Joaquín Leguina
1ª Edición Digital
Marzo 2011
Smashwords Edition
© Joaquín Leguina
Reservados todos los derechos de esta edición para:
Literaturas Comunicación, S.L.
Parador del Sol 9. 28019 Madrid.
http://literaturascomlibros.es
ISBN: 978-84-614-6800-3
Smashwords Edition, License Notes
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EPÍLOGO (Barciela)
La novela de un gran escritor
Tengo para mí, como crítico literario y como lector de la obra de Joaquín Leguina, que Tu nombre envenena mis sueños es su mejor novela; o, por lo menos, la más intensa, la más emocionante, la que le da al autor el título correcto de escritor, con mayúsculas y un epígrafes en los grandes libros de Literatura.
La segunda novela de Leguina fue publicada en 1992 por la editorial Plaza & Janés y presentada por Santiago Carrillo en el Casino de Madrid y ahora ve, de nuevo, otra edición, con acierto y criterio por parte de Literaturas.
El título del libro se debe a unos versos de Luis Cernuda pertenecientes al poemario Las nubes, escrito íntegro en los inicios de su exilio y que más tarde incorporó a La realidad y el deseo:
Una mano divina
Tu tierra alzó en mi cuerpo
Y allí la voz dispuso
Que hablase tu silencio.
Contigo solo estaba,
En ti sola creyendo;
Pensar tu nombre ahora
Envenena mis sueños.
Joaquín Leguina, en un artículo sobre el poeta sevillano, ha escrito a propósito de esos versos y del poema:
Esa herida abierta del exilio, como no podía ser de otra manera, influyó en su obra y no hay derecho a ocultarlo o edulcorarlo. Traeré a este propósito dos poemas, el primero de ellos se titula «Un español habla de su tierra» y fue escrito durante el primer exilio, el británico. Pertenece a «Las nubes» y está incluido en su poemario, continuamente renovado, «La realidad y el deseo». Son versos bien conocidos, porque Paco Ibáñez los usó en una hermosa canción. Estoy en deuda con este poema, pues a él se debe el título de una de mis novelas, «Tu nombre envenena mis sueños», que Pilar Miró llevó al cine en la que fue su última película.
Tu nombre envenena mis sueños pertenece al género de la novela policíaca, pero innovadoramente presenta, a diferencia de algunas obras de este género, realismo poético, reflejo realista de la época, sociocrítica y ciertos rasgos de autobiografismo . Leguina no experimenta con el lenguaje; junto a la sencillez léxica incluye coloquialismos, propios del Madrid de la época, y términos anglosajones principalmente.
Esta obra se puede considerar un documento social, pues muchos de los acontecimientos que se tratan son hechos históricos reales: la guerra civil, la vida en la posguerra, la segunda guerra mundial o Alemania en 1933. Además es testimonial porque pone de relieve las relaciones antagónicas de los grupos sociales y políticos del momento, incluso entre los que propiamente formaban el régimen de Franco, como la Policía y Falange Española. Al inspector Barciela le parece intolerable -y este rasgo se impregna en el lector- la actitud de los ahora asesinados durante la guerra y que, por ello, el régimen, a través de sus instituciones, quiera dar un «final decoroso» a la muerte de tres hombres de conductas poco ejemplares.
En nuestros días realizamos una indudable búsqueda de grandes novelas, nos acercamos con criterio al género de la novela policial y exigimos eso que se llama «calidad literaria» y que es un principio estético que no sabemos definir. Entre los anaqueles de las grandes y pequeñas librerías aparece la singular singladura de Joaquín Leguina, un político y escritor de innegable valía y con unas historias que no dejan indiferente a nadie. Creo que Tu nombre envenena mis sueños es ya un clásico de la Literatura Española Actual y que se recoja en esta colección y bajo este formato es, sencillamente, una gran apuesta por esa literatura que pide la calle, garante de la tradición y del idioma.
Francisco José Peña Rodríguez
Universidad Autónoma de Madrid
I
Eran las dos de la mañana cuando me despertaron los golpes en la puerta. Hacia un frío helador, pero me levanté y abrí. Allí, de pie con su guardapolvo gris y su cara de pasmado, estaba el celador de la residencia.
—Le llaman de la Jefatura. Han comunicado que vaya inmediatamente a la Puerta del Sol.
—¿Quién ha dado el aviso? —pregunté.
—De parte del comisario Antúnez... Sólo han dicho que vaya usted en seguida.
—¿En qué voy ir a estas horas...? Llámeme a un taxi —le pedí.
Cerré la puerta y me vestí en medio de una temblequera.
Mi nombre es Francisco Valduque. Nací en 1919 y mido un metro ochenta. Recién acabado el primer curso de Derecho en Valladolid estalló la guerra. Mi familia tiene algunas tierras en Olmedo, y en el pueblo estaba mal visto el no alistarse, así que, en octubre del 36, ya estaba pegando tiros en la sierra de Guadarrama. De la guerra recuerdo el frío, el barro, el sueño, la mierda... y la sangre. Cuando la guerra estaba acabándose, me pegaron un tiro. Estábamos cerca ya de Barcelona. Fue un sedal que me dejó ligeramente disminuido el movimiento del brazo izquierdo.
Cuando ingresé en la Policía después de la guerra, pensé terminar la carrera en seguida y hacer oposiciones. Luego las cosas no fueron tan fáciles.
La noche de la que hablo fue el viernes día 13 de noviembre de 1942. Para ser más exacto, la noche del 13 al 14 de noviembre. En Madrid, se pasaba, entonces, un hambre de garabatillo. El sueldo no daba para mucho y, además, a los de la Brigada Criminal no nos pagaban extras. Algo sacábamos del economato, pero el nuestro era peor que el de los otros..., me refiero... a los de la Brigada Político-Social.
Al llegar a la Puerta del Sol, le pedí al taxista que me diera la factura para intentar cobrarla, aunque se reintegraba con mucho retraso. La gente cree que la Policía funciona como en las películas, con rapidez: carrera por aquí y por allá, teléfonos y chicas; pero no. La Policía es, sobre todo, una burocracia que, si resuelve algún enigma, lo consigue sólo a base de paciencia y de papeleo.
A lo que iba. Cuando subí al despacho del comisario Antúnez, un tipo alto y desgarbado que ya era comisario antes de la guerra, estaban allí el inspector Barciela y el lameculos de Simón García, un policía de mi promoción. Antúnez no parecía contento, se le notaba en la cara de besugo que ponía cuando andaba de mala leche o simplemente preocupado.
—Ayer tarde, supongo que lo sabéis, mataron en su casa al gobernador de Guadalajara y acaba de aparecer muerto en un banco del Retiro un amigo del gobernador asesinado, un tal Blas Menéndez. Ya deben estar allí los del Juzgado. Barciela y tú —dijo, señalándome— os vais ahora mismo para allá. Usted, García, me acompañará mañana a Guadalajara. Quiero recoger personalmente los informes que tenga la Policía del Gobierno Civil. Vamos a centralizar aquí la investigación sobre las dos muertes. El ministro está que trina.
Cuando Barciela y yo llegamos al Retiro, nos costó un rato encontrar el cadáver. El número de la Policía Armada que estaba en la entrada de Alfonso XII, era un apabilado que, al identificarse Barciela, apenas supo articular palabra y nos indicó mal el sitio. Al fin dimos con el cadáver; que resultó estar al lado de la entrada. Dos grises de plantón estaban junto al banco donde se encontraba el muerto; les salía vaho por la nariz. Barciela volvió a identificarse.
—¿Quién lo ha descubierto? —preguntó.
—Una pareja de «guindillas»..., perdón..., de municipales que hacían una ronda —dijo uno de ellos.
—¿A qué hora? –A eso de la una. Debía de llevar aquí un buen rato.
El muerto estaba tumbado de espaldas sobre el banco. La mano derecha, cruzada sobre el pecho, más que coger sostenía levemente una Star del nueve corto. No llevaba abrigo y tenía la chaqueta encogida por detrás. El tiro le había entrado por la sien derecha y no parecía tener orificio de salida. Un hilo de sangre con motas blancuzcas le caía desde la sien a la frente.
—Desde luego, no ha muerto aquí. Lo han puesto en el banco después de muerto —me dijo Barciela al oído.
—¿Por qué lo dices? —le pregunté.
—¿Tú crees que un tipo se pega un tiro en la cabeza y luego tiene tiempo de ponerse la mano sobre el pecho... tan tranquilo? Además, ¿qué hace un individuo con este frío y sin abrigo a las tantas de la noche en El Retiro? Si cuando se disparó estaba tumbado, lo estaba boca abajo. En decúbito prono, Paquito.
—¿Por qué crees que estaba tumbado boca abajo cuando se disparó? —le pregunté.
—¿No ves que la sangre que le sale de la herida cae de la sien hacia la frente y no hacia el cogote o hacia la mejilla? Luego... no estaba ni de pie ni sentado, ni tumbado boca arriba. Elemental, querido Paco —dijo riendo.
Al poco, llegó el juez de guardia con los del «anatómico». Tenía prisa. Así que echó una ojeada y ordenó levantar el cadáver.
—¿Usted es el encargado de esta muerte? —preguntó, dirigiéndose a Barciela—. Pues bien, cuando tenga algo, se lo pasa por escrito al Juzgado nº 3. Yo salgo de guardia a las nueve de la mañana.
Volvimos a Sol. Barciela hizo un primer informe y un coche celular, después de que el conductor se hiciera de rogar, nos llevó a nuestras respectivas casas. Eran más de las cinco de la mañana cuando me volví a meter bajo las mantas de la residencia. Tardé en calentarme para poder dormir. A las mantas militares, marrones con franjas blancas, las llamaban la venganza catalana. Hechas en los telares de Tarrasa o Sabadell, pesaban mucho y no abrigaban nada.
II
Durante la tarde del sábado, día 14, nos llamó otra vez el comisario a su despacho. Estaba más tranquilo.
—Ayer, después de comer, el gobernador recibió a Menéndez en su casa. La criada lo conocía —nos dijo Antúnez—. El gobernador recibió en la cabeza los tres tiros por detrás y el asesino le tapó previamente la boca con un esparadrapo y le ató las manos y los pies a la silla del despacho. Así que le amenazó con la pistola antes de inmovilizarlo. Si fue él, ese Menéndez iba bien equipado para el asunto: cuerda, esparadrapo, pistola... El cojín amortiguó el ruido de los disparos y el esparadrapo evitó que el gobernador pidiera auxilio. Después de matarlo, salió tranquilamente por la puerta sin que nadie sospechara. La criada descubrió el cadáver a las siete y media de la tarde. Creía que el gobernador estaba trabajando o entretenido con alguna amiga. Una hipótesis —continuó—: Menéndez era amigo de Antonio Elósegui, el gobernador. Esto le permite entrar sin levantar sospechas. El gobernador está sentado detrás de su mesa de despacho, Menéndez le amenaza con una pistola, le tapa la boca con un esparadrapo, lo ata a la silla, agarra un cojín de un sillón, aplasta el cojín contra la cabeza de Elósegui y le mete tres tiros por detrás en la cabeza. Menéndez vuelve a Madrid conduciendo su coche: un Fiat, lo abandona y se va al Retiro. Allí se suicida. Falta conectar la pistola con los disparos en las cabezas de Elósegui y Menéndez. Una vez que estén las autopsias, los de balística nos lo dirán con precisión. Por suerte, todas las balas quedaron dentro de ambas cabezas.
Barciela miraba hacia el sucio techo de la habitación. Era un tipo delgado y alto, más alto que yo. Tenía el pelo liso y peinado hacia atrás sin raya. Su sonrisa un tanto socarrona inspiraba confianza. Debajo del pómulo derecho tenía una cicatriz que le daba un aire de duro. Una persona simpática, irónica, un tanto incrédula y, según se decía, un lince con las mujeres. Un tío listo y buen compañero. Eso opinaban quienes le conocían desde hacía años. Durante la guerra, siguió en Madrid y, pese a que algunos jefes le pusieron trabas, salió bien librado de la «depuración» que hicieron después a quienes habían permanecido en la zona «roja».
—Algunos detalles no casan, comisario ——dijo Barciela.
A Antúnez se le empezó a poner cara de besugo.
—Explícate, Barciela, y no me jodas. El ministro quiere una solución rápida y que no «salpique». Ten en cuenta que uno de los dos muertos es un gobernador civil, camisa vieja y el copón. No nos compliquemos la vida.
Barciela no se inmutó y volvió a hablar pausadamente. Lo hacía siempre que quería convencer a alguien.
—Uno: Menéndez no murió en El Retiro. Lo llevaron allí. Dos: ¿Por qué coño Menéndez se va hasta Guadalajara, con los «instrumentos» de matar, le descerraja tres tiros al gobernador, que era su amigo, en una postura tan rara, se arrepiente y se mete una bala en el cráneo? Tres: Aun suponiendo que se suicidara: ¿Quién hizo la conducción del cadáver de Menéndez hasta el parque?
—Locura... locura transitoria —quiso intervenir Simón García.
Antúnez miró con desprecio a García.
—¡Está bien! —cortó y, dirigiéndose a Barciela—: Es tu oficio, ¿no? Pues explícalo todo clarito, sin fisuras, completo, redondo, como a ti te gusta. Pero no olvides que arriba están nerviosos y tienen prisa.
—Necesitaré algunos datos más sobre los «fallecidos» —dijo Barciela, poniendo algo de coña en la última palabra.
—¡Pide! ——contestó Antúnez.
—Uno: Antecedentes que haya en Jefatura. Dos: Un contacto en Falange que me dé datos sobre lo que hay detrás de esa amistad política. Tres: que éste me ayude —dijo señalándome.
—Concedido ——contestó el comisario——. Ahora mismo hablo con el director general para que en Falange nos echen una mano.
III
Me tiré el resto de la tarde en los archivos de Jefatura con un lápiz y un cuaderno. Pocas novedades.
Blas Menéndez, hijo de Blas, agricultor, y de Manuela, sus labores. Nacido en Villalpando. A los diecisiete había entrado en las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista cuyo jefe era un tartaja que acabó por hacerse famoso: Ramiro Ledesma Ramos. Blas, liberado por el partido, había llegado a Madrid poco antes de la unificación con Falange. Asistió al mitin del Teatro de la Comedia. Cuando asesinaron al teniente Castillo, fue detenido como sospechoso, pero fue puesto en libertad. Parecía el típico matón metido entre señoritos.
Antonio Elósegui, hijo de Andrés, ingeniero industrial, y de Esther, sus labores. Nacido en San Sebastián. Estudiante de Derecho en el 36. De buena familia, residente en Madrid. Su padre se trasladó a la capital el año en que la Telefónica inauguró su sede de la Gran Vía. Era amigo del Dictador. Antonio Elósegui se movía en los círculos de José Antonio, el hijo de Primo de Rivera, el fundador de Falange. Miembro activo del SEU. Al padre le sorprendió el 18 de julio en San Sebastián, pero el hijo se había quedado en Madrid. Durante la guerra estuvo «escondido».
A la mañana siguiente, Barciela y yo fuimos a la casa de «los flechas». Allí nos esperaba uno de los abundantes jefes nacionales. Creo que era el de disciplina o algo así. Aquella casa irradiaba actividad, pese a ser domingo; estaban preparando e1 20 de noviembre, aniversario de la muerte de José Antonio. Todo el mundo andaba de prisa por los pasillos con sus corbatas negras y las camisas azules debajo de la chaqueta.
El jefe nacional nos recibió estirando levemente el brazo y nosotros le contestamos con igual gesto. En el despacho hacía un calor muy agradable. Se veía que «los camaradas» disponían de más carbón del que nos enviaban a nosotros. En Sol siempre hacía un frío del carajo.
—Vosotros me diréis, camaradas —y nos hizo sentar.
—Como sabrá usted... —comenzó a decir Barciela.
—Apea, apea el tratamiento —cortó el otro.
Era un tipo de poca estatura y gordezuelo, con bigotito de esos que parecían venderse en lote junto con la camisa azul marino. Procuraba aparentar una apostura militar que no cuadraba con su pinta de fofo. «Este no ha estado en el frente ni de visita», pensé.
—Está bien, gracias —dijo Barciela—. Es el caso que anteayer han asesinado en Guadalajara al gobernador civil, Antonio Elósegui, y Blas Menéndez lo visitó esa tarde. Nos faltan por determinar muchas cosas. Ignoramos casi todo respecto a estos... jóvenes.
—Conozco... conocía bien a estos camaradas —dijo el fofo—. Es una tragedia. Durante la guerra estuvieron en Madrid, trabajando para la «quinta columna».
—¿Me puedes decir dónde vivían durante la guerra y con quién? —preguntó Barciela.
—En el período rojo estuvieron refugiados en casa de don Enrique Buendía, un ingeniero de la Telefónica, que era y es amigo de la familia Elóseguí. El padre de Elóseguí también es ingeniero de la Telefónica. Eran tres falangistas: los dos... fallecidos y Federico Teruel.
—¿Federico Teruel? ¿Qué se sabe de él? —volvió a preguntar Barciela.
—Hace tiempo que no tengo noticias. Su familia tiene una fábrica de harinas en Alar del Rey. Alguna vez lo he visto por Madrid.
—¿A qué se dedicaba Blas Menéndez?
—Creo que había puesto una tahona en El Escorial. Tenemos su dirección en el archivo.
El gordo llamó al timbre. Apenas había dejado de apretar cuando un conserje entró saludando a la romana. No sé cómo se las arreglaban en aquella casa para abrir las puertas..., todo el día con el brazo en alto.
—¡A tus órdenes! ¿Qué deseas, camarada? —preguntó el conserje... El gordo le pidió la ficha de Blas Menéndez. El conserje volvió dos minutos después.
Blas Menéndez tenía una dirección como industrial en El Escorial de abajo, su vivienda en Madrid estaba en el piso 3º derecha, en el nº 4, de la Glorieta de Bilbao.
—¿Podrías darme los datos de Federico Teruel? —pidió Barciela. Nueva entrada y salida del conserje con el brazo arriba.
Federico Teruel tenía una dirección en Alar y otra en Madrid en la calle de Guzmán el Bueno. Tomamos unas notas y salimos a la calle Alcalá. Hacía un frío que cortaba el aliento. El día era gris y amenazaba lluvia. Gente de negro, con aspecto decaído, se deslizaba por las aceras con los paraguas colgados del brazo. Nos metimos en Lhardy a tomar un caldito y calentarnos.
—¿Te suena Teruel? —me preguntó de repente Barciela.
—Naturalmente —contesté—. Nunca he pasado más frío que allí en el 37. El biruji mató más gente en esa batalla que las ametralladoras.
—No... ¡Joder!, me refiero a Federico Teruel.
—Pues no me dice nada. Sólo lo que nos ha contado «el camarada» —contesté.
—Muchacho, si no te aplicas, ni terminarás Derecho ni harás carrera en la Policía. Yo creo que ese Federico también está fiambre —dijo enigmático.
Me quedé de piedra. Pagamos. Bueno, pagó Barciela y nos fuimos a Sol.
El despacho que entonces compartíamos Barciela y yo era pequeño y daba al patio interior, al este del edificio. A pesar de ello, tenía buena luz y Barciela se había agenciado una estufa de carbón a la que alimentábamos con el cisco que nos suministraban los muchachos de la Policía Armada. Amables ellos con quienes no llevábamos uniforme. Debían creer que éramos todos jefes.
Barciela pidió el parte de incidencias de los días ocho al once de noviembre y el ABC de esos mismos días. Nos dijeron que para ver el parte de incidencias tendríamos que esperar al lunes. Tomamos un cafetito de un puchero que yo recalenté encendiendo un hornillo de resistencia que estaba allí desde siempre. El café era pura achicoria. A pesar de ello, no estaba malo. Todo es acostumbrarse. El conserje de guardia nos trajo los ABC. Tuve suerte, di en seguida con una noticia que podía interesar.
Madrid 10. En la madrugada de ayer fue descubierto por la Guardia Civil un cadáver en la cuneta derecha de la carretera de Irún en dirección a Burgos a la altura de Alcobendas. Un tiro en la cabeza había acabado con su vida. Las ropas que llevaba el cadáver eran de buena calidad. No se encontró ningún documento que acreditara la identidad del fallecido.
Cuando el lunes llegó el parte de incidencias, aparecían los mismos datos. La noticia había salido de Sol. El mismo lunes por la mañana llegó también el informe oficial, traía adjunto el parte del forense. Nada nuevo. Sólo un par de detalles. Se le detectó una buena cantidad de alcohol en las vísceras, así como una copiosa cena. La bala había quedado alojada dentro del cráneo y pudo ser recuperada. Un nueve corto. La muerte se había producido durante la noche del ocho al nueve de noviembre.
—Me malicio que ese cadáver desconocido es el de Teruel —dijo Barciela—. Buenos trajes..., eso no casa con los muertos que aparecen en las cunetas. Los fachas suelen dar «el paseo» a gente que no tiene dinero ni para la camisa.
IV
Comimos cerca de la plaza Mayor, una sopa viuda, un huevo frito con patatas, un poco de vino y una naranja del tamaño de una pelota de ping-pong. Lo peor del hambre no son las ganas de comer, es el frío que se mete en el cuerpo y no te abandona ni en sueños. El «economato», ya lo he dicho, daba para poco, menos mal que mandaban de casa chorizos y algo de lomo de vez en cuando, de no ser por ello, hubiera dejado la piel aquellos años. La piel y los huesos... porque lo que es carne o grasa... Decían que era por causa de la guerra mundial, pero en el Ritz se comía bien.
Salimos del banquete y Barciela se puso a reflexionar.
—Uno: hasta que nos informen sobre la identidad del muerto en la cuneta, dejémoslo estar. Dos: empecemos por investigar al tal Menéndez. Tres: hay que dar la orden de localizar el coche de Blas Menéndez.
Pasamos por Sol. Teníamos un aviso urgente del comisario Antúnez. Subimos a su despacho. Nos indicó unas sillas delante de su mesa. Antes de que nos sentáramos, empezó a hablar.
—Buen olfato, Barciela. El cadáver era el de Federico Teruel, sus padres acaban de identificarlo en el depósito. Esto se complica.
—Supongo que los de balística ya están analizando el proyectil—dijo Barciela.
—Ya están en ello —contestó el comisario.
Nos fuimos en el Metro hasta la parada de Bilbao. El Comercial estaba lleno de gente que tomaba el café..., bueno la malta con achicoria o el carajillo. Entramos en el portal número cuatro de la Glorieta. El portero, que acababa de echar carbón a la caldera e iba vestido con un mono renegrido, nos cortó el paso hacia el ascensor. Le explicamos quiénes éramos. Subimos al tercero y llamamos. Nos abrió una señora mayor.
—¿Es usted pariente de don Blas Menéndez? —preguntó Barciela identificándose.
—No. Soy la doméstica —contestó.
Tenía los ojos enramados y, cuando pasamos, se echó a llorar. «¡Qué pena, Dios mío!», balbució. Era una casa grande con un pasillo enorme que la atravesaba. Preguntamos a la mujer por el despacho de don Blas.
—El señorito trabajaba ahí —nos indicó.
Le pedimos que nos dejara solos y nos abandonó sollozando. Barciela cerró la puerta con el pestillo. Había una especie de caja fuerte. De la pared colgaban un par de cuadros y una foto enmarcada de Blas Menéndez con el uniforme de falangista, bajito, pero muy empinado y marcial. Había una mesa de despacho, maciza, de roble. Los cajones de la mesa estaban cerrados con llave, pero a Barciela no se le resistieron. Sacó del bolsillo una especie de lezna y los abrió en un santiamén. Allí estaban las llaves de la caja fuerte. La abrimos. Dentro había papeles de todo tipo, especialmente de esos grandes y orlados en donde por entonces se representaban los títulos: acciones, obligaciones o deuda pública. Encontramos también algunos títulos de propiedad recientes: dos pisos en Madrid, la fábrica de El Escorial, amén de un contrato de alquiler de un hotelito en San Lorenzo, el pueblo de arriba donde está el Monasterio. Barciela, de entre todo aquello, se fijó en cuatro cuadernos iguales de tapa dura donde suelen llevar «el mayor» las empresas. Antes de ponerse a husmear en los cuadernos, llamó a Sol y pidió que le pusieran con Simón García.
—Oye —dijo—, interesa localizar el coche de Menéndez. En el archivo te darán la matrícula. Moviliza a los «guindillas» y que empiecen a buscar en los alrededores de la Glorieta de Bilbao.
Luego me mandó cerca de la criada.
—Ya sabes..., si tenía garaje, quién venía por aquí, con quién se lo hacía. Amigos y todo eso —me dijo.
Atravesé el oscuro pasillo y llegué a la cocina. Allí estaba la vieja oyendo la radio y haciendo bolillos. La pobre mujer era también de Villalpando. «Ya pensaba yo que esto no iba a acabar con bien —me dijo—. Tanto dinero, tantas juergas y tan poco trabajo... ¡Pobre chico!»
Los padres del «señorito», como ella le llamaba, aunque de vez en cuando se le escapaba el diminutivo de «Blasillo», no eran muy pudientes: agricultores zamoranos con pocas tierras. Habían pasado mucho miedo por su hijo cuando «los rojos», pero después de la guerra empezaron a respirar. Blasillo no había querido traerles a Madrid, «Porque en el pueblo el aire es más sano». De todas formas él los quería mucho. Ella no conocía a las chicas que iban por allí. «Todas tenían buena pinta, pero la mayor parte eran pingos. Buenos vestidos, buenos zapatos, pero de falda rápida, ¿sabe? Se la quitaban con facilidad».
—Mire, un día en que también estaba don Federico, el socio del señorito, se habían pasado la tarde en la habitación grande con dos mujeres. Se oía la juerga. Aunque yo procuraba estar lejos y disimular, oí que una de ellas salía a medio vestir diciendo: «Dios mío, qué tarde se ha hecho». Blasillo apareció por la puerta..., medio en cueros y yo que estaba al final del pasillo le oí decir riéndose: «¿Dónde vas con tanta prisa? ¿Tienes miedo de que se le haya astillado un cuerno a tu marido al entrar en casa? Dile que has ido al cine con una amiga a ver una de guerra». Al decir lo de la guerra le hizo un gesto muy feo y ella se reía. Dios mío, no sé cómo le cuento a usted esto. Bueno..., sí sirve para saber lo que ha pasado.
—Ya veo que conoce a Federico Teruel. Ese señor también ha muerto —le informé.
—¿También? ¿Y cómo ha sido? —me preguntó asustada.
—Alguien le arrimó la pistola y le metió un tiro en la cabeza. Lo encontraron hace unos días en una cuneta al norte de Madrid. ¿Tenían ellos dos algún enemigo del que hablaran? ¿Alguien que les perjudicara en los negocios?
—Que yo sepa, no —me dijo—. Tenían muchos amigos. Ya sabe, cuando se tiene dinero... En los tiempos que corren, se tiene de todo... menos ganas de trabajar.
Volví con Barciela. Le conté la conversación y le informé que el difunto no tenía garaje, al menos que la vieja supiera. Un hermano de Menéndez había pasado por el piso el día antes. Había venido para llevarse el cadáver a Villalpando y le había dicho a la criada que fuera preparando las cosas..., muebles y demás, para volver al pueblo.
—El negocio de estos dos fiambres está bastante claro —dijo Barciela—. Mercado negro. Uno suministra la harina desde Alar y el otro hace el pan en El Escorial, pero mientras la harina le entra a precio oficial, todo legal, no fabrica todo el pan que tiene que fabricar a precio de «abastos». Calculo por los libros que las tres cuartas partes de la harina van al mercado negro. Ya sabes, pan blanco, quizá lo hacen allí mismo en la tahona de El Escorial, pero sobre todo pastas, dulces, en fin, finezas de esas que a ti y a mí se nos han olvidado. Lo que tienen en Alcalá de Henares es un negocio de aceite —continuó—, pero no queda claro quién suministra la materia prima. El estraperlo es el huevo de Colón, pero se precisan buenas agarraderas. En conclusión: Uno: éstos se hacen amigos y camaradas antes de la guerra. Dos: La guerra se la pasan escondidos en una casa bien. Tres: Tras «la victoria» organizan un buen negocio distribuyéndose los papeles y los riesgos. Naturalmente el tal Blas da la cara en todo el tinglado. Dado que las tahonas trabajan de noche... Vamos a intentar llegar hoy mismo a El Escorial —concluyó—. Algo averiguaremos. Mañana iremos a esa casa donde pasaron emboscados los meses de la guerra.
V
El coche que nos dieron en Jefatura era un viejo Hispano-Suiza lleno de mataduras y con gasógeno. Subiendo Perdices, Barciela, agarrado al volante con fuerza, le daba ánimos como se hace con los caballos matalones desde el carro. Tardamos una hora en llegar al cuartelillo de la Guardia Civil en El Escorial. Ya había anochecido y hacía frío. Por la calle no se veía un alma. Sin embargo, al bajarnos del coche, tuvimos que dejar paso a un cura con manteo y a un chaval vestido de monaguillo tocando una campanilla.
—Un prefiambre al que le llevan los óleos —dijo Barciela—. ¿Tú has leído el catecismo? —me preguntó.
—Sí, ¿por qué? —contesté.
—¿A que no te acuerdas? ¿Para qué sirve el Sacramento de la Extremaunción?
—No—le dije.
—Sirve para dar al enfermo la salud del alma y la del cuerpo... si le conviene. ¡Si le conviene!, ¿te das cuenta? Estos curas no dejan nada al azar. Si el tipo palma, no es que los óleos sean ineficaces, es que no le convenía. No son listos, ni nada..., casi dos mil años mandando.
Entramos en el cuartelillo y, al poco, salimos escoltados por una pareja de civiles que se metió con mosquetones y todo en los asientos de atrás del Hispano. Nos indicaron la dirección de la tahona. Allí sólo había un encargado que decía no saber nada. Barciela se pasó husmeando un buen rato y le hizo abrir varios sacos de harina. La harina era morena, toda ella provenía de la fábrica de Federico Teruel en Alar. Cuando ya llevábamos un buen rato buscando, debajo de un montón de leña aparecieron unos bidones. Estábamos ya sudando de mover troncos.
—¿Quiere hacer el favor de sacar estos bidones de ahí? —dijo Barciela al encargado.
—Yo no sé nada, yo soy un mandado —dijo nervioso el tipo, que algún dinero estaría sacando de aquello.
Los bidones eran de lata, como esos en que se lleva el asfalto para las carreteras. Estaban llenos de harina blanca, color leche, de la que abundaba en «tiempos normales». Vamos, harina de trigo. Lo que hacían era bien simple. Recibían la harina normal y a base de cedazo fino, separaban la de trigo más molturada de la de otros «productos» más bastos.
Barciela hizo una seña a los civiles para que se hicieran cargo de la mercancía y pusieran la denuncia en Abastos.
—Bien, déjelo de nuestra cuenta —dijo uno de ellos.
No parecían muy contentos los de verde con el hallazgo.
—¿Quién es la persona que realmente se encarga de la tahona? —preguntó Barciela a los civiles.
—Mejor hablan ustedes con el sargento en el cuartelillo —dijo el que parecía llevar la voz de ambos.
Volvimos al cuartelillo y allí el sargento, un tipo recio, con bigote, de mirada oblicua y desconfiada, nos dijo:
—Bien, pero ustedes, ¿qué es lo que quieren saber?
—El móvil de los crímenes. Los delitos económicos o las estafas que pueda haber en ese negocio se lo dejamos a ustedes.
—Bien, yo mismo les acompañaré a casa de don Bartolomé. Es la persona que lleva los negocios de don Blas aquí en El Escorial.
Subimos otra vez al Hispano. Ahora con el sargento como pasajero. Enfilamos hacia San Lorenzo. Detrás del Monasterio, en la carretera que va hacia Robledo de Chavela. Allí a la derecha estaba el chalet. Una casa de dos pisos que a esa hora estaba en la penumbra. Por algunas ventanas salía luz. Llamamos.
El tal Bartolomé —me pareció algo nervioso— nos invitó a pasar. El tipo era un menestral, pequeñito, de mirada vivaracha y huidiza. En cambio los muebles tenían buen aspecto. Entramos a una sala amplia y nos sentamos en unos sillones de cuero. Unas fotografías ampliadas, enormes, supongo que de familiares, colgaban en la pared. La luz era tenue y, al entrar, el dueño de la casa apagó la radio, un aparato con muchas bandas y caja de madera.
El sargento hizo las presentaciones.
—Estos señores son de «la criminal», de Madrid. Vienen exclusivamente para intentar aclarar los asesinatos. De la marcha de los negocios de don Blas, ya nos ocuparemos más adelante nosotros —concluyó el sargento intentando infundirle confianza.
—Quisiéramos saber cuáles eran las relaciones comerciales y personales entre los señores Menéndez, Teruel y Elósegui. Los tres han sido asesinados —dijo Barciela.
—¡Los tres! —dijo extrañado el tipo. En ese momento se abrió la puerta y por ella entró una mujer con tacón alto, vestido negro ceñido, un escote donde se apuntaban dos senos de tamaño nada despreciable y un peinado de los de «arriba España». Llevaba los labios ligeramente pintados y los ojos, grandes, oscuros, enmarcados en largas pestañas, levemente ensombrecidos. Una cara llamativa y hermosa. Nos ofreció café que, primero Barciela y luego yo, aceptamos.
—Es bastante bueno... para lo que ahora se toma en Madrid —comentó la mujer.
Al salir de la sala, Barciela y yo, nos dimos cuenta de que al andar le palpitaban las ancas firmes, jóvenes y poderosas. Por debajo, las medias trasparentes de gruesa costura dejaban ver unas piernas muy bien construidas.
Poco contó Bartolomé que no supiéramos ya. La harina venía de Alar y allí la distribuían: una parte, en pan negro, oficial; otra, en pan blanco para vender de estraperlo en Madrid y, una tercera, que se refinaba, iba a los hornos de las confiterías elegantes. Un buen negocio. Cuando Barciela le preguntó por Elósegui, negó que éste tuviera nada que ver con el negocio.
Nos fuimos después de tomar el café, no sin antes contemplar otra vez a la anfitriona. Cuando subimos al coche, Barciela le preguntó al sargento:
—Y esa... señora, ¿es la mujer de don Bartolomé?
—Sí. Se casaron el año pasado —contestó el civil.
—No se de qué, pero me suena su cara —apuntó Barciela.
—Bueno..., antes trabajaba con Delia Gómez, quizá la haya visto usted en alguna función.
—Eso será. Pero es un poco raro que se haya casado con un tipo tan... bajito. ¿No le parece?
—Estaba embarazada cuando se casó —dijo, cortante, el sargento, a quien este tipo de indagaciones no parecía hacerle gracia.
Dejamos al sargento en el cuartelillo y continuamos hacia Madrid. Barciela iba callado. Era noche cerrada y apenas algún camión bajaba por la carretera. De pronto soltó:
—Uno: asunto comprobado. Los dos están metidos en el estraperlo. Dos: esa mujer está como un pan y me malicio que tiene algo que contarnos. Tres: mañana te vuelves a San Lorenzo a ver si le sacas alguna información. Yo haré que el marido baje a Madrid a hacer una declaración formal. Así lo quitamos de en medio.
Cenamos en una tasca cerca de Princesa. La radio dio el parte durante la cena. Un locutor con voz gruesa leía:
«Las tropas alemanas han llegado a la frontera francesa con España. En Arañones, han establecido un control. Reina calma absoluta. Se anuncia, en Alemania, que el mariscal Pétain ha elevado una protesta por la entrada de tropas alemanas en el territorio francés libre. Según Pétain, esto rompe las condiciones del armisticio. Por otra parte, el Gobierno de Vichy ha dado órdenes de que no se oponga resistencia al paso de las tropas alemanas y se conserve la calma y la sangre fría».
Había poca gente en la calle cuando salimos de cenar.
—Vámonos al cine —dijo Barciela. Nos acercamos al Azul, entramos con la película empezada. Así que vimos el final y luego, entero, el último pase. Una comedia americana: Damas de teatro, con Ginger Rogers y Katharine Hepburn. A Barciela le gustaba la delgada. A mí me hacía más gracia la Rogers, aunque en esta película no bailaba.
—Tiene el cuello que parece el de un boxeador —me dijo desanimándome.
—Por lo menos tiene donde mirar, no como la otra, que tiene gracia, pero no tiene un gramo de carne —contesté.
—Eres un patán, ¡qué gustos tienes! —concluyó.
Me acercó hasta la residencia y se marchó en el coche.
VI
El lunes 16, por la mañana, nos acercamos a casa de los Buendía, donde los tres muertos habían estado escondidos durante la guerra.
Los informes de balística, que nos entregaron esa misma mañana, aseguraban que las cinco balas, que provocaron las tres muertes, habían salido de la misma pistola: El nueve corto que se había encontrado encima del cadáver de Blas Menéndez.
—Dado que Blas mató a Elósegui con la misma pistola que acabó con su propia vida —habló Barciela, ya al volante del Hispano—, lo lógico es que Menéndez también sea el autor de la muerte de Teruel. Lo que no está tan claro es su propio suicidio. Falta saber el porqué de esta masacre entre falangistas. Aquí puede haber algo más que dinero de por medio —musitó.
Llegamos al hotel de la Ciudad Lineal donde vivían los Buendía. Se entraba por una corta verja metálica, abierta en ese momento, que daba a un amplio jardín.
En medio del jardín, estaba la casa, de dos plantas. Llamamos al timbre y nos abrió una especie de mayordomo, estirado y flaco. Nos presentamos y preguntamos por los señores.
—La señora está haciéndose la toilette. Voy a avisarla —dijo en tono cursi.
Nos introdujo en una gran sala con dos niveles de altura: la parte del comedor estaba colocada en un plano ligeramente superior al de la chimenea, que, por cierto, estaba encendida a pesar de que eran las diez de la mañana. Una estancia agradable con una biblioteca de obra llena de libros. Un gran ventanal daba a la parte trasera del jardín. Este, enorme y umbrío, estaba muy cuidado, con abundantes chopos y encinas. Los rosales pelados y lo gris del día daban un aire triste a la mañana. Al fondo del jardín, había un pequeño edificio tipo bungalow.
Me senté mientras Barciela rebuscaba entre los libros:
—Ingeniería y no mala literatura —dijo de pronto, como para sí.
Por detrás de donde yo estaba sentado con el periódico abierto entre las manos, corría un pasillo elevado. Del pasillo se bajaba a la estancia, a través de una corta escalera sin pasamanos. Desde lo alto de la escalera, se oyó una voz femenina firme y ligeramente ronca. La voz de una persona acostumbrada a ordenar.
—Buenos días, señores.
Volvimos hacia allí la mirada. Bajaba con aires de gran comedia. Era alta, con autoridad en la mirada, guapa. De lejos y arreglada no aparentaba los bien cumplidos cuarenta y muchos, quizá más de cincuenta.
—Quisiéramos hacerle algunas preguntas a propósito de las muertes de los señores Elósegui, Teruel y Menéndez. Se nos ha informado que estuvieron refugiados en esta casa durante la guerra. Como seguramente sabe, los tres han muerto.
—¿Federico también? ¡Dios mío! —dijo, apenada—. Sí —continuó—, aquí estuvieron hasta que entraron los nacionales. Tres buenos chicos. Tres asesinatos más a la cuenta de los rojos —dijo como para sí—. Una venganza terrible.
—¿Por qué una venganza? —preguntó Barciela.
—¿Le parece poca razón el que fueran falangistas y uno de ellos, además, gobernador?
—En todo caso no se trata de una venganza personal. Si estaban escondidos aquí, poco pudieron hacer durante la guerra...
El parlamento que había iniciado Barciela fue cortado por la señora:
—No crea que se pasaban el día durmiendo. Pertenecían a la quinta columna y actuaban a las órdenes de Mario Montilla. ¿Saben ustedes quién es Mario Montilla?
Barciela movió bruscamente la cabeza y se quedó mirando a la mujer con los ojos muy abiertos. Me pareció notar en él un odio difícilmente contenido. Fue un momento, en seguida forzó una sonrisa.
—Sí... Dirigía, si no recuerdo mal, a un grupo que se dedicaba por las noches a ametrallar desde un coche a milicianos que estaban sentados en las terrazas de los cafés.
—Se jugaban la vida —dijo la señora muy segura de sí.
—Los que sí se la jugaban eran los milicianos —comentó Barciela, con una falsa sonrisa y bajando la voz.
—Supongo que no le parecerá mal, ¿verdad? —contraatacó ella, incómoda.
—En absoluto —retrocedió Barciela—. Lo único que queremos es aclarar unos crímenes. Por cierto, ¿en esta casa tenían ustedes un Studebaker durante la guerra?
—Sí, era de Andrés Elósegui, el padre de Antonio, a él le cogió la guerra en San Sebastián. El coche se quedó al cuidado de mi esposo.
—Después de la guerra, ¿venían mucho por aquí? —preguntó Barciela.
—Sí, de vez en cuando. Son... Bueno, eran amigos de mis hijos. De Luis... y también de Julia, mi hija.
—¿Cuántos años tienen sus hijos, qué hacen? —se atrevió a preguntar Barciela.
—Luis tiene veinticuatro, prepara ingreso de Ingenieros. Ella tiene treinta. Supongo que estas muertes... —dejó el final de la frase sin concluir—. No sé si Julia estará en su pabellón —continuó—. Quizá quieran ustedes hablar con ella.
Estaba incómoda. Se levantó y abrió la puerta cristalera del jardín y salió fuera. La seguimos. El jardín era aún más grande de lo que parecía desde la casa. La señora Buendía llamó a la puerta del bungalow y con su recia voz reclamó a su hija. Esperó unos segundos y dijo:
—No está, pero a la hora de la comida les diré a los dos que ustedes quieren hablar con ellos.
Volvimos dentro. El frío de fuera, sin abrigos, nos estaba haciendo tiritar. La señora, que vestía chaqueta y una falda de buena lana, no parecía sentirlo. Otra vez en la sala, la dueña de la casa nos enseñó una fotografía grande colgada en la pared: una joven muy bella, sonreía al lado de un caballo al que sujetaba por las riendas. Iba vestida con botas y traje de montar; su pelo largo le caía hacia atrás, ondeando ligeramente por el viento. A su lado, también con traje de montar, alguien que, a primera vista, parecía un chico y resultaba ser una chica con el pelo muy corto. En la parte baja de la fotografía, se podía leer: «Rosemarie y yo en Zurich. 1932.»
—Mi hija —nos dijo señalando la fotografía.
—Es verdaderamente hermosa —señaló, amable, Barciela.
—Eso dicen —contestó la madre y me pareció que lo dijo sin entusiasmo.
Nos despedimos. Barciela quedó en volver por la tarde ese mismo día. En el coche me espetó:
—¿Sabes que Blas Menéndez no llevaba calzoncillos cuando lo encontraron muerto?
VII
Esta vez, para subir a San Lorenzo de El Escorial hube de utilizar el tren. Una máquina que soltaba muchos silbidos y resoplones, produciendo escaso movimiento. Dos monjas al lado de un cura en el asiento de enfrente. Barciela había citado a don Bartolomé a las dos en el despacho de Sol. Yo llegué a su casa justo a la hora de comer después de pasarme más de una hora en el tren. Una chica, supuse que la criada, me abrió la puerta y me hizo pasar al comedor. Allí estaba la actriz.
—¿Puedo hablar con usted? —pregunté.
—Sí. Pase... Usted vino anoche con el sargento de la Guardia Civil, ¿verdad? —dijo—. Acabo de empezar a comer, ¿quiere acompañarme?
Acepté encantado, pensando, como así fue, en una buena comida.
—¡Amalia! —gritó a la chica—. Pon cubiertos al señor y tráele de comer —ordenó.
La criada vino para desaparecer en seguida hacia la cocina.
La muchacha tardó muy poco en servirme un buen cocido con sus garbanzos, su gallina, su repollo, su morcilla, su chorizo y su tocino. Un banquete que hacía tiempo no veía delante. Debí poner cara de hambriento porque la dueña de la casa me dijo:
—Viene muy bien un cocido con este frío. Sobre todo cuando no se tiene miedo a engordar.
Temí haberle parecido escuálido.
—No es fácil dar con un buen cocido ahora en Madrid —le contesté.
Ella estaba ante un filete con verdura. No me había parecido la noche anterior, ni me pareció entonces, que le sobraran kilos. Estaba sin pintar, menos llamativa, pero resultaba aun más guapa.
—Usted me dirá —dijo tras un breve silencio.
—Supongo que sabe que han ocurrido tres muertes, posiblemente tres asesinatos, y, por lo que sabemos, los tres muertos tienen que ver con el negocio donde trabaja su marido. El está ahora en la Puerta del Sol declarando y a mí me han enviado a verla a usted para que me informe de lo que sepa de los tres muertos y de sus negocios.
Mientras hablaba, noté en su mirada la natural desconfianza.
—Ustedes vinieron anoche acompañados de la Guardia Civil. ¿No me hará contarle a usted lo que todo el mundo sabe?
Me quedé algo perplejo, pero reaccioné pronto:
—Usted hable como si yo no supiera nada —le dije.
—¿No querrá que le cuente mi vida? —contestó con cierta altanería.
—No vendría mal... en lo que tenga que ver con el caso —contesté.
—Pues es corto o largo. Según se mire, pero mejor terminamos de comer y pasamos al salón.
Ella ayudó a la criada a quitar la mesa y, luego, ya en el salón, el mismo de la noche pasada, me ofreció café y un Fundador servido en una copa grande. Ella tomó una taza mediana de café.
—Me llamo Carmen —comenzó—, pero, en el espectáculo, me llamaban Lola. El nombre me lo puso el primer empresario que tuve. Decía que sonaba mejor. Tengo veintiocho años, estoy casada, tengo una hija que vive ahora con mis padres en la calle El Clavel, donde tienen una pensión desde hace años. He trabajado en la revista y he hecho alguna función de teatro. Al terminar la guerra, conocí a Antonio Elósegui. Antonio fue mi novio (al menos eso decía él) hasta que me quedé embarazada. La niña es suya. Yo estaba entonces con Delia Gómez y él ni quiso «arreglarlo», ni se quiso casar conmigo. Cuando se enteró me puso de patitas en la calle. «Chica —me dijo—, los embarazos les van muy mal a las vicetiples y yo no estoy aquí para pagarle las gracias a ese chulito, amigo tuyo... por muy bien que se lleven conmigo los falangistas. Así que te vas.» Antonio ya era gobernador y, como le he dicho, no quiso saber nada del embarazo. Echándole valor, me presenté con mi tripa en el Gobierno Civil de Guadalajara. No me quería recibir, pero organicé un escándalo y, al final, me pasaron a su despacho. En aquel momento estaba con él Blas Menéndez. Le canté las cuarenta. Se arrugó un poco. «Mira, Lola —me dijo—, yo no puedo casarme contigo, eso me arruinaría la carrera política. Además, no conoces a mi padre... Ese me deshereda... Lo del aborto es un riesgo que no nos conviene correr. Blas —continuó, dirigiéndose a su amigo—, te la llevas a El Escorial, que tenga el crío y, mientras tanto, buscamos una solución. Dinero no te va a faltar». Así que me vine para aquí y estuve viviendo en la casa que Blas Menéndez tiene en el pueblo de arriba. Antonio venía de tarde en tarde y, cuando tuve la niña, le entraron las prisas. Primero insinuó que me casara con Blas, pero Blas se rió en su cara. Hace seis meses, convencieron a Bartolomé. Me casé con él. Así que todos contentos. No es mal hombre. La cama la utiliza sólo para dormir. Lo cual, sinceramente, es de agradecer.
—¿Y ahora qué va a hacer usted? —le pregunté. Se notó que por curiosidad y no por la necesidad del caso.
—Bartolomé recibió una buena cantidad de dinero por la boda, una casa... La niña también tiene una cartilla. Yo tengo resuelta mi vida y, además, la libertad de poder volver a trabajar.
—¿Usted cree que Blas Menéndez era de los que se suicidan? —le pregunté.
—Eso parece. Yo creo que enloqueció al saber que los otros le engañaban en el negocio.
—Y eso, ¿cómo lo sabe usted?
Puso cara de vampiresa de película y me soltó casi al oído:
—Me lo contó él. Creía, no sólo que le robaban el dinero, sino también que en algún momento le iban a denunciar: «Me van a usar de chivo expiatorio, me van a poner los cuernos, Carmen, y eso no lo aguanto», eso fue lo que me dijo.
—Pero..., ¿usted se seguía viendo con él?
—Mire... Me pasé en su casa prácticamente todo el embarazo. Se portó bien conmigo. Después de casarme, sólo le veía de vez en cuando. Alguna vez me llevaba a Madrid al cine o al teatro.
—Y a su casa... —se me escapó la frase.
—Sí, también a su casa de la Glorieta de Bilbao o a la de aquí al lado. No soy la Virgen María —concluyó, cortante.
En seguida me sonrió amable. Pensé en lo que me había contado la vieja criada en la Glorieta de Bilbao y creo que enrojecí. La verdad que Carmen-Lola era muy guapa, de esas mujeres que te hacen volver la cara... Me atraía. Sentí en aquel momento un tirón por dentro. Desde que tuve una novieta, en Olmedo, no me había acercado a ninguna que no fuera del «oficio». Primero, durante la guerra..., a todo correr..., haciendo cola en los peores antros y, luego, ya de policía..., algún «pase gratuito»: ... ya se sabe... a los policías se les suele dar paso libre siempre que no abusen. Yo no abusaba nada. Lola me miró... Debía estar notando lo que yo sentía. Me extrañó que se me insinuara, pero el caso es que se levantó. ¡Tenía un tipazo!
—Te voy a enseñar la casa —me dijo tuteándome.
La seguí hacia el piso de arriba y, al llegar a una puerta, la abrió y me soltó:
—Ésta es mi habitación, ¿quieres pasar? No me lo acababa de creer. Pasé y le dije entre dientes, quizá precipitándome:
—¿Y la chica...? ¿Y si viene tu marido?
—La chica es amiga —contestó muy segura— y mi marido no volverá de Madrid hasta la noche.
Quedó claro que no me había precipitado en mi optimismo. Iba a ocurrir algo que, al entrar en la casa, ni siquiera me había atrevido a imaginar.
La habitación era amplia y, a esas horas, el sol entraba por las cuatro ventanas que hacían esquina dos a dos. La cama, de roble, me pareció muy grande. Frente al par de ventanas de la derecha y contra la pared, había un tocador también de roble con un espejo ovalado. A la derecha de la cama, un gran armario de la misma madera. Me senté, algo acoquinado, en un sillón de orejas tapizado en cuero que hacía juego con dos sillas. La habitación estaba templada. La calefacción funcionaba. Se veía que disponían de carbón abundante.
—Mira —me dijo mientras se quitaba el vestido por la cabeza—, lo voy a hacer contigo con una condición: luego no te pongas pesado. Quiero decir que ni debes mezclar tu trabajo con esta... aventura, ni debes pensar que quien hace un cesto hace ciento. ¿Está claro? Además, ya te he contado todo lo que querías saber.
No contesté. Ella acabó de desnudarse. Dio dos vueltas sobre los pies descalzos, mirándome con pillería, mientras se me iban los ojos detrás de su cuerpo; luego se metió en la cama. Desde allí me dijo sonriendo:
—¡Vamos! ¿Qué esperas? ¿Te da miedo?
Me quité la ropa dándole la espalda. Me avergonzaba el que pudiera ver cómo me había puesto con sólo verla desnuda. Me deslicé en la cama temblando y no precisamente de frío. Acerqué lentamente mis manos a su cuerpo. Estaba tibio, suave, como recién salido de un baño caliente. Era redondo donde tenía que serlo y alargado donde convenía. Tenía la piel tersa y dura.
—A ti no te echan del baile —dijo riéndose, al tropezar con aquello... duro como una rama—. Tienes prisa, ¿eh? —preguntó mientras me acariciaba la cara.
Bajó lentamente su mano derecha. Lo tomó como sopesándolo y me sonrió mostrándome su blanca y poderosa dentadura. Yo estaba algo cortado, pero ciego en mis intenciones. «Calma, calma...», me dijo. Le besé con ansia su cara, los labios, los senos. De pronto, me empujó sobre ella. «Ven» dijo. Llegué casi sin fuelle, así que, la primera vez, acabé con tal rapidez, que de nuevo se rió:
—Sino llego a invitarte a mi cama, hubieras tenido problemas para llegar hasta Madrid entero.
Luego todo fue más pausado. Carmen-Lola sabía hacer las cosas. No era nada vergonzosa. Fue mi verdadero bautismo de fuego. Lo que yo había hecho con anterioridad a esa larga tarde con Lola no había llegado a ser ni un mal entrenamiento. Cuando me vestí ya había anochecido. Al despedirme, le dije que Menéndez no llevaba calzoncillos cuando le encontraron muerto en el banco del parque. Alguien lo trasladó allí. Si se suicidó, desde luego, no se suicidó allí.
—Esta gente de pueblo es muy ruda —dijo, mirándome extrañada—. Ya sabes... A quien no está acostumbrado a bragas, las costuras le hacen llagas, a lo mejor por eso no llevaba calzoncillos —concluyó, riendo, antes de cerrar la puerta.
El tren que me devolvió a Madrid iba tan lento como el que me subió por la mañana, pero la oscuridad de la noche le daba un aire triste al viaje. Llegué a Jefatura, pero nadie había visto por allí a Barciela. Supuse que se había ido a casa. Cuando salí de nuestro despacho, caminaba todavía en volandas. En el pasillo, me encontré con dos números de la Policía Armada que trasladaban hacia el sótano a un tipo desgarbado que apenas se podía tener de pie. Los de «la social» le habían dejado la cara amoratada. El hombre me miró al pasar con unos ojos apenas entreabiertos. Había odio en aquella mirada; también dignidad. Los de la «político-social» seguían trabajando a esas horas. Me dio un vuelco el estómago y, de repente, se me fue de la cabeza la suave presencia de Lola. No tenía hambre, así que salí a la calle y me metí en el cine Callao. Ponían El prisionero de Zenda. Trabajaban Ronald Colman y Madeleine Carroll. Resultó divertida. Cuando llegué a la residencia, eran ya las doce y media. Puse la radio. Ganas de escuchar cosas desagradables... la guerra. Un locutor leía:
«El desembarco anglonorteamericano en el norte de África no ha cogido de improviso al Alto Mando ítalo-alemán. A pesar del aparente éxito inicial que suele acompañar a las acciones de esa naturaleza, los anglosajones la han emprendido con medios insuficientes y bastarán las fuerzas de reserva del Eje para acabar con la tentativa.»
Todo el mundo creía hasta entonces que la victoria de los alemanes era cuestión de poco tiempo. Me dormí plácidamente acompañado por el recuerdo de Lola, de su cuerpo, y, si he de ser preciso, también con el recuerdo del calor bajo de aquellas tibias sábanas de hilo entre las que había estado tan sólo hacía unas horas.
VIII
Al día siguiente, me levanté temprano. Seguía el mal tiempo, frío y gris. En el autobús, que iba lleno a esas horas, la gente parecía meditar o seguir durmiendo. Cuando llegué a Sol, subí al despacho. Barciela ya estaba allí. Tenía aspecto de recién salido del baño... repeinado. Llevaba entre los dedos un cigarrillo... Ideales. «Ya ves a dónde han ido a parar los "ideales" —dijo— y encima los llaman "caldo de gallina".» Se le veía contento tan de mañana.
—¿Tú qué crees? —continuó—. Esto de los americanos en el norte de África parece que va en serio.
Señaló el periódico al hablarme. Puse cara de no entender nada, pero siguió:
—Sí, hombre, el desembarco en el norte de África de los americanos y los ingleses. Se lo van a poner difícil a Hitler. Éstos de aquí —miró hacia el techo como si el Gobierno estuviera sentado en el piso de arriba— deben estar..., bueno.... «preocupados». Con que la guerra la «teníamos ganada»... Ya verás cómo salen ahora con el cuento de la neutralidad. Bueno, ¿qué tal ayer en El Escorial?
Le conté lo que hacía al caso: el lío de Carmen-Lola con Elósegui, lo de la niña y lo del matrimonio. Del resto, no le dije nada, pero él pareció sospechar algo o estar al cabo de la calle.
—¿Te dio bien de comer? Supongo que sí. Espero que te hayas quitado el apetito para una temporada... Aunque ya sabes, el comer y el rascar todo es empezar.
Había un tan claro doble sentido en sus palabras, que cambié de conversación.
—¿Qué tal tú? —pregunté.
—Conocí a la hija de los Buendía. Por cierto, es realmente guapa. Te has fijado que, en general, las ricas son más guapas que las pobres. Debe ser la alimentación —concluyó—. Yo creo que sabe bastante de nuestros tres «clientes». Sin embargo, no he podido adivinar cuáles eran sus pensamientos al respecto, las relaciones entre ellos. Eso es lo que ni siquiera intuyo. Es evidente que una convivencia de treinta meses, y durante la guerra, por fuerza hace conocerse a las personas, pero no sé cuáles han sido sus relaciones posteriores. No he querido preguntar demasiado. Además... la chica impone.
Me sonreí, pero él siguió:
—No te rías, es verdad, tiene algo que me corta. Quizás es eso lo que me hace sospechar que sabe bastante más de lo que me ha dicho. Tendremos que hablar también con su hermano. Ayer no estaba. He quedado en ir a verles hoy después de comer. Hay algo raro entre su madre y ella, pero tampoco sé de qué se trata. Respecto al marido de Carmen, me contó lo que tú ya sabes y algunos detalles más. El hombre está preocupado con su futuro. No sabe qué van a hacer los herederos de los dueños con la tahona. Tiene claro que el negocio del estraperlo bien cubierto se ha ido a pique con las tres muertes.
Entró un conserje a decir que el comisario nos esperaba en su despacho. Barciela apagó el pitillo y subimos.
Antúnez estaba sentado en su mesa con las gafas de leer puestas. Nos mandó sentar a su vera.