El enigma de la cacatúa
Rafael Homar Ferragut
Capítulo I
Una lamparita alumbra la mesa de mi despacho y apenas al resto de la habitación; en la mesa hay bastante desorden, y mientras avanza la noche sigo inmóvil como una estatua sumido en complejos devaneos. Se me acumulan los recuerdos en la cabeza y me doy cuenta de que son infinitas las ramificaciones que me llevan de un lugar a otro, cruzando con gran velocidad recuerdos dispersos en el tiempo. Pienso en Paco, mi alegre cerdito, el juguetón, y sin poderlo evitar me distraigo recordando la alegría de tantos momentos felices: cuando nos revolcábamos juntos en el fango o cuando lo tuve por primera vez en mis brazos. ¿Cuántas veces habré llorado a su lado? Es difícil de decir.
Pienso también en Joaquín Buenpie, personaje entrañable, buen amigo y compañero de trabajo en el restaurante “La Cacatúa”. Compartimos, durante dos años de nuestras vidas, las penalidades de aquel trabajo extenuante y represivo. A pesar de haber transcurrido más de diez años recuerdo con claridad su semblante alegre de grandes mofletes, el tambalearse de su extrema obesidad y el arte con que zapateaba el suelo, dando palmadas a su vez, al son de la música de José Caracol, su ídolo. Daba la impresión que la inconsistente grasa que cubría su cuerpo por todos lados pudiera salir desprendida debido a la fuerza centrifuga de sus insólitos movimientos de baile. Por las noches, cuando ya se habían ido los clientes y empezábamos a limpiar, se ponía muy contento y pasaba la fregona cantando con gran sentimiento y pasión. Como yo, vivía en el restaurante “La Cacatúa”, en las habitaciones de la parte de arriba.
Pronto se disipan de mi mente estos gratos recuerdos y se instala en su lugar con una reincidencia excesiva la inquietante expresión de su rostro el día de su muerte, dejándome, como siempre, profundamente abatido. Sus angustiosos llantos y gemidos de dolor me han perseguido en sueños desde entonces, recordándome el extremo sufrimiento de los últimos momentos de su vida, cuando en un estado de visible desesperación, completamente alterado, apareció medio desnudo en mi cuarto chillando como un energúmeno. No berrea con mayor desafuero una cabra cuando envestida por un toro emprende el primer vuelo de su vida al tiempo que esparce sus vísceras sobre la tierra. Tampoco se altera tanto la gallina clueca cuando del huevo que estaba empollando en lugar de un pollito sale un lagarto que la ataca mordiéndola en una pata.
Sufrió el pobre Joaquín Buenpie un ataque paranoico acosado por la alucinación de una rata gigante. Víctima de esta paranoia podía sentir incluso como la rata trepaba por su cuerpo y en todo lugar donde miraba creía ver la gigantesca rata, preparada para atacarle, mirándole con ojos ensangrentados. El pavor le tenía dominado y parecía sufrir un colapso nervioso.
Aquella noche sería la última de su existencia, pues poco después de que le sacara de mi cuarto restregándole una fregona por la espalda, saltó, presa del histerismo, por la ventana de su cuarto, que aun no siendo una altura excesiva bastó para que todos los órganos de su cuerpo sucumbieran a un fatal aplastamiento. Debería haberle ayudado, pero no fue lo que hice. En ningún momento pensé que pudiera cometer alguna locura, pero así fue. Cuando tuve noticia de su muerte sufrí una conmoción, un sentimiento de angustia constante y tuve que ser ingresado temporalmente en un psiquiátrico.
La extraña muerte de Joaquín fue un acontecimiento terrible y doloroso, pero fue tan sólo el principio de una serie de desgracias imprevisibles y desconcertantes. En Santa Julieta, pequeño pueblo del centro de Mallorca, ocurrieron otros misteriosos sucesos que llenaron de espanto y congoja a los vecinos del pueblo.
Como la picadura de una araña, que disemina la ponzoña infecciosa produciendo un gran dolor, se extendió la más deplorable providencia por Santa Julieta, dejando a su paso la desesperación y el dolor entre las inocentes gentes del pueblo. Sin poder preverlo se vieron envueltos en una secuencia de espantosos sucesos impredecibles bajo todo examen, que truncaron sin esperanza las ilusiones de muchas personas. El vasto poder que esgrime la fatalidad, con el cual controla el devenir de la vida de los hombres, se abalanzó sobre el pequeño pueblo con la fuerza con que una maza hiende sobre la dura tierra la colosal piqueta, golpeándola una y otra vez con la esperanza de que el burro no se vuelva a escapar. Maldad inesperada que como un cepo oculto jamás duda en cernirse con desmedida contundencia al paso del tierno cabritillo, que distraído jugaba con las mariposas. Bala con desespero su madre atrayendo al siniestro cazador, el cual, al ver semejante desastre, se siente orgulloso de su ingenio y perspicacia. Cruel, indiscriminado e irracional fue igualmente el horror que se cernió desmedido sobre la vida de aquellas humildes personas, que sucumbieron desconsolados ante tan inesperadas desgracias.
La misteriosa muerte de Joaquín corrió de boca en boca por Santa Julieta tan rápido como si la noticia hubiera sido dada con un megáfono. Al día siguiente otro compañero de trabajo del restaurante “La Cacatúa”, un ayudante de cocina llamado Paco Cochino, único testigo presencial del suicidio de Joaquín, desapareció sin dejar rastro, esfumándose como el conejo que ve bostezar a un cocodrilo. Se volatilizó como aquel que andando distraído por el campo masticando un bocadillo se cae en un pozo, sin haber dado explicaciones a nadie y sin haber podido proferir, al tener la boca llena, su postrer grito de auxilio. Cuando disipó la niebla vieron que ya no estaba allí.
La desaparición de Paco Cochino sorprendió mucho a sus más allegados, y rápido se extendieron diversas suposiciones sobre su paradero, llegándose a decir que había sido abducido por los extraterrestres, asegurándose que apareció un platillo volante y que Paco, que estaba cagando tras unos matorrales, se elevó del suelo envuelto en un haz luminoso, pero esta teoría finalmente se pudo demostrar falsa. El mismo día otro suceso, mucho más sorprendente y aterrador, eclipsaría completamente la trascendencia de su desaparición. Sin lugar a duda de entre todos los acontecimientos funestos de aquellos días, el que generó más expectación y desconcierto entre las gentes del lugar fue la aparición de una momia en pleno centro de Santa Julieta. Muchas personas vieron a la momia y todos coincidieron en calificar su aspecto de absolutamente aterrador. Lo más escalofriante que habían visto en su vida.
Durante meses, en el pequeño pueblo de Santa Julieta, proseguían los ecos de variados comentarios, dando pie a numerosas versiones de esta historia, todas ellas incompletas y carentes de veracidad. La imaginación de las personas ávidas de murmuraciones truculentas no encontraron limite que contuviera la sarta de especulaciones alocadas con que deformaron una verdad que desconocían. Las más descabelladas hipótesis proliferaron entre los niños pequeños del pueblo, muchos de los cuales vieron a la momia con total claridad, a plena luz del día. Un niño del pueblo de apenas doce años, llamado Pepito Grillo, tras su encuentro con la momia, sufrió de envejecimiento prematuro, caneándose su pelo y quedando su rostro surcado de angustiosas arrugas. Perseguido por la momia consiguió finalmente eludirla tras furibunda carrera quedando el pobre niño histérico y trastornado para el resto de su vida.
La única baja que hubo que lamentar fue la del párroco de Santa Julieta, que enfrentándose a la momia con un crucifijo, descubrió demasiado tarde que tal truco solo funciona con el Conde Drácula, y sucumbió el párroco al letal abrazo de la momia. El forense determinó que la muerte fue debida a un paro cardíaco, pero quienes vieron el cuerpo del difunto aseguraron que la expresión de su rostro era la de un mortal espanto.
Nunca más se volvió a ver a la momia, pero aún hoy, diez años después, sigue celebrándose en Santa Julieta la festividad de la momia, disfrazándose sus gentes, unos de momia, otros de cura, organizándose bailes y juegos conmemorativos del espantoso suceso.
La investigación de este misterio corrió a cargo del inspector Eustaquio Trompeto, individuo sobresaliente de gran personalidad y carisma, con el arrojo de un león hambriento encerrado en la jaula de un circo, que gustoso atraparía con sus zarpas la cabeza de un niño para devorarla entre los barrotes. No desmerecería al compararse con Héctor de Troya, quien no dudó en enfrentarse con el mítico guerrero invencible Tobillo. Tampoco quedaría en mal lugar al compararse con el mismísimo Tarzán, que con Chita al cuello pega un gran salto de un árbol a otro al tiempo que exclama su inhumano alarido.
El inspector Eustaquio había nacido para impartir justicia. Superó las pruebas de ingreso a la academia de policía con sobrada holgura y se graduó con honores con la mejor calificación de su promoción entre aplausos y aclamaciones de sus compañeros y superiores, a los que se les caía la baba de pura envidia y satisfacción. Fue un ejemplo destacado en la mejor generación de agentes en la historia de la Academia Policial de Cuenca, repleta de grandes talentos, todos ellos alentados por su ejemplo. Siendo policía destacó por su vigor en el manejo de la porra y su perseverancia en las persecuciones, y nunca desfalleció en su firme empeño de resolver los diferentes problemas de las personas. Intolerante con la delincuencia, arremetió con decisión firme cualquier atisbo de ilegalidad y rápidamente hizo méritos por los que fue ascendido y trasladado a la comisaría de Lorito, pueblo cercano a Santa Julieta.
Como inspector de policía demostró inigualables dotes para resolver los casos. En intensa labor, despachaba cada día dos o tres casos de difícil solución, como por ejemplo el robo de una gallina o la desaparición de un zapato, y no encontró problema al que no diera solución. Fue un inspector incorruptible, totalmente insobornable y nunca vislumbró su alma la más leve amenaza de la tentación. Pronto se extendió su fama de severo y eficaz, y cada vez eran más los que le confiaban sus problemas. Las madres, cuando sus hijos no querían hacer los deberes, les amenazaban con hacer venir al inspector Eustaquio. Su carisma y determinación arrastraba a las gentes a una confianza absoluta en su capacidad.
Era el inspector Eustaquio Trompeto como un toro salvaje, henchido de bravura y coraje, pero así como el toro bravo encuentra en una tela granate un adversario imbatible al que no es capaz de hacer mínimo rasguño, encontró el inspector Eustaquio en el restaurante “La Cacatúa” el digno adversario que se interpuso en su camino hacia la fama y el reconocimiento. Allí, en aquel restaurante donde yo trabajaba, dio comienzo el fin de su impresionante trayectoria policial digna de eterna alabanza.
Investigando la aparición de la momia apareció por el restaurante “La Cacatúa”, y allí recibió una calurosa bienvenida. Fue salvajemente agredido por el personal del restaurante, vapuleado como si fuera un monigote y recibió una paliza como la que nunca le dio su madre cuando era pequeño. Aunque maltrecho, pudo escapar con vida, pero al huir con su coche sufrió un aparatoso accidente por el que estuvo una semana en coma y perdió parcialmente la visión de un ojo. Yo no participé en el linchamiento, si no al contrario, pues intenté ayudarle en lo posible advirtiéndole de su temeridad. Ya entonces sabía bien yo del carácter poco amistoso de mis compañeros.
El inspector Eustaquio Trompeto nunca habló de lo sucedido, ni interpuso denuncia contra el personal del restaurante, pero a las primeras visitas que tuvo en el hospital, sus familiares y amigos, les dijo haber sido atacado por un monstruo mutante, un engendro de laboratorio horripilante y descomunal que le lanzó contra una pared con una fuerza asombrosa. A pesar de las contusiones ocasionadas en el fatal batacazo, huyó despavorido el inspector Eustaquio Trompeto a una velocidad digna de un atleta, pero, perseguido por el monstruo, eligió mal la dirección de sus pasos y se metió en la cocina del restaurante, donde la persecución se volvió más acuciante y donde recibió dos fuertes manotazos en la cara que por poco no dan fin a su presurosa huida. Milagrosamente pudo escabullirse, pero poco después, al escapar con su coche a gran velocidad, impactó con un muro de piedra reventando el auto en miles de pedazos.
El monstruo al que hizo referencia y que mencionó reiteradamente durante los delirios de su convalecencia se trataba de otro compañero del restaurante, individuo de aspecto singular, pero que, como veremos más adelante, no actuó con mala fe, sino al contrario, con la mejor intención del mundo.
Al haber sido ingresado el inspector Eustaquio en el hospital “La Sangre” de Palma de Mallorca en estado comatoso no pudo dar parte inmediata de sus averiguaciones y la investigación en el restaurante se centró en el accidente de tráfico que había tenido el inspector, del cual, el personal del restaurante dijo no saber nada. La muerte de Joaquín Buenpie no había levantado aún sospechas criminales y nadie había denunciado aún la desaparición de Paco Cochino. Tampoco sospechaba nadie, salvo el inspector Eustaquio Trompeto, las conexiones habidas entre la aparición de la momia y la muerte de Joaquín en el restaurante “La Cacatúa”. Éste es el enigma y éstas son mis vivencias personales que no hay que poner en duda.
Con el primer indicio de recuperación tras varios días en coma profundo ordenó el inspector Eustaquio la autopsia de Joaquín Buenpie y la búsqueda de Paco Cochino, que como ya se ha dicho, había desaparecido del mapa así como desaparece el calamar abisal ante los atónitos ojos del congrio malayo, después de haber soltado un buen chorro de tinta. Yo, que poco antes de su desaparición había estado con él, no vislumbré en su actitud indicio que me llevara a considerar nada extraño.
La búsqueda de Paco Cochino fue infructuosa durante más de una semana, hasta que llegó a través de una postal remitida desde Ecuador la noticia de su secuestro por parte de una banda de terroristas que se hacían llamar la guerrilla ecuatoriana. Eran un pequeño grupo armado que se dedicaban a diferentes labores delictivas, entre ellas el secuestro, asesinatos y tráfico de estupefacientes. En la postal se exigía un rescate en moneda americana que debía entregarse en una fecha exacta en un enclave montañoso de la cordillera de los Andes perteneciente a Ecuador. Estaba aún convaleciente el inspector Eustaquio, e intentando aplacar el dolor de las heridas que en su orgullo se habían abierto, cuando recibió la noticia del secuestro de Paco Cochino. Tampoco se pudo realizar la autopsia de Joaquín Buenpie al haber sido su cuerpo incinerado con una anticipación sospechosa.
Era el inspector Eustaquio persona de natural perseverante, además de orgulloso y arrogante, y esta espina sangrante clavada en el centro de su orgullo se retorcía con cada pensamiento de la humillación sufrida. La rabia contenida, a un punto de desencadenarse, le debía de mantener bajo un estado de fuerte agarrotamiento muscular que lo tenía paralizado, cosa que explica que no cogiera su pistola y la emprendiera a tiros con el personal del restaurante.
Aún sin estar completamente recuperado salió del hospital, y centró la investigación del caso en el rescate de Paco Cochino, de quien sabía que fue testigo presencial de la muerte de Joaquín, como ya se ha dicho, y única persona de la que podía esperar declarase abiertamente sobre su muerte, pues lo suponía huido del restaurante por temor a las represalias de sus compañeros.
El inspector Eustaquio, aún aquejado de algunos dolores, viajó a Ecuador con el dinero convenido, dispuesto a interceder en el rescate de Paco Cochino, pero más le hubiera valido haberse quedado en la clínica, remugando un poco más en la cama, que no emprender tan arriesgado viaje. Lejos estaba el inspector de vislumbrar las arenas movedizas que se disponía atravesar, impelido por su propia obstinación, quedando atrapado en las redes del infortunio más extenuante y demoledor. El destino cruel que tanto engaña a los hombres en sus proyectos cayó inflexible sobre el inspector en la misma forma que el ponzoñoso aguijón de un escorpión cae, a veces, sobre si mismo. Son designios divinos que su justicia no podemos rebatir, pero no propició la suerte incierta de los hombres que disfrutara el inspector en su madurez de la merecida gloria. Quiso Dios satisfacer el orgullo que siente por su propia obra, viendo como el inspector renaciera de entre sus cenizas, admirado al verle soportar la más dura adversidad y penuria.
—No fueron tan bien las cosas como se esperaba, ¿verdad, señor inspector?
—No, la verdad es que no.
—Se pensaba usted que iba a ser llegar y besar el santo, ¿verdad?
—Sí, la verdad es que no pensé que iba a ser una misión tan arriesgada.
—Menudo fracaso. Chiquito traspiés.
La investigación de los hechos ocurridos en Santa Julieta sufrieron un inevitable receso al ser también secuestrado el inspector Eustaquio en la selva de “La Papaya” por la guerrilla ecuatoriana, donde le tuvieron encerrado durante ocho años, atormentándole diariamente con castigos insufribles. Hubo de pasar por una prueba de resistencia extenuante sometido a un tormento inhumano de la más infame impiedad. Tras propinarle una brutal paliza lo tuvieron encerrado en una choza al borde de un acantilado, haciéndole soportar la intemperie y unas pésimas condiciones de vida.
Sobre esto tampoco pudieron evitar especular las gentes ociosas de Santa Julieta, considerando algunos que el inspector se había ido de vacaciones al Caribe con el dinero del rescate; unos decían que se había ligado a una mulata de doscientos kilos y otros que mendigaba por las calles para poder seguir apostando en las carreras de sapos, muy típicas de aquellas tierras; pero no era así, estuvo encerrado en pésimas condiciones más de ocho años de su vida, en una edad cercana al retiro muy poco adecuada para sufrir la extrema penitencia y cotidianos tormentos de su secuestro. Tras ocho años de cautiverio consiguió el inspector finalmente evadirse, después de numerosos intentos. Por su propio pie recorrió kilómetros de selva, alimentándose de insectos y pequeños lagartos. A su regreso, ingresó en la sección de agudos del departamento de psiquiatría del hospital “La Soledad” sin haber podido solucionar el caso y sufriendo profundos delirios y paranoias.
Durante el tiempo que el inspector Eustaquio estuvo secuestrado, mi vida también dio sorprendentes giros; tras dejar el trabajo en el restaurante “La Cacatúa” me dediqué junto al doctor Gabriel de las Cuadras, propietario del restaurante, al estudio de la psiquiatría, y empecé a trabajar con él en el hospital “La Soledad” llegando a ser elegido, tras siete años de dedicación y esfuerzos, comisario del gabinete del departamento de psiquiatría del hospital.
En todo momento tuve presente al inspector Eustaquio en mis oraciones y en mi pensamiento. Podía sentir en mi consciencia su sufrimiento lejano y con mis rezos le hacía llegar voces de ánimo y consuelo. La bondad divina lo trajo de nuevo a mi lado para que pudiera atenderle en “la Soledad” y ayudarle en una recuperación que en un principio se planteaba dificultosa.
Nuestra estrecha relación y prolongado trato durante el tiempo que me encargaba de supervisar su estado mental y le sometía a diferentes terapias experimentales en el hospital “La Soledad”, me permitió llegar a conocer al inspector Eustaquio Trompeto bastante bien e incluso llegar a apreciarle sinceramente. Una amistad reciproca que podría ser comparada con la que tuvieron Rocinante y el burro de Sancho Panza, si es verdad lo que dicen de ellos los eruditos sobre el estudio de este asunto.
Aún fascinado y apasionado al rememorar sobre la notable persona del inspector Eustaquio no tendrán mis palabras sombra de adulación. Aun siendo un grato esfuerzo, y reconozco que así es, aclamar al señor inspector con la dignidad que se merece, estas palabras nunca podrán pasar de ser una insignificante reseña, mísera e insuficiente, sobre la personalidad de una de las mentes más inspiradas de nuestro siglo y del que viene. Grandes hazañas prometo, pero pocas van a igualar la majestuosidad del inspector Eustaquio en sus fenomenales intervenciones.
Capítulo II
En las sesiones del tratamiento psicológico del señor inspector analizábamos los sucesos ocurridos en Santa Julieta como parte de su terapia de recuperación. Gracias a la grabadora que de un casual le pude robar al inspector Eustaquio mientras hacia sus necesidades encerrado en el váter, dispongo de numeras grabaciones de las sesiones, en una de las cuales el inspector Eustaquio relata sus primeras impresiones sobre el caso y los motivos que le encaminaron hacia el restaurante “La Cacatúa”.
Eliminando algunas expresiones reiterativas no necesarias para su comprensión y las modificaciones mínimas que hagan más sencilla su lectura, pues el señor inspector era muy dado a las onomatopeyas, las blasfemias y a imitar con la voz las intervenciones de sus interlocutores, he compuesto una trascripción de la grabación que es perfectamente fiel a su testimonio.
Señoras y señores guarden silencio, por favor. El señor inspector en uno de sus brillantes momentos de lucidez, gracias también a los despilfarros que la estupenda enfermera del ceño fruncido hace con las dosis de morfina que comparte con los pacientes, se dispone a deleitarnos con ameno discurso y con información clasificada sobre los sucesos ocurridos en Santa Julieta.
—Buenos días señor inspector —le dije al cruzar la puerta de su habitación—. ¿Qué tal se encuentra hoy?
Muchas veces no me contestaba, y se limitó a mirarme con una expresión de odio absoluto. No era un paciente fácil de tratar y sufría además de bruscos cambios de humor, pudiendo compararse sus arrebatos a la erupción de un volcán o al estallido de una bomba. Era conveniente mucha sutileza y romper el hielo con unas palabras de elogio, para dar cebo a su vanidad.
—Hace usted muy buena cara; con la dentadura postiza parece haber rejuvenecido veinte años por lo menos. Por un momento me ha hecho recordar al apuesto inspector que conocí en el restaurante “La Cacatúa”.
Mientras el inspector Eustaquio mudaba su expresión en una sucesión de gesticulaciones terroríficas, yo continué diciendo:
—Han pasado ya muchos años desde entonces, ¿verdad señor inspector? Yo siempre le he estado muy agradecido de que salvara la vida de mi cerdo. ¡Qué gran hazaña! Estoy seguro que debió ser una de sus intervenciones más meritorias. Demostró usted una gran perspicacia.
—¡Yo no creo que fuera para tanto! —me gritó el inspector, incendiándose su cara por una ira incontenible, simulando con las manos estar retorciendo el pescuezo a un gato con una saña excesiva.
—Que cosas dice. Aquellos fueron los buenos tiempos, su momento de gloria. ¿Piensa que no, señor inspector?
—Y una mierda.
—Sí, tiene usted razón, cometió algunos errores, pero aún así, ¿no cree que aquellos tiempos eran mejores que los de ahora? Antes por lo menos no tenía que llevar pañales.
—Los únicos buenos tiempos de mi vida son antes de conocerte —me dijo con visible enfado apuntillando la frase con calificativos despectivos como desgraciado y anormal—.
Esto, en verdad, me disgustó bastante, pero no tanto como otras cosas que me llegó a decir sin pensar. Podía llegar a ser bastante desagradable.
—Quería que habláramos un poco sobre el restaurante “La Cacatúa”. Quisiera me contara cómo intuyó usted que la vida de mi muy querido cerdo estaba en peligro. Yo nunca he entendido cómo lo supo usted, y cómo apareció usted tan oportunamente, en momento tan trascendental.
—¡Otra vez! —gritó encolerizado—. ¡Ya te lo he dicho cientos de veces que la vida de tu cerdo a mí me importaba un pimiento!
—Ya bueno, quería me lo contase una vez más. A usted que más le da. Por lo que tiene que hacer.
—¿Qué es eso que tienes allí? Devuélveme mi grabadora que la vas a romper. Deja de hacer el payaso con mis cosas.
—Ya se la devolveré. Es que luego no me acuerdo de lo que me ha dicho. Y tenga en cuenta que si no me la deja y no me cuenta lo que pasó llamaré al doctor Laurencio para que le haga una sesión de acupuntura. Como usted quiera, una terapia u otra.
—No, no, eso no. Está bien. Pero luego me la devuelves.
—No se preocupe. Venga, comience a hablar que ya está grabando.
—¿No estarás grabando encima de mi cinta de José Luís Perales?
—No, claro que no.
—Está bien, pero luego te vas a dar una vuelta y me dejas en paz un rato, ¿vale?
—De acuerdo, pero hágalo como usted sabe, que ha de quedar bien y se ha de entender.
—Pues tú no interrumpas y ahora calla. Nos remontaremos a la mañana del 22 de septiembre del 86. Recuerdo muy bien aquel día, fue el día que tuve la desgracia de conocerte. ¿Seguro que está grabando?
—Sí.
—Pues atiende, a ver si te enteras. Fue un día muy caluroso o tal vez fuera que las lluvias del día anterior hiciesen aumentar la sensación de vaho y humedad en el ambiente. En mi despacho el aire acondicionado estaba estropeado y puesto que no había mucho trabajo, me encontraba en el bar.
—Intente no irse demasiado por las ramas, por favor.
—Si quieres que te lo cuente, te lo cuento a mi manera y si me interrumpes se acabó.
—Está bien continúe.
“Yo había dado orden a la telefonista de pasarme la llamada a la cantina en caso de algo importante. No tardó en sonar el teléfono y me llamaron desde la barra del bar con un grito. Ring, ring, sonó cuando después del carajillo me estaba fumando un purito”
Tras decir esto el inspector Eustaquio simuló darle dos buenas bocanadas a un cigarro.
“Contesté al aparato y la telefonista me notificó haber recibido tres llamadas denunciando la aparición de una momia en Santa Julieta. Le dije a la recepcionista que llamara al instituto de arqueología que ese no era asunto de nuestra competencia y ella me dijo, pon atención atontado, no tratarse de ningún cadáver, y que si lo era se movía como si estuviera vivo.
“En un principio la telefonista pensó que era una broma, me confesó, y hasta que no llamaron de jefatura no me quiso molestar. Por lo visto la policía nacional y la guardia civil habían recibido también numerosas llamadas denunciando el avistamiento de una momia. Desde luego que era asunto poco corriente que seguramente se trataba de una broma, pero cuando la policía llegó al pueblo un gran número de personas decían haber visto a la momia. Se hizo un gran despliegue, registrando el pueblo y sus alrededores completamente, establos, pozos e incluso unas grutas de la montaña, pero la momia no apareció por ningún lado.”
—Señor inspector, disculpe un momento —interrumpí—. ¿Está seguro de que era una momia?
—Claro que estoy seguro. Esto que te cuento es una verdad absoluta que si escuchas y no me interrumpes entenderías a la perfección, si no fueras subnormal, claro.
“Yo nunca llegué a ver a la momia, pero algo había pasado en Santa Julieta, de eso no hay duda. Cuando yo llegué al pueblo había bastantes ambulancias trasladando los lesionados más graves y muchos de ellos estaban aún esparcidos por las calles junto con algunos desmallados. Había mucho barullo de gentes recogiendo la plaza, que parecía haber sufrido el paso de un tornado. Municipales proseguían la investigación interrogando a la gente. Algunas señoras tenderas se lamentaban con grandes gritos por las perdidas sufridas en su mercancía. Yo me fui al bar del centro, tenía la boca pastosa y me pedí un Bloody Mary; no tenía costumbre pero en aquel momento me pareció apetecible. El bar estaba muy concurrido.
“El dueño del bar se me quedó mirando desde detrás de la barra con expresión perpleja y me dijo:
—Señor, me temo que no voy a tener de eso. Estamos en España. ¿Lo sabía usted, verdad?
—Es un cóctel de zumo de tomate y vodka. Y no es tan raro —le respondí—. ¿Tiene usted zumo de tomate?
—Sí, pero como comprenderá no me voy a poner a exprimir tomates —me dijo.
—¿No tiene de botella?
—Si.
—Pues ya me va bien. En un vaso de tubo dos cubitos me pone el vodka y me trae el zumo, trocito de limón para exprimir unas gotas, pimienta molida y el tabasco.
“Le di a probar al dueño y tanto le gustó que se preparó uno para él. Sin salir del bar me enteré de todo lo ocurrido aquella mañana.”
—¡Que sagacidad!
—No me interrumpas, que me desconcentro —dijo el inspector Eustaquio.
“La noche anterior a la aparición de la momia había habido una gran tormenta que había causado inundaciones y algunos derrumbamientos. Según la gente del bar la tormenta había dejado la plaza de la iglesia bastante sucia, y tuvieron que trabajar duro y de buena mañana las gentes de Santa Julieta para dejarlo todo listo y poder así dar comienzo el mercado, que se celebraba todos los jueves. Los barrenderos hicieron servicios especiales y finalmente se pudieron montar los tenderetes. El sol resplandecía intensamente y las blancas telas adornaban la plaza entre el bullicio creciente. Música de Tomeu Penya sonaba por los altavoces cuando yo llegué, aunque pudiera ser que cuando apareció la momia estuviera sonando algún otro disco. Tenderos venidos de todas partes del mundo exponían en el suelo sus productos y parece ser que aquella mañana la plaza estaba muy animada.
“La primera noticia del avistamiento de la momia —prosiguió el inspector Eustaquio tras una breve reflexión— la dio un niño de doce años muy conocido en el pueblo. Apunté con disimulo su nombre: Pepito Grillo, que después comprobé que no era su verdadero nombre sino Graullo, de ascendientes franceses.
“Según la opinión de los presentes en el bar, a pesar del jolgorio reinante en la plaza y la música de los altavoces no se dejaron de oír los gritos de una estampida de niños que entraban a trompicones a la plaza desde el callejón de la iglesia. Los adultos de aquella parte de la plaza al verlos venir intentaron pararlos, quedando consternados al ver el susto extremo de los niños, que chillando con todas sus fuerzas se revolvían con fiereza y se intentaban escabullir, completamente aterrorizados. Gran sorpresa fue ésta, pero bastante menor a la impresión que produjo en los presentes el ver aparecer una momia en plena mañana bajando detrás de los niños.
“Todas las descripciones de la momia eran coincidentes y semejantes a la clásica imagen que uno tiene de una momia. Quienes vieron de cerca a la momia confirmaban que no se trataba de un burdo disfraz. El vendaje se desprendía de su cuerpo dejando ver un rostro desfigurado de piel sangrante repleta de mucosidades y supuraciones. Los ojos rojos, ensangrentados, dijo una señora, tenían la mirada del terror. Un bramido ahogado, a todo juicio espeluznante, emergía potente de su gaznate y nunca cerraba la boca. Al parecer, según la opinión de los presentes, llegó deslizándose como impulsado por una fuerza oculta, agitando intensamente los brazos. Quedó la momia frente la mirada atenta de los presentes, que por la sorpresa e incredulidad, quedaron momentáneamente atónitos, viendo como ésta, con los pies juntos y sin moverse del sitio, parecía danzar haciendo sorprendentes movimientos espasmódicos. Y de repente, al tiempo que emitía una atronador bramido, exhaló una lluvia de sangre sobre las cabezas de aquellas gentes produciendo de inmediato una situación de histeria y descontrol. Sea como fuere, la gente reaccionó con pánico.
“Todos los desperfectos en la plaza y el gran número de heridos se produjeron cuando la gente huyó en estampida, creando una avalancha imparable de cuerpos que llevados por el terror arrasaron con la plaza, pasando unos por encima de otros. Los accesos a la plaza, rebosantes de tenderetes y gentes desconcertadas, dificultaban las salidas y empujados por el alud de gente asustada y debido a la pendiente se produjeron deslizamientos generales de la muchedumbre y gran variedad de lesiones. Las calles de Santa Julieta son muy empinadas, cosa que propició la descomunal hecatombe. Los tenderetes quedaron desmantelados y desperdigados los diferentes productos de artesanía y ropas. Gracias a Dios no hubo que lamentar ninguna muerte.”
—¿Y el párroco?
—¿Qué pasa con el párroco?
—¿No murió el párroco de Santa Julieta atrapado por el mortal abrazo de la momia?
—No, creo recordar que se desmayó pero no murió nadie.
—Pues..., paciencia, qué le vamos a hacer. Prosiga por favor.
“La momia, según opinión de los presentes en el bar, aún moviéndose con lentitud pasmosa perseguía a las gentes que habían quedado atropelladas en el suelo, que se alejaban de ella arrastrándose con el resto de sus fuerzas, gritando en demanda de auxilio. Un personaje del bar hizo una apreciación curiosa, pues dijo que la momia andaba como si su cuerpo estuviese dislocado, y que avanzaba retorciéndose y estirándose. Dijo también que la momia en un par de ocasiones se quedó completamente paralizada, como si hubiera quedado agarrotada.
“La callejuela más próxima a la momia, al otro lado de la iglesia, estaba taponada por un cúmulo de gente histérica y asustada, que al acercarse la momia quedó despejada en breves momentos. Unos se subían por la pared, otros por los toldos y pasando unos por encima de los otros dejaron libre la calle por donde se fue la momia. Y no se la volvió a ver. Se sabe que callejeó un poco y tras una esquina desapareció.
“Yo —prosigue el inspector— salí del bar y cruzando la plaza me dirigí hacia la iglesia. A mano derecha de la entrada principal de la iglesia, una callejuela de cantos rodados ascendía haciendo una curva; por allí supuestamente apareció la momia. Esta callejuela resbalaba bastante y daba a una pequeña plaza con una fuente, donde comunicaban tres calles más. En aquella fuente circular advertí una mancha de sangre bastante reciente, que por su forma parecía ser debida a haberse alguien golpeado con la cara. Recogí muestras para su posterior análisis. En una esquina observé otro rastro de sangre en el suelo indicando la calle del centro y proseguí en aquella dirección por una pendiente bastante acuciada. Era una calle estrecha cuyos balcones quedan muy cerca de los de enfrente y con unos enormes portones de madera.
“Subí por aquella callejuela hasta que vi en la acera una señora sentada en una pequeña silla de mimbre haciendo calceta, y le pregunté:
—¿Vive aquí Pepito Grillo? Me han dicho que vive por aquí cerca.
“Sin responder palabra me observaba la mujer con una mirada escrutadora semejante a la que pone una bruja mirando la bola adivinadora. Proseguía con su labor a toda velocidad mientras mantenía fija su mirada en mí. Finalmente levantó el labio superior para mostrar los dientes, grandes e impolutos aunque un poco torcidos y dijo:
—¿Pregunta por el chiquillo?
—Sí, exactamente —le dije—. Me han dicho que él fue el primero que vio a la momia y quería hablar con él.
—Pues vaya a usted a saber por dónde andará. Y sí que vio la momia, que justo salía el chiquillo por esta puerta cuando la vio salir corriendo de la consulta del doctor. El chiquillo se dio un gran susto.
—Perdone, ¿de dónde dice que salió la momia?
—Pues de la consulta del doctor Gabriel. Salió corriendo tan rápido que se golpeó en la pared de enfrente. El pobre niño se dio un susto terrible y espantado salió corriendo como un loco. El Cochinillo rebotó en aquella otra pared y casi pasa por encima del niño, y resbalando llegó hasta la fuente. Había algunos niños por allí, que estaban jugando.
—¿Quiere decir que usted también vio a la momia? —pregunté a la señora.
—Sí.
—¿Qué dice usted de un cochinillo?
—Pues que se trataba de un tal Paco, el Cochinillo, que así le llaman, que tenía todo el cuerpo vendado. Lo tuve bien cerca. Daba pena verle. Apenas se le veía la cara, pero tenía los ojos hinchados, como si le hubieran golpeado. Los pelos se le asomaban por en medio de las vendas, que estaban ensangrentadas y parecía dolerse de golpes en las costillas. Apenas podía andar.
—¿Y está usted segura de reconocerle?
—Seguro. Esta mañana cuando terminé de hacer mis faenas salí a descansar un rato y me senté aquí mismo, donde estoy ahora, y lo vi llegar; le acompañaba el doctor Gabriel. Llevaba una manta encima y le faltaba pelo en la cabeza, pero estoy segura de que era él. Y cuando salió corriendo de la consulta, la enfermera lo llamaba gritando su nombre. El pobre chico chillaba y estaba muy alterado. Trabaja en el restaurante de abajo “La Cacatúa”, a veces voy con mi marido, que es muy amigo del doctor.
—¿Paco no vive en el pueblo, verdad? —pregunté aprovechando la sabiduría de mi oportuna confidente.
—Creo que vive en el restaurante.
—Me ha sido usted de gran ayuda. Creo que haré una visita al doctor. Muchas gracias —le dije.
“Todo aquello aunque seguía pareciendo una invención descabellada se empezaba a aclarar. Entré a ver al doctor. Era una clínica que me pareció estar muy bien. Pequeña, desde luego, pero limpia y ordenada. Cristal, piedra y separaciones de madera lacada en blanco le daban un aspecto elegante. El recibidor era alto y espacioso, de paredes y techo de piedra caliza, haciendo una bóveda. En aquel momento estaban desbordados de trabajo, con numerosas personas en espera, gentes del pueblo accidentados. Enseguida una señorita realmente agraciada vino a atenderme al enseñarle la placa, saliendo de detrás del mostrador.
—Buenos días, señorita —le dije—. ¿Podría hablar con el doctor Gabriel?
—En estos momentos no se encuentra aquí —dijo la chica dulcemente—. Hoy tenía cosas que hacer en Palma. Si yo puedo serle de utilidad.
—Pero esta mañana el doctor ha estado aquí —dije mirándola con gravedad—. ¿A qué hora se ha ido?
—Serian las once y media —me dijo, y luego me pidió si podíamos postergar la entrevista para un mejor momento—. Como puede ver tengo mucho trabajo que hacer.
—Dígame señorita —dije mirándola fijamente con gran seriedad—. Supongo que ya sabe usted que la momia que ha causado todo este revuelo salió de aquí, ¿verdad?
—Sí, ya sé —dijo ella.
—Y supongo sabrá decirme qué ha pasado.
“La enfermera manifestó cierta turbación, pero confirmó tratarse de un paciente que había sufrido importantes quemaduras en el cuerpo, y tuvo que ser completamente vendado. Poco después de que se hubiera ido el doctor Gabriel, se fue corriendo sin decir nada. Averigüé su nombre completo y me confirmó tratarse de un trabajador del restaurante “La Cacatúa” de las afueras del pueblo.
—¿Quién se encargó de atender a el tal Paco Cochino?
“La enfermera se volvió a mostrar dubitativa, pero finalmente me dijo que al paciente, Paco Cochino, lo trajo el doctor Gabriel y que él mismo le atendió en su consulta. De lo que ocurrió en la consulta del doctor Gabriel aseguró la enfermera no saber nada. Tampoco se hizo ningún parte de ingreso, al estar Paco cochino bajo la tutela legal del doctor Gabriel.
—¿Le vio usted llegar a la consulta? — pregunté.
—Sí. Parecía haber sufrido una intensa exposición al fuego. Había perdido parte del cuero cabelludo y recibido intensas quemaduras por todo el cuerpo. Además estaba bastante sordo, por lo que pensé en algún tipo de explosión.
“La enfermera no pudo decirme nada más y creo que era sincera. Otra cosa, me dijo que cuando el doctor Gabriel se fue, le dejó encerrado en su consulta.
—Quisiera ver, antes de irme, la habitación donde estaba Paco, si no le importa —le dije a la enfermera.
“Me enseñó la consulta del doctor Gabriel y allí no encontré nada que pudiera ser revelador. Ningún rastro de sangre, ni allí ni en las otras habitaciones, que también quise inspeccionar. Le pedí un listado de pacientes de aquel día. Con un interés creciente por dilucidar los hechos ocurridos opté por personarme en el restaurante “La Cacatúa” donde me habían dicho que trabajaba Paco Cochino, para buscarle allí, y cuando hablé contigo me enteré de la muerte de Joaquín.”
—¿Responde esto a tu pregunta?
—Y qué quiere que le diga. Creo que todo lo que ha dicho es un disparate terrible, aunque desde luego que para ser una invención es bastante sorprendente.
—Todo esto que te he dicho es la pura verdad y si no te enteraste de esto es porque eres tonto del bote, un zoquete.
—Sí, lo que usted diga, como siempre el inspector tiene razón, aún cuando dice las más obvias tonterías.
Capítulo III
Quise confirmar esta información preguntando al doctor Gabriel, el cual sin duda debería recordar, si tal cosa fue verdad, que hubiera aparecido una momia en Santa Julieta.
—Buenos días, doctor Gabriel —le dije en una de las ocasiones en que me venía a buscar a mi despacho para que merendásemos juntos en la cantina.—. ¿Qué tal va todo?
—Bastante bien —respondió con su sonrisa característica—. Me ha dicho el chico de seguridad que has estado llamándome a grito pelado. Otra vez deja recado y ya pasaré a verte. ¿Qué querías?
—Quería hablar con usted sobre las paranoias del inspector Eustaquio. Su persistencia en decir que una momia apareció por Santa Julieta, cosa que ya le he discutido innumerables ocasiones es tal que me veo obligado a confirmar que no fue así. Pienso que usted sin duda sabrá si tal cosa es cierta.
—¿Qué te parece si te invito a merendar en la cantina y hablamos del tema?
—Con mucho gusto.
Saliendo del departamento de psiquiatría subimos al primer piso y sentados en una mesa de la cantina el doctor Gabriel me preguntó:
—¿Qué es lo que te ha dicho el inspector?
—El inspector Eustaquio insiste en decir que una momia apareció por Santa Julieta asustando a la gente. También dice que esta momia era Paco Cochino, lo cual me parece un disparate.
—Pues es verdad. Así fue. No sé muy bien lo que pasó. Creo que Paco huyó de mi consulta victima de delirios. En el restaurante Paco Cochino había sufrido un accidente quemándose bastante por todo el cuerpo, no sé cómo, pero tenía quemaduras bastante graves. Le apliqué una pomada y le puse unas vendas. La gente es muy sugestionable, no creo que diera motivos para tanto alboroto.
—¿Paco Cochino no volvió a aparecer?
—No, parece ser que viajó a Ecuador y que allí fue secuestrado. Cuando fue el inspector a hacer entrega del dinero del rescate lo secuestraron a él, como ya sabes.
—Sí, trágico suceso. Gracias doctor, me ha sido de gran utilidad.
Esta afirmación me dejó sumido en complejas cavilaciones de las que no pude sacar nada en claro. Si el doctor Gabriel lo confirmaba debía ser verdad. Yo siempre me había reído del inspector Eustaquio considerando fantasiosas sus suposiciones. Para no tener que disculparme y no romper así el trato conveniente entre medico y paciente, le dije:
—Va a tener usted que rectificar sobre lo que me dijo el otro día. El doctor Gabriel me ha confirmado que lo que apareció por Santa Julieta fue, como yo le había dicho, una momia.
Cerré rápidamente la puerta de su habitación para no darle oportunidad de discutir.
Capítulo IV
Días después, en otra de las sesiones terapéuticas le pedí al inspector Eustaquio que me hablara sobre los indicios en que basó sus primeras sospechas.
—¿Qué tal se encuentra esta mañana?
—Pero si es por la tarde —replicó el inspector.
—Era broma. Y no me mire con esa cara que solo he venido a hacerle unas preguntas. Quisiera me explicara usted cuales fueron sus primeras sospechas cuando investigó los sucesos de Santa Julieta.
—Siempre sospeché del doctor Gabriel, ya te lo he dicho en numerosas ocasiones.
—¿El doctor Gabriel?
—Sí, el doctor Gabriel.
—Ahora sí que me deja usted de piedra. ¿Qué motivos había para sospechar del doctor?
—Principalmente porque fue el beneficiado con la muerte de Joaquín, y también lo hubiera sido de Paco de haberse confirmado su muerte. Ambos tenían un seguro de vida a favor del doctor Gabriel. Yo supongo que, aunque Joaquín firmara, fue una idea del doctor.
—No entiendo que clase de sospecha es ésta. A mí me parece muy normal. Los dos querían mucho al doctor y Joaquín se hizo el seguro de vida porque había una remota posibilidad de morir en la operación de cambio de sexo que quería hacerse.
—Yo no sabía que quería hacerse una operación de cambio de sexo. ¿Estás seguro de esto?
—Claro que estoy seguro. Si no me cree le puede preguntar al doctor Gabriel.
—De todas formas esto no importa. Muchos testigos vieron, y lo confirmó el enfermero de la ambulancia, que cuando llevaron a Joaquín al hospital después de haber saltado por la ventana, parecía bastante recuperado, e incluso me confirmaron algunos testigos que Joaquín dijo encontrarse mejor. Por la declaración de Jorge deduje que era posible que a Joaquín le hubieran suministrado algún alucinógeno, cosa fácil para un doctor.
—Y usted supone que el doctor Gabriel le suministró un alucinógeno para que se suicidara y como no lo consiguió después lo mató en la mesa de operaciones.
—Sí, eso creo.
—Es gracioso. Dice usted unos disparates antológicos. El doctor Gabriel es muy buena persona y nunca haría eso. Sus suposiciones son simple paranoia. Su obsesión por implicar al doctor responde al factor represivo de su propio fracaso, la negación de la realidad, la ocultación mental de su propia incompetencia. Se trata sin lugar a duda de una frustración potenciada por sus crisis nerviosas, incomprensibles y fuera de lugar. Le diré a la enfermera que le aumente la medicación.
—No sé por qué pierdo el tiempo hablando contigo —gritó el inspector con un tono agresivo y fuera de lugar—. Tú crees que el doctor Gabriel es una buena persona, pero estás en un completo error. Incineraron el cuerpo de Joaquín antes del plazo señalado por la ley, para que no pudiéramos realizarle la autopsia, ¿sabes quién?
—No, aunque supongo lo que me va a decir.
—Fue el doctor Gabriel, todo lo confirma, testigos y su propia rubrica en los documentos del tanatorio —dijo el inspector con aires de solemnidad, como si estuviera diciendo algo importante.
—Deje, por favor, de decir barbaridades —le dije también con solemnidad—. La muerte de Joaquín fue un desagradable incidente, pero no es cuestión de echar las culpas a nadie. Debe usted relajarse, sumirse en un trance de bienestar, concentrándose en ensoñaciones de su gusto para permitir el efector positivo de las propias experiencias negativas.
—Joaquín fue asesinado, aunque es posible que nunca lo podamos demostrar —dijo el inspector colocándose la mano sobre la frente—. El doctor Gabriel firmó el parte de defunción y declaró que Joaquín murió por un fallo cardíaco durante una operación de la vesícula, cosa que no se pudo demostrar. Lo mandó incinerar inmediatamente porque si se demostraba suicidio o asesinato no hubiera cobrado el dinero del seguro. El doctor Gabriel es un asesino metódico, que no siente remordimientos.
—No insulte al doctor, no se lo permito.
—¿Y a mí que me importa lo que tu permitas? —gritó el inspector con excesivo denuedo.
—Serénese, señor inspector —le dije—. Debe procurar no alterarse. Luego le diré al doctor Laurencio Puerco que venga a hacerle unos masajes en las nalgas.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué no? No es conveniente que esté sentado todo el día en la silla de ruedas.
—Braulio, como llames al doctor Laurencio no te hablaré nunca más en mi vida.
—No se ponga así, es por su bien. No entiendo por qué le disgusta tanto el doctor Laurencio. Es una eminencia.
—¡Que va a ser una eminencia! ¡Es un tarado, un deficiente mental!
—Como se pasa usted. Dejemos el tema que veo que no le conviene. Ahora, si le parece bien, quisiera que practicásemos una nueva terapia experimental. Se trata de hacer un sencillo ejercicio, yo digo una frase y usted la tiene que repetir tan alto como pueda. ¿De acuerdo?
—Ni hablar.
—El doctor Gabriel es una maravillosa persona. Repita.
—Te he dicho que ni hablar. Si acaso gritaría que es un ser despreciable y un asesino.
—Ya le he dicho que sus sospechas contra el doctor son una simple paranoia, un trastorno de su mente.
—Pues yo creo que es un delincuente peligroso, un asesino despiadado. Pronto recibirá el golpe certero. Pronto estas manos le acusaran frente a un juez.
—Podríamos dejar el tema, sus elucubraciones me están empezando a molestar.
—¿No eran amigos tuyos Joaquín y Paco? ¿No te gustaría saber la verdad? ¿Saber quién es el responsable de sus muertes?
Me quedé un momento mirándole fijamente con expresión interrogativa hasta que le dije:
—Si hemos de hablar del tema podríamos, por favor, intentar ceñirnos un poco a la realidad de lo ocurrido. ¿Por qué dice ahora que Paco Cochino está muerto?
—Creo que es lo más probable.
—A usted también podrían haberle matado y no lo hicieron. ¿No me dijo usted que le traían papayas para que comiera? ¿Y qué más quiere?
—Ya sabes que odio esa fruta pestilente.
—No me acordaba. Ahora me ha dado usted una idea para una nueva terapia experimental, pediré a las enfermeras que a partir de ahora solamente le den de comer papayas. Pudiera ser que consiguiendo vencer este rechazo ayude a superar el trauma de su secuestro.
—Deja de decir disparates, mamarracho, sí que me hubieran podido matar en cualquier momento, pero eso hubiera sido más piadoso que la horrible muerte que me tenían preparada, una muerte lenta aislado y abandonado en aquella choza de pesadilla. Además yo no tenía la prueba que inculpaba al doctor ni nadie iba a pagar un precio por mi muerte.
—¿Qué prueba? Ahora sí que me he perdido.
—Paco debía saber algo que incriminaba al doctor. Tal vez sabía demasiadas cosas sobre los delitos del doctor Gabriel. Tú me dijiste, y además fue confirmado, que Paco y Joaquín eran más que amigos y es posible que se enfrentara al doctor Gabriel al enterarse de la muerte de su novio.
—Es una tontería tremenda esto que dice usted. Y ya estoy harto de sus insinuaciones impertinentes contra el doctor Gabriel. A usted lo que le pasa es que le tiene envidia.
Un leve temblor de su cuerpo anticipo la erupción del volcán, que descargó toda su furia desde el primer berrido.
—¿Envidia? —gritó con gran estrépito, como el rechinar de una locomotora—. Yo no le tengo envidia de nada, y si me encuentro en este estado, postrado en esta silla de ruedas, es por su culpa. ¡Él es el responsable de toda mi desgracia! ¡Por su culpa estuve secuestrado ocho años de mi vida!
—Tranquilícese, señor inspector. Tiene que procurar no alterarse.
—¿Por qué crees tú que Paco Cochino se fue a Ecuador sin decir nada a nadie?
—No tengo ni idea.
—Sabias qué habían intentado matarle.
—Pues no, primera noticia.
—¡Lo que pasa es que no te acuerdas! —me grito con bastante cólera el inspector—. Yo ya te lo he contado muchas veces. ¿Cómo es posible que no te acuerdes?
—Pues ahora no sé de qué me habla. No voy a memorizar todos los disparates que usted dice.
—Lo grabamos todo en una cinta en una de tus ridículas sesiones terapéuticas, con mi grabadora blanca.
—Ya la buscaré, no veo ahora que importancia tiene eso.
—No te enteras de nada. Tú mismo me contaste que la hoguera explotó, ¿no es verdad?
—Sí.
—Todo indica que en la pira de escombros alguien había colocado un componente explosivo. El socabón del suelo demostraba una poderosa explosión y tras analizar los rastros químicos se podía conjeturar tratarse de una bomba de fabricación casera. Este fue el primer intento de acabar con la vida de Paco Cochino. El doctor Gabriel, habiendo fracasado el primer intento, se lo llevó a la consulta y lo atendió para procurarse una coartada.
—Perdone que le diga pero está usted como una cabra.
—Está todo bien claro, pero me faltan pruebas. Cumpliendo con su papel de buen doctor vendó a Paco Cochino y después le debió de inyectar algún veneno. Eso explicaría los espasmos y la sangre que regurgitaba por la boca. Lo que desconozco es cómo fue capaz de seguir con vida. Algún alma caritativa se debió cuidar de él antes de emigrar a Ecuador.
—No me creo ni una palabra.
—Supongo que en tu estado es normal. Paco Cochino huyó de la consulta del doctor Gabriel y eso seguro que fue al temer por su vida. Al entrar en la consulta con el doctor, Paco Cochino estaba bien, hay testigos de eso y no cabe ninguna duda de que fuera lo que fuese que le ocurrió fue dentro de la consulta del doctor Gabriel.
—Qué tonterías. Que disparates.
—No son tonterías, es la pura verdad. El pobre chico, enfermo y con fuertes dolores, huyó de donde le esperaba la muerte. Sin apenas poder ponerse en pie cayó por la pendiente, golpeándose con contundencia contra la fuente. Debía de estar en muy mal estado y con muy mal aspecto para causar tanta impresión entre las gentes del pueblo. El doctor Gabriel debió de darlo por muerto y así pudo escapar. ¿Quieres saber más?
—No, gracias no hace falta.
—¿Ahora ya no quieres hablar?
—No, no siga por allí que me voy a enfadar.
—Tu querido doctor Gabriel es un vulgar maleante, un asesino que solo busca lucrarse a costa de quien sea. Y vigila bien tus espaldas porque cuando a él le interese tú estarás vendido.
—¡Basta ya! No quiero oír ni tan solo una palabra más en contra del doctor Gabriel. Como no deje de insultar al doctor haré venir al Obispo Juana Mari para que le confiese.
—Está bien, perdona. Ponte tranquilo Braulio, que tú preguntaste.
—¡Basta! ¡He dicho que basta! Le diré que venga inmediatamente.
—Braulio, por favor no, te lo suplico. Dejemos en paz al gordo infernal.
—¿Cómo ha dicho? ¿Gordo infernal? No creo que le vaya a hacer mucha gracia saber que ha dicho esto. Le aseguro que ha tocado usted su punto sensible. No sabe usted como se irrita si alguien insinúa que está gordo.
—No quería decir eso. Se me ha escapado. Lo siento.
—Últimamente cada día que pasa está usted peor.
Tuve que exigirle al inspector que en nuestras sesiones terapéuticas prescindiese de hacer conjeturas sobre la culpabilidad del doctor, pues generaban un círculo autodestructivo del que su mente no podía salir. Quise cambiar de tema.
La postal de la guerrilla ecuatoriana en que se detallaban las exigencias de la liberación de Paco Cochino llegó al restaurante “La Cacatúa” dirigida al doctor Gabriel. Estaba escrita de puño y letra de Paco Cochino y marcada con restos de su propia sangre, como se pudo confirmar después de hacer las pruebas de ADN.
—¿Es correcto esto que digo, señor inspector?
—Sí, sin lugar a duda. Toda la información parecía confirmar el secuestro, el sello utilizado por la guerrilla y el remite de la postal, aunque no se realizaron reclamaciones telefónicas ni de otro tipo. El secuestro fue, al fin y al cabo, una buena noticia, pues de no haber sido así, tal vez nunca más se hubiera vuelto a tener noticia de Paco Cochino.
—Pues vaya manera más rara de verlo —le dije al inspector.
—El principal factor contra el que hubo que luchar fue el tiempo —dijo el inspector—, pues cuando salí del hospital faltaban apenas tres días para la fecha de entrega del rescate y hube de emprender viaje rápidamente, con poco tiempo para organizarme. Al tener noticia de su secuestro investigamos en las listas de pasajeros del aeropuerto y confirmamos la compra de un billete a su nombre con destino a Ecuador. No sé por qué eligió Paco Cochino irse a Ecuador, pero sí que se marchó intentando escapar del doctor Gabriel.
—¿Qué le he dicho? ¿No se acuerda de lo que le he dicho?
—Como quieras, pero es absurdo no considerar la implicación del doctor Gabriel.
Las cámaras del aeropuerto de Barajas confirmaban que Paco Cochino había hecho el viaje; se le pudo ver pasar frente a las cámaras intentando ocultar con un sombrero su rostro vendado. En aquellos tiempos, según dice el inspector, apenas se controlaba el pasaje, algo que hoy en día es impensable; se podía tomar el avión con el billete de otra persona y muchas veces ni solicitaban los documentos de identidad.
Emprendió la gran aventura el inspector Eustaquio rumbo a las escarpadas cimas de aquellas laderas, repleto de valor y coraje, con la esperanza de liberar a Paco Cochino y averiguar quién atentó contra su vida. La postal solicitaba que el dinero fuera dejado en un punto exacto cerca de Tachua, pequeño núcleo poblacional aislado por un entorno selvático a mil quinientos metros de altitud, concretamente en “La Cuesta del Chorrito”, sendero escarpado que bifurca de camino a las minas. Subsistía aquella aislada población gracias a la extracción de fósforo en las minas más profundas de Sudamérica.
—Pensaba que el gobierno no trata con terroristas. ¿Cómo es que le permitieron ir en su busca?
—Conseguí convencer a mis superiores que se trataba del testigo de un asesinato, además la cantidad solicitada para el rescate era inmensamente menor que las que son corrientes en este tipo de asuntos, se limitaban a pedir trescientas mil pesetas, más el coste del pasaje.
—¿Trescientas mil pesetas? Pues yo encuentro que es mucho dinero.
—Yo entregué el rescate, el precio por su liberación, pero Paco Cochino no fue liberado, y tampoco volvieron a reclamar dinero. Yo pude hablar con los guerrilleros y de nuestra conversación deduje que no le tenían secuestrado. Ellos tan sólo querían el dinero, por lo que supuse después, que no se trataba del precio de un rescate, sino del pago por un asesinato. La sangre de Paco Cochino en la postal era la confirmación de haber cumplido con su trabajo y estar escrita por Paco Cochino demostraba indudablemente que se encontraba en su poder. La postal no era excesivamente explicita, y no decía nada sobre cómo se procedería a su liberación.
—Ésta es una suposición bastante absurda, se lo hago saber.