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La noche oscura

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

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Editora-autora

Título: La noche oscura

Copyright © 2002 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.

1

El médico le ordenó a Xiomara no dormir en toda la noche. Al día siguiente le harían un electro—encefalograma con supresión del sueño por veinticuatro horas, pues se sospechaba una lesión cerebral, sin embargo, no estaba preocupada sino más bien fastidiada. Había visto televisión por tres horas, leído un libro por una hora y ahora sentada frente a su computadora buscaba distracción.

De repente sintió una fuerte opresión en el pecho. ¿Qué le pasaba? Se preguntaba, su mente no se detenía, ¿se estaría volviendo loca? Esas fueron sus primeras interrogantes. ¿Qué sucede conmigo? Volvió a preguntarse. Reflexionó y advirtió que era un ser nacido para morir. Estaba acostumbrada a seguir siempre adelante y no se podía detener. Debía hacer un alto en el camino y analizar su vida. Comenzó esa difícil tarea de repasar y examinar sus patrones de conducta y se encontró extraña a sí misma.

Un desconcierto lleno de incógnitas se apoderó de su mente. Experimentó una sensación de vacío con sabor a insatisfacción, la vida se le escapaba sin haberla vivido. Sentía la soledad de un exiliado, esa soledad que nos permite reflexionar; ese silencio que nos hace volver a nuestro centro, que nos hace percibir un profundo anhelo de lo absoluto, una nostalgia de trascendencia y una necesidad imperante de tomar conciencia de la propia vida. Era ineludible buscar las respuestas y llenar los espacios vacíos. Las preguntas volvieron a resonar en su mente: ¿Quién soy? ¿Para qué estoy aquí? ¿Qué sentido tiene mi vida?

Xiomara miró el reloj, eran las nueve de la noche, el tiempo parecía haberse detenido. Deseaba llamar a alguna de sus amigas e inmediatamente pensó, “es muy tarde, no puedo molestar a esta hora”. Lo que menos le preocupaba era el resultado del examen neurológico. La vida le había enseñado que los acontecimientos jamás se modifican por el grado de ansiedad que se invierta en ellos, otra era su inquietud. Tenía la sensación de haber caminado en círculos sin poder avanzar. A pesar de que había alcanzado el éxito profesional, en su interior había un vacío que ni el éxito ni el dinero podían llenar, era un vacío de significado. Se encontraba desolada, no culpaba a nadie. Cada cual hace su vida después que los padres mueren, cada uno se dedica a su propia familia, es lo que en la modernidad se llama familia nuclear, padre, madre e hijos.

No había encontrado pareja y eso en realidad la tenía sin cuidado. En su vida no había llegado un solo hombre con el cual le hubiera gustado compartir el calor de un hogar. No había encontrado su otra parte. Esa persona que la hiciera sentirse completa. A pesar de todo no le molestaba la soledad. Hasta ese momento se había sentido bien pero, esa noche, sin dormir se puso a analizar y profundizar sobre su vida. Estaba segura de que había algo más y estaba dispuesta a encontrarlo.

La pensativa mujer no podía darse el lujo de dormir y sintió miedo, en ese momento recordó su infancia. En una ocasión cuando tenia cinco años, pasó la noche tosiendo, no podía conciliar el sueño y a medida que iban pasando las horas, aumentaba su sobresalto, algo en la oscuridad de esa noche le recordaba el temor experimentado en ese incidente de su niñez. Los recuerdos llegaban a su mente como si el tiempo hubiera retrocedido y evocó su aprensión de niña, ese miedo infantil provocó una visión. Se le apareció un hombre joven rubio con túnica blanca. A pesar de su corta edad y de lo extraño del evento, una sensación de protección la rodeó. Advirtió que ese personaje había venido a confortarla. El temor desapareció y la niña le preguntó.

—¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Rafael —respondió el ser de luz.

—¿Qué haces?

—Soy un ángel del señor.

—¿Te mandan a cuidar a los niños?

—Sí, me enviaron a cuidarte a ti.

Estuvieron conversando gran parte de la noche y Xiomara se durmió. Desde ese instante Rafael fue lo que suele llamarse su ángel de la guarda. A la mañana siguiente lo primero que hizo fue contárselo a su mamá, una mujer ejemplar, buena madre, buena hija, buena esposa y sobre todo una excelente persona. Muy bella, alta, de cabellos castaños, ojos negros, esbelta silueta y porte distinguido. Elena miró fijamente a su hija y le reprochó.

—Los niños no deben mentir

—Las personas mayores sí pueden hacerlo —respondió la niña.

—No, tampoco deben hacerlo —objetó la desconcertada madre.

—Te aseguro que no miento, anoche vino un ángel del señor a visitarme y me dijo que se llama Rafael.

—¿Qué más te dijo, mi niña?

—¡Me dijo que no tenía que sentir miedo! Que de ahora en adelante siempre me iba a cuidar. Que esa era la misión que Dios le había encomendado.

—¿De qué más conversaron?

—Me dijo que tenía que portarme bien con mis padres y maestros, bueno con todas las personas.

—¿No estarás inventado esa historia?

—No, mamá, ¿tú inventabas cuando me enseñaste la oración del ángel de la guarda?

—No, ¿cómo se te ocurre decirme tal cosa?

—Bueno ese ángel llegó y se va a quedar conmigo. Siempre ha estado a mi lado, pero antes yo no lo veía.

En ese momento Elena comprendió que algo extraño pasaba. Una niña tan pequeña no podía expresarse con tanta claridad. Entonces reflexionó, no le quitaría la fe a su hija. Ningún daño le ocasionaría creer en su ángel guardián. Al contrario le podía eliminar ese miedo constante que sentía cuando no podía dormir. A partir de ese momento Xiomara no volvió a experimentar miedo en ningún evento de su vida, sin embargo, esa noche especial en la cual no debía dormir por el examen que le había ordenado el neurólogo, sintió esa opresión que tanto la inquietó en su niñez. Miró el reloj, eran las nueve y treinta de la noche. Se asomó a la ventana, nunca antes había observado una noche tan sombría, pensó, “¿en la noche oscura de mi alma cuándo amanecerá?, ¿cuándo la luz iluminará mis interrogantes?”

Xiomara no era una mujer amargada, ni devastada por el pesimismo. Era simplemente una mujer enfrentando una situación límite. Esa larga noche le sirvió para cuestionarse, estaba vacía de respuestas, los afanes de la vida cotidiana habían eliminado la facultad de reflexionar sobre sí misma, vivía muy aprisa. La velocidad se había convertido en una costumbre de la cual no era consciente. Padecía la peor de las enfermedades, la enfermedad de la prisa. Al principio la gente se acelera, es un impulso consciente, baja las escaleras a toda carrera, irrumpe en una habitación corriendo y da portazos, se trata de algo esencialmente físico, sin embargo, se acostumbra a ir cada vez más rápido y la velocidad se apodera de su mente. Surge una presión compulsiva y le es difícil modificar ese patrón de vida.

Cuando la mente comienza a correr de ese modo tan acelerado, perdemos la capacidad de controlar nuestros pensamientos y nos volvemos autómatas, sin libertad, ni opciones, sólo tenemos compulsiones. Siempre recordamos eventos dolorosos que merodean por nuestra mente y nos arrastran hacia un pasado lleno de aflicción. Hay algo morboso en el ser humano que lo empuja a recordar los hechos infortunados.

Angustiada, sintió que había llegado el tiempo de analizarse, pero había perdido la capacidad de concentrarse. Tenía que recuperar esa facultad a como diera lugar. Al recordar con serenidad el transcurrir de la vida se dio cuenta de que todo cambia, meditó, ”¿por qué no podemos cambiar nosotros?” En ese momento recordó a su ángel Rafael y lo invocó, juntó sus dos manos, como lo hacía cuando era pequeña y sentía miedo. Cerró los ojos. Dos gruesas lágrimas recorrieron sus mejillas. ¡Se percibía tan sola y desprotegida!

Fue en ese momento descubrió que para recuperar su vida tenía que volver a ser niña y pensó, “si mi ángel fuera capaz de escucharme y acudir a mi llamado. Sí, necesitaba volver a ser niña e invocar constantemente a su ángel y advertir su presencia protectora”. Se había olvidado de orar agradeciéndole a Dios el regalo inconmensurable de tener su propio ángel. Nunca es tarde para enmendar un error. Permaneció callada por unos instantes y comenzó a meditar. Súbitamente vino a su mente la oración que de niña todas las noches le rezaba a su ángel custodio y la repitió en voz alta.

—Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, no me dejes sola porque me perdería.

Se encontraba perdida entre una multitud indiferente y fría. Entre amigos ocasionales de conversaciones vacías. Entre acontecimientos desprovistos de sentido. Había un camino que recorrer, pero no sabía a dónde la conducía ni cuál era el sentido de ese recorrido. Rezó por varios minutos, cuando terminó sus oraciones, en ese preciso momento sintió la misma sensación de protección de su primer encuentro con Rafael. Escuchó su voz, diáfana, clara y llena de dulzura.

—Xiomara, mi niña, lo primero que debes hacer es sosegarte, examinar con serenidad tu vida y revisar tus patrones de conducta. Cuando haces de tu vida una rutina de velocidad, te vuelves inconsciente de las necesidades de otros, te tornas hosca. Recuerda que el aceleramiento es contagioso. Ahorras tiempo con la excusa de disponer de más tiempo libre y después no sabes cómo disfrutar tus horas de ocio. Detente, estás siguiendo un camino equivocado.

La voz de Rafael era como una melodía, como un sedante, la respiración de Xiomara se normalizó, sintió cómo sus músculos se relajaban, se soltaban y todo su ser recuperaba la calma. Rafael subió el tono de la voz y continuó.

—Las personas apresuradas que buscan de modo egoísta la complacencia, son candidatas a un infarto. Cuando se apresuran la vitalidad disminuye. Las veces que actúan con calma resplandecen de fortaleza, serenidad y belleza. Es conveniente que dediques unos momentos a tranquilizarte.

Xiomara escuchaba a lo lejos la voz de Rafael que la seguía aconsejando.

—Cuando practiques el sosiego y elimines la prisa de tu vida, habrás iniciado un nuevo camino que te dará la energía necesaria, más salud, mayor paz y una relación más armoniosa con las personas que te rodean, así como una vida más prolongada y feliz. Es importante que busques en tu interior esas tres fuerzas que te permitirán afrontar la vida de una manera coherente. Esas fuerzas son la sabiduría, el equilibrio y el discernimiento.

Xiomara cerró los ojos, dejó que la calma llenara todos sus vacíos, esos espacios que anteriormente los llenaba la prisa. Sintió una serenidad sorprendente, esa paz que procede de la ausencia de prisa. No volvería a apresurarse nunca más. Comprendió que de ahora en adelante no tenía tiempo para acelerarse.

El sonido del timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos y se incorporó. Abrió la puerta era Mariam, su vecina y amiga. Vestía un juego de falda y blusa verde, que resaltaba sus cabellos rojizos y su piel blanca. Ella es profesora universitaria, una persona excepcional y sobre todo buena amiga. Desde el día que Xiomara conoció a Mariam, sintió gran admiración por ella, pues ésta había encontrado su misión, era miembro de la Asociación Contra el Cáncer, se había entregado en cuerpo y alma a ese trabajo. La madre de Mariam había muerto de esa terrible enfermedad y a partir de ese momento ella quiso minimizar el dolor y sufrimiento de tantas personas afectadas por el flagelo del cáncer.

Mariam se enteró que Xiomara pasaría la noche en vigilia y vino a acompañarla. Lo primero que hicieron las dos amigas fue ir a una cafetería a tomarse un café. Después conversaron un rato, luego regresaron a casa y se conectaron al Internet. Xiomara le daba clases de informática a Mariam. Los avances eran indiscutibles.

Entraron a una sala de conversación de España. Al principio nadie les hacía caso, de repente un chico de veintidós años contesta el saludo. El nombre de identificación que escoge Mariam es Mayi. El chico se hace llamar Imhotep y le pregunta a Mayi.

—¿A qué te dedicas?

Mariam estaba sentada al lado de Xiomara, y como ésta había escrito una novela le contestó que era escritora. Eso entusiasma mucho a Imhotep que deja de conversar con el grupo para tener una comunicación directa y exclusiva con Mayi. Rápidamente las dos amigas acuerdan lo que le dirían a Imhotep.

—Me gustaría que me dieras algún tema para mi próxima novela.

—¡Sería estupendo, mi vida es como una novela! —contesta Imhotep.

Guardaron silencio para darle tiempo al chico a contar su historia, súbitamente les llega   de la pantalla de la computadora una información que no esperaban, Imhotep revela.

—Soy gemelo y nunca conocí a mi padre.

Las dos amigas quedaron tan desconcertadas que no se atrevieron a seguir preguntando. Esperaron un tiempo para que llegara más información. Imhotep continúa.

—Mi padre vive en los Estados Unidos y nunca se ha interesado en conocernos.

Esta información les conmueve y Xiomara manifiesta.

—¡No te preocupes cuando uno no tiene un buen padre, tiene una excelente madre!

A lo que Imhotep corroboró lleno de orgullo.

—¡Sí, mi madre es maravillosa!

Se sintieron tan compenetradas con ese chico de veintidós años que siguieron conversando con él por un buen rato. Mariam se despide, eran cerca de las once de la noche y debía trabajar al día siguiente. Xiomara sigue usando el apodo de Mayi y continuó el diálogo. El chico le pide la dirección de correo electrónico. Le escribe la de Mariam, ya que se parece más a Mayi. Imhotep se despide con la promesa de volver a contactarla, pero de una manera directa.

Xiomara cierra los ojos por un momento, tiene sueño, por primera vez en la noche, se incorpora; mira el reloj eran las once y treinta. El tiempo parecía haberse detenido.

—Rafael, no permitas que me duerma. Mañana me harán un examen muy importante y no debo dormir por veinticuatro horas.

—No te preocupes —responde el ángel—. Conversaré contigo todo lo que falta de la noche. ¿De qué quieres hablar?

Xiomara reflexiona sobre el tema. No tenía nada en mente.

—Sabes Rafael, no tengo la más remota idea.

Rafael sonrió y bajando la voz pregunta.

—¿Será que me has perdido la confianza?

—No es eso, con la edad una se hace reservada.

—No tengas reservas conmigo, recuerda que he seguido a tu lado y no hay nada de tu vida que desconozca. Me he alegrado con tus triunfos, he sufrido con tus fracasos y frustraciones y me han dolido tus errores. Además expresar tus dudas, en estos momentos de desconfianza, te ayudará a encontrar la fe.

—¿Quiero saber según tu concepto cuál ha sido mi más grande error? —Rafael guardó silencio por un momento. Respondió lentamente enfatizando sus palabras.

—Estoy a tu lado para ayudarte, no para juzgarte, pero tengo que reconocer que el más grande de tus errores es no haberte interesado en encontrar tu misión.

—¿Mi misión? —pregunta Xiomara

—A cada persona se le asigna una misión, que es el plan que Dios tiene y ese propósito de Dios es el perfeccionamiento de la persona. Tu objetivo en la vida es encontrar esa misión y cumplirla, ese anhelo es la luz interna que te conducirá por el camino de la evolución espiritual y así desempeñarás el plan que Dios tiene para ti.

—¿Quiero saber cuál es mi misión?

—No tiene ninguna gracia que te la diga. Tu vida adquiere significado cuando la descubres y la cumples. Esa búsqueda es la que te permite crecer y evolucionar espiritualmente, ya te lo he dicho.

—Rafael, siempre he pensado que mi misión era conquistar el éxito profesional.

—Te equivocas, en toda misión siempre están presente dos condiciones: la evolución espiritual y el servicio generoso al prójimo. Sin esos dos componentes no es válida a los ojos de Dios.

—En toda búsqueda hay un inicio. ¿Por dónde tengo que empezar para encontrar esa misión de la que me hablas?

—Para que puedas comprender voy a expresarme de la forma como hablan ustedes. Te voy a dar una pista. El camino de encuentro de tu misión está en el proceso de transformación personal. Es un viaje personal, una travesía diseñada por ti. Es tomar conciencia de que eres una chispa divina, creada a imagen y semejanza de Dios. Es descubrir ese anhelo espiritual que albergas en tu interior, ese objetivo te guiará por el camino en la realización de tu misión en la vida y le dará sentido.

Xiomara hacía grandes esfuerzos para controlar los sollozos, secó sus lágrimas con la palma de la mano y prosiguió el relato. Rafael la interrumpió y acarició sus cabellos. Como lo hacía cuando era una niña y lloraba cuando alguien la había golpeado. Ella le sonrió y le dio gracias a Dios por haberle regalado un compañero tan amoroso.

—De niña estuve muy delicada de salud. Tú me enseñaste a superar el dolor y a no permitir que la tristeza me amargara, al contrario experimentar ese desconsuelo me hizo más sensible. Lamentablemente esa sensibilidad la perdí en la edad adulta. Me enseñaste que el dolor siempre llega a nuestras vidas, pero el sufrimiento es opcional. Mis padres fueron muy amorosos conmigo aún recuerdo la dedicación y ternura con que mi madre me cuidaba.

Xiomara continuó con su relato, recuperando el control de las emociones.

—Mi padre era un hombre muy expresivo, me quería mucho, sentía verdadera predilección por mí. Su nombre era Vicente Euclides. Cuando perdió su trabajo se trasladó a la capital para conseguir empleo y nuestra familia se disgregó, pues él se llevó a mi hermano mayor. A pesar de todo, mi madre manejó la situación familiar con amor y valentía, impidiendo que estas circunstancias afectaran la vida de sus hijos.

Rafael la interrumpió y con un tono muy tierno le dijo.

—Mi querida niña, has sufrido mucho, no obstante, cada vez que asumes el dolor y el aprendizaje que éste conlleva, que es la razón elevada del sufrimiento, este dolor se transforma en amor y nos ayuda a enfrentar cualquier situación. De esa manera descubrimos el valor redentor de dolor. La mejor forma de superar el dolor es recuperando esas cualidades que tienen los niños. Ellos sufren y lloran y a los pocos minutos se están riendo. Tienes que buscar a la niña que lloraba en tu interior, consolarla, quererla y permitirle que juegue por primera vez en su vida.

—Rafael, ¿estás tú dispuesto a jugar conmigo?

Rafael sonrió con mucha benevolencia.

—No sólo estoy dispuesto a jugar contigo sino a consolarte y a darte todo el amor que necesitas.

Xiomara continuó expresando sus sentimientos

—Mientras transcurrió mi niñez, otras cosas se me negaron, como las fiestas y los paseos. Cuando empecé a trabajar, vi la oportunidad de volcar en el trabajo las energías que durante tanto tiempo había reservado. Fue algo en lo cual jamás me pusieron restricciones. Así fue pasando la vida y de repente me di cuenta de que no trabajaba para vivir, si no que vivía para trabajar. Mis esfuerzos no fueron estériles porque no sólo alcancé el éxito profesional, sino que pude ahorrar una cantidad considerable de dinero.

Xiomara respiró hondo, tenía que recuperar las fuerzas para continuar la narración.

—Quisiera preguntarte, Rafael, ¿valió la pena sacrificarlo todo por el trabajo y renunciar a tantas cosas importantes? En estos momentos estoy atravesando una crisis existencial y necesito tu ayuda. Me siento como perdida en el desierto y lo peor de todo es que no puedo ver la luz.

Rafael guardó silencio por unos momentos y respondió lentamente.

—Cada vez que una mujer atraviesa una crisis Dios envía un ángel para confortarla. Tú has sufrido desde niña, por esa razón Dios me envió a consolarte y a renovar tus fuerzas. Hay sucesos en la vida que no tienen sentido en el momento que ocurren, pero más adelante se convierten en fundamentales para la realización de la misión de la vida.

Rafael hizo una pausa para enfatizar sus palabras y continuó.

—Con relación a las interrogantes que me haces te diré que no sé las respuestas, los ángeles no lo sabemos todo, pero hay algo que sí sé, nadie puede cambiar el pasado, ni aun Dios con su inmensa sabiduría y poder. Lo único que sí puedes hacer es aprender de ese pasado.

—Tienes razón —contestó Xiomara.

Al hacerle esta pregunta Xiomara no podía contener su hilaridad.

—¿Por qué razón no me encontré en mi vida un hombre como tú?

Rafael sonrió muy divertido y contestó.

—Porque los hombres están muy lejos de ser como los ángeles. Tienes que aprender a aceptar a las personas como son, no trates de cambiarlas, eso es muy difícil. En última instancia las personas mejoran, pero cambiar de una manera definitiva es casi imposible. La gente tiene que aprender a amar en cualquiera circunstancia, el amor que ofrece tal vez logre cambiar al ser querido.

Xiomara volvió a mirar el reloj, no podía creerlo, aún eran las doce de la noche, faltaba tanto para la llegada del nuevo día.

—No mires tanto el reloj —reprochó Rafael—. Siempre has sido esclava del tiempo, no pienses en lo que falta, piensa en lo divertido que la estamos pasando. ¿No te parece? Cuando fuiste creciendo se te olvidó la comunicación que siempre tuviste conmigo, me abandonaste, sin embargo, siempre permanecí a tu lado.

—¿Por que lo hiciste, Rafael?

—Por la sencilla razón de que esta es mi misión y cuando uno descubre su misión, no la cuestiona, la cumple.

—Perdona por haberte tenido olvidado, te reencontré en el momento que más te necesitaba. Sabes una cosa, en el Evangelio Jesús nos dice que para entrar al Reino de Dios, tenemos que volver a ser como niños. Hoy mejor que nunca comprendo ese pasaje, para volver a encontrarte tuve que volver a ser niña.

Rafael permaneció callado, Xiomara respetó su silencio, luego levantó su mirada y ella sintió que cada vez que la miraba de esa manera la hacía sentir segura, después de una pausa, prosiguió.

—No dejes olvidada a la niña que se esconde en tu interior, ella permanecerá contigo el resto de tu vida, nunca va a crecer y está dispuesta en el momento que tú lo decidas, a enseñarte a disfrutar las cosas simples de la vida; a recuperar el candor de la sonrisa, la calidez de la mirada, la espontaneidad y a transformarte en una persona auténtica; a sentir amor y expresarlo de una manera directa. Los niños siempre dicen lo que piensan, en eso radica su autenticidad, aunque muchas veces no los queramos escuchar. Ellos están dispuestos a luchar con todas sus fuerzas por aquello que desean, aunque también son vulnerables y se les hiere con facilidad.

Xiomara interrumpió a Rafael, una duda llegó a su mente y la expresó.

—Rafael, cuando tengo que tomar una decisión, me preocupa mucho no hacer la elección acertada, en ocasiones me siento tan confundida que no sé qué hacer ¿Cómo puedo saber si estoy haciendo lo indicado?

Rafael levantó la voz, la cual tenía un tono de autoridad que llamó enormemente la atención de Xiomara, puso un énfasis tan especial que ella supo que la información sería muy importante.

—Cuando tengas que tomar una decisión, escucha aquellas señales de tu interior que te ayuden a escoger lo correcto. No importa lo que piense cualquier otro, confía en tus voces intuitivas y síguelas. Para mayor discernimiento tienes que orar, en la oración hablas con Dios, en la intuición es Dios quien te habla a ti.

—En ocasiones me siento tan confundida, la vida te pone tantos obstáculos.

El ángel sonrió con paciencia y expresó.

—Cada obstáculo es una prueba y una oportunidad.

—Hay otro asunto que quiero aclarar contigo. He trabajado mucho para alcanzar mi independencia, sin embargo, ahora que soy independiente me siento muy sola.

—Voy a aclararte el concepto, la independencia es la ausencia de la necesidad de estar atado a alguien o a algo. Eso no implica la ausencia de compañía. Tú puedes ser independiente y estar unida a alguien. Observa que dije unida, no atada. ¿Comprendes la diferencia?

—Perfectamente, mi ángel.

—En mi vida hay momentos de confusión como hoy, cuando siento que la noche es más oscura. ¿Qué me dices a eso?

—Aquellos que piensan que el mundo es un lugar oscuro, están ciegos a la luz que puede iluminar sus vidas. La oscuridad es siempre ausencia de luz, cuando la iluminas con la luz de lo divino, ésta resplandece sobre la oscuridad y empieza a desvanecerse, en ese momento tu vida dejará de ser esa noche oscura. Busca la luz y recuerda, Jesús es el camino para encontrar la luz.

—He aprendido mucho contigo en esta noche, pero quiero hacerte una pregunta más. Hay momentos de mi vida que me cuesta mucho perdonar. ¿Qué es para ti el perdón?

Rafael dulcificó el tono de su voz y dijo.

—Perdonar es ejercer la facultad de dar amor en las circunstancias más difíciles. Recuerda siempre que el perdón es un acto del corazón y no de la razón, es el factor más importante en la curación de las heridas.

Xiomara meditó sobre las palabras de su ángel. Él tenía una forma de expresión tan clara y coherente, después de escucharlo no le quedaba duda sobre el perdón y expresó.

—Me siento enferma. ¿Qué puedo hacer mi ángel para encontrar la salud y la paz que tanto anhelo?

El ángel contestó muy despacio con la intención de que sus palabras fueran captadas.

—No permitas que tu enfermedad desvanezca tu felicidad. Recuerda que Dios nunca nos deja de amar, podemos recibir su consuelo, perdón y fortaleza, elementos fundamentales en toda recuperación y así seguir adelante con el poder para enfrentar y superar la enfermedad.

Al escuchar las palabras de Rafael, Xiomara sintió paz. Se había preocupado mucho por su enfermedad y eso en nada contribuía a su mejoría. A partir de ese momento dejaría de mortificarse por su padecimiento, dejaría su salud en manos de Dios y le solicitaría que la llenara de serenidad y que le diera esa paz fruto del abandono confiado.

—¿Tú crees que puedas pasar toda la noche conversando conmigo?

—Me he pasado toda tu vida conversando contigo, más no me oías. Déjame preguntarte algo. ¿Serás tú capaz de pasarte toda la noche escuchándome?

—De ahora en adelante lo haré y sabes por qué, porque tú eres mi luz, mi descanso y mi apoyo.

2

Xiomara volvió a mirar el reloj, era apenas la una y treinta de la madrugada. Faltaban todavía ocho horas para el examen, se sentía tan cansada. Se preguntó varias veces qué podía hacer para pasar el tiempo. De pronto llegó a su mente el chico de veintidós años que contactara con su amiga Mariam en el Internet, ¿cómo era el seudónimo? Estaba tan cansada que no podía recordar, era muy tarde para llamar a Mariam, realizó otro esfuerzo por recordar el seudónimo del chico ¿Estaba perdiendo la facultad de la memoria?

Se recostaría un rato para descansar, se dirigió a la cama, se acostó y no llevaba cinco minutos cuando sus ojos se cerraron. Tenía un carácter férreo, de inmediato se levantó y pensó: “no me voy a dejar vencer por el sueño, siempre he estado orgullosa de mi voluntad de hierro. ¿Cómo es posible que después de haber pasado tantas horas en vigilia me venga a vencer a éstas alturas? No, eso no puede ser”. Se levantó de inmediato, se lavó la cara y se sentó frente a la computadora. Volvió a preguntarse, ¿cómo se llamaba el chico?, pensó, “Rafael, él tiene que acordarse” y lo invocó.

—No tienes que llamarme, siempre estoy contigo.

—¿Recuerdas cuál era el seudónimo del chico de veintidós años qué contacté con mi amiga Mariam?

Rafael parecía muy divertido replicó.

—Los ángeles no olvidan, esa es una cualidad o defecto humano.

—No juegues conmigo, dímelo por favor.

—Se llamaba Imhotep.

—Claro que sí.

Se conectó al Internet para ver si podía contactar a Imhotep. ¡Qué fastidio! Tampoco recordaba el país.

—Rafael, dime en que país fue.

—España —respondió Rafael sonriendo.

Xiomara hizo varios intentos, no lograba comunicación con la sala de charlas de España. Quería contactar al chico, se dijo a sí misma, estoy segura de que tiene una historia interesante y que le puedo dar el apoyo que tanto necesita. Es una manera productiva de pasar estas horas. Era muy tarde y casi imposible que el chico estuviera en línea. Recordó que en España era otra hora. En ese momento la pantalla de la computadora proyectó una sala de conferencia de España. ¡Cuál fue su sorpresa cuando en la lista de participantes vio el nombre de Imhotep! A esa hora sólo quedaban tres personas más. Escribió: soy Xiomara, amiga de Mayi. Estaba con ella cuando ustedes conversaban, yo era la que escribía en la computadora.

Imhotep fue directo y cuestionó.

—¿Por que salieron de la sala de conferencias?

—Porque Mayi tenía que acostarse.

—¿Por qué tú no lo has hecho?

—Tengo que pasarme la noche en vigilia, por un examen.

—¿Examen médico o profesional? —preguntó el chico.

—Médico.

—¿Acaso estás enferma?

—Espero no estarlo.

Conversó un rato con el joven, no quería parecerle demasiado ansiosa. Después de un tiempo prudencial, le dijo.

—Cuanto estaba con Mayi te dijimos que ella era escritora.

—Sí lo recuerdo —contestó Imhotep.

—Te voy a decir la verdad, ninguna de las dos somos escritoras. Hace unos meses escribí una novela y a mí me parece buena. Algunos de mis amigos la han leído y me dicen que es fabulosa, quisiera enviártela.

El joven pareció muy interesado y contestó.

—Me gustaría mucho y me parece que sí eres escritora, desde el momento que has escrito una novela, ya lo eres.

—Sabes Imhotep, me agradaría escribir tu historia.

En ese momento Xiomara se percató que varias personas habían entrado a la sala de conferencias y preguntaban cuál era la historia de Imhotep. En muy pocas palabras, el chico les contó que no conoció a su padre y que Xiomara, una escritora panameña, escribiría una novela. Todos parecieron muy interesados, sobre todo un chico que decía tener la misma edad de Imhotep y el mismo problema.

Xiomara no quería perder más tiempo, estaba decidida a conseguir la historia y pensó que era el momento de abordar al chico y le dijo.

—Te voy a dar mi dirección electrónica para que me escribas.

—Me parece muy bien —contestó Imhotep

En el mensaje le pidió que le contara su historia. Aquella que quedó inconclusa cuando hablaba con Mayi, le dijo que la esperaría toda la noche, ya que, permanecería en vigilia y se despidió de Imhotep.

Pasó como una hora y media, Xiomara entraba a su correo cada quince minutos. Hora y media después casi había perdido las esperanzas de que el chico se comunicara con ella, cuando vio en su computadora la entrada de un correo. No podía ser otro. ¡Imhotep había contestado! Temblaba de la emoción. Mientras abría el correo, se preguntó por qué razón estaba tan interesada en la historia de ese chico, no encontraba explicación. El correo tenía un archivo adjunto, lo abrió y se desplegó en la pantalla de su computadora, era una carta de varias hojas y comenzaba así:

Señora Xiomara, le narraré mi historia desde un inicio, hizo una pausa. Miró el encabezado donde estaba el verdadero nombre de Imhotep, José Manuel, “muy español”, pensó. Sin más dilación siguió leyendo la carta. Antes que nada, le diré que mi madre se llama María del Pilar y a los veintidós años era de esas chicas que viven de ilusiones. Criada en una familia tradicional española con las libertades limitadas. Se educó en un colegio católico y asistía a la Universidad de Barcelona, donde residimos.

Xiomara interrumpió la lectura para tomar agua, se sentía muy tensa, sin embargo, la llegada de esta carta, le había quitado el sueño. Continuó con su lectura: una tarde de verano conoció a un ejecutivo norteamericano, desde que lo vio, éste llamó su atención, era un hombre alto, blanco, de cabellos castaños y ojos grises. Le sonrió y ella sintió que el amor llamaba a su puerta, no había tenido novios, se había dedicado a estudiar, esa había sido su prioridad. Estudiaba la carrera de derecho y estaba en el cuarto año. El hombre caminó hacia donde ella estaba y le preguntó en inglés por la dirección de un hotel, el cual tenía anotado en una tarjeta.

María del Pilar le contestó con amabilidad, pero con reserva, a lo que el señor le dijo que no temiera, que él era una buena persona y enseguida se presentó, William White, ejecutivo de una compañía que vendía automóviles en España. Lo habían mandado por un tiempo a entrenar el personal que iba a quedar a cargo. Le preguntó el nombre y ella contestó sin mirarlo: María del Pilar. Él hizo la observación de que era un bonito nombre. También le preguntó si era de la ciudad.

María del Pilar se sorprendió mucho de que este hombre la tuteara, en España no se acostumbra a tutear a las personas desconocidas. Le contestó que sí. Levantó la mirada y observó que el desconocido la contemplaba fijamente, le sostuvo la mirada, era una mujer valiente. Sus padres la habían acostumbrado a enfrentarse a los retos con determinación y este hombre era un reto para ella. William continuó hablando, le parecía realmente muy bella aquella joven y quería entablar con ella una amistad, no conocía a nadie en la ciudad y se aburría enormemente. La invitó a cenar, ella se negó y le expresó que sus padres no la dejaban salir con desconocidos.

El extranjero le preguntó si no tenía edad suficiente para tomar sus propias decisiones. Esto molestó mucho a María del Pilar y le contestó en tono airado que siempre decidía por ella misma, pero esta vez era diferente. El apuesto galán sonrió y le preguntó por qué no lo invitaba a su casa para que su familia lo conociera y de esa manera dejaría de ser un extraño.

Ella reflexionó por un instante, qué dirían en su casa si ella invitara a un desconocido. Él le dice en tono jocoso que esperaba su respuesta. Ella lo invitó a cenar el sábado en la noche. María del Pilar le anotó la dirección con la esperanza que no se acordará del compromiso. Al llegar a su casa le comentó a su abuela del encuentro con el desconocido. La señora tenía una mentalidad fantasiosa y quedó muy entusiasmada, contando los días que faltaban para llegar al sábado. Doña Jimena, la abuela de María del Pilar le recomendó a la joven contarles todo a sus padres antes del sábado. Ella le manifestó que si él no asistía, quedaría exhibida. Doña Jimena en tono enérgico le dijo a su nieta que era preferible eso a no avisarles. María del Pilar reconoció que su abuela tenía razón y a la mañana siguiente cuando estaban desayunando le comentó a sus padres del encuentro con el desconocido y la invitación a cenar.

Su madre, una mujer de cuarenta y nueve años, de expresión severa, le reprochó y le dijo que debió consultarles antes de invitarlo. María del Pilar contestó de inmediato que así como todos ellos traían sus invitados a la casa, ella también tenía ese derecho. El señor Santiago, padre de María del Pilar, habló en tono conciliador y dijo que era mejor que su hija invitara a sus amigos a la casa donde ellos podían protegerla.

Belén, la madre de María del Pilar, sin contener su enojo se levantó de la mesa y expresó que tuvieran presente que ella se oponía a esa locura. María del Pilar bajó la cabeza, estaba triste, su madre siempre vivía criticándola, no había manera de complacerla. El señor Santiago tomó las manos de su hija y le aconsejó que no le hiciera caso a su madre, lo único que ella quería era protegerla. María del Pilar esbozó una sonrisa, miró fijamente a su padre y le expresó angustiada, ¿qué sería de ella si él faltara? Él le contestó que nunca le iba a faltar, porque era inmortal.

Doña Jimena, la madre de Belén, soltó una carcajada. A pesar que Santiago no era su hijo, sino Belén, ella en muchas ocasiones le daba la razón a él. Esto lo resentía mucho su hija que siempre le reprochaba que quería más a Santiago, a lo que su madre le respondía: si te hubieras casado con un mal hombre no sería así; todos reían y Belén salía de la habitación rabiando. Santiago de muy buen humor preguntaba por qué razón la quería tanto, si era tan gruñona.

En la mañana del sábado, la más emocionada de todas era Doña Jimena y cuando María del Pilar se levantó, le dijo al oído que era el gran día. Ella fingió no recordar la invitación y la abuela le dijo que no se hiciera la inocente, que ese era el día de la invitación de su galán; María del Pilar le pidió que callara pues le buscaría problemas si su mamá escuchaba. La abuela la tranquiliza diciéndole que Belén no estaba cerca. María del Pilar le comenta a su abuela que era posible que el invitado olvidara la cita. La abuela sonriendo le dice que él no iba a perder la oportunidad de iniciar un cortejo con una mujer tan bella. María del Pilar sonríe y le señala que ella tenía una imaginación novelesca.

La abuela sonrió, se sentía muy feliz de que su nieta entablara una relación sentimental. Ella se había pasado su juventud estudiando con mucha dedicación para convertirse en una abogada. A Doña Jimena siempre le había preocupado que su nieta no se comportara como una mujer joven ilusionada con la vida y el amor.

El señor Santiago recostado en su sillón favorito leía un libro, trataba de concentrarse en la lectura sin lograrlo y se preguntaba: ¿cómo será el hombre que pretendía a su única hija? Sí, su única hija, jamás llegó a comprender, por qué su mujer después del embarazo de María del Pilar, se negó a tener más hijos, nunca le dio una razón coherente, la verdad no la entendía, pues a su esposa le había ido perfectamente en el parto, la niña no molestaba, ni había salido enfermiza. Recordaba que cuando él tocaba el tema, Belén se ponía histérica, bueno no se quejaba, María del Pilar era la razón de su vida. Él había tenido el privilegio de tener una hija maravillosa y todos los días le daba gracias a Dios.

Belén entró en la habitación vestida como si fuera para una fiesta. Se conservaba todavía joven, de mediana estatura, delgada, rubia y con unos hermosos ojos verdes. Su esposo la miró extasiado y manifestó que se había puesto muy bella para el misterioso invitado. Ella de mal humor le contesta que no fuera impertinente. Él le dice que era una broma. A lo que ella le responde que no estaba para bromas, pues después de invertir tanto tiempo en enseñarle a María del Pilar a comportarse, ella encuentra en la calle a un desconocido y lo invita a cenar. Santiago en tono conciliador le dice a Belén que lo tomara como un acto de caridad, que ese desconocido no conocía a nadie, debía sentirse muy solo y añade que la compañía de todos le iba a ayudar a sentirse mejor, ya que, era muy triste estar en tierra extraña y no conocer a nadie. Belén levantando el tono de la voz le dice que ellos no tenían que resolverle el problema de soledad a nadie. Santiago le reclama a Belén que cuándo la conoció no era así. Ella le pregunta que si con eso quería decir que ella era insoportable. Armándose de paciencia él le explica que no estaba diciendo eso, sino que había cambiado, antes era una mujer comprensiva y cariñosa, a la cual todos admiraban. Ella sigue discutiendo y él le dice que dieran por terminada la conversación que no era el momento para reproches.

Belén se levantó de la silla y salió de la habitación dando un portazo. Santiago volvió a sus reflexiones, cuánto había cambiado su mujer, desde que tuvo a la niña se convirtió en otra mujer, resentida, gruñona y amargada. Al principio él pensó que se trataba de una depresión como consecuencia del parto, sin embargo, el tiempo fue pasando y su mujer nunca volvió a ser la misma. Por esa razón, cuando ella tomó la decisión de no volverse a embarazar él no insistió. Siempre sintió el temor que con otro embarazo su mujer fuera a empeorar. Cuando le decía que debía ver a un médico ella se disgustaba de tal manera, que él se asustaba. En una ocasión lo comentó con su suegra, le expresó su preocupación por el cambio de conducta de su mujer, a lo que ella le contestó que era mejor dejar todo así por la paz.

María del Pilar entró a la habitación de su padre, lucía bellísima. Su padre le comentó que si su madre se daba cuenta lo bonita que se había puesto se iba a endiablar más de lo que estaba. María del Pilar le contestó que ella no tenía la oportunidad de vestirse bien, lo único que hacía era estudiar, que su mamá jamás la dejaba salir a ningún lugar y que esta era una ocasión para presumir.

Santiago miró a su hija, ella era su adoración. En todo le daba la razón, desde que era una niña había vivido para complacerla y le contestó que tenía razón.

María del Pilar es una mujer alta, blanca, delgada, de cabellos rubios, como su madre, pero con unos enormes y hermosos ojos negros, como los de su padre. Ese día vestía de rojo y ese color resaltaba su belleza. Era un tipo de mujer tan espectacular que los hombres cuando la veían se volteaban y le decían un piropo.

La abuela entró en la habitación muy nerviosa y le dijo a su nieta, haciendo gran aspaviento con las manos, que había llegado su galán. María del Pilar le pide que se tranquilice y se dirige hacia la puerta principal. Cuando la abrió allí estaba William, faltaban cinco minutos para la hora señalada y él preguntó inocentemente si era demasiado temprano. La joven le contestó que no tenía importancia y que pasara para presentarle a su familia.

María del Pilar y William entraron a la sala, la primera en recibirlo fue la abuela, lo miró insistentemente. Reconocía que su nieta tenía muy buen gusto, no era como ella se lo había imaginado. Sí, un gringo alto, blanco como un pan y sin ninguna gracia. Este hombre le quitaba la respiración a cualquiera. Era un verdadero Adonis, la abuela le sonrió y le dijo, no me imaginé que fueras “tan, tan”.

William le contestó que había estudiado el español por doce años, pero no sabía que significaba “tan, tan”. La abuela soltó una carcajada y le dijo al oído, tan guapo hijo. William no se contuvo y la besó con fuerza en ambas mejillas. Ese acto fue para ellos un pacto de alianza.

En ese preciso momento entró Santiago a la sala. Todos miraron a William, María del Pilar no sabía qué decir. Santiago se adelantó y se presentó como el padre de María del Pilar. Estaban conversando animadamente cuando apareció Belén. Su cara reflejaba tanta desconfianza, que María del Pilar se sintió intimidada. William se levantó, fue donde Belén y le dijo sonriendo que ahora sabía a quien salía María del Pilar tan bonita y que lucía muy bella. Ella se sorprendió tanto qué no sabía que decir. ¿Cuántos años hacía que nadie le decía un piropo? No lo recordaba, Santiago si se los decía, pero no los tomaba en cuenta. Miró al invitado, su cara reflejaba tanta sinceridad, que no tuvo más remedio que creerle. Se había arreglado con esmero, no quería que ese extranjero pensara que ella era una vieja fea y amargada.

Belén sonrió y dijo que pasaran a la mesa. Santiago tomó el brazo de su hija para llevarla y William inmediatamente, tomó del brazo a Belén y a la abuela. Santiago no podía creerlo, por primera vez en más de veinte años, su esposa sonreía y la veía feliz. Recordó que cuando la conoció era una mujer tan bella y alegre que todos sus amigos lo envidiaban. ¿Cuál era el milagro que había conseguido William? Súbitamente se sintió celoso. Después pensó, “algún encanto tiene que tener este hombre para conquistar a las tres mujeres de esta casa”. Mientras cenaban, Belén miró a William, ahora comprendía por qué razón su hija lo había invitado apenas lo conoció, era un hombre espectacular. No lo negaba, a ella le gustaba mucho ese hombre para su hija. En ese momento se hizo la firme promesa de no ser un obstáculo en la felicidad de su hija. Lo más seguro era que si se casaban, él la llevaría a vivir a los Estados Unidos y entonces Santiago volvería a ser sólo para ella.

Desde que tuvo a María del Pilar Santiago la dejó de amar, todo su amor lo había volcado en su hija. Eso era algo que ella había arrastrado por más de veinte años y la había llenado de resentimiento. Cuando contemplaba la adoración que su esposo sentía por su hija, su rencor era tal, que odiaba a su propia hija. Eso la había llenado de amargura por todos esos años.

Santiago le preguntó a su esposa en qué pensaba que estaba tan callada. Ella de inmediato contestó que en la bonita pareja que hacían William y María del Pilar. Estas palabras causaron tal conmoción que perturbaron mucho a María del Pilar. No sabía que decir y para colmo, la abuela que se había portado prudente, le dijo a William que era un verdadero conquistador y que ya tenía a la suegra en un bolsillo.

María del Pilar abrió desmesuradamente los ojos y miró a William avergonzada. A lo que él le sonrió y le mandó un beso. Todos rieron, la única que no parecía divertida era María del Pilar. Levantó la voz y le dijo a William que perdonara las imprudencias de su familia. Él le contestó que no tenía nada que perdonar, que se alegraba que hubieran descubierto sus sentimientos y afirmó que desde el momento en que la conoció se había enamorado de ella. Esta declaración pública era lo que faltaba para que María del Pilar colapsara. No pudo más y empezó a llorar. Santiago le pregunta a su hija qué le sucedía y ella le responde que se sentía avergonzada y ridícula. William habló despacio para que todos lo entendieran y le preguntó que si ella no sentía nada por él. María del Pilar respiró hondo y sin tapujos le dijo que sentía lo mismo que él, que desde el día que lo conoció no había dejado de pensar en él. La abuela levantó la voz y afirmó que eso era amor a primera vista.

Pasaron una noche llena de emociones, Belén conversaba animadamente con William, nadie podía creerlo. La que más se había opuesto a la invitación, había resultado la mejor de las anfitrionas. Cuando William se despidió, todos se quedaron pendientes de la explicación de Belén. María del Pilar la miraba de hito en hito sin decir palabra; la abuela, la más osada del grupo, le preguntó a Belén si tenía algo que decirles. A lo que Belén levantando la voz dijo que William le parecía un hombre formidable.

Nadie se atrevió a contradecirla. Santiago un tanto divertido, le dijo que tenía más de veinte años de no sonreír como esa noche. Ella le reclamó y le pidió que no fuera tan exagerado que cualquiera diría que se había convertido en una amargada. Nadie le contestó. María del Pilar fue la primera en despedirse para ir a su habitación. La abuela le dijo que soñara con su galán. Santiago se sentía extraño, no estaba preparado para este cambio de actitud de su esposa. Por primera vez en tanto tiempo la veía contenta, hasta pensó que estaba cariñosa con él. ¡Si se atreviera a pedirle a su esposa que lo dejara amarla! Cuántos años venía Belén rechazándolo, ya ni recordaba, pero no se iba a exponer a otro desaire, se sentía tan humillado cuando ella lo rechazaba. Desde hacía años Belén había cambiado la cama, por camas gemelas. Llegaron a la habitación y Santiago se acostó en su cama. Observó cómo Belén se desvestía frente a él, tenía años que no lo hacía. Se puso un camisón muy ligero y sin decir nada se acostó junto a su esposo, le abrazó con fuerza y le susurró al oído que la amara.

Santiago quedó paralizado por la sorpresa. Ella lo besó y volvió a pedírselo. Santiago la amaba tanto que reaccionó de inmediato y le hizo el amor apasionadamente. Cuando Belén se durmió. Santiago no podía conciliar el sueño, no podía creerlo, cómo era posible que la visita de William hubiera hecho el milagro de que su mujer volviera a ser la amante de cuando se casaron. Dios mío pensó: “este hombre es un ángel. A partir de este momento tendrá mi apoyo incondicional”. Se sentía tan feliz que no se quería dormir, quería disfrutar del recuerdo de esa maravillosa noche.

Cuando Belén se levantó en la mañana, Santiago tenía miedo de que volviera a ser la misma rezongona de siempre. Ella lo miró y sonriendo le dio las gracias por hacerla tan feliz. Él le contestó que la amaba muchísimo. Belén se acercó a su marido y lo besó en los labios. Cuando María del Pilar llegó al comedor sus padres desayunaban y ella les dijo que se veían muy felices. Su padre le contestó maliciosamente que sí. María del Pilar intuyó algo, la expresión de felicidad del rostro de su padre era obvia. Ella salió para la universidad y le mandó un beso.

Santiago no dejaba de contemplar a su mujer, era tan bonita, los años no la habían deteriorado. Cada día estaba más enamorado de su esposa y le dijo que era la mujer más bonita de España, bueno mejor dicho del mundo entero. Ella le preguntó que sí más que María del Pilar. Él le contestó que para él sí, que si quería otra opinión le preguntara a William. Belén sonriendo con coquetería le dijo que la opinión que le importaba era la de él. Él le confirmó que no había en el mundo mujer más bella que ella. María del Pilar no se había ido todavía para la Universidad, observaba como su madre acariciaba a su esposo y se sintió feliz de ver que sus padres se amaran

Los meses fueron pasando, María del Pilar era novia de William. Mantenían una relación formal desde hacía seis meses. Se veían a diario y esa noche él la invitó a su departamento. Ella estaba indecisa, pero no quería que pensara que no le tenía confianza. Al llegar al apartamento, tocó el timbre, de inmediato William le abrió la puerta y la invitó a pasar. El lugar era pequeño, arreglado con mucho gusto y sobre todo muy acogedor. Se sintió como en su casa.

William miró fijamente a los ojos a su novia y dijo que cuando se casaran los primeros meses vivirían allí. Era la primera vez que William hablaba de matrimonio. María del Pilar repitió la afirmación de William con asombro y él le preguntó si lo iba a rechazar. Ella le contestó que aceptaba, pues lo amaba más que a su propia vida. Él le acarició el rostro y le dijo que hablaría con sus padres y que dos meses era tiempo suficiente para organizar la boda y le preguntó si deseaba una fiesta con muchos invitados. María del Pilar le contestó que no, que le gustaría una ceremonia sencilla con pocos invitados y muy íntima. Él aceptó la sugerencia de su novia y continuaron conversando sobre los preparativos. Después de unos minutos le preguntó a María del Pilar si tenía calor y le sugirió que pasaran a la recámara que era el único lugar con aire acondicionado. En la recámara María del Pilar no tuvo conciencia de lo que pasó, se vio en los brazos de su amado haciendo el amor por primera vez. Estaba muy angustiada, no sabía si William se había dado cuenta de que él había sido el primer hombre en su vida. Él permanecía muy callado. Esto aumentaba su angustia. De repente, sonó el teléfono, él se levantó y salió de la habitación para contestar la llamada y se quedó como veinte minutos afuera. Se hacía tarde y María del Pilar no sabía qué hacer. Tendría que vestirse para ir a casa.


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