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Caminos y encuentros

by

Rose Marie Tapia

SMASHWORD

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Editora-autora

Título: Caminos y encuentros

Copyright © 2000 by Rose Marie Tapia

Nota de edición:

Se reservan todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de esta obra puede reproducirse por ningún procedimiento electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin autorización expresa de su autora.

DEDICATORIA

Para mamá, la mejor de las madres, cuyo ejemplo ha sido mi norte en el camino. Nunca la olvidaré y siempre estará presente porque, aún en los momentos más difíciles, supo conservar la esperanza a toda prueba.

Su vida fue llena de virtudes, plena de la bondad de su corazón y de la dulzura de su carácter, fue amada por quienes la conocieron. Su recuerdo será grato y su memoria siempre bendecida.

Para Brígida del Carmen, esa anciana, humilde, comprensiva y buena, que nos acompañó espiritualmente en nuestra lucha inspirada por la justicia, la libertad y la democracia en nuestro país. Brígida llegó a ser para todo el grupo, ese ángel de la guarda, que nos brindó su protección y cariño en todo momento.

PRÓLOGO

Nuestro peregrinaje por la vida es un maravilloso viaje en busca de respuestas que den sentido a nuestra existencia. Durante el recorrido nos vamos desprendiendo de nuestros equipajes (los apegos) y es en ese momento que sentimos la presencia de Dios. Ese itinerario lo podemos hacer guiados por la fe, el amor y la esperanza; avanzando llenos de alegría y gozo o podemos hacerlo acompañados de nuestros egoísmos y apegos; quejándonos y dando vueltas en círculos sin poder avanzar. De esa forma no encontraremos respuestas y nuestro equipaje será cada vez más pesado. Soltemos esa carga que no nos permite avanzar.

Tenemos que desprendernos de nuestros miedos, nuestros rencores, nuestras culpas y nuestros egoísmos. Al abandonar el peso, ese viaje dejará de ser una tarea tediosa y se convertirá en una misión fascinante, plena de significado. Al tener conciencia de todas estas maravillas que se van revelando, la vida jamás será igual. La parte más sorprendente de este viaje es cuando tomamos conciencia de que no estamos solos, y que nunca lo estuvimos.

1

Una serie de extraños e inexplicables acontecimientos tuvieron lugar una mañana del mes de junio de 1970. Estaba hospitalizada en la sala de cardiología del Hospital General del Seguro Social, por un problema de taquicardia, cuya causa no se había determinado. Salí de mi habitación y vi en el pasillo a una mujer morena, trataba de desplazarse en una silla de ruedas que no lograba mover. Su rostro reflejaba frustración, miedo, desconcierto y una enorme indefensión. Me acerqué a ella para asistirle y, como si la conociera de toda la vida, le dije que me permitiera ayudarla. Levantó su mirada, y con un gran escepticismo objetó.

—¡Cómo que una blanca va a servir a una negra como yo!

—¿Cuál es tu nombre? —pregunté.

Desorientada por su respuesta le hice esa pregunta para ganar tiempo, sentía como si la conociera de toda la vida. La mujer respondió sin mirarme, en voz baja.

—Me llamo Josefina.

La miré directamente a los ojos y le expliqué que nuestra misión en este mundo es la del servicio. Insistiéndole en que me dejara ayudarla, la conduje hasta el baño y después regresé con ella a su habitación. Allí comenzó nuestra gran amistad, dos mujeres, tan diferentes y tan parecidas.

Había llegado al hospital hacía tres días y me habían internado por carambola, sólo para hacerme un electrocardiograma, como resultado de aquella taquicardia indeterminada. En una prueba de esfuerzo durante el examen, me desmayé y cundió el pánico. Los médicos no quisieron arriesgarse y me hospitalizaron, y allí estaba yo, ingresada por sorpresa o a lo mejor, por el destino.

Lo que más me impresionó, al llegar al hospital, fue lo impecable, lo limpio que estaba todo. Se sentía el olor que emana de los artefactos y los objetos esterilizados, el de los productos que se usan para una limpieza profunda. Era un edificio de varios pisos y, hasta ese momento, el hospital más grande del país. En ese tiempo, sus pasillos parecían enormes, las camas bien arregladas, las sábanas impecablemente limpias y puestas en su lugar, suficiente espacio, pocas camas por habitación. Ni que hablar de la atención de médicos y enfermeras pues hasta el personal de aseo era de un buen trato admirable, parece mentira lo bien educados que éramos todos entonces, ahora lo veo como un lujo cortesano y exquisito.

Me reunía con Josefina casi todos los días. Una semana después de nuestro primer encuentro, ella tuvo una riña con su compañera de cuarto, por lo que fue trasladada a mi habitación.

Una mañana, observé cómo Josefina cerraba cautelosamente todas las cortinas que tenía alrededor de su cama, para que nadie la observara. Una sensación extraña e inexplicable se apoderó de mí, que sin pensarlo dos veces, abrí las cortinas y me senté en su cama. No soy indiscreta, pero presentí que lo que allí ocurría era algo que yo buscaba desde hacía tiempo. Observé que Josefina se estaba tirando las cartas. Eran cartas españolas, yo las conocía de antemano, pero estas eran diferentes. Más grandes que las corrientes y cosa curiosa, mostraban una profusión de bastos.

Por experiencias anteriores comprendí que significaban conflictos, problemas..., contrariedades... o enfermedades. Ella también lo sabía. La observé atentamente, Josefina era una mujer alta, como de cincuenta años, morena, de complexión gruesa sin ser gorda; pero lo que más llamaba la atención era la expresión de su rostro: era todo incógnitas, sus ojos escrutadores, daban la sensación de penetrar en tu mente y en tu alma. Ella decía que tenía la facultad de saber lo que tenías en tu mente... y en tu corazón. Su sonrisa era realmente fascinante, iluminaba su cara y daba la seguridad de que siempre, en todo momento, podías contar con ella. Sus cejas arqueadas le daban una expresión enigmática, llena de misterio. Yo era tan diferente de Josefina físicamente. Apenas tenía veintidós años, blanca, de cabellos largos y rubios, delgada, alta; pero también sentía que emanaba de mí una perceptible fuerza interior. Espiritualmente nos parecíamos, éramos escrutadoras, amantes del conocimiento oculto, con una gran capacidad para penetrar en el alma de las personas, con vocación de servicio y con un gran amor al prójimo.

Sin ninguna discreción de mi parte, le pregunté.

—¿Te estás leyendo las cartas? —a lo que me contestó— No, le estoy haciendo las cartas a una persona ausente. Éste es un método que conocen muy pocos.

Todo esto despertó en mí un interés extraño, fascinante. Siempre había experimentado una atracción poderosa por los temas enigmáticos, y desde ese momento, me incitó una verdadera pasión por lo inescrutable.

—Josefina, ¿me podrías enseñar a tirar las cartas?

—Con mucho gusto —fue su respuesta—. También te voy a enseñar a tirar la baraja política. Se puede hacer con las cartas españolas, pero es preferible con el Tarot. Te gustará, porque por esa prueba de las barajas, los consultantes pagan cualquier precio. Es la parte más interesante de este trabajo. Sabes... en la política hay muchas intrigas que tú irás descubriendo si eres una buena cartomántica.

Esa misma mañana me entregó Josefina una lista de combinaciones de las cartas, hasta ese momento, yo ignoraba que el significado de las cartas depende de la posición; es lo que en cartomancia se conoce como edificación. En una semana me aprendí cerca de cuatrocientas combinaciones, ya que el entusiasmo era tal, que no me daba descanso; y tanta era la destreza que iba adquiriendo, que hablaba con Josefina en el lenguaje de las cartas, el cual era de lo más pintoresco. Las expresiones eran insinuadoras, entre ellas estaban: el encantamiento erótico, la exaltación mística, los estados alterados de la conciencia, el trance lúcido, el perseguimiento amoroso de mal fin, la promesa no mantenida, la catástrofe producida por la imprudencia, la posesión maléfica, las ataduras terrestres, el atrapamiento amoroso nefasto, el sacrificio transformador; monstruos que habitan dentro de nosotros, tentaciones al acecho y detonantes de la devastación emocional y sicológica.

Sentía que a través de este lenguaje sorprendente me transportaba a vidas anteriores, a mundos, a universos que habían existido cuatrocientos, setecientos, miles de años atrás; y cuando salía de ese trance, experimentaba una energía nada común, que me alentaba y me daba nuevas fuerzas.

Recuerdo una ocasión en que llegó a la sala de cardiología un médico, que se mostraba especialmente solícito conmigo; pero siempre sospeché que sus intenciones no eran del todo honestas; así que, mirando fijamente a Josefina, le dije.

—Caballo de basto, tres de bastos y dos de copas —lo cual significaba, perseguimiento amoroso de mal fin; a lo que ella contestó—. Tienes razón, pienso eso mismo.

Llevaba ya como un mes de estos aprendizajes, cuando le dije.

—Josefina, creo que estoy preparada para hacer mi primera baraja—a lo que ella replicó—. Vamos a ver si consigues quien se la quiera hacer.

En ese mismo momento, llegó un médico interno que acababa de salir de su turno, y con el cual había brotado una amistad común. Manuel era un hombre joven, atractivo, de estatura normal, cabellos castaños, ojos pardos, todas las pacientes, incluso las enfermeras de la sala, estaban locas por él... A excepción mía y de Josefina, quienes teníamos otro tipo de intereses, digamos que intereses esotéricos y muy, muy misteriosos. Además, Manuel tenía buenos sentimientos, nos atendía con mucho cariño, y más que un médico, era un amigo de sus pacientes.

—Manuel, ¿no quieres saber lo que el destino te tiene deparado?

Manuel sonrió y contestó.

—No creo en esas tonterías.

Sin renunciar a mis objetivos, presioné.

—Eres el candidato indicado, porque necesito un no creyente. ¿No quieres saber, cuál de las tres mujeres con las que andas te quiere más? —pálido y desconcertado por la sorpresa replicó —. ¡Cómo sabes que estoy saliendo con tres mujeres! —con pose de novel hechicera contesté con gran ironía—. No sabes, querido, que yo tengo el don de la clarividencia.

Lo convencí y le tiré las cartas. En ese momento no pensé mucho en las combinaciones, sino más bien en las sensaciones que se iban apoderando de mi mente, toda clase de información, llegaba de una manera tan misteriosa y fascinante, que en ese instante no entendía lo que me pasaba, pero obviando esa situación, relataba todo lo que llegaba a mi mente.

—Manuel,... andas con una mujer casada y el marido de esa mujer es violento, ¡tú estás en grave peligro! Escúchame bien, ese hombre va a venir a buscarte al hospital, te va amenazar con un revólver y si no usas la cabeza, estás muerto. Lo único que te puede salvar es decirle que tú no tienes nada que ver con su esposa, que lo que ocurre es que ella está enferma por la mala vida que él le da, que tú lo único que haces es aconsejarle que lo deje; pero ella se niega, porque lo quiere mucho a pesar de los maltratos.

Cuando levanté la mirada, Manuel sudaba copiosamente y Josefina estaba realmente asustada. Su estupor era tal, que no pronunció una sola palabra. Manuel se levantó de la silla y recorrió la habitación. En la misma, había tres camas, una al lado de la otra, separada por pequeñas mesas; al final del pasillo, un balcón. Manuel salió al balcón a fumarse un cigarrillo. Ninguna de las dos nos atrevimos a interrumpirlo. Josefina estaba callada, su rostro reflejaba consternación, sorpresa y miedo, esto me asustó mucho. Parecía disgustada, y en sus ojos se podía percibir una enorme tristeza. No sabía qué hacer, estaba consciente de que me había excedido, me sentía tan extraña... En ese momento entró Manuel y nos dijo.

—No quiero saber nada más, no creo en nada de lo que me has contado, flaca —añadió— ¡Qué hombre joven no anda con una mujer casada, pero yo soy discreto y nadie lo sabe y, por suerte, tú no la conoces, a ella ni al marido!

Salió rápidamente de la habitación sin despedirse.

—¡Cómo es posible que hayas sido tan osada, que te hayas atrevido a especular de esa manera! —objetó Josefina.

A lo que, sintiéndome una aventajada aprendiz, respondí.

—¡No sé lo que me pasó! Me llegó la información y no podía contenerme, lo siento mucho.

—¿De dónde sacaste eso? En las barajas había ciertos indicios, pero los detalles te los inventaste. ¿De dónde salió lo del revólver? ¡Eso si que fue lo último! Hiciste una película de matones. ¡Esto es el colmo! Tienes que ser prudente. ¡Así no vas a llegar a ningún lado!

—De verdad, Yosef, no sé lo que me sucedió.

A la mañana siguiente cuando Josefina estaba peinándome, pues le fascinaba mi cabello, llegó Manuel, pálido como un muerto.

—Flaca —espetó—. ¡Salió todo! ¡Incluyendo lo del revólver!, y te vengo a dar las gracias.

—¿Qué fue lo que pasó? —le dije sumamente angustiada.

Manuel bajó la voz y nos reveló lo siguiente:

—Como a las tres de la tarde de ayer llegó el marido de la mujer con quien ando; se acercó a mí, me exigió que lo acompañara. Le respondí, que yo no lo conocía y que no iba a ningún lado con él. Entonces... se aproximó, y sentí un objeto duro, él me advirtió que era un revólver. No tuve otro remedio que acompañarlo, me condujo a un lugar solitario y confesó que estaba enterado de que yo andaba con su mujer. Le pregunté cómo se llamaba su mujer, porque yo siempre había tenido el cuidado de no involucrarme con mujeres casadas. Él dijo el nombre, sonriendo le afirmé que ella era mi paciente y que estaba realmente enferma, por la mala vida que él le daba. Que mi consejo era que lo dejara, pero ella había desatendido mi recomendación porque lo amaba intensamente. Se le iluminó el rostro, le embriagó un sentimiento de dicha y de seguridad que le hacía sonreír y llorar como un niño, alternativamente, una y otra vez, y a ratos, quedaba estático, como incrédulo. Cómo es posible, yo siempre pensé que ella no me quería y por eso me portaba así, salía con otras mujeres... Me respondió el desconcertado esposo.

Manuel hizo una pausa y continuó con el relato; además me pidió que desde ese día, lo considerara su amigo. Le manifesté que me había hecho pasar un momento desagradable; y que lo único que le solicitaba era que no le comentara nada a la “casada infiel”, y le advertí que desde ese día me iba a negar a atenderla, para evitar malas interpretaciones. El señor me dio las gracias y me trajo de regreso al hospital.

Me sentía desagraviada, audaz; había presentido una penetración especial para el conocimiento del alma humana y creía percibir dotes para la clarividencia, pero lo ocurrido, me ilusionaba más aún. Cuando Manuel salió de la habitación, Josefina mirándome fijamente a los ojos dijo.

—¿Cómo pudo haber sucedido todo esto? No lo entiendo. ¿Cuál es el don que tú tienes, que puedes acertar con tanta exactitud?

—No te preocupes, es suerte de principiante. ¿Josefina, cómo explicas que saliera el revólver?

—Dímelo tú, que lo inventaste, soy yo la que te va a pedir una explicación coherente.

—Josefina, cuando hablaba con Manuel, a mi mente vino la imagen del revólver, ni tan siquiera lo pensé, lo dije, yo me escuché diciéndolo, y fui la primera en sorprenderme. ¡Aunque no me creas, así pasó todo!

—La verdad, Fula, no entiendo nada, pero no me sigas explicando que tú tampoco lo entiendes.

Dos semanas después, una mañana de invierno, Josefina me abordó.

—Llegó el momento, de que pases la prueba de fuego. Quiero que me hagas las cartas —sentí cierto temor y para evadirla le dije.

—Recuerda, querida, que entre gitanos no se tiran la buenaventura.

—No seas necia, quiero confirmar tus dotes de clarividencia.

Deseé demostrarle a Josefina que la discípula era capaz de enorgullecer a su maestra. Comencé con la invocación cabalística a los Ángeles de la Luz. Esta invocación era un ritual que me hacía trascender hacia lo desconocido y daba a mi voz un matiz profundo y misterioso.

—Yo invoco a los Ángeles de la Luz para que me revelen lo que el destino le tiene deparado a Josefina Nieto, aunque sus predicciones sean adversas.

Cuando tiré las cartas, comenzó a llegar toda clase de información, muchas de las cuales consideraba absolutamente absurdas. Sin embargo, fui detallándolas una a una, mientras observaba atentamente el rostro de mi consultante. Me sentía tan extraña, que no alcanzaba a definir lo que estaba experimentando.

—Yosef, has tenido una vida llena de contrariedades, has enfrentando toda clase de problemas y parece que los peores fueron los económicos. Tuviste un problema personal con un hombre que se dedica a la magia negra, y él es quien te tiene enferma. No has podido curarte, porque ese hombre está muerto y se llevó a la tumba el secreto del mal que te hizo.

Cuando levanté la mirada, pude observar el desconcierto de Josefina, pero continué sin darle mayor importancia.

—Saliste de tu país hace como cuatro años, pero no has podido recuperar tu salud. Te hace falta paz y sin paz, no puede haber curación. Te dedicas a hacer trabajos para mujeres con conflictos matrimoniales, pero tienes que tener mucho cuidado, porque el marido de una de ellas es militar de alto rango y te va a exilar del país.

Josefina se comenzó a reír a carcajadas y respingó.

—Esto sí que es lo último, que te atrevas a inventar conmigo, tu maestra. Es verdad lo que me dijiste al principio, del hombre que me enfermó y su muerte. Otra cosa que es cierta, no soy panameña. Nací en Santa Marta, Colombia, hasta allí todo va muy bien; pero que me vayan a exilar, eso sí que es osado. ¡A lo que se refieren las cartas, es a la salida del hospital y no del país!

—Yosef, no sé lo que me pasa, en el momento que estaban las cartas sobre la mesa, llegaron imágenes espontáneas a mi mente. Siento que las barajas me dan la oportunidad de recibir conocimiento de una manera intuitiva. Anteriormente me ha pasado lo mismo, pero ahora cuando consulto las barajas me pasa más a menudo. Hay ocasiones en que siento miedo, porque no tengo el dominio de mis facultades para entender este fenómeno.

Dos semanas después, Josefina fue dada del alta y cuando se despidió, me dijo.

—Fantasiosa, ¿te das cuenta de que lo que salió en las cartas fue la dada de alta del hospital? —le respondí con una gran sonrisa—.Espera y verás.

Un mes después, yo también fui dada de alta, y una vez, cuando regresaba a mi cita de control, recorrí el hospital, entré al consultorio, la enfermera me acostó en una camilla para tomarme la presión y un electrocardiograma. Mientras me atendía el especialista que me había hospitalizado por tres meses, pensaba: cuantas noches sin dormir; cuanto dolor; cuanto sufrimiento. He vencido a la enfermedad que me recluyó por tantos meses. Verdaderamente, me he convencido: no soy una paciente, soy una sobreviviente.

Después de ser atendida, cuando caminaba hacia la farmacia en busca de los medicamentos que me habían recetado, evoqué el recuerdo de Josefina. Sentí un estremecimiento. La última vez que nos habíamos visto, había sido cuando le pronostiqué la extraña salida del país. Levanté la mirada y de repente, frente a mí, estaba Marta, la sobrina de Josefina. Nada en ese encuentro fue casual.

—Marta, ¿cómo está tu tía?

—¿Usted no sabe? Josefina fue expulsada del país por orden de un coronel de la Guardia Nacional. No pude articular palabra, estaba tan impresionada. Todo esto sobrepasaba mi capacidad de asombro. Mis pensamientos eran tan confusos que no me di cuenta cuando Marta se despidió y se fue. Una vez más, pude comprobar mi acierto, ahora desafortunadamente; un don especial, pero también ininteligible, que no alcanzaba a comprender y sentí miedo. Miedo a lo desconocido, pues no sabía cómo utilizar ese poder, y el mismo me inquietaba hasta el punto de quitarme la paz.

Asustada por los cambios que se operaban en mi vida; antes de viajar a Chitré, lugar donde residía, fui a visitar a Mariana, mi hermana melliza. Mariana y yo éramos tan diferentes físicamente. Ella, alta, de piel trigueña, ojos oscuros, cabello castaño y “entradita en carnes”. Vivía en Cerro Viento, una barriada de las afueras de la ciudad de Panamá. Ese lugar me recordaba a los pueblos del interior, estaba ubicada en la vía al Aeropuerto Internacional de Tocumen, las casa con jardines al frente y con patios traseros llenos de árboles frutales, llenos de trastos y cachivaches, próximos a ser basura, como si cumplieran una etapa previa o una estancia de espera antes de que alguien los tirase definitivamente. La barriada Cerro Viento era de reciente construcción y muchas de las casas estaban todavía a medio hacer.

—Chola, sabes que aprendí a tirar las barajas.

—¿Cuáles? —preguntó.

—Las españolas —dije, y ella sonriendo me respondió—Yo también aprendí, pero con el Tarot.

Dos hermanas, tan semejantes y tan distintas a la vez. Conversamos largo tiempo, intercambiamos conocimientos, y quedamos de acuerdo en que ella me enseñaría el Tarot; y yo, las españolas. Todas estas coincidencias me parecían tan extrañas, como si algo misterioso y oculto las determinara.

Viajé a Chitré en una avioneta de cinco pasajeros durante cuarenta y cinco minutos. Cuando la avioneta se disponía a aterrizar, observaba por la ventanilla la ciudad de Chitré. No había nacido allí, sino en la ciudad de Panamá y al cumplir tres años nos habíamos mudado para allá. Pensé que esa era una ciudad distinta, no se parecía a ninguna otra del interior, todo en ella era diferente. Su arquitectura, el trazado de las calles. En aquel tiempo, parecía una ciudad sacada de un cuento de hadas.

Esperé que el carro llegara y a los pocos minutos vinieron a buscarme. Por todo el camino, reflexionaba sobre la aventura que había vivido. No había duda de que todo lo pasado me ayudó a enfrentar el problema de salud. El reconocimiento, la lucha, el recorrido interior, el tocar fondo, me llevaron a encontrar la esencia de una personalidad particular y, definitivamente, ya no era la misma persona.

Había ingresado al hospital con un diagnóstico por determinar y salía en las mismas condiciones. No lo podía creer. La confusión y la desilusión se apoderaron de mí; tantos exámenes, tantas pruebas, tantos análisis, muchos de ellos dolorosos; tanta paciencia, tanta espera, tanto esfuerzo y ninguna conclusión acertada. Los médicos no tenían respuestas. Podía intuir su frustración ante lo difícil de mi caso, sin embargo, tenía la seguridad de que nunca me daría por vencida. Había en mí una fuerza sobrehumana que me impulsaba a buscar la verdad, que me sostenía, que me impedía dejar las cosas pendientes, pues ese diagnóstico por determinar, sólo sería precisado dieciséis años después. Esa búsqueda de la verdad caracterizó mi vida. A partir de ese momento emprendí o continué, una búsqueda determinada. La búsqueda de las respuestas, la búsqueda de los significados, la búsqueda de las verdaderas esencias, la búsqueda del ser, mi ser.

Entonces vivíamos en el centro de la ciudad, en una de las calles más concurridas, cerca de la avenida principal. Al lado de la casa se encontraba el Teatro Amalia, la sala de cine más importante del pueblo, la primera construida en el interior y al frente, el Parque de La Bandera, el eje de las reuniones políticas. Mi familia se había establecido en Chitré cuando yo tenía apenas tres años de edad. El pueblo siempre estará en mi corazón y en el de mi familia, porque gracias a su acogida fraterna y solidaria, nos pudimos realizar profesional y humanamente. Nunca he olvidado mi llegada a Chitré, a pesar de haber ocurrido cuando era tan pequeña.

Mientras el carro recorría la carretera hacia Chitré, veía la espléndida vegetación de aquel entonces, los enormes potreros de pastos inagotables, los árboles tupidos de verdor y la fragancia de las flores silvestres. Observaba con mucha atención a los animales pues, los únicos que conocía eran el perro y el loro ya que, en casa siempre hubo perros y en una ocasión tuvimos un loro. En esos tiempos, el viaje por vía terrestre demoraba alrededor de siete horas. Como a la mitad del camino, el carro se detuvo para que descansáramos. En uno de los potreros había un raro animal que despertó mi curiosidad infantil. Lo señalé y pregunté a mi madre qué era.

—Una vaca, las vacas son las que dan la leche que tomamos todos los días.

Hasta ese momento yo pensaba que la leche la daba la lata, no salía de mi sorpresa, esa vaca me llamaba poderosamente la atención. Mamá sonrió y llena de curiosidad preguntó.

—¿Te gustan las vacas?

—Sí, me gustan, pero, ¿puedo preguntar algo?... ¿Por qué las vacas no usan panties? Los viajeros soltaron carcajadas escandalosas y me disgustó mucho que en vez de responder, se rieran. Mi madre comprendió mi enojo y contestó.

—Los animales no tienen que vestirse como las personas. Recuerda que el perro nunca usa ropa.

Acepté la respuesta, me pareció lógica y cambié de opinión con relación a las vacas, ya no pensaba que eran unas desvergonzadas. Finalizadas mis reflexiones me dispuse a descansar.

Me sentía cansada, eran tantas las emociones experimentadas, que descansé por varias horas. Cuando me levanté llamé a una amiga que tenía verdadera obsesión por las cartas, y le dije lo que había aprendido. Janet no le dio mucha credibilidad, pero la curiosidad fue mayor y llegó en la tarde a tirarse las cartas. Era una mujer atractiva, de mediana edad, alta, de cabellos dorados y ojos verdes, con un gran sentido del humor. Siempre estaba sonriente. Entró a la casa, pasó directamente a mi habitación y lo primero que me dijo fue.

—Esto de hacerme las barajas me entusiasma enormemente.

La miré a los ojos, y le dije.

—No te vayas a asustar, pero tengo que hacer la invocación cabalística.

—¿Qué carajo es esa invocación de que me hablas?

—No te preocupes y espera.

Les hice la invocación a los Ángeles de la Luz, miré a Janet que estaba impresionada. En primera instancia le dije.

—Tú estás saliendo con un hombre casado, y ese hombre es importante en el gobierno, yo no diría que el presidente, pero está muy cerca de él —a lo que respondió, con su frescura de siempre—. No, no es el presidente, pero es un cargo similar.

Levanté el rostro, tal era mi sorpresa que dejé de hablar por unos momentos.

—Continúa que estoy interesada.

—Debes tener mucho cuidado porque aquí te sale un embarazo —a lo que ella respondió—. Ni lo sueñes, yo me cuido.

—Mira Janet, también te salió que la esposa de este señor, se va a enterar y que los va a sorprender en el lugar donde se encuentran... En la baraja también sale que esa mujer tiene un amante. Si ella se atreve a ir al hotel a sorprenderlos, recuerda, querida, el conocimiento es poder. Tú sabrás si usas ese as que tienes en la manga.

Janet permaneció callada por un tiempo y replicó.

—No creo que una mujer que traicione a su marido tenga el coraje para exigir fidelidad.

Al terminar la baraja y afirmó.

—El que tiene un secreto no puede venir a hacerse la prueba de la baraja contigo, eres una verdadera experta en descubrir lo oculto.

Sus palabras resonaron de una manera tan extraña, que nunca las olvidé. Seis semanas después, Janet llegó a casa alterada. La esposa del amante los había descubierto en el hotel. No tuvo alternativa y se vio obligada a usar la información que le dieron las cartas.

A partir de ese momento, mi fama de pitonisa fue incrementándose de tal forma que muchas personas pensaban que era una bruja.

Pasados dos meses, conversaba con una vecina sobre la enfermedad de mi papá.

—Fidita, los médicos dicen que mi papá está desahuciado y estoy preocupada.

—No te preocupes —contestó— ¿por qué no le haces las barajas como a persona ausente?, y así descubrimos su verdadero estado —quedé pensativa, ella continuó— En una ocasión, me dijiste que una colombiana te había enseñado a hacer la baraja a las personas en ausencia.

—Tienes razón, nada se pierde con probar, a lo mejor sale algún dato interesante.

Al tirar la baraja me sorprendí notablemente. Hay una combinación que es difícil que salga: as de basto, dos de bastos, cuatro de bastos y siete de bastos. Esto indica un grave peligro de muerte; pero lo más extraño era que no parecía ser por la enfermedad que lo aquejaba, sino por una complicación en el tratamiento. En ese momento, recordé que al día siguiente le harían una diálisis. Inmediatamente llamé al médico.

—Doctor, soñé que mi papá iba a tener una complicación con la diálisis, por algo en el líquido —esto último llegó a mi cuando conversaba con él. El doctor fue atento, pero daba la impresión de no tomar en cuenta mis palabras.

Como a la semana, volvimos a hacer las cartas en ausencia.

—Fidita, ¡mi papá va a tener un infarto... como a las doce de esa noche!

—¿Estás segura? ¿No piensas que es mucha coincidencia? ¿Crees que debes llamar al médico?

—¡Tengo que advertirle! Si pasa algo, me sentiría muy mal si no lo digo.

Volví a llamar al doctor.

—Le habla la hija del señor Sebastián, ¿me recuerda? Yo lo llamé hace una semana, quisiera decirle que se va a presentar otra complicación. Esta vez, desesperada, le relaté todo lo que había salido en las cartas. El doctor me contestó de una manera irónica.

—No me digas que volviste a “soñar”.

No le contesté y cerré el teléfono disgustada. A la mañana siguiente, como a las nueve de la mañana, recibí una llamada del médico que atendía a papá.

—No sé lo que está pasando ni cómo te puedes adelantar a lo que va a pasar, pero anoche tu papá tuvo un infarto a las doce de la noche. Afortunadamente, yo estaba en cuidado intensivo, aunque no lo creas, concedí el beneficio de la duda a toda la información que me diste. No digas que lo soñaste, eso sí que no te lo voy a creer.

—Todas estas informaciones me las proporciona la cartomancia.

—No lo puedo creer —fue su respuesta.

—No se preocupe, ya falta poco para que termine todo, él va a descansar, dentro de cuarenta y ocho horas morirá, a pesar de que ha sobrevivido un año a los pronósticos médicos. En las cartas salió que tiene muy poco tiempo de vida. Es más, le reitero que sólo tiene cuarenta y ocho horas.

—¿Cómo puedes ser tan precisa ni nosotros que somos médicos, hacemos una afirmación tan categórica? —reprochó en tono enérgico.

Al terminar de hablar con el médico, llamé a Fidita. Enseguida se presentó y le relaté que conversé con el doctor.

La noche en que se cumplía el término, Fidita llegó a la casa.

—Quien va a dar la noticia es Ricardo mi hermano mayor, va a llamar como a las doce de la noche —le anuncié.

Efectivamente, como a las doce y dos minutos, sonó el teléfono.

—Ricardo, ¿mi papá murió?

—Sí, acaba de morir, ten mucho cuidado para darle la noticia a mamá.

No contesté nada, inmediatamente llamé a mamá para darle la noticia. Estaba tan consternada que casi no podía moverme, eran tantos los sentimientos encontrados. Por un lado, el dolor por la muerte de mi padre y por el otro, el miedo. Sentí pánico de no saber como manejar el conocimiento intuitivo. Era la primera vez que me enfrentaba al conocimiento intuitivo que afectaba mi propia vida. En uno de los momentos más terribles, la ausencia, verdaderamente irreparable y definitiva de alguien insustituible en mi vida. No entendía el sentido real de esa facultad, cuyos resultados podían ser tan profundamente dolorosos. Aterrada y desconcertada por ese miedo, tomé la firme determinación de no seguir en la cartomancia. Pero en lo más hondo del corazón se incrementaba mi pasión por lo inescrutable, por estas fuerzas incomprensibles del cosmos, de las que ya formaba parte.

Reflexioné. Mi madre había dado a todos sus hijos una formación religiosa profunda y tradicional y en varias ocasiones había manifestado descontento por estas actividades y a menudo recordaba que la Iglesia católica no estaba de acuerdo con las prácticas de adivinación. En una ocasión mientras discutía con mi madre, comenté.

—Yo sé que la Iglesia no está de acuerdo con estas prácticas, pero la Iglesia católica algún día se va a flexibilizar. Piénsalo bien mamá, la Iglesia está sofocada por una estructura, en donde todo se regula por criterio de autoridad y por el miedo. Nunca he estado de acuerdo con las imposiciones, pues donde hay imposiciones y miedo no hay amor.

Tomé una pausa para respirar profundamente, me asustaba mi propio atrevimiento, y continué.

—Mami, quiero que tengas bien claro algo, lo que yo practico no es adivinación... sino algo más complejo. Es conocimiento intuitivo.

Me respondió alterada.

—¡Qué conocimiento intuitivo de qué! ¡Qué nueva locura es esa! ¡La gente es mala y van a decir que eres una bruja! ¡Además cuando manifiestas tu opinión sobre la Iglesia, te pareces a los comunistas!

—Me importa tan poco lo que diga la gente, la pobre debilidad humana es propensa a la maledicencia y aficionada a la murmuración. Así es y así será siempre, no podemos vivir la vida en función de lo que digan los demás. La mayoría tiene un vacío existencial tan grande, que casi lo único que incuban es frustración y, esa misma frustración, le hace destruir la reputación de las personas.

—Mira hija, todos los sacerdotes afirman que eso de hacer la prueba de la baraja es muy malo, un pecado mortal y que las personas que lo hacen siempre viven en desgracia.

—Te voy a decir algo mamá, pero no quiero que lo tomes a mal. En una ocasión le dije a un sacerdote que el buen pastor busca a las ovejas perdidas y las lleva a casa sobre sus hombros. No piden que regresen arrastrándose, con el rabo entre las patas, llenas de pesar y remordimiento. ¡Sí, el buen pastor es capaz de dejar a noventa y nueve ovejas que van por el buen camino y salir a buscar a esa oveja descarriada y, cuando regresa con ella, lo hace lleno de alegría!

Mi madre se mantuvo callada por unos minutos, reflexionando y después de una pausa agregó.

—Tienes una manera tan inusual de interpretar la Biblia, que me desconciertas y, muchas veces termino, dándote la razón.

—Mami, te diré lo que pienso con relación a la postura de la Iglesia. La Iglesia siempre, atrincherada en el miedo, trata de cercenar los conocimientos intuitivos. Pareciera que a través de estas prohibiciones buscara controlarnos. Deberían promover nuestra fidelidad a Dios basada en el amor y no en el miedo. Toda búsqueda de la verdad debe seguir la fe, no precederla ni debilitarla; y el miedo, quiero que sepas, anula la fe. Ese es el gran problema, buscamos sin fe y donde hay miedo, no puede haber fe. Recuerda mami, Jesús siempre les decía a sus apóstoles, que no debían tener miedo. Siempre he pensado que a través de la intuición podemos descubrir la voluntad de Dios y el plan que tiene para cada uno de nosotros. Acepto la voluntad de Dios, porque la fe es un acto de aceptación y no de explicación. Este es el sentido real de la fe.

Mi madre permaneció callada por algún tiempo, y respondió con una dulce sonrisa.

—Tal vez tengas razón, pero cuídate mucho de expresar esa opinión que tienes de la religión a gente extraña, te podrían mal interpretar.

Mientras hablaba, mi madre movía las manos. En ese momento recordé lo que me había contado sobre la abuela materna, la cual, hablaba con las manos en concordancia con lo que expresaba.

Felicia era una mujer del sur de Italia, cerca de Nápoles, de un lugar llamado Sala Consilina e Padula. Su esposo, capitán del ejército italiano, era apuesto, pero excesivamente celoso. Además, tenía un puesto de jefatura en el pueblo y cuando aplicaba la ley a personas peligrosas, ellos proferían toda clase de amenazas de violencia y persecuciones, diseminadas sobre toda la familia y todas nuestras generaciones.

Felicia Cabelo era una mujer bellísima y admirada por toda la comunidad. Trigueña, de cabellos rubios y los ojos color de miel. El esposo no toleraba esas muestras exaltadas de admiración y le hacía la vida imposible. Felicia era valiente y capaz de enfrentar cualquier reto, había madurado la conciencia del peligro que corría; y no sólo ella, sino también, su pequeña hija. Un día tomó a su niña de diez años, Francesca y viajó a Panamá. Miguel Finamore, elegante, apuesto y guapísimo esposo no se resignó y la buscó por todo el Caribe, en todas direcciones, hasta Brasil, sin poder encontrarla. Nunca se le ocurrió buscarla en Panamá. Miguel, aparentemente, se estableció en Venezuela. Francesca, mi abuela, la hija de Felicia, creció en Panamá y se casó con un portugués. Se llamaba José Homen Rodríguez y era soldado del ejército portugués, quien había llegado a Panamá a los veintiún años, proveniente de las islas Pico de las Azores. En una ocasión cuando navegaba en aguas panameñas, me contó mamá, se enamoró de esta tierra y no pudo resistir la tentación de quedarse y se arrojó al mar. Estuvo nadando tres días y tres noches hasta llegar a las playas panameñas, aquí se quedó hasta su muerte.

Cuando se encontró con Francesca, supo que era el amor de su vida y se casó con ella. Así es el destino, dos europeos que se conocen en Panamá y comparten una vida plena. Rosa, mi madre, siempre contaba historias de su familia, como una manera de conservar los vínculos del amor que ella profesaba a sus seres queridos.

Mi madre era una persona sensitiva y tierna. Desde la niñez he sido enfermiza y ella me procuraba consideraciones especiales de alimentación, atención con las medicinas y me cuidaba con mucho amor. Con Ricardo el hijo mayor, mi madre era igual. Él, desde los once años, había tenido que marcharse a la ciudad de Panamá, cuando mi padre perdió, por represalias políticas, el trabajo de notario que tenía en Chitré y se trasladó Panamá, en búsqueda de un nuevo empleo.

Ricardo sólo nos visitaba los veranos, en los cuales la pasábamos muy bien, divertidos. A mamá le encantaba su carácter y se desvivía en atenciones para él. El juego favorito de Ricardo era tirar un colchón al suelo para hacer un tinglado. A cada uno de sus hermanos, le ponía un nombre de combate y todas las noches preparaba un gran encuentro de boxeo. A mí me puso “kid pantie”; a Mariana, “kid pata de chola”; a Roberto, “ Kid mono”; a Esmeralda, “kid Jean Lafitte” y a Esilda, “kid gargantúa”, todos teníamos nombres pugilísticos inventados. Su vocación por el deporte ha sido permanente.

Isabel, una amiga, observó la predilección de mi madre por Ricardo y por mí, y le preguntó directamente.

—¿A cuál de tus hijos quieres más?

Mamá sonrió. La expresión de su rostro era de tanta serenidad y sabiduría que todos los que la rodeábamos guardamos silencio para escuchar su respuesta.

—El hijo que más quiero es el que está enfermo, hasta que mejore y el que está lejos, hasta que regrese.

Nadie esperaba esa respuesta. Cuanta sapiencia y ternura envolvieron sus palabras. Se podía observar en su rostro la satisfacción de comprobar que ella estaba haciendo lo correcto. Desde ese instante todos los hermanos comprendimos el porqué mamá nos prodigaba cuidados especiales a Ricardo y a mí.

Cuando Roberto tuvo, por motivos de trabajo, que mudarse a Panamá fue lo mismo. Mamá se desvanecía en atenciones para con Roberto. Esto me molestaba, me ponía celosa y le decía.

—Llegó tu bebé de doscientas cuarenta libras.

Después de la conversación con mamá, pasé varias semanas en profunda meditación ya que, mi formación religiosa entró conflicto con ese despertar al conocimiento intuitivo. Esa facultad, no la consideraba un don, sino una fuente de preocupaciones. Una prueba a la que no sabía como enfrentarme. La percepción extrasensorial es una de esas cualidades cuyo abuso puede conducir a la demencia. Por tal razón reflexionaba si debía continuar esa práctica. Los dramas generalmente ocurren durante los desafíos y pruebas de la vida. Se interrumpe la rutina y la ansiedad aparece con violencia. Se llama tocar fondo y, para mí, eso de hacer la prueba de la baraja, se había convertido en un verdadero drama. Por esa razón mi determinación de dejar de hacer las barajas se mantuvo firme.

2

Una noche Janet llegó a visitarme, era una persona de sentimientos nobles, pero víctima de su inseguridad. Yo no entendía por qué Janet tenía problemas de autoestima, ya que, era una mujer con personalidad definida, atractiva, elegante, de buen ver. Cuando tenía un problema llegaba a mi casa con una expresión de tragedia realmente patética, como si fuera la mujer más desgraciada del mundo.

—Fula, ¡no sabes el problema que tengo!

—Mujer, que no te preocupen los problemas, ocúpate de las soluciones —le respondí. Se quedó pensativa.

—Necesito urgentemente que me hagas las barajas, tengo un dilema y creo que tú puedes orientarme.

—¿Hasta cuando va a ser eso? Te he dicho una y mil veces que ese hombre con el cual te ves no te quiere, te utiliza y tú lo sabes.

—Por favor—fue su respuesta.

—Janet, tienes una vida muy complicada. No has aprendido que siempre pagamos un precio por nuestras decisiones y que cuando tomamos decisiones equivocadas, siempre lo pagamos con mucho dolor, levantó la cabeza para mirarme, su sufrimiento era palpable, y sentí por ella una gran conmiseración.

—No sabes cuanto sufro —dijo.

—Janet, ¡sabes que prometí no hacer más la baraja!

—Fula, ¡tienes que ayudarme, escúchame, tienes un don y debe estar al servicio de los demás! ¡Olvida tu miedo y ayúdame, por favor!

Entonces comprendí que las vivencias se miden con parámetros de intensidad. Sentí el sufrimiento de Janet y que era mi deber ayudarla. Permanecí callada por unos momentos. Janet se impacientó.

—¡Estoy esperando que me ayudes, por favor!

En ese preciso momento mi miedo se trocó en valentía y el mutismo en locuacidad.

—¡Está bien, Janet, voy a ayudarte!

Comencé a tirar las cartas e inmediatamente llegó a mí un torrente de imágenes intuitivas. Era como si la información llegara de otro plano de la realidad y en ese momento me percibí como intérprete profética.

—Ese importante político que sale contigo, y que te dice que no quiere a su esposa, te va a dejar por exigencias de ella.

En ese instante, pude percibir las emociones de Janet, la inseguridad económica; porque ese hombre la ayudaba, y lo más importante, el miedo al aislamiento, a la separación, a la soledad. Se lo hice saber y me respondió.

—¿Cómo sabes lo que estoy sintiendo en este momento?

—No te preocupes —le dije—. Esto es el presente y el futuro inmediato —atenta a las barajas, continué—. Aquí también sale que todo va a ser para bien y que en unos meses te vas a reír de todo lo pasado.

La observaba y pude ver esa fuerza energética que produce la fe y la esperanza. Los seres humanos atraemos a nuestras vidas dos tipos de hechos, los que tememos y los que deseamos. Lo que pasa es que muchas veces los visualizamos a través del miedo y no de la fe. Todo lo que se visualiza ocurre en el futuro, cada pensamiento, cada esperanza es una oración, que tiende a crear ese futuro. Janet comenzó a reflexionar en voz alta, la fe y la esperanza que inicialmente tuvo, se esfumó.

—Voy a pedirle a Dios que esto que me dices de Alonso, que me va a dejar, no sea cierto.

—Janet, en la verdadera oración, no le pedimos a Dios que haga algo; sino, que rogamos poder discernir su voluntad y aplicarla en nuestras vidas. Debemos mantener nuestro optimismo. Estoy segura de que tienes mejores perspectivas.

Janet estaba disgustada y afirmó.

—¡Alonso no me va a dejar, estoy segura, no me va a dejar; y, además, no me voy a dejar influenciar por estas supersticiones!

—Espero que todo salga como tú deseas, pero quiero que te quede claro, que fuiste tú la que deseabas consultar las barajas. Siempre has vivido con el miedo de que ese hombre te deje. Tienes que enfrentar de una vez aquello a lo que has estado huyendo.

Su rostro estaba desfigurado, sus ojos centelleaban y se restregaba compulsivamente las manos. Bajé el tono de voz y continué hablándole cautelosamente, más despacio cada vez. Recordaba mis aprensiones frente a sus llegadas, casi a la media noche y sus ruegos a mi madre para que me despertara y así poder consultar las cartas.

—Si es cierto que te deja, al principio puede que te sientas vacía y sola, tendrás que vivir en un desierto; no obstante, debes dejar de recurrir a ese dios que has construido. Ese dios es a la imagen y semejanza de tus caprichos y no tendrás más remedio que destruir esa imagen distorsionada que tienes. Cuando lo hagas, quedarás insensible y terriblemente perturbada, pero recuerda que después de la tormenta viene la calma y sentirás la necesidad de un puerto tranquilo y de una mañana de sol. En ese momento, aceptarás la voluntad de Dios; si, del Dios verdadero, no el que tú has creado y te aseguro que la serenidad volverá a tu vida.

—¡No te das cuenta, Fula, que lo amo con toda mis fuerzas!

—No seas obsesiva, piensa que esa clase de amor es una respuesta mínima. Lo que siempre te ha salido en las barajas es un atrapamiento amoroso nefasto, seguido de catástrofe producida por la imprudencia. Cuando se actúa de manera irresponsable las bases de la integridad vacilan, todo se derrumba y no se tiene otro remedio que salir de los escombros, la única forma en que podrás hacerlo es sobre tus propios pies. Cuando el amor y la dignidad entran en conflicto, eso que se siente no es amor; desafortunadamente, es el pan de cada día. Tienes que comprender que el amor verdadero siempre conserva la dignidad.

Janet se quedó pensativa, su semblante reflejaba confusión y un enorme desconcierto. Su obsesión volvía.

—¡Él tiene que pagarme todo lo que me ha hecho sufrir!

—No caigas en la tentación de la venganza, estoy segura de que tendrás el valor suficiente para tomar la decisión acertada. Ser amada por alguien profundamente nos da fuerza, amar a alguien profundamente nos da valor. Ese hombre te ha hecho sufrir mucho y tienes que perdonarlo. Él nunca podrá pagarte lo que te ha hecho, porque es imposible cambiar las consecuencias. Lo único que él puede hacer es pedirte que lo perdones.

Hasta ahí me aguantó, se levantó, parecía tranquila y salió sin despedirse, sumergida en sus pensamientos. Dos semanas después, me llamó para decirme que su relación sentimental había terminado y que si le podía hacer las cartas. Le contesté que lo sentía mucho porque no iba a reconsiderar mi decisión de no volver a hacer las cartas.

Pasaron como seis meses en los cuales evité volver a mis actividades esotéricas. Estaba tan acostumbrada a consultar las cartas, que extrañé mucho esa actividad. Algunas veces me sentí tentada a claudicar en mi intimidad y hacerlas. Cuando sucedía un evento inesperado me decía internamente, si hubiera hecho las baraja, hubiera estado preparada y nadie tendría la facultad de sorprenderme.

Una noche, como a las siete, llegó a casa una amiga con un libro que explicaba cómo hacer la prueba del té. Inmediatamente sentí renacer mi interés por estas prácticas. Estudié el proceso lentamente y, como a las doce de la noche, me dirigí a la cocina en busca de una taza y una bolsa de té. Puse el contenido en la taza, le di vueltas y observé los dibujos que eran los que me dirían las respuestas. Mi mente sintió el contacto con el misterio y enseguida llegaron a mi toda clase de imágenes intuitivas. Era como relatar un sueño. Tenía problemas en mi trabajo y en ese momento supe con gran certeza quién me los estaba ocasionando.

En la oscuridad de la cocina advertí una fuerza extraña. Por primera vez, supe que lo que experimentaba era un don, nada tenía que ver con las barajas. Éstas eran un medio, una herramienta, un recurso que canalizaba la facultad de la clarividencia. No sabía nada sobre esto y volví a sentir el miedo a lo desconocido. Ese miedo que nos paraliza, que nos invalida y que no nos permite buscar ninguna explicación. En ese momento llegó mi madre a la cocina.

—¿Qué estás haciendo? —tiré lejos la taza, estaba tan asustada—. Estoy tomando un té.

—¡Un té! —recalcó— ¿y por qué razón lo sacaste de la bolsa? ¡Ya estás de nuevo con tus brujerías!

—Bueno mami, cuando quieras, te hago la prueba del té —soltó una carcajada y sugirió—.Vayamos a acostarnos que es muy tarde —pero no se acostó, regresó a mi habitación y me encontró leyendo. Me quitó el libro, leyó el título: El Retorno de los Brujos. Tuvo una mirada severa, con reproche.

—Ya es hora de que yo intervenga —dijo molesta.

Conmovida, reflexionaba sobre el carácter de mi madre. Su presencia proporcionaba una fuerte sensación de protección y seguridad. Siempre recordaré su forma de calmar el dolor. A cada accidente que me ocurría cuando pequeña, con el sólo gesto de tomarme entre sus brazos, el dolor desaparecía. Su alegría espontánea, su risa como cascabeles en medio de una fiesta, aligeraba cualquier tensión por dura que fuese. Por ello siempre la buscaban sus amigas. En una época en que todavía no existían los siquiatras, por lo menos en Chitré, su don terapéutico natural se ofrecía con sinceridad y sencillez.

Era alta, fuerte, blanca rosada, cabellos rubios, distinguida y muy elegante. Con la educación de una dama y la dulzura de un ángel en su sonrisa; aunque cuando tenía que tomar medidas severas, lo hacía como nadie. Manejaba con mucha sutileza la dualidad de bondad y severidad, aplicándola con un discernimiento innato y siempre acertado. Y una vez más, comprobé la capacidad de decisión de mi madre al encontrar, al día siguiente, mi biblioteca esotérica, comprada con tantos esfuerzos y sacrificios, real a real, convertida en cenizas.

Pasaron alrededor de ocho meses, de repente, la rutina de mi vida se vio interrumpida por otro hecho sobrenatural. Una hermana de mi madre, a la que yo quería mucho, estaba enferma hospitalizada por un problema cardíaco grave. Esa tía había dicho que el día de su muerte quería ser enterrada con un juego de bata y camisón rosado muy bonito. Esa noche creí soñar que mi tía Lety nos iba a visitar para despedirse y nos decía contenta que partía a un lugar muy bonito. Vestía su camisón y la bata rosada.

A la mañana siguiente dije a mamá.

—Soñé que tía Lety se despedía y creo que se va a morir —Mamá muy seria anotó—. No fue un sueño, te encontré como a las cuatro de la madrugada, en la puerta que da al patio, me dijiste que allí estaba tía Lety, que había venido a despedirse, porque se iba a morir. Yo misma te llevé a la cama.

—¿A qué hora fue eso?

—Ya te dije como a las cuatro de la madrugada.

—Tenemos que llamar a la familia en Panamá. No puede ser que esté muerta y no nos hayan avisado. Lo recuerdo muy bien, era lunes de carnaval. Cuando llamamos, nos dijeron que estaba mejor de salud, aunque un poco delicada. No les creí. En ese momento estaba realmente segura de mi conocimiento intuitivo. Pienso que la razón que tuvieron en Panamá para negar la muerte de tía Lety fue no dañarles la fiesta a las demás personas. Le dije a mamá.

—Llamemos a Esmeralda, a ella nadie la detiene y te aseguro que va a investigar —así lo hicimos como a las dos horas contestó Esmeralda—. La tía Lety murió a las cuatro y la tienen en el depósito de cadáveres, para enterrarla el jueves después de los Carnavales.

Había hecho bien en confiar en Esmeralda. Difícilmente habría algo que no fuese capaz de averiguar. Carente de toda timidez, arrojada, audaz y con una condición física que podría fácilmente intimidar a cualquiera. Alta, Esmeralda, era otro éxito de la buena crianza maternal: bien fornida, blanca, cabellos castaños y con una muñeca entrenada desde la más tierna infancia, para estar a la altura de un padre fanático del boxeo.

A partir de ese incidente, nadie más tuvo la menor duda de mis instintos clarividentes. Mi propia madre, a partir de ese instante, comenzó a consultarme en muchas cosas. Y una tarde mientras recordábamos la muerte de tía Lety, me comentó.

—Tú no tienes necesidad de hacer las cartas. Mira como a través de un sueño, te enteraste de lo de Lety. Bueno, en honor a la verdad no fue un sueño, porque yo te vi y estabas totalmente despierta. He leído que a través de los sueños, Dios les revelaba el futuro a muchos profetas —parecía más tranquila, reconciliada con el tema—. Sin embargo, buscas métodos que riñen con las enseñanzas de las Iglesia. Aunque digas que lo que haces es una ciencia, que llamas parapsicología, la verdad es que no entiendo esa clase de fenómenos.

Una tarde de verano me encontré con María Rosa, una amiga que tenía un salón de belleza.

—¿Quieres ir conmigo a Monagrillo?

—¿A Monagrillo a qué? —le respondí.

En Monagrillo hay una señora que hace la prueba de la baraja.

—¿No sabes que dentro de esas mujeres que se dedican a estas prácticas hay mucha charlatanería?

—Mira mujer, esta señora es muy buena, ¿cómo vas a saber tú que es una charlatana?

—Te lo digo con conocimiento de causa. Yo sé hacer las barajas, lo que pasa es que le prometí a mi Mamá, hacerla sólo si era algo muy urgente.

—¡Por favor acompáñame! ¡Yo te la pago, para que me digas si esta mujer sabe algo!

Acepté ir con María Rosa, quería comprobar si esa mujer, sabía de las cartas más que yo, a lo mejor podía aprender algún método nuevo. Josefina me había enseñado cerca de diez métodos de hacer las cartas, pero una nunca sabe. Traté de recordar los métodos que me había enseñado: el Círculo Encantado, el método de Conceo, la Gran Pirámide, el método Gitano, el método Español, la Cruz de San Andrés, la Operación Matemática. María Rosa se impacientó y alzando la voz dijo.

—¡No te quedes allí parada, nos vamos, que la bruja me está esperando!

Llegamos a la casa de la pitonisa y sin más preámbulo solicitamos que nos hiciera las cartas. Ella extendió las cartas y comenzó.

—¿Cómo es posible, que no haga la invocación cabalística? —le pregunté.

—Ya la hice —fue su respuesta.

—No puede ser. Para eso necesita el nombre de la consultante, y siempre se hace en voz alta —la señora me miró fijamente y dijo.

—¿Tú la saber hacer?

—¡Sí, la sé hacer!

Pude observar en el rostro de la pitonisa un gran interés, en realidad, estaba muy intrigada.

—¿Por qué razón me consultan tú y tu amiga, si tú sabes hacer la baraja?

—Es una larga historia y no tenemos tiempo para contársela.

La mujer pareció tranquilizarse, se puede decir que se resignó, lo único que a ella le interesaba en ese momento era cobrarnos el dinero y asunto resuelto. Pero no me había percatado que ella también había visto la oportunidad de aprender algo nuevo. Sin ningún tipo de rodeos me preguntó.

—¿A quién le haces esa invocación?

—A los Ángeles de la Luz —respondí.

La señora se puso muy seria e hizo una invocación bastante mediocre. Cuando extendió las cartas sobre la mesa, observé que eran españolas y que tenían los ochos y los nueves.

—¿Cómo es posible que haga las cartas con los ochos y los nueves? ¿No sabe usted que esas barajas no se usan porque suman diecisiete, un número fatal en cartomancia?

La señora sacó estas barajas y nos hizo las barajas a María Rosa y a mí. Cuando terminó nos cobró tres balboas a cada una y me preguntó directamente.

—¿Cuánto cobras por hacérmela a mí?

—Seis balboas —le respondí.

Pensé rápidamente. Era la manera de sacar el dinero que nos había timado esta mujer, que se atrevía a hacer las cartas, sin ningún tipo de conocimiento. Aceptó el precio sin agregar nada que pudiera dar indicios de disgusto o de haber notado que queríamos recuperar el dinero. Procedí a hacerle las barajas, usé la misma mesa pequeña que la aprendiz de bruja, pude observar gran cantidad de bastos combinados con espadas y comencé por decirle.

—Tu marido se dedica a la brujería.

—Sí, es santero.

En ese momento, miré a María Rosa, estaba pálida se había asustado cuando la mujer había dicho que su marido era santero. Continué sin prestarle mucha atención a mi amiga con la interpretación de las cartas.

—En este momento está haciendo un trabajo de brujería.

—Sí, está en el cementerio —fue su respuesta.


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