LA CANCIÓN DEL POBRE JUDAS
José María Raccorta

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 002
Primera edición electrónica: febrero de 2011
First digital edition: February, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
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Copyright © Mario Carrasco Teja (José María Raccorta), 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-02-0
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-06-8
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
Más allá de la deuda transparente que el lector encontrará con el ilustre Werther, La canción del pobre Judas debe su génesis a todo aquel cuento fantástico cuyo argumento se funda en los tres deseos o pruebas y a la osadía que Robert Louis Balfour Stevenson le imprimió a su Florizel. En noviembre de 2001 este relato obtuvo el Premio Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés en su trigésima edición.
En literatura, el esquizoide es álter ego, Doppelgänger, apócrifo, heterónimo: seudónimo anagramático. Desde hace una década José María Raccorta ha ido cobrando vida propia para reclamarle a su ortónimo, Mario Carrasco Teja (México, DF, 1972), amén del protagonismo, la autoría de éste y otros relatos.
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Índice
Raccorta (Tequisquiapan, Querétaro, 1897-Piamonte, Emilia Romaña, 1944) fue el anagrama con que Tomás Jarcia Correa (Zitácuaro, Michoacán, 1927-San Sebastián Tlaxipeuhtli, Hidalgo, 1999) firmó y vivió sus escritos. Lo único seguro sobre él es que, mientras estuvo vivo, nunca conoció el privilegio de la imprenta en México. Tampoco regresó a su país de origen ni, hasta donde se sabe, volvió a pisar tierras de habla hispana, si bien compuso la mayor parte de su obra en español. El resto de su biografía son meras especulaciones, retazos de tragedia salpicados en las historias sin rostro que narraron los corridos de la Revolución y que se despeñan de las cumbres de los Alpes Peninos, en el nadir de la Segunda Guerra Mundial.
Fugitivo de la leva, arrancado con violencia de los lazos familiares –sus padres perecieron a manos de los huertistas durante un infortunado viaje a la capital del país, en medio de la matanza conocida como la Decena Trágica–, Raccorta huyó a Tampico en los primeros días de marzo de 1913. Allí consiguió embarcarse y dos meses después llegó a Bristol. Su rumbo fue errático hasta 1916, cuando reapareció en Milán transmutado en un joven literato allegado a la vanguardia italiana. A esa época corresponde La industrialización de las margaritas, un cuaderno de sonetos –casi todos perdidos– dedicado a Filippo Tommaso Marinetti y al que éste desacreditó porque al parecer era un intento de conciliar el movimiento que encabezaba –para entonces en franca decadencia– con las estructuras clásicas de la poesía.
Como resultado, el mexicano volvió la mirada hacia sí mismo. Gracias a su amistad indisoluble con Alekséi Zanaiévich, escritor ruso en el exilio que, junto con Vladímir Maiakovski y Kazimir Malévich, fue un entusiasta promotor del futurismo, Raccorta se mantuvo al tanto de la infinitud de resonancias que éste propagó en distintas latitudes, desde la arritmia dadaísta del Cabaret Voltaire, en Zúrich, hasta los alaridos estridentistas del Café de Nadie, en la ciudad de México.
Para los años veinte y la primera mitad de los treinta es posible seguirle la pista por su correspondencia con Zanaiévich. Desde Italia partió de nueva cuenta hacia las islas británicas y se estableció en Edimburgo. El vasto influjo de las Highlands lo llevó a escribir, alejado del engranaje cosmopolita, la dilogía teatral El hombre que amó a la mujer acróbata y asesinó a un relojero (1925), obra pesimista sobre el devenir del hombre que, en diciembre de 1950, Zanaiévich estrenaría en el teatro Piccolo de Milán con muy poca fortuna, así como la farsa ontológica Doce simetrías en la vida de un caballero ambiguo (1927), jamás representada y cuya trama es conocida por acaso un par de biógrafos.
No hay noticias respecto de cuándo abandonó Escocia ni qué otras geografías recorrió, apenas que en 1935 se encontraba en Dresde. Horrorizado por el fulgor nacionalsocialista, tres años después regresó a Milán, donde la situación tampoco era alentadora, y se estableció en casa del ruso. Los exabruptos de «orgullo ario», los camisas negras, su fervorosa repulsión por lo católico y la fascinación por el «estado inmarcesible de la conciencia», como definía al acto de morir –«que no a la muerte», como solía aclarar–, fueron los móviles de Tedium vitae (1944), una miscelánea de cuentos, ensayos y poemas, algunos retomados de La industrialización…, hoy en día una rareza cuya existencia ha refutado más de un bibliófilo, como más de un crítico ha negado la del autor.
De allí se desprende Den armen Judas singen –título inspirado en un viejo proverbio alemán–, donde Raccorta se sumó a una tríada predilecta en la literatura universal: los deseos o pruebas, que en el relato de nuestra competencia no sólo confluyen en la agonía consagratoria del personaje, sino que rebasan la esfera del cuento para devenir bitácora, testamento del escritor.
Narración hiperbólica sobre la dipsomanía y el mesianismo fascista, los guiños poéticos al Eje –v. gr. al kamikaze, «tempestad providencial», y a la blitzkrieg, «guerra relámpago»– se entremezclan con el dogma católico, representado por el Cenacolo Vinciano –también aludido entre líneas– y la utopía medieval –la torre del Filarete, símbolo del Milán imposible que Antonio Averlino proyectó en el siglo XV con el nombre de Sforzinda–, a fin de ubicar territorialmente, sociológicamente, la acción.
Otra lectura es sugerida por la analogía entre el mentor de Raccorta –camisa negra, espectro, delirium tremens– y el más célebre de los paquidermos, del cual se asienta en el Bestiario latino (siglo XII de la era cristiana, en la traducción para Siruela de Ignacio Malaxecheverría): «Existe un animal llamado elefante, que carece de deseo de copular». Y líneas abajo:
«Cuando llega el elefante grande, es decir, la Ley mosaica, y no consigue levantar al caído, sucede lo mismo que cuando el fariseo fracasó con el hombre que cayó entre ladrones. Tampoco pudieron levantarlo los doce elefantes –o sea los profetas–, del mismo modo que el levita no levantó al hombre mencionado. Esto significa que Nuestro Señor Jesucristo, aunque era el más grande, se convirtió en el más insignificante de todos los elefantes. Se humilló y mostró su obediencia incluso hasta la muerte, a fin de levantar a los hombres.»
O como se lee en este doble homenaje de Bertolt Brecht («El animal favorito del señor K.», compilado por Edmundo Valadés): «El elefante reúne la astucia y la fuerza […] Es un buen amigo, pero también es un buen enemigo […] En todas partes se le ama y se le teme […] Puede ponerse triste. Puede ponerse iracundo […] Muere en la espesura».
Las fechas que acompañan a este tour de force dan fe, amén del inicio de la guerra, de los años en que Raccorta situó su ficción, una suerte de despedida en la que extendió su desencanto, la conflagración entera, hasta los albores de los años cincuenta y padeció en carne propia con un antihomenaje a Werther, el ilustre suicida de Johann Wolfgang von Goethe –el primer título que Raccorta dio a su relato era, precisamente, «La sucesión del Werther»–, quizá porque cifró en la muerte voluntaria un final menos terrible que el deparado por el laberinto de la guerra, del cual no vislumbró una auténtica salida: José María Raccorta desapareció en diciembre de 1944 cerca del monte Rosa, cuando él y un grupo de partisanos intentaban cruzar la frontera entre Suiza e Italia, perseguidos por las huestes fascistas.
Mario Carrasco Teja
Ciudad de México, febrero de 2011
1
Una noche, entre tantas noches, departía con la muerte entre delirios de borracho y los cantos de sirenas que anunciaban una lluvia providencial. A diez años del primer relámpago, de fervores nacionalistas, de terror ubicuo, el mañana era granizo rojo; el presente, las facies blanquecinas de los transeúntes sin fortuna: la vida, un segundo congelado en los chirridos del gatillo.
Julia yacía a mi lado, ausente. Tenía días sin moverse, el cuerpo invadido por el compás de la gangrena. Una granada la alcanzó en la piazza Borromeo, a escasos metros de nuestro apartamento. Su piel eran faroles moribundos que me impulsaban a procurarle con la almohada el descanso definitivo y a apagarme con ella. Temía, no obstante, que me faltara coraje en el último momento. Prefería aventurarme en las calles, ebrio, para descifrar el vuelo de los bombarderos o espiar a los fascistas en sus rondós de tortura. De nuevo en casa abría la puerta del dormitorio y aguzaba el oído hasta saciarme de su persistencia. Luego me sentaba a la mesa y regresaba a la bebida.
Aquella madrugada, pues, salí a aspirar el vaho, la pólvora de la ciudad. Un hombre esputaba un himno a Il Duce apoyado en el muro del edificio. Ostentaba con soberbia el uniforme fascista, que lo semejaba a un elefante negro. Al pasar junto a él me miró sin emoción e inclinó la cabeza. Crucé la plaza sin responder al saludo. Confirmé que me seguía cuando se internó detrás de mí por San Maurilio. Una manzana adelante me alcanzó y barritó en mi oído:
—Acompáñeme.
No necesitó mostrarme un arma para que lo obedeciera. Me llevó a una callejuela. Habló con sorna:
—Lo he observado, Raccorta. No debería salir así, tan campante. Dígame, ¿ya no espera nada de la vida?