Excerpt for Laila y la gárgola - Decisiones del corazón by Vania Itzel Herrera Cabrera, available in its entirety at Smashwords

Vania Itzel Herrera Cabrera


Laila y la gárgola

Decisiones del corazón


Smashwords Edition


Copyright 2010: Vania Itzel Herrera Cabrera


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Agradecimientos


Los agradecimientos van dirigidos a mi familia en general, pero más a mi mamá; sin su apoyo, dedicación y cuidado esta novela no habría sido posible.

A mi papá, gracias por todas las horas que dedicaste a buscar editoriales que admitieran mi novela.

A mi hermano, por su gran apoyo y sus bromas acerca de mi novela. “¿Qué sigue? ¡Necesito saber!”, nunca olvido esa frase.

A mis mejores amigos: Marlet, Richie, Sergio, Iván, Mollyncka, Víctor, Dana, Lore, Perla, Aylín, Alondra, Daniel, Eduardo, Bruno, Ariel, Ale, Beto y mis grandes amigos de Karis. Aunque no lo crean, alguna parte de su personalidad está incluida en los personajes, espero que no se molesten, y a todos mis compañeros de escuela que, aunque también lo duden, los recuerdo con mucho cariño. Sus locuras fueron parte de mi inspiración.

A mis cantantes favoritos, algunas de sus canciones las mencioné porque en ese momento las estaba escuchando y partes de sus letras me inspiraron. A Silvio Rodríguez, Ojalá e Imagínate, aunque no incluidas en la novela, me llenaron de felicidad en los momentos difíciles…

A una persona que, aunque no lo sepas, gracias a “ti” esta novela existió, surgida desde lo más profundo de mi alma: gracias por todo, siempre te recordaré como una persona más en mi camino.

Al amor de mi vida; aunque lo conocí cuando escribía el final, su existencia lo hizo posible. ¡Te amo, Leo!

A todas las personas de la Escuela Secundaria Técnica Industrial No. 84, muchos acontecimientos sucedidos ahí fueron parte de mi inspiración.

Agradezco a todos mis maestros, que han sido parte importante de mi formación.

A la computadora No. 18 del taller de computación, gracias por borrar mi primer escrito, sin ti no habría aprendido esto: “cuando la vida quiera que te rindas, lucha más, pues lo que en realidad quiere es que demuestres la gran persona que eres”. Aprendí la lección: nunca dejes cosas importantes en una memoria defectuosa.

Y un recordatorio especial a uno de los mejores amigos que jamás he tenido, el psicólogo VEEL.: “no soy soñadora, simplemente soy más imaginativa que tú”.

A mi abuelito Miguel y mi abuelita Blandi: nunca los olvidaré. “La muerte es algo difícil de afrontar, pero más aún si no lo quieres aceptar”.

Y a los que aún tengo en vida, mi abuelita Mica y mi abuelito “Don Sil”, que me han formado con sus sabios consejos.

También a todos mis tíos, primos y sobrinos; los quiero mucho.



Índice

Capítulo 1 Otra decepción a la gran lista

Capítulo 2 Una discusión absurda

Capítulo 3 Debiendo explicaciones

Capítulo 4 Decepciones y más decepciones

Capítulo 5 Sombras, voces y golpes

Capítulo 6 Agua

Capítulo 7 Gárgolas

Capítulo 8 Caminata

Capítulo 9 Una noche muy larga

Capítulo 10 La trampa

Capítulo 11 Tengo 16 años

Capítulo 12 Fewra

Capítulo 13 Prisioneras

Capítulo 14 Alma

Capítulo 15 El desconocido

Capítulo 16 La traición de Derek

Capítulo 17 Historias reveladoras

Capítulo 18 La discusión

Capítulo 19 Información crucial

Capítulo 20 La casa abandonada

Capítulo 21 Un ladrón desconocido

Capítulo 22 La discusión con Ludwig

Capítulo 23 Edsuyn

Capítulo 24 ¿Tengo que dar mi vida?

Capítulo 25 Interrogatorio

Capítulo 26 Un verdadero problema

Capítulo 27 Lo siento… de verdad necesitaba hacerlo


Capítulo 1: Otra decepción a la gran lista


Bajaba apresuradamente del camión, con los ojos hinchados y muy rojos; me sentía terriblemente, como si tuviera un agujero en el corazón, y sólo pensaba en llegar a casa.

Habían pasado cuatro años desde que me adoptaron por última vez, antes viví en un orfelinato y nunca tuve mucho éxito buscando una familia. Me habían intentado adoptar tres veces antes, pero nunca funcionó.

La primera vez tenía dos años cuando me acogió una familia muy adinerada; desgraciadamente, no me prestaban la atención suficiente y mi vida emocional sufría carencias. Al poco tiempo tuvieron conflictos con el gobierno por traficar con armas, de esta manera regresé al orfelinato.

A los tres años otra familia, de medianas posibilidades económicas, me recibió. Pero pronto sufrieron problemas de dinero y sólo pudieron sostener a su hijo biológico; el gobierno me mandó de regreso al orfelinato.

A los cinco años estaba tan deprimida que deseaba morir. Pensaba en escapar o ahogarme en una fuente, porque a mi corta edad no le encontraba sentido a la vida.

Después se presentó otra oportunidad de adopción, esta vez por una pareja recién casada que no podía tener hijos. Para mi desgracia comenzaron a tener problemas y se divorciaron. Después de los trámites la mujer intentó recuperarme, pero el gobierno se lo impidió debido a que no estaba capacitada económicamente. Nuevamente, la historia de mi vida: de regreso al orfelinato.

A los nueve años mi esperanza se había disuelto por completo y estaba destrozada emocionalmente. Muchos psicólogos se interesaron en mi caso. Ninguna otra niña les llamaba tanto la atención dado lo que sólo yo había pasado; era quien había salido y regresado más veces. Pero ninguno logró soportarme más de una hora; descubrían que tenía demasiados problemas para ser tratada por un recién egresado de la facultad.

A los 12 años intentaba a toda costa salir de ese infierno, estaba deprimida y me sentía acabada, y pensaba que la vida era un castigo. Ideaba un plan de fuga cuando se presentó una familia de buena posición económica, aunque no rica. Se veían alegres y cordiales, nada comparable con ninguna de mis demás familias; era algo que no se veía a diario. Fui saludada con calidez cuando la madre superiora me presentó a los Suárez, que me tomaban en adopción. Al enterarme me enojé; me preguntaba: ¿por qué a mí? Habiendo tantos niños que querían estar en una familia, ¿por qué tenía que ser yo?

Me llevaron a su casa sin demora, cargando mis escasas pertenencias, y al llegar todos se presentaron. Yo no me sentía muy feliz y fui un tanto descortés.

Con el paso de los años me hicieron sentir parte de su familia. Desde el principio creí que algún día regresaría al orfelinato, pero no fue así. Todo el amor y los vacíos dentro de mí se llenaron, como si ellos hubieran existido solamente para adoptarme y amarme. Al parecer mi historia tendría un final feliz... aunque siempre estaba el pero: mi vida amorosa era un fracaso, nunca había logrado gran éxito y no me resultaba una tema muy agradable; pero ésa es otra historia, ahora centrémonos en lo que sucede:

Crucé la calle descuidadamente mientras un conductor me gritaba enfurecido que tuviera cuidado o podría matarme. No presté atención y seguí corriendo a lo más que me daban las piernas.

Eran las 2:10 cuando cruzaba el parque más grande y hermoso de la ciudad, llamado Alameda Francisco Gabilondo Soler en honor a Cri-Cri: El Grillito Cantor, un compositor reconocido a nivel mundial que escribió música para niños hace años; el parque era circular, con muchos árboles y juegos, y sus colores inspiraban tranquilidad a los visitantes, tornándolos cálidos y amables; en la atmósfera se dejaban sentir el amor y la bondad que ahí se encerraban, aunque yo ahora no lo disfrutara: corría a toda prisa y no pensaba en otra cosa que en llegar.

Quería estar en casa, encerrarme en mi habitación y no salir hasta que hubiera descargado todo mi coraje y toda mi rabia. Tenía una vieja libreta desde hacía años en la que escribía cuanto me pasaba con respecto al amor. Me urgía llegar a mi habitación para sacarla de alguno de los desordenados cajones —ordenar no era una de mis mejores cualidades— y descargarme escribiendo cualquier tontería.

Era viernes, el día que más odiaba, pues llegaba la semana a su fin y extrañaría a la persona que había robado mi corazón… aunque ese día me alegraba que el viernes hubiera llegado. Ese chico, cuyo nombre era Carlo, me había roto el corazón al pedirle a la chica más fastidiosa y antipática de la clase que fuera su novia; y, para colmo, en mi cara. Me sentí terriblemente molesta y triste, pero evité demostrarlo; decidí no llorar hasta que estuviera en el camión, por eso me sentía así.

Sin darme cuenta seguía corriendo dentro del parque, en la vuelta más pronunciada del camino; trastabillaba una y otra vez debido a mi falta de atención. Ciclistas furiosos me gritaban enojados que me quitara de su camino, pero no les hacía mucho caso, hasta que uno casi me tiró.

Corría cada vez más, y más torpemente, con los ojos entreabiertos. En la orilla del parque vi a alguien; caminaba hacia mí, como a unos cinco metros de distancia. Supuse que al verme tan encarrerada se apartaría de mi camino, sin embargo no fue así. Como no tenía la menor intención de detenerme —y al parecer, el individuo tampoco— seguí corriendo a pesar de intuir que lo atropellaría porque ya estaba muy cerca de mí. Intenté desviar el camino, pero él parecía imitar mis movimientos. Cuando nos encontrábamos a pocos centímetros intenté detenerme, con los ojos abiertos como plato, pero, debido al ímpetu choqué bruscamente contra él, atropellándolo —bueno, en realidad él me tiró con el impacto.

Al momento del contacto sentí como si el tiempo se hubiera detenido; pude verme cayendo hacia el pavimento y a mi maleta yendo hacia el lado contrario. El chico intentó sostenerme, pero caí más rápido de lo que él reaccionó. Me sentí tan avergonzada e insignificante que me eché a llorar de nuevo ahí, desparramada en el áspero pavimento del parque. No alcé la mirada por miedo de encontrarme con unos ojos furiosos, así que aguardé a que él empezara a reclamar o simplemente se fuera; pero no sucedió así. Se quedó parado frente a mí. Por vergüenza clavé la mirada en el piso pronunciando disculpas enredadas.

La rodilla me empezó a doler, así que le eché un vistazo… sangraba.

—¿Está bien, señorita? —preguntó el joven.

Instintivamente alcé la cabeza para verlo y ya no pude bajarla. Parpadeé varias veces, intentando enfocar su rostro; al observarlo con detalle me di cuenta de que era la persona más hermosa que había visto en mi vida. Tenía el cabello rubio arena; sus ojos eran grises, igual de hermosos que su cabello, y con gran expresividad; su piel era blanca, aunque estaba un poco tostada; sus rasgos parecían los de un príncipe del siglo XVI. Quedé deslumbrada con tanta belleza, hasta creo haber dejado la boca abierta.

—¿Se encuentra bien, señorita? —repitió confundido—. ¿Está herida? Cuánto lo lamento, intenté sostenerla pero —hizo una breve pausa mientras su boca dibujaba una ligera sonrisa— usted cayó más rápido de lo que yo pensé.

—No fue intención… preocupe no sé… tranquilo… —no fue eso lo que intenté decir, pero debido al asombro salió todo enredado—; perdón, realmente no era mi intención hacerlo preocuparse…

—De verdad, señorita, no veo que se encuentre muy bien —frunció el ceño—, su rodilla está sangrando —advirtió mientras me extendía la mano para que me apoyara al levantarme.

Estuve a punto de darle la mía, como una tonta cazadora de chicos —un término de mi invención, que lo conocerán más adelante—, cuando recordé cuántas veces mamá me había dicho que no hablara con desconocidos, aunque fueran muy guapos: no podía negar que lo era aunque no lo conociera.

—Joven, de verdad lamento haberlo atropellado —le dije mientras me incorporaba de un torpe salto por mi rodilla sangrante—, no se ofenda, pero no quiero preocupar a mi mamá y tengo poco tiempo —me miró algo confundido mientras seguía hablando—. Si es que no le molesta, tengo que irme.

—No, señorita —me dijo tranquilamente—, no hay ningún problema; mientras usted esté segura de que se encuentra bien.

—Sí —repuse muy segura—, no se preocupe.

—Qué siga mejor —me deseó amablemente—, pero, antes de que se vaya —se agachó mientras hablaba para recoger mi maleta, de la que ni me acordaba—, tome, y cuídese mucho. Tenga más cuidado al correr —terminó un tanto burlón.

—No se preocupe, lo tendré —contesté con voz severa.

Me encaminé hacia mi casa, lenta y pesadamente. Por el rabillo del ojo lo espiaba mirarme con insistencia. Eso me hizo sentir muy incómoda. Mientras caminaba recreé la escena; el rostro del joven se me figuró particularmente familiar, pero no logré reconocerlo del todo, así que no le di gran importancia.

Aunque trataba de no pensar en Carlo —el chico que recién me había roto el pobre corazón, por si no lo recordaban—, supuse que, al verme así, mamá me haría innumerables preguntas sobre el asunto, ya que le tenía mucha confianza y sabía casi todo… bueno, todo, acerca de mi vida.

Me detuve cerca de un carro para revisar qué tan inflamados se veían mis ojos. Una voz puntiaguda y filosa como una navaja me hizo dar un respingo, interrumpiendo mi inspección.

—Te ves triste y con los ojos hinchados, ¿has estado llorando? —se burló mientras cruzaba la calle, como un cobarde hecho y derecho—. De todas maneras, parece que la chica más hábil en educación física es la más torpe cuando le rompen el corazón —me sonrió con evidente desdén.

Carlo no era mucho más alto que yo, sólo unos cuantos centímetros; tenía el cabello negro y los ojos cafés, su piel era apiñonada y sus pestañas muy largas y chinas. Ésa era la única cualidad que ahora le veía.

—Si sólo vienes a fastidiarme, ¡lárgate! —le dije, muy segura de mis palabras pero con un fuerte dolor en el corazón, más lacerante que el que me pudo haber provocado una daga—. Mírate, tú no deberías alardear cuando Sara ni siquiera sabe que existes.

—Para tu información, mi querida amiga —contestó con una macabra sonrisa—, Sara es mi novia.

Siempre he sido muy susceptible a palabras tan hirientes como aquéllas. No me di cuenta de las frías lágrimas que se me desprendieron sin asomo de vergüenza.

—Veo que sigues siendo la misma chillona de antes —se volvió a mofar con esa horrible risa que me sacaba de quicio.

—¡No es cierto! —le grité enfurecida mientras más lágrimas brotaban para caer al suelo—. Mira que ahora me doy cuenta de la clase de persona tonta e insignificante que eres, y me da mucho gusto que hayas encontrado a alguien igual que tú —sabía que eso no me alegraba, pero intentaba aparentarlo—, porque Sara y tú son igual de odiosos y fastidiosos.



Capítulo 2: Una discusión absurda


En ese momento pasaron varias cosas a la vez; la primera fue que los ojos de Carlo se llenaron de odio y resentimiento mientras se acercaba con el puño cerrado apuntando a mi cara; la segunda, que cerré los ojos hinchados porque sentí miedo; y por último, el chico del parque, que apareció de la nada para detener a Carlo, impidiendo que me hiciera daño. Lo detuvo con gran facilidad, entonces el cobarde empezó a gritar como un loco frenético.

—¡Bruja, bruja! —dijo con todas sus fuerzas y evidente cara de horror—. ¿Qué es eso? ¿Cómo? ¡¿Qué rayos estás haciendo, Laila?! —chilló aún con más fuerza—, ¡ya para!

—¡De qué demonios hablas! —repuse asustada—, ¡yo no te he ni rozado! —intenté defenderme—, es un chico el que te está agarrando.

—¿Cómo me puedes decir eso cuando no puedo avanzar y nadie me está agarrando? —Carlo pataleaba y tiraba puñetazos al aire.

—Carlo, me estás asustando —bufé sobresaltada—, alguien te está agarrando, qué, ¿no ves? —el pánico empezaba a invadir mi mente, impidiendo que pensara con claridad.

—No, tienes razón, alguien me está agarrando, pero, ¿quién demonios es? No hay nadie aquí —empezó a lloriquear—. Ya, Laila, ¡no es divertido! Prometo nunca volver a burlarme de ti, pero esta broma no es divertida, para nada.

—¿Crees que lo es para mí? —le dije elevando el tono de voz—, yo no tengo ni la menor idea de qué rayos me hablas ni por qué no ves al chico que te está sujetando.

El chico del parque se reía por lo bajo mientras yo sufría. Finalmente decidió soltarlo; Carlo estaba pálido y asustado.

—¡Juro que me las vas a pagar! —balbuceó mientras corría a toda velocidad, dando tumbos en los postes y con cara de espanto peor que si hubiera visto a un fantasma.

Me quedé viendo al chico con desaprobación.

—Vi que tu amigo te estaba molestando, así que decidí ayudarte —explicó tranquilamente en tono algo burlón.

—Carlo no es mi amigo —repuse indignada—, y realmente te agradezco que me hayas librado de esa escoria —después dude un segundo si debía o no preguntarlo, pero mi curiosidad era enorme—; ahora necesito respuestas, explícame esto, ¿por qué Carlo decía que no te podía ver? y, ¿por qué no le decías que estabas ahí?

—Es común en la mayoría de ustedes —contestó con desdén—, supuse que sería muy divertido si…

—¿Qué quisiste decir con ustedes? —pregunté impaciente ante su tono de superioridad.

—Me refiero a los mexicanos —repuso nervioso.

—Yo no me veo nada diferente a ti, sabiondo —le remarqué mientras me enfurecía.

—No soy de tu país —volteó los ojos como si fuera obvio.

—Ah —le dije furiosa—, entonces no te metas en los asuntos que no te incumben.

Quedamos callados por unos instantes, mirándonos directamente a los ojos. Era esa clase de silencio incómodo que me sacaba de mis casillas así que decidí romperlo, pero él me tomo desprevenida.

—Entonces, ¿no debo meterme en tus asuntos? —preguntó con sarcasmo.

—No —contesté secamente.

—Está bien, entonces no me meto en los asuntos de los mexicanos.

—No —le gruñí.

—Me parece muy bien —me sonrió y luego se dio media vuelta.

—Bien —recalqué antes de que se terminará de voltear.

No estaba segura de hacer lo correcto, pero después de que él se volteó decidí hacer otro tanto. Permanecimos de espaldas y en silencio, yo dudaba si marcharme o no, o si era conveniente preguntar algo más.

—¿Ya me puedo meter en los asuntos de los mexicanos? —preguntó de forma casual, intentando verme a la cara.

—Ahora, supongo que ya no eres un mediocre… —le dije mientras me reía.

—Eso no fue gracioso —contestó molesto y nos volvimos a dar la vuelta, iniciando otro horrible silencio. Me moría de ganas de hablar, pero el ego me lo impedía—. No me he presentado, ¿cierto? —preguntó dándose la vuelta y tendiéndome la mano, que yo no le tomé por orgullo.

—Cierto —acepté un tanto recelosa.

—¿Debería? —preguntó desviando la mirada.

—Tal vez en tu país la cortesía no sea la puerta a muchas oportunidades, pero en el mío sí —le recriminé furiosa, recordando cómo se refirió a los mexicanos con tono de desdén. ¡Inepto!

—Lo es, pero eres muy rara. Te salvo de la escoria y luego me ofendes, no es algo común en mi país —remarcó las palabras.

—Pues en mí país es descortés ofenderme —las palabras se me empezaban a trabar— sin siquiera conocer a la persona —“¿qué acabo de decir?”, pensé, entonces caí en cuenta de que había dicho una gran incoherencia.

—Entonces —arqueó las cejas en forma irónica—, ¿eres una símbolo nacional? No lo sabía…

Lo que yo sabía era que se estaba burlando de mí en mi propia cara; eso era deprimente.

—No, lo que quise decir es que… —estaba segura de que en ese momento iba a volver a llorar, así que di media vuelta y eché a correr en dirección opuesta a mi casa.

—¡No te ofendas! —gritó a mis espaldas, pero no le presté atención.

Seguí corriendo hasta estamparme contra un poste telefónico, ahí me detuve y eché a llorar con todas las ganas del mundo. Me sentía terrible, avergonzada e inepta, y llegué a pensar que me comporté de manera infantil. Salir corriendo en medio de una conversación con un desconocido y en la dirección equivocada no era digno de una persona de mi edad. Me sentí inadecuada.

—¿Estás bien? —preguntó una voz agitada a mi espalda.

—No —lo recriminé mientras me agarraba la nariz.

—No debiste hacer eso —me regañó.

—¡Tú no debiste comportarte como un idiota! —le grité, y me sorprendí de haber usado una palabra tan agresiva.

—Me perdonas —dijo, no como una pregunta, sino como si supiera que iba a hacerlo.

—Sí —suspiré mientras me soltaba la nariz y me levantaba.

—¿Me puedo presentar ahora?

—Supongo —respondí con una mueca.

—Soy Derek Watson —me tendió una mano y yo se la tome con cierta confianza.

—¡Qué apellido tan raro! —le dije, pero advertí su mirada amenazadora, así que me cubrí la boca y hablé —lo siento, no más ofensas por hoy.

—Está bien —susurró.

—Yo soy Laila Suárez Guerra.

—Encantado —me estrechó un poco más fuerte la mano y de inmediato la soltó—. No eres rara —dijo retractándose de su comentario de hacía rato—, sólo un poco más diferente que los demás —sacó de repente, sin que yo le hubiera dicho algo.

—Gracias, supongo —quedé petrificada, pero él siguió hablando.

—De nada.

Nos embarcamos en otro horrible y embarazoso silencio, así que continué.

—Bueno, ahora, ¿se puede saber de dónde vienes?

—Inglaterra —respondió orgulloso.

—No tienes acento —observé.

—He practicado y vivido varios años aquí —explicó de forma graciosa.

—¿Dónde vivías antes? —pregunté.

—Creo que son suficientes preguntas por hoy —cortó algo molesto.

—Bueno, pero, ¿te volveré a ver? —le pregunté como si fuera un viejo amigo.

—Sí —se río con ganas, como si se tratara de un gran chiste.

—Entonces, hasta luego —acepté con un horrible sentimiento de tristeza en lo profundo.

—Adiós —correspondió, y cada quién tomó rumbo distinto.

Caminé hacia mi casa con una horrible pesadumbre, era como dirigirse a un funeral. En ese momento escuché su voz de nuevo.

—Ah, Laila —corrió a alcanzarme—. No salgas hoy, por favor —imploró.

—¿Por…?

—Hazme caso y estarás bien —me dedicó una sonrisa fugaz.

Cuando reparé en sus palabras ya se había desvanecido. No lo veía por ninguna parte, se había marchado. Tuve la ligera sospecha de que todo se trataba de un sueño, así que me pellizqué una y otra vez mientras avanzaba pesadamente, pero no obtuve respuesta. Seguía allí, caminando hacia mi casa, con la misma pesadumbre de hacía unos segundos y carente de explicaciones.



Capítulo 3: Debiendo explicaciones


Cuando llegué por fin a mi casa encontré una nota en la puerta:


Laila:

Querida, salí de compras; no te asustes, no tardo mucho; ya sabes dónde está la llave. Si llega tu padre, explícale.

Bye, nena, besos

Mamá.


Mi casa era verde, con un gran balcón en la parte alta que formaba un pequeño techo sobre la entrada. Era de tamaño regular, con grandes ventanales que dejaban ver las cortinas anaranjadas, y muy antigua —tal vez tendría unos 80 ó 90 años de edad, pues fue obsequiada a mi madre por mi abuelo materno como presente de bodas—. Esto era por fuera. Por dentro tenía varias habitaciones: la sala estaba al principio, después la cocina y el patio trasero; en el lado izquierdo un pequeño estudio donde trabajaba papá, después seguían el pasillo, el baño, el comedor, y a su lado derecho el cuarto de mi abuelito. Las escaleras que subían a la planta alta iniciaban junto al comedor y llegaban a la azotea y a los cuartos superiores: el de mis papás, el de mi hermano y el mío, además del estudio donde estaba un piano blanco; también había dos baños. Todos los cuartos estaban pintados de dos colores, diferentes en cada uno; la mayoría eran claros: marfil, verde claro, palo de rosa, crema y así. La decoración de los baños, de la cocina y la elección de los tonos de los cuartos había sido obra de mi madre; le encantaba combinar colores y los actuales los había escogido hacía un año, cuando repintamos la casa; fueron unas vacaciones de verano dedicadas a remozarla, pues la pintura ya se levantaba.

Recogí la nota y busqué la llave debajo de una planta junto a la puerta, removí cuidadosamente las hojas para encontrarla, estaba lodosa por las lluvias de la temporada. Después de limpiarla con cierto esmero y un papelito la metí en la cerradura, rechinó un poco antes de dar la vuelta debido al óxido, la puerta se abrió con relativa facilidad. Cuando entré a la casa me limpié los zapatos cuidadosamente, después me dirigí hacia las escaleras; las subí con trabajos pues aún me dolía la rodilla. Logré arrastrarme hasta el cuarto de mamá y papá, donde se encontraba el botiquín pegado a la pared, dentro de una caja blanca con una cruz roja en el centro. No tenía llave, así que la pude abrir sin necesidad de rebuscar en el cajón de papá. Caminé lentamente y aventé mi maleta sobre la cama de mis papás, saque la cinta de Micropore, el alcohol y la loción desinfectante que mamá siempre me ponía en lugar de lavarme la herida cuando me raspaba o algo parecido, no recuerdo el nombre, nunca me lo aprendí pues para mí era lo más extraño del mundo. En fin, empecé por aplicarme la loción en la rodilla con mucho cuidado, creo haber hecho cara de dolor, aunque no estoy muy segura; esperé unos segundos, después me puse la cinta de Micropore con sumo cuidado para no tener que despegarla por haberla acomodado incorrectamente. Luego descubrí en el espejo que tenía un gran moretón en la nariz, así que me puse otra pomada, que lo ocultó perfectamente.

Cuando terminé mi hazaña como enfermera me dirigí a mi cuarto, a poca distancia del de mis padres; arrastré la maleta en lugar de cargarla pues aún no me sentía del todo bien por mi rodilla y… por supuesto, mi corazón.

Me cambie el uniforme por ropa de calle, decidí ponerme unos jeans, una blusa morada y unos Converse azules; el uniforme fue a dar a la ropa sucia. Me apresuré a verme en el espejo junto a mi cuarto, recordando las palabras de Derek: “no eres rara, sólo un poco más diferente que los demás”. Seguía tal como me vi por la mañana: mi pelo largo y un poco ensortijado, rubio oscuro, con un fleco de lado —muy rebelde, por cierto—; los ojos azul grisáceo intenso, muy grandes según yo, la nariz pequeña y algo chatita; mi tono de piel lucía algo extraño: blanco, por supuesto, pero quemado por el sol. Medía más o menos 1.60 y era delgada, mis manos muy largas, mis pestañas pequeñas y algo chinas —muy poco a comparación con mi cabello—; me analizaba de arriba abajo cuando escuché el timbre, lo que me sobresaltó.

Bajé rauda las escaleras para abrir la puerta tan pronto como pudiera. Cuando llegué abajo vi a través del cristal la figura menuda de mamá. Decidí abrir rápido, giré en una millonésima de segundo la perilla y la puerta abatió. Ahí estaba mamá, con una falda muy larga, una blusa de manga larga y unos zapatos que, según yo, parecían unas pequeñas habas de tono caqui. Mamá era muy buena conmigo, de talla pequeña —al menos más pequeña que yo, que soy de estatura media—, sus ojos cafés eran grandes y expresivos, su cabello corto y caoba, y su piel apiñonada; su sonrisa la caracterizaba; en resumen, era muy hermosa y yo siempre la había admirado.

—Laila —me saludó comprensivamente—, ¿te encuentras bien, querida? —preguntó mientras se aproximaba con los brazos extendidos—. No te ves del todo bien —aseguró sobresaltada—, tus ojos están hinchados —me acarició la mejilla suavemente—; vamos a sentarnos y así podremos platicar más a gusto.

Nos dirigimos despacio a la sala, ella se sentó junto a mí haciendo por demostrar aún mayor calidez.

—Laila —hizo una breve pausa, conteniendo la respiración para tranquilizarse—, querida, ¿qué pasó? —trataba de interpretar la expresión de mis ojos—. Fue por Carlo…

—Mamá —la interrumpí bruscamente, pues sabía que le gustaba averiguar más de la cuenta, al menos más de lo que yo quería que averiguara—, Carlo es una persona hiriente, no tiene caso hablar de él, que es alguien sin importancia —intenté sonreír.

—No hay problema, cariño —sonrió algo preocupada—; te entiendo —curiosamente enfatizó más de lo normal a la vez que intentó cambiar el tema con habilidad—. Pero, cuéntame linda, ¿cómo te fue en la escuela?, ¿alguna novedad con los maestros?, ¿alguna novedad con tus compañeros o en las clases? —mamá tenía la rara habilidad de cambiar el tema con gran facilidad cuando las cosas se ponían difíciles, cosa que yo no había aprendido del todo durante los años vividos con ella—. Dime, hija; sabes que puedes confiar en mí —eso era lo que me preocupaba… confiar en ella.

—Pues —hice una ligera mueca con la boca—, abrimos un pescado en el laboratorio para observar las branquias —recordé el horrible olor a pescado en el laboratorio, peor para mí que soy vegetariana. Fue la práctica más asquerosa y molesta realizada en mi vida, ya que me afectó en dos sentidos: me torturaba el horrible olor a pescado mientras veía a Carlo coquetearle a Sara sin importarle hacerlo en mi cara; me estremecí—, no fue algo muy agradable.

—Debe ser, hija —mi madre también se estremeció extrañamente—; ese olor a pescado me da náuseas de sólo pensarlo, ¿no tienes otra cosa más interesante que olor a pescado? —me preguntó con su risa melodiosa.

—Mmm… —me quedé pensando por un largo minuto en algo que hubiera acontecido ese día que no tuviera que ver con Carlo. Me esforcé inútilmente hasta advertir que no me pasó nada interesante además de la experiencia extraña con Derek—, pues hubo una…

Mi madre tendía a interrumpir cuando algo se le venía a la mente, algo que fuera, según ella, un tanto genial; podía ser una idea encantadora o algún plan macabro. Y eso era lo que me temía: que esta vez se tratara un plan macabro o alguna idea descabellada. Me aterró sólo pensarlo.

—¡Qué crees, hija! —me miró con esos ojos, insinuación de una idea descabellada—. ¡Un actor muy importante va a venir hoy a la ciudad y estará dando autógrafos! ¿Puedes creerlo?

—No, no lo creo —dije por lo bajo mientras ella parloteaba acerca del susodicho. Ya me imaginaba que mi madre se traía algo así entre manos; interrumpir de esa forma una conversación realmente importante para mí sólo podía deberse a alguna locura que a ella le pareciera de lo más interesante

—No recuerdo bien su nombre —torció la boca una y otra vez, hasta que dio con él, entonces lo dijo triunfal y orgullosa—. Mordecai, sí, ése es su nombre —sonrió satisfecha de su fechoría, yo temía que lo que viniera fuera aún peor—; es muy famoso, muchas chicas mueren por él, ¿no sería genial ir por un autógrafo?

Sentí como si el suelo se desmoronara y un agujero se me abriera en el pecho de sólo escuchar la palabra autógrafo. Tenía muy claro quién era Mordecai: un actor muy famoso por el que la mayoría de las chicas de mi clase morían; yo no era del tipo cazadora de chicos, como solía llamar a las niñas que les interesaban el maquillaje, las fiestas, los novios y cosas similares; un termino de mi invención. Resultaba notable que mi madre no me conociera del todo. Yo preferiría ir a cualquier otra parte antes que a una firma de autógrafos; no como las demás locas obsesionadas con Mordecai. No me podría permitir rebajarme a su nivel, ¡jamás!

Además, Sara era la presidenta del club de fans de Mordecai, al menos en mi escuela, y por lógica estaría allí para verlo; tampoco me podía permitir que me restregara a Carlo en la cara, eso definitivamente era lo peor de la idea.

Luego, estaban las palabras de Derek acerca de no salir de casa; aunque era un completo extraño había algo en su cara, en sus palabras, que hacía que una parte de mí —que era la mayor parte— se inclinara a creerle; la otra coincidencia era que Carlo no lo había podido ver, eso sí que era muy extraño.

—Entonces, ¿qué te parece? —preguntó mamá ansiosa, interrumpiendo la navegación en mi mente. Había pasado mucho tiempo sin hablar—. ¿No sería genial ir a verlo?

—Pues, no lo sé, mamá —intenté parecer convincente sólo para descubrir lo mal que me salía la actuación cuando la necesitaba de verdad. Cuando participaba en las obras de teatro podía representar lo que fuera; desgraciadamente, en la vida real no corría la misma suerte—. Es que no me gusta ser una cazadora de chicos —me sorprendí tanto, o más que ella, al decir en voz alta mi frase inventada; deseé haber aprendido algunos trucos de mamá a la hora de cambiar conversaciones— y, además, tengo una tarea de investigar sobre tres enfermedades recientes, y no estoy segura de poder terminarla antes de las cinco —curiosamente, mi subconsciente había captado y grabado la hora mientras estaba sumida en mis pensamientos—, es que tengo que investigar mucho —hice una mueca tratando de simular una sonrisa. Mi mamá se puso algo cabizbaja.

—Bueno, supongo que será en otra ocasión —me miró decepcionada—, no te preocupes —supuse que mentía, pero no estaba segura; lo cierto era que mamá mentía mucho mejor que yo, así que no resultaba fácil averiguarlo.

—Mamá —intenté ser convincente para no romperle del todo su castillo de ilusiones—, de verdad me encantaría ir, pero ya sabes… el trabajo, y es mucho.

—¡No te preocupes! —el tono de mamá había cambiado bruscamente—, si de verdad quieres ir, yo te puedo ayudar buscando en algunas enciclopedias.

En ese momento deseé que la tierra me tragara, sentí que mis mentiras no servirían de nada para convencer a mamá de que cambiara el tema; casi sería imposible ganarle, pues cuando se le metía algo en la cabeza no cambiaba de opinión por más que yo lo intentara.

—¡No me lo vas a creer! —grito mamá emocionada, lo que me hizo ponerme peor—. Ayer, casualmente, compré la revista Muy Interesante, donde se habla de un tema así, sobre enfermedades recientes —sus enormes ojos cafés se llenaron de inmensa alegría mientras los míos se llenaban de inmensa decepción. Me arrepentía de haber abierto la boca para decir que sí quería ir— ¿No es genial, Laila? ¡Nuestros planes no se arruinaron! —curiosamente, no sé por qué enfatizaba tanto la palabra nosotros cuando yo no había tenido nada que ver con sus maléficos planes.

—Sí, mamá, es genial —me sentí casi como un robot tonto, programado para decir esas palabras; aunque, por otra parte, no hería los sentimientos de mamá y ella podría estar feliz aunque yo no—, es genial.

Sentí nuevamente como si el piso se desmoronara ante mis pobres e hinchados ojos, no podía creer que la situación resultara tan perversa como para concederle el privilegio a mi madre de verme entre el montón de locas y desbocadas chicas agobiando a Mordecai. Por un momento consideré la patética posibilidad de seguir inventando más y más pretextos, pero recordé lo mala actriz que era cuando estaba bajo presión y tomé en cuenta que mi madre, además de ser una experta mintiendo, también era experta en desenmascarar las mentiras, por lo que el plan era suicida. Repentinamente pensé en papá, era mi último recurso para salvarme de ir, pues él no estaba muy de acuerdo con ese tipo de cosas.

—Mamá —dije con algo de malicia—, ¿crees que papá esté de acuerdo en que salgamos tan tarde? —deposité toda mi confianza en aquella leve oportunidad para permanecer en casa.

—No te preocupes, querida —dijo muy segura de sí, lo que arruinó mi último plan—; si no quiere, yo lo puedo convencer —aseguró guiñándome el ojo.

—Genial —le dije, con rabia por dentro de que mi insulso plan no hubiera resultado—, entonces, papá va por tu cuenta —me volvió a guiñar el ojo, lo que me puso aún más furiosa aunque no pretendiera demostrarlo.

Se aproximó mientras nos levantábamos del sillón de la sala y me estrechó fuertemente con un abrazo. Yo no lo correspondí muy convencida, pero, ¿qué podía hacer ahora? Sólo quedaba la resignación.

—Voy a cocinar de una vez para que nos vayamos los antes posible —dijo mientras se alejaba con su elegante andar hacia la cocina.

Cuando intentaba subir las escaleras llegó papá.

Papá era un señor muy apuesto, muy galante; era alto, muy alto; de piel blanca, ojos verdes, facciones muy finas, las cejas muy pobladas pero bien delineadas; cabello café oscuro, muy oscuro; la mayor parte del tiempo tenía una expresión seria. No era efusivo, pero lo admiraba mucho: como persona era excelente, como profesionista igual, y como padre era incomparable; tal vez no fuera muy demostrativo, pero era comprensivo y cuidadoso.

Era catedrático en una universidad muy prestigiada de la ciudad y una persona incomparable a quien quería mucho.

—Hola, querida —se dirigió hacia mamá y se agachó para besarla con suavidad—; ¿cómo estás?

—Bien, querido —contestó mamá—; ¿no vas a saludar a Laila? —preguntó algo confundida.

—Claro, por supuesto —sonrió tímidamente—; ¿cómo me podría olvidar de mi pequeña? —dijo mientras se aproximaba a mí—. Hola, pequeña; ¿cómo te fue en la escuela?

—Muy bien, papá, gracias —sonreí desabridamente—. Mamá, ¿ya le dijiste a papá sobre la salida? —solté maquiavélicamente.

—No, querida, aún no —me respondió cálida y tranquila mientras papá nos veía intrigado—. Por cierto, querido; pues es que, si sabías, vino aquí a la ciudad un actor muy famoso a firmar autógrafos, y Laila y yo —me llené de rabia en ese instante, pues no había sido exactamente mi idea, sino de ella— queríamos ver si podríamos ir; claro, si no te incomoda —le sonrió coquetamente.

—Bueno, por mí no hay ningún problema, la situación es que no veo a Laila muy convencida —¡gracias al cielo! Hasta que alguien comprendía que yo no tenía la menor intención de ir a esa horrible firma de autógrafos, daba gracias de que mi padre fuera tan observador—. Laila, querida, ¿tú quieres ir?

—Pues, verás —noté que mamá se sentía segura, y no quería recibir una regañiza por haber mentido para no herir sus sentimientos. ¿Quién entiende el mundo de los adultos?—. Sí, quiero ir —dije mordiéndome la lengua, y así perdí mi última oportunidad para quedarme en casa.

—Bien —sonrió papá—, pues sería un excelente regalo de cumpleaños, ¿no crees, Laila?

“¡Rayos!”, mascullé hacia mis adentros; con tanta presión en la semana había olvidado por completo que el día siguiente sería mi cumpleaños número 16. No lo recordaba, me sentía aturdida, y mucho. Además, me llené de tristeza porque recordé que en mi cumpleaños anterior mi primer novio se había marchado con su familia a Baja California Sur debido al trabajo de su papá; él había pasado mucho tiempo conmigo. El recuerdo me formaba un nudo gordo en la garganta, pues hacía un año él me regaló un hermoso reloj con 12 pequeñas estrellas de concha, que el estúpido de Carlo rompió cuando jugábamos fútbol; recordar ese día me ponía furiosa, aunque recordar la cara de mi ex novio me llenaba de tranquilidad y seguridad. Él fue muy bueno conmigo, pero, para mi desgracia, se tuvo que marchar, dejándome un vacío en el corazón. No había vuelto a saber de él. Nada, decía hacia mis adentros, y la palabra retumbaba como un eco, lacerando cada una de las paredes de mi delicado corazón; ni una carta, ni un SMS, simple y sencillamente nada. Él decidió terminar conmigo hacía unos cinco meses pues pensaba que una relación a distancia sería demasiado problema. Entre Orizaba, que es donde vivo, y Baja California Sur, hay una distancia muy, muy, muy larga; como si se tratara de polos opuestos. Yo no lo veía como un problema, pero él sí, así que tuve que resignarme; además, tenía un extraño presentimiento, llamado “prima Lori” y que vivía también en Baja California Sur. Ella me comentó que él se había enamorado de alguien más. Me dolió hasta donde yo lo permití; no me importó mucho, pues ya me había empezado a enamorar del malvado de Carlo; ahora me arrepentía...

—¡¿Laila?! ¿Sigues ahí? —me gritó papá. No había caído en cuenta de que mis ojos se llenaban de gruesas lágrimas—. Laila, ¡¿qué te pasa, querida?!

—Nada, es que me acordé de Sigfrid —reaccioné prácticamente en automático, pues no había reparado en el nombre de mi ex novio—. Es que no he recibido ni una llamada de él desde que terminamos —noté el rostro confundido de mis padres, preocupados por mi bienestar emocional—. ¿Estará bien?

—De seguro que ha de estar muy bien —aseguró mamá algo preocupada—, lo que pasa es que las llamadas desde Baja California Sur hasta acá —hizo una pausa y una mueca con la boca, sacando toscamente aire—, ¡uf!, deben ser muy caras.

—Sí, es lo más seguro —respondí aún desilusionada y pensativa—. Bueno —dije torpemente—, voy a subir a mi cuarto para hacer la tarea.

—Claro, Laila, pero no me has dicho si quieres ir o no, y no te demores, porque tienes que poner la mesa —me gritó cuando ya subía las escaleras. No presté mucha atención.

—Claro, “sí quiero ir” —yo era más falsa que una moneda de cobre pintada de oro, lo que no fue de mucha importancia.

Subí las escaleras de dos en dos con la cabeza en las nubes, y al final de tres en tres. Sentí como si las piernas se me fueran a salir de su lugar, pero no me importó el dolor; pensaba en Sigfrid y cómo permití que termináramos; pero, bueno, no es provechoso vivir en el pasado, es mejor vivir en el presente.

Cuando por fin llegué a mi cuarto tenía ganas de encerrarme para ponerme a llorar; Sigfrid había sido, hasta entonces, mi único y verdadero amor. Él me llegó a querer como nadie me había querido en lo que llevaba de vida. Cuando me enamoré de Carlo intentaba olvidarme de él, pero mi plan fracasó, pues Carlo sólo jugó conmigo; en esos momentos él ya no me importaba, pero, aún así, revolví cinco o seis cajones hasta encontrar la dichosa libreta de decepciones amorosas. La abrí despacio, cuidadosamente. Quería gastar el tiempo para aparentar que hacia la tarea. Eran las 2:27, aún faltaba para bajar a escombrar y poner la mesa. No permitiría que alguien me descubriera, así que me acerqué a la puerta y le puse el seguro.



Capítulo 4: Decepciones y más decepciones


Corrí al interior de mi habitación y me tendí suavemente en el suelo, ahí estaba mi libreta, algo rota y con algunas hojas desprendidas, pero aun así conservaba el inconfundible olor a tristeza. Me sentía algo incómoda en el suelo, así que me levanté con la libreta y me pasé a la cama, me acurruqué junto al unicornio de peluche y la abrí nuevamente. Decidí leerla toda para perder más tiempo. Ahí estaban las hojas, la mayoría llenas de tristeza tras tristeza, nostalgia y dolor. Aun con la presencia de tanta tristeza en mi habitación quise seguir adelante; empecé a leer cuidadosamente, repasando mis torpes garabatos de niña de primaria, cuando todavía me encontraba en los sucios cuartos del orfelinato:


26 de marzo/2005

Hoy me encuentro en quinto de primaria, nunca antes me había enamorado de alguien tan lindo como Seth, es muy lindo conmigo, pero aun así me da desconfianza. La madre Ana nos dice que “El amor es una llama con mucho fuego alrededor”, nunca lo he entendido ni sé qué tiene que ver con esto, pero me gusta cómo suena =D


Reí mientras leía esa experiencia, recordaba a Seth —la mayoría de mis ex compañeros tenía nombres raros, incluyéndome a mí—, había sido lindo pero... siempre existe el pero...


17 de abril/2005

Seth era —tiempo pasado— lindo, ahora me doy cuenta de que con las personas —y más con los chicos— no hay que ilusionarse. Cuando no has conocido a las personas… Prefiero ya no seguir, me estoy poniendo peor aunque no quiero que me afecte....


Ahí estaba el pero, ésa era la primera vez que me enamoraba, recuerdo vagamente cómo me prometí no volver a desilusionarme ni a ilusionarme con tanta facilidad...


30 de mayo/2006

Sé que me prometí no volver a enamorarme tan fácilmente. Cuánto me decepciono, soy un fiasco en promesas de enamoramiento, no logré cumplir mi propósito, Edwin me enamoró ahora que ya vamos a salir de sexto. Me enamoré de él, es mucho más lindo que Seth y supongo que él sí me va a saber valorar, hasta creo que me va a pedir la próxima semana que sea su novia, ¡claro que le daré el sí!


Las tripas me crujieron, no tengo el poder de la predicción, ¡claro que eso no fue lo que pasó! Pasó todo lo contrario...


4 de junio/2006

Esto sí que va de mal en peor, ¿qué hay de malo en mí? ¿Qué es lo que hago mal? Perdí a Edwin, mi presentimiento fue un fiasco. ¿Por qué no tengo suerte en el amor?, esta promesa es definitiva ¡¡¡NO ME VUELVO A ENAMORAR Y PUNTO!!!


Si cumpliera todas las promesas que me hice en esa libreta… ¡uf! Me cansaría de leerlas todas y aparte mi conciencia me gritaría: ¿por qué no cumpliste esas promesas?, ahora no estarías como estás No, ni pensarlo, no tenía intención de leer todas las que me hice desde la secundaria hasta ahora, preferí leer lo que escribí acerca de Sigfrid:


12 de diciembre/2007

Sigfrid es muy lindo conmigo, ya llevamos más de una semana saliendo, es la persona más linda que he conocido...


No, definitivamente no quería seguir leyendo las cosas buenas que viví con él, prefería dejar que el tiempo las arrastrara, a fin de cuentas, para olvidarlas. Decidí cerrar la libreta de golpe para buscar en mi maleta un lapicero y anotar lo sucedido con Carlo; no tenía muchas ganas, pero ingenuamente suponía que cuando creciera podría convertirlo en un libro. Disfrutaba hacer castillos en el aire acerca de escribir un libro sobre mi vida, le pondría Parches en el corazón. Cuando repetía el título me provocaba una risa extraña, el nombre de mi supuesto libro retumbaba en mi cabeza: Parches en el corazón. Según yo, cuando lo escribiera me haría famosa, conocería a alguien que me valorara y se lo restregaría en la cara a todos esos ineptos que no me supieron apreciar.

Por fin terminé de fantasear con mi libro y me decidí a escribir acerca de Carlo, pensé por algunos minutos cómo plasmarlo, di varias vueltas en la cama ordenando lógicamente mis ideas, hasta que por fin encontré la forma:


23 de febrero/2009

Cuánto tiempo sin escribir en esta pequeña libreta, mi última libreta. Sigfrid encontró otro amor en BCS. Aunque me dolió en cierta medida, encontré un dizque nuevo amor, y fue nada menos y nada más que el simplón de Carlo de quien me llegué a enamorar; me ilusioné mucho, pero al final comprendí que no me merecía una persona como él y no tenía caso sufrir por alguien que solamente jugó con mis sentimientos. Bueno, pero eso ya no importa, lo importante es que estoy viva, estoy con mis padres y mis seres queridos, no falta nada en mi cuerpo, y por eso debo ser feliz. Además: “¡no esperes a ser amado para ser feliz!” =D. Estoy segura de que algún día llegará una persona que me va a querer mucho. ¡¡¡Hasta pronto!!!


En algunas partes había apretado tanto el lapicero que rompí ligeramente la hoja; decidí relajarme, ¡no valía la pena! Me sentí muy satisfecha de mí, como si se me hubiera quitado un peso de encima; me sentía simple y sencillamente feliz; era una chica muy afortunada, por ello me debía sentir contenta: era aplicada en los estudios, era buena en los deportes, era algo así como “simpática” por dentro y por fuera; tenía dos manos, no estaba postrada en una cama, tenía a mis seres queridos conmigo; tenía millones de motivos para ser feliz, muchos más que para estar triste.

Me levanté de la cama, me estiré y sonreí; abrí las cortinas, vi el sol hermoso como siempre, me daba en la cara como una gran lámpara, estaba feliz, muy feliz; decidí no sentirme angustiada por ver a Sara o a Carlo, o a las amigas de Sara, que eran igual de fastidiosas; no tenía nada que temer, no había cometido un crimen, no les tenía miedo; yo podría estar ahí, divirtiéndome como si nada.

Bueno, aunque aún estaba el punto Derek, había algo en él que me hacía sentir cierto temor; repasé una y otra vez sus palabras. Él se puso al principio algo exigente con su petición, pero luego la cambió más bien a sugerencia en vez de orden tajante; además, ¿qué de malo podría pasar si salía por unas horas?, no creo que una bestia gigante, que sólo yo pudiera ver, se apareciera, me comiera y escupiera mis huesos; “¡no, claro que no!”, repetí bajito en mi cabeza. No lograba imaginar otra explicación que no fuera la de la bestia gigante para que Derek me previniera de salir de casa... aunque también analicé la posibilidad de que Derek fuera producto de mi imaginación y que en esos momentos también me hubiera imaginado a Carlo. Era lo más patético que había pensado hasta ahora, pero, ¿qué otra explicación le das a alguien que no ves más que tú? La siguiente idea que tuve fue aún más patética, ¿o más lógica?; podría ser que Derek fuera un alma en pena que me viniera a salvar de un espíritu maligno —¡cielos, tengo una mente demasiado ilógica!—, también podría ser, y hasta ahora no tenía ninguna otra idea; analicé los puntos y decidí escribirlos en mi libreta:

¿Seré una persona rara?, no tengo mucha suerte en el amor. Bueno, pues hoy me ha ocurrido lo más raro de mi vida: encontré a una persona que sólo podía ver yo; por más que insistía que estaba allí, Carlo no la percibió. Sólo yo la escuchaba, sólo yo la admiraba...

Bueno, siempre creí que había algo extraño en mí, pero pensé que lo que pasaba era que no me gustaba relacionarme con los demás, no que viera cosas que no existían, ¡eso era imposible! Bueno, creo que es mejor escribir mis ideas antes de que me ponga histérica:

#Derek es muy, muy guapo —¡¡ay!! ya me estoy comportando como “ellas”, pero no lo puedo negar.

#Sólo puedo verlo yo.

#Carlo es un inepto —eso es obvio, pero creo que es mejor no omitirlo.

#Si me pongo a actuar como una loca, diciendo que existe alguien que sólo yo puedo ver, segurito me llevan al manicomio, y además, me quedaría ahí hasta que admitiera que “Derek no existe”.

#Las chicas de mi escuela no me tienen mucho afecto, empezando por Sara y sus amigas, que son las payasas “Cazadoras de chicos”.

#Soy buena en deportes, ¡me encantan!, la mayoría de las chicas de mi edad no sabe el significado de la palabra “deporte” y piensa que ir de compras es uno de éstos... Bueno, hay muchos más motivos, pero prefiero conformarme con éstos.

Conclusión: No soy extraña, los extraños son los demás, yo soy perfectamente NORMAL...

En esos instantes escuché la voz de mamá, gritando como siempre desde las escaleras.



Capítulo 5: Sombras, voces y golpes


—¡Laila! —se detuvo unas milésimas de segundo—, baja a poner la mesa —ahora fue con más dulzura.

Me apresuré a cerrar la libreta y guardarla en un lugar seguro, pensaba qué lugar sería conveniente; ¡eureka!, en mi guardarropa. La puse debajo de la ropa, después abrí con desgano la puerta quitando primero el seguro, me dirigí a las escaleras torpe y apresurada.

Cuando llegué a la sala seguí deprisa a la cocina, donde se hallaban los manteles y los cubiertos; abrí bruscamente el cajón y saqué cuatro manteles y sus correspondientes cucharas y tenedores; amontoné todo en mis brazos como me fue posible, caminé unos dos metros y llegué al comedor, que era muy colorido: lo decoraba una cenefa de flores, pequeñas, medianas y grandes —adoraba esa cenefa—, en el centro estaba la mesa ovalada, cubierta con un mantel rojo, bordado a mano por mi bisabuela; era muy bonito y lleno de vida. No me entretuve admirándolo pues percibí las miradas impacientes de mamá y papá —no había notado su presencia cuando entré—; puse los manteles en su lugar: el mío del lado derecho, cerca de la puerta, el de papá enfrente de mí, el de mamá junto, a su izquierda, y el de mi abuelo a mi izquierda.

—Laila, hoy tu abuelo no va a estar con nosotros, se fue al DF con tu tío por la mañana —dijo con cierta nostalgia en los ojos.

—Está bien, mamá; entonces, ¿me llevo de regreso su mantel?

—No, hija —me dijo un poco más animada—, lo que pasa es que tu hermano habló y dijo que posiblemente vendría a la ciudad. Lo más probable es que llegue en unos minutos, pues habló por la mañana. No te dije porque estábamos viendo lo de la salida...

—¡Genial! —grité con gran entusiasmo, pues hacía mucho que Rex no venía, desde que se fue a la universidad en Puebla—. No sabes cuántas ganas tengo de verlo —le dije con una sonrisa sincera, la primera desde que me levanté por la mañana.

Salí del comedor sintiéndome feliz, pues mi hermano siempre había sido como mi mejor amigo; él era muy alto, de tez —al contrario de la mía— morena, sus ojos eran grandes y café intenso, sus pestañas muy largas y chinas, su nariz muy parecida a la mía, sólo que ligeramente más recta, y era delgado; mucha gente aseguraba que él también era adoptado, pero yo nunca lo creí. Yo lo quería mucho pues podría ser el ejemplo de hermano mayor, no podría haber pedido otro, no lo cambiaría por nada del mundo.

Sumida en mis pensamientos oí a lo lejos el timbre de la casa, al principio lo confundí con el timbre del vecino, pero al sonar la segunda vez con mayor insistencia corrí a la puerta; al abrirla de sopetón sentí inmensa alegría, pues quien llegaba era Rex. Estaba ahí, frente a mí, a sólo unos pasos de distancia, con una sonrisa de oreja a oreja; quedé petrificada, no había visto su rostro desde hacía tres meses. Había crecido mucho, ahora me sobrepasaba por más que antes y yo apenas le llegaba a la oreja; sin embargo, había algo raro en la escena, que no lograba reconocer pero que ahí estaba: una voz muy familiar, que no era la de Rex, repetía constantemente mi nombre, y había una sombra tras él que no era la suya...

—Laila —me dijo, cerrándome la boca que tenía abierta sin notarlo—, ¿cómo has estado? —esperó algunos segundos, pero yo seguía petrificada—. Vamos, contesta, no muerdo.

—¿Rex? —mis ojos se llenaron de lágrimas mientras me abalanzaba a abrazarlo—. Te he extrañado mucho desde que te marchaste, no te vuelvas a ir, ¡promételo!

—Vamos, tontuela —me dijo son de broma—; no me podía perder el cumpleaños de mi hermanita consentida, pero, ¿por qué no mejor entramos para platicar con más calma?

—Está bien, pero esto no se quedará así —lo amenacé mientras él me extendía algunas maletas, poco pesadas, para que le ayudara.

—Claro, claro, todo a su debido tiempo —balbuceó mientras entrábamos.

Cuando llegamos a la sala mamá y papá esperaban para recibirlo.

—¡Rex!, querido, te extrañamos mucho —gritó mamá eufórica mientras le tendía los brazos.

—Yo igual, mamá, los he extrañado mucho —le dijo consolándola.

—Hijo —dijo papá, firme como siempre—, qué gusto tenerte aquí.

—Gracias, papá —contestó mientras se zafaba suavemente del abrazo para no herir los sentimientos de mamá—; yo también me alegro de verlos —agregó mientras le tendía la mano. Papá aceptó dársela con cordialidad.

—¿Qué les parece si pasamos al comedor y platicamos? —invitó mamá con una gran sonrisa.

—¡Qué gran idea! —celebró mi hermano.

Entramos todos juntos en el comedor. Mamá y papá hablaban con Rex sobre la escuela, los maestros y demás, mientras la extraña voz seguía retumbando en mi cabeza. La sombra no parecía muy bien formada y la escena se repetía una y otra vez, como en un ciclo; no podía sacármela de la cabeza, era borrosa pero a la vez nítida, como si el fuego pudiera ser caliente y frío a la vez. Ocupé mi lugar habitual, me sentía todavía en trance, la sombra y la voz me causaban escalofríos. “No te asustes, Laila, sólo son una voz y una sombra, pueden ser alucinaciones”, me repetía en la mente una y otra vez, aunque con un tono realmente muy poco convincente; ni yo misma creía que mis palabras tuvieran sentido: Derek, la sombra, la voz... “¿Me estaré volviendo loca?”, pregunté hacia mis adentros


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