Excerpt for El loco de las muñecas by Empar Fernández, available in its entirety at Smashwords



El loco de las muñecas

Empar Fernández



1ª Edición Digital

Marzo 2011


Smashwords Edition

© Empar Fernández

Reservados todos los derechos de esta edición para:

Literaturas Comunicación, S.L.

Parador del Sol 9. 28019 - Madrid

http://literaturascomlibros.es

ISBN: 978-84-938740-0-1


Smashwords Edition, License Notes

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Índice


El loco de las muñecas

Joan Briones

Tomás Ortega

Gladys Orellana

Gloria Prats

Ana Ruano

Gladys Orellana

Andrés Carmona

Vanesa Suárez

Antonio Moure

Carlos Guerao

Teresa Canales

Ventura Portal

Pere Ballester

Quelo Ballester

Aurora Ribas

Vicenç Mercader

Samira Hichad

Sobre la autora



El loco de las muñecas


Lo único real que encontrará el lector en esta historia es el trágico incendio reseñado brevemente –unas líneas en el margen de una página– por un diario barcelonés en la primavera de 1999. La asfixia fue la causa aparente de la muerte de los dos ocupantes de una barraca levantada en la falda de la montaña de Montjuïc, allí donde la población es escasa y el orden es otro. Uno de ellos muy joven y, según los que le conocieron, heroinómano, fue encontrado exánime y tendido boca arriba en un catre. Ni tan siquiera intentó salir de allí. El otro, casi un anciano, fue hallado sin vida cerca de la puerta junto a decenas de muñecas viejas y medio rotas que desde hacía años atesoraba, cuidaba y mantenía limpias y relativamente bellas. Todavía las protegía entre sus brazos cuando los camilleros lo sacaron de entre los tablones abrasados.

El resto no es más que una de las infinitas derivas posibles. La historia inventada de un hombre que aprendió a jugar a las muñecas.



On n’oublie rien de rien. On n’oublie rien du tout.

On n’oublie rien de rien. On s’habitue.

C’est tout.


G.Jouannest/Jacques Brel



Joan Briones


—Abel, por favor, no me jodas. Pon los cinco sentidos y no me jodas. ¿Cuántas veces te he dicho que compruebes que la grabadora tenga pilas? Me quedan tres autopsias, ¿me oyes bien?, tres. Si quieres las haces tú. Mi ayudante está de baja y este trasto no funciona. ¿Qué esperas? ¿Una instancia? ¿Una caja de puros? ¿A que el muerto se levante y se vaya? ¿Cómo hay que pedir aquí las cosas? Si quieres, pongo rodilla en tierra o te beso la mano. Eso, o haces arreglar el enchufe de una puñetera vez.

¡Me cago en la puta! Si es que en este mundo no caben más inútiles. Uno más y no hará falta ni que cambie el clima ni que se deshielen los polos, lo haremos saltar por los aires y listos. Y para colmo de males esta tarde doy una charla y todavía no sé ni lo que voy a decir. Siempre con la lengua fuera. ¡Y yo que pensé que la de patólogo era una de las especialidades más tranquilas! Con un poco de suerte, y si me hacen el favor de no encontrar más fiambres tirados en la calle, todavía llegaré a tiempo.

—A ver, trae Abel, trae, ya las cambio yo. ¿Sabes aquello de vísteme despacio que tengo prisa? Pues de eso se trata, de que tengo prisa, mucha prisa. ¡Ah! antes de que te vayas necesitaré varios pares de guantes, sí, como siempre, talla grande, no creerás que me han encogido las manos… Ya sabes que no soporto que me aprieten.

—Veré lo que puedo hacer.

—Te he pedido guantes, no un crucero.

Por no saber, este hombre no sabe ni cerrar una puerta. Lo que no entiendo es cómo se aclara para poner un pie delante y otro detrás.

—Sí... sí… sí… Soy Joan Briones, forense por la gracia de Dios, y estoy probando este maldito trasto. Sí… sí… sí... Uno…dos…tres…, siete mil.

Vamos allá.

Mi nombre es Joan Briones, forense. Hoy es día 28 de marzo de 1999 y a las 10’35 horas doy inicio a la autopsia del sujeto que ha sido identificado como Horacio Ruano. El cadáver pertenece a un hombre caucásico de unos sesenta y tantos años aproximadamente, de 1’85 m de estatura y de complexión delgada. A simple vista y tras un primer examen exploratorio no presenta señales de traumatismos pero sí quemaduras superficiales en manos, brazos y tórax que de ninguna manera le han ocasionado la muerte. También se advierte cianosis en...

—Doctor Briones, usted perdone, tiene una llamada.

La puerta la cierra de una patada pero la abre como un jodido espectro. ¡Será cabrón! Se lo he dicho miles de veces, pues como si nada. Se me planta justo detrás y levanta la voz. Yo creo que quiere acabar conmigo y no se le ocurre mejor manera.

—Que te diga quién es y que deje el número. Ya llamaré cuando tenga un rato. Ahora no puedo ponerme. ¡Ah! y dile a Patricia que no se vaya, que en un momento acabo con éste y podrá transcribir el informe. Y que no se duerma, dicen que es urgente, que lo quieren inmediatamente. Y en cuanto llegue la gasometría de este tipo me la traes, quiero echarle un vistazo.

—Señor, es que…

—Es que ¿qué? ¿Qué es lo que pasa, Abel? Suéltalo.

—Es su esposa, señor. Quiere saber cuándo acaba y si podrá pasar a recogerla.

—Dile que no tengo ni idea, que estoy de trabajo hasta las cejas y que si no quiere caminar que coja un taxi. ¿Me has oído bien? Díselo con estas mismas palabras. Que coja un taxi y que llegaré cuando pueda. ¡Ah! y que si se aburre que lea algo, que le conviene. Esto último mejor no se lo digas, quiero tener la fiesta en paz.

Con el tiempo he adquirido la habilidad de hablar, pensar o programar mientras coso una incisión, peso un hígado graso o mido la herida dejada por un arma blanca. En este oficio la experiencia es lo que tiene, que te vuelve polivalente, como si tuvieras dos cerebros, uno para los vivos y otro para los muertos. Mejor dos que ninguno.

Los órganos corresponden en tamaño, peso y estado a los de un hombre de su edad cronológica y no presentan más alteraciones superficiales de interés patológico.

—Perdón, acaba de llegar.

Lo dicho. Ni ha llamado a la puerta ni se ha molestado en carraspear como hacen otros. Por suerte lo he visto venir y me he ahorrado la taquicardia.

—Gracias, déjala aquí mismo. Y, si no te importa, intenta llamar antes de entrar para que la próxima autopsia no me la tengan que hacer a mí.

Antes de retirarse Abel asiente, como si hubiera entendido a la perfección lo que acabo de decirle. Nada más lejos, me dejaría cortar un brazo.

La gasometría arterial que se adjunta detecta hipoxia. En atención al resultado de la mencionada prueba y al estado de los pulmones del sujeto puedo afirmar, con muy escaso margen de error, que la muerte se produjo debido a una parada cardiorrespiratoria con hipoxia cerebral causada por asfixia debida a la inhalación de humo.

Y sin nada más que añadir a lo dicho concluyo este informe a las 12’10 h. del 28 de marzo de 1999.

Maldita conferencia. Siempre metiéndome en berenjenales. El suicido desde la perspectiva del forense. El título no es malo, pero qué les voy a explicar. En mala hora dije que sí, putos compromisos. No sé ni qué puedo contarles. ¡Como si en esta mesa no fueran todos iguales!

—Abel, busca a uno de los internos y que acaben con éste, que lo cierren como Dios manda, nada a la vista, que después las quejas son para mí. Y que no dejen restos de sangre que a veces hacen las cosas de cualquier manera. Dale esto a Patricia y recuérdale que corre prisa, que lo necesitan en Nou de la Rambla, ella te entenderá. ¡Ah! y ya puedes llamar al siguiente.

No espero que entienda la broma, no lo ha hecho en siete años. Pero yo sigo encontrándole su gracia.



Tomás Ortega


Siempre seré un infeliz, ya me lo dice Luisa, un bruto y un infeliz. Y aunque yo no le daría la razón ni aunque me arrancaran la piel a tiras y me echaran sal en la carne viva, justo es reconocer que me conoce mejor que nadie. Ni mi madre sabe de mí lo que sabe Luisa. Cuando pintan bastos y todo el mundo pierde el culo por escurrir el bulto, el pringao de Ortega carga con el muerto. Y nunca mejor dicho. El caso es que lo veía venir. Uno que se descuelga con lo de que ha de acabar un informe, el otro que espera una llamada, que si el comisario quiere verme y no puedo moverme, que si he de acompañar a la parienta al ginecólogo… ¡al ginecólogo! Va por el quinto hijo y no sabe lo que es un ginecólogo. Uno detrás de otro, que si tengo algo gordo entre manos, que si espero un chivatazo, que si tiene que pasar por balística…

Y todo el mundo mirándome a mí, al inspector Ortega, el especialista. Si hubiera un departamento dedicado a dar las peores noticias, fijo que me nombraban jefe. Ortega, con el muerto a cuestas, visita a la viuda, a la madre de la chica desaparecida, al marido abandonado… Los marrones, ya se sabe, para Ortega.

¿Y cómo coño se le dice a una mujer que hemos encontrado un cadáver que puede ser el de su marido? Lo de que puede es por suavizar las cosas, por hacer un primer tiento, porque esta vez estamos completamente seguros de que se trata de él. Huellas, testimonios… todo, lo tenemos todo. Por tener tenemos hasta el DNI. ¿Y cómo le explicas que debe reconocer un cuerpo que lleva varios días en una nevera? Pero no queda otra. Alguien tiene que identificarlo. Y la mujer de uno, es la mujer de uno. Ya puedes quitarle hierro al asunto, ya puedes asegurarle que probablemente casi ni se enteró, que murió en un plis, plas. Ya puedes mentir todo lo que quieras… Algunas, las menos, se limitan a suspirar y a echar mano del abrigo para acabar cuanto antes. Muchas se desmayan, gritan o se agarran a ti. Las hay que pillan lo primero que encuentran y… ¡Una hasta me pegó en la cabeza con un plato! Por lo de matar al mensajero. Y cuando llego a casa y lo cuento va la Luisa y me suelta:

—Suerte que no llevaba un hacha.

¡Ni que lo hubiera matado yo!

Aunque el tipo fuera un impresentable, un macarra, un jodido hijo de puta, aunque le zurrase día sí y día también o pasase de ella como de un trapo sucio, aunque se la hubiese pegado con trescientas mil… Es igual, todas lloran, se exclaman, se desesperan y se diría que llevan años casadas con un santo varón, con el mejor padre posible para sus hijos y con el mejor y más delicado amante de este mundo. En mi opinión están todas locas, incluida la Luisa. Locas de atar bien corto. Es lo que tiene ser un madero, que nunca lo has visto todo.

Aunque a ésta no creo yo que vaya a afectarle mucho. Rica, conocida, con despacho propio y todavía de buen ver. ¿Qué puede importarle? Dinero no le ha de faltar, y después de tanto tiempo poco podía esperar ya de un marido como el suyo. Un viejo pordiosero, un loco y probablemente un pervertido. Porque lo de pasarse el día vistiendo y desnudando muñecas, muy corriente no es. Me jugaría lo que no tengo a que era un pederasta frustrado, un degenerado, un… Un enfermo, eso seguro. Bueno, ahora, tanto da. Yo pondría la mano en el fuego que a ésta todavía le doy una alegría.

Tengo que aprender a ver el lado bueno de las cosas. Y en eso si que he de darle la razón a mi mujer. Siempre lo veo todo negro, no le encuentro nunca nada positivo a este trabajo mío. ¡Y eso que lo escogí yo! Hoy, por lo menos, visitaré otros barrios, pisaré otras calles, me tocará el aire, que ya me conviene. Desde que en la comisaría no hay manera de abrir una ventana que noto que me falta el aire. Siempre va bien un cambio y de la Diagonal para arriba la ciudad parece otra. Hasta diría que huele mejor, por lo menos no huele a orines ni a alcantarilla como en algunas calles que yo me sé. Además, y en eso si que he sido rápido, le he encargado a Pons las diligencias del robo a la joyería y a estas alturas debe estar maldiciendo mi sombra. Detesta las diligencias tanto o más que yo. Pero no ha abierto la boca. No se ha atrevido. ¡Qué remedio! Y es lo que pienso, de lo perdido…

¡Joder! Mucha tranquilidad, mucho arbolito, mucha puerta de servicio y mucho portero vestido de almirante, pero ni un puto bar. Ni una cafetería de esas que parecen un quirófano, nada. ¿Dónde va esta gente cuando se aburre? Igual los ricos no se aburren nunca. ¡Maldita sea mi estampa! Yo que sin tres o cuatro cafés no soy nadie. Y los porteros ¿adónde van? ¿Y las sirvientas, no salen nunca? ¿Es que aquí nadie necesita un café? ¡Joder! Ni una mala barra con su cafetera exprés, sus tapas, sus croissants y su diario. Ya les regalo yo tanto árbol, tanta limpieza y tantas flores, que si no tienes donde tomarte un café ni perderte un rato. ¿Y dónde compran?

Bares no tendrán, pero… ¡Esto es una escalera! Si Luisa viera estas plantas tan enormes y tan verdes… Y estos sillones a la entrada como para quedarte a echar la siesta… Y el suelo, que brilla como un espejo. ¡Joder! Hay días en los que casi veo con sus ojos, hasta pienso como ella, no me la saco de la cabeza. Que si Luisa esto, que si Luisa aquello. Y no puedo evitarlo, siempre acabo dándole vueltas a lo que diría Luisa, a lo que opinaría, a si le parecería bien o mal. Creo que voy a empezar a preocuparme.

El caso es que cuando se lo explique no se lo va a creer. En nuestro portal, y no es de los que está peor, lo único que cabe son las manchas de humedad de la pared, los desconchados y los buzones más pequeños del mercado. Es triste atravesar la puerta y encontrarte con los buzones repletos de propaganda que ya ni cabe y que siempre acaba en el suelo, desparramada, abierta, como si alguien acabara de fregar y hubiera sembrado el suelo de papeles. Facturas y propaganda. Aquí dirías que no hay buzones, o los esconden para que no hagan feo. Aunque lo más seguro es que el portero recoja las cartas y te las traiga cada mañana, calentitas, como las noticias recientes.

Y por si fuera poco el mal rollo de la aluminosis, que cualquier día se nos cae la vecina de arriba en medio del comedor o se desploma el balcón y te encuentran a pedazos en mitad de la calle sobre un pobre tipo que pasaba por allí. Y están las cosas como para comprar otro piso… Ya me gustaría, ya, pero…Yo hago ver que no me importa, que lo de la aluminosis es un detalle y que no me quita el sueño. ¿Qué otra cosa voy a hacer? ¿Ir a casa de mis suegros? Ni loco. Ni harto de vino. Antes… Pero sé que a Luisa le deprime la oscuridad de unos bajos, la falta de espacio, las paredes del rellano de las que parece que mana el agua y, sobre todo, ese olor a moho que te da en las narices nada más traspasar el umbral. Luisa no dice nada por no agobiar, lo sé porque la conozco. Sabe, como lo sé yo, que no podemos pagar lo que piden por un piso. Por eso no abre la boca, por eso y porque lo de vivir con mis suegros… Eso sí que no, eso ni se contempla. Pero yo sé que el miedo no se le va de la cabeza. Hace años que lo sé.

—Busco a la señora Gloria Prats.

—¿Le está esperando? me pregunta educadamente el conserje como si pudiera detenerme.

Apenas ha levantado la vista unos centímetros del periódico deportivo y me mira durante un instante por encima de las gafas. Viste pantalón azul y camisa blanca, como un ejecutivo de andar por casa, y no parece dispuesto a prestarme más atención que la meramente imprescindible. Es de los que creen que han llegado lejos.

—No respondo escuetamente con el único propósito de molestar. Si hay algo que me repatea en esta vida es la arrogancia.

—Tendré que preguntar continúa en un tono más propio del amo de la finca que de su portero—. ¿Su nombre? inquiere mientras, sin volver a mirarme, aprieta un botón del intercomunicador.

Me encanta este momento. Cuando descuidadamente, como el que no quiere la cosa, perdonándole la vida al tipo que tienes delante, le plantas tu identificación en las narices, la jodida chapa. Todas las puertas se le abren entonces al inspector Ortega. «Inspector del Cuerpo Nacional de Policía». Palabras mágicas, poderosas, geniales. Cuando saben que eres poli se han acabado los diarios deportivos, la tele, la radio, se interrumpe cualquier conversación, yo diría que no hay pensamiento que no se paralice.

«Inspector de policía». Y ya no te tose nadie.

—Seguro que la señora Prats querrá recibirme —pronuncio despacio, con el aplomo que reservo para estas ocasiones.

El portero se retira las gafas, se levanta repentinamente servicial y me acompaña hasta la puerta del ascensor. Incluso aprieta el botón por mí, para que no me canse.

—La señora Prats vive en el segundo primera. Creo que todavía no ha salido.

No respondo, aunque a punto estoy de darle las gracias. A mí de pequeño me enseñaron a dar las gracias a todo el mundo y por cualquier cosa, incluso a los cretinos, y hay cosas que no te las sacas de encima. He de reconocer que me da un poco de pena el portero al que han vestido como al empleado de una aseguradora. Aseado, probablemente aburrido y, apostaría un dedo, plenamente consciente de su inutilidad. Mañana, tarde y noche, como los jarabes, siempre allí, detrás de una mesa, sin más ocupación que levantar la vista de tarde en tarde y acompañar a los desconocidos al ascensor para no llagarse. Como un adorno más en mitad del vestíbulo, como un jarrón o una estatua animada, complaciente, pulcro y de tamaño natural.

El ascensor es para verlo, casi como la habitación de mi hijo, un cuarto entero subiendo y bajando como si los vecinos lo utilizaran de veinte en veinte, como en los edificios públicos. Lleno de espejos que lo hacen parecer todavía mayor y sin una sola huella. Siempre me fijo en las huellas. Deformación profesional, la llaman. Puta manía, Tomás, dice la Luisa cuando me descubre escudriñando con los ojos entornados el pomo de una puerta o la superficie de una mesa. Cuando el ascensor se detiene en el segundo sin que apenas me dé cuenta estoy tan abstraído en mi propia imagen multiplicada que tengo que pararme a pensar dónde coño está realmente la puerta. Tanto juego de espejos, tanto Tomás Ortega, tanta puerta que se cierra y se abre a traición…

Me abre la sirvienta, una joven con una bata blanca de las que usan las enfermeras por los pasillos de los hospitales, y me saluda con una inclinación de cabeza. Por el momento no abre la boca, pero interpreto que debo seguirla. Por sus rasgos, por su pelo absolutamente negro que recoge en una cola baja, por su mirada esquiva y por su piel demasiado morena para el mes que corre, parece llegada de muy lejos. Elemental, querido Ortega, habría añadido Luisa a mis pensamientos. Mi mujer es el sarcasmo personificado. Si no hiciera comentarios destemplados no sería la misma Luisa con la que me casé.

La muchacha se detiene al final de un corredor en el que podría dirimirse sin aprietos un campeonato de fútbol sala.

—Volteando nomás, señor.

Creo entender que me indica que puedo pasar y esperar. Hemos llegado al salón. Todo mi piso, entero, cabe en el salón. Cuento hasta cuatro sofás enormes y todos ellos diferentes, además de algún sillón aislado y de alguna silla con brazos. De no ser por la caprichosa disposición del mobiliario podrían celebrar una cumbre del FMI. Una de las paredes, la que calculo que apunta al este, es toda de cristal, como una gran ventana interminable por la que se cuela todo el sol de esta mañana de marzo que ha dejado de parecerme algo fría. El sol que falta en las aceras que pateo a diario está aquí, en este salón. En mis calles los vecinos se rozan los dedos si alargan el brazo y si conviene se lanzan cosas de una ventana a la de enfrente. Por todas partes se cierran los balcones con carpintería metálica para encajar en ellos una cama o se aparcan en el rellano los cochecitos de los niños con ayuda de una cadena de bicicleta. Nunca se sabe. En cambio, en este salón todo parece valioso, único. Aunque, debo reconocerlo, algunos de los cuadros que cuelgan por todas partes no los querría en mi casa ni regalados. Los hay preciosos, paisajes soleados, mujeres con faldas largas y sombrillas paseando junto al mar, un par de niños sentados en una escalera con cara de aburridos, pero otros… La verdad es que son francamente horrendos. Seguro que los miras un rato y por la noche sueñas con ellos.

Me quedo de pie en una esquina, esperando. Prefiero que Gloria Prats no se apresure, necesito tiempo para acabar de verlo todo. Tengo ganas de encender un cigarro. Podría atravesar el salón y acercarme a una mesa en la que diviso un cenicero, pero no me veo yo… Decido permanecer de pie, con las manos en los bolsillos, los dedos acariciando la chapa que abre todas las puertas y la vista saltando de un cuadro a otro, de un sofá al siguiente, y de una mesa a la de al lado. Esperando, buscando con la mirada un televisor que no existe y sintiéndome cada vez más pequeño.

Gloria Prats aparece al otro lado del salón y con un leve carraspeo me señala su presencia. A pasos cortos, con la seguridad del que juega en campo propio, Gloria Prats se aproxima al rincón en el que me encuentro y me tiende la mano.

—Creo que es usted inspector de policía y que desea verme.

Su mano encaja bien, como Dios manda. No es de esas manos abandonadas que la gente te tiende a veces como para que se las sujetes.

—Así es, señora Prats.

—Pues usted dirá.

Zanja las presentaciones y da por acabados los preámbulos con una naturalidad poco frecuente ante un poli. Me indica una butaca que tengo a pocos pasos al tiempo que ella toma asiento en la esquina de un sofá con las piernas cruzadas y los ojos clavados en los míos. Hay distinción en sus movimientos y la familiaridad del que se encuentra en sus dominios. Yo, en cambio, me siento como un pez fuera del agua, y si no boqueo es porque si algo sobra en el salón es el aire. Debo reconocer que Gloria Prats no es en absoluto como la he imaginado. Es más bien baja, pero no menuda. Como Luisa más o menos, pero rubia natural y con algunos años más encima. También, todo hay que decirlo, con más estilo, pero eso era de esperar. No usa joyas, y el único maquillaje que sé distinguir es el rojo de labios. Tampoco he advertido perfume alguno. Sus ojos son azules, clarísimos y luminosos, como escotillas abiertas al cielo y su cabello muy claro, del color desvaído de la paja vieja, y extrañamente largo para una mujer que ronda los cincuenta. Lo sujeta con una cinta negra en una gruesa cola. La cinta me recuerda al brazalete que a menudo usan los futbolistas en señal de duelo. Es como una premonición. Por un momento pienso que ya lo sabe, que no voy a descubrirle nada.

Con el codo apoyado en el brazo del sofá, Gloria Prats espera. También yo carraspeo y, antes de coger al toro por los cuernos, me atrevo a preguntar si puedo fumar al observar que en la mesa más cercana descansan dos ceniceros.

—Desde luego responde con una amable invitación de su mano.

Con el cigarrillo entre los dedos y a pesar de que mi sangre pide a gritos la dosis habitual de cafeína, consigo hilvanar los hechos ordenadamente. Le explico cómo los vecinos habían alertado a primeras horas de la madrugada del incendio en una especie de chamizo al que la palabra chabola le vendría grande. Le hablo de las tablas mal puestas y de un techo de uralita. Quedan unas cuantas en pie a media montaña aunque cada vez son menos en la ciudad postolímpica. Es un lugar de nadie en el que pasan las noches algunos mendigos, no siempre los mismos, y en el que encuentran cobijo los drogatas, algún ilegal con contactos, gente de mal vivir y, a lo que vamos, de peor morir.

—Era de madrugada y todo parece indicar que el siniestro fue accidental. Una vela volcada por el viento o por un animal, un gato, una rata… Quizás un movimiento en falso, es difícil de saber. Y en espacios tan reducidos… Dentro de unos días tendré alguna cosa más.

Gloria Prats no me quita los ojos de encima. Creo que no sabe de qué le hablo ni qué hago allí, apoltronado en su butaca y hablándole de barracas inmundas. Pero no me interrumpe.

—El caso es que se han encontrado dos cadáveres. Uno de ellos el de un joven todavía por identificar, pero muy conocido en el barrio, un camello de poca monta que no creo yo ni que se enterara de que se moría. No tenemos los resultados de la autopsia, pero lo más probable es que no se diera ni cuenta.

No creo necesario explicarle que el chaval no salía del cuelgue, que apenas articulaba palabra ni que era conocido como el picoloro, no por su contumaz adicción a la heroína, que data de los inicios de su adolescencia, sino por su nariz aguileña que recordaba el pico quebrado de un ave. También me callo que junto al cuerpo encontramos la jeringuilla que, con toda probabilidad, acababa de utilizar. Todavía no conocemos ni su nombre ni sus apellidos, no se han encontrado documentos y esperamos que alguien reclame el cadáver. Aunque no siempre es así. No en estos casos. Hay muertos que se mueren para siempre.

—No entiendo qué tiene que ver conmigo —dice ella desconcertada sin dejar de interrogarme con la mirada.

Tiene las manos cruzadas sobre el regazo y el semblante atento. Reconozco en su mirada a la abogada sagaz y prestigiosa que ha aprendido a entender más allá de las palabras. Vigila mi rostro intentando anticiparse quizás al dolor que presiente ha de llegar, y eso me confunde. Con los polis no falla, que me lo digan a mí, nunca traen nada bueno, siempre portadores de las peores noticias. Sobre todo, yo, Ortega, el especialista. Gloria Prats, es de justicia decirlo, tiene unos ojos increíbles y un escote que no está nada mal.

—Verá, es por el otro cadáver. Se trata de un hombre de unos sesenta y tantos años, puede que algo menos. Un hombre muy alto, delgado, bastante bien conservado y que guardaba su documentación en una caja de metal. Por eso estoy aquí, por su DNI. Todavía consta esta dirección y su estado civil. Se trata de Horacio Ruano y si no me equivoco es su marido. O lo era, dado que acaba de morir. Lo encontraron tendido sobre una cama y lo sacaron de allí como pudieron. A su lado dormían, entiéndame, es una forma de hablar, decenas de muñecas colocadas ordenadamente, limpias, con los bracitos a lo largo del cuerpo, peinadas... Algunas todavía estaban tapadas con una colcha…

La mujer parece sorprendida, casi conmocionada. Se lleva la mano hasta la boca como para retener un grito y no acierta a articular palabra. Yo prosigo, estas cosas mejor no demorarlas.

—Estaban allí, una al lado de otra, en batería, como los coches en un concesionario. Quizás el viejo, con perdón, quizás en el último momento se dio cuenta de lo que ocurría, quizás, usted comprenderá que todavía no sabemos nada cierto, quizás, y debe usted entender que por el momento sólo es una posibilidad, intentó rescatarlas, sacarlas de allí. Pero no quedaba oxígeno y se desmayó. Por eso lo encontraron tendido de bruces sobre ellas. Por el momento no son más que puras elucubraciones. Las pocas quemaduras que sufrió fueron probablemente posteriores a su muerte. Según el informe forense, murió asfixiado a causa del humo.

Hubiera continuado proporcionando algún detalle más, puesto que yo mismo visité el escenario y me gusta explicar las cosas bien, con detenimiento. Un detenimiento algo excesivo que a Luisa la saca de quicio. Afortunadamente, no lo hago. La piel de la mujer, muy pálida, es ahora una máscara tétrica sobre la que destaca crudamente, como en el semblante de un mimo, el rojo añadido de sus labios. No queda color en su rostro y su mano izquierda se ha crispado sobre el brazo del sofá como si la mujer tuviera miedo de caerse, como si el sofá, convertido en una gran boca, pudiera devorarla. Su cabeza rubia se tambalea sobre sus hombros como la de una muñeca vieja, incapaz de conservar la verticalidad. Parece a punto de perder el sentido, de desplomarse también ella. Respira con dificultad, pero no emite ruido alguno, su pecho se ensancha como si quisiera atrapar de golpe todo el aire que cabe en el salón. Y yo, que me conozco y sé mejor que nadie que ante estas cosas me acobardo, a punto estoy de reclamar a gritos la presencia de la sirvienta, la chica que me ha abierto la puerta y cuyo nombre ignoro. Espero que no ande lejos y, mientras aguardo a que Gloria Prats reaccione, valoro la mejor manera de manera de llamarla por si el asunto empeora.

Por fortuna permanezco callado, por fortuna y porque no sé ni qué hacer ni qué decir. Me siento torpe, desmañado y embrutecido quizás por un oficio en el que uno no hace otra cosa que moverse entre desesperados. Estoy más fuera de lugar que nunca, como dicen de los elefantes en los garajes. Mensajero de malas nuevas, pájaro de mal agüero. El inspector Ortega, un don nadie, aguarda medio desmontado por una mujer cuya mano crispada parece ahora una garra, una zarpa salvaje capaz de arrancarle el corazón al más templado. Frente a mí, Gloria Prats, la viuda, ha cerrado los ojos y parece llorar por las comisuras de sus labios. Puedo distinguir la línea rubia y delicada de sus pestañas, un trazo de color en la tez blanca como una mortaja. No advierto ningún ruido, ni el menor sonido llega desde la calle, y la sirvienta parece haberse desvanecido.

Un día que difícilmente podrá empeorar.

Pasados unos segundos interminables siento unas ganas terribles de gritar, de romper con mi voz un instante que amenaza con la eternidad. Si pudiera la sacudiría para hacerla reaccionar, le hablaría al oído, le susurraría que el hombre que acaba de morir no la merecía, que la abandonó por voluntad propia. La abrazaría, quizás. Sin embargo me quedo quieto, casi petrificado, callado y rígido como una piedra, mientras advierto que lágrimas como puños le resbalan ya mejillas abajo. Llora en silencio, con los ojos cerrados y los labios apretados como hacen a veces los payasos en mitad de la pista cuando se prohíben a sí mismos el derecho a sollozar. Una mujer sola, viuda de nadie, que llora una viudez intuida, una ausencia larga como carretera hasta el cielo. Llora su muerte en vida, la del esposo desaparecido y muerto a ojos del mundo.

¿Cómo puede doler la muerte de un muerto? Según su propia esposa hace años que Horacio Ruano estaba muerto, un accidente de coche en el extranjero, algo inesperado y fatal. En su momento Gloria Prats hizo que se repatriasen sus cenizas y, si la prensa no engaña, incluso se ofició una ceremonia en la que se esparcieron a los cuatro vientos. ¿Por qué afligirse entonces por un hombre al que perdió de vista hace tantos años y al que ella misma dio por muerto? A la vista está que no murió. ¿A qué viene ahora tanta lágrima? Hay cosas que uno no consigue entender nunca.

El tío se larga, lo declaran muerto y, por lo que sé, no vuelve a dar señales de vida, se borra a sí mismo del mapa y si te he visto no me acuerdo. Y, muchos años más tarde, su mujer, Gloria Prats, la misma que aventó sus restos, una mujer de buen ver y mejor pasar, no encuentra consuelo. Yo, la verdad sea dicha, no entiendo a las mujeres en general, pero ésta, en particular, diría que está para que la encierren.

Considero la posibilidad de recordarle que desapareció con viento fresco dejándola sola y con dos hijas muy pequeñas. Probablemente montó una parodia, un fraude con su propia muerte. O mucho me equivoco o el tal Horacio era un malnacido, un miserable. Me gustaría gritárselo. Repetirle que su marido, el abogado Horacio Ruano, se dio el piro un buen día y desapareció de su vida, que lleva años siendo una viuda en falso, que probablemente el abogado perdió la razón hace tiempo y que vivía como un pordiosero. Que nada está claro en este asunto y menos que nada la honestidad de su difunto marido. Por no hablar de su salud mental.

Me gustaría decirle algo de lo que me pasa por la cabeza, pero me limito a esperar. La experiencia me ha enseñado que en casos como éste, aunque no he visto yo muchos casos como éste, lo mejor es dar tiempo al tiempo y dejar que las noticias reposen. Centro mi atención en la punta de mis dedos, que carecen de todo interés, pienso en los asuntos pendientes que me esperan en comisaría y sólo de tanto en tanto levanto la vista y me atrevo a mirarla.

—¿Hay algo más que deba saber? —Gloria Prats aparta las lágrimas con el dorso de su mano. Advierto que conserva todavía en los labios el rictus de dolor.

—Bien, sí, hemos encontrado algunos objetos que le pertenecían y que quizás desee usted conservar. Por otra parte, si no me equivoco, continúan ustedes casados. Su fallecimiento no consta en los registros y creo que no hay sentencia de divorcio.

—Así es —responde la mujer, que no tiene intención de dar más explicaciones—. No tramité el divorcio.

—Pero, el accidente, sus cenizas…

—Ese es otro asunto. Si no es necesario…

—Bien, sea como sea, usted es su pariente más cercana. Más tarde el curso de la investigación puede exigir…

—Sé perfectamente cómo es el curso de una investigación, inspector. No creo que a nadie le importe un hombre vivo más o menos. Y menos a la policía que no da abasto con los asesinatos por resolver. Piénselo bien, no hay crimen, mi marido estaba vivo, usted mismo acaba de decirlo. No creo que la investigación…

—Por el momento todo lo que debo pedirle, dado que sigue siendo su esposa, es que identifique el cadáver.

La mano de Gloria Prats se aferra de nuevo al brazo del sofá. Pierde la compostura durante unos minutos. Toda su distinción se ha transformado en algo parecido al miedo.

—¿El cadáver? ¿Quiere que identifique el cadáver? Si tienen su DNI, pueden hacerle pruebas, lo que quieran. Pregunten en el barrio, a los vecinos, alguien habrá en alguna parte que pueda…

—Me temo que debe hacerlo usted. Usted o una de sus hijas.

—¿Mis hijas, dice usted? De eso, ni hablar. No volvieron a verlo desde que tenían tres o cuatro años. ¿Qué quiere usted que recuerden? ¿Qué pretende que identifiquen?

Se le rompe la voz al hablar de sus hijas y sus palabras se intercalan con jadeos. Tengo tantas ganas de salir de allí que a punto estoy de levantarme y echar a correr hacia la puerta.

—Yo, no quisiera tener que… Hace casi veinte años. ¡Habrá cambiado tanto¡ Yo… no podré hacerlo, le puedo asegurar que no podré hacerlo. Sé que no voy a poder. Casi veinte años, es mucho tiempo. Tiene usted que entender. Casi veinte años sin saber nada de él y ahora llega usted y dice que ha muerto y que corra a identificar su cuerpo. No puede usted pedírmelo. Ha muerto antes que yo, me ha vuelto a dejar sola, todavía más sola. Otra vez ha vuelto a hacerlo, ha vuelto a abandonarme aquí. Y con vida… No sabe usted lo que es eso. No lo sabe nadie. Y usted viene diciendo que ha muerto abrazado a sus muñecas —me increpa—. ¡Abrazado a sus muñecas!

Respira tan trabajosamente que se diría a punto de desmayarse. Quizás deba acercarme, quizás deba llamar a la sirvienta, quizás…

—Cómo voy a poder? Si no podré vivir- ¿Cómo ha podido morir antes que yo, que tanto he esperado la muerte? Él sabía, tenía que saber que yo… Yo no he dejado de esperar… Habría esperado todo el tiempo…

No consigo oír nada más. Acaba de llevarse de nuevo las manos a la boca como para silenciarse a sí misma. Me siento tan incómodo que me levanto y me quedo plantado a pocos pasos de la mujer desconsolada, que ni tan siquiera se da cuenta. Cada vez entiendo menos y tengo más ganas de salir del esplendido salón en el que Gloria Prats, tomada ya la fortaleza por el invasor, se pierde en llanto. Su cabeza, vencida por el dolor, acaba de inclinarse sobre su hombro. Un gemido traspasa levemente sus labios, un gemido animal que parece nacer y morir en sus entrañas. Se me antoja cada vez más pequeña y más frágil. También Luisa parece menguar cuando llora, como si encogiera. Yo, de píe, frente a ella, sin salir del pasmo, me he vuelto invisible.

Algo desconcertado y sin más recursos que los que se derivan del procedimiento policial, que no son muchos ni apropiados, decido retirarme. Antes de hacerlo cojo una de sus manos y le indico en voz baja que debe calmarse, tal y como he visto hacer en infinidad de películas, cosa que desde luego no hace. Prometo que volveré a llamar dentro de un par de horas, que no hay prisa, que la pasaré a recoger para… Que serán unos minutos, qué digo unos minutos, un instante… Lo justo para… Hablo en un murmullo como la persona bien educada que no soy, y me alejo sin mirar atrás. Cuando salgo del salón me doy de bruces con la chica que, arrimada a la pared con las manos juntas, parece más desubicada que nunca.

—No hace falta que me acompañe, sabré salir. Quédese aquí, quizás la necesite —mis palabras suenan a decreto-ley.

La muchacha no abre la boca, se limita a asentir con un suspiro.

Antes de abandonar el portal me viene a la cabeza una canción de mis años jóvenes que ya no me dejará en todo el día y que si mal no recuerdo se llamaba así, Todo el tiempo del mundo, como las palabras que a punto ha estado de pronunciar la señora Prats. A Luisa, cuando era todavía una cría, le encantaba aquel pájaro de la voz aguardentosa que en lugar de cantar susurraba.

Mejor así, pienso mientras me siento al volante, enciendo un cigarro y pongo unas cuantas calles de por medio. Con la voz impostada y cara de estreñimiento crónico, la emprendo con Todo el tiempo del mundo. Si Luisa pudiera oírme, no se lo creería.

Rica, guapa, inteligente, pero está como todas, para que la encierren.



Gladys Orellana


Cuando Damián, el portero, ha llamado diciendo que subía un poli para hablar con la señora he estado a punto de echarme escaleras abajo. Yo, para estas cosas soy muy impulsiva. Del temblor que me ha cogido casi se me cae el aparato. Las piernas no me llevaban cuando he ido a decírselo a la señora. Suerte de ella, que ha visto la cara de susto que yo tenía y me ha dicho que no me preocupara y que actuara como si tal cosa, que no podía tener nada que ver conmigo. Como si tal cosa, ha dicho, y a ella le ha cambiado la cara, que lo he visto yo. Así dicen que pasa en los milagros, como si la cara de uno se transfigurara. Como hay Dios, que le cambió la cara. Ha sido un momentito de nada, un santiamén, pero a mí hay cosas que no se me escapan. Ha sido un visto y no visto, como si la nariz, los ojos y los labios, se le acalambraran, como si acabara de tocar un cable con la boca. Por un momento hasta parecía otra. Una aparecida.

Yo ya lo sé que mis papeles están bien, que están guardados en una caja y que no salen de mi cuarto. Sé que estoy legal y que todo anda como Dios quiere que ande, pero… Ya lo sé, la señora se ha ocupado de todo, me lo ha dicho miles de veces, y también la señorita Ana. Estoy cansada de oírlo, pero ellas no entienden que… ¿Cómo van a entender si no están en mi pellejo? Una ha visto ya tantas cosas… Un poli es un poli, aquí y en todas partes, y a la mínima te buscan las vueltas y… Por mucho que digan, a los que son como yo nunca he visto que les traigan nada bueno. Que se lo digan a mi prima Karla Lorelay, que no sé cuántas veces ha pasado por comisaría. Y eso que en la casa está bien y tiene papeles. Y a mi cuñado Luís Esteban, el encofrador, que no baja la basura al contenedor sin llevar encima todos sus papeles. Es tan precavido que hasta me ha dado una fotocopia de todo y me ha hecho prometer que la guardaría bien por si se le perdiera alguno. Dice que no quiere más disgustos, y hace bien. El pobre hombre ya tiene bastante con lo que tiene, que después de enviar unas pesetas, dormir y comer, no le llega ni para llamar a casa. Y tiene tres hijos.

Yo porque salgo poco, adónde voy a ir. Y aún así no gano para sustos. Ni para sustos ni para casi nada, porque de caprichos ni uno. Yo no soy como la Lorelay, tampoco estoy sola en el mundo como ella, ni les gusto a los hombres como les gusta ella, con ese culo bien prieto y esos ojos tan grandes. Además yo tengo que pensar en lo que más me conviene, y lo que más me conviene es poder traerla, educar a mi hijita aquí, conmigo, con su madre. De su padre, cuanto más lejos, mejor. Todo lo que una puede esperar de él es un disgusto. Y si te descuidas y tiene el día encabronado, igual le da por molerte a palos. Lo dicho, cuanto más lejos… Total, el dinero ni lo huele, y cuando pilla algún dólar se le va en vino o en lo que se tercie, porque más de una me dijo en su momento que andaba con fulanas, pero yo ni me paré a pensar. ¿Cómo iba a andar con fulanas si me tenía a mí y me decía lo que me decía? Mi madre fue la primera que lo vio, y mi hermana, la pobre. No me decían otra cosa, pero como si oyera llover. Lo mejor que he hecho en esta vida es no casarme con él. Aunque eso sí que se lo debo a ese cabrón, que no me lo pidió ni cuando andaba ya a punto de parir. Ya me lo dice mi madre, que mejor sola que mal acompañada. Y es que ese hombre no es compañía ninguna. Una carga es lo que es, y de las que cuestan de llevar.

Una abuela, eso es otra cosa. Mi madre dará la vida por ella, eso lo sé, y más conociendo a mi vieja, que como ella no hay otra. Pero yo, a mi hijita, la necesito aquí, conmigo. Aquí, a mi lado, en esta casa, para que todo tenga un sentido.

¡Ufff! Y es que todavía tengo el susto en el cuerpo. Me sudan las manos y me pica la cabeza como cuando cría. Es el susto, que no perdona. Y es que si no confío en que ella va a venir pronto hay días en que no sé ni lo que hago tan lejos y tan sola. Y estoy a puntito de poder ir a buscarla, tengo los papeles y me falta muy poco para poder pagar el viaje. A punto de traérmela conmigo, pero no me atrevo a decirle nada. Cada vez que se pone al teléfono me falta nada para decirle que nos veremos en agosto, cuando la señora me dé las vacaciones. Ni una pizca me falta para prometerle que dentro de muy pocos meses iré y me la traeré, para jurarle por lo que más quiero, que es ella, que no volverá a separarse de mí nunca más. Pero no lo hago, me callo, y me trago las palabras. Por eso llego a casa llorando y me escondo para que no me vean. Por eso y porque no puedo hacer otra cosa. En el último momento podría pasar una desgracia, que algo se tuerza, yo qué sé. Y lo que no quiero por nada del mundo es que la niña se ilusione y…

—Prontito mi amor. Los días van a pasar que no te vas a dar ni cuenta, mi vida —le digo para que se ponga tranquila.

Pero como si nada. Y es que ya conoce el calendario y pregunta, y pregunta:

—¿Cuándo, cuándo mamita? Siempre dices prontito, mi amor, prontito, pero ¿cuándo es prontito? ¿Qué día es? ¿De qué mes? Yo nunca sé si…

—Calla, hijita, calla. Muy pronto. Mamá no miente. Muy pronto estarás aquí, con mamá, y estate segura que esto te va a gustar. Te va a gustar mucho.

Y es que siempre que la vida me ha traído una alegría después llega algo malo y viene el bajón. Un bajón de los que te dejan que no te quedan fuerzas en el cuerpo, ni fuerzas ni valor, ni nada. Por eso no quiero alegrarme todavía, porque la vida es lo que tiene, lo que te da con una mano, con la otra te lo quita. Y es que gato escaldado…

Yo creo que la señora es buena gente, que no tendría problema en dejar que mi Gwendolyne se quedara aquí. Alguna vez me lo ha dado a entender. Un día le enseñé su foto, la del lazo en la cabeza y el niño Jesús de yeso entre las manitas, la que llevo siempre en el monedero por si algún día se me olvida su cara. La señora dijo que era una niña muy linda y que debía estar muy orgullosa de ella. Lo dijo de verdad, yo lo vi. La señora habla poco, y menos conmigo, pero nunca me la ha jugado. Un día de estos le preguntaré si… También me dijo que puedo pedirle lo que necesite, incluso me ofreció adelantarme una paga, pero no acepté. No quiero deberle nada. Pero creo que no pondrá pegas cuando…

Ya no sé ni lo que estoy barriendo. Sólo faltaría que la señora cerrase esta casa, o que se fuera, o que decidiera que no me necesita. Tengo la cabeza tan liada que la escoba va sola y no sé ni lo que hago ni por qué lo hago. Desde luego en esta casa por espacio no será, aquí cabe un regimiento. En mi habitación, la más pequeña, la que está enganchada a la cocina, cabemos las dos de sobra. Y además está el cuartito de la plancha. Tengo hasta baño propio, que eso sí que mi niña no lo ha visto nunca. ¡Un baño para mi sola! Cuando se lo digo ni se lo cree. Cuando vea el de la señora, le dará un pasmo.

Mi Gwendolyne siempre ha sido una niña buena, de las que nunca alzan la voz ni dan que hablar. Mi madre la ha educado bien, como ella sabe, como nos educó a nosotras, para trabajar. Mi niña no da problemas, ni es chismosa, ni se mete en los asuntos de los demás. Y, aunque va para tres años que no la veo, no creo que haya cambiado tanto. Si no pide nada la pobre, sólo que la llame y le asegure que estoy bien. Y por la comida no habría problema, la señora Gloria me la podría descontar de lo que me paga.

No sé si llamar a Damián y asegurarme de que el poli se ha ido. Me quedaría más tranquila. Yo, por si acaso, antes de abrir la puerta al poli me fui a mi alcoba, agarré la medallita del Santo Cristo y no me separé de ella. Que digan lo que quieran, pero yo sin mi Santo Cristo… Ni a la puerta de la calle. Y eso que el poli no me hizo ni caso. Me miró, me saludó y se presentó como si la señora fuera yo. Aquí hay gente que parece que no entienda las cosas. No sé ni lo que me dijo, eso es lo de menos. Yo estaba tan alterada que hice como los burros allá en mi pueblo, cabeza baja y camino adelante. Y es que por muchos papeles que una tenga, siempre le encuentran alguna pega, una firma, una fecha… Lo he visto miles de veces. Todo son problemas. Y yo de problemas voy servida.

Que no, que el susto a mí ya no me lo quita nadie. Ni a mí ni a ella. A la señora sí que nadie la va a librar del susto. Si no ¿de qué se echa a llorar como si se le hubiera muerto la madre? Y ahí sigue, llorando y sin moverse del sofá, que da pena la pobre. Desesperada parece la señora, pero no me atrevo yo a… Quizás debería acercarme, otra en mi lugar… Pero ella nunca cuenta nada, no se confía, todo se lo calla. ¿Qué le voy a decir yo, pobre de mí? La señora Gloria es de esas que lo lleva todo dentro, sea lo que sea. Todo les cabe dentro. Mi madre dice que eso no es bueno, y que no hay nada como echar unas lágrimas a diario. Ella lo hace así, cuando anochece siempre se le escapa alguna lágrima. Y si no tiene ganas de llorar, se sienta y piensa en sus muertos, Dice que eso es mano de santo, que siempre resulta.

—Gladys, mi niña, cuando no hay un motivo hay otro —me contestaba cuando era pequeña y siempre quería saber—. Ya lo verás, mi niña, ya lo verás cuando seas mayor.

La señora no es como mi madre, ni como yo, que exploto y me harto de llorar hasta que me duermo. Si ella supiera que cuando vuelvo del locutorio, de hablar con mi niña, no hay manera de parar. Si supiera que a veces le he cogido alguna pastilla para poder dormir porque no había manera de dejar de llorar… ¿Si me paso la noche llorando cómo agarraré la escoba al día siguiente? ¿Cómo haré los cristales? ¿Y cómo no voy a llorar? A ella quisiera yo verla, sin saber más que cuatro cosas de su niña, cuatro y todas buenas, que ya sé yo que lo malo mi madre se lo calla.

—Todo bien, mi niña. Todo bien —me asegura—. De dinero bien, si hasta le he comprado unos zapatos con una hebilla. Si vieras lo guapa que está.

Como si no supiera yo cómo son las cosas allí, que nunca tiene una la tripa llena. Y de trabajo, ni para los licenciados. La señora, en cambio, tiene a sus hijas cerca, puede verlas cuando quiera. Comen juntas, se encuentran para cenar. Y tanto la una como la otra son buena gente. Distintas, raras, pero buena gente. Van a lo suyo. Si discuten sus motivos tendrán, que en eso yo no me meto. ¿Quién no discute? Pero andan por aquí, se ven, se hacen compañía...

Ahora, la verdad es no sé qué hacer, puedo ponerme con la plancha o con los cristales del despacho, en esta casa siempre hay cosas, pero me da no sé qué dejarla sola y llorando como llora. No sé qué es lo que le habrá dicho el policía, pero nada bueno… Y es que una mujer sin marido y después de tanto tiempo… Por bien que le vayan las cosas y que no le falte el dinero… Alguna pena ha de tener, a mí que no me digan. A la vista está. Que la vida tan sola y sin llevarse demasiado bien con…

Y sin santitos, porque esta mujer fe, lo que se dice fe, no tiene ninguna. A misa no va, y no será que no tenga tiempo. Y de santitos ni uno, por lo menos yo en esta casa he visto pocos. Yo, que siempre recurro a mi Santo Cristo. Hoy me ha ayudado con lo del policía y cuando él pueda yo sé que traerá a mi Gwendolyne aquí. Sin mi Santo Cristo yo creo que un día me encuentran muerta sobre mi cama. Muerta de tristeza. Si no es por él y porque me da fuerzas… En cambio esta mujer parece que no necesita a nadie. Y de novios, nada. Porque lo del señor Carlos, eso importancia no tiene ninguna. Ya quisiera él… La mira con unos ojos… Pero ella hace ver que no lo nota. Lo invita a una copa, charlan un rato y lo despacha al cabo de nada. Cuando se lo explico a mi madre siempre me sale con lo mismo.

—Esa mujer, mi niña, no es agua clara. No puede ser. Siempre sola, siempre sola… Y no es una viuda de hace cuatro días. Algo hay, te lo digo yo, que las he visto de todos los colores, algo hay. Y tarde o temprano…

Espero que la señorita Ana vuelva a la hora de comer. Al menos a mí nadie me ha dicho lo contrario. Quizás con ella se desahogue porque yo no me voy a atrever a preguntar. Si quiere algo de mí, si necesita hablar, o quiere mi compañía, ya lo dirá. Yo, mejor que espabile y haga algo. Que como la señora se levante y me vea aquí plantada en mitad del pasillo barriendo siempre el mismo trozo, como una tonta…



Gloria Prats


Nunca había sentido tantas ganas de desaparecer. Nunca en toda mi vida, ni tan siquiera cuando Horacio se marchó y tuve pruebas suficientes de que no volvería a verlo. Hace un par de horas, cuando el policía todavía estaba aquí, cuando me explicaba confusamente lo ocurrido, sepultaba, una palabra detrás de otra, todas mis esperanzas. Acabo de saber, si es que no lo sabía ya, que no tiene sentido seguir aguardando. ¿Esperar, para qué? ¿A quién? ¿A Horacio Ruano, el marido al que di públicamente por muerto?

Es hora de que Gloria Prats ponga punto y final a su desvarío, a una espera en la que no existe el tiempo, ni la distancia, ni el alivio. Una espera sin fin en la que no hay forma divina ni humana de sosiego. Casi veinte años esperando, veinte años que se acaban hoy. Él ya no vendrá, ha muerto miserable, solo, abrazado a unas muñecas de las que nunca he sabido nada. Unas muñecas que según el inspector han ocupado su vida entera, unas muñecas a las que ha dedicado las atenciones que no tuvo conmigo, ni con mis hijas. ¡Celosa de unas muñecas viejas! De eso a la demencia no hay más que un paso, un paso que no quiero dar.

Una vez más pienso en mis hijas. Siempre he pensado en ellas como si sólo fueran mías, mis hijas. De hecho así ha sido, yo las he criado, las he educado y les he contado las mentiras esenciales, los embustes necesarios, que a decir verdad en mi caso no son pocos ni triviales. Las cuatro cosas fundamentales para poder ir por la vida con la cabeza bien alta. La cabeza bien alta, eso sí, y el corazón en los pies.


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