por algo y habría terminado encontrando al bebé, el último de una raza condenada que ponía en peligro su supremacía.

“Estúpida- pensó- morirás igualmente esta noche, ¿de qué te sirve pelear por nada?, tu raza estará extinta cuando caigas”.



La mente del pequeño alcanzó a su madre como un rayo. Marit estaba perpleja, aún más cuando su hijo de pocos meses de edad le habló mentalmente, con una voz tan seria y profunda que parecía un hombre adulto muy sabio, pero aún más poderoso.

“Lucha, madre, porque esta noche no perecerás. Te ayudaré a vencer, pero has de prometerme que permanecerás viva, sin importar lo que te ocurra. Aún no entiendes mis palabras, pero todo se aclarará. Prométemelo, madre…”

“No me rendiré, Sonthorn. Te prometo vivir, pero has de tener cuidado, hijo mío, serás el drugano más poderoso que jamás haya existido. Recuerda que el poder que tendrás, si no lo usas para bien, te aplastará.”

“Lo recordaré, madre… luchemos.”



Kelldom sonreía mientras terminaba de apuntar con la mano izquierda a Marit. La confrontación de energías, que no había cesado en ningún momento, aumentó bajo el influjo de la fuerza de Kelldom.

Marit ya no estaba preocupada. Mientras dejaba que Kelldom usara todo su poder para acabar con ella, la joven madre se encerró en un círculo de magia protectora que la dejaba a la vista.

El río de llamas creado por Kelldom la aplastó y tuvo que clavar los pies en el suelo para no ser arrastrada. El fuego siguió camino detrás de ella, devorando ávidamente la arboleda.

- ¡Ahora!- gritó Sonthorn.

Marit cambió el hechizo, contraatacando a Kelldom con la misma magia. Su lengua de rayos chocó contra el fuego del Mago Negro. Las energías se igualaron, produciendo un tal calor que pronto ambos enemigos caerían derrotados, o asfixiados.

- ¡Maldita Mujer!- Kelldom había perdido su total compostura y maldecía a la mujer- ¡Tengo más poder y te aplastaré con él!

El Mago Negro volcó toda su energía en la lucha. Dobló el tamaño de la lengua de fuego, a la cual Marit no pudo hacer frente. El contacto de las dos magias comenzó a acercarse a la mujer, poco a poco. No podía detenerla, ya estaba volcando todas sus fuerzas en la batalla.

Otra energía se unió a la de Marit. Su magia creció y creció, sin saber lo que ocurría, hasta que reparó en su hijo. Su presencia le acompañaba en esta lucha.

Marit estaba ganando la batalla, pero Kelldom aún se resistía. Sin previo aviso, la magia de Kelldom cesó completamente mientras él era alcanzado por la de Marit y su hijo.

El contacto de la magia de la mujer contra su enemigo levantó una impresionante bola de luz. Cuando ésta cesó, Kelldom había desaparecido. La joven madre sólo tuvo tiempo de pensar brevemente en su victoria antes de caer desmayada al suelo, sin energías para mantenerse en pie.

Había ganado la batalla, Kelldom había perecido, el mundo se había salvado y su raza también. Orgullosa y altiva aún cuando caía al suelo, se dejó mecer por un sueño reparador.




…pero la guerra no estaba ganada, y el mundo y ni mucho menos su raza estaban a salvo. Otra persona inesperada apareció en escena.

- Mi señor no ha muerto, mujer. Tu sacrificio para nada servirá, pues Kelldom renacerá como ya lo hizo en otra ocasión.

Sin más preámbulos, agarró a la desmayada mujer, y tras pronunciar una runa, desapareció.

Pero Kem no sabía que su sacrificio no cayó sobre vacío. Sonthorn, su hijo, seguía vivo. Aún quedaba un drugano para hacerle frente…

…y éste poseía la fuerza necesaria para triunfar dónde toda su raza había caído.




El tiempo pasaba muy despacio para el bebé mientras el fuego comenzaba a acercarse demasiado a él. No podía moverse, la runa que su madre le había inscrito con su propia sangre en la nuca le impedía cualquier movimiento hasta que alguien con buen corazón le hallase.

Ésta fue la última voluntad de Marit para con su hijo y el mundo, pues el pequeño estaba destinado a ser muy poderoso, y si no era educado en la bondad, el mundo sería destruido bajo su yugo malvado.

Si no tenía buen corazón, más le valía a todos que pereciera éste día.

El pequeño dejó de ver cuánto ocurría a su alrededor y ni tan siquiera lo oyó. Había vuelto a caer en un sueño cálido y reconfortante provocado por la runa maestra.




En la aldea de Shuko nadie pudo dormir esa noche. Un incendio que amenazaba con destruir su pueblo se había propagado por el bosque hasta cercarlo. No importaba, nadie hubiese dormido igualmente. Sin saber por qué, todos los habitantes de la aldea eran incapaces de dormir, daban vueltas y más vueltas sin saber lo que ocurría. Se sentían extraños, y alguno corrió a decirle a su esposa cuánto la quería, o a pedirle perdón a un amigo…

Ése era el poder de la luz que irradió Marit durante la pelea con Kelldom, sacaba a la luz la bondad de las personas y les provocaba un sentimiento de empatía hacia sus semejantes.

El primero en darse cuenta de que el incendio se había propagado fue Dagonerd, quien dio la voz de alarma. En seguida un nutrido grupo de aldeanos acompañaba al herrero en su lucha contra el fuego. El pueblo entero colaboraba. Nadie, salvo los más jóvenes que esperaban en sus casas cuidando a las personas demasiado mayores para luchar contra las llamas, faltó en la extinción del fuego.

Sirviéndose de calderos de agua o con simples ramas desnudas, corrieron hacia el incendio sin que nadie los organizara o les dijera que hacer.

El comité de sabios ya les había puesto sobre aviso.

La mujer de Dagonerd se unió a los aldeanos. Hálice era una mujer tranquila, pero desde hacía algunos meses se había vuelto melancólica. Mujer agraciada en belleza y no menos en inteligencia, casi se había echado a perder por la tristeza.

Llevaba casada con Dagonerd más de siete años y aún no había podido darle un descendiente. Aunque su marido quitara importancia al asunto, Hálice había caído en la amargura. Deseaba con todas sus fuerzas un descendiente al que cuidar, educar y amar, pero la mujer había comenzado a creer que jamás lo lograría.

- ¡Vamos, rápido, traed más agua!

- Sigamos hacia el este. Tenemos que hacer un cortafuego o nuestra aldea quedará reducida a cenizas.

El pueblo entero se trasladó a la zona de origen de las llamas, justo donde se había producido la batalla entre Kelldom y Marit. Aunque no quedaba más rastro de la lucha que el fuego, todos los allí presentes se sentían sobrecogidos y caminaban lentamente y en silencio. Dagonerd y Hálice apagaron las llamas de unos arbustos a su derecha sin saber que acababan de salvar la vida del pequeño Sonthorn, pues el fuego amenazaba ya con calcinarlo.

Sólo Hálice se volvió, como llamada por una fuerza irresistible, hacia los arbustos que guardaban la presencia del bebé.

- Hálice, esto ya está apagado, continuemos. Aunque pensándolo bien, creo que deberías volver a casa a guardar cama, estás muy débil- le recriminó tranquilamente. No era una bronca, Dagonerd sólo estaba preocupado por la salud de su querida esposa. Era un hombre muy bueno y todos le querían, pues nunca hacía el menor daño a nadie y se desvivía por ayudar en todo lo que estuviese en su mano.

Si Hálice lo oyó, no le hizo el menor caso. Cuando tenía algo en mente, nada conseguía pararla. Se introdujo entre los arbustos…

…y su sorpresa fue mayúscula cuando encontró a un bebé envuelto en una manta con extraños símbolos dibujados. Lo agarró firme pero suavemente y lo extrajo de la maleza que amenazaba con empezar a arder de nuevo.

- Vamos Hálice, sal de ahí, por favor. Tenemos que… ¿Qué es eso…? ¿De dónde lo has…? Hálice, espera…

Hálice no contestó. Con el niño en brazos, comenzó a correr hacia el pueblo mientras su marido intentaba seguir su ritmo.

Sonthorn se acurrucó en sus brazos. La runa había dejado de brillar.


CAPÍTULO 2º

UNA VIDA NUEVA



El Consejo de Ancianos, compuesto por cuatro hombres y tres mujeres celebraba la primera reunión del día al poco de salir el sol. Normalmente las asambleas comenzaban mucho más tarde por falta de asuntos a tratar, dado que Shuko era un pueblo pequeño, pero el consejo sabía que con los sucesos acontecidos la noche anterior, ésta sería jornada muy larga.

El pueblo entero se reunía, como siempre que ocurría algo importante o sorprendente, en la sala de audiencias para ser testigo de la decisión del Consejo de Ancianos. En el centro de la aldea se alzaba la torre de los sabios. Muy antigua, tanto que ninguno de los actuales ocupantes del pueblo recordaba ya la época de su construcción, la torre albergaba los grandes acontecimientos y la historia de aquel tranquilo poblado.

La sala del consejo se alzaba en el séptimo piso. Lejos de ser un lugar casual, los antiguos sabios lo habían escogido pues sabían que era más fácil aceptar un castigo si las personas que iban a ser juzgadas estaban cansadas. Y los ayudantes del consejo conocían muchos caminos agotadores para acceder al séptimo piso.

El lugar de reunión amanecía abarrotado, no cabía ni una sola persona más en la sala. Por primera vez desde que se podía recordar, el consejo se vio obligado a cerrar las puertas para que dejara de entrar gente. Muy a pesar suyo, pues siempre ocurría que las personas que no asistieron a la reunión jurarían y jurarían que estuvieron allí, dando su propia versión de lo acontecido en la sala trastornando a la población, cerraron las puertas de roble.

Nadie entre el consejo comprendía por qué tanta algarabía por sólo un bebé al que una mujer quería adoptar. Esto ya había ocurrido en otras ocasiones, pero sin generar tanta audiencia. No era nuevo que los padres de algún desdichado joven muriesen siendo él adoptado por su familia.

No obstante, el pueblo entero estaba allí reunido. Los comercios estaban cerrados y los niños no iban a la escuela y ni tan siquiera jugaban por la calle; todos estaban allí reunidos, era como si algo los llamase a no perdérselo.

Los ancianos tomaron asiento, con una mujer entre cada hombre, pues no existían distinciones entre ellos. En el centro de una mesa semicircular estaba Nazbif, el jefe del consejo.

Se decía que el consejero jefe, astuto y esquivo, pues vivía separado del resto del pueblo, aislado en una de las recónditas habitaciones de la torre a la que nadie tenía acceso, llevaba en el pueblo más de cien años. Una palabra suya podía parar una guerra, decía el pueblo, aunque Nazbif nunca hubiese hablado. Su único gesto, si a eso se le podía llamar movimiento pues era casi imperceptible, era alzar muy poco el dedo anular de su mano derecha cuando alguien mentía, nada más.

El pueblo entero guardó silencio. La reunión comenzaba.

- Estamos hoy aquí reunidos tras los acontecimientos de ayer noche en el bosque para aclarar ciertas dudas que al consejo le interesa resolver- Madaba, la mujer más longeva del consejo comenzaba a hablar con voz tranquila y sosegada. Mirando al público allí congregado, no hacía más que preguntarse qué les había convocado a la reunión- que los representantes del pueblo compadezcan ante nosotros.

Un murmullo se abrió camino entre la multitud. No entendían por qué se retrasaba la deliberación sobre el bebé. Bajo la escrutadora mirada de Nazbif, todos guardaron silencio.

Morsh, Jefe de los Guerreros del pueblo, o de los humanos carentes de magia como les solían llamar fue el primero en entrar y caminó muy erguido hacia el consejo. Con una espada larga colgada del cinturón y el pecho descubierto, dejando a la vista de todos las numerosas cicatrices de infinidad de batallas, avanzó a medida que los aldeanos le abrían camino como podían. Tenían que hacerlo casi a empujones, hasta tal grado estaba llena la sala de audiencias.

Tras él apareció Nerkatal, envuelta en una capa negra que la cubría por entero, ni tan siquiera su cara se veía a través de las sombras que la capucha proyectaba sobre su tez. Era la maga más poderosa del pueblo, sin incluir a las mujeres del consejo, mas éstas no usaban ya la magia pues dedicaban sus fuerzas al bien del pueblo. La gente se apartaba rápidamente de su paso, pues a diferencia de Morsh, que entretenía a los jóvenes con sus historias de batallas y actos heroicos, Nerkatal era una mujer muy reservada que vivía por y para la magia.

Ambos se detuvieron bajo la mirada de Nazbif, a pocos pasos del consejo, cuando muy pocos hubiesen aguantado su mirada penetrante. Éste los miró largo rato, traspasándolos con la mirada, hasta asentir casi imperceptiblemente desde su asiento central, una extraña silla con respaldo en forma de dos alas, legado de los Antiguos Dioses Desaparecidos.

- Debo entender, en vista de que el pueblo no ha sido reducido a cenizas, que nuestro aviso ha servido para algo- Madaba volvió a hablar, era la portavoz del consejo y sólo ella retransmitía sus palabras. Nerkatal asintió y Morsh se golpeó el pecho con la mano derecha en señal de aprobación- ¿conocéis las causas que lo originaron?

- Debo decir tristemente que no estamos seguros de lo que originó el incendio, señorías. No obstante, y aunque mi compañero Morsh no esté de acuerdo, el Comité de la Magia tiene una hipótesis- Nerkatal hablaba con franqueza, y para reforzar su convicción ante el consejo, se quitó la capucha. Bajo ella, había una mujer muy joven y pálida, pero muy bella. Éste era uno de los motivos por los que nunca dejaba a la vista su tez, pues no quería juntar el mundo terrenal del amor con el espiritual de la magia.

- Habla, mujer, el consejo te escuchará y deliberará- Madaba estaba dispuesta a retrasar todo lo posible la entrada del bebé con la esperanza de que, ya que el calor comenzaba a aumentar considerablemente, se desalojara la sala de curiosos.


Continue reading this ebook at Smashwords.
Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-37 show above.)