Excerpt for El Muro Que Guarda El Rosal by Francisco R. Velázquez , available in its entirety at Smashwords

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EL MURO QUE GUARDA EL ROSAL

Dolores Cardona: Detective

Tres Relatos De La Detectivesca Caribeña

POR

Francisco R. Velázquez

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Smashwords Edition

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

Edición Smashwords, Acuerdos y Licencia

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El Muro Que Guarda El Rosal

Tres Relatos De La Detectivesca Caribeña

Primera Edición – 2011

Francisco R. Velázquez, 1949 -

Foto del autor: Zaira Tellado

Arte y Diseño de Portada – FRV

Título original en español

El Muro Que Guarda El Rosal

Tres Relatos De La Detectivesca Caribeña

Ediciones Secta de los Perros

Editor Ejecutivo – M. Pérez-Cotto

Revisión y Estilo – Zaira Tellado

Copyright©2011—Francisco R. Velázquez

franciscovelazquez49@gmail.com

Trujillo Alto, Puerto Rico

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El Angel Del Verso

Pólvora… Tus Besos

Tipasa 47

Sobre El Autor

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A Dolores: la abuela de todos nosotros...

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EL ÁNGEL DEL VERSO

PONCE, SETIEMBRE 1948

EN EL FOYER del Hotel Cárdenas un hombre enciende un cigarrillo con la colilla del anterior. Es alto y de buen ver, traje blanco dril cien, zapatos Spectator de dos tonos, gardenia en el ojal.

Estamos a setiembre de 1948 y una brisa deliciosa corretea por las calles de la ciudad. El hombre sale al balcón y otea la calle de un extremo al otro. Hay cariz de urgencia en sus manerismos.

Subo al pórtico neoclásico del Cárdenas, hotel de primera en el centro de Ponce, al abrigo de bancos y a dos calles de la plaza Las Delicias. Es hotel de alojo semanal para los viajantes de casas comerciales importantes y huéspedes de buen pasar.

El hombre que fuma en cadeneta me mira. No sé porqué pero me habla en inglés. Será porque tengo ojos azules y el pelo claro.

—“May I help you?”, me dice a voz quebradiza.

—“Dolores Cardona. Trabajo en la brigada del cuartel de la calle Molina, quisiera hablar con el gerente.

—“Pero no hace ni diez minutos que llamé. Gracias por venir tan súbito”, susurra aliviado.

Flota en el aire el malentendido; paso con fichas. He ido a preguntar por las tarifas mensuales para policías sin domicilio fijo. Hay hoteles que ofrecen descuentos considerables con tal de tener un agente de la Policía en la casa, sabe usted, gente capaz de despachar asuntos discretamente y con celeridad. De paso, me han dicho que en el bar hay una televisión y esta noche pasan la pelea de Cerdan y Zale, que la quiero ver.

Me señala discretamente que le siga.

Se detiene frente a una puerta del segundo piso. La abre y se echa a un lado. Ademán de dramatismo depurado, como un mago que ha sacado miles de palomas de un sombrero de copa.

—“Lo encontró la señora que él había apalabrado, una amiga suya de la ciudad. Ella me contó lo que había visto antes de marcharse.”

Entro a la sala de estar, una ‘suite’ de dimensiones soñadas con puertas francesas que abren a una habitación. Hay un chino sentado en un sofá de tres plazas, mueblería criolla, caoba de lustre absurdo.

No me saluda ni se incorpora, como dicta el Carreño.

Es que no puede. Ve usted, tiene la cabeza tumbada hacia atrás y un tajo formidable de una oreja a la otra. Lo examino detenidamente y noto que la herida comienza justo debajo de la oreja izquierda. Es profunda, carótidas y yugular rebanadas. La cabeza pende de la médula oblongata. El saltado de las sangre lo ha cubierto como si tuviese puesto un mandil rojo.

Al lado de su brazo izquierdo hay un guante de cuero negro de los que usan los mancos. Del muñón de la muñeca, sobresale una navaja barbera alemana corta, de filo y peso específico, inamovible, sembrada en un asidero de cuero.

Está un poco manchada de sangre.

De todos modos, el comienzo del corte, a la izquierda, reafirma mi teoría de que el tajo fue hecho por un derecho. Imposible que se lo diese el difunto, habida cuenta esa nitidez de línea, longitud y profundidad.

Concluyo que tuvo ayuda en el despacho a Benarés, donde nace el Ganges y todo lo que hay bajo el sol y a dónde todo regresa, a la postre.

Reviso una bolsa de viaje que contiene sus documentos personales. Se llama Pedro Lin, ciudadano de la República de Cuba, tratante en arte. Juzgando por la ropa y el Patek Philippe le va -mejor dicho- le iba muy bien. Hay un sobre con el lacre roto. Dentro del sobre, una tarjeta en hilo con una anotación escrita en tinta sepia:

—“El ángel del verso sangró por el recto.”

Hago un ‘precis’ mental de todo lo visto. Pregunto al gerente.

—“¿Cuándo llegó?”

—“Esta mañana.”

—“¿Tuvo visitas?”

—“Creo que vinieron dos caballeros a preguntar por él. Uno de ellos de color. El encargado llamó y el huésped los hizo subir.”

—“¿Los vio marcharse?”

—“Sí. Salieron con prisa. El de color llevaba un maletín de cuero claro que le pertenecía al huésped.”

—“¿Y cómo sabe usted eso?”

—“Le di la bienvenida cuando llegó. No es la primera vez que venía, un propinero fenomenal. Habrá luto hoy en la barra. Debo aclarar que no los vi, a los visitantes, ni entrar ni salir. Fue el encargado que entra a mediodía, que los vio y me lo dijo.”

—“¿Y no le extrañó a usted que se marchasen con el maletín de él?”

—“No. ¿Por qué habría de extrañarme? Pudo haber sido una compraventa. Un pago por algo. Además le han dejado un Patek Philippe.”

—“¿Y los visitantes traían algo a la vista que pudiese canjearse con lo que trujese en el maletín?”

Sonríe pero no corrige. Me da igual. Me encanta usar esa conjugación arcaica del verbo traer. Pasa igual con el estábanos, que se usa en Ponce y que me suena bastante más correcto que estábamos. Porque se trata nosotros, no mosotros.

—“Mire. Yo me fijo pero no pregunto. A lo mejor, Charlie Chan, aquí de cuerpo presente, traía dinero y ellos diamantes, o Bohemias viejas, o películas de relajo que pasan en la fiestas privadas en el Sporting.”

—“¿La señora?”

—“¿Cuál señora? No sé, él debió llamarla.”

—“¿Y usted la conoce?”

Titubea. Súbito me pide que le muestre la placa.

—“Es que llamé a Casillas, que me conoce y es casi de la casa. Y la envían a usted...”

—“Yo no vine a esto, pero es lo que hago de ordinario. Cuando llegue Casillas, él se hará cargo. Lo pondré en antecedentes.”

—“Pero usted es policía. ¿No? Entonces, ¿A qué ha venido?”

—“A ver la pelea de Cerdan y Zale. Me han dicho que en la barra hay un televisor y que la señal cubana se aprecia aquí con claridad.”

Aliviado de no haber metido tan profundo la pata, dice:

—“Es tan real que hasta se puede oler la sangre. Pase allá. La invito a lo que desee.”

—“Muchas gracias.”

Paso al bar. Sentada en un taburete aprecio el gran adelanto industrial.

La pelea se transmite desde New Jersey por cadena nacional y un avión recoge la señal en Miami y la difunde a CMQ en La Habana. Como no hay mucha interferencia, pues nadie más opera televisoras en los países adyacentes, se puede ver en un televisor de los caros, igual que si uno estuviese en Patterson, o en El Vedado.

La radio también. He tomado por gusto escuchar Jueves de Partagás, desde Cuba, que entra poderoso en las noches claras.

Me caen encima dos “sportsmen” que insisten en obsequiarme tragos. Los rechazo, aunque hay uno que me llama la atención porque lo conozco de fotografías, no las de frente y perfil, a las que estoy acostumbrada, sino de periódicos. Entonces caigo en cuenta que se trata del Zurdo Galíndez, peso welter de San Juan.

El Zurdo está acompañado de un detective manco que conozco de oídas de cuando trabajé en la capital. Es especialista en sacar confesiones sin ponerle la mano encima al confesante, sin gritos, ni patadas. Nada. Como un cura ante un moribundo. Dicen que es un fenómeno. Estuvo en el quinto Ejército, en Inteligencia militar.

A mis juicios, ese talento me causa escalofríos.

Resumiendo: un chino muerto, un detective de “metier” excepcional venido de la capital, acompañado de, o acompañando a, un boxeador de categoría de escalafón pero mañoso dentro y fuera del cuadrilátero, de conformidad con los conceptos que me han ofertado de él.

Añádale a esta olla podrida, otro policía que viene de camino y “es casi de la casa.”

Algo hiede en Dinamarca...

Veo la pelea y me encanta que ganara Cerdán con quien a veces me hago sueños.

Me olvido del chino; total no es mi caso, ni tampoco preparo un supletorio con lo averiguado, como obliga el rigor del cargo.

Ni siquiera contemplo la posibilidad de alojarme en el Cárdenas, porque, ve usted, matan gente y llaman a policías que son “casi de la casa.” Es decir, el campo está ocupado.

*******

LOS DOMINGOS le dan estructura y cierto registro holgado a mi vida procelosa.

Camino en derredor de la Plaza de las Delicias, a mi aire de paseo. Miro vidrieras y veo mi reflejo en ellas. Por estas fechas, he cumplido veintiocho años y llevo siete en la Detective. He pasado cinco años en la de Nueva York donde hice caudales, señuelos, recogido de putas y trabajé una docena de homicidios del perraje italiano.

Traslado en mayo de 1947, sin mayores problemas, a la Detective de San Juan donde me colocan en la unidad de Casos Sin Aclarar. De cuatro resuelvo tres, uno de ellos de quince años de viejo, el del asesinato del hotel Palace, del cual nadie se enteró porque la prensa lo sepultó a pedido y voluntad de los obrantes.

Al cumplirse el año he venido a Ponce, donde vive mi papá, que es dependiente en un almacén de mercería de la calle Salud.

Puntual, cada catorce días, se aparece por el hotel donde vivo, El Buenos Aires, y me trae un corte de tela fino y un patrón para que me haga una blusa, una falda, un traje sastre. Entonces almorzamos y pasamos la tarde juntos.

Mi papá tiene cuentos para arrastrarse y los hace con una cara de sepulturero, como la de Buster Keaton1.

Los tiene sabrosos, propios y ajenos, de cuando estuvo en Francia durante la guerra del Catorce, de cuando cantaba boleros por la radio en los años Treinta y grabó dos discos con la orquesta Wellington, de Cabo Rojo, de los afanes que le han hecho pasar las mujeres.

Mi mamá lo abandonó durante la diáspora, tras San Felipe, 1928, tendría yo ocho años, y se marchó a Nueva York.

Mi papá, que se había criado en una familia de costureras “antebellum”, la del Catorce, aclaro, se colocó de dependiente en el bazar Nottingham, casa comercial de donde no se ha movido desde entonces.

Nos hemos carteado regularmente desde que tengo nueve años. El me lleva veintiún años y se parece a William Powell2 el del "Hombre Flaco.”

Papá es un figurín de bigotito mínimo y trajes del mejor paño inglés.

El corte de tela que me trae termina en una costurera porque aunque fui medallista de tiro con revólver en la Academia, no sé enhebrar agujas ni bregar con ellas.

Pero él insiste y yo, naturalmente, lo consiento.

Desde que me he cortado el pelo y dejé de usar tacones tormentosos, me dice que parezco una maestra de la Grammar School. El bolso marroquí de cuero que siempre cargo, ayuda a proyectar esta imaginación, aunque dentro del bolso no haya registros, ni libros, ni lápices, sino dos Kotex3, Mentholatum4 y, al fondo, las herramientas del oficio, placa, cachiporra y un Colt calibre .38 Detective Special, del cañón corto.

*******

HOY DOMINGO, pasada la Tanda Vermouth que ofrece el Teatro Habana, La gente se ha recogido en sus casas para el almuerzo dominical. Huele por todos lados a pollo frito y arroz con habichuelas acilantradas, filetes cubiertos de cebolla amortiguada y a pan criollo de la Sol de Borinquen.

Alguna que otra radio sintoniza el programa de Industrias Nativas, pero la mayoría difunde las carreras desde el hipódromo Quintana, en Santurce, un barrio florecido de la capital.

En un bazar de la plaza del mercado se oye la cantinela de la lotería que transmite la Voz Dominicana. Nadie la juega en Puerto Rico pero los primeros tres números del premio gordo corresponden al premiado de la bolita del país.

No empieza todavía Trespatines5, así que no son las tres.

En pasando frente del cine Fox Delicias, nunca voy a misa ni a la tanda Vermouth, tropiezo con el sargento Cantellops. Me pregunta si he visto a Bobo Nigaglioni.

—“Le digo que no; que desde que se ha aliado con Teresa ya no le veo con frecuencia.”

Caballeroso al punto de la anacronía, dice:

—“Gracias. Si la puedo llevar a algún sitio...”

—“Vivo aquí cerca, en El Buenos Aires.”

—“No sabía...” contesta haciéndose el nuevo.

Voy camino del hotel a escuchar a Trespatines en el ‘smoking room’ del Buenos Aires. Siesta, cena y a la cama. Sola.

*******

EL MARTES siguiente, Ernesto Casillas me pregunta si estuve por el Cárdenas la noche que mataron al chino. Le contesto que sí, que había ido a ver la pelea de Cerdan y que el gerente creyó que iba a lo del chino.

—“Pero cuando te mencionó, le dije que vendrías en cosa de minutos y me fui al bar.”

—“¿No viste el muerto?”

—“Desde la puerta. Y como supe que venías de camino y yo estaba libre, te lo dejé completito. ¿Cómo evolucionó?”

—“Suicidio. Lo acabo de cerrar.”

Deja el expediente sobre su escritorio y sale al almorzar. Es mediodía y me quedo de guardia junto a teléfono de emergencias. Examino el expediente. No le falta nada, salvo el detalle del maletín, que no se menciona por ninguna parte. Y ni hablar del mensaje cifrado en el sobre lacrado.

Leo repasadamente el informe de autopsia y salta a la vista el error, que igual pudo haber sido mecanográfico, sobre la dirección del tajo.

Mas las fotos que le acompañan no apoyan ni remotamente el dato.

Por la tarde, indago por cuenta propia. Vuelvo al Cárdenas y reinterrogo al gerente que serenamente me informa que todo lo que conoce del caso se lo ha contado al detective Ernesto Casillas.

Trato de dar con la señora que visitó al chino en el día de su infortunio pero no aparece por ningún lado.

Ernesto, visiblemente molesto, me pregunta qué carajos hago revolcando un caso que está por cerrarse.

—“Es que vi el expediente y no hay declaraciones de nadie sino del gerente. La señora que lo visitó...”

—“¿Cuál señora?”

—“Déjalo, pero ese caso te lo reabre el teniente.”

—“No hay interés público apremiante”, dice con sorna.

—“Supe de un maletín...”

—“¿Cuál maletín?”

—“Ya. Esperemos que la navaja que tenía el chino en el muñón no tenga veneno a largo plazo o qué se yo.”

Pasa una semana.

Acapara la atención de todos el audaz escalamiento a la joyería Prado, de donde se han llevado setenta mil dólares en efectivo y joyas por el valor que usted quiera ponerle. La prensa no habla de otra cosa, la de Ponce y la de San Juan. Toda la Detective, Homicidios, Caudales, sobre todo caudales, todo el mundo tiene el caso como prioridad.

Pero no pasa nada. Súbito es domingo nuevamente y sigue el fresco. Paseo a la sombra por las calles desiertas de las tres de la tarde y regreso al hotel.



AL PASAR frente al periódico El Día, veo el Studebaker azul de Ernesto Casillas estacionado con el bonete arriba. Oigo que me llaman:

—“Lola, ven aquí.”

Ernesto está entre dos edificios en un callejón estrecho. Meto la mano en el bolso y saco el Colt. Me hace señas de cautela. En la izquierda lleva un paquete como de dos kilos que chorrea sangre.

—“Dí con el escondrijo de Tito Ford y Tabaco. Es la casa desocupada del fondo. Están repartiéndose el botín de la joyería Prado”, dice indicando con un mohín de la boca hacia el segundo piso de una casa abandonada.

—“¿Refuerzos?”, le digo.

—“¿Para qué?”, contesta.

Atravesamos el callejón y al fondo aparece un mastín de unos cuarenta kilos. Mira a Ernesto, con ojos de enamorado, y éste le lanza el paquete con la carne. El guardián se desentiende y comienza a masticar. Casillas le pasa la mano por las orejas. El perro es suyo; pasa igual en la política y en las relaciones humanas, quien te da de comer termina comiéndote, en todos los sentidos.

Tratando de hacer el menor ruido, subimos. No es buena la idea de ir a por ellos sin refuerzos. Pero Ernesto es un machazo imponente, más seis pies de estatura y pesa casi 200 libras. Además porta un Webley inglés, certero, del calibre .38. No es de reglamento pero nadie le dice nada.

Patea la puerta y entramos. Tabaco y Tito Ford levantan la mirada y se quedan como si nada, tranquilos.

Tabaco empieza a reír. Se le menea la barriga. Tiene una cortadura fea y mal cosida en la mejilla, recubierta con una pomada que parece sábila.

—“Váyanse al carajo. ¿No ven que tenemos taller?”

Me fijo entonces en la pistola .45 de Tito Ford, instrumento legendario por las averías y muertes que tiene ajustadas a sus señas. Un portento niquelado con cachas de marfil.

Está sobre la mesa.

Tito sigue sonriendo y mirándome fijamente. Es un hombre guapo que guarda parecido con Jorge Negrete6, aunque un poco más flaco, pero nada parraneto como los colegas de la brigada de homicidios.

—“Te pareces a mi hermana”, me dice con la serenidad de un encantador de serpientes. Alarga la mano hacia la pistola y le disparo. El revólver masca la bala. De un salto acorto la distancia entre la mesa y yo.

Su torpeza me gana dos segundos y fracciones.

Como ha puesto la pistola a su derecha y es zurdo, tarda algo en quitarle el seguro. Cuando disparo de nuevo ya estoy a medio metro de él pero el revólver vuelve a mascar la bala y entonces le golpeo con fuerza y en la frente con él.

Tito trastabilla. Vacilante, confuso. Forcejeamos por la pistola.

Miro a Ernesto que ha bajado el Webley como si la cosa no fuese con él. Periferalmente veo a Tabaco levantarse de la silla y sacar un revólver de entre sus ropas.

Logró quitarle el seguro a la .45 de Tito y aunque la pistola apunta a las verijas de Tabaco, el balazo lo agarra en pleno pecho tirándolo hacia atrás, muerto de toda mortedad.

En ese preciso instante, Tito vacila y trato, obstinadamente, de volver el arma hacia él; imposible quitársela. Le ajusto el seguro en el forcejeo y, en un fortuito y fugaz pase de cañón por lo bajo, lo remuevo y aprieto con mi dedo el suyo que está sobre el gatillo, como me enseñaron en la Academia hace una eternidad. La bala hace trizas la femoral de Tito Ford que se convierte en un surtidor de sangre a presión.

Poco le queda. Esa arteria vacía en menos de cinco minutos. La sangre brota en proporción inversa a la brillantez de su mirada.

Me retiro dos pasos, reteniendo la pistola. Apunto a Ernesto, que tiene el Webley apuntando al piso.

Tito abre bien grande los ojos y mira a Ernesto. Con el último suspiro le pide:

—“Mátala”, en un quejido lastimoso.

Miro a Ernesto y noto algo raro en su mirada, como si estuviese pensando matarme allí mismo y cuadrar la escena.

Pero tiene dos cosas en su contra: habíanos cargado municiones de la misma caja de balas la tarde anterior. También, la pistola de Tito funciona de maravillas.

Ernesto tiene seis balas en la manzana, pero es tan bruto que, seguramente, cargó seis balas que no tenían fulminante, pensando que era cosa hecha llevarme allí para que me mataran. Le encañono precavidamente.

Mira el botín melancólicamente, luego a mí. Sonríe.

—“Ve a llamar al comandante; yo me quedo aquí.”

—“Ve tú, que no hiciste un carajo.”

—“No me necesitaste. Tú solita...”

Baja a la calle y busca al plantón de esquina que ha desenfundado su arma y le apunta. Ernesto le ordena que monte guardia a la entrada del callejón y no deje pasar a nadie.

A los quince minutos llega con el comandante. Este, desde el umbral, mira segmentadamente la escena.

Ante lo grueso de lo acontecido, he permanecido sentada desde que Ernesto se marchó a buscarlo. Protejo la escena, particularmente el botín, que es espectacular. Ernesto, de su parte, está muy obsequioso. El comandante examina los cuerpos detenidamente.

Se dirige a Ernesto:

—“Entonces usted entra y Dolores lo cubrió desde la ventana. Tito toma el arma para dispararle y usted se le abalanza encima porque su revólver mascó una bala. En el forcejeo subsiguiente usted aprovecha para matar a Tabaco y a Tito.”

—“Precisamente.”

—“¿Y tú, Dolores, a todo esto seguías en la ventana?”

—“No, nunca estuve en la ventana.”

El comandante que es de los que enarcan cejas. Pregunta:

—“¿Y dónde estabas?”

—“Haciendo todo lo que Ernesto se adjudica. Excepto que masqué dos balas.”

Nos cubre un silencio de complicaciones que, súbito, ha quedado roto por la narración lejana de una carrera en Quintana. Luego se torna absoluto.

El comandante enciende una Restina. Recién acaba de almorzar. Me muero del hambre y de la bellaquera.

Estas cosas me ponen así.

Entregamos los revólveres y el comandante los huele. Examina las manzanas y nota las dos balas mascadas por el mío.

Entonces el comandante nota la sangre en mi revólver, compatible con la herida en la frente del difunto. Huele mis brazos, la blusa. Hace lo mismo con Ernesto. Retiene ambas armas.

—“Tú no hueles a pólvora; ella sí. Además está salpicada de sangre. Tú sólo tienes sangre en la izquierda.”

—“A lo mejor se revolcó sobre los muertos. Yo no estaba aquí...” sugiere Ernesto

Tras un silencio meditado, el comandante pronuncia deliberadamente.

—“No te boto de la Policía porque eso le hará daño al cuerpo, ni te mato como un perro porque hay una testigo”, dice el comandante.

—“Por mí no se preocupe, comandante...”

—“Cállese, que hablo en serio.”, me dice. Dirigiéndose a Ernesto le ordena:

—“Te vas ahora mismo de vacaciones por dos semanas. El muñequito es el siguiente: ‘Los siguieron y los vieron subir. Dolores fue a llamar refuerzos y en eso estos forajidos se entraron a tiros por alguna diferencia en el reparto. Cuando llegaron ya era tarde’.”

Mirándome dice:

—“Tu caso, Dolores, lo resuelvo con el coronel.”

—“¿Mi caso, cuál caso?

Entonces mira a Ernesto y le grita:

—“Puñeta, ¿yo hablo polaco? Váyase al carajo, ¿qué, no me oyó?”

Ernesto baja las escaleras. Después escuchamos el motor de su carro acelerar temerariamente.

Tras un silencio meditado dice:

—“Hay que llamar al patólogo. Aprende bien el cuento que te valdrá por lo menos una bonificación y quizá un ascenso. Me encargo de todo.”

E inesperadamente me da un beso en la frente. Eso me turba un poco. Entonces me ayuda a bajar las escaleras porque he quedado transida de nerviosismo.

Llama a un taxi y, sorpresivamente, me envía a su casa. Desde el teléfono de la patrulla llama con instrucciones.

Tomándome una tila al atardecer, en la sala de su casa, sufro un aborto espontáneo. Me trasladan en ambulancia al hospital Santo Asilo de Damas donde paso cuatro días en habitación privada, con guardia en la puerta, cortesía del comandante.

Ni idea tenía de que estaba encinta.

El comandante cumple puntualmente. La prensa local y la de San Juan publicitan, al día siguiente, fotografías e historias del diferendo fatal entre dos hampones con la coletilla de que eran dueños de abultados expedientes criminales.

Cambian la naturaleza de las heridas para explicar cómo uno mata al otro, aunque ya va herido de muerte. Nadie detalla los balazos fatales, sólo que fueron hecho ‘seriatim’ con la misma arma de fuego.

Tabaco disparó primero y en un esfuerzo, casi a telón caído, Tito Ford lo mató de un tiro en el pecho. Y la gente lo cree. Bueno, no todo el mundo.

Al guardia plantón lo han hecho cabo por haber descubierto la escena. Ni mención de los dos detectives de la brigada.

Cuando me dan el alta el comandante pasa por mí y me lleva a su casa para que su mujer me cuide. Paso allí una semana. Me han extendido una licencia con sueldo corregido a setenticinco pesos a la semana y sin cargo a vacaciones. Sueldo de teniente.

A la mañana siguiente del alta, desde sendas sillas de tulipán en el balcón, amplio y sombreado por un enorme laurel de la India, conversamos el comandante y yo, mientras su mujer atiende el rosal.

He bajado de bata rosa y chinelas de raso, como las que calzan los obispos, que la señora me ha regalado. No me hallo aún. Me sobrevienen episodios de mareo.

—“Yo sé que no es justo pero el Benemérito va por encima de todo y las mujeres tienen su lugar en la sociedad y, créeme, habrá cambios en el futuro pero por ahora no sería conveniente. Esto lo he hablado con el coronel. No es el momento ni sería beneficioso al ánimo de la tropa que se pormenorizara lo acontecido.

—“Porque soy mujer. Pero el que me llevó a matar sigue en el Benemérito. Óigame, que esto es fuerte.”

—“No es tan fácil. Te comprendo, aunque tienes la lengua un poquito descontrolada. Hay que verlo en un contexto más generalizado. Hay ciento cincuenta mujeres en la fuerza haciendo trabajos de poca monta porque es una institución de hombres. Y así son las cosas... y así se quedan.”

Añade:

—“...No podemos publicitar tu heroísmo. Arrestar a un escalador es una cosa, matar a dos hampones, solita, es otra y muy distinta.”

Entonces con una risita nerviosa, casi forzada, añade:

—“No conseguirías novio.”

—“Si son como Ernesto...”

—“... Además eres una muchacha bonita.”

Le cambio el tema. Suena a mi papá que quiere un nieto y se abochorna un poco porque a mi edad estoy de vestir santos.

—“¿Podría concedérseme una merced como decía mi abuela?”

—“Dime, Dolores.”

—“La pistola de Tito Ford.”

—“¿Como ‘souvenir’?”

—“De reglamento. Ah, y que me expliquen cómo se mascaron dos balas seguidas. Ernesto y yo cargamos de la misma caja.

—“El armero trabaja en eso. Se ha confiscado el envío más reciente de las municiones. Se lleva una estadística.”

—“La caja era de Ernesto, él la desensetó y me ofreció balas nuevas.”

—“Todas estaban sin fulminante. De eso quería hablarte. El coronel piensa que se trató de un complot. Que te llevó allí para que te asesinaran.”

—“Lo mismo pienso yo. Tito se lo ordenó con el último suspiro. Pero no se atrevió. Claro, yo iba mejor armada aunque cabía la posibilidad de que él tuviese balas vivas. Pero a lo mejor, por la impresión...”

Tras una pausa meditada agrega:

—“Organiza tus pensamientos. Revisa los casos donde has metido la mano. A lo mejor, has pisado donde no debes o has hablado más de la cuenta. Por lo pronto el coronel... no creo que interponga reparos al petitorio. Claro, a menos que haya unos asesinatos atribuibles al arma. Oye, te he tenido que trasladar a Casos sin Aclarar.”

—“Bueno, ¿Y Ernesto, qué?”

—“Es delicado. Habrá que botarlo, pero en la transición política en que vivimos no podemos acusarlo de nada; primero por falta de pruebas sólidas. Todo resulta circunstancial, recuerda que su arma mascó una bala también; segundo los actores principales están muertos. Se destaparía todo y como te he señalado, no conviene. Además, Ernesto tiene un resguardo muy poderoso que lo ha sacado de aprietos anteriormente.”

—“¿San Lázaro?”

—“Más influyente. Y no por el dinero y la posición, que la tiene, sino por los secretos. En el análisis final es eso lo que de veras cuenta cuando llega la hora de tocar puertas, medir fuerzas y negociar.”

—“Entiendo. Plata tiene cualquier pelafustán. Pero hay otras cosas.”

—“Precisamente.”

*******

ME VISITA mi papá y me trae unas fruslerías de almacén de señoritas, un frasco pequeño de cristal para perfumes y unos pendientes delicados. El comandante se retira y nos deja solos.

—“Todavía te ves pálida. Pero eso con unas sopitas de res se aclara.”

—“Necesito mucho más que sopitas. Por ejemplo, necesito información.”

—“Pregunta.”

—“Averíguame el nombre de una señora que fue a visitar al chino que degollaron en el Cárdenas hace mes y menudo.”

—“¿Corinne?”

—“¿La conoces?”

—“Es cliente predilecta...del bazar. La llamo cuando llegan sedas estampadas o hilo de categoría.”

—“Y ¿cómo sabes que fue ella?”

—“Resulta que la pastoreé por un tiempo y todavía se consulta conmigo.”

—“No puedo creer esto. El lado putañero de mi papá...”

—“Aclaro. Corinne es puta fina, de a domicilio. No es esquinera. Tiene su dinerito ahorrado”, añade.

—“Te habrá dejado en la inopia”, supongo.

—“Fíjate que no. En mi caso me agasajaba. Además, con el billar me busco lo mío.”

—“¿Billar?”

—“De a cinco pesos la mesa. Soy el rey. Pasa que todavía te falta por conocerme. Hay semanas que me busco diez veces lo que en el bazar.”

—“Eso es peligroso. Y apostar es ilegal.”

—“Háblame a mí de ilegalidades. Tengo gente que apuesta a mí, gente que roba con maletines y sellos de bufete. Me dejan un estipendio generoso. Otros apuestan por ellos y éstos son del elemento y me protegen. De hecho, si necesitas plata no dudes.”

—“Gracias. Háblame de Corinne.”

—“Al chino lo trataba cada vez que venía. Y vino cuatro veces. Ella me contaba, que él le pagaba de excepción más que la mitad de los banqueros y abogados de Ponce.”

—“¿Pero habrá cobrado esta vez?”

—“Si lo hizo fue por adelantado y en giro telegráfico. El chino estaba muerto cuando ella llegó. ¿Oye, es cierto eso que por meter las narices en este asunto por poco te matan?”

—“¿Y quién anda diciendo eso?”

—“Gente que yo conozco, que desconocen la parentela entre nosotros.”

—“Tu despachas telas, ¿qué tienes tú que saber estas cosas?”

—“Te sorprenderías de las cosas que conozco. El dueño de la joyería Prado, visitó el bazar so pretexto de comprar una remesa de hilo del Vaticano para hacerse unos trajes. Me dio un sobre para ti”, me dice.

Deposita el sobre lacrado en mi falda.

Papá se levanta y se despide. Declina una invitación a almorzar. La esposa del comandante muestra cierto aire de alivio al verlo marchar. Con arreglo a lo que acabo de descubrir sobre su lado oculto, se me hace sospechoso el suspiro y muy claro el trato cordial, pero frío, del comandante.

*******

RENATA, que así se llama la esposa del comandante, me trata con inesperado cariño habida cuenta las circunstancias y de ser hija de mi papá a quien conoce de muchacha.

Hace sopitas de gallina y me guarda los huevos y el pescuezo que me encantan. Tenemos largas conversaciones en el balcón, y nos hacemos compañía mientras escuchamos unos radioteatros del sesgo más desgarrador.

Pasa también que nos morimos de la risa tras del almuerzo cuando pasan el bloque musical del mediodía.

Es una señora de su casa. Tendrá unos cuarenticinco años. Afable en el trato, se ha abstenido gentilmente de darme consejos por la vida que llevo.

El sobre que me ha dejado mi papá tiene una ‘P’ en el lacre, por Prado, supongo, que no por puta, que lo soy aunque sólo de obra, no de cobranza. Me cruza por la mente el recuerdo fugaz de mis pies apuntando al plafón mientras flanquean un cuello robusto y vital cuyo rostro cambio según el macharrán de moda en Hollywood. Sonrío privadamente y abro el sobre. Hay un giro postal por dos mil dólares pagaderos al portador.

Al cabo de una semana, recuperada ya del percance, he regresado al Buenos Aires. El dueño me recibe personalmente y cuando voy a saldar la cuenta de lo debido dice que está pagada por un mes, cortesía del señor Comandante.

*******

VISITO a mi papá que vive en la calle Guadalupe detrás del cementerio municipal.

Llego el sábado a las tres y está en la sala en bata, recién salido del baño, como cuando cantaba y pasaba la guagua de la orquesta a por él. Su mujer, que es quince años menor que él, le frota tricófero de Barry7 en el pelo y lo peina delicadamente. Luego lo calza y él se pone de pie como un dios mitológico o Jesús en la montaña y se deja despojar de la bata que es de seda y tiene estampados chinos y un fajín violeta.

Se queda en pantalones y camisilla mientras se adelanta a darme un beso.

Rosario regresa del armario y trae camisa blanca y chaqueta deportiva a cuadros. Le ayuda a ponérselos.

—“Salgo a trabajar; es una lástima. Acompaña a Rosario que ella te devuelve al hotel.”

—“Ya. Pero sábado a las tres de la tarde, ¿Dónde vas a trabajar?”

Empuña un maletín de billar donde hay tiza, polvo talco y un taco desmontable con cabo de bakelita.

—“Hoy me toca Juana Díaz. Te cuento luego.”

*******

ME QUEDO y converso largo rato con Rosario que es muy bonita y trabaja de costurera por su cuenta. Me habla de sus preocupaciones que no son de dinero sino de que algo le ocurra a mi papá.

Es una santa, esa mujer.

Dos imperativos por resolver a la brevedad; comprar un paquete de pañales y enviárselos anónimamente al detective Ernesto Casillas y hablar con José Ramón Peñalver, de la Secreta, el que me preñó.

Tiene un apartamento en la calle Ferrocarril, dizque para cuando está inmerso en investigaciones. Vive con su mamá en Peñuelas y viaja a Ponce cuando está de turno.

En la claridad del día “y de la mente” me doy cuenta de que el apartamento no es otra cosa que un destasajero de incautas.

De noche, cuando iba allí, ello no era evidente por la luz de los veladores y la penumbra mental que llevaba yo, obnubilada.

He ido a visitarle para contarle lo ocurrido pero no está. Entro con una ganzúa y recorro palmo a palmo el recinto de una habitación con sala y la mesita a la entrada donde dejaba yo la ropa y los zapatos, menos el revólver, y no me los ponía hasta que me marchaba.

Había yo estado aquí seis veces, en esos arranques de soledades extremas que sufrimos las mujeres, y de las cuales él, por apetencias propias de su género, tomo provecho espléndidamente. Obligándome -y lo digo en el sentido del quid pro quo, de la grata correspondencia, porque nadie me obliga a nada- a unos revolcones de excepción.

En realidad, lo que yo perseguía era una compañía de trato suave que, sin quitar lo que hicimos, la hubo.

No es hombre de mala leche sino de bellaquerías incontrolables. Y yo gocé lo mío, valga decir. Como no hubo maldad de su parte no tengo por qué reprocharle.

Cuando voy de salida, entro al baño y noto dos pantaletas de tallas diferentes, una verde y otra azul, que ni son mías ni suyas. Lo digo por lo de la talla porque, quién sabe si es hombre de ponerse pantaletas en la intimidad. De todo hay.

Encuentro un cartapacio en un apartado de su escritorio. Contiene cinco almanaques de la Ferretería El Cometa, todos con distintos nombres de mujer y unas fechas circuladas en rojo.

Esto no me ha tomado por sorpresa porque José Ramón es muy meticuloso para sus asuntos. Las fechas han de ser los días de inutilidad sexual de sus amigas.

Busco el mío y veo que ha anotado la fecha equivocada y con meridiana claridad me viene a la mente cómo se conjugó el error.

Estábanos ya por el segundo correntío cuando, imitando un gesto que aprendió en el cine, encendió dos cigarrillos y me pasó uno.

Se incorporó sobre el codo y me preguntó el signo zodiacal y se lo dije:

—“¿Y cuándo es tu fecha?”

Le he contestado que el tres y no menciono el mes por estar a dos semanas de la efemérides. Ignorante yo; pensaba que me preguntaba por la fecha de mi cumpleaños. Ha sido un error de intención en su caso y obnubilación romántica en el mío.

Entonces me pidió que pasase la noche con él y me duché y removí el diafragma. A la madrugada hubo otra embestida y en medio del afán, de los ‘Ay cielo mío que rico que tú te mueves... dámela” vi, fugazmente, el diafragma en la mesita de noche. Ni me pasó por la mente la consecuencia.

Repasando, me he dado cuenta de que el mes pasado nos hemos visto en dos ocasiones para almorzar. Cuando me invitó al apartamento le dije que no podía por mi próxima condición.

Entiendo perfectamente ahora por qué el rostro se le demudó.

No vale la pena reclamarle; ni siquiera verle a pesar de que no es un hombre bruto. Tiene modales aunque algo distraído.

Recuerdo que le pedí una vez que se pusiera un condón y me dijo que no.

—“Soy como los indios, me gusta montar a pelo”, dijo.

*******

RETOMO el trabajo. Me presento a las ocho en punto de la mañana al depósito de expedientes sobre casos sin aclarar. Allí me recibe un sargento a punto de retirarse y me presenta al que lo remplazaría.

Una vez he traspuesto en umbral, ambos se han puesto de pie y me han recibido como a un superior, cosa que me extraña porque mi rango, no mi sueldo que es otra cosa, no equivale al de un sargento.

Al parecer, el secreto de Tito y Tabaco se ha destapado como pasa en este país donde nadie guarda dinero ni secretos.

Hay otro detective que llega a mediodía. El sargento me dice:

—“Tómese su tiempo, agarre el que más le parezca. En el restorán del frente se come bien pero el café tómeselo aquí que es mucho mejor.”

Veo media docena de expedientes en una mesa de esquina. Los examino. Son todos asesinatos naturalmente, pero hay uno que otro suicidio.

Pregunto:

—“¿Y por qué hay aquí casos de suicidio? ¿Están cerrados, no?”

El sargento me dice bajito:

—“Es que son recientes y algunos suicidas tienen pólizas detenidas porque la compañía aseguradora no ha quedado del todo satisfecha. Si se logra probar que fue asesinato, bonifican en diez porciento de la prima al que lo resuelva. Esto es una mina para el que conozca de la materia.”

Agarro el primero que alcanzo. El del abogado Donostia que se pegó un tiro dentro de su automóvil, estacionado en la avenida nueva por donde construyen la Universidad Católica. Caso sonado en la prensa cuando llegué a Ponce.

Empiezo a examinarlo desde el final. Veo la firma del detective Ernesto Casillas.

—“Me quedo con éste”, le digo al sargento.

Él lo mira y ve la fecha.

—“Tiene catorce días”, dice.

Entonces me explica que el caso pasa entonces a documentos públicos y los investigadores de la compañía obtienen toda la información, incluyendo los efectos del fallecido.

Súbito veo el caso del degollado y lo tomo. Implica esto joder un poco, no mucho, a Casillas que sigue de lo más campante porque es de suponer que tiene, y a buen recaudo, información que vale lo que no puede comprar el dinero.

También se joden el mecanógrafo dactilógrafo que tomó el dictado del médico forense y quizá éste también, por chapucero.

No sería gran cosa, podría alegarse un error basado en la falta de celo. Total, un chino cubano que andaba en cosas sospechosas no ameritaba importancias mayores.

Entonces me doy perfecta cuenta, me salta a la mente, la cortadura mal cosida de Tabaco, mejilla izquierda, en diagonal. Fue él quien degolló al chino Lin. Apuesto, y verifico, que la sangre en la navaja del muñón es de su tipo.

Con lo descubierto habría sido suficiente para reactivar el expediente y añadir informes supletorios.

Aunque Casillas era intocable, por razón del calibre de su mecenas quien ordenó, o no, el asesinato, también era, a fin de cuentas, un policía. En el análisis final, si yo le pisaba los huevos al que le halaba los cordones, se alteraba la ecuación de poder y pasaría a ser un pendejo más. Decidí agarrarme de algo que no se contemplaba en el expediente y que me llevaría directo al ‘sursun corda’: el alejandrino francés. Doce sílabas sin sinalefas; no el alejandrino clásico que son catorce.

—“El Ángel del verso sangro por el recto.”

Sospechaba que ahí estaba la clave de todo. Las señas del que manejaba a Casillas o “contrario sensu”, el manejado por éste.

Salgo a la calle, no son ni las once de la mañana. Voy a la plaza Las Delicias y me entretiene el bullicio de los choferes de los carros públicos y el devenir de la gente.

Es mediodía y una zafra de muchachas bonitas, dependientes, secretarias, pasan en grupos de tres o cuatro, riendo por tonterías, dejando que la brisa les refresque. Han agudizado un sexto sentido que les hace fijar su atención a los golpes de ventolera vis a vis las faldas de gran vuelo que llevan puestas, cosa de no mostrar al ‘urbi’ las pantaletas.

Se me acerca un hombre con los ojos tirando a amarillo, como los gatos. Se sienta a mi lado.

—“Usted fue la que dio de baja a Tito Ford y a Tabaco. No es prudente sentarse sola. Tiene enemigos poderosos.”

—“Están seis pies bajo tierra.”

—“Fíjese que no me refería a ellos, sino a quien los manejaba.”

Le miro entretenida.

—“¿Y usted es?”

—“Pedro Sotero”, corresponsal de El Nacional.

—“¿Y por qué no lo publicó?”

—“Le envié la nota a Figueres, el dueño del periódico. Almuerza los lunes con el jefe de la Policía. Esa semana adelantaron el almuerzo. El mismo escribió la noticia, o tomó el dictado. Es un mierda.”

—“¿Y no protestó usted?”

—“Hice igualito que usted. Hay veces en la vida que hay que saber pasar con fichas.”

—“Pues en Nueva York...”

—“Pasa lo mismo. Los periódicos son de los dueños. Ellos deciden. Y Figueres no toca a la Policía porque todo lo que hace está bien para la sociedad.”

—“¿Y los truhanes?”

—“Sencillamente no los hay. Aunque yo sé de policías que cuidan bancas de bolita y protegen garitos.”

—“Y andan montados en Studebakers del año.”

Calla por un instante.

—“Ándese con cuidado con Casillas. La bromita de los culeros no le cayó bien. Pensó que eran camisas y abrió el paquete en la brigada. Del coraje que le dio se fue dos días para su casa. Si la ve, la mata.”

—“Tuvo su oportunidad. Ya es mío.”

—“No se confíe. Yo, si fuera usted me devolvía a Nueva York.”

—“¿Un mensaje?”

—“Un consejo.”

Hay sinceridad en el tono de su voz.

—“Es que estoy trabajando un caso. Quizá usted me pueda ayudar.”

—“Dígame.”

—“¿Se acuerda del chino que se degolló en el Cárdenas?”

—“Perfectamente. Trajeron al patólogo para determinar la causa de la muerte. Había un seguro de por medio.”

—“¿Y usted vio la escena?”

—“Vi fotos. El cuento me lo hizo Casillas que fue el agente investigador... pero estuve en la autopsia, por la novedad de que era manco y tenía la navaja asida al muñón.”

—“¿No notó algo raro?”

—“El tajo corría de izquierda a derecha y el informe de autopsia decía todo lo contrario.”

—“¿Quién tomó los apuntes.”

—“Tomás, el taquígrafo del juez Hernández. Y lo escribió así.”

—“¿Lee usted taquigrafía?”

—“Soy taquígrafo, desde antes del Ejército.”

—“¿Y hubo esmero en la autopsia?”

—“No mucho. El doctor tenía prisa por devolverse a San Juan. Leyó por encima y firmó.”

—“¿Cui bono?”

—“¿Cómo?”

—“Es latín, significa quien se beneficia.”

—“Usted es la detective. Eso le tocará a usted, supongo. Pero, ojo, puede haber callos grandes en el camino, no los vaya a pisar.”

Al despedirme, dice:

—“Tiene dos agentes que no le pierden seña. Uno es decente, del otro no puedo dar fe.”

Y se marcha.

Ya he visto a los agentes y supongo que el comandante los ha asignado a vigilarme pero a estas alturas no sabía si era por el despacho de los dos matones o por la pesquisa del chino.

Total...

Compro una piragua de frambuesa y doy un paseo en coche por las calles de la ciudad. Le doy diez dólares al cochero y le hago el día. Sí. No hay muchos coches de punto frente a la alcaldía así que me sacudo la escolta encubierta pues el coche discurre lo suficientemente lento para que me sigan en automóvil y muy rápido para de a pie.

*******

TOCA HOY la visita acostumbrada de mi papá. Pasa por mí en un carro nuevecito, un Kaiser amarillo que ha comprado desde la última vez que nos vimos. Para sorpresa mía, le acompaña una mujer poco mayor que yo, rubia, bueno, pelo castaño claro, chinota de ojos grandes y de unos modales de mesa que ni la reina Juliana.

Se trata de Corinne. Nos presenta y nos saludamos con precavida cortesía.

A los postres, ella me pone en antecedentes sobre lo acontecido y su proceder.

—“Le dije que no le hiciera daño pero para el caso que me hizo...”

—“¿Quién?”

—“Tabaco. Me pidió que si el chino me llamaba le dijera que iría en una hora. Y lo llamará a él a este teléfono.”

Muestra un teléfono anotado en un pedazo de papel cuyo número y letra reconozco inmediatamente, una línea privada de homicidios. El siete, que se repite tres veces, es el mismo que hace Casillas. El siete europeo, tilde en el medio.

—“¿Llamó?”

—“Sí. Pero me contestó otra persona. Pregunté por Tabaco y me dijo que estaba bien, que si el chino había llegado. Le dije que sí.”

—“Como comprenderá, temo por mi vida.”

Tercia mi papá:

—“Ya Lola se encargó de eso, como te dije.”

—“Si pero la persona que me contestó no era Tito Ford.”

Claro, se trataba de Casillas.

Por el mediodía fleto un carro público que me lleva a San Juan. Llegamos a las tres y en el camino nos hemos detenido en una lechonera donde venden morcillas y lechón y el arroz con habichuelas vale diez centavos. Me atiborro. Duermo. En Río Piedras le pido al chofer que me deje en la Universidad de Puerto Rico.

Pregunto y llego al departamento de Humanidades y pido que me dirijan al salón de descanso de los profesores. Allí hay dos, uno de español y otro que enseña francés.

Les explico que ando en ‘police business’ y necesito su ayuda. Acceden.

A rasgos generales les cuento el caso del chino degollado y un extremo que no acabo de aclarar. Les recito:

“El ángel del verso sangró por el recto...”

Permanecen en silencio. El profesor de francés, aventura que habrá que leer los poetas malditos, particularmente a los que se especializaban en ángeles, demonios y lesbianas.

—“Y mulatas”, añade el profesor de español quien identifica la métrica como un alejandrino francés con arreglo a la mensura española. Pero ninguno recuerda un verso tal, que de suyo era muy malo y ‘recto’ es un término de fisiología nada poético.

En eso entra un profesor de pintura que, puesto en antecedentes, dice escuetamente:

—“Rembrandt.”

—“No sabía que era poeta, además era holandés, ¿no?”

—“Correcto, señorita. No escribía versos, los pintaba.”

Los otros dos profesores se miran entre sí; sus rostros reflejan curiosidad. La tarde empieza a caer.

—“Es un dibujo de Rembrandt. Más bien un ejercicio en tinta, pero se le fue la mano y en el ángel del verso que nada tiene que ver con métrica sino con la carilla trasera del papel, la tinta paso al recto que nada tiene que ver con el orificio anatómico sino con la carilla donde se dibuja.”

—“¿Y ese dibujo, está colgado en algún sitio?”

—“Se lo robaron de una colección en los meses finales de la guerra. ¿Dice usted que el difunto Lin era tratante en arte?”

—“Al menos era lo que leía su identificación y tarjeta de presentación.”

—“Entonces está en Puerto Rico. Traído quizá en la mochila del algún soldado o vaya usted a saber.”

—“Es valioso supongo.”

—“Todo Rembrandt, hasta la lista de las mezclas para colores de su puño y letra, tiene un valor extraordinario.”

—“Aventure una cifra.”

—“Un dibujo tal, de ensayo con su firma que data de trescientos años... póngale usted cincuenta mil dólares en el mercado negro. Por lo visto, habrá de ser un coleccionista muy rico y muy privado.”

—“De ser cierta la teoría de que lo trajo un soldado no creo que le hayan pagado tanto,” le sugiero.

—“Quizá le dieron quinientos dólares y anda por ahí lo mas orondo. Eso pasa mucho; la gente se mete en lo que desconoce.”

El extremo está aclarándose. Falta por averiguar quién era el destinatario del dibujo de Rembrandt, cosa que no sería difícil pues en todo Ponce, pueblo y campo, no hay cincuenta mil pesos sueltos. Ni en Ponce ni en Juana Díaz.

Quedaba claro que Lin no era otra cosa que un mensajero de alto nivel. De lo contrario no habría sido necesario escribir la descripción del dibujo en un sobre lacrado. Eso lo había hecho otra persona, su jefe probablemente.

El no era otra cosa que el custodio del dinero, armado de una navaja barbera. Viajo en taxi hasta el hotel Central en el Viejo San Juan. Bajo a cenar y luego paso a tomar el fresco en la plaza de Armas.

Estoy sentada en un banco a un extremo de la plaza, cuando se me acerca un tiburón alto, con bigote de chulo y traje de cuarenticinco pesos, un Palm Beach, y un Panamá Optimo de poco uso. Enciende un Phillip Morris y mirando al Ayuntamiento plantea:


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