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Roberto por el buen camino

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

Editora-autora

Título: Roberto por el buen camino

Copyright © 2004 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.





DEDICATORIA

Esta obra está dedicada a todos aquellos que han dado un salto desde la oscuridad hasta la luz; a los que están intentándolo, y —muy especialmente— a quienes les han tendido la mano para que lo logren.

1

—Quieto man, ¡si respiras, te mueres!

Luis Carlos sintió un objeto metálico en su espalda. Paralizado por la impresión, vio cómo otro de los malhechores se colocaba detrás de Susana y la halaba por los cabellos, apuntándole con una pistola a la cabeza. En un intento por controlar la situación, preguntó a los delincuentes por sus intenciones. El que parecía ser el jefe le contestó que si quería salir vivo debía retirar todo el efectivo que tenía en su cuenta y entregárselo.

Tratando de ocultar el temblor en sus manos, extrajo la tarjeta de su cartera y se la extendió al tipo, quien se echó a reír burlonamente.

—Este rabiblanquito enamorado cree que uno es bruto. ¿Quieres ver mañana mi cara en todos los periódicos? ¡Anda tú mismo, saca el dinero y tráeme el comprobante de saldo, quiero verlo en cero! Y cuidadito con lo que haces, pues aquí tenemos a tu pastelito esperándote.

Estas últimas palabras las dijo mientras pasaba el cañón de su pistola muy cerca del mentón de Susana. Estaba consciente de afrontar una situación seria, por eso se apresuró a caminar hasta el cajero y de allí extrajo el efectivo disponible: cuatrocientos dólares. Cuando se lo entregó al que daba las órdenes, éste miró hacia las sombras, de donde enseguida salió un sujeto de aspecto repulsivo, quien pidió el dinero y lo contó.

—¡Rabiblancos del carajo! ¡Son unos limpios! ¿Crees que tanta alharaca se compensa con cuatrocientos dólares? Vamos a tener que llevarnos tu carro y tu novia. Tal vez te los devuelva más tarde, o lo que quede de ellos, porque esa película que habías comenzado voy a terminarla yo —y se echó a reír grotescamente.

—¡Ella no va para ningún lado! Pueden llevarse el carro, pero ella se queda conmigo.

Luis Carlos sujetó a Susana por un brazo, en un intento por quitársela al delincuente, pero de inmediato sintió las manos de los otros tipos que lo sacudían con violencia.

—¡Qué novio más valiente tienes, muchachita! Pues veamos si es de verdad. ¡Súbanlo al carro para que también participe en la fiesta! A lo mejor le gusta…—y siguió riéndose mientras abría la puerta del auto que ya consideraban como suyo. El que sujetaba a Susana, tal vez el más joven entre ellos, se adelantó, con el arma apuntando hacia Luis Carlos.

—Jefe, ¿para qué vamos a llevar bultos? No quiere que lo enfríe aquí mismo?

Su acompañante le contuvo el brazo, mirándole a la cara con fiereza:

—Oye, Tuti, mantente fresco. Recuerda que vine con ustedes a robar, no a matar a nadie.

El que daba las órdenes ya había echado a andar el auto, y por sobre el ruido del motor les recomendó con dureza:

—Si quieren quedarse a conversar, es su problema. Si no, suban la carga y vámonos.

Susana, paralizada por el terror, no podía articular palabras. Temblaba de pies a cabeza cuando los delincuentes la obligaron a entrar al vehículo, junto con Luis Carlos. En medio de la angustia, pudo hacer un espacio para culparse de lo que estaba sucediendo. Si no hubiera insistido en retirar dinero, ahora estarían a salvo en sus casas. Lo más seguro era que esos tipos iban a abusar de ella y luego a matarla junto a su novio. Si iba a hacer algo, tenía que ser en ese momento, cuando el auto estaba en la ciudad. Miró al que les apuntaba con la pistola, el tal Tuti; estaba segura de que era menor de edad.

—¿Te llamas Tuti, verdad? Eres casi un niño… ¿por qué hablas de matar?

—¡Cállate estúpida! Por esa misma razón soy el encargado de estos trabajitos.

Luis Carlos comprendió el grado de peligrosidad del muchacho, por lo poco que arriesgaba en la operación. Cursaba el último año de la carrera de leyes y el profesor de Criminología les había explicado claramente el perfil de los menores infractores. La ley dejaba abierta una ventana para que, hasta cierta edad, sus delitos fueran considerados poco más que como faltas administrativas, garantizándoles cortas condenas que casi nunca cumplían; por eso eran los matones preferidos entre las pandillas que abundaban en la ciudad. Una vez más intentó convencer al conductor de que, con el dinero en su poder, ya ellos no les resultaban útiles, y le pidió que les permitieran irse, con la seguridad de que no harían denuncias

—Los únicos que no hacen denuncias son los muertos, ¿eh, Tuti?— Y volvió a reírse, a la vez que compartían un coro de carcajadas y una botella de licor que se pasaban de mano en mano entre alusiones obscenas.

Susana notó que el auto se había parado en un semáforo, y que el conductor estaba distraído ajustándole el volumen a la radio, ya de por sí estridente. Creyó que esa era la oportunidad propicia para intentar algo, antes de que los maleantes se internaran en los barrios más alejados.

—¡Auxilio, socorro! ¡Nos van a matar!— gritó, y con la ventaja que le daba el momentáneo desconcierto de los malhechores, intentó salir del auto, pero un golpe seco en la cabeza le quitó las fuerzas; aún así hizo nuevos esfuerzos por zafarse, logrando abrir la puerta, pero en ese momento Tuti le disparó dos veces en el estómago. Luis Carlos se tiró sobre él, con rabia, pero el joven delincuente acertó un último disparo sobre su tórax. La fuerza del empellón, unida al aceleramiento del auto que trataba de escapar del lugar, hizo que los tres cayeran al pavimento en una especie de abrazo confuso.

Entre los bocinazos de los autos que esperaban para avanzar, un grupo de personas los fue rodeando, sin comprender qué estaba ocurriendo. Tuti, aturdido por el golpe, intentó incorporarse y huir de allí, aún con la pistola en la mano, pero alguien se encargó de tirarlo al suelo y desarmarlo. Pocos minutos después se congregaban varios radiopatrullas de la Policía bajo el semáforo, con un despliegue de luces multicolores y órdenes dadas a gritos, entre ellos y hacia los curiosos aglomerados a ambos lados de la calle.

Uno de los agentes se inclinó sobre el cuerpo de Susana y le examinó el pulso. Cuando comprobó que la muchacha estaba muerta, sólo atinó a mover la cabeza de un lado a otro; de inmediato se dirigió hacia Luis Carlos, y ya casi iba a realizar el mismo gesto cuando notó que éste contraía el rostro en un gesto de dolor.

—¡El muchacho está vivo! ¡Pidan una ambulancia!

El ulular de la sirena va extrayendo imágenes de un lugar muy recóndito en la mente de Luis Carlos, a una velocidad tan vertiginosa como la del vehículo en que lo conducen.

Una hora antes, él manejaba muy despacio por la Avenida Balboa, contemplando el reflejo de los edificios en la oscura bahía. A su lado iba Susana, su novia desde hacía dos años. Ella era su primer amor, un asunto de primer flechazo, pues lo deslumbraba desde la mañana en que la vio subiendo las escaleras de la Facultad de Derecho. Él mismo se preguntaba qué era lo que más le agradaba de aquella linda chiquilla: tal vez sus grandes ojos color canela; los reflejos caoba de su pelo lacio, que bailaba con el menor soplo de la brisa; su porte de reina; la manera tan enérgica de pedir las cosas; su estatura, que superaba la suya por un centímetro; o tal vez la sonrisa que rondaba en sus labios siempre que le decía “te quiero”.

En realidad, la amaba por cada una de esas cosas y por todas juntas, y ella sabía muy bien que él comía en su mano. Por eso, cuando le dijo que se fueran de la discoteca porque se le había terminado el efectivo, ella, para comprobar una vez más que tal dominio no era producto de su imaginación, le pidió que fueran al cajero a retirar más dinero para seguir divirtiéndose, y —al escuchar su negativa, aduciendo que era mejor regresar a casa pues ya era muy tarde— sacó a relucir todas sus armas, diciéndole que seguramente estaba aburrido de ella y que por esa razón ya no le importaba complacerla. Ante un nuevo asomo de duda, Susana le dijo que tomaría un taxi para no tener que aburrirlo más.

Luis Carlos, vencido ante esas razones de su novia, pronto se encontraba manejando hacia el cajero del Banco Internacional, en la Calle 50.

Cuando se detuvo en los estacionamientos del banco, le advirtió a su novia que asegurara las puertas mientras él regresaba; ella, en cambio, lo siguió de cerca, y cuando él se volvió para reclamarle por esa acción, la muchacha lo hizo callar con uno de sus besos más apasionados, del que los sacó la agria voz del asaltante aparecido de la nada.

Esas escenas se borraron de su mente y sintió como si cayera a un abismo, en el que vislumbraba un lejano destello hacia el que quería avanzar, pero le faltaban las fuerzas; después se sumió en la más completa oscuridad.

Cuando los paramédicos lo bajaban de la ambulancia, Luis Carlos estaba inconsciente. Sin pérdida de tiempo lo ingresaron al cuarto de urgencias de la Clínica San Jorge, y entregaron los números de teléfono que encontraron en su cartera, rescatada por los policías de las manos de Tuti cuando lo apresaron.

En la cartera estaba su carné de afiliado a la Clínica San Jorge, con un mensaje impreso: “En caso de urgencia, llamar a mi madre, María Cristina Cortés” y luego tres teléfonos con la aclaración: casa, oficina, celular.

—Los muchachos de hoy viven de tal manera que parecen adivinar que en cualquier momento van a pasar estas cosas —dijo la enfermera, no sin un dejo de tristeza, mientras marcaba el primer número indicado en la tarjeta. Ya se había hecho una rutina, todos los fines de semana, el ingreso de jóvenes heridos por diversas causas, algo que era muy raro antes, y más en una clínica exclusiva como la San Jorge. Por lo común, eran producto de accidentes en los que estaba involucrado en algún grado el alcohol; también los veía llegar con contusiones producto de riñas y, como ahora, no faltaban los heridos de bala. Cada viernes agradecía que sólo le faltasen dos años para jubilarse.

María Cristina llegó a la Clínica San Jorge, con la angustia reflejada en el rostro. En la recepción le pidieron que tomara las cosas con calma, que se sentara un momento, mientras llegaba el doctor que estaba atendiendo a su hijo. Ella prefirió esperar de pie, completando caminatas cortas, en círculo, trató de alejar los pensamientos funestos que se le venían encima.

Maria Cristina era una mujer hermosa, belleza que la edad acentuaba; sus cabellos castaños enmarcaban los expresivos ojos pardos que eran una marca de familia, y aún ahora, cuando la incertidumbre ante la tragedia le hacía hundir la cabeza entre los hombros, su estatura excepcional la destacaba entre otras mujeres.

De algún modo lograba reunir fuerzas para enfrentar la adversidad, y alguna vez se dijo que su entereza provenía del dolor que había aprendido a soportar. Vivía en La Cresta, con su hijo Luis Carlos y con su hermana Irma, quien —también como ella— era viuda. De pequeñas, fueron inseparables, pero cuando se casaron vivieron en sus propias casas, aunque sin perderse de vista por mucho tiempo. Adolfo, el esposo de María Cristina, había muerto de cáncer y, como una cosa del destino, el de Irma pereció en un accidente de tránsito cuando regresaban de la misa de primer mes de su cuñado. María Cristina atendió a su hermana durante su convalecencia, y cuando salió del hospital la llevó a pasar un tiempo con ella. Luego observó cuán útil le resultaba para ayudarla en la crianza de Luis Carlos, y la estadía se prolongó. Ambas encontraron excusas para favorecer las prórrogas que se daban mediante aquel acuerdo mutuo para quedarse juntas, aunque sabían que la razón de peso era que Irma no tenía hijos, y que la soledad para ella hubiera sido fatal. Su hermana la había rescatado, y pronto supo ganarse el amor que Luis Carlos, quien la declaró como su tía favorita.

Con Irma a su lado, también María Cristina pudo recuperarse del dolor que significó el perder a su esposo. En los diez años que llevaban de su viudez, ninguna de las dos se había vuelto a enamorar. Irma, con sus cuarenta y seis años, y María Cristina con cuarenta y cuatro, mantenían aún la devoción hacia la imagen de los hombres a quienes más habían querido en sus vidas.

—Señora Cortés, debe firmar estos documentos, por favor.

La enfermera tenía extendido frente a ella un cartapacio con una gran cantidad de líneas en blanco y artículos numerados, todos escritos en letra muy pequeña.

—Antes de firmar algo, debo hablar con el médico, señorita, y no puedo esperar más.

En ese momento apareció un médico ataviado con la ropa del quirófano. Se le notaba un aire de preocupación en el rostro que acrecentó la angustia que María Cristina luchaba por dominar desde que le avisaron del accidente.

—Doctor, ¿usted atiende a mi hijo?

—¿Es usted la señora Cortés?

—Sí, doctor. Soy la madre de Luis Carlos, ¿usted está atendiéndolo?

El médico se recostó sobre el mueble circular que encerraba la recepción de la clínica, le echó un vistazo a los documentos que le había entregado la enfermera y luego miró fijamente a María Cristina:

—Tiene usted un hijo muy fuerte. No sé cómo este joven continúa con vida. Le dispararon a quemarropa con un arma de grueso calibre.

María Cristina sintió que iba a desvanecerse. La persona que la llamó sólo le había dicho que se trataba de un accidente, lo del balazo era nuevo para ella.

—Pero… ¿quién lo hirió doctor? ¿Cómo sucedió eso? —su voz se quebraba por el llanto.

—Dicen los policías que se trató de un asalto. Había una joven con él…

—¡Susana!

—Ella falleció.

—Señora, tiene que ser fuerte. Su hijo la necesita y hacemos lo necesario para salvarlo. Ahora, por favor, firme esta autorización.

Sin fuerzas para contradecir a nadie, María Cristina estampó su consentimiento, no sin antes insistir en ver a su hijo. Las palabras del médico fueron dichas mientras volvía a ingresar al quirófano:

—No es lo más conveniente en este momento, señora. Ni para él ni para usted. Tan pronto se den las condiciones, le prometo que usted podrá pasar

Luis Carlos fue intervenido un poco antes de las seis de la mañana, mientras su madre, en la sala de espera, rezaba sin cesar. Desde la muerte de su esposo se había alejado de Dios, y eso ahora lo recordaba como reprochándoselo. Mientras él estuvo enfermo, oró con tanta fe y esperanza que estaba convencida de que se salvaría. Sin embargo, no fue así, y ese hombre fuerte, al que amaba tanto, murió sin cumplir siquiera los cuarenta años. Tan pronto le diagnosticaron el cáncer, Adolfo se rindió. Rechazó los tratamientos de quimioterapia y se preparó para morir. A pesar del tiempo transcurrido, ella todavía guardaba en su interior el enojo de que los hubiera abandonado sin luchar. En esa misma clínica había fallecido y, por eso, el lugar le traía los peores recuerdos.

A las seis y treinta llegó Irma. Cuando recibió la noticia del supuesto accidente, María Cristina le pidió que fuera a la Policía a cumplir con los trámites que ellos le indicaban; luego, por celular, habían tratado de darse ánimos mutuamente, pero estaban muy nerviosas, y al verse y abrazarse no pudieron evitar el llanto.

—Hermana, no pierdas la fe. Estoy segura de que Luis Carlos sí va a luchar por su vida. Él no nos puede abandonar.

Irma sacó un pañuelo, se limpió el rostro y contestó.

—Tienes razón, Luis Carlos va a sobrevivir.

Irma le contó, entre sollozos, lo que le habían dicho en la Policía, lo de la muerte de Susana, el dolor de la familia de la muchacha, el arresto del homicida, que era menor de edad, y otros detalles. Las dos hermanas se quedaron en silencio, con la vista clavada en el piso, en espera de los resultados de la cirugía. Como a las nueve, el médico salió del quirófano y pidió hablar a sola con la madre del paciente.

—Lo que tenga que decirme, puede decirlo frente a ella, doctor —dijo María Cristina, aparentando una serenidad que no tenía.

—Su hijo soportó la cirugía, aunque está muy débil. Este era un paso crítico y lo superó, aunque lo que viene ahora es una etapa muy difícil.

—¿Y cómo está él, doctor? —preguntó, con los ojos nublados por las lágrimas.

—Su situación es muy grave, señora, pero estable dentro de las circunstancias. Todo depende de cómo evolucione en las siguientes horas.

—¿Puedo verlo, doctor?

—Ya di órdenes para que la dejen pasar, aunque solo un minuto y en silencio, tan pronto lo pasen a la sala.

—Muchas gracias, doctor, no sabe cuánto se lo agradezco. Luis Carlos es mi único hijo y sin él mi vida no tendría sentido.

—Lo sé, señora, pero tenga fe, no llore pues todo va a salir bien —le respondió el médico mientras se retiraba por el pasillo, luego de escribir algunas anotaciones en el expediente.

En ese momento entró a la sala de espera Carmen, la madre de Susana. Su semblante inexpresivo, desencajado, dejaba ver cuánto había llorado. María Cristina, sin decir una palabra, se abrazó a ella. Carmen sólo atinó a decir, muy quedadamente.

—Mi hija era tan joven, tan linda. ¿Por qué pasan estas cosas?

Era tanto el dolor, la frustración y la impotencia que se reflejaban en aquel cuadro que durante un largo rato permanecieron las tres mujeres con sus cabezas juntas, sin que nadie se atreviera a hacer la más mínima observación.

Cuando María Cristina levantó el rostro, una enfermera estaba parada a su lado, para acompañarla a la sala de terapia intensiva. Allí, al ver a su hijo conectado a tantos cables y aparatos, cobró conciencia de la magnitud del caso, y tuvo que apelar a sus fuerzas más íntimas para resistir los deseos de llorar a gritos. Sobre la cama, tan pálido como recordaba a Adolfo, su esposo, el día del último adiós, estaba Luis Carlos con los ojos cerrados. Se acercó y tomó una de sus manos entre las suyas, diciéndole con tonos de arrullo.

—Aquí estoy, hijo, no te des por vencido. Lucha, tengo fe en ti, sé que eres un guerrero. No me abandones, pues no lo soportaría. Te necesito y tú eres la luz que ilumina mi vida.

Luis Carlos hizo una mueca de dolor, y un estremecimiento pareció conmover todo el conjunto de cables que lo mantenían unido a la vida.

Esa tarde, como a las cuatro y media, le permitieron pasar otra vez a ver a su hijo. Le besó las manos varias veces, mientras le decía palabras de aliento, hasta que notó que el muchacho intentaba abrir los ojos. Salió a toda prisa para informárselo al médico, quien llegó poco después, sorprendido, pues no esperaba que el joven volviera en sí tan rápido. Le tomó los signos vitales y le pidió que no hablara, para no agravar su debilidad.

Con un ademán cansado, Luis Carlos expresó que deseaba descansar, y de inmediato se quedó dormido, no sin antes dedicarle una leve sonrisa a su madre. El médico tomó a María Cristina por un brazo y la sacó de la habitación.

—El peligro no ha pasado, pero es una buena señal que su hijo responda más rápido de lo esperado. Sin embargo, hay algo que usted debe saber.

El cirujano hizo una pausa, en busca de las palabras adecuadas para no perturbarla demasiado. Ella observó la tribulación del médico.

—Por favor, doctor, no me oculte nada.

—Señora, el proyectil comprometió gravemente la espina dorsal de su hijo…

—¡Doctor! Usted quiere decir…

—Desearía estar equivocado, señora, pero es posible que su hijo no pueda volver a usar sus piernas.

María Cristina no estaba preparada para semejante noticia. La mano del médico impidió que se desplomara. Irma, que desde lejos había visto la escena, corrió al encuentro de su hermana, quien repetía entre sollozos:

—¿Luis Carlos inválido? ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Me resisto a creer semejante injusticia!

Irma la abrazó y lloraron por varios minutos. El médico se alejó en dirección a su consultorio. Debía observar la resonancia magnética, pues albergaba la esperanza de que todo fuera un error de interpretación del radiólogo. Ya en su escritorio le solicitó a su asistente el estudio de Luis Carlos. Se comunicó con el radiólogo y le pidió una reunión para discutir el caso.

—¿Estás completamente seguro de que el paciente va a quedar paralizado de sus extremidades inferiores?

—No sabes cuántas veces he revisado los resultados, y todos apuntan hacia esa conclusión.

—¿Crees que se pueda rehabilitar?

—Todo depende del tipo de rehabilitación, aunque eso no significa que vuelva a caminar.

El médico se levantó y observó la ciudad desde su ventana. A esas horas caía una fina llovizna, el paisaje cobraba un aire sombrío que acentuaba la tristeza que le producía el informar a la madre de aquellos resultados. En sus largos años de labor como cirujano, el doctor Álvarez había tenido que dar muchas noticias infaustas, pero pocas como esta, cuando veía cómo una vida joven y prometedora se arruinaba por causa de una acción ruin, de las que cada día se ven más en la ciudad de Panamá. Como dándose valor, le dijo al radiólogo:

—Por lo menos, ya la madre sabe algo de esto, pero el joven recién acaba de despertar y espero que se recupere un poco.

—Hiciste bien. ¿Cómo lo tomó la madre?

—Como era de esperarse, el impacto fue muy fuerte. Cualquier persona hubiera reaccionado igual. ¿Sabes lo que significa que te digan que tu único hijo va a quedar en ese estado?

—Sí, imagino que debe ser terrible.

—¿Sabes una cosa? Ella es una mujer fuerte y estoy seguro de que colaborará para que su hijo no quede inválido —dijo el doctor Álvarez.

Un golpe en la puerta interrumpió la conversación de los galenos. Era María Cristina, quien, sin pedir permiso, entró al consultorio y se colocó entre los dos médicos.

—Mi hijo no va a quedar inválido, estoy segura de que él va a caminar y no quiero bajo ningún concepto que se lo digan. ¿Me escucharon bien? Les prohíbo que le digan a mi hijo semejante conclusión.

Al pronunciar estas palabras comenzó a llorar desesperada. El doctor Álvarez se acercó, la tomó por un brazo y la condujo a la silla más cercana.

—Sé lo que sufre y no se preocupe. No le vamos a decir a su hijo las consecuencias de sus heridas. Le prometo que por ahora nadie lo va a perturbar con esta revelación, pero llegará el momento en que no le podremos ocultar esa triste realidad, porque él mismo se dará cuenta.

La mujer reconoció que el médico tenía razón. Con voz confusa por la emoción, trató de suavizar un poco el tono inicial:

—Disculpe, doctor, estoy muy afectada por esta desgracia. Usted sabrá cómo actuar, pero tenga compasión de mi hijo. Es tan joven y bueno que no merece este sufrimiento.

—No tiene que pedirme disculpas, la comprendo perfectamente, pues hace dos años mi única hija tuvo un accidente, y pasé por lo que usted sufre ahora.

—Lo siento mucho; perdone que haya traído esos tristes recuerdos a su memoria. Cada uno de nosotros llevamos una cruz a cuestas, como dice mi hermana Irma.

María Cristina se despidió y salió del consultorio para buscar a su hermana. Al llegar a la sala de espera Irma terminaba una conversación por teléfono. Cuando cerró, le informó que en la Policía le habían dicho que el tal Tuti, quien había disparado contra Luis Carlos, ya estaba fuera del hospital, pues sólo había sufrido algunas contusiones al caer del auto, y que debían presentarse a formular las respectivas denuncias.

Hizo una pausa y María Cristina apretó los puños con rabia, diciendo con todo el odio que era posible acumular en su interior:

—¡Desgraciado! Si pudiera lo mataría con mis propias manos. Es una escoria. Él y la gente como él matan a nuestros hijos, que son personas productivas, que sí sirven para algo, no como ellos, que son basura. ¡Habría que matarlos a todos!

Irma la miró sorprendida y con algo de temor. Nunca antes había visto en ella tanto odio concentrado, y en verdad no la creía capaz de sentimientos tan oscuros como esos.

Unos minutos después la llamaron por el altavoz para que se presentara a la sala de enfermería. El doctor Álvarez le indicó que su hijo había despertado y preguntaba por ella. De inmediato se dirigió a la sala de Cuidados Intensivos. En la cama del fondo estaba Luis Carlos. Su aspecto había mejorado, y cuando vio a su madre le sonrió.

—Mamá, no te preocupes, me voy a recuperar. ¿Cómo está Susana?

María Cristina miró al médico sin saber qué decir. Ese silencio alarmó a Luis Carlos.

—No me asustes mamá, ¿qué le pasó a Susana?

El doctor Álvarez le dio la respuesta:

—Lo lamento mucho, pero tu novia no corrió tu misma suerte. Falleció a causa de los disparos.

Luis Carlos rompió a llorar sin control y María Cristina, destrozada por el dolor, lo abrazó.

—Hijo mío, ya has sufrido bastante. Ten valor… ella, desde el cielo, te dará las fuerzas para que te sobrepongas a esta tragedia.

El doctor Álvarez le prescribió enseguida un sedante y, tan pronto se quedó dormido, invitó a María Cristina a conversar fuera de la sala:

—Hay que trabajar mucho con la parte emotiva de este muchacho, eso es vital para su recuperación.

—Lo sé doctor. Pero no sé que cómo reaccionará cuando sepa que no volverá a caminar.

—Tenga fe en su hijo señora, es fuerte como usted, y no se va a dar por vencido.

María Cristina sonrió, mientras que para sus adentros se interrogaba: “¿Cómo es posible que este médico diga que soy fuerte cuando estoy tan asustada?” El médico le recomendó ir a la casa a descansar, pues llevaba más de dieciocho horas de ir de un lado a otro, y el agotamiento físico y emocional era evidente. Aceptó, pues sabía que debía mantenerse fuerte para ayudar a su hijo. Él la necesitaba y no le iba a fallar. Irma se quedaría en la clínica por si surgía alguna novedad.

Muy temprano a la mañana siguiente relevó a su hermana, ya más descansada, aunque todavía tensa ante los acontecimientos. Irma la puso al tanto del estado de Luis Carlos, quien evolucionaba bastante bien. En ese momento el doctor Álvarez, en compañía de dos colegas, le informaron que su hijo quería verla. Entró a la sala de terapia intensiva y lo saludó amorosamente. Él trató de moverse y sus piernas no le respondieron.

—¿Por qué no puedo moverme? —preguntó, alarmado.

El doctor Álvarez le explicó que el disparo había lesionado su espina dorsal y que debían esperar que la inflamación pasara. Luis Carlos observó el rostro demacrado de su madre y fue tan elocuente su dolor que de inmediato sospechó que le ocultaban algo.

—Quiero saber la verdad. No me engañen. ¿Voy a quedar paralítico?

El médico sabía que había llegado el momento de enfrentar al paciente con la triste realidad y contestó.

—Temo que tu herida tendrá graves consecuencias. No sabemos si la parálisis sea transitoria o permanente. Haremos todo lo posible para rehabilitarte, pero no nos queda otro remedio que esperar tu evolución.

Luis Carlos cerró sus ojos con fuerza, trató inútilmente de que su madre no lo viera llorar. María Cristina se inclinó y lo besó.

—Escúchame bien hijo: tú volverás a caminar. De eso me encargo yo.

A los pocos días Luis Carlos fue trasladado a una habitación privada, donde permaneció casi tres meses, hasta que el médico le dio de alta, con el compromiso de someterse a un riguroso programa de terapias. Cuando el muchacho se vio frente a la silla de ruedas que podría ser su medio de locomoción en el futuro, se rebeló:

—No. Aléjenme esa silla. No soportaría depender de ella.

Las palabras de María Cristina procuraban ser las más persuasivas:

—Sólo hasta que vuelvas a caminar hijo, sólo hasta que vuelvas a caminar…

Luego, la emoción la embargó y no pudo evitar que las lágrimas la traicionaran.

—Tú lo eres todo en mi vida, hijo, y tienes que ser fuerte, porque sin tu ayuda me voy a derrumbar.

Irma acudió al lado de ambos y les pidió fortaleza y fe, porque todos necesitaban mucho de ambas virtudes. El gesto de ambas dio sus frutos: Luis Carlos apretó fuerte los puños y respondió con firmeza:

—No sufran más por mí. Voy a poner de mi parte para recuperarme. Es lo menos que puedo hacer.

En los estacionamientos lo esperaba Alicia, hija de Juan, uno de los hermanos de su madre. Ella había traído su camioneta porque así sería más fácil transportarlo a él y a su silla de ruedas. La joven tampoco pudo disimular algunas lágrimas, pero trató de cubrirlas con palabras afables, diciéndole que pronto saldría triunfante de esa tragedia. Tan pronto estuvieron en casa, Luis Carlos pidió que lo dejaran solo en su habitación, dando como excusa la fatiga que le había causado el traslado. Apenas oyó que cerraban la puerta, dejó salir todo el llanto amargo que se había acumulado en su interior durante esos meses.

A pesar de las voces de aliento de su madre, de sus familiares y amigos, Luis Carlos se negó a continuar sus estudios en la universidad. No quería regresar como un minusválido. Tampoco aceptó continuar en las sesiones de fisioterapia. Lo consumía la depresión y María Cristina no sabía qué hacer; había pedido tres meses más de licencia en su trabajo para atender a su hijo y el término se había vencido. Esa mañana le dijo a Irma que había pensado en renunciar a su cargo en la revista, donde Alicia era la directora, y así se lo comunicó, pero su sobrina le pidió que lo pensara bien, pues aunque sabía que ella no necesitaba el salario para subsistir, sí reconocía que era importante que se ocupara en algo productivo para superar la depresión que padecía.

—No te preocupes… voy a salir adelante; por ahora mi prioridad es Luis Carlos.

Una mañana, Irma le comentó que habían juzgado al delincuente que mató a Susana e hirió a su hijo, y que lo habían condenado a cuatro años de prisión, pero como en muchos casos similares, era improbable que pasara más de un par de meses en la cárcel. Le pidió a su hermana que evitara que noticias como esas llegaran a oídos de Luis Carlos y, con el fin de asegurarse de que así sería, renunció definitivamente a sus labores en la revista.

Esa noche, poco después de la cena, descubrió que los sedantes que tomaba Luis Carlos para el dolor no estaban en el lugar acostumbrado; presa de un oscuro presentimiento, corrió a la alcoba del muchacho, encontrándola cerrada por dentro.

Con ayuda de Irma logró abrir la puerta, no sin muchos esfuerzos, para encontrarse con que su hijo estaba profundamente dormido y, sobre la mesita de noche, el frasco de sedantes, volteado y sin tapa. Irma estaba tan asustada que temblaba de pies a cabeza; María Cristina comprendió que la vida de Luis Carlos dependía de la rapidez con la que lograra actuar ante la emergencia.

—Contrólate y llama a una ambulancia. Yo voy a tratar de despertarlo.

Cinco minutos después entraban los paramédicos, quienes de inmediato lo trasladaron a la Clínica San Jorge, mientras Irma los seguía de cerca en su carro, con María Cristina a su lado, rezando en voz alta.

Fue al propio doctor Álvarez a quien le correspondió dirigir el lavado de estómago que le practicaron al muchacho. Media hora le informó a María Cristina que habían llegado a tiempo, pero que el joven debía permanecer internado para una interconsulta con el siquiatra.

—Las pastillas no son la amenaza más grave que tiene por delante: es la depresión.

Ella le solicitó al médico que la llamara por su celular en cuanto su hijo despertara, pues en ese momento tenía algo urgente que hacer; luego, le pidió a Irma que permaneciera en la clínica y que no dejara solo a su hijo. Irma, desconcertada por la actitud misteriosa de su hermana, le preguntó qué era eso tan urgente que debía hacer, pero ella evadió la respuesta, contestó que tenía prisa y que después le explicaría.

Todavía con el corazón transido por el dolor y por la rabia, María Cristina dirigió el auto hacia una de las muchas urbanizaciones que se levantaban después del Puente de Las Américas. Eran como las diez de la noche cuando divisó frente a ella el mar de luces que indicaba la posición de las miles de viviendas que se levantaban a ambos lados de la autopista. Sin dejar de manejar, marcó un número en su celular:

—¿Antonio? Le habla María Cristina. ¿Recuerda lo que hablamos la vez pasada, en la clínica? Ahora entiendo lo que usted me decía: la sangre se paga con sangre. Paso a buscarlo en diez minutos: voy a contratarlo para ese trabajo del que me habló.

2

María Cristina se dirigió al Juzgado del Menor y solicitó una cita con el juez, quien la recibió de inmediato. Se saludaron con afabilidad, pues había sido una de sus alumnas preferidas; sin embargo, al verlo, ella no pudo contener el llanto. El juez se acercó y la abrazó con cariño, tratando de calmarla. Entre sollozos le explicó:

—Necesito una autorización para hablar con el asesino que le disparó a mi hijo.

—¿Cuál es el objeto de esa entrevista? Se trata de gente ruda, y es posible que con eso sólo incrementes tu sufrimiento.

—Por favor, consígueme el permiso, pues significa mucho para mí. Deseo verle los ojos a ese desgraciado.

—De veras, no creo que sea una buena idea en la situación en que estás.

—No puedo estar de otra manera; han acabado con la vida de mi hijo, es como si lo hubiera matado igual que a su novia.

—Pero debes confiar en que habrá una recuperación…

—Eso es muy difícil. Ayer intentó suicidarse.

—Lo siento mucho, pero todo esto es cuestión de tiempo. La justicia ya ha hecho lo que le corresponde, ahora tú deberías apoyarlo…

—En eso estoy, ¿no comprendes? Pienso que si veo a ese malandrín a la cara y le digo todo el mal que me ha hecho voy a lograr un poco de alivio…

El juez Rodríguez se dejó caer pesadamente sobre la silla. Luego de unos instantes le respondió:

—Está bien, voy a ayudarte, pero sigo pensando que no es una buena idea.

—Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco.

Con la autorización en su poder, María Cristina llegó al Centro de Cumplimiento y le entregó la nota a la directora. Un custodio la condujo hasta un salón, donde ya se encontraba Tuti. Él muchacho se quedó mirándola fijamente, sin lograr identificar a aquella mujer de porte distinguido que se aproximaba a él. Cuando la reconoció, pensó que era más guapa de lo que se veía el día que salió en los noticiarios de la televisión. “¿Por qué motivo venía a visitarlo?”, se preguntó intrigado. Sin saber si hablar o quedarse callado ante la visita, ensayó una sonrisa nerviosa, mezcla de temor y sorpresa.

—Así que tú eres el tal Tuti…

La voz de María Cristina no había sido cordial, más bien revelaba algo del odio que le oprimía el pecho. Hubo una pausa extensa, mientras el muchacho guardaba su sonrisa y ella endurecía la mirada con que pretendía clavarlo en la pared.

—¿Qué la trae por aquí?

—“Miserable”, ese es el nombre más adecuado con el que debo llamarte. Quería verte para contarte todo el daño que has causado a una familia decente, feliz. Mataste a una joven y has condenado a muerte a mi hijo, y tal vez a mí. ¿Por qué? Ya tenías el dinero en tus asquerosas manos, pero aún así disparaste, asesinaste a una jovencita llena de vida e ilusiones y le desgraciaste la vida a mi hijo, un muchacho bueno con un gran porvenir y mucho que aportar al país. Tú, escoria humana, basura inmunda, escúchame y toma conciencia del daño que le has hecho a la sociedad y a una madre que te viene a echar en cara tu crimen.

María Cristina estaba furiosa, pero hacía esfuerzos para controlarse, para que en vez de salir como gritos, sus palabras salieran en voz baja, cortantes. Hablaba despacio para que sus frases se grabaran en la mente del delincuente. Tuti abría los ojos asustado al ver la mirada de fuego que se clavaba en él, y escuchar aquellos reproches tan concentrados. Hizo un ademán como para levantarse y salir de allí, pero la mujer lo contuvo.

—No te vayas sin antes darme una respuesta, desgraciado…

—Mire señora, yo no sé si usted está loca o qué, pero yo no voy a oír todo ese montón de idioteces que ni a mi mamá se las aguanto…

—Ah, ¿y tienes madre? ¿Cómo es posible que una mujer haya podido parir a un asesino como tú…?

Tuti se mordió los labios para no responderle. De algún modo justificaba la andanada de odio que esa mujer que apenas conocía vertía sobre él. Pero no estaba dispuesto a escuchar un insulto más, así que pasó de la defensiva al ataque, que era su mejor arma hasta la fecha.

—Sí, señora. Aunque usted crea que yo salí de un basurero, tengo una madre como cualquier persona. Y no crea que me asusta cuando me suelta todos esos insultos porque ya los he escuchado y peores. Desde que tengo uso de razón, mi madre me llamaba Tuti sólo cuando estaba contenta, porque cuando no, me decía “desgraciado”, “infeliz”, “perro” y todas esas otras palabras que le he escuchado a usted. Así que si vino aquí a meterme los pelos para adentro, se jodió, porque lo único que ha hecho es acordarme a mi mamá… Así que bien puede largarse de aquí antes de que se ensucie con la basura que tanto la ofende…

—¿Es que no hay lugar en tu pecho para el remordimiento?

Tuti había avanzado hacia la puerta, pero la pregunta, tal vez porque fue dicha en otro tono, lo hizo detenerse:


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