Excerpt for El retorno de los bárbaros by Rose Marie Tapia, available in its entirety at Smashwords

El retorno de los bárbaros

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

* * * * *

Editora-autora

Título: El retorno de los bárbaros

Copyright © 2010 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.



1

Isabel de la Fuente trata de avanzar hacia el otro extremo de la habitación en busca de un teléfono, pero sus pasos son vacilantes; un súbito desfallecimiento le anuncia que va a derrumbarse si continúa de pie, por lo que extiende una de sus manos y busca apoyo en la pared más cercana, logrando deslizarse poco a poco sobre el piso hasta quedar en posición fetal. Una fuerte opresión en la garganta le impide gritar solicitando ayuda, como hubiera sido su deseo; en cambio, una luz intensa comienza a emanar desde el interior de su cabeza, como la luz de un proyector que le presenta imágenes de horror que la hacen gemir de pavor, mientras un sudor frío le cubre el rostro y baja por su cuello. Como una reacción defensiva de su organismo sobreviene la pérdida de la conciencia.

Cuando recobra el conocimiento, ignora cuánto tiempo ha estado tirada allí, pero ahora sus sentidos están más sosegados y, aunque su cuerpo pareciera hecho de papel y la sensación de paranoia aún no se desvanece, sus pensamientos comienzan a agitarse en busca de salida. Entonces se le ocurre un nombre: Sara Ortiz. Con un marcado esfuerzo se pone de pie y busca en su cartera su celular; está segura de haber anotado el número alguna vez, por si acaso; en efecto, allí está, abreviado: «Sara O». Lo marca y un par de timbres después reconoce la voz que le contesta de manera grave, es ella.

—Señora Sara… usted no me conoce, pero creo que es la persona con la que debo hablar en este momento terrible.

La mujer desde el otro lado de la línea se nota a la defensiva, desconfiada ante aquella voz temblorosa que parece afrontar una crisis tremenda; por eso intenta calmarse, aparentar una serenidad que no tiene:

—Me llamo Isabel de la Fuente… soy amiga del presidente Rufino De León Bustamante...

Su interlocutora no emite comentario alguno; al contrario, le cierra la comunicación. Es posible que haya apagado el teléfono, es hasta lógico que actúe así ante el acoso de una intrusa que, encima de todo, le habla de un tema desagradable. Pero no puede retroceder, y vuelve a marcar el número. Esta vez no recibe cortesías de ningún tipo, sino una advertencia firme: le dice que no desea saber nada que concierna a «ese miserable». Es obvio que va a volver a cerrarle la llamada, por eso Isabel interrumpe con energía:

— ¡No es sobre él! ¡Es sobre la democracia por la que usted expuso su vida varias veces!

Hay palabras que en ciertas personas tienen un efecto particular. Isabel descubrió una que para Sara Ortiz tenía sumo valor, y enseguida aprovechó la pausa obtenida para exponer el motivo de su llamada.

—El Presidente acaba de ser arrestado; todo me indica que esto es un golpe de estado…

Desde el otro lado, Sara Ortiz era todo oídos. Su inicial desconfianza y enojo se convirtieron en auténtico interés, pero insistió en comprobar la confiabilidad de su desconocida confidente. Isabel de la Fuente, ahora con un tono más sosegado, procura ganarse la fe de la ex mandataria:

—En estos momentos no confío en nadie, ¡en nadie! Si la he llamado a usted es por su trayectoria de mujer honesta y justa… Sí, claro, ya le dije, Rufino y yo somos amigos; yo estaba con él en el momento en que se lo llevaron detenido, fue hace pocos minutos. Señora, escúcheme, yo creo que no debemos seguir hablando de este tema por teléfono. Sí, yo voy donde usted diga. Claro, ese lugar me parece bien; en media hora estoy allí.

Sara Ortiz la citó a una de las cafeterías del hotel El Panamá. Era un lugar público, con clientes a toda hora, donde podrían hablar sin levantar sospechas. Aunque no se sentía repuesta del todo, Isabel respiró hondo para darse energías, alisó la falda de su vestido, pasó un cepillo por su abundante cabellera y salió del lugar no sin cierto temor. Se imaginó que podrían estar vigilando sus pasos y hasta sospechó de todos los conductores y transeúntes que a esa hora fue encontrando por el camino.

Mientras conducía, Isabel intentaba comprender la razón de aquella acción policial, la cual le resultaba absurda. ¿Se trataría de la amenaza que ella misma no logró descifrar en el Tarot del Presidente? Sin embargo, en los tiempos actuales, nadie en Panamá imaginaría la posibilidad de que se vulnerara la Constitución. ¡Pero lo hicieron! Ella había sido testigo del arresto de Rufino De León Bustamante. Y todavía retumbaban en sus oídos las palabras del hombre de uniforme cuando Rufino les dijo que ellos no tenían ninguna autoridad: «Bajo su régimen no, señor, pero las reglas del juego han cambiado; hay un gobierno nuevo que se encargará de conducir al país por mejores senderos».

«¿Mejores senderos? Esa es la típica excusa de los bárbaros cuando asaltan el poder», pensó Isabel, mientras ingresaba a los estacionamientos del hotel El Panamá. Se había tardado quizás unos veinte minutos, porque encontró poco tráfico y, además, porque ella vivía muy cerca de allí; pero contrario a lo que suponía, ya Sara la esperaba en el lugar, impaciente, acompañada de un hombre que enseguida identificó como el candidato Antonio Pascal, rival de Rufino, y de una mujer desconocida.

—Gracias, señora Sara, por confiar en mí y permitirme esta reunión.

—Creo que soy yo la que debe agradecerte, Isabel. Me he permitido venir con Antonio, que ya debes conocerlo, y con Carmen, mi mejor amiga.

De inmediato recordó a la mujer; por supuesto, fue ella quien recibió un tiro cuando Sara Ortiz, siendo diputada, sufrió el primer atentado. Mientras se acomodaban en la mesa que habían escogido, bien al fondo y con la pared a sus espaldas, como sugirió Pascal, Isabel pensó en el privilegio que representaba el sentarse con personas que estaban escribiendo el presente y, probablemente, el futuro del país. Ella sentía una genuina admiración por Sara, a quien consideraba de la misma manera que la gran mayoría del pueblo: una auténtica guerrera, incorruptible, humilde, pese al poder que ostentó en su momento. Su belleza no parecía disminuir, pese a que ahora la veía muy cerca, sin los retoques que el maquillaje y las luces les dan a las figuras públicas. Todo en su personalidad contribuía a incrementar la confianza que depositó en ella cuando se sintió acorralada por los sucesos que involucraban a Rufino. Su lenguaje corporal era una efectiva herramienta que motivaba a creer en ella, a confiar en sus palabras, aunque se tratara simplemente de sugerir lo que debían pedir a la mesera que se les acercó, solícita.

—Tráiganos pastel de manzana y té de manzanilla, para todos. Ah, y agua.

A medida que se hacía a la idea de estar junto a estas personas que poco antes le hubieran resultado extrañas, Isabel percibió que tenía afinidades con Sara Ortiz. Una sensación extraña la envolvió en instantes, era como si la conociera de toda la vida, pero no era sino hasta ese momento que se sentaba cerca de ella. Claro, su admiración hacia la ex presidenta era innegable y en ocasiones discutió con Rufino pues ella la defendía cuando éste la atacaba, algo que causaba disgustos entre ambos. Él no soportaba disidentes a su alrededor, y procuraba contagiarle su enemistad por quien tanto daño le había ocasionado, pero nunca lo consiguió.

Antonio Pascal recibió una llamada en su celular y ofreció excusas al contestarla. Luego de unas frases breves cerró la comunicación y les explicó que era su esposa para decirle que ya estaban abordando el avión con destino a Chile. Les explicó que, al igual que lo hacía cuando la situación política se agravaba, él sacaba del país a Melissa, su esposa, y a su pequeño hijo. El recuerdo del secuestro de su hijo no lo abandonaba, pues todavía no superaba ese suceso tan terrible. Ellos eran su parte vulnerable, por esa razón, los tenía que poner a salvo.

Isabel se dio cuenta de que ellos estaban enterados ya del asunto, y quizás de algo más que ella desconocía.

—Si usted está sacando a su familia del país es porque…

—Correcto, desde ayer por la mañana han estado circulando rumores muy fuertes sobre la detención del Presidente… Ya Sara y yo lo habíamos comentado, pero luego tú nos das la información de primera mano —la aclaración de Pascal fue dicha a media voz, procurando que sus palabras no salieran más allá de la mesa en que se encontraban.

—Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer?

—Tranquila, Isabel —ahora era Sara la que le ponía una mano sobre el hombro para darle fortaleza—. Si en verdad se trata de un golpe de estado, tendremos que movilizarnos para combatir semejante exabrupto, pero lo primero que debemos hacer es identificar quiénes están detrás de esto. Ahora, cabe la posibilidad de que al hombre haya sido sorprendido en algo grande, que amerite una acción legal por parte de la Asamblea. Aunque los medios oficiales han negado estos rumores.

—Señor, fueron policías los que se lo llevaron —Isabel también trató de hablar en voz muy baja.

—Los policías son parte de la acción, pero hay una autoridad sobre ellos; quizás cumplían órdenes —señaló Pascal—. Pero no creo que sean los autores. Hay otra gente moviéndose en las sombras, tratando de distraernos.

Sara Ortiz intervino en la conversación para pedirle que repitiera ante Antonio y Carmen lo que le había comenzado a referirle por teléfono. Isabel intentó hacerlo, pero ante los primeros recuerdos las lágrimas inundaron sus ojos y la voz se le anudó en la garganta.

Antonio se sintió incómodo y le pidió que pasaran a la suite que su partido tenía acondicionada en el hotel para reuniones. Se puso de pie, fue hasta la caja, canceló la cuenta y con un leve movimiento de cabeza pidió a sus compañeras que lo siguieran.

Ya en la habitación, Antonio declaró estar confundido por la manera en que se estaban desarrollando los hechos. Sus informantes aún no tenían noticias de qué estaba pasando en la presidencia, y los medios de comunicación no se ocupaban mucho del tema. Isabel contó su versión de los hechos, agregando que tenía indicios de que en todos esos hechos existía contubernio entre el ex jefe de la Policía, el comisionado Fernando Moreno, y un misterioso asesor internacional de Rufino, quien además era su compañero de logia.

—¿Logia? —preguntó Antonio, con curiosidad.

—No me digas que no lo sabías —intervino Carmen, quien había seguido toda la conversación en silencio.

—Ese tipo de comentarios no merece mi atención, son supercherías a las que nunca les di importancia —respondió Pascal.

—Eso no es lo importante, no perdamos el tiempo. La situación es grave y esa gente debe tener algo entre manos cuando se han atrevido a darle un golpe a El Cuervo —señaló Sara.

Isabel se incomodó con las palabras de Sara y ésta lo advirtió.

—Perdona, Isabel, sé que es tu amigo, pero aquí, entre nosotros, cuando hablamos de Rufino, lo llamamos así, es lo que se merece.

—Tenemos que ir a los medios de comunicación a realizar las denuncias sobre lo que está pasando —advirtió Antonio.

—¿Con qué pruebas? Solo tenemos la declaración de Isabel, la que ellos podrían descalificar —dijo Sara, mientras miraba la ciudad a través de la ventana.

—A lo mejor ya lo saben —dijo Carmen mientras se acercaba al televisor para encenderlo.

Los programas eran los normales de esa hora en todos los canales. Por precaución, decidió dejar el monitor encendido.

—Viéndolo bien —afirmó Sara otra vez, la sola declaración de Isabel ya debe ser motivo de una denuncia. Ella estaba allí cuando secuestraron a El Cuervo, presenció los hechos, sabe quiénes lo hicieron. Si dejamos pasar el tiempo, podría decirse que fue una banda de delincuentes que se vistieron como policías y hasta podrían matarlo.

—Estoy de acuerdo contigo —Antonio Pascal se rascaba la cabeza mientras hablaba —. Sea como sea, hay un hecho importante para la nación, lo que no logro entender es cuál es el papel que ha jugado la seguridad presidencial en todo esto.

Sus palabras fueron interrumpidas por una exclamación de Carmen: en el televisor comenzaba a aparecer un cintillo en el que se anunciaba que en pocos instantes el canal entraría en una cadena nacional de radio y televisión para una información «de última hora».

—¿Será de eso de lo que van a hablar? —preguntó Carmen.

—En estos momentos no puede ser de otra cosa —aclaró Sara.

En efecto, casi de inmediato la programación regular fue suspendida. En la pantalla del televisor, con semblante sombrío y el ceño fruncido, el secretario de prensa de la presidencia anunciaba:

—Hoy a las cuatro de la tarde, la Asamblea Nacional recibió formalmente la renuncia irrevocable del excelentísimo señor presidente, Rufino De León Bustamante. En su misiva, el hasta ahora presidente de la República, aduce graves motivos de salud. Se informa a la faz del país que, en acatamiento al orden constitucional, el cargo va a ser desempeñado desde este momento y hasta que venza el actual período, por el señor vicepresidente, quien está arribando al aeropuerto de Tocumen; otras implicaciones constitucionales están en estudio y se avisará oportunamente del resultado…»

Luego seguía informando sobre otros hechos conexos que tenían que ver con la paz y la tranquilidad del país, el clima propicio a las inversiones, la seguridad pública de una frontera a la otra, el combate al narcotráfico, el imperio de las leyes, y la sagrada letra de la Constitución.

Isabel, fuera de sí, estuvo a punto de estrellar un vaso contra el televisor:

—¡Desgraciados, mentirosos, ellos se lo llevaron detenido, contra su voluntad!

Antonio pidió calma; había que intentar obtener una versión del propio Rufino, y del vicepresidente, de quien se conocía bien su enemistad con el mandatario. Pero Isabel no atendía razones y siguió gritando, a medida que daba grandes pasos por la habitación:

—¡Ese tal por cual del vicepresidente no va a dirigir nada! ¡Son ellos, los bárbaros, quienes gobernarán! Y con esos demonios en el poder la oscuridad se cernirá sobre nuestro país.

2

Rufino De León Bustamante fue conducido por fuerzas del SPI hasta sus instalaciones en Corozal. Todos los oficiales parecían seguir órdenes del ex comisionado Fernando Moreno, en desconocimiento de las órdenes de sus superiores legítimos, quienes permanecían detenidos y custodiados en ese mismo cuartel. A los pocos minutos del hecho, Moreno se apersonó a las oficinas de la Policía Nacional, vestido con uniforme y arreos de combate, seguido de cerca por varios carros llenos de soldados fuertemente armados, la mayoría de los cuales habían sido dados de baja o jubilados por la administración de Rufino De León Bustamante por severas faltas disciplinarias o delitos cometidos en el ejercicio del cargo.

En la puerta del cuartel se produjo una ligera escaramuza que no llegó a más porque, desde adentro del cuartel, los centinelas recibieron órdenes superiores de no enfrentarse a sus camaradas.

En efecto, Moreno ingresó a las instalaciones en medio de una fila de guardias confundidos por las órdenes y contraórdenes que estaban recibiendo, pero también animados por el cauce que estaban tomando los acontecimientos, lo que les prometía acceder al poder y, tal vez, a una tajada proporcional de la administración pública. No eran pocos, especialmente los de mayor antigüedad, los que recordaban los veintiún años de dictadura, en los que la bota militar era la que determinaba las normas en el país, y los otros veintitantos años en que ellos habían sido relegados de toda decisión pública, con grandes compromisos ante la seguridad del país, pero con nulas o muy pocas seguridades o ventajas para ellos. Tal vez era la hora de reivindicarse, y Fernando Moreno les estaba prometiendo la revancha.

La licenciada Amelia Díaz, actual directora de la Policía Nacional, lo recibió de pie, con una escolta de apenas dos uniformados y su fiel secretaria. Moreno, en cambio, se hizo acompañar de cinco hombres armados de fusiles, con la cara cubierta, quienes en segundos tomaron posiciones en el despacho. La licenciada Díaz solicitó a la secretaria que saliera del lugar mientras ella escuchaba lo que le tenían que decir «estos señores».

—Licenciada, creo que usted entiende su posición. Usted forma parte del personal de confianza del ex presidente y debe renunciar, igual que lo ha hecho él. Su puesto será ocupado por un oficial de carrera, mucho más idóneo que usted para este cargo.

Los dos escoltas de Amelia Díaz hicieron un movimiento que a los hombres de Moreno no les pareció adecuado, por lo que de inmediato los encañonaron con sus fusiles, los tiraron al suelo y los desarmaron. Uno de ellos se encargó de sacarlos del lugar.

—Licenciada, es muy probable que cada uno de los policías de este cuartel haya estado bajo mis órdenes algunas veces, por lo que sería funesto ordenar que les pusieran una bala en la cabeza; la responsabilizó a usted si eso llegara a ocurrir…

—Cálmese, señor Moreno. Usted es el que está propiciando hechos sangrientos no solo en esta institución, sino en el país. Es obvio que el comunicado aparecido en la televisión es una farsa detrás de la que se están cobijando quienes siempre han ansiado el regreso a otras épocas ya superadas. Usted y sus hombres están pisoteando la Constitución. Estoy segura de que el Presidente no tolerará este tipo de abuso.

—Ex presidente, señora, como bien oyó en la televisión. A Rufino De León Bustamante lo alcanzó el largo brazo de la justicia, pero como buen cobarde prefirió renunciar antes de enfrentarse a ella. Es mejor que no se resista y así, como usted debe suponer, se evitarán muchas muertes.

—Usted no representa a nadie ni a nada, ahora tiene el mando por las armas, pero le aseguro que personalmente me encargaré de refundirlo en la cárcel por todos los graves delitos que está cometiendo.

—Ya hemos hablado demasiado. Por favor, le ruego que acompañe al mayor Prieto, quien la escoltará hasta su automóvil. Si obedece las órdenes que le estamos dando, permanecerá en su domicilio, bajo custodia de nuestros hombres, hasta que la situación se normalice. Si no…

—¿¡Si no qué, desgraciado!? ¿Me matarán?

—Le aseguro, licenciada, que ese no es mi propósito, pero usted sabe que en ciertas circunstancias pasan cosas…

Amelia Díaz, pese a la rabia que sentía, estaba consciente de que no valía la pena provocar a semejante monstruo. Era mejor considerar esa batalla perdida y regresar después con posibilidades de ganar y de aplicar la justicia.

En cuanto Amelia Díaz dejó las instalaciones de la Policía Nacional, Fernando Moreno colocó al frente de la entidad a dos de los más altos oficiales, compañeros suyos de promoción. Les dio instrucciones para que iniciaran de inmediato una serie de operativos «de profilaxis» en todo el país, poniendo en la cárcel a cuanto sospechoso hubiera en las calles. Les ordenó que, con especial énfasis, se dirigieran a los barrios más conflictivos, donde debían desarmar o «neutralizar» a pandilleros y vendedores de drogas, todo lo que fuera necesario para tener distraídos a los periodistas y contenta a la ciudadanía que cotidianamente se quejaba por el acecho del hampa, y por los crímenes cometidos a toda hora.

—Por la mañana quiero ver en los principales noticieros los cadáveres de unos cuantos homicidas o asaltantes reconocidos, de esos que siempre andan armados y no se entregan a los policías fácilmente, usted sabe dónde encontrarlos. Antes no se les podía tocar porque enseguida saltaban los abogados, pero no, en esta ocasión meta a la cárcel a los abogados que aparezcan a defenderlos. Digamos a la ciudadanía que ahora sí hay orden en este país.

Las instrucciones se cumplieron de inmediato, con lo cual las calles de la ciudad se vieron llenas de policías, con sus vehículos atiborrados de maleantes o de simples ciudadanos a quienes les tocó estar en el lugar equivocado, a la hora errada.

Tan pronto dio esas órdenes, Moreno le ordenó al oficial en turno que le trajeran al ex presidente a su despacho. Cuando lo tuvo frente a sí, lo miró con desprecio, como esperando alguna súplica, alguna queja, alguna palabra que significara misericordia para él.

Realmente no existen enemigos pequeños. Nunca imaginé que Fernando Moreno representara un peligro para mí. El tipo es un ex militar de pacotilla, un idiota sin personalidad. ¿Quién estará detrás de él? Me intriga saber cómo se las va a arreglar para justificar este maldito golpe de estado. ¿Y Jan? ¿Qué pito toca ese hijueputa en toda esta patraña? Ese sí es un tipo peligroso. Por suerte no se llevaron a Isabel, después de Florita es a la única persona a la que he amado. Solo dos veces en mi vida he levantado la mirada hacia Dios y le he implorado su misericordia: cuando Florita estuvo grave y cuando temí que estos malditos apresaran a Isabel. En el momento que la vi en peligro, le pedí a Dios que no le pasara nada. No sé si mis súplicas sirvan de algo, pero no soportaría ver a Isabel sufrir por mi culpa. Ella también me ama. Todavía me pregunto cómo una mujer tan bella y bondadosa pueda experimentar ese sentimiento por mí. Será la ley de la compensación. Isa, tu recuerdo me ayudará a superar esta prueba.

—Comprendo su silencio, señor ex presidente…

—¡Soy el Presidente de la República! ¡No lo olvides! ¡Lo que se está cometiendo conmigo es una ilegalidad! ¡Un atropello contra la Constitución!

—Atropello es lo que usted cometió durante su gestión. Y si no quiere que le diga ex presidente, entonces déjeme llamarlo «Cuervo», como le dice el pueblo, como lo reconoce la gente, y usted sabe que no es por algo bueno que se refieren a usted con ese apodo, ¿o debo recordárselo?

—A ti, Fernando Moreno, es a quien hay que recordar que serás encausado muy pronto por una serie de delitos contra la democracia, contra el orden constitucional, tantos que no vivirás lo suficiente como para saldar tu deuda con la nación.

—Dejémonos de discursos, Cuervo… Lo que deseo es ponerlo en conocimiento de que en estos momentos su vicepresidente ya ha tomado posesión del cargo que usted ostentaba, y que el país sabe de su renuncia por motivos de enfermedad.

—¡Al mandato popular no se renuncia! Deberás matarme si no quieres que desmienta en público esta farsa.

—Ganas no me faltan, pero no estamos para hacer mártires. A cambio de esa firma que ya hemos adelantado, le ofrezco magníficas prebendas, mejores que las de esa ridícula administración presidencial que encabezaba usted en los últimos años. Le conviene, hay un consulado en Europa que ha pertenecido a una misma familia de oligarcas durante años, usted sabe a lo que me refiero pues tampoco se atrevió a quitarles esos fabulosos ingresos, pero ahora podría estar allí, con solo mostrarse cooperador. Me entiende, ¿verdad?

—Entiendo que estoy ante una partida de cobardes y traidores; tú, Moreno, al igual que ese vicepresidente traidor, deberán pagar por esta artimaña en mi contra. Razón tenía yo al mantener lejos del país a ese pelafustán.

—Usted decide, Cuervo. Por ahora, estos pelafustanes, traidores y cobardes son los que tienen la sartén por el mango, mientras usted se fríe en su interior.

Fernando Moreno se instaló en el despacho de la licenciada Amelia Díaz y desde ese lugar impartía sus órdenes. Jan, sentado a su lado, se preocupaba por la manera en que justificarían el golpe de Estado.

—¿De qué golpe hablas?

—Del que acabamos de dar.

—¿Acabamos? Eso me suena a comparsa. Aquí no hay golpe de Estado; esto es un reacomodo basado en el orden constitucional.

—Es cuestión de cómo se ven las cosas, pero es un momento histórico para todos, y nos necesitas.

—¿Necesitar yo? ¿A ti?

—No precisamente a mí, pero recuerda que represento a los que promueven un nuevo orden mundial. Somos una minoría escogida, por los tiempos que vivimos, elegida por la historia misma. No hay nada que no podamos lograr si nos lo proponemos, y tú estás en camino de necesitarnos, y mucho.

—No me vengas con esa perorata. No creo en eso del nuevo orden mundial y del paraíso en la Tierra. Soy un hombre práctico y lo único que me interesa es el porvenir de mi Patria que se estaba hundiendo en manos de El Cuervo.

—Fernando, déjame explicarte, vas a necesitar que…

—Nada. Tengo a mis antiguos compañeros de armas, gente que fue jubilada por temor de los gobernantes civiles, profesionales entrenados para ejercer sus funciones, a quienes se les negó la oportunidad de pensar y de actuar. Ellos están conmigo y eso sí me interesa. En eso nos parecemos mucho al vicepresidente, quien fue alejado del país para que no le resultara una molestia a El Cuervo; él tiene ahora la oportunidad de reivindicarse, gracias a nosotros.

Jan hizo silencio; solo se escuchaba la respiración agitada del jefe policial. Fernando Moreno era más inteligente de lo que aparentaba, pero incapaz de controlar su temperamento. Había subestimado sus capacidades, imaginando que era un gorila más y que lo podía entretener, dándole un banano. Sin embargo, había planeado el golpe, lo justificaba, y ahora quería deshacerse de él como si fuera basura. Pero no tenía idea de las fuerzas ocultas que estaba desafiando. «Será mejor dejar que siga tomándome por idiota. Esa será una ventaja cuando nos enfrentemos más adelante», pensó Jan.

En la habitación del hotel El Panamá reinaba el desconcierto; Antonio había dado algunas declaraciones en la televisión en las que exigía que el hecho se aclarara y que sacaran a la luz al propio presidente para que aclarara los rumores que corrían, pero se le informó que, precisamente, era por razones médicas que el mandatario renunciaba y permanecía recluido en una clínica privada, sin posibilidad de atender a los medios.

A la mañana siguiente, en un acto discreto en el que no estuvo presente la prensa, el vicepresidente tomó posesión del cargo presidencial. El discurso del nuevo gobernante, transmitido por cadena nacional, fue aburrido e incoherente, y no convenció a nadie. Dijo que pretendía «adecentar» al país, y que garantizaba todas las libertadas públicas, por lo que pedía a la población la mayor cordura. Sobre su antecesor, dijo que estaba recuperándose en una clínica privada, aunque quizás debería ser trasladado en las próximas horas a un centro hospitalario del extranjero, y finalizó pidiendo todo el apoyo ciudadano a la Fuerza Pública, cuyo comando unificado había asumido plenamente y puesto, por el momento, en manos de Fernando Moreno, por cuestiones de seguridad y para prevenir hechos de violencia.

Luego de la intervención, los canales pasaron a su programación regular, sin hacer alusión directa al hecho. Al parecer, sus reporteros no entendían lo que estaba pasando, y así era. Mientras tanto, en Corozal había sido levantada una cerca con postes de aluminio galvanizado y alambre ciclón rematado con hebras metálicas cortantes, las que en un momento dado podían ser electrificadas; media docena de perros de la Unidad Canina de la Policía Nacional reforzaban el cerco. Allí habían sido llevados varios de los más cercanos colaboradores de El Cuervo, mediante documentos judiciales expedidos de manera muy rápida, en los que se les implicaba en varios tipos de delitos graves que ameritaban la precaución de limitarlos en sus movimientos. Un funcionario de alto nivel de la presidencia justificó el hecho diciendo que era parte de las políticas de «adecentamiento» puestas en marcha, horas atrás, por el nuevo presidente en funciones.

Los líderes del Sindicato Único de Obreros Revolucionarios, SUDOR, si bien no eran amigos de El Cuervo, sí se pronunciaron en contra de las acciones gubernamentales, y prometieron mantenerse alertas en caso de que el país tomara por otros rumbos. En verdad, veían la oportunidad de declarar el colapso total del sistema democrático, y la oportunidad de oro para promover un sistema totalitario presidido por los líderes obreros y «las fuerzas vivas» del país.

Fernando Moreno estaba por entrar a su oficina cuando recibió una llamada en su celular: era el vicepresidente, ahora presidente en funciones. Fue parco en su saludo y era evidente que estaba de mal humor.

—Moreno, necesito que venga a mi oficina.

—Me lo puede decir por este medio, ahora no tengo tiempo para ir hasta allá.

—Un momento, un momento, Moreno; recuerde que está hablando con el Presidente de la República y le exijo respeto.

—¡Ja! ¿Y cómo llegó usted allí? Por méritos no creo, y por el aprecio de Rufino De León, tampoco. A ver, ¿de quién es la mano que lo subió a esa silla? ¡Conteste!

—Por la Constitución, Moreno, por la Constitución y a ella me debo. Usted vendrá a mi despacho porque necesitamos ponernos de acuerdo en…


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