NIÑA BELLA
by
Rose Marie Tapia
SMASHWORD
Editora-autora
Título: Niña Bella
Copyright © 2009 by Rose Marie Tapia
Nota de edición:
Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.
1
Mi papá se acercó para despedirse, me besó en la mejilla y sentí su rostro empapado; entonces lo miré: tenía los ojos llenos de lágrimas, la nariz enrojecida y la boca cerrada con fuerza. Nunca antes lo había visto llorar.
Tengo once años y mi vida ha sido feliz, hasta este momento. La casa que ahora será mi hogar tiene piso de cemento, las paredes descoloridas y las cortinas rasgadas. No hay muebles, lo único que trajimos después de la venta de patio que hizo mi papi son unas sillas y una mesa pequeña. Para la cocina, una estufa y una refrigeradora, también pequeñas.
Antes de irse, mi papá me advierte que en este barrio no puedo jugar en el parque porque hay muchos peligros en la calle, y me recuerda que ahora estamos rodeados por gente mala. Creo que exagera, no todas las personas han de ser así. Estoy segura de que los niños de mi edad no lo son. Se lo dije, y me regaña por no creerle, me dice que no estamos en nuestra casa de antes, que aquí los niños desde los nueve años ya andan en pandillas.
Cuando mi papi perdió el trabajo, nos arruinamos. Ya ha pasado casi un año de eso y las cosas cada día se enredan más. Al principio pensé que era una pesadilla de la cual despertaría en cualquier momento, pero no ha sido así. Mi mamá no se daba por enterada; dormía casi todo el día, hablaba por teléfono o veía la televisión.
Los días pasaban lentamente, hasta que las apariencias no se pudieron mantener y tuvimos que venir aquí, a esta casa que papá dice que será por un tiempo, que luego tendremos otra mejor. Yo no sé. Estas cosas no ocurrieron de pronto, vinieron una detrás de otra. Fueron terribles las discusiones, tanto que ayer, antes de la mudanza, mi mamá sufrió un derrame. Yo cuido a Santiaguito, mi pequeño hermano. Papá fue al hospital, o a buscar trabajo, no sé. Estamos solos y con miedo. Camino por la recámara, la sala y la cocina con Santiaguito en brazos y Cochito siguiéndome. Tenemos hambre.
Desearía tener algo que comer, pero no hay nada, aparte de un chayote podrido, un pepino plumoso y una bolsa con dos pedazos de pan. Necesito comer, el estómago me duele, no tengo a quien pedirle comida. Los vecinos son más pobres que nosotros. Ya sé que algunos se pasan varios días sin comer. Nosotros por lo menos comemos una vez al día, aunque hoy no hemos podido. Tal vez, en la noche cuando papi llegue, nos traiga leche. Cochito me mira, él no comprende. Mi hermanito de tanto llorar se ha quedado dormido; la leche se le terminó desde ayer y como no sabe hablar todavía, llora para que le den comida.
Siempre pensé que mi papá podía resolverlo todo. Es tan guapo e inteligente, o por lo menos lo era. Ahora siempre está de mal humor y eso lo puedo soportar, pero no puedo verlo desesperado. Ver a mi mami llorar no me afecta mucho, pues ella llora hasta cuando está contenta. Pero cuando mi papá está triste y llora, el corazón se me aprieta y casi no puedo respirar.
Santiago Moreno trabajó por veinte años como gerente en el Mont Blanc Bank. Su carrera profesional fue exitosa. Entró allí a los veintidós años, cuando cursaba estudios en Economía. Inició como cajero y un año después ya era oficial de cuentas. En menos de dos años, ascendió a subgerente y un año después, a gerente. Sabía todo lo que debía hacerse en el banco; se quedaba hasta tarde trabajando y, cuando estaba en casa, lo llamaban a cada rato para preguntarle sobre algún detalle. Eso justificó el hecho de que no prosiguiera sus estudios universitarios; le bastaba con la experiencia ganada en el MBB.
Se casó a los veintiséis años con una mujer bella. La atendió una vez en el banco y fue amor a primera vista. A Miranda Arango, le encantaban la diversión y las fiestas, justo lo que no le gustaba a Santiago. Quizás, más que amor, en ella encontró una válvula de escape, pues le daba prestigio que lo vieran con Miranda, una chica de abolengo, aunque arruinada; pero eso pocos lo sabían y, de saberlo, cualquiera lo habría puesto en duda: no era fácil ignorar sus ínfulas aristocráticas.
Los siete primeros años de matrimonio Miranda no quiso embarazarse. Fueron varias las discusiones cuando su esposo le pedía que tuvieran un hijo. Ella aceptó con la condición de que él tomara vacaciones y se fueran a Europa, pues deseaba concebir en Venecia. Un capricho más de niña rica. Él solicitó las vacaciones y viajaron por dos meses. En Venecia se quedaron casi un mes.
Ella no se sorprendió cuando le dijeron que estaba embarazada, tampoco demostró ninguna emoción. Santiago, en cambio, saltaba de alegría al enterarse, la tomó en brazos y bailó con ella por toda la casa. Decía una y otra vez que era el hombre más feliz del mundo.
Las siguientes semanas se acrecentó el mal humor de Miranda. Su esposo se desvivía en atenciones para complacerla y ella abusaba. Casi todo el día estaba en la cama, con malestares, con exigencias. Por la noche daba vueltas y no dejaba dormir a Santiago, quien soportaba las torturas con auténtica resignación. Parecía como si ella quisiera castigarlo por haberla embarazado.
El parto fue normal y nació una preciosa niña. Miranda tampoco mostró alegría con el nacimiento de su hija, y no aceptó los nombres que proponía el esposo. En cambio, insistió en que le pusieran el nombre de una chica que salió en la portada del periódico por quién sabe qué suceso; dijo que no lo había escuchado antes y que le sonaba original: Sayuri. Santiago tuvo que aceptar; él pensaba que la actitud de su esposa era transitoria, producto de una depresión post parto, y que debía colaborar en lo que fuera.
Sayuri creció como una niña normal, era la adoración de su padre y aunque su madre la quería, no había comunicación entre ellas. La pequeña tenía más afinidad con su padre. El primer día de clases fue Santiago quien la llevó a la escuela. Tuvo que regañarla para que se quedara, pero a partir de ese momento, el colegio fue el alivio a la soledad que experimentara en sus primeros años. Su madre no había querido volver a embarazarse y la niña no tenía con quien jugar. Miranda decía una y otra vez que no deseaba más hijos, que para muestra un botón. Y no era que Sayuri se portara mal, sino que a ella, en realidad, le fastidiaban los niños.
Sin embargo, la vida le tenía deparada una sorpresa a Miranda. Se enfermó de una gripe que la tuvo varios días en reposo. Consultó al médico y este le anunció que estaba embarazada. Sayuri tenía diez años. Para evitar los mismos traumas del primer embarazo, Santiago adquirió una casa más grande en Costa del Este, una de las barriadas más distinguidas. Era una casa preciosa, de novecientos metros de construcción; en la entrada, un hermoso jardín, rodeado de paredes bajas, con rosales de varios colores; un garaje para cuatro vehículos, y un sendero que conducía hasta la puerta. En la puerta, una placa de bronce en forma de escudo de armas que decía «Familia Moreno-Arango». La sala-comedor era amplia, con piso de granito; los muebles de estilo clásico y la decoración era sobrecargada. Cuatro recámaras con sus respectivos baños, una para la pareja, otra para Sayuri, la del bebé y otra reservada para huéspedes. Un amplio salón de entretenimiento, con equipos de música, un televisor plasma de cincuenta y dos pulgadas y grandes bocinas. En la parte trasera un pequeño jardín, una piscina y una terraza.
2
A Santiago le preocupaba la hipoteca de su nueva casa, pero él era capaz de cualquier sacrificio para complacer a Miranda. Ganaba lo suficiente como para solventar ese gasto. Solo un año vivieron allí. Parece que la fatalidad se mudó con ellos.
El MBB desapareció tras una fusión de bancos europeos. En las cláusulas del contrato de adquisición, el banco que lo compró se comprometió a mantener a los empleados, pero apenas se consolidó el acuerdo, se iniciaron los despidos, empezando por los ejecutivos de más alto rango. Santiago fue el primero en ser despedido: su hoja de vida, aparte de la experiencia ganada en el Mount Blanc, no correspondía con el perfil del staff del nuevo banco, casi todos universitarios graduados en Europa. Recibió una liquidación apegada a lo que dictaban las leyes, más una carta de recomendación.
Santiago tardó en llegar a su casa esa noche. No sabía cómo darle la noticia a su mujer. Ella marcó varias veces su celular; después de varias llamadas, él contestó; ya era de madrugada y le dijo que llegaría pronto. Cuando lo hizo, pasó directo al estudio y fumó varios cigarrillos. Eso extrañó mucho a su mujer, porque él no solía fumar en espacios cerrados. Le costó mucho darle la noticia a Miranda; sentía que el mundo se derrumbaba a sus pies. Parecía haber envejecido en unas cuantas horas.
La liquidación a duras penas cubriría los gastos de unos cuantos meses. Su estándar de vida era muy alto y las cuentas se fueron acumulando. Santiago salía todos los días a buscar trabajo en los diversos bancos o entidades financieras de la capital, pero ellos buscaban gente joven, expertos en tecnología de punta. Y él no era ni una cosa ni la otra. Regresaba por la noche, abatido, agotado; la decepción lo agobiaba hasta dejarlo sin aliento.
Así pasaron los meses y se fueron atrasando los pagos de la hipoteca de la casa. El oficial que manejaba la cuenta le recomendó a Santiago venderla para recuperar algo del abono inicial, pero enfrentaba un grave problema: cuando ellos compraron lo hicieron a un precio alto, debido a la buena demanda de propiedades, pero el negocio de bienes raíces tuvo un bajón a raíz de la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos, y se devaluaron las propiedades. La famosa burbuja inmobiliaria había colapsado. Cuando Santiago vendió la casa perdió gran parte de lo invertido, y ahora debía buscar dónde vivir según su condición actual.
No hubo un solo día en que Santiago no saliera a buscar trabajo. Se le estaban agotando los fondos y andaba abatido. Por suerte se estaba acabando el año escolar, porque con dificultades pudo pagar los dos últimos meses de la colegiatura de Sayuri.
Miranda se mantuvo al margen y actuaba como si nada estuviera pasando. Dos meses antes de dejar la casa, Santiago despidió al personal de servicio. Su esposa se disgustó mucho y por dos días no le dirigió la palabra. Para no agravar su disgusto, antes de salir a buscar trabajo Santiago limpiaba la casa y hacía el desayuno. Ella cerraba las cortinas de la recámara y decía que tenía migraña. Debido a ese comportamiento Santiago la excluyó de las decisiones.
Con los pocos fondos que logró rescatar de la transacción, Santiago compró otra propiedad, humilde sí, pero que les permitiría tener un techo. La obtuvo gracias a un anuncio aparecido en los clasificados del diario; su dueño la estaba vendiendo por razones de viaje imprevisto, decía que tenía patio con árboles frutales y que estaba cerca de las paradas de buses, en San Miguelito. El precio era muy atractivo, justo lo adecuado para él en esos momentos. Creyó que si tardaba en tomar la decisión la perdería, y llamó al número del propietario.
Al día siguiente fue a conocer la casa, muy temprano. Era una mañana con el sol de un oro pálido, un cielo casi azul y de nubes desflecadas por el viento. Aunque aquella mañana no había viento, solo pájaros escondidos en alguna rama ya desprendida de sus hojas, Santiago percibió que su decisión era acertada. El lugar le parecía tranquilo, silencioso; el patio era en realidad un par de metros de hierba crecida y llantas de auto apiladas, y los árboles frutales se limitaban a un marañón raquítico y a un arbusto de maleza que cobijaba a un avispero; nada parecido a lo que estaban ellos acostumbrados, pero les permitiría salir adelante.
En verdad, el propietario estaba apurado en salir de allí, decía que regresaba a vivir al interior, de donde vino muchos años antes. Hasta accedió a hacerle un buen descuento por las reparaciones y la limpieza que necesitaba la casa. Durante el día realizaron los trámites de compra y venta y por la noche las llaves de la casa eran suyas. Se mudarían al día siguiente.
Cuando le comunicó a Miranda que había vendido la casa, ella se encolerizó; pero cuando supo que ahora eran propietarios de otra casa, en San Miguelito, lo maldijo, gritándole que jamás debió casarse con él. Sayuri, desde el comedor, observaba la discusión de sus padres. Su madre gritaba que ella no se iba a mudar y que de su casa la sacarían con la Policía. Santiago trató inútilmente de hacerla entrar en razón, pero ella estaba ofuscada. Corría por toda la casa, se tiraba sobre los muebles, se abrazaba a ellos y decía:
—¡Son míos y nadie me los va a quitar! ¡Nadie, nadie!
—Mujer, cálmate, entiende la situación por la cual estamos pasando. De alguna manera tenemos que sobrevivir. Ya casi no tenemos ni para comer.
—Estás llamando a la ruina. ¿No te das cuenta de que tu pesimismo nos llevará al infierno?
—¡Soy realista! Quiero que sepas que antes de entregar la casa, voy a vender los muebles y los cuadros para cubrir los gastos de la mudanza y los primeros meses. No sé cuánto tiempo estaré desempleado...
—¡Mis cuadros, nunca! Sabes lo difícil que fue conseguirlos. Ni lo sueñes.
—Ya vendí las joyas y los carros. ¿Con qué crees que hemos vivido estos meses? Somos pobres, entiéndelo, pobres, y los pobres no tienen ni cuadro, ni joyas, ni carro.
Miranda gritó y maldijo con rabia, se lanzó con los puños en alto hacia su marido, dispuesta a golpearlo y en ese instante cayó de sus pies. La sorpresa evitó que Santiago la sostuviera y ella se golpeó la frente con la mesa de centro. Estaba inconsciente. Santiago se llevó las manos al rostro, paralizado por la impresión; no sabía qué hacer. Sayuri corrió hacia donde estaba su madre y solo atinó a preguntar:
—¿Está muerta?
Santiago reaccionó, se acercó a su esposa y le tomó el pulso.
—No, hija, está inconsciente. Llamaré a una ambulancia.
Miranda tuvo que esperar horas en el salón de urgencias del hospital del Seguro Social, que estaba lleno de personas aquejadas de los más diversos males, algunos heridos, otros desmayados. El hacinamiento era espantoso. Los enfermos, uno al lado del otro, sin privacidad, hombres y mujeres. Los familiares de los pacientes se aglomeraban angustiados, algunos hablando por celular en voz alta con otros parientes a los que reportaban las novedades; o quejándose por la poca atención que les brindaban; algunos exigiendo un medicamento o la presencia de un médico. La incomodidad y el ruido alteraban a los pacientes. Las camillas en mal estado, oxidadas, los colchones sucios y las sábanas rasgadas. Describir la sala de urgencias del Seguro Social era realmente difícil; el ambiente, la impotencia, la angustia que se experimentaba allí no se pueden expresar. Quizás si se pudiera elegir una palabra para describir la situación reinante habría que decir: dantesca.
No había cama para Miranda y le consiguieron una camilla. Cuando la acostaron, una rueda se salió. La enfermera y Santiago impidieron que la paciente se cayera. Ella ya había recobrado la conciencia y balbuceaba preguntando, una y otra vez, dónde estaba. Nadie le entendía y por lo tanto, no obtenía respuesta. Se llevaba las manos a la cabeza en señal de desesperación; tenía náuseas y vómitos. No movía el lado derecho de su cuerpo y la mirada la tenía desviada.
Su esposo se quedó de pie al lado de la camilla hasta que el médico llegó. Ella no había podido dormir a pesar de los sedantes que le inyectaron. La sala estaba plagada de sonidos, gritos y quejidos. Lo que menos deseaba escuchar Santiago era el arreglo con la funeraria que hacían los familiares de la camilla de al lado; se quejaban de que habían esperado todo el día para ser atendidos. Cuando el enfermo fue examinado por los facultativos, ya estaba muerto. La justificación del médico fue que los pacientes que acuden a las salas de urgencias sin padecer un problema urgente impiden que el que está realmente enfermo sea atendido con rapidez.
—Alrededor de la mitad de los que vienen aquí son pacientes cuyas condiciones bien pudieron atender sus médicos —agrega el galeno, y sus excusas son como sal sobre la herida de los deudos.
Cuando llegó el neurólogo le realizó a Miranda un examen rápido, pero completo. Fondo de ojos y flexión de cuello. También verificó la presión sanguínea, pulso en todas las extremidades y ordenó un electrocardiograma y una tomografía cerebral. No obstante, la desgracia nunca viene sola: el equipo del Seguro Social estaba dañado y el médico le sugirió a Santiago que hiciera el examen en una clínica privada. Cuando preguntó el costo y el médico le dio un aproximado, bajó la cabeza; no tenía ese dinero.
—No puede ser que mi esposa se muera porque no tengo para pagar este examen…
—Tómelo con calma, déjeme llamar al Hospital Santo Tomás, en ocasiones ellos nos apoyan.
Miranda fue trasladada al Santo Tomás, donde le hicieron los exámenes. Santiago debió salir para atender los trámites de la mudanza, vender los muebles y los cuadros, pagar otros exámenes y comprar los medicamentos de los que carecía el hospital. Cuando contó el efectivo restante se dio cuenta de que solo tenía quince dólares. Si Miranda supiera que por las cuatro pinturas que ella valorizaba en treinta mil dólares solo consiguió novecientos, se moriría de inmediato.
Con el alma destrozada, Santiago tuvo que dejar a sus hijos solos en la nueva casa. Ahora, visto a otras horas, el barrio no era tan tranquilo; se escuchaba música estridente, gritos, y la gente los miró con cara de pocos amigos. Algo más: hasta entonces supo que su casa se hallaba enclavada dentro de los límites de Samaria, un sector conflictivo que todos los días aparecía en la sección de crónica roja de los tabloides. Con razón el dueño anterior parecía tan apurado en cerrar el trato, por eso el precio tan bajo de la vivienda; pero ya no podía echarse para atrás. Solo confiaba en que las cosas fueran mejorando para que pudieran salir de allí muy pronto. Pero primero debía rogar por la curación de Miranda.
Los resultados de la tomografía evidenciaron un infarto cerebral. La mujer debería permanecer hospitalizada en cuidados intensivos durante algún tiempo; los pronósticos de recuperación no eran muy buenos. Él desempleado, y sus hijos solos. No tuvo otro remedio que llamar a su madre.
Doña Antonia no estaba al tanto de la precaria situación de su hijo y, aunque sabía que estaba desempleado, desconocía los últimos acontecimientos. Del teléfono público Santiago la llamó a Monagrillo, pueblo cercano a la ciudad de Chitré donde residía. La señora se acostaba temprano, él lo sabía bien, pero no tenía alternativa. Eran las once de la noche cuando marcó el número; la voz que contestó al otro lado sonó alarmada.
—Mamá, necesito que te vengas para Panamá.
— ¿Qué pasó, hijo? ¿Estás bien?
—No te asustes, pero a Miranda le dio un derrame, tengo que permanecer en el hospital y mis hijos están solos.
—En la madrugada salgo para allá. No te preocupes, voy a rezar mucho, hijo, para encomendarlos a cada uno de ustedes y que todo se arregle.
—Gracias, mamá, te voy a ir a buscar a la Terminal.
—Quédate cuidando a Miranda, yo llego a tu casa.
—…Es que nos mudamos.
—Entonces llego a la clínica. ¿En cuál está?
—No está en ninguna clínica, mamá, sino en el Seguro Social, en urgencias...
—Pues allá llegaré, hijo.
3
La señora Antonia llegó al hospital cerca de las nueve de la mañana, solo con un pequeño maletín en las manos. Discutió con una de las enfermeras que no la dejaba pasar. La confusión reinante en la sala la alteró.
—Mi nuera está hospitalizada en urgencias, con mi hijo, y voy a pasar. He viajado desde muy lejos y no es usted quien va a detenerme. Él está solo y me necesita.
Al ver la determinación de la anciana, la enfermera se encogió de hombros y la dejó pasar. La recién llegada fue de cama en cama hasta encontrar a su hijo. La camilla de Miranda estaba arrinconada en una esquina cerca del baño. Santiago, al verla, se acercó y la abrazó fuerte. En los brazos de su madre se sintió como un niño abandonado por la suerte. Un año atrás su situación era muy diferente. Estaba tan ocupado que casi no la llamaba; ahora, abatido por las circunstancias, no había tenido otro remedio que recurrir a ella.
Santiago le pidió que se sentaran en la sala de espera, necesitaba desahogarse con alguien y quien mejor que su madre.
—Hijo, ya que no recurriste a mí, ¿por qué no le pediste ayuda a tus amigos?
—¿Cuáles, mamá? Cuando estás desempleado, tus antiguos amigos te abandonan, por miedo a que les pidas un préstamo.
—Te siento resentido y amargado.
—No, mamá, lo que estoy es preocupado. Cada vez que le administran un medicamento a Miranda, tiemblo. Recuerdo que en el 2006 se produjo la muerte de más de trescientas personas por medicamentos envenenados con dietilene glycol. Eso fue un verdadero desastre y los culpables se pavonean aún por todo el país, como si nada hubiera pasado.
—En eso tienes razón, hemos perdido la confianza. Yo le temo también a los medicamentos genéricos. Los funcionarios del Seguro Social dicen que son iguales, pero no se los darían a sus abuelas. Creen que el pueblo es pendejo. ¿Cómo van a hacernos creer que un medicamento que cuesta diez centavos es igual a otro que vale dos dólares?
—Mamá, voy a llevarte a nuestra nueva casa para que te quedes con los niños. Tengo que advertirte que es muy humilde. No quiero que te impresiones.
—No te preocupes, hijo.
La señora Antonia nunca se imaginó que Santiago se trasportaría en bus y menos en un diablo rojo. Ella, en su juventud, lo hizo muchas veces cuando viajaba a Panamá, pero desde que mejoró la situación de su hijo, no volvió a hacerlo. Con el corazón oprimido por la tristeza y el miedo abordó el transporte público, que a esas horas iba abarrotado de pasajeros. El secretario del conductor les gritó para que se dieran prisa. Recordó el accidente del lunes 23 de octubre de 2006, cuando un incendio consumió en escasos minutos un autobús y provocó la muerte de dieciocho personas. Nunca se supo a ciencia cierta lo ocurrido, algunos aducen que fueron desperfectos mecánicos; otros que simple codicia de quienes lucran con las necesidades del pueblo. El sonido estridente de la música interrumpió sus reflexiones. No compartió esa preocupación con su hijo; ya tenía bastante con la tragedia que estaba viviendo. En la parte trasera, dos mujeres discutían con palabras obscenas; minutos después comenzaron a golpearse. El conductor detuvo el bus y el secretario a empujones las bajó. Santiago estaba tan perturbado que su madre sintió pena por él.
En la relación entre su esposa y su madre Santiago siempre estuvo entre la espada y la pared. Reconocía que doña Antonia tenía la razón, pues desde que Miranda la conoció demostró un enorme desprecio por ella. El gesto altivo y displicente de su mujer le hizo recordar a Santiago la humillación de la que fue objeto cuando el padre de Miranda le preguntó la procedencia de su familia. Cuando le dijo que su padre había muerto y que su madre era una humilde ama de casa en Monagrillo, el señor Arango se encolerizó y le advirtió que nunca permitiría que se casara con Miranda. Lo largó de la casa sin contemplaciones. Ese día Santiago juró que se casaría con ella a cualquier precio; y así lo hizo meses después. Nadie de los Arango asistió a la boda, pero a él eso lo tenía sin cuidado. A ella sí le afectó, y a cada momento miraba hacia atrás, esperando que llegaran sus parientes.
Al poco tiempo se supo que desheredaron a Miranda. Aunque la familia estaba virtualmente arruinada, conservaba algunas propiedades. Ni siquiera cuando nació Sayuri pudo darse la reconciliación. Por eso ella culpaba a su marido una y otra vez. Los señores Arango fallecieron en un accidente de aviación, sin perdonarla. Al sepelio asistió sola, y debió presenciar la ceremonia desde lejos, como una extraña y no como una hija.
Poco tiempo llevaban de casados cuando se produjo la primera riña entre suegra y nuera; Miranda le dijo que ella era chusma, que era ignorante, que carecía de educación. Antonia se defendió, porque, si bien no tenía título universitario, no era una ignorante, al contrario. Santiago tuvo que intervenir, pero a partir de ese día ambas se distanciaron. Él llevaba a los niños a ver a la abuela, pero esta jamás aceptó visitarlos sin que Miranda la invitara.
Ahora, doña Antonia sabía que era el momento de deponer las armas. Por mucha antipatía que sintiera por su nuera, su hijo la necesitaba y ella estaba dispuesta a cualquier sacrificio para ayudarlo a aligerar la carga. Santiago venía inmerso en sus pensamientos y, como conocía muy poco esas calles, casi se le pasa la parada, lo que motivó el disgusto del conductor, quien le advirtió que anduviese más despierto.
Al llegar a la casa, doña Antonia preguntó cómo se llamaba el barrio.
—Estamos en el distrito de San Miguelito, mamá, y este lugar se llama Samaria.
—Samaria… como en la Biblia.
—No, mamá, este es un barrio muy peligroso.
— ¿Por qué te mudaste aquí?
—Digamos que era lo único que podía comprar con el poco dinero del que disponía, pero no te preocupes, en este barrio también hay gente muy buena.
—No lo dudo, hijo, no lo dudo.
Sayuri se alegró mucho al verlos llegar, en especial, por la presencia de su abuela.
—Querida abuelita, tu visita es lo único de lo que podemos alegrarnos.
Doña Antonia abrazó a su nieta, ella era su preferida. Dicen la mayoría de las abuelas que no tienen nietos favoritos, pero ella sí lo tenía, aunque no lo confesara. Sayuri mostraba tanto amor por su abuela que despertaba los celos de Miranda, quien le reclamaba, en tono airado, que quería a esa vieja más que a ella. La niña no le hacía caso y eso disgustaba mucho más a su madre.
Tener a mi abuelita con nosotros me quita un poco la tristeza. Ella es muy bonita, no aparenta la edad que tiene, tal vez porque es delgada y ágil. Siempre está alegre y sonriente. Es muy presumida y no sale de la casa si no se arregla. También es muy buena y me quiere mucho. Se acaba de ir a la tienda con mi papá para comprar algo de comida. Estoy segura de que nos va a hacer una comida muy buena. Ella ni me creía cuando le dije que solo comemos una vez al día. Se hizo la fuerte para no llorar, pero le vi los ojos aguados cuando me abrazó y al oído me dijo que nunca más pasaríamos hambre. Me contó que recibe de su pensión un cheque de trescientos cuarenta dólares, que aunque es poquito por lo menos para comer nos va a servir. Yo sé que ella va a arreglarlo todo, es una mujer sabia, eso lo dice siempre mi papi.