“Madrid-Málaga
Málaga-Madrid.”
Por
María Carmen Durán Gil
SMASHWORDS EDITION
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PUBLICADO POR:
María Carmen Durán Gil en Smashwords
DISEÑO DE CUBIERTA:
Marcela Stephanie Rojas
“ Madrid"Málaga
Málaga"Madrid”
Copyright 2011 por María Carmen Durán Gil
CAPÍTULO 1
MADRID
1
Abrí la ventanilla del coche. Necesitaba tomar el aire. Cerré los ojos e inspiré profundamente. Olía a tierra húmeda. Exhalé con resignación. Ya era definitivo. Nos alejábamos de Madrid. Kilómetro a kilómetro. A medida que el paisaje se hacía más verde y los olores del campo se intensificaban, inequívocamente la distancia iba en aumento. Tenía que aceptarlo. Todos los intentos por conseguir que no nos llevaran a ese campamento habían sido en vano. Tanto mi hermano Rodrigo como yo, éramos concientes de que si no conseguíamos evitarlo, muchas cosas cambiarían en nuestras vidas. Por eso, habíamos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para conseguir que desterraran la idea del dichoso campamento. Pero todo había sido inútil.
Hasta donde alcanzaba a recordar, todos los veranos de mi vida los había pasado en un pueblo de Soria, de donde eran mis padres. Allí habían nacido y crecido. Se habían enamorado y más tarde, casado. Un año después, se trasladaron a Madrid, porque a mi padre le habían ofrecido un trabajo como cajero en una sucursal de un banco. Y otro año después nacimos Rodrigo y yo, solo con siete minutos de diferencia. Él antes que yo. Le encantaba recordármelo siempre que podía.
La única familia que allí nos quedaba era mi abuela materna Ana. Los padres de mi padre y mi otro abuelo materno, ya habían muerto. Nosotros no habíamos llegado a conocerlos y al haber sido mis padres hijos únicos, tampoco teníamos ni tíos ni primos. La única razón por la que íbamos al pueblo, era mi abuela Ana.
Mi abuela Ana seguía viviendo en la misma casona donde había nacido mi madre y que a su vez, había heredado de su padre. Estaba a la afueras del pueblo, en el campo. Cada verano que pasaba, la casa estaba más desvencijada y destartalada y no digamos el campo, que llevaba años sin sembrarse. En una ocasión, mi madre le había sugerido a mi abuela que se mudara a otra casa más pequeña en el pueblo, a lo que mi abuela, una mujer parca en palabras y en sentimientos, le había contestado que solo haría el camino de su casa al pueblo cuando la sacaran con los pies por delante. Y de paso aprovechó para recordarle que la culpa de que la casa no estuviera en mejor estado era de ella por no vivir allí y “haberla dejado sola como a un perro, después de todo lo que ella había hecho para sacarla adelante”. Esta frase se la repetía muy a menudo durante nuestras estancias veraniegas. Ni que decir tiene, que a mi madre no se le volvió a ocurrir sugerir nada más al respecto.
Mis padres no paraban de reparar y de limpiar la casa mientras nosotros nos sentábamos en el porche con el único deseo de que el tiempo pasara lo más rápidamente posible para poder volver a Madrid.
Durante ese tiempo, mi abuela Ana solo tenía un propósito; el de hacer que nos sintiéramos culpables por no vivir con ella. Para ello, se comportaba como si no quisiera que estuviéramos allí. Nunca nos besaba, ni cuando llegábamos ni mucho menos cuando nos íbamos y prácticamente no nos hablaba a no ser que fuera para mandarnos a hacer algo. Era todo muy contradictorio, porque no se cómo esperaba que fuéramos a visitarla más a menudo, recibiendo un trato semejante.
Mi madre, desde el momento en el que se montaba en el coche para ir al pueblo hasta varios días después de regresar a Madrid, se sumía en un mutismo casi absoluto. Cambiaba totalmente. Se volvía muy distante y fría, y aunque nosotros sabíamos que no le gustaba estar así con su familia, sencillamente no lo podía evitar. Para sobrevivir al mes con su madre, tenía que ser así. En realidad, todos cambiábamos y todos nos volvíamos más introvertidos y distantes. Era difícil que fuera de otro modo con la presencia de mi abuela y su cara de pocos amigos rondando por doquier.
Mi abuela se pasaba el día y parte de la noche provocando a madre. Para ello, se empleaba a fondo y la criticaba por todo lo que hacía además de no dejarla descansar ni un momento. Mi madre, que sabía perfectamente lo que buscaba, había desarrollado la capacidad, forjada durante años, de no contestarle a nada y de hacer todo lo que le pidiese aunque eso supusiese quedar exhausta.
Pero lo que a mi madre más le costaba sobrellevar, era el odio con que nos trataba a mi hermano y a mí. Sobre todo cuando mi padre no estaba presente. Mi abuela había tardado unos años en darse cuenta de que ese era el punto flaco de mi madre. Supongo que tardó en ser conciente de ello porque pensaría que todas las madres eran como ella. Madres que sencillamente no quieren a sus hijos. Esa había sido la principal razón por la que mi madre durante el mes que estábamos allí, se desapegaba totalmente de nosotros. Era su manera de protegernos, porque sabía que en el momento en el que mi abuela se diese cuenta de que a ella le dolía que nos despreciara, lo haría para herirla. Y por mucho que mi madre lo había intentado, la mujer se había terminado dando cuenta y cuando mi padre no andaba cerca empezaba a criticarnos y a regañarnos por todo lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Le molestaba todo. No quería que corriéramos porque decía que le rompíamos las plantas. Tampoco quería que nos riéramos porque decía que eso nos hacia parecer retrasados, que solo las personas bobaliconas se reían sin parar. También le molestaba que habláramos, sobre todo, en la mesa mientras comíamos. Así que nuestros días allí transcurrían de lo más monótono y prácticamente nos dedicábamos a leer, aunque también eso le parecía mal a la buena señora, que opinaba que en vez de leer, lo que deberíamos estar haciendo era trabajar en la casa.
Mi madre a pesar de haber sufrido durante toda su vida este sometimiento en silencio y de estar acostumbrada a acatar órdenes sin rechistar, fue aquí cuando se reveló y le dijo que los niños no estaban haciendo nada malo mientras leían y que en realidad tampoco tenían edad de trabajar. La respuesta que obtuvo a esta espontánea revelación, fue una intensa mirada asesina de mi abuela por haberla contrariado seguida de una sonrisa casi imperceptible por haber dado en el clavo. Teniendo en cuenta que mi madre jamás le rechistaba, fue entonces cuando mi abuela tuvo la certeza de dónde tenía que atizar si quería dañarla.
Después de esto, mi madre le pidió a mi padre, que de ahora en adelante, fuera donde fuera, nos llevara con él.
"¿Por qué?," le preguntó mi padre un poco asustado.
"Por nada, tú haz lo que te pido, por favor."
"Ana, siguió diciendo mi padre.
"Alfredo no, por favor, le cortó mi madre. Haz solo lo que te digo."
Mi padre resopló una vez más, pero no dijo nada. Solía hacerlo muy a menudo durante ese mes. Resoplar y callar. Sabía lo difícil que era todo eso para ella y no quería contribuir más a su desazón.
Mi abuela murió cuando nosotros acabábamos de cumplir trece años, y sinceramente, no lo sentimos mucho, aunque quede mal decirlo. Mis padres vendieron la casa solo un mes después, y Rodrigo y yo, dimos por sentado que empezaríamos a ir a otros sitios de vacaciones.
En lugar de eso y contra todo pronóstico, durante ese invierno mis padres se habían sumido en una crisis matrimonial, y en un último intento por salvar su matrimonio, decidieron que mi hermano y yo fuésemos a un campamento a pasar el mes de agosto, mientras ellos pensaban qué era lo que querían hacer con sus vidas, y de paso, con las nuestras.
Así fue cómo Rodrigo y yo nos encontramos rumbo a la Sierra de Madrid y directos al campamento. Nuestro futuro estaba a punto de decidirse sin que nosotros tuviéramos mucho que decir al respecto y ahora los que resoplábamos sin parar éramos nosotros. Nos parecía tremendamente injusto todo lo que estaba pasando.
Llegamos al campamento con el ánimo por los suelos. Estaba a rebosar de familias y de chicos y chicas de todas las edades. Mi padre nos bajó las maletas del coche y un organizador que había en la puerta nos indicó a dónde nos teníamos que dirigir.
"¡Mirad cuantos chicos hay! Seguro que lo pasáis muy bien," dijo mi madre con la mirada esquiva.
"Seguro," le contesté lacónicamente.
"Vera, no le contestes así a tu madre."
"No he dicho nada malo, solo que estoy segura de que así será."
Mi padre me miró serio levantando las cejas a modo de aviso. Resoplé.
"Bueno, bueno, está bien. Quiso suavizar mi madre. Nos veremos dentro de un mes."
Me abrazó y después hizo lo mismo con mi hermano. Mi padre se acercó a mí y apoyó sus manos en mis hombros.
"Vera, no te preocupes, todo va a salir bien. Deja que esto lo solucionemos nosotros. Tu solo tienes que disfrutar de tus vacaciones."
Me abrazó fuertemente. Decidí que tampoco quería separarme de ellos enfadada.
"Vale, le contesté devolviéndole el abrazo."
Hice lo mismo con mi madre.
Rodrigo, que siempre había tenido un carácter más suave que yo, se despidió amablemente sin hacer ningún comentario, aunque los dos estábamos profundamente desilusionados por todo lo que nos estaba pasando.
Empezamos a andar pesadamente con nuestras maletas por el camino de grava hacia el salón que nos había indicado el organizador. Entramos. Estaba a rebosar de gente. Nos apoyamos en una pared, mientras esperábamos a que nos llamasen. Cuando anunciaron el grupo diez, dijeron el nombre de Rodrigo.
"Bueno Vera, después te veo, me dijo mientras se acercaba al resto de los chicos."
Le dije adiós con la mano y me quedé esperando a oír mi nombre. No fue hasta que anunciaron el grupo veintiocho. Me acerqué al resto de las chicas. Nos quedamos esperando hasta que una monitora se acercó para llevarnos a nuestra habitación.
Era una chica de unos dieciocho años muy atractiva y con aspecto atlético. Hacía grandes esfuerzos por parecer simpática y por animarnos. A mí me parecía un poco exagerado, pero supongo que era parte de su trabajo. El grupo estaba formado por tres chicas más y yo. Por lo que nos dijo mientras andábamos a paso ligero hacia el edificio de chicas, nosotras éramos uno de los pocos grupos que se iban a quedar todo el mes. Normalmente, las estancias solían ser quincenales.
“¡Qué suerte!”, pensé.
El edificio de los chicos quedaba justo en frente del nuestro.
"¡Bueno, ya hemos llegado! Habitación 187. Tenéis una hora para acomodaros. Cuando escuchéis la sirena, significará que tenéis que bajar para la cena. Hay indicaciones desde aquí hasta el comedor. No tiene perdida.
La monitora se despidió y siguió acompañando al resto de las chicas.
Entramos en la habitación. No era muy amplia. Tenía cuatro camas separadas por dos mesitas de noche. Dos de las camas, quedaban apoyadas contra la pared. Sentí un alivio cuando vi que no eran literas, porque siempre las había odiado. Me parecían de lo más incómodas. Si dormías arriba, tenías que bajar la escalera cada vez que querías hacer algo y si dormías abajo, tenías que estar continuamente viendo el colchón de la cama de arriba pegado a tu cara.
Había una ventana grande a un lado de la habitación y un armario empotrado dividido en cuatro partes iguales. Al lado del armario, se encontraba la puerta del cuarto de baño. Era bastante austero. No había bañera sino un plato de ducha, un lavabo y el váter. Justo encima de este, había una pequeña ventanita, menos mal. Al lado del lavabo había una repisa con cuatro estanterías. Aunque nada de la habitación era demasiado lujoso, en general no estaba mal. Me la esperaba peor. Era sencilla, pero tenía mucha luz natural. Agradable.
Habían puesto sobre la cama, el nombre de cada una de nosotras. Supongo que para que no entráramos en discusiones antes de tiempo y lo mismo habían hecho con los armarios y las estanterías del cuarto de baño.
"Bueno, yo soy Carlota," dijo señalando su cartel.
Era una chica entradita en carnes, de cara afable y se le notaba que estaba bastante contenta de estar allí.
”Esta es de las que les ha pedido a sus padres que la envíen aquí”, pensé.
"Yo soy Vera," dije mientras subía mi maleta a la cama con resignación y comenzaba a abrirla.
La chica que se encontraba mirando por la ventana con casi medio cuerpo fuera, dijo que se llamaba Laura, que desde ahí, se veía la piscina y que era inmensa.
Se hizo un silencio esperando que la cuarta chica se presentase. Esta ya estaba metiendo su ropa muy cuidadosamente en el armario donde podíamos ver que ponía el nombre de Silvia. Su nombre ya estaba claro, pero al parecer no pensaba presentarse. Era muy guapa. Alta, delgada, con piel morena y ojos grandes y negros, con pestañas largas. Y por su comportamiento, bastante estirada y maleducada. O tal vez fuera muda o sorda, y yo estuviera precipitándome en mis conclusiones. Entonces Laura preguntó:
"¿Habéis estado antes aquí?"
"No," contestamos al unísono Carlota y yo. La tal Silvia seguía sin pronunciar palabra.
"La verdad es que a mí me hacía mucha ilusión venir," siguió diciendo Laura.
"A mí también," dijo Carlota.
"Pues la verdad es que a mí no mucho. Hubiera preferido ir a otro sitio de vacaciones. Pero bueno, supongo que tampoco me puedo quejar."
Observamos cómo Silvia acababa de colocar su ropa en el armario, que por cierto era tanta que casi no cabía, y la seguimos con la mirada mientras cogía su neceser rojo y se sentaba en la cama. Lo abrió y extrajo de él laca de uñas y quita esmalte. Saltaba a la vista que además de guapa era bastante presumida y cuidadosa con su aspecto. Entonces Carlota se dirigió a ella y le preguntó:
"¿Y tu como te llamas?"
Era una pregunta un poco absurda porque ya lo sabíamos, pero supongo que lo hacía con la mejor intención.
"¿Y tu qué eres idiota?, le contestó. ¿Es que acaso no lo has visto ya?"
Nos quedamos de piedra. Vale que la pregunta no era muy brillante. Estaba claro que lo hacía por darle un poco de conversación. Pero la chica no estaba por la labor.
"Tampoco hace falta que la insultes," le contesté.
"¿Y que vais a hacer decírselo a los monitores o llamar a vuestros papaítos?," me contestó
"¿Y tú de que vas? Lo más probable es que no hagamos nada, tampoco eres tan importante. Aunque por lo que se ve, estas invirtiendo bastante tiempo y esfuerzo en hacernos creer que sí lo eres."
Hasta ese momento, no se había dignado a mirarnos a ninguna de nosotras. Se limitaba a limpiarse las uñas de su bonita mano y a pintárselas después, siempre como en una actitud muy concentrada y si elevaba la mirada, era como al infinito, como a un punto que se encontraba en el armario y que desde luego era mucho más interesante y merecía mucha más atención que nosotras. Pero después de mi arrebato, fue levantando lentamente la cabeza hasta mirarme con la cara más desagradable que pudo ponerme y con los ojos más fulminantes que pudo hallar. Yo la miraba casi sin creer lo que veía. Desde luego, me acababa de ganar una enemiga. El ambiente estaba que volaban cuchillos y eso era algo que no me apetecía en absoluto, pero que ya era tarde. Mala suerte. Nos había tocado la imbécil del campamento.
"Bueno ¿qué os parece si nos vamos preparando para ir a cenar?" dijo Laura un poco nerviosa, intentando desviar la atención hacia otro tema.
"Vale," contestó Carlota.
En cierto modo, me arrepentí de haberle contestado. Tendría que haberlo dejado pasar. No me lo había dicho a mí y además no era mi estilo ser tan impulsiva, por lo menos hasta el momento. Lo último que me apetecía era hacerme una enemiga tan pronto, pero no pude evitar mi reacción. Creo que fue una manera de liberar toda la frustración que ya traía desde Madrid. En realidad, estaba muy enfadada con mis padres por haberme dejado allí sin ni siquiera preguntarme si yo quería.
"Yo voy a empezar a deshacer la maleta. Si queréis podéis ir utilizando el baño mientras," dije.
"Vale contestaron Carlota y Laura."
De repente, Silvia recogió sus utensilios de acicalamiento y corrió a meterse en el baño. Cerró la puerta echando el pestillo. Nos miramos entre nosotras y desde ese momento, supimos que esa chica nos iba a dar la lata todo lo que pudiera.
Cuando salió, solo quedaba un cuarto de hora para la cena, así que pasamos al baño a toda prisa, nos lavamos las manos y salimos. Ella ya se había ido.
Cuando llegamos al comedor, ya estaba abarrotado. No habían empezado a repartir la comida pero yo diría que éramos casi las últimas en llegar gracias a nuestra inestimable compañera. De repente, la vimos en una mesa con otros chicos y chicas. Nos estaba mirando y les dijo:
"¡Esas son! "Y todos empezaron a reírse.
Carlota se puso como un tomate para nuestra desgracia porque todavía hacía más patente nuestra vergüenza. Yo temblaba de puro nervio y encima no dábamos con una mesa donde quedara algún hueco libre. Entonces escuché la voz de mi hermano llamándome. Miré alrededor y lo divisé al fondo. Le levanté las cejas como señal de que ya lo había visto, que no hacía falta que me llamara más veces y él conociéndome, lo captó a la primera. Sabía que esas eran las situaciones en las que yo prefería que me tragara la tierra.
"Vamos allí que está mi hermano y parece que nos ha guardado sitio." Les dije a las chicas.
Atravesando el salón, oímos que Silvia les decía a sus amigos y en voz bastante audible para que además lo escucharan todos los que estaba a un kilómetro a la redonda:
"¡Míralas, ya han hecho amiguitos. Qué divertido!" Y todos se rieron más aún.
Cuando llegamos a la mesa, me juré que en todo lo que quedaba de mes, nunca más llegaría la última.
"Hola," me dijo mi hermano.
Nos sentamos en unos bancos de madera de esos corridos. Enfrente estaban sentados dos chicos que supuse serían los compañeros de habitación de mi hermano. Uno de ellos me estaba mirando con una sonrisa de oreja a oreja y parecía que la situación le divertía mucho.
"Hola, yo me llamo Dani. ¡Qué entrada triunfal habéis tenido! Para ser el primer día no está nada mal," me dijo.
“Qué gracioso y ocurrente este imbécil”, pensé.
Lo que me faltaba para completar el día era sentarme en frente de un graciosillo. Desde luego que había pasado uno de los días más pesados de mi corta existencia y ese tal Dani era como la gota que colmaba el vaso. Mi hermano que intuía cuando estaba a punto de estallar, intentó desviar la atención hacía otra cosa y empezó a entablar conversación con las otras dos chicas.
"Y vosotras ¿cómo os llamáis?"
"Yo me llamo Carlota."
"Y yo Laura."
No habíamos terminado el primer plato, cuando a Rodrigo ya se le veía muy contento y disfrutando de la situación. Mi hermano se había adaptado en un abrir y cerrar de ojos. Ya no parecía contrariado por estar allí. Siempre había tenido esa cualidad. La de terminar aceptando las cosas, adaptarse, para seguidamente sacar el mejor partido de ellas. Desde luego, esa no era una de mis virtudes. Yo era más bien de las que se quedaba obstinada en la idea inicial. En el fondo, me daba un poco de rabia que Rodrigo no siguiera unido a mí en el odio o la desaprobación hacia algo. Sentía como si me traicionara.
Rodrigo nos explicó que sólo eran tres en su habitación y aunque el tercer chico no era muy hablador, parecía que estaba contento. Se llamaba Tomás y, la verdad, es que se le notaba un poco cortado con tanta niña en la mesa. La cena transcurrió bastante rápida. Todos congeniaron muy bien. Se reían y contaban cosas de sus vidas, aunque Tomás, solo hacía lo primero. Yo, en cambio, tuve que hacer grandes esfuerzos por mantenerme allí y que mi mente no volara hacia otros lugares, porque la verdad era que no me sentía muy conectada.
"Y tú no eres muy habladora ¿no?," me preguntó Dani sacándome de mi ensimismamiento.
"Lo que le pasa, es que no quería venir y sigue disgustada por ello," contestó Rodrigo por mí.
“Gracias Rodrigo por la información extra”, pensé
"¡Ah! creí que eso era lo que nos pasaba a los dos no solo a mí," le dije.
"Sí, pero ya que estamos aquí, tendremos que divertirnos como sea, ¿no te parece?," me contestó con una amplia sonrisa.
No le contesté. Estaba empezando a enfadarme mucho con él. Estaba claro que él ya había superado la situación de descontento inicial. Y la verdad, es que tampoco podía reprocharle su instinto de supervivencia.
"¿Es que hubieses preferido ir a otro sitio? Siguió preguntando Dani con una sonrisa socarrona en su cara. ¿Esto es demasiado infantil para ti?"
"Hubiese preferido no ir a ningún sitio," le contesté con la ilusión de que no me molestara más. La última pregunta preferí hacer como que no la había escuchado. No quería más discusiones.
"¿Es que has dejado algo interesante allí?"
Ya sí que se estaba pasando. ¿Y a él qué le importaba mi vida? Solo lo conocía desde hacía diez minutos y ya me hacía preguntas de mi vida privada y encima con sorna. ¿Pero de que iba este niño? Y seguía mirándome son esa sonrisita en la cara. No cabía duda de que se lo estaba pasando muy bien a mi costa. Pasé de él y no le contesté, aunque él no parecía esperar ninguna respuesta.
Los demás hablaban entre ellos y mi hermano las hacía reír mucho. Esa era otra de sus habilidades. No podía negarlo, era divertido y gustaba a las chicas.
Terminamos la cena y los monitores nos dijeron que podíamos ir a un lugar que se encontraba cerca de la piscina donde había juegos de mesa y echar un rato hasta la hora de irnos a dormir.
Por el camino, yo me quedé la última de la inesperada pandilla que habíamos formado. Rodrigo que iba de los primeros, desaceleró el paso hasta ponerse a mi altura.
"¡Venga Vera anímate!, no es para tanto."
"Es que ahora mismo no puedo dejar de estar enfadada. Además he tenido problemas también con la chica esa que ha hecho esos comentarios tan graciosos al entrar en el comedor. Está en nuestra habitación y la verdad es que eso tampoco es que me haga dar saltos de alegría."
"¡Pasa! ¿Qué más te da lo que diga? No la conoces de nada. El resto de las chicas son agradables y están contigo. La que está sola es ella. Olvídala."
El lugar de juegos resultó ser muy agradable. Era una especie de choza sin paredes, muy amplia, donde había multitud de mesas con agradables silloncitos alrededor. Era espacioso, pero a la vez, daba sensación de intimidad. Cogimos una mesa que se encontraba a un lado del salón y nos sentamos alrededor de ella. Laura y mi hermano fueron a por un juego y volvieron con un Piccionary. De ese modo, explicaron, podríamos jugar por parejas. A mi no me hizo mucha gracia la idea, menos aún, cuando Laura tuvo la gran idea de jugar chico con chica. Menos aún cuando mi hermano se puso con ella, y sin que me diera tiempo ni a rechistar, Dani dijo que él sería mi pareja. Desde luego, pensaba seguir divirtiéndose a mi costa. A Carlota y a Tomás, no les quedó más remedio que ponerse juntos. Tampoco parecía que les molestara mucho, pero a mi sí me molestaba ese pesado y sus insinuaciones.
Empezamos a jugar, yo sin mucho entusiasmo. Carlota y Tomás iban ganando y Dani y yo, los últimos. Mi poca atención en el juego, hacía que no diera una. Aburrida, me recliné en el silloncito y comencé a observar la sala. Por un extremo vi entrar a un chico. Era muy guapo. Tenía un aire de los que a mi me gustaba. Era moreno y alto para los de nuestra edad. También me gustó cómo vestía. Estaba como buscando a alguien. De repente, paró su mirada justo en nuestra mesa. Sentí una oleada de calor en mi cuerpo, porque venía derecho hacia mí. No podía ser yo la persona que buscaba, porque era la primera vez que lo veía. De eso estaba segura. Si lo hubiera visto antes, no habría olvidado su cara. Venía hacia mí sonriéndome. Yo no podía dar crédito a tanto éxito. Vale que yo sabía que podía gustar, pero nunca me había pasado algo semejante. Cuando ya estaba bastante cerca de la mesa, y mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho, vi que su mirada se desviaba unos centímetros a mi derecha. Entonces miré a mi lado, y ese pesado de Dani también le estaba sonriendo. Cuando volví a girar la cabeza ya había llegado a la mesa, y estaba adelantando la mano para chocar la de Dani. Todo había sido pura invención mía. Por un espacio muy breve de tiempo fui una ligona de esas que dejan a los chicos perplejos a primera vista. Me dio tanta vergüenza, que me puse como un tomate.
"¿Qué pasa Dani? ¿Qué tal?," dijo.
Su voz era perfecta.
"Bien ¿y tú?"
"Bien," dijo.
"Has llegado un poco tarde, ¿qué te ha pasado?"
"Mi padre salía tarde de trabajar y no me podía acercar hasta después de la cena. Ya sabes, lo de siempre."
Se hablaban como si se conocieran de toda la vida.
"¿Has visto a esta gente?," le preguntó a Dani.
"Sí, estaban por ahí. Creo que se han quedado cerca de la piscina."
¿A quiénes se referían? Yo no había visto a Dani hablar con otras personas y había dado por sentado que no conocía a nadie más allí, igual que los demás.
"Mira, el es Rodrigo y Tomás, mis compañeros de habitación de este año."
“¿De este año?, ¿es que habían habido más años?”
"Hola yo soy Roberto," se presentó
"Ellas son Carlota, Laura y Vera," hermana de Rodrigo, siguió diciendo Dani.
Pero cuando Dani se volvió para presentarme y decir mi nombre, se quedó mirándome unos segundos más de lo normal. Noté que se había dado cuenta de mi bochorno. En esos segundos, vi reflejada extrañeza en su cara seguida de una sutil sonrisa burlona, casi imperceptible para el resto, pero no para mí. Me había pillado. Mierda.
"Bueno voy a ver si los veo," dijo Roberto.
Pero en ese preciso instante se oyó:
¡Rorbeeertooo! desde la otra punta de la sala, y vimos cómo se aproximaba muy entusiasmada ¿quién? Silvia.
"Hola le contestó él cuando esta llegó a su altura, ¿cómo estás, preciosa?, le dijo, mientras ella lo rodeaba con sus brazos para besarle en la boca y abrazarlo fuertemente, ignorando como no, al resto de los insignificantes seres humanos que allí nos encontrábamos.
Mientras, yo me preguntaba si algo más podía salir mal ese dichoso día.
Nos había quedado claro. Era su chica y además se conocían desde hacía tiempo. Todos nos quedamos mirando la escenita. Cuando acabaron de besarse y abrazarse fueron viniendo los demás de la pandilla. Lo saludaban con gran efusividad y admiración. Todos se alegraban de verlo y se notaba que lo estaban esperando.
"Bueno Dani, estaremos donde tu sabes, por si queréis venir después."
"Vale, pero todavía nos queda juego."
Silvia nos miró por encima del hombro mientras se marchaba y se sonrió. Se sonrió de tal manera que nos hizo sentir ridículos por estar jugando a ese estúpido juego, pero ninguno de mis compañeros pareció advertirlo, solo yo.
"Bueno, ¿a quién le toca tirar?" preguntó Dani, haciéndonos volver al juego.
"Sabes, ella es la cuarta compañera de nuestra habitación. No ha sido muy agradable con nosotros," le dijo Carlota. Parece que no le hemos caído muy bien.
"Por eso se metió con vosotras cuando entrasteis en el comedor. Es un poco arpía, pero se la puede controlar. Es la chica de Roberto desde hace un año. El año pasado también estuvimos todos aquí, aunque nos conocemos desde pequeños porque vamos al mismo colegio. Los padres de Roberto y los míos son amigos y siempre hemos pasado las vacaciones juntos. Silvia llegó nueva al colegio hace un año y desde entonces, no ha dejado a Roberto ni a sol ni a sombra. El resto se los presenté a estos dos antes de que vosotras llegarais. Después si queréis vamos y os los presento."
Después de que todos les rieran las gracias cuando entramos en el comedor, la verdad es que nos quedaban pocas ganas de conocerlos o por lo menos a mi. Pero en mi interior no me hubiese importado conocer más a Roberto, a pesar de que ya tuviera novia. Me había encantado. Su forma de vestir, pantalones anchos, camiseta y zapatillas. Lo que a mí me gustaba. Ahora que me fijaba, Dani también iba así vestido, pero aunque era guapo, no se podía decir que no lo fuera, a mi me parecía un niño. No era como Roberto.
Cuando terminamos la partida en la que yo, desde luego, había invertido poco entusiasmo y esfuerzo en adivinar nada de lo que Dani dibujaba, era la hora de ir a dormir. Un monitor fue pasando entre las mesas avisando de que ya era hora de recoger y de que marcháramos para las habitaciones. Recogimos y nos fuimos. Pasando por la piscina, Dani dijo que estos ya se habían ido.
"La verdad es que el año pasado tuvieron muchos problemas. Aquí quedaron bastantes hartos de ellos. Se quedaban por ahí hasta más tarde que nadie. Se pasaron mucho. Hacían lo que querían y a los monitores les costó mucho esfuerzo conseguir que les obedecieran. Solo empezaron a hacerlo cuando estos, desesperados, hablaron con la dirección y la dirección con sus padres para hacerles saber que si no hacían algo al respecto, los echarían y no podrían volver al año siguiente. De ese modo, consiguieron controlarlos. Yo, cuando vi el plan, pasé un poco de todo ese rollo. No me gusta que me estén llamando la atención continuamente. Eso no me parece divertido. Por eso es por lo que Silvia está en vuestra habitación y no con sus amigas. Ese habrá sido una de las condiciones que le habrán impuesto para poder volver. Por lo que se ve, no le ha hecho mucha gracia. Y cuando algo no le hace mucha gracia, se pone un poco pesada. Lo mejor es que paséis de ella.
Todos escuchábamos con atención, principalmente nosotras.
Nos despedimos delante de los edificios. La verdad es que me encontraba mejor. Roberto seguía rondándome por la cabeza aunque sin mucho entusiasmo porque sabía que no era muy posible que se fijara en mí, pero por lo menos me daba algo en lo qué pensar. Y la información que nos había proporcionado Dani, nos ayudaría a entender más a Silvia. No sabía en qué nos iba a ayudar, pero, al menos, había conseguido relajarme un poco.
Cuando llegamos al dormitorio, Silvia ya estaba en su cama con el pijama puesto. Por lo que se veía, pensaba portarse bien. Entramos y le dijimos hola, pero no nos contestó. Fuimos pasando al baño y preparándonos para dormir. Hablábamos entre nosotras pero poco. Estaba claro que nos cohibía su presencia. Así que Carlota se puso a dormir y Laura y yo a leer. Pero cuando casi todavía no habíamos leído ni una página, Silvia apagó la luz. No dijimos nada. Soltamos los libros e hicimos lo mismo. Para qué discutir. De todos modos estábamos cansadas.
3
Al día siguiente, nos despertaron temprano para bajar a desayunar. Nos sentamos en el mismo sitio que la noche anterior, donde ya nos estaban esperando mi hermano, Tomás y Dani. Después del desayuno, fuimos al taller de manualidades para hacer no se qué con arcilla. Mi interés por la actividad era de cero a menos cero.
El taller era una habitación bastante amplia con mesa alargada en forma de u. En frente, había otra más pequeña que era donde se colocaba el monitor. Fuimos pasando y colocándonos por donde queríamos. Nosotros seis nos quedamos juntos. Dani se puso en frente mía. Los demás estaban en la misma situación que la noche anterior, habían formado las mismas parejas. Tomás y Laura, Carlota y mi hermano. . Parecía que no les incomodaba mucho, sino todo lo contrario. Pensé que si me hubiese tocado a mi lado Roberto, también yo estaría contenta. Lo busqué con la mirada. Estaba en la otra parte de la u. Guapísimo. ¿Cómo había podido gustarme alguien en tan poco tiempo y que además ni conocía?, me preguntaba mientras lo observaba. Él estaba atento a las explicaciones de cómo manejar la arcilla. De pronto, me dí cuenta casi con un sobresalto de que no era yo la única que estaba observando. A su derecha y sin que yo me hubiese dado cuenta, estaba Silvia, presenciando cómo a mí se me caía la baba. Mierda. Me estaba mirando con la más intensa cara de asco y sus ojos me dieron miedo. Recobré la compostura y me puse a atender al monitor, sabiendo que había metido la pata. Ella se había dado cuenta de cómo yo miraba a Roberto y eso me dejaba en una situación delicada. ¡Sería estúpida! ¿Acaso no podría haber disimulado un poco? ¿Cómo podía haberme quedado embobada mirándolo? Eso no era muy propio de mí. Para rematar la faena, cuando miré al frente, me di cuenta de que Silvia no había sido la única en pillarme. También Dani me estaba mirando, no sabía cuanto tiempo llevaba haciéndolo, pero estaba claro que más del que yo hubiese deseado. Tuve la certeza, cuando después de mirarme a mí, miró a Roberto. Mal por partida doble. Ahora ya lo sabrían todos y era muy pronto para no quedar como una estúpida enamoradiza flipando con el primer tío que veía y en cuestión de horas. Mierda, mierda, mierda.
Decidí que los mejor sería concentrarme en mi trozo de arcilla para hacer el típico cenicero para mis padres o el cuenco para echar los huesos de las aceitunas. La verdad es que eso me daba exactamente igual. En esos momentos, solo quería mantener la mirada fija en un punto, que por otra parte era lo que tenía que haber hecho desde el principio.
Al día siguiente, nos propusieron como actividad del día un cross de orientación. Un rollo de ir buscando pistas por el campo. Y para colmo, casi me desmayo cuando oí mi nombre y seguidamente el de Roberto. Seríamos pareja. Nos separamos de nuestros respectivos grupos y nos acercamos para recoger el mapa.
"Hola, me dijo con el mapa en la mano. Tu nombre es Vera ¿no?"
"Si, y el tuyo Roberto," dije.
Él asintió. Yo estaba hecha un flan. Silvia no nos quitaba ojo de encima, pero con indiferencia. No había sido como el día anterior. Ahora hacía como que no le importaba.
Dieron la salida y nos fuimos hacia el campo. La verdad es que estaba muy incómoda. No sabía de qué hablar y además yo no es que estuviera muy acostumbrada a andar por el campo, con lo que me sentía aún más fuera de lugar y más torpe si es que cabía la posibilidad.
Encontramos la primera señal con relativa facilidad. A él parecía gustarle más que a mí todo eso. Poco a poco me fui relajando, y fui capaz de sacar alguna que otra conversación. Él me contaba cosas de su colegio pero desde luego, no noté ningún interés por su parte que no fuera el mero hecho de ser amable conmigo como lo hubiera sido con cualquier otra chica que le hubiese tocado de pareja. Cuando llegamos a la meta, ya me había convencido de que tenía poco que hacer. A ese chico, yo no le interesaba lo más mínimo. Así que acepté la situación. No importaba. Casi mejor. De pronto, hasta me sentí aliviada. En realidad, me había quitado un peso de encima. Era guapo y me había gustado a primera vista, pero no era para mí.
Me reuní con los otros, y me di cuenta de que estaba más contenta. Empezaba a adaptarme y empezaban a caerme mejor todos.
4
Pasaban los días y cada vez me divertía más. Carlota resultó ser muy cómica y nos reíamos mucho con ella. Seguimos los seis juntos. El grupo de Roberto y Silvia, aunque nos saludábamos, iba por su lado y nosotros por el nuestro. Pero sí que pillé a Silvia más de una vez mirándonos y pendiente de lo que hacíamos. Era rara esa chica. Aún así no me importó. Me sentía muy a gusto y arropada por mis nuevos compañeros.
Pero una noche como a mediados de mes, que estábamos en la sala de juegos hablando y riéndonos de no se qué cosa, apareció Roberto. Siempre nos saludábamos desde lejos y nos pareció extraño que se acercara.
"Hola ¿a qué estáis jugando?," dijo.
"A nada, le contestamos.
"Solo hablábamos," dijo Dani.
Cogió un silloncito y se sentó a mi lado.
"¿No queréis jugar a algo?, preguntó mirándome a mí.
Creo que era la primera vez que me miraba a la cara. Ni siquiera, cuando habíamos sido pareja en aquel juego, tuve conciencia de que me mirara tan directamente. Me ruboricé y seguidamente, me maldije por haberlo hecho.
"¿Podíamos jugar a la oca?," dijo Carlota.
"No," contestó demasiado rápido Dani. Somos muchos.
Estaba claro que la presencia de su amigo de la infancia, no le acababa de hacer mucha gracia. Se había puesto tenso.
"Bueno, ¿pues de qué hablabais?," preguntó.
"De nada concreto," le dijo Rodrigo.
Mi hermano intentaba suavizar la situación. Hacer eso se le daba muy bien, pero aún así, miraba a Dani como escudriñándolo con la mirada para intentar saber por qué le molestaba tanto que estuviera allí sentado con nosotros, sobre todo a él que era su amigo. Una cosa era que nos extrañara y otra que nos molestara.
Hicimos un esfuerzo por seguir hablando y aunque no nos sentíamos del todo cómodos con el nuevo compañero, nos obligamos a hacer como que no nos importaba.
A la mañana siguiente, nuestro asombro siguió en aumento, cuando vimos que Roberto se sentaba con nosotros para desayunar.
Cuando salimos del comedor, Dani cogió del brazo a Roberto y lo apartó de los demás.
"¿Qué pasa Rober, te has enfadado con Silvia y tus amigos?," le preguntó recalcando cada palabra.
"La verdad es que estoy un poco cansado de ellos y me gustaría abrirme para conocer gente diferente. Es que todo el año con los mismos, y para una vez que puedo conocer gente nueva, no me apetece perder la oportunidad. Esa chica, Vera, parece bastante interesante."
A Dani por poco no se lo llevan los demonios. Así que era eso. Conocía a Roberto, y había algo en todo eso que no le encajaba. Vera no era el tipo de chica que le gustaba a Roberto. Aunque era guapa, Vera estaba poco espabilada. Lo más probable es que no hubiese estado todavía con un chico. Pero no dijo nada. No quería que los demás se dieran cuenta de que le gustaba Vera. Mucho menos que lo supiera Roberto. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber, que si se daba cuenta de que a él le gustaba ella, disfrutaría mucho más si llegaba a conseguirla. Roberto siempre había tenido esa naturaleza competitiva de la que él carecía casi por completo. Así que se calló.
Roberto empezó a estar cada vez más cerca de mí. Pasaba el día con nosotros. Durante las comidas, en las actividades, por la noche…
Hasta que al cabo de tres o cuatro días, dejó de extrañarnos que estuviera entre nosotros. Pero a Dani seguía sin hacerle mucha gracia. Ese cambio repentino no le cuadraba por ningún lado. A mí lo que pensara Dani me traía al fresco, ya que cada día estaba yo más emocionada y más orgullosa de que Roberto estuviera pendiente de mi. Me sentía muy especial. Había dejado a una chica como Silvia para venirse conmigo y delante de sus narices. Desde luego, mi ego estaba por las nubes. Cada día que pasaba estaba más contenta y más cerca de Roberto. Siempre se sentaba a mi lado. En las actividades quería ser mi pareja y me hacía bromas que no le hacía a las demás. También me sonreía cuando nadie miraba. Me hacía sentir muy especial. Era inminente que se diera alguna situación más íntima entre nosotros. No sabía cuándo, pero estaba segura de que llegaría.
Y cuando ya faltaba muy poco para que acabara el campamento, una noche que estábamos los siete en el jardín de la piscina después de cenar, Roberto se acercó a mi oído y me preguntó lo que yo llevaba días esperando que hiciera.
"Vera, ¿quieres que demos una vuelta?," me dijo.
Me temblaron hasta las cejas. Hasta ese momento ningún chico me había hecho una proposición semejante. Y mucho menos uno tan guapo y que a mi me gustara tanto. Era todo perfecto.
"Bueno," contesté.
Cuando nos levantamos para marcharnos, los demás siguieron conversando con naturalidad, como si nada pasara.
"Ahora volvemos," les dije.
"Vale," contestaron todos menos Dani.
Me daba igual. No iba a desperdiciar esa situación centrándome en los disgustos de nadie. Lo tenía claro. Era mi momento. Me daba igual todo.
Cuando ya no nos veían, Roberto me cogió de la mano y me llevó hasta un sitio más resguardado, justo detrás del comedor. A partir de las once ya no quedaba nadie por allí, ni las limpiadoras ni los cocineros, me contó. No corríamos peligro de que nos pillaran.
Era un sitio agradable. Yo no lo había visto en todo el tiempo que había pasado en el campamento, pero él parecía familiarizado con el lugar. Tal vez, ya había estado antes con Silvia. No me importaba. Silvia era agua pasada y ahora estaba yo en su lugar. Eso no podía quitármelo nadie.
Nos sentamos en un pequeño claro que había entre unos árboles. Me sentía cómoda pero muy nerviosa. Era la primera vez que me encontraba en una situación tan íntima con un chico y la verdad, tampoco sabía muy bien qué hacer. Pero Roberto si sabía. Primero cogió mi mano y la besó. Se fue aproximando hasta mi boca y empezó a besar mis labios suavemente. Yo estaba flotando. Me encantaba. No tenía prisa, iba con mucha calma. Me fui relajando y poco a poco me tumbó en el césped. Seguimos besándonos. Sus manos estaban en mi cintura, cosa que agradecí porque si las hubiera colocado en otras partes de mi cuerpo, me habría puesto muy nerviosa. Para tanto, no estaba preparada. Era la primera vez que hacía algo así y con los besos en la boca ya era más que suficiente para el primer día. Él pareció conformarse. No intentó nada más. Besándonos pasamos el rato, hasta que escuchamos a lo lejos las voces de los monitores avisando de que era la hora de irse a dormir. Se apartó un momento y me dijo:
"Me gustaría hacer una foto para tener un recuerdo de este momento."
A mi me pareció lo más romántico del mundo. Encima quería una foto mía. Esa era una gran prueba de que le gustaba de verdad. Si no le hubiera gustado cómo besaba, no me pediría algo así, pensé.
"Si," le contesté
Sacó su móvil, lo alejó de nosotros y cuando iba a disparar me besó. Luego me enseñó la foto. Me gustó. Salíamos riéndonos con los labios juntos.
"Bueno, será mejor que nos vayamos antes de que empiecen a buscarnos," me dijo.
"Vale," contesté.
Nos levantamos y me acompañó hasta el edificio de las chicas.
"Mejor que nos despidamos sin besos para que no nos vean."
"Si mejor será," le contesté
Me pareció que tenía mucho cuidado en guardar las apariencias y eso me gustó, ya que al ser mi primera vez, no quería que todo el mundo se enterase. Qué atento y comprensivo. Esa noche no podía pedir más. Nos dijimos adiós y subí corriendo para la habitación sin recordar siquiera que allí estaría Silvia. Tampoco me importaba. Ahora me quería a mí y ella tendría que aceptarlo.
Cuando entré, estaban ya todas en sus camas. Laura y Carlota me lanzaron una sonrisa de complicidad, pero no iba a poder contarles nada porque también estaba Silvia. Cuando me senté en mi cama para coger el pijama, me miró, se rió y desvió la mirada hacia otro lado. Estaba claro que algo se olía. Estaba celosa y jodida. En cierto modo le había ganado la partida y para una chica como ella, no sería fácil aceptar una derrota semejante. Me dieron igual sus risitas y su actitud. Esa noche había sido la mejor de mi vida y no iba a permitir que nadie me la enturbiara por nada del mundo.
Solo recordaba los cálidos besos de Roberto. La paciencia que había tenido conmigo no intentando nada más. Eso era señal de que habría más días y de que no teníamos prisa. Seguramente cuando acabara el campamento, quedaríamos algún día en Madrid para ir al cine o para cualquier otra cosa. No vivíamos muy lejos el uno del otro, solo a unas paradas de metro y seguro que podríamos vernos. Él no me había dicho nada, en realidad no me había dicho nada de nada porque no habíamos parado de besarnos, pero seguro que lo hablaríamos al día siguiente. Faltaban cuatro días para acabar el campamento, y eso nos daba tiempo suficiente para aclarar cómo lo llevaríamos. Cuando se apagó la luz de la habitación lo agradecí, porque eso me daba posibilidad de seguir en la oscuridad rememorando los besos y las caricias de Roberto. De puro agotamiento y no porque lo deseara, me quedé dormida.
Cuando desperté, solo estaba Laura. Se estaba terminando de arreglar.
"Buenos días," le dije.
"Hola dormilona, ¿qué tal anoche? ¿Eh? ¿Te divertiste?"
De repente se me agolpó en mi cabeza todos los acontecimientos que había vivido el día anterior y un escalofrío de placer me recorrió la espalda. Era estupendo sentirse así.
"La verdad es que mucho," le contesté.
"¿Es tan guai como parece?," me preguntó.
"Es más."
"¿Solo besos?," me preguntó.
"Siiiii," solo besos.
Aunque yo sabía que había chicas de nuestra edad que incluso se acostaban con los chicos, eso era algo para mí todavía inconcebible. La primera vez que había besado a un chico, había sido el día anterior y desde luego no estaba preparada para ir más lejos tan rápido.
"¿Y Carlota?," le pregunté.
"Ha bajado ya. Dice que nos espera en el comedor. Tenía hambre. Ya sabes que ella no perdona.
Nos reímos.
"Silvia también se ha ido, casi más temprano de lo acostumbrado. Me he alegrado, así me daría tiempo a hablar contigo un poco," me dijo.
"Bueno, espera que me vista y bajamos juntas."
Salté de la cama, cogí el pantalón corto y la camiseta que más me gustaban y me metí en el baño para asearme y vestirme. Estaba realmente emocionada. La vida no podía sonreírme más. Me miré al espejo y me sentí la chica más guapa del mundo. Tenía que serlo para que Roberto se hubiera fijado en mí.
Cuando llegamos ya estaban en la mesa de costumbre los de siempre. Pero Roberto no había llegado. Se ve que se nos habían pegado las sábanas a los dos. Nos saludamos y empezamos a desayunar Laura y yo, porque los demás ya lo habían hecho. Todos se comportaban con normalidad y ninguno me hizo preguntas sobre la noche anterior, cosa que me habría dado mucha vergüenza. Yo me encontraba de muy buen humor, tanto como para que bromas que otros días me hubieran parecido poco divertidas y de críos, esa mañana me hacían mucha gracia. Sencillamente me encontraba feliz.
Pero al ver que el tiempo del desayuno se acababa y que Roberto no bajaba, empecé a preocuparme. ¿Qué le podía haber pasado? ¿Estaría enfermo? Cuando salimos del comedor, nos dijeron que no haríamos ninguna actividad hasta la tarde y que podíamos ir a la piscina si queríamos. Me gustó la idea porque así podría esperar a que Roberto bajara. Pusimos nuestras toallas en el césped y nos dimos un baño. Seguía sin bajar. Cuando llegó la hora de comer, ya no aguantaba más la espera y le pedí a Dani que fuera a ver qué era lo que le podía haber pasado. Podía habérselo pedido a Rodrigo o a Carlos, pero Dani lo conocía más y desde hacía más tiempo. Para entonces, ya todos se habían dado cuenta de que estaba muy nerviosa y de que no podía dejar de pensar en él. Lo veía en sus caras y en su forma de mirarme. Estaban preocupados, pero más por mi desazón que por Roberto. Eso no me gustó.
"No creo que le pase nada, me contestó. Tal vez se ha quedado dormido."
Estaba claro que no quería ir, incluso lo notaba un poco enfadado, pero con él nunca se sabía. Era bastante hermético con sus sentimientos. No se le notaba mucho qué era lo que realmente estaba pensando.
"Me extraña que se haya quedado dormido tanto tiempo, le contesté. Ve a ver qué le ha pasado, por favor."
Se levantó de la toalla de mala gana, pero fue. No le hacía ninguna gracia, pero terminó accediendo. En mi interior, se lo agradecí. Mi agobio empezó a menguar según veía a Dani alejarse y empecé a sentirme mejor. Me tumbé en la toalla e intenté relajarme hasta que volviera Dani con noticias.
Dani subió los escalones de dos en dos. En el fondo, tenía ganas de saber qué era lo que había pasado. Lo mismo era un mal pensado y Roberto se encontraba muy enfermo en la cama. Pegó y entró. Roberto estaba mirando por la ventana. A Dani no le dio mucho aspecto de que estuviera enfermo. Roberto se sorprendió al verlo y se puso nervioso.
"Hola, ¿qué te ha pasado?," le preguntó.
"He estado vomitando. Dice el médico que algo me sentaría mal en la cena," le contestó Roberto.
Dani lo miraba un poco incrédulo.
"Estábamos preocupados. Sobre todo Vera."
"¿Ah si?," le contestó.
Le desviaba la mirada. No lo miraba a los ojos. Lo conocía demasiado bien como para saber que algo pasaba. Lo había intuido desde el principio, pero todavía no sabía qué era exactamente. No quería, pero empezaba a sentir una rabia hacia él que se le empezaba a hacer difícil de controlar. Habían pasado muchas horas de juego juntos, se habían divertido, pero ahora lo miraba y notaba que su amigo se había vuelto diferente. Había cambiado, pensó. O, tal vez, era él el que había cambiado.
"Sí. ¿Quieres que le diga algo de tu parte?," le preguntó.
"Dile que me encuentro mal. El médico me ha dicho que me quede hoy descansando."
"Vale, se lo diré, le contestó. Te veo luego por si necesitas algo."
"No te preocupes, estoy bien. Mañana ya podré salir."
Dani salió de la habitación confuso. Por un lado, se sentía un poco culpable por ser tan mal pensado. No era el primero en el campamento que se tenía que quedar en cama por alguna indisposición, pero por otro lado, algo le hacía estar nervioso y alerta.
Cuando llegó a la piscina, vio cómo Vera se ponía de rodillas en la toalla con cara de expectación para recibir sus noticias. Desde luego, la actitud de Vera, su emoción y entusiasmo, no lo había visto ni por asomo en Roberto. El contraste le hizo darse cuenta de que lo que le pasaba a su amigo era que no estaba, ni de lejos, tan entusiasmado como lo estaba Vera.
"¿Qué le ha pasado?," preguntó Vera antes incluso de que llegara a las toallas.
"Nada, parece que algo le sentó mal anoche y ha estado vomitando," le contestó.
"¿No va a salir?," insistió Vera.
"El médico le ha dicho que se quede mejor en la habitación."
Sintió una punzada de compasión por ella. Había demasiada diferencia entre el comportamiento del uno por el otro y viceversa.
Ella se quedó pensativa. En todo el mes no la había visto más contenta y habladora. Ya no le hizo más preguntas. Se replegó en sí misma. Su cuerpo se quedó en la piscina con ellos, pero su mente estaba muy lejos de allí.
“Qué mala suerte, pensé. Mira que ponerse enfermo en ese preciso instante. Bueno, lo mismo se encuentra mejor y baja después para la cena”.
Esa idea me mantuvo la esperanza y seguí de buen humor. Puse todo mis fuerzas por concentrarme en disfrutar del partido de voleibol de la tarde, y aunque no daba una, fue la mejor manera de mantener mi mente ocupada hasta la cena.
Ya en la habitación me arreglé con esmero. Lo había hecho durante todo el día, pero para la cena me vestí a conciencia. Me puse mis vaqueros favoritos. Me encantaban. Y de camiseta, una blanca de tela, que resaltaba el moreno de mi piel. Me calcé mis chanclas preferidas, unas plateadas. Me dejé el pelo suelto y me puse brillo en los labios. Me encontraba muy bien. Cuando salí del baño, Silvia me miró con cara de asco de arriba abajo, y entonces supe que estaba estupenda.
"¡Qué guapa te has puesto!," me dijo Carlota.
"La verdad es que sí," la secundó Laura.
Yo sonreía. Estaba satisfecha con mi aspecto. Mientras esperaba a que mis compañeras terminaran de arreglarse, me tumbé en la cama y me puse a leer.
"Está noche vamos a hacer una fiesta secreta de despedida, dijo Silvia.
Las tres nos quedamos pasmadas, porque era la primera vez en todo el mes que nos dirigía la palabra sin que no fuera para reírse de nosotras.
"Si queréis podéis venir. Como solo quedan dos noches para que termine el campamento, hemos pensado hacerla ya. Estaremos detrás del comedor. ¿Conocéis el sitio?,"nos dijo.
Carlota y Laura no contestaron. Yo me quedé callada. Había muchas posibilidades de que fuera el mismo lugar donde habíamos estado Roberto y yo.
"Allí no se oye nada, así que podemos hacer el ruido que nos de la gana. Roberto ha dicho que si se encontraba mejor vendría."
Me dio un vuelco el corazón. Entonces es que ya se encontraba mejor. Seguro que bajaba a cenar y después podíamos ir juntos a la fiesta. Qué alegría.
"Bueno, le contesté, podríamos ir."
Laura y Carlota me miraron con cara de asombro, pero yo sabía que harían ese esfuerzo por mí.
Terminaron de arreglarse y bajamos al comedor. En nuestra mesa habitual, estaban ya los tres sentados, pero ni rastro de Roberto. Me tranquilicé a mi misma, diciéndome que seguro que bajaba de un momento a otro.
"Nos han invitado a una fiesta después," les dije a los chicos mientras me sentaba.
"¿Una fiesta? ¿Quién?," preguntó mi hermano.
"Silvia," respondió muy rápido Carlota. Se veía que no le hacía mucha gracia y que esperaba que ellos me convencieran de no ir.
"¿Silvia? ¿Qué Silvia?," preguntó Tomás que parecía que hasta el momento había estado en otro campamento.
"Que Silvia va a ser," le contestó Laura.
"¿Y por qué motivo nos ha invitado?," dijo Dani.
Ya estaba este con sus suspicacias.
"Pues no lo sabemos, pero solo es una fiesta, tampoco es que sea el fin del mundo," le contesté un poco exasperada por tanta pregunta.
Mi hermano y Dani me miraron con cara de no entender nada. ¿Desde cuándo quería yo tener relaciones con esa?, se estaban preguntando.
Laura también entendió la pregunta imaginaria, porque se dispuso muy amablemente a aclarárselo.
"Es que ha dicho que Roberto iba a ir," les dijo.
Me dio una vergüenza terrible quedarme tan al descubierto, pero realmente en esos momentos empezaba a estar desesperada por verlo y podía aguantar cualquier cosa, hasta quedar como una estúpida por un tío.
Se hizo un silencio. Estaba claro que ninguno se atrevía a decirme que no querían ir.
Durante la cena, dejé de esperar a Roberto. Ya solo confiaba en verlo en la fiesta. Cuando acabamos y salimos del comedor nos dirigimos a la sala de juegos. Podía aguantarlo, porque tampoco quería que llegáramos los primeros. Así que les dejé hablar durante media hora aproximadamente, y entonces les dije:
"¿Vamos a la fiesta?"
"O sea que va en serio," me contestó Dani.
"Si vamos solo será un rato," dijo Rodrigo, que me conocía lo suficiente como para saber que ya no los dejaría tranquilos hasta que consiguiera ir.
"Vale," contesté.
Por dentro temblaba como una hoja y tuve que hacer grandes esfuerzos para que no se me notara, aunque no creo que lo consiguiera, porque estaba en tal estado de ansiedad que era difícil que no se notara. Ya me daba igual todo, lo único que quería era ver a Roberto. Estaba claro que me hacían un favor, porque ninguno quería ir.
No estaba lejos y llegamos en seguida, pero el camino por detrás del comedor estaba oscuro y no veíamos muy bien dónde pisábamos. Aunque era el mismo sitio donde había estado con Roberto la noche anterior, el camino me pareció más oscuro y estrecho. Se escuchaban voces y música a los lejos. Dani y Rodrigo iban los primeros. Al fondo, había más luz. Cuando llegamos allí, se frenaron en seco. Los demás detrás de ellos. Había unos cuantos de la pandilla de Silvia, con una botella de algo de color transparente. Se la estaban pasando de unos a otros y bailaban y se reían demasiado. Nos quedamos un poco cortados.
"¡Mirad quienes han llegado! gritó uno de ellos. Lo que nos dio todavía más vergüenza porque todos miraron hacia nosotros de golpe.
"Hooolaaa," dijo una. Estaba borracha.
Yo miraba hacia todos los lados, pero no veía a Roberto. De repente, otra de las chicas me dijo:
"Roberto está ahí detrás, ven que te llevo."
Me cogió de la mano a toda prisa y tiró de mí. Mientras andaba miré hacia atrás y vi que los demás se quedaban justo donde estaban y que no se movían. Lo que veían no les hacía mucha gracia. Me llevó a un sitio más apartado y me dijo: