El Conde Lucanor
Don Juan Manuel
Modern Spanish adaptation by Mariana Roo
Copyright 2011 Mariana Roo
Published by Masa Editorial at Smashword
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Cover photograph: Copyright 2010 Mariana Roo
Contenido
I. Lo que sucedió a un rey con su ministro
II. Lo que sucedió a un buen labrador con su hijo
III. Lo que sucedió al rey Ricardo de Inglaterra cuando saltó al mar para luchar contra los moros
IV. Lo que, al morirse, dijo un genovés a su alma
V. Lo que sucedió a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico
VI. Lo que sucedió a la golondrina con los otros pájaros cuando vio sembrar el lino
VII. Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana
VIII. Lo que sucedió a un hombre al que tenían que limpiarle el hígado
IX. Lo que sucedió a los dos caballos con el león
X. Lo que ocurrió a un hombre que por pobreza y falta de otro alimento comía altramuces
XI. Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo
XII. Lo que sucedió a la zorra con un gallo
XIII. Lo que sucedió a un hombre que cazaba perdices
XIV. El milagro que hizo Santo Domingo cuando predicó en el entierro de un comerciante
XV. Lo que sucedió a don Lorenzo Suárez en el sitio de Sevilla
XVI. La respuesta que le dio el conde Fernán González a Nuño Laínez, su pariente
XVII. Lo que sucedió a un hombre con otro que lo convidó a comer
XVIII. Lo que sucedió a don Pedro Meléndez de Valdés cuando se rompió una pierna
XIX. Lo que sucedió a los cuervos con los búhos
XX. Lo que sucedió a un rey con un hombre que le dijo que sabía hacer oro
XXI. Lo que sucedió a un rey joven con un filósofo a quien su padre lo había encomendado
XXII. Lo que sucedió al león y al toro
XXIII. Lo que hacen las hormigas para mantenerse
XXIV. Lo que sucedió a un rey que quería probar a sus tres hijos
XXV. Lo que sucedió al conde de Provenza con Saladino, que era sultán de Babilonia
XXVI. Lo que sucedió al árbol de la Mentira
XXVII. Lo que sucedió con sus mujeres a un emperador y a Álvar Fáñez Minaya
XXVIII. Lo que sucedió a don Lorenzo Suárez Gallinato
XXIX. Lo que sucedió a una zorra que se tendió en la calle y se hizo la muerta
XXX. Lo que sucedió al Rey Abenabet de Sevilla con Romaiquía, su mujer
XXXI. Lo que ocurrió entre los canónigos y los franciscanos en París
XXXII. Lo que sucedió a un rey con los picaros que hicieron la tela
XXXIII. Lo que sucedió a un halcón del infante don Manuel con una garza y un águila
XXXIV. Lo que sucedió a un ciego que llevaba a otro
XXXV. Lo que sucedió a un joven moro que se caso con una muchacha de muy mal carácter
XXXVI. Lo que sucedió a un mercader que encontró a su mujer y a su hijo durmiendo juntos
XXXVII. Respuesta que dio el conde Fernán González a los suyos después de la batalla de Hacinas
XXXVIII. Lo que sucedió a un hombre que iba cargado con piedras preciosas y se ahogó en el río
XXXIX. Lo que sucedió a un hombre con las golondrinas y los gorriones
XL. Causas por las que perdió su alma un general de Carcasona
XLI. Lo que sucedió a un rey de Córdoba llamado Alhaquen
XLII. Lo que sucedió al diablo con una falsa devota
XLIII. Lo que sucedió al Bien con el Mal y al cuerdo con el loco
XLIV. Lo que sucedió al conde Rodrigo el Franco y a sus amigos
XLV. Lo que sucedió a un hombre que se hizo amigo y vasallo del diablo
XLVI. Lo que sucedió a un filósofo que por casualidad entró en una calle donde vivían malas mujeres
XLVII. Lo que sucedió a un moro con una hermana suya que decía ser muy miedosa
XLVIII. Lo que sucedió a uno que probaba a sus amigos
XLIX. Lo que sucedió al que dejaron desnudo en una isla al acabar su mandato
L. Lo que sucedió a Saladino con la mujer de un vasallo suyo
LI. Lo que sucedió a un rey cristiano que era muy poderoso y muy soberbio
En el nombre de Dios: Amén. Entre las todas cosas maravillosas que hizo Dios, no hay alguna que llame más la atención, como lo es el hecho de que, existiendo tantas personas en el mundo, ninguna sea idéntica a otra en los rasgos de la cara, a pesar que todos tengamos en ella los mismos elementos. Igualmente hay grandes diferencias en las voluntades e inclinaciones de los hombres. Por eso ningún hombre se parece a otro ni en sus intenciones y en sus acciones. En este libro encontraras algunos ejemplos que lo demuestran.
Todos los que aman a Dios, aunque desean lo mismo, cada uno lo sirve de una manera distinta: unos lo hacen de un modo y otros de otro. Igualmente, todos los que están al servicio de un señor le sirven de formas distintas. Del mismo modo ocurre con quienes se dedican a la agricultura, a la ganadería, a la caza o a otros oficios; cada uno tiene una idea distinta de su ocupación, y así actúan de forma muy diversa. Con este ejemplo, y con otros que no es necesario enumerar, podemos comprender las diferencias en las intenciones y actos de los hombres. Sin embargo, los hombres se parecen en que a todos les gusta aprender aquellas cosas que les resultan más agradables. Si alguien quiere enseñar a otro debe hacerlo de la manera que le sea lo más placentero para el que aprende. Es fácil comprobar que a muchos hombres les resulta difícil comprender algunas ideas en los libros que las exponen. Al no entenderlas, no sienten placer con ciertos libros que podrían enseñarles lo que más les conviene.
Por eso yo, don Juan, hijo del infante don Manuel, adelantado mayor del Reino de Murcia, escribí este libro con las palabras más hermosas que pude, entre las cuales coloque enseñanzas que me parecieron provechosas para quienes las leyeran. Hice así, al modo de los médicos que, cuando quieren preparar una medicina que puede resultar amarga, lo mezclan con algo dulce y atrae al gusto al mismo tiempo que beneficia al cuerpo. De esta manera, con la ayuda de Dios escribí este libro, que a los que lo lean, si se deleitan con sus enseñanzas será de provecho y los que no las comprendan, disfrutaran por la hermosura de sus palabras. Quienes encuentren aquí, algo que no esté bien dicho, no le echen la culpa a la intención, si no a mi falta de inteligencia. Sin embargo, cuando encuentren algún ejemplo provechoso y bien escrito, se lo deben agradecer a Dios, pues de él emana todo lo perfecto. Terminado ya el prólogo, comenzaré las enseñanzas de las conversaciones entre un gran señor, el Conde Lucanor, y su consejero, Patronio.
Una vez estaba hablando confidencialmente el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
-Patronio, un hombre honrado y rico, que se precia de ser mi amigo, me ha dicho en secreto que, como ha tenido problemas en sus tierras, le gustaría abandonarlas para no volver jamás. Como me tiene un gran cariño y mucha confianza, quería venderme una parte, y dejar el resto a mi cuidado. Este deseo me parece útil y provechoso para mí, pero antes quisiera saber qué me aconsejas en este asunto.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, bien sé que mi consejo le hace mucha falta, pero, como queréis mi parecer, así lo hare. Tened en cuenta que esto os lo ha dicho ese, que pensáis que es su amigo para probaros y me parece que os ha sucedido con él como le ocurrió a un rey con su ministro.
El Conde Lucanor le pidió que le contara lo sucedido.
-Señor -dijo Patronio-, había un rey que tenía un ministro en quien confiaba mucho. Como a los hombres prósperos, la gente siempre los envidia, los demás ministros se esforzaban por indisponerlo con su señor, pero nunca lo lograron. Lo acusaron repetidas veces ante el rey, pero no consiguieron que el monarca le retirara su confianza, dudara de su lealtad o prescindiera de sus servicios. Entonces, le dijeron al rey que el ministro maquinaba su muerte para que su hijo menor subiera al trono, y cuando él tuviera la tutela del infante, se quedaría con todo el poder proclamándose señor de aquellos reinos. Ante tantas y graves acusaciones el monarca empezó a sospechar de él; pues en los asuntos más importantes no es juicioso esperar que se cumplan, sino prevenirlos cuando aún tienen remedio. Por eso, desde que el rey concibió esa duda andaba receloso, pero no quiso hacer nada contra él hasta cerciorarse de lo que le habían dicho.
Quienes urdían la caída del privado real aconsejaron al monarca un modo ingenioso de comprobar que este era verdad. El rey resolvió hacerlo y lo puso en práctica, siguiendo los consejos de los demás ministros.
Pasados unos días, mientras conversaba con su ministro, le dijo entre otras cosas que estaba hastiado de las cosas de este mundo, pues le parecía que todo era vanidad. En aquella ocasión no le dijo nada más. A los pocos días de esto, hablando otra vez con aquel ministro, volvió el rey sobre el mismo tema, insistiendo en que estaba desengañado de la gloria, los placeres y la riqueza de este mundo, quería marcharse a un lugar recóndito donde nadie lo conociera para hacer allí penitencia por sus pecados. Recordó al ministro que de esta forma pensaba lograr el perdón de Dios y ganar la gloria del Paraíso. Cuando el ministro le oyó decir tantas veces esto, trato de disuadirlo que no renunciara al mundo.
Cuando el ministro oyó decir esto a su rey, trato de disuadirlo con numerosos argumentos para que no lo hiciera. Por ello, le dijo al monarca que, si se retiraba al desierto, ofendería a Dios, pues abandonaría a cuantos vasallos y gentes vivían en su reino, hasta ahora gobernados en paz y en justicia, y que, al ausentarse él, habría desórdenes y guerras civiles, en las que Dios sería ofendido y la tierra destruida. También le dijo que, aunque no dejara de cumplir su deseo por esto, debía seguir en el trono por su mujer y por su hijo, muy pequeño, que correrían mucho peligro tanto en sus bienes como en sus propias vidas.
A esto respondió el rey que, antes de partir, como tenía tanta confianza en él, más que ningún otro hombre en el mundo, había decidido dejar bajo su esposa, la reina, y su hijo, el infante todas las fortalezas de su reino, dejando todo a salvo de cualquier peligro. De esta manera, si volvía al cabo de un tiempo, el rey estaba seguro de encontrar en paz y en orden cuanto le iba a entregar. Sin embargo, si muriera, también sabía que serviría muy bien a la reina, su esposa, y que educaría en la justicia al príncipe, a la vez que mantendría en paz el reino hasta que su hijo tuviera la edad de ser proclamado rey. Por todo esto, dijo al ministro, el reino quedaría en paz y él podría hacer vida retirada.
Al oír el privado que el rey le quería encomendar su reino y entregarle la tutela del infante, se puso muy contento, aunque no dio muestras de ello, pues pensó que ahora tendría en sus manos todo el poder, por lo que podría obrar como quisiere.
Este ministro tenía en su casa, como cautivo, a un hombre muy sabio y gran filósofo, a quien consultaba cuantos asuntos había de resolver en la corte y cuyos consejos siempre seguía, pues eran muy profundos.
Cuando el privado se partió del rey, se dirigió a su casa y le contó al sabio cautivo la oferta del rey.
Al escuchar el filósofo el relato de su señor, comprendió que este había cometido un grave error, pues sin duda el rey había descubierto que el ministro ambicionaba el poder sobre el reino y sobre el príncipe. Entonces comenzó a reprender severamente a su señor diciéndole que su vida y hacienda corrían grave peligro, pues cuanto el rey le había dicho no era sino para probar las acusaciones que algunos habían levantado contra él y no por que pensara hacer vida retirada y de penitencia. En definitiva, su rey había querido probar su lealtad y, si viera que se alegraba de alzarse con todo el poder, su vida correría gravísimos riesgos.
Cuando el privado del rey escuchó las razones del filósofo, sintió gran pesar, porque comprendió que todo había sido preparado como este decía. El sabio, que lo vio tan acongojado, le aconsejó un medio para evitar el peligro que lo amenazaba.
Siguiendo sus consejos, el ministro, aquella misma noche, se hizo rapar la cabeza y cortar la barba, se vistió con una túnica muy tosca y casi hecha jirones, como las que llevan los mendigos que piden en las romerías, cogió un bordón y se calzó unos zapatos rotos aunque bien clavados, y cosió en los pliegues de sus andrajos una gran cantidad de doblas de oro. Antes del amanecer encaminó sus pasos a palacio y pidió al guardia de la puerta que dijese al rey que se levantase, para que ambos pudieran abandonar el reino antes de que la gente despertara, pues él ya lo estaba esperando; le pidió también que todo se lo dijera sin ser oído por nadie. El guardia, cuando así vio al ministro del rey, quedó muy asombrado, pero fue a la cámara real y dio el mensaje al rey, que también se asombró mucho e hizo pasar a su ministro.
El rey, al ver con aquellos harapos a su ministro, le preguntó por qué iba vestido así. Contestó el privado que, puesto que el rey le había expresado su intención de irse al desierto y como seguía dispuesto a hacerlo, él, que era su ministro, no quería olvidar cuantos favores le debía, sino que, al igual que había compartido los honores y los bienes de su rey, así, ahora que él marchaba a otras tierras para llevar vida de penitencia, querría él seguirlo para compartirla con su señor. Añadió el ministro que, si al rey no le dolían ni su mujer, ni su hijo, ni su reino, ni cuantos bienes dejaba, no había motivo para que él sintiese mayor apego, por lo cual partiría con él y le serviría siempre, sin que nadie lo notara. Finalmente le dijo que llevaba tanto dinero cosido a su ropa que tendrían bastante para el resto de sus vidas. Y puesto que habían de partir, lo mejor era hacerlo antes de que pudieran ser reconocidos.
Cuando el rey oyó decir esto a su ministro, lo atribuyo a su lealtad, se lo agradeció mucho, y le conto como lo habían engañado para ponerlo a prueba. Así fue como el ministro estuvo a punto de ser engañado por su ambición, pero Dios quiso protegerlo por medio del consejo que le dio aquel sabio cautivo en su casa.
Vos, señor conde, es preciso que evitéis caer en el engaño de quien se dice amigo vuestro, pero ciertamente lo que os propuso sólo es para probaros y no porque piense hacerlo. Por eso os convendrá hablar con él, para que le demostréis que sólo buscáis su honra y provecho, sin sentir ambición ni deseo de sus bienes, pues la amistad no puede durar mucho cuando se ambicionan las riquezas de un amigo.
El conde vio que Patronio le había aconsejado muy bien, obró según sus recomendaciones y le fue muy provechoso hacerlo así.
Y, viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que condensan toda su moraleja:
No penséis ni creáis que
por un amigo
hacen algo los
hombres que les sea un peligro.
También hizo otro que dice así:
Con la ayuda de Dios y con
buen consejo,
sale el hombre de
angustias y cumple su deseo.
Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por algo que quería hacer, pues, si se decía a hacerla, muchos le iban a criticar, y, si no la hacía, también podían criticarle y con razón. Contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, ciertamente sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo, y como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hará mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso de este asunto. Señor Conde Lucanor -continuó Patronio-, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que ocurrió a un labrador con su hijo.
El conde pidió que le contara lo que les había sucedido, y dijo Patronio:
Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque de pocos años, era de muy fino entendimiento. Cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos sus inconvenientes y, como hay pocas cosas que no los tengan, de esta manera le impedía llevar acabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda. Vos, sabéis que los mozos más inteligentes son los que están más expuestos a hacer lo que no les conviene, pues tienen entendimiento para comenzar lo que no saben terminar, y así este mozo por la sutileza de entendimiento y, al mismo tiempo, por su poca experiencia, abrumaba a su padre en muchas cosas de las que hacía. Y cuando el padre hubo soportado largo tiempo este género de vida con su hijo, que le molestaba constantemente con sus observaciones, acordó actuar como os contaré para evitar más perjuicios a su hacienda, por las cosas que no podía hacer y, sobre todo, para aconsejar y mostrar a su hijo cómo debía obrar en futuras empresas.
Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que regresaban. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los hombres empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mando a su hijo que montara la bestia.
Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar que no estaba bien que aquel hombre tan viejo y cansado fuera a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo a bajar de la bestia y él se monto. Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, y este contesto que tenían razón. Mando entonces a su hijo que subiese para que no fuesen ninguno de los dos a pie.
Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras:
Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece verdad lo que dicen. Y como de ninguna manera podemos dejar de hacer alguna de esas cosas, y ya las hicimos todas, te ruego que me digas que podemos hacer para que no nos critiquen. He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de lo primero que se les ocurre, sin pensar en lo que es más conveniente.
Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros, aguardad al menos hasta que pase un día y una noche y luego no dejéis de hacer lo que os convenga.
El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy provechoso. Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja:
Por miedo a la
crítica, mientras que no hagáis mal,
no dejes de hacer lo que en
cada caso estiméis más conveniente.
Un día se apartó el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
Patronio, yo confío mucho en vuestro buen juicio y sé que, en lo que vos no sepáis o no podáis aconsejarme, no habrá nadie en el mundo que pueda hacerlo; por eso os ruego que me aconsejéis como mejor sepáis en lo que ahora os diré. Bien sabéis que yo ya no soy muy joven y, desde que nací, he estado envuelto en guerras, a veces con cristianos, a veces con moros, otras veces con los reyes, mis señores o con mis vecinos. En mis luchas con mis hermanos cristianos, aunque yo intenté que nunca se iniciara la guerra por mi culpa, fue inevitable que muchos inocentes recibieran gran daño. Apesadumbrado por esto y por otros pecados que he cometido contra Dios Nuestro Señor, y también porque veo que nada ni nadie en este mundo puede asegurarme que hoy mismo no haya de morir; seguro de que por mi edad no viviré mucho más y sabiendo que deberé comparecer ante Dios, que es juez que no se deja engañar por las palabras sino que juzga a cada uno por sus buenas o malas obras; y en la certeza de que, si Dios halla en mí pecados por los que deba sufrir castigo eterno, no podrá evitar los males y dolores del Infierno, donde ningún bien de este mundo podrá aliviar mis penas y donde sufriré eternamente; sabiendo en cambio que, si Dios se mostrase clemente y me señalara como uno de los suyos en el Paraíso, no habría placer o dicha en este mundo que pudiera igualársele. Y como Cielo o Infierno no se merecen sino por las obras, os pido que, de acuerdo con mi estado y dignidad, me aconsejéis la mejor manera de hacer penitencia por mis culpas y conseguir la gracia ante Dios.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, mucho me complace el razonamiento que habéis hecho, y sobre todo porque me habéis dicho que os aconseje según vuestro estado, porque si me lo hubierais pedido de otra forma pensaría que lo hacíais por probarme, como sucedió en la historia que os conté otro día de aquel rey con su ministro. Y me agrada mucho que queráis hacer penitencia de vuestras faltas, según vuestro estado y dignidad, pues tened por cierto que si vos, señor Conde Lucanor, quisierais dejar vuestro estado y entrar en religión o hacer vida retirada, no podríais evitar que os sucediera una de estas dos cosas: la primera, que seríais muy mal juzgado por las gentes, pues todos dirían que lo hacíais por pobreza de espíritu y porque no os gustaba vivir entre los buenos; la segunda, que os sería muy difícil sufrir las asperezas y sacrificios de la vida conventual, y si después tuvieseis que abandonarla o vivirla sin guardar la regla como se debe, os causaría gran daño para el alma y mucha vergüenza y pérdida de vuestra buena fama. Como tenéis muy buenos propósitos, me gustaría contaros lo que Dios reveló a un ermitaño sobre lo que habría de sucederle a él mismo y al rey Ricardo de Inglaterra.
El conde le rogó que le dijese lo ocurrido.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, un ermitaño, de vida ejemplar que hacía mucho bien y muchas penitencias para lograr la gracia de Dios. Y por ello, Nuestro Señor le prometió que entraría en el reino de los cielos. El ermitaño agradeció mucho esta revelación divina y, como estaba ya seguro de salvarse, rogó a Dios que le indicara quién sería su compañero en el Paraíso. Y aunque Nuestro Señor le dijo por medio de un ángel que no preguntara tal cosa, tanto insistió el ermitaño que Dios Nuestro Señor accedió a darle una respuesta y, así, le hizo saber por un ángel que el rey de Inglaterra y él estarían juntos en el Paraíso.
Tal respuesta no agradó mucho al ermitaño, pues conocía muy bien al rey y sabía que siempre andaba en guerras y que había matado, robado y desheredado a muchos, y había llevado una vida muy opuesta a la suya, que le parecía muy alejada del camino de la salvación. Por todo esto estaba el ermitaño muy disgustado.
Cuando Dios Nuestro Señor lo vio así, le mandó decir con el ángel que no se quejara ni se maravillase por lo le había dicho, pues más le había servido y merecido el rey Ricardo por un salto que dio, que el ermitaño con todas sus buenas obras. El ermitaño se quedó muy sorprendido y le preguntó al ángel cómo podía ser eso.
El ángel le contó que los reyes de Francia, Inglaterra y Navarra habían pasado a Tierra Santa. Y cuando llegaron al puerto, estando todos armados para emprender la conquista, vieron en la orilla tal cantidad de moros que dudaron de poder desembarcar. Entonces el rey de Francia pidió al rey de Inglaterra que viniese a su nave para decidir lo que habrían de hacer. El rey de Inglaterra, que estaba a caballo, cuando esto oyó al mensajero, le contestó que dijese a su rey que como, por desgracia, él había agraviado y ofendido a Dios muchas veces y siempre le había pedido ocasión para desagraviarle y pedirle perdón, veía que, gracias a Dios, había llegado el día que tanto esperaba, pues si allí muriese, como había hecho penitencia antes de abandonar su tierra y estaba muy arrepentido, era seguro que Dios tendría piedad de su alma, y si los moros fuesen vencidos sería para honra de Dios y todos se sentirían dichosos.
Cuando hubo dicho esto, encomendó su cuerpo y su alma a Dios, pidió que le ayudase y, haciendo la señal de la cruz, mandó a sus soldados que le siguieran. Luego picó con las espuelas a su caballo y saltó al mar, hacia la orilla donde estaban los moros. Aunque muy cerca del puerto, el mar era bastante profundo, por lo que el rey y su caballo quedaron cubiertos por las aguas y no parecían tener salvación; pero Dios, como es omnipotente ayudó en aquel peligro al rey de Inglaterra, evitó su muerte carnal, le otorgó la vida perdurable, de modo que escapando del peligro, y se dirigió a donde estaban los moros.
Cuando los ingleses vieron a su rey entrar en combate, saltaron todos al mar para ayudarle y se lanzaron contra los enemigos. Al ver esto los franceses, pensaron que sería una afrenta para ellos no entrar en combate y, como no son gente que soporte los agravios, saltaron todos al mar y lucharon contra los moros. Cuando estos les vieron iniciar su ataque, sin miedo a morir y con ánimo tan gallardo, rehusaron enfrentarse a ellos, abandonando el puerto y huyeron en desbandada. Al llegar a tierra, los cristianos mataron a cuantos pudieron alcanzar y consiguieron la victoria, prestando gran servicio a la causa del Señor. Y todo se debió al salto del rey de Inglaterra.
Al oír esto el ermitaño, quedó muy contento y comprendió que Dios le concedía un gran honor al ponerle como compañero en el Paraíso a un hombre que le había servido de esta manera y que había ensalzado la fe católica.
Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis servir a Dios y hacer penitencia de vuestras culpas, reparad el daño que hayáis podido hacer, antes de partir de vuestra tierra. Haced penitencia por vuestros pecados y no hagáis caso a las galas del mundo, que es todo vanidad, ni creáis a quienes os digan que debéis preocuparos por vuestra honra, pues así llaman a mantener muchos criados, sin mirar si tienen para alimentarlos y sin pensar cómo acabaron o cuántos quedaron de quienes sólo se preocupaban por este tipo de vanagloria. Vos, señor Conde Lucanor, porque queréis servir a Dios y hacer penitencia de vuestras culpas, no sigáis ese camino vacío y lleno de vanidades. Mas, pues Dios os entregó tierras donde podáis servirle luchando contra los moros, por mar y por tierra, haced cuanto podáis para asegurar lo que tenéis. Y dejando en paz vuestros señoríos y habiendo pedido perdón por vuestras culpas, para hacer cumplida penitencia y para que todos bendigan vuestras buenas obras, podréis abandonar todo lo demás, estando siempre al servicio de Dios y terminar así vuestra vida.
Ya, señor conde, os he aconsejado, como me pedisteis, para que podáis salvar vuestra alma, permaneciendo en vuestro estado. Y así imitaréis al rey Ricardo de Inglaterra cuando saltó al mar para comenzar tan gloriosa acción.
Al conde le gustó mucho el consejo que le dio Patronio y le pidió a Dios que le ayudara para ponerlo en práctica, como su consejero le decía y él deseaba.
Y viendo don Juan que este era un cuento ejemplar, lo mandó poner en este libro y compuso estos versos que lo resumen. Los versos dicen así:
Quien se sienta
caballero
debe imitar este
salto,
no encerrado en monasterio
tras de los muros más
altos.
Un día hablaba el Conde Lucanor con su consejero Patronio y le contaba lo siguiente:
Patronio, gracias a Dios yo tengo toda mi hacienda en muy buen estado y en paz, y dispongo de todo lo necesario para un hombre de mi posición, aun quizá de más. Algunos me aconsejan que emprenda un negocio de bastante riesgo, y yo mismo me siento atraído por el asunto; pero, por la gran confianza que os tengo preferí, antes de tomar una decisión, pediros consejo.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que hagáis lo más conveniente, me gustaría mucho contaros lo que le sucedió a un genovés.
El conde le pidió que así lo hiciera.
Patronio comenzó:
Señor Conde Lucanor, había un genovés muy rico y muy afortunado, en opinión de sus vecinos. Este genovés enfermó gravemente y, notando que se moría, reunió a parientes y amigos y, cuando estos llegaron, mandó llamar a su mujer y a sus hijos; se sentó en una sala muy hermosa desde donde se veía el mar y la costa; hizo traer sus joyas y riquezas y, cuando las tuvo cerca, comenzó a hablar en tono de chanza con su alma:
Alma, bien veo que quieres abandonarme y no sé por qué, pues si buscas mujer e hijos, aquí tienes unos tan maravillosos que podrás sentirte satisfecha; si buscas parientes y amigos, también aquí tienes muchos y muy distinguidos; si buscas plata, oro, piedras preciosas, joyas, tapices, mercancías para traficar, aquí tienes tal cantidad que nunca ambicionarás más; si quieres naves y galeras que te produzcan riqueza y aumenten tu honra, ahí están, en el puerto que se ve desde esta sala; si buscas tierras y huertas fértiles, que también sean frescas y deleitosas, están bajo estas ventanas; si quieres caballos y mulas, y aves y perros para la caza y para tu diversión, y hasta juglares para que te acompañen y distraigan; si buscas casa suntuosa, bien equipada con camas y estrados y cuantas cosas son necesarias, de todo esto no te falta nada. Y pues no te das por satisfecha con tantos bienes ni quieres gozar de ellos, es evidente que no los deseas. Si prefieres ir en busca de lo desconocido, vete con la ira de Dios, que será muy necio quien se compadezca por el mal que te venga.
Y vos, señor Conde Lucanor, pues gracias a Dios estáis en paz, con bien y con honra, creo que seriáis muy insensato al aventurar todo esto y comenzar lo que os aconsejan, pues ellos saben que, cuando os metáis en el asunto, os veréis obligado a hacer lo que ellos quieran, mientras que ahora, hacen ellos lo que vos queréis. Mi consejo es que no os metáis en un negocio que ponga en peligro cuanto tenéis. Al conde le agradó mucho este consejo que le dio Patronio, obró según él y obtuvo muy buenos resultados. Y cuando don Juan oyó este cuento, lo consideró bueno, pero no quiso hacer otra vez versos, sino que lo terminó con este refrán muy extendido entre las viejas de Castilla:
El que esté bien sentado,
no se levante.
Hablando otro día el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo:
Patronio, un hombre que se precia de ser amigo mío comenzó a alabarme y me dio a entender que yo tenía mucho poder y muy buenas cualidades. Después de tantos halagos me propuso un negocio, que a primera vista me pareció muy provechoso.
Entonces el conde contó a Patronio el trato que su amigo le proponía y, aunque parecía muy provechoso, Patronio descubrió que pretendían engañar al conde con hermosas palabras. Por eso le dijo:
Señor Conde Lucanor, debéis saber que ese hombre os quiere engañar y así os dice que vuestro poder y vuestro estado son mayores de lo que en realidad son. Por eso, para que evitéis ese engaño que os prepara, me gustaría que supierais lo que sucedió a un cuervo con una zorra.
Y el conde le preguntó lo ocurrido.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, el cuervo encontró una vez un gran pedazo de queso y se subió a un árbol para comérselo a gusto y, sin que nadie le molestara. Estando así el cuervo, pasó una zorra debajo del árbol y, cuando vio el queso, comenzó a cavilar de qué manera podría apoderarse de él. Con ese fin le dijo:
Don Cuervo, desde hace mucho tiempo he oído hablar de vos, de vuestra nobleza y de vuestra gallardía, pero aunque os he buscado por todas partes, ni Dios ni mi suerte me han permitido encontraros hasta ahora. Ahora que os veo, pienso que sois muy superior a lo que me decían. Y para que veáis que no trato de adularos, no sólo os diré vuestras buenas prendas, sino también los defectos que os atribuyen. Todos dicen que, como el color de vuestras plumas, ojos, patas y garras es negro, y como el negro no es tan bonito como otros colores, el ser vos tan negro os hace muy feo, sin darse cuenta de su error pues, aunque vuestras plumas son negras, tienen un tono azulado, como las del pavo real, que es la más bella de las aves. Y pues vuestros ojos son para ver, como el negro hace ver mejor, los ojos negros son los mejores y por ello todos alaban los ojos de la gacela, que los tiene más oscuros que ningún animal. Además, vuestro pico y vuestras uñas son más fuertes que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. También quiero deciros que voláis con tal ligereza que podéis ir contra el viento, aunque sea muy fuerte, cosa que otras muchas aves no pueden hacer tan fácilmente como vos. Y así creo que, como Dios todo lo hace bien, no habrá consentido que vos, tan perfecto en todo, no pudieseis cantar mejor que el resto de las aves, y porque Dios me ha otorgado la dicha de veros y he podido comprobar que sois más bello de lo que dicen, me sentiría muy dichosa de oír vuestro canto.
Señor Conde Lucanor, pensad que, aunque la intención de la zorra era engañar al cuervo, lo que dijo era la pura verdad. Estad cierto que los peores engaños proceden siempre de la verdad engañosa.
Cuando el cuervo se vio tan alabado por la zorra, como era verdad cuanto decía, creyó que no lo engañaba y pensando que era su amiga, no sospechó que lo hacía por quitarle el queso. Convencido el cuervo por sus palabras y halagos, abrió el pico para cantar, por complacer a la zorra. Cuando abrió la boca, cayó el queso a tierra, lo cogió la zorra y escapó con él. Así fue engañado el cuervo por las alabanzas de su falsa amiga, que le hizo creerse más hermoso y más perfecto de lo que realmente era.
Y vos, señor Conde Lucanor, pues veis que, aunque Dios os otorgó muchos bienes, este hombre os quiere hacer creer que poseéis más poder y cualidades de las que vos sabéis que tenéis, lo hace para engañarlo, guardaos de él y actuar con prudencia.
Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, y lo hizo así. Por su buen consejo evitó que lo engañaran.
Y como don Juan creyó que este cuento era bueno, lo mandó poner en este libro e hizo estos versos, que resumen la moraleja. Estos son los versos:
Quien te alaba lo que no
tienes,
Sábete que quiere
llevarse lo que tienes.
Un día, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo:
Patronio, me han asegurado que unos nobles, que son vecinos míos y mucho más fuertes que yo, se están juntando contra mí y, con malas artes, quieren hacerme daño; yo no lo creo ni tengo miedo, pero, como confío en vos, quiero pediros que me aconsejéis si debo estar preparado contra ellos.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio- para que podáis hacer lo que en este asunto me parece más conveniente, me gustaría mucho que supierais lo que sucedió a la golondrina con las demás aves.
El conde le preguntó qué había ocurrido.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio- la golondrina vio que el hombre sembraba lino y, guiada por su buen juicio, pensó que, cuando el lino creciera, los hombres podrían hacer con él redes y lazos para cazar a los pájaros. Se fue enseguida a reunir a las demás aves y les dijo que los hombres habían plantado lino y que, si llegara a crecer, debían estar seguros de los peligros y daños que ello suponía. Por eso les aconsejó ir a los campos de lino y arrancarlo antes de que naciese. Les hizo esa propuesta porque es más fácil atacar los males al comienzo, pero después es mucho más difícil. Sin embargo, las demás aves no le dieron ninguna importancia y no quisieron arrancar la simiente. La golondrina les insistió muchas veces para que lo hicieran, hasta convencerse de que no iban a hacerle ningún caso mientras tanto, el lino seguía creciendo y llego un momento que creció tanto que las aves ya no podían arrancarlo con sus picos y patas. Cuando los pájaros vieron que el lino estaba ya muy crecido y que no podían reparar el daño que se les avecinaba, se arrepintieron por no haberle puesto remedio antes, aunque sus lamentaciones fueron inútiles pues ya no podían evitar su mal.
Antes de esto que os he contado al ver la golondrina que los demás pájaros no querían prevenir el daño que se avecinaba, habló con los hombres, se puso bajo su protección, obtuvo seguridad para sí y su linaje. Desde entonces las golondrinas viven seguras y sin daño entre los hombres, que no las persiguen. A las demás aves, que no supieron prevenir el peligro, las acosan y cazan todos los días con redes y lazos.
Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis evitar el daño que os amenaza, estad precavido y tomad precauciones antes de que sea ya demasiado tarde: pues no es prudente el que ve las cosas cuando ya suceden o han ocurrido, sino quien por un simple indicio descubre el peligro que corre y lo remedia a tiempo.
Al conde le agradó mucho este consejo, actuó de acuerdo con él y le fue muy bien.
Como don Juan vio que este era un buen cuento, lo mandó poner en este libro e hizo unos versos que dicen así:
Para que los males no puedan
llegar
debemos al comienzo su
raíz arrancar.
En otra ocasión estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:
Patronio, un hombre me ha propuesto un negocio y también me ha dicho la forma de conseguirlo. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues las ganancias se encadenan unas con otra, de tal forma que al final serán muy grandes.
Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde: “Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.”
El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.
Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.
Luego con aquella riqueza que ya creía poseer, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre.
Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, por poner su pensamiento en una vana ilusión, no logro nada de cuanto pretendía.
Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo que ya tenéis seguro por la esperanza de una incierta ganancia
Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.
Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:
En realidades ciertas os
podéis confiar,
mas de las
fantasías os debéis alejar.
Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
Patronio, sabed que, aunque Dios me ha hecho mucha merced en tantas cosas, en este momento me encuentro bastante apurado de dinero. Y aunque el hacerlo me resulta tan penoso como la muerte, creo que voy a tener que vender una de las fincas que más me gusta, o hacer otra cosa que me va a doler tanto como esto. Y precisamente en esta situación vienen unos hombres a pedirme dinero, cuando yo sé que no lo necesitan. Por tanto os ruego que me digáis lo que debo hacer. Señor Conde Lucanor -dijo Patronio- me parece que os ocurre a vos con esa gente lo que le pasó a un hombre que estaba muy enfermo.
Y el conde le rogó que le contara lo acaecido.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, había un hombre que estaba muy enfermo, al cual dijeron los médicos que no podría curarse si no le hacían una abertura en el costado para sacarle el hígado y lavarlo con unas medicinas. Mientras lo estaban operando, el cirujano tenía el hígado en las manos y, de pronto, un hombre que estaba cerca comenzó a pedirle un trozo de aquel hígado para su gato.
Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis perjudicaros para conseguir un dinero que después vais a dar a quienes no lo necesitan, podréis hacerlo por vuestro capricho, pero nunca por mi consejo.
Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, siguió sus consejos y le fue muy bien.
Y como don Juan vio que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y escribió unos versos que dicen así:
Si no te piensas bien a
quién debes prestar,
Con muchos
males te puedes encontrar.
Un día hablaba el Conde Lucanor con su consejero Patronio y le dijo:
Patronio, desde hace mucho tiempo tengo un enemigo que me ha hecho mucho daño y yo a él, de modo que por obras y pensamientos estamos muy enemistados. Y ahora sucede que otro caballero, más poderoso que nosotros dos, está haciendo algunas cosas de las que ambos tememos que nos pueda venir mucho daño. Mi enemigo me ha sugerido que nos unamos y preparemos nuestra defensa contra el que desea atacarnos, pues si los dos estamos unidos le haremos frente con facilidad. Yo tengo muchas dudas sobre este asunto, pues si hacemos las paces habremos de fiarnos el uno del otro, por lo cual, si aquel enemigo mío me quiere engañar y si yo estuviese en sus manos, mi vida correría peligro. Pero por otra parte, si no nos unimos como me sugiere, nos puede venir mucho daño, tal como os he dicho. Por la confianza que tengo en vos y por vuestro buen juicio, os ruego que me aconsejéis que debo hacer.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, este asunto es importante y al mismo tiempo peligroso. Para que mejor sepáis lo que debéis hacer, me gustaría contaros lo que ocurrió en Túnez a dos caballeros que vivían con el infante don Enrique.
El conde le pidió que se lo contara.
Señor conde -comenzó Patronio-, dos caballeros que estaban en Túnez con el infante don Enrique eran muy amigos y vivían juntos. Estos dos caballeros no tenían sino un caballo cada uno, y mientras ellos se estimaban y respetaban, sus caballos se tenían un odio feroz. Como los caballeros no eran tan ricos que pudieran pagar dos aposentos, y por la malquerencia de sus caballos no podían compartir uno solo, se llego a una situación muy incómoda. Cuando pasó cierto tiempo y vieron que no había solución, se lo contaron al infante don Enrique y le pidieron como favor que echara aquellos caballos a un león que tenía el rey de Túnez.
Don Enrique habló con el rey de Túnez, que les pagó muy bien los caballos y los mandó meter en el patio donde estaba el león. Al verse los caballos juntos en aquel lugar, antes de que el león saliese de su jaula empezaron a pelear con mucha ira. Estando en lo más violento de su pelea, abrieron la jaula del león y, cuando los caballos lo vieron suelto por el patio, se echaron a temblar y se fueron acercando el uno al otro. Cuando estuvieron juntos, se quedaron así un rato y luego se lanzaron los dos contra el león, al que atacaron con cascos y dientes de modo tan violento que hubo de buscar refugio en su jaula. Los dos caballos quedaron sin daño, porque el león no pudo herirlos ni siquiera levemente y, después de esto, los dos caballos se hicieron tan amigos que comían en el mismo pesebre y dormían juntos en la misma cuadra, aunque era muy pequeña. Esta amistad nació entre ellos por el miedo que les produjo la presencia del león.
Vos, señor Conde Lucanor, si creéis que vuestro enemigo tiene tanto miedo del otro porque le puede causar mucho daño y os necesita tanto a vos que forzosamente ha de olvidar vuestras antiguas rencillas, pues piensa que sin vos no puede defenderse, creo que, del mismo modo que los caballos se fueron acercando poco a poco hasta perder el recelo mutuo y estuvieron bien seguros el uno del otro, así debéis inspirar confianza a vuestro enemigo y perderle el miedo. Os convendría mucho ayudaros mutuamente para que no os destruya un tercero, pues mucho debemos favorecer a nuestros parientes y vecinos para que no nos destruya un extraño. Pero si viereis que vuestro enemigo es de tal condición que, desde que le hayáis ayudado y sacado del peligro, al tener sus tierras a salvo, se levantará contra vos y no podréis confiar en él, no sería muy sensato que le ayudarais sino que debéis apartaros de él cuanto podáis, porque habréis comprobado que, aunque estaba él en un trance muy apurado, no quiso olvidar su antiguo recelo contra vos, sino que esperaba el momento oportuno de causar vuestro daño, con lo cual queda bien patente que no deberéis ayudarle a salir del peligro en que ahora se encuentra.
Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, pues comprendió que le daba un buen consejo.
Y como don Juan vio que este cuento era muy bueno, lo mandó poner en este libro e hizo los versos que dicen así:
Guardaros del daño del
enemigo
Estando a bien con el
vecino.
Hablaba otro día el conde Lucanor con Patronio de esta manera:
Patronio, bien sé que Dios me ha dado tantos bienes y mercedes que yo no puedo agradecérselos como debiera, y sé también que mis propiedades son ricas y extensas; pero a veces me siento tan afectado por la pobreza que no me importaría dejar esta vida. Os ruego que me digáis algo para consolarme de esto.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que encontréis consuelo cuando eso os ocurra, os convendría saber lo que les ocurrió a dos hombres muy ricos.
El conde le pidió que le contase lo que les había sucedido.
Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, uno de estos hombres llegó a tal extremo de pobreza que no tenía absolutamente nada que comer. Después de mucho esforzarse para encontrar algo con que alimentarse, no halló sino una escudilla llena de altramuces. Al acordarse de cuán rico había sido y verse ahora hambriento, con una escudilla de altramuces como única comida, pues sabéis que son tan amargos y tienen tan mal sabor, se puso a llorar amargamente. Pero, como tenía mucha hambre, empezó a comérselos y, mientras los comía, seguía llorando y las cascaras las echaba tras de sí. Estando él con este pesar y con esta pena, notó que a sus espaldas caminaba otro hombre y, al volver la cabeza, vio que el hombre que le seguía estaba comiendo las cascaras de los altramuces que él había tirado al suelo. Cuando aquello vio el que comía los altramuces, preguntó al otro por qué se comía las cascaras que él tiraba. El segundo le contestó que había sido más rico que él, pero ahora era tanta su pobreza y tenía tanta hambre que se alegraba mucho si encontraba, al menos, cascaras de altramuces con que alimentarse. Al oír esto, el que comía los altramuces se tuvo por consolado, pues comprendió que había otros más pobres que él, teniendo menos motivos para desesperarse. Con este consuelo, luchó por salir de su pobreza y, ayudado por Dios, salió de ella y otra vez volvió a ser rico.
Y vos, señor Conde Lucanor, debéis saber que, aunque Dios ha hecho el mundo según su voluntad y ha querido que todo esté bien, no ha permitido que nadie lo posea todo. Por tanto, ya que Dios os ha hecho tantas mercedes, y disfrutáis de buena salud y sois honrado, si alguna vez pasáis estrecheces, no os entristezcáis por ello, pensad que otros más ricos y de mejor posición que vos estarán también apurados, y se tendrían por bien pagados si pudiesen dar a sus gentes mucho menos de lo que vos dais a las vuestras.
Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, se consoló y, viendo don Juan que este cuento era muy bueno, lo mando a escribir en este libro y compuso unos versos que dicen así:
Por pobreza nunca
desesperéis,
Pues otros más
pobres que voz veréis.
Otro día hablaba el Conde Lucanor con Patronio y le dijo lo siguiente:
Patronio, un hombre, vino a pedirme que le ayudase en cierto asunto en que me necesita, y me prometió que más adelante haría por mí lo que le pidiera. Yo le empecé a ayudar en todo lo que pude. Sin haber logrado aún lo que pretendía, pero pensando él que el asunto estaba ya solucionado, le pedí que me ayudara en una cosa que me convenía mucho, pero se excusó. Luego volví a pedirle su ayuda, y nuevamente se negó, con un pretexto; y así hizo en todo lo que le pedí. Pero aún no ha logrado lo que pretendía, ni lo podrá conseguir si yo no le ayudo. Por la confianza que tengo en vos y en vuestro talento, os ruego que me aconsejéis lo que deba hacer.
Señor conde -dijo Patronio-, para que en este asunto hagáis lo que se debe, mucho me gustaría que supierais lo que ocurrió a un deán de Santiago con don Illán, el gran mago que vivía en Toledo.
El conde pidió que se lo contase.
Señor conde -dijo Patronio-, en Santiago había un deán que deseaba aprender el arte de la nigromancia y, como oyó decir que don Illán de Toledo era el que más sabía en aquella época, se marchó a Toledo para aprender con él aquella ciencia. Cuando llegó a Toledo, se dirigió a casa de don Illán, a quien encontró leyendo en una cámara muy apartada. Cuando lo vio entrar en su casa, don Illán lo recibió con mucha cortesía y le dijo que no quería que le contase los motivos de su venida hasta que hubiese comido y, para demostrarle su estima, lo acomodó muy bien, le dio todo lo necesario y le hizo saber que se alegraba mucho con su venida.