BRUJA
Federico Martínez Valdés

Colección / Collection
Los cuentos del cíclope (A Book for a Buck), núm. 003
Primera edición electrónica: marzo de 2011
First digital edition: March, 2011
Publicado por Tártaro en Smashwords
Published by Tártaro at Smashwords
Copyright © Federico Martínez Valdés, 2011
Copyright © Tomás Zurián (ilustración en interiores / interior illustration), 2011
Copyright © Tártaro Servicios Editoriales, SA de CV, 2011
Av. Insurgentes Sur 377-503, colonia Hipódromo de la Condesa, delegación Cuauhtémoc, 06170, México, Distrito Federal
ISBN (ePub): 978-607-9150-03-7
ISBN (ePub, colección completa / complete collection): 978-607-9150-00-6
ISBN (mobipocket): 978-607-9150-07-5
ISBN (mobipocket, colección completa / complete collection): 978-607-9150-04-4
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Noticias
Cuenta la leyenda que, en 1766, unos gentiles profanadores de tumbas rescataron de la muerte a una doncella cataléptica cuando intentaban arrancarle su sortija. La inopinada salvación permitió que un lustro después aquella joven alumbrara a sir Walter Scott. Sin colofones jubilosos, en Bruja la muerte aparente se transfigura en tradición precolombina y mito universal para anunciar, entre los balidos y graznidos de la noche, los estertores de un pueblo anónimo que yace mórbido de tedio y codicia.
Diseñador gráfico por la Universidad Autónoma Metropolitana, Federico Martínez Valdés (México, DF, 1973) fue miembro del consejo editorial de La Luz y Nada. Ha incluido otros relatos cortos en Crónicas del Emir y edita el sello Los Libros del Emir, donde en coautoría con José Antonio Elizalde publicó la novela Icneumón (2004).
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yace tan tranquila en su cajón, como si estuviera dormida, repite todomundo. Su rostro quedó sonriente en el encuentro final con el descanso añorado. Esa desconocida y terrible enfermedad le robó lenta y dolorosamente la vida, rostro de luna menguante que se adivina sin dientes, muñequita de tienda de detalles para hogares de recién casadas. Don Cosme y Jacinta pasan un buen rato frente al féretro y rezan en voz muy baja; don Cosme entreabre un ojo de vez en cuando y revisa a la difunta. Nadie sospecha por qué el anillo o esos aretes que a veces trae Jacinta se parecen a los de… Fíjate, en esta foto el tío Rogelio tenía un pisacorbatas de oro con un diamante traído del África igualito a ese que usa, de un tiempo acá, don Cosme… Allá en el fondo –donde está más fresco y el olor a parafina quemada es menor y no provoca modorra ni sueños raros– se encuentran las plañideras de siempre, asistentes de rigor a la funeraria, enrebozadas en el color más gris, todas igualitas. Están viejas desde que me acuerdo.
Ya vimos lo que trae, vieja. Párale al rezo y vámonos que ahora se impone la siesta, piensa don Cosme. Mañana por la noche voy a tener que salir a trabajar. Ésta vale la pena el esfuerzo.
El hombre deja el gesto de sufrimiento y toma del brazo a Jacinta que, sorprendida, no atina a otra cosa que salir un poco a traspiés, dejando en el aire el último avemaría como si fuera humo de cigarro. La pareja desaparece en el fulgor que quema los ojos acostumbrados a la penumbra de la capilla.
Las cigarras hacen eco a las pisadas en tierra suelta, seca desde hace meses. De la presa que, allá cerca, alguna vez fue centro de atracción para los bañistas de todos lados, sólo queda el molde embarrado de lirio muerto. Ya ni las vacas se meten ai. Al final del camino que bajaba y bajaba desde un costado de la iglesia, donde una vez estuvo la orilla, sólo quedan los postes rotos y ensalitrados de un angosto embarcadero; más allá, el esqueleto de una lancha. Es todo el espectáculo que ahora ofrece el pórtico de la cervecería. En él están las mesas oxidadas y las sillas rengas por el olvido. Ahí están Simona, que siempre se sienta en aquella ancha silla de tronco sin antebraceras que la aguanta sin rechinar, y don Raúl, el médico. Todos los días a esas horas platican de lo mismo, sentados bajo el tejabán de palma. Ya luego que enfríe un poco se pondrán a jugar al ajedrez, pues por ahora el calor no deja pensar y por eso es bueno estar sentados y sólo entretenerse en hablar de todo y de nada, pues así se olvidará y mañana podremos platicar de nuevo sin agotar el tema. En el pueblo nunca pasa nada, dicen, y ellos saben que sí, pero prefieren decir que no y seguir hablando de lo mismo.
Simona es como el tronco del asiento de su silla: tozuda y fuerte, a pesar de que es ya muy vieja. La gente de por aquí, salvo don Cosme, claro está, y quizá el propio don Raúl, es muy poco observadora; de Simona sólo dicen que está muy gorda y que es más bien fea, aunque –eso sí– concuerdan todos –y algunos hasta agarrándose la cabeza– en que, aunque se la pasa a risa y risa, en realidad tiene un genio de los mil demonios y más vale no contrariarla. De don Raúl se sabe poco; es el único al que Simona le tiene verdadero aprecio. Se sabe que siempre ha andado por aquí y que atiende a cualquier hora del día o la noche, así sea gente del pueblo, o a los arrieros que viven en los linderos. Se sabe que incluso va y atiende a los pastores, allá arriba, en las mesetillas que apenas y se delinean en el fulgor lechoso del eterno mediodía que envuelve a la planicie desde que se acabó el agua. Como que está en todas partes.
—Fue una enfermedad malvada, Simona…
Simona mira al doctor con cara de haberse tragado un tábano.
—¿Malvada, doctor?
—Sí, malvada. No me mires así. Hay enfermedades que nos producen lo que todos llaman muerte natural –como si hubiera otra distinta–. Habrá tal vez maneras rápidas y otras lentas, algunas incluso tan lentas que lleva toda una vida morirse, pero todas naturales, excepto… –arquea las cejas y arruga mucho la frente al mirar fijo a Simona, para hacer énfasis, para ver qué cara pone– excepto cuando la enfermedad es malvada.
Simona se incorpora un poco, se elevan los vapores de la modorra y el sudor, y piensa: Ah, qué el doctor, y yo creiba que todas las enfermedades eran malvadas.
—Las enfermedades no tienen voluntá, no pueden ser malvadas –le dice y contradice lo que acababa de pensar: le gusta poner a prueba el fondo de las cosas y luego escoger.
—Tienes razón, no deberían tener voluntad, pero esto es distinto. La pobre viejecita ya llevaba así como veinte años: lentamente haciéndose momia.