Mujeres en fuga
by
Rose Marie Tapia
SMASHWORD
Editora-autora
Título: Mujeres en fuga
Copyright © 2008 by Rose Marie Tapia
Nota de edición:
Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.
REBECA
Por primera vez Rebeca sintió el olor de la ira: era similar al de la pólvora. El sudor empapaba su rostro, impidiéndole ver con claridad, mientras un fuerte dolor de cabeza acrecentaba su angustia. Era como si la sangre le hirviese y como si el continuo zumbido en los oídos fuera el anuncio de tal ebullición.
Intentó ponerse de pie y las piernas no le respondieron. Apretó los dientes para lograr concentración, presintiendo que además de su respiración corta y ruidosa tenía el cabello erizado, y que todo esto, aunado a la tensión muscular y facial, debía hacerla parecer un monstruo. Mejor así, pensó, pues era el aspecto que necesitaba para encuadrar aquella furia asesina que le nublaba los sentidos.
Ernesto también se dio cuenta del cambio. No parecía ser la Rebeca de siempre ya que logró quitárselo de encima con un solo empujón. A punto de perder el equilibrio, el hombre la sujetó por un brazo y se lo dobló hasta lograr tumbarla sobre la cama. La fuerza extra que él le impuso evitó que ella tuviera éxito en su intento por zafarse. Ernesto le levanta la falda y comienza a bajarle las medias, al tiempo que le atenaza el cuello y la besa con violencia. Rebeca cierra los ojos y deja de luchar.
—No quiero que me violes, prefiero colaborar.
—Así me gusta, que te comportes como la mujer inteligente que eres.
—Lo único que te voy a pedir es que me dejes estar arriba.
—¿Arriba? Ah… de veras, mujer dominadora…
—No te vas a arrepentir, voy a hacerte algo que nunca olvidarás.
—Así me gusta.
Rebeca inventa una sonrisa y un gesto de complicidad que combina bien con la cara de satisfacción que comienza a mostrar Ernesto.
—Deja que te desvista, solo cierra los ojos; te vas a dar cuenta del inmenso placer que puede proporcionar una mujer madura.
Ernesto la obedece; ella toma el vaso de licor que él sostenía hasta antes de atacarla y se lo derrama con calma sobre la piel del pecho, mientras comienza a besarlo. El hombre se va relajando; muestra tanta satisfacción que, apenas lo advierte, ella siente asco. Con calculada lentitud, extiende un brazo y toma con energía la lámpara de noche.
—¡Cerdo miserable!
El primer golpe es directo a la frente, luego vienen dos más débiles, en el hombro y la cabeza, pero el hombre ya ha perdido la conciencia. Rebeca se levanta, alisa su falta, va hasta donde se encuentra el maletín de Ernesto y recupera la escritura y el documento notarial. Enseguida se marcha.
Cuando Rebeca llegó al Hotel Paraíso, Ernesto la esperaba entre impaciente y molesto. Le pidió que subieran a su suite y ella no se atrevió a negarse. Una vez en la habitación desplegó el documento: un compromiso notariado que ella había firmado dos días antes, donde se comprometía a pagar la suma adeudada en un plazo de cuarenta y ocho horas; de no ser así, él pasaría a ser el dueño de su apartamento.
Rebeca no creía que eso le estuviera pasando. Trató de analizar la situación, pero su mente era un caos; necesitaba un trago. Ernesto le sirvió un whisky doble en las rocas. Lo tomó despacio, mientras buscaba un subterfugio para salir del paso. Intentó convencer al prestamista de que le concediera una prórroga al compromiso, pero fue inútil. De eso pasó al coqueteo y a la insinuación. Ernesto, burlándose de ella, le dijo que ya no estaba para ofrecerse.
Rebeca arribó a su apartamento, las manos le temblaban, tuvo que hacer un esfuerzo para abrir la puerta y entrar. Había conducido a toda prisa, luego de salir del hotel. Con pasos inseguros se dirigió a la biblioteca y guardó la escritura. Corrió hacia la cocina y quemó el documento notariado. Se sentía desesperada, no tenía a quién llamar. Había cortado toda comunicación con su única amiga, la primera en advertirle de las consecuencias que traería su adicción al juego. En su mente aún martillaba la conversación sostenida dos meses atrás, cuando empezó su tragedia.
Tras unos minutos de duda tocó el timbre del portero eléctrico. Graciela vivía en el centro de la ciudad, en un edificio hermoso, de esos que aún logran erigirse en medio de árboles, palmeras y jardines. Por unos segundos, Rebeca pensó que sería hermoso tener un hogar así, en la ciudad, pero en contacto con la naturaleza. Su amiga tenía suerte, al parecer a ella todo le salía bien; qué diferencia con su vida, que iba de salto en salto. Respiró profundo para aliviar su angustia y dos lágrimas brotaron de sus ojos. En ese momento se le acercó el guardia de seguridad del edifico y le preguntó a quién buscaba. Antes de contestarle miró el reloj y solo hasta ese momento captó cuán inoportuna era su visita: había pasado casi quince minutos después de las doce de la noche.
—A la señora Graciela Arosemena del 9 A.
—¿Sabe ella que viene a visitarla a esta hora?
Volvió a tocar el timbre sin mirar al guardia, pero enseguida pensó que era mejor que se retirara. Segundos después se oyó la voz de Graciela, preguntando quién llamaba.
—Soy Rebeca.
—¿Rebeca? ¿Sucede algo?
—No... digo, sí. ¡Necesito hablar contigo!
Apenas se abrió la puerta pasó al vestíbulo y se dirigió al elevador. Graciela la esperaba.
—Entra y siéntate, mujer, me imagino que debe ser algo muy grave.
—No tienes idea, estoy desesperada. Por favor, dame un vaso con agua.
Rebeca tomó despacio, sorbo a sorbo, con la mirada perdida en los cuadros de la pared. Su amiga mantuvo un silencio expectante.
—¿Me prestas el baño?
—Por supuesto, pasa.
Al contemplarse en el espejo, Rebeca se sorprendió. ¡Cómo era posible que estuviera en ese estado! En poco tiempo había envejecido notablemente; solo tenía cuarenta años, pero el rostro del espejo era el de una vieja. «Pronto va a pasar esta mala racha y todo será como antes», pensó.
Graciela tocó dos veces la puerta del baño.
—Amiga, ¿estás bien?
—Sí, sí… salgo enseguida.
Abrió la puerta; parecía haberse recuperado. Fingiendo seguridad avanzó hasta la sala, se sentó en una de las butacas y guardó silencio.
—Dime qué te pasa, me tienes en ascuas.
—Necesito doscientos dólares.
—¿¡Cómo!?
—Como lo oyes. Necesito dinero, en cuanto llegue Mauricio te lo pago. Por favor, no me hagas preguntas.
—¿Te volviste loca? Vienes a media noche a mi casa a pedirme dinero, como si tu vida dependiera de eso, y no quieres decirme en qué lío estás metida. Sabes que no es curiosidad malsana, somos amigas y nunca nos hemos ocultado nada.
Rebeca se levantó y, angustiada, caminó por la sala del apartamento, como si estuviera revisando cada adorno, cada mueble, pero era evidente que sus pensamientos estaban muy lejos de allí.
Observándola, Graciela recordó que veinte años atrás, cuando Rebeca estudiaba Comunicación Social y ella Sociología en la universidad, su amiga era la joven más bella del grupo, y no solo por su apariencia física, pues además sus ojos pardos reflejaban agudeza y gran inteligencia.
—Lo que menos necesito en este momento es dar explicaciones. Mañana te contaré todo, pero por favor préstame el dinero ¡ahora!
—Ni lo sueñes.
Rebeca hizo un gesto de contrariedad y se dirigió con pasos medidos hacia la puerta, confiando en que Graciela le impediría salir; pero ella sabía que era muy difícil manipular a su amiga, y que esta no haría ningún esfuerzo por detenerla. Entonces recurrió a un último recurso y se dejó caer al piso, llorando.
—Lo siento. Ahora menos que nunca te voy a prestar dinero, sin que antes me digas qué diablos te pasa.
Rebeca se levantó y, sollozando, fue al bar y se sirvió un trago de coñac. Graciela aguardó a que se mojara los labios con el licor, sin insistir en sus preguntas.
—Mauricio se fue para México por un mes y me entregó el dinero del gasto, como hace siempre.
—¿Y eso qué tiene que ver con tu situación de ahora?
—No me interrumpas, por favor.
Graciela hizo un ademán para indicarle que continuara.
—Lo gasté todo en el casino.
—Mmm, debí imaginármelo. Rebeca, ya hemos hablado de eso.
—No te preocupes, estoy segura de que si regreso, lo recupero con creces. Fue una mala racha, muchas veces he ganado. Te aseguro que mañana mismo te pago.
Graciela contempló a su amiga: le temblaban las manos, su rostro estaba contraído por la tensión y sudaba copiosamente. «¡Dios mío, Rebeca está enferma y no quiere admitirlo!», pensó. Se acercó y la abrazó. Ella, separándose con brusquedad, le dijo:
—Necesito ese dinero antes de que sea tarde.
—No cuentes conmigo para seguir hundiéndote en ese abismo. Si has venido a mi casa a esta hora a pedirme prestado para seguir jugando, es porque estás enferma, muy enferma.
—Ay, no, otra vez. ¿Enferma yo?
—Sí.
—Amiga, ¡mírame! ¡Estoy bien!
—Te equivocas, sufres de adicción al juego.
—¡Ja! Adicción al juego solo porque tuve una mala racha; porque quiero recuperar mi maldito dinero ya estoy enferma. ¡Bah!
—Mi hermana padece de ese trastorno y la he acompañado a las terapias, por esa razón tengo conocimiento del tema. Todavía no se ha recuperado, pero está haciendo el esfuerzo y soy testigo de su sufrimiento. Perdió el trabajo, una relación sentimental de dos años y, lo peor, el respeto a sí misma.
—No estoy para sermones, ni para escuchar absurdas historias. Si no me vas a prestar el dinero, me voy.
Graciela estaba molesta ante aquella situación, pero se controló. Sabía que la relación adictiva con el juego se niega una y otra vez, pues la persona afectada no es consciente de tener un problema, o en todo caso, tiene la sensación falsa de que lo controla o lo puede controlar.
—Espera, vamos a conversar y si me convences de que no tienes un problema de adicción, te prestaré el dinero.
Rebeca dio la vuelta y en su rostro se dibujó una sonrisa. Estaba segura de que su amiga la estimaba lo suficiente y que no la dejaría en ese estado. La mentira es un ingrediente indispensable para mantener la adicción. A ella las circunstancias la habían obligado a convertirse en una experta.
Mientras escuchaba una trágica historia sobre carencias afectivas y soledad, Graciela advirtió cómo Rebeca se esforzaba en ocultar su nerviosismo, tratando de dar una imagen de normalidad, mientras su lenguaje corporal denunciaba la desesperación que la invadía: las manos le temblaban a pesar de que las apretaba una contra la otra; el pie derecho lo movía en forma circular; la mirada divagaba de un lado a otro de la habitación y el rostro no era consecuente con el tono de las palabras.
Entonces Graciela se percató de que el problema de Rebeca era grave y hasta peligroso, debido a que estos enfermos buscan en el juego un refugio, una vía de escape a sus miedos y, si no lo encuentran, pueden estallar de otro modo. Era mejor hacerle el préstamo y conversar con ella cuando estuviera más calmada. Buscó su billetera y le entregó el dinero.
Rebeca tomó los billetes de un zarpazo, la abrazó y salió a toda prisa. Sin saberlo, en ese preciso momento comenzaba la peor etapa de su perdición.
Casi cinco horas después volvió a llamar a Graciela, esta vez con voz alegre y despreocupada. Del otro lado de la línea, su amiga se puso alerta ante tan abrupto cambio de actitud, y enseguida le preguntó cómo se sentía.
—De maravilla, no estoy enferma, ya te lo dije, esas son ideas tuyas. Y no te llamaba para eso, es que estoy en el restaurante del Hotel Paraíso y pensé que podría invitarte a desayunar. Aquí el café es magnífico. ¿Me acompañas? Así te devuelvo el dinero que me prestaste hace un rato.
—Oye, ¿no has ido a dormir?
—¿Dormir? ¿Con tantas cosas que hacer? ¡No amiga! Entonces, ¿te espero o no?
—Está bien, iré para allá.
Graciela era una mujer distinguida. Sobre todo elegante: sabía acomodar su vestuario de tal manera que realzaba su personalidad en todo momento; eso, sumado a una actitud segura y afable, le granjeaban el respeto y la admiración de cuantos la conocían. Cuando entró a la cafetería del Hotel Paraíso, varios ojos dejaron de observar lo que estaban observando para irse detrás de los pasos de aquella mujer que se acomodaría en una de las mesas posteriores, donde otra dama de mayor edad la estaba esperando.
—Quita esa cara de tragedia, amiga, que estoy feliz. ¿Recuerdas que te dije que iba a ganar? Así fue. Ahora comenzó mi buena racha. No podría ser de otro modo: debajo de este vestido negro traje mi ropa interior roja. Eso nunca falla.
—¿Eso tiene algo que ver?
—¡Mucho! Porque cuando ganas la gente te envidia, te echa la sal y te dan mala suerte. No es cualquier ropa interior. Tiene que ser de encajes y hay que ponérsela al revés. Todos esos elementos son rituales mágicos. También el dinero que me prestaste me dio suerte, jugué a las cartas y gané tres mil dólares.
Rebeca siguió contándole a Graciela que siempre había jugado en las máquinas, pero esa madrugada, cuando regresó al casino, llegó con la intención de utilizar la misma que había dejado horas atrás. Confiaba en que le devolvería todo su dinero, pero por las demoras que tuvo encontró a otra señora posesionada de su sitio, y no hubo forma de que la soltara. Sostuvieron una discusión, hasta que uno de los empleados del casino, que la conocía, le sugirió que jugara a las cartas, y hasta se ofreció a orientarla. Prefirió jugar veintiuno, porque el póker le resultaba más complicado.
—¡Imagínate! En una hora gané tres mil dólares con los doscientos que me prestaste. ¿Sabes lo que eso significa? Puedo pagar gran parte de mis deudas con esa buena racha.
A Graciela le preocupó que Rebeca se inclinara ahora por el juego de naipes. Era común que las mujeres lo hicieran en las máquinas tragamonedas, lo que se ve más bien como un entretenimiento que como un vicio. Pero no es lo mismo en las cartas, donde se suelen jugar y perder fortunas.
Rebeca extrajo el dinero de su billetera, lo dobló y lo colocó al lado de la taza de café de su amiga, quien mantuvo la misma actitud seria con la que había llegado.
—¿Por qué eres tan aguafiestas? No voy a permitirte que me amargues la vida. Hoy es mi día, la suerte me sonríe y si te relajas, te invito a una partida.
—Te lo repito, estás enferma y lo peor es que no lo sabes. No pienso quedarme para ser testigo de tu destrucción.
—Amargada, eso es lo que eres. No tengo más diversiones, esta es mi forma de divertirme un rato. Tengo derecho a disfrutar de la vida, ¿o no? Bien sabes cuántos meses pasé deprimida por culpa de la infidelidad de Mauricio y esta fue una forma de recuperarme. Pasé meses sin sentir nada, ni amor, ni odio, ni deseos de comer, de asearme y mucho menos de salir a divertirme. El juego hizo renacer mis sensaciones, vivir con intensidad, le dio un nuevo aliciente a mi existencia y ahora soy casi feliz.
—El casi no vale. Uno es feliz o no lo es. Lo que veo en ti es el rostro de la desolación.
Rebeca hizo un mohín de furia, se levantó y salió sin despedirse. Graciela tomó el dinero, dejó el importe de la cuenta y abandonó el lugar, con el corazón contraído por la angustia. No era posible que su mejor amiga se comportara de esa forma; y lo que era peor, si no se equivocaba, el rumbo que tomó al salir no era el de la calle, sino el del casino.
Antes de retirarse, se detuvo, asombrada por la magnificencia de la entrada al local de juegos; en verdad era todo un gancho para cualquier incauto que creyera en las promesas que describían cada uno de los accesorios de la entrada: las luces, los colores, los sonidos, los uniformes, las alfombras. Como hipnotizada, se dejó llevar por la curiosidad y quiso ver más de cerca el casino.
Apenas traspasó las puertas adornadas con vitrales alusivos a reinos de magia y esplendor, subió por las amplias escaleras hasta el primer piso. Se sorprendió al ver tantas máquinas tragamonedas, rodeadas de diferentes salas de juego. En una de ellas divisó el vestido negro de Rebeca. Deseaba que su amiga la viera, pero ella se encontraba concentrada en la partida. Entonces dio media vuelta y se retiró del lugar.
En efecto, Rebeca estaba embebida en el juego. Confiaba plenamente que el color de su vestido, el tipo de ropa interior que llevaba y el modo de usarla, así como la buena racha que la acompañaba, serían factores decisivos para multiplicar el dinero que guardaba en la cartera.
Le entregaron dos cartas. Esperó que los demás jugadores pidieran las de ellos. Luego miró las suyas. Respiró profundo y gritó:
—¡Black Jack!
Una sonrisa de triunfo se dibujaba en su rostro. Se sentía triunfadora, había cambiado su suerte. Jugó por cuatro horas consecutivas, sin siquiera levantarse para ir al baño. ¡Había ganado cinco mil dólares más! Para ella, acostumbrada a alegrarse con premios de doscientos dólares, aquello era toda una fortuna. La excitación que la embargaba era incontenible, se reía a carcajadas, saltaba y bailaba. Su placer por el juego estaba relacionado con la capacidad de disfrutar la vida. Dicho placer necesitaba niveles superiores de estímulo y excitación. Y el riesgo de perder el dinero la envolvía en una vorágine que la embriagaba, la hacía sentirse viva y en constante búsqueda de sensaciones.
Necesitaba incrementar el número de apuestas y ahora que la suerte estaba de su lado tenía la oportunidad de hacerlo, una y otra vez. Y como si fuera poco, apareció un príncipe radiante que la escoltó en aquellos instantes de alegría infinita.
Arturo Gómez vestía como un gran señor. Ella había intercambiado sonrisas con él desde temprano, cuando lo vio jugar en el otro extremo de la mesa con el aplomo de los conocedores. Él le dijo que ese día las estrellas de ambos se habían alineado, porque él, desde la noche anterior, había acumulado una pequeña fortuna en la ruleta. Rebeca nunca había apostado dinero allí, pero muy pronto Arturo la convenció de que se le uniera. Ella no lo pensó dos veces y accedió. Él la tomó del brazo y se dirigieron a la mesa donde le aconsejó que apostara al trece negro.
—¿Y cuánto debo apostar? —preguntó ella, embelesada por la forma en que él clavaba los ojos en sus labios mientras hablaba.
—Alguien con tu suerte no apostaría menos de cinco mil dólares.
Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Rebeca, sintió como si flotara entre las nubes cuando Arturo la abrazó por la cintura. La sangre le hervía en las venas, las piernas le temblaban y el corazón le golpeaba con fuerza cuando hizo la apuesta.
Con la visión nublada no vio la ruleta dar vueltas y vueltas, hasta que escuchó la voz de Arturo cuando gritó:
—¡Trece negro!
Temblando de excitación, sintió un bienestar voluptuoso en el cuerpo, como si estallara en una especie de orgasmo múltiple. Sí, no lo podría describir de otra manera. A partir de ese momento, perdió la noción del tiempo. Cuando Arturo le recomendó que descansaran un poco en su habitación, y que antes dejaran el dinero a buen recaudo en la casilla de seguridad del hotel, ella creyó que eran días enteros los que había pasado en aquel frenesí perpetuo que la mareaba. Fueron veinticinco mil dólares los que Arturo le entregó al encargado de la recepción, sin dejar de mirar con pasión el rostro de Rebeca.
Pese al cansancio de ambos, hicieron el amor como dos adolescentes que se entregan con el único fin de descubrir cuántos misterios les depara la pasión. Descubrir los besos y las caricias de Arturo, justo en un momento tan feliz de su existencia, era como un regalo doble que le entregaba la vida a cambio de todas las tristezas y angustias recientes.
Agotada, pero satisfecha y alegre, durmió por seis horas seguidas. Cuando despertó, buscó la tibieza del cuerpo que la llevaría a cabalgar por llanuras de placer, pero no lo encontró. Se levantó rápido de la cama, a pesar del ligero mareo que le dejaron las copas y los excesos. Llamó a Arturo y no le respondió; lo buscó en el baño, en el balcón, pero él no estaba. Se vistió y bajó a la recepción.
—¿Me puede localizar al señor Arturo Gómez?
—El señor Gómez dejó el hotel hace tres horas. Dijo que usted permanecería en la habitación un día más y canceló la cuenta.
—Qué extraño. Pues, ni modo. Entonces, deseo retirar el dinero que dejé en la caja de seguridad.
—Seńora, ese dinero lo retiró el señor Gómez.
—¡¿Cómo?!
—Señora, disculpe, pero la firma de él es la que aparecía en el recibo de depósito. Además, es la cajilla en la que tenía otros documentos y bienes desde que llegó a este hotel. Señora, ¿se siente bien?
Rebeca se sentó para no caer; metió la cara entre las manos y lloró. Le parecía increíble que la hubiesen timado de esa manera. Y justo el ser más encantador que jamás había conocido.
Un mal presentimiento oprimió el pecho de Graciela cuando trató de comunicarse con su amiga Rebeca y nadie le contestó el celular. Preocupada, decidió visitarla. Ana, la suegra de Rebeca, la recibió y le dijo que estaba muy asustada porque Rebeca no había regresado.
—¿Cuándo salió?
—Antes de ayer, temprano.
—Creo que debemos informar de esto a la Policía.
—¿Usted cree?
—Por supuesto, tiene casi cuarenta y ocho horas de desaparecida, yo la vi ayer temprano, y creo que andaba angustiada.
En ese momento se abrió la puerta y apareció Rebeca, aún con el traje negro que le había visto Graciela el día antes. Su rostro evidenciaba la fatiga acumulada y la angustia que la venía afectando.
—¡Caramba! Hay reunión de caras largas aquí. Pero no se alegren, que no pasó nada. Solo que me encontré con una amiga española que estaba de paso, nos quedamos conversando, fuimos a recorrer almacenes, bebimos unas copas, se me hizo tarde y ella me invitó a quedarme en el hotel donde se hospeda.
Graciela no le creyó, deseaba comprobar hasta dónde era capaz de llegar por encubrir su vicio por el juego.
—Rebeca, esta tarde la tengo libre, me gustaría que conversáramos.
—Te llamaré como a las cinco, ¿te parece bien?
—Creo que sí, nos vemos. Cuenta conmigo.
—Eso sí, sin regaños, ya no aguanto uno más.
—Claro, será sin regaños. Ah, me gustaría que leyeras esto antes de vernos.
Graciela puso en manos de su amiga un recorte del diario «La Estrella de Panamá», que había mandado a copiar años atrás, cuando descubrió que su hermana era una jugadora compulsiva. Rebeca lo miró con indiferencia y lo colocó volteado sobre la mesa del comedor. Graciela movió la cabeza en señal de desaprobación, y entonces lo leyó en voz alta:
«Los casinos acaban con la economía de los panameños». «Los juegos de azar se han apoderado del país. Un informe de la Junta de Control de Juegos del Ministerio de Economía y Finanzas reveló que desde que se autorizó la privatización de los casinos en Panamá operan cincuenta y tres casinos completos, salas de bingo, salas de máquinas tragamonedas, mesas de juegos, un hipódromo y las salas para las apuestas de deportes internacionales y de galgos, que reciben unos cincuenta millones de dólares en apuestas. Esto no incluye las promociones comerciales, los juegos pinta, choclos, rifas, ruletas, clubes de mercancía y bingos televisados, que son considerados juegos transitorios».
Rebeca interrumpió a su amiga, reclamándole por qué razón le leía ese artículo que en nada le concernía. Graciela no le hizo caso, sacó de la cartera otro y leyó el título: «El juego secuestra a Panamá». Entonces Rebeca perdió la paciencia.
—¡Ya basta! ¡Me tienes harta! ¡No te metas en mi vida! Si crees que me ayudas, estás equivocada. Me aburres y me desesperas. ¡Lo que te ocurre es que me envidias, sí, me envidias!
Graciela no respondió; no tenía otra opción. Recordó, dolida, las palabras de José Ingenieros: «El que ve tiene la sagrada misión de guiar tomando de la mano al que no ve. Arrastrarlo si duda, abandonarlo si se resiste». Y para ella había llegado la hora de retirarse, en medio de los gritos de Rebeca, echándola de allí.
En cuanto Graciela se fue, Rebeca envió a su suegra al supermercado. No hacía falta nada, pero ella le hizo una lista de seis artículos. Cuando se quedó sola, buscó en la biblioteca la escritura de su apartamento. La noche anterior, cuando jugó a la ruleta, se enteró de que había un prestamista que facilitaba dinero y como garantía solicitaba la escritura de una propiedad. Mauricio había transferido el apartamento a su nombre después de su aventura amorosa. Esa fue la condición que ella puso para la reconciliación. Con ese aval no le iban a negar la cantidad de dinero que solicitara y así ella aprovecharía su buena racha.
Cuando regresó, la señora Ana quiso protestar por la actitud de Rebeca, pero eso la irritó mucho, y le gritó que no la molestara.
—Pero, Rebeca, piense: imagínese si anoche mi hijo hubiera regresado de repente y usted.
—Yo qué, ¿ah? No sea atrevida, usted no es nadie para hacerme reproches, yo hago con mi vida lo que me da la gana.
—Sí, tiene razón, pero quiero mucho a mi hijo y me duele lo que le hace.
—Y no le duele lo que me hizo él a mí, ¿eso no?
—Pero ustedes arreglaron sus problemas, tengo entendido.
—Usted no sabe nada, tiene que vivir imaginando cosas. Ahora inventa que yo andaba en malos pasos por la calle.
—No se necesita mucha imaginación para saber lo que hace una mujer casada que no duerme en su casa.
—Mire, insolente, recoja sus cosas y váyase para donde su hija, o para la calle o para donde quiera, yo no tengo por qué soportarla.
—No me iré hasta que regrese mi hijo.
—No, no, eso no. Usted se va, antes de que la eche a patadas a la calle, ¡se larga ya!
Rebeca sabía que esa decisión iba a molestar mucho a su esposo. Él adoraba a su madre, que quedó viuda cuando él tenía cinco años y su hermana tres. A costa de muchos sacrificios, ella le había dado una carrera universitaria.
La señora Ana bajó la cabeza y se dirigió a su cuarto. En menos de veinte minutos recogió sus pocas pertenencias y abandonó el apartamento, sollozando.
Rebeca estaba de regreso en el casino a primeras horas de la noche. Dio varias vueltas en busca de la persona que le había hablado del prestamista. No la vio y fue hasta la cafetería para tomarse un capuchino. No había comido en todo el día y pidió un emparedado. Se lo comió deprisa y con ansiedad. Se dirigió al casino para ver si ahora tenía más suerte. En la puerta estaba la mujer que buscaba. Le preguntó por el prestamista. La mujer hizo una llamada y en menos de un cuarto de hora llegó el individuo.
—Como comprenderán, bellas damas, este es un asunto delicado que no se puede tratar en este lugar. Yo dispongo de una habitación en el hotel para estos temas.
Rebeca dudó un instante, recordando el incidente con Arturo. Entonces la mujer que le había dado la información se ofreció a acompañarla. Ya en la habitación, el hombre le preguntó:
—¿Cuánto necesita?
—Tres mil dólares —dijo Rebeca.
—No hago transacciones por menos de diez mil, si tienes una garantía acorde con esa suma.
—No necesito tanto, tengo una buena racha y estoy segura de que esa cantidad es suficiente.
—Mire señora, no estoy aquí para perder el tiempo. O acepta mis condiciones o terminamos esta conversación en el acto.
Rebeca aceptó el convenio. Le entregó la escritura de la propiedad, firmó varios papeles y recibió a cambio varios fajos de billetes. Era su oportunidad de resarcir las pérdidas sufridas. Pero bastaron dos horas para perder el dinero en la ruleta. En esta ocasión no estaba Arturo a su lado; en cambio, la mujer que había hecho el contacto con el prestamista no se le separó ni un solo momento.
—Tu propiedad es muy valiosa, puedes conseguir más dinero.
Esta vez el prestamista le exigió firmar otros documentos. Ella había tomado varias copas de las que regalaban a los jugadores, y no veía bien. La mujer que la acompañaba leyó los términos del contrato y le dijo que se trataba de un pagaré que la obligaba a saldar la deuda en cuarenta y ocho horas.
—En menos de eso me he ganado veinticinco mil. Es cuestión de volver a encontrar mi racha —y firmó con prisa el documento.
A las cinco de la mañana, tambaleándose, Rebeca abandonó el casino. Había perdido todo el dinero recibido. Primero jugó Black Jack, después probó suerte en la ruleta y por último jugó bacará. En esa mesa fue donde más dinero perdió.
Al llegar a la casa, Rebeca entró a su cuarto. No podía llorar; un nudo le oprimía la garganta, impidiéndole la respiración. Pero el sueño la venció en un instante. Cuando despertó, sentía hambre, comió un emparedado y volvió a dormirse; era como si en su cuerpo no hubiese energía suficiente para mantener abiertos los ojos. Esta vez fue el teléfono el que la despertó.
—Te espero en el mismo lugar de ayer a las 8 de la noche.
—¿Quién habla?
—¿Me olvidaste? Tengo la escritura de tu apartamento.
Rebeca se incorporó y casi se cae de bruces; ya parecía ser una costumbre aquel mareo al levantarse.
—No reconozco su voz.
—¿No? Soy Ernesto Valdés, el que te prestó los veinticinco mil dólares.
Rebeca captó de pronto su situación: no había sido una pesadilla. El tono de voz del hombre se fue elevando ante su silencio:
—Espero que no me obligues a adoptar otras medidas.
—Claro que no, iré donde usted me indica.
—Se puntual, las tardanzas me ponen nervioso.
2
Rebeca casi no durmió en toda la noche. Las últimas setenta y dos horas habían sido un desastre. Sin embargo, salió bien librada y su pesadilla había terminado. Solo debía unos tres mil dólares y ya convencería a Mauricio para que le diera esa cantidad. Llamó a Graciela para reconciliarse con ella. Sabía que se levantaba temprano. Le pidió perdón reiteradas veces y le rogó que se vieran esa tarde.
Cuando llegó al lugar, ya Graciela estaba allí, con una copa de sangría en la mano. A pesar de que tenía razones para estar ofendida por la forma en que ella la había tratado, sonrió al verla.
Rebeca agradeció la comprensión de su amiga; sabía que su rostro reflejaba tristeza, que su aspecto general debía mover a la compasión. Por eso se puso su mejor vestido, algo atrevido para esa hora tan temprana de la noche. De ese modo, pensaba, se disimularían un poco sus problemas. Además, no quería que Graciela tuviera que enojarse con ella, así que decidió facilitar las cosas.
—Reconozco que tengo un trastorno y quiero pedirte ayuda.
—¿Has seguido jugando en el casino?
—No… digo, sí… en realidad hasta hace poco estuve jugando, pero quiero que eso se acabe; además, mi problema es algo más complejo. Ya no es solo la adicción al juego, sino que me siento muy deprimida. Varias veces me he jurado a mí misma no regresar a una sala de juego, sin poderlo cumplir, pero esta vez es diferente.
—Debo admitir que eso es cierto, es la primera vez que reconoces que tienes un problema.
—Ante ti no ha sido tan difícil después de todo; sé que tú eres la persona indicada para ayudarme.
—Esa es la punta del iceberg, reconocer la adicción. Imagino que vives un infierno y, te repito, estoy para ayudarte. Te llevaré donde el siquiatra de mi hermana. Ella, gracias a Dios, está mejor.
Rebeca sabía que podía contar con su amiga, pero no se atrevía a hablarle acerca del incidente con el prestamista. Eso jamás lo contaría a nadie. Era un peso terrible en su conciencia. ¿Qué había sido de aquel sujeto? ¿Murió por el golpe? ¿Lo asociarían a ella? ¿La Policía la estaría buscando por toda la ciudad? Sin embargo, lo primero que debía hacer ahora era curarse de su adicción al juego. Conversaron por unos minutos y Graciela prometió hacerle una cita con el siquiatra para el día siguiente. Luego se despidió.
Eran apenas las cinco de la tarde. En la puerta de la cafetería, Rebeca se detuvo a mirar el tráfico, que era lento a esas horas. La gente pasaba frente a ella, cada quien ensimismado en sus problemas, sin saber la angustia que se cobijaba en su pecho. Quizás cada uno de esos transeúntes, cada uno de los conductores que se afanaban por sobrepasar los otros autos para llegar rápido a su destino, también cargaba sobre sí el peso de una congoja.
De pronto se vio atraída por las luces saltarinas de un local que estaba del otro lado de la calle, y que sobresalían entre las sombras de la tarde. Era un hotel nuevo que habían abierto quizás la semana pasada, y tenía un casino, otro casino que llamaba a la gente de la ciudad a tomar parte de las riquezas que ofrecía. Y entonces, sin que lo pudiera evitar, un pensamiento la invadió por completo:
—Si voy a retirarme de esto, bien vale la pena que me juegue los pocos dólares que me quedan. Así empezaré mañana de cero y emprenderé mi nueva vida sin remordimientos.
Inició depositando monedas de veinticinco centésimos en las máquinas cercanas a la entrada. En verdad tuvo suerte, porque al rato había multiplicado varias veces su exiguo capital. Entonces se sintió valiente y decidió atreverse con su nuevo reto: el black jack.
A las diez de la noche abandonó el casino, con una ganancia de cuatro mil dólares. La embargaba una felicidad indescriptible: ya no tendría que pedirle dinero extra a su esposo, ya no era necesario ir a ningún siquiatra. Además, Mauricio estaría de vuelta al día siguiente.
Mauricio supervisaba las construcciones de la empresa para la que trabajaba. Eso lo hacía viajar mucho, pues tenían obras en varias partes de Latinoamérica y el Caribe. Esta vez había estado mes y medio en unas hidroeléctricas en Venezuela y Colombia. Aunque cuando estaba en el país las cosas no eran diferentes: Rebeca y él compartían muy poco tiempo, pues él trabajaba hasta catorce horas diarias y regresaba a casa tan tarde que casi siempre la encontraba dormida.
Mauricio llegó en el vuelo de las siete de la noche y esta vez Rebeca sí lo estaba esperando en el aeropuerto. Cuando lo vio, corrió hacia él y le abrazó tan fuerte que él se sorprendió.
—¿Qué te sucede? ¿Ocurre algo?
—No, nada, solo que me hiciste mucha falta. Si hubieras demorado un día más, no sé qué hubiera hecho.
—¿Acaso estás enferma? Te veo más delgada, pálida…
—He comido mal, he dormido poco, se me notan las ojeras, ¿verdad?
—Así es… no eres la misma.
—Es que estaba deprimida, me hacías falta. Pensé que me habías dejado. Ya estaba por ir a un siquiatra, pero preferí esperarte.
—Caramba, voy a ver si esta vez encajo en mi papel de «tu mejor medicina».
Riendo, recogieron las maletas y se fueron a casa. Rebeca condujo sin dejar de tener las manos de su esposo entre las de ella. Ambos se mantuvieron unidos en un silencio dulce que prometía renovarles el amor que a veces creyeron perdido, pero que ahora, mientras navegaban por aquel río de autos que desembocaba en la ciudad, parecía renacer como un brote después de un incendio en el bosque.
Ya en su casa, Mauricio sacó de un maletín dos regalos. Le entregó uno a Rebeca y se dirigió a la recámara de su madre, llamándola con entusiasmo.
—Ana no está —Rebeca habló con la cabeza baja.
—¿Dónde puede andar a estas horas?
—Mi amor, yo le pedí que se fuera a la casa de tu hermana.
—Rebeca, muy bien sabes que la casa de mi hermana es muy pequeña, que mi madre no cabe allí.
—Pero ella también es su hija, tiene ese derecho.
—Un momento, aquí pasó algo que no me has contado.
—Es verdad, tu madre se puso insolente conmigo y no voy a permitir que nadie me falte el respeto. No más, ¿lo entendiste? Ni siquiera tú.
Mauricio se llevó las manos a la cabeza. La esperanza de que las cosas hubiesen mejorado entre ellos se desvanecía más pronto de lo que él esperaba. A lo largo de tres años había sido muy condescendiente con Rebeca. Ella estuvo muy enferma cuando descubrió que él tenía una aventura y sufrió una severa depresión. Él se arrepintió, dejó a su amante y nunca más le había sido infiel. A partir de ese día, la relación no volvió a ser la misma.
La discusión fue subiendo de tono, hasta que cayó en el lugar común: Rebeca le reclamó a Mauricio su aventura, como si el tiempo no hubiera pasado. Mauricio se sintió tan furioso y frustrado, que le gritó y ella le respondió llena de odio.
—Me fuiste infiel y me arrepiento de haberme casado contigo. Tienes a tu madre aquí para que me vigile, ¡eres un miserable!
—Entonces somos dos los arrepentidos. Estoy harto de ti, de tus celos, de tus depresiones y de tu incapacidad para disfrutar la buena vida que te doy. Yo tampoco he sido feliz, y tienes que saberlo, porque no me has podido dar lo que más anhelo: un hijo.
Rebeca levantó la cabeza; se veía tan acabada y su rostro reflejaba tanta tristeza que Mauricio quiso borrar sus últimas palabras.
—No me hagas caso, estoy muy enojado y por eso dije esa barbaridad.
Ella no respondió. Ese había sido su sufrimiento secreto. En los primeros años de matrimonio pensó que Mauricio era estéril; sin embargo, quiso cerciorarse y fue donde un especialista en infertilidad. El médico le diagnosticó endometriosis. Nunca se lo confesó a su esposo; temía que él la dejara. Cuando se enteró de su affaire, sus temores se incrementaron y comenzó a obsesionarse con la idea de que él buscaría a toda costa el hijo que deseaba. En innumerables ocasiones le pidió que adoptaran un niño y él respondía que ya se había resignado.
Rebeca se dejó caer en una de las sillas del comedor y Mauricio la imitó. Ella estaba como ausente. A pesar de todo, él amaba a su mujer; no en vano habían convivido quince años. Se arrodilló frente a ella, suplicándole que lo perdonara; la abrazó fuerte, tratando de consolar su llanto mientras le acariciaba la cabeza. Ella protestó, entre sollozos:
—No quiero verte más, ¿me oíste? Ya no te soporto.
Luego vino un empujón que obligó a Mauricio a separarse. Cuando la vio se sintió sorprendido del cambio en la apariencia de Rebeca: sus cabellos en desorden, la blusa torcida, el rimel corrido, lo mismo que el lápiz de labios. Sintió pena por ella. Siempre admiró su belleza. Ahora se había transformado en una mujer patética y sombría, y quizás él tenía la culpa. Se acercó, sacó su pañuelo y le limpió el maquillaje. Esta vez no lo rechazó y con voz casi inaudible, le dijo:
—Prométeme que nunca me abandonarás, que nunca me dejarás.
—Tú sabes mejor que nadie que nunca lo haré. Y si eso hace que te sientas mejor, tienes mi palabra. Pero quiero que tú también hagas un compromiso.
—No quiero comprometerme a nada.
—Tendrás que hacerlo si quieres mi apoyo. Voy a sacar una cita con el siquiatra y quiero que vayas.
—Tú también quieres llevarme al siquiatra, ¿qué es esto?
—¿Por qué dices eso?, ¿quién más te lo ha aconsejado?
—No me hagas caso. Está bien, iré, pero solo si me acompañas.
—Cuenta con eso.
A las cinco, cuando Mauricio se levantó, Rebeca aún dormía. Él intentó una caricia, pero se arrepintió al recordar cuán sufrida se veía, por eso la dejó seguir durmiendo. Su madre era la que siempre le hacía el desayuno y lo acompañaba a desayunar, por lo que ahora se preparó una taza de café y un plato de cereales y comió despacio, con la esperanza de que su esposa se levantara y por lo menos lo acompañara unos instantes. Después leyó los titulares de los diarios en Internet y fue a la recámara a despedirse, pero ella seguía dormida. Él le levantó la barbilla con un dedo, suavemente:
—Cariño.