ÉRASE “OTRA” VEZ
Concurso de relatos de ¡¡Ábrete libro!!
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Copyright 2011 © Los respectivos autores
Primera edición: 2011
Diseño e imagen de portada: Luis Vacarezza © 2011
Contraportada: Supermicio
Edición a cargo de: Lucía Bartolomé y Xavier Beltrán
Smashwords edition
Índice
AL OTRO LADO Yolanda Galve (Ororo)
VIAJE HACIA LAS PROFUNDIDADES DEL MIEDO Rubén Nicolás Alarcón
MARIELA Matu
LA PRINCESA FUGITIVA Nuria Martínez Hernando
LA CABAÑA DEL TÍO SAMUEL Alberto Pacheco Cordero
CANICAS Miguel Ángel Maroto
ELENA Armando Relaño Pérez
VÍSPERA DE DIFUNTOS Rita Barrera Etura
EL ULTRAMODERNO PROMETEO Sabino Fernández Alonso "Ciro"
CAPERUCITA VIEJA Igor Rodtem
NADA ES PARA SIEMPRE _Eleanis_
LOS PASOS DE BARRO Ángela P. M.
LOS DIOSES QUE NOS ENSEÑARON ElCapatazDeLasPalabras
AMANDA BAJO EL MAR Alejandro Diego (Desierto)
LA HABITACIÓN. PROLEGÓMENOS RAOUL
(Si supieras cuántas veces susurré
tu nombre junto a la ventana…)
I
El fuerte impacto en la espalda le sobresaltó y se encontró mirando hacia el techo dolorido y angustiado. Con las piernas y brazos extendidos, forcejeó hasta darse la vuelta, mantuvo el equilibrio y corrió con las manos cubriéndose la cabeza hacia la única ventana de la habitación. Una vez allí, miró con miedo a través de ella, pero no pudo ver gran cosa. El cristal estaba empañado y sólo divisó colores difuminados y formas inexactas. Pequeñas figuras geométricas adheridas como las celdas de un panal de abejas conformaban su mundo. Al instante, se descubrió limpiando con la palma de una mano huesuda y blanquecina el vapor de agua que reposaba en la ventana. A ese barrido desordenado le siguieron pequeños trazos dibujados por su dedo índice hasta que el cristal quedó completamente decorado con jugueteos sin sentido. Líneas rectas, onduladas, circunferencias que nunca llegaban a cerrarse… De pronto su mano paró y, tras un corto lapso de tiempo, empezó a escribir letras sueltas que acabaron formando una palabra: ROGERG.
Roger G., eso era. ¿Eso era? Ése era su nombre. No debía volver a olvidarlo. ¿Olvidar qué? Creyó que su cuerpo no le pertenecía al comprobar que el dedo se le había quedado dormido por el frío.
La calidez y suavidad de una lágrima sobre su muslo hizo que despertara de la ensoñación en la que había caído. Enderezó su cuerpo desnudo y, dejando atrás la posición fetal, bajó del alféizar de cinc de un salto logrando mantener a duras penas el equilibrio. Un líquido viscoso le recorría parte de la cabeza, el cabello y casi la totalidad de la espalda. ¡Qué frío estaba el suelo! Pasos muy cortos y rápidos le dirigieron hacia la cama con el objetivo de cubrirse con una manta, pero cayó al suelo después de resbalar. La cantidad de mugre e inmundicia que reinaba por la habitación paró en seco su caída para acabar llevándolo a vomitar a una esquina. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué clase de vida había estado llevando? ¿Vida? Y lloró. Ahora podía sentir la calidez de las lágrimas rodando por su cara, alcanzando sus labios. Se entretuvo atrapándolas con las manos mientras resbalaban por sus mejillas y su mentón como si fuera un chiquillo jugando con los desatinos de la vida.
Un grito inconsciente surgido de su propio ser, o un gemido, o un chirrido metálico e inhumano, provocó que saliera del estado de shock y se girara para observar el espectáculo denigrante que murmuraba a sus espaldas en forma de una gran montaña de basura viviente; pura porquería que le estaba incitando y un deseo animal de retozar en aquel cúmulo de desperdicios afloró en lo más hondo de su ser. Una lucha interna entre el hombre, el ser humano que ahora era, contra los instintos más bajos de un insecto maloliente que disfrutaba de la podredumbre le estaba desesperando. Por un lado, no quería hacer otra cosa que avisar a sus padres y a su hermana, que habían estado tan preocupados por él durante los primeros meses. Los primeros.
Por otro, un instinto animal indefectible y feroz le arrastraba hacía los montones de basura. Gateó hacia el centro de la habitación, olvidando la comodidad que la cama y la manta ejercerían sobre su cuerpo debilitado. Allí mismo, sollozando y murmurando su supuesto nombre, encogió su cuerpo hasta rodear las rodillas con los brazos y se abandonó a la suave luz de la luna que ya entraba por la ventana. No apartó la mirada del cristal: Roger G. Ése eras tú. Eres tú.
II
Al fin amaneció. Abrió los ojos mientras pensaba en cómo iba a afrontar a partir de ahora la realidad, esa cruel losa de la que más de una vez había imaginado librarse. Nunca se le había dado bien improvisar. Su agenda siempre había estado llena de tareas diligentemente ordenadas y ahora sufría por cómo iba a conseguir volver a ser él. Abrazar de nuevo a su madre, a su hermana, volver a la vida cotidiana que le había dado más disgustos que alegrías; pero, al fin y al cabo, su vida. Sonrió mientras recordaba. Cuántas veces había tenido la misma sensación de incomprensión ante la realidad. La realidad que ahora era completamente diferente para él. Se frotó el cuello con una rapidez pasmosa y se dirigió hacia el escritorio de la habitación sin dejar de girar la cabeza hacia la ventana repetidamente. Se obligó a enderezar el cuerpo, a liberar las manos del suelo pringoso y a caminar despacio y con gracia como antaño. La vieja silla de madera crujió al sentarse y su sobresalto fue tal que de un manotazo desparramó por el suelo las muestras de paño que descansaban sobre la mesa. Se quedó mirándolas despacio, desde arriba, con ternura, concluyendo con un gesto de incredulidad. No mires y recoge lo que has tirado al suelo. No levantes la vista. No te va a gustar lo que vas a ver. Resiste. Pero una ojeada rápida bastó para que la imagen del espejo atrajera su atención. Su cuerpo apareció reflejado y una mueca de dolor e incomprensión se dibujó en su rostro. Le costó reconocerse, pero al mirar en el fondo de sus pupilas supo que no había duda. Su cuerpo estaba demacrado, delgado, fláccido, ¡claro que lo estaba!, pero eso era lo de menos… Los hombros caídos, la mirada perdida… y ese extraño tic que le hacía alzar las manos a la altura de la boca y morderse los dedos sin parar. ¡Maldita sea! Se agachó y volvió a correr hacia la ventana ayudándose con las manos.
Iba a tener que organizar el cuarto antes de dar la noticia a su familia. No podía permitir que vieran en qué se había convertido el habitáculo. Quería causar buena impresión; volver como es debido. Limpio, en orden, elegante. Así es como recibiría a sus parientes, amigos, compañeros de trabajo… Acabar con toda esa inmundicia era prioritario y luchar contra el insecto apestoso que había habitado en su lugar, crucial. Miró de reojo la porquería de la habitación que pareció multiplicar su hedor al contrastar con la claridad y pulcritud de la mañana y, enterrando el instinto animal que le invadía, intentó abrir la ventana para ventilar. Eres un hombre, Roger G.
Accionó la manivela, pero no fue capaz de abrirla. Algo estaba entorpeciendo el cierre desde afuera. Se quedó pensativo reposando la barbilla en la palma de su mano izquierda mientras se apoyaba en el alféizar, y miró a través del cristal. Lo que al principio le había parecido la calle se convirtió, al aguzar la vista, en otra habitación de características similares a la suya. Dos mujeres, una de mayor edad que la otra, hablaban de forma animada y reían de vez en cuando escondiendo con la mano sus pequeños dientecillos. Intentó centrar la vista cerrando y abriendo fuertemente los ojos, pero la imagen seguía siendo la misma. Habría jurado por lo más sagrado que desde la ventana de su habitación siempre se había visto la calle, el tránsito de los automóviles, los vecinos del barrio caminando con prisas, el hospital gris de enfrente con sus ventanas siempre cerradas como ojos que no quieren ver. Y resultaba que allí mismo tenía vecinos.
Mientras imaginaba cómo sería entablar de nuevo una conversación (con una señorita, por ejemplo), un gesto inconsciente de su brazo rozó el cristal. (Buenos días, buenos días. ¿Cómo se encuentra usted hoy, damisela? ¿Damisela? Bien, gracias, ja, ja, ja… Sí, usted también se conserva igual de joven…) Toc, toc. Aquellas mujeres ni se inmutaron. (¿No me diga? Anoche mismo vi al señor Berlouschi salir del edificio con muy buena compañía, ja, ja, ja…) Volvió a golpear el cristal con los nudillos, ahora ya completamente dueño de sus actos, esperando que alguna de esas mujeres se girase atraída por el ruido y le saludara amablemente. Se sentía solo, desamparado, abandonado. Necesitaba entablar conversación con otras personas. Prodigarse como ser humano. (¿Esta noche? ¿En el restaurante de la calle Charlotte? ¡Perfecto! Le acompañaré encantado, señorita…) Nada. Pensó que estaban distraídas por la conversación que mantenían y se limitó a mirar. Se acomodó frente a la ventana para seguir observando lo que ocurría y se agachó lo suficiente como para que sólo se vieran sus ojos y frente en caso de que aquellas mujeres avanzaran en su dirección. Recorrió la sala vecina con la mirada y se percató de que, pese a que las dimensiones y distribución de la misma eran muy similares a la suya, los muebles que la decoraban eran elegantes y estaban fabricados con buenos materiales. Las sillas enfundadas en terciopelo rojo, el escritorio de patas torneadas cubría elegantemente toda una pared, la lujosa cómoda, el espejo, magnífico y suntuoso, era el rey de la habitación. También le pareció divisar una funda de violín sobre un sofá y un atril con lo que serían partituras. Sin duda, sus vecinos eran personas pudientes y, por lo que se desprendía de los gestos de las mujeres, educadas y corteses.
Si alguien pudiera ver cómo acechaba a aquellas damiselas… ¡por Dios Santo! Sabía que estaba haciendo mal, que no debía espiar el cuarto de al lado. Esas pobres mujeres indefensas podrían descubrirle y su reputación acabaría por los suelos… por los suelos del estercolero en que se había convertido su habitación. Pero siguió mirando. Estaba claro que los instintos animales que le habían dominado últimamente seguían asentados en el fondo de su ser.
Abrió mucho los ojos y respiró profundamente como presintiendo lo que iba a suceder a continuación. Las damas, siempre ajenas a su presencia, se dirigieron hacia la puerta para abrirla y dar paso a una masa enorme y negruzca similar a un escarabajo que, con tímidos pasitos, se adentró en la habitación. Desde la posición de este insecto espeluznante se podía ver al frente la ventana donde él observaba agazapado, y creyó que durante unos instantes le había descubierto. Que estaba allí mirándole quieto, callado, moviendo sus antenas y mandíbula como si le comprendiese, pero la mujer joven comenzó a espolear al animal con una vara hasta que lo situó en una esquina del cuarto. ¡No podía creerlo! ¿Acaso estaba soñando? Él, Roger G., había despertado tirado en el suelo con forma humana después de haberse convertido, hacía Dios sabe cuánto, en un insecto y ahora descubría al otro lado de la ventana algo parecido a su pasado más inmediato. Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto hacía que estaba encerrado en esa habitación, pero la certeza de haber sido olvidado y abandonado por su familia se hizo todavía más presente al haber entablado aquella pseudo-conversación visual con el insecto. ¿Qué significaba todo aquello? La incertidumbre le abatía y siguió espiando a través del cristal tensando todos los músculos del cuerpo.
Las mujeres seguían hablando entre ellas risueñas y pendientes en todo momento de la puerta que había quedado entreabierta. Mientras, el insecto daba vueltas en torno a sí mismo sin parar y, de vez en cuando, se golpeaba contra la pared o el escritorio. Cuando esto ocurría, alguna de las mujeres se acercaba a una distancia prudencial pero suficiente para azotarlo con la vara. En esos momentos, éste se detenía y, como arrepintiéndose, intentaba retroceder sin saber cómo hacerlo. Entonces, ante los nuevos tropiezos del gigantesco insecto, las mujeres aumentaban su agresividad y abrían la boca para gritar, cambiando el dulce gesto de sus rostros por las formas de la rudeza y la maldad.
Todo aquello le resultaba sumamente familiar y sus ojos se humedecieron una vez más. Ver aquel espectáculo grotesco era como recordar los días pasados encerrado en aquella habitación. Volver a vivir la angustia de la incomunicación y malentendidos. ¿Podría aquel insecto comprender lo que los humanos hablaban como él lo había hecho? ¿Estaría intentando comunicarse con ellos de forma pacífica sin lograrlo? ¿Tendría sentimientos y estaría sufriendo al igual que él cuando era consciente de que lo único que causaba era miedo y asco a su familia?
Sofocadas por el esfuerzo, las mujeres se volvieron al mismo tiempo hacia la puerta, por donde apareció un hombre de avanzada edad que caminaba pesadamente. Nada más entrar, abrazó a la mujer mayor, que parecía no respirar bien. Tras dejarla a cargo de la muchacha joven, se dirigió hacia el grotesco animal y le lanzó furioso lo primero que encontró a mano. Una manzana del frutero quedó incrustada en su espalda y el grandioso insecto no volvió a moverse más que para abrir la mandíbula de vez en cuando. No podía soportar lo que estaba viendo. ¿Qué clase de gente vivía allí? ¿Dónde quedaban las formas agradables y corteses? ¿Qué escondían entre sus dientecillos afilados de ratón aquellas supuestas damiselas?
Mientras recordaba las injusticias cometidas con él, vio cómo al rato entraron en la sala varias personas cargando con sillas y taburetes debajo del brazo. Fueron colocándolas delante del insecto, no sin esconder risas y muecas a medida que pasaban cerca de él. De esta manera, convirtieron el habitáculo en una sala de representaciones, en un teatro, en un circo. Una vez acomodados los asistentes, la muchacha se dirigió hacia el sofá donde permanecía el violín. Lo sacó delicadamente de su funda, hojeó las partituras y se dispuso a tocar. La melodía logró traspasar el vidrio de la ventana que separaba ambas habitaciones y Roger G. escuchó las notas más hermosas que jamás habría imaginado. ¡Qué maravilla! Cómo tocaba el violín aquella joven. Del angelical gesto de rasgar el arco contra las cuerdas emergía la más dulce y sensual marea de emociones. Cerró los ojos, al igual que ella mientras tocaba y, balanceando ligeramente la cabeza, sintió paz. Una paz que, desgraciadamente, duró unos instantes, pues al abrir de nuevo los ojos tuvo que presenciar la deleznable actuación que estaba teniendo lugar. El escarabajo, presa como él de la melodía, caminaba torpemente de un lado a otro, en una especie de danza enfermiza que le llevaba a golpes entre paredes y muebles. Los espectadores, aguantando las risas, daban palmas de vez en cuando, se levantaban del asiento para poder examinar mejor el movimiento de las frágiles patas del grandioso animal y asentían conformes a la mujer mayor y al hombre grueso. Éstos, orgullosos, devolvían la sonrisa a los asistentes mientras guardaban fajos de billetes en uno de los cajones de la cómoda. A medida que la melodía se aceleraba el escarabajo embravecía y se movía cada vez más rápido, trepando incluso por las paredes, retorciéndose mientras con los apéndices que sobresalían de su cabeza sondeaba los límites de la habitación. Los espectadores aplaudieron estupefactos al comprobar que echaba a andar por el techo, haciendo bambolear la lámpara en su baile frenético hasta descender exhausto al terminar la música.
III
Roger G. pasó el resto del día sumido en sus recuerdos. La mayor parte del tiempo miraba a través de la ventana la habitación vecina ya vacía. El terrible espectáculo que había vivido le había afectado. Sentía lástima por el insecto, pero estaba todavía más triste por los recuerdos que había liberado su mente. Recordaba nítidamente a sus padres terriblemente asustados, a su hermana tan diligente al principio y su posterior tendencia al abandono. Los inquilinos a los que habían alquilado una habitación de la casa para poder mantenerse económicamente, ya que él había dejado de trabajar. ¡Era terrible! En cinco años no había faltado un solo día al trabajo y, de pronto, aquello. Había hundido a su familia en la miseria y las miradas que le dedicaban estaban cargadas, además del miedo infundido por un coleóptero de sus dimensiones, de resentimiento. Sumido en estos pensamientos, cayó rendido en la cama y, por fin, fue capaz de dormir durante un buen rato.
Le despertó un ruido en la ventana. Miró hacia ella todavía tendido y le pareció ver una sombra. No dudó en acercarse sigilosamente para comprobar de quién se trataba, pero al asomarse no consiguió ver más que una mancha oscura saliendo por la puerta de la habitación contigua. Un impulso involuntario colocó su mano en la manivela de la ventana e intentó accionarla de nuevo. Pese a haber comprobado anteriormente que no podía abrirse, esta vez el mecanismo funcionó perfectamente provocando un rechinar metálico que vaticinaba la concesión de su mayor deseo. Por fin iba a poder salir de aquel cuarto. Iba a ser libre. Tiró de la hoja de la ventana y una ráfaga de aire fresco le recorrió la cara. Al bajar la mirada, encontró garabateadas unas letras en la parte inferior del cristal. Se acercó para comprobar qué decían, y un pequeño alarido salió huyendo de su garganta. GREGOR. Ésa era la palabra que alguien desde dentro de la habitación contigua había escrito en él. Entornó la hoja de la ventana y, al leerlo desde su lado, no pudo evitar soltar una risita histérica. Haciendo un pequeño esfuerzo cayó en la cuenta de que las letras de ese nombre también conformaban el suyo. La duda le invadió de nuevo. ¿Se había atribuido el nombre al leerlo en el cristal? ¿Quién era él realmente?
Lo último que pudo ver desde el lugar que le había mantenido apartado del mundo le erizó el vello de todo el cuerpo. Al fondo de la sala donde había tenido lugar aquella terrible actuación circense, la puerta se abría y daba paso a una visión espantosa. Comunicaba con un largo pasillo oscuro y estrecho que desembocaba en otra habitación con su propia ventana. Permanecía cerrada y, a través de ella, se distinguía la silueta de una figura humana mirando con la cara pegada contra el cristal y las palmas de las manos extendidas. Saltó a través de la ventana lo más rápido que pudo a la habitación vecina y avanzó por ella, cuando comprobó aterrorizado al pasar frente al majestuoso espejo que su cuerpo acababa de transformarse de nuevo en el de un gran escarabajo.
Érase una vez una familia de leñadores que vivía plácidamente a orillas del río. Estaba formada por dos padres y dos hijos. El mayor de ellos se llamaba Pedro, y era un chico muy asustadizo. Una simple ráfaga de viento le erizaba los pelos y se escondía bajo la cama hasta que se aplacaba el aire. Su hermano Juan, sin embargo, era todo lo contrario. Nada le hacía sentir miedo. Sus carnes no conocían esa sensación. De hecho, era por todos conocido como Juan Sin Miedo.
Un día decidió salir en busca del miedo. Sus padres, tras intentar disuadirle en vano, le dieron comida y bebida en una mochila para el viaje y se despidieron en el umbral de su puerta. La figura del joven se perdió en el horizonte arbolado con su saco atado a la espalda.
Al poco de caminar apareció un extraño hombre con un pañuelo anudado al cuello. Le sonrió maliciosamente y le enseñó con burla una lengua que era dos veces del tamaño de una normal, con verrugas y bultos por toda su superficie. Juan le hizo un ademán de saludo sin detenerse. El extraño lo cogió por el hombro y comenzó a hablarle con su voz rasposa y monótona.
—¿Qué llevas en ese saco, chico?
—Cosas.
—¿Me dejas verlas? —La cara contrahecha del hombre preció excitarse con la idea de ver el contenido de la mochila. La desmesurada lengua luchaba cual tentáculo por quedar libre de aquella boca, pero le era imposible. Los ojos tenían un brillo opaco más acentuado en comparación con su piel del tono del color de una manzana roja.
—No —respondió Juan con rotundidad—. Y ahora suélteme, tengo prisa.
El extraño paseante le agarró el otro hombro con su mano libre, cuyos dedos parecían garras. Juan le dio una patada en la espinilla y le hizo caer de rodillas sobre el duro suelo, aquejado de intenso dolor. El hombre sacó un cuchillo de uno de los bolsillos de su pantalón. Juan no se sorprendió e hincó la punta del zapato en su cara, provocando que de la boca del otro saliera un río de sangre y babas y un fuerte alarido. El chico aprovechó aquel momento de debilidad del ladrón para arrebatarle el cuchillo.
Se fijó en él y era un instrumento con un filo realmente cortante. Vio sus ojos verdes reflejados en el brillo de la hoja curva. Se entretuvo un poco en inclinarla y observar los cambios de su superficie como si fuera un espejo.
—¡Devuélvemela, maldito crío!
—¿La quiere? Es toda suya... —Juan se agachó para devolvérsela, alargando su mano con el cuchillo encima de la palma abierta. Justo cuando las garras del extraño hombre intentaban prender el metal, Juan apresó el mango de madera, dejando la afilada punta mirando al hombre. Éste expresó su sorpresa abriendo la boca en acto reflejo y volviendo a enseñar aquella inmensa lengua deforme, los dispares ojos también a punto de abandonar las socavadas órbitas. Juan le sonrió y le abrió un tajo en el cuello. Empezó a botar sangre a borbotones, como en una fuente carmesí. Juan tiró a un lado el arma y retomó su camino.
Anduvo y anduvo entre las sombras que le suministraban las hojas y los troncos. Los árboles de los márgenes del camino iban quedando atrás como si de un desfile foral se tratase. El aire comprometía el agarre de las hojas en sus ramas, haciéndolas planear antes de encontrar el suelo rocoso. La mochila pesaba bastante. Sería bueno sentarse a almorzar, así liberaría algo de peso y avanzaría más ligero.
Buscó un lugar blando. Se sentó encima de un manto de hierba y hojas que había visto en un rincón. Desanudó el saco, husmeando con sus manos entre los numerosos paquetes liados en servilletas de papel. Al fin se decantó por uno blando y húmedo. Era un trozo de pan con atún en el interior. También sacó una cantimplora con agua.
Llevaba devorada la mitad del bocadillo cuando una bella chica se cruzó con él en una bicicleta vieja de color azul con ribetes de óxido anaranjados mancillándola por todas partes. Chirriaba de manera desagradable a cada pedaleo. Además, la goma de las ruedas se hundía con la presión de los salientes pedregosos que había por todo el suelo.
—Hola —saludó él. Ella echó una mirada hacia atrás sin detenerse en un primer momento, tan solo observando a Juan de forma apática. Finalmente accionó el freno de la bicicleta y la detuvo en medio del camino. La rueda trasera se elevó un poco antes de detener su giro.
—¿Qué tal?
—Bien, almorzando. ¿Quieres algo? Tengo mucha comida aquí.
—No, gracias. No tengo hambre. —La chica se bajó de su viejo trasto móvil y se aproximó a él. Encogiéndose de hombros le preguntó qué buscaba.
—Voy en busca del miedo.
—¿Cómo que del miedo?
—Sí, persigo al miedo. Pero no logro alcanzarlo igual que él jamás ha podido alcanzarme a mí.
—Creo que tengo la solución perfecta. —La chica se sentó a su lado y posó su mano encima de su bragueta. Luego acurrucó la tela de su falda en el ancho regazo, enseñando lo que había en el interior, donde no llevaba ninguna prenda íntima. Juan observó con interés mientras el ritmo de su masticación iba disminuyendo—. ¿Esto no te da miedo?
—No. —El chico dejó el bocadillo apoyado en el suelo y saltó encima de ella, agarrándola del cuello para que no escapase. La chica, algo sorprendida con su reacción, le dio un rodillazo en el pecho al que Juan respondió aumentando el frenetismo de su arrebato, empujándola contra el suelo. Ella no pudo hacer nada por defenderse. Juan se bajó los pantalones y practicó sexo con ella allí en medio.
Tras terminar, la chica, muy satisfecha con la actuación de Juan, le regaló un collar con el emblema de un delfín rojo. Juan se lo puso encantado y prosiguió su camino a través del bosque. Se sentía algo cansado, pero no podía volver a sentarse. Tenía que llegar al poblado más próximo. Los mosquitos le molestaron durante el resto del trayecto.
El pueblo más cercano se llamaba Millhaven. Un cartel de madera de color rojo llevaba pintado el título con mayúsculas letras negras. Una especie de neblina parecía salir de la garganta de aquel poblado, creando una cortina que impedía que la vista percibiera lo que se extendía más allá de 50 metros de su posición. Decidió adentrarse, ya que le daba igual, tan solo era vapor de agua. Incluso su piel lo agradeció tras la hinchazón que habían producido los mosquitos.
Al interior del pueblo se llegaba atravesando una pronunciada cuesta elevada unos quinientos metros. La caída al otro lado de ambos márgenes del camino era bastante impactante. Cuanto más se acercaba, más espesa encontraba la neblina. Juan se hallaba exhausto.
Una luz llegó a sus ojos tras la espesa cortina blanca. Era muy brillante, de color amarillento. Parecía una especie de ojo luminoso. Juan decidió ir tras él con la esperanza de que le condujera al corazón de Millhaven. Pero tras caminar y caminar al son del ojo amarillo, siempre del mismo tamaño, siempre justo en frente de él fuera adonde fuera, agotado, sin aliento, se paró a pensar. La luz continuaba a la misma distancia, tan inmóvil como él quisiera.
Mientras recuperaba un poco el aliento y escudriñaba el misterioso sitio, de repente una voz atravesó la niebla. Era una voz gutural, espeluznante, de esas que uno asocia con un profundo pozo oscuro más que con una garganta humana. Juan se dio media vuelta, mirando hacia el lugar del que provenía el sonido.
—Aquí, aquí...
—¿Hay alguien ahí? —Juan arrojó un aliento cálido por la boca que se confundió con la bruma.
—Aquí, aquí...
Echó a andar nuevamente yendo detrás de aquel sonido de ultratumba, el ojo amarillo delante de él siempre, como cumpliendo la función de una extraña sombra. Una silueta negra se recortó en el mar infinito e insondable, interrumpiendo sus alargados trazos blanquecinos. Parecía de un hombre con sombrero. ¿Sería suya la voz?, pensó Juan.
—¡Señor, aquí! —gritó Juan. La voz había dejado de producirse. La silueta comenzó a andar hacia Juan, aumentando de tamaño conforme se iba aproximando a él. La luz amarilla permanecía arriba, como una especie de sol. La oscura sombra frenó su marcha a dos metros de él, sin llegar a descubrirse. Flexionó su tronco hacia atrás y produjo una risa maléfica, inundando los oídos del chico. Pero aquello no era suficiente para impresionar a Juan, que, sin ningún temor, dio dos pasos al frente para verle la cara. La risa maléfica se extinguió en su garganta y la negra sombra volvió a recobrar su semblante de hombre serio, quedando su cara enfrentada con la de Juan. Mas sus rasgos aún no se hacían totalmente visibles, solo se podían intuir a partir de insinuantes líneas color carne detrás de la blanca niebla. Los brazos de Juan se hundieron en ella, haciendo arremolinarse algo del humo blanco alrededor de su contorno, y le empujaron hacia atrás. La figura cayó de espaldas, gritando. Se apoyó en sus manos y retrocedió, huyendo de Juan.
—¿Quién es usted? —El hombre se levantó y huyó de allí. Juan abortó un primer impulso de ir tras él. No merecía la pena, convino. Tan solo serviría para alejarle aún más de la salida, o entrada, de aquel pueblo infernal.
Continuó por donde iba y llegó un momento en que la niebla pareció diluirse lentamente hasta desaparecer en una zona de edificios. Había un cartel colgado en la entrada de un hotel que decía:
«¿Será usted capaz de soportar el miedo? Premio para el ganador.»
Juan Sin Miedo supo que había llegado su oportunidad. Abrió la puerta, con un pomo dorado muy frío que siguió sin dificultades el giro de su muñeca. La puerta chirrió un poco mientras rotaba en sus bisagras metálicas. Dentro todo estaba en penumbra. Había un interruptor y lo pulsó. Un chorro de luz inundó la estancia. Caminó entre las sillas desperdigadas por todas partes, leyendo algunos viejos carteles con chistes, dibujos y otras tonterías. Finalmente accedió a una zona con una bolera. Se producía una especie de daño visual porque la bolera estaba reluciente y limpia, no encajaba con el resto viejo y mugriento.
Sus ojos acertaron a ver a una taquillera con las gafas enterradas en el poblado pelo rojo que se le rizaba encima la frente. Estaba mascando chicle y leyendo algo. Al oírle venir subió la mirada y bajó de un golpe la ventanilla. Le preguntó qué buscaba mientras se colocaba las gafas delante de sus ojos grisáceos como la ceniza. Las lentes actuaron a modo de lupa aumentando el tamaño de sus iris, otorgándole un nuevo aspecto de besugo.
—Busco al miedo.
—Este es el lugar idóneo, chico. Si el miedo no está aquí dentro es que ha muerto.
—O que nunca ha existido.
—Claro, chico, claro... Afloja los tres pavos que cuesta.
Juan sacó dinero de su bolsillo y pagó, nada convencido de que allí fuera a encontrar al miedo. De todos modos, no perdía mucho por probar.
—Que aproveche. —La goma de mascar impregnada de la saliva de la mujer se paseaba por el cóncavo borde inferior de sus labios igual que una piedra rodante. Se abrió una verja metálica semi-oculta detrás de una cortina roja. Juan se adentró en ella sin esperar demasiado de lo que se iba a encontrar.
El interior estaba sembrado de oscuridad. No podía verse nada. Parecían unas galerías. Avanzó con cuidado para no tropezarse. Notó algunas telarañas al pasar sus manos por el aire como prueba de que podía avanzar sin problema. Giró un par de veces e indagó por los oscuros pasillos sin encontrar nada interesante. Pensando que aquello había sido un gran timo, bajó la mirada y halló cubriendo toda la superficie de su piel un líquido amarillo brillante. Lo tocó y resultó ser muy pegajoso. Intentó sacudirse con sacudidas violentas, pero continuaba adherido a la perfección a su piel. Y aquel líquido parecía tener vida, reptando poco a poco con movimientos de una lentitud imperceptible por el ojo humano.
Juan corrió por el interior en busca de la salida, ya que quería tener por más tiempo aquella especie de fango fluorescente en el cuerpo. Sabía que el tiempo corría en su contra. Se miró las extremidades y el líquido ya ocultaba sus brazos hasta la altura de los codos. Podía sentir la piel en tensión, como si se la estuvieran comiendo. ¿Sería aquella sensación el miedo? Lo dudaba.
Un par de gotas se precipitaron en su cabeza desde el techo. Hizo ademán de tocarse pero sus brazos tenían ya impedido casi cualquier movimiento. Entonces miró arriba: allí estaba el hombre de la enorme lengua verrugosa al que creía haber matado al inicio de su viaje. Ahora sus facciones dispares, enrojecidas, estaban teñidas del negro de la caverna. Se rió de Juan mientras descendía hacia él a toda velocidad. Éste se echó hacia atrás de un salto, esquivando el primer cabezazo in extremis. El ladrón tenía los pies atados al techo con una larga cuerda como si estuviera realizando puenting y las gotas procedían de la enorme herida de su cuello, formando un charco en el suelo.
La cuerda se volvió a tensar y tiró de él otra vez hacia arriba con enorme intensidad, llevándoselo en el aire como si fuera una pluma. Entonces Juan echó a correr con enormes dificultades debido a la parálisis de sus brazos, mientras aquel loco iba siguiéndole por encima de su cabeza sin cesar de reír. El pegajoso fluido ya iba por su cuello y su pecho. Le empezaba a costar serios esfuerzos llevar aire al interior de sus pulmones.
Corrió y corrió con todas sus fuerzas, como los conejos al huir de los lobos, intentando intuir la presencia de aquel ser deforme por el ruido de su reverberante risa y el goteo de la sangre. Finalmente Juan se chocó contra una pared y cayó de bruces. Hizo todo lo posible por levantarse, mas no pudo. Estaba a merced del extraño ser, que bajó del techo dando vueltas sobre sí mismo como una peonza y riendo sin parar, provocando una lluvia de sangre encima de Juan.
—Me recuerdas, ¿verdad?
—¡Déjame! —Juan se dejó sus últimas energías en aquel áspero y extenuado grito.
—¿Tienes miedo? —Acarició la cara de Juan con su lengua, dándole varios lametazos igual que un perro. Se impregnó de sus babas. Juan apenas podía hablar, solo luchaba por mantenerse con vida. Sin que se percatase, el fluido amarillo estaba contaminando la punta de su musculoso miembro—. Ahora morirás.
Cuando iba a clavarle la daga en el pecho, una silueta negra le agarró la mano y se lo impidió. Juan estaba asfixiándose. Creía que ya sabía lo que era el miedo. El hombre de negro le roció un extraño líquido encima que le liberó del pegajoso fluido fluorescente. Notó cómo se aflojaba la presión en sus brazos y su garganta. La figura se volvió a fundir en la oscuridad.
Cansado, Juan Sin Miedo caminó hacia un panel de luz. Había una puerta y la abrió. La puerta daba a la parte trasera del hotel. Había terminado. La función había terminado de una vez. Al final, parecía haber encontrado el miedo. El miedo a la muerte.
Tras vagar sin rumbo entre las calles, desconcertado por aquellas sensaciones nuevas que le dominaban, un jinete a lomos de su caballo detuvo el trote a su lado y se quedó mirándolo.
—¿Eres el famoso Juan Sin Miedo?
—Sí, soy yo. —Al oír su caduco apodo sintió algo de nostalgia. El hombre sacó una carta del paquete que llevaba en la parte de atrás. Se la entregó. Juan la desplegó y la leyó para sus adentros.
«Deberías observar la foto que te he adjuntado, Juan Sin Miedo.»
Abrió el sobre y sacó un pequeño rectángulo de papel. Nada más mirarlo, un nudo mucho más fuerte que el pegajoso líquido amarillo atenazó su garganta y su pecho. Se derrumbó allí mismo, los ojos desorbitados y la mirada perdida, el cuello algo entornado mirando al cielo. El jinete saltó de su caballo y encontró el suelo con sus botas de cuero. Le levantó la camiseta y pegó su oreja al pecho de Juan. Su corazón se había detenido. Intentó reanimarle sin conseguir reactivarle.
Dio un puñetazo en el suelo y recogió la foto que había junto a la mano de Juan, extendida desprovista de tensión. Le dio la vuelta, temblando. En la imagen se veía la familia del chico ahorcada en el interior de la casa, y al otro lado de la ventana a Juan con una mochila y un collar de delfín colgado al cuello llegando a casa.
Introdujo la foto en el interior del sobre y colocó el cadáver de Juan encima de su caballo, subiéndose y golpeándole con las espuelas para que iniciara el trote. El animal echó a correr y su figura junto con la del jinete con el bulto anudado detrás se perdieron en el brumoso horizonte.
Peruana y abogada. Eso es raro, me decías. No sé, qué sé yo, en mi país o venden verdura o tienen un barsucho... No, no; no discrimino... pero ¿abogada? Sí, imbécil. Abogada. Con «a» al final, como mi nombre, Mariela (siempre me recordó a Mary Wollstonecraft o a Marie Gouze..., ¿las conoces?)
Repito: abogada (sí, querido, algo debo haber estudiado). Una abogada peruana te ayudó a solucionar eso que parecía imposible. ¿O no lo recuerdas? Parece que ya te has olvidado de la cantidad de gente con la que negocié, de las noches perdidas creando falsos testimonios, de los billetes que quemé entre fiscales y jueces (el negocio saldrá bien, Mariela, pero necesito tu ayuda). Pero, sobre todo, parece que no recuerdas el sacrificio que hice al traicionar a mi padre... Mariela, por favor, deja a ese muchacho. Mi padre..., un juez honesto, un buen tipo. Mariela, hazme caso, hija..., ese argentino no es para ti. Ahora puedo decir que lo siento, padre. Siento haber tenido que robarte esos papeles que demostraban que Gastón Montero era culpable; siento haber acabado con tu carrera de juez. No, Eduardo, solo un idiota pierde los papeles un día antes de la audiencia.
¿Y todo por qué? Creo que te amaba ciegamente. Te amaba con ese asqueroso amor que me llevó a huir contigo de Perú, a exiliarme de mi propia familia y pelearme a muerte con mi hermano.
Y así fue que llegamos a Buenos Aires: yo, con las manos vacías; tú, contento (aquí también necesitaste la ayuda de mis habilidades mágicas), con el bolso impunemente repleto de «polvo de oro», como a ti te gustaba llamarlo.
Yo, que lo salvé de la furia de mi padre. Yo, que abandoné la Cólquida y maté a Pelias. Yo, que con él me creí la mujer más feliz del mundo, no soy más que un puñado de lágrimas.
¡Temis, escucha mis lamentos! ¡Escucha los gritos ahogados de mi garganta sometida! Escucha y juzga, porque quizás mi único error en la vida haya sido nacer mujer. ¡No te tapes los ojos y mira! Mira a esos dos hijos que yacen en mi casa. Cambiaría el dolor insoportable de parir por cualquier lanza o escudo.
¡Temis! (¿O Némesis?) ¡Escucha, mira y, por favor, juzga! Que de todas las criaturas que tienen mente y alma, no hay especie más mísera que la de las mujeres.
Un día. Sí, solo un día más puedo permanecer aquí en Argentina según lo que dicta la orden de deportación que recibí. Admito que todavía no entiendo demasiado bien de qué se me acusa (soy abogada, lo sé, pero el sistema jurídico argentino parece haber sido ideado por Kafka).
Y sí, solo un día más me tendrás que ver, Gastón. Solo un día más soportarás mis lamentos fatuos, mi llanto histérico y mi debilidad femenina.
Tranquilo, es solo un día. ¿Qué puede hacer una mujer desesperada en un día...?