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La cárcel del temor

by

Rose Marie Tapia

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

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Editora-autora

Título: La cárcel del temor

Copyright © 2003 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.





1

Sofía se detuvo y un grito aterrador escapó de su garganta. Justo antes de que se produjera la terrible escena que yo no olvidaría jamás. Ella había estado paseándose por la terraza trasera de la casa, sin que nada presagiara ese momento. Como respondiendo al impulso de un resorte, me levanté para ayudarla, pero ya Melissa salía corriendo de la habitación de su madre. Con aplomo, levantó la barbilla de Sofía, le abrió la boca y contó en voz alta diez gotas que salían del frasco que traía en la mano; finalmente volvió a cerrarle la mandíbula, ordenándole.

—Traga, Traga.

Sofía se resistió y balbuceó sonidos indescifrables. Se deslizó y cayó de espaldas. El aire no le llegaba a los pulmones, había perdido el control del movimiento de los ojos que giraban y giraban enviando centenares de imágenes desiguales a su cerebro, amalgamando la sensación de asfixia con una completa confusión visual.

Me arrodillé junto a mi prima. Sofía convulsionaba, el pecho parecía rígido, por lo que respiraba con mucha dificultad, su rostro estaba azuloso y sudaba a chorros. Cuando la agonía alcanzaba el punto límite, el aire encontró por fin la manera de entrar a llenar sus pulmones. Sin embargo, lo que más me impresionó fue la expresión de sus ojos. ¡Qué pavoroso cambio en su mirada! Ya no era vivaz y alegre, sino quieta y congelada, detenida en la contemplación de un terror definitivo. No lloraba, el llanto es una descarga de la emotividad y ella estaba paralizada por el temor.

Minutos después, Sofía comenzó a recuperarse, a medida que su respiración se normalizaba, las lágrimas empapaban su pálido rostro. Con una breve disculpa hizo un esfuerzo para ponerse de pie. La abracé y la ayudé a levantarse.

—No tienes que disculparte. Quiero pedirte que siempre que sientas miedo, pienses en todas las personas que te queremos y tengas la seguridad de que estaremos a tu lado para ayudarte.

Melissa le trajo a su madre un té de tilo, el que fue tomando muy despacio. Consideré entonces que era hora de retirarme, pues el cansancio se me hacía cada vez más evidente. Fueron muchas las emociones experimentadas aquella tarde y me agobiaba la visión de la agonía que estaba viviendo una mujer que, desde niña, siempre había conocido como independiente, capaz y brillante. ¿Cómo era posible que una enfermedad la pudiera dejar en ese estado de indefensión?

Al despedirme de Sofía y de sus dos hijas, Vielka y Melissa, me prometí que no descansaría hasta sacarla de ese negro abismo en que se hallaba sumida por la desesperanza y el desaliento.

Mientras manejaba de regreso al hotel, ya sin testigos, dejé fluir las lágrimas que había contenido frente a mi prima. Era una batalla terrible la que tenía por delante; por eso me permití llorar, para no tener que hacerlo más adelante.

La enfermedad de Sofía comenzó a manifestarse un día mientras redactaba una sentencia que tenía que estar lista a las dos de la tarde. Desde hacía varias semanas trabajaba en el expediente de uno de los hombres más influyentes de la región, muy amigo de los militares que gobernaban en ese entonces. Cuando se trataba de ejecutar un veredicto justo no le temblaba la mano. Sin embargo, un ligero estremecimiento la hizo dudar.

Ángel, el secretario, entró en la oficina. Tenía seis años de trabajar con ella.

—¿Se siente mal, licenciada? La veo muy pálida.

No te preocupes, estoy bien. Toma nota que voy a dictar sentencia.

En unos pocos minutos terminó la resolución y le solicitó al secretario que notificara a las partes. En ese momento entró el perito, ella lo había citado para tratar un secuestro de bienes. En el momento en que Sofía se levantó para buscar los documentos del caso, sintió un fuerte mareo y se apoyó del escritorio. Ángel corrió, la sostuvo, la ayudó a sentarse y le pidió al perito que consiguiera agua.

—Ya se lo dije licenciada, usted no se encuentra bien. ¿Desea que llame a un médico?

—No te preocupes, tiene que ser el exceso de trabajo. Este fin de semana voy a descansar y verás que el lunes vengo como nueva.

Sofía se incorporó, respiró profundo, bebió un vaso de agua y salió de la oficina en compañía del perito. Llegaron al negocio en donde se iba a ejecutar la incautación. El ambiente era hostil, el dueño había sublevado a los empleados e impedían que ambos hicieran su trabajo. Ella salió a la calle y llamó a los policías que, previsoramente, había llevado por si las cosas tomaban el rumbo de la violencia.

En pocos minutos se consumó el procedimiento de embargo. El perito hizo el inventario, Sofía firmó el documento y le entregó al dueño una copia. El individuo, afectado por el procedimiento legal, profería maldiciones en contra de Sofía. Esa era la rutina en su trabajo y ella no las tomó en cuenta. Gajes del oficio, como siempre decía.

Después de realizada la diligencia judicial, y de firmar algunos documentos en el juzgado, se fue a su casa. Mientras caminaba hacia el taxi que se había detenido ante una seña suya, sintió que todo le daba vueltas. Una ola de calor le subió a la cabeza, la mareó y le generó náuseas. Además, tenía palpitaciones, temblor de las extremidades, visión borrosa y resequedad de la boca. El diafragma contraído le producía un intenso dolor. Recordó la muerte súbita de su padre. Él había fallecido de un ataque cardíaco. Tan pronto estuvo dentro del taxi, le pidió que la llevara al consultorio del doctor Saavedra, el mismo cardiólogo que atendió a su padre.

Sofía entró corriendo al consultorio del galeno y le dijo a la auxiliar que estaba infartada. El doctor se sorprendió al verla llegar. Ella no lo había consultado antes y la vio muy nerviosa. Procedió a hacerle unos exámenes urgentes y en menos de media hora tuvo en su escritorio los resultados. Todos demostraban que la paciente no estaba enferma.

—Tu corazón está en perfecto estado.

—Entonces, ¡qué me está pasando!

—No te preocupes, puede ser el estrés. Procura descansar este fin de semana y si los síntomas continúan, me llamas.

—Gracias, espero que estas molestias sean pasajeras.

Sofía se retiró más tranquila. En un inicio pensó que iba a morir. No obstante, el médico la tranquilizó. Llegó a su casa y se retiró a descansar sin cenar. Pasó el fin de semana en reposo. Era una mujer responsable y siempre había sido muy sana. Tenía que cuidarse, sus hijas la necesitaban.

Llegó el lunes y con ello los trajines de la rutina. Por la tarde, un amigo abogado llegó a su oficina con un aire de misterio que rayaba en lo ridículo.

—Tengo algo muy delicado que comunicarte, pero me tienes que prometer que no se lo vas a decir a nadie.

—¿A qué se debe tanto misterio? Tú sabes que a mí esas cosas no me gustan.

—Si me prometes que no lo vas a comentar, te lo digo. ¡Estás en grave peligro!

—¿Peligro? No seas dramático.

—Esta vez pasaste las fronteras de la audacia. En tu cruzada por la justicia, afectaste a un “mono gordo”, amigo de nuestro jefe.

—Ya me cansaste con tanto misterio, te prometo que no voy a decir nada, pero desembucha.

Era extraño que Sofía se expresara en esos términos, pero estaba muy disgustada. El joven abogado se acercó.

—Te abrieron un expediente y andan buscando testigos falsos para perjudicarte. El jefe quiere tu puesto para un compinche de él, una persona manipulable.

—Disculpa que me ría en tu cara. Sabes que tengo catorce años de estar haciendo este trabajo y un jefe de pacotilla no es el que me va a amedrentar. No, querido, ni lo pienses. Y ahora te vas, pues tengo mucho trabajo por delante.

Poco después atendió a un hombre que gritaba para manifestar su descontento por la pensión alimenticia que ella le había asignado. Con toda la paciencia que la caracterizaba le explicó al desconsiderado padre las necesidades de su familia. Él no entraba en razones y le profirió una serie de amenazas. Para Sofía esos incidentes eran el pan de cada día. Ya estaba acostumbrada, no obstante, cada día era menos tolerante.

Después de contestar la llamada, su secretario le anunció mi visita. Entré sin saludar. Sofía se asustó, ella admiraba mucho mi cordialidad y buen humor.

—Elena, ¿qué te sucede que estás tan descompuesta?

—¡Vengo a decirte algo muy delicado! Cierra la puerta con llave.

—No me asustes y habla de una vez.

—Una de mis clientas trabaja con tu jefe y me informó que éste tiene un expediente en contra tuya y que está buscando testigos falsos para encarcelarte.

—No podrá hacerlo, no he cometido ningún delito.

—Pisa tierra mujer, tú sabes cómo se manejan las cosas en este país. No siempre se impone la justicia.

—¿Qué motivo podrá tener para querer perjudicarme?

—Quiere tu puesto para nombrar a un títere que él pueda controlar.

—Lo que más me preocupa es que acabo de recibir la misma advertencia de un colega.

—Ándate con cuidado. Ese hombre es peligroso. Fíjate que salí de mi oficina para advertirte el peligro.

—Gracias, no sabes cuánto te lo agradezco.

Sofía continuó con sus labores hasta terminar lo pendiente. Faltaban cinco minutos para su salida y se apresuró para llegar a la universidad, donde tenía que dar una charla sobre derecho laboral. Llegó unos minutos antes y realizó algunas anotaciones. Tan pronto la presentaron, se paró frente al podio y miró al auditorio. Fue en ese momento cuando un fuerte dolor le oprimió el pecho, las palpitaciones y la agitación hicieron que se tambaleara. Se apoyó de la tribuna y respiró profundo. La boca la tenía seca, la vista se le nubló. Cayó de sus pies, inconsciente. Cuando despertó, el doctor Saavedra la inyectaba, en su clínica.

—Doctor, ¿qué me pasó?

—No te asustes, solo te desmayaste.

—¡Cómo no me voy a asustar, si esto me ha pasado ya varias veces! En uno de estos desmayos me voy a quedar.

—No tienes de qué preocuparte. No es nada grave. Creo que son tus nervios y deberías consultar a un especialista.

—¿A un sicólogo?

—No, a un siquiatra. Pienso que tu problema no es de conducta, es un problema mucho más serio que debe ser evaluado por un médico especialista.

Sofía no contestó. Estaba decidida que si para recuperar la salud debía ir donde un loquero, así lo haría y le preguntó al doctor Saavedra

—¿Me puede recomendar alguno?

—Sí, te voy a dar una lista de cuatro. De esos escoge el que más te guste. Tienes que encontrar un médico que te inspire confianza.

Ninguno de los siquiatras le gustó, pues la trataban como paciente hipocondríaca y no le hacían ningún caso. A partir de ese momento su vida fue un calvario. De médico en médico, sin encontrar respuestas para sus múltiples síntomas. Físicamente parecía no tener nada, pero en su mente se cernía una amenaza, la amenaza de muerte inminente y, para complicar la situación, ya de por sí insostenible, aparecieron las fobias. Cada vez que salía de su casa, se sentía en peligro. Comenzaba a temblar, a sentir sofocos y palpitaciones. Todo eso cesaba al entrar en su recámara.

Una tarde en su trabajo, comenzó a sudar mucho, se levantó del escritorio y fue al baño. Abrió el grifo del lavamanos. Es lo último que recordaba. La recepcionista la encontró tirada en el suelo. La llevaron al hospital y la atendió un neurólogo. El doctor Mejía esperó que volviera en sí y le pidió que le contara su historia clínica. Estuvieron varias horas conversando; también le preguntó por los medicamentos, ella los sacó del bolso y se los mostró. El médico puso en una bolsita una muestra de cada uno para analizarlos. Le dio de alta y le pidió que fuera a consulta al día siguiente.

Sofía llegó a su casa, donde la aguardaban sus hijas, alarmadas, pues la secretaria de la universidad se había comunicado con ellas para decirles que su madre estaba en el hospital. Sofía las tranquilizó y cenó con ellas. Una hora después se acostó a dormir, pero no logró conciliar el sueño. Estaba muy preocupada y no sabía cómo resolver su problema de salud.

A la mañana siguiente no fue a trabajar, pues tenía cita con el neurólogo. Le hicieron una tomografía computarizada y varios análisis de laboratorio. Después de dos horas de angustiosa espera, el médico la hizo pasar a su consultorio. Sofía se sintió atemorizada al contemplar el rostro sombrío del galeno al saludarla, no obstante, contestó el saludo con una sonrisa. El médico se levantó y buscó una bolsa que contenía los medicamentos que Sofía le había entregado el día anterior.

—Este medicamento estaba descompuesto, el almacenamiento no fue el indicado y la exposición al calor afectó sus componentes y te ha ocasionado un desnivel químico en el cerebro.

—¡Entonces ya sabe lo que tengo!

—No es tan fácil, esto justifica ciertos síntomas, mas no todos.

—Necesito que me dé unos días de incapacidad, me siento muy mal.

—No hay problema, te daré una semana y después de ese tiempo vienes para volverte a evaluar; además tengo otros exámenes que ordenarte.

Tan pronto salió del consultorio, Sofía se fue directo a su casa. Entró en su recámara. Noelia, su empleada, le tuvo que llevar la comida a su habitación, pues ella no quiso salir. Llamó al laboratorio para que enviaran un técnico a su casa a extraerle la sangre para el resto de los análisis que le había ordenado el doctor Mejía. Se quedó toda la semana sin salir.

El día de la cita con el médico se levantó temprano para bañarse. En el momento en que abrió la ducha no salió agua; ella se quedó observando y de pronto comenzó a gritar horrorizada, pues en vez de líquido cayó un montón de serpientes sobre su cuerpo. Melissa y Vielka la encontraron paralizada por el horror, sin que pudiera articular palabra alguna.

Esta vez Melissa la acompañó a la cita con el médico, ya que en lo referente al cuidado de su salud, no contaba con su esposo. Le explicaron al doctor Mejía los últimos síntomas. El médico permaneció pensativo por varios minutos y le dijo a Melissa que lo acompañara a la otra oficina, que tenía que hablar con ella. Sofía se quedó en el consultorio, presa de mil pensamientos contradictorios, hasta que no aguantó más y salió al pasillo en busca de su hija y del médico. De repente experimentó una sensación de que algo muy malo estaba por ocurrirle, miró a su alrededor buscando una puerta para salir, pero no la encontró. Su vista se fue nublando, el sudor le corría por todo el cuerpo, las manos las tenía dormidas y esa misma sensación le fue subiendo de pies a cabeza, quería huir y no podía. Entonces gritó con todas sus fuerzas y cayó de bruces.

El doctor Mejía y Melissa llegaron corriendo. Sofía trataba de levantarse, pero volvía a caer. El médico la ayudó y la pasó al consultorio, donde le tomó la presión y el pulso. Después de un rato afirmó.

—¡Ya sé lo que tiene!

—¿Qué tiene mi mamá?

El doctor Mejía guardó silencio esperando que Sofía reaccionara. Ella se incorporó de la camilla donde el médico la había acostado y reclamó una respuesta.

—Doctor, tengo más de seis meses de estar de médico en médico sin que sepan lo que tengo. Siempre he pensado que es algo malo, pero su silencio me hace temer lo peor.

—No se asuste que de esto no se muere nadie. Su enfermedad es muy delicada, pero su vida no está en peligro. Sobre todo si controlamos los estados depresivos que puedan causar que se abandone y no quiera comer. Mire lo delgada que está.

—Por favor vaya al grano. No se da cuenta de que estoy desesperada.

—Lo que usted tiene se llama agorafobia con ataques de pánico.

—¿Qué es eso?

—Se trata de miedo a estar en lugares o situaciones donde la salida pueda ser difícil. En estos casos, la persona experimenta vértigo o temor a caer en una sensación de irrealidad, miedo a perder el control de la vejiga o de los intestinos o a vomitar. También se niega a viajar y siente una intensa ansiedad cuando se encuentra en supermercados, auditorios, aglomeraciones o transportes públicos.

—Doctor, ¿y qué es lo que me causa esa enfermedad?

El doctor Mejía se incorporó, pensó unos instantes, luego, levantó el tono de su voz y afirmó.

—Amiga mía, aún no nos hemos puesto de acuerdo en los orígenes del mal, aunque creemos que hay cierta predisposición genética, combinada con factores bioquímicos y traumas.

—¿Se cura esta enfermedad?

—Claro, contamos con tratamientos químicos y con terapias que ayudan a mejorar la calidad de vida del paciente. En esto se ha avanzado mucho últimamente.

—Tengo tanto miedo a enloquecer, o a que me dé un infarto.

—Esas sensaciones son síntomas del ataque de pánico.

—Cuando venía para el consultorio tenía ganas de salir corriendo, en el único lugar que me siento a salvo es en mi cuarto.

—No se preocupe, creo que puedo ayudarla. Desde hoy mismo vamos a comenzar un tratamiento con medicamentos y le voy a recomendar un buen siquiatra.

Ambas mujeres se retiraron del consultorio del médico y llamaron un taxi. En el camino, Sofía estuvo a punto de lanzarse del carro en marcha. Melissa, aterrada, llevaba a su madre sujeta por el brazo y no la soltaba. El conductor, inquieto, las observaba por el espejo retrovisor; tan pronto bajaron, el hombre salió a toda velocidad. Esta fue la última salida a la calle de Sofía. Se encerró en su casa como quien se entierra en vida.

A la mañana siguiente me llamó y me dijo que había contemplado la idea de renunciar. Sabía el peligro que ella corría y le dije que era una medida inteligente, ya que ella no estaba en las condiciones físicas ni emocionales para emprender un combate abierto contra la corrupción.

Entre los factores que contribuyeron a que Sofía enfermara estaba el de la presión laboral. Tenía tres empleos; sin embargo, su labor como jueza fue lo que más le afectó. Cuando se dicta un fallo, siempre la parte que pierde queda disgustada con el juez. Esas personas si son influyentes se convierten en enemigos peligrosos. Esto cobraba mayores dimensiones en un país en el que entonces el poder se ejercía desde los cuarteles militares. El cargo que ella desempeñaba era muy codiciado por sus colegas abogados, lo que hizo que en torno a ella se creara una imagen nefasta, con el fin de perjudicarla y obligarla a renunciar. Fue de ese mondo como su jefe se convirtió en un conspirador, el más solapado y peligroso. Todo esto contribuiría a desatar la enfermedad que la obligaría a permanecer prisionera del temor

En la penumbra de su recámara, Sofía redactó su renuncia y la envió a la oficina para que se la entregaran al jefe. El perverso funcionario sonrió complacido y consideró el hecho como una victoria personal. De inmediato ordenó archivar el expediente que había abierto en contra de Sofía y mandó a llamar a quien había de reemplazarla: una marioneta sobre la que tendría todo el control desde ese instante.

2

Cinco años después de su renuncia, Sofía no experimentaba una mejoría. Yo me había trasladado para la cuidad capital y la comunicación era ocasional. Aunque nos escribíamos, ya no era lo mismo. El primer año viajé tres veces a visitarla, al año siguiente solo pude hacerlo una vez.

Había llegado un día antes de la capital. Era un 8 de diciembre, fecha en que Panamá celebra el Día de las Madres. Detuve el automóvil y caminé hasta la puerta de la residencia de Sofía. Tan pronto pulsé el timbre escuché unos pasos; era ella, quien me recibió con la misma alegría de tiempos anteriores. La encontré arreglada, como si fuera a salir a una elegante reunión y eso me animó, pues percibía en ese detalle cierta mejoría. Vestía un juego de pantalón, ancho, estampado con colores rojo y amarillo, resaltando su piel blanca. Era muy bella, sonreía con los labios entornados dejando ver una boca de dientes blancos y perfectos. Sus ojos verdes eran vivaces y expresivos, sus cabellos rojizos, rizados y abundantes. Era una mujer que, a pesar de su enfermedad, se mantenía joven.

Me acerqué para saludarla. Me recibió con un fuerte abrazo y una amplia sonrisa. Admiraba la capacidad de Sofía de sobreponerse a la desventura. El tiempo a su lado pasaba casi sin advertirlo. Ella era muy buena anfitriona, los chistes que contaba eran de lo más graciosos, el tono de su voz semejante a un cascabel. Era muy difícil imaginar que esta mujer pasaba días y días sumida en la más lamentable de las depresiones.

Desde que nos conocimos nos tratamos como hermanas; aunque Sofía era más joven, siempre tuvimos intereses en común. Mi madre la quería como a una de sus hijas. Cuando Sofía se casó, mi madre fue su madrina de bodas. Cada vez que ella tenía algún problema, mi madre la aconsejaba. Sofía me invitó a sentarme y comenzó a conversar sobre los temas obligados del pueblo. En ese momento reparaban las calles y le comentaba que ese era el precio del progreso y lo incómodo que era desplazarse, pues muchas vías estaban cerradas. Observé a Sofía ausente.

—¿Cómo te has sentido? ¿Has podido superar tu problema?

—No es fácil, esta enfermedad es tan compleja. No solo tengo que luchar con la enfermedad, sino con la incomprensión de mucha gente.

Sofía guardó silencio, su rostro se ensombreció por la tristeza de sentirse víctima del desconocimiento de muchas personas que le ponen calificativos despectivos a conductas que no entienden. Me dijo que cuando ella manifestó sus primeros cambios de conducta fue tachada de rara, la gente nunca imaginó lo enferma que estaba. Para la mayoría de las personas la normalidad es un asunto de consenso. Hay situaciones gobernadas por el sentido común y otras situaciones se van imponiendo, pues la gente cree que debe ser así y la actitud colectiva las va asignando sin que nadie se atreva a cuestionarlas, simplemente hay que comportarse así. Lo aceptan y asunto resuelto. Cuando una persona es diferente, para no ser excluida y calificada de perturbada, procura ser igual a todos; al forzarse a ser igual vienen las neurosis y las sicosis, las que nos pueden convertir en verdaderas dementes, por no tener el valor de conservar la personalidad propia.

Me aproximé a Sofía y afirmé.

—No quiero caer en lo mismo. Necesito que me expliques lo concerniente a tu enfermedad, pienso que puedo ayudarte si comprendo qué es lo que te está pasando.

Ella se levantó de la silla, buscó un vaso de agua y se lo tomó despacio. Respiró profundamente, como para captar la energía necesaria para iniciar el relato de su terrible mal. Me contó que sufría de agorafobia y me repitió la información que le había proporcionado su médico.

Al escuchar sus explicaciones, de inmediato me di cuenta de que estaba muy bien informada de su problema de salud. Esto me pareció muy conveniente porque cuando el paciente se interesa por conocer su enfermedad deja de ser parte del problema para convertirse en factor activo de la curación. Me incorporé en la silla y pregunté.

—¿Saben los médicos cuál es el origen de esta enfermedad?

—Sí lo saben, aunque les tomó varios meses averiguarlo. Ellos me explicaron que es una combinación de factores genéticos, alteraciones bioquímicas, además de algunos traumas sicológicos.

Conversamos por varios minutos, tratando de encontrarle una solución a esa situación tan asfixiante e insoportable. No tenía secretos para conmigo, sabía de sus sufrimientos, de lo difícil que habían sido las limitaciones económicas y los esfuerzos que hicieron su abuela y su padre por educarla.

En nuestra conversación revisamos las posibles causas de esa enfermedad y conversamos sobre los sufrimientos involucrados y que habían incidido de una manera directa en el agravamiento del síndrome de pánico. Intuí que a pesar de los pronósticos no muy alentadores, podía ayudar a mi prima. La liberaría, a como diera lugar, de esa terrible cárcel.

Había algo en Sofía que me inspiraba una gran admiración; por un lado, su valor para enfrentar sin el apoyo de su esposo un mal tan terrible y, por el otro, la indefensión que ella reflejaba. Eran tan antagónicos esos comportamientos, uno era producto de la mujer maravillosa que siempre fue y el otro la secuela implacable de un padecimiento aterrador y desconocido.

Temía que Sofía se resignara a su suerte. La resignación es un rasgo característico de los enfermos deprimidos. Me levanté y caminé por la terraza de su casa. No sabía cómo ayudarla; sin embargo, tenía la fuerza y la determinación necesaria para hacerlo. Me acerqué a Sofía. Ella levantó la cabeza.

—Elena, cada vez que reflexiono sobre mi vida, lo único que veo es sufrimiento y más sufrimiento, no deseo continuar, me da miedo. Mi pasado ha sido muy doloroso, mi presente y futuro son aterradores.

—Sofía, cuando te duela mirar atrás y temas mirar al frente, mira a tu lado, allí estamos todos los que te queremos.

Sofía sonrió. Además de la tristeza que se advertía en el fondo de sus ojos, también se podía apreciar un velado conformismo.

—¿Estás dispuesta a luchar por recuperarte?

—No estoy lista para esa lucha tan feroz, estoy enferma.

Pude palpar el sufrimiento de la angustiada mujer, pero sabía que muchas personas no hacen algo para eliminar el dolor de sus vidas porque no se creen merecedoras de la felicidad. Otras prefieren cualquier cosa antes de enfrentar los desafíos que implica el cambio. Debía hacer que Sofía reaccionara.

—Cuando menos lo esperamos la vida nos enfrenta a un desafío que pone a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad. En ese preciso momento no sirve decir “no me siento preparada” o “estoy enferma”. Decide si aceptas o no tu destino. Es un asunto de control y elección, es una decisión. Tenlo presente.

Una luz inexplicable brilló en sus ojos verdes, una luz que nació de la esperanza, sentimiento que nunca la había abandonado, aún en los momentos en que caminaba bajo la sombra de la enfermedad y el desánimo.

La fe también contribuyó a sostenerla en las peores crisis. En muchas ocasiones cuando enfrentó situaciones amenazantes, como la exaltación física del pánico y el abismo de postración de la depresión, no hubiera sobrevivido sin su fe en Dios. Había pasado noches oscuras, agonías lentas, soledades y depresiones con sus consecuentes desamparos y desventuras; sin embargo, en esos momentos, el amor a Dios y a sus hijas le permitió luchar y no abandonarse a pesar de sentirse tan débil y desesperanzada.

Repetí la pregunta; Sofía, quien se mantenía en silencio, afirmó.

—Nunca voy a perder la esperanza, ella me ha mantenido viva todo este tiempo. Además estoy segura de que algún día podré controlar las manifestaciones de mi enfermedad. Me gustaría mucho que fueras tú quien me ayudara.

La abracé y respondí.

—En todo momento contarás conmigo. Vamos a trabajar muy duro en tu recuperación. Aunque no podamos vencer del todo a este flagelo, estoy segura de que lo controlaremos para que logres superar las manifestaciones que te mantienen confinada a estas cuatro paredes. Recuerda que quien vence la pena se hallará siempre libre de ella.

La expresión del rostro de Sofía se había transformado; sin embargo, no me hice muchas ilusiones. Sabía que las personas deprimidas en ocasiones se inflan de entusiasmo y cuando se presenta el desaliento se desinflan sin más ni más. No obstante, en estos casos hay que ser muy perseverantes y comprensivos para no maximizar las angustias y presiones que sufren estos enfermos.

En ese preciso instante llegó Melissa. Era una muchacha alta, de piel blanca, cabellos dorados, ojos verdes, tan bella como su madre. No solo había heredado el aspecto físico de su progenitora, sino su entereza y fortaleza. Siendo una adolescente tuvo que luchar a brazo partido para ayudar a su madre a soportar tan cruel enfermedad. Era su aliento en los momentos de desesperación y soporte cuando desfallecía y no podía mantenerse en pie.

Melissa había sufrido uno a uno todos los tormentos y padecimientos que experimentaba su mamá, muchas veces sintiéndose impotente, pero sin dejar de estar siempre a su lado. Sofía no hubiera sobrevivido sin la ayuda y el apoyo de sus hijas. Ellas fueron su sostén en los momentos más espinosos, el refugio en sus momentos de dolor y el consuelo en las prolongadas depresiones, en las que llegó a pensar que no valía la pena seguir viviendo.

De una de las habitaciones salió Vielka, su otra hija, de piel cobriza clara, cabellos negros, ojos profundos y expresivos que se abrían con cierto asombro, como si descubrieran por primera vez todas las cosas. Esos ojos abiertos al mundo, iluminados por una gran alegría, estaban enmarcados por un rostro lleno de bondad. Las dos hermanas se complementaban en virtudes; una fuerte y valiente, la otra tierna y cariñosa. Sofía tenía en sus hijas todo lo que necesitaba para superar su desventura. Era la ley de la compensación.

Reunidas en la sala conversamos por varios minutos, mientras observaba cómo las hijas de Sofía atendían a su madre. De algo estaba segura: Dios no abandona a nadie, no todo estaba perdido. Si todas las personas que queremos a Sofía, trabajáramos por su recuperación, estoy segura de que lograremos, me dije para mis adentros.

Sofía se asomó a la ventana y observó que un auto se detenía. De inmediato reconoció a Daniel, su esposo. Palideció y un ligero temblor le recorrió todo el cuerpo. Advertí su turbación.

El hombre entró y me saludó con timidez, caminó con premura y se fue directo a su recámara. Sofía respiró más tranquila. Ella temía que su esposo me hiciera una grosería. Más de veinte años en esa angustia cada vez que recibía una visita. Sabía que era capaz de largar a los visitantes y de comportarse como todo un bárbaro. Recordó que en una ocasión la visitó una amiga y él le dijo que tenía cinco minutos de plazo para que se fuera. Si no, él la echaría. Víctima de la peor de las angustias Sofía le había pedido a su amiga que se retirara.

Me senté al lado de Sofía e intenté fortalecerla.

—Lo único importante en estos momentos es tu rehabilitación. No permitas que nada se interponga.

Nunca confié en Daniel; recuerdo el día que Sofía me lo presentó: él no me miró a los ojos. Sofía en búsqueda de ese amor que toda persona solitaria anhela, se enamoró del hijo único del jefe de su padre. Puso en él todas sus ilusiones y una vez más la vida le jugó una mala pasada. Daniel, era un hombre sombrío, introvertido y celoso; todo lo opuesto a Sofía. Ella era alegre, risueña, extrovertida y con gran capacidad de liderazgo.

Daniel debió haber sentido envidia por los logros de la mujer que eligió como esposa. Sofía en un inicio no percibió estas diferencias. Cuando las mujeres se enamoran piensan que el hombre que ellas aman va a cambiar cuando se convierta en su esposo. Las personas no cambian; en el mejor de los casos mejoran un poco. En el caso de Sofía, las cosas se complicaron todavía más después del matrimonio. Con su enfermedad los problemas en el hogar se agudizaron, a pesar de que ella trató de salvar lo insalvable. Las discusiones, los gritos, las amenazas eclipsaron la felicidad de ese hogar. Sofía se refugió en el trabajo, en la atención a sus hijas, pero el tiempo pasó y las heridas que provocó la relación se hicieron cada día más lacerantes. Esa unión que hubiera podido ser feliz se convirtió en un infierno sin salida. Qué escaso es nuestro poder para construir puentes que zanjen las distancias que nos separan. Sofía y Daniel vivían juntos físicamente, pero a una gran distancia emocional.

Sofía consideraba los actos de violencia como hechos normales y se responsabilizaba a sí misma de ser la provocadora de esas situaciones. Lo peor es que estos delitos son tratados por las autoridades como asuntos privados y la gente que los conoce y no los denuncia alimenta la impunidad del agresor.

La condición de mi prima me preocupaba; no obstante, siempre esperé un desenlace traumático. Sofía vivió una rutina desestabilizadora, de sus múltiples trabajos a su casa, cumpliendo varios roles: el de madre, el de esposa, el de profesora, el de juez y el peor de todos, el de víctima.

Junto con Sofía y sus hijas analizamos la situación y llegamos a la conclusión que ellas eran víctimas de un proyecto de vida mal estructurado. Les dije que cuando las personas forman una familia improvisadamente, casi siempre fracasan en su intento de forjar un hogar. Se preparan académicamente para ganarse la vida, pero no para vivir la vida en armonía. Por esa razón vivimos en un caos permanente y la animé a que buscáramos juntas una salida.

La puerta se abrió bruscamente y Daniel salió rumbo a la calle. De inmediato todo volvió a la normalidad. La tensión anterior desapareció de los angustiados rostros de Sofía y sus hijas. Estaba interesada en que ella confrontara, de una vez por todas, su enfermedad; sin rodeos le pregunté.

—¿Te está viendo un siquiatra?

Sofía bajó la cabeza y su rostro se consternó. En un pueblo pequeño las personas que se atienden con siquiatras son consideradas locas de atar. Ella sabía que muchas veces esas personas, que son calificadas de dementes, están más equilibradas que muchos que andan en las calles o que rigen desde el gobierno los destinos de las naciones. Se levantó de su silla.

—Sí, me están atendiendo varios médicos y entre ellos hay un siquiatra. El mismo neurólogo y el cardiólogo sugirieron que me atendiera también un especialista de la conducta. El equipo que intenta ayudarme es completo, pero en ocasiones es más importante el apoyo que puedan dar las personas a tu alrededor que toda la terapia y farmacología juntas.

Sofía hizo una pausa para tomar aliento, extenuada; su lucha por sobrevivir había sido encarnizada. En ocasiones pensaba que no tenía fuerzas para continuar. Sin embargo, en medio del cansancio, del desaliento, siempre acudía la esperanza y ese sentimiento era un regalo de Dios en medio de la desventura.

Me despedí y ella me prometió enviarme un relato de los acontecimientos de su vida, pues ambas pensábamos que allí estaban algunas claves del mal. Me explicó que por recomendación del siquiatra había escrito un resumen sobre la vida de sus abuelos y sus padres. Le pedí que también me contara esa parte de su vida de casada que yo desconocía. Me respondió que esa misma noche haría un resumen y me lo enviaría.

Al día siguiente, en la recepción del hotel, me entregaron un sobre grande, herméticamente cerrado. De inmediato reconocí la letra de Sofía, por lo que regresé a la habitación y procedí a abrirlo.

Dentro del sobre encontré varios sobres pequeños. Todos ellos tenían un título. Sofía había separado por sección las diferentes etapas de su vida. Encontré información sobre los abuelos, seguido por información de sus padres, experiencias de la niñez y otros datos que en un inicio no me parecieron muy relevantes, pues reiteraban aspectos que ya conocía.

Un sobre entre todos llamó mi atención. Venía titulado en rojo y decía: “Bajo ningún concepto abras este sobre hasta el final de nuestro proyecto”. Adjunto a los sobres había una carta escrita con tinta roja. Comencé a leer aquella letra irregular que decía: “Que la curiosidad no te venza querida prima. Esta revelación distraería tu atención y pasaría inadvertida información importante por el impacto de esta. Al concluir el análisis de mi vida podrás develar el misterio que encierra este sobre, hazlo cuando llegues a Panamá, de esa manera tendrás todos los elementos de juicio para ayudarme. Sé que eres una mujer con una gran disciplina y has alcanzado un nivel de evolución muy por encima del común de la gente. Por esa razón te envié estos archivos. Al principio pensé remitirte los demás y dejar este para cuando estuviera mejor de salud. Pero en la vida una debe estar preparada para cualquiera eventualidad”.

Interrumpí la lectura y respiré profundo. Tomé un vaso de agua y continué: “Si me sucediera algo, tú, mi querida “hermana” podrás terminar este proyecto y beneficiar con tu trabajo a otras familias que han sufrido tanto o más que nosotras”.

No salía de la sorpresa, ¿cuál era el misterio que guardaba ese último sobre? Sentí unos deseos irresistibles de abrirlo y enterarme de una vez por todas del contenido; no obstante, Sofía confiaba en mí y no podía defraudarla. Una inmensa ansiedad se apoderó de mí. Iba a ser una verdadera tortura seguir las indicaciones; sin embargo, ella tendría justificación para hacerme ese pedido y yo iba a seguir sus instrucciones.

Otra cosa me perturbó mucho y fue el hecho que Sofía pensara que le podía suceder algo malo. ¿Será que teme por su vida? ¿O tal vez se trate de un temor a perder el control de su mente? ¿O a morir de tristeza y melancolía? Fueron tantas las interrogantes sin respuestas que llegaron a mi mente que por primera vez en todo este tiempo tomé conciencia del peligro. Mi única intención era ayudar a Sofía, pero al limpiar viejas heridas promovía muchos riesgos, porque el dolor saldría con la misma virulencia de cuando fue infligido. Tendría que comunicarme con ella para preguntarle si estaba dispuesta a correrlos.

Marqué el número de teléfono de Sofía. Ella misma me contestó. Le informé que había recibido los sobres y que había quedado muy alarmada.

—No quiero que mi ayuda pueda resultar perjudicial. Percibo en ti mucha angustia y miedo. Quiero que sepas que mi única intención es encontrar y resolver el motivo o las causas de tu problema emocional. No obstante, si tú no estás dispuesta a correr ese riesgo lo dejamos así.

Sofía me contestó con un tono moderado y tranquilo.

—No tienes por qué perturbarte. Ya he evaluado las ventajas y las desventajas de nuestro proyecto y estoy dispuesta a correr el riesgo que sea necesario y encontrar la forma de resolver esta situación. Cualquier cosa que pase tú no serás culpable. Además, ¿dónde está tu optimismo? No lo pierdas, pues ahora más que nunca necesito de tu fortaleza moral. Tú has sido un gran apoyo para mí. Que no te contagie mi estado depresivo. Todo va a salir bien. No te preocupes.

Me sentí más tranquila después de esa conversación. Ella conservaba cierto reducto de fortaleza aunque eclipsada por las desdichas y las miserias de una vida familiar llena de abandono, desasosiego y violencia que le habían menoscabado su resistencia, su alegría de vivir y el valor para enfrentarse a esa vida tan difícil y llena de espinas. Podía percibir cómo mi prima vivía atrincherada en su casa llena de inseguridades y temores, llena de contradicciones, pero con un firme e irrenunciable deseo de superar la situación, pues en su corazón se había afincado la esperanza. Cuando ella se adhiere a nuestro ser, vence el miedo, la angustia, el dolor y la muerte, por la sencilla razón que es esperanza de vida. Después de unos minutos de conversación, Sofía se despidió.

3

Con mano temblorosa abrí el primer sobre y comencé a leer. Sofía lo había titulado: “Mis abuelos”. Tenía varias páginas donde describía esa relación de la pareja. Su abuelo era un hombre acaudalado y se dedicaba al comercio. En una de sus visitas al pueblo conoció a su abuela que trabajaba en una abarrotería. Esta joven mujer quedó impresionada con el apuesto señor. Ella era de baja estatura y trigueña, él blanco y de unos profundos ojos verdes. Su porte era arrogante y su manera de expresarse demostraba una gran cultura. Ella, humilde y sencilla, quedó hechizada con el atractivo personaje. Al distinguido caballero le llamó la atención el escultural cuerpo de la jovencita y quiso conocerla mejor. Le dijo que su nombre era Miguel Ortiz y que le gustaría ser su amigo. La perturbada muchacha aceptó la invitación y pronunció su nombre, Alejandra. La pareja acordó verse más tarde. Allí comenzó un clandestino y apasionado romance.

A pesar de lo mucho que se empeñaron en ocultar la relación, los familiares de Alejandra se enteraron y no estuvieron de acuerdo. Ellos reconocían que había marcadas diferencias económicas y culturales. Sin embargo, cuando el amor toca a la puerta de los enamorados los oídos se cierran para cualquier comentario desfavorable. Los padres de Alejandra le prohibieron verse con Miguel, ella desobedeció a sus padres y a escondidas tuvieron varios encuentros.

El amor de Alejandra se unió a la pasión de Miguel y la prohibición enalteció sus anhelos y sentidos. Como una hoguera avivada por el combustible, el fuego los consumió. Alejandra se entregó sin condiciones a Miguel y así mantuvieron una relación secreta por varios meses. Alejandra cada vez se mostraba más enamorada; sin embargo, a Miguel ya se le estaba pasando el entusiasmo de los primeros meses, por lo que comenzó a evadirse y se quedaba semanas sin visitarla. La pareja vivía en pueblos cercanos, pero en esos tiempos los medios de comunicación eran lentos. Al principio esto no fue obstáculo para que se vieran casi a diario. Ahora parecía que le hubieran alejado el pueblo a Miguel, pues cada día daba más excusas.

Un domingo en la tarde estaba Miguel en su pueblo, conversando en una fonda con unos amigos, cuando de repente vio venir a Alejandra. Se levantó de un salto, ella jamás lo había ido a buscar. Tenía que pasarle algo muy grave. A pesar de que no la amaba intensamente, la quería muchísimo y reconocía cuánto ella lo amaba. Se acercó y le preguntó por qué razón había ido a buscarlo.

Alejandra se sentó en una silla cerca de la entrada, estaba pálida y sudaba en exceso. Miguel la imitó y acercando una silla, esperó angustiado a que su novia le diera respuesta. Ella reaccionó y respondió que habían pasado más de tres semanas sin visitarla y tenía urgencia de hablar con él. Luego, comenzó a llorar y entre sollozos afirmó que estaba embarazada

Miguel no podía creer lo que estaba oyendo. “¿Cómo pudieron ser tan irresponsables?”, pensó. No sabía qué hacer ni qué decir. Lo que sí sabía era que no iba a casarse con Alejandra. Su familia jamás lo consentiría. Ellos no le permitirían unirse a una mujer pobre e inculta. Le dolía ser cruel con ella, pero tenía que desengañarla. Alejandra estaba aterrada ante el silencio de su amado. En ese preciso instante comprendió que Miguel evadiría el problema y la abandonaría a su suerte. Su novio la sacó de sus especulaciones, le dijo que nunca le había prometido nada y aseveró que podía hacerse cargo de su hijo, pero que bajo ningún concepto se casaría con ella.


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