La Esquina
by Edgar Pérez
Published by Edgar Pérez at Smashwords
Copyright 2012 Edgar Pérez
Contenidos -
Capitulo 1 -
Capitulo 2 -
Capitulo 3 -
Capitulo 4 -
Capitulo Final –
Cap. 1.
Por eso llegue tan rápido. Por que se donde queda. Desde niño siempre he pasado por ahí. Regularmente sé veían a los muchachos jugando fútbol o béisbol en perfecta armonía. Durante las horas tempranas de la noche sé formaban diferentes grupos que se aglutinaban en cada parte de la esquina. En el lado Noreste los Dañados que muchos aborrecían y otros consideraban un honor ser saludados por ellos. Por el lado sur los fresas. Estudiosos, serios. Los buenos. No agredían, saludaban, eran limpios, no fumaban drogas ni bebían licor, vistiéndose de manera que los padres consideraban adecuada, con un corte de pelo muy labrado. La esquina tenia sus reglas. Nadie golpeaba a los del sur. Eso seria buscar graves problemas. Los del norte se comprometían a cuidar a los del sur. Pero los del sur no se inmiscuían en las salvajes peleas de los del norte con cualquier otra banda de la parroquia; desapareciendo discretamente en esas épocas conflictivas que aparecen de cuando en cuando en una zona popular. No estaba firmado, nadie hablaba de ello, simplemente así funcionaba.
Las gentes para identificarlos hablaban de los chicos chicos refiriéndose a los chamos que siempre jugaban entre cada esporádica pasada de carros. Los chicos bien refiriéndose a los fresas, que estudiaban, vestían bien, muy ocasionalmente bebían cerveza, obteniendo siempre el permiso para andar con las chicas bellas para ir a ver las películas norteamericanas que tanto nos gustaban. Por su parte, los chicos malos era genuinamente los malos, los feos, los aborrecidos, los que permanentemente los milicianos paraban para identificar, sospechosos de todo lo malo real o imaginario que sucediera por el sector; pero controlaban la marihuana, el paso de peatones el trafico de radio reproductores robados y tenían dominio absoluto del sector.
Yo pasaba generalmente a pie y saludaba a todos. No pertenecía a ningún grupo, pues vivía a diez cuadras de ahí, de alguna manera los chicos malos no se metían conmigo. No sé por que. Yo sabia que los grupos buscaban afanosamente sumar adeptos y quitarse miembros, pues casi todos eran familias y vecinos; en el terreno vacío donde fue el hospital civil siempre jugaban intercambiando jugadores, al béisbol, básquet, Fútbol según la temporada de la televisión. En la noche cada quien volvía a reiterar su pertenencia como si fuesen desconocidos.
Cuando terminé la secundaria fui admitido en la Academia de la Policía Federal de Investigación. Muy pocos continuaron saludándome cada sábado cuando yo llegaba a pasar el fin de semana en mi casa. Fui paulatinamente perdiendo el contacto con ellos. El sector fue poco a poco cambiando en cada paso mío. En la esquina el local que antes fue una sastrería de colombianos, se instalo un mini mercado de chinos. Los chicos buenos fueron a las universidades. La vieja casa de los Gutiérrez desapareció, dio paso aun edificio feo de 5 pisos de apartamentos. También supe que uno de los chicos malos fue abatido por la policía estatal en un pésimo mal atraco, que tuvo como desenlace que toda la comunidad terminara de aborrecerme. me lo demostraban cada vez que yo pasaba con mi camisa blanca manga larga, con mi corbata azul, junto a mi pelo cortado casi al rape. Era como un modo comentario. Ahí va el soplón. El pichón de policía,
La esquina decayó, era muy raro ver ahí a alguien. El chino vendió el mercado a un Polaco, gordo y calvo con cara de bruto. Pero a la verdad el hombre era amable, servicial y su aparente reticencia era por que no dominaba bien el idioma. Pero a mi no me gustaba. No me gustaba su forma de mirar, sin embargo lo aceptaban porque era uno de los pocos que me saludaba...
Llegaron vecinos nuevos, tenían buenos autos usados, trabajaban en las nuevas empresas norteamericanas que se estaban estableciendo. Montaban dulcerías, mercerías, paladares, zapaterías y cyber cafés en las amplias salas de las viejas casonas del sector.
I
Llego una señora con su hija. A pesar de no ser frecuente mi paso por la zona, yo quede entre los impactados por ella. Pura era su nombre. Pelo negro azabache, ojos verdes, menudita, bella a morirse , demasiado popular entre los adultos de la zona, cada vez que salía a la puerta de la casa a tomar fresco y exhibirse en unos shorts de Jeans que quitaba el hipo junto a sus sandalias brasileñas... Yo me sume a los que intentaba conquistarla. Sabia que llevaba las de perder en la competencia por ser tan poco frecuente mi paso por ahí. Pero es que no podía dejar de intentarlo, obligado por ese amor doloroso e imposible que no me dejaban vivir, causado en menos de dos segundos por esa chica.. También el polaco a pesar de ser mayor se incluyo en la carrera por conquistar el corazón de la niña.
El nuevo dueño del antiguo negocio de los chinos, se abrió paso regalándole cosas, regalándole dinero, siendo amable y riéndole todo. Pura de verdad no desaprovechaba ocasión. A todos nos quitaba algo y en especial a mí que me quito el alma, el corazón, las ideas y me la pasaba con una cara de gafo que ya no podía con ella. Hasta que un día, un miliciano cubano que repentinamente llego y pareció ganar por afuera la carrera de los afectos de Pura. Siempre los sábados cuando yo salía en la tarde veía pasar el Ford Granada diesel por el sector.