Y era lo que nadie creía
by
Rose Marie Tapia
SMASHWORDS EDITION
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PUBLISHED BY:
Rose Marie Tapia on Smashwords
Título: Y era lo que nadie creía
Copyright © 2001 by Rose Marie Tapia
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PRESENTACIÓN
Dr. Mauro Zúñiga
Médico internista y escritor
Y Era Lo Que Nadie Creía es una novela testimonial. La escritora narra con una prosa sencilla los obstáculos y esperanzas que la protagonista, María Rosa, encuentra a lo largo de su vida, vida vinculada a una larga enfermedad que permaneció desconocida hasta fechas recientes. Es el aliento y la tenacidad sin el dibujo de la menor frustración lo que hace ejemplar la novela de Tapia, quien se moviliza entre sus raíces familiares y amicales, sólidas y permanentes, y un mundo nuevo y desconocido: su relación con los médicos, a quienes describe tal como se lo dictan sus propios sentidos. Por lo prolongado de su enfermedad, María Rosa logró conocer el extenso arco iris de médicos y, sin ambages, los ubica y describe. Encontró de todo, y con su propia pluma, lejos de una mortal censura, exhibe sus debilidades y sus fortalezas.
María Rosa es un ser humano como cualquiera; tal vez, su particularidad este dada por una desconocida enfermedad que la acompañó desde niña. Su testimonio es muy instructivo y aleccionador en un mundo cada vez más material y cada vez menos humano. Sus apreciaciones deben ser bien entendidas por todos aquellos que encontramos en la Medicina una vocación de servicio. Pueda ser que la lectura de esta novela le de una palmada en la espalda a la multitud de personas, que por la naturaleza de su enfermedad, se sientan aisladas, envueltas en su desesperanza, y pueda ser, también, que nos ayude a los médicos a consolidar el espíritu humanista que debemos atar a nuestros propios genes.
PRÓLOGO
Todos los hechos que se narran en esta novela son verídicos. Sin embargo, los nombres han sido cambiados, no para proteger a los inocentes, sino para salvaguardarme de los culpables. He llevado una relación muy tormentosa con la medicina; mejor dicho, con algunos médicos y como esta relación ha sido de tantos años, he decidido escribir mis vivencias, no vaya ser que estas aventuras alucinantes se pierdan en los laberintos de mi memoria. Algunas de estas experiencias están salpicadas con el buen humor atenuando así los hechos dolorosos. Fue fácil asignarle el nombre, el mismo refleja lo inverosímil de esta historia. En mi novela “Y era lo que nadie creía” narro mis decepciones y percances con algunos galenos que olvidaron que el paciente es algo más que un espécimen para clases de anatomía.
Soy la menor de una familia de seis hijos y mi madre tuvo cuatro partos anteriores. Soy melliza, o lo que en medicina se conoce como gemelas fraternales. De todos mis hermanos, la más delicada de salud. Heredé achaques como otros heredan dinero o propiedades. Asmática desde muy niña y con una serie de complicaciones casi todas de origen genético que hicieron que las experiencias fueran dramáticas, dejando secuelas de rechazo y desconfianza en la medicina.
Algunos galenos se comportaron conmigo como inhábiles desconcertados, quienes tanteando torpemente no buscaban más allá de sus narices y nunca se imaginaron que se les presentaría una paciente con uno de esos raros síndromes que sólo se estudian en los tratados de medicina más especializada. Por lo general, piensan que estos van a tener las enfermedades comunes y fáciles de tratar. Si no es así, los califican como hipocondríacos que no tienen otro objetivo que amargarles la vida y entonces aparece la desconsideración, la grosería, una defensiva y elemental arrogancia.
No todos los médicos se comportaron con indiferencia. A través de mi recorrido en busca de la salud encontré galenos formidables, atentos, humanos, eficientes, estudiosos y considerados. Personas tan extraordinarias, que en cierta medida, me reconciliaron con el gremio. De estos profesionales guardo excelentes recuerdos. Siempre he pensado que cuando alguien escoge esa profesión debe ejercerla como un apostolado. Eso hace la diferencia.
Cuando era una niña pensaba que todos los médicos eran seres compasivos y protectores con la capacidad de aliviar todas las enfermedades. Cuando me asomé a la realidad de la vida, esa pequeña niña comenzó a despertar del fantástico sueño. Fue un despertar amargo y el sueño infantil se convirtió en pesadilla, de allí en adelante mi relación con algunos médicos se transformó en una cadena de sinsabores e inseguridades. Esas desafortunadas experiencias me enseñaron que los médicos son personas con limitaciones, como todos; no obstante, aprendí a manejar mejor mis enfermedades, que ellos sus limitaciones. Unos pocos, algo generosos, lograron trascender esas circunstancias y me dieron respuestas aunque fueran solo paliativas.
Ciertos facultativos pierden el contacto con la agonía y la zozobra del paciente; y sólo se interesa en el beneficio económico que este les pueda aportar. Si se solidarizaran con el dolor y la angustia de estos serían mejores médicos, ellos están llamados a aliviar el sufrimiento, pues han asumido de partida, ese compromiso.
Los problemas de salud impidieron que desarrollara las actividades propias de los niños. El reposo me aisló, haciendo madurar a muy corta edad. Nunca me quejé y lo tomaba con resignación. Los juegos que por su actividad física se me prohibieron dejaron de interesarme; y desde muy niña me apasionó la lectura, era una actividad pasiva que en nada reñía con las indicaciones de los médicos. Esas lecturas fascinadoras desarrollaron mi imaginación de una manera asombrosa.
Mis fieles compañeros eran un gato y un perro, Mingo y Poroto. El perro enfermó y el veterinario ordenó que lo sacrificaran. Los niños nunca estamos preparados para ese nivel de crueldad; sufrí mucho con la muerte del perro. Meses después el gato convulsionó. Mis padres decidieron regalarlo y le pidieron el favor a un vecino italiano. Cuando le pregunté dónde lo había dejado, contestó.
—Lo puse en un saco y lo tiré al río.
Estos acontecimientos provocaron temor, el miedo se apoderó de mí. Pensaba que podía correr la misma suerte de las mascotas. Cuando me atacaban la tos y la asfixia me tapaba la boca con la almohada para que nadie se enterara de mi enfermedad. La ocultaba y simulaba estar bien.
En una ocasión mi hermano Roberto, expresó.
—¡Tienes que mejorarte, porque si no te van a ahorcar como a Poroto!
Minutos después, se arrepintió y aclaró que bromeaba. Pasados unos días le conté a mi madre mis temores de correr la misma suerte que Mingo y Poroto. Ella se preocupó mucho.
—Tomé esa medida única y exclusivamente para proteger la salud de mis hijos. Tú sabes que el perro tenía sarna y se les podía contagiar.
Comprendí sus motivos aunque no la disculpé, mi mente de niña era incapaz de hacer un análisis coherente de sus razones.
Estaba impedida de jugar con mis hermanos, por esa razón siempre me sentía sola, sin embargo, considero esa etapa de mi vida muy beneficiosa, pues me acostumbré a la soledad, a ser feliz conmigo misma, lo que me permitió alcanzar un pensamiento profundo. Traté de equilibrar dos cualidades, la inteligencia y el amor, sólo así podía alcanzar la sabiduría. Algunas veces cuando llegaban a mí, las alegrías de mis hermanos jugando, lloraba desconsoladamente, era difícil aceptar las restricciones. A pesar de todo, la tristeza no me amargó.
Recuerdo que en una ocasión, desobedeciendo las órdenes de mis padres, al jugar con mis hermanos me empujaron y me rasgué la espalda con la pared, construida de cemento rústico, y toda la epidermis que me cubría la columna vertebral se levantó. Mis hermanos me sujetaron a la fuerza y aplicaron yodo a la herida. Me ardía tanto que grité alborotando a todo el barrio. Cuando llegaron mis padres les dije que mis hermanos me habían arrancado la cabeza y me la pegaron con goma. Ellos no comprendieron que la metáfora usada era para explicar lo intenso del dolor y consideraron que esta era otra de mis fantasías. Cuando advirtieron la realidad, el castigo fue general, exceptuando a la enfermita.
Pasaron algunos años y mi estado de salud no mejoraba. Mi madre cada vez que me enfermaba me llevaba al médico, y aunque sus recursos económicos eran limitados, ella siempre priorizaba aquello que se refería a la salud.
Una tarde de verano desobedecí a mis padres otra vez, es muy difícil lograr que una niña pequeña no se escape a jugar con sus cincos hermanos. Ricardo no vivía con nosotros porque estudiaba en Panamá, estaba pasándose unos días en Chitré y le gustaba llevarnos a pasear en su bicicleta. Él creó dos tipos de paseos, uno muy despacio y por las calles pavimentadas y en silencio, a ese lo llamaba paseo con los pelos blancos; el otro, era a excesiva velocidad por las peores calles, las más inclinadas, cayendo en todos los huecos y gritando; a ese lo llamaba paseo con los pelos negros. Esa tarde quise que Ricardo me llevara de paseo y él presentó su menú.
—¿Cómo quieres el paseo, con los pelos blanco o los pelos negros?
—¡Con los pelos negros! —respondí de inmediato.
No era de extrañarse que optara por el desafío, la vida me entrenó para asumir retos. Además, podía jugar tan pocas veces, que mi vida era monótona y gris, sintiéndome ávida de emociones fuertes, opté por el peligro.
Mis otros hermanos me ayudaron a subir a la bicicleta de Ricardo, él conducía a mucha velocidad, yo gritaba a todo pulmón.
—¡Me encanta el paseo con los pelos negros! ¡Me encantan, me encantan los pelos negros!
Agarrada de la parte trasera de la silla, me apoyaba sobre la espalda de Ricardo y cada vez que caíamos en un hueco gritaba y soltaba las manos del asiento. Pronto me sentí agotada y observé como mi hermano aceleraba más y más la marcha. Entramos en un callejón muy empinado, sinuoso y quebrado; al intentar frenar, la bicicleta levantaba mucho polvo y este me hizo estornudar, pero no deseaba abandonar la aventura por nada. Cada movimiento irregular aumentaba la emoción y la fascinación del paseo. De repente, caímos en un enorme hueco, que más que un hueco parecía un cráter; mi hermano dio un salto y me machaqué los dedos de las manos con los resortes del asiento. Adolorida, solté las manos e incliné el cuerpo haciendo que Ricardo perdiera el control del timón y rodamos sobre un montículo de cascajo que estaba en una de las aceras. Una piedra de regular tamaño me golpeó en la frente y ocasionó una hinchazón muy grande. Mis otros hermanos ya se acercaban a recogerme, mientras tanto Ricardo levantaba la bicicleta.
Esmeralda fue la primera en darse cuenta del chichón que tenía en la frente.
—Si mi mamá ve el golpe que tiene María Rosa en la frente nadie nos salvará de la tunda.
Rápido, Ricardo procedió a buscar una moneda de cincuenta centavos. Entre todos, me acostaron en el suelo y se turnaban para frotarme la frente con la moneda. Querían bajar como fuera el edema y el hematoma. Lo único que consiguieron fue que el hematoma se extendiera más y más y mi aspecto se volviera terriblemente impresionante.
Cuando llegamos a la casa, se repitió la historia de mis escapadas: mi madre castigó a mis hermanos y a mí me manifestó.
—Esta vez no te vas a salvar del castigo. En cuanto mejores, vamos a arreglar esto. Te he prohibido jugar con tus hermanos, porque cada vez que lo haces complicas la situación. No quiero que me desobedezca nunca más ¿oíste?
No contesté nada, fue tanto el sufrimiento que percibí en el rostro de mi madre. Ella me cuidaba con tal amor y esmero, recuerdo la atención con que velaba mi sueño cuando sufría una crisis. Este fue uno de los factores más importante en la superación de todos mis achaques. El respeto hacia el dolor de mi madre hizo que a partir de ese día no volviera escaparme.
La casa era pequeña y sencilla, con dos habitaciones, pero hay que pensar que eran casas pequeñas “de las de antes” que comparadas con las de hoy resultan mucho más amplias. La recamara principal, asignada a mis padres y en la otra nos acomodábamos los seis hijos. La mayor parte del tiempo era yo quien permanecía en la habitación y muchas veces, mientras trataba de controlar la tos y la asfixia, intentaba encontrar en el entorno algo que me distrajera y llamara mi atención. No podía mirar por la ventana porque estaba cerrada para que las corrientes de aire no entraran y agravaran mi estado. En el centro de la casa, un pasillo conducía de la sala a un patio amplio y lleno de árboles frutales, pero lo miraba desde lejos, ese era uno de los lugares restringidos.
La mayor parte del tiempo confinada a la pequeña habitación, miraba alrededor, cinco camas junto a la mía, eran todas iguales: de madera rústica. En aquel tiempo los muebles eran casi artesanales, hechos por los carpinteros del pueblo, sus cobijas, confeccionadas de retazos de telas. En Chitré a estas mantas que cubren las camas se les llamaba colchas, la cama más cercana era la de mi hermano Roberto, él era solamente un par de años mayor. Al otro lado la de mi hermana melliza, Mariana; junto a la de ella, la cama de Esilda, Esmeralda y Ricardo. Observé con indiferencia la cama de mi hermana melliza, en ella tenía muñecas, una vajilla de juguetes y unas figuras de papel llamadas Maricas. Estos juguetes eran los propios para niñas de nuestra edad y en ese momento, por primera vez, me di cuenta de que era diferente. Tenía apenas diez años y en mi cama tenía varios libros sustraídos de la mesita de noche de mi papá, entre ellos: Los Miserables, Los Hermanos Karamazov, La Divina Comedia y Doña Bárbara. De uno de mis hermanos mayores tomé prestados las Fuerzas Morales y el hombre mediocre, de José Ingeniero. A partir de ese momento, ese escritor incendiario se convirtió en uno de mis favoritos.
La lectura fue el factor más importante para que las limitaciones físicas no me afectaran emocionalmente. Esta voracidad por la lectura provocó algunas controversias. Estaba tan distraída leyendo que no percibí la presencia del profesor hasta cuando me arrebató el libro.
—¿Vamos a ver qué está leyendo la niña? ¿Acaso, una novela rosa de Corín Tellado, o Caridad Bravo Adam o Jesús Santamaría?
Me levanté y observé al profesor Moisés Chong. Delgado, alto para nuestra edad, de cabellos negros, lisos, impecablemente peinados y sujetos con brillantina; no se atrevía ninguno, ni los cabellos ni nosotros, a estar fuera de lugar en su presencia. Del oriente quedaban sus ojos rasgados, alargados, que cerraba y entrecerraba para enfocar mejor la visión, le costó mucho resignarse a usar lentes para la miopía. Esperé el efecto del libro y levantando la voz, respondí.
—Se equivocó, profesor.
El profesor Chong leyó el título, su rostro se transformó por la sorpresa y espetó.
—¡No lo puedo creer! ¡Ella está leyendo El Príncipe de Maquiavelo! ¡No todo está perdido!
Respiré hondo, había pasado con buenaventura esta prueba intelectual. Su presencia significaba un auténtico reto para nuestras mentes, un desafío frente al conocimiento, y nos hacía sentir la inteligencia como algo obligatorio de la condición humana, no permitía menos.
En otra oportunidad, la afición por la lectura me salvó de un castigo. El Profesor Roberto Carrizo me sorprendió hablando en clases y decidió castigarme con su “tormento” favorito. Me asignó que aprendiera una rima de Bécquer para cada día e iniciara, con cada una, sus clases diarias a manera de entrada, durante una semana. Me observaba con el gesto displicente y aristocrático heredado de sus antiguos y distinguidos ancestros de Ocú. Su mirada desdeñosa, una ceja fuertemente arqueada y con la perfiladísima nariz levantada de manera contundente, en tono molesto, afirmó.
—¡Y mañana debe recitarnos esta rima de Bécquer!
Miré atenta el libro que mostraba y pude comprobar que era la rima número veintidós, me la sabía de memoria: “¿Cómo vive esa rosa que has prendido junto a tu corazón? /Nunca hasta ahora contemplé en la tierra / junto al volcán la flor”.
Y seguí y seguí recitando mis rimas favoritas hasta completar cinco. La cuenta de la semana. Los colores del rostro le cambiaban súbitamente, de pálido a rojo; y en la mirada, cruzaban ráfagas de ira y placer al unísono, los labios carnosos le temblaban de emoción. Me interrumpió perturbado por la sorpresa.
—¡Guarde silencio, no siga! ¡Ya pensaré en algo que para usted sí represente un castigo!
Nunca llegó.
Me senté y sonreí con arrogancia e insolencia. El profesor estaba disgustado, pues mantenía una disciplina estricta en el salón de clases, propia de los tiempos. Coincidencialmente ese día, como muchos otros, lucía un clavel rojo en el ojal del saco. El resto de la clase guardó un silencio asombrosamente respetuoso. Se podía escuchar el vuelo de las moscas como en ocasiones nos solicitaba, y a pesar de su forma rígida de actuar, era un profesor muy estimado por sus alumnos. Su capacidad de enseñar era irreprochable y todos nos beneficiábamos de ella. Le queríamos muchos, mi madre simpatizó desde el primer día con él y lo asignó como nuestro acudiente para que retirara las calificaciones cuando ella no podía ir a las reuniones. En el salón de clases el profesor Carrizo era estricto y exigente y en nuestra casa era Tito, nuestro compañero y amigo más admirado.
Otro de los profesores que marcó una influencia benéfica en mi vida fue Vicente Guaylupo. Siempre demostraba consideración por el delicado estado de mi salud, impartía la materia de ciencia, además de ser mi profesor, ejercía como consejero del grupo. Era admirable su interés por la formación científica de nuestro pensamiento, nos hacía sentir que el conocimiento científico era parte indispensable de la vida cotidiana. Mucha de la audacia para internarme en investigaciones personales sobre mis enfermedades, me fue dada por la formación que adquirí con él; y la necesidad de estar al tanto de los adelantos tecnológicos es otra de las actitudes vitales que nos legó. Fueron numerosos los profesores que, de una manera u otra, dejaron un legado de valores y buenas costumbres que se reflejaron en nuestras vidas y realizaciones.
En el último año de bachillerato enfermé con tosferina y como consecuencia me ausenté a clases el último bimestre. El director del Colegio José Daniel Crespo, Gonzalo González en consideración a mis buenas calificaciones, habló con los profesores para que me evaluaran por medio de un único examen para cada materia. Hice los exámenes solicitados y los resultados fueron sobresalientes.
Siempre recordaré con admiración a nuestro querido director Gonzalo González, persona honorable, con gran capacidad para la justicia y una autoridad incuestionable; tan solo una mirada nos bastaba para adivinar su pensamiento. Imponía una disciplina basada en el respeto, la consideración y los buenos modales.
La lectura fue para mí un refugio, un remanso de paz y un consuelo en los momentos en que sentía que no podía más. A través de las lecturas, abandonaba el encierro y con mi imaginación me desplazaba a lugares plenos de encanto y fascinación. Esto hizo que mi existencia se dividiera en dos esferas, un lugar donde residía la cruel y triste realidad y otro donde moraban mis emociones y creatividad, un mundo íntimo, muy diferente al real, el cual logré crear a través de la lectura. En esa creación no había restricciones, ni enfermedades, ni dolores, ni tristezas, ni mucho menos desesperanza. Era un mundo aparte donde gozaba de buena salud, bienestar y fortaleza.
La lectura hacía armoniosa mi vida, allí era serena, optimista y encontré el equilibrio entre vivir en el mundo y permanecer apartada de él al mismo tiempo. En mi universo privado, corría cualquier riesgo y no salía lastimada. Podía escaparme a cualquier aventura e, incluso, exceder en espectacularidad al paseo de los pelos negros. Y en ese, mi mundo, sin límites yo era inmensamente feliz. Aprendí a no renunciar a mis sueños y a encontrar las fuerzas necesarias para enfrentar la más demoledora de las realidades. Aunque parezca asombroso, cuando aprovechamos el poder increíble del subconsciente en nuestras vidas, podemos hacer lo que deseamos, sin que importen los obstáculos que haya que vencer. La primera vez que cuestioné a un médico, tenía ocho años. Mi madre me llevó a la consulta del Dr. Gustavo Corrales, pariente de mi padre a quien le llamábamos por su apodo, Tavo, el médico más joven de la región, recién graduado en México, con mucho prestigio profesional y muy querido por el pueblo. Él no era ningún Adonis, pero tenía un atractivo muy particular para las mujeres; de mediana estatura, piel mestiza y cabellos negros.
La enfermera nos hizo pasar al consultorio, mi madre me llevaba tomada de la mano y la solté para saludar a Tavo; acto seguido le conté mis molestias. Los desmayos, el asma y los golpes muy rápidos que daba el corazón.
Cuando terminó de examinarme le pregunté.
—¿Tú sabes lo que yo tengo?
El doctor sonrió, le pareció extraño que una niña tan pequeña le hiciera esa pregunta. Respondió sin reservas.
—No lo sé, pero voy a averiguarlo.
Cuando salí del consultorio, mi madre me reprendió. En ese tiempo nadie hubiera osado en cuestionar a un médico; las personas sólo obedecían y jamás ponían en tela de duda los conocimientos de los galenos.
Dos semanas después cuando regresamos a consulta le comenté.
—Me regañaron por preguntarte por mi enfermedad.
El médico le explicó a mi madre lo conveniente que para él era esa actitud. Y afirmó.
—¡Cuándo un niño se interesa por saber de su enfermedad se convierte en parte activa de su curación!
El doctor descubrió que una anemia severa provocaba los desmayos y también le dijo a mi madre que escuchaba un soplo en el corazón. Atendiendo a la conversación del médico y mi madre, con tono de sorpresa afirmé.
—No entiendo eso que el corazón sople. Creía que una soplaba con la boca. ¡Mi corazón tiene que ser muy raro, si eso que tú dices es verdad!
El galeno no contenía la risa y con mucha paciencia explicó que hay corazones que cuando están un poco enfermitos hacen un ruido para que el doctor se dé cuenta y los pueda curar. Era una explicación hermosa, sencilla y la entendí a pesar de mi corta edad. A partir de ese momento comenzó mi interés por adquirir los conocimientos de medicina que me ayudarían a entender mis males. Cada vez que mi madre me llevaba al médico le pedía al doctor que explicara qué era lo que tenía. En ese momento también comenzaron mis problemas con algunos médicos, que cuando se les confronta, se sienten irrespetados por el paciente, a quien consideran intruso al tratar de comprender la naturaleza de su enfermedad. Se perciben cuestionados en su capacidad o en su falta de actualización.
Pasaron los años y aprendí a soportar el asma y cada vez que me daban las crisis de asfixia consultaba al médico. Los doctores recetaban las mismas medicinas, las cuales provocaban taquicardia; además, sufrí por muchos años de anemia. Cada vez que sangraba por la nariz me asustaba al ver la sangre, el sol me causaba este efecto y opté por permanecer horas de horas encerrada en mi cuarto.
A los catorce años cuando se presentó la primera menstruación dejó de darme el asma. Sin embargo, el precio fue muy alto, desde la primera vez, se presentaron hemorragias profusas. Pasaron años para determinar la causa de este nuevo padecimiento y comenzó el calvario más grande de esta odisea. Los sangrados se prolongaron hasta por cien días. Nadie sabía las causas posibles; por suerte el asma desapareció. Creo que es algo así como la ley de la compensación, no hubiera sobrevivido con esos dos padecimientos.
Vivía en el centro de la ciudad de Chitré, en una de las calles más concurridas, cerca de la avenida principal. Al lado de la casa se encontraba el Teatro Amalia, la sala de cine más importante del pueblo, la primera construida en el interior; y al frente, el Parque de La Bandera, el eje de las reuniones políticas. Mi familia se estableció en Chitré cuando tenía apenas tres años de edad y el pueblo siempre estará en mi corazón, porque gracias a su acogida fraterna y solidaria, nos pudimos realizar profesional y humanamente. Es un pueblo agradable, con amplias avenidas, árboles frondosos y la arquitectura de sus construcciones es variada, se encuentran residencias modernas junto a otras coloniales y pintorescas, tiene un ornato muy característicos de pueblo del interior. Pero quizá lo mejor que tenía por aquellos tiempos era la hospitalidad de sus habitantes.
En esos tiempos no había ginecólogos en Chitré y me atendían los médicos generales. Para tratar de solucionar el problema de las hemorragias incontenibles, comenzaron a recetarme hormonas desde los quince años. Así fueron pasando los años entre hormonas, médicos, sangrados y cólicos.
A los dieciocho años comencé a trabajar en el Seguro Social. Laborar en un lugar como ese tiene sus ventajas y desventajas. Las ventajas eran que tenía a mi disposición la atención médica y los medicamentos sin ningún costo. Las desventajas eran el contagio constante por mis bajas defensas. Cada vez que llegaba a la oficina una persona con una enfermedad contagiosa, uno de mis compañeros de trabajo decía.
—En dos o tres días, María Rosa tendrá esa moridera.
Mis malestares iban en aumento, tanto así que cuando tenía veinte años, un médico ya de cincuenta años, sugirió un remedio radical: la histerectomía. Me explicó que si extirpaban el útero la menstruación no me vendría más. No acepté y en tono airado expresé.
—¡No creo en terapia de amputaciones! ¿Usted estaría dispuesto a que lo castraran?
Se comenzó a reír y manifestó que aunque me disgustara esa era una solución. Ya más calmada y en tono de broma le manifesté.
—Eso es como tener un dolor de cabeza y que el médico recetara decapitación.
Al doctor le divirtió mucho mi exageración, y comprendió que no estaba dispuesta a esas soluciones tan dramáticas. Mi problema de sangrados preocupaba a todos incluso a Ángela, una amiga de mi madre. Una de las veces que el sangrado se prolongó por varios meses, sugirió que consultara a un curandero que vivía en un campo de Veraguas. Aquello me resultaba muy deprimente y así se lo hice saber. No me interesaba viajar a ese lugar tan remoto y metido en la montaña. Ángela tenía los cabellos entremezclados con canas, blanca, entradita en carnes de lo que en el interior en esos tiempos se solía llamar una mujer galana, hermosa. Sus bien llevados cincuenta y tres años la hacían extrovertida y muy divertida. Así como era de entusiasta, era muy insistente y todos los días me preguntaba si el sangrando continuaba. Cómo no mejoraba ella me rogó que pusiera de mi parte, que lo único que tenía que hacer era orinar en un recipiente de vidrio que ella misma conseguiría y llevaría al curandero. Para no desairarla hice lo que ella solicitó. Nada perdía con probar, deseaba tener mente positiva. Tenía varios días de estar sangrando y en el recipiente se asentó un residuo negro debido a la sangre oxigenada. Esperé pacientemente que Ángela llegara de su larga travesía. Salió en la madrugada para la montaña y estuvo de vuelta en horas de la noche y fue directamente a la casa. Cuando entró en la sala se veía muy perturbada. Mi madre fue la primera en preguntar qué era lo que pasaba. Ángela se sentó pesadamente en la silla y pidió que le trajeran un vaso de agua. Se lo tomó lentamente y afirmó.
—¡No me lo van a creer! Al llegar al rancho del curandero pude observar que tenía muchos pacientes esperándolo, me senté en una banca a aguardar que terminara. Cuando me atendió, le dije que esta vez no iba a consultar por mí, sino que le traía los orines de una amiga. El señor tomó los orines con la mano izquierda y los miró a través de la luz del sol. Se quedó callado por varios minutos. El rostro del curandero reflejaba sorpresa y hasta diría que miedo. No me atrevía a interrumpirlo y por esa razón esperé que él me diera alguna información que justificara su actitud. Ángela interrumpió el relato para volver a tomar agua. Mi madre angustiada expresó.
—¡Termina de una vez por todas que me tienes nerviosa!
Ángela me miró y preguntó.
—¿Eres de las personas que se impresionan? Me levanté de la silla, sentándome al lado de Ángela, afirmé.
—Nada de lo que digas puede impresionarme, por la sencilla razón que no creo en curanderos.
Ángela más aliviada espetó.
—El curandero se quedó mirando la muestra de orina y después de guardar silencio por unos minutos me hizo una pregunta muy extraña.
Ángela volvió a guardar silencio y esta vez, fui yo la que le cuestioné.
—¿Qué fue lo que te dijo ese hombre que te tiene tan perturbada?
Se levantó nerviosa y continúo.
—El curandero conmocionado preguntó—. ¡Esa mujer está viva!
No pude contener las carcajadas. Todo esto era tan absurdo. ¿Cómo era posible que ese hombre pensara que le llevó la orina de una muerta?
Ángela también comenzó a reírse y se despidió de nosotras, ya más tranquila.
Los problemas menstruales continuaron y nadie parecía saber la causa. Tenía más de cien días de estar sangrando y ningún médico pudo detener las hemorragias. Consulté a varios médicos y uno de ellos me propuso hacer una cirugía exploratoria. Sin entender a qué se refería le pregunté directamente.
—No entiendo muy bien a qué se refiere con cirugía exploratoria. ¿De qué se trata?
—Bueno, abrimos el abdomen y hacemos una exploración.
—Sigo sin entender. Perdone que sea tan directa, pero sería algo así como hacer un safari en mi barriga.
El doctor no pudo más que reírse. Le pareció muy divertida la interpretación que yo le daba a su cirugía exploratoria. Después de mucho pensarlo acepté la cirugía. Me intervinieron dos médicos generales uno de mucha experiencia en cirugía y el médico tratante. Solamente encontraron unos pequeños quistes en el ovario, procedieron a retirarlos y además, hicieron una resección en cuñas de los ovarios. La intervención no resolvió nada, es más me atrevería a decir que complicó mucho más la situación, pues introdujo nuevos síntomas a un caso de por sí complicado.
En mi desesperación por encontrar remedio para mis problemas de salud, no sólo consulté a los médicos, sino que incluso cambié de opinión y me vi obligada a consultar curanderos. En esta ocasión, Gabriela, una amiga muy querida, me llevó al Chirú, un campo remoto de Antón. Era el lugar de un curandero muy famoso: el Maestro Elías. Como a la una de la madrugada, salimos rumbo al Chirú. La noche estaba tan oscura que solamente se veían sombras y penumbras.
Dormí por unas horas, fue un viaje incómodo, despertaba y volvía a dormitar. Trataba de abrir los ojos y volvían a cerrarse. El sueño no fue profundo porque mi costumbre es dormir boca abajo y casi nunca puedo dormir sentada. Además, quería entretener a mi amiga para que ella no fuera a dormirse. Creo hasta que soñé con el curandero, pero no recuerdo el sueño. Al llegar a Antón me desperté, amanecía. Gabriela tomó el camino hacia el Chirú. El camino estaba muy bien construido, nos comentaron los parroquianos del pueblo que se construyó en el gobierno de Harmodio Arias, por orden directa del propio Presidente; la importancia del Maestro parecía lograr estos milagros.
Durante el trayecto se escuchaban ruidos propios del amanecer, el silbido de los pájaros, el canto del gallo, el zumbar del viento y el ruido del motor del carro. Viajábamos en el auto de Gabriela, ella iba muy contenta, esa era una de las características que más admiraba en mi amiga, es una mujer atractiva, de cabellos rojizos, piel canela y vivaces ojos negros, esa alegría que emanaba de ella la hacía una persona realmente encantadora.
Al acercarnos al pueblo pude contemplar el cielo, la luz rasgaba las tinieblas y a través de la penumbra se asomaba tímidamente en sol con todo su esplendor. Al ir emergiendo, observé uno a uno todos los colores en la culminación de su perfección. Allí estaba el Arco Iris entre el Sol y yo. Mi corazón se estremeció y se llenó de esperanza, esa transformación fue algo mágica y misteriosa. Ese ha sido uno de los amaneceres más bellos que he visto. Ese resplandor me hizo reflexionar. Donde hay luz no puede haber oscuridad, ni tampoco tristezas, porque la oscuridad no sólo estaba en el entorno; sentía esa oscuridad interior que produce el desconsuelo, la desesperanza, esa angustiosa sombra oscura hecha de soledad, miedo e incertidumbre. Y ahora sin explicación alguna, mi mente se declaraba incapaz para comprender mis sensaciones; sin embargo, mi corazón sí entendía que por mucho que hubiese sufrido podía ser renovada por la esperanza.
Optar por consultar a un curandero no fue fácil, lo percibía como una acción desesperada, consideraba que intelectualmente retrocedía miles de años. Mi soberbia intelectual y racionalista se resentía, me consideraba una mujer que descendía hacia lo primitivo, ya que, después de consultar a especialistas tan prominentes, las circunstancias me obligaban a recurrir a personas que consideraba ignorantes. No obstante, estaba consciente que era una muestra del instinto de conservación, cuando llegamos a ese nivel y tocamos fondo, lo fundamental es luchar como sea para conservar la vida. Con el nuevo día se fortaleció mi esperanza. No estaba dispuesta a resignarme, no considero la resignación como una virtud, sino muy por el contrario, la veo como un pecado de inercia. No tenemos derecho a resignarnos y aceptar nada que no sea producto del amor, la salud, la felicidad y el éxito. Estaba decidida a seguir luchando por hallar la solución a mis problemas.
Gabriela estacionó el auto cerca de la casa del Maestro Elías. Bajamos y camine directamente hacia las personas que le esperaban. Se sentía el aire fresco de la montaña y los pacientes no solamente estaban arropados, sino que tenían cubierto el rostro, unos con mantas y los otros con toallas. Era imposible mirarles el semblante, únicamente percibía el espectro del dolor. A medida que el sol calentaba, sus cuerpos fueron descubriendo sus rostros, me acerqué a una indígena, acompañada de una niña, eran de las pocas mujeres que esperaban, y le pregunté.
—¿Anteriormente ha consultado usted al Maestro?
—Muchas veces y siempre me ha curado.
—¿Cuál es su mal?
—No lo sé ni me preocupa, lo único para mí importante, es venir donde el maestro para que me alivie.
Las palabras de la confiada mujer me hicieron reflexionar. Si nosotros pudiéramos tener la misma fe en los médicos que estos indígenas tienen en su Maestro. La vida ha cambiado y la modernidad nos ha hecho a todos diferentes. A los médicos que cada día tienen menos tiempo para escuchar a sus pacientes y a los enfermos que cada vez tenemos menos paciencia y le exigimos al médico que nos cure casi por arte de magia.
A las cuatro y treinta de la madrugada cogí un boleto con el número que indicaba el orden de llegada de los pacientes. Era el número trece. Nos reímos a carcajadas, llegando a la conclusión que no me podía tocar otro número. A las seis de la mañana comenzó a atender el curandero. Con cada paciente se demoraba como unos quince minutos. En el momento que me tocó el turno observé un movimiento de personas que corrían de un lugar a otro. Una señora de avanzada edad nos informó que tendría que esperar por el Maestro había salido con una nieta para el hospital. Tomé por el brazo a Gabriela, la saqué de la casa del curandero y pregunté.
—¡No te parece raro, que no atienda a su nieta! ¿Si sabe tanto por qué no la cura?
Gabriela bajando la voz contestó.
—Hay enfermedades que los curanderos no pueden curar. Él sabe lo que hace. Si no fuera bueno no tuviera tanta fama.
Una hora después llegó el maestro. Me hicieron pasar. El maestro Elías era un hombre aindiado, moreno de baja estatura y de ágil caminar. Lo que más llamó mi atención fue la serenidad que reflejaba su rostro. Cuando me acerqué expresó.
—Voy a verle el iris del ojo para poder darme cuenta de qué es lo que tiene.
Observó el iris de mis ojos por espacio de diez minutos. Me sentía tan cansada y fastidiada que varias veces cerré los ojos. El curandero me los abría a la fuerza. Cuando terminó el examen acotó.
—Tienes varias complicaciones: primero, tienes un serio problema en la sangre, no te puedo precisar de qué se trata, pero sí te digo que es muy raro; el otro problema de salud que tienes es de reuma. Desde muy pequeña te duele la rodilla. Hay algo jodido en la unión de los huesos. ¿No te dan dolores? ¿No es así?—preguntó—. Por último te diré que tienes una enfermedad del hígado, dolores de cabeza y otras molestias menores.
El curandero levantó la mirada y sonriendo afirmó.
—Se me olvidaba decirte de la anemia y del bocio que tienes. En verdad nunca vi a una paciente que tuviera tantas jodiendas y se viera tan bien. Para todo esto te voy a recetar varias infusiones con plantas. No sé si las aguantes, pero lo único que te pido es que hagas el intento.
La nieta copiaba en una hoja la receta, si a eso se le puede llamar receta. Esto me hizo pensar que el maestro no sabía escribir. Me despedí y le di las gracias. Al salir de la casa del curandero fuimos a la farmacia donde vendían esas plantas. Compramos todas las yerbas para las infusiones y salimos rumbo a Chitré.
Al día siguiente, tomé la primera dosis al acostarme. Al levantarme sentía que todo daba vueltas. No podía mantenerme en pie. Tenía fatiga, cansancio y sensación de desmayo. Me arreglé y salí en busca de un médico. Me atendió un médico general, muy conocido por su carácter áspero y su aspecto grotesco. Alto como de un metro ochenta y cinco, gordo y blanco. Tuve que hacer un gran esfuerzo para caminar, casi arrastrándome llegué al médico y le expresé.
—Estoy muy mala.
En el interior del país se conservan todavía formas antiguas y puras de la lengua española, estar mala para nosotros significa que una se siente muy enferma. El médico levantó la mirada, me observó de pie a cabeza y afirmó con un tono de insolencia.
—¡Pues yo te veo muy buena!
La actitud del galeno era tan poco profesional que hacía sentirme incomoda y molesta. Lo más desagradable era que hablaba dando gritos.
Después de examinarme dijo que tenía la presión muy baja. Le conté que había tomado un té recetado por un curandero.
El Dr. Demetrio se enojó mucho y en tono antipático indicó.
—¡Les debería dar vergüenza consultar a un curandero! Actúan como si fueran unas ignorantes.
Era tan desagradable tener que aguantarle los regaños que respondí.
—A los que le tiene que dar vergüenza es a los médicos que como no mejoran a sus pacientes, éstos se ven precisados a consultar a curanderos y hechiceros.
El doctor estaba muy molesto y la auxiliar daba la impresión sentirse temerosa de que él estallara en uno de sus acostumbrados arrebatos de ira. El colérico médico levantó la voz dando gritos.
—Si me hubiera casado con una mujer como tú, la tuviera lavando y cocinando para ver si iba a tener tiempo para enfermarse.
No podía creer que un médico pudiera expresarse de manera tan machista y burda. La auxiliar para congraciarse con su jefe celebraba sus chistes riéndose a mandíbula batiente. No controlé el enojo y contesté.
—Si me hubiera casado con usted, sólo le hubiera preparado una cena. ¡Su última cena, porque lo hubiera envenenado!
El doctor se comenzó a reír como un enajenado. Abandoné el consultorio y le dejé la receta. No tenía ganas de tomar nada, segura de que ese malestar me pasaría con el sólo hecho de suspender las infusiones.
Tenía que continuar con mi peregrinaje en busca de respuesta. Segura de que jamás abandonaría la lucha. En todo momento tenía la fuerte convicción de que algún día, en algún lugar, iba a encontrar un médico que se interesara en el caso y sumiera el compromiso de aliviar el dolor y la angustia provocada, no sólo las enfermedades, sino la inquietud de desconocer el origen de las mismas.
Regresé a Chitré y seguí atendiéndome con los médicos generales, hasta que el pueblo contó con ginecólogos. Fui atendida por un ginecólogo de prestigio. No sé si la fama se creó él o sus pacientes. Sin embargo, algo en él no me gustaba. Asignaba citas todos los miércoles y me administraba tratamiento con hormonas para inhibir la menstruación. Pasé más de dos años sin el período. Cuando suspendí el tratamiento aquello fue un desastre. El sangrado se prolongó por meses y era aún más profuso. Pasado un tiempo sin sentir mejoría decidí a confrontarlo y exigirle que informara qué era lo que pasaba. Se disgustó mucho y dijo en un tono muy arrogante.
—¡Tú no tienes remedio! ¡No hay nada que pueda hacerse! ¡Desde un inicio lo supe!
Dos años invertidos por gusto, perdidos por un criterio científico limitado. La indignación se apoderó de mí y sin ninguna contemplación respondí.
—Si no tengo remedio como usted dice. ¿Por qué razón no lo dijo desde el momento que lo supo? Ha dejado pasar años, ¿con qué objeto? ; ¿o sus motivos son meramente económicos? ¡En verdad no lo entiendo!
El médico, rojo de la ira, se levantó del escritorio y comenzó a gritar como un energúmeno y vociferó.
—No te atrevas a levantarme la vista ni hablarme de esa manera.
Lo miré fijamente para darle a entender que a mí no me iba a amedrentar y afirmé en tono de sentencia.
—Baje el tono de su voz, porque si no lo hace, no es la mirada lo que voy a levantar...
El doctor se dio cuenta de que no trataba con una idiota, por esa razón se controló.
—¡No me gustan las pacientes rebeldes como tú! ¡Tienes que cambiar de actitud!
—¡No tengo que gustarle! Usted, simplemente tiene que mejorarme. Quiero que sepa que no pienso cambiar de actitud, siempre he sido así y estoy muy lejos de tener esas cualidades que usted busca en una paciente. ¡Soy la mujer más insumisa que usted ha podido conocer y como no voy a cambiar de forma de ser, es mejor que cambie de médico!
No esperé respuesta tomé mi bolso y salí del consultorio, le dejé al médico hablando solo. Sentí que él tenía que cambiar de actitud, pero sabía que jamás lo haría. Para esa clase de profesionales automáticos una paciente crónica es simplemente un buen negocio a largo plazo; siempre y cuando, no cometa la osadía de cuestionarlos, exigirles que la mejore y confrontarlos con sus responsabilidades.
Una mañana muy fría, me despertó un fuerte dolor en el cuello, era muy intenso y no podía mover la cabeza ni mirar hacia el lado derecho. Fui al médico general y dijo que era tortícolis, recetó un analgésico y anunció que en un par de días iba a estar bien. Pasaron dos semanas y el dolor solo aumentaba. Regresé al hospital para atenderme, el especialista me hizo pasar. En la cara del doctor se veía reflejado el cansancio de una larga jornada. Me examinó varias veces y afirmó.
—Esto parece ser reumatismo, te haría muy bien irte unos días para la playa. La próxima semana tengo vacaciones y te podría acompañar.
No salía de mi asombro. ¡Cómo era posible que ese individuo que no tenía ninguna confianza conmigo me estuviera haciendo ese tipo de invitación!
Lo miré a los ojos y le pregunté.
—¿Usted tiene abuelita?
El facultativo entre divertido y sorprendido por mi pregunta contestó.
—Sí, tengo abuelita. ¿A qué viene esa pregunta?
Me levanté de la silla para responderle.
—¡Entonces llévesela para la playa y la asolea bien!
Salí sin esperar respuesta y fuera del consultorio se oían las risotadas del médico. La auxiliar me preguntó qué le pasaba. A lo que le respondí.
—¡Estoy muy preocupada, creo que el doctor se volvió loco!
Como salí temprano del consultorio médico, aproveché que estrenaba una fina camisa de seda y dispuse visitar a mi tía Elena, hermana de mi mamá, quien me quería mucho, era una mujer jovial y alegre, una de mis tías favoritas. De mediana estatura, blanca rosada, de cabellos castaños y ojos chocolates. Muy atractiva y daba la impresión que disfrutaba la vida a plenitud. Ella observó que no podía mover el cuello, preguntó que pasaba y le relaté mis molestias. Recomendó un curandero al que tenía mucha confianza y que atendía en la calle del Manguito. El nombre de curandero era Alejandro Rodríguez, mejor conocido por su apodo de Ñervo. Este señor arreglaba las torceduras y huesos dislocados, era algo así como un quiropráctico empírico. Eso de volver a consultar a un curandero no me gustaba para nada, sin embargo, tenía varios días sin dormir y pensé que lo más que podía hacerme el señor sería santiguarme y eso no me iba hacer ningún daño. Confiaba en mi tía y seguí su recomendación.
La calle del Manguito quedaba muy cerca de la casa de mi tía Elena, quien vivía cerca de la escuela Tomás Herrera, hacia un costado. La casa, situada en esquina y una de las calles colaterales era la calle de Manguito. Allí unas casas eran de quincha, adobe y las otras de cemento rústico, pero todas con grandes aceras con techos sostenidos por pilares de madera. En estos portales, centros de reunión, los vecinos pasaban la mayoría del tiempo sentados en banquetas o en taburetes, en mecedoras o hamacas conversando con y de sus visitantes.
Le pedí a Mariana, mi hermana melliza, que me acompañara, y cuando llegamos a la casa del curandero pude observar que vivía en extrema pobreza. De inmediato pensé, si fuera mejor curandero tendría los ingresos suficientes para vivir cómodamente. Era un hombre como de sesenta años, humildemente vestido, de baja estatura, piel morena y ojos negros, que casi siempre mantenía cerrados. Se acercó a nosotras y lo observé detenidamente, su aspecto era de hombre del campo, muy desgastado y casi me atrevería a decir que analfabeta.
Nos saludó con la mano y preguntó.
—¿Cuál es la enferma?
Me acerqué a él y le respondí que era yo. Me miró e indicó que me sentara en una banca que tenía en el cuarto. Guardó silencio por varios minutos. Sentí que se me agotaba la paciencia y expresé.
—¿No me va a preguntar qué tengo?
El anciano comenzó a reírse y contestó.
—¿Acaso piensa que soy médico? Ellos son los que le preguntan al enfermo qué es lo que tienen. ¿Sabes por qué? Porque no lo saben y quieren que el paciente se los diga. Estudiaron tanto tiempo y pretenden que el enfermo, que no estudió medicina, se los señale.
El anciano comenzó a reírse y abrió tanto la boca que pude observar que tenía sólo un colmillo, los demás dientes los había perdido. Fumaba un tabaco muy fuerte y el olor era fétido, nauseabundo, casi insoportable. Creí que me desmayaba, me levanté para retirarme, pero el señor expresó.
—Los jóvenes no tienen paciencia, por esa razón se enferman. Trata de alcanzar la serenidad y te aseguro que no te va a doler más el pescuezo.
—¿Cómo sabe que es el cuello lo que me molesta?
—¡Más sabe el diablo por viejo, que por diablo!—respondió.
Me indicó que me pusiera de pie y que lo mirara directamente en una determinada posición. Seguí sus instrucciones al pie de la letra, sin chistar, con el deseo que todo terminara rápido. Observé como el insólito curandero se concentraba mientras tomaba un trago largo del frasco de Maravilla que tenía sobre una mesita. El Agua de Maravilla es una loción placebo que los viejos usaban antes para curarlo todo. Revolvió el buche de Maravilla con tabaco, lo masticaba, lo pasaba de un lado al otro de su boca y lo trituraba como si saboreara un sancocho exquisito. Lo miraba muy atenta, sin perderme un solo movimiento. Súbitamente, volteó el rostro hacia mí, me miró fijamente el cuello y lanzó un grueso escupitajo directo al lado izquierdo de la cara.
Presa del asco y del horror, como un rayo, giré el rostro sobre mi lado derecho: tenía dos semanas en que por nada del mundo, lograba hacer ese movimiento; sin embargo, lo único que quería era evitar que ese buche líquido apestoso, fétido y repugnante me cayera en la cara, en cualquier parte de mi piel o en la blusa de seda.
Sin explicar nada, salí corriendo de la habitación en dirección a la calle, mi hermana le preguntó cuánto se le debía y él le cobró veinticinco centavos. Cuando llegamos a la casa, Mariana preguntó.
—¿Cómo te sientes del dolor?
—¿Qué dolor?
—El del cuello.
En ese momento recordé el dolor en el cuello y comencé a moverlo. Milagrosamente, el dolor desapareció. Podía mover con gran facilidad el cuello para todas partes, a ambos lados. De inmediato pensé: ¡qué manera más absurda tenía el curandero de sanar! Era una terapia de asco y del espanto; pero conseguió mejores resultados que los médicos con toda la tecnología y los adelantos de la ciencia. ¡Qué ironías tiene la vida! Después de todas estas reflexiones, le dije a Mariana que el dolor desapareció. De inmediato fuimos a visitar a mi tía Elena y le contamos nuestra aventura. Ella no paraba de reírse y nos confesó que sabía cuál era el método del curandero, pero que no lo advirtió, porque la sorpresa era el elemento clave en este tipo de curaciones. Nos despedimos de ella no sin antes darle las gracias por su recomendación.
En el año 1970 fui hospitalizada en la sala de cardiología del Hospital General del Seguro Social, en la ciudad de Panamá, por un problema de taquicardia de origen por determinar. Llegué al hospital a hacerme un electrocardiograma como resultado de una taquicardia indeterminada. En una prueba de esfuerzo, durante el examen, me desmayé; los médicos no se arriesgaron y me hospitalizaron; y allí estaba yo, ingresada, en espera que los especialistas investigaran las causas de la taquicardia.
El Hospital del Seguro Social era un edificio de varios pisos, hasta ese momento el más grande del país. Para entonces, sus pasillos parecían enormes, las camas bien arregladas, las sábanas impecablemente limpias y puestas en su lugar, suficiente espacio, pocas camas por habitación. Una de mis compañeras de cuarto era Cecilia, una mujer de veintinueve años, delgada, de apariencia delicada y de aspecto quebradizo. Congeniamos muy bien y llegó a ser una de mis mejores amigas. Padecía de una cardiopatía congénita grave, con muy mal pronóstico. Tenía una pequeña hija de cuatro años y el esposo la abandonó, y su madre cuidaba con esmero de la pequeña niña.
Una mañana llegó el cardiólogo encargado de su caso y Cecilia estaba muy interesada en conseguir un permiso para que su pequeña hija la visitara. Tenía tres meses de hospitalizada sin poder ver a la niña. Se incorporó de su cama.
—Quiero pedirle que extienda un permiso para que mi pequeña hija pueda visitarme.
El doctor levantó la mirada con frialdad. Era tanta la indiferencia y la apatía en sus ojos que temí lo peor. El facultativo abrió el expediente de Cecilia, le pasó una ligera mirada, lo cerró y afirmó.
—No me parece buena idea que te traigan a tu hija.
—¡Tengo meses sin verla y deseo acariciarla!
El doctor movía la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación y queriendo terminar con la situación espetó.
—No pienses en ti. Piensa en la niña; es mejor que se vaya acostumbrando a no verte. Tú sabes que vas a morir porque tu condición es irreversible.
Cecilia rompió a llorar, su desconsuelo era tan grande que no pude contenerme y me acerqué a ella para consolarla.
—¡Escucha! ¡Nadie, absolutamente nadie, puede determinar eso! ¡A menos que este señor sea Dios! Porque creo que médico no es.
El doctor me miró despectivamente y se retiró. Cecilia repetía, muy asustada.
—¿Por qué le contestaste de esa manera? En cualquier momento puede llegar a ser tu médico. Recuerda que aquí no escogemos a los doctores, los asigna el servicio.
—No te preocupes mujer, si me toca, va a saber de lo que es bueno. Ese individuo no sabe la que se le va armar conmigo y no creas que es una amenaza. ¡Es una promesa!
Cecilia murió tres días después del incidente sin poder abrazar a su pequeña niña. Esa noche todas sus compañeras lloramos desconsoladamente y a la mañana siguiente de la defunción llegó a mi habitación el cardiólogo de Cecilia. Un hombre como de cincuenta y ocho años, bajito, blanco y de aspecto huraño. Entró con todos los demás médicos a visitarme. Mi intención era provocar una discusión para cobrarme la crueldad con mi amiga; por esa razón, se me ocurrió la “brillante” y atrevida idea de preguntarle la causa de mis malestares.
—¿Me podría informar cuál es la causa de mi taquicardia?
—¡Te vas a morir sin saberlo! —contestó en tono grosero y prepotente.
Esa era la respuesta que necesitaba para descargar el dolor que sentía por la pérdida de mi amiga y le respondí.
—¡Sólo tengo veintiún años y tenga la seguridad que su velorio, no me lo voy a perder!
El energúmeno rabiaba, afectado por un ataque de locura temporal. Se formó tal trifulca que fui expulsada de la sala de cardiología y el ginecólogo me trasladó a su sala. No dejé que las cosas quedaran así y reporté al médico acusándolo de crueldad en el trato con los pacientes. Pasados dos días, el extraviado cardiólogo me fue a ver al quinto piso, para reclamarme la queja y, entonces, en un acto del cual me siento avergonzada, porque nunca debemos pagar con la misma moneda, le grité.
—Ahora me toca a mí largarlo. Largo, largo de aquí.
Rojo de la ira se marchó injuriándome. Tal era mi satisfacción que sus insolencias me parecieron verdaderos cumplidos, piropos llenos de dulzura y amabilidad.
Durante mi estadía en el hospital ese no fue el único encuentro infortunado que tuve con médicos de vocación extraviada. En otra ocasión llegó a mi habitación un endocrinólogo, altanero, con un alto grado de narcisismo, áspero y con una arrogancia que lo hacía impresentable. Llegó con varios médicos que hacían su internado y los jóvenes médicos le temían porque era de esas personas que siente el extraño placer y la retorcida necesidad de humillar a los demás.
Me miró con la altivez habitual y refiriéndose a los médicos internos afirmó.
—Esta es una paciente H. I.
Uno de los médicos me miro tímidamente, ellos desconocían que yo sabía a qué se refería el especialista. Tenía conocimiento que H. I. se les llama a los pacientes histéricos. No pude contener mi enfado. ¿Cómo era posible que este médico sin ningún tipo de análisis se atreviera a calificarme como paciente histérica? Lo miré retadora, sonreí y contesté sin ningún respeto.
—Paciente H. I. Médico H. P.
Los jóvenes médicos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para no reírse y los pacientes que estaban en la habitación lanzaban carcajada delirantes. El especialista muy disgustado dijo una serie de improperios. A lo que le contesté, con sus mismos valores.
—Usted no es mi médico, él es guapo y los médicos feos casi siempre están amargados.
El doctor salió de la habitación en estado de furia incontrolable, pero no tuve temor que me agrediera física o psicológicamente; ya que, mi personalidad, fuertemente estructurada, era capaz de enfrentar cualquier agresión y conservar la serenidad.
Pasé más de dos meses en ese hospital, varios análisis me fueron practicados sin llegar a ninguna conclusión y cuando me dieron salida, el diagnóstico era taquicardia por determinar y metrorragia de etiología desconocida. Después de tantas vicisitudes, la situación continuaba igual que al inicio.
Una vez dada de alta seguí atendiéndome en las instituciones de salud pública, pues en ese tiempo ganaba muy poco dinero y no podía solventar los gastos que me ocasionaban mi delicada salud. Como resultado de los sangrados uterinos, con sus consecuentes pérdidas de sangre, se presentó una anemia y una disminución de la presión arterial, lo que ocasionaba desmayos frecuentes. Preocupada por estos malestares consulté a un médico en la Caja de Seguro Social en Chitré. Cuando entré al consultorio, el médico, mal sentado, derrumbado en la silla con una expresión displicente y la mirada ausente. A pesar que era joven, su actitud le hacía parecer mayor, incluso caminaba arrastrando los pies. Al observarlo detenidamente pensé: este hombre debe sentirse peor que yo. Le relaté mis males: dolor de cabeza, cansancio y debilidad, a lo que respondió.
—Eso tiene que ser la presión baja. No tengo aquí el aparato para revisártela y me da pereza pedírselo al doctor del otro consultorio. Pero como estoy seguro de que es eso, te voy a mandar unas gotas para que te regularicen la presión.