Excerpt for Los Hombres Sobran by Ezequiel Tambornini, available in its entirety at Smashwords

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Los Hombres Sobran


Ezequiel Tambornini


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Los Hombres Sobran


Copyright © 2011 Ezequiel Tambornini




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Ezequiel Tambornini on Smashwords


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I


R.154 se despertó, como hacía usualmente, unos minutos antes de que el sonido de la sirena anunciara que había llegado el momento de levantarse. Al incorporarse de la cama, extendió su mano hacia el compartimento distribuidor de alimentos, donde una cinta transportadora acababa de traer hasta su celda un vaso con leche tibia y una barra de chocolate. Usualmente solía deglutir el chocolate y beber la leche en apenas unos pocos minutos. Pero esta vez no lo hizo inmediatamente. Se tomó un buen tiempo en percibir los aromas de ambos alimentos, llevándose el vaso de leche hacia la nariz y luego la barra de chocolate, aspirando de manera profunda, intentando percibir por última vez aquellos olores. Finalmente empapó su boca con un poco de leche y esparció el líquido por sus labios con delicados movimientos de su lengua. Dirigió su mirada hacia el amplio ventanal y se sorprendió al descubrir que podría llegar a sentir cierta nostalgia por aquella imagen de la cúpula, con sus ventanitas rectangulares en las cuales anidaban las palomas, de aquel bosque encantador que rodeaba aquella estructura, que probablemente era una iglesia, de los sonidos de los grillos, que tanto lo ayudaron a conciliar el sueño cuando era sólo un niño, aunque todo eso, si bien parecía estar vivo y en constante movimiento, era, claro, sólo una imagen digital, pues no había, no podía haber ninguna salida, ningún contacto con el exterior.

R.154 aún recordaba el día en el cual fue transferido a su actual celda. Por entonces era sólo un preadolescente. Una rectora le había explicado que pulsando una opción podía elegir la imagen que quisiese, el fondo del mar, una playa paradisíaca, montañas, mientras iba mostrando las diferentes opciones, R.154 preguntó qué era aquello.

– Una cúpula, un bosque –respondió la rectora.

– Ya lo sé, pero ¿qué es? – quiso saber R.154

– Qué es específicamente, dónde estaba, no podemos saberlo. Se trata de un registro que nos ha quedado de los viejos tiempos. Es todo lo que puedo decirte. Lo siento.

R.154 jamás cambió la imagen de lugar. Otros R. se entretenían buscando nuevos paisajes. Pero él prefería imaginar que aquel ventanal era real, que había algo más allá. Pasó muchos noches observando el transcurrir de aquella imagen, pensando que además de palomas, en algún momento debería aparecer la figura de algún hombre, o de alguna mujer, algún indicio de los que realizaron aquel registro. Pero jamás pudo observar a nadie. Sólo palomas, viento, árboles, hojas secas, barro, lluvia. Nada más.

Todavía no había terminado de beber la leche –que ya estaba fría– cuando la puerta de la celda se abrió para permitir el ingreso, tal como sucedía todas las mañanas, de la higienizadora. R.154 la recibió con una sonrisa. Era ella. Una muchacha rubia y regordeta que sabía excitarlo de manera adecuada. Algunas higienizadoras cumplían su tarea de manera mecánica. Pero ella no. Podría decirse que disfrutaba el trabajo. Mientras la rubia se calzaba los guantes térmicos –cuya rugosidad simulaba, si eran bien empleados, la cavidad interna de una vagina– R.154 se quitó la única prenda que llevaba puesta para comenzar a masajearse el pene en la búsqueda de una erección. Cuando era más joven, el procedimiento era realizado sobre el miembro de R.154 para recolectar semen por medio de un dispositivo adaptado para tal fin. Pero luego de cierta edad eso ya no era necesario. Aunque todos los R. debían ser descargados dos veces al día: durante la mañana y por la noche, antes de acostarse. La rubia le solicitó a R.154 que se acostase sobre la cama.

– Hoy es tu último día aquí –dijo.

– Así es –respondió R.154–. Estoy contento de recibirte. Temía que pudiese ser otra la que viniese.

La mujer le devolvió el cumplido con una sonrisa y le solicitó que cerrara los ojos y se relajase. R.154 así lo hizo. La mujer comenzó a morder suavemente una de sus orejas, para luego lamerla, de manera delicada, después con abundante saliva, introduciendo su lengua en el orificio del oído, mientras emitía un leve gemido. R.154 percibía su aliento y ahora su mano, envuelta en el guante térmico, que comenzaba a acariciar su pene, ya completamente erguido, para luego tomarlo con ambas manos y empezar a masturbarlo con movimientos muy lentos. R.154 intentaba controlarse, aunque su respiración se agitaba y sus piernas comenzaban a sacudirse por espasmos de placer, que eran cuidadosamente administrados por la higienizadora, pues por momentos tomaba con fuerza todo el tronco del pene para realizar movimientos rítmicos hacia arriba y abajo, para luego detener la operación y mantener apretado el glande, de manera tal de extender el orgasmo, evitando la eyaculación, y así nuevamente con movimientos cada vez más lentos y suaves, interrumpiendo una y otra vez el coito, hasta el momento en el cual la hinchazón del pene se torna insoportablemente dolorosa y sólo puede ser aliviada por la expulsión de un abundante chorro de semen.

Cuando R.154 abrió los ojos, observó a la mujer regordeta quitándose los guantes y arrojándolos al compartimento de la basura. La vio sonreír, como siempre lo hacía al finalizar su trabajo. Se la veía satisfecha por el placer proveído. Aunque detrás de tal satisfacción parecía haber algo más que R.154 no llegaba a descifrar. Se suponía que las higienizadoras eran lo más bajo en la escala femenina. Pero esa mujer, por algún motivo, estaba orgullosa de hacer lo que hacía. Estuvo a punto de preguntarle. Pero no se atrevió. Las preguntas inconvenientes solían generar reparos de las vigiladoras. No quería problemas. Era su último día.

La mujer le facilitó toallas húmedas a R.154 para que éste higienizase su cuerpo y permaneció a su lado, como estaba obligada a hacerlo, para asegurarse de que cumpliese con la orden impartida. Primero limpió los restos de semen que se encontraban esparcidos en su escroto y también en su abdomen. Luego procedió, con otra toalla húmeda, a limpiarse las axilas y el orificio del ano, que exudaba ya un olor desagradable a causa de la excesiva transpiración generada por el acto sexual. Por último, tomó otra toalla para refregarse el rostro y la cabeza completamente calva. La mujer le hizo una seña con su mano para indicarle que arrojase las toallas sucias al compartimento de la basura y R.154 así lo hizo.

– Adiós. Hasta siempre –se despidió la higienizadora. La vio alejarse mientras se cerraba la puerta y se dirigía a su siguiente destino: la celda de R.155.

Todo volvió a quedar en silencio. Debía permanecer ahí veinte minutos hasta que la sirena volviese a sonar para indicar a todos los R. que había llegado el momento del día en que debían salir de sus celdas para dirigirse al gimnasio. Este era el momento del día que más angustiaba a R.154, pues, en realidad, era el único momento en el que no tenía nada que hacer, salvo –si así le apetecía– beber un zumo de frutas que podía solicitar llevando la punta de su dedo índice hacia el indicador correspondiente en una de las tantas pantallas presentes en la celda. Pero esa mañana no tenía ganas de beber nada más. Por ahora sólo sentía ganas de orinar. Tomó su pene con una de sus manos mientras que con la otra accionó el dispositivo sanitario encargado de canalizar los desechos orgánicos humanos. Al finalizar la tarea, intentó asegurarse de que no quedara ninguna gota de orina en su pene, agitándolo como si intentara revivirlo de un desmayo repentino, aunque sabía que, casi con seguridad, no logaría alcanzar su propósito, pues algo del líquido siempre lograba ocultarse en su generoso prepucio. Un sensor detectó alguna señal de inestabilidad en su respiración e inmediatamente accionó música. R.154 amaba la Séptima Sinfonía de Ludwig van Beethoven, especialmente el Segundo Movimiento, que fue, precisamente, el elegido por el sensor inteligente encargado de monitorear las funciones vitales del espécimen masculino. Cerró los ojos y comenzó a mover los brazos hacia aquí y allá, como si intentase dirigir una orquesta numerosa, esperando que el murmullo inicial de la melodía comenzase a gestar el torbellino de notas musicales que estimulaban la producción de endorfinas en su organismo.

Cuando sonó la sirena, R.154 aún se encontraba dirigiendo a su orquesta imaginaria. La puerta se abrió al tiempo que todos los dispositivos digitales presentes en la celda, incluida la iluminación, eran desactivados. Sólo era posible observar señales lumínicas móviles, que se prendían y apagaban con una disposición tal que a cualquier R. eso le resultaba inconfundible para percibir que aquello significaba que debía salir de ahí de inmediato, sin importar qué es lo que estuviese haciendo. Así lo hizo R.154. Así lo hacían todos los R. Siempre.

Al salir de la celda, no reparó en el resto de los R., quienes, mientras formaban una fila con una disciplina ejemplar forjada desde la infancia, lo observaban con indisimulada atención, intentando descubrir en alguno de sus gestos algún indicio del cambio radical que experimentaría en unas pocas horas más. Pero no pudieron observar nada fuera de lo común en el rostro de R.154. El único evento llamativo fue que permaneció mirando más de la cuenta el interior de su celda, quizás pensando que ya no volvería a verla más. Había, si puede permitirse el comentario, quizás cierta nostalgia en su expresión, aunque, si tal era el caso, no debería haberse manifestado, pues, cumplido el plazo, todos los R., al igual que todos los hombres de todas las reservas del mundo, eran transferidos a las urbanizaciones oceánicas, en las cuales podrían vivir en espacios más amplios y sin condicionamientos. El porvenir debía ser mejor. Seguramente. Aunque en toda transferencia siempre se generaba una gran expectativa colmada de ansiedad, producto del miedo a lo desconocido, dado que, si bien las mujeres hablaban con mucho detalle del hábitat oceánico, lo cierto es que ningún R. había regresado de allí. No tienen porqué regresar, solía decirle a R.154 su nodriza cuando el niño preguntaba qué había pasado con aquel hombre que gustaba de jugar con él en el patio de deportes y que un día desapareció sin despedirse. Los que van allá no tienen razón para volver a este agujero, todo es agradable y placentero, ya verás cuando seas grande y lo veas por tu propia cuenta. También estaban las imágenes que les habían mostrado las mujeres. Imágenes de antiguos compañeros de la reserva, espléndidos, sonrientes, viviendo en amplias habitaciones con paredes transparentes, a través de las cuales era posible observar cardúmenes de peces de color rojo y amarillo, corales de formas irregulares, algunos enormes y rígidos, otros delgados y flexibles, en movimiento permanente. R.154 nunca había dejado de desconfiar. Había en aquellas imágenes algo demasiado perfecto, algo que no encajaba, que parecía haber sido añadido. Los R. que aparecían en las imágenes, al menos los R. que él había conocido en la reserva, no se parecían a quienes habían sido. Se los veía extrañamente felices. ¿Cómo es posible que pueda cambiar tanto una persona? No era el único. Otros R. también experimentaban el mismo temor. Pero callaban. No hablaban entre ellos del tema. Sabían que nada irritaba más a las mujeres que se desconfiara de algo que ellas decían.

La puerta de la celda finalmente se cerró y R.154 regresó a sí mismo. Saludó con un pequeño movimiento de la cabeza a R.155, quien lo venía observando para intentar atraer su atención y capturar algún indicio de ansiedad en su rostro. R.154 sonrió al descubrir que R.155 parecía estar más nervioso que él.

– ¡Adelante! –gritó una voz femenina.

Los hombres respondieron de inmediato a la orden y comenzaron a caminar con pasos sincronizados por el estrecho pasillo de aspecto metálico y ese olor, siempre ese olor ácido del desinfectante, que inevitablemente se impregnaba en las fosas nasales.

A medida que la fila de R. iba avanzando para atravesar el portal de seguridad, un indicador marcaba el ingreso de cada individuo, R.22, R.23, R.24, escaneando a cada uno de ellos para asegurarse de que sus funciones vitales no registrasen ninguna anomalía evitable.

R.154 pensó que no iba a extrañar aquel recorrido mientras caminaba por el pasillo que lo conducía al gimnasio. Ya comenzaba a experimentar ese hormigueo que se extendía por todo su cuerpo, tal como sucedía casi siempre en aquel momento del día, y que le indicaba que había un torrente de energía impaciente por liberarse a través del ejercicio físico.

Tomó dos mancuernas, cada una de las cuales contaba con un peso de veinte kilogramos, y comenzó a moverlas de abajo hacia arriba, ejercitando sus enormes bíceps, mientras se observaba al espejo con admiración. Repitió la operación tres veces, con pequeños descansos entre uno y otro ejercicio, en los cuales se entretenía observando a los demás R., especialmente a R.78, un ejemplar con una espalda extraordinariamente ancha, que solía tener preferencia por trabajar los músculos de los hombros. R.154 no podía evitar dejar de observarlo siempre que tenía la oportunidad de hacerlo, aunque pronto retiraba su mirada si era descubierto, pues aquella situación, por cierto, lo incomodaba. R.78 solía embadurnar su cuerpo con aceite mineral antes de iniciar su rutina en el gimnasio y en ocasiones entrenaba completamente desnudo; aunque no era el único que empleaba tales rutinas, aquello resultaba una suerte de imán para R.154, quien podía advertir la belleza representada en la plena expresión de cada una de las fibras musculares de los brazos y los hombros de R.78, de sus pectorales, tan majestosamente firmes y lustrosos, de su abdomen, compartimentado, compacto y definido. R.154 nunca había dejado de experimentar placer al observar la armoniosa proporción de su cuerpo en alguno de los numerosos espejos del gimnasio, aunque sabía que jamás podría alcanzar la magnitud de las dimensiones de tamaño y forma logrados por R.78.

– Último día –dijo R.155, quien se había acercado hacia R.154 para intentar iniciar una conversación.

– Así es, último día –respondió R.154, con un tono de voz que pretendía comunicar que no estaba interesado en hablar, no al menos en ese momento.

– ¿Qué se siente? –quiso saber R.155.

– Nada en especial; ya lo sabrás pronto, cuando te llegue tu turno.

R.154 dejó ambas mancuernas en la plataforma correspondiente y se dirigió hacia otro sector del gimnasio para alejarse de R.155; le molestaba que le hablasen mientras se encontraba entrenando. Tomó una botella de agua y la bebió rápidamente, sin dejar de mirarse al espejo, de observar los músculos tensionados de su brazo, mientras sostenía inclinada la botella para que el líquido se dirigiese a su boca y empapara sus labios, dejando correr algunas gotas de agua por su cuello, su torso, hasta mezclarse con las gotas de sudor que se extendían por su cuerpo y brillaban bajo aquella luz. R.154 ya había bebido toda el agua contenida en la botella, pero permanecía en la misma posición, con el brazo tensionado, para seguir admirando, en el reflejo del espejo, la conformación de su sólido bíceps.

¿Qué se siente? Recordó que eso mismo le había preguntado el anterior R.155 poco después de haber sido transferido a su celda a la edad de doce años, luego de experimentar la primera eyaculación. En ese momento no había sabido qué responder. El entonces R.155 era ya un hombre maduro y en poco tiempo más, al cumplir treinta años de edad, habría de ser transferido a las urbanizaciones oceánicas, para que su celda fuera ocupada por el ahora R.155, el mismo que había intentado minutos antes establecer, sin éxito, una conversación con él.

R.154 jamás se había sentido cómodo con su pasado. Pero ahora, ante la pregunta de R.155, no pudo evitar recordar que durante días esperó que su nodriza viniese a visitarlo. Por las noches, lloraba de manera desconsolada y una voz, que decía ser su nodriza, se hacía presente en la celda para intentar calmarlo; pero R.154 sabía que aquella voz no era la de su nodriza. No podían engañarlo. Su salud pronto comenzó a desmejorar, perdió el apetito y eso preocupó mucho a la médica veterinaria que tenía a su cargo a R.154, quien decidió, además de aplicarle por vía oral drogas relajantes, permanecer a su lado durante varias noches, acariciando su cabello con dulzura y contándole historias del mundo tal cual era en un principio. Aún podía recordar la sonrisa de aquella veterinaria y el sosiego que su presencia maternal generaba en el joven R.154, quien, si bien ya había comenzado a producir semen viable, seguía siendo un niño.

Intentó imaginar al niño que ocuparía su celda a partir del día de mañana. ¿Lloraría por las noches como lo había hecho él? ¿Sería lo suficientemente fuerte como para aceptar su nuevo destino sin presentar queja alguna? ¿Enloquecería hasta la muerte o hasta ser eliminado de la reserva por tratarse de un ejemplar no apto para reproducirse? En la existencia de un R. la transferencia hacia el sector de adultos era el momento más traumático, pero también el más necesario para evaluar la resistencia de los ejemplares en cautiverio. Era sabido que algunos de los R. que habían demostrado altas aptitudes intelectuales durante sus primeros años de vida luego no lograban tolerar la celda. Se empleaban entonces todos los recursos disponibles para intentar equilibrar a esos ejemplares –tal como habían hecho con R.154–, pero en ciertas ocasiones, luego de transcurrido cierto tiempo sin resultados favorables, los R. fallidos desaparecían sin dejar ningún rastro, para ser reemplazados por un nuevo ejemplar joven. No importa cuán alto pueda crecer un árbol, solían decir, si el tronco de éste luego se quiebra con la aparición del primer temporal.

R.154 se acomodó en un estrecho asiento para tomar una barra con pesas y llevarla a la altura de su pecho, sin mirar hacia ninguna parte, completamente concentrado en la tarea; repitió el ejercicio unas treinta veces y luego extendió sus brazos hacia arriba, levantando todo el peso contenido por la barra, de manera tal que ésta quedó sobre su cabeza, suspendida entre los brazos de R.154, quien ahora volvía a descender la barra a la altura del pecho, para exhalar el aire aspirado durante el mayor grado de tensión requerido por el ejercicio.

La primera vez que ingresó en aquel gimnasio, el joven R.154 se sorprendió al descubrir cuán delgado era al observar la musculatura de los demás R. Durante los primeros días no se sentía atraído por la actividad física y ninguno de los R. adultos le había ofrecido ayuda de manera espontánea. Le dolían las miradas de desprecio. Pero al poco tiempo ingresó otro nuevo ejemplar a la reserva –quien era quizás más delgado que el propio R.154– y pronto comenzaron a alentarse mutuamente para desarrollar una rutina propia de entrenamiento. Ninguno de los R. contaba en su celda con registro alguno de su pasado. Pero puedo asegurar que si el fornido adulto R.154 hubiese visto una fotografía del joven R.154, seguramente no se habría reconocido en ella.

La fase siguiente en la rutina de los R. era el almuerzo. Una voz femenina les ordenó de manera intempestiva que interrumpiesen los ejercicios que estuviesen haciendo para formar una fila, integrada siempre en el mismo orden, con el R.1 al comienzo de la formación y luego el R.2, R.3 y así hasta el último de los ejemplares. R.154 observó que uno de los R. jóvenes, no recordaba cuál, que acababa de ingresar a la reserva, tardaba demasiado en integrarse a la fila y advirtió que –tal como le había ocurrido a él– esa conducta pronto sería disciplinada por medio de la aplicación de pequeñas descargas eléctricas, las cuales no provocaban daño alguno en el organismo de los R. Apenas se trataba de una molestia momentánea. Pero la metodología resultaba útil para uniformizar conductas, especialmente en el caso de los especímenes más jóvenes, pues tales demostraciones de carácter no eran aceptadas entre ejemplares adultos.

Un grupo de nutricionistas se dedicaba con especial esmero a diseñar una dieta tan completa como fuese posible: cada uno de los R. debía contar con todo lo necesario para que su potencial genético se expresara hasta alcanzar los límites de su propia naturaleza.

– ¿Preparándote tu último almuerzo en la reserva? –dijo R.159.

– Así es –respondió R.154 con una sonrisa, mientras colocaba en su bandeja un trozo de carne bovina, un puñado de brócoli, zanahoria rallada y arroz blanco.

– Podrías ser más generoso –indicó R.159–. Es muy poco lo que vas a comer.

– No necesito más que esto.

– También podrías cambiar esa cara –insistió R.159, quien no había advertido la escasa disposición de R.154 para mantener una conversación–. Es tu último día aquí, no tu último día de vida.

– En lo que a mí respecta, no existe diferencia alguna –dijo R.154 y se regodeó al contemplar cuán incómodo le había resultado su comentario a R.159, quien, luego de tomar un vaso con agua del estante de bebidas, se alejó deprisa hacia el otro extremo del salón y evitó dirigir nuevamente la mirada hacia R.154.

Cuando estaba a punto de buscar un lugar donde sentarse para comenzar a almorzar, R.154 percibió cierto alboroto entre los R. que se encontraban a su alrededor. Pronto descubrió que eso se debía al hecho de que dos oficiales femeninas se habían acercado por detrás hacia su persona.

– ¿Algún problema R.154? –preguntó una de ellas al sujeto.

– Ningún problema –respondió R.154, quien nunca había dejado de odiar aquella voz artificial proveniente del interceptor del casco de seguridad que empleaban las oficiales de la reserva.

– Usted sabe bien que el último día de un R. en el ámbito de la reserva es siempre una jornada festiva; nadie desea que suceda lo contrario ante cualquier comentario inconveniente.

– Yo soy el principal interesado de que así suceda –respondió, obediente, R.154.

– Mejor así –dijo la oficial. R.154 permaneció en el lugar, observando cómo aquellas dos figuras completamente cubiertas de un holgado mameluco de brillante color negro, que ocultaba cualquier indicio de femineidad, se alejaban con pasos estudiadamente coordinados.

R.154 se sentó en su lugar habitual, a la derecha de R.153 y la izquierda de R.155, enfrente de R.165. Todos los miraban con cierta preocupación, sin mencionar nada, sólo limitándose a comer lo que cada uno de ellos se había servido en la bandeja. Sabían que en días como estos los controles se extremaban sobre los R. salientes.

– Están todos muy callados –dijo finalmente R.154 al terminar de tragar el último resto de carne que había sobre su bandeja–. ¿Acaso no van a decirle nada a su compañero? –añadió desafiante.

– Que tengas la mejor de las suertes –respondió R.165 sin mirarlo a los ojos.

– ¿Sólo eso? –preguntó R.154 con una sonrisa.

– No te pongas pesado –interrumpió R.153–. Ya nos llegará a todos la hora de partir.

El sonido de una sirena anunció la finalización de la fase del almuerzo. Los R. volvieron a formar en fila para dirigirse hacia una sala en la cual debían todos los días leer lo que les apetecía y, si nada les venía bien, lo que se les indicase.

R.154 se acomodó en el confortable sillón ubicado en el compartimento individual, extendió sus piernas de manera horizontal para cruzar una sobre otra y colocarlas sobre un taburete ergonómico; tomó la pantalla móvil y comenzó arrastrar su dedo índice sobre ella para seleccionar un texto en el apartado relativo a paleoantropología.

Todos los registros de todas las lecturas realizadas por R.154 durante toda su existencia –incluido este último– serían almacenados junto con el resto de los datos necesarios para diseñar el perfil fenotípico del ejemplar. Si los textos habían sido elegidos de manera voluntaria o inducida. Cuántas palabras había leído el individuo y a qué velocidad. El nivel de concentración y dispersión. La compresión del texto y la memorización (ambas evaluadas en la misma pantalla al finalizar la lectura por medio de una serie de preguntas –que debían ser respondidas por el ejemplar– sobre el material leído en el día y en la jornada anterior). Todas las variables recolectadas eran luego analizadas por un equipo de analistas encargado de estimar la aptitud intelectual del macho. Era usual que las mujeres solicitaran un listado completo de las lecturas realizadas por los donantes seleccionados para intentar imaginar al hombre aportante del semen elegido para concebir. Hacer una recorrida por los libros leídos por el ejemplar era el único recurso disponible para intentar establecer un vínculo –al menos imaginario– con el individuo.

R.154 había mostrado desde siempre una gran aptitud para adquirir conocimientos. Pero sus intereses no se concentraban en ninguna área en particular. Tenía etapas. Durante semanas podía solicitar documentos de historia para luego pasar a leer textos de estadística, comportamiento animal o biotecnología. Estaba catalogado como un integrador, a diferencia de los especialistas, quienes sólo se interesan por una determina área del conocimiento. Los genes de los integradores eran muy valorados por las administradoras de las centrales de planificación social, puesto que sin ellos no existe –en las condiciones adecuadas– organización posible del conocimiento generado por los especialistas.

R.154 comenzó a perder su capacidad de concentración al escuchar la agitada respiración de R.157, quien se encontraba tres compartimentos más allá, masturbándose –como solía ocurrir– con algún texto de literatura erótica. R.154, por alguna razón que no podía dilucidar del todo bien, percibía que la sola presencia o cercanía de R.157 generaba en él un rechazo inmediato. Siempre intentaba medir sus emociones ante las diferentes reacciones de sus compañeros, pues era consciente de que la monotonía presente en aquella reserva solía alterar su humor. Pero todo lo proveniente de R.157, sin distinción, le resultaba nauseabundo y vulgar. Con frecuencia se preguntaba cómo era posible que un ejemplar con características tan primitivas fuese mantenido en cautiverio; probablemente –pensaba– debía haber alguna razón para ello. Y de hecho la había, pues R.157, a pesar de disponer de un pobre nivel intelectual, contaba con genes de elevado interés.

R.154 tomó dos auriculares, colocados a un costado del sillón, para localizarlos en sus conductos auditivos externos y comenzar a escuchar, tal como estaba programado, sonidos provenientes –según había leído en el catálogo– de la noche de una selva ya extinta cuyo nombre ahora no recordaba. Eso lo ayudó a olvidar cuán cerca estaba de R.157. Se acomodó en el sillón, cerró los ojos e intentó no pensar en nada. No fue posible. Trataba de negárselo a sí mismo, pero el hecho de desconocer qué ocurriría mañana lo mantenía inquieto. Nunca había terminado de creer las historias que le habían contado durante años. Quería confiar. Pero no podía. Los sonidos del agua fluyendo, probablemente de un río o de una cascada, el canto de diferentes aves, los chillidos distantes –provenientes de la profundidad de la selva– de animales que no lograba identificar, sonidos que en otras oportunidades había encontrado apacibles, ahora le resultaban exasperantes.

Hubiese deseado poder hablar con alguien. Pero no había nadie. Comprendió que estaba completamente solo. Los R. nada podían saber de ello. Las mujeres repetían siempre el mismo relato y se molestaban cuando un R. preguntaba demasiado. No podía hacer nada, salvo esperar que llegara el día siguiente para saber qué ocurriría o dejaría de ocurrir, aunque en este último caso, claro, sospechaba que no había nada que esperar. Se imaginó caminando por el pasillo, acompañado por dos oficiales, para dirigirse hacia una habitación en la cual podría hablar sin inconvenientes con una mujer que le contaría todo, sin importar lo que sucediese después.

– Sólo quiero saber la verdad –decía R.154 a la mujer, quien le respondía afirmativamente, aunque advertía que el precio que debería pagar por esa información sería muy alto. R.154 se imaginaba decidido a aceptar los condicionamientos de la mujer, sin importar cuáles fuesen las consecuencias de poseer aquel conocimiento.

– ¿El conocimiento puede ser acaso más importante que tu propia existencia? –preguntaba la mujer y en su mirada R.154 podía adivinar que tenía algo importante por decirle, algo que había estado oculto desde siempre y que, a pesar de sus esfuerzos por evadir la cuestión, había comenzado a torturarlo.

– Sólo sé que quiero saber; no me importa nada más –respondía R.154.

El sonido de la selva que emergía de los auriculares se interrumpió y en su lugar apareció una voz femenina que solicitó a los R. que se incorporasen para dirigirse –nuevamente en fila– hacia una de las salas audiovisuales, en la cual proyectarían seguramente algún documental sobre la vida que llevaban los antepasados inmediatos antes de que el mundo dejase de ser un lugar seguro.

Los salones audiovisuales eran pequeños –apenas cabían unos veinte R. en ellos– y contaban con temperaturas bastante más bajas a las presentes en el resto de las secciones comunes y habitáculos individuales. Los R. eran distribuidos en pequeños grupos en cada una de las salas y antes de ingresar a las mismas debían colocarse una gruesa túnica, que, además de abrigar, cubría toda la extensión del cuerpo de los ejemplares, impidiendo así que se distinguieran los rasgos físicos propios de los machos. También se les obligaba a usar un gorro de lana color gris que revestía la cabeza y las orejas de los ejemplares. En algunas oportunidades, mientras permanecían sentados observando el documental, se les ofrecía un plato con yogur y cereales, pero no se los proveía con cucharas ni con cualquier otro instrumento que les permitiese llevarse la comida a la boca de una manera ordenada, de manera tal que, salvo por unas pocas excepciones, la mayor parte de los R. terminaban sucios y lo que hacían para limpiarse, como secarse los labios recubiertos de yogur con las mangas de la túnica, exaltaba la animalidad presente en los ejemplares. Por alguna razón que R.154 jamás había comprendido, durante las proyecciones no estaba permitido tocarse los genitales, pues ya sea por aburrimiento o para librarse de una simple picazón, aquellos que llevaban su mano hacia su pene o sus testículos recibían una descarga eléctrica que sólo cesaba cuando retiraban la mano del lugar. Tampoco estaba permitido quitarse la túnica o el gorro.

Luego de la proyección del audiovisual, los R. eran conducidos hacia un sector en el cual debían colocarse un dispositivo sobre su pecho antes de correr durante una media hora en cintas transportadoras; allí un equipo de veterinarias especializadas en funcionamiento del sistema cardiovascular evaluaban la presencia de cualquier anomalía que pudiese requerir alguna intervención o eventualmente, si se detectaba un problema de cierta gravedad, la no incorporación del semen del individuo en los bancos genéticos; aunque esto último era muy poco usual, dado que décadas de selección y cruzamientos controlados habían permitido deshacerse de muchos complejos de genes indeseables, los cuales en el período precedente se habían expandido de manera exponencial.

Si bien R.154 carecía de la fuerza muscular presente en otros ejemplares de su misma camada, se había caracterizado desde pequeño por una extraordinaria resistencia física. Podía correr durante horas en las cintas sin que su organismo mostrara señales evidentes de desestabilización. Los individuos más dotados en la cualidad de la resistencia física –como R.154– eran probados de manera particular con cierta regularidad para evaluar los límites de su potencialidad. También solían recibir nutrientes específicos diferentes a los de los ejemplares que sobresalían por su capacidad de aumento de la masa muscular.

La rutina de los machos en cautiverio era brutal. En los comienzos, las diseñadoras habían considerado que la adaptabilidad a un escenario de semejantes características era deseable para identificar a los ejemplares más aptos para desarrollar aptitudes gregarias, aunque luego se comprendió, obviamente, que la homogeneización de los ejemplares en lo relativo a la capacidad de domesticación podía generar más problemas que soluciones en un horizonte de largo plazo. De todas maneras, no puede culparse a las primeras diseñadoras de incapaces, pues ellas experimentaron de manera directa el descalabro del ciclo precedente y tenían bien presente el carácter depredador de las hordas motivadas exclusivamente por el interés individual.

Cada uno de los R. debía ser debidamente evaluado y eso requería tiempo y dedicación. Pero luego de registrar pérdidas innecesarias durante algunas décadas, se entendió que debían implementarse todos los recursos necesarios para lograr que los ejemplares pudiesen evadirse de la angustia generada por el encierro del cautiverio sin que ello implicase un riesgo para su integridad física. Fue así como llegó a implementarse la realidad virtual en buena parte de las reservas.

Los R. podían elegir una amplia gama de realidades virtuales inspiradas en diversas regiones y épocas históricas. Este era el momento más esperado del día por R.154. Su respiración comenzaba a agitarse con el solo hecho de pararse en la plataforma que, por medio de una cinta multidireccional, respondía de manera inteligente a los movimientos generados por los R. Si éstos corrían, la cinta corría a la velocidad adecuada; si caminaban, la cinta se movía adaptándose a sus pasos y orientándose en la dirección correspondiente. Los dispositivos visuales, auditivos y táctiles habían mejorado mucho para entonces y eran lo suficientemente livianos como para no entorpecer la verosimilitud envolvente de la virtualidad. No se consideraba apropiado ofrecer escenarios sexuales a los ejemplares, aunque sí estaba les permitido acceder a situaciones violentas, dado que –más allá de los temores iniciales que hubo al respecto– estaba bien comprobado que los individuos con características particularmente agresivas eran más dóciles luego de luchar como gladiadores o comandar un ejército de cruzados, entre otros escenarios posibles.

Pero a R.154 nunca le atrajeron demasiado tales situaciones. En los últimos tiempos sólo estaba interesado en recrear las condiciones cotidianas presentes poco antes del colapso del orden precedente. No dejaba de maravillarse al recorrer esas grandes ciudades colmadas de tantos hombres como mujeres, ataviados cada uno de ellos con prendas diferentes, que le resultaban extraordinariamente raras e innecesarias. Caminaba posiblemente durante una tarde por una amplia avenida de una urbe ajetreada y le provocaba risa el esfuerzo descomunal que hacía toda esa gente para intentar individualizar su persona a través de accesorios externos. Se detuvo un momento para dirigir su mirada hacia arriba, buscando particularidades de los edificios presentes en aquella avenida, cuando reparó que una adolescente lo estaba mirando; tenía algo semejante a un aro que le atravesaba una ceja y luego observó otro colocado en la parte superior de su labio; sintió repulsión. Ella lo miró con extrañeza y luego se alejó; en ese momento R.154 pudo ver un tatuaje que se extendía por buena parte del cuello y el hombro de la adolescente y que quizás también ocupaba parte de su espalda. R.154 buscó un lugar para beber un café; siempre pedía alguna mesa que le permitiese contemplar el ir y venir de las miles de personas que pasaban por allí; personas que ya no existían, pero que alguna vez estuvieron vivas y que ahora eran recreadas por contingentes multidisciplinarios de programadoras y diseñadoras. R.154 percibía que, más allá de hedor decadente que transmitían aquellas personas, había algo excitante en tanta extravagancia, algo que aún no alcanzaba a definir con precisión, pero que seguramente estaba relacionado con el desborde creativo existente en los numerosos y complejos detalles presentes en la cotidianeidad de aquella gente; detalles que para R.154 eran una muestra de derroche innecesario. Mientras bebía su café, se asombraba al calcular mentalmente el consumo de energía del enjambre de automóviles que pasaba por aquel tramo de la avenida; los restos de comida dejados en los platos por los ocasionales clientes de aquel lugar de paso; los dispositivos portátiles que la mayor parte de ellos empleaba para comunicarse; pero lo que más lo asombraba no era quizás todo eso, sino el hecho de que todos actuaban como si la abundancia fuese el orden natural de las cosas, una suerte de derecho irrestricto, desmedido e irresponsable, del que todos clamaban una parte sin preguntarse hacia dónde les llevaba su deseo y la suma bestial de todos ellos. R.154 lo sabía. Pero era conciente de que, junto con la furia y la pena que aquellas escenas le provocaban, emergía también algo semejante a la envidia por no haber podido participar de toda esa opulencia; sólo podía acceder a ella de manera virtual, confiando en la destreza y la habilidad de las diseñadoras encargadas de representar los tiempos pasados.

Al regresar a su celda, R.154 mordió un par de veces una manzana y bebió tres sorbos de jugo de naranja. Lo hizo con desgano, sin demasiado entusiasmo. Si hubiese sido joven, habrían encontrado la manera de que consumiese todo lo indicado en su dieta. Pero a su edad eso ya no era obligatorio. Recordó que alguna vez alguien le había dicho que sabría que estaba viejo cuando dejaran de molestarlo con la comida. Era cierto.

Pronto llegaría la higienizadora para cumplir con su trabajo. No tenía ganas de verla. Percibía que ese era su último día, aunque no se animaba a decírselo a sí mismo, como si se tratase de una mala noticia que alguien tiene que darle a un conocido y espera que ese momento jamás llegue. No sentía angustia; sólo un extraño alivio por el hecho de saber que no tendría que participar una vez más del fastidio de aquella rutina. En los últimos días los R. recibían por la noche, junto con las bebidas, un fármaco para provocar el sueño. R.154 se lo tragó. Pronto se quedó dormido.


II


– Aquí están – dijo la guía mientras extendía su brazo derecho para señalar una pared de un color gris brillante que comenzó a transparentarse de manera progresiva para finalmente dejar ver a un pequeño grupo de machos alimentándose con yogur y cereales; vestían una túnica de color marrón que cubría casi toda la extensión de su cuerpo, además de un gorro de lana.

Alexia disfrutaba contemplando los rostros de las niñas que a los siete años de edad tenían, por primera vez en sus vidas, la oportunidad de ver a los ejemplares. Por ese motivo, siempre que tenía tiempo disponible, se acercaba a los contingentes escolares que visitaban la reserva durante aquel tramo específico de la recorrida.

– Niñas: saluden a la directora de la reserva –solicitó la guía. Las alumnas se dirigieron casi en simultáneo hacia Alexia para realizar el saludo propio que debe realizarse ante una autoridad oficial. Luego fijaron enseguida la vista en los machos, quienes ahora empleaban sus manos para llevarse la comida a la boca, mientras observaban una proyección en una pantalla, cuyo contenido era imposible de percibir por las ocasionales observadoras, pues la pantalla estaba localizada en el sector superior del muro transparentado, de manera tal que los machos, mientras comían con modales grotescos, podían ser vistos de frente por las niñas. Alexia observó cómo aquella escena bestial generaba auténticas expresiones de rechazo en los rostros de la mayor parte de las niñas. Eso era precisamente lo que se buscaba en aquellas visitas. Sin embargo, algunas, unas pocas, aunque siempre hacían esfuerzos por mimetizarse con el grupo, experimentarían curiosidad por aquellos seres que, después de todo, formaban parte de su propia especie. Alexia creía tener especial habilidad para detectar a las alumnas que, lejos de incorporar repugnancia por los machos en una edad temprana, descubrían que se sentían atraídas, de alguna manera que aún no lograban reconocer ni mucho menos expresar, por los hombres. Alexia creía saber porque ella había sido una de esa niñas.

– ¿Este lugar es lo suficientemente seguro? –preguntó una niña asustada, la misma que, junto con otras dos, se habían alejado del muro varios pasos hacia atrás cuando éste se transparentó.

– Es muy seguro; de lo contrario ustedes no estarían aquí y yo francamente tampoco –respondió Alexia. La guía festejó la broma de la directora de la reserva con una carcajada sincera pero medida.

– Además –continuó Alexia– estos individuos están debidamente domesticados; tienen control permanente y conocen muy bien los riesgos que asumen si deciden emprender alguna acción violenta. Ninguna medida de seguridad está demás aquí: miren la contextura de estos ejemplares, miren sus brazos; tienen una fuerza extraordinaria y en estado salvaje tardarían apenas minutos en asesinarte, ya sea por estrangulamiento o por medio de golpes de puño.

Mientras Alexia hablaba, una niña se acercó al muro para colocar una mano extendida sobre el mismo. La guía se dirigió en malos términos hacia ella, preguntándole qué creía que estaba haciendo, pero Alexia, por medio de un gesto, le hizo saber que no había problema con aquella actitud espontánea. Alexia pensó que esa niña era una de ellas.

– ¿Qué sucede? – preguntó Alexia a la alumna, luego de que ésta quitara su mano del muro ante las quejas expresadas por la guía.

– No sucede nada: sólo que me parece extraño que podamos estar tan cerca de estos ejemplares –respondió la niña–. Acaso usted, que trabaja aquí, ¿no tiene esa misma impresión?

– Todo el tiempo –respondió Alexia–. Pero más extraño aún me parece que hayamos podido vivir juntos tanto tiempo; que hayamos podido soportar sus abusos durante tanto tiempo. Ustedes son muy niñas aún, pero con los años sabrán, con mayor detalle, de qué eran capaces estos individuos y comprenderán cuánto cuidado debemos tener con ellos.

– ¿De qué eran capaces? –preguntó la alumna que había posado la mano sobre el muro. Alexia no tenía dudas: esa niña tendría serias dificultades para adaptarse en su vida adulta. Espero que puedas encontrar la manera de ser quién eres antes de que alguien decida anularte.

– Por favor, no hagas preguntas impertinentes… –solicitó la guía.

– No hay problema –dijo Alexia–. Cuando tenía tu misma edad, hice la misma pregunta a una de mis maestras, quien seguramente se sintió incomodada ante tal requerimiento, pues hoy nos resulta difícil imaginarnos el estado caótico en el que vivíamos cuando debíamos convivir con los machos. Sin embargo, la maestra me respondió algo que todavía hoy recuerdo: me dijo que todos los hombres, en mayor o menor medida, son violentos y están esperando el momento adecuado para manifestar su naturaleza; que esa violencia fue necesaria, indispensable, para que pudiésemos sobrevivir como especie cuando, durante decenas de miles de años, vivíamos en estado natural, constantemente amenazados por depredadores o por grupos humanos rivales. Pero esa condición violenta se volvió disfuncional en las sociedades modernas: los hombres habían sido diseñados por la naturaleza para cumplir una función que ya no existía, pues ya estábamos a salvo de los depredadores y no era necesario pelear con nadie para distribuirnos los recursos, porque podíamos entendernos y llegar a un acuerdo por medio de consensos. ¿Cómo lidiar con ese problema? Las civilizaciones crearon diferentes dispositivos para que los machos pudiesen sublimar su condición violenta, aunque la historia nos dice que esos dispositivos eran constantemente desbordados, pues no todos los ejemplares eran tan sofisticados como para poder transformar esos impulsos en acciones no perjudiciales para las mujeres y su prole; la mayor parte de los ejemplares siempre necesitó satisfacer sus instintos más básicos por medio de la violencia explícita, ya sea ésta una paliza, un asesinato y, eventualmente, una guerra. ¿Es lo suficientemente clara la respuesta?

– Impecablemente clara –respondió la alumna, sorprendida por haber encontrado una respuesta tan acabada luego de recibir, en el primer tramo de la recorrida, información tan pobre de una guía que no se caracterizaba por sus condiciones intelectuales.

La guía hizo un gesto para indicar a Alexia que debían continuar con la recorrida para cumplir con los tiempos previstos. El muro comenzó a oscurecerse hasta ocultar completamente a los machos, quienes, según lo último que pudo verse hasta el completo oscurecimiento de la pared, seguían comiendo con las manos y mirando con una expresión simiesca lo que sea que se estaba proyectando en aquella pantalla.

Alexia se concentró en la niña con la que había estado hablando y le mostró una sonrisa que fue correspondida. Tuvo deseos de separarla del grupo para quedarse ahí mismo a conversar con ella. Tiene una mirada tan inteligente. Cómo me gustaría tener una hija así. Pero finalmente la dejó ir. Se había prometido no realizar actos fuera del protocolo en aquellos días. Era indispensable no llamar la atención si quería que saliera bien lo que había estado planeando durante meses.


III


La cama en la que dormía R.154 comenzó a descender de manera tal que, si hubieses estado en aquella celda, habrías visto como el ejemplar parecía ser tragado por la misma hasta desaparecer por completo de la vista. La cama, que ya no era precisamente una cama, sino más bien un compartimento ocupado por el cuerpo inanimado de R.154 –quien seguía completamente dormido por efecto de los fármacos– descendió varios metros para luego detenerse en la absoluta oscuridad. Un ruido metálico era, para las que conocían ese dispositivo, la señal de que los laterales del compartimento habían comenzado a estrecharse para detenerse sólo al tocar los hombros del ejemplar. Luego, muy lentamente, el piso del dispositivo –sobre el cual estaba tendido el cuerpo del R.– comenzó a inclinarse, al tiempo que una sustancia aceitosa empezaba a extenderse sobre el mismo para facilitar la traslación del ejemplar hacia una tubería, igualmente aceitosa, que, al abrirse, succionó con rapidez la enorme figura del R. El final del recorrido era una suerte de estanque colmado de una materia gelatinosa sobre la cual aterrizaba, por así decirlo, el cuerpo de los machos de descarte que habían cumplido su vida útil. En ese momento, debido a la extremadamente baja temperatura en la que se encontraba ese gel transparente, la mayor parte de los ejemplares recuperaba la conciencia, aunque no la posibilidad de moverse, pues el fármaco administrado en la última cena ofrecida en la reserva estaba especialmente diseñado para inmovilizar a machos de gran porte por períodos extensos. Cuatro bandas ofidias se introdujeron en el estanque para sujetar a R.154 por cada una de sus extremidades y sacarlo de ahí hasta su nuevo destino: una caja metálica rectangular. Si R.154 hubiese podido abrir los ojos habría visto a dos operarias que llevaban un uniforme de color negro, realizado con algún material gomoso pero resistente, que les cubría todo el cuerpo, salvo la sección de la cabeza, sobre la cual llevaban un casco, también negro, que disponía de un visor espejado y un respirador. Las operarias extendieron hacia arriba sus brazos para sujetar el cuerpo del R., que se encontraba suspendido en el aire, sostenido sólo por las bandas ofidias, para dirigirlo, con movimientos suaves, hacia la caja rectangular. R.154, según lo determinado por las autoridades de la reserva, debía transferirse con signos vitales óptimos a un laboratorio para ser empleado como sujeto de tratamientos experimentales. Una vez colocado el cuerpo sobre la caja, el mismo fue debidamente sujetado con bandas por las extremidades, abdomen y cuello, de manera que, una vez despierto, el ejemplar permaneciese inmovilizado, pero esta vez por medios mecánicos. Los machos de descarte tenían casi siempre alguna utilidad pública. Las administradoras de las reservas, una vez recibidos los pedidos de ejemplares por parte de organizaciones públicas y privadas, remitían la mercadería solicitada según diferentes criterios de prioridad establecidos por el poder central. Pero en algunas ocasiones la oferta de machos de descarte superaba a la demanda; en esos casos se optaba directamente por incinerar el sobrante.

¿Viste eso? –dijo una de las operarias a la otra mientras señalaba una pantalla en la cual se indicaba que el destino del R. que estaban acondicionando había cambiado: ahora había sido asignado al crematorio.

Cambio de planes –dijo la otra operaria al tiempo que cacheteaba a R.154 con un gesto de gozo perverso–.

R.154 fue marcado en su pecho desnudo con una cruz, color roja con bordes negros, que indicaba, de manera inconfundible, el destino final de ese cuerpo. La caja metálica que llevaba a R.154 fue colocada sobre una suerte de camilla para ser transportada hasta un portón, en el cual una oficial de rango raso esperaba, con una expresión de indolente apatía, la carga para su posterior traslado a la dirección designada.

Este va al crematorio –dijo una de las operarias al despedirse de la oficial.

La camilla, a pesar del considerable peso de la caja y del cuerpo que contenía, estaba diseñada para ser desplazada con escaso esfuerzo: bastaba apenas empujar un poco para moverla sin dificultad alguna.

La oficial comenzó a empujar la camilla por aquel pasillo deshabitado, extenso y apenas iluminado por focos localizados en las paredes laterales. Caminaba, extrañamente, demasiado despacio. Miró hacia atrás para asegurarse de que ya no había rastro alguno de la operaria. Y con un movimiento fugaz extrajo de algún lugar de su uniforme una pequeña botella de plástico que contenía un líquido que fue esparcido por el pecho de R.154 para borrar por completo la cruz roja con bordes negros. Al llegar al final del pasillo se encontró con la oficial encargada de verificar los egresos de la reserva. Intercambiaron miradas cómplices. Finalmente el R. fue despachado. Ciertamente no era la primera vez que hacían esto. Pero sí era la primera vez que lo hacían a cambio de nada. Alexia había descubierto esta red de tráfico ilegal de machos de descarte poco tiempo después de asumir la dirección de la reserva. Reunió todas las pruebas documentales necesarias para denunciar a las oficiales involucradas. La respuesta que recibió por parte de su superiora la dejó pasmada: que no hiciera nada al respecto. Algunos usos de los ejemplares de descarte, había dicho entonces su superiora, son tan extremos, tan brutales, que ni siquiera pueden quedar registrados, no espero que entiendas esto ahora porque no puedo compartir toda la información contigo, pero cuando estés en mi lugar, y todas sabemos que algún día llegarás a ocupar un lugar tan o más importante que el mío, cuando llegue ese momento comprenderás que existe una razón para lo que te estamos solicitando, una razón sustentada en el bien común, que, como muchas otras, no puede ser comunicada al público por su propia seguridad. Alexia, como la mayor parte de nosotras, había sido educada para no cuestionar las órdenes de la autoridad inmediata. Hizo enormes esfuerzos para creer. Pero no pudo evitar sospechar que había algo inconfesable en esa metodología corrupta; algo que nada tenía que ver con el bien común, sino más bien con el usufructo personal de algunas funcionarias de alto rango.


IV


Alexia había llevado su pantalla portátil al comedor para intentar mostrarse ocupada mientras almorzaba. Dos de las tres subordinadas que la ayudarían a instrumentar el plan se estaban poniendo demasiado cargosas y esas situaciones eran justamente las que quería evitar. Evitaba cruzar miradas. No quería tener a nadie cerca.

Colocó la pantalla portátil sobre la mesa, mientras iba pasando páginas con movimientos de su dedo índice, tratando de mostrarse atenta al contenido que no estaba en realidad leyendo. Bebió un sorbo de café y descubrió que había olvidado agregarle azúcar. Siguió bebiéndolo así. El sabor amargo le disgustó.

Recordó a su madre biológica. ¿Qué pensaría de su hija si estuviese viva? ¿Estaría orgullosa? ¿O escandalizada por la locura que iba a cometer? Alexia se sentía otra. Era otra la que iba a poner en riesgo todo lo que había logrado. La que iba a hacer algo grandioso. Es cierto: ella estaba convencida de que era una práctica habitual entre algunas integrantes de la dirigencia de alto rango. Pero jamás pudo confirmarse nada. Si los rumores eran ciertos y la descubrían, seguramente tendrían alguna manera de reconsiderar su actitud. Aunque también era probable de que le correspondiera un castigo ejemplar. Lo extraño era que, ante esa posibilidad, Alexia no sentía culpa ni temor alguno. Nunca se había sentido cómoda al convivir con otra mujer. Y cuando le anunciaron que, luego de varios intentos fallidos, no podría concebir un hijo, algo cambió. Su madre biológica, antes de morir en el accidente junto a su madre acompañante de toda la vida, le repetía que sólo encontraba satisfacción al saber que su hija había logrado siempre lo que se había propuesto. Hija ejemplar. Estudiante ejemplar. Profesional ejemplar. Alexia había logrado acceso a un barrio residencial de clase dos; sólo ella y otra muchacha más de su promoción escolar habían conseguido semejante cosa. Las demás seguían habitando en urbanizaciones de rangos inferiores y lo más probable es que se quedaran allí por el resto de su existencia. Alexia incluso tenía chances –no ahora por supuesto, pero sí dentro de algunos años más– de conseguir un acceso a las urbanizaciones de clase uno. Cuando era apenas un poco más joven eso la excitaba. Pero ahora, realmente, no le interesaba. Sabía que podía seguir escalando posiciones. Ya no importa: no puedo verme en el futuro, o mejor dicho, puedo verme, pero lo que veo no me gusta.

Accidente dijeron. Pero Alexia recordaba los últimos días de su madre biológica, la expresión triste, los gestos desganados, esa mujer se estaba muriendo, si es que ya no estaba muerta y decidió simular un accidente para evitar que semejante acto pasase a integrar la hoja de antecedentes de su hija. Nunca había podido hablar de esto con su hermana, la hija de su madre acompañante; lo había intentado en un par de oportunidades, pero finalmente no se animó. Si murieron juntas, ¿lo hicieron de común acuerdo o su madre biológica había decidido llevarse también a su compañera para evitar dejar rastros de su decisión? Quizás su hermana algo sospechaba, pero tampoco se animaba a hablar con ella del asunto.

Alexia recordaba a su madre biológica como una mujer emprendedora, que nunca había podido adaptarse del todo bien a la vida doméstica, pero que hizo el mayor de los esfuerzos por hacer de su hija una persona íntegra, con una infancia plena, colmada de recuerdos entrañables, como aquel en el cual una tarde, jugando con su hermana, derribaron una lámpara, que cayó al suelo para quebrarse en varios pedazos, su madre acompañante se enojó, comenzó a gritar e incluso levantó la mano, amenazándolas con una tunda por lo que habían hecho, pero su madre biológica la calmó, recogió los pedazos y propuso utilizar pegamento para armar otra lámpara con los trozos esparcidos por el suelo, uniendo lo que había quedado, su hermana, más pequeña que ella, preguntando si, una vez terminado el artefacto, funcionaría de nuevo, ella riendo ante tal ocurrencia, su madre diciendo que tal vez, que habría que probar, que quizás sí funcionaría, era un día de sol, recuerdo, un día estupendo.

Cuando ella y luego su hermana abandonaron el hogar para comenzar a desarrollar su vida activa, sus madres comenzaron a realizar actividades tan diversas como dispares: desde viajes a lugares remotos hasta cursos de manualidades orientales cuya existencia Alexia desconocía hasta entonces. Está muy bien mantenerse ocupada, pensaba Alexia, aunque posteriormente comprendió que sólo estaban buscando ocupar el tiempo con algo, tapando agujeros, sea lo que fuere que hubiera que tapar. Alexia no tenía hijas y no podría tenerlas nunca. Pero tenía su trabajo, que siempre estaba ahí, necesitándola tanto a ella como ella a él, siempre disponible, obsesiva, rigurosa, una subordinada que todo superiora quisiera tener. Aunque tenía también esa sensación de asfixia, de saberse sola, sin tener a nadie con quien compartir nada realmente, salvo uno que otro momento superficial, una nueva amante, y luego otra, un nuevo restaurante por conocer, quizás lo que estaba necesitando era eso que nadie se atrevía a pronunciar.


V


Despertó mareado. R.154 nunca se había sentido así, descolocado por los efectos de una droga a la que jamás había sido expuesto. Se daba cuenta de que no podía pensar con claridad. Hubiese preferido seguir durmiendo o morirse, si es que se estaba muriendo, pero se encontraba demasiado incómodo. Estaba sentado y tenía las manos atadas por la espalda. Su cuerpo se bamboleaba con movimientos descoordinados y al inclinarse de manera excesiva hacia delante experimentaba dolor a causa de algún dispositivo que lastimaba sus muñecas; cuando eso sucedía, el tormento lo obligaba a abrir los ojos y ver, aún de manera borrosa, que se encontraba en una habitación aparentemente desocupada. ¿Estaba dónde debía estar? Ya llegará alguien, pensaba, suplicaba luego, pero nadie llegaba. Trató de mantenerse erguido y se propuso hacer un listado mental de todos los objetos que aparentemente lograba captar su mente en aquel estado de somnolencia química inducida. Lo primero que se encontraba en su campo inmediato de visión era esa planta, probablemente un árbol pequeño, lo que sea que fuese, no importaba ahora saber de qué se trataba. No consiguió identificar nada más por un buen tiempo. Intentó contener la respiración con el propósito de saber si había alguna voz, algún sonido, algo, que lo llevase a descubrir que no estaba solo. Pero estaba demasiado agitado y necesitaba respirar grandes bocanadas de aire para recuperar el escaso nivel de oxígeno presente en su sistema sanguíneo. Era inútil seguir luchando. Lo mejor, pensó, era cerrar los ojos e imaginar algo placentero. No era fácil que un R. pudiese elaborar recuerdos gratos (ya sean propios o imaginarios). Pero R.154 siempre había encontrado la manera de disciplinar sus emociones. A pesar del penoso estado en el que se estaba, R.154 se imaginó nadando en un mar traslúcido, nadando hacia la superficie, hacia el reflejo del Sol, para descubrir, una vez que su cabeza emergió del agua, que era de día y todo estaba azul y la luz solar apenas lo dejaba ver más allá, aunque probablemente no había nada más para ver que la extensión ilimitada del propio océano. R.154 jamás había visto el cielo ni el Sol. Y, si bien no podía saberlo, ahora estaba apenas a unos pocos pasos de la posibilidad de asomarse a una ventana del departamento de una torre altísima para poder contemplar aquello que le había sido vedado. R.154 sólo conocía el cielo a través de recreaciones digitales, de la misma manera que sólo conocía el sexo a través de los ordeñes manuales aplicados por las higienizadoras y también –cuando era más joven– realizados por iniciativa propia.


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