Excerpt for Travesías Mágicas by Rose Marie Tapia, available in its entirety at Smashwords

Travesías Mágicas

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

Editora-autora

Título: Travesías Mágicas

Copyright © 2002 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.







Dedicatoria

Para Raulito, el más pequeño de mis sobrinos, el ser más amoroso y tierno que he conocido. A esa criatura de mirada cálida y gestos espontáneos le dedico esta novela. Su compañía es para mí el mejor de los regalos, un verdadero tesoro, ya que, me hace experimentar ese sentido de maravilla que le dan los niños a la vida cotidiana. Los momentos que comparto con él los considero una fiesta porque están llenos de alegría, autenticidad y sorpresas.

1

Esa mañana, como todos los sábados, Rosa Elena se vestía apresurada para visitar a su querido sobrino. Ese era su compromiso más importante. Se esmeraba en su arreglo y buscó un atuendo elegante, pues Raulito era un niño muy observador y le gustaba que ella se vistiera muy bonita. Siempre que llegaba a su casa, él la esperaba con los brazos abiertos. Ella era su tía preferida porque jugaba con él como si fuera de su misma edad y no cometía el error de explicarle las cosas varias veces. La gente adulta lo aburría con las repeticiones. Él era un niño y no por eso era bruto. Podía comprender con facilidad desde un comienzo muchas cosas, no necesitaba de reiteraciones. La tía Memi no cometía esa equivocación. Esa mañana en especial Rosa Elena observó que Raulito estaba triste. Se acercó a él, lo besó tiernamente y le preguntó.

—¿Por qué estás tan alicaído, amor de mi vida?

—¡Me siento solo y no tengo con quien jugar!

—¿No tienes amiguitos?

—Sí, tengo amigos en la escuela, pero ninguno sale de su casa. Todos están igual que yo... Encerrados.

La tristeza se apoderó de Rosa Elena, quien comprendía perfectamente a su sobrino. De niña experimentó en carne propia la soledad, el aislamiento y la clausura; además conocía el sabor amargo que causa la ausencia de compañía. A pesar de tener cinco hermanos, ella por su condición de salud vivió aislada. Sin embargo, tenía un amigo imaginario y fueron muchas las aventuras que juntos vivieron. Raulito le tocó la rodilla con su pequeña manito y le preguntó.

—¿En qué piensas, tía Memi?

—Recordaba que en mi niñez hubo una ocasión cuando me sentí tan sola como tú. Sin embargo, yo tenía un amigo imaginario.

—¿Un amigo imaginario? —preguntó Raulito muy intrigado.

—Sí, se llamaba Rafael.

—Yo quiero tener un amigo así. ¿Qué debo hacer?

—Lo único que necesitas es tener el deseo y éste se convertirá en realidad.

Rosa Elena contempló a su sobrino, era un niño de cinco años, vivaz, de piel trigueña como su madre, con los cabellos rubios cenizos y los ojos pardos como los de su padre. El encanto que tenía el niño, ella no sabía de quién lo había heredado.

Raulito permaneció en silencio por varios minutos. Se levantó de la silla y expresó.

—Tía Memi no entiendo mucho eso del amigo imaginario. Me lo puedes explicar mejor.

—Con mucho gusto, mi amor. Comenzaré por decirte que ese amigo tú lo vas a crear. Tendrá la edad que tú quieras, lo mismo que el tamaño, el color de la piel, los cabellos y cualquier otro atributo que desees. No olvides ponerle un corazón pleno de amor y compasión. Eso será lo más importante de tu creación, porque la magia, querido mío, no es otra cosa que una de las más grandes manifestaciones del amor.

Raulito miró a Rosa Elena entre divertido e intrigado, y preguntó.

—Tía, ¿tú crees que eso sea posible?

—Si tu tía lo pudo hacer cuando era una niña, no veo por qué razón tú no lo puedas hacer.

Raulito comenzó a pasearse por la sala de su casa. Vivía en un lujoso apartamento de la ciudad de Panamá. Decorado con buen gusto y distinción. Rosa Elena observó el entorno. Era muy bello, sin embargo ese pequeño niño era víctima de la inseguridad del país. Cuánta incertidumbre había en las calles, producto de la delincuencia, y los niños eran los más afectados. Los que no estaban presos por la inseguridad estaban presos por la necesidad. Raulito sacó a su tía de sus reflexiones y solicitó.

—Explícame cómo puedo hacer para crear ese amigo que tú dices.

Rosa Elena tenía que buscar las palabras adecuadas para especificarle lo que debía hacer. Respiró profundo y afirmó.

—Raulito, si te pidiera que dibujaras a un niño para que fuera tu amiguito, ¿cómo lo harías?

—Tomaría un papel y un lápiz y lo dibujaría.  

­­—Hazlo y así será tu amigo.

Raulito tomó una hoja de papel y los lápices de colores. Pasados quince minutos el dibujo estaba listo. Rosa Elena lo observó, era un niño más o menos de la edad de su sobrino, con cabellos rubios, la piel blanca y los ojos grises.

—Está muy bonito el dibujo de tu amigo. Ahora vas a soplar para darle vida y como por arte de magia, a partir de este momento, así será tu amigo imaginario.

Raulito estaba realmente encantado con las locuras de Rosa Elena. Sopló el papel y nada ocurrió. Con una mirada de severidad y desconfianza objetó.

—Tía Memi, ¡no ha pasado nada! Todavía mi amiguito está en el papel.

Rosa Elena sonrió, era un encanto su querido sobrino. Tendría que ser más explícita.

—Querido mío, no pienses que ese niño va a ser como tú o como yo. No es así la magia, él va a vivir en tu imaginación, pero va a estar a tu disponibilidad para cada vez que quieras jugar.

—Ahora si entiendo, tú quieres decir que voy a jugar con ese amigo en mi mente.

—Más o menos, pero con una diferencia. No es que tú solamente vas a jugar con tu amigo en la mente. Tú puedes jugar con él, carritos y todos los juegos imaginables. Pero debes saber que el único con el poder para verlo serás tú. Además ese niño tendrá todas las facultades para hacer lo que le pidas, que sea para tu bien y el de la humanidad.

—¿Qué es la humanidad? —preguntó Raulito

—La gente, esa es la humanidad. Lo que te quiero decir es que siempre le debes pedir cosas buenas. Si no tu amiguito no te complacerá.

Raulito deseaba tanto darle vida a su amigo imaginario y Rosa Elena sabía que como todo niño no quitaría el dedo del renglón hasta ver sus deseos satisfechos. Además ningún daño le haría. Esa presencia es normal, sana y muy frecuente. Es muy común ver a niños con hermanos mayores tener un amigo imaginario. Eso le permite expresar sus necesidades emocionales básicas.

Raulito se acercó a Rosa Elena y preguntó.

—¿Cómo puedo hacer para que mi amiguito llegue de inmediato?

Rosa Elena no sabía qué decirle a su sobrino. Tenía que inventar algo. Rápidamente se puso de pie y afirmó.

—Raulito, hay que buscar una palabra mágica para que el encantamiento surja efecto. Una palabra capaz de desencadenar la magia, de mover montañas, de romper cadenas y de hacer volar tu imaginación.

Raulito pareció muy interesado, su rostro se iluminó por la emoción y la alegría. Al saltar de contento manifestó.

—¡Ya la tengo!

Rosa Elena sintió que perdía las perspectivas. Había contagiado a Raulito de su realismo mágico y ahora si no funcionaba el niño se podía sentir decepcionado. Raulito se aproximó a ella y en el oído pronunció la palabra.

­­—¡Tirtilin!

Rosa Elena miró de reojo a Raulito. Sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. El niño se cubrió el rostro con las manos. Rosa Elena esperó trémula de emoción. Se había excedido en el intento de llevar alegría a la aburrida vida de Raulito, y de repente vio a su sobrino quitarse las manos de la cara y gritar.

—Allí está. ¡Es el niño que dibujé en el papel!

Rosa Elena no se atrevía a moverse. Estaba asustada de su osadía. Sin embargo, percibió con gran satisfacción la expresión de felicidad que reflejaba Raulito. Él estaba sentado en un sillón y conversaba animadamente con su amigo imaginario. Se acercó con mucho cuidado y preguntó a su sobrino.

—¿Dónde está tu amigo? No quiero sentarme encima.

Raulito rió muy divertido y preguntó.

—¿No lo ves, tía Memi?

—Recuerda, cariño, a tu amigo sólo tú lo podrás ver.

—Ahora lo recuerdo. Él está sentado justo a mí lado. Por favor, siéntate en la otra silla.

Rosa Elena se sentó en la silla que le indicó Raulito y se quedó callada para ver si podía oír la conversación. Raulito le hacía una serie de preguntas a su amigo imaginario y entre ellas, el nombre. No pudo contenerse e indagó.

—Raulito, ¿cómo se llama tu amiguito?

—Se llama Gabriel.

–¡Qué bonito nombre!

Raulito se acercó a su tía y le dijo.

—Mi amigo tiene todos los poderes y con él voy a hacer viajes fantásticos. Me dijo que él puede realizar las cosas más increíbles que pueda imaginarme. Que a partir de hoy mi vida será interesante y llena de encanto.

Rosa Elena al despedirse de su sobrino, le pidió que no le contara a nadie sus aventuras y le explicó.

—La mayoría de las personas no entienden de fantasías y piensan que no debes jugar con esas cosas, pero yo sé que tú tienes claro lo que es la realidad y lo que es un juego. ¿No es así?

—Sí, tía Memi, no te preocupes. Esas aventuras sólo son un juego y sólo a ti te las contaré.

Rosa Elena se sintió más tranquila. No quería tener problemas con su hermano. Ella siempre había estimulado la imaginación de Raulito, pero ahora había ido muy lejos y en cierta forma se sentía arrepentida de su audacia.

Cuando Rosa Elena se retiraba pudo percibir la presencia de otra persona. “Se estaba sugestionando y eso no le gustaba. Tenía que calmarse. Las cosas habían ido demasiado lejos”, pensó. Raulito está tan entretenido con su amiguito que no la acompañó hasta la puerta. Ella lo saludó con la mano, él le devolvió el saludo y desde la sala gritó.

—Gracias tía Memi, por regalarme un amigo tan tierno y cariñoso.

Rosa Elena salió de la casa de Raulito con la sensación que esto no se quedaría en un cuento de niños. Estaba segura que esta historia tendría repercusiones mucho más serias. Cuando llegó a su casa el teléfono sonaba una y otra vez. Contestó de inmediato.

—Diga.

Escuchó la voz de Raulito.

—Tía, deseaba hablar contigo y Gabriel me marcó el número de teléfono.

—No me mientas. ¿Quién te marcó el teléfono?

—Ya te dije, tía, fue Gabriel.

—Mira, Raulito, quedamos en que a mí no me vas a mentir. Fue tu nana la que lo hizo.

—Cuantas veces quieres que te diga que fue Gabriel.

Rosa Elena cerró el auricular y volvió a llamar. Contestó la nana y le preguntó si ella había marcado su número de teléfono. La nana muy sorprendida contestó.

—Nadie ha llamado.

—Acabo de hablar con Raulito.

—Eso no puede ser. Él tiene más de media hora de estar dormido. Desde que usted se fue, él se acostó.

Rosa Elena no contestó y cerró la comunicación. Estaba muy confundida, algo extraño ocurría que ella no entendía. No quiso comentar con nadie sus inquietudes. Se sentía culpable. Ella había iniciado todo este enredo y ahora tenía que ingeniarse para salir de esto bien librada.

Toda la tarde se sintió terriblemente perturbada. Antes de que anocheciera llamó por teléfono a Raulito para preguntarle si él la había llamado. Recibió la misma respuesta e insistió.

—Raulito llamé a la nana y ella me dijo que tú estabas durmiendo.

—Tú sabes, tía Memi, que Gabriel y yo somos muy astutos. Así que la engañamos.

Rosa Elena no tuvo más remedio que dejar su insistencia. Le daría un tiempo a su sobrino y  luego hablaría seriamente con él. Días después Rosa Elena recibió la llamada de Aileen, ella estaba de lo más asombrada y le contaba que Raulito había mejorado mucho en su desempeño en la escuela. Afirmó muy entusiasmada.

—Recuerdas lo perezoso que era Raulito con sus deberes en la escuela. Ahora desde que llega de sus clases come y enseguida se pone a hacer sus tareas sin que lo mande. En verdad estoy muy sorprendida.

—¿No le has preguntado a qué se debe ese cambio?

—Sí, lo hice y me contestó que es un secreto entre tú y él.

Rosa Elena no sabía que responderle y guardó silencio. Aileen continuó.

—Lo más raro de todo es que la maestra me dijo que en los trabajos que hace en la escuela, se puede apreciar claramente dos tipos de letras y que cuando ella le preguntó Raulito le dijo que era un secreto contigo.

Rosa Elena, aterrada, pensó que todo era de lo más extraño. Recuperada de la primera impresión contestó.

—No te preocupes, Aileen, el sábado que vaya a visitar a Raulito le preguntaré cuál es ese secreto. No le insistas en averiguar las cosas porque le darías demasiada importancia y pienso que no sería conveniente.

Aileen se despidió no sin antes recalcar que esta situación le parecía muy rara. Rosa Elena se acostó a descansar. El asunto del amigo imaginario de Raulito se le había salido de las manos. Ella siempre supo que su sobrino tenía una gran imaginación, pero estaba segura que a pesar de su corta edad sabía diferenciar entre la realidad y la fantasía.

El jueves en la tarde Rosa Elena se reunió con una amiga psicóloga, pues estaba interesada en saber si la creación de un amigo imaginario podía perjudicar a un niño. Se citaron en una cafetería cerca de su casa. Cuando llegó Elsie, Rosa Elena la estaba esperando. Le hizo una señal con la mano y Ella se acercó a la mesa. Pidieron dos cafés y sin más preámbulo Rosa Elena sacó el tema que le interesaba.

—Elsie, ¿tú crees que la existencia de un amigo imaginario pueda ser perjudicial para un niño de cinco años?

—En modo alguno.

Rosa Elena bajó el tono de la voz y le dijo.

—Estás segura. ¿No crees que ocasione cierta confusión en el niño y no pueda distinguir entre la realidad y la fantasía?

—Mujer, ya te dije que no. La existencia de un amigo imaginario es más bien beneficiosa para los niños. Los hace más comunicativos, les permite expresar sus sentimientos y les enseña a compartir.

Rosa Elena no estaba convencida con la respuesta de su amiga y decidió sincerarse con ella.

—Te voy a ser franca. Muchas veces te he hablado de Raulito, tú sabes que él es mi adoración. Una tarde lo fui a visitar y lo encontré triste, me dijo que se sentía solo y le sugerí la creación de un amigo imaginario. Sin embargo, le advertí que eso era un juego. Estoy segura que me entendió. Él es muy inteligente.

Rosa Elena interrumpió el relato y tomó un sorbo de café. Necesitaba ese estimulante. Se sentía presionada y preocupada. Respiró profundo y continuó.

—Esa misma tarde Raulito me llamó y cuando le pregunté quién había marcado mi número me dijo que Gabriel, su amigo imaginario. Llamé a la nana para preguntarle quién había marcado el número y me contestó que nadie me había llamado que Raulito estaba dormido desde hacía media hora. En la tarde llamé a Raulito y me insistió que había sido Gabriel.

Elsie estaba de lo más divertida con el relato de su amiga. Le parecía que se ahogaba en un vaso de agua. Por esa razón afirmó.

—No te alteres de esa manera, no veo el problema.

—Deja que termine y me dirás si tengo motivos o no para alterarme.

Elsie hizo acopio de toda su paciencia y expresó.

—Continúa, te estoy escuchando

Rosa Elena se puso muy seria y con voz solemne continúo.

—Después me llamó la madre de Raulito para decirme que había mejorado en su desempeño en la escuela, que la maestra aseguraba que en sus trabajos escritos había dos caligrafías y que cuando le preguntó, el niño le expresó que era un secreto con su tía Memi.

Elsie dejó de reírse. Esto parecía mucho más complicado de lo que se había imaginado y recapacitó. Sabía que Rosa Elena era una mujer con una gran intuición y si ella estaba preocupada, debería tener serios motivos. Se acercó la taza de café a los labios, ligeramente los mojó y lo disfrutó. No era adicta al café y sólo lo tomaba socialmente. Levantó la mirada y observó a Rosa Elena. Era una mujer atractiva, blanca, de cabellos rubios cortos y peinados a la moda, grandes ojos pardos que cuando miraban escrutaban hasta el último de los detalles, de esbelta silueta y porte elegante. Su rostro era muy expresivo y en ese momento reflejaba la ansiedad y preocupación del daño que inconscientemente le hubiera podido ocasionar a su querido Raulito, también irradiaba el encanto y la magia de enfrentarse a lo desconocido. Rosa Elena ligeramente afectada, afirmó.

—Tu silencio me pone nerviosa dime qué puedo hacer para esclarecer esta situación tan insólita.

Elsie trató de hablar lo más pausadamente posible y acotó.

—Querida amiga, tienes que ser prudente. No te adelantes a los acontecimientos. Pienso que debes hablar con Raulito y después que conversas con él, si quieres nos volvemos a reunir para ver que conclusiones sacamos.

Rosa Elena asintió con la cabeza. No había otra forma de actuar. Hablaría con Raulito y aclararía todo este asunto. Se despidió de Elsie prometiéndole que muy pronto se volverían a reunir.

Era sábado en la mañana, Rosa Elena sentía apremio de llegar cuanto antes a la casa de Raulito. Tenía tantas dudas e interrogantes que resolver. Llegó como media hora antes. En la casa de su sobrino se acababan de despertar. Entró en la recámara del niño y lo observó, estaba acostado a un lado de la cama. Él siempre lo hacía en el medio. Por esa razón le preguntó.

—Raulito, ¿por qué estás a un lado de la cama? ¡No ves que te puedes caer!

—Tía, tengo que dejar lugar para Gabriel o quieres que él se acueste en el suelo.

Rosa Elena procedió con mucho tacto para que su sobrino no se asustara y afirmó.

—Raulito, recuerda que Gabriel es invisible y no necesita de un lugar.

—Era invisible hasta que dije las palabras mágicas. En ese momento adquirió vida.

Raulito se volteó y miró al otro lado de la cama y dijo.

—Gabriel, mi tía no cree que tú tengas vida. ¿Qué te parece?

Rosa Elena a punto de caer con un infarto, se controló y le pidió a Raulito que le trajera el cuaderno de tareas, él se lo entregó y ella observó con estupor que en los trabajos escritos había dos tipos de letras. No entendía qué estaba pasando, pero fue prudente y no siguió interrogando a su sobrino.

Raulito se levantó de la cama la abrazó y le dijo.

—Gracias Memi, por darme un amigo tan rareza.

Rosa Elena se mantuvo callada. No podía negar que su sobrino estaba encantado con esta aventura, pero ella temía por su salud mental.

La mañana transcurrió con bastante normalidad. Rosa Elena como de costumbre jugó varias horas con su sobrino con la única variante que ahora no eran dos personas, sino tres porque en todos los juegos estaba Gabriel. De repente a ella se le ocurrió decirle a Raulito que jugaran la escuelita en donde ella sería la maestra, y ellos los estudiantes. Le pidió a Raulito que hicieran la tarea en una hoja aparte para ella podérsela llevar a Elsie. A los pocos minutos Raulito regresó con una hoja y dos plumas. Organizaron una mesa y comenzó el juego. Rosa Elena observaba que Raulito escribía y viraba la hoja para que Gabriel escribiera. En un principio esa actitud del niño le pareció de lo más divertida, pero cuando Raulito le entregó la hoja casi se le escapa un grito. Las caligrafías eran totalmente diferentes, la de Raulito era la de un niño, pero la otra parecía de un adulto. Por esa razón le preguntó a Raulito.

—¿Por qué Gabriel tiene la letra como la de los adultos?

El niño sonrió muy divertido y contestó.

—Ya se lo pregunté y él me dijo que aunque tenga la apariencia de un niño, no lo es.

—¿Qué es entonces? —preguntó Rosa Elena intrigada.

—Prométeme que no se lo dirás a nadie.

—Te lo prometo, siempre hemos sido socios. No te preocupes.

Raulito se levantó de la silla se acercó a Rosa Elena y afirmó.

—Gabriel es un ángel con poderes mágicos. Recuerda que me prometiste no revelar este secreto.

Rosa Elena, no hizo caso de la advertencia de su sobrino y prosiguió.

—¿Qué más te ha dicho?

—Me ha contado aventuras increíbles sobre sus poderes. Él es capaz de viajar en el tiempo y solucionar cualquier problema. Tiene facultades asombrosas.

Cada vez que Raulito agregaba algo, más se acrecentaba la angustia de Rosa Elena. Se sentía cada vez más culpable. No sabía cómo abordar ese problema, además no quería hacerlo de la manera equivocada. Rosa Elena decidió en ese momento dejar las cosas así y buscar la asesoría necesaria para enfrentar ese problema. De algo sí no tenía duda, Raulito estaba feliz. Nunca antes vio ese brillo en sus ojos y esa alegría tan desbordante. A lo mejor se estaba preocupando sin motivos. Recordó cuando ella estaba pequeña y su encuentro con Rafael, su amigo imaginario. Fueron años maravillosos. Cuando enfermó y tuvo que permanecer por meses en una cama. Cuántos juegos fascinantes realizó en compañía de ese amigo tan querido. Dejaría que la situación siguiera su rumbo normal. Lo que sí haría sería consultar a Elsie. Ella le podría dar luces sobre los extraños eventos.

Al retirarse, el niño se entretenía jugando con unos carritos. Algo llamó la atención de Rosa Elena que ya estaba en la puerta, y se devolvió. Raulito jugaba con dos carritos, uno rojo y otro azul. Del lado de él tenía el rojo y enfrente el azul. De repente Rosa Elena observó que el carro azul se movía solo. Lo tomó entre sus manos y miró para ver si usaba batería. No, era un carro que para moverlo había que empujarlo. Le preguntó.

—¿Por qué este carro se mueve solo?

—No se mueve solo. Gabriel está jugando conmigo y él lo mueve.

Esto era lo que faltaba para enloquecer a Rosa Elena. Fuera de sí afirmó.

—Raulito, yo conozco toda la historia. Sé lo que es verdad y lo que no lo es. Por lo tanto a mí no me digas mentiras.

El niño se acercó a su tía y la miró a los ojos. Estaba triste. Ella jamás le había hablado en esos términos. Rosa Elena se dio cuenta, lo abrazó, lo besó y afirmó.

—No me hagas caso. Es que me asusté, pero tú sabes que te quiero mucho.

El niño la besó y sonrió. Está bien, tía Memi. Ya Gabriel me había advertido que a ti te iba costar un poco de trabajo aceptarlo. Rosa Elena sonrió, no tenía otro remedio que esperar.

Al entrar al carro Rosa Elena sintió una fuerte sacudida. Le dio la impresión que alguien estaba con ella. Percibía una presencia extraña. Movió la cabeza varias veces como para desechar esa idea. No podía darse el lujo de sugestionarse o terminaría volviéndose loca. Arrancó el motor del automóvil y se puso en camino para su casa. Conducía despacio como de costumbre por las calles de Punta Paitilla, al pasar por el puente vio con horror que un carro venía en sentido contrario justo por su carril. No tenía cómo esquivarlo, además estaba paralizada por el miedo. De pronto sintió un pie encima del suyo que la hizo frenar justo a tiempo para no colisionar. El conductor del otro carro puso el automóvil en reversa y se dio a la fuga. Después de recuperarse prosiguió su camino, sin entender lo sucedido. Cuando llegó a la casa pudo percatarse que su sandalia estaba pisada y dañada. Las correas estaban rotas. No tuvo duda había sido asistida por un ente desconocido.

Rosa Elena se desvistió y se acostó en la cama. Estaba tan confundida. Sentía la necesidad de aclarar sus pensamientos. Reflexionó. Cuando le cuente esta experiencia a Elsie pensará que me estoy volviendo loca. Sin embargo, era imprescindible buscar a una persona de confianza para que le ayudara a resolver esta situación tan confusa. Escuchó un ruido que venía de la sala. Al inicio no le prestó mucha atención. Sintió un fuerte viento. De dónde vendría esa corriente de aire, se preguntó, si ella mantenía la puerta y las ventanas cerradas. En ese momento escuchó a una persona palmoteando. Asustada se arropó de pie a cabeza. Poco a poco se quedó dormida. Súbitamente sintió la voz de un niño que cantaba una canción de cuna. No se atrevía a abrir los ojos, casi ni podía respirar. Volvió a percibir una presencia etérea. Se llenó de valor y abrió los ojos. Pudo observar con claridad un niño como de cinco años, parado junto a su cama. Se fue incorporando poco a poco y trató de tomar al pequeño por una mano. Un súbito estremecimiento recorrió todo su cuerpo. El niño había desaparecido.

Rosa Elena, alterada, se encaminó a la cocina en busca de un té de tilo. Lo tomó lentamente y trató de serenarse. No podía darse el lujo de perder la calma. Necesitaba de toda su capacidad de análisis para resolver este misterio. Regresó a su habitación y pudo observar sobre la cama un sobre. Lo recogió con mucho cuidado. Estaba dirigido a ella. En letras grandes y clara decía para tía Memi de Gabriel. Casi se cae de sus pies, las piernas le temblaban como si fueran de trapo. Se sentó en la cama y haciendo un acopio de todo su coraje, decidió abrir el sobre. Era una carta breve, lo primero que reconoció fue la caligrafía. Era la misma que tenía Raulito en sus trabajos escritos. Respiró profundo y comenzó a leerla.

Querida tía Memi:

Soy Gabriel, el amigo de Raulito. No sigas presionando a tu sobrino para que confiese que todo es mentira y que yo no existo. Ustedes, ambos, tienen poderes sorprendentes y me invocaron. No me iré hasta cumplir mi misión y es preferible que no te resistas. Te prometo que no le causaré ningún daño a Raulito. Mi misión es hacerle bien y ayudar a la familia.

Un beso,

Gabriel

Rosa Elena anonadada consideró todo lo que sucedía como una verdadera locura. Lo peor era que no podía comentarlo con nadie sin que dudaran de su salud mental. Le llevaría todas estas pruebas a Elsie para que la ayudara. Ella encontraría la manera de resolver este problema sin que nadie se enterara. No lo dudó más, llamaría a su amiga y le pediría una cita. Esta vez iría a su clínica. Este asunto tan tortuoso no era para tratarlo en una cafetería. Necesitaba de un ambiente de discreción. Elsie contestó el teléfono y se alegró mucho de oír la voz de Rosa Elena.

—Esperaba tu llamada. La última conversación me dejó muy preocupada. ¿Cómo va ese asunto?

—Casualmente por eso te llamo, quiero verte en tu consultorio. Las cosas se han complicado más. No quiero darle largas a este asunto y quisiera que me atendieras cuanto antes.

—No te preocupes, mañana mismo puedes pasar por mi consultorio.

—¿A qué hora quieres que vaya?

—¿Te parece bien a las tres de la tarde?

—Me parece perfecto. Allí estaré. Hasta mañana, amiga.

Rosa Elena perturbada no esperó que Elsie se despidiera y cerró la comunicación. Esto alarmó mucho a Elsie pues conocía sus buenas maneras.

Al día siguiente a la hora convenida Rosa Elena se presentó en el consultorio de Elsie y le contó lo sucedido. La psicóloga la observaba fijamente. Su amiga era una mujer centrada, sin conflictos y con dominio sobre sus emociones. Algo muy grande le tenía que estar pasando para alterarla de ese modo. Elsie habló despacio.

—Rosa Elena, ¿qué guardas en esa bolsa? Cualquiera diría que es un tesoro—bromeó.

—Aquí tengo las pruebas de la presencia inexplicable de la que te he hablado.

Rosa Elena sacó las sandalias y le mostró a Elsie como la del pie del freno tenía las correas rotas. Eso no le pareció relevante a la psicóloga. Sin embargo, cuando sacó la carta, Elsie tuvo que contenerse para que no se le escapara una exclamación de horror. La carta estaba escrita y firmada por el amigo imaginario de Raulito. Elsie se levantó de la silla y caminó por el pasillo del consultorio. Necesitaba encontrar las palabras adecuadas para tranquilizar a Rosa Elena.

—No quiero que te preocupes más de la cuenta. Estoy segura que lo podemos resolver. Tú siempre has tenido grandes capacidades intuitivas. No te desesperes y vamos a ver que rumbo toman los acontecimientos. Si es cierto lo que dice la carta, esta presencia sólo ha venido a hacer el bien. Esperemos entonces. ¿No te parece que es la mejor opción?

Rosa Elena reconoció la recomendación de Elsie como lógica y coherente. Asintió con la cabeza y le prometió a su amiga no preocuparse. Esperaría el normal desenvolvimiento de los hechos.

Elsie permanecía de pie recostada sobre el escritorio. Era una mujer que proyectaba mucha seguridad, con una inteligencia fuera de lo común, de mediana edad y muy bella, de piel blanca, cabellos negros y unos expresivos ojos negros. Vestía con sencillez y elegancia. Rosa Elena se despidió prometiéndole reunirse con ella todas las semanas para tenerla al tanto de la situación.





2

Rosa Elena se levantó más temprano que de costumbre. Iba a ver a Raulito. Esos encuentros eran muy importantes para el niño. Con ella podía hablar de igual a igual. Además le enseñaba palabras que él nunca había oído. En esa ocasión Raulito le preguntó a su tía de que forma ella lo amaba. Rosa Elena lo abrazó y le respondió.

—Mi amor por ti es un amor oblativo.

Raulito comenzó a reírse a carcajadas. Él no entendía esa palabra. Guardó silencio. Minutos después preguntó.

—Tía, ¿qué significa amor oblativo?

Rosa Elena tomó las dos pequeñas manos de Raulito se la acarició y contestó.

—Amor oblativo es cuando se está dispuesto a dar la vida por la persona amada.

—¿A dar la vida? ¿Significa morir por la persona que quieres?

—Sí, Raulito, es dar la vida por defender a la persona amada.

—¡Eso sí es querer!

Conversaron por varias horas, Rosa Elena le decía que él era su contertulio. Esa palabra le gustó todavía más cuando ella le explicó el significado. Rosa Elena se sintió relajada con la conversación. Inesperadamente algo llamó su atención, sobre la mesa de la sala había un sobre y enseguida pudo reconocer la letra. Sintió que la temperatura del ambiente había descendido. Se levantó despacio y lo recogió. Estaba dirigido a ella y miró a Raulito como interrogándolo.

El niño sonrió con la inocencia característica de los infantes de su edad y señaló.

—Tía, esa carta es de Gabriel para ti.

—¿Para mí? —repitió como atontada.

—Sí, Gabriel me dijo que hay algunas cosas que te quiere explicar para que no te asustes.

Rosa Elena no contestó y procedió a abrir el sobre. Era una carta breve y concisa:

Querida Rosa Elena:

El objetivo de esta carta es tranquilizarte y pedir tu colaboración. Te reitero que estoy aquí y no me iré hasta cumplir mi misión. Espero contar con tu ayuda. Raulito está dispuesto a cooperar conmigo. Él es un niño muy inteligente y emocionalmente fuerte. Además he venido de otra dimensión para ayudarlos a superar el dolor y el sufrimiento que les impone su condición humana. Rosa Elena, tú eres una mujer muy intuitiva y con grandes poderes, no tendré que darte explicaciones adicionales, lo único que te pido es que guardes discreción en torno a nuestro trabajo. La mayoría de la gente no está preparada para este tipo de eventos y pensarán que te has vuelto loca y que en tu demencia estás arrastrando al niño. Pronto tú también tendrás la facultad de verme. 

Espero que toda esta situación te haya quedado clara y nunca dudes de mis buenas intenciones. Los quiere mucho.

Gabriel.

Cuando Rosa Elena terminó de leer la carta quedó exhausta. Miró a Raulito, él la observaba tan tranquilo como si nada. Sin embargo, ella tenía que confirmar si Raulito conocía el contenido de la carta y le preguntó.

—Querido, ¿tú sabes lo que dice esta carta?

—Sí, Gabriel me lo explicó.

—¿Qué dice? —preguntó Rosa Elena para confirmar sus sospechas.

Raulito se levantó de la silla y se acercó a su tía. Le habló en el oído para que nadie escuchara. Mientras hablaba movía graciosamente las manos.

—Gabriel te escribió para que dejes de preocuparte. Además, dice que no debemos comentar con nadie este asunto pues pensarían que estamos locos de atar.

Rosa Elena no tenía duda, Raulito conocía el contenido de la carta. No tendría más remedio que esperar. Además el niño se veía tranquilo y muy feliz. No obstante, no quiso quitar el dedo del renglón. Había muchas cosas las cuales debía averiguar, por esa razón preguntó.

—Raulito, ¿en estos momentos dónde está Gabriel?

—Aquí sentado al lado mío. ¿ No lo ves?

Rosa Elena no contestó. Tímidamente miró y sintió un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Al lado de Raulito había un niño de su misma edad, de piel blanca, cabellos rubios y ojos grises. Ni tan siquiera se atrevió a respirar. Experimentó una necesidad incontrolable de salir corriendo, pero su amor por Raulito venció al miedo. No podía bajo ningún pretexto asustar a su sobrino. Respiró profundo y llamó a la empleada de Raulito para que le trajera agua. Tomó el vaso de agua lentamente y se tranquilizó.

Como a la media hora regresó Aileen del supermercado. La saludó y se sentó entre Raulito y Rosa Elena. Los miró de hito en hito y afirmó.

—Tienen cara de conspiradores. ¿De qué estaban hablando?

Raulito le hizo una seña a Rosa Elena y contestó.

—¡Tú sabes, mamá, que mi tía y yo realizamos juegos divertidos, pero son secretos!

—¿Secretos con tu Mami?

—Sí, y no insistas que no te vamos a contar nada.

Aileen cambio de tema y comenzó a preguntarle a Raulito por las tareas de la escuela. Ese era el tema que más aburría al niño. Por esa razón, tomó de la mano a Rosa Elena y le dijo.

—Vamos a mi cuarto, tía Memi, que Aileen va a hablar del tema más aburrido del mundo.

Rosa Elena acompañó a su sobrino y pudo observar cómo Gabriel los seguía. Cerró los ojos y los volvió a abrir con la esperanza que la imagen de Gabriel se borrara. Gabriel le hizo un guiño de ojo y le dijo.

—¡Soy tan real como tú y Raulito, no lo dudes!

A Rosa Elena casi le da un infarto. Era la primera vez que el ente le hablaba. Guardó silencio, era mejor ser prudente y no preguntar nada hasta que la situación se aclarara un poco. Una vez en el cuarto de Raulito, vio a los dos niños conversar animadamente. Llenándose de valor se acercó a ellos y tocó en el hombro a Gabriel. No sintió nada, pero escuchó una risa que le taladró los oídos. Gabriel se divertía. Eso le disgustó sobre manera y le preguntó.

—¿De qué te ríes? ¿Quién demonio eres?

Gabriel se le acercó y le tomó las manos. Rosa Elena pudo experimentar el contacto con el niño sin sentir su piel. Levantó la mirada y lo observó. Gabriel expresaba tristeza. Se sintió tan malvada como una bruja. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de Gabriel. Ella a punto de lloriquear y trémula de emoción expresó.

—Perdóname, Gabriel, nunca he sido cruel con los niños. Estoy asustada y no entiendo nada. No quise ofenderte ni regañarte.

Gabriel se acercó y acarició los cabellos de Rosa Elena.

—Comprendo, todo esto debe resultar muy extraño para ti. Te recomiendo que aprendas de Raulito, él me ha aceptado sin hacer preguntas. ¿No crees que esa sea la mejor actitud?

—Tienes razón, así lo haré.

Esa fue una tarde muy agitada para Rosa Elena. Pasadas unas horas aceptó como normal la presencia de Gabriel. Había un miembro más en los juegos secretos, una entidad que ella no tenía la menor idea de dónde había llegado.

Cómo a las tres de la tarde se despidió de Raulito y de su amigo. Cuando se acercó a Gabriel éste le señaló.

—Maneja con cuidado, esta vez no voy a ir contigo. ¡Sé prudente!

Rosa Elena volteó el rostro y preguntó.

—¿Tú fuiste quien frenó el automóvil la vez pasada para evitar el accidente?

—Eres muy inteligente.

Rosa Elena se despidió de Aileen que estaba en la cocina. Ella se levantó y volvió a insistir.

—Tú y Raulito se traen algo. Estoy segura.

Rosa Elena sonrió y poniendo cara de conspiradora señaló.

—¡Tenemos en mente un proyecto que nadie estaría en capacidad de comprender en este momento! Por esa razón, no lo vamos a comentar con nadie.

Aileen sonrió por la exageración de Rosa Elena y supo por qué razón a su hijo le divertía tanto esa tía en particular. Reconoció que ella tenía talento creativo. Sin hacer ningún comentario adicional acompañó a su cuñada hasta la puerta.

Rosa Elena se dirigió al estacionamiento y rápidamente pudo observar que alguien la seguía. “Estoy paranoica”, pensó. Se detuvo y esperó. De repente, justo detrás de ella estaba Gabriel. Su sobresalto fue tan grande que estuvo a punto de gritar.

—¡Gabriel, me asustaste!

—No te asustes, solamente te quería advertir que nuestro encuentro no se lo puedes contar a nadie. Ni siquiera a Elsie.

Rosa Elena se apoyó en la pared de la impresión que le provocaron las palabras de Gabriel. ¿Cómo era posible que él supiera de la existencia de su amiga Elsie? Caminó despacio hacia donde había dejado su automóvil y observó a Gabriel sentado en la tapa del motor. Se inclinó y la besó en la mejilla. Rosa Elena se sintió incómoda. Era la primera vez que la besaba una entidad etérea.

Al llegar a su casa, el conserje del edificio le entregó una tarjeta que le había dejado una amiga. La tarjeta era de Elsie, con letra muy chica había escrito un mensaje para que ella la llamara cuanto antes. Rosa Elena subió por las escaleras. Necesitaba pensar y hacer algo de ejercicio. Vivía en el cuarto nivel. Al llegar a su apartamento estaba cansada y fatigada. Se sentó en una silla próxima al teléfono. Llamaría a Elsie, pero no le contaría los últimos acontecimientos. Si Gabriel había tenido el poder para saber de la existencia de su amiga, también se enteraría si ella la ponía al tanto. Sería mejor ocultarle la información a Elsie y ver qué pasaba. Se levantó de la silla y recorrió todo el apartamento. Lo primero era serenarse y posteriormente llamar a su amiga. En ese momento sonó el teléfono. Contestó y era Elsie.

—Mujer, me tienes muy preocupada. Quedaste de llamar para informarme sobre el asunto de tu sobrino.

—No te preocupes, Elsie, no hay novedades. Creo que me asusté sin motivos.

—Rosa Elena, te conozco perfectamente y que trates de evadir el tema me preocupa mucho más. ¿Qué es lo que está pasando?

—No te inquietes por mí. Todo está bien.

—No me vengas con eso. Hay algo en el tono de tu voz que me hace pensar que me estás ocultando algo muy importante.

—Elsie, por favor, aquí yo soy la bruja. No pretendas usurpar mi rol.

Elsie soltó una carcajada. Su amiga la había contagiado con toda esa locura de existencias imaginarias. Ella era una mujer pragmática, siempre buscaba evidencias físicas antes de creer en algo y esta vez no se iba a dejar sugestionar. Continuaron platicando por un buen rato hasta que Elsie se despidió. Rosa Elena sabía que había actuado correctamente. Era mejor manejar ese asunto de Gabriel con mucha precaución. Si necesitara los servicios de Elsie, la llamaría y le daría todas las explicaciones del caso.

Rosa Elena descansó por unos minutos y se arregló para visitar a Denis que tenía una tienda muy cerca de donde ella vivía, por eso siempre caminaba y en cinco minutos aproximadamente llegaba. Su amiga la esperaba para irse a la Cafetería Manolo. Ese era su punto de reunión. Lo primero que hizo Denis fue preguntarle por Raulito. A todas las amigas de Rosa Elena les encantaba Raulito, pues él era muy cariñoso con ellas. Les gustaban las ocurrencias y las respuestas inteligentes que el niño siempre daba.

Rosa Elena se sintió tentada de contarle a Denis sus aventuras con Raulito, pero recordó la advertencia de Gabriel. A pesar de que ella reconocía la discreción de su amiga, también sabía que sí lo decía, Gabriel se iba a enterar. Pasaron una hora conversando sobre diferentes temas. Denis le comenta a Rosa Elena lo dichosa que es pues su hijo Alberto había conseguido el trabajo que tanto deseaba. Rosa Elena se sintió feliz, Alberto era como uno más de sus sobrinos, él la llamó tía, desde el día que la conoció.

Cerca de la cinco de la tarde Rosa Elena se despidió y se encaminó a su casa. Al cruzar la calle volvió a sentir esa presencia inmaterial, se detuvo y miró hacia atrás. Al otro lado de la calle estaba Gabriel. Ella cerró los ojos y los volvió a abrir con la esperanza de que todo fuera producto de su imaginación. Gabriel ya había cruzado la calle y se encontraba a su lado.

—¿Qué haces aquí?

—No hables, recuerda que las demás personas no me pueden ver y pueden pensar que estás chiflada.

Rosa Elena no contestó. Una vez más debía darle la razón a Gabriel. Apresuró el paso y en pocos minutos llegó al edificio donde vivía. Tomó el ascensor y entró en su apartamento. Allí vio que Gabriel había desaparecido. Ante su cansancio pensó, «mejor es que se vaya». Agotada se dirigió a su recámara. Estaba agotada, se acostaría. Cuando llegó a su habitación, se le escapó un grito de sorpresa. Gabriel la recibió, con una amplia sonrisa, muy acomodado en su cama. La miró de reojo y le dijo.

—Tía Memi, yo también estoy cansado.

Rosa Elena se dejó caer pesadamente sobre la cama. Ya no aguantaba más, aceptaría a Gabriel sin resistencia, sino su corazón no iba a tolerar tanta presión. Se quedó en silencio por varios minutos. Gabriel respetó su mutismo y pasados unos minutos Rosa Elena señaló.

—Gabriel, querido no voy a resistir más tu presencia quiero tener contigo una conversación franca y abierta, además deseo que me expliques tu misión.

Gabriel se incorporó, besó a Rosa Elena y le dio una palmadita en el hombro.

—Tenía fe en ti. Pensé que aunque te resistieras tarde o temprano me aceptarías y colaborarías conmigo en cuanto supieras que mi misión es hacer el bien.

Rosa Elena se levantó y fue por una bebida. Se la tomó lentamente, ya más calmada preguntó.

—Gabriel, ¿cuál es en concreto tu misión? ¿Cuál es el objetivo de tu visita?

Gabriel de un saltó quedó sentado en el mueble de los libros. Le hizo seña con la mano a Rosa Elena para que se acercara y afirmó.

—He venido de otra dimensión para llevarlos, a ti y a Raulito a un viaje por el tiempo.

—No entiendo. Cuando dices que a un viaje por el tiempo. ¿A qué te refieres?

—A un viaje por el pasado o por el futuro. Hay varios eventos en la vida de los familiares de ustedes que es urgente resolver. Tengo que minimizar el sufrimiento de ciertas etapas de la vida de personas muy queridas para Raulito.

—Sigo sin entender, puedes ser más explícito.

Gabriel bajó del mueble y se sentó al lado de Rosa Elena. Le tomó una de sus manos entre las suyas y expresó.

—Te voy a dar un ejemplo para que sea más fácil comprender el significado de mis palabras. Raulito siempre menciona a su abuelito Santiago. Voy a llevarlo a que lo conozca.

—Me imagino que yo también iré —exclamó Rosa Elena.

—Por supuesto, tú siempre nos acompañarás en todas nuestras travesías.

Rosa Elena reaccionaba confundida, le era imposible aceptar eso de visitar a su padre Santiago para que Raulito lo conociera. No estaba dispuesta a quedarse con esa duda y preguntó:

—Gabriel, ¿cómo vas a hacer para visitar a una persona que está muerta?

—No me has entendido, Rosa Elena. Recuerda que te dije que era un viaje al pasado y en el pasado tu padre está vivo. En el presente es que él está muerto. ¿Me expliqué ahora?

—Perdona mi torpeza.

Rosa Elena pensó que era una locura, pero esperaría el desenvolvimiento de los hechos. No se adelantaría ni haría conjeturas antes de tiempo. Gabriel se despidió y salió por la ventana. Rosa Elena se acercó a la ventana y observó cómo Gabriel caminaba tranquilamente en dirección a la casa de Raulito. No pudo contener la risa. Ella se imaginó que él podía caerse y lesionarse. No se acostumbraba a la idea que Gabriel no era un chico común y corriente. Sin embargo, sentía que cada vez más se encariñaba con ese dulce niño.

Rosa Elena se acostó a descansar. Mientras oraba, pedía por el bienestar y la paz de toda su familia y amistades. De repente sintió el sonido de dos palmadas, el ruido venía de la sala. No se atrevía a levantarse para ir a ver lo que ocurría. Esperó un momento y volvió a escuchar el mismo ruido. Ante su pánico, se cubrió con la sábana de pie a cabeza y esta vez el sonido provino de su misma habitación. Rezó por varios minutos para darse valor y de repente escuchó el eco de una voz que decía: necesito tu ayuda. Estaba segura que había escuchado esa voz antes. Hizo memoria. Un frío intenso recorrió todo su cuerpo cuando al fin reconoció la voz. Era la voz de su padre, Santiago. Enseguida abrió los ojos. Ella no le temía a su padre, aunque estuviera muerto. No podía ver en la oscuridad, se levantó y encendió la luz. No pudo ver ni oír nada, pero estaba segura que había oído la voz de su padre pidiéndole ayuda.

Rosa Elena volvió a acostarse. Reflexionó, estaba muy sugestionada por todo lo que le había contado Gabriel y seguramente lo que había oído era producto de su alterada imaginación. A los pocos minutos se durmió y soñó con su padre. Él le pedía que lo visitara que requería de su ayuda. Rosa Elena lo vio llorando. Se enterneció mucho y le dijo.

—Querido padre, no llores haré lo que me pides. Por favor, dime qué puedo hacer para ayudarte.

—Pregúntale a Gabriel. Él sabe cómo llegar a mí.

Rosa Elena despertó muy asustada. No comprendía su sueño. Se levantó y se tomó un tranquilizante. Nunca tomaba pastillas para dormir. Tenía esos calmantes desde su última enfermedad. Se volvió a acostar, cerró los ojos y permaneció despierta por más de una hora hasta volverse a dormir. A la mañana siguiente se levantó tarde. El calmante le hizo el efecto deseado se sentía relajada y descansada. Se arregló y salió muy temprano. Estaba dispuesta a romper su rutina y visitar a Raulito, era miércoles y nadie la esperaba por la casa de su sobrino. La primera en extrañarse fue Aileen que le preguntó.

—¿Pasó algo?

—No ha pasado nada, ¿ya llegó Raulito de la escuela? —dijo Rosa Elena.

—No ha llegado, pero no demora.

Rosa Elena se sentó en la sala y conversó con Aileen hasta que llegó Raulito. El niño al verla se alegró muchísimo y le expresó.

—Tía Memi, ¡tú por aquí, hoy miércoles!

—Sí, querido, vine a visitarte. Tengo un nuevo juego para ti.

A Raulito se le iluminaron los ojos. Estaba fascinado con el ingenio de su tía. Enseguida tiró la mochila de sus libros sobre la mesa. Tomó a Memi por la mano y dijo.

—Vamos a mi cuarto.

Cuando llegaron a la habitación, Raulito cerró la puerta y le dijo.

—Ya Gabriel me había dicho que tú venías hoy, pero me sugirió que me sorprendiera para que nadie sospechara.

—Te dijo por qué razón iba a venir.

—Sí, Memi, me dijo que habías soñado con mi abuelito Santiago y que vendrías a preguntar cómo ayudarlo.

Rosa Elena no salía de su asombro. ¿Cómo era posible que estos eventos tan inusitados estuvieran sucediendo? Ella estaba a punto de sufrir un colapso. Sabía que era necesario calmarse y así lo hizo. Se sentó en la cama de Raulito y le señaló.

—Necesito hablar con Gabriel. ¿Dónde está?

Inmediatamente Gabriel apareció con una gran sonrisa. Rosa Elena apenas lo saludó, estaba fuera de sí. Hacía ingentes esfuerzos para controlar su nerviosismo sin conseguirlo.

—Memi, cálmate por favor y toma las cosas con serenidad—aconsejó Gabriel.

Rosa Elena levantó la mirada estaba pálida y sudaba copiosamente. Se limpió el rostro con un pañuelo y expresó.

—Gabriel, por lo que más quieras, dime qué pasa.

—Ya te lo dije y no me creíste.

Rosa Elena se levantó y comenzó a pasearse por la habitación de Raulito. Trataba de controlar sus nervios. Se detuvo y espetó.

—Gabriel, no quiero más rodeos, te exijo que me des una explicación.

Gabriel se acercó a Rosa Elena y le acarició el mentón. Él tenía todas las respuestas y las suministraba con una velocidad vertiginosa.

—Querida, escucha con mucha atención. Te expliqué que mi misión es enseñarlos a minimizar el sufrimiento y para que lo aprendan bien voy a trasladarme con ustedes al pasado. Sí, a situaciones de desolación que tuvieron ustedes o sus seres queridos en otros tiempos y cuando tengan la capacidad de superar ese dolor, tal vez podamos trasladarnos al futuro. No trates de entenderlo todo de una vez. Espera, no seas impaciente.

Cuando Gabriel terminó de hablar desapareció dejando a Rosa Elena un poco más sosegada. Ella y Raulito salieron del cuarto y se dirigieron al comedor para almorzar.


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