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Agenda para el desastre

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORDS EDITION

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PUBLISHED BY:

Rose Marie Tapia on Smashwords

Título: Agenda para el desastre

Copyright © 2009 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.

1

No fue por miedo que recibí a ese miserable. Hasta el momento no he encontrado un solo hombre que me inspire ese sentimiento. Lo hice por simple curiosidad, pues atreverse a amenazar al Presidente electo, a solo horas de tomar posesión, es un suicidio, y quise saber de qué madera estaba hecho el arriesgado.

Conocí a Tito Blanco durante mi campaña política, cuando me prestó algunos servicios. La especialidad de este tipo es desprestigiar y calumniar; actividades que realiza solo por dinero, mucho dinero. No tuve quejas de su trabajo. En cuestión de dos días hizo trizas a mi oponente más acérrimo. La documentación que presentó a los medios fue impecable; ni el mejor de los peritos la hubiera podido invalidar. Le pagué muy bien por ese trabajito, el doble de lo que me pidió. Ahora, seis meses después, se atreve a decirme que si no lo atiendo me voy a arrepentir. Perro asqueroso, no sabe lo que le tengo reservado.

Tito Blanco llegó al despacho privado del Presidente electo. Le había enviado varios mensajes solicitándole una cita, pero la respuesta siempre había sido la misma: que estaba muy ocupado. Harto de tantas evasivas, le envió un ultimátum: o lo recibía, o él convocaría una conferencia de prensa en la que revelaría todas las oscuras acciones de su campaña.

Arturo Aparicio Álvarez, el secretario privado del Presidente, montaba guardia desde su escritorio, en su clásica postura con el rostro inclinado hacia adelante. Mientras aguardaba el ingreso de Tito Blanco, pensaba que solo un idiota usaría su apodo en lugar del nombre, pero apenas lo tuvo frente a sí percibió que eran ciertas todas las referencias de peligrosidad que acompañaban al sujeto. Tal como se le había indicado, lo invitó a pasar al despacho de su jefe, exhibiendo la mayor dureza posible en el rostro, para corresponder a la cínica sonrisa del visitante.

Me dieron ganas de patearle la vida cuando vi la sonrisa de ese pelafustán. Tenía razón el que dijo que los imbéciles son más peligrosos que los inteligentes, y que resultan peores si se creen listos. Ante sujetos de esta calaña hay que controlarse, aprender a dominar el temperamento, y conste que gracias a ese aprendizaje hoy me encuentro en esta posición. Una respuesta emocional en una situación delicada es un obstáculo, un error, cuyo costo es mucho más alto que cualquier satisfacción temporal que produzca el estallido de la rabia. En el control de las emociones está la habilidad para distanciarse del presente y pensar de forma objetiva en el pasado y el futuro.

—Señor Presidente, disculpe mi insistencia pero es muy importante que…

—Al grano, Tito, al grano. No tengo tiempo para pendejadas.

—Bueno… debemos empezar por recordar que yo fui la persona que más contribuyó a su triunfo y...

—¡Ya! No me desesperes, ¿cuánto quieres?

—Es que no se trata de dinero.

—¿Qué? No me hagas reír. Todo lo que se refiere a ti significa dinero.

—No, no siempre, es que yo…

—Habla claro, ¿qué quieres?

—Pues bien, me imagino que ha considerado un puesto para mí en su gabinete.

—¿Cómo? ¿Has venido hasta aquí, amenazas incluidas, para contarme ese mal chiste?

—Hablo en serio.

—Pues no te creo. Solo piénsalo por un instante: tú, sí, el mismísimo Tito Blanco en mi equipo de gobierno —el Presidente electo se recostó en la silla y miró al techo, simulando imaginarse la escena.

—¿Por qué no? Si no hubiera sido por mi gestión usted no estuviera a punto de instalarse en la presidencia; los nombres que ahora salen en las noticias son de gente que no aportó ni una fracción del esfuerzo que yo…

—Alto, alto, alto. Cobraste muy bien por tus servicios.

—Sí, pero…

—Te pagué más de lo convenido, incluso.

—Es que no se trata de eso, como le dije.

—¿Ah, no? ¿De qué entonces? No abras la boca. A ver, ya sé: quieres asegurarte una fuente de ingresos más duradera, digamos. Mira que llegas en un buen momento, porque estoy contra el reloj y no puedo extender esta desagradable conversación por más tiempo, así que te ofrezco permitirte hacer muy buenos negocios con mi apoyo. Punto.

—Los negocios son aparte. Siempre he deseado ser ministro y ahora es mi oportunidad.

¡Que fastidio! Un estúpido con pretensiones. Entender a Tito Blanco es fácil. Cuando eres tan pequeño y oscuro como David, hay que encontrar a un Goliat al que atacar. Cuanto mayor sea el objetivo, mayor es la atención que se atrae y cuanto más audaz es el ataque, más admiración se obtiene. Presionarme no es otra cosa que la necesidad de hacerse valorar, de sentirse importante. Simple cuestión de notoriedad, pero eso sí: llevada a los extremos. Tipos así lo pueden llevar a uno a la ruina política.

El Presidente se levantó de la silla, caminó en círculos dos o tres veces y luego se fue acercando a Tito por un costado, muy despacio. Cuando estuvo frente al individuo le sostuvo la mirada. Tito bajó los ojos y sacó el pañuelo para pasárselo por el rostro; era evidente que las manos le temblaban.

De repente, el político comenzó a reír a carcajadas. Era una risa hueca, como las que se oyen en las obras de teatro o en las películas de suspenso. Tito también rió, aunque no tan fuerte; su risa no trascendió más allá del cuello de su camisa. Cuando el Presidente se puso serio, Tito dejó de reír de inmediato. Luego vino un largo silencio. Tito se removía en la silla, incómodo, y varias veces cruzó las piernas de un lado a otro, hasta que el Presidente electo pensó que la tortura había sido suficiente.

—Ministro jamás; pero estoy consciente de que has trabajado bien. Te daré un viceministerio, y considérate complacido.

—¡Acepto, señor, acepto, no faltaba más!

El Presidente electo se arregló el saco y salió haciendo que se escucharan sus pasos sobre la alfombra. Desde la puerta le ordenó a su secretario:

—Voy a estar fuera. Procura que recojan la basura.

En la oficina del Presidente electo se combinan muy bien la elegancia y la sobriedad. Lo más sobresaliente es la impresionante biblioteca que alberga gran cantidad de libros, clásicos y contemporáneos, ordenados tácticamente según las ramas del conocimiento humano. Sobre el escritorio amplio y ordenado reposan dos que en ese momento ocupan la atención del Presidente: El Príncipe y la biografía de Napoleón. Ya una vez él confesó que su biblia era el texto de Maquiavelo. Pese a sus múltiples ocupaciones y compromisos, siempre saca tiempo para la lectura, y es común escucharlo afirmar que no puede dormir sin antes leer al menos unas cuantas páginas.

Tito Blanco permaneció en la silla, inmóvil, hasta que el secretario apagó las luces y pareció dispuesto a cerrar la puerta con él adentro. El funcionario guardó para sí el regocijo que sentía al ver el semblante pálido y sudoroso del nada grato visitante, pues adivinó que lo habían puesto en su lugar.

Mientras salía del edificio, los nervios de Tito Blanco fueron ocupando otra vez sus lugares habituales. No había sido fácil confrontar tan directamente al político, a quien creía conocer mejor; para él lo más sencillo era actuar desde las sombras, desde el anonimato, y dar allí zarpazos letales a quien se pusiera a su alcance. Pero ahora estaba asustado; no sabía cómo había resistido la presión del momento y, en verdad, hubo un instante en que prefirió rendirse. Menos mal que no lo hizo. El puesto de viceministro no era nada despreciable. En unos meses, si trabajaba bien, se haría indispensable y entonces la silla del ministro, sea quien fuese, estaría en sus manos.

Ese esbirro cree que me tiene en sus manos. Lo voy a utilizar los primeros meses de mi gestión para hacer el trabajo sucio pendiente y después lo echaré a los lobos. Nunca olvidaré cuando este sujeto me ofreció sus servicios; eran los días en que Antonio Pascal me aventajaba en las encuestas por cuatro puntos. Tito se presentó a mi centro político y pidió hablar conmigo en privado. En pocas palabras expuso su plan y mostró la documentación que había preparado: un contrato en el que Antonio Pascal, tres años antes, compraba unas fincas en la décima parte del valor catastral. Adjuntó al contrato varias declaraciones juradas de supuestos campesinos que decían haber sido desposeídos y lanzados a la peor de las miserias por culpa de tal transacción. El plan era osado, pero muy bien estructurado. Si aquello era una farsa, como sospechaba, el escándalo me daría una ventaja esencial en la carrera política antes de que se aclarara el asunto. Y lo más importante: Tito se presentaría como alguien desligado de mi equipo, por lo que no tendría que dar explicaciones. Después de la publicación de su denuncia en los diarios, Pascal debió enredarse en explicaciones y en anuncios de demandas al honor que surtieron efecto inmediato: perdió las elecciones por un considerable margen de votos. Nadie quería a un desalmado así como gobernante. Siendo fiel a la verdad, mi triunfo se lo debo a Tito Blanco. Lo mejor de todo fue que la percepción ciudadana era que se había efectuado una campaña política limpia y transparente.

Aunque no fue lo que solicitó, un viceministerio no es un puesto despreciable. De esa manera neutralizo el enojo de Tito mientras veo qué hacer con él. Además, el poder acarrea enemigos y tener un chacal en la nómina no solo es recomendable, sino muy tranquilizador, sobre todo para enfrentar a los empresarios que no son de mi agrado, ni yo del de ellos. Él se encargará de demostrarles que oponerse al Presidente es un mal negocio.

El Presidente electo leyó varias veces su plan de gobierno. Estaba consciente de que había promesas que podría cumplir, pero otras serían imposibles de llevar a cabo ni en cinco años ni en décadas. No obstante, constituían el mar de fondo sobre el que se lucirían las olas que levantaría con su trabajo.

La primera opción sería por los más pobres. Eso en política paga muy buenos dividendos. ¿Y cómo no? La mayor parte del país es pobre, económicamente o en lo espiritual, que son dos cosas distintas pero se parecen y generan solidaridad. No es que pretendiera acabar con los pobres o con la pobreza, sino que estos le darían excusas muy válidas para despojar a los ricachones y a los oligarcas del dinero mal habido.

No hay quien no diga mentiras y esconda sus verdaderos sentimientos, porque expresarlos de una manera libre resulta una estupidez y un gran inconveniente. Se puede mentir diciendo la verdad, mejor dicho, haciéndola enigmática y escurridiza. Algunas veces la verdad hace daño y, en muchos casos, mata. Pero como Presidente, no permitiría que la verdad le fastidiase la vida; la manejaría a su conveniencia.

Desde temprana edad, él aprendió a ocultar sus pensamientos, diciendo a los inseguros lo que deseaban oír. Pero una vez que se establece una posición de poder, entonces ya hay posibilidades de decir lo que realmente se piensa.

—Las promesas de campaña, y en especial la educación y la salud, son mis mayores prioridades, así como encarcelar a los delincuentes, porque la impunidad es el germen de la ingobernabilidad. Si es necesario haré una cárcel en cada esquina, para que no quede un solo sinvergüenza libre. Jamás permitiré un cierre de calles, mi lema será “calle cerrada, calle tomada”. En eso seré implacable. No aceptaré huelgas ilegales y todo aquel empleado público que apoye una huelga, será destituido de inmediato. Y en relación con los empleados de la empresa privada, modificaré la ley, de modo que se autorice al empleador a prescindir de los servicios de todo trabajador indócil. No permitiré el vacío de poder ni la ausencia de autoridad. Siempre se ha necesitado una mano fuerte para impedir el caos y la carencia de vacíos. Mi mayor y más grande promesa electoral ha sido instaurar el orden, pues este es el guardián del universo.

Con ese discurso se ganó a la gente cansada de la impunidad y de las burlas a la ley. Desde el primer día de campaña política preparó una agenda que incluía términos fuertes contra el sistema establecido y dijo no creer que la ley estuviese por encima de la justicia, por lo que prometió derogar todo artículo legal que pusiese al victimario por encima de la víctima. Aprovechándose del ánimo popular, dijo que él sería un presidente para presidir y para responsabilizarse del país.

Ahora, a dieciséis horas de su toma de posesión, todavía medita en la forma de ejecutar todos y cada uno de los puntos de su plan; pero el sueño lo vence, por lo que dispone que los de su equipo de trabajo asuman los detalles de última hora y se retira a descansar un par de horas por lo menos.

En la medianía de su edad madura, luce fuerte y dinámico, pero los sobresaltos agobian, y debe tomar fuerzas para lo que viene, para verse radiante. A él no le favorece mucho el físico, pero al que tiene poder no le hace falta ser bien parecido, pues con ayuda del dinero, la ropa, los estilistas y los asesores de imagen, todo se puede mejorar. De eso ya se ha ocupado Julieta De La Guardia, su jefa de protocolo, una mujer bellísima, frívola, pero que le da mucha importancia a las apariencias, con justa razón, porque en un medio como este el éxito viene de la mano, o se va, con la imagen. Ella ha logrado ponerlo en la portada de revistas de moda en las últimas semanas, en ediciones en donde suelen salir artistas locales y extranjeros, al punto de que el público se ha habituado tanto a verlo como una estrella, que hasta él se ha olvidado ya de que alguna vez tuvo complejos relacionados con su apariencia. Es el Presidente de la República y se ve como tal.

2

Contemplarme en el espejo me produjo gran satisfacción. Mi aspecto ha mejorado notablemente. Hasta se podría decir que me veo guapo. El vestido para mi toma de posesión es un Cartier. Será la primera vez que use un vestido de marca. Nunca le di importancia a esas tonterías, pero ahora reconozco que ayudan. Maruja, mi mujer, está tan nerviosa que la he tenido que sacar de la recámara. No deseo que me contagie su nerviosismo.

Desde tempranas horas, el Centro de Convenciones ha estado custodiado por centenares de unidades de la Policía Nacional, ataviadas según las normas que rigen el evento de toma de posesión del Presidente. En cada arteria adyacente hay unidades de la Policía de Tránsito que agilizan el paso de los vehículos, pero ni las calles alternas ni la misma Vía Israel fueron cerradas, dicen que por instrucciones expresas del nuevo mandatario.

Varios grupos de agentes motorizados y de la Policía Canina recorren los alrededores. Hay policías fuertemente armados apostados en el Corredor Sur y algunos francotiradores se divisan en los edificios cercanos. Frente a Atlapa un cordón policial es signo de respeto. Dos helicópteros sobrevuelan el perímetro urbano, a lo que se suman otras medidas menos obvias. No es para menos, al evento habrán de acudir importantes personalidades nacionales e internacionales, por lo que la seguridad es un elemento básico e indispensable. Además, el acto de toma de posesión constituye una muestra de la continuidad institucional, imprescindible para el correcto desarrollo del país.

Cuando el Presidente llega al Teatro del Centro de Convenciones, todo está preparado para que la ceremonia se lleve a cabo con total normalidad. Entre los diecinueve jefes de estado o sus representantes, se encontraba el Secretario de Estado de los Estados Unidos, así como los presidentes de Venezuela, Costa Rica, Colombia, Nicaragua, El Salvador, México y Honduras; España ha enviado un alto emisario, al igual que varios países de la Unión Europea. Una extensa lista de embajadores asistieron.

El acto se inició a las once de la mañana. El día, brillante y soleado, le da energías y optimismo a los partidarios del Presidente electo, que dentro y fuera del Centro de Convenciones entonan canciones distintivas del partido y de sus aliados, al igual que tonadas folclóricas. Las palabras del representante de la presidenta saliente son breves, las necesarias para decir que entrega el cargo y el país en situación mejor a como los encontró. Los congregados esperan un extenso discurso del nuevo gobernante, y se acomodan en sus puestos cuando lo ven caminar hacia el podio. La primera sorpresa se la llevan cuando este se salta la norma de dirigirse a las autoridades presentes e inicia su discurso de una manera directa, sobria:

—Conciudadanos, no traigo un discurso preparado, y he rechazado el que me tienen preparado mis asesores. Los anuncios que haré no necesitan de formalidades, sino de valentía y eso a mí me sobra. Permítame disentir con usted, representante de la señora presidenta saliente, pues la verdad es que recibo un país con un alto porcentaje de desempleo. Aquí el delito y el crimen campean en nuestras calles, y usted lo sabe. La corrupción es el menú del día y, para colmo, la educación y la salud se encuentran en estado deplorable. Sí, recibo un país con instituciones destrozadas por el descrédito público. Un país donde, a pesar de tantas riquezas como se ostentan a cada paso, muchos niños padecen hambre. Un país donde hay mano dura para los pobres, pero mano blanda y complaciente para los delincuentes de cuello blanco, los narcotraficantes y los terroristas internacionales. Aquí hasta ahora ha sido ley no escrita que se le tienda una mano amiga a los ex gobernantes que hayan incurrido en actos de corrupción. ¡Señores, esto se acabó!

Un mar de aplausos se hizo sentir en la sala y en los exteriores del Centro de Convenciones, donde se escuchaba la intervención. El Presidente debió tomar agua con mucha calma mientras esperaba que se atenuara el rumor de tantas palmas y gritos.

—Me comprometo a hacer de este un país digno, pero digno de verdad. Un país en donde todos sus ciudadanos puedan circular libremente por las calles, sin correr el riesgo de que los detenga algún grupo de manifestantes descontentos. Disconformes habrá siempre, no lo dudo, pero garantizaré que haya canales expeditos para reclamar sus derechos como debe ser y ante quien deba ser y les aseguro que funcionarán, ¡pero el que aquí impida que otra persona camine por una calle se va preso por buen tiempo!

Otra salva de aplausos cortó el discurso, ante la evidente molestia de los magistrados del Órgano Judicial y la estupefacción de los representantes del Ministerio Público, que sentían que les habían cambiado el libreto por uno que no se podía leer, o al menos que ellos no entendían. Mientras las cámaras de televisión lo mantenían enfocado, algunos reporteros comenzaban a caminar hacia lugares menos ruidosos para transmitir las primeras impresiones del sorpresivo discurso presidencial. En las pantallas, el nuevo mandatario se notaba más delgado y alto de lo que era en realidad, gracias al efecto de las decoraciones del escenario. Sus cabellos abundantes estaban peinados a la perfección, sus ojos negros brillaban sobre su nariz puntiaguda a medida que contemplaba de un lado al público, manteniendo los labios apretados como una línea, lo que daba a su rostro ovalado un aire de sinceridad innegable. Todo en él evidenciaba tranquilidad. Era notoria su frialdad, el dominio perfecto de sus nervios y el control de sus emociones y sus sentidos. Su habilidad y aplomo eran impresionantes. Cuando los aplausos decayeron, continuó:

—Les garantizo que ningún empleado público que cumpla con su trabajo, será destituido. Pero los que no cumplan, será mejor que renuncien hoy mismo y dejen su puesto a disposición del gobierno para que lo ocupe una persona responsable…

—No se extrañen de que mañana mis opositores califiquen este discurso de chabacano, pero eso no me importa. Hasta ahora la costumbre es dar un período de gracia a los nuevos mandatarios, cruzarse de brazos a ver cómo viene, sin atacarlo, pero esperando a la vez que él no los ataque. Eso no va conmigo: desde hoy les aseguro que gobernaré de modo muy distinto al que aquí se acostumbra, porque estamos cansados de tanta corruptela, de tanto político favorecido por una ley sin bríos; ustedes me eligieron para gobernar y eso es lo que voy a hacer desde este momento.

De nuevo los aplausos y las consignas partidarias interrumpieron al recién investido gobernante. Los presidentes y los embajadores intercambiaban miradas como asombrados por el tipo de orador que tenían por delante, imaginando quizás el modo en que podrían emparejar todas esas palabras con la acción que deberían desarrollar juntos.

—A los señores presidentes, a los representantes de países amigos, les presento disculpas desde ahora si no me ven por sus playas y por centros turísticos muy a menudo. El señor vicepresidente tiene todo mi apoyo y el de mi gobierno para que me represente: él me contará oportunamente de todo lo que me pierda por sus hermosos países, que ya he visitado antes; pero espero que comprendan que como Presidente se me eligió para dirigir el país, no la región ni el mundo, sino este país, y lo voy a hacer desde aquí.

Ya las televisoras habían insertado unos cintillos que resumían las palabras del orador y La CNN había establecido comunicación directa con Panamá para divulgar en directo la última parte del discurso, luego de un preámbulo de la locutora en que calificó de sorprendentes las expresiones presidenciales. En plazas y sitios públicos de todo el país, la gente que no estaba en sus hogares se agolpaba para seguir con atención las palabras del Presidente.

—Ahora quiero hablarles a ustedes, mi gente sencilla, mi gente honesta y a aquellos que tienen que levantarse todos los días al alba para ganarse el pan y mal mantener a sus familias. Ustedes sabrán apreciar mi sinceridad, mi alejamiento del protocolo tradicional de estos actos. Entre las personas que deben estar sintiéndose mal en estos momentos están muchos políticos delincuentes, los que muy pronto estarán entre rejas. Y para que se acabe eso de que luego no se sabe dónde están, la Policía Nacional y las autoridades judiciales impedirán que en los próximos días salga del país cualquier funcionario de la pasada y pasadas administraciones que haya tenido un puesto de mando, desde ministro de Estado hasta director de instituciones; y lo excluyo a usted y a la Presidenta saliente, porque la ley hasta ahora no los alcanza, pero le pido muy cortésmente que en respaldo de sus subalternos, nos haga el honor de mantenerse en el país.

Ante aquellas palabras, el representante de la que había sido la gobernante del país hasta momentos antes se puso de pie y salió, seguido de inmediato por quienes habían formado parte de su administración. Iban rojos por la ira y la vergüenza públicas. Esta vez no hubo aplausos, quizás porque el Presidente, desde el podio, hizo un gesto para tranquilizar a sus huestes políticas.

—Siento mucho que no se mantengan con nosotros, porque espero que de aquí en adelante esto sea una norma tras cada transmisión de mando. Eso sí, no crean que esto es una amenaza, no, es mi promesa, hecha con la misma gravedad con la que juré este cargo. Mi consigna de ahora en adelante es: “Trabaja bien o te irá mal”, porque las leyes son para cumplirlas. Y ya basta. No deseo cansarlos con un discurso largo y aburrido; de ahora en adelante, mis palabras serán expresadas con hechos. Muchas gracias.

La sorpresa de los anuncios fue de tal magnitud, que los presentes se miraban unos a otros con rostros de estupefacción, sin atinar a respaldar los aplausos de los copartidarios, que bailaban frenéticamente en apoyo a las declaraciones tajantes de su líder. El que sí se había trasladado a los pies del podio, ronco de gritar hurras y con las palmas rojas de tanto batirlas, era el muy bien trajeado Tito Blanco.

La atención que recayó en mi discurso de toma de posesión fue tan apabullante que opacó la elección del Presidente de la Asamblea de Diputados, la cual fue problemática. El diputado oficialista que aspiraba al cargo contaba con el ochenta por ciento de apoyo, incluidos algunos de la oposición. Pero a mí no me gustaba. Tengo que reconocer que era un hombre inteligente y de gran personalidad, pero además se dedicaba demasiado a su imagen, tanto que ya muchos lo catalogaban como “el más apuesto del Gobierno”. Yo no podía permitir que ese monstruo de vanidad me eclipsara. De seguro pronto se iba a sentir superior a mí y eso no lo podía tolerar.

Tuve que emplear todas mis influencias y artimañas para que desistiera del cargo, pero fue un hueso duro de roer. Sin embargo, no pudo soportar la presión y lo logré. ¡¿Por qué será que los hombres apuestos son tan pendejos?! Sus compañeros diputados estaban muy descontentos. Hasta se atrevieron a decirme que yo violaba la autonomía del Órgano Legislativo, pero al final, fue fácil resolver el problema. Les hice ver que yo no me sentiría cómodo trabajando con su candidato, que eso entorpecería los canales de comunicación tan necesarios que yo requería para poder consolidar la fuerza de la Asamblea en todo el país, y el caudal de recursos que pensaba volcar en cada uno de sus circuitos, que es como decir en sus arcas personales. Enseguida les cambió el humor a estos sinvergüenzas. Recomendé para el cargo a un diputado dócil y asunto cerrado.

De manera similar pretendo librarme del Vicepresidente. Ya dejé bien claro que se encargará de promover la inversión extranjera en el país. No acabará de bajarse de un avión, cuando le tendré preparado el siguiente viaje. Este pueblo bastante ha criticado a los presidentes viajeros, pero a nadie le interesa si esos viajes los hace su vicepresidente.

Una vez conformado el equipo, el Presidente se reunió con el ministro de Gobierno y Justicia. Las órdenes fueron directas:

—En cuanto ocurra la primera manifestación, mande un mensaje claro y directo: no permita desórdenes ni cierres de calles; esto es primordial en su gestión. Y tenga mucho cuidado con el trabajo de la Policía Nacional y de los organismos de seguridad bajo su mando; a usted le corresponde ser mis ojos y mis oídos en esos cuerpos; quiero que trabajen bien, que saquen la cara por esta administración. Y no me vuelva a preguntar qué hace para levantarles la moral, que las cosas son al revés: dígales que voy a esperar un año para ver cómo se manejan con su moral bajo estas nuevas normas y, si la mantienen alta, tendrán un aumento general, en especial los oficiales. Anúncieles que los que se jubilen podrán optar por una recontratación como especialistas en los cuerpos especiales que vamos a formar para combatir el delito, con una paga por encima de la que tuvieron en su cargo anterior. Así evitaremos el problema de la falta de personal de la que me habla usted, y entre esos oficiales escogeré al que vaya a ser su director. Encárguese de modificar las leyes que sea necesario modificar para que esto se pueda cumplir, a partir de este momento.

El ministro de Gobierno y Justicia tomó nota de todo lo que se le indicaba, sin expresar palabra. Luego preguntó sobre lo que se haría con los dos policías que habían sido sorprendidos robando un banco la noche misma de la toma de posesión, hecho que provocó la muerte de uno de los agentes que acudió al lugar. La respuesta del Presidente fue dicha con los ojos puestos fijamente sobre el ministro:

—Al muerto, hágalo un héroe, indemnice a la familia como debe ser. A los detenidos, cuando los lleven a la Policía Técnica, permítales escapar. Voy a hablar con los tres oficiales que vinieron a quejarse porque fueron destituidos en la administración anterior, quiero ver si son de verdad, como dicen…

—Disculpe, no entiendo…

—Por ahora dejemos las cosas así, solo asegúrese de que escapen esta noche, que yo les pediré a los otros que estén por ahí a esas horas, a ver qué dejan para las pruebas… Será un mensaje muy claro, ¿o no?

Al tercer día de haberse instalado el nuevo gobierno, el Sindicato Único de Obreros Revolucionarios (SUDOR) realizó una manifestación con cierre de algunas calles. El ministro de Gobierno y Justicia llamó al Presidente para planear la estrategia convenida. Las instrucciones fueron precisas:

—Creí que usted las tenía claras; pero está bien que consulte. No los reprima hasta que hayan ocasionado malestar público. Cuando el caos sea lo suficientemente grande para justificar la represión, hágalo con la mayor eficacia. Nada de toletazos frente a las cámaras, pero póngalos presos sin miramientos. Si se refugian en algún sitio, use a los policías vestidos de civil para que los acorralen. Adviértales que ninguno de ellos será liberado hasta no hacerse responsable de los daños ocasionados.

El ministro lo escuchó sin atreverse a contradecirlo. Era una orden y lo único que cabía era cumplirla.

La ciudad comenzaba a despertar. Se veían algunas luces encendidas en las ventanas de los edificios y el tráfico ya estaba algo pesado. El cierre de las principales calles inició a las once de la mañana, media hora después el caos cundía en casi toda la ciudad. Los obreros de SUDOR impedían la libre circulación, valiéndose de sus herramientas de trabajo, hierros y bloques de cemento. Hubo conductores descontentos que se enfrentaron a los manifestantes y las disputas habían pasado de la palabra airada a los empujones y puñetazos. Uno de los automovilistas sacó un arma de fuego y efectuó varios disparos al aire. Algunos manifestantes huyeron; sin embargo, uno de los sindicalistas logró desarmar al hombre y los demás lo golpearon hasta dejarlo inconsciente. Todas estas escenas fueron grabadas por los canales locales y casi al instante la noticia fue proyectada en las pantallas televisivas.

Tres camiones de la Unidad Policial de Control de Multitudes llegaron a la escena de los hechos, seguidos muy de cerca por tres buses repletos de policías y un camión adaptado como cárcel sobre ruedas. En menos de cuarenta y cinco minutos, después de una feroz confrontación, treinta y dos sindicalistas fueron apresados y conducidos a uno de los patios de la Policía Nacional, cercado con vallas de alambre y custodiado por perros y hombres armados.

Un canal de televisión le preguntó al ministro de Gobierno si no había sido demasiado violenta la represión. Agobiado por las circunstancias del enfrentamiento, recordó al país las palabras del Presidente y justificó sus órdenes sobre la base de las advertencias previas, desoídas por los manifestantes. Concluyó diciendo que los detenidos solo recobrarían su libertad si pagaban la fianza que se les había asignado de acuerdo con su responsabilidad en los daños ocasionados, pues las instrucciones directas del Presidente era que se impidiera a toda costa la continuación de los disturbios y que se responsabilizara a todo el que causara daños de cualquier tipo.

Dos días después, los sindicalistas habían pagado las multas impuestas, o bien se habían decidido por los trabajos comunitarios como forma de cumplir esa condena. No faltaron quienes se negaron a hacerlo y, en consecuencia, permanecieron en prisión por varias semanas.

A menudo, si se sigue la pista de un problema se puede llegar hasta su origen, y este puede ser una silla sobre la cual está sentado un individuo fuerte y feroz: el agitador principal, quien suele ser un individuo arrogante y envenenador de la buena voluntad. En el juego del poder este tipo de personas pueden transformar un rebaño de ovejas en una manada de lobos. No hay que perder el tiempo arremetiendo en todas las direcciones. Hay que dar con la cabeza principal y, cueste lo que cueste, hay que deshacerse de ella. Es necesario neutralizar su influencia por medio del aislamiento porque, en esta contienda, el aislamiento significa muerte. Cuando se neutraliza al dirigente superior, se elimina el centro de gravedad y, al no tener donde apoyarse, todo se derrumba. Entonces hay que buscar las oportunidades de confusión que se derivan de todo ello. Tengo que ver cómo neutralizo al dirigente principal de SUDOR. Si no, me va a ocasionar muchos contratiempos.

3

Facundo Ledezma ocupaba el puesto de secretario general de SUDOR desde hacía ocho años. Bajo su mandato no se realizaban asambleas ni se llamaba a votaciones democráticas; simplemente se convocaba a los trabajadores para que lo reeligieran. Para esto, la organización contaba con una maquinaria muy bien aceitada con métodos de fuerza gangsteriles, lo que permitía que un pequeño grupo se mantuviera en el poder de modo indefinido.

Para lograrlo eran válidas todas las acciones puestas en práctica por la mafia en diversas latitudes, desde el empleo de quebrantahuesos, hasta compra de favores, votaciones a mano alzada bajo supervisión de los jefes, y por supuesto, la férrea oposición a la libre participación de los opositores, con lo que se garantizaba la permanencia indefinida del clan de Ledezma.

El comportamiento de Facundo Ledezma contó con el repudio y la censura de todos los gobiernos. De clara inclinación comunista, su discurso efervescente y violento asustaba a los inversionistas y a los gremios empresariales, quienes conocían muy bien cómo se sentaban las bases de su reinado corrupto, pero no se atrevían a denunciarlo por temor a las ya experimentadas represalias de la gente de SUDOR.

Una de las metas que se impuso el Presidente desde su primer día de mandato fue ponerlo fuera de circulación, para lo que armó una artimaña con el fin de que Ledezma fuera invitado, casi a nivel de representante del Estado, a recibir una condecoración en un congreso obrero en España. Se buscaba alejarlo de la cúpula del sindicato y darle oportunidad a su segundo, quien se mantenía embelesado por las prebendas que esperaba desde dos años atrás, cuando mediante una artimaña de Ledezma fueron cambiadas las reglas del juego para extender el período del secretario general. El Consejo de Seguridad Nacional logró mover los hilos necesarios para que Ramiro Montenegro se tomara el sindicato apenas alzó vuelo el avión privado en que era transportado hacia Europa Ledezma junto a sus más allegados, contra quienes se dictó orden de detención apenas regresaran al país, bajo cargos que iban desde evasión de impuestos y estafa, hasta asociación para ejecutar actividades terroristas.

Lo que el mandatario no calculó fue que Montenegro era mucho más peligroso: no solo era de la tendencia extrema del comunismo, sino que había sido entrenado en Cuba en tácticas de lucha guerrillera urbana y se jactaba de contar con el apoyo de algunos jefes de estado latinoamericanos. Para hacer valer su osadía al despojar del cargo a Ledezma repartió dinero de las arcas de SUDOR e hizo que más de un par de sindicalistas poco convencidos de su garra quedaran en el hospital, víctimas de repentinos accidentes de trabajo. Al notar que eso no era suficiente, organizó los primeros disturbios que enfrentaba el nuevo gobierno, bajo el pretexto de que había llegado la hora de que los obreros ganasen un salario justo.

Cuando el Presidente ordenó que le formularan cargos por sedición, basados en los recientes disturbios y sus consecuencias, Montenegro fue detenido, pero escapó en el trayecto a la cárcel, con la complicidad de los policías que lo custodiaban. Lo que nunca supo el sindicalista fue que su escape era parte de un plan de la seguridad del Estado para obligarlo a mantenerse en la clandestinidad, con su cara en las paredes de toda la ciudad, en volantes que ofrecían miles de dólares por su captura.

Otro líder popular que llamó la atención de las autoridades fue Mauricio Samaniego, un sacerdote de discurso incendiario, a quien, debido a su posición, no sería fácil prepararle una encerrona. Samaniego fue uno de los más fieles adeptos a la Teología de la Liberación, que comenzó en el continente después del Concilio Vaticano Segundo. En este movimiento algunos cristianos y sacerdotes decidieron esgrimir conceptos marxistas para analizar a la sociedad, y en Panamá, el padre Samaniego fue el precursor.

Como sacerdote trabajó muchísimos años en Chiapas, México, donde su desempeño fue beligerante. En Panamá se alió a los grupos de izquierda, e hizo una labor parroquial formidable que le mereció el apoyo de muchas personas. Con el fin de neutralizar a este sacerdote, el Presidente se comunicó con las autoridades eclesiales y lo acusó de subvertir el orden público, según el testimonio evidente en varias horas de grabación de las cámaras de vídeo vigilancia puestas por el Gobierno para incrementar la seguridad de los ciudadanos. Desde la Presidencia les prometieron que, por respeto a la curia, no se entregaría a las autoridades las evidencias en que se veía al padre descarriado bajando de su auto varios recipientes con combustible para ser usados contra las fuerzas del orden. Muy pronto, Mauricio Samaniego fue trasladado a Guatemala, a pesar de que él adujo siempre que las aludidas pruebas no eran más que un montaje, y pidió autorización para hacer sus descargos en un tribunal. La Iglesia no quería más escándalos de los que ya enfrentaba. SUDOR tenía ahora a líderes más cautelosos.

El propietario del diario La Hora, Armando Ríos, llegó ese día más temprano que de costumbre a su redacción y se encontró con un operativo policial que clausuraba las operaciones del periódico. La investigación estaba dirigida al dueño de la empresa, por la publicación de artículos que hacían una clara apología del delito e incitaban a la subversión en la capital, luego de los heridos por piedras y bombas molotov que habían sido lanzados por los manifestantes en los disturbios más recientes. La gota que derramó el vaso fue la publicación de una carta de Ramiro Montenegro, desde la clandestinidad, y otra del padre Mauricio Samaniego, ambos con acusaciones al gobierno y negando las acusaciones hechas en su contra.

Las autoridades emitieron un comunicado que ordenaba el cierre inmediato del diario La Hora, aduciendo que se utilizaba la libertad de prensa y de expresión como medio para hacer llamados a la anarquía.

El presidente de la Comisión de Libertad de Prensa, expresó el temor de que las censuras y cierres de medios estuvieran encaminados a debilitar las libertades y los derechos individuales de los ciudadanos. En una entrevista televisada dijo en tono enérgico:

—Nuestro país se ha convertido en un sitio donde se cometen atropellos contra medios de comunicación y periodistas que informan sobre hechos ciertos que la ciudadanía demanda conocer. Culpamos de estas acciones al gobierno y, especialmente, al Presidente de la República. Si bien se dice que hay libertad de prensa y de expresión, esto es falso, dado el alto grado de intolerancia existente y a la autocensura provocada por temor a las represalias.

El periodista que lo entrevistaba insistía una y otra vez en que había que ser responsables a la hora de utilizar las vías de comunicación pública, porque, por lo menos en el caso de Montenegro, este era un peligroso antisocial.

—El derecho a la libertad de expresión y difusión del pensamiento está consagrado en la Constitución de la República, que protege el ejercicio de este derecho y no está sujeto a previo examen, censura o caución. Esa es la teoría, pero la realidad es otra muy distinta.

Al otro día los medios que acogieron esta noticia hicieron ver que el hombre había intervenido a favor de dos enemigos de la ciudadanía muy bien identificados, como eran el sindicalista prófugo y el cura renegado.

Las manifestaciones estudiantiles proliferaron, con cierre de calles, destrucción de los bienes del Estado y propiedad privada. El Presidente ideó una formula para resolver las revueltas estudiantiles, pero antes de llevar a cabo su plan, lo expuso ante Arturo Aparicio Álvarez, su secretario, y el ministro de Educación. El ministro no estuvo de acuerdo y su secretario se mantuvo neutral.

—Señores, tal vez piensen que mi proyecto acrecentará las manifestaciones, pero debemos resolver el problema de insubordinación de una vez por todas. Mi plan consiste en trasladar todos esos colegios que salen a la calle y cierran las vías. Los terrenos donde están ubicados actualmente valen una fortuna y con el dinero de la venta de cada uno podremos construir muchos más. Tengo en lista seis colegios que están mal ubicados y podríamos construir treinta nuevos en lugares cercanos a barriadas populares. En esa forma dividiremos a los revoltosos y evitaremos la provocación y el descontento. Además, un colegio mediano es mucho más fácil de administrar y controlar que uno grande, con la ventaja de que los estudiantes no tendrían que utilizar el transporte público porque sus colegios estarían cerca de sus casas.

—¿Y con qué medios piensa mantener esos colegios? Si usted construye treinta nuevos colegios, aparte de los costos que esto implica, necesitará muchos más profesores, personal administrativo y de mantenimiento. ¿Con qué dinero lo va a hacer? —preguntó el ministro.

El Presidente sonrió, se levantó y dio una vuelta por su despacho.

—El dinero no es problema, recuerden que a mí me han acusado de todo, menos de ladrón. Lo que pasa es que ustedes les creyeron a los gobiernos anteriores el cuento de que no había plata. Por supuesto, si ellos se la robaban. Además, el vicepresidente acaba de firmar un convenio con la Unión Europea, en la que varios de esos estados desean invertir en algo que tenga que ver con desarrollo educacional. Por lo menos cinco colegios bien equipados salen de allí, y con respecto al personal, pues nombramos más profesores, si contamos con un alto porcentaje de docentes sin empleo.

El secretario y el ministro se miraron sin encontrar argumentos para contradecir al Presidente. Después de un prolongado silencio el mandatario dijo con firmeza:

—Es una decisión tomada, adopten las medidas necesarias para que se haga efectiva.

Bajo la presión de la opinión pública sobre los índices delictivos, el Presidente abordó el tema de la ley de menores con su gabinete, incluyendo la presencia del Presidente de la Asamblea de Diputados. Las instrucciones fueron directas.

—Deseo que preparen un proyecto de modificación a la ley de menores delincuentes, y prepárense que nos vamos a desligar de todos esos convenios internacionales que nos atan. El pueblo no quiere que por gente que vive otras realidades fuera del país, aquí se contrate a niños para cometer los crímenes que los adultos desean. Si los países que auspician esas leyes absurdas nos condenan y nos ponen en listas negras, hagamos nuestras propias listas negras, establezcamos medidas de retorsión en el ámbito de los negocios, del transporte, de las visas, de las banderas de conveniencia, yo que sé, en cualquier campo que les pueda devolver la medida. Aquí vamos a gobernarnos según nuestras realidades, no con las de otros.

—Me parece una magnífica idea, ¿tiene algo en mente, señor Presidente? —preguntó Tito Blanco, desde una de las filas ubicadas detrás de los ministros, ante el silencio de los congregados.

—Ante todo me eliminan lo de infractores: esos chicos son asesinos, sicarios, y cada día se están poniendo peores. Las penas por homicidio deben ser adoptadas según los agravantes y los atenuantes de los hechos, no por la edad. Basta que construyamos cárceles distintas para los menores de 18 años y para los mayores de esa edad, pero allí se les encierra no cinco ni siete años, ¡20 años mínimo según la gravedad del hecho!

—Pero, señor, detrás de estos menores… infractores… porque ese es el término, hay familias descompuestas, padres irresponsables…—argumentó la ministra de Desarrollo Social.

—Infractores la abuela de ellos, señora ministra. Esos asesinos podrían asumir sus deficiencias familiares de la misma manera que las asumimos los que estamos aquí. Yo perdí a mi padre a los seis meses de nacido, y a mi madre a los siete; fui hijo único, crecí ayudando a empacar comida en un restaurante; limpié zapatos y debí ayudar a mi abuela en los gastos y en los quehaceres. Ahí tiene al ministro de Vivienda, pregúntele cuando nos encontrábamos en el mercado público en las madrugadas, esperando alguien que deseara ayuda para acarrear sacos al carro. Así que al que mate a alguien va para la cárcel y si hay que tenerlo allá veinte años, pues son veinte que no matará a otra persona, a menos que sea algún criminal como él, lo que nos ahorraría trabajos. Y no se preocupe por los adultos sinvergüenzas, que para ellos hay un paquetito de reformas: el que de ellos utilice a un menor tendrá la misma pena que le corresponda al menor más un recargo. La nueva legislación deberá incluir responsabilidades a los padres de los menores que delinquen. Esto deberá ir aparejado con una ley que impida, por concienciación o por coerción, la natalidad de las madres indigentes o de las que ya tengan hijos y no puedan mantenerlos como debe ser. Eso incluirá también a los padres en esa situación, para quienes abriremos un programa en el Ministerio de Salud, gratuito, de modo que no haya excusas a la hora de ligarse un conducto seminal o de hacerse un salping. Esos son los padres que incrementan la delincuencia, los que no mantienen a sus hijos.

Hubo un silencio expectante en la sala, hasta que uno de los presentes tomó la palabra:

—Señor, tome en cuenta que no se trata solo de mantener hijos; hay chicos muy rebeldes que se imponen a sus padres. Y cuando es así no hay fuerza humana que los haga cambiar.

—Entonces el Estado lo hará. El proyecto incluirá la construcción de varios colegios con guardia policial permanente, donde los profesores serán policías, orientados a la corrección de los estudiantes, pero con condiciones menos severas que las de un presidio. Allí evitaremos que se terminen de dañar esos prospectos de maleantes.

—¿Se refiere usted a una escuela militar, señor? —preguntó el ministro de Gobierno y Justicia.

—Esa sería una buena idea, porque en la Policía Nacional y en los servicios de seguridad necesitamos más gente, a pesar de las medidas que ya se han adoptado. Así los mantendremos internos y solo si corrigen su conducta serán transferidos a los colegios tradicionales; de no ser así, ingresarán a la Policía para hacerse hombres de bien, o quedarán en las cárceles cuando todos los esfuerzos sean en vano. Como ven, tengo todo calculado.

—Señor, el país es signatario de una gran cantidad de acuerdos sobre la materia —intentó terciar el ministro de Educación.

—¡No, no, no! Esos convenios me los archivan. Todo lo que se oponga a nuestro crecimiento en paz será desconocido en sus debidas instancias. Si yo mismo tengo que ir a firmar nuestra salida de tales acuerdos, rompo mi intención de permanecer en el país a lo largo de mi mandato y voy a El Vaticano si es preciso.

—Sí señor, así se habla, creo que la idea es buena. Es una manera de minimizar la delincuencia juvenil y asegurar el desarrollo nacional —se escuchó decir, emocionado, a Tito Blanco desde su silla.

Siguiendo las órdenes presidenciales, la ley fue modificada y aprobada en menos de diez días, pese a que las asociaciones de derechos humanos intentaron organizar una serie de protestas que no tuvieron mayor acogida. Los medios de comunicación se vieron abarrotados por líderes disconformes, pero el Presidente lo resolvió rápidamente y valiéndose de artimañas. Una de esas fue la sospechosa cadena de asaltos y robos que experimentaron los defensores de los menores infractores, o bien sus familiares y propiedades. Cuando los afectados llamaban a la Policía Nacional, siempre se les contestaba que no tenían vehículos ni personal, o bien se les aseguraba que ya estaban en camino para ayudarlos, lo que no ocurría sino hasta un día después. En todos esos delitos, los detenidos siempre fueron menores de edad. La medida surtió efecto, y los defensores de estos muchachos debieron dedicarse a la tarea de recuperar lo perdido, o de defenderse, olvidando un poco sus luchas sociales.

La primera condena se le aplicó a un niño de catorce años que mató a mansalva a un humilde trabajador para robarle. El jovencito fue condenado a veinte años de prisión, y su madre, quien había traído al mundo a nueve chiquillos sin contar con un marido ni un hogar estable, fue enjuiciada por faltar a sus deberes, lo que le costó dos años de prisión, mientras que sus hijos fueron enviados a los colegios correccionales regentados por el Estado.

Las organizaciones de derechos humanos volvieron a dejarse oír, y uno de sus asesores le explicó al Presidente que aunque el pueblo aplaudiese por ahora la medida, pronto habría quienes reaccionarían con violencia.

—No se preocupe, que a los revoltosos ya les tenemos en la mira; además, hoy mismo se anunciarán otras, y usted sabe que en este país somos como el menú del día, cuando surge algo nuevo, nos olvidamos de lo anterior.

—¿A qué se refiere?

—Ya propuse una reforma a la Asamblea: la escuela será absolutamente gratuita, a los estudiantes se les darán todos los útiles y los uniformes que requieran, incluyendo el alimento en horas escolares, pero el padre de familia que no inscriba a sus hijos en la escuela, o el que tenga hijos que no acudan a clases, irá a prisión. Con esa medida eliminaré la deserción escolar.

—¿Y el transporte? ¿Cómo se desplazarán?

—Daremos un subsidio, una libreta de boletos mensual según la ruta de los estudiantes; estos boletos serán redimidos por combustible a los transportistas. Solo requerimos dejar claro el control de estas subvenciones, para que no se motive algún acto de corrupción por ese lado. Ah, y el que sea atrapado especulando con estos beneficios preferirá no haber nacido.

—¿Y de dónde saldrá el dinero que se necesita para todo eso?

—Plata hay, ahora que no permitimos que se la roben. Y si falta, la obtendremos del bolsillo de los ricachones, mi querido amigo. ¿De dónde más?

—¿Acaso piensa aumentar los impuestos?

—No, solo seremos eficientes en el cobro de los gravámenes. Todos saben que este es el país de la evasión fiscal.

Al día siguiente fueron anunciadas las medidas. Se contrataron varias compañías encuestadoras para que realizaran un estudio casa por casa de los niños en edad escolar. Se les dio un plazo de tres meses a los padres para que matricularan a los que habían interrumpido los estudios. Se crearon centros vocacionales para aquellos jóvenes mayores de quince años que no asistían a la escuela secundaria. De esa forma terminarían su preparación académica y a la vez aprenderían un oficio.

La primera encuesta de popularidad fue asombrosamente beneficiosa para el Presidente. Sacó un porcentaje de ochenta y nueve por ciento, el mejor de los últimos veinte años. Los adversarios del mandatario empezaron a preocuparse. Sabían que luego de este logro en las encuestas, él tomaría acciones contra ellos. Y así fue. La primera detención se dio en horas de la noche del viernes 13 de diciembre. El anterior ministro de Gobierno y Justicia fue apresado en el restaurante Ángel. La acusación fue de peculado y corrupción. Dos horas después el Procurador de la nación detallaba los cargos y entregaba las pruebas recabadas durante la investigación. Además anunció que en pocas horas se harían nuevas detenciones.

El pánico fue generalizado y muchos de los políticos de oposición hicieron sus maletas e intentaron salir del país, pero al llegar al aeropuerto les fueron comunicados sus impedimentos de salida. Antonio Pascal recibió la llamada de su cuñado.

—Antonio, no me dejan salir del país. No sé qué hacer.

—Estás loco, ¿por qué te quieres ir? ¡Quien no la debe no la teme!

—El loco eres tú, ¿acaso no recuerdas las mentiras que inventaron en tu contra? Esas infamias te hicieron perder las elecciones.

—Entiende, la mejor opción no es huir, sino enfrentar a ese miserable. A pesar de las acusaciones, jamás me pudieron probar nada. Es fácil desprestigiar a una persona con calumnias, pero otra muy distinta condenarla. Regresa a tu casa y mañana hablamos con más calma.

—Está bien, mañana te llamo.

Cuando Antonio terminó de hablar, su esposa le preguntó sobre su hermano. En pocas palabras él le explicó, y agregó:

—Este pueblo se merece a ese monstruo, pues lo eligieron. Ahora que se lo aguanten.

Arturo Aparicio Álvarez entró abruptamente al despacho, tomó el control remoto y encendió el televisor.

—Señor, tiene que ver esto.

El Presidente miró incrédulo la pantalla. En noticia de última hora, un canal de televisión proyectaba una pelea callejera entre dos hombres vestidos de saco y corbata. De inmediato reconoció a Tito Blanco, quien en ese momento llevaba la peor parte, pues, a pesar de su buena estatura, se veía disminuido ante su adversario. Cuando la cámara le enfocó el rostro al otro hombre, el mandatario no pudo contenerse.

—No me digas que ese es…

—Sí, señor, el ministro de Comercio.

El ministro tomaba ventaja de su estatura, y alcanzó con un golpe la mandíbula de Tito, quien trastabilló y cayó. Luego retrocedió unos pasos para que su oponente se levantara, pero no contaba con que este era un tipo taimado en todas las circunstancias y aquí volvió a demostrarlo, pues recogió tierra de la acera cercana a una construcción, se la tiró en la cara y aprovechó la confusión del momento para empujarlo. Ambos cayeron al pavimento en una especie de abrazo confuso. En ese punto un policía decidió intervenir en el bochornoso acontecimiento y los separó con dificultad.

El incidente se había suscitado al salir de las instalaciones de un canal de televisión donde los revoltosos habían sido entrevistados. En la entrevista los ánimos estaban caldeados, porque el ministro de Comercio había ridiculizado a Tito Blanco.

El Presidente se recostó en su silla, con la incredulidad reflejada en el rostro, dijo:

—Dime algo, ¿cómo es posible que dos funcionarios de mi gabinete se entren a golpes en plena calle como dos rameras? Llama a ese par de imbéciles y diles que los quiero en mi oficina de inmediato.


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