Excerpt for Libro II: La Caída by Luis Casanare, available in its entirety at Smashwords

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LIBRO II: LA CAÍDA





by

Luis Casanare



2010





SMASHWORDS EDITION



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ISBN: 978-1-257-05358-2


PUBLISHED BY:

Luis Pineda on Smashwords.com

luis.casanare@gmail.com



Libro II: La Caída

Copyright © 2010 by Luis Casanare



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A mi padre, quien me enseñó el verdadero significado del fracaso.





Luis Casanare



TABLA DE CONTENIDO







LA GUERRA DE LOS MUNDOS

EL MAÑANA ESTABA EN EL AYER

EL AMOR NUNCA MUERE

NAVEGANDO EN EL VACÍO







PROLOGO





Todos nuestros fracasos son en realidad fracasos en amar y en ser amados.

Amar implica desvanecerse; este libro está dedicado a aquellos que tanto se preocupan por llegar a ser alguien ante los demás, pues se están negando la posibilidad de realizarse a través del amor.

El autor presenta de forma emocionante y desgarradora el dolor que nos produce el haber fracasado en obtener el efecto que hubiésemos querido sobre un ser amado.





LA GUERRA DE LOS MUNDOS



Dios hace muy pocas apariciones en la vida de los hombres, y, cuando las hace, normalmente ellos lo agradecen muchísimo. Sin embargo, multitud de veces Dios no se manifiesta abiertamente sino veladamente… en muchas ocasiones, Él contempla a uno de estos personajes con el pelo blanco, demacrado, pálido, encorvado y con los hombros caídos huyendo de su destino, y no puede decir sino lo que muchos otros seres humanos ya han dicho al contemplar al mismo personaje en otras situaciones: «Pobre imbécil». Los hombres, por supuesto, no le escuchan, y Dios no se preocupa por ello; si no han escuchado antes ninguna de sus señales, mucho menos lo van a hacer ahora que están prácticamente acabados…; éste no es el Gran Dios, sino un dios menor que han colocado ahí, a cargo de esta parte del universo desde hace un poco más de doce mil millones de años, y la verdad es que ya comienza a aburrirse; con tanta estupidez, la estadía no es tan soportable. Su misión es lograr que las criaturas de esta parte del universo sientan permanentemente la existencia de un Poder Superior. Existir ante un Poder Superior es un anhelo constante. Y este sólo hecho mantiene en la civilización el equilibrio necesario para que no todo se convierta en un baño de sangre…; esta parte del universo es extremadamente peligrosa y sanguinaria, porque opera bajo el paradigma de las emociones… O sea que, en esta área del universo, el espíritu conquista a la materia y la trata de organizar a punta de emociones, y éstas producen algunos resultados pero, a su vez, generan más emociones que, igualmente, producen otros resultados… y así hasta el infinito, en una cadena continua de acciones que estos seres llaman sus recuerdos. Este fenómeno en el tiempo les hace olvidar la muerte y les mantiene la ilusión de estar logrando algo por ellos mismos; les da un sentido de continuidad, los mantiene al interior de un drama, los hace partícipes de un acto soñado al cual llaman vida… lo cual, sin lugar a dudas, es absolutamente ridículo e imposible… Este dios, tan pronto regrese su superior del comando central de la Orden Azul de la Estructura de las Almas hijas de La Luz a hacer una visita, en un par de miles de millones de años, pedirá, obviamente, un cambio de actividad.

Nunca logré entender por qué los hombres, en particular, agradecen de tal forma la aparición o la manifestación de un Poder Superior. En mi concepto, las muy pocas veces que llega, lo hace muy tarde… Tomemos como ejemplo el caso de Caín y Abel, tan conocido en la historia… ¿Cuántas veces?, ¿cuántas miles de veces Caín imploró la fuerza para hacerlo y la fuerza para no hacerlo? Millones de veces. Al final su vida se le convirtió prácticamente en eso y en sólo eso; a cada instante suplicaba a Dios que lo frenara o que lo impulsara, que se lo permitiera o que se lo impidiera… hasta que, en medio de la más terrible locura y el más infame dolor, no tuvo otro remedio que dejarse llevar por el impulso… ¿O el caso de Job? ¿O el de Jonás? Y el de tantos… ¿Cuántas veces? ¿Cuántos millones de veces ellos le pidieron a Él que les diera una luz?, que les explicara, que les sugiriera, que los consolara, ¿cuántas y por cuánto tiempo?… Una ballena se tragó a Jonás en un descuido, e incluso cuando ya no era sino el sobrado de un animal, todavía suplicaba… y así ha sido para todos… cuántos millones de veces los pobres desesperados en la más profunda incomprensión e incredulidad suplican, imploran, lloran para que se les permita continuar con sus vidas sin molestar a nadie… ruegan y oran para que se les arranque del destino fatal, de las garras de la maldición que fuerzas oscuras están continuamente armando en su contra, y entre más adoloridos y confundidos se encuentran, más anhelan y esperan que el Poder Superior se manifieste… y es ahí cuando la más mínima cosa, la más pequeña brisa, les hace pensar que se trata de una manifestación divina; entonces lo agradecen hasta el infinito desde lo más hondo de sus pobres corazones.



El ingeniero Torres se había convertido a sí mismo en el símbolo del fracaso. Cada mañana se levantaba protestando no sólo por sentirse fracasado sino porque consideraba que no poseía realmente nada… y también consideraba que, como no tenía posesiones, entonces estaba en peligro… No había nada que lo rodeara y lo protegiera, que se situara entre él y los demás; ellos, en cualquier momento, podrían venir directamente contra su cuerpo… No había logrado ninguno de sus sueños. El mundo había sido injusto con él… Él formaba parte de esa gran masa de gente que no tiene nada, que son explotados por los otros, que viven con el miedo de ser despedidos y atropellados, que son continuamente rechazados e insultados sin poder contestar de vuelta las ofensas… Era uno más de esos a quienes les tocaba aguantar… Es curioso, pensaba Torres, como el mundo se divide entre los que se rodean de muchas personas y cosas y tienen quién los proteja, pues todos aquellos que son sólo una extensión de sus posesiones los protegen, y los que no tienen nada ni a nadie… nada que los proteja y los aísle… Los primeros, por las extensiones de sus dominios, son invulnerables; los segundos dependen de un poder superior que los ampare… Y como por esta época el Poder Superior es más bien escaso en sus manifestaciones, entonces su supervivencia depende de que alguien con poder y posesiones los utilice… Y, sin embargo, Torres pensaba que él había hecho siempre lo que se suponía que debería haber hecho; siempre había sido serio, callado y responsable, había estudiado, se había graduado, se había casado con una bella mujer, tenía dos hijos muy juiciosos, había realizado estudios superiores, tenía varios grados, había ocupado posiciones importantes en multinacionales… y ahora trabajaba con ese loco que parecía a punto de estallar en cualquier momento y que no lo respetaba para nada… Estaba seguro de que Luis Rosales no había hecho ni la mitad de los estudios que él había realizado, estaba seguro de que ni siquiera se encontraba actualizado en las últimas tecnologías, eso se notaba. A menudo, Luis Rosales decía puras estupideces en las reuniones… y, no obstante, cuánto poder tenía y cuánta riqueza lo rodeaba… y parecía que cada día su riqueza crecía y crecía… Él, Torres, se hubiera conformado con sólo una parte de ella, ya se hubiera parado y les hubiera dejado sitio a otros… Bueno, quién sabe… ser cada vez más y más rico es muy atractivo… quién sabe… A lo mejor hubiera subido muy alto si tan sólo las cosas se le hubieran dado.

Aquella noche, el ingeniero Torres había soñado que era una inmensa margarita que se marchitaba bajo un sol candente. Esta gran flor se mecía y despedía sus miles y miles de hijos al viento. Cada partícula de polen podría, eventualmente, convertirse en un hermoso jardín, y él, en forma de flor, seguía entregando generosamente sus hijos al viento, al destino, a la vida, para que cada uno se convirtiera en una hermosa pradera. Y, sin embargo él, encarnado en flor, sentía que nada de eso iba a ser posible; todos sus descendientes iban a ser quemados y arrastrados entre las piedras ardientes, se iban a morir de sed, el viento los iba a estrellar contra las rocas… ninguna de sus creaciones iba a tener algún futuro… día tras día, él, convertido en planta, intentaba hacer que sus creaciones perduraran, pero la vida era muy injusta, en aquel planeta soñado la vida era cruel y despiadada y sus esperanzas se agotaban a cada instante… Entonces ¿qué sentido tenía la vida?… ¿para qué vivir si ni siquiera iba a poder entregarle al mundo sus creaciones?, creaciones que, si surgieran, iban a fascinar por su extrema belleza y duración… que tendrían una vida eterna… Entonces, ¿para qué vivir?, ¿de qué valía ser una madre cuidadosa, cariñosa, valiente y arrojada que entregaba sus hijos, sus preciadas creaciones a una muerte súbita e implacable?… El ingeniero Torres se había despertado aquella noche sudando, preocupado y con una molestia en la boca del estómago… ese dolor que había sentido desde que tenía memoria; en cada día de su existencia, lo había acompañado un cierto sentimiento de preocupación. Aquella noche, como tantas otras veces, se había levantado, y ahí sentado en el sofá de la sala de su apartamento había pasado unos momentos en la oscuridad pensando en su vida… amaba a su esposa y a sus hijos, eso era seguro, pero nunca se había sentido tranquilo en el mundo… su día a día había sido un arrastrarse entre el temor de sentir amenazada su supervivencia y la frustración de no haber triunfado… A menudo se sentaba en la madrugada con un vaso de agua entre sus manos y se preguntaba, ¿Dios, por qué no lo logré?, ¿qué fue lo que hice mal?… Él era amable y cortés, él y su esposa habían conservado las buenas maneras, a pesar de todo y en cualquier situación… Mal comportamiento no había sido la causa, y falta de formación tampoco… Se había esforzado por estudiar y aprender las últimas técnicas y metodologías de gerencia… Hasta hace unos pocos años, siempre se había dicho que ya llegaría, llegaría la tranquilidad, algo pasaría y habría suficiente dinero por el resto de la vida y todos lo respetarían y lo amarían… Pero desde hacía un tiempo, le había tocado aceptar que sencillamente eso ya no se daría; era imposible que, a su edad y ya saliendo del mercado del trabajo, algún milagro de esos fuera a ocurrir… No; ya estaba perdido, su fracaso no tenía reversa… Ni siquiera entendía cómo es que no había perdido a Helena… Cómo es que ella había soportado toda la vida a este fracasado…

Contrario a lo que le pasaba a muchos otros hombres en la misma situación, el ingeniero no lloraba. No… Sólo se le aceleraba la respiración, se le encogía el pecho, se le dilataba la úlcera en el estómago y sentía un sabor amargo por no poderse ver de manera distinta a la de un completo fracasado. El ingeniero no comprendía qué era lo que no le había funcionado en su estrategia de vida.

En su estrategia de vida, el ingeniero Torres había esperado toda su existencia que algún hombre de poder lo adoptara, lo protegiera, lo nombrara segundo, lo pusiera encima de los otros… Y entonces él, en retorno, le hubiera dado todo su saber, sus buenas maneras, su estilo… Lo hubiera representado adecuadamente en el medio, lo hubiera hecho inmensamente rico y poderoso, le hubiera expandido su imperio… A veces, el ingeniero sentía un nudo en la garganta…; todo el mundo hubiera sabido que había sido por su habilidad e inteligencia que su protector se había hecho tremendamente rico y poderoso… Obviamente, con el primer personaje que había intentado esta estrategia había sido con su adorado padre. Hubiera hecho lo que fuera, se hubiera esforzado al máximo, si tan sólo su padre se lo hubiera pedido… si tan sólo… su padre… el nudo en la garganta parecía que fuera a explotar… lo hubiera protegido y amado… lo hubiera hecho grande entre los hombres… sí, sólo a cambio de un poco de protección … si tan sólo su padre le hubiera demostrado que lo necesitaba y que lo apreciaba… él le hubiera entregado todo en retorno… toda esa fuerza que llevaba por dentro y que no había podido salir… Eso era todo lo que hubiese necesitado.

La verdad es que su padre nunca lo determinó ni para esa misión ni para ninguna otra remotamente parecida. Su padre lo amaba y no lo consideraba un idiota, pero tampoco lo veía como un posible actor en el mundo de sus negocios… Y entonces sucedió lo que tenía que suceder; después de ese fracaso en hacerse notar por su padre, que en su momento consideraba un hombre de poder, el joven ingeniero había tratado de proyectar, de ahí en adelante, en cada uno de sus jefes esta imagen de ser a la vez necesitado, protegido y erigido en grande… Pero nunca se le hizo realidad y, según él, la vida nunca le había dado esa oportunidad… Lo cierto es que jamás se la había ganado tampoco. Cada vez que en su vida había aparecido lo que consideraba un hombre de poder, él había reiniciado con renovado entusiasmo el consabido ciclo; esto es, propósito de entrega, propiciación, trabajo, invalidación, rechazo y separación… o, más exactamente, echada, y luego dolor y desamparo.

El ingeniero Torres, en lo profundo de su mente calculadora, sabía que algo bueno de no tener ninguna propiedad, es decir de ser todavía pobre y vulnerable, era que, de esta manera, el encuentro con el supuesto hombre de poder que algún día iba a llegar a su vida a resolverle todo, iba a ser más claro… Dicho hombre iba a detectar de inmediato la oportunidad de su aparición e iba a reconocer más el valor del encuentro… Iba a apreciar el impulso y la necesidad de entrega de Torres… y lo iba a adoptar inmediatamente… Y así, a su vez, él, Torres, iba a quedar en deuda con este hombre de poder… y su lealtad y entrega iban a ser más reales, más sinceras y más puras, por así decirlo. En este sentido, se podría decir que Torres era muy femenino.

Este acto que soñaba con alguna recurrencia, de una madre lanzando sin esperanza sus creaciones a un viento despiadado que los estrellaba contra unas piedras candentes bajo un sol ardiente, era sólo un residuo que le había dejado el hecho de haber pasado en su formación por el reino vegetal y que, evidentemente, formaba parte de las memorias y patrimonio histórico limpiamente ganado por todos los seres humanos. Lo preocupante, en el caso de Torres, era que ni siquiera había podido llegar ahí; a sentirse como una madre lanzando a la vida sus creaciones, nunca había llegado ni siquiera al punto de engendrar creación alguna, mucho menos de entregarla o lanzarla al viento.

Bueno, y ya que nos encontramos en este proceso de encontrar lo falso en lo falso del pobre Torres, vale la pena resaltar algo adicional que en los últimos años estaba sucediendo en su vida; esto era que, a medida que su sentimiento de fracaso se acrecentaba, pareciera que, sin él darse cuenta, estuviera compulsivamente intentando establecer nuevos tipos de relaciones con ciertas mujeres. Estas relaciones estaban orquestadas, en gran medida, por el mismo acto de protección y poder, sólo que, en ellas, él jugaba el rol del hombre fuerte; se acercaba a las mujeres esperando que lo reconocieran como protector, exigiendo máxima lealtad y entrega, y permitiéndose el usarlas a su antojo como un verdadero ser de poder lo haría… sintiendo que, por el sólo hecho de haber ido a su rescate, además de haber cumplido ampliamente con su parte, tenía derecho a someterlas de cualquier forma que se le antojara. Esto último, claro está, matizado por el hecho de que él se sentía más culto, más estudiado, de mejores maneras y de más clase que la mayoría de las mujeres que le aceptaban este juego.

Furtivamente, pero con cierta periodicidad ineluctable, digamos tres o cuatro veces durante cada uno de estos dos últimos años, el ingeniero Torres había seguido peligrosa e inconscientemente el siguiente patrón de comportamiento: se desplazaba a prostíbulos donde, con detenimiento y cuidado, seleccionaba una presa que esperara ser rescatada. Tan pronto la descubría, la entusiasmaba, le simulaba que sufría por el hecho de que ella estuviera ahí atrapada, y generosamente le ofrecía un poco de ayuda. El ingeniero jamás proporcionaba la ayuda suficiente para realmente liberarla, pero lograba sacarla un par de meses de esa vida, periodo en el cual recibía toda la gratitud y todo el simulacro de amor que su acto requería… Y a la vez obtenía todas las condiciones para usarla conforme a sus antojos y fantasías… Pero después de un plazo razonable, léase en un máximo de dos a tres meses, varias cosas pasaban; una que siempre sucedía era que él se daba cuenta de que amaba a su esposa, lo cual a menudo se le olvidaba y la vida siempre se lo volvía a recordar; es de admitir que, ciertamente, el ingeniero amaba a su esposa. Otra cosa que sucedía era que, casi de forma totalmente involuntaria, al ingeniero se le olvidaba la mesada de su nueva enamorada… O no le alcanzaba sino para la mitad… o cosas así… que él lograba que parecieran siempre totalmente justificadas… Después de todo, no ganaba mucho y, en cambio, sí tenía que ocuparse de una familia verdadera… Estas acciones hacían que su enamorada se diera cuenta de que la ayuda, que tan generosamente recibía y que tanto había valorado, no le alcanzaba ni para pagar el arriendo y los gastos mínimos… y entonces, después de un apasionado y doloroso desprendimiento, ella regresaba a continuar su aprendizaje en el oficio en que anteriormente se desempeñaba…, y él… él quedaba con la conciencia un poco más limpia, pues había intentado hacer el bien…; no sólo había tratado realmente de salvar a alguien, sino que finalmente le había sido leal a su esposa… y esto era lo que, de todas maneras, había que terminar haciendo, se decía Torres… Claro, también había disfrutado de nuevas y elaboradas fantasías… y había quedado otra vez libre y solo con sus problemas… lo cual era el resultado más correcto posible… Hay que recordar que el ingeniero tenía, ante todo, una mente puramente calculadora… y así, en medio de tanta racionalización acerca de estar haciendo o no lo correcto, volvía a su vida aburrida y sin sentido… y a su estúpida espera de alguien que lo llevara al éxito.

Si bien el dios de esta parte del universo, en cumplimiento de su misión, les hace sentir a todos los seres que existe un Poder Superior, lo cual es vital para el sostenimiento y la continuidad de la vida y de esta civilización, es bueno aclarar que se trata de un dios bastante pasivo. Insisto: no estamos hablando del Gran Dios, sino de un dios menor que han puesto a cargo de este lado del mundo, o sea de la parte donde el espíritu anima a la materia a través de descargas de emociones, lo cual hace de este universo un escenario particularmente primitivo y violento… De vez en cuando, dice expresiones como «Pobre estúpido» o «Yo se lo dije» o «Era de esperarse» y cosas así, pero no interviene directamente en la vida de los seres de forma particular. No puede. Alteraría el juego. Ya no sería tan divertido ni para Él, ni para nosotros… En cierto sentido, Él ya está haciéndolo todo; está en todas partes y detrás de cada acción, es el tanque universal de pensamientos, o la Conciencia Universal a la cual se refieren algunos, o el Espíritu eterno, o como usted quiera llamarlo. En Él se refleja el universo y, por consiguiente, está en el corazón de cada ser viviente mirando, gozando la animación de la materia por el espíritu desde trillones de ángulos diferentes… Todo esto en un sólo instante eterno y únicamente para su recreación, por así decirlo. El mundo que se percibe desde los ojos de cualquier criatura viviente es por Él y en Él…, quien no solamente almacena todos los pensamientos que hay y ha habido en la historia del hombre y de toda criatura de esta parte del universo desde hace doce mil millones de años, sino que en Él residen las almas encarnadas y no encarnadas; es decir, esos paquetes prediseñados y en formación que componen el corazón de cada hombre… Lo que quiero decir es que, cuando un hombre se muere, su alma, el paquete impulso de todo lo que no pudo ser y de todo lo que más quiso ser y nunca alcanzó, es absorbida por Dios. Y luego, cuando un nuevo bebé está listo para recibir el soplo divino, la identidad de un ser humano, uno de esos paquetes impulso desciende y comienza a tratar de continuar donde iba; tratar de continuar siendo ante los ojos de Dios y, sobre todo, ante los ojos de los otros… En resumen, Él lo es todo, aunque realmente no haga nada, pues no tiene que ser ante nadie: Él es por quien todo se hace, todo se ve y todo se oye.

Toda esta teoría de un Dios a cargo de la dimensión espiritual de esta parte del universo, es sólo para decir que si bien Torres es un pobre idiota, en el fondo de su corazón también se encuentra Dios, y, por lo tanto, el ingeniero tiene derecho, por así decirlo, a una redención; de hecho es lo que continuamente busca, sin siquiera saberlo… También es cierto que, por increíble que esta afirmación parezca, de Torres depende el mundo entero, ya que él existe porque el mundo existe y viceversa. Quiero decir que así como cada átomo es responsable de mantener la construcción y la dinámica del universo entero, de Torres depende a cada instante la cohesión del entero tejido humano y, como digo, por increíble que pueda parecerle a algún desprevenido lector, también en el corazón de Torres algún día florecerá el amor, una conciencia en un mayor estadio de libertad… esa es la Ley y así es de esperarse para cada hombre y mujer de esta tierra.

Este pensamiento, loable, y por demás cierto, de que Torres es sólo un átomo más del tejido humano totalmente ligado al resto del universo, nos lleva a otra pregunta todavía más práctica y no menos importante que todas las anteriores, y ésta es: ¿pero qué tanto le importa al sol y a las estrellas que Torres amanezca esta madrugada muerto de un ataque de nervios? Obviamente que la respuesta ya la sabemos; ni el sol ni las estrellas se darían cuenta de ello. Porque si bien es cierto que todo en el universo se encuentra estrechamente ligado a todo, y que nada puede acontecer sin que antes haya sucedido todo lo que ya sucedió… también es cierto que hay unas inmensas tuberías de desagüe del universo donde se vierten a cada instante millones de deshechos, incluyendo almas humanas que ya no sirven o no se necesitan, o que a alguien se le olvidó que existían… Y también es cierto que, por las tuberías de alimentación, llegan a la vez millones de nuevos seres a la vida. Por lo tanto, hay tal abundancia de vida, transformación y muerte, que a quién le podría importar en sí la historia de un pobre idiota como Torres… Esa historia de que Tú eres único y, por consiguiente valioso, y Él te mira, tiene dos caras… Sin embargo, es de esperarse que, de todas maneras, algún residuo del ingeniero perdure, o por lo menos intentemos, por un momento, verlo así. Sobre todo si consideramos que, para llegar a tener esta mente tan calculadora, Torres debió pasar por un largo proceso evolutivo que prácticamente lo hace un genio al lado de otras criaturas humanas.

Es obvio para cualquier observador, que Torres, como casi todos los ingenieros, tiene un problema con la construcción y mantenimiento de los universos en los cuales se involucra. De hecho, uno de los problemas más importantes que tiene es, justamente, que no quiere asumir la propiedad y la defensa de un universo propio; quiere, como tantas mujeres, insertarse dentro del universo de otro para que le brinde la protección adecuada… Claro que su padre no tiene nada que ver en eso, y como decían unas señoras conocidas de mi madre, eso había venido con él a este mundo. Esta particularidad de no querer asumir un universo propio hubiera sido considerada, en otro contexto y hace muchos millones de años, como una demostración de una gran sabiduría. Pero hoy en día, cuando poseer un universo es casi lo mismo que ser, es una enorme desventaja que le complica la existencia al ingeniero.

Helena, por su parte, vivía su propio sueño de mujer moderna. Ella pertenecía a un universo genérico poseído por muchas mujeres a la vez; éste es el de las señoras de casa que aunque pareciera que no hacen mucho, mantienen un hogar y, sobre todo, están constantemente haciendo lo correcto. Lo cual es otra forma de decir que siempre tienen la razón. Este universo de señoras, en el cual se refugian muchas mujeres que huyen de la agresividad sexual y de la violencia de los hombres, es un mundo apacible donde se vive con relativa tranquilidad siempre y cuando el marido se encargue de mantener, de alguna manera, el sueño vigente… O sea que, por extraño que pueda sonar, uno podría decir que Helena era el vestido que le permitía al ingeniero mantenerse en un espacio social donde algún día aparecería el hombre de sus sueños, y a la vez Torres era la playa perdida donde Helena se sentaría apaciblemente a esperar la muerte.

Helena sentía, cuando su marido le hacía el amor, que al encuentro le faltaba cierto vigor; no es que ella fuera una experta ni nada de eso, válgame Dios, no faltaría más, pero de lo poco que se acordaba de su adolescencia, le parecía que los encuentros sexuales tenían, por lo general, mucha más energía. Era como si su marido se sintiera sin derecho a ella. Esto, claro está, podría deberse al respeto y amor que él le tenía. Además, pensaba Helena, pobrecitos los hombres que se casan teniendo que aguantarse y conformarse siempre con la misma mujer… Era prácticamente justificable que los pobrecitos fueran tan infieles… No Jorge. Claro, Jorge no tiene ojos para nadie más.

Helena no comprendía que los hombres que no están dispuestos a construir y mantener un universo a través del cual ser, tampoco se sienten poseedores de sus mujeres. Por ejemplo, en el caso de este ingeniero, él sólo se siente dueño de una mujer si la posee como a él le hubiera gustado ser poseído; por un hombre de poder. No estoy hablando de homosexualidad, o quizá sí, pero lo que quiero decir, es que cuando Torres juega el rol del hombre fuerte en un prostíbulo, emana de él esta energía que a su esposa le hubiera causado tanto placer.

Este alternarse entre personalidades dominantes y dominadas es una situación estándar en el mundo de los hombres, pues proviene desde cuando, tiempo atrás, la vida comenzó a aprender sobre el control, creación, dominio y hurto de universos… y, claro está, no hay universo de hombre alguno que no contenga, de alguna forma, una o más mujeres… Lo cual nos lleva, inmediatamente, al continuo y sutil hurto de mujeres que se da permanentemente entre los hombres. Como dije antes, uno puede pensar que, el no tratar obsesivamente de poseer y mantener un universo, es de alguna manera una posición más libre e inteligente, más socialista, por así decirlo… Y entonces, en ese sentido, se podría concluir que Torres es un alma más libre e independiente que Rosales. Sin embargo, la lucha por la supervivencia hace que las experiencias de vida sean más valoradas y aparentemente más llenas de energía para Rosales que para su empleado.

Lo que más le molestaba a Luis Rosales del ingeniero Torres era su pusilanimidad. Para él, esto estaba más allá de toda comprensión; Torres tiene el conocimiento, sabe lo que pasa, conoce los métodos para ejecutar y reparar, es cortés y bien intencionado y, sin embargo, todas, absolutamente todas las situaciones se le salen de las manos. Con Torres los proyectos y las acciones que se le asignan quedan irremediablemente a la deriva… y Luis Rosales sabe que a la deriva realmente no hay nada en este mundo; Alguien desde las sombras, alguien desde atrás y a través de los otros, siempre logra llevar las cosas adonde quiere, las cosas no se dañan porque sí, sino porque alguien está trabajando para que así sea. Se requiere de mucha intención y actividad el echar por tierra cualquier cosa. O sea que los proyectos a cargo de Torres van a la deriva por una aparente falta de dirección, pero la verdad es que van justamente hacia donde alguien más quiere que vayan.

Una de las funciones de un director de proyectos es justamente esa; detectar quién se opone al éxito de un proyecto. Si al menos trajera esa información, él podría hacer algo al respecto. Pero no. Ni siquiera de eso es capaz este idiota. Si no fuera porque el contrato exige a alguien con esos títulos, ya hacía rato que lo habría despedido. Las situaciones y atrasos le explotan en la cara en los comités de seguimiento. El cliente se aprovecha de los atrasos para pedir más cosas y el grupo de ingenieros hace lo que se le da la gana al ritmo que se le antoja. ¿Qué hacer?, al principio Rosales pensó que sólo era una falta de autoridad y que, si lo empoderaba delante de todos y amenazaba a quien no siguiera las instrucciones de Torres, iba a ser suficiente. Fue peor; parecía que Torres tenía vergüenza hasta de ser jefe. Luego había pensado que era responsabilidad de la multinacional donde Torres había trabajado por varios años; Esas multinacionales necesitan, en estos países, tipos dóciles, que sean estúpidos y que no pregunten mucho, no vaya a ser que se den cuenta de los sobornos y de los problemas de calidad de los productos, las multinacionales castran a ciertos ejecutivos… Pero el caso de Torres era patético; si no se atrevía ni a confrontar un cliente en un comité de seguimiento del proyecto, mucho menos iba a poder encubrir, resolver y sostener una situación no óptima a los ojos de un cliente durante varios meses. No, Torres sería un fracaso hasta en una multinacional. Empezando porque como director; a todas las peticiones de los clientes diría que sí y eso sería catastrófico para cualquier proyecto… Una vez había visto a su esposa; era una mujer linda y orgullosa, con gusto se lo hubiera metido contra el espaldar de un sillón en su oficina… Pero a Luis Rosales no le gustaban las mujeres casadas y menos casadas con idiotas… ¿Cuál era el misterio de Torres?, se preguntaba a menudo, sobre todo cuando salía molesto y preocupado de un comité de seguimiento donde los atrasos, los problemas de calidad y los costos le explotaban en la cara… Torres era excesivamente cortés con las mujeres; se le iba la mirada triste detrás de las nalgas de casi cualquiera que fuera bonita. A lo mejor esa era su arma de seducción; a punta de cortesía se las comía a todas… quizá hasta a Carolina, su secretaria privada… No, no lo creo… y, además, qué me importa… Ya un par de veces lo había regañado duramente en público, y ésta de hoy iba siendo al menos la tercera. Cualquier otro, por orgullo, le hubiera tirado el cargo. Pero Torres, todo asustado, le decía que sí a todo y bajaba la cabeza. Pobre idiota. Ahora sí que menos iba a poder tomar el control del grupo asignado al proyecto. Le había pedido que no enviara ninguna comunicación al cliente que no hubiera sido previamente revisada por él, pero no, enviaba las comunicaciones que el cliente mismo le pedía que le enviara. Era un verdadero peligro… Al terminar la reunión, le pidió que fuera a su oficina, lo hizo sentar, cerró la puerta y le dijo, No más, no podemos seguir, tú no me entiendes… La voz le temblaba de la ira. Le hubiera gustado pegarle un puñetazo en la cara. Pero para qué se desgastaba; Torres ya no valía la pena, no era rescatable y Luis Rosales siempre seguía sus impulsos. No había manera de que alguien pudiera hacer algo para que no fuera así… No puedo seguir contigo, no nos entendemos, te ruego que estés un mes más para que firmes algunos papeles de cara al cliente, pero yo voy a tomar el control del proyecto. Desde ahora necesito al grupo de jefes del proyecto cada lunes a primera hora en mi oficina y, por favor, comienza a buscar otro trabajo… Luis Rosales nunca permitía que las personas que despedía se quedaran en la empresa; prefería pagar una indemnización para que se fueran inmediatamente. Pero en esta ocasión necesitaba a Torres para que firmara algunas actas del contrato; era muy difícil conseguir a alguien con todos esos grados y supuesta experiencia, y así era como el cliente lo exigía; si no ponía a alguien de esas características, el cliente tendría una excusa para detener el proyecto y los costos de eso serían insostenibles. A Torres se le aguaron los ojos y su jefe, por un instante, tuvo el impulso de decirle algo más… él sabía que algunas veces había ayudado a mucha gente. Incluso, en algunas ocasiones, le había sucedido que con sólo decirle algo a una persona, le había cambiado una idea fija o algo así. Pero no, con Torres era imposible. Lo único que iba a lograr era hacerlo sentir peor. Torres nunca iba a aceptar que toda su vida profesional había sido una mentira y, sin esto, no había nada que hacer. Para cualquier cambio interior en Torres, éste tendría que ser el punto de partida, que su vida había sido una estúpida farsa, pero enfrentarse a eso requería a una persona mucho más fuerte que Torres. No, no lo haría, no le diría nada… Además, Torres estaba a punto de llorar. Cualquier cosa que le dijera iba a hacer catarsis y qué pereza. A Luis Rosales le gustaba cuando una mujer bonita lloraba en su oficina, contándole algún problema o pidiéndole ayuda; inmediatamente se imaginaba haciéndole el amor en diferentes posiciones mientras ella lloraba. Era un juego mental y nada más. Pero un hombre llorando en su oficina era un fastidio.

Torres a duras penas podía contener las lágrimas. La verdad es que amaba a ese hombre. Hubiera dado cualquier cosa por haber tenido la décima parte de la autoridad que Rosales lograba sobre un grupo; con sólo entrar en un salón y tomar la palabra se volvía el centro de atención, la gente sentía su presencia y de él se irradiaban sus emociones sin esfuerzo, afectando a casi todos los presentes. Le gustaba su voz, su seguridad, su capacidad de tomar decisiones sobre la marcha, sin siquiera tener todos los datos, su velocidad, su capacidad de riesgo… ¡Dios!, los dos hubieran hecho un buen equipo; Torres con su conocimiento y su estilo, sus buenas maneras, y Rosales con su fuerza y su decisión. Se sentía ante su padre, ante Dios, ante la representación del poder que siempre había esperado, y una vez más todo se había ido por la borda, y seguro que era culpa suya, ¿de quién más podía serlo? Vaya si le dolía, y ni siquiera tenía palabras para decir nada. Seguramente iba a abrir la boca e iba a decir cualquier estupidez, como siempre. Seguramente iba a decir algo que no reflejaba para nada ni lo que estaba sucediendo ni lo que sentía… por Dios que era duro ser como él era… Entonces, Torres dijo No sé, doctor, quizá me falta un poco de tiempo, se han hecho algunos progresos; al principio me tomó tiempo enterarme, pero creo que se han hecho algunos progresos. Ponía la mejor sonrisa, pues ante todo no podía perder la compostura. Así pensaba. Siempre había pensado así. Sin embargo, estaba totalmente abatido y sin esperanza…; Claro está, doctor, que hacemos lo que usted diga… Había vivido tantas veces esta situación que ya ni siquiera se acordaba de alguna en específico. Además, había dicho lo que siempre decía; había pedido tiempo y había negado la situación; era incapaz de ir más allá, era absolutamente imposible que alguna vez dijera otra cosa… ¡Por Dios que era un completo estúpido! Es posible, le interrumpió Luis Rosales, es posible, pero usted sabe cómo son los proyectos, no dan espera. Además, éste es muy corto. No podemos tomar más riesgos; debemos realizar el cambio inmediatamente. Quizá en otra oportunidad… pero, por ahora, yo creo que debemos hacerlo así… Rosales se puso de pie decidido a no darle más espera; Si este idiota me dice algo más, voy a tener que agarrarlo a patadas… De todas maneras, le agradezco mucho su interés. Yo sé que usted ha hecho su mejor esfuerzo, pero ya sabe cómo son los proyectos; a veces las cosas se dan y a veces no. Yo no tengo ninguna duda de, que bajo otras circunstancias, tal vez en otro ambiente, usted pueda dar excelentes resultados… Por Dios, qué mentira, pero ya me siento mejor por haberlo echado… Le tendió la manó y se dirigió decidido a la puerta y, al llegar a ella, la abrió y llamó en voz alta a su secretaria Carolina… Más directo para dónde… Torres, con el corazón contraído y las manos sudorosas, se despidió con una mueca y salió totalmente abatido. En la escalera se encontró con doña Martha, la esposa del doctor Peralta. El doctor Peralta ya casi no venía. Torres se había encontrado con doña Martha un par de veces y le había impresionado profundamente la belleza de sus ojos claros, puros e inocentes. Se recompuso un poco y la acompañó hasta el ascensor… Martha, al despedirse, no pudo contenerse y le apretó el brazo cariñosamente diciéndole Siempre habrá días mejores… Torres no comprendió por qué doña Martha, una mujer tan elegante y bella, le apretaba el brazo casi delante de todo el mundo, pero se alegró profundamente por ello. Y así, en medio del dolor de haber perdido a Rosales y a su trabajo, y la alegría de haber obtenido una mirada especial de aquella bella mujer, se dispuso a recoger sus cosas e irse para su casa. Por aquél día todo estaba más que consumado, pensaba Torres con inmensa tristeza.

El pobre de Torres no comprendía que Rosales, sin saberlo, estaba mucho más atemorizado que él; el terror de Rosales estaba más oculto y, por consiguiente, era más dañino, porque él, como tantos otros, le tenía terror a quedarse sin universo, a contemplar un mundo en llamas, convertido en rocas, sin especies y vacío. Entonces más se demoraba en despertar Rosales en cualquier escenario que en comenzar a construir obsesivamente cosas a su alrededor; sentía una profunda culpa porque alguna vez, en su proceso evolutivo, el universo entero se había quedado completamente en llamas y vacío, y él debería haber hecho todo para evitarlo. Actuaba entonces compulsivamente; empujando a todo el mundo, asegurándose de que él estaba construyendo algo y destruyendo a quien se opusiera o no contribuyera a los logros que se proponía. Tenía una vista bastante estrecha de la vida; no comprendía que antes de que él llegara, el planeta se encontraba ya completo. Al planeta, lo único que le sobraba, eran justamente los ingenieros de su tipo. Y, si no fuera por ellos, los ingenieros del tipo de Torres vivirían más felices y se les haría menos daño a las especies y al planeta.

Hay diferentes maneras de agotar un planeta con vida y de acabar con sus especies; pero esta de estar creyendo que si no se construye continuamente algo se está en un grave peligro, es una de las peores y de las más engañosas y malignas. Su peligro, justamente, radica en que bajo la cobertura de la mayor construcción, está siendo realizada la mayor destrucción. Y entonces los políticos, los religiosos y los periodistas, que usualmente no ven más allá de sus narices, al esconderse detrás de estos grandes constructores con la idea de aparentar el impulso de la especie y la orientación de las conciencias, sólo están institucionalizando y preparando el gran escenario de rocas y llamas perdidas en el vacío.



*****



Martha estaba al borde del desespero con su marido en casa. Desde que había regresado de Europa, Andrés ni se afeitaba. A duras penas se bañaba. No hablaba. No respondía. Y a veces se le veían los ojos llenos de lágrimas. Qué fastidio. No podía entender qué podría haber pasado. Cómo podía existir algo que hubiera producido semejante cambio. Martha le había preguntado varias veces Pero… ¿Roberto está bien? Sí, muy bien… Pero ¿va a venir? No, no creo que ya vaya a volver nunca… Pero no entiendo por qué no habría de venir, ¿está enfermo?, ¿se volvió loco?… No, realmente está muy bien, pero ya no nos necesita, está logrando todo lo que siempre había querido… Pero ¿por qué estás triste? No, no estoy triste… Pero mira cómo has cambiado… Sí, es verdad, necesito un cambio… Y a eso se habían limitado sus diálogos en tres meses. A menudo, Andrés se quedaba a dormir en el estudio, y prácticamente hacía como si ella hubiera dejado de existir. No había vuelto a traer dinero a la casa y ya en dos ocasiones le había tocado a ella ir a cobrarle a Luis Rosales unas cuentas atrasadas; le había dicho al ingeniero que algo había pasado con Roberto, y que Andrés se encontraba un poco deprimido. Rosales había respondido Es la edad, necesita un cambio, quizá necesita una novia… Esas habían sido sus palabras, Todo está bien, no te preocupes, Andrés es un hombre muy inteligente… Martha sabía que con Rosales todo siempre estaba bien, pues él no necesitaba a nadie. Si algo o alguien le faltaba, sencillamente lo reemplazaba… ¿Qué voy a hacer?… Yo soy una señora ya grande, o sea; no una gran señora pero sí al menos una mujer elegante y madura… Con esto, Martha quería decir que era una señora que andaba en carros lujosos y que iba a centros comerciales a gastar en cosas que nadie necesitaba… Pero ¿ahora qué voy a hacer? ¿Qué haría si Andrés se volvía loco?, ¿o si continuaba deprimiéndose?, ¿o si se pegaba un tiro?, ¿o si la echaba a ella? Dios, qué locura, ella no iba a descender en la escala; ya había recorrido un largo camino desde que era una pobre y simple provinciana hasta donde estaba. No, de ninguna manera. Dios, pero ¿y qué haría cuando se acabara el dinero?, ¿por qué se había metido con un abogado? Siempre andan con triquiñuelas, siempre resultan comportándose de forma retorcida y extraña… Si al menos estuviera con un ingeniero… Son hombres más prácticos, así como Torres… pobre Torres, siempre en movimiento, al mando de muchos hombres… Creo que hasta dirige el proyecto del puerto, y entiendo que ese es uno de los más importantes, quizá el más importante… Pobre ingeniero, le toca aguantarse los regaños de Luis Rosales, dicen que grita y que cuando está enfurecido trata mal a la gente… Además, parece tan dulce y educado… siempre se inclina, abre las puertas, espera, sonríe, parece tan atento, tan suave y tan flexible pero a la vez tan decidido… Esa sí era una combinación perfecta; un hombre de brazos fuertes, de poder, pero también un hombre que sabe escuchar, permanecer atento y ser amable. Alguien que puede guiar suavemente a los otros hacia los objetivos. Un hombre de mundo… Además, Torres siempre estaba pendiente de ella… Martha se sintió extrañamente excitada y humedecida… Qué delicia, hacía tiempo que no lo sentía, qué bello que era ser mujer… De verdad que este Torres le agradaba, vaya, vaya… Bueno, pero por ahora no había tiempo para pensar en esas cosas; todavía no era el momento de tomar medidas desesperadas… O quizá sí lo era, ¿quién sabe?… De todas formas, no podía continuar de esa manera, era imposible. Pronto la plata se acabaría. Las cosas no estaban como para que ella se detuviera; todavía era una mujer joven y, hasta donde lo entendía, tenía su encanto… Podría hacer feliz a cualquier hombre. Había viajado y conocía del mundo. No, las cosas no podían pararse ahora, estuvieran donde estuvieran… Todavía era joven y bella. Además, tampoco es que fueran realmente ricos; la plata no aguantaría para retirarse todavía… No, su mejor solución seguía siendo Andrés. Ella lo acompañaría. Lo animaría. Le haría ver lo importante que era seguir viviendo. Lo consentiría y le haría sentir de nuevo el placer de tener a una mujer, a una como ella… Sí, permanecería en su casa y lucharía, lucharía contra el mal; ese maldito mal que se le había metido en el corazón de su noble marido. Ese mal que amenazaba con interrumpirle su ciclo de vida. No, no lo permitiría.

Cuando Martha entró al apartamento, sintió el olor a sudor de su esposo, Qué desgracia, pensó. Ahora hasta en su casa tenía que aguantarse los malos olores de Andrés; hacía días que no se bañaba. Al fondo sonaba un concierto de Brandemburgo de Bach; él ya no escuchaba sino esto y las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Lentamente y sin hacer ruido se acercó al estudio. La puerta estaba abierta. Su esposo estaba tirado en un sofá adormilado. Había una botella de whisky Sello Dorado por la mitad. Él nunca tomaba otra cosa. Sobre el escritorio había un papel con la letra de Andrés. Martha nunca había fisgoneado en las cosas de su esposo, pero esto se trataba de una emergencia. La vida entera se había convertido en una emergencia. Se acercó y leyó sin hacer ruido:



«El planteamiento de Shakespeare podría llegar a ser uno de los más profundos que se ha hecho el hombre en toda su historia; Ser o No Ser, esa es la cuestión… Quizá esta pregunta tiene más profundidad que muchas de las palabras a las que han llegado varios profetas pues, en efecto, es necesario Ser antes que plantearse cualquier pregunta sobre divinidad alguna… Sin embargo, yo creo que Shakespeare se equivocó intensamente en una cosa; algo que han pasado por alto la mayoría de sus biógrafos y analistas de su obra; y esto es que es imposible Ser sin antes haber llamado a la existencia al No Ser… Porque, entonces, ¿ante qué o quién Ser si no es ante un No Ser…? Nunca cobra tanto peso el Ser que cuando el No Ser tiene más fuerza… En efecto, morir tratando de Ser, es lo mismo que morir sin haberlo alcanzado, es decir, es un morir dentro del No Ser… Esto quiere decir que entre más se esfuerza un hombre en Ser, más trae a la existencia un No Ser que le haga frente a su Ser… Por consiguiente, la vida del hombre no tiene solución y no existe la más mínima posibilidad de que algún día llegue a Ser Feliz, pues la felicidad, efectivamente, es un estado de Ser que, como tal, ha engendrado, desde el primer instante, el No Ser, que va a ser su desgracia y su verdugo. La pregunta de Shakespeare ha debido ser entonces, Ser y No Ser, lo cual ya no sería una pregunta…»



Su marido no había acabado el texto, pero ahora sí que no necesitaba más pruebas para saber que realmente se había vuelto loco. Es decir… ¿a quién carajo le importa qué son, el ser o el no ser?, o lo que fuera… por Dios, pero es que son increíbles las cosas por las que le toca pasar a una… Tenía todo tranquilo, había luchado por esa paz, por ese hombre, por esos logros… ¿Y ahora?… Este tipo se había perdido, perdido en túneles estúpidos e incomprensibles para cualquier mente… a quién carajo le importaba, o cuánto le iban a pagar por enredarse entre dos palabras que ni siquiera eran dos palabras sino la misma, sólo que a una le había antepuesto su negación… ¿qué carajo aportaba eso a alguien?… Debatirse entre el azul y el no azul, para todos los efectos, es la misma mierda… Martha casi nunca decía malas palabras, pero esta vez la ira no la dejaba en paz… Debatirse entre hombre o mujer, pues vuélvase marica… ¡Por Dios!, esto sí que es increíble… Sería medianamente comprensible que se enloqueciera por un dolor, por un abandono, por otra mujer, por un accidente, en fin, hay tantas cosas insoportables por las cuales enloquecerse… pero no me vengan a decir que mi estúpido marido se está enloqueciendo por sus ideas de lo que es y de lo que no es… ¡no es posible, por Dios!… Y ahora ¿qué voy a hacer?… Martha cerró el estudio y se fue al cuarto. Lloró durante unos diez minutos y luego se levantó con aire de haberlo resuelto todo. Tomó el teléfono y le marcó a Luis Rosales… Todo el mundo le marcaba a Luis Rosales cuando se encontraban en crisis; Luis, Luis, qué pena molestarte… pero es que creo que Andrés sí se está volviendo loco… Pero ¿por qué dices eso, mujer?… Él estaba dormido y yo leí unas cosas que había escrito, y no tienen ningún sentido… estaba borracho…, ya ni se baña… no sé qué hacer, ayúdame por favor… Luis pensó un poco; era una situación de ventaja… Me la podría comer si quisiera… Pero no le gustaban así bajitas y sin cintura, aunque tenía buen rostro, buenos labios… Quizá una chupada, pero no, qué pereza tanto problema… Entonces le dijo: Él está en crisis, mujer, a los hombres inteligentes les dan crisis de vez en cuando en su vida, sobre todo a los que están en la búsqueda. Andrés ha sido un hombre muy inteligente y nunca ha parado de buscar, tú lo sabes, tienes que darle tiempo… Pero no sé, es tan extraño para mí vivir esto… Ya la zorra lo quiere abandonar, pensó Rosales…, Y dime, ¿viste si ha escrito otras cosas?… No, no miré… Bueno, es importante que veas si además de cosas filosóficas, por así decirlo, comienza a escribir pendejadas sobre su vida; eso sí podría convertirse en un problema… Martha entendió la amenaza y adivinó la misión que le iba a encomendar… Debes estar pendiente; donde comience a escribir una especie de diario o algo sobre los negocios que ha tenido, debes avisarme… Sí, sí, le musitó ella… Pero no te preocupes, mujer, Andrés ha superado muchas cosas. Además, por aquí todo está bien, déjalo descansar, hablamos… Sí, hablamos… Chau, Chau… Ajá, pensó Martha, es obvio que Luis Rosales le teme a los secretos que Andrés sabe.

La posición de Martha era que se encontraba cómodamente instalada en el universo de su marido, y no estaba dispuesta a perder esta comodidad. La posición de Andrés era que se había quedado sin universo; al salir de él Roberto, se había quedado sin ningún apoyo y se estaba derrumbando. La posición de Roberto era que le pertenecían prácticamente todos los universos. La de Torres era que no quería poseer ningún universo. Y la de Helena era la de flotar en casi cualquier universo.

Torres había salido de la oficina desde hacía más de media hora y conducía sin rumbo por las calles, envuelto en su horrible sentimiento de derrota. Desde que había conocido a Helena, no había dejado de amarla y de sentirse terriblemente culpable por haberse convertido lentamente en lo que él creía que era; un completo fracasado… Y ahora ¿cómo le diría que se había vuelto a quedar sin trabajo? No quería ni imaginar sus bellos ojos tristes mirándolo con compasión y a la vez perdonándolo en el acto… Y ¿qué cara le pondría a Juanita y al pequeño Tomás?… Se imaginaba arrastrando a diario una mueca de frustración y miedo por toda la casa… No sabiendo cómo contestar a sus preguntas… Les estaba fallando con respecto a su futuro… ¿Cómo portarse como un líder en su casa? y, al mismo tiempo, ¿cómo siquiera intentarlo?… Oh, Dios, si pudiera terminar de una vez con todo… Torres nunca se había confesado a sí mismo que, en el fondo, siempre había estado anidado en su pecho un profundo deseo por suicidarse. No se atrevía a tener el pensamiento. Siempre llegaba hasta ahí. Hasta donde estaba ahora. Hasta un pensamiento de desespero y de no saber qué hacer con su vida. Y luego se detenía. Pero una sombra oscura a la que nunca le había permitido hablar, se anidaba allá en su pecho. Una sombra que tenía que ver con un ¡no más!, no quiero más, hasta aquí llego con todo… Era inevitable. Se tomaría un par de whiskys; necesitaba cambiar la forma en la que estaba mirando su vida, así no podría llegar a casa.

Efectivamente, el ingeniero Torres condujo hacia una zona de la ciudad donde la vida nocturna no escaseaba, e inició la noche tomándose dos tragos dobles rápidamente. No alcanzó a terminar el segundo cuando ya la ciudad despertó ante sus sentidos; hacía un par de minutos no escuchaba ni siquiera la música, únicamente el discurso de fracaso y derrota de su mente. Pero ahora, por el efecto del alcohol, no sólo la música lo invadía sino que las luces, la gente y las mujeres que había a su alrededor, aparecieron ante sus sentidos y los recrearon. Bueno, después de todo, no era la primera vez que se quedaba sin trabajo… Por otra parte, él no era bruto, realmente sabía las técnicas de su profesión y, cuando le tocaba, era capaz de hacer largas jornadas, recuperar la ventaja o tomar ventaja sobre los otros trabajando dieciocho horas al día. Además, hay que confiar en la vida, dejarle el control al más allá… El ingeniero decidió pedir una botella. Llamaría a alguien. Había que celebrar el que se hubiera desconectado de ese impulso depresivo.

Torres no quiso admitir, en ese momento, que esta desconexión de su problema y de su depresión no era más que aparente. Tampoco quiso acordarse de que, al menos dos veces al año, durante esta última media década, el ingeniero comenzaba a tomar alcohol para olvidarse de algún problema, sobre todo de su estado depresivo, y que bajo un aparente espíritu de celebración, se intoxicaba hasta perder el sentido y se metía en sitios peligrosos, con personas peligrosas, y que prácticamente había sido un milagro que en aquella ciudad y bajo esas circunstancias no hubiera ya amanecido gravemente herido o muerto.

En esas ocasiones, le había dicho a Helena que se había quedado dormido en un bar o en la casa de un compañero de trabajo y que, al salir, le había sucedido algo de lo cual no se acordaba. Luego, rápidamente trataba de olvidar para no pensar en el riesgo que había corrido. Era verdad que ni él mismo sabía el peligro al que se había expuesto, pues en esos casos no se acordaba sino de la primera parte de la noche; no sabía si se había acostado con alguien o no, ni si se había metido en un prostíbulo de mala muerte o no, y ni siquiera sabía cómo había hecho para conducir sano y salvo hasta su casa.

Usualmente, al siguiente día el ingeniero sentía terror y escalofríos al contemplar el rostro de la pequeña Juanita y pensar qué hubiera sido de ella si a él le hubiera pasado algo grave. Entonces se juraba que eso jamás volvería a ocurrir, que todo no había sido sino un lamentable accidente y que gracias al Dios bendito no le había pasado nada, y que el Dios bendito lo había cuidado y que, claro está, por ningún motivo eso iba a volver a ocurrir en toda su vida.

Como se mencionó, en los últimos años Torres le había sido, esporádicamente, infiel a su bella esposa… Es sólo con unas pobres prostitutas y sólo de vez en cuando, se decía Torres, y continuaba con su vida. Sin embargo, a veces, un extraño aguijón se emponzoñaba en su pecho; era la culpa y la incomprensión de su estúpida compulsión… Algo que lo mortificaba, era que cuando se acostaba con alguna mujer de esas que él conseguía, llegaba a su casa sintiéndose sucio e incómodo, y entonces se acostaba al borde de la cama y por un tiempo se mantenía a cierta distancia de Helena, evitándola durante el día… Pero tan pronto sucedía lo inevitable y volvía a hacer el amor con Helena, sentía que se purificaba y que realmente nada había pasado… O sea; sí había pasado lo que había pasado, pero ya no importaba tanto, ya su bella esposa, con su amor y su entrega, lo había redimido, ya ella, como siempre, le había casi borrado las huellas y el mal olor, ya estaba de nuevo libre y casi sin culpa.


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