Cómo llegamos a esto
Breve historia del mundo en el que vivimos
Ezequiel Tambornini
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Cómo llegamos a esto
Breve historia del mundo en el que vivimos
Copyright © 2011 by Ezequiel Tambornini
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Prólogo
La mayor parte de los que usan, piensan o sueñan con dinero todos los días no saben qué es. Esa ignorancia los condiciona de una manera brutal sin que puedan advertirlo. Este libro está dedicado a ellos.
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Capítulo 1
El Rey Leónidas estaba agotado. Acababa de regresar de una campaña en las regiones bajas. A pesar de no ser un amante del aseo personal, pidió a sus sirvientes que le preparasen un baño y permaneció toda una tarde refregándose con agua caliente. No le molestaba estar recubierto por una espesa capa de mugre. Pero no toleraba el olor que desprendía la sangre adherida a su piel. Sangre que no era suya por cierto, sino de decenas de Trátalos que él mismo había ajusticiado. Se supone que un Rey no debe emprender tales faenas. Pero eran tantos los herejes y tan escasos los caballeros de su ejército, que los escuderos, los mozos de estribo y, finalmente, el propio Rey y sus sirvientes personales se sumaron a la matanza para acabar lo antes posible con aquel griterío insoportable en el cual los llantos de los hombres no eran menos intensos que el de las mujeres y los niños.
Los Trátalos eran una secta religiosa que, como tantas otras en los últimos tiempos, habían obtenido una cantidad enorme de adeptos en muy pocos años. Aquello que en un principio fue observado como una curiosidad, pronto se transformó en una amenaza. Se difundieron –como era usual en estos casos– toda clase de mentiras para intentar desacreditarlos, pero al comprender que las calumnias no hacían mella alguna en la popularidad de los Trátalos, se los declaró herejes para luego exterminarlos.
Antes de dar inicio a la matanza, el Rey Leónidas solicitó a sus hombres que le trajeran vivo al líder espiritual de los Trátalos.
– ¿Por qué hiciste lo que hiciste, no previendo las consecuencias que acarrearían tus actos? –preguntó el Rey Leónidas al líder de los Trátalos, quien, aun encadenado de pies y manos, habiendo sido torturado, deshecho como estaba, observaba al Rey con un desdén impropio para un vasallo.
– Eso mismo iba a preguntarle a usted, mi señor –contestó el líder tratalense, con un vozarrón tan potente que parecía imposible que pudiese provenir de aquella figura desgraciada y sanguinolenta.
– ¿Acaso mis torturadores te anularon la capacidad de oír? ¿O es que sólo puedes escuchar las mentiras que habitan en tu afiebrada cabeza? –repuso el Rey.
– Los dioses que adoramos están muertos. Los nuevos aún no los conocemos. Estamos huérfanos –respondió el tratalense–. Es usted, mi señor, el que no ha podido escucharnos a nosotros, sus vasallos.
Fue lo último que dijo.
Capítulo 2
Al regresar a su Reino, el comportamiento de Leónidas preocupó a los miembros de su Corte durante varios días. Había perdido su voraz apetito. Los encantos de su esposa no lo animaban –algo habitual–, pero tampoco lo hacían los de sus amantes. No gustaba ir de cacería con sus adorados halcones. Nada parecía conmoverlo. Los sirvientes comentaban que se lo escuchaba caminar en su habitación de un lado hacia el otro durante casi toda la noche. Apenas dormía. Sin embargo, su aspecto era impecable aquella mañana en la que se reunió con su consejo de ministros, quienes esperaron pacientemente que el Rey comenzara a hablar para dar inicio a la sesión.
– El tratalense estaba en lo cierto –dijo el Rey Leónidas. Hizo una pausa para observar la expresión de desconcierto en los rostros de sus ministros–. No estamos escuchando. Desde que mi padre me legó su Reino, lo único que he estado haciendo es perseguir y aniquilar a herejes. Todas las campañas que he emprendido no nos conducen a ninguna parte. Seguirán surgiendo sectas aquí y allá, y nosotros seguiremos empleando nuestros escasos recursos, nuestro limitado tiempo, para asegurarnos de que no prosperen. El problema no son ellos; somos nosotros, que no hemos sabido conducir las energías de nuestros vasallos hacia tierras más fecundas. Los he reunido aquí, queridos ministros, para pedirles consejo sobre los nuevos rumbos por venir. La mayor parte de ustedes ha sabido servir a mi padre y no dudo de que sabrán guiarme a mí hacia el destino que nuestro Reino merece.
El ministro Elouem levantó su mano en señal de que deseaba tomar la palabra. Era el mayor de todos los ministros. Nadie conocía en realidad su edad. Se comentaba que incluso había servido al padre del padre del Rey Leónidas, algo que él jamás se encargó de afirmar o refutar de manera definitiva, incrementando así el respeto que despertaba su delgada figura.
– ¿Ha visitado recientemente la ciudad de Languedom, mi señor? – preguntó Elouem.
– La visité con mi padre cuando era apenas un niño –respondió el Rey–. Recuerdo que era un poblado con un pequeño puerto, casas paupérrimas y habitado por vasallos que en su mayoría se dedicaban a la pesca.
– Ya no más –dijo Elouem–.
– ¿Ya no más?
– No, mi señor. Mis informantes me han dicho que ese pequeño poblado se ha transformado en un ciudad casi podría decir pujante, con amplias casonas de dos y hasta tres pisos de altura, comodidades tales como calefacción a leña en los meses invernales y fuentes colmadas con agua fresca para el período estival; ese pequeño puerto que usted recuerda, con pescadores que apenas podían abastecerse a sí mismos, es ahora un lugar de tránsito de grandes barcos, que comercian con otras ciudades portuarias de otros reinos, algunos tan lejanos que apenas tenemos noticias de ellos.
– ¿Cómo es eso posible? –preguntó Leónidas.
– Eso mismo pregunté yo a aquellos que me trajeron primeramente esos rumores, luego certezas, de que algo no convencional estaba ocurriendo en esa región lejana de su Reino, mi señor. Es el comercio el que aparentemente ha traído tanta riqueza a Languedom, pero no he aún terminado de entender las causas de tal fenómeno. Quizás sea conveniente trasladarse hacia allí para verlo con nuestros propios ojos.
A la mañana siguiente, el Rey Leónidas, acompañado apenas por dos de sus caballeros, emprendió una cabalgata rápida con destino a Languedom. No deseaba ser reconocido. Por ello los tres viajeros usaron vestimentas propias de vasallos; comieron y bebieron entre las gentes de los diferentes pueblos que fueron encontrando en su camino; durmieron en posadas humildes; y se expusieron a encontrarse con grupos de bandidos que habitualmente se agazapan en las inmediaciones de los senderos para despojar a los viajeros de todo lo que llevan consigo y aun, si así les place, de sus propias vidas.
El Rey sólo deseaba llegar a Languedom para intentar comprender qué estaba sucediendo en aquella remota región de su Reino, una herencia de sus antepasados que seguía siendo de su propiedad sólo porque ningún otro Reino vecino la había usurpado, dado que ni su padre ni Leónidas habían demostrado especial interés por ella. La juzgaban pobre de toda pobreza. Pero ahora parecía haber allí algo completamente novedoso.
Casi dos semanas duró la travesía. Poco antes de ingresar al territorio de Languedom, en una noche oscura, los tres viajeros fueron sorprendidos por una docena de guardias armados. En un primer momento tomaron sus armas al pensar que se trataba de forajidos, pero, a la luz de las antorchas, Leónidas observó que todos ellos estaban vestidos con uniformes tan vistosos que cualquiera de sus guardias personales se habría sentido avergonzado del harapo que llevaba a cuestas a modo de vestimenta. Leónidas solicitó a sus caballeros que enfundaran las espadas y se presentó ante los guardias de Languedom como enviado de una casa de comercio de la región de Triveria. Una vez desarmados, los tres viajeros fueron autorizados a ingresar a la ciudad. Les retuvieron las armas –se las regresarían al abandonar Languedom– y fueron escoltados por dos guardias para, según les dijeron, asegurarse de que pudiesen conseguir una morada disponible en una posada respetable, siempre que tuviesen –claro– las monedas suficientes para afrontar el gasto.
Capítulo 3
Leónidas fue despertado por el bullicio callejero. En algún lugar no muy lejano estaban horneando pan. Un aroma delicioso flotaba en la habitación. Tienen tanto que hasta pueden costearse sus propios guardias pensaba Leónidas. Esos uniformes. ¿Acaso es éste el mismo lugar que visité con mi padre?
Al salir de su habitación, una muchacha lo condujo al comedor de la posada. Le ofrecieron hogazas gigantes de pan, leche tibia, miel oscura y frutas frescas. Leónidas se sorprendió de que hubiese vasallos en su Reino que pudiesen vivir con tantos lujos. Pero no había visto gran cosa aún.
En la calle, empedrada con cuidada prolijidad, se extrañó al no sentir el olor nauseabundo que habitaba en las principales ciudades de su Reino. Las gentes vestían con atuendos propios de nobles y muchas damas lucían tan bellas con sus atavíos que Leónidas apenas podía disimular su encanto y se detenía a observarlas con una atención tal que producía cierta incomodidad en ellas.
– ¿Puedo ayudarlo en algo? –preguntó uno de los guardias que lo habían acompañado a la posada la noche anterior, quien seguramente lo venía siguiendo para estudiar sus movimientos.
– Sí, por favor, indíqueme cómo llegar al puerto –respondió Leónidas.
Las casas, tal como había anticipado su ministro Elouem, contaban con varios pisos y fachadas diseñadas con gusto exquisito. En una carnicería se ofrecía carne de venado, un manjar que en el Castillo sólo era accesible al Rey y a sus ministros. Más allá, pudo ver a un sastre que, mientras confeccionaba un vestido para una dama entrada en carnes, se quejaba de no tener más tiempo para poder cumplir con todos los pedidos en curso. Dos niños pasaron a su lado recitando versos de un poema en latín.
Al llegar al puerto de Languedom, Leónidas pudo apreciar como dos barcos enormes, como nunca los había visto, estaban descargando especias, vinos y aceitunas. En el vocerío percibió que algunos hombres hablaban en lenguas que no conocía. Acostumbrado a que todas las miradas se posaran constantemente en él, se sintió un tanto extraño al observar que todo lo que sucedía ocurría sin advertir su presencia. Los comerciantes estaban ocupados en controlar el estado de las mercaderías descargadas de los barcos, así como en negociar los pagos correspondientes con los mercaderes extranjeros; los estibadores trabajaban con la velocidad de un ejército bien adiestrado; había otros mercaderes ofreciendo muestras de trigo, maderas y telas; los transportistas cargaban las mercancías en sus carros para luego perderse en las calles de la ciudad. Todo ese ajetreo, aparentemente caótico a los ojos de un profano, gozaba de una coordinación que Leónidas juzgó admirable.
El Rey y sus dos caballeros permanecieron tres días en la ciudad. Fueron suficientes para que Leónidas pudiese comprender cómo las nuevas mercancías, traídas en los barcos por los mercaderes, estimularon a muchos vasallos de las inmediaciones de Languedom a producir más y mejor trigo, cebada, carnes, madera, todo para hacerse de más monedas, necesarias para comprar más especias, vinos, aceitunas, telas, creando así una fuente de riqueza en progresivo crecimiento.
Pero para Leónidas las riquezas eran sólo un aspecto superficial del asunto que más le preocupaba. Lo que realmente obnubiló al Rey fue la vitalidad que se reflejaba en las actitudes de los habitantes de Languedom.
– He visto en el comercio el cauce que he estado buscando para guiar las energías de mi Pueblo hacia la satisfacción y la abundancia –dijo Leónidas a sus ministros al regresar de su travesía–. Por fin he podido dar con la solución a nuestros problemas; ahora sólo debemos encontrar la manera para extender esta fiebre a todos los confines del Reino; acabaremos así, de una vez por todas, con la angustia enajenadora de la cual se alimentan los herejes para construir un poder que amenaza los cimientos del orden establecido.
El Rey solicitó a sus ministros que lo guiaran para emprender su misión. Y así lo hicieron, aunque todas las propuestas orientadas a expandir el comercio en las diferentes comarcas resultaron fallidas. Por más explicaciones que daban los voceros del Rey, por más cantos de los trovadores y representaciones de los actores, los vasallos no terminaban de entender que el comercio era lo mejor para ellos y para todos. Leónidas estaba desesperado. Si las cosas seguían así, no tardaría en aparecer una nueva herejía.
Capítulo 4
El Rey Leónidas nunca había emprendido una campaña militar sin antes consultar a la bruja Barbárica –una costumbre que había heredado de su padre–. Espera que pase el invierno, necesitarás más hombres, cuidado con las emboscadas nocturnas cuando llegues al valle inferior y tantas otras advertencias más que habían resultado siempre acertadas.
Cuando requería sus servicios, Leónidas hacía trasladar a la bruja hacia el Castillo con el mayor de los sigilos, por lo general durante la noche, dado que no deseaba que se supiese que estaba por tomar una decisión trascendente. Pero esta vez decidió ser él mismo, sin compañía alguna, el que se dirigiese hacia el hogar de la bruja, localizado en las inmediaciones del bosque de lapachos enanos. No deseaba alertar a sus ministros, pues no se presentaba razón alguna para hacer una consulta a la bruja. No había contiendas ni nacimientos en vista. Por eso decidió escabullirse del Castillo por una salida lateral para perderse en la espesura nocturna. No deseaba crear sospechas infundadas en su Corte ni dar la oportunidad de que surjan rumores descabellados sobre la conducta del Rey.
– ¿Qué lo trae por aquí, mi señor? –preguntó la bruja Barbárica, que había quedado ciega a muy temprana edad, al escuchar que Leónidas llamaba a la puerta. El Rey estuvo a punto de preguntar cómo sabía que se trataba de él. Pero no lo hizo. Supuso que sólo iba a recibir una sonrisa como respuesta.
Leónidas relató a Barbárica su viaje a Languedom y lo impresionado que había quedado al observar el progreso autónomo de esa lejana ciudad portuaria. Luego habló de lo harto que estaba de las campañas contra las herejías y dijo saber que en el comercio estaba la respuesta que había estado buscando durante tanto tiempo.
– Percibo un gran entusiasmo en sus palabras, pero también un dejo de frustración –dijo Barbárica luego de escuchar las palabras del Rey–. ¿A qué se debe el honor de esta visita, si es que acaso puedo atreverme a preguntarlo?
– El honor ha de ser mío, señora, pues he venido aquí para buscar un camino con el que aún no hemos podido dar y que necesitamos desesperadamente hallar –indicó el Rey–.
La bruja no dijo nada. Salió de la cabaña en la que habitaba y regresó con un par de leños, a los que arrojó en el hogar para generar una intensa llamarada azulina. Barbárica permaneció de pie junto al fuego –dándole la espalda al Rey– durante un buen tiempo. A Leónidas tal conducta no lo incomodó; habría podido esperar una eternidad con tal de obtener un atisbo de lo que había venido a buscar, aunque no sabía qué era.
– ¿Recuerda a Fredibaldo, el banquero al que usted, mi señor, recurrió para financiar la campaña contra los Simónidas?
– Sí, lo recuerdo bien.
– El ha creado un instrumento que le permitirá lograr lo que usted está buscando.
– ¿De qué se trata? –quiso saber Leónidas.
– Eso no puedo decírselo yo, mi señor; sólo puedo advertirle que debe tener usted mucho cuidado si decide adoptar la herramienta que ha creado el banquero Fredibaldo. El poder que habita en ella lo pondrá a prueba en tres oportunidades y cada nuevo obstáculo será cuatro veces superior en fuerza al anterior, de manera tal que el último, si bien no puedo ver qué es, será gigantesco y necesitará toda su sabiduría y aun más para poder vencerlo.
– ¿Podré acaso reconocer tales dificultades cuando se presenten?
– Seguramente, mi señor, sabrá reconocer a las dos primeras, mientras que la última, la más inquietante y poderosa de todas, vendrá agazapada entre las sombras y no querrá ser descubierta. Quisiera poder ser más precisa, pero no dispongo de más palabras que las que me han hecho llegar las voces del fuego a mis oídos transmundanos.
Leónidas supo que no podría obtener más de la bruja y se marchó.
Capítulo 5
En la isla de Ukin no sobraba nada. Pero tampoco faltaba nada a nadie. Los campesinos –tal como pudo observar el Rey Leónidas– vivían apaciblemente y sin grandes lujos ni noticias del Continente.
El gobernante de hecho de la isla Ukin era el banquero Fredibaldo. A medida que la Corte de Leónidas avanzaba por el pueblo de Ukin, se topaba con las ovejas y las miradas de los campesinos, quienes desde las ventanas de sus modestas casas se asomaban para ver el inusual acontecimiento en aquellas calles en las que no solía pasar gran cosa.
El viento era gélido y llovía demasiado. Leónidas recordó que su padre le relató alguna vez que muchos habían tratado de adueñarse de Ukin y las demás islas del Mar de Norteron. Pero pronto descubrían que las islas no disponían de riqueza genuina alguna. Y el oro, las famosas e ingentes cantidades de oro que se decía que tenían los banqueros de estas islas, no estaba por ninguna parte. Algunos decían que, frente a una amenaza de invasión, el oro era trasladado de barco en barco hasta lograr desorientar al eventual usurpador. Otros sostenían que el metal era guardado en una profunda caverna de una desconocida isla de hielo localizada en el norte del Mar de Norteron. Lo cierto es que Leónidas, en los comienzos de su reinado, había solicitado un préstamo de cien lingotes de oro a Fredibaldo y éste se lo había concedido a cambio del envío de un barco colmado de trigo, que debía –a partir de entonces y mientras durase el reinado de Leónidas– enviarse todos los años.
El Rey y su Corte caminaban con creciente dificultad por aquellas calles. Las botas se enterraban casi completamente en un barro nauseabundo. Pero no por mucho tiempo más, pues pronto se hizo ver un camino empedrado, que daba paso a casas de madera bien constituidas, en las que seguramente vivirían los administradores y los capitanes de los barcos que integraban la flota mercante de Fredibaldo.
– ¿A qué se debe esta honrosa visita? –preguntó el banquero a Leónidas al recibirlo en su majestuosa casona de piedra.
– He venido personalmente a traer la partida de trigo anual, de acuerdo con lo convenido, además de un cargamento adicional de cebada, en agradecimiento por la contribución prestada oportunamente a mi Reino –respondió Leónidas.
– Siempre me bastó su palabra, aunque me honra al darme la posibilidad de conocerlo en persona; en cuanto al cargamento de cebada, debo admitir que me incomoda, pues, si bien no puedo rechazar el obsequio, no tengo nada para ofrecerle a cambio a modo de retribución.
– Debo decirle que se equivoca –dijo Leónidas. Y le explicó qué había venido a buscar a la isla. Fredibaldo lo escuchó con atención y luego se dirigió a un cofre para extraer algo del mismo.
– ¿Se refiere a esto? – preguntó el banquero, mientras le mostraba un papel en el cual podía leerse una inscripción, en letras doradas, que decía vale por un lingote de plata.
– Posiblemente –respondió Leónidas–. Aunque no sé aún a qué me refiero específicamente; quizás pueda ser tan amable de explicármelo usted.
– Todos los banqueros de las islas del Mar de Norteron tenemos, como es sabido, un fluido intercambio marítimo de metales preciosos –explicó Fredibaldo–. Sin ese intercambio, sin los barcos, no habría nada aquí, salvo gente necesitada de los elementos más básicos para la existencia. Los capitanes de nuestros barcos conocen muy bien la bravura del Mar de Norteron, con todos los riesgos que éste implica; pero en los últimos años ha aparecido un número creciente de bandas de piratas, las cuales lograron, en algunos casos, apoderarse de valiosos cargamentos de oro y de plata. ¿Qué podíamos hacer? ¿Construir una armada propia? ¿Contratar mercenarios? La guerra no es nuestro negocio. Durante meses analizamos diversas alternativas para intentar defendernos de la nueva amenaza. La respuesta que encontramos está aquí, en este sencillo papel. Lo llamamos papel moneda. Ahora, si necesito enviarle veinte lingotes de oro al banquero de la isla Kenet, ya no tengo necesidad de remitirle el metal, sino apenas un papel que representa a esos veinte lingotes. De esta manera, si un barco es ahora capturado por los piratas, podrá perderse la embarcación y, quizás, también los hombres, pero no el oro.
– Pero, ¿dónde está el oro? –preguntó Leónidas, un tanto confundido.
– El oro está convenientemente guardado en mi Banco –respondió Fredibaldo con una tenue sonrisa–. Si el banquero de Kenet desea disponer, en algún momento, de esos veinte lingotes reales, lo único que debe hacer es retirarlos de mi Banco contra la entrega del papel moneda. Lo interesante aquí es que el banquero de Kenet puede transferir el papel moneda a otro banquero o bien a un cliente, y cualquiera de ellos, mientras presenten el correspondiente papel, pueden realizar el retiro del metal, si así lo desean.
Fredibaldo comentó que el nuevo sistema se basaba en la confianza mutua y que, por tal motivo, el papel moneda no había podido extenderse más allá de las islas del Mar de Norteron, dado que los lazos con los banqueros del Continente nunca habían logrado ser demasiado fuertes.
– Han creado una innovación estupenda –dijo Leónidas–. Intentaré aplicarla en mi Reino, aunque las reservas de oro disponibles en mi Castillo no son abundantes.
– No importa cuán abundantes o escasas sean sus reservas de oro –replicó el banquero–. Lo fundamental, lo que nunca debe olvidar, es que los valores en papel moneda nunca deben ser superiores a los valores reales presentes en oro. Si vuestro Reino emite papel moneda por mil lingotes de oro, deberá tener disponibles esos mil lingotes; ni uno menos. El papel moneda es una promesa y si la misma es incumplida, se incurre en una estafa.
Fue lo último que escuchó el Rey de los labios de Fredibaldo antes de despedirse del banquero.
Capítulo 6
El Conde Amiantos no podía creer lo que estaba sucediendo. El Rey Leónidas le había solicitado un permiso para ingresar a sus tierras y talar cinco hectáreas de bosque de buena leña. El Conde requirió un pago de veinte lingotes de oro. Y el Rey accedió.
Pocos días después arribaron al Condado los leñadores del Rey Leónidas. El Conde de Amiantos, como era usual en estos casos, se dirigió al campamento para reunirse con el delegado del Rey y acordar la modalidad del pago oportunamente convenido. Al acercarse al campamento levantado por los leñadores, Amiantos observó algo inusual.
La tienda del delegado Real siempre era un poco más amplia, vistosa y confortable que aquellas destinadas a los operarios forestales –sean éstos capataces o simples leñadores–. Pero esta vez, en lugar de una tienda, habían hecho montar una carpa gigantesca y casi tan alta como los árboles que los leñadores se aprestaban a derribar. Otra de las peculiaridades que observó Amiantos fue la presencia, en las inmediaciones de la carpa, de al menos diez guardias Reales. El Conde se inquietó.
– ¿Qué hacen estos guardias aquí? ¿Acaso estamos en guerra y aún no me he enterado? –preguntó el Conde al delegado Real ni bien éste salió de la carpa a recibirlo.
– No existe tal guerra, mi estimado Conde –respondió el delegado del Rey–. Son sólo precauciones que se han tomado para disuadir a las bandas de forajidos que merodean los caminos que debemos transitar para alcanzar este apacible Condado.
Amiantos pudo percibir que el delegado, escondido detrás de su amplia y falsa sonrisa, estaba mintiendo. Al ingresar a la carpa, el Conde se encontró con otra sorpresa: un banquete propio de un ámbito real. Carne de ciervo ahumada, salsa de arándanos, panes blancos tostados y cerveza negra. Por alguna razón, todos los alimentos que Amiantos adoraba estaban en esa mesa. Comprendió que tal casualidad no era tal y que semejante hospitalidad sólo podía ser el preludio de algo que seguramente no sería fácil de digerir.
– El Rey Leónidas desea complacerlo con estas delicias –dijo el delegado mientras señalaba, con un gesto amanerado, los diferentes alimentos dispuestos sobre la mesa.
– El Rey es muy amable. Pero no tengo apetito –respondió el Conde.
– El mismo Leónidas me ha enviado uno de sus propios cocineros para crear estas maravillas –insistió el enviado del Rey.
– Tanta amabilidad me honra. Y quisiera más que nadie no haber probado bocado en días, para así poder disfrutar de tan gratos manjares, pero ya he comido hoy todo lo que necesito y quizás más.
El delegado Real no insistió. Se dirigió hacia un cofre, del cual extrajo un manojo de papeles –veinte en total– y los colocó dentro de una carpeta de cuero, que estaba, según pudo apreciar el Conde, especialmente diseñada para contener tales papeles.
– En estos momentos, muchos delegados del Rey Leónidas, entre los que me cuento, estamos adquiriendo mercaderías para el Reino en diferentes comarcas y ciudades que integran el mismo. Nuestra tarea siempre ha sido coordinar los envíos de los pagos en oro. Pero debo informarle que una nueva disposición del Rey ha simplificado esos trámites tan engorrosos; somos nosotros, a partir de ahora, quienes realizaremos tales pagos, y lo haremos, lo estamos haciendo, con un nuevo instrumento que revolucionará el comercio tal como le hemos conocido hasta el presente.
El Conde Amiantos permaneció en silencio.
– Cada uno de estos papeles, denominados ducatos, equivalen a un lingote de oro –continuó explicando el delegado, mientras tomaba un billete para enseñárselo al Conde–. Como puede ver, los ducatos, además de tener impresa la imagen del Rey, dicen páguese al portador un lingote de oro. La diferencia, claro, es que son mucho más fáciles de transportar, de ocultar...
– Disculpe –interrumpió el Conde–. ¿Acaso usted espera que yo acepte esos papeles, como quiera que usted los nombre, como pago por la leña?
– Yo no espero nada. Sólo informo cuál es la voluntad del Rey. Aunque debo decirle que usted no aceptará papeles a modo de pago, sino los lingotes de oro convenidos, los cuáles permanecerán resguardados en la caja fuerte del Castillo, hasta tanto usted decida retirarlos al presentar los respectivos ducatos.
El Conde, furioso, se retiró de la carpa con los veinte ducatos entregados por el delegado real. A la mañana siguiente, con los primeros atisbos de luz solar, emprendió una marcha galopante, junto a dos de sus caballeros, hacia el Castillo del Rey Leónidas.
– Soy Amiantos y vengo a ver al Rey –dijo, agitado, el Conde, al llegar a uno de los accesos del Castillo Real.
– ¿Él lo está esperando, señor Amiantos? –preguntó uno de los guardias Reales que custodiaban el acceso.
– ¡Soy Conde! ¡El Conde Amiantos! –gritó. Los guardias se lo quedaron mirando, perplejos–. Perdón, soy el Conde Amiantos –dijo ahora más tranquilo–. Y no sé si el Rey me está esperando; no puedo saberlo.
– En ese caso, estimado Conde, no puedo saber si el Rey va a recibirlo –respondió el guardia.
Amiantos encolerizó. Su tez se tornó completamente roja. Casi podían oírse los latidos de su frenético corazón. Incluso uno de sus caballeros se acercó hacía él para asegurarse de que no hiciera ninguna locura.
– ¿Qué es lo que tiene ahí? –preguntó el guardia, señalando la mano del Conde, en la cual se encontraban aprisionados, casi estrangulados, los veinte billetes entregados por el delegado Real–. ¿Acaso son ducatos?
– Sí, ducatos –respondió Amiantos, sorprendido.
– ¿Por casualidad usted está aquí para cobrarlos? –preguntó el guardia.
– Así es –dijo el Conde, más calmado.
– En ese caso, pasen por favor –. El guardia Real hizo una señal para que abrieran el portón de acceso y el Conde y sus dos caballeros ingresaron al Castillo. Fueron conducidos hacia un sector custodiado por cuatro guardias, que se ocuparon de desarmar, con cuidada amabilidad, a los caballeros del Conde. Los guardias Reales cuidaban una puerta tan maciza que se necesitaba a todos ellos –cuatro hombres– para poder moverla; por encima de la misma podía leerse un cartel que llevaba el nombre de Reserva Real. Al atravesar ese sector, luego de recorrer un largo pasillo, fueron a dar con otro, pero esta vez custodiado por ocho guardias; la puerta que custodiaban estos guardias parecía ser más pesada que la primera y de hecho los ocho hombres se encargaron de moverla para que el Conde y sus dos caballeros pudieran acceder, un tanto sobresaltados ya, a la siguiente sección. Se encontraron ahora con otro pasillo, pero esta vez era tan angosto que apenas podía pasar un hombre por vez por el mismo. Finalmente llegaron a una bóveda, donde, casualmente, el Rey Leónidas se encontraba observando innumerables columnas de lingotes de oro apilados unos sobre otros con dedicada prolijidad.
– ¡Todo esto es tuyo! ¡Cuanta prosperidad, mi estimado Rey! –exclamó Amiantos luego de saludar a Leónidas con un apretón de manos.
– No todo, querido Conde: veinte lingotes han de ser de tu propiedad –respondió Leónidas–. Además, estos lingotes no son míos, sino del Reino que yo gobierno.
Amiantos por un momento estuvo a punto de preguntar al Rey cómo sabía la cantidad exacta de lingotes que había venido a buscar. Pero no lo hizo. Fue entonces cuando Leónidas, con un gesto minúsculo, ordenó la aparición en escena de cuatro sirvientes, los cuales traían una carretilla cada uno.
– Dime por favor cuáles son los lingotes que deseas cargar –solicitó el Rey. Amiantos señaló, eligiendo al azar, los lingotes colocados en la parte superior de una columna. Los sirvientes comenzaron a cumplir su tarea, cargando los lingotes indicados por el Conde.
Una vez finalizada la carga del metal, el Rey ordenó a los sirvientes dirigirse hacia otro acceso, diferente a aquel que había servido de ingreso al Conde y a sus dos caballeros. Caminaron todos por un amplio pasillo, el cual se encontraba rodeado por elevadas columnas de lingotes de oro; la luz de las antorchas refulgía, amarilla, sobre el metal, creando un ambiente inusual y diferente a cualquier otro que el Conde hubiese antes conocido.
Recorrieron distintos pasajes laberínticos hasta dar con una salida al Castillo que el Conde jamás había advertido. Afuera los esperaba un carruaje blindado, en el cual los sirvientes comenzaron a cargar los lingotes de oro.
– Cuando finalice la carga, tendrás que entregarme los veinte ducatos –dijo Leónidas al Conde. Amiantos no contestó. Permaneció observando los lingotes de su propiedad, ahora cargados en el carruaje que el Rey le ofrecía para transportarlos a su territorio.
– ¿Qué sucede? –preguntó Leónidas, extendiendo su mano hacia el Conde, en reclamo de los billetes que éste aún no se había prestado a entregar.
– No sucede nada –respondió Amiantos, dirigiendo la vista hacia el suelo.
– Si piensas que tu oro estará más seguro en tu castillo, no puedo oponerme a tu parecer –indicó el Rey.
– Jamás podría pensar algo así –respondió Amiantos.
– En ese caso, ¿por qué te llevas el oro? ¿Acaso estás pensando si puedes confiar en mí?. La respuesta, querido Conde, es que si no puedes confiar en tu Rey, ¿en quién entonces? Lo que tienes en tu mano son sólo papeles y por sí mismos no valen nada, pero valen sí por lo que representan. ¿Acaso yo puedo decir que valgo más que tu persona? Nunca. Yo sólo valgo lo que represento, al igual que tú, y es eso lo que garantiza el orden en el cual vivimos, y fue el olvido de eso el que llevó a nuestros ancestros a pelear hasta el hartazgo, al pensar que todos podían avasallar al otro en sus derechos. Déjame preguntarte nuevamente, ¿por qué te llevas el oro?
El Conde Amiantos levantó la vista del suelo para dirigir su mirada hacia los ojos del Rey. Finalmente, ordenó descargar el oro y partió hacia su Condado con los ducatos.
Capítulo 7
Los administradores de la Reserva Real recomendaron la introducción de billetes de uno, medio, un cuarto y un octavo de ducato. Esto –dijeron– seguramente hará más fluidas las transacciones entre los vasallos. Pero nada de eso ocurrió. No había, sencillamente, suficientes ducatos en circulación.
– Hablemos con la Liga de Banqueros –propuso uno de los ministros del Rey–. Si los nobles aceptaron dejar su oro en la Reserva Real, seguramente también los harán los banqueros.
Pero los banqueros no aceptaron. El Rey les envío una extensa carta oficial en la cual se los invitó a integrar sus disponibilidades de oro en la Reserva Real; en la comunicación Leónidas mencionó las ventajas que presentaban los ducatos para promover el comercio y desarrollo económico; comentó que no había lugar más seguro que su propio Castillo para resguardar el tan preciado oro, y enumeró una serie de cuestiones a partir de las cuales –según entendía Leónidas– los banqueros no podrían negarse a su pedido.
La respuesta de la Liga de Banqueros fue escueta. Agradecieron la invitación. Pero mencionaron que sus reservas de oro estaban debidamente custodiadas y que no podían complacer la solicitud del Rey. A Leónidas, si bien no le gustó la respuesta, tampoco lo tomó por sorpresa. La Liga de Banqueros de su propio Reino solía ser el último lugar al que recurría cuando necesitaba un crédito. Aplicaban intereses elevadísimos y éstos se incrementaban a niveles estratosféricos si no se llegaba a cumplir, en tiempo y forma, con algún compromiso.
– ¿Qué haremos ahora, Elouem? –preguntó el Rey a su ministro predilecto.
– No podemos hacer más nada, mi señor, salvo esperar que los vasallos comiencen a llegar al Castillo por su oro, cuando los ducatos que tengan en su poder empiecen a decolorarse –respondió Elouem.
El Rey se resignó. Hasta que un día llegó una noticia que lo cambiaría todo.
Capítulo 8
Braulio era el hermano bastardo del Rey Leónidas. Su padre le había permitido vivir en el Castillo, siendo sólo un niño, porque creyó ver en él a un gran general. Se equivocó rotundamente. En el campo de batalla demostró ser un inepto. Sin embargo, mostró desde joven grandes aptitudes con las mujeres. Casi no había dama de la Corte que pudiera resistirse a una propuesta del seductor Braulio. En un principio, Leónidas juzgó la conducta de su medio hermano como actos propios de su temprana edad, los cuales se irían sosegando con el transcurrir del tiempo. Pero sus aventuras mujeriles, lejos de apaciguarse, se acrecentaron con los años, creando situaciones de celos bochornosas entre sirvientas e incluso damas del Castillo.
Braulio, además de ser un inútil, se estaba transformando en un problema para Leónidas. Comenzó entonces a hablarle de las tierras vírgenes que se encontraban más allá del Mar de Atanarico.
– Dicen, Braulio, que las hembras son bellísimas, y que cuentan con frutos deliciosos, desconocidos para nosotros, además de otras riquezas que aún no podemos imaginar.
– Es probable que así sea, hermano, pero no ha habido noticias de todos los que se atrevieron a surcar ese mar. Dicen que es una manera segura de encontrarse con la muerte.
– Quienes hablan sin saber dicen tonterías. Si no tenemos noticias de los adelantados que allá se dirigieron, no es porque se los haya tragado el mar, sino porque no encontraron ninguna buena razón para regresar a nuestro Reino.
Luego de hablarle durante semanas sobre el paraíso por descubrir, Leónidas finalmente le solicitó a su hermano que se embarcara hacia las tierras vírgenes, pero que –a diferencia de lo que había ocurrido con sus antecesores– regresara con las riquezas encontradas.
– Sólo así podrás cumplir con el mandato de tu padre –sentenció Leónidas.
Fue a despedir a su medio hermano al puerto. En el rostro de Braulio observó una mezcla de emoción y terror. Se despidieron con un frío abrazo.
– Señor, ¿acaso podemos darnos el lujo de perder un barco de semejante porte? –preguntó un ministro al Rey, mientras ambos veían como la embarcación se alejaba del puerto.
– No podemos darnos el lujo de desperdiciar nada, pero es más lo que perderíamos por la ausencia de disciplina promovida por un irresponsable –declaró Leónidas.
Pasaron cuatro años y, tal como esperaba el Rey, no se supo más nada de Braulio ni de su tripulación. El medio hermano de Leónidas era ya un recuerdo borroso. Hasta que un día un mensajero Real ingresó corriendo al recinto en el cual el Rey y su esposa se encontraban almorzando. El mensajero estaba muy agitado: casi no le quedaban fuerzas para gritar lo que tenía que decir.
– ¡Ha llegado! ¡Ha llegado! –dijo con el último resto de oxígeno que quedaba en sus pulmones.
– Respire, por favor, y dígame quién ha llegado –preguntó el Rey.
– Braulio, mi señor. Braulio.
Leónidas empalideció. Sólo atinó a mirar a la Reina, quien sólo se molestó en levantar los hombros, señalando que no sabía nada del asunto y que tampoco le interesaba demasiado, como era usual en este y en todos los casos.
Braulio era un espectro de lo que había sido. Sólo su tono de voz estaba intacto. Su piel, antes blanca como la leche, ahora estaba oscura y arrugada por la excesiva exposición a la luz solar. Se encontraba mucho más delgado y su mirada, que solía ser risueña, ahora era severa, como la de aquellos soldados viejos acostumbrados a ver sangre y cuerpos destrozados.
– El paraíso del que me hablaste, querido hermano, es una tierra inhóspita habitada por salvajes, en la cual todos los adelantados que me precedieron fueron asesinados de maneras horrendas.
– Pero Braulio, ¡tú estás aquí! –exclamó Leónidas.
– No soy yo, sino el espantajo de lo que alguna vez fui, el que está ahora aquí contigo, y esto ha sido posible sólo por una circunstancia fortuita –respondió el medio hermano del Rey–. Cuatro años atrás, que me parecieron en aquel infierno muchos más, zarpé, sin que tú lo supieras, con una tripulación compuesta en su mayoría por mujeres; las más bellas de las que pude encontrar entre aquellas que no tenían nada que perder si permanecían aquí. El Mar de Atanarico nos trató bastante bien y otro tanto hizo mi particular tripulación. Al llegar a tierra, nos recibió un grupo de salvajes que en un principio se mostraron amables, pero luego expresaron su auténtica naturaleza y nos capturaron; todas las mujeres fueron convertidas en esclavas sexuales de los líderes de aquella gente; en cuanto a los hombres, a algunos nos perdonaron la vida, en agradecimiento por haberles llevado tan hermosas hembras, mientras que otros fueron asesinados.
– ¡En buena hora! ¡Fuiste uno de los sobrevivientes! –gritó Leónidas.
– No tan buena, querido hermano; aún me queda algo de decoro para evitar comentar todos los suplicios a los que fui sometido –expresó Braulio–. ¿O acaso quieres saber los detalles de todo lo qué me hicieron?
Leónidas no respondió.
– Bien. El hecho es que los líderes de los salvajes comenzaron a morir, uno tras otro, de una rara enfermedad, que seguramente portaban de manera asintomática nuestras mujeres y para la cual los bárbaros no tenían defensa inmunológica alguna. Cuando la enfermedad comenzó a extenderse al resto de la población, la desesperación hizo que pudiésemos tomar el control de lo que quedaba de aquella gente. Y aquí estamos. Por mi parte, cumplo el mandato paterno de traerte el único elemento valioso que hemos podido encontrar en aquella tierra.
– ¿Y qué es eso? –preguntó Leónidas.
– Oro. Cantidades ingentes de oro.
Capítulo 9
Esa tarde de junio Belmonte comenzó a reflexionar sobre todos los cambios que habían ocurrido en los últimos años. Belmonte era el carnicero del pueblo de Etruria. El mismo oficio que había tenido su padre y también su abuelo.
Cuando la cantidad de clientes –muchos de ellos provenientes de pueblos vecinos– comenzó a incrementarse, el carnicero pensó que se trataba de algo que no duraría mucho tiempo. Pero cada vez había más y más. Desde siempre trabajó sólo durante las mañanas. Muchos clientes comenzaron a exigirle que el negocio permaneciera abierto también por la tarde. No les prestó atención. Hasta que un puestero, que se localizó en la plaza del pueblo, empezó a vender carne bovina y de venado durante casi todo el día. Entonces Belmonte comenzó a trabajar también por la tarde. Buscó además proveedores de nuevas carnes. Ciervos. Perdices. Jabalíes. Se preocupó por la limpieza de su negocio. Todo esto –pensó Belmonte– le requería mucho más tiempo y esfuerzo. No supo contestarse si tal situación le resultaba más o menos agradable que antes, cuando sus preocupaciones se circunscribían a la inercia de las tradiciones. En cambio, sabía, sin dudas, que los ducatos entregados a modo de pago por los clientes le permitían ahora poder hacer y comprar muchas más cosas de las que hubiese imaginado jamás. En la mesa familiar, habitualmente colmada de carne rancia –aquella no que había podido venderse en el tiempo adecuado– ahora nunca faltaban las frutas de estación, panes blancos, miel e incluso, en algunas oportunidades, pescado proveniente del Río Dorado (¡pescado en la mesa de un carnicero!). Podía pagar maestros para sus hijos, algo que su padre no había podido hacer con él por falta de recursos. Y su esposa podía ahora acceder a vestimentas que sólo unos pocos años atrás habrían sido consideradas un lujo propio de las familias más acomodadas del pueblo.
En Etruria comenzaron a observarse cambios. No se permitía arrojar residuos en las calles principales del pueblo y se establecieron multas para quienes incumplieran la norma. Los impuestos, antes pagados en especies, fueron fijados en ducatos, lo que permitió terminar con la costumbre de los recaudadores de quedarse con parte de las mercaderías para sí mismos. Había más guardias en las calles. Belmonte creyó que todo esto era bueno, aunque también había que considerar que la prosperidad de Etruria había generado la aparición en el pueblo de pobres de toda pobreza, los cuales estaban dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de ganar unos pocos octavos de ducatos. Muchachos que trabajaban de sol a sol y ganaban menos de lo que necesitaban para alimentarse comenzaron a ser parte del entorno de Etruria, al igual que las prostitutas. A Belmonte esto no le agradaba demasiado, aunque consideraba la posibilidad de contratar a un peón –por la paga más baja– si el trabajo en la carnicería seguía incrementándose.
Belmonte y la mayor parte de los habitantes de Etruria no sabían que el oro traído de las tierras vírgenes había permitido a Leónidas crear el Banco de la Reserva Real, el cual emitió una gran cantidad de ducatos –siempre respaldados en el metal precioso–, los cuales se emplearon para financiar la construcción de caminos y puentes, además de mejorar los salarios de los funcionarios Reales y otorgar un gran número de préstamos a todos aquellos que presentaran proyectos productivos y comerciales orientados a generar riqueza en las diversas regiones del Reino.
Finalmente, la meta del Rey Leónidas se estaba cumpliendo.
Capítulo 10
Vsélovold no era una persona de aspecto agradable. Todo en él parecía tan viejo que era difícil imaginar que alguna vez debió haber sido un niño. Leónidas creía ver sus ojos grises la mirada gélida de un reptil. Su voz chillona le resultaba insoportable. Sin embargo, allí estaba Vsélovold, frente a él y su consejo de ministros, para realizar un pedido formal en nombre de la Liga de Banqueros.
– En representación de los doce bancos que integran la Liga de Banqueros deseo solicitar autorización para emitir, recibir en depósito y otorgar créditos en ducatos –indicó Vsélovold–. Estimamos que nuestro aporte será fundamental para promover el crecimiento económico del Reino.
Los ministros dirigieron su mirada hacia Leónidas, salvo Elouem, quien, a pesar de tener una tos fortísima que sacudía su endeble figura, no le quitaba la vista de encima a Vsélovold.
– El Reino, sea cual fuere su gobernante, es y será el único autorizado a emitir ducatos –contestó Leónidas con voz firme, sin que el banquero mostrara emoción alguna en su rostro–. En cuanto a la facultad para operar con ducatos, podría ser concedida en el caso de que las reservas de oro de los doce bancos se integraran con las del Banco de la Reserva Real.
– Si tal es la voluntad del Rey, así se hará –contestó Vsélovold.
El banquero se retiró. Leónidas se comprometió a darle una respuesta en el término de una semana.
– ¿Cómo es posible que acepten desprenderse ahora de su oro, cuando tiempo atrás nos despreciaron? –preguntó Leónidas–. ¿Acaso alguno de los presentes puede imaginar una explicación para tan extraño evento?
Elouem abrió sus ajados labios para hablar, pero no llegó a hacerlo, pues el Rey hizo un gesto con su mano derecha para que permaneciera en silencio. Quería saber las opiniones de sus demás ministros, pues sabía que la muerte de Elouem estaba próxima y deseaba saber cuán acompañado podría estar cuando su ministro más sabio desapareciera.
– Quisiera saber, Montesinos, cuál es tu opinión al respecto –preguntó el Rey a su ministro, mientras éste se escarbaba una de sus fosas nasales con su dedo meñique.
– Estimo que será porque el Castillo de nuestro Reino es infranqueable y ofrece protección segura para el oro de los banqueros –respondió.
– Gracias Montesinos por tu aporte. Tu padre, debes saberlo, fue un gran general y las hazañas que se relatan sobre él ciertamente no alcanzan a abarcar la magnanimidad de su persona ni la fortaleza de su temple. Si estuviese entre nosotros, no dudo que estaría orgullo de ti.
– Le doy las gracias, mi señor –respondió Montesinos, sin haber comprendido la ironía del Rey.
– ¿Alguien más desea realizar una contribución en este noble consejo de ministros? –preguntó, evidentemente molesto, Leónidas.
Siollán levantó su mano. Se trataba del más joven de todos los ministros presentes en el consejo. Jamás había expresado opinión alguna –apenas sí se le conocía la voz–. Leónidas sólo sabía de él que pasaba largas horas en la biblioteca del Castillo. Lo juzgó desde siempre introvertido y enfermizo.
– La pregunta correcta, mi señor, es si nosotros necesitamos el oro de los banqueros –indicó Siollán con un expresión casi impertinente.
El Rey se mantuvo en sus cabales. Si bien no estaba de humor, quería indagar si su ministro tenía algo para decir o sólo estaba jugando con las palabras.
– Suponiendo que esa sea la pregunta correcta, ¿cuál sería, Siollán, la respuesta más adecuada para dicho interrogante? –preguntó Leónidas.
– La respuesta es que no necesitamos ahora el oro de los banqueros; tenemos suficiente por el momento –contestó Siollán–. Pero en un futuro, cuando nuestro Reino crezca, comenzará a haber un mayor apetito por bienes provenientes de otros reinos, y tales importaciones no podrán ser realizadas en ducatos, pues para los extranjeros nuestros billetes no son más que papeles; deberá emplearse oro para tales transacciones.
– Dime sin rodeos hacia dónde vas con tu argumento –ordenó el Rey.
– Si entendemos, mi señor, que hemos alcanzado el mayor logro por alcanzar, no aceptemos el oro, pues nada tenemos que ganar que no hayamos obtenido ya. Pero si nuestro deseo es ser, algún día, un gran Reino, necesitaremos el oro que nos ofrecen, aunque no podamos saber hoy cuál será el costo que debamos pagar por semejante decisión.
– Querido Siollán, tu argumento es acertado –dijo Elouem, tomando la palabra– . Pero el precio que la Liga de Banqueros pretende cobrarnos no es una incógnita, sino que puede inferirse de las mismas palabras expresadas en esta sala por Vsélovold.
– ¿A qué te refieres, Elouem? –preguntó Leónidas.
– Usted mismo lo escuchó, mi señor: Vsélovold solicitó, en primera instancia, autorización para emitir ducatos.
– Pero está más que claro que esa es una atribución exclusivamente Real y así fue como se lo comuniqué a Vsélovold. ¿Acaso no fui lo suficientemente explícito? –preguntó Leónidas.
– Sí lo fue, mi señor –contestó Elouem–. Pero también lo fue el banquero en cuanto a sus intenciones. Ellos quieren el control de la emisión monetaria. Si bien usted les ha negado esa posibilidad, seguramente esperarán el momento oportuno para arrebatársela.
– No mientras yo viva –fue la respuesta de Leónidas. Pero unos instantes después comprendió la insensatez de sus palabras, pues la seguridad del Banco de la Reserva Real no podía estar supeditada solamente a su persona. Se decidió entonces emitir un Acta Real en la cual se estableció que toda emisión monetaria debía ser autorizada por una ordenanza firmada por el Rey y cada uno de sus ministros.
– Cuando nosotros hayamos desaparecido, esta Acta seguirá vigente y con ella la potestad de nuestro Reino –afirmó Leónidas, mientras uno de sus sirvientes preparaba cera caliente para que el Rey pudiese estampar el sello Real en el documento.
Capítulo 11
Los guardias Reales se inquietaron al observar acercarse a aquel pequeño ejército de mercenarios. Un grupo de fornidos piqueros marchaban delante de los carros y lo hacía con movimientos de pasos tan coordinados como nunca antes se había visto en las inmediaciones del Castillo. Cada carro era tirado por cuatro caballos bien alimentados, algo poco usual, pero necesario, pues éstos no transportaban heno ni calabazas, sino lingotes de oro. Detrás de los piqueros, custodiando los carros, se podían divisar varias filas de arqueros y ballesteros, los cuales eran protegidos, a su vez, por decenas de caballeros.
Fue así como, día tras día, comenzó a arribar al Castillo el oro de la Liga de Banqueros. Los administradores de la Reserva Real, al recibir cada nueva partida del metal precioso, evaluaban su pureza y, una vez certificada la misma, remitían los lingotes a la bóveda Real.
– Hemos recibido el último envío –informó una tarde uno de los administradores de la Reserva Real a Leónidas–. Con el aporte de la Liga de Banqueros, nuestro Reino ha logrado duplicar sus reservas de oro.
– Supongo que se trata de una buena noticia –respondió Leónidas, esbozando una sonrisa que no era tal, pues su entusiasmo se encontraba apaciguado por la preocupación de no poder prever con exactitud cuál podría ser el resultado final de duplicar la cantidad de ducatos disponible en el Reino.
Pero pronto el desvelo de Leónidas se esfumó hasta desaparecer por completo. En las ciudades del Reino comenzaron a erigirse grandes catedrales y palacios, los cuales generaban admiración en todos los visitantes extranjeros que tenían la oportunidad de contemplarlos. Las casas de madera fueron progresivamente reemplazadas por otras de piedra y ladrillos. El cuidado de los enfermos dejó de ser una tarea de los monasterios, pues ahora el Reino contaba con los recursos suficientes para edificar sus propios hospitales y contratar a médicos provenientes de las más prestigiosas universidades. Los teatros, antes una actividad casi marginal, se transformaron en una poderosa industria, la cual impulsó la aparición de diversas compañías de actores y guionistas, quienes recibían, además de su salario regular, una subvención Real para que en sus obras no olvidarán mencionar la importancia de los ducatos y la grandeza del Reino.
El transcurso de los acontecimientos no estuvo, como era de esperarse, exento de inconvenientes. Afortunadamente, Leónidas descubrió en el ministro Siollán a un aliado crucial para sortear todos los obstáculos. Para entonces, la salud de Elouem había desmejorado mucho; pasaba la mayor parte del día postrado.
– Estimado Siollán –dijo Leónidas a su ministro–, mis administradores me informan que en los últimos meses nuestras reservas de oro se han reducido en un tres por ciento, debido a que el consumo de pan se ha incrementado tanto que nuestra producción de trigo se ha visto superada y esto ha hecho que muchos molinos harineros comiencen a importar cereal de reinos vecinos.
– No es sólo el trigo, mi señor –respondió Siollán–. Los nobles y los burgueses más prósperos están requiriendo mercancías cada vez más sofisticadas, como los famosos quesos de cabra de Gregalum o el arenque ahumado proveniente de los mares fríos de Dimarka.
– Es cierto, en las mesas de banquetes ordinarios se han comenzado a observar exquisiteces antes sólo reservadas para ocasiones especiales –comentó Leónidas–. Al reducirse la cantidad de oro presente en nuestras reservas, lo mismo debe hacerse, de manera proporcional, con el volumen de ducatos que se encuentran en circulación. Esta tendencia, si bien no es peligrosa por el momento, temo que pueda producir problemas mayores en un futuro cercano. ¿Acaso me equivoco, Siollán?
– De ninguna manera –respondió el ministro–. Pero no debe usted preocuparse, mi señor, porque esa debilidad pronto se transformará en una fortaleza.
Capítulo 12
Tan sólo un año atrás, el agricultor Merkel estaba sembrando trigo en este mismo campo junto a todos los integrantes de su familia que podían sostenerse en dos pies. Pero en esta siembra ya no estaba su esposa, ni sus hijos más pequeños; ni siquiera los más grandes. Sólo había quedado él, junto a dos peones contratados para la siembra y un caballo de mediana edad que Merkel había comprado recientemente en el pueblo.
Mientras el agricultor impartía órdenes a los peones y observaba al caballo tirando del arado, no podía evitar sentirse un tanto incómodo, pues las tareas agrícolas habían sido siempre para él –desde que era un niño– una tarea familiar. Ahora su primogénito, quien heredaría el campo, tal como Merkel lo había heredado de su padre, se encontraba estudiando agronomía en la ciudad de Avisans. Sus otros hijos estaban en la escuela; su esposa cuidado al crío más pequeño.
Todo comenzó aquel día, cuando Merkel recibió en su hogar a dos delegados Reales, quienes le comunicaron que en la próxima cosecha recibiría un subsidio por cada kilogramo de trigo producido. Merkel escuchó con atención a los delegados, pero no comprendió nada de lo que decían. Sólo sabía que los precios que recibía por sus granos eran buenos cuando en la comarca las cosechas resultaban magras; lo contrario ocurría cuando se presentaban buenas lluvias y, con ellas, altas producciones. En cualquier caso, apenas obtenía lo suficiente para alimentar a su familia.
Al despedir a los delegados, Merkel creyó que aquella visita podía ser el temprano anuncio de un nuevo impuesto Real. Por ese motivo, al momento de la cosecha, inició las tareas con anticipación suficiente como para poder ocultar la mitad del trigo recolectado.
– ¿Este es todo el trigo que tiene? –preguntó el delegado Real al agricultor, luego de pesar cada kilogramo del cereal almacenado en el granero.
– Así es, señor –respondió Merkel. El delegado, luego de realizar algunos cálculos en una planilla, hizo llamar a uno de sus ayudantes, quien se presentó en el granero con una suma de ducatos.
– Señor Merkel, esto le corresponde a modo de subsidio –dijo el delegado, mientras le ofrecía el fajo de billetes al agricultor.
– ¿Cómo dice? –preguntó Merkel, desorientado.
– Qué estos ducatos le pertenecen –respondió el delegado–. No es una suma despreciable, pero podría ser bastante mayor si se esforzara por producir más, pues el subsidio se aplica por cada kilogramo producido.
Cuando los dedos de Merkel tomaron contacto con la superficie rugosa de los billetes, sus ojos se iluminaron y comprendió, por fin, qué significaba esa hasta entonces extraña palabra: subsidio.
– ¿Es este todo el trigo que usted tiene, señor? –insistió el delegado.
Merkel no respondió. Permaneció con la boca abierta, mirando los billetes y preguntándose qué debía hacer. Finalmente, llevó al delegado al escondite dónde se encontraba la otra mitad de la cosecha de trigo. El funcionario Real lo observó con desprecio, pero se limitó a repetir la operación emprendida en el granero: pesó cada kilogramo de trigo y luego le pagó al agricultor el subsidio correspondiente.
Al año siguiente, Merkel se esforzaría por producir más trigo. Lo mismo harían decenas de miles de productores agropecuarios del Reino.
– Pero Siollán, los subsidios generarán egresos mayúsculos; nuestro presupuesto podría resentirse por demás –dijo Leónidas al ministro luego de escuchar su propuesta.
– Seguramente implicará un esfuerzo en una primera etapa, pero posteriormente los subsidios nos brindarán grandes beneficios –respondió Siollán.
No se equivocó. Las producciones de cereales, carnes y leche crecieron año tras año, generando mucho más alimentos de los que necesitaba el Reino. Los excedentes comenzaron a exportarse a otras regiones y esto promovió ingresos adicionales de oro. Aquellas naciones pobres que no disponían de reservas del metal precioso, debieron comenzar a exportar mercancías al Reino, para así hacerse de ducatos y poder adquirir con ellos los granos necesarios para alimentar a su pueblo. Fue entonces cuando los billetes del Banco de la Reserva Real comenzaron a circular más allá de las fronteras del Reino.
Capítulo 13
En las miradas de los habitantes de la ciudad de Longue se percibía una ansiedad apenas contenida. Las autoridades de la urbe se habían esforzado por limpiar las calles principales y éstas ahora relucían y se encontraban libres de los olores nauseabundos que solían impregnarse en ellas. Las mujeres habían recurrido a lo más destacado de su guardarropas. Las tiendas lucían más bellas.
Al caminar por la avenida central de Longue, podía advertirse una cuidada prolijidad que no solía estar presente en la ajetreada actividad comercial de la ciudad. Las manzanas ya no estaban amontonadas en un cajón de madera barata, sino perfectamente alineadas en una cesta de mimbre. Lo mismo ocurría con los panes, los paños y los quesos. Todos los comerciantes habían puesto su mejor empeño para embellecer sus tiendas y así la ciudad toda.
Finalmente, se hizo presente la carroza Real. Los habitantes de Longue gritaron al Rey que se hiciera visible y éste así lo hizo, extendiendo su mano para saludar al gentío que se agrupaba a los costados del vehículo tirado por dos espléndidos corceles. Leónidas se encontraba, junto a su ministro Siollán, en visita oficial a la ciudad.
El carruaje se detuvo en las puertas de la Compañía General de Guantes. Desde tiempos remotos Longue era conocida como la ciudad en la cual se elaboraban los guantes más apreciados del Reino, inigualables tanto en durabilidad como en la delicadeza de sus exquisitos diseños. Pero en los últimos años esa fama se había visto acrecentada a partir del surgimiento de la Compañía.
– Esta línea de producción, mi señor, está dedicada a la elaboración de guantes con diseños básicos y precios accesibles –informó el director de la Compañía a Leónidas, mientras recorría, junto a Siollán, los talleres de la empresa.