Excerpt for Los ángeles del olvido by Rose Marie Tapia, available in its entirety at Smashwords



Los ángeles del olvido

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

Editora-autora

Título: Los ángeles del olvido

Copyright © 2006 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.



1

El último recuerdo que tengo de aquella tarde de enero es el del súbito dolor en el pecho que sentí minutos después de enterarme del mal resultado de las transacciones especulativas con las que había decidido, meses atrás, insertar a mi empresa en el gran mundo de los negocios globales. Siempre he sido un hombre de éxito, y una de mis promesas constantes era la de no dejarme vencer jamás en ningún terreno. Y así había sido siempre, hasta ese día.

Usted me conoce, por supuesto, soy Erasmo Rodríguez, “ese” Erasmo Rodríguez que suele salir en televisión y en los medios escritos. Nací en la capital, pero cuando tenía cinco años mi familia se trasladó a un pueblo del interior. Ahora tengo cincuenta y nueve años, soy empresario, aunque en mis inicios desempeñé toda clase de labores.

La mitad de mi existencia la pasé en el pequeño pueblo de Santa María del Monte y allí fui muy feliz. Después, para labrarme mi tan soñado futuro, me trasladé a la ciudad; allá, para decirlo en dos líneas, los negocios siempre fueron propicios, como resultan siempre para aquel que emprende su camino con ahínco, con fe, con empeño, con decisión.

Usted conoce, sin dudas, los alcances que en todo el país y en la región llegó a tener en su momento el emporio Erasmo Rodríguez S.A., usted ha leído mi libro “El éxito de la diversificación”, ediciones I y II; usted me vio en la lista de los diez empresarios latinoamericanos más prósperos, hará cosa de dos o tres años, solamente. Si es así, no es necesario que le vuelva a contar los detalles de mi ascendente carrera; más importante es que le hable de lo que sucedió a partir de aquella tarde, cuando perdí el conocimiento en medio de una junta de trabajo, cuando tuve mi primer gran fracaso. Y quiero contarle esta historia, porque de ahí surgieron los triunfos más valiosos que he logrado en la vida, y porque ese es el tema que nos coloca ahora, frente a frente.

Claro, primero hubo que pasar por el diagnóstico de los médicos: infarto al miocardio; y luego por lo demás, la angioplastía, la terapia, los medicamentos, y el sinfín de recomendaciones. Fueron duros esos meses, muy duros, pero al final pude sobreponerme con un solo propósito: no morirme. Sí, porque al principio se trató de eso, de sobrevivir. Fue así como cambié mi estilo de vida, rematé mis acciones, renuncié a tantas juntas directivas, me fui de tantas asociaciones. Y, claro, vine al campo; donde alguna vez viví los días más simples y placenteros de mi existencia, como ya le contaba.

No hubo problema con los muchachos; son dos, ambos profesionales de mucho éxito, y viven en el extranjero. Con Ariadna, mi esposa, las cosas no fueron tan sencillas. Al principio decía que bastaba con alargar los fines de semana en la playa, cambiar las prioridades, ya sabe. Pero luego fue cediendo. Ella es del campo, como yo, y en el fondo le preocupaba el hecho de quedarse sola ahora que los muchachos ya no estaban. Por eso cedió, y se vino a quedar acá, en esta casa donde ahora me ve, echado en esta hamaca a merced de esta brisa marina tan sabrosa.

Pues sí, hubo que dedicar un tiempo a los aspectos legales y financieros que estaban involucrados en todo este cambio. Por suerte, las pérdidas derivadas de aquellas malas inversiones que le comentaba no fueron tan grandes; es que practicaba lo que había sido siempre mi credo: la diversificación. Déjeme ponerle esto más claro: mi emporio no era como esos negocios que se representan con la forma de un árbol de tronco largo y unas dos o tres ramas; no, la diversificación, que era mi credo, hacía de la mía una organización en forma de arbusto; chaparro, sí, pero robusto, capaz de inclinarse ante los fuertes vendavales, sin quebrarse. Cayó una rama de ese arbusto, pero la mata se mantuvo en pie; quien estuvo a punto de irse fui yo, el que sembraba y regaba la planta religiosamente, todos los días.

Ahora usted me ve conversando así con calma, pero pregúntele a quienes me conocieron antes. Yo siempre daba órdenes, siempre era enfático en la necesidad de que todo se hiciera a mi modo, aunque hubiera tres o cuatro maneras posibles: tenía que ser siempre a mi manera, y pronto.

Era perfeccionista en los mínimos detalles y quien trabajaba a mi lado tenía que serlo también. Hoy creo que esa fue una de las razones que motivaron a los muchachos a irse a estudiar tan lejos. Ya sabe como son los chicos, tienen sus gustos, sus amistades, sus modos de ser. Y yo quería que fueran una especie de clones míos. Aunque ahora, cuando hablamos al respecto, ellos me agradecen que les haya enseñado cuan dura puede ser la vida con uno, y por haberles ofrecido esa capacidad de enfrentarse a los obstáculos de la que hoy disponen.

Pero vayamos al grano, porque usted quiere saber cómo fue que surgieron todos esos proyectos de los que se habla tanto en estos días, ¿verdad? Pues surgieron de ese fracaso que casi me cuesta la vida, y de mi decisión de afincarme aquí, en el campo.

Al principio, como le expliqué, fue cuestión de sobreponerme para volver a la batalla. Tenía una única intención, y era la de no dejarme aplastar por ese traidor infarto, así que asumí todas las indicaciones del médico. Todas las mañanas me levantaba al despuntar el alba para respirar y purificar los pulmones. La fragancia de la campiña me revitalizaba, el aroma a tierra mojada, el canto de los pájaros y el silbido del viento me hacían sentir vivo. En la ciudad percibía que estaba la muerte, así como lo oye; de modo que prohibí cualquier alusión a las noticias y menos al curso de las transacciones con las cuales liquidaba el emporio. De los trámites se encargó Ariadna con diligencia.

Ahora, desde esta perspectiva, asumo que la mayoría le teme a la libertad, porque es una gran responsabilidad, aunque parezca paradójico. Ese miedo es un síntoma de estos tiempos. No obstante, ahora puedo afirmar que si, a pesar de ese miedo que nos paraliza, volviéramos a tener fe, lo venceríamos. Lo que ocurre es que nos dejamos encadenar a las comodidades y no deseamos ya sumergirnos en experiencias profundas, como podrían ser el amor o la solidaridad.

En solo unos días me convencí de que no era el corazón el que estaba enfermo, sino el alma. Pero para darme cuenta tuvo que vacilar el mundo bajo mis pies, y con él, el sentido de la vida, el sentido de la patria, las finanzas y hasta mi propia conciencia. ¿En qué me había convertido? ¿Acaso en una máquina de fabricar dinero?

Caí en un abismo de interrogantes sin respuestas, a las cuales se sumaban mis propias aprensiones ante los líderes políticos, muchos de los cuales quisieron visitarme en el campo, pero aduciendo “órdenes médicas” los mantuve a raya. ¡Cuánta corrupción promovían ellos en desmedro de los más pobres!

A medida que logré dejar esos recuerdos atrás, poco a poco renacieron mis fuerzas, y pude cantar y soñar. Con la ayuda de Alejandro, un buen amigo y una pieza clave a la hora de adquirir estos terrenos, comencé a conocer los pueblos cercanos, a participar de sus inquietudes, a identificarme con sus problemas. A veces me sorprendía lo poco que conocía mi país, cuando veía a esta gente esforzándose por metas que yo imaginaba propias de otras épocas, como el agua potable, un camino, una escuela, un centro de salud. Así fui entendiendo muchas realidades de este microuniverso que es el campo.

Hay, sin embargo, un acontecimiento que es clave para esta historia. Ocurrió una mañana bien temprano, cuando conocí a alguien que cambiaría mi vida de una manera definitiva. Un niño, de apenas once años, con el semblante de un ser sin esperanza. Sus movimientos expresaban una odiosa resignación a la que quise enseguida encontrar una explicación, y no se me ocurrió otra idea que involucrarme: todos nosotros lo habíamos abandonado, habíamos permitido que murieran en él sus sueños y motivaciones. Cuando contemplé sus ojos sentí un extraño estremecimiento, su mirada estaba ausente, y lo peor del caso es que ya me había declarado responsable por esa lejanía, por la angustia y la congoja cubiertas por ese conformismo grabado en su semblante.

Fue a través de esa criatura que creí ver todos los problemas de los demás, y hasta los míos. Poco después, cuando Alejandro me presentó al papá del niño, entendí un poco más el asunto. Me enteré de que la madre los había abandonado cuando el chiquillo apenas caminaba y nunca más se supo de ella. El padre lo llevaba a trabajar desde que el pequeño tenía tres años. En la mirada del hombre intuí un gran resentimiento que procuraba disimular con sus modales toscos. Era un campesino recio y taciturno, quien sin duda amaba a su hijo; sin embargo, sus limitaciones económicas y culturales le impidieron brindarle los cuidados que todo infante necesita. Y lo peor, no lo llamaba por su nombre sino por un apodo que en el campo se da a ciertas reses descornadas: “Mongutito”. Cuando el chico no respondía de inmediato, él le gritaba:

—Bruto er diablo, ¿es que no me habéi oído?

—Sí papa, lo toi oyendo —respondía él, cabizbajo.

Desde que conocí a ese muchachito montaraz y analfabeto, se inició otra etapa en mi vida; hoy puedo afirmarlo con certeza.

2

Con la ayuda y los consejos oportunos de Alejandro, adquirí varias fincas costaneras del mar Pacífico, rodeadas de ríos y vegetación propias de las montañas. Eran las tierras más bellas que había conocido. No obstante, el abandono gubernamental que se observaba en los pueblos aledaños era inaudito. No había caminos aptos para vehículos, y hasta las bestias que transitaban por aquellos trillos lodosos tenían que hacer constantes altos para sobreponerse a las duras exigencias del avance. Esa circunstancia hacía imposible cualquier posibilidad de desarrollo.

Estos hechos se sumaban a otros peores: la escasa escolaridad de los habitantes, el mal estado de salud de muchos lugareños que cerraban el nefasto círculo de muerte. En la vida existe un valor, muchas veces invisible para los demás, pero la persona que lo percibe en lo profundo de su corazón, lo reconoce como la misión de su vida. Sin embargo, ni el amor ni los encuentros verdaderos, ni la misión de la vida son producto de la casualidad, sino que están misteriosamente reservados. El destino muestra signos e indicios insignificantes en apariencia, pero que luego reconocemos como decisivos. Intuí que detrás de esos caminos tortuosos, debajo de esas chozas miserables, había un trabajo que debía realizar.

No crea que esto vino como una luz bajada del cielo, qué va. Hubo noches en que me mantuve en vela buscando cómo desechar esas imágenes de mi mente. Ariadna varias veces me recordó que yo estaba allí para olvidar los problemas, no para asumir otros. Tenía razón, y una y otra vez me repetía lo de la golondrina incapaz de hacer su propio verano; hasta que un día, a media madrugada, la voz de mi conciencia me atajó, preguntándome si yo era una golondrina o en verdad representaba a un águila. En efecto, era esa ave la que más admiraba y con la cual me había comparado tantas veces al iniciar algún nuevo proyecto. Ahora debería ser también un águila, para rescatar a esa gente de su miseria y hacer que el conformismo se trasformara en deseos de superación. Sabía que la tarea no sería fácil, pero en la vida lo que vale la pena, jamás se hace en un día.

Poco después de conocer a Mongutito, volví a encontrármelo en la abarrotería del pueblo. Ya él me había visto varias veces y sabía de mi empeño por saludarlo, por conocerlo más, pero siempre se alejaba. No obstante, esa vez fue diferente: levantó la mirada y sonrió. Me acerqué despacio para no asustarlo.

—Mongutito, ¿cómo estás?

—Bien, señor, ¿y usté cómo tá?

—Bien, ¿cómo te va en la escuela?

—...

—Porque vas a la escuela, supongo.

—No...

—¿No?

—No, señor.

—¿Y cuál es la razón?

—Tengo que trabajar, pué.

—¿Cuándo dejaste la escuela?

—No fui nunca.

—¿No sabes leer ni escribir?

—No, me quedé bruto.

Volteé la cara para que el niño no observara mi disgusto. ¿Cómo era posible que un niño de once años no fuera a la escuela y tuviera que trabajar? Ahora fue el muchacho quien se me acercó, para verme el rostro.

—¿bravo?

—No, Mongutito; lo que sucede es que todos los chicos deben ir a la escuela.

—Sí, yo sé...

—Dime: ¿te gustaría ir?

Me sorprendió observar cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa, aunque enseguida comprendí que era una expresión irónica, parte del conformismo que ya le había notado.

—¿Yo a la escuela? Ya toy muy grande pa eso.

—Pero debes aprender algo en esta vida...

—No soy un inútil. Yo sé trabajar con mi papa. Él tampoco sabe leer y no se ha muerto por eso.

No le respondí. El abandono había hecho germinar en esa gente un conformismo que condenaba a chicos y a grandes. Remediar tales circunstancias era una tarea urgente, y sentí que me correspondía asumir ese compromiso.

No iba a ser una tarea sencilla, aquel era un pueblo difícil, donde no se aceptaba a los forasteros. Primero había que ganarse la confianza de los líderes comunitarios. Debía actuar con mucho tacto o podría dar lugar a conjeturas erróneas.

Cuando comencé a analizar los factores que entraban en juego, entendí algunos hechos. La situación de pobreza en ese pueblo era peor de lo imaginable, las pocas personas que tenían trabajo recibían salarios míseros. Había una clase patronal poderosa, capaz de romper a sangre y fuego la menor aspiración de justicia social, caciques engavillados con políticos, para quienes el usufructo de aquellas tierras era un derecho casi divino, al igual que lo era el deber de los campesinos de rendirles hasta su última gota de sudor.

Tras reflexionar por dónde comenzar para ayudar a esas gentes, decidí que empezaría por dar el ejemplo: a los peones que contraté para las labores en la finca les pagué por encima de lo que la ley disponía para ese tipo de trabajos, una suma superior a los pocos centavos que pagaban los hacendados del lugar. Apenas se corrió la voz hubo deserciones en las fincas vecinas, y en más de una ocasión tuve que confrontar a algún gamonal quien, luego de llegar en una visita de cortesía, terminaba recriminándome por aquella actitud “desleal”. Para ellos siempre tuve respuestas corteses, pero lacerantes: les dije que yo estaba acostumbrado a trabajar con la ley y no al margen de ella, y les aconsejé que cumplieran con esos criterios para evitar futuros contratiempos. En esa primera etapa eludí involucrar cualquier sentimiento de justicia social que representaba ácido en los oídos de los hacendados. En verdad, quería evitar confrontaciones innecesarias, cuando lo que me interesaba en realidad era mejorar las condiciones de trabajo de los padres para después, en un tiempo corto, ocuparme de los niños.

El mejoramiento social, moral y económico lo ofrece la escolaridad formal. Fuera de esta, los jóvenes están perdidos y resultan una pesada carga social. Además, los tiempos eran difíciles para los pobres. La miseria y la desocupación aumentaban, debido a los cambios operados en el sistema capitalista de las últimas cinco décadas que había acelerado la división mundial entre un pequeño sector que disfrutaba de enormes privilegios, a costa de muchas personas quienes sufrían privaciones y miseria. Vivimos, y usted lo sabe, en un mundo acosado por la corrupción y la mezquindad, amenazado por el soborno y la impunidad, perseguido por una desvergüenza y una hipocresía intolerables, intimado por fuerzas opuestas al mejoramiento de las condiciones sociales.

Estos campesinos que viven por aquí necesitan que nuestra voz se sume a sus reclamos para no dejarlos ahí, resignados a su suerte.

Por aquellos días yo temí que me volviera a repetir el infarto, ante tantas injusticias como las que encontraba con solo dar una vuelta por los alrededores. Alejandro, acostumbrado a esas escenas, se reía de mí y me aconsejaba tomar las cosas con calma. Yo sostenía que esa gente necesitaba de horizontes de esperanza para poder corregir los grandes problemas que los agobiaban.

Al principio solo tenía doce trabajadores; doce nada más, imagínese. En un inicio creyeron que yo me burlaba de ellos cuando les dije lo que ganarían, deben haber pensado que había gato encerrado en aquella propuesta, y hasta se mostraron reticentes. Hubo tres que me dieron la espalda, tal vez para evitarse una decepción; pero al finalizar la semana, cuando vieron el dinero en la mano, no pudieron disimular su alegría. Alejandro me dijo que las ganancias extras irían a parar a la cantina, y así ocurrió con un par de ellos, que no volvieron a trabajar el lunes siguiente. Pero junto a la paga, emprendí una campaña de incentivo a la responsabilidad. Instituí lo que aquí fue toda una novedad: el ascenso por méritos, la paga extra al empleado del mes, los premios a la progresión de metas cumplidas, la designación de campeones de la excelencia, las bolsas de útiles escolares y víveres a los padres que mantuvieran hijos en la escuela. Todas esas actividades las hacíamos los sábados, cuando cenábamos juntos para poder repasar bien el avance de los trabajos. Muy pronto vi en ellos un cambio de actitud positivo, y antes de seis meses podía jactarme de tener a los mejores peones de la región trabajando en mis propiedades. Las necesidades de los hombres de campo son las mismas que tiene la gente que vive en extrema pobreza, y su espíritu de trabajo es similar al de cualquier hombre de éxito, solo hay que darle cauce.

Recuerdo mi niñez, cuántas carencias económicas... no se ría, yo nací en un hogar pobre, como cualquiera de estos de por aquí. Sin embargo, nunca nos faltó el amor. Siempre me he preguntado de dónde se desprendía el coraje de una persona como mi madre ante la vida. Era la época del “Dios proveerá”, de la serenidad, de la fe y de la certeza absoluta de que Dios la asistiría. ¡Cuántas veces leí esa lista que tenía en su mesita de noche con el título: “Dios proveerá”! En ella detallaba sus necesidades en orden de prioridades, y marcaba con un gancho las que ya Dios le había solventado. Recordar a mi madre me daba fuerzas para luchar por los pobres.

Usted sabe cómo el país se globaliza. Y conoce que hay dos mundos: el primer mundo y un submundo. Uno, muy avanzado en tecnología, a la par de las grandes potencias económicas y con los mismos problemas, que deja atrás una gran cantidad de personas desocupadas, sin hogar ni educación. Y otro, abandonado a su suerte, dentro de un ambiente marginal y de miseria, y sin ninguna posibilidad de cambio. La globalización ha hecho estragos. Los desempleados viven sin esperanza y los que tienen trabajo temen engrosar esas filas. ¿Cómo se les puede llamar a esos infortunados? ¡Son los abandonados!

El pueblo, los obreros y campesinos que andan humildemente vestidos, y en el mejor de los casos comen una sola vez al día, constituyen la gran mayoría del país. Ellos son más representativos que el club de los privilegiados, “las vacas sagradas”, que solo aspiran a capturar el poder para beneficiarse; esos favorecidos sentados sobre los hombros del pueblo, o como muchos de los gamonales que he conocido por estos alrededores, para quienes el pueblo debe satisfacer sus caprichos y su modo de vida.

Estoy convencido de que esta no es una crisis capitalista; es un conflicto moral basado en la explotación del ser humano y en la idolatría a los países del primer mundo. Ellos dictan las normas y los países pobres las siguen para obtener dinero. Esa búsqueda de préstamos a toda costa, conlleva un grave peligro y hace que el pueblo reniegue de la democracia.

Le digo algo: yo estaba tan preocupado por la situación de esa gente, que muchas veces pensaba en voz alta; sí, en una ocasión Ariadna me preguntó con quién hablaba.

—Con Dios —le respondía.

A medida que ganaba la confianza de mis obreros, me fueron contando sus vidas. Varios de ellos habían sido abandonados por sus mujeres, quienes partieron a lugares desconocidos para escapar de esa vida miserable. Entre esas que se fueron, iban algunas que llegaron a ver las telenovelas y quedaron enajenadas por las historias absurdas de muchachitas que emigran a la ciudad y pescan a un marido millonario que les resuelve todos sus problemas. Lo peor que en esa huída no solo abandonaban a sus maridos, sino a sus hijos, cuyas carencias afectivas fueron más insoportables que las materiales. En cierta forma, los problemas del campo eran similares a los de la ciudad.

A medida que iba conociendo estos hechos, yo mismo iba cambiando. Dejaba de ser el hombre que daba las órdenes y esperaba que se cumplieran de inmediato, para convertirme en una persona de diálogo, creyente en la dignidad de las personas, en su libertad. Ahora encontraba tiempo para cenar o tomarme un café con los amigos.

También tenía la capacidad de percibir las diferencias: la vida en la ciudad se ha desarrollado y levantado sobre el desprecio de los valores. En este pueblecito alejado había redescubierto la dignidad, el desinterés, la grandeza ante la adversidad, la alegría, el coraje y la entereza moral. En la ciudad nos hemos acostumbrado a medir el tiempo en términos de productividad. Hay ciertas ventajas en las personas que sobreviven a duras penas, desarrollan un desinterés a lo material y se hacen generosos con lo poco que poseen.

Con el retorno al campo lograba que mi propio mundo adquiriera sentido. Mi vida en la ciudad había atrofiado las capacidades profundas del alma, como son la imaginación y la intuición para desarrollar la inteligencia. Antes oscilaba en el vacío sin encontrar dónde enraizarme, mientras me atragantaba con un enjambre de información imposible de digerir. Conversar con los campesinos fue como un reconocimiento al mundo que me rodeaba: el encuentro del amor y la vida.

Si uno lo observa bien al campesino, se le ve cansado en su pobreza, con su cara curtida por el sufrimiento; pero, confiado, sigue cantando sus sentimientos e ilusiones.Ese hombre del campo me hizo renacer. A su lado se renueva la inocencia y tal vez sea, en cierta forma, un llamado para no renunciar a los valores. Aunque le suene absurdo, hoy le doy gracias a Dios por ese infarto que me permitió reaccionar a tiempo, porque la mayor parte de la vida transcurre entre lo intrascendente de ese ajetreo y dejamos de hacer lo importante por ocuparnos en pequeñeces sin sentido. Ese comportamiento abre una cuña en el alma que nos separa de la felicidad.

El contacto con la naturaleza había avivado el fuego de mi pasión y el impulso que sostiene la disciplina para alcanzar los objetivos. Todos tenemos un poder y una capacidad inconmensurable para reinventar nuestra vida. Ayudar a los campesinos me dio el entusiasmo que siente un individuo cuando realiza una actividad que le encanta, con un objetivo encomiable que satisface sus necesidades más profundas.

Una vez llegué a lamentarme porque la vida no nos daba una oportunidad para reparar nuestras equivocaciones. No entendía cómo era posible que si escribimos una novela o redactamos una carta podemos corregirla muchas veces y al final el texto ni se parece al borrador. En esos tiempos me refería solo a los asuntos materiales que no salen bien, y decía que la vida se queda en el borrador, porque no hay forma de volver atrás. Hoy pienso de otra manera: cada día es una nueva oportunidad de hacer las cosas bien.

Pasaba largas horas evaluando los diferentes problemas del pueblo y no se apartaba de mi mente la imagen de Mongutito. En varias ocasiones le había expresado a Alejandro que enfrentaría esa situación. Una tarde conversábamos sobre el tema en su casa y yo le expresaba mis puntos de vista, afirmándole que el nivel educacional de nuestra población es uno de los mejores de América Latina, pero, es evidente que existen algunos problemas pendientes en los sectores pobres y rurales. En efecto, la diferencia de cobertura escolar es todavía apreciable entre el campo y la ciudad; esto hace que las tasas de analfabetismo en las zonas rurales sean aún altas. Es una muestra de las deficiencias, históricas y actuales, del sistema educativo en cuanto a garantizar una mínima enseñanza a la población; es también un indicador de los retos que enfrenta un país en el desarrollo de su capital humano.

Alejandro me contemplaba sonreído, mientras yo me extendía en mi análisis:

—Es preciso curar la herida del analfabetismo. Hablo de herida, porque la ignorancia es una plaga social y no habrá plan que pueda erradicarla, porque no se trata de un mal que haya que extirpar, sino de un problema a superar que no se puede resolver sin el marco de profundas transformaciones educativas, sociales, económicas y políticas. Se deben tomar decisiones gubernamentales y medidas concretas para resolver de una vez por todas las condiciones que hacen posible el analfabetismo.

Recuerdo bien aquel día. Hubo un momento en el que la esposa de Alejandro apareció con un vaso de agua de coco en la mano, diciendo:

—Siempre veo que la gente que pronuncia discursos tiene un vaso de agua enfrente; aquí está el suyo...

Todos reímos de buena gana por la ocurrencia. Alejandro aprovechó la pausa para cuestionarme:

—Dime, Erasmo, si ese problema está tan bien estudiado, ¿por qué razón no se ha eliminado el analfabetismo?

—Por varias razones: una de esas es la reducción del gasto público en materia social, especialmente en educación y salud, además del empobrecimiento de los hogares. Cuando dejamos de gastar en enseñanza, estamos malversando o despojando a nuestro pueblo de una mejor calidad de vida. Se puede ahorrar en donde sea; pero nunca en la educación. Este ahorro se pagará muy caro. Muchas veces, sin darnos cuenta del alcance del problema que nos ocupa, nuestras autoridades afirman que no hay dinero.

Alejandro me interrumpió con seriedad:

—Bueno, pero en ese caso hay que ver que eso es como en la casa de uno: cuando no hay plata no hay plata.

—Razonamiento inadmisible —le contesté. En primer lugar, digamos que sí hay recursos. Pero, lo que no hay es un criterio acertado para distinguir lo prioritario de lo que no lo es. En segundo lugar, es mucho el capital que se tira y se malgasta en frivolidades, tales como francachelas, viajes improductivos, regalos para presidentes de naciones ricas, salarios ostentosos para asesores, y el sinfín de cañerías que tiene la corrupción... En nuestro país todavía se dejan de recaudar muchos fondos. Por otra parte, lo más valioso es la capacitación de los recursos humanos representada por una sociedad de personas cultas y preparadas. Si resolvemos este problema, todos los demás se nos resolverán por añadidura. Tengamos también la valentía de designar a los hombres y mujeres capaces para que ocupen los puestos claves en la educación. Una persona sin una educación adecuada no conocerá sus derechos ni podrá reclamarlos o defenderlos. Mientras los gobiernos vean la educación como un gasto en lugar de una inversión a futuro no se tomarán las medidas necesarias para alcanzar la escolaridad de la infancia.

Alejandro se incorporó sonriendo.

—Erasmo, tú estarías bueno para diputado o presidente, porque ese discurso está mejor que el de cualquier político. ¿Crees que la gente del pueblo lo entienda?

—Pues deberá entenderlo, porque al comprender el problema las soluciones se pueden buscar con mejores probabilidades de éxito. No olvides, ya que hablas de políticos, que para ellos la ignorancia de los campesinos es un activo invalorable, porque así no los enfrentan con razones de peso, y los pueden manipular mejor...

Alejandro, a quien había conocido años atrás, era un hombre honesto y respetuoso que, a pesar de tener poca escolaridad, se había formado a sí mismo a través de la lectura, su gran pasión. Se rascó la cabeza antes de señalar:

—Eso sí es cierto...

—Por mi parte, voy a tomar tu consejo y a buscar las formas más claras para explicar este problema. Tengo que adecuarme a las personas. Ya buscaré la forma de comunicarles a los campesinos la importancia de educar a sus hijos. Tenemos que hacer grandes proyectos para este pueblo. ¿Quieres trabajar conmigo?

—Ordene, jefe —y se puso firme, imitando la acción de los militares al recibir una orden.

—No, no es cuestión de jefes y de subalternos; te pido que me ayudes a trabajar hombro a hombro. Eso sí, tendrás un salario. Porque deseo que seas mi hombre de confianza en esta región.

Pues sí, le digo que Alejandro aceptó aquella misión que se perfilaba tan oscura en ese momento. Pero él es así, voluntarioso, leal, una gran persona. Ojalá un día de estos se lo pueda presentar.

3

Ariadna es una mujer maravillosa, y la amo; ella ha sido un valioso e imprescindible sostén en mi existencia. Voy a hablarle un poco de ella. Una mañana, como muchas, ella intentaba concentrarse en su maquillaje, al frente de la peinadora de nuestra recámara. Esa mañana tenía más actividades que de costumbre. Se cepilló su cabello negro, que lleva cortado a la moda, a la altura del mentón. ¿Ya la ha visto? Es una mujer esbelta, hermosa, de piel canela, en la que relumbran aún los destellos de la juventud. A través de sus ojos oscuros se percibe el alma de una persona bondadosa. Nos casamos hace veinticinco años; ella es diez años más joven que yo; sin embargo, ha madurado lo suficiente como para que podamos vivir una vida de amor y de armonía.

Debo expresarle que antes de ella hubo un matrimonio, del cual tengo una hija, Alicia. En un inicio ella tuvo grandes reservas para aceptarme, pero las vencí con amor y dedicación. Los días más felices de mi vida fueron cuando nacieron mis hijos; pero el día clave en la existencia de ella, así me lo ha dicho muchas veces, fue la tarde en que la llamaron del hospital para decirle que yo había sido internado en cuidados intensivos con un infarto al miocardio.

Es que después de esa fecha, nuestra vida ha dado un giro completo, al mudarnos al campo para apoyar el nuevo tipo de vida que yo debía emprender para mi rehabilitación.

Cuando terminaron las transacciones que dieron fin al emporio Erasmo Rodríguez S.A., las que encabezó magistralmente Ariadna, se mudó conmigo a la nueva casa construida en parte según las especificaciones que ella a propuso, lo que la ayudó a superar rápidamente el trauma que constituyó su abrupto corte con la vida social de la capital.

Al principio pensó en el cambio como un proceso muy difícil, pero enseguida se vio inmersa en la serie de proyectos, que sustituyeron lo que, al principio, se entendió que iba a ser un reposado retiro para mí. A medida que se iba enterando de las calamidades y necesidades de los lugareños, de las historias, cada una más preocupante que la otra, de los hogares abandonados por las madres que buscaban una salida falsa a su miseria, de los niños y las niñas creciendo entre el conformismo y la ignorancia, a quienes ella llamaba “los ángeles del olvido”, Ariadna entendió que yo solo jamás podría siquiera modificar un poco tales destinos. Fue así como, menos de un mes después de su arribo al lugar, ya se consideraba como la madrina de los niños más necesitados.

Al enfrentarse al dolor de esos infantes su temperamento cambió; ella, amante de la moda y del glamour, dejó de interesarse en trivialidades. Debía admitirlo: cuando la invité a regresar al campo de manera permanente, nunca imaginó cuánto iba a cambiarle la vida con ese viaje. Anticipó, eso sí, una especie de sopor del que saldríamos de vez en cuando con algunos viajes a la capital. Pero esa idea cambió en cuanto se vio en la nueva casa. Hubo también algunos días en los cuales se sintió celosa por mis múltiples ocupaciones, y se quejaba diciendo que yo no seguía las recomendaciones del médico, pero muy pronto ella también tuvo llenas sus horas libres en distintas labores sociales.

Una noche, le comenté que me sentía muy feliz. Me había arriesgado a transitar por caminos nuevos, en terrenos hasta cierto punto desconocidos, y ahora ostentaba una nueva filosofía, todo lo que la vida me había dado, era nada más que un préstamo. Esa noche, en la recámara, le abrí mi corazón, para explicarle cómo entendía lo que se me presentaba por delante ahí en el campo:

—Ahora que tengo tiempo para leer y meditar, he aprendido que los pilares para una existencia feliz son la autoestima, la solidaridad con los demás, el compromiso con una sociedad justa y la búsqueda y encuentro de la misión que cada uno debe cumplir. ¿Te das cuenta de cuánto se aleja esto de lo que habían sido mis prioridades hasta el momento? Y todo lo encontré en este lugar.

Por esos días, Ariadna aún no entendía la dimensión del reto propuesto, por esa razón guardó silencio, mientras yo continuaba:

—He alcanzado una paz interior desconocida hasta ahora, y siento una transformación profunda que no había buscado, sino que llegó cuando me enfré a la muerte.

Entonces me tomó de las manos y me dijo:

—Tienes razón, amor, yo tampoco he tenido objetivos claros. Siento que ahora que los muchachos han hecho su vida lejos de aquí, nos hemos quedado solos, aunque no sea así, pues nos tenemos el uno al otro, pero no es lo mismo. Durante estas semanas que me he dedicado a los asuntos de la empresa, sentí que nos estábamos quedando en la calle, pero ahora veo que estaba muy equivocada. Son muchas actividades, aparte de los ajetreos del día a día. Ya me di cuenta de que hay mucho por hacer en beneficio de los pequeños de la comunidad; esos muchachitos carecen de lo esencial, sufren enfermedades, están desnutridos, pero en donde los veo más heridos es en sus posibilidades hacia el mañana. Y estoy convencida de que junto a ti podré ayudar mucho.

Ariadna sabía muy bien que el tener un objetivo en la vida es requisito básico para convertirse en una persona feliz. Sin la sensación de ese propósito, la existencia de cualquier persona será una fosa vacía, se sentirá insatisfecha y si esas emociones se agudizan se sentirá frustrada, angustiada y deprimida. Cuando no se cuenta con proyectos encarados para mejorar el futuro, la persona se hace propensa a la depresión, a la enfermedad e incluso a la muerte. Cuántas personas hay que pasan sus horas encerradas en la rutina, y solo se ocupan de cómo pagar las facturas, organizar el hogar, educar a sus hijos; se mantienen ocupados, sí, pero insatisfechos.

Aunque estas actividades no tienen nada de malo, no puede ser lo único que se haga, pues se derrocharán así gran cantidad de instantes vitales en conductas que no producirán satisfacción personal y mucho menos paz. Cuando se encuentra esa actividad capaz de apasionarlo, esa vigorosa entrega que es difícil de entender para las personas ordinarias, cualquiera será capaz de emocionarse con lo que haga, y se sentirá involucrado en el objetivo personal que decida. Ese sentido de misión satisface una necesidad interna y proporcional, una energía casi creadora en lo que se refiere a la importancia de lo que se es, y en la fe hacia lo que se hace.

El día de Navidad, Ariadna llegó a la finca, cargada de juguetes. Uno de los niños que más le agradó fue Mongutito, de quien tanto le había hablado. Él también simpatizó con ella, y de inmediato perdió esa timidez que al principio me manifestaba. Se hicieron grandes amigos. Ella nunca olvidaría la expresión de alegría del chiquillo cuando abrió el regalo que le entregó. Le confesó que jamás había tenido un juguete. Lo contempló por largo tiempo y afirmó:

—Gracias, señora, lo voy a cuidar para que me dure toda la vida.

Ariadna tuvo que esforzarse para contener las lágrimas.

—No tiene que durarte toda la vida —respondió acariciándole la cabeza—. Juega con él y, si se te daña, te compraré otro. Este será tu primer juguete, pero no el último. Te lo garantizo.

El niño se acercó y la abrazó. Ella sintió sobre sus hombros la humedad de las lágrimas infantiles.

—¿Por qué lloras? Pensé que estarías contento.

—Claro que toy contento.

—¿Y entonces?

—Es que usté me hizo acordar de mama.

Ariadna guardó silencio y el niño continuó hablando bajo.

—Ya no me acuerdo de su cara, porque se fue cuando yo tenía tres años, pero sí me acuerdo de su olor. A veces lo siento y pienso que va a regresar. Le he pedido tanto a Dios que regrese, pero Él no me hace caso...

Ariadna lo abrazó con fuerza, esforzándose por lucir serena.

—Nunca pierdas la fe, estoy segura de que Dios, de una manera u otra, te escucha.

En ese momento me acerqué a ellos y Ariadna invitó a Mongutito a comer, pero él dijo que su padre lo esperaba. Ella le sirvió comida en un envase y se la entregó. El niño se despidió y salió cantando.

Después nos contó que al llegar a su casa, el padre lo esperaba; casi nunca conversaban, estaba tan cansado que se recostaba y dormía casi de inmediato. Esta vez fue diferente.

—¿Ónde diablo tabas metío? —preguntó con gravedad.

—La señora bonita me mandó a buscá y me dio comía.

—Ya sabe que no me gusta que ande de pedigüeño.

—Yo no pedí na, papa, ella me la dio. Hay pa los dos.

—No quiero; además, no es bueno que se acostumbre a comer comida de ricos. Después no le va a gustar lo que le hago.

Papa, si yo nunca le he dejao su comía, pero déjeme comé de esta...

—¡Jártesela!

—Si lo pone bravo, mejor se la echo a los puercos.

—¿No me oyó que se la coma?

El niño se llevó la comida a la boca con lentitud, como saboreándola. El hombre lo contempló y una sombra de tristeza cubrió su rostro. En el fondo de su corazón sentía una inmensa compasión por su pequeño, la vida había sido muy dura para él. Todavía tenía muy claras en su mente las imágenes de cuando lo encontró solo, sollozando, aquella tarde que María los abandonó. Entró al rancho, eran como las cinco de la tarde cuando escuchó a Mongutito llorar. Estaba en un pequeño corralito que él le había confeccionado. Llamó a gritos a su mujer para que atendiera al hijo; no recibió respuesta. Cargó al pequeño y le dio un biberón con agua. Se dio cuenta de que estaba hambriento, sacó la lata de leche y le preparó una mamadera. Lo acostó en la cama para que se la tomara y comenzó a buscar a María por los alrededores. No deseaba alejarse mucho, pues el chico estaba solo; cuando volvió al rancho, desesperado, ya la criatura se había tomado la leche y dormía.

En ese momento vio el papel doblado sobre la mesa. Era una carta; la desdobló. Una inmensa angustia se afincó en su corazón y un negro presentimiento le oprimió el alma. Hizo una pausa y respiró profundo. Me imagino verlo: fijos sus ojos sobre el papel; para él solo eran unas líneas sin sentido, pues nunca había aprendido a leer ni a escribir. Debe haberle pasado los dedos rústicos por encima, como queriendo escuchar las palabras contenidas en los trazos. Así lo encontraría la noche, buscando sentido a lo que decía el papel.

Permaneció despierto hasta tarde, llorando mucho, unas veces doblando el papel, otras alisándolo en la oscuridad. Eso sí me lo contó él después, varias veces.

Por la mañana caminó con el hijo en brazos hasta la casa de su comadre, cuya hija había ido hasta tercer grado, años atrás. Ella sabría confirmarle lo que decían las letras.

La mamá de la muchacha lo vio venir y, de algún modo, entendió el cuadro que presenciaba. Sin embargo, le preguntó qué le pasaba, y así supo la historia. Cuando vino la muchacha a leer el papel, ya ambos sabían de qué se trataba:

Manuel:

Me voy, no me busques, sería inútil. Tú sabes las razones por las cuales te abandono; en la última pelea que tuvimos, te lo dije. No soporto esta vida, estoy harta de este pueblucho, aspiro a algo mejor y tú eres el hombre más conformista que he visto. Tú me gritas que son bajunezas, pero no lo soporto más. Mi vida no tiene sentido, no como ni duerno, nada me interesa. Es abandonarlos o morir y perdona que escoja la vida. Sé que eres un buen padre y cuidarás de Manuelito. Por favor, deja de llamarlo “Mongutito”, odio ese apodo.

Siempre nos has tratado como a animales, él es tu Mongutito y yo para ti tal vez una vaca, pero ya no viene al caso ese reclamo. Tú mejor que nadie sabes que puse mi mayor esfuerzo en que nuestra relación prosperara. Siempre les achacaste a mis padres el que no me adaptara al campo. Dijiste que fue porque me mandaron a estudiar a la ciudad. Fuimos novios desde niños y cuando regresé pensé que podía cambiarte, fue por esa razón que me casé contigo, pero nuestra relación fue de mal en peor. Mis padres no saben que te abandono, no les voy a proporcionar la dirección, porque sé que te la darían o me irían a buscar. Este viaje es sin retorno. Vamos a sufrir mucho, pero con el tiempo ustedes me olvidarán. Así lo creo. En lo que a mí concierne sé que jamás olvidaré a mi hijo. Espero que cuando él tenga edad suficiente me perdone. A ti no te pido perdón, porque te conozco y estoy segura de que jamás lo harás. No pienses que te dejé por otro hombre. Mi corazón se secó y ya no podré amar a nadie más.

María

Manuel había apretado a su pequeño hijo contra el pecho y, aunque aún dormía, le dijo al oído, con la voz quebrada por la emoción:

—Hijo, se murió su madre... ¿oyó? No se le olvide: ayer se murió su mama.

Se acercó a la chiquilla, le arrebató la carta y se fue sin despedirse. Caminó despacio hasta llegar al rancho, entró y puso al niño en la cama. Salió al patio y dejó escapar todo su dolor en un desgarrador grito:

—¡Maldita, maldita seas! ¡No tenías derecho a hacernos esta canallada!

Luego se mordió los labios hasta hacerlos sangrar.

Poco después la gente se acostumbró a verlo marchar a sus sembrados con el machete en una mano y el hijo en la otra. Manuelito creció entre los surcos, a la orilla de los montes, bajo el sol y el agua, alejado de cualquier acción que correspondiera a su edad. Por esa razón ahora, ocho años después, debe haber sido el vaho caliente de la ternura el que le cubrió el semblante al observarlo apreciar los distintos sabores de la comida y el dulce que le habían regalado.

Después de tanto tiempo, cuando había logrado, al fin visualizar su mujer muerta y sepultada, su mayor temor era el de que su hijo conociera a otras personas, viera otra vida y lo abandonara como hizo su mujer. Pero el muchacho estaba ahí, frente a él, con los ojos fijos en su semblante ausente:

Papa, ¿en qué piensa?

Ante la falta de respuesta, el niño continuó:

—Cuando se pone así me da miedo que se enferme. Recuerde… Hace unos años se puso triste y en la noche le dio una fiebre y una tembladera tan grande que tuve que buscá a Alejandro pa que le trajera medicina. Eso me da miedo.

—No se preocupe mocoso que yo estoy bien. Ahora acuéstese que mañana nos tenemos que pará a las cinco pa´ inos a trabajá.

—Está bien, voy a acostáme.

Esa noche en particular Manuel debe haberse sentido muy triste. De su mente no se alejaba el recuerdo de María; fue como si la viera. Apenas se dormía comenzaba a soñar con ella, como la mujer más bella de esa región, con su piel canela y cabello rojizo haciéndole marco a sus enormes ojos negros. Eso también llegó a contármelo, cuando creció la confianza entre nosotros.

En infinidad de ocasiones él se había preguntado cómo era posible que una mujer tan hermosa, educada en la ciudad, se hubiera fijado en él. Allá vio a otras gentes, así como aprendió a hablar bonito. Manuel recordaba su empeño, cuando eran novios, en que él aprendiera a leer, a escribir, a expresarse mejor. Él no se opuso y, al principio, por miedo a perderla, aceptó; aunque, apresuró la unión y cuando estuvieron juntos, suspendió las clases.

Una noche cuando regresó de trabajar en el monte, y ella lo estaba esperando para darle la lección correspondiente, le tiró el libro y el cuaderno al piso, le dijo que jamás iba a aprender esas idioteces, pues era un bruto y que se iba a quedar así. Por esos días ella estaba encinta; como era pertinaz, no claudicó y siguió insistiéndole en la necesidad de cultivarse; pero él no dio su brazo a torcer, ni cuando les nació Manuelito.

Así fue su rutina, hasta la noche de la última pelea, cuando María le gritó lo harta que estaba, le prometió no insistir más y le afirmó que él se iba a arrepentir toda su vida de esas acciones. Desde ese día no la vio más.

Manuel se levantó unos minutos antes de las cinco de la mañana; su hijo dormía aún. Preparó café, lo sirvió en un termo y calentó una tortilla que había quedado del día anterior. Llamó al niño y le dijo que se lavara la cara, que era tarde. En menos de diez minutos estuvo listo. Por el camino se comieron la tortilla mojada con café, en silencio, como si fueran dos hombres que se le anticipaban al sol, camino a sus labores... En varias ocasiones los vi caminar así, y nunca dejó de apretarme el alma esa imagen.


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